Statamic
Sermones

El Señor espera una meditación sincera (parte 2)

Pepe Mendoza 17 agosto, 2025

El camino hacia la pureza espiritual parece sencillo en teoría: guardar la palabra de Dios. Pero cuando el salmista del Salmo 119 enfrenta ese ideal, reconoce que la distancia entre saberlo y vivirlo requiere algo más que buenas intenciones. Requiere una actitud sincera delante de Dios.

La historia de Pablo, un monje del siglo cuarto, ilustra esta tensión. Invitado a un banquete donde bailaban odaliscas, no lloró por escándalo sino por convicción: "Yo no me esfuerzo tanto para agradar a Dios como estas mujeres se esfuerzan para agradar a los hombres". Esa honestidad brutal es precisamente lo que el salmo demanda. El salmista no pretende haber alcanzado la perfección; más bien clama: "Con todo mi corazón te he buscado, no dejes que me desvíe". En su vida pública, pide no perder las señales del camino. En su vida privada, ha atesorado la palabra no como reliquia sino como tesoro vivo, y suplica que Dios lo aguijonee, lo estimule, lo despierte a la obediencia.

La actitud correcta incluye compromisos concretos: que toda palabra de Dios pase por nuestros oídos, gozarnos en el estilo de vida que su palabra fomenta —más que en la autosuficiencia que prometen las riquezas—, y considerar los caminos ya transitados por el pueblo de Dios sin pretender inventar uno propio. El crecimiento espiritual se evidencia cuando la obediencia deja de ser carga y se convierte en deleite, cuando podemos decirle a Dios: no te olvides de mí, porque yo no me olvidaré de ti.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Vamos a empezar. Gracias a Dios por esta oportunidad que tengo de poder seguir compartiendo con ustedes este precioso salmo, el Salmo 119, y estos temas que hemos titulado "El Señor espera de nosotros una meditación sincera".

Estábamos hablando de la instrucción fundamental de esto que estamos viendo en el Salmo 119: la forma en que debemos acercarnos a la Palabra de Dios. Hablábamos de qué es el salmo. El Salmo 119 es el capítulo más largo de la Escritura, está dividido en 22 partes, cada parte de 8 versículos, y que empiezan básicamente con la primera letra del alfabeto hebreo. La semana pasada nosotros vimos el álef, que justamente empieza con la palabra "ashrei" que significa bienaventurado; por eso empieza el verso 1 diciendo: "¡Cuán bienaventurado!"

La semana pasada nosotros hablábamos de que cuando nos acercamos a la Palabra de Dios, lo primero que encontramos es un ideal que nos sobrepasa. El llamado de Dios es a un ideal que nos sobrepasa y, por lo tanto, el acercamiento del salmista no es al cinismo, no es a la pasividad, no es simplemente a mantenerse como observador, sino que lo primero que aprendimos es que él eleva una oración sincera en donde él dice: "¡Oh, ojalá mis caminos sean afirmados!"

Nosotros vimos cómo el salmista se presenta delante del Señor y le dice: "¡Señor, quita los obstáculos! Señor, que yo no pase vergüenza al contemplar tu Palabra. Señor, permite que yo tenga un corazón agradecido cuando estoy viendo mi vida y yo pueda estar aprendiendo aquello que tú me estás enseñando". Y esta primera sección acaba con un compromiso en donde el salmista dice: "Señor, yo tus estatutos los voy a guardar, pero por favor, ¡no te des por vencido conmigo!" Hasta allí nosotros llegamos la semana pasada.

Entonces, estábamos hablando básicamente de una meditación sincera que parta con una oración sincera. Cuando nos acercamos a la Palabra, no solamente vemos aquello que el Señor nos dice, sino que descubrimos aquello que el Señor nos demanda, y debemos tener esa oración sincera en donde le podemos decir al Señor: "Señor, esto está todavía muy lejos de mí, pero yo te pido que me enseñes, que me guíes, que me fortalezcas para poder llegar a donde tú esperas que yo llegue".

Y ahora nosotros nos vamos a la segunda sección, que es del verso 9 hasta el verso 16, y que, como ustedes ven en sus Biblias, tiene el título "bet" porque es la segunda letra del alfabeto hebreo. Aquí empieza con la palabra "bamé", que significa "cómo" o "qué"; por eso el versículo empieza diciendo: "¿Cómo puede el joven...?"

Así que vamos a dedicarnos ahora ya no solamente a ver que cuando yo me acerco a la Palabra tengo que acercarme con una oración sincera, pidiéndole al Señor que me enseñe para que yo pueda llegar a donde espera Él que yo llegue, sino que ahora, en segundo lugar, el salmista nos enseña que nos corresponde no solamente elevar una oración sincera, sino que ahora nos corresponde también poder tener una actitud sincera delante de Dios.

