Integridad y Sabiduria
Sermones

Dejando la multitud

Pepe Mendoza 1 febrero, 2009

Jesús nunca ve multitudes anónimas. Aunque las muchedumbres lo seguían a todas partes, él miraba corazones individuales, conocía pensamientos secretos y percibía la condición real de cada persona. En Mateo 9:36, al ver a las multitudes, tuvo compasión porque estaban "angustiadas y abatidas", dos palabras griegas intensas que describen gente esquilmada como ovejas sin lana, golpeada contra el suelo, atontada y abandonada. Una multitud puede parecer unida, pero en realidad está compuesta de personas solas, expuestas a la intemperie, sin verdadera comunidad.

En Marcos 2, mientras Jesús exponía la palabra en una casa llena de escribas y curiosos, cuatro hombres hicieron algo radical: cargaron a su amigo paralítico, subieron al techo, lo rompieron y lo bajaron hasta los pies de Jesús. No dijeron una sola palabra. No necesitaban explicar nada porque Jesús ya conocía la situación. Lo que el Señor vio fue su fe, una fe que se demuestra con acción, con la disposición de mostrarse tal como uno es, sin importar la dignidad de la posición ni la incomodidad del momento.

La diferencia entre estos hombres y la multitud observadora fue simple: ellos no dejaron a su paralítico en casa. Muchos vienen a escuchar sobre Jesús, pero dejan sus parálisis afuera, sean relaciones rotas, adicciones o fracasos. El Señor no busca gente informada; busca personas dispuestas a interrumpirlo con su necesidad real. Él no vino a llamar a justos, sino a pecadores que reconocen que necesitan ser sanados.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Marcos, capítulo 2, del 1 al 12, dice: "Habiendo entrado de nuevo en Capernaúm varios días después, se oyó que estaba en casa. Y se reunieron muchos, tantos que ya no había lugar ni aun a la puerta, y Él les exponía la Palabra. Entonces vinieron a traerle un paralítico llevado entre cuatro. Y como no pudieron acercarse a Él a causa de la multitud, levantaron el techo encima de donde Él estaba, y cuando habían hecho una abertura, bajaron la camilla en que yacía el paralítico. Viendo Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: 'Hijo, tus pecados te son perdonados'. Pero estaban allí sentados algunos de los escribas, los cuales pensaban en sus corazones: '¿Por qué este así está blasfemando? ¿Quién puede perdonar pecados sino solo Dios?'. Y al instante Jesús, conociendo en su espíritu que pensaban de esa manera dentro de sí mismos, les dijo: '¿Por qué pensáis estas cosas en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil, decir al paralítico: tus pecados te son perdonados, o decirle: levántate, toma tu camilla y anda? Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene autoridad en la tierra para perdonar pecados' —dijo al paralítico—: 'A ti te digo: levántate, toma tu camilla y vete a tu casa'. Y él se levantó, y tomando al instante la camilla, salió a vista de todos, de manera que todos estaban asombrados y glorificaban a Dios diciendo: 'Jamás hemos visto cosa semejante'".

Si hay algo característico en el ministerio de Jesús, si hay algo que está permanente en el ministerio de Jesús en cada una de las historias relatadas en los Evangelios, es una multitud detrás de Él. Que puede ser de hombres, mujeres y niños que están celebrando, que están sorprendidos ante los milagros de Jesús, que están señalando o discutiendo o criticando. Pero siempre detrás de Jesús hay una multitud observadora que está sorprendiéndose con las palabras de Jesús y con sus propios milagros.

Esta multitud nunca le fue indiferente a Jesús. Y nosotros, si vemos los Evangelios, nos vamos a dar cuenta, por ejemplo, que Jesús le enseñaba a la multitud. Mateo 15 nos dice: "Y Jesús tuvo compasión de ellas, los llamó y les empezó a enseñar". Jesús no solamente les enseñaba, sino que también los sanaba. En Mateo, capítulo 14, nos dice que Jesús, teniendo compasión de la multitud, llamó a los que estaban enfermos y sanó a muchos. Y Jesús no solamente enseñaba y sanaba a la multitud, sino que también los alimentaba: la alimentación de los cuatro mil, la alimentación de los cinco mil. Jesús estaba atento a esa multitud que tenía alrededor.

Lo que no tenemos claro es qué opinaba Jesús de esta multitud. O sea, si les enseñaba, los sanaba o los alimentaba, hay una palabra que se repite una y otra vez cada vez que actuaba con respecto a la multitud. Él dice: "Tenía compasión de ella". Jesús tenía compasión de la multitud. Ahora, la pregunta es: ¿por qué tenía compasión de la multitud?

En Mateo 9:36, y si ustedes me acompañan por favor abriendo sus Biblias en Mateo capítulo 9, el verso 36, nosotros nos encontramos aquí con un pequeño argumento, con una razón de peso fundamental en cuanto a Jesús y su sentimiento para con la multitud. Dice el verso 36 del capítulo 9 de Mateo: "Y viendo a las multitudes, tuvo compasión de ellas, porque estaban angustiadas y abatidas como ovejas que no tenían pastor".

