Statamic
Sermones

El Señor espera una meditación sincera (parte 1)

Pepe Mendoza 10 agosto, 2025

La bendición que Dios promete pertenece a quienes caminan en integridad perfecta, guardan sus testimonios y le buscan con todo el corazón. Así abre el Salmo 119, con un ideal tan elevado que cualquier lector honesto debe reconocer de inmediato: ese no soy yo. Y precisamente ahí comienza la meditación sincera que el salmista modela en los primeros ocho versículos. No se trata de alcanzar la perfección para luego acercarse a Dios, sino de presentarse ante Él con la verdad de dónde uno se encuentra respecto a su Palabra.

La historia de Pablo, un monje analfabeto del siglo IV, ilustra esta actitud. Cuando el obispo comenzó a leerle el Salmo 39, Pablo lo detuvo en el primer versículo: "No más, tengo que ponerlo en práctica". No era ignorancia sino profunda sinceridad. El contraste con quienes devoran libros, conferencias y sermones sin detenerse a vivirlos resulta confrontador.

El salmista no niega el ideal divino ni se excusa de buscarlo. Su oración revela el camino: "Ojalá mis caminos sean afirmados para guardar tus estatutos". Pide que Dios remueva los obstáculos, las distracciones, los ídolos que se interponen entre la Palabra y sus oídos. Luego evalúa su vida a la luz de todos los mandamientos, no solo los que conoce bien. Y con honestidad agradece porque está aprendiendo, no porque ya haya llegado.

El compromiso final es guardar los estatutos de Dios, pero viene acompañado de un ruego que cautiva el corazón: "No me dejes en completo desamparo". O como traduce otra versión: "No te des por vencido conmigo". Esa es la oración del que sabe que no puede solo.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Esta última canción que acabamos de cantar realmente creo que expresa de una manera tan poética y tan hermosa el deseo de nuestro corazón, de que la Palabra de Dios haga fruto en nuestras vidas y que sea nuestra meditación agradable delante del Señor. Y eso es justamente de lo que queremos hablar en esta mañana juntos: meditar en la Palabra de Dios y responder a esta reflexión que hemos titulado "El Señor espera que tu meditación sea sincera".

El Señor espera que tu meditación sea sincera, que cuando nosotros nos acerquemos a la Palabra de Dios, cuando nosotros vayamos a la Palabra de Dios, lo hagamos con sinceridad de corazón esperando que el Señor nos hable, que el Señor nos instruya, que el Señor nos muestre el camino por donde debemos andar. Pero antes de comenzar a meditar en la Palabra, quiero invitarles a que me acompañen en oración.

Señor, en esta mañana vengo delante de ti suplicando, Señor, que en medio de mis debilidades tu poder se perfeccione, pidiéndote, Señor, junto con mis hermanos en este lugar, que tú, Señor, puedas ordenar los pensamientos de mi alma. Que tú, Señor, en medio de estas discusiones que ocurren en mi interior, en medio de los pensamientos, preocupaciones, dificultades, anhelos, suspiros y lágrimas que ocurren en mi interior, tú por unos minutos, Señor, puedas detener todo eso, acallar todo eso, y que podamos, Señor, abrir nuestros ojos a tu Palabra y meditar en ella con sinceridad de corazón. Queremos pedirte, Señor, que en este tiempo tú nos hables, nos alimentes, nos instruyas, y sea tu Santo Espíritu, Señor, guiándonos a toda verdad, a toda verdad liberadora, Señor, que cautive nuestra alma y que nos muestre, Señor, una vez más, el camino por donde debemos andar. Te encomendamos este tiempo, Señor, lo ponemos delante de ti, rogamos tu unción, tu bendición, Señor, tu dirección sobre cada uno de nosotros al abrir tu Palabra. Rogándotelo, Señor, en el nombre de Jesús. Amén, amén.

Bien, vamos a estar hablando en esta mañana alrededor de un salmo, que es el salmo más largo de la Escritura, el Salmo 119, y vamos a ver los primeros ocho versículos. Hoy día veía en las noticias temprano que decía un artículo que de las cien más grandes empresas en los Estados Unidos, todas ellas han pasado de la virtualidad a la presencialidad, de tal manera que la virtualidad, como era conocida después de la pandemia, mucho ya ha dejado de ser.