Vamos a leer el pasaje y luego vamos a dividirlo y vamos a compartirlo de tal manera que podamos extraer las enseñanzas para nuestras vidas. Dice así el Salmo 119 a partir del verso 9: "¿Cómo puede un joven guardar puro su camino? Guardando tu palabra. Con todo mi corazón te he buscado; no dejes que me desvíe de tus mandamientos. En mi corazón he atesorado tu palabra para no pecar contra ti. Bendito tú, oh Señor; enséñame tus estatutos. He contado con mis labios todas las ordenanzas de tu boca. Me he gozado en el camino de tus testimonios más que en todas las riquezas. Meditaré en tus preceptos y consideraré tus caminos. Me deleitaré en tus estatutos y no olvidaré tu palabra".

Oremos al Señor. Padre Santo, en esta mañana una vez más te pedimos que te reveles ante nosotros a través de la guía del Espíritu Santo. Señor, necesitamos de ti para poder comprender tu revelación. Señor, te ruego que en medio de mis debilidades tu poder se perfeccione, y todo lo que digamos o hagamos sea para tu gloria y honra. Te lo pedimos en el nombre de Jesús. Amén.

La semana pasada yo les contaba de este personaje, este personaje de la historia de la Iglesia, que en mi adolescencia me llamó poderosamente la atención y que produjo un impacto poderoso en mi propia vida. Este hombre, este monje llamado Pablo —no el Pablo del primer siglo, sino este hombre del cuarto siglo— cuya historia apareció en un libro pequeño de historia de la Iglesia que yo estaba leyendo en ese momento. Pero no les conté las dos historias que contaban en ese libro; solo les conté la primera, esta que tenía que ver con su disposición a poder poner en práctica lo poco o lo mucho que él iba conociendo del Señor.

En la segunda historia dice que este hombre, luego de pasar mucho tiempo en el monte —recuerdan que se fue producto de que el obispo le había enseñado la primera parte de un versículo y él se fue para poder aprender a ponerlo en práctica— luego de mucho tiempo desciende del monte donde él estaba viviendo. El obispo se sorprende de su visita y lo recibe alborozado, contento, y le dice: "¡Bienvenido, Pablo! ¡Qué gusto tenerte nuevamente entre nosotros!"

El obispo, que en ese tiempo ya no era tan cristiano como debería ser, sino que era más bien un poco más mundano, decide preparar un banquete de recepción a Pablo. Prepara un banquete, invita a los oficiales de la iglesia, invita autoridades públicas, invita gente importante, y sienta a Pablo ahí en el medio de esta gran celebración llena de comida, etcétera, etcétera.

Bueno, en algún momento el obispo hace... Ustedes saben lo que pasa cuando hace algo, ¿va a pasar, verdad? Está llamando a algo. Entonces, en ese momento empieza a sonar la música y empiezan a salir unas odaliscas a bailar para el público presente. Entonces ahí estas muchachas, ¿no es cierto?, con mucha armonía seguían el ritmo de la música y estaban bailando celebrando la presencia de Pablo. Cuando el obispo voltea, Pablo estaba llorando amargamente, amargamente, con las manos sobre el rostro, llorando amargamente.

El obispo se sorprende y vuelve a hacer así, que significa que se vayan las odaliscas. En ese momento el obispo se voltea y le dice: "Pablo, perdónanos, perdónanos. Acabamos de herir tu santidad. ¿Cómo pudimos haber traído a estas mujeres delante de ti?" Y Pablo dice: "Ese no ha sido el problema. Yo no lloro por eso". Levantó la cara y le dijo: "Yo lloro porque no me esfuerzo para agradar tanto a Dios como estas mujeres han intentado agradar a los hombres. Yo no me esfuerzo tanto para agradar a Dios como estas mujeres se esfuerzan para agradar a los hombres".

Yo creo que en esta segunda parte del Salmo 119 ya no solamente nos encontramos con nuestra indefensión delante de Dios y con nuestra súplica de que el Señor haga algo por nosotros porque estamos muy lejos de alcanzar el estándar divino, sino que ahora el salmista nos va a proveer algo que sí debe estar en nosotros: que sí debe haber algún tipo de esfuerzo, que sí debe existir parte de nuestra responsabilidad delante de Dios al acercarnos delante de su Palabra. Y lo primero en lo que él reflexiona es con respecto a nuestra actitud con respecto a Dios y a su Palabra.

Así que empezamos. Ustedes recuerdan que la semana pasada nosotros dividimos la primera parte en donde había un ideal, había un mandato, había una oración, había un compromiso y había un anhelo.

Ahora nuevamente nos encontramos con un ideal. En el verso 9, el salmista dice: "¿Cómo puede el joven guardar puro su camino? Guardando tu palabra." Y es interesante que ahora ya no parte del hecho de la felicidad consumada de alguien que, como en el verso 1 decía: "¡Cuán bienaventurados son los de camino perfecto, los que ya andan en la ley del Señor!" Aquí en este segundo ideal, este segundo ideal ya no parte de este grado inmenso de felicidad de aquel que anda de manera perfecta delante de Dios, sino que la pregunta sigue siendo un ideal, pero ahora se convierte en un ideal sincero. Y él dice: "¿Cómo puede el joven guardar puro su camino?" En mi mente yo tengo la Reina Valera del 60: "¿Con qué limpiará el joven su camino?"