¿Por qué Jesús tenía compasión de las multitudes? Bueno, Jesús lanza dos adjetivos, y estos dos adjetivos —debo decirles que en el original griego son muy fuertes— más que ser adjetivos que tratan de definir una situación, son más bien palabras poéticas muy intensas. Son dos palabras que tienen la misma cantidad de letras y la misma terminación verbal, y más que ser unas palabras de definición, como les digo, son palabras poéticas. Nosotros, en nuestra versión de la Biblia de las Américas, nos dice que las multitudes estaban angustiadas y abatidas. La Reina Valera del 60 dice "desamparadas y dispersas". Otras versiones dicen "extenuadas", "esquiladas", "explotadas", "desvalidas". Son dos palabras muy potentes que es muy difícil traducirlas con exactitud. Sin embargo, si es la opinión de Jesús para con la multitud, permitámonos unos segundos para poder reflexionar acerca de ellas.

La primera palabra, que es traducida como "angustiada", viene de una raíz muy interesante que quiere decir "despellejar", de donde viene nuestra palabra "esquilmar". Tanto que si uno la lee en griego suena a "esquilmar": cuando a las ovejas le cortan, le sacan la lana y la dejan así peladita, como una cadete, recia, temblando. No sé si han visto, seguramente no han visto en vivo, pero en YouTube es posible, en internet, en alguna página. Buscan ahí con Google "esquilmar" y van a ver a la ovejita pelada, porque somos una sociedad bien informada, las sabemos todas, y si no lo sabemos la vamos a buscar y la vamos a encontrar. Pero ese es el sentido de la palabra, es sentido de despellejar.

Pero ¿qué significa cuando Jesús lo menciona? Algunos dicen que tiene que ver con algo completamente gastado, fatigado, exhausto. Que Jesús, cuando ve a las multitudes, no ve multitudes alegres. Que a pesar de que le están celebrando, poniendo sus mantos sobre el piso, sacando las ramas de los árboles para celebrar, Jesús no los ve como una sociedad o como un grupo de gente alegre, feliz, festiva. Los ve distinto: los ve fatigados, los ve exhaustos, los ve sin Él.

Y la segunda palabra es "abatida", y la palabra "abatida" viene de una raíz muy interesante también, porque es la raíz "lanzar". Pero ya ves, esto de la raíz "lanzar"... pero "lanzar" no tiene que ver con el hecho de lanzar una pelota, sino que tiene que ver... la fuerza de la palabra está en lanzar contra el suelo algo que se tiene, un golpazo contra el suelo, y queda como atontado. De tal forma que esta palabra "abatido" tiene que ver con una condición de alguien que está completamente desvalido, abandonado. Podríamos llamarlo hasta atontado. Ustedes seguramente conocen a alguien que se ha pegado un fuerte golpe, que queda como: "No sé dónde estoy, no sé qué me pasa, no sé cómo me llamo, necesito ayuda".

Entonces, cuando Jesús ve a esta sociedad, a esta multitud que está alrededor de Él, la reconoce reales como un grupo humano sin pastor, sin Él, y por lo tanto desvalido, abandonado, angustiado, abatido, extenuado, desvalido. De tal forma que cuando Él ve la multitud, ve como una multitud que no produce abrigo ni seguridad. Podría mostrarse que estas personas están juntas, pero en realidad son como ovejas muy solas, abandonadas a su suerte, expuestas a la intemperie, a las bestias, sin mayor posibilidad de poder sobrevivir por sí solas. Y ese es el sentido de la multitud para Jesús: puede estar muy bien informada, pero está sola y abandonada, desamparada y abatida.

Y es interesante también que la palabra "multitud" originalmente es una palabra que es antónima de "comunidad" y que es antónima de "pueblo". Porque la palabra "multitud" tiene la idea de un grupo humano que está desorganizado, sin liderazgo, sin objetivos. Se traduce también como turba, como muchedumbre, como gentío. Es un grupo humano en donde no se produce, y no se producirá nunca, cohesión ni unidad. Solo la ilusión momentánea de tener algo en común, pero que no se traduce nunca en verdadera comunidad. Finalmente, esta multitud es como la multitud de los deportes, que celebra un juego, pero luego, cuando sale del estadio, sale con las manos vacías, sale sin nada, solamente con la celebración en su propia cabeza, pero todo en la vida sigue igual que antes.

Nosotros encontramos allí, en el verso 2 de Marcos —volviendo a Marcos capítulo 2—, dice al final del verso 1: "Se oyó que Él estaba en casa, y se reunieron muchos, tantos que ya no había lugar ni aun a la puerta, y Él les exponía la Palabra". Una de las preocupaciones de los historiadores bíblicos es descubrir cuál es esta casa, porque parece que estuviera en su casa. Él llegó a su casa, su casa quedaba en Capernaúm, Él tenía una casa. Bueno, si hacemos comparaciones con otros versículos bíblicos, nosotros descubrimos que Jesús afirmó que Él no tenía donde recostar la cabeza, o sea, Él nunca tuvo una propiedad personal. Si nosotros vemos un recorrido a lo largo de la historia por los caminos y por las ciudades donde Él vivió, Él siempre estuvo en las casas de otras personas. Difícilmente Él tuvo una casa.

