Al comenzar un nuevo año, es natural hacer resoluciones y soñar con cosas mejores. Dios nos creó con la capacidad de aspirar, pero existe un peligro: si ponemos nuestro gozo presente a depender de logros futuros, podemos terminar viviendo en insatisfacción. La clave está en disfrutar lo que Dios nos da hoy mientras deseamos lo que él ha prometido. Este equilibrio representa el más alto llamado de excelencia para el creyente.
Hebreos 13:5-6 presenta una exhortación práctica después de doce capítulos de doctrina: que nuestro carácter sea sin avaricia, contentos con lo que tenemos. La avaricia es un fuerte deseo por cosas materiales que, aunque fuertemente condenado en las Escrituras, raramente se admite. Como observaba Charles Spurgeon, en todos sus años como pastor nunca escuchó a alguien confesar ser avaro. Sin embargo, su poder destructivo es evidente en personajes bíblicos: Giesi, el siervo del profeta Eliseo, heredó la lepra de Naamán por codicia. Judas vendió a Jesús por treinta piezas de plata. Ananías y Safira cayeron muertos por mentir al Espíritu Santo movidos por este mal. La avaricia neutraliza nuestro temor de Dios y nos lleva a provocar sus juicios en lugar de deleitarnos en sus promesas.
El antídoto es el contentamiento, no con lo que deberíamos tener o creemos merecer, sino con lo que Dios ya es para nosotros en Cristo. Los destinatarios de Hebreos habían perdido todo por la persecución, pero aceptaron ese despojo con gozo sabiendo que tenían una posesión mejor y más duradera. El verdadero gozo no está en las riquezas materiales sino en Jesús, porque él mismo ha dicho: nunca te dejaré ni te desampararé.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
Buenos días, Iglesia. Es algo que no había podido tener la oportunidad de ver. ¡Feliz año! Una de las cosas que yo disfruto más en este tiempo es que uno se sigue felicitando. Yo recuerdo el año pasado, me encontré con un amigo muy especial en un aeropuerto, y era casi al final de marzo. Y él, cuando me vio, me dijo: "¡Felicidades!" Y yo le dije: "Pero, ¿tú tienes una noticia para mí, un regalo o algo?" Y él dijo: "Feliz año nuevo." Y yo le dije: "Pero hace tres meses." Y él dijo: "El día de hoy yo no te había visto. Todavía vale." Así que nosotros hasta junio seguimos felicitando, y después de junio empezamos a contar cuánto falta. O sea, que siempre estamos en eso. Pero es un gozo que podamos estar juntos aquí otra vez.
Yo quisiera invitarles a que busquen en sus Biblias, en Hebreos capítulo 13. Hebreos capítulo 13. Hemos titulado el sermón de hoy: "Desafiados a una mejor vida." Nosotros estamos todavía a inicio de año, y es probable que todos nosotros ya hayamos hecho algunas resoluciones, cosas que anhelamos, aspiramos alcanzar en este año 2017.
Nosotros somos gente de aspiraciones. Dios nos creó así. Somos gente de sueños. Somos gente que anhelamos cosas. De hecho, yo creo que parte de la evidencia de estar vivos es esa capacidad para soñar, es esa capacidad para aspirar. Y cuando perdemos esa capacidad, de hecho empieza un inicio de muerte. Cuando no soñamos, cuando no hay anhelos, la vida se convierte en una vida de desilusión, se convierte en una vida de desaliento.
Pero hay una nota de precaución en esto de las aspiraciones que es necesario aquí. Cuando estamos soñando y aspirando, la sabiduría es que tenemos que tener en cuenta a Dios. Debemos aspirar, debemos soñar, pero Dios debe estar en el centro. El problema es que si no ponemos un necesario balance a esas aspiraciones, entonces vamos a poner a depender nuestro gozo presente del logro de esas cosas. Y eso puede conllevar a una vida de insatisfacción, en otras palabras.