La pregunta que hace ya no parte de la extrema santidad del que es feliz guardando la palabra, sino que empieza en nuestra realidad. Nuestra realidad va de la suciedad a la limpieza, va del pecado hacia la santidad, va del error, la falla, a la búsqueda de la obediencia. Señor, siempre nuestro punto de partida es la muerte, porque de allí es donde nos saca el Señor. Y él empieza con este ideal: "¿Cómo puede el joven guardar puro su camino?" Una pregunta sincera.

Ahora, cuando reflexionaba en el texto, la primera pregunta que me surge es: ¿por qué dice joven? ¿Por qué no dice el hombre o la mujer? ¿Por qué empieza con la idea de un joven que guarda puro su camino? Bueno, déjenme decirles que en la Escritura la palabra "joven" no es en realidad un término positivo en toda su magnitud. El joven, de acuerdo a la Escritura, es simple, y la simpleza lleva a la necesidad. Un joven es alguien que ya ha crecido, no es un adolescente, no es un niño, es alguien capaz de emprender su vida pero que no tiene todavía en las manos todas las herramientas para salir adelante. Le falta experiencia, le falta conocimiento, le faltan los grados académicos, le faltan algunos golpes de la vida; todavía tiene mucho que aprender. Esa es la idea del joven en la Escritura: alguien que es instruible, alguien que requiere todavía aprender, alguien que todavía mantiene la necesidad a flor de piel, por decirlo de alguna manera.

Entonces, la primera pregunta es: "¿Cómo puede el joven guardar puro su camino?" Hay una sola respuesta. ¿Cuál es esa respuesta? Guardando su palabra. Fácil, ¿verdad? Pero no es tan fácil como parece, porque todos sabemos eso, ¿verdad? ¿Cómo podemos guardar nuestra vida limpia delante de Dios? ¡Obedeciendo la palabra! ¡Wow! ¡Perfecto, fantástico! ¡Nos vamos! Entonces, cerremos nuestras Biblias, cantemos. Luis no está todavía.

Lo cierto es que este es también otro ideal, hermanos. Es un ideal porque es algo que todos sabemos, es algo que sabemos que es una realidad: que para guardar limpio nuestro camino o puro nuestro camino, sabiendo de dónde venimos, lo que necesitamos es guardar la palabra. Volvemos a tener un ideal al que necesitamos encontrar la escalera para poder subir a ese ideal.

Entonces el salmista vuelve a ser sincero. Él no se queda simplemente con esa respuesta de: "Sí, pues, debemos guardar la palabra; ese joven, para que limpie su camino, tiene que ser obediente, debe ser obediente. Francisco, tienes que ser obediente. Amén, muy bien." Nos podríamos quedar allí, pero la meditación sincera nos debe llevar a cuestionar nuestra propia alma, a preguntarnos dónde estamos a la luz de este ideal tan sencillo. Porque es un ideal sumamente sencillo, pero ¿dónde estamos nosotros?

Y ahí empieza esta oración que el salmista hace, que está del verso 10 al verso 12. Nuevamente, hermanos, nosotros aprendemos en la Escritura que la meditación de la palabra nos lleva a la oración, nos lleva a confesarnos delante de Dios, nos lleva a reconocer dónde estamos con respecto a lo que el Señor nos ha hablado en su palabra.

Y él empieza en primer lugar con una oración que tiene que ver con su vida pública. El salmista, de manera sincera, ora delante del Señor y pone delante de Dios su vida pública. Y él dice: "Con todo mi corazón," verso 10, "con todo mi corazón te he buscado; no dejes que me desvíe de tus mandamientos." Con todo mi corazón te he buscado; no dejes que me desvíe de tus mandamientos.

Aquí viene la primera oración sincera. Ustedes recuerdan que nosotros habíamos señalado que en la segunda parte del verso 2 dice: "Y con todo el corazón lo buscan." Y nosotros llegamos a la conclusión de que yo nunca podré buscar al Señor con todo el corazón, que siempre habrá algo de mí que se queda rezagado. Sin embargo, ahora el salmista dice: "Con todo mi corazón te he buscado." ¿Es este el mismo "con todo el corazón" del verso 2? Definitivamente no. Lo que el salmista está diciendo es: "Señor, yo me he esforzado de verdad por encontrarte. Señor, yo me he esforzado de verdad por encontrarte."

Ahora, ese ideal de buscar, decíamos que es una oración pública, porque en realidad esta búsqueda y este sentido de búsqueda tiene que ver con algo que es muy interesante con esta palabra. Porque este "con todo mi corazón te he buscado" significa: te he recorrido, te he frecuentado, te he preguntado, he indagado, he inquirido, he cuestionado, te he requerido. Señor, con todo mi esfuerzo yo he tratado de encontrar respuestas para mi vida en ti. No es una búsqueda meditativa simplemente en los secretos de mi escritorio muy temprano en la mañana, sino que he tratado de encontrar respuestas en ti con todo el esfuerzo de mi corazón, no perfecto, en medio de mi transitar por la vida.

