IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Las últimas palabras de una persona siempre cargan un peso especial, y las de Moisés al pueblo de Israel no son la excepción. Antes de partir, su exhortación final se resume en una frase contundente: "Escoge la vida para que vivas". El pueblo hebreo llevaba cuarenta años en el desierto, había sido liberado de cuatrocientos cincuenta años de esclavitud en Egipto, y ahora estaba a las puertas de la tierra prometida. Sin embargo, su marca de fábrica era la queja constante: extrañaban las cebollas de Egipto, murmuraban en sus tiendas, y llegaron a creer que Dios los aborrecía. Tenían los hechos bondadosos de Dios delante de sus ojos —sus sandalias no se habían gastado, sus vestidos permanecían intactos, el maná caía del cielo— pero no tenían ojos espirituales para verlos.
La vida abundante que Jesús vino a ofrecer no se mide con los cálculos del mundo: ni por la salud, ni por las finanzas, ni por el gobierno de turno. Las cosas secretas pertenecen a Dios, pero las reveladas —su Palabra— nos pertenecen a nosotros. Y esa Palabra no está en lugares inaccesibles; está muy cerca, en nuestra boca y en nuestro corazón. Las tres variables de la vida abundante son sencillas y profundas: amar a Dios, escuchar su voz, y allegarse a él. Esta última palabra significa aferrarse como la carne al hueso, colgarse de su cuello en un acto de supervivencia espiritual. Como dijo Cristo: separados de él, nada podemos hacer.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
El tema de esta tarde para ustedes tiene como título "Si escogieras la vida" y tiene que ver con las últimas palabras de Moisés antes de despedirse del pueblo en el libro de Deuteronomio. Siempre las últimas palabras son muy importantes, ¿verdad? Siempre cuando nosotros leemos y escuchamos lo último que tiene que decir una persona, siempre esas últimas palabras están cargadas de muchos significados.
Y cuando hablamos de escoger la vida, déjenme decirles que esta reflexión empezó no como un sermón, no tenía la intención de que sea un sermón, sino que vino producto de una lectura que tuve hace un par de meses atrás. Estaba leyendo a un rabino judío y él decía que la cultura hebrea, a diferencia de otras culturas antiguas, no tenía grandes monumentos mortuorios, no tenía grandes monumentos que celebraban la muerte como sí son evidentes, por ejemplo, en la cultura egipcia, que son las pirámides y otros grandes lugares de esa cultura. Y en muchas de las culturas antiguas nosotros podemos conocerlas no por sus vidas, sino por la forma en que ellos pensaban la muerte.
Y es interesante, y quiero simplemente dar un pequeño ejemplo: todos nosotros hemos oído hablar de Tutankamón, del famoso faraón egipcio, pero poco sabemos nosotros de su vida. En realidad, lo que sabemos de él lo conocemos por su muerte, porque fue un faraón que murió muy joven, pero quizás la cosa que más conocemos de Tutankamón fue la máscara mortuoria con la que él fue enterrado, una máscara mortuoria preciosa que ahora es conocida por todos. Sin embargo, yo quiero dejar con ustedes un pequeño detalle: esa máscara en su tiempo no fue conocida por todos, porque fue una máscara preparada para depositarla en un cadáver, en una sepultura que iba a ser sellada para siempre. Nadie más la iba a ver, una celebración simplemente de la muerte, de alguien que se estaba preparando para la otra vida, pero de quien poco conocemos acerca de su vida real cuando estuvo aquí en medio nuestro.
Por el contrario, como decía este rabino, en las Escrituras no encontramos que se resalte la muerte o la sepultura de ninguno de sus personajes. Tenemos la cueva de Macpela, que fue la cueva que compró Abraham para poder enterrar a su esposa Sara y donde se enterraron luego al resto de los patriarcas, pero de este lugar solo se habla en el libro del Génesis, no se habla en ningún otro lugar, no se convierte en un lugar de peregrinaje ni tampoco en un lugar especial. Es muy interesante también que, por ejemplo, no encontramos en la Escritura un sepulcro inmenso dedicado, por ejemplo, al rey David o al rey Salomón. Imagínense, con toda su riqueza, haber creado un gran majestuoso panteón para poder enterrarlo. Por el contrario, cuando nosotros escuchamos del mismo David su opinión con respecto a la misma muerte, en el Salmo 30, en los versos 8 y 9, dice: "A ti, oh Señor, clamé, y al Señor dije mis súplicas", y él dice: "¿Qué provecho hay en mi muerte, si desciendo al sepulcro? ¿Acaso te alabará el polvo o anunciará tu verdad?"
Lo cierto es que en la Escritura, si nosotros revisamos la Escritura y revisamos los mandamientos de Dios, en realidad la mayoría o el inmenso gran porcentaje de lo que Dios nos dice es para que vivamos bien en esta vida, ahora, que nosotros nos gocemos con la presencia de un Dios que está vivo. Y eso es justamente lo que nosotros encontramos en el Nuevo Testamento. En el Nuevo Testamento se manifiesta esta misma realidad: que Jesucristo vino para vencer ¿qué? Vino para vencer la muerte y proveernos vida en abundancia. O sea, lo que el Señor viene a darnos es vida en abundancia. Jesús no permaneció en la tumba, sino que Él resucita de entre los muertos para que los que estábamos realmente muertos en nuestros delitos y pecados recibiéramos vida eterna. Famosas son las palabras de Jesús en Juan 10:10: "El ladrón viene para hurtar, matar y destruir, y yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia."