De tal manera que yo quisiera, de manera ilustrativa, pasar del hecho de que pasemos también nosotros de la virtualidad escritural, o sea, de tener nuestras Biblias solo en los celulares, a la presencialidad bíblica. ¿Qué les parece que nosotros pasemos a la presencialidad bíblica una vez más y que nosotros podamos tener y volver a la hermosa tradición cristiana de poder llegar a la iglesia con nuestro ejemplar de las Escrituras, nuestro lapicero, que podamos marcar? Esto es algo que siempre recomiendo y creo que es útil, que es vital. No es solamente una recomendación superficial, sino que creo que nuestro tránsito por la Escritura cada domingo debe quedar marcado. Y aunque a veces es fácil cargar el celular del bolsillo, tener un ejemplar de las Escrituras es algo que realmente nosotros necesitamos para marcar nuestro trayecto, para tomarle fotos a nuestro paseo por la Palabra de Dios.

Considerando esto, permítanme contarles, en primer lugar, una historia para entrar al tema que nosotros vamos a ver en esta mañana. Claramente, cuando era adolescente, leí un libro cortito sobre historia del cristianismo. Y una de las historias que se contaban ahí acerca de uno de los personajes de la historia del cristianismo del siglo IV fue un personaje que a mí cautivó mi imaginación espiritual, por decirlo de alguna manera. Tanto así que esta historia la he contado innumerables veces a lo largo de los años, hasta el punto que ya estaba completamente desgastada, hasta el punto de que la he contado tantas veces que ya me estaba repitiendo. Y por años la había olvidado, hasta que en esta semana volvió a mi corazón mientras meditaba en la Palabra de Dios.

Y habla esta historia básicamente de un hombre que se llamaba Pablo, no el Pablo de la Escritura, no el Pablo del Nuevo Testamento, sino un monje cristiano del siglo IV que tuvo características de santidad muy especiales. Mi mente adolescente quedó cautivada por este personaje. Era un monje analfabeto que había escuchado el Evangelio ser predicado a través de otros cristianos; sin embargo, tenía un profundo amor por el Señor que él guardaba y que él respetaba y obedecía. Sin embargo, no sabía leer. Por lo tanto, un día él decide ir donde el obispo del pueblo donde él vivía a buscar instrucción.

El obispo lo recibe asombrado de que este hombre santo se presente ante él y le diga que quiere aprender de él las Escrituras. El obispo le dice: "Me siento honrado de que tú quieras hacer esto, de que quieras aprender de mí". Y él le dice: "Sí, soy ignorante, soy analfabeto, no puedo leer por mí mismo, pero por eso yo vengo para que tú me enseñes". Entonces el obispo se preparó, lo invitó una mañana, le dijo: "Muy bien, vamos a empezar estudiando el libro de los Salmos". Él abre el Salmo 39 y empieza a leer a partir del versículo 1: "Yo dije: Guardaré mis caminos para no pecar con mi lengua, guardaré..." Estaba continuando con el pasaje y en eso Pablo le dijo: "No más, hasta ahí no más, por favor, no quiero que continúes".

El obispo se sorprende, le dice: "Pero Pablo, solamente empecé a leer la Escritura". "No, no, me voy, vuelvo al monte donde yo vivo, porque no puedo recibir más". Y le dice: "¿Por qué no puedes recibir más?". "Porque ahora tengo que ponerlo en práctica".

Esa historia, ¿verdad? Esa historia a mí me cautivó y llamó poderosamente mi atención y me hizo pensar en mi propio cristianismo. Yo he sido desde jovencito un devorador de libros, un devorador de temas, un devorador de conferencias, un devorador de todo lo que había a mi alrededor. Sin embargo, en ese momento me pregunté: ¿hasta qué punto yo me detengo para ponerlo en práctica? ¿Hasta qué punto me detengo y digo "no más" porque necesito entenderlo bien para poder vivirlo, para poder alcanzar la sabiduría? Y definitivamente la imagen de este Pablo me ha acompañado a lo largo de mi vida, llamándome la atención acerca de ver que nosotros tenemos que vivir la Escritura, tenemos que ser confrontados con la Palabra, pero que de manera sincera nosotros encontremos la posibilidad de hallar el camino para la aplicación.

¿Cómo es que nosotros hallamos el camino para la aplicación? Y justamente en el Salmo 119, que por favor, ahí ahora sí les invito, que enciendan sus Biblias por poco tiempo porque estamos pasando de la virtualidad a la presencialidad, y los que ya están en la presencialidad que por favor abran sus Biblias en el Salmo 119. Vamos a meditar en los primeros ocho versículos, porque yo considero que este es el camino que la Escritura nos enseña para poder pasar a través de una meditación sincera que nos lleve, no es cierto, de nuestra reflexión a la práctica, de la reflexión a que nosotros podamos buscar la aplicación para nuestras propias vidas.