Porque aquí el salmista está mostrando la dificultad entre el ideal del verso 9 y la realidad de la vida. El verso 9 dice: "¿Con qué limpiará el joven su camino?" ¿Con qué? Con guardar tu palabra. Pero cuando el salmista se pone en oración le dice: "Señor, yo te he buscado con todo mi esfuerzo; te he requerido, te he cuestionado, te he preguntado." Y esa es la actitud correcta que el Señor está esperando de nosotros: que nosotros vayamos delante de él con nuestros cuestionamientos más profundos, en medio de nuestras decisiones más drásticas. Que el Señor no se quede en el estacionamiento cuando nosotros entramos al médico, o al abogado, o a la oficina. No dejemos al Señor en el auto, sino que en medio de los momentos más dramáticos de nuestra vida nosotros podamos preguntarle al Señor: "¿Qué es lo que tienes que decirme con respecto a esto?"

Y por eso el salmista, reconociendo que aunque su intento es muy profundo, él le dice al Señor: "Señor, no dejes que me desvíe de tus mandamientos. No permitas, Señor, que pierda el rumbo, sin dirección." Y hermanos, "¿con qué limpiará el joven su camino? Con guardar tu palabra." Pero yo tengo que entender: "Señor, por más esfuerzo que yo haga para preguntarte, para inquirir, para cuestionar, para requerir, para indagar, en medio de todas las situaciones de la vida, yo te pido, Señor, que nunca permitas que yo me desvíe del rumbo de tus mandamientos."

¿No es esta una oración preciosa? ¿No es algo que nosotros debemos pedir continuamente al Señor? A mí me encanta mucho Eugene Peterson. Eugene Peterson, un pastor norteamericano que fue uno de mis maestros, tiene libros preciosos sobre el trabajo pastoral. Y él, siendo ya mayor, hizo una paráfrasis de la Biblia que se llama "The Message," El Mensaje, y es realmente un libro precioso alrededor de la Biblia. Y él, refiriéndose a este pasaje, a este pasaje del verso 10, lo parafrasea con estas palabras. Él dice: "Estoy decidido a perseguirte; no dejes que pierda las señales de tránsito que tú has puesto." ¿Te das cuenta qué bonito? Señor, yo estoy detrás tuyo, estoy tratando de seguir el rumbo que tú has dejado, pero Señor, que no me pierda las señales de tránsito; no vaya a ser que en un momento yo voltee a la derecha cuando tú estás siguiendo de frente.

Y esa es la intención de este pasaje: que en nuestra relación pública, en nuestra búsqueda por guardar los mandamientos, hacer puro nuestro camino, en medio de nuestros cuestionamientos, nosotros le digamos al Señor: "No permitas que yo me desvíe, que pierda el rumbo de tus mandamientos." Que nosotros podamos acotar nuestra vida a los mandamientos de Dios.

En segundo lugar, en el verso 11 dice: "En mi corazón he atesorado tu palabra para no pecar contra ti. Bendito tú, oh Señor; enséñame tus estatutos." Y aquí hay algo precioso que viene entonces ya no con esa intención pública, en la que yo voy por la vida, ¿no es cierto?, en medio de los dilemas existenciales que cada día yo tengo con respecto a mil decisiones que tengo que tomar, algunas sumamente importantes, algunas triviales, pero todas marcan el rumbo de mi existencia. Que en medio de mi caminar y las decisiones que tome: "Señor, por favor, que yo te busque con todo mi corazón, que me esfuerce en buscarte, pero no dejes que me desvíe de tus mandamientos, que yo camine en obediencia a ti en medio de las decisiones que tomo."

La siguiente oración es una oración personal, privada. Él dice: "En mi corazón he atesorado tu palabra." No solamente la he escondido, sino la he atesorado. La Reina Valera del 60 dice: "En mi corazón he guardado tus dichos para no pecar contra ti." Aquí dice: "En mi corazón he atesorado." ¿Por qué he atesorado? Porque no solamente se trata de guardar algo que ya no es de uso, sino que cuando yo atesoro, guardo algo que es valioso, algo que es significativo, algo que realmente vale la pena.

"En mi corazón he atesorado tu palabra, Señor," porque hay un propósito fundamental en mi vida que no tiene que ver con el éxito, que no tiene que ver con que en medio de las preguntas que yo me hago por la vida, Señor, te pregunto a ti y te digo: "Señor, no dejes que me desvíe de tus mandamientos." No es simplemente para que me vaya bien, sino porque yo no quiero pecar contra ti, porque yo quiero mantener una relación saludable contigo, porque la primera sonrisa que yo quiero tener es la sonrisa de tu agrado para conmigo al actuar. En mi corazón he escondido tu palabra, en mi corazón la he atesorado, he valorado aquellas cosas que tú has dicho para no pecar contra ti.