Déjenme decirles simplemente, porque este es el enfoque que yo quiero dejar con ustedes: la palabra "en abundancia" que aparece en el Nuevo Testamento no es una palabra fácil, es una palabra compleja. Cuando Jesús usa esta palabra, está usándola de tal manera que lo que Él quiere darnos a entender no es solamente que Él quiere darnos una vida mejor, sino que Él quiere darnos una vida exuberante, una vida sin medida, en cantidad y en calidad. Esa es la idea de la vida abundante que Él nos viene a ofrecer. "Yo he venido para que tengan..." Esta idea de que el Señor nos ofrece esta vida para que nosotros la tengamos es una realidad.
Por eso es que pensamos que cuando la religión se aleja de la revelación divina, tiende a enfocarse en la muerte o supuestamente en la esperanza de la vida futura, que todos la tenemos, porque nosotros empezamos a vivir la vida eterna desde hoy. Y la vida en abundancia no empieza mañana, sino que empieza desde hoy. Por lo tanto, este rabino tenía razón: la revelación bíblica tiene un llamado a vivir que está enraizado en la promesa de la redención de Dios, está enraizado en aquello que Dios vino a prometernos, que su Cristo vino a liberarnos de la esclavitud de la muerte, que su Cristo vino a levantarnos de la tumba en la que nosotros nos encontrábamos para darnos vida y vida en abundancia.
Y eso es lo que Moisés describe en su discurso final, su discurso de partida, cuando él está dejando el liderazgo del pueblo de Israel luego de estar batallando con ellos durante 40 años en el desierto. El Señor le da la orden: "Hasta aquí no más, Moisés, ha llegado el momento de partir." Y estas son las palabras que aparecen en el capítulo 29 y en el capítulo 30 del libro de Deuteronomio.
Y yo quisiera que para empezar, vamos a empezar por el final, vamos a ir a sus últimas palabras. Deuteronomio capítulo 30, los versículos 19 y 20. Imaginémonos, no habrá más palabras de exhortación de Moisés, estas son las últimas que él le deja a su pueblo, y dice así: "Al cielo y a la tierra pongo hoy como testigos contra ustedes de que he puesto ante ti la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Escoge, pues, la vida para que vivas tú y tu descendencia, amando al Señor tu Dios, escuchando su voz y allegándote a Él, porque eso es tu vida y la largura de tus días, para que habites en la tierra que el Señor juró a tus padres Abraham, Isaac y Jacob."
Es evidente el énfasis que Moisés está poniendo con respecto a la vida. Si tuvieran sus Biblias y tuvieran un lapicero, podrían estar subrayando todas las veces que aparece la palabra vida y sus componentes allí. Dice ahí: está una vez, dos veces, tres veces, cuatro veces, cinco veces. Él habla de manera enfática de la necesidad de que nosotros vivamos. Y quizás la frase mayor de este discurso viene con estas palabras: "Escoge, pues, la vida para que vivas."
Y yo creo que este llamado es fundamental, porque si nos ponemos en contexto, el pueblo de Israel había sido sacado de una vida reducida, de dolorosa esclavitud en Egipto, 450 años de dolorosa esclavitud en Egipto, deambuló en el desierto por 40 años y ahora se encontraba a las puertas de entrar a la tierra prometida. Sin embargo, todo esto podría ser un canto de liberación: 450 años esclavizados en Egipto, viviendo una vida dolorosa. Éxodo nos dice que el pueblo clamaba y el clamor del pueblo subió a la presencia de Dios. Luego, 40 años en el desierto en dirección a la tierra prometida, y ahora se encuentran a la puerta de la tierra prometida. Y pareciera que todo esto es un famoso canto de victoria.
Pero ¿qué sucede? La realidad es que el pueblo de Israel tenía una marca de fábrica. ¿Cuál era la marca de fábrica del pueblo de Israel? A la cuenta de tres: uno, dos... Sí, les di nuevo porque estaban desatentos. ¿Cuál era la marca de fábrica del pueblo de Israel? Sus quejas. ¿Cuál era la marca de fábrica del pueblo de Israel? Eran sus quejas. Ellos no estaban conformes, siempre les faltaba algo, extrañaban la vida de Egipto, querían carne, querían cebolla, querían agua, querían un largo etcétera. Una vida de permanente inconformidad.
No debemos olvidar también que este discurso surge... y el primer capítulo de Deuteronomio nos habla de la visita de los diez espías. Ustedes recuerdan a los diez espías que van a recorrer la tierra prometida, ¿y con qué noticias llegan? "Allá no vamos, la vida allá no va a ser tan buena." Y lo que encontramos, por ejemplo, en el mismo Deuteronomio, y Moisés lo dice, Deuteronomio capítulo 1, los versos 26 al 28, dice: "Sin embargo, ustedes no quisieron subir y se rebelaron contra el mandato del Señor su Dios. Murmuraron en sus tiendas y dijeron: 'Porque el Señor nos aborrece nos ha sacado de la tierra de Egipto, para entregarnos en manos de los amorreos y destruirnos. ¿A dónde subiremos? Nuestros hermanos nos han atemorizado diciendo: El pueblo es más grande y más alto que nosotros, las ciudades son grandes y fortificadas hasta el cielo, y además vimos allí a los hijos de Anac.'"
Dice que ellos murmuraban en sus tiendas, ahí entre nosotros, cada uno en su barrio, acá cada uno en su barrio. Dice que murmuraban. Ustedes saben que la palabra murmurar es una palabra muy musical, porque tiene que ver justamente con aquello que hacemos.