De más está decir que este salmo precioso es el capítulo más largo de la Escritura. Si nosotros le damos vueltas a las páginas, nos damos cuenta que tiene 176 versículos. ¿Y de qué trata el capítulo más largo de la Escritura? Bueno, como dice el título en algunas de nuestras Biblias, dice: "Meditaciones sobre la Palabra de Dios". El salmista se dedica a hablar de las maravillas de la Palabra de Dios y de cómo el salmista aplica su lectura, aplica su corazón a la revelación de Dios. De tal manera que nosotros nos quedamos maravillados en todo lo que el salmista está diciendo. Por ejemplo, dice: "Me he gozado en el camino de tus testimonios más que en todas las riquezas. Me deleitaré en tus preceptos".

Es un canto de amor a la revelación de Dios, a la Palabra amorosa de Dios, a la que nosotros nos acercamos para alimentarnos y para conocer a nuestro Dios. Porque el Dios invisible se ha dado a conocer a través de su Palabra, y a través de su Palabra nuestro Dios cobra forma y reconocemos su carácter, y reconocemos su plan, y reconocemos sus propósitos, y reconocemos el diseño que el Señor tiene para nuestras propias vidas.

Nos vamos a abocar ahora a los primeros ocho versículos. Este hermoso capítulo está escrito de una manera acróstica alfabética, está escrito de tal manera que las veintidós letras del alfabeto hebreo están descritas en el orden de las estrofas. Este canto es un canto que nos inspira.

Vamos entonces a leer el Salmo 119, los primeros ocho versículos, para nosotros aprender a meditar de manera sincera. Dice así la Palabra del Señor: "¡Cuán bienaventurados son los de camino perfecto, los que andan en la ley del Señor! ¡Cuán bienaventurados son los que guardan sus testimonios y con todo el corazón lo buscan! No cometen iniquidad, sino que andan en sus caminos. Tú has ordenado tus preceptos para que los guardemos con diligencia. ¡Ojalá mis caminos sean afirmados para guardar tus estatutos! Entonces no sería avergonzado al considerar todos tus mandamientos. Con rectitud de corazón te daré gracias al aprender tus justos juicios. Tus estatutos guardaré. No me dejes en completo desamparo".

Este es el álef, la primera estrofa del Salmo 119. Y el Salmo 119, a través de estos ocho versos, nos lleva a descubrir el secreto de la meditación sincera, de cómo nosotros nos podemos acercar sinceramente a la Palabra de Dios. Y para acercarnos con sinceridad a la Palabra de Dios, tenemos que dividir esta pequeña porción en varias secciones.

Y la primera sección con la que siempre nos encontraremos en la Escritura será con el ideal de Dios. Recuérdenlo, anótenlo: cuando vayamos a la Escritura, siempre lo primero que debemos buscar es el ideal de Dios.

El profeta Isaías señala con exactitud que nuestros pensamientos no son los pensamientos de Dios, que nuestros caminos no son los caminos de Dios, que los pensamientos de Dios son más altos que los nuestros. De tal manera que al introducirnos en la Escritura lo primero que vamos a encontrar es el ideal de Dios.

Y aquí empieza con los primeros tres versículos que nosotros encontramos en el Salmo 119: "Cuán bienaventurados son los de camino perfecto, los que andan en la ley del Señor. Cuán bienaventurados son los que guardan sus testimonios y con todo el corazón lo buscan, no cometen iniquidad, sino que andan en sus caminos."

En el ideal de Dios hay un orden de felicidad, hay un orden de bendición. El Señor establece ese ideal hacia el cual nosotros estamos marchando. Este ideal de Dios nos dice que hay bienaventuranza, que hay bendición, que hay felicidad para los que andan en la ley del Señor. Ustedes ven allí que hay dos veces en que se habla de la palabra "cuán bienaventurados son". Estas dos veces buscan dos cosas, porque se repite "cuán bienaventurados son". No porque sean ideas diferentes, sino porque el Señor quiere resaltar de una manera clara un aspecto importante del significado de la felicidad para Él, para sus propios hijos.

De tal manera que pone dos versículos que son espejo, que hablan exactamente de lo mismo, pero lo dice de manera distinta para que lo podamos entender en todas sus dimensiones. Es como cuando nosotros decimos algo y luego ponemos "es decir"; cuando decimos "es decir", estamos tratando de decir con otras palabras para que la idea quede clara. Muy bien.