Y por eso es que del corazón del salmista sale un canto de alabanza que dice: "Bendito tú, oh Señor." Y esa es la realidad de un corazón que atesora la palabra de Dios, porque el deseo de nuestra alma no es simplemente la prosperidad, no es simplemente la tranquilidad, no es simplemente el éxito, no es simplemente que me vaya bien, no es simplemente que mis relaciones sean saludables, no es simplemente que goce de salud. El deseo de mi corazón es que yo no me desvíe del Señor, que yo no peque contra él. Por eso de mi corazón surge una profunda expresión de adoración.

Pero él no termina allí. En el verso 12 él termina diciendo: "Bendito tú, oh Señor, enséñame tus estatutos. Enséñame tus estatutos." Lo primero que él pide en su vida pública: Señor, no permitas que pierda la dirección de tus mandamientos. Pero ahora, en el ámbito privado de su relación con Dios, él dice: "Enséñame tus estatutos."

Pero es interesante las características de las palabras que el salmista está usando, porque saben, la palabra "enseñar" es una palabra sumamente interesante en el hebreo. Porque la primera traducción literal de "enseñar" tiene que ver con aguijonear. O sea, "enséñame" es "aguijonéame", provócame, estimúlame. Cuando el Señor me enseña, lo que hace es en primer lugar despertarme. El Señor me estimula con su palabra, el Señor lo que provoca es un movimiento, un movimiento en mí que no es meramente intelectual, sino que es la búsqueda de sabiduría.

El hecho de que yo pueda aplicar aquello que el Señor me ha instruido para aplicarlo en mi propia vida es como aguijonear al buey para que avance. De hecho, es que yo salga de la inacción, que salga de la inactividad, que despierte a la realidad del Dios que me está llamando a hacer algo. No basta simplemente que Dios se pare en la pizarra y diga: "Lo que tienes que hacer es esto", sino que él sale a la antigua, como maestro a la antigua, con la regla en la mano, y diciendo: "¡No, hacia allá tenemos que ir!" El Señor nos enseña despertándonos en la amonestación, llamándome la atención. Ese cuestionamiento que yo le hacía en público ahora se convierte en un cuestionamiento de parte de Dios, pero en privado.

Dios me enseña. Yo le digo: Señor, por favor, aguijonéame todo lo que tú quieras, porque yo necesito ser despertado para no pecar contra ti. Yo necesito reaccionar a tus mandamientos, necesito ser estimulado en obediencia. Porque ustedes recordemos el ideal en el verso 9: "¿Con qué limpiará el joven su camino? Con guardar tu palabra." Pero es difícil, y tengo que ser sincero, que en medio de las decisiones, aun cuando busco a Dios con todo mi corazón, tiendo a desviarme, tiendo a tomar de aquí y de allá del mandamiento de Dios, o simplemente lo bloqueo y me cierro y me voy por otro lado.

Y aunque he atesorado su palabra y decido adorarle porque no quiero pecar contra él, yo le pido al Señor: estimúlame, aguijonéame, provócame, encamíname a la obediencia. Señor, muéstrame, disciplíname, exhórtame, anímame, llámame la atención, porque yo tiendo a ser un alumno que se duerme en clase.

Yo estudié en un colegio militar la secundaria, y en el colegio militar vivíamos encerrados. En el colegio militar muchas veces nos hacían prácticas, ejercicios, muy temprano en la mañana, y cuando íbamos al colegio a las clases, bueno, uno estaba muerto de cansancio. Y teníamos una profesora de inglés, una señora muy mayor, majita, muy mayor, que quería dar su clase de inglés. Y la clase de inglés era la que tú menos querías, la que menos estimulaba, por decirlo de alguna manera. Y la profesora empezaba con su clase de inglés y todos nosotros decíamos: "Llegó el momento, arrúyame profe con una canción en inglés." Y todos empezaban a cantar, la cabeza para acá, la cabeza para allá. Pero déjenme decirles que eso no sucedía, porque era la clase a la que le prestábamos mayor atención. ¿Saben por qué? Porque la profesora tenía una puntería... La pizarra verde, la pizarra verde con tizas, y la mota, el borrador, recuerdan que se llenaba de polvo blanco. Bueno, tú te dormías y la profe hacía: ¡zas! ¿Qué se ensuciaba? El uniforme. No salías ese fin de semana. Estábamos completamente estimulados a aprender inglés.

Señor, enséñame esa palabra que he atesorado. Señor, avívala, porque es cierto, ahora lo reconozco, pero avívala. Yo la he escondido, como dice la Reina Valera 1960, la valoro, pero la tengo ahí en un cajón. Señor, aguijonéame para poder vivirla. Y esa oración pública y privada es la respuesta ideal: "¿Con qué limpiará el joven su camino? Con guardar tu palabra."