Esa es la idea de la murmuración: hablar bajito, como estar diciéndonos cosas entre nosotros. Y ese es el problema: el pueblo de Israel no estaba contemplando la vida como la estaba viendo el Señor. Porque el Señor no los estaba llevando a una tierra para destruirlos ni para acabar con ellos porque Dios los aborrecía, sino que Dios los estaba llevando a la tierra prometida, una tierra que fluye leche y miel. ¿Qué más inofensivo que la leche y la miel? No hay nada más inofensivo que la leche y la miel, nada más alimenticio, nada más básico, nada más dulce que la leche y la miel. Sin embargo, al parecer la vida que tenían que escoger no era la vida que ellos estaban imaginando, y al parecer no era la vida que ellos estaban viendo, porque era un pueblo que se quejaba de la vida, insatisfecho, temeroso, y que por sobre todo había perdido de vista a su Dios porque había empezado a desconfiar del Señor.
Quizás ahora podemos entender por qué las últimas palabras de Moisés fueron una invocación a escoger la vida sobre la muerte, la bendición sobre la maldición, para que aquellos pudieran ver lo que ellos al parecer no estaban viendo.
Ahora vamos a salirnos de las tribunas y vamos a poder hacer una comparación con nuestras propias vidas. Nosotros también somos el pueblo de Dios, nosotros también hemos gozado del Señor en nuestras vidas. El Señor también nos está llamando a escoger la vida sobre la muerte y la bendición sobre la maldición. Sin embargo, nosotros también nos vivimos quejando, y si nos está yendo más o menos bien, ¿cuál es la frase que usamos? "No me puedo quejar", como si la queja fuera una marca de fábrica en nuestras propias vidas. Vivimos en un mundo que nos confunde, en un mundo que nos atemoriza, que pareciera que está plagado de gigantes como los amorreos y que vienen a destruirnos, pueblos que son más grandes que nosotros, y terminamos de alguna manera afirmando que Dios nos aborrece con la vida que nos ha dado. De alguna manera nosotros somos iguales al pueblo de Dios de la antigüedad.
Sin embargo, el llamado a escoger la vida que Dios tiene para nosotros sigue siendo fundamental, porque nuevamente no podemos dejar de lado la promesa de Jesús: "Yo he venido para que tengan vida y para que la tengan en abundancia". De tal manera que ese es nuestro desafío. Así que yo quisiera, el discurso de Moisés es un discurso sumamente profundo, pero yo quisiera que lo revisemos y que podamos descubrir qué podemos aprender de las últimas palabras de Moisés con respecto a la vida que deberíamos estar viviendo y por qué no la hemos escogido todavía. ¿Qué podemos aprender de este discurso?
Así que vamos al capítulo 29 de Deuteronomio y vamos a leer los primeros tres versículos. Ahí está empezando su último discurso, Moisés. Dice: "Estas son las palabras del pacto que el Señor mandó a Moisés que hiciera con los israelitas en la tierra de Moab, además del pacto que él había hecho con ellos en Horeb. Moisés convocó a todo Israel y les dijo: Delante de sus ojos ustedes han visto todo lo que el Señor hizo en la tierra de Egipto, a Faraón, a todos sus siervos y a todas sus tierras. Las grandes pruebas que vieron sus ojos, aquellas grandes señales y maravillas". Vamos a quedarnos allí.
Estas son las palabras del pacto que el Señor mandó a Moisés. Es cierto, nosotros vivimos vidas en medio de un mundo complejo, de un mundo difícil, de un mundo lleno de peligros e incertidumbres, pero también es cierto que nosotros los cristianos vivimos bajo el pacto de Dios. Y esta es la primera señal que le da un cambio profundo a la forma en que nosotros vivimos la vida. Nosotros no vivimos la vida simplemente bajo la incertidumbre de las circunstancias. Nosotros no estamos sujetos al gobernador de turno. No estamos sujetos simplemente a nuestros cambios de salud o a nuestros cambios financieros, laborales o relacionales. Lo primero que nosotros tenemos delante de Dios es que Dios tiene un pacto con nosotros. Él ha establecido un compromiso permanente. El Dios del cielo y la tierra, el Dios soberano, el Dios que tiene control sobre todas las cosas, ha dicho: "Yo voy a hacer un pacto contigo". Y esa es nuestra primera realidad.
Nosotros estamos bajo el nuevo pacto. Este nuevo pacto es nuestro documento de identidad para vivir la vida. ¿Y qué dice este nuevo pacto? El nuevo pacto se refiere a la nueva relación entre Dios y sus elegidos, establecida a través de Jesucristo, basada en la gracia, producto de su obra en la cruz del Calvario, que nos ha llevado al arrepentimiento para obtener el perdón de los pecados y una nueva vida en Cristo por el Espíritu Santo. Esa es la realidad que nosotros tenemos como hijos de Dios, una realidad que se basa en el pacto de Dios, en la que Él dice: "El que a mí viene, yo no lo echo fuera". En la que nosotros tenemos la seguridad de que el Señor Jesús ha dicho: "El que mi Padre me ha dado, yo lo tengo conmigo". Entonces, esta es la primera cosa que nosotros podemos ver.
Y esto se manifiesta y dice ahí en el verso 2: "Delante de sus ojos, ustedes han visto todo lo que el Señor hizo en la tierra de Egipto, a Faraón, a sus siervos, a toda su tierra, las grandes pruebas que vieron sus ojos, las grandes señales y maravillas". Ahora, hay una realidad que está allí: la realidad del pacto que nos permite ver y ser testigos oculares y recipientes de los hechos bondadosos de Dios. Si ustedes ven ahí en el verso 2 y en el verso 3, ¿cuántas veces aparece la palabra ojos? "Delante de sus ojos", "lo que vieron sus ojos", las grandes señales, las grandes maravillas. Todo eso está delante de ellos, los hechos bondadosos de Dios.