Pero los investigadores han llegado a solucionar el caso. Dicen que esta es la casa del apóstol Pedro, que Jesús estuvo ya antes en la casa del apóstol Pedro, donde sanó a la suegra de Pedro. Es posible que esta sea la misma casa, y es posible también que esta casa no haya sido una casa pequeña. Pedro no era un hombre rico, pero tampoco era un hombre pobre. Recordemos que Pedro era un pescador, pero era el dueño de su propia nave, por lo tanto tenía personal a su cargo. Y esta casa entonces podría haber sido la casa de Pedro: no una casa rica, no un palacio, pero una casa —si lo podemos titular en nuestro tiempo— de una persona de clase media, con una sala lo suficientemente espaciosa para recibir visitas y poder ofrecer cierta comodidad.

Ahora, de acuerdo al pasaje bíblico, al parecer la gente se pasó la voz y empezó a decir: "Oye, Jesús está allá. Oye, Jesús, ¿sabes dónde está? Oye, Jesús, el que está haciendo cosas maravillosas, el que está hablando palabras prodigiosas, el que va haciendo milagros, ¿a que no sabes? Está en la casa de Pedro. ¡Vamos para allá!". Y parece, al parecer, que sucedió de esa manera: la multitud se aglomeró, escuchó que estaba allí Jesús, y Jesús desde adentro se puso a enseñar la Palabra.

Pero yo me hago una pregunta, que hay algo extraño. Porque si una multitud se junta, y que nos dice que no entran por la puerta, ¿por qué Jesús se queda adentro? ¿Por qué no sale y junta la multitud en un espacio más grande y les habla a todos? Acá hay otros secretos que nosotros podemos ir descubriendo del propio texto para poder expandirlo y ponerlo en tres dimensiones.

Dice el verso 6 del capítulo 2: "Pero estaban allí sentados algunos de los escribas". Sentados. Escribas en la casa de Pedro. ¿Qué hacían escribas en la casa de Pedro? Sentados. No entra un alma, pero ellos estaban bien sentados adentro.

Para explicarles y darnos luz de lo que está aquí pasando, es muy probable, de acuerdo a otros pasajes de Marcos, que se nos dice que los fariseos enviaron ciertos doctores de la ley a averiguar quién era Jesús, a poder interrogarlo, a poder sacarle la verdad: ¿quién es este profeta que está haciendo cosas maravillosas? Entonces es posible que de Jerusalén y de otras ciudades grandes hayan bajado a Capernaúm y le hayan solicitado a Jesús una entrevista, una reunión de estudio, podríamos llamarlo así. Una célula, una reunión en casa, una reunión de parejas, para ponerlo en algo que nosotros entendamos: una reunión de estudio bíblico.

Y resulta que en esta reunión de estudio iban a estar los escribas, y por eso es que los escribas ocupan el salón principal y están sentados alrededor de Jesús discutiendo seguramente asuntos teológicos muy intensos en ese momento. Y alrededor estaba la multitud, ¿no es cierto?, que se había apretujado para también escuchar lo que allí estaba pasando. De tal manera que no estamos hablando de una reunión informal, sino que estamos hablando de una reunión básicamente formal, y cuando Jesús esté exponiendo, seguramente esté exponiendo basado en algunas preguntas que quizás los hombres en ese momento están haciendo. Entonces lo importante de todo esto es reconocer que aquí hay algo, hay una reunión, una reunión convocada posiblemente no por Jesús, convocada por estos escribas para que Jesús les muestre quién era él, y él estaba allí exponiendo la Palabra.

Lo importante de todo esto también es que en este pasaje hay algo muy sutil y se lo voy a decir desde este primer momento: en este pasaje nosotros no escuchamos a nadie hablar más que a Jesús, a nadie hacer nada más que a Jesús. Jesús ocupa el centro de este pasaje. Es como si hubieran puesto a Jesús en el centro y hubieran empezado a pincelar el resto del cuadro alrededor de él. Jesús está en el centro.

Y hay algo con los escribas que están allí, que es que no hablaron. Yo no sé si ustedes conocen la frase "ni pío". Él lo dijo: ni pío. ¿Ustedes la conocen? Ni pío. Hay algo que sucede en este pasaje: es que estos escribas no dijeron ni pío. Sin embargo, si nosotros leemos en el verso 6 y en el principio del verso 7, dice: "Pero estaban allí sentados algunos de los escribas, los cuales pensaban en sus corazones: ¿Por qué habla este así? Está blasfemando. ¿Quién puede perdonar pecados sino solo Dios?" Sin embargo, esto no es algo que ellos dijeron verbalmente, no es una idea que ellos expresaron de los labios para fuera, es algo que ellos estaban pensando en sus corazones mientras le sonreían a Jesús. No sé si le sonreían a Jesús de esta manera, así como: "No, ahí está, que se crea, están los demás, no... este... ¿cómo? ¿pero? ¿pecado?", pero estaban diciendo para dentro.