Pero ahora no se queda ahí el salmista, sino que él va a demostrarle al Señor la actitud que él tiene delante de Dios. Y esto es lo importante que yo quiero dejar con ustedes en esta mañana. Hermanos, cada vez que vamos a la palabra de Dios, lo primero que tenemos que hacer es confrontar la palabra de Dios con nuestra realidad. Pero luego tenemos que hacer un compromiso, y este es el compromiso que el salmista reconoce delante de Dios.

Lo primero es que él señala que hay una condición fundamental. Él dice en el verso 13: "He contado con mis labios todas las ordenanzas de tu boca." He contado con mis labios todas las ordenanzas de tu boca. ¿Qué es lo que estas palabras poéticas significan? Lo que el salmista está diciendo es: Señor, en mi vida personal, todas las palabras que han salido de tu boca han pasado por mi boca. ¿Qué quiere decir en términos modernos? Señor, todo lo que tú has dejado revelado ha pasado por mis ojos.

Es una primera condición fundamental para nuestra vida, hermano, para nuestra vida espiritual. Ya hemos repetido hasta la saciedad que nuestra espiritualidad es auditiva, que el Dios invisible solo ha dado a conocer algo de él en medio de su invisibilidad. ¿Qué es lo que Dios ha dado a conocer de él? Su voz, su palabra. Él ha hecho audible su corazón, de tal manera que Dios se da a conocer a través de su palabra. Y la primera actitud fundamental que el salmista reconoce es decirle: Señor, todo lo que ha salido de tu boca, yo lo he repetido con mi boca.

En nuestro tiempo no tenemos una tradición oral, pero queremos recuperar una tradición escrita. Queremos nuevamente que el pueblo de Dios sea un pueblo entendido y conocedor del mensaje completo del Señor. No nos podemos esconder detrás de una falsa humildad diciendo que: "Oh no, esto es muy grande para mí, esto es demasiado para mí." Muy cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón, para que la cumplas. El salmista reconoce: "He contado con mis labios todas las ordenanzas de tu boca."

Tenemos que hacer un compromiso delante del Señor, hermano, en este año escolar que empieza, en que nosotros también hagamos ese pacto con Dios: Señor, yo quiero que todas las palabras que salieron de tu boca pasen por mis oídos. Que todas las palabras, Señor, que salieron de tu boca puedan ser repetidas con mi boca. Que todas las palabras que salieron de tu boca y que tú has preservado con tanto cuidado y paciencia, Señor, puedan ser pasadas por mis ojos. Esa es una primera responsabilidad, es una primera actitud correcta que el salmista nos está enseñando.

Y luego él continúa y dice en el verso 14: "Me he gozado en el camino de tus testimonios más que en todas las riquezas." Me he gozado en el camino de tus testimonios más que en todas las riquezas. Y nuevamente aquí nos encontramos con una expresión poética: "Me he gozado en el camino de tus testimonios." Aquí hay una situación de disfrute, aquí hay un apego con respecto a la palabra de Dios que es contrastado entre dos formas, entre dos formas de vida.

Cuando él dice: "Me he gozado en el camino de tus testimonios", le está diciendo: Señor, para mí ha sido agradable la forma de vida que tú prometes al que obedece tu palabra. Para mí es satisfactoria la forma de vida que tú requieres de nosotros cuando obedecemos tu palabra. Nosotros tenemos un estilo de vida, un camino que transitar, que es un camino que transitamos en obediencia a la palabra de Dios. Y el salmista dice: "Yo me he gozado en el camino de tus testimonios." Esos testimonios que son el resultado de lo que ve Dios en la palabra y que genera en nosotros un estilo de vida.

¿Por qué nos levantamos temprano el domingo en la mañana, si pudiéramos estar durmiendo o tomando un desayuno tarde, verdad? Con huevo frito, con tocino, tranquilos, el café, escuchando música. ¿Por qué no hacemos eso? Porque me he gozado en el camino de tus testimonios. Nos gozamos en este estilo de vida que nosotros tenemos. Es un estilo de vida sacrificado, pero es hermoso. Yo me gozo en este estilo de vida. Claro, tiene sus requerimientos, pero es fantástico.

Porque alabamos al Señor, porque el domingo es, en nuestro primer cambio, en nuestro estilo de vida, el domingo es el primer día de la semana de acuerdo a la Escritura. Nosotros venimos antes de hacer cualquier cosa, venimos a consagrar mi vida delante del Señor. Si tú estabas viniendo pensando que es el último día de la semana para golpearte el pecho, estás equivocado. Aquí nadie viene a golpearse el pecho. Aquí venimos a consagrarnos delante del Señor porque nos gozamos en el estilo de vida que provee tu palabra. Y esa es una actitud correcta.