Yo debo ser una persona capaz de tener aspiraciones, pero al mismo tiempo yo debo ser una persona capaz de disfrutar lo que Dios me da cada día. Debo ser capaz de soñar, pero debo ser capaz de vivir hoy, aquí y ahora, disfrutando lo que Dios me ha dado. Si yo pongo mi gozo presente a depender de mis aspiraciones futuras, quizás mi vida se pueda convertir en un camino de incertidumbre, en algunos casos una vida de amargura, porque hay cosas que nosotros aspiramos y que quizás nunca vamos a alcanzar.
Por ejemplo, cuando yo era pequeño, yo quería ser un pelotero profesional. Y obviamente de niño yo me envolví en eso y yo estaba soñando con esas cosas. Pero cada vez que venía un juego era obvio que algunas cosas no estaban funcionando. Yo recuerdo al mánager del equipo una vez que le preguntaron: "Y Luis, ¿cómo lo ves?" Y yo estaba escuchando la conversación. Y él, el mánager, dijo: "Él es un buen muchacho." Cuando usted ve que el mánager empieza por ahí, la cosa no va bien. Y él dijo: "Ese es el muchacho que toda iglesia debiera de tener." Y yo digo: "¿Por qué me lo anda diciendo? Pelota, ¿qué tiene que ver la iglesia con esto?" Era una manera muy educada de decirme: "Tú no das para eso." El muchacho no tiene talento.
Como un chiste, algunos de ustedes saben, yo ahora colaboro con equipos de Grandes Ligas en los Estados Unidos. Hay muchos dominicanos, y a veces estamos en el estadio juntos todos antes de empezar un juego, y yo les hago esta historia. Entonces yo les digo, a manera de chiste: "Todos llegamos a Grandes Ligas. Todos. Mira, aquí estamos. Ustedes por la pelota y yo por la Biblia, pero estamos aquí." A ver las diferencias.
El punto es: nosotros debemos ser personas que aspiramos cosas, pero debemos tener en cuenta a Dios. En el caso del creyente, la clave es poner todas esas aspiraciones en una completa alineación con las promesas de Dios. Debemos ser capaces de posicionar todas esas aspiraciones y alinearlas con las promesas de Dios. En otras palabras, si yo aprendo a desear lo que Dios ha prometido, entonces hay una garantía de que eso vendrá.
La dinámica de excelencia en nuestras vidas, entonces yo lo pongo así: esto debe ser el sueño nuestro en la manera de vivir. Vivir bien ahora, disfrutando lo que Dios me ha dado, y deseando aún más de lo que Dios ha prometido. Esta es la dinámica de una vida de excelencia para un creyente. Yo debo aprender a vivir bien ahora, hoy, disfrutando lo que Dios me ha dado, y al mismo tiempo deseando aún más de lo que Dios ha prometido. Este es el más alto llamado de excelencia en la vida. Este es el más completo estilo de vida que podamos alcanzar.
Eso es justamente el desafío que Dios nos da en su Palabra, y eso es el desafío que yo quisiera que hablemos aquí esta mañana: desafiados a una mejor vida.
Si son tan amables, entonces vamos a nuestro texto. Hebreos capítulo 13, voy a leer desde el verso 1 al 6. Dice el autor de Hebreos: "Permanezca el amor fraternal. No os olvidéis de mostrar hospitalidad, porque por ella algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles. Acordaos de los presos como si estuvierais presos con ellos, y de los maltratados, puesto que también vosotros estáis en el cuerpo. Sea el matrimonio honroso en todos, y el lecho matrimonial sin mancilla, porque a los inmorales y a los adúlteros los juzgará Dios."
Y dice el verso 5 y 6: "Sea vuestro carácter sin avaricia, contentos con lo que tenéis, porque Él mismo ha dicho: Nunca te dejaré ni te desampararé. De manera que decimos confiadamente: El Señor es el que me ayuda, no temeré. ¿Qué podrá hacerme el hombre?"