Sin embargo, como también sucede en nuestro tiempo, era evidente que los hebreos no veían lo que Moisés afirmaba, y por eso estaban insatisfechos, por eso se quejaban, por eso soñaban secretamente con volver a Egipto, porque parecía que nada es suficiente, y hasta dudaban del poder y la providencia de Dios. Ellos no terminaban por escoger la vida que Dios tenía para ellos. ¿Y por qué se da eso? ¿Es que acaso ellos no veían lo que Dios estaba haciendo? Dice sí, que estaba delante de sus ojos las grandes señales de Dios.
El secreto está en el verso 4, del capítulo 29. Dice: "Pero hasta el día de hoy el Señor no les ha dado corazón para entender, ni ojos para ver, ni oídos para oír". ¡Wow! No tenían ojos para ver, ni oídos para oír, ni corazón para entender. ¿En qué sentido está hablando Moisés? Está hablando Moisés en un sentido que es fundamental para nuestras vidas. Está hablando de un sentido que escapa a la realidad presente y tiene que ver con un sentido espiritual: que yo pueda ver las cosas como Dios las ve, que yo pueda percibir mi realidad desde la perspectiva de Dios, que yo pueda comprender, como dijo el apóstol Pablo, que mi vida está escondida con Cristo en Dios. De tal manera que cuando les dice a ellos: "Pero hasta el día de hoy el Señor no les ha dado corazón para entender, ni ojos para ver, ni oídos para oír", habla de una realidad que va más allá de lo presente.
Todos nosotros vivimos sujetos, lo cierto, a los vaivenes de la realidad contemporánea, a los vaivenes del cambio climático, a los vaivenes de los gobernantes, a la urgencia de las guerras, a los problemas económicos, a las dificultades por doquier. ¿Podría voltear en esa esquina a la izquierda o no? Es un problema, es un problema. ¿Cuánto tengo que cruzar para poder dar la vuelta y entrar a esta calle que antes entraba siempre ahí? Ahora, cuando vemos todo eso, yo me pregunto: ¿y cómo entra entonces la vida que el Señor quiere para mí y el escoger esa vida abundante, si yo vivo la misma vida que todos están viviendo?
Y aquí es donde muchas veces nosotros perdemos de vista un aspecto importantísimo de la realidad de Dios. Miren, a partir del verso 5, Moisés empieza a explicarle a Israel lo que Israel no ha visto: "Yo los he conducido durante cuarenta años en el desierto. No se han gastado los vestidos sobre ustedes y no se han gastado las sandalias en su pie. No han comido pan ni han bebido vino ni sidra, para que sepan que yo soy el Señor tu Dios. Cuando ustedes llegaron a este lugar, Sehón rey de Hesbón y Og rey de Basán salieron a nuestro encuentro para pelear, pero los derrotamos".
Ellos eran incapaces de ver y eran tan ciegos a la provisión, al cuidado y a la soberanía de Dios sobre sus vidas. Y muchas veces nos pasa eso también a nosotros. Nuestra queja, nuestra insatisfacción, es la insatisfacción general del mundo, pero nosotros no somos del mundo. Nosotros no somos gobernados por las reglas del mundo. Nosotros hemos sido trasladados del reino de las tinieblas al reino de su amado Hijo Jesucristo. Nosotros hemos sido comprados por precio, el precio de la preciosa sangre de nuestro Señor Jesucristo. Nosotros hemos pasado de muerte a vida. La Escritura dice que el que está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron, todas son hechas nuevas.
De allí que cuando Moisés menciona estas cosas que hacen que no tengamos ojos para ver, ni oídos para oír, ni corazón para entender, me hacen recordar las palabras de Pablo. Pablo, en 1 Corintios capítulo 2, él menciona justamente esta trilogía de ojos, oídos y corazón, y lo refiere de una manera distinta. Y él dice de una manera muy clara: "Sino como está escrito: Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han entrado al corazón del hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman. Pero Dios nos las reveló por medio del Espíritu, porque el Espíritu todo lo escudriña, aun las profundidades de Dios". Y él continúa: "Y nosotros hemos recibido no el espíritu del mundo, sino el Espíritu que viene de Dios, para que conozcamos lo que Dios nos ha dado gratuitamente".
De tal manera que nosotros tenemos que tener sentidos espirituales para poder vivir la vida en la medida que Dios espera que la vivamos.
Nunca podremos descifrar la vida de Dios a la luz de nuestras circunstancias temporales, a la luz de mi presión arterial —hoy día está buena o está mala—, a la luz de los rojos o los azules de mis cuentas bancarias, a la luz del éxito o el fracaso de mi trabajo, sino a la luz de cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón del hombre, que son aquellas cosas que Dios solamente ha preparado para los que le aman y que Dios revela a través de su Espíritu para que nosotros conozcamos lo que Dios me ha dado, no porque lo merezca, sino porque me lo ha dado gratuitamente. De tal manera que eso produce la alabanza a Dios.
Eso es en primer lugar: no podrás vivir la vida abundante que el Señor tiene para ti si solo te basas en las mediciones con que el mundo se mide. Tienes que alzarte por sobre la medición del mundo, sobre el cálculo del mundo, sobre las finanzas del mundo, y empezar a ver la vida conforme a la vida que el Señor ve y conforme a las bondades que el Señor manifiesta.