Cuando yo decido venir los miércoles a estudiar, cuando decido formar parte de un grupo de parejas, cuando decide un grupo servir en las cárceles o con las niñas maltratadas o en un grupo de servicio, ese estilo de vida en el que yo me gozo, podría no hacerlo, pero yo lo hago porque me gozo en hacerlo, porque me he gozado en el camino que reclaman tus estatutos. Esa es actitud. Primera actitud: que lo que Dios ha dicho pase por mis oídos. Segunda actitud: que me goce en el estilo de vida que tu palabra fomenta.

Y luego él dice: "Me he gozado en el camino de tus testimonios más que en todas las riquezas." Y aquí la idea no tiene que ver con diamantes, joyas y relojes caros. Aquí las riquezas tienen que ver con las posibilidades que los bienes materiales le proveen a mi vida, de tal manera que me convierto en autosuficiente.

Las riquezas me hacen autosuficiente, pero yo me he gozado en el camino de tus testimonios, de obedecerte a ti, más que en el hecho de tener una vida autosuficiente, más que en el hecho de creer que yo puedo hacerlo, que me da las ganas porque tengo los medios para alcanzar. Y esa es la riqueza de una actitud correcta, porque podríamos tener poco o podemos tener mucho, pero tenemos al Señor que guía nuestros pasos, que nos lleva en obediencia. Y qué le pido: "Ahí condúceme, Señor, enséñame para poder caminar contigo." Esa es la actitud correcta.

Y luego en el verso 15 dice: "Meditaré en tus preceptos y consideraré tus caminos." Miren, es interesante que estamos hablando de meditación, pero él dice: "Meditaré en tus preceptos." Nuevamente quisiera recordarles qué es la palabra meditar, porque estamos hablando de que el Señor espera de nosotros una meditación sincera. Nunca la hemos definido hasta el momento, nadie me ha preguntado, todo estaba tan claro como las aguas de las Bahamas. Y muchos me dijeron, como ahora ya me dicen: "¿Qué le gustó del sermón?" "Todo, pastor." Se adelantan y me lo dicen.

¿Qué es la meditación? La meditación tiene que ver con el hecho de pensar con detenimiento en un asunto, es poder justamente lo que estamos haciendo con estos pasajes, es pensar con detenimiento. Ya vieron ustedes que el verso 9 es el ideal: "¿Con qué limpiará el joven su camino? Con guardar tu palabra." Pero no es tan fácil como parece. Tenemos que luchar dentro con nuestra vida pública y nuestra relación con Dios, tenemos que luchar con el tesoro de nuestro corazón dentro nuestro y pedirle al Señor que nos aguijonee, tenemos que luchar con nuestra lectura de la Palabra de Dios, tenemos que luchar con el estilo de vida que el Señor espera que nosotros vivamos en contraposición con los estilos de vida del mundo. "Meditaré en tus preceptos," ese es mi compromiso.

Y luego dice: "Y consideraré tus caminos." Y aquí viene la segunda parte, porque ahora es interno. "Meditaré en tus preceptos," voy a pensar detenidamente en lo que tú has dicho en tu Palabra, pero no termina allí, sino que dice: "Consideraré tus caminos." Lo sorprendente es que meditar y considerar son sinónimos en hebreo, casi dicen exactamente lo mismo. Es dedicar con profunda atención a un concepto que es elevado. Yo voy a considerar es tanto como meditar, pero dice: "Yo voy a pensar detenidamente en tus preceptos, pero ahora voy a considerar tus caminos."

Y nuevamente, el considerar y prestar atención a los caminos de Dios es fundamental, porque la idea de camino en hebreo aquí, porque está en plural, dice "consideraré tus caminos," tiene que ver con un camino muy transitado, con un camino que ha sido muy recorrido, con un camino que ya tiene la huella clara de por dónde se transita y hacia dónde se va. Hermanos, ninguno de nosotros está inventando la rueda del cristianismo. Moisés existió, Pablo también. Jesús es el camino, la verdad y la vida. Y por dos mil años los cristianos han transitado en obediencia al Señor. El camino del Señor es muy transitado. No inventes la rueda, no lo crees para ti. En estos tiempos de individualismo expresivo, "yo soy quien soy, no importa el resto," olvídate de eso. Somos un cuerpo. Hay un camino muy transitado por el cual nosotros también debemos transitar.

Este testimonio de nuestros hermanos mayores, este testimonio de los santos de Dios, este testimonio del pueblo de Dios de la antigüedad, el Señor ha dejado un camino muy transitado como para que quieras inventar el tuyo. "Consideraré tus caminos," porque por ahí tengo que ir si quiero llegar al cielo. Jesús es el camino, la verdad y la vida, nadie viene al Padre si no es por Él. No es que Buda, no hay nadie más. Considera los caminos muy transitados, por aquellos caminos por donde nosotros también debemos transitar. Te quitas un peso de encima: no voy a inventar mi propio camino, no voy a inventar mi cristianismo para mí solito. Despreocúpate por eso, ya hay una historia de tránsito, hay huellas que han dejado. El Señor quiere que vayamos por la vida siguiendo sus pisadas. El Señor ya dejó buenas obras de antemano para que caminemos por ellas. Por lo tanto, él dice: "Consideraré tus caminos."