Entonces, ¿cuán bienaventurados son quiénes? Los de camino perfecto. ¿Quiénes? Los que andan en la ley del Señor. ¿Quiénes son los de camino perfecto? La primera parte del verso dos nos lo dice: los que guardan sus testimonios y con todo el corazón lo buscan. ¿Quiénes son los que andan en la ley del Señor? Los que no cometen iniquidad, sino que andan en sus caminos. Ustedes ven, entonces, cómo estos dos pasajes se complementan en la medida en que nos muestran la fortaleza de esta idea.

Ahora, este es el ideal de Dios, el ideal de felicidad. Ahora, la pregunta sincera es para ustedes y para mí: ¿dónde me ubico yo en estos primeros tres pasajes? ¿Dónde estoy yo en estos primeros tres versículos? Simplemente para aclarar, en el verso uno dice: "¿Cuán bienaventurados son los de camino perfecto?" ¿Tú eres de camino perfecto? La idea de perfección es la idea de alguien que camina sin culpa, en absoluta integridad. Luego dice "los que andan en la ley del Señor", aquellos que están andando completamente en aquello que el Señor ha establecido, los que guardan su testimonio, los que le buscan con todo el corazón. Seamos sinceros, ¿buscamos a Dios con todo el corazón? ¿Tenemos un camino perfecto?

Ya desde el momento, y lo he dicho en anteriores oportunidades, ya desde el momento en que el Señor establece el primer mandamiento de amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente y con todas las fuerzas, ya estamos reconociendo que no lo podemos cumplir. Ya estamos reconociendo que necesitamos de Él para alcanzarlo.

Dice el pasaje: "Y con todo el corazón le buscan y no cometen iniquidad, sino que andan en sus caminos." Lo primero que yo reconozco con respecto al ideal de Dios es que estoy fuera del ideal de Dios. Lo primero que yo observo en cuanto a lo que el Señor espera de mí y lo que el Señor anhela de mí es que yo estoy completamente afuera de la expectativa que Dios tiene para mi propia vida. No alcanzo esa bendición, no estoy dentro de esa felicidad.

El salmista empieza haciendo esta declaración absoluta, esta declaración absoluta que hace que nosotros reconozcamos con todas sus palabras que el ideal de Dios queda muy lejos de nosotros. Pero no todo termina allí. Yo creo que tenemos la gran responsabilidad cada vez que vamos a la Palabra y nos encontramos con el ideal de Dios de poder establecer en dónde nos encontramos en aquello que el Señor ha establecido.

Sin embargo, este ideal de Dios no queda ajeno a nosotros porque hay un pasaje puente que es el versículo 4, y el verso 4 nos lleva a descubrir que aquello que el Señor ha establecido como ideal es parte del llamado que Dios tiene para nosotros. Dice el verso 4: "Tú has ordenado tus preceptos para que los guardemos con diligencia."

Por lo tanto, cuando Dios nos habla de ese camino de felicidad que es el ideal de Dios, el Señor también nos dice que Él ha ordenado sus preceptos para que los guardemos con diligencia, que el Señor igual nos exhorta a que guardemos aquello que Él ha establecido en su Palabra en una profunda obediencia. "Tú has ordenado tus preceptos." La idea no es solamente que Dios los ha mandado, sino que Dios ha establecido para sus preceptos un determinado orden para que nosotros transitemos por ellos. "Tú has ordenado tus preceptos para que los guardemos con diligencia", de tal manera que el Señor los ha puesto delante de nosotros para que nosotros con diligencia, con esfuerzo, con dedicación, procuremos guardarlos.

De tal manera que hasta este momento, si nosotros hacemos una meditación sincera delante de Dios, lo primero que reconozco es que el ideal es lejano todavía para mí. Sin embargo, el Señor me exhorta a que yo guarde su Palabra. Yo no puedo volverme pasivo, no puedo aislarme de la Palabra de Dios, no puedo negarme al mandamiento, no puedo quedarme inmovilizado, no puedo ser simplemente un observador. Dios ha ordenado sus preceptos para que los guardemos con diligencia, y ahí está el llamado de Dios.