Eso le dijo Dios al pueblo de Israel: "Mira, hoy recuerda, tus sandalias no se han gastado, tus vestidos no se han gastado, les he dado maná del cielo". Míralo y valóralo, pero con ojos espirituales. Míralo y valóralo como alguien que ama al Señor y reconoce que Dios tiene para ti cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón del hombre, que no dependen ni de las matemáticas y que no dependen de las políticas del mundo, sino que dependen del corazón de Dios.
Esa es la primera realidad para poder vivir una vida abundante: descubrir que yo tengo que mirar más allá del sol, por encima del sol, pedir la guía de Dios. Señor, ayúdame a entender mi vida a la luz de tus planes y a la luz de tus propios propósitos.
En segundo lugar, hay algo interesante que Moisés dice, y me encanta el hecho de pensar que a veces nosotros no vivimos la vida que deberíamos estar viviendo porque de alguna manera nos sentimos excluidos de la vida que el Señor está ofreciendo por su gracia. Digámoslo gráficamente: ustedes saben que acá hay uno, dos, tres y cuatro estaciones aquí en el templo, ¿verdad? Y están los que están allá al fondo, ahí al último, al final. Eso, ahí al final, los que están allá, que son como los que están en la tribuna observando lo que pasa aquí abajo.
Muchas veces nosotros nos sentimos como en la tribuna del plan de Dios, como si todo sucediera aquí en el altar, todo pasara aquí, y nosotros somos observadores pasivos de aquello que Dios está haciendo. De tal manera que decimos: "Qué linda la vida del pastor Pipe, ¿no? Qué bonito que canta Odris, qué bonito los reflectores que nos hacen parecer más bonitos".
Pero si nosotros leemos a Moisés en el versículo 10, él dice: "Hoy están todos ustedes en presencia del Señor su Dios". ¿Cuántos? Todos. Sus jefes, sus tribus, sus ancianos, sus oficiales, todos los hombres de Israel, sus pequeños, sus mujeres, y el extranjero que está dentro de tus campamentos, desde tu leñador hasta el que saca tu agua, para que entres en el pacto con el Señor tu Dios y el juramento que el Señor tu Dios hace hoy contigo.
No hay acepción de personas. Nadie se queda afuera, ni el gaula tampoco; él también está incluido. Todos estamos incluidos. Y me encanta que Moisés se tome el trabajo de señalar hasta la última posición social en el Israel del desierto. ¿Cuáles son? ¿Cuáles eran esas funciones que eran lo último en el Israel del desierto? Dice: "Los extranjeros dentro de tus campamentos, desde tu leñador hasta el que saca tu agua". Nadie queda afuera de la presencia de Dios y de la vida que el Señor ofrece.
Y eso es algo que nosotros tenemos que tenerlo grabado en nuestra alma, porque muchas veces nosotros asumimos la posición de espectador en cuanto a la vida abundante que Dios tiene para con nosotros. Pero el Señor no quiere espectadores; el Señor quiere que todos estemos, porque como dice ahí: "A fin de establecerte hoy como su pueblo y que él sea tu Dios, tal como te lo ha dicho y como lo juró a tus padres Abraham, Isaac y Jacob".
Esto es promesa de Dios que no depende de nosotros, no depende de la posición que yo ocupe, porque nadie podrá pararse delante de Dios en sus propios méritos. Depende exclusivamente del Señor, porque él promete: "A fin de establecerte hoy como su pueblo y que él sea tu Dios, tal como te lo ha dicho y como lo juró a tus padres Abraham, Isaac y Jacob". Forma parte del pacto de nuestro buen Dios que nosotros podamos vivir la vida abundante que él tiene para con nosotros.
Ahora, teniendo en consideración estas dos cosas, hay algo que él, Moisés, como maestro, intenta decirle al pueblo y señalarle: que este es un asunto que no depende simplemente de mis intenciones, que yo no estoy sujeto simplemente a tratar de vislumbrar a Dios en medio de la neblina de este mundo, sino que el Señor ha dejado claramente estipuladas las características de la vida para que nosotros la tomemos y la mantengamos en medio de nosotros.
De tal manera que podemos decir que a veces no vivimos la vida que deberíamos estar viviendo porque pensamos que la sabiduría para vivirla está completamente fuera de nuestro alcance. ¿Cómo es la vida? ¿Cómo la vivo? Ya me dijiste, Pipe, que cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón del hombre son las que Dios ha preparado para los que le aman. ¿Cómo la descubro? ¿Dónde la veo? ¿Cómo voy a saber? ¿Qué hago yo, al sol miro, las estrellas, a ver si la voz me habla? ¿Qué es lo que tengo que hacer para yo poder saber qué está pasando?
Porque en primer lugar, para muchos de nosotros, las incertidumbres de la vida, la falta de seguridad, los pros y los contra, las subidas y las bajadas, los éxitos y los fracasos son variables que pareciera que no nos permiten vivir la vida abundante. Hay tantas insatisfacciones, tanta ausencia de seguridad, tantos pros y contra, tantas subidas y bajadas, tantos éxitos y fracasos, tanta inconformidad, que no hay forma de que yo pueda vivir la vida abundante.
Porque lo que yo quiero, Pipe, si Dios estuviera conmigo, lo que yo quiero son certezas. Yo quiero saber si en el negocio me va a ir bien. Yo quiero saber si yo voy a ganar el torneo de pádel la próxima vez y voy a llevarme una segunda medalla. Yo quiero saber si esta inversión que estoy haciendo no es un esquema Ponzi en donde voy a perder todos mis ingresos, o como ese pobre hombre que creyó que Jennifer Aniston le estaba llamando y le pidió un préstamo y perdió todos sus ahorros.