Y aquí hay un principio muy fundamental para nosotros, un pedido fundamental: que para Jesús nunca hay multitudes solitarias anónimas, porque Jesús conoce los corazones de todos nosotros. Jesús no es un conferencista. Jesús es Dios y es hombre. Jesús es Dios con nosotros. Y por lo tanto, nosotros no podemos sentarnos delante de él y entonces "vamos a escuchar", porque Jesús no solamente está hablando sino que al mismo tiempo está escuchando tu corazón, tu corazón, tu corazón, tu corazón, mi corazón. Escuchándote a ti, escuchando tu condición, a ti, escuchándonos a todos nosotros sin importar la bulla que hagamos, porque el Señor es Dios con nosotros. Por lo tanto, no podemos permanecer en una multitud, y esta es una clara prueba de su divinidad.

Si nosotros viéramos Juan, dos Evangelios más adelante, el Evangelio de San Juan, el capítulo 2, el verso 25, nosotros nos vamos a dar cuenta de algo muy interesante. Dice que Jesús no tenía necesidad de que nadie le diera testimonio del hombre, pues él sabía lo que había en el hombre. El Señor no tiene necesidad de que nadie le hable de cada uno de nosotros, porque él sabe exactamente lo que hay en nuestros corazones. Es una muestra de su divinidad. Él sabe exactamente lo que está pasando en ti en este momento. Él no está interesado solamente en que tú escuches, sino que él ya está muy interesado en ti, escuchándote, todo lo que está pasando por tu mente y por tu corazón en este momento. Y no solamente en este momento, sino desde el inicio de tu vida. Y él sabe algo que tú no sabes todavía: que es tu día final. Pero él ya lo sabe.

Entonces, si nosotros descubrimos esta realidad, vamos a fortalecer esta verdad, porque aquí Jesucristo se nos está presentando como Dios. Y ese es el gran problema del cristianismo: que el cristianismo afirma que Dios se hizo hombre y habitó entre nosotros. Y eso genera una radicalidad de nuestras concepciones, no basado en la filosofía de nuestras premisas, sino en la integridad de nuestro Dios que se ha hecho presente hoy en medio nuestro.

En Segunda de Crónicas, en el Antiguo Testamento, en el capítulo 6, vamos a irnos unos mil años antes. Segunda de Crónicas, el capítulo 6, en los versos del 19 al 30, cuando el rey Salomón está dedicando el templo que él había construido para la gloria de Dios, hablando de las imploraciones que serían presentadas en el templo, él dice en los versos 29 y 30: "Toda oración o toda súplica que sea hecha por cualquier hombre o por todo tu pueblo Israel, conociendo cada cual su aflicción y su dolor, y extendiendo sus manos hacia esta casa, escucha tú desde los cielos, el lugar de tu morada, y perdona, y da a cada uno conforme a todos sus caminos, ya que conoces su corazón, porque solo tú conoces el corazón de los hijos de los hombres." ¿Quién es ese "tú"? Dios. Cuando Jesús estaba conociendo los pensamientos de los escribas y fariseos, estaba actuando como Dios.

De tal manera que podemos hacer dos preguntas: ¿Podremos escondernos delante de una multitud silenciosa anónima? No, no delante de Dios. ¿Podremos delante de Jesús ser meros observadores? De ninguna manera. Porque el principio de la multitud se rompe cuando Jesús está presente. Porque cuando Jesús está presente dejamos de ser multitud para convertirnos cada uno de nosotros en personas, en donde el Señor está escuchando y prestando atención aún al más mínimo detalle de nuestra existencia. Lo conocido y lo desconocido, lo que yo ya sé y lo que todavía no sé, está abierto como una página de internet delante de los ojos del Señor. Esa es la primera realidad.

Ahora, yo quisiera compartirles esto acerca de esta enseñanza importante que el Señor estaba discutiendo con los escribas. Si hay algo que nos dice ahí en Marcos capítulo 2, nos dice que el Señor estaba exponiendo la Palabra. Pero tenemos un gran problema: que no hay una sola palabra de la Palabra que estaba exponiendo. Por lo tanto, no puedo decirles nada de lo que estaba sucediendo, y de las palabras que Jesús estaba diciendo no hay testimonio. Hubo una interrupción inusitada. Algo pasó. Todos esos discursos y esas referencias teológicas quedaron en el aire. A Marcos no le interesó copiar, relatar, mostrar, señalar, apuntar a nuestra generación de multitud observadora que le gusta estar bien informada. No hay un solo testimonio de lo que Jesús estaba diciendo en ese momento.

Podríamos pensar entonces que algo sucedió, y lo dice claramente el verso 3. El verso 3 empieza a darnos la nota de la historia, la nota central de la historia. Dice: "Entonces vinieron a traerle un paralítico llevado entre cuatro." Y esto, señores, la casa de Pedro, los escribas y los doctores de la ley sentados, Jesús exponiendo la Palabra, una multitud afuera tratando de saber qué es lo que estaba pasando, y en eso toda la historia da un giro, porque aparecen cuatro desconocidos cargando un paralítico. Por favor, ¿cómo entendemos esto? ¿Cómo los seguimos?