Si nos quedásemos allí, lo que podría generarse en nosotros es una profunda frustración espiritual, y no solamente una frustración espiritual, sino que nos podemos quedar inmovilizados espiritualmente, nos podemos quedar en una posición de observadores, o podemos caer también en un fariseísmo malsano en donde nosotros requerimos de las otras personas que vivan un ideal que ni siquiera yo puedo alcanzar. Y eso es lo que hacían los fariseos, que establecían cargas imposibles de llevar que ni ellos querían cargar. Y eso es absoluta religiosidad, pero es una religiosidad muy popular: es hablar de situaciones y requerimientos de Dios que no hemos alcanzado pero que sí los reclamamos de otras personas.

Pero cuando hacemos una meditación sincera, lo que encontramos en este pasaje y lo que encontramos en el salmista es una salida. Está el ideal, está el requerimiento de seguir guardando con diligencia, y ahí es donde en tercer lugar aparece la oración sincera del salmista. Y dice en el verso 5: "Ojalá."

Cuando yo leí esta palabra "ojalá" me sorprendió. No era algo que yo esperaba de un salmista. "Ojalá." Otras versiones dicen "Dios quiera", otras dicen "sea Dios haciendo posible". Ese es el significado de "ojalá". Ustedes saben lo que significa: ojalá es como el suspiro del alma buscando que aquello que he visto que es tan grande pueda ser una posibilidad en mi propia vida.

Y esa es la sinceridad de corazón que el Señor está esperando de nosotros. No que le demos la espalda al mandamiento, no que lo procuremos en los demás, no que lo digamos pero que nunca lo vivamos, sino que simplemente nosotros nos podamos presentar delante de Dios y podamos decir: "Ojalá, Señor, mis caminos sean afirmados para guardar tus estatutos. Ojalá, Señor, mis caminos sean afirmados para guardar tus estatutos."

La idea del camino afirmado en los tiempos bíblicos tenía que ver con el hecho de que los caminos eran de tierra, no eran de asfalto, no eran de concreto. Por lo tanto, eran caminos en donde siempre había la posibilidad de que por las lluvias o por las piedras ese camino no sea fácil de transitar. De tal manera que continuamente el camino tenía que ser afirmado, tenía que ser rellenado, tenían que eliminarse las piedras que entorpecían el camino.

El deseo del salmista es que sus caminos… "Ojalá mis caminos sean afirmados para guardar tus estatutos." Y lo primero que el salmista pide: "Señor, por favor, libra mi corazón de todo obstáculo que impida que yo pueda ser obediente a ti. Señor, por favor, dame una vida que sea una vida dispuesta a guardar tus estatutos. Elimina de mí todo aquello que sea distractivo. Elimina de mí todo aquello que se interponga entre tu Palabra, entre tu voz, Señor, y mis oídos, que no haya otras voces que continuamente estén hablando, sino que pueda tener un camino afirmado, Señor, en donde yo pueda guardar tus estatutos con libertad."

Una meditación sincera incluye el reconocimiento sincero de dónde estamos con respecto a la Palabra de Dios. Hace algún tiempo, hace algunos años ya, escuché una historia que me sorprendió. Un pastor estaba preocupado porque a una oveja no la veía en la iglesia, no sabía dónde estaba. Entonces un día él decide llamarla y decirle: "Te voy a ir a visitar." Así que la va a visitar y le dice: "Pastor, discúlpeme que no haya ido a la iglesia, pero tengo un mes que he perdido mis lentes y no puedo salir." "¡Wow, lo siento mucho! Ahora, esto es entendible que no hayas podido venir, ha pasado un mes y no tienes tus lentes, no puedes salir, pero yo he venido. Así que por favor trae tu Biblia que quiero leerte un pasaje." La señora va adentro, suenan cosas, un pan, cajones que se abren y se cierran, se demora la señora, hasta que allá adentro se escucha: "¡Aleluya, aleluya!" La señora viene con su Biblia y le dice: "Pastor, encontré mis lentes, estaban dentro de mi Biblia." Un mes perdidos los lentes.

Hermanos, tenemos que afirmar nuestros caminos, tenemos que descubrir aquellas cosas que impiden… "Ojalá mis caminos fueran afirmados para guardar tus estatutos", que nosotros podamos encontrar el tránsito hacia las Escrituras sin excusas. Pero miren que el salmista no pide ni dice "yo lo voy a hacer", sino que se lo pide al Señor: "Ojalá, Señor, mis caminos sean afirmados."

Muchas veces nosotros no podemos por nosotros mismos; tenemos que suplicarle al Señor: "Señor, por favor, limpia mi camino para que yo pueda guardar tus estatutos. Necesito, Señor, que tú abras paso en mi vida, para que ordenes mi vida, para que yo pueda guardar tus estatutos." Esto es lo primero, el primer reconocimiento sincero que el salmista —miren el salmo que está escribiendo— es lo primero que le está reconociendo.