Y termino con el verso 16. Ustedes recuerdan el verso 8 de la primera parte del salmo y de la meditación sincera, donde el salmista dice: "Tus estatutos guardaré, no me dejes en completo desamparo." Pues el verso 16 es muy parecido al verso 8. Él dice: "Me deleitaré en tus estatutos y no olvidaré tu palabra." Aquí hay un avance. ¿Saben cuál es el avance? Él ya no dice "guardaré," él dice "me deleitaré." O sea, voy a disfrutar de tus estatutos, los voy a disfrutar. Este es un avance. Ya no es mera obediencia, es una obediencia gozosa, es una obediencia con significado, es una obediencia que produce deleite. He crecido. Ya no es solamente "está bien pues, qué voy a hacer, será así," sino que ahora dice: "Me deleitaré en tus estatutos."

Y ustedes recuerdan la frase final de la vez pasada, decía: "Señor, no me dejes en completo desamparo," o "no te des por vencido conmigo." Ahora el salmista ya no le pide a Dios, sino que él dice: "Yo no me voy a olvidar de ti." Esa es la segunda parte. Señor, no te olvides de mí porque yo no me voy a olvidar de ti, y ese es mi compromiso contigo. Oh Señor, no te des por vencido conmigo porque yo me voy a gozar en tus estatutos y no me voy a olvidar de tu Palabra. Señor, no te olvides de mí, que yo no me olvido de ti.

Y ese es el crecimiento que el salmista nos provee en la posibilidad, hermanos, de tener una meditación sincera. En donde en primer lugar hicimos una oración sincera diciendo que, Señor, yo necesito de ti porque yo no voy a llegar a ese ideal. En esta segunda parte, el ideal es sencillo pero sumamente difícil en mi vida, en mi vida interior. Pero Señor, yo me comprometo a tener una actitud correcta contigo. Yo voy a meditar tus preceptos, yo voy a considerar tus caminos, pero ahora, Señor, me voy a deleitar en tus estatutos y yo no me voy a olvidar de ti. Señor, yo quiero mantenerte siempre presente en mi vida. ¿Amén? Guardemos esto en nuestro corazón. Oremos al Señor.

Señor, en esta mañana venimos delante de ti refrescados por el testimonio de tu Palabra. Señor, qué maravillosa es tu Palabra. Ayúdanos, Señor, a reconocer que sabemos que para limpiar o hacer puro nuestro camino tenemos que guardar tu Palabra, pero tenemos que sincerarnos contigo, Señor. Porque, Señor, tengo tantas preguntas, tengo tantas dudas, tengo tantas decisiones que tomar. Señor, por favor ayúdame, Señor, para que en medio de todos estos cuestionamientos que yo te hago, tú, Señor, me aguijonees, me provoques, me estimules a la obediencia. Porque, Señor, lo que principalmente quiero es no pecar contra ti, serte obediente a ti.

Señor, yo quiero pedirte en nombre de tu pueblo, Señor, reunido aquí, que nos comprometamos contigo a que toda palabra que sale de tu boca pase por mi oído, pase por mis ojos. Ayúdanos, Señor, en esta segunda mitad del año, a que nosotros nos comprometamos, Señor, a arruinar una Biblia en nuestras manos. Porque una Biblia arruinada es lo completamente opuesto al dueño de esa Biblia, porque una Biblia que arruinamos con nuestras notas, Señor, provee una vida llena de alimento espiritual que nos hace saludables.

Ayúdanos, Señor, a meditar en tus preceptos, a pensar detenidamente en lo que has dicho. Ayúdame, Señor, a considerar, a prestarle atención a estos caminos ya recorridos. Señor, no permitas que intente, Señor, inventar la rueda. No permitas, Señor, que yo intente hacer un camino cuando en realidad el camino está hecho y las pisadas ya las dejaste para que vayamos tras ellas.

Finalmente, Señor, ya no solo se trata de guardar tu Palabra, sino de disfrutarla, de deleitarme en ella. Y aunque nuevamente te pedimos, Señor, que no te des por vencido conmigo, ahora también te decimos, Señor, que nos comprometemos a no olvidarnos de ti. Guarda nuestro corazón, Señor, por favor. Guarda nuestras vidas. Lo pedimos en el nombre de Jesús. Amén.

Pepe Mendoza

Pepe Mendoza

José «Pepe» Mendoza es predicador, escritor y profesor, y autor del libro Proverbios para necios: Sabiduría sencilla para tiempos complejos (Vida, 2024). Ha servido como pastor asociado en la Iglesia Bautista Internacional, en la República Dominicana, y actualmente vive en Lima, Perú, donde enseña en el Instituto Integridad & Sabiduría y colabora con el programa hispano del Southern Baptist Theological Seminary. También trabaja como editor de libros y recursos cristianos. Está casado con Erika y juntos son padres de su hija Adriana.