Quizás nosotros podemos empezar a marcar una diferencia. Quizás la diferencia radica en que simplemente hay una multitud allí, representada por los líderes religiosos, tratando de enterarse acerca de los intereses teológicos de Jesús. Quizás había una multitud observadora allí, gente común y corriente, pero que dejando sus afanes, sus problemas, sus temores, sus alegrías, van a donde está Jesús para palaciar un poco de su gracia y su poder, pero sin ser capaces de vivenciar esa gracia y ese poder en sí mismos. Porque ellos dejaron sus alegrías, sus temores, sus fracasos y todas sus cosas en casa para poder estar más tranquilos oyendo a Jesús con curiosidad.

Pero sin embargo, en medio de la multitud aparecen estos personajes anónimos que siempre están dispuestos a romper con su anonimato y abrir sus corazones y circunstancias delante de un Jesús que ya conoce de antemano estas situaciones. Y esa es nuestra seguridad: cuando estos hombres se presentan delante de Jesús, no los sorprenden, que Jesús ya lo sabía. Sin embargo, esa actitud de romper con el anonimato, de salir en medio de la multitud, es lo que hace que el Señor los bendiga.

Estos hombres del versículo 3 no vinieron solo a oír a Jesús. No le dijeron al paralítico: "Sabes qué, mira, tú te vas a quedar aquí en la casita y nosotros vamos a ir a Jesús, y luego vamos a venir, te vamos a contar, porque seguro va a estar espectacular, pero tú te quedas aquí. No hagas nada. Nosotros venimos y te contamos para que se te anime el día, para que la pases bien, para que estés un poco mejor." No le dijo eso. No dijeron eso. Dijeron: "Vamos a llevar a nuestro paralítico porque lo amamos. Vamos a ver no solamente lo que Jesús es capaz de decir, sino lo que Jesús es capaz de hacer en nosotros."

Y esa es una actitud totalmente distinta a la de la multitud informada. Y ese es algo, un patrón que nosotros debemos romper. Cuando nosotros venimos a Cristo aquí, no estamos aquí para informarnos. Estamos aquí para poder disfrutar del poder de Dios, para poder ver al Señor presente, para escuchar sus palabras que son vivas y eficaces y más cortantes que espada de doble filo, que penetran hasta partir el alma, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón. No es cualquier palabra, no es cualquier mensaje, no es cualquier conferencia. Es el Señor Dios vivo todopoderoso que está aquí en medio nuestro y que está esperando que nosotros salgamos y le mostremos nuestra necesidad.

Necesidad: de eso se trata. Romper esto, animarnos a venir delante de Jesús. Y lo que nosotros tenemos aquí es una escena que ocurre en silencio, y me gustaría que nosotros la podamos ver en tres dimensiones, porque a veces el lenguaje bíblico no añade todos los detalles que nosotros podríamos percibir.

En este pasaje, Jesús sentado exponiendo la Palabra, y los escribas con palabras muy doctas, seguramente muy entendidas. Jesús hablándoles, hablándoles al corazón, hablándoles a estas personas. Una multitud que había llegado hasta la puerta, y seguramente detrás de la puerta tratando de escuchar con atención, levantando la cabeza, tratando de mirar dónde estaba Jesús. "A ver, ¿dónde está Jesús? Cuéntame, dime qué está pasando ahí." "Yo te cuento, espérate, sí, algo está pasando. Está diciendo... mira, el doctor de la ley fulano empezó a decir tal cosa, o el doctor de la ley fulano empezó a decir otra cosa."

Y en medio de esta situación empieza a llegar: cuatro cargando, cargando una camilla. La pregunta es: ¿por qué cuatro? Bueno, porque finalmente cuatro se necesitan para cargar una camilla, pero pueden ser más. Quizás eran cuatro y había tres más ahí detrás apoyando y diciendo: "Vamos a llevar al paralítico, queremos que el Señor haga algo con él hoy." Eso es lo que nosotros creemos.

Lo primero con que se topan es con una multitud. Y ahora, ¿por dónde pasamos? ¿Dónde vas a meter esa camilla? "Por favor, estamos oyendo el reunión oficial de estudio bíblico del Señor con los doctores de la ley venidos de Jerusalén. ¿Qué vas a meter? ¿A dónde vas a meter eso? Llévalo a tu casa y quédate aquí, si quieres después te cuento, pero esto ya es una locura."

Pero la locura continúa. ¿Y cuál es la locura? Que yo te sigo. Y ahora, ¿por dónde lo metemos? Por la puerta, imposible, no nos van a dejar pasar. "Bueno, entonces vamos a hacer algo: vamos a subir a la terraza." Porque todas las casas judías tenían una pequeña terraza con una baranda en donde se hacían las oraciones. Y esta reunión de estudio bíblico hubiera sido allí, pero no fue allí porque había demasiada gente. Pero ahí estaba la terraza, y la terraza estaba vacía. "Vamos a llevar al paralítico para allá." "Ok, vamos. Eso, uno, dos, tres, a la cuenta de tres." Por los escaloncitos, uno, otro. "No, es que se cae." "Más arriba." Y hay uno y otro hasta el techo. "Por lo menos llegamos aquí. ¿Y aquí qué hacemos?" "O sea, venga, que venga de abajo y que suba." "La terraza no, que a uno de ellos se le ocurrió la locura mayor: rompamos el techo." "¿Pero qué? ¿Estás vuelto loco? ¿No escuchas que están hablando allá abajo?"