Lo segundo que él dice, en el verso 6, dice: "Entonces no sería avergonzado al considerar todos tus mandamientos." Entonces, cuando mi camino es derecho, cuando está establecido, he quitado las piedras, las distracciones, los ídolos, los pecados y hasta las personas que se interponen entre tu palabra y mis oídos, dice: "Entonces no sería avergonzado al considerar tus mandamientos." Aquí hay algo muy interesante que el salmista está haciendo: él está haciendo una comparación, y él dice: "Entonces no sería avergonzado cuando yo comparo mi vida a la luz de todos tus mandamientos." Y este es el segundo acto de sinceridad que nosotros debemos hacer: una evaluación sincera de cómo está nuestra vida a la luz de lo que Dios ha establecido.

Y es interesante que el salmista no está considerando su vida solo a la luz de los mandamientos que él conoce —no cierto, "Jehová es mi pastor, nada me faltará", "el amor está sobre todas las cosas"— sino que él considera su vida a la luz de todos los mandamientos. Cuando el camino está bien trazado, entonces dice: "No sería avergonzado cuando yo comparo mi vida a la luz de todo lo que tú has ordenado." No está diciendo que sus caminos son perfectos; está diciendo que no será avergonzado, que lo está intentando, que hay algo que está alcanzando, que el balance no es completamente negativo, que está avanzando. Que realmente hay cosas más que considerar, hay mandamientos que todavía está descuidando, pero ya al comparar su vida con los mandamientos de Dios no está siendo avergonzado. "No me avergüenza, Señor, de saber cuán lejos estoy de todo aquello que tú has establecido. Ahora me doy cuenta que hay mucho más por cumplir, pero al comparar mi vida a la luz de todos los mandamientos, me doy cuenta que estoy avanzando en alguna dirección."

Él no se considera de camino perfecto, él no considera que está guardando por completo la ley del Señor, él no considera que está guardando todos los testimonios y que le busca con todo el corazón, él no está reconociendo que no peca, pero ya no se avergüenza al comparar toda su vida con la Palabra de Dios. Y ese es un reconocimiento sincero que nosotros debemos buscar: una búsqueda sincera en nuestro corazón para descubrir que estamos caminando en alguna dirección.

Y por eso miren lo que dice más adelante. Él dice en el versículo 7: "Con rectitud de corazón te daré gracias. Con rectitud de corazón te daré gracias." ¿A qué rectitud él se está refiriendo? ¿Qué cosa él ha hecho recto? Él dice que él ha afirmado sus caminos, él le pide a Dios que afirme sus caminos, que él no va a ser avergonzado cuando compara su vida con todos los mandamientos de Dios, y ahora él dice: "Con rectitud de corazón te daré gracias."

Es interesante que la palabra rectitud no solamente tiene un valor moral en el sentido de perfección, porque él no está utilizando hasta este momento la palabra perfección. Porque es el ideal de Dios que solo lo alcanzaremos cuando —"cuando yo lo veo a Él, seré semejante a Él porque le veré tal como Él es"— ese es el día final, cuando mis ojos le vean, cuando le escuche por completo, cuando la Palabra de Dios, el Verbo encarnado, ocupe la totalidad de mi ser. Mientras tanto, él dice, el salmista dice: "Con rectitud de corazón te daré gracias." En realidad él está diciendo: "Señor, ahora yo quiero ser honesto contigo. Con la honestidad de mi corazón seré agradecido. Con la honestidad de mi corazón yo te voy a dar gracias al aprender tus justos juicios."

Hermanos, el salmista no se considera un maestro; se considera un aprendiz. Y una meditación sincera siempre será fruto de nuestro aprendizaje. "Yo estoy aprendiendo tus justos juicios; por eso, con honestidad de mi corazón te voy a dar gracias por cada cosa nueva que estoy aprendiendo, por cada cosa nueva que estoy tratando de poner en práctica, por cada aspecto nuevo que estoy conociendo de ti, porque yo quiero alcanzar la bendición, quiero alcanzar la felicidad, pero no lo logro todavía."