Déjenme explicar el contexto. El libro de Hebreos aquí en este capítulo 13 comienza con una serie de exhortaciones a deberes prácticos, luego de doce capítulos donde se ha estado hablando de doctrina. Y este esquema ilustra un principio importante de enseñanza: antes de hablar y exhortar a los deberes, primero necesitamos explicar la doctrina. La doctrina es el fundamento sobre el cual los deberes son construidos. En otras palabras: primero dime lo que Dios ha hecho, y luego hablamos de lo que Dios demanda.
Teológicamente nosotros usamos una frase técnica y decimos: los indicativos siempre van primero que los imperativos. Háblame de lo que Dios ha hecho, luego háblame de lo que Dios demanda. Ningún hombre será capaz de seguir las demandas de la vida cristiana si primero no conoce a Jesucristo y tiene una comunión con Él, y de Él saca el poder para poder seguir. Nos lo ha llamado el Pastor Miguel últimamente; él ha estado insistiendo mucho usando una frase. Él dice: "Antes de hacer, tú tienes que ser." Hay una identidad y luego una práctica debida.
Entonces, nuevamente, lo que encontramos aquí en Hebreos es que el capítulo 13 comienza con una serie de exhortaciones a la vida cristiana, luego de haber tenido doce capítulos hablando de doctrina. Entonces, tanto este domingo y, Dios mediante, el próximo domingo, vamos a estar enfocados en una de esas exhortaciones prácticas que aparecen aquí en Hebreos capítulo 13.
Lo que yo he querido es simplemente destacar y considerar juntos aquí una de las demandas más hermosas y cruciales de la vida cristiana. Es una demanda que es combinada: cómo aprender a estar satisfechos en Dios, cómo aprender al mismo tiempo a confiar más en Él. ¿Cómo se combinan esas cosas?
Voy a leer el verso 5 y 6, que son el foco de nuestro estudio: "Sea vuestro carácter sin avaricia, contentos con lo que tenéis, porque Él mismo, Dios, ha dicho: Nunca te dejaré ni te desampararé. De manera que decimos confiadamente: El Señor es el que me ayuda, no temeré. ¿Qué podrá hacerme el hombre?"
¿Cómo podemos perseguir una mejor vida? Debemos aprender a estar satisfechos con lo que Dios es hoy. Debemos aprender a confiar en Él para lo que viene en el futuro. Y esta mañana vamos a enfocar nuestra primera parte, el verso 5: ¿Cómo yo puedo aprender a tener una vida más satisfecha en Dios?
Sí, que vamos al versículo número 5. Este es el que vamos a considerar en esta mañana. Dice el texto: "Sea vuestro carácter..." Yo quiero detenerme ahí por un momentito. Esa palabra que se traduce "carácter" aquí, en el idioma original, en el griego en que fue escrito este libro, denota una manera de vivir. Lo que el autor de Hebreos está hablando aquí es: ¿Cómo debe ser tu vida? ¿Cómo debe ser tu carácter? ¿Cómo debe ser el estilo con que te conduces cada día?
Yo insisto en señalar que esta exhortación que vamos a estar considerando no es simplemente un pensamiento aislado; no estamos hablando de una decisión temporal. Aquí el autor de Hebreos no se está refiriendo a algo de un fin de semana. Él dice: tu carácter, tu manera de vivir, todo tu ser completo. ¿Qué debe caracterizar tu persona? ¿Qué debe reflejar tu vida? ¿Cuál es el estilo de vida que aquí se está demandando?
Entonces, en primer lugar, la exhortación enfoca toda nuestra manera de vivir. ¿Qué dice acerca de eso? Bueno, negativamente, lo primero que dice el texto: "Sea vuestro carácter sin avaricia." Esto es importante. Vamos a dedicar un buen tiempo de la mañana a esta parte.
Por avaricia debe entenderse un fuerte deseo por cosas materiales, un fuerte deseo por cosas temporales. Es una actitud, es un mal. De hecho, es un mal muy fuertemente condenado en la Biblia. Déjenme dar algunos pasajes de referencia.