Pero la locura se dio, y eso es lo que nos cuenta el texto. Y es la enseñanza que está por encima de la exposición bíblica que el Señor estaba haciendo a los doctores de la ley, porque eso es lo que nos muestra este pasaje.

Y ahí sucede algo interesante. Y ahora, ¿qué hacemos? Como los historiadores no se han puesto de acuerdo sobre cómo lo hicieron: algunos dicen que rompieron el techo, que el techo era de pequeñas maderas y que era muy fácil cavar; otros dicen que en las esquinas habría unas tejas que uno podía sacarlas y podía llegar a la habitación. La cosa es que lo rompieron.

Yo no sé cómo Pedro reaccionó en ese momento, porque Pedro tenía sus reacciones, lo conocen. Quizás la esposa lo contuvo: "Lejos, Pedro, cálmate, que algo va a pasar aquí." No sé. Pero el dueño de la casa... La cosa es que sacan las tejas, sacan las tejas. E imagínense a Jesús, entonces. Yo quiero decirles: aquí, de acuerdo a la teología, de acuerdo a la teología rabínica, y está pa, pa, pa... Y me lo imagino, que Jesús tiene que haberse detenido y tiene que haber mirado al techo. Y los doctores de la ley miraron al techo también. Y los que estaban afuera: "Oye, ¿ese polvo que tú estás viendo? No sé." "Y también escuché un golpe. ¿Escuchaste? ¿Se estarán peleando?" "No, no creo. Pero no, escucha, espera, espera, espera, vamos a ver qué está pasando."

La cosa es que adentro empieza a verse un pequeño rayito de luz que entra. Luego el rayito de luz se va haciendo más grande, cae polvo. ¿Qué sucede? Que retirarse los pasos, porque sigue cayendo el polvo. Y la gente alrededor no sabía qué hacer, simplemente se quedó observando. Nadie se movió. Y lo interesante es que nadie se movió. Pero abren un boquete.

Y yo me pregunto si estos hombres, en su premura, porque yo imagino que estaban apurados... "No, nos van a ver, dale más espacio." "No sé qué, a ver, que no vamos a romper tanto." "No, no, no, no, no le vamos a romper la teja." "No, con paciencia, con paciencia." ¿No? O no. Entonces no, ahora, nunca. Lo más rápido posible bajemos a nuestro paralítico y que llegue a Jesús antes de que suba alguien y nos haga correr.

La cosa es que abren. Oye, yo no me imagino que el hoyo, o sea, es un hoyo horizontal como para bajar al paralítico, perdón, tendido. Yo supongo que tienen que haber abierto un hoyo pequeño, y tienen que haber amarrado al paralítico, y tienen que haberlo bajado de pie. O no. Pero lo que quiero hacerles notar es que sí nos puede causar gracia, pero al mismo tiempo yo me pregunto si esta accidentada bajada no lo dejó en la posición más digna a este hombre. Quizás estuvo bajando en una posición indigna. Era un paralítico, quizás una pierna se fue para un lado, un brazo para el otro. Quizás estaba cubierto con una manta, la manta se bajó, yo no sé. Pero la figura no tiene que haber sido la más digna, tiene que haber sido la más sorprendente, pero no la más digna.

Lo interesante es que estos hombres no dijeron palabras, porque no se menciona una sola vez que ellos digan una sola palabra. Ellos simplemente actuaron. Seguro le estaban jadeando. Y el paralítico allí, se ve en medio de una multitud de hombres de la ley que lo podían haber considerado impuro por estar enfermo, y que por el producto de su pecado él estaba en esa condición. Pero finalmente, yo me imagino a ese hombre solamente buscando el rostro de Jesús para poder mirarlo a los ojos y no decir palabras, porque no hay palabras que decir.

Y cuando yo estoy delante de Jesús, queridos amigos, hermanos, no hay palabras que decir, porque nos ve como somos. Él no necesita que nosotros le digamos: "Señor, te voy a explicar mi situación para que tomes un diagnóstico correcto, porque hay muchos que han tratado de decirme lo que tengo. En realidad yo tengo que explicártelo." No necesita explicación. Él espera los gestos, que nosotros nos pongamos delante de Él y que nos pongamos delante de Él en nuestra realidad. Y eso es lo que estos hombres hicieron.