Yo quiero certezas. Y a veces pensamos que las certezas y la vida abundante es tenerlo todo bajo control y conforme a nuestros deseos: Dios es el genio de la lámpara, cada día me da tres deseos. Pero esto es imposible; esa no es la vida abundante que Dios quiere proveer.
Los reyes más terribles de Israel, los reyes más paganos —si ustedes leen, leen, leen la historia de los reyes— se van a dar cuenta que los reyes más paganos estaban rodeados de qué, ¿de qué se rodeaban ellos? Se rodeaban de profetas, muchos profetas. Siempre había un profeta de Dios y ocho mil profetas falsos. Pero ¿qué ofrecían los profetas falsos? Le decían: "Vas a tener victoria mañana en la batalla. Vas a tener, oh rey, victoria en la mañana porque tú eres el más querido de Dios". Toda esa caterva de profetas falsos estaba ahí para decirle al rey lo que el rey quería escuchar. Como dice Pablo: tienen comezón de oír. Pero ninguno de ellos le daba qué: la Palabra de Dios. Por eso venía el profeta verdadero y le decía: "Dice el Señor", y se acababa la democracia, porque acababan con él.
Entonces, ese deseo de certezas es imposible, porque el único que tiene control sobre todas las cosas es el Señor. Por eso que en Deuteronomio, en este capítulo, Moisés dice unas palabras que para nosotros son muy conocidas porque las hemos usado muchas veces. Deuteronomio 29:29 dice: "Las cosas secretas pertenecen al Señor nuestro Dios, pero las cosas reveladas nos pertenecen a nosotros y a nuestros hijos para siempre, a fin de que guardemos todas las palabras de esta ley".
Hermano, cada día trae su propio afán. Nosotros no sabemos lo que va a pasar en el próximo minuto, nosotros no sabemos siquiera la hora exacta de nuestra partida que nos va seguramente a sorprender. Nosotros no tenemos la seguridad de que el negocio va a salir como lo esperamos, nosotros no tenemos seguridad absolutamente de nada, y eso se llama las cosas secretas que le pertenecen al Señor nuestro Dios. Los misterios de Dios son insondables, son impenetrables, pero eso no significa que el Señor me ha dejado simplemente a la suerte de las circunstancias.
Lo que sí el Señor nos ha dejado es algo que es cierto, que es permanente y que Él ha revelado: que es su Palabra. Y el cielo y la tierra pasarán, pero sus palabras no pasarán. Sécase la hierba, se marchita la flor, pero la palabra de nuestro Dios vive y permanece para siempre. La Palabra de Dios penetra hasta partir nuestra alma y nos permite entender nuestros pensamientos y las intenciones de nuestro corazón.
De tal manera que es interesante que el Señor señala dos pertenencias. Dice: las cosas secretas le pertenecen al Señor nuestro Dios. No nos pertenecen a nosotros, no hay forma de que el Señor traslade su propiedad a nosotros. Sin embargo, dice que las cosas reveladas nos pertenecen a nosotros y a nuestros hijos. Ahora, la Palabra de Dios es la palabra de quién, de Dios, valga la redundancia. Por lo tanto, no está hablando de que la Palabra nos pertenece en un sentido de propiedad, sino en el sentido de que el Señor ha dejado eso porque nos corresponde, porque es lo que nos toca, es lo que debemos observar para una vida buena y abundante.
El Señor pone de nuestro lado la responsabilidad de la obediencia en medio de nuestras circunstancias. Las cosas secretas le pertenecen al Señor nuestro Dios, pero las cosas reveladas nos pertenecen a nosotros y a nuestros hijos para siempre, a fin de que guardemos todas las palabras de esta ley. Especular sobre el futuro es un secreto que le pertenece a Dios y no podremos asegurarlo, no está dentro de las prerrogativas humanas. Dentro de nuestras prerrogativas está obedecer el mandato eterno y perfecto de nuestro Dios.
¿Quieres vivir una vida buena? Obedece la Palabra. ¿Quieres vivir una vida abundante? Escucha la voz de Dios, que es Palabra fiel y permanente. Como decía el rey David: ¿Con qué limpiará el joven su camino? Con guardar tu palabra. En mi corazón he escondido tus dichos para no pecar contra ti.
Moisés insiste en esta realidad, y vamos terminando en nuestra reflexión. Insiste en esta realidad porque es la realidad la que nos corresponde. La realidad de la vida buena tiene que ver con nosotros y la Palabra de Dios. Y lo que el Señor quiere decirnos es que, aunque tenemos claro que nos toca conocer la revelación de Dios y seguirla, igual podríamos justificarnos porque sentimos como si la Palabra de Dios, como dijimos desde un momento, estuviera fuera de nuestro alcance.
Y Moisés busca responder esto con estas palabras en Deuteronomio 30, a partir del verso 11: "Este mandamiento que yo te ordeno hoy no es muy difícil para ti, ni está fuera de tu alcance. No está en el cielo para que digas: ¿quién subirá por nosotros al cielo para traérnoslo y hacérnoslo oír a fin de que lo guardemos? Ni está más allá del mar para que digas: ¿quién cruzará el mar por nosotros para traérnoslo y para hacérnoslo oír a fin de que lo guardemos? Pues la palabra está muy cerca de ti, en tu boca y en tu corazón, para que la cumplas."
La Palabra de Dios no es inaccesible, no está en lugares inhóspitos para el ser humano como el cielo y el otro lado del mar, que eran lugares absolutamente imposibles de alcanzar para los hebreos. Nuevamente, la Palabra de Dios no está dentro de la categoría de los lugares misteriosos que solo le corresponden a Dios, por lo que no hay manera de que se pueda evadir la responsabilidad que tenemos del conocimiento y la obediencia.