Esta es una oración sincera, una oración sincera en donde le pedimos a Dios que nos libre de obstáculos para poder guardar aquello que Él espera que guardemos. Una oración sincera es una oración que busca no ser avergonzado cuando compara toda su vida con todos los mandamientos de Dios. Una oración sincera es una oración agradecida y honesta, porque lo que estamos buscando es aprender. De tal manera que los versos 5 al 7 son el resultado de la búsqueda con diligencia de los mandamientos de Dios en oración. Solo así podremos crecer: cuando realmente nos exponemos a la Palabra de Dios y podemos decirle al Señor cuál es el verdadero lugar en donde yo me encuentro.

Y cuando nosotros nos ponemos delante de Dios y le podemos decir exactamente dónde nos encontramos, simplemente nos estamos poniendo de acuerdo con Dios. Porque Dios no se está sorprendiendo con lo que le estamos diciendo; Él nos conoce perfectamente. Nuestra oración nunca traerá ideas nuevas al Señor, nuestra oración nunca llevará delante de Dios cosas que Él no conoce. La oración es una confesión, y la confesión en la Escritura y en el idioma original significa ponerse de acuerdo con. Cuando yo me confieso delante de Dios, no le digo nada nuevo, no sorprendo a Dios. Dios no se sorprende; Dios nos dice: "Por fin estamos de acuerdo. Qué bueno que ya estamos de acuerdo."

De tal manera que nosotros no descartamos el ideal de Dios, sino que lo buscamos por el resto de nuestra vida. El ideal de Dios está puesto en la Palabra de diferentes maneras, especialmente en el Nuevo Testamento. Nuestro Señor Jesucristo, al final, antes de su partida, Él dio la Gran Comisión de ir por todo el mundo y hacer discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles que guarden ¿qué cosa? ¡Cuánto! Todo lo que os he mandado. Es un ideal que no acaba nunca. Por eso es que nosotros estaremos por el resto de nuestras vidas sentados en esa posición, porque nunca podremos decir que lo hemos alcanzado. Y por eso el Señor promete: "Y he aquí, yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo." Porque no podremos guardarlo todo, y debido a que no lo podemos guardar todo, el Señor tiene que permanecer con nosotros todos los días hasta el fin del mundo, porque solos no lo podemos hacer.

El apóstol Pablo, más adelante en Efesios capítulo 4, cuando él habla de la iglesia y sus ministerios, habla de que el propósito de la iglesia, de los ministerios, es cuál: "Hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo." Ese es otro ideal, es otro ideal para la iglesia, para los ministerios. Todos nosotros estamos en ese caminar hacia el ideal, y tenemos que sincerarnos delante de Dios y así decirle: "Ojalá mis caminos sean afirmados para guardar tus estatutos. Entonces no sería avergonzado al comparar mi vida con todos tus mandamientos. Con honestidad de corazón te daré gracias por todo lo que yo voy aprendiendo."

Esa es una oración sincera. Esa es la oración que nos corresponde. Esa es la oración que nos libera. Esa es la oración que se pone de acuerdo con Dios y nos ubica con Dios en el lugar en el que estamos con respecto a la revelación de Dios. No es compararnos con nadie; es simplemente ponernos delante de nuestro Dios y ser sinceros delante de Él con respecto a nuestra realidad.

Pero no todo termina en una oración, sino que finalmente el salmista hace una profunda declaración. El salmista hace un compromiso. El salmista no se vuelve cínico. El salmista no se queda en una mera religiosidad. El salmista no se queda golpeándose el pecho. El salmista no se excusa bajo una falsa humildad. El salmista dice: "Tus estatutos guardaré." Ese es nuestro compromiso. Nuestro compromiso es: "Señor, yo quiero guardar tus mandamientos." Ese es mi compromiso: "Señor, yo quiero guardar tus estatutos."

Pero luego él termina con un profundo ruego que cautiva profundamente mi corazón, porque de la manifestación de esa profunda sinceridad que debe acompañarnos siempre en nuestras vidas, él dice al final del verso 8: "No me dejes en completo desamparo. No me abandones, Señor. No permitas que yo recorra o piense que puedo transitar este camino en solitario. Separado de ti nada puedo hacer. Señor, este es mi compromiso, pero no lo puedo hacer solo. No me dejes en completo desamparo."

Y a mí me maravilla la forma en que la Nueva Traducción Viviente ha traducido esta segunda parte del verso 8, porque dice: "No te des por vencido conmigo." No te des por vencido conmigo, Señor. Aquí estoy, todavía luchando, todavía peleando, todavía fallándote, todavía olvidándote, todavía dejándote. Señor, por favor, no te des por vencido conmigo. Es el salmista que escribe este Salmo 119, "oh, cuánto amo yo tu ley": "Señor, no te des por vencido conmigo. Señor, no me dejes en completo desamparo. Señor, que cada mañana tu misericordia se renueve sobre mi vida, que como el apóstol Pablo pueda decir que no soy yo, sino la gracia de Dios conmigo, que en medio de mis debilidades tu poder se perfeccione. Mi compromiso, Señor, es guardar tus mandamientos, pero ten misericordia de mí."