Y lo interesante es que nadie habla, como les mencioné. Solo Jesús habla. Solo Jesús habla. Y dice el verso 5 del Evangelio de Marcos, ahí el capítulo 2, dice: "Viendo Jesús la fe de ellos..." Viendo Jesús la fe. ¿Cómo? No, la fe se oye. Porque yo digo: "No, no, la fe se ve." ¿Cómo? Sí, ellos hicieron, Jesús vio. ¿Qué vio? La fe de ellos. Pero, ¿qué vio? Que rompieron el techo y que bajaron a su paralítico.

Y bueno, eso es fe. Es la fe de mostrarme delante de Jesús tal como soy hoy. Es la posibilidad de presentarme delante de Él: "Señor, Tú eres mi único Salvador, Tú eres la única posibilidad para mi vida, Tú eres el único camino, la única verdad, la única vida. Y ahora quiero expresarlo, no con palabras, sino con esto: con mi conducta, con la realidad de mi ser, con la indignidad de esta posición delante de esta multitud en donde estoy mostrándome tal como soy. Pero estoy mostrándome aquí con fe, porque la única fe que tengo es la fe que te necesita." Y eso es lo que yo tengo en esta mañana, en este lugar, delante de Ti.

Jesús es el único que habla, y saben que Jesús, al hablar, lo primero que hace es perdonar los pecados a este hombre, y luego lee los pensamientos de los escribas y también les discute. Y él les dijo: "Ustedes creen que es muy fácil perdonar pecados. Bueno, para que vean que yo perdono pecados y hago algo más grande: oye, levántate, tu camilla, tómala y ándate para tu casa". Y pasó. Jesús es Dios con nosotros, y Jesús lo que espera es que nosotros podamos salir de en medio de la multitud y que también podamos presentarnos delante de él y podamos mostrarle lo que somos. Esa es nuestra fe; ahí radica la condición de nuestra fe. Mi fe llega al punto de decirle: "Señor, mira, acá estoy como soy, y todo lo demás descansa en ti. Tú eres el único que puedes hacer que vuelva a caminar, tú eres el único que puedes sacarme de esta camilla, tú eres el único que puedes devolverme la posibilidad de andar".

De seguro que la multitud que estaba allí, como dice la Palabra en el verso 12: "Y él se levantó, y tomando al instante la camilla, salió a vista de todos, de manera que todos estaban asombrados y glorificaban a Dios diciendo: Jamás hemos visto cosa semejante". La multitud informada. ¡Wow, wow, wow! Seguramente a ellos les picaban las piernas para salir a la calle y poder contar: "Oye, vecina, ¿no sabe dónde estuve hoy? Estuve con Jesús, que tenía la casa llena, y en eso bajaron el techo y el hombre caminó". Seguramente fue una historia que iban a contar por el resto de sus vidas, contando acerca del paralítico que ellos vieron que Jesús sanó. Pero no era su historia, no era su historia, era la historia de otros.

Y el cristianismo no puede ser la historia de otros. El cristianismo tiene que ser nuestra historia, la historia de mi propia sanidad, ese testimonio de mi fe, del Señor transformando mi propio corazón. No es solamente estar informado; la información no sirve de nada en este caso si no es el Señor transformándome en mi propia vida. Por eso es que si nosotros vamos a la Escritura y nos topamos con aquellos que obraron, con aquellos que caminaron y salieron delante de la multitud, nos vamos a dar cuenta de que Jesús no bendice solamente a los que le oyen, sino que el Señor Jesús también bendice a los que le interrumpen.

Preguntémosle a estos cuatro muchachos y al paralítico: Jesús bendijo a los que le interrumpieron. Había una multitud que apretujaba a Jesús, ustedes recuerdan estos pasajes, que apretujaban a Jesús, pero una mujer dijo: "Si tan solamente tocase el manto...". Y Jesús se volvió y dijo: "¿Quién me ha tocado?". Porque fue una mujer que estuvo dispuesta a salir de en medio de la multitud. A mucha gente le gustaba estar cerca de Jesús y poder escuchar sus palabras, pero nadie era transformado.

En cambio, hubo un leproso que, mirándolo desde lejos, le dijo: "Señor, si tú quisieras, podrías limpiarme". Y Jesús se acercó, delante de él lo tocó y le dijo: "Quiero, sé limpio". Porque salió de entre la multitud. Jesucristo, los evangelios, discutió muchas veces con muchos líderes religiosos acerca de muchos temas doctrinales, teológicos, pero uno solo gozó del poder de Dios en su propia vida: este fue Jairo. Y cuando Jairo fue a Jesús, no fue para hablarle acerca de discusiones teológicas del alto cielo; fue a pedirle: "Señor, mi hija se está muriendo, por favor ayúdame". Y Jesús le sanó a la hija.

A veces hay gente en medio de la multitud que no tiene ni fuerza siquiera para poder salir adelante y poder suplicarle al Señor su misericordia. Pero nosotros vemos a Jesús caminando en Naín, entrando con una multitud a una de las ciudades más bellas del Israel antiguo, y en eso Jesús percibe a un lado que había una mujer viuda y sola que estaba llevando a enterrar a su único hijo. Y Jesús se detuvo delante de esa mujer, y le dijo: "No estés más triste", y le devolvió a su hijo en vida. Porque Jesús no mira la multitud; mira a esa gente en particular.