Cuando Moisés dice "muy cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón, para que la cumplas" o "para que la guardes", lo hace de una manera muy interesante, porque hace la contraposición entre que esté en el cielo y que nosotros necesitemos de alguien para que la traiga, o que esté al otro lado del mar como para que haya alguien que atraviese el mar embravecido y me traiga la Palabra de Dios para que yo la pueda guardar. De una manera muy interesante dice: no, muy cerca está de ti la palabra, en tu propia boca y en tu corazón, para que la cumplas.
¿Y cuál es el paralelo en nuestro tiempo? Creo, amigos y amigas: ¿Cuántas Biblias hay en tu casa? ¿Tienes la aplicación de la Biblia en tu celular? ¿Estás viendo shows también? ¿Tu aplicación te puede leer la Biblia? Tú manejas y la aplicación te la lee en el CarPlay. ¿Cuántos libros de Biblia relacionados con reflexiones y devocionales tienes en tu casa? Muy cerca está de ti la palabra, en tu boca y en tu corazón, para que la cumplas. No hay excusa.
Eso es lo que Moisés está tratando de decirnos, y por eso es que nosotros nos damos cuenta que vivir la vida abundante es algo que nosotros escogemos. Escogemos buscar a Dios porque yo no me quedo satisfecho con las explicaciones que el mundo da de esta vida, y yo sé que hay mejores explicaciones en Dios para mi propia vida y todo lo que yo estoy pasando conforme a sus propósitos, porque nunca un cabello de mi cabeza cae sin su consentimiento.
En segundo lugar, yo no soy ajeno al pacto de Dios, porque todos nosotros los que hemos creído en Cristo estamos en la presencia del Señor, y a todos nosotros se nos da la posibilidad de vivir una vida abundante. El Señor no la tiene restringida, a ver cuánto de vida abundante le voy a dar a uno y cuánto de vida abundante le voy a dar al otro. La vida abundante es para todos. El Señor es el dueño del oro y la plata, el Señor es el dueño del universo, el Señor es un Dios dadivoso, el Señor quiere darnos la vida abundante.
No hay escapatoria para la vida abundante que viene de Dios, porque Dios ha hecho un pacto con nosotros, un compromiso de guardarnos hasta el día del Señor. Pero el Señor plantea sobre nosotros una responsabilidad: la responsabilidad de cambiar nuestra mentalidad y poder descubrir que la seguridad de esta vida no radica en las circunstancias, sino que radica en la medida en que yo obedezco aquello que Dios estableció en su Palabra.
Por eso es que ahora nos ubicamos nuevamente en las últimas palabras de Moisés. Volvemos a las últimas palabras en donde, en el capítulo 30, los versos 19-20, dice: "Al cielo y a la tierra pongo hoy como testigos contra ustedes de que he puesto ante ti la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Escoge, pues, la vida para que vivas tú y tu descendencia."
Y ahora Moisés, de una manera muy sabia, establece que la vida abundante tiene tres variables, y ninguna de esas tres variables está relacionada con mi salud, con mi economía, con mis relaciones, con el presidente de turno, con la calidad de mis inversiones, o lo bueno o malo que sea mi vecino. Toda la vida abundante se relaciona con Él, porque dice: "Escoge, pues, la vida para que vivas tú y tu descendencia, amando al Señor tu Dios, escuchando su voz y allegándote a Él." ¿Por qué? Porque eso es tu vida y la largura de tus días, para que habites en la tierra que el Señor juró dar a tus padres Abraham, Isaac y Jacob.
De tal manera que estas tres variables para una vida abundante son: amar a Dios, que es el principal y más grande mandamiento, una relación de afecto y dependencia ante nuestro Creador y Señor. De allí depende toda la ley y los profetas. Sin embargo, hermano, el amar a Dios como mandato es el primero que me devuelve a Él, porque yo quiero amar a Dios con toda mi alma, con toda mi mente y con todas mis fuerzas, pero ese mandamiento solo me demuestra que lo necesito por completo a Él aun para poder cumplirlo.
Yo no amo a Dios de esa manera, por eso lo necesito a Él. Señor, te necesito para amarte como Tú me pides que te ame, porque yo no puedo llegar delante de Ti amándote y decir: "Señor, aquí estoy contigo, he cumplido el mandamiento." Yo no lo puedo cumplir sin Ti, yo necesito que Tú me ayudes a amarte, porque yo no puedo amarte como Tú me lo pides. Yo necesito de su gracia y poder, porque nunca podría amarlo como Él me demanda. Pero la vida es amar a Dios.
Y la vida es escuchar su voz. Siempre les insistiré que nuestra vida espiritual depende del alimento de la Palabra, que se consume de manera auditiva. Nuestra boca espiritual es el oído. Descuidar el alimento es simplemente descartar los nutrientes que nos permitirían vivir la vida abundante. Yo no puedo vivir ninguna vida sin alimento, yo no puedo vivir la vida abundante si descuido la alimentación espiritual del hecho de poder escuchar su voz. Necesitamos volver a escuchar la voz de Dios y no andar pidiendo y diciendo: "¿Quién subirá al cielo para que me traiga la revelación de Dios, para que cuando yo la escuche la guarde? ¿Quién podrá cruzar el océano, sabe Dios, días y semanas, para que vaya y me traiga la revelación de Dios para que yo la escuche y la guarde?" Muy cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón, para que la cumplas.