Yo creo que todos nosotros podemos hacer de estos versículos un ejemplo de lo que significa meditar con sinceridad delante de Dios. Cuando reconocemos que el ideal no sea lejano, podemos pedirle al Señor que ordene nuestras vidas, que permita el Señor que al momento de comparar nuestras vidas con los mandamientos de Dios podamos no avergonzarnos de lo que encontramos, que podamos reconocer con honestidad que podemos darle gracias a Dios porque Él nos está instruyendo, y hacer el compromiso firme de que voy a seguir guardando su Palabra. Y solo te pido, Señor, que no te des por vencido conmigo.

Oremos al Señor. Señor, en esta mañana queremos pedirte, Padre, que el ideal de tus mandamientos brille, resplandezca delante de nuestras vidas, que nosotros anhelemos tus mandamientos, que descubramos, Señor, que la obediencia de tus mandamientos son bendición, son felicidad. Y nosotros anhelamos esa obediencia perfecta, Señor, a esas realidades celestiales. Y por eso oramos, Señor, delante de ti, te pedimos, Señor, en el nombre de Jesús.

Yo me pongo delante de ti, Señor, y le pido a mis hermanos que pongan delante de ti, Señor, los obstáculos que impiden que transiten por el camino de los mandamientos de Dios. Señor, queremos poner delante de ti las distracciones, queremos poner delante de ti las tentaciones, queremos poner delante de ti los ídolos, queremos poner delante de ti los pensamientos que obstaculizan la meditación en tu Palabra, queremos poner delante de ti los hábitos, las rutinas, Señor, que no nos dejan transitar con libertad por tu Palabra. Ojalá mis caminos fueran afirmados, Señor, esa es nuestra oración.

Señor, queremos rogarte que nosotros podamos hacer una evaluación sincera al comparar tus mandamientos a la luz de la práctica que nosotros estamos viviendo, que no seamos avergonzados. Y si somos avergonzados, Señor, que nos arrepintamos al ver, Señor, que en realidad decimos ser cristianos, pero no vivimos conforme al cristianismo que tú esperas que vivamos. El que me ama, mis palabras guardará. Señor, si decimos que te amamos, ayúdanos a guardar tu Palabra. Señor, ayúdanos a ser honestos contigo y darte gracias porque queremos aprender. Ayúdanos, Señor, ayúdanos.

Y Señor, queremos hacer un compromiso contigo en esta mañana, el compromiso de guardar tus mandamientos. Señor, nos comprometemos a guardar tus mandamientos, pero conociéndonos y sabiendo que tú nos conoces, este es el ruego que levantamos delante de ti: Señor, por favor, no te des por vencido conmigo. Señor, por favor, no te des por vencido conmigo. Escucha, Señor, las voces de mis hermanos que te están rogando lo mismo. Señor, no te des por vencido conmigo. Tú has prometido estar con nosotros todos los días hasta el fin del mundo. Señor, acompáñanos en nuestra obediencia y permítenos tener cada día una meditación sincera delante de ti. Gracias, Señor, por esta enseñanza. Gracias, Señor, por esta nueva oportunidad. Gracias en el nombre de nuestro Salvador, nuestro Señor Jesucristo. Amén.

Dios les bendiga, hermanos. Gracias por acceder a este recurso. Espero que haya sido de gran bendición para tu vida. Te sugiero que te suscribas a este canal de forma que tú puedas recibir notificación la próxima vez que hayamos subido un nuevo recurso que pueda servirte de instrucción y bendición.

Pepe Mendoza

Pepe Mendoza

José «Pepe» Mendoza es predicador, escritor y profesor, y autor del libro Proverbios para necios: Sabiduría sencilla para tiempos complejos (Vida, 2024). Ha servido como pastor asociado en la Iglesia Bautista Internacional, en la República Dominicana, y actualmente vive en Lima, Perú, donde enseña en el Instituto Integridad & Sabiduría y colabora con el programa hispano del Southern Baptist Theological Seminary. También trabaja como editor de libros y recursos cristianos. Está casado con Erika y juntos son padres de su hija Adriana.