Jesús estaba allí en Jericó, toda la gente tratando de mirarlo: "¿Dónde está Jesús? ¿Dónde está Jesús?". Pero solamente hubo un ciego que pudo reconocer y ver al verdadero Jesús, y ese fue Bartimeo, que a pesar de que no veía, le dijeron quién es, es Jesús, y él se puso a gritar: "¡Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí! ¡Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí!". Y Jesús lo llamó y le dijo: "¿Qué quieres que te haga?". Y él le dijo: "Quiero ver". En medio de la multitud que veía, fue uno solo, el ciego, el que fue capaz de ver.

Ahora yo me pregunto, yo te pregunto, y con esto quisiéramos ir terminando. Nosotros vivimos en un mundo de apariencias, nosotros vivimos en un mundo en que preferimos ser anónimos, oscuros, mantenernos en medio de la multitud, que nada afecte mi vida ni mis intereses. Me gusta el mensaje, me gusta la Palabra, me gusta el conferencista, me gusta la adoración, me gusta el pastor, qué cosas lindas tan dice. Pero eso no transforma mi existencia, eso no me está haciendo ponerme delante de Jesús, el Rey de reyes y el Señor de señores, eso no está haciendo que yo pueda vencer a mis propios paralíticos. Porque seguramente muchos de nosotros llegamos aquí hoy día y dejamos a nuestros paralíticos en casa.

Quizás no son paralíticos de carne y hueso, pero son parálisis emocionales, sociales, personales. Quizás tenemos una parálisis con nuestra propia familia, tengo una parálisis en la relación con mi esposa, una parálisis en la relación con mis hijos o con mis padres. No hay movimiento, estoy como paralizado, pero yo prefiero dejar esos paralíticos allá y venir aquí para poder recoger un poco de esperanza. Pero el Señor está esperando que tú traigas a tu paralítico a su presencia.

Quizás tú tienes un problema de parálisis en alguna área de tu vida que cae en una adicción. No puedes moverte, cada vez que caes totalmente pierdes el control sobre tus miembros porque tienes una parálisis, una adicción, algo que te afecta, algo, un dicho que está metido en tu corazón y te está generando una parálisis total en tu alma. Pero tú prefieres venir sin tu parálisis y dejar tu parálisis en casa para recibir por lo menos un poco de refresco, y luego vuelvo con mis parálisis para seguir sufriendo.

Quizás tenemos otra parálisis en nuestra alma, algo que te impide en tu vida laboral. Quizás estás actuando ilegalmente y no sabes cómo salir. Quieres mejorar en esa condición, pero estás como paralizado. Tienes estas parálisis en la vida, pero no las traes ante el Señor, no estás viniendo delante de él, no estás queriendo romper el techo. Quieres ser parte del statu quo, de la multitud ahí anónima informada, pero que solamente está viendo lo que otros reciben, pero no lo que ellos pueden recibir.

El Señor Jesús dijo: "Los que están sanos no tienen necesidad de médico, sino los que están enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores". Y los que estamos aquí somos pecadores que hemos venido delante de Jesús. El Señor no nos ha llamado para decirnos lo que debemos hacer. El Señor nos llama primeramente para decirnos lo que es capaz de hacer por nosotros. Nosotros tenemos que salir de entre la multitud y poder hacer que nuestra fe sea visible, y nosotros podamos mostrar a la multitud no lo que sabemos, sino lo que el Señor ha hecho.

¿Qué ha hecho el Señor en tu vida? ¿Cuáles son los paralíticos que ha sanado en tu existencia, o todavía hay algunos allí? Quizás nosotros debamos reflexionar en esta mañana, y quizás por un instante yo les invito a que cerremos nuestros ojos. Allí en nuestros asientos podamos cerrar nuestros ojos, y quizás podamos meditar y decirle al Señor, que todo lo ve, que todo lo sabe. Este no es un asunto del predicador, no es un asunto de conocimiento humano, es un asunto de conocimiento divino. Es el Señor el que está aquí, y quizás tú tienes un paralítico, alguien que está allá afuera, que necesita venir a los pies del Señor, pero tú no lo trajiste porque es más cómodo venir sin él, porque es más entretenido escuchar la Palabra de Dios cuando él no está presente, porque él me altera los nervios, me cambia la vida, me frustra. Yo no quiero eso, pero lo tengo.

Quizás es el momento en que nosotros podamos venir aquí hoy, en esta mañana, delante de Jesús, porque Jesús prometió: "¡He aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo!".

Pepe Mendoza

Pepe Mendoza

José «Pepe» Mendoza es predicador, escritor y profesor, y autor del libro Proverbios para necios: Sabiduría sencilla para tiempos complejos (Vida, 2024). Ha servido como pastor asociado en la Iglesia Bautista Internacional, en la República Dominicana, y actualmente vive en Lima, Perú, donde enseña en el Instituto Integridad & Sabiduría y colabora con el programa hispano del Southern Baptist Theological Seminary. También trabaja como editor de libros y recursos cristianos. Está casado con Erika y juntos son padres de su hija Adriana.