Y termino con esta maravillosa frase, porque la vida es amar a Dios, escuchar su voz y allegarme a Él. ¿Saben? Esta es una de las palabras que nosotros no usamos muy cotidianamente: ¡allégate a mí! Son esas palabras que hay que buscar en el diccionario porque no se entiende exactamente qué es. Básicamente, la palabra allegarme significa acercarme, pero los traductores no pusieron acercarme, porque acercarse no es suficiente para dar el significado profundo de lo que el Señor quiere decir allí. El hebreo de la palabra que se usa para traducir con esta palabra, allegarse, tiene que ver con el hecho de la relación que existe entre la carne y el hueso.
Eso es allegarse, o sea, una relación permanente, una relación de intimidad constante que no se puede separar sin que se cause una herida. Allegarme tiene que ver con el hecho de aferrarme. El Señor está allá por allá y yo me le cuelgo por la espalda, y a mí no me suelta nadie de él. Allegarme tiene que ver con colgarme al cuello, esa es la idea. Yo me cuelgo al cuello del Señor con todas las fuerzas que yo tenga, porque mi vida depende de estar conectado con él. Yo me aferro a él de tal manera, porque las circunstancias son tan cambiantes, hay tanto dolor y hay tanto quebranto, que nunca podré pasar por la vida si no permanezco abrazado a él.
Esa es la vida, ese es el sentido de la vida. Esta palabra es tan fuerte que tiene que ver con el pegamento, es adherirme como pegamento a él. Es básicamente un acto de supervivencia. Jesucristo lo dijo de una manera muy sencilla, él dijo: "Separados de mí nada podréis hacer". De tal manera que ya notaron que la vida abundante que Dios tiene para sus hijos no está dictaminada por las circunstancias buenas o malas, por la presencia o la ausencia de bienes, por la paz o por la guerra, sino por mantenernos tan cerca de él que escuchamos su voz con claridad, y él nos enseña a amarlo, y nos quedamos tan aferrados a él que por fin comprendemos con Pablo sus palabras, cuando él dijo: "Nada me separará del amor de Cristo, nada me separará del amor de Cristo".
Porque mi vida es él, porque mi vida está escondida con Cristo en Dios, porque estoy protegido bajo el amparo de sus alas, porque le he dicho: "Señor, Señor, yo quiero amarte, y mientras busco amarte, enséñame a amarte más. Ayúdame a escuchar tu voz y ayúdame a allegarme a ti con tal profundidad que yo pueda ser uno contigo, y pueda andar por la vida reconociendo que finalmente el que tiene control sobre mi vida eres tú y ninguna de las circunstancias". Amén.
Oremos al Señor. Señor, queremos darte gracias por esta preciosa verdad. Darte gracias, Señor, por la confirmación que tú nos das de que tú esperas que nosotros vivamos una vida abundante. Pero de una vez por todas, Señor, te pedimos que quites de nosotros la idea de que la vida abundante está en relación con lo que el mundo considera una vida abundante. Nuestra vida abundante es superior, nuestra vida abundante es más grande, porque depende absolutamente de ti. Nuestra vida abundante es mayor porque depende de tu pacto, de tu compromiso para con nosotros, porque depende de la obra del Crucificado que resucitó de entre los muertos para que nosotros vivamos con él.
Te damos gracias, Señor, porque tú no haces acepción de personas. Te damos gracias, Señor, porque tú nos tienes considerados a todos los que creemos en ti para vivir esa vida abundante que tú das a plenitud. Señor, tú no das migajas, tú nos regalas una vida abundante. Te damos gracias, Señor, porque hay cosas secretas que te pertenecen a ti, pero si yo estoy contigo, las cosas secretas no tienen importancia, porque te estoy escuchando a ti y estoy escuchándote decir que me amas, que tienes cuidado de mí, que eres compasivo, que perdonas pecados, que actúas con misericordia.
Señor, yo te doy gracias, Señor, porque en medio de las encrucijadas de la vida, de las incertidumbres y de las nieblas, nos has dejado tu Palabra que es luz para nuestro camino, antorcha que alumbra en lugar oscuro. Palabra tuya, Señor, que me permite aun entender mis propios pensamientos y las intenciones de mi corazón. Palabra que anuncia el fin de los tiempos con la absoluta seguridad de que Cristo permanecerá asentado en su trono y que tiene toda autoridad en el cielo y en la tierra.
No hay circunstancia que sea ajena a ti, y te damos gracias, Señor, porque finalmente has reducido la vida abundante, Señor, de una manera tan sencilla, en donde ya no depende de las cosas, ya no depende de los bienes, no depende de los gobiernos, sino depende simplemente de estar muy cerca de ti. Señor, tú eres la vida. Permítenos aferrarnos a ti de manera permanente todos los días de nuestra vida. Te lo pedimos en el nombre de aquel que es nuestra vida, nuestro Señor Jesucristo. En el nombre de él ponemos nuestras vidas delante de ti. Amén.
El Señor les bendiga, hermanos. Guardemos la fe. Gracias por acceder a este recurso. Espero que haya sido de gran bendición para tu vida. Te sugiero que te suscribas a este canal, de forma que tú puedas recibir notificación la próxima vez que hayamos subido un nuevo recurso que pueda servirte de instrucción y bendición.
José «Pepe» Mendoza es predicador, escritor y profesor, y autor del libro Proverbios para necios: Sabiduría sencilla para tiempos complejos (Vida, 2024). Ha servido como pastor asociado en la Iglesia Bautista Internacional, en la República Dominicana, y actualmente vive en Lima, Perú, donde enseña en el Instituto Integridad & Sabiduría y colabora con el programa hispano del Southern Baptist Theological Seminary. También trabaja como editor de libros y recursos cristianos. Está casado con Erika y juntos son padres de su hija Adriana.