En Marcos capítulo 7, versos 21 y 22, el Señor Jesucristo condenó la avaricia del hombre. ¿Por qué? Decía Jesús: eso sale de adentro del corazón y contamina todo el ser. El Señor Jesucristo no veía la avaricia como algo agradable. La raíz es adentro y es como un cáncer que se expande y contamina todo el hombre.
En Lucas capítulo 12, verso 15, el Señor Jesucristo estuvo condenando esta actitud de avaricia a un joven rico. Esto fue lo que Jesús le dijo a ese joven: "Guardaos de toda avaricia." ¿Sabes por qué? Porque la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee. En otras palabras: tú no puedes describir tu vida basado en lo que tienes. Tú no puedes igualar el valor de una vida basado en las cosas que tienes acumuladas. Eso no tiene nada que ver.
Cuida tu corazón de la avaricia, porque la vida no es eso. La vida no es eso, es algo más. En Primera de Corintios, capítulo 6, versos 9 al 10, el apóstol Pablo, inspirado por Dios, escribiendo a esta iglesia, condena esa actitud de avaricia diciendo que los avaros no entrarán en el reino de Dios. En Efesios capítulo 5, verso 3, el mismo apóstol hablando incluye la avaricia junto a una lista donde aparece la fornicación, y el apóstol dice que eso ni siquiera debe nombrarse. Entonces, estamos hablando de un gran mal, un gran mal.
Lo que llama la atención acerca de esto es que, a pesar de ser un mal muy condenado en la Biblia, es poco admitido. Es inusual eso. De hecho, le preguntaron una vez al príncipe de los predicadores, Charles Spurgeon, sobre eso, y esta fue su declaración. Él dijo: "En todos los años que yo tengo como pastor, yo he escuchado a muchas personas confesar muchas clases de pecado, pero nunca yo he escuchado a alguien decir: yo soy un avaro". Nunca. Entonces, es interesante que a pesar de ser un mal muy condenado, en realidad es poco admitido. Todos luchamos contra eso, todos, pero de alguna manera no alcanza en nuestra lista de prioridades un grado de maldad como la Biblia lo presenta.
La codicia impide el entendimiento de la gracia. La codicia roba el gozo de la salvación. La codicia es un cáncer. ¿Cómo yo sé que eso es así? Muchas veces, al considerar los efectos de un mal es cuando nos damos cuenta de la magnitud, la seriedad de esto. A veces, viendo lo que el mal produce, no sé, no sé si es más fácil entender la magnitud de la maldad. Así que lo que yo voy a hacer esta mañana es extraer tres historias bíblicas alrededor de este tema, de tal manera que al ver la historia, al considerar la historia, los efectos que la avaricia produjo en cada uno de los personajes de la historia, eso nos ayude de alguna manera a despertar, que podamos ser impactados un poco en cuanto a eso. Así que siéntense; yo fui profesor de Escuela Dominical muchos años y me encanta contar historias.
Así que vamos a la primera: Segunda de Reyes capítulo 5, por favor. Segunda de Reyes capítulo 5. Cómo la avaricia es algo que destruye el corazón, cómo la avaricia puede entrar a nuestros corazones y prácticamente impedir el gozo de nuestra vida cristiana, de eso es que vamos a estar hablando.
Segunda de Reyes, capítulo 5. Déjenme tratar de introducir la historia. La historia es acerca de un capitán llamado Naamán. Era capitán de un estado que se llamaba Aram-Damasco, era una tierra aramea, estaba en el norte de Israel, noreste de Israel. Naamán era un hombre conocido como alguien muy valeroso, era un capitán, general del ejército, era un hombre muy especial en esa tierra. Naamán tenía un solo problema: él tenía lepra. Y en los tiempos antiguos la lepra no era solamente considerada una enfermedad de la piel; en esos momentos era una enfermedad incurable y, más que eso, por causa de eso, lo que la lepra hacía a la persona era que era rechazado por la sociedad.
Entonces tenemos a Naamán, un general del ejército, un capitán, pero leproso. De hecho, el nombre de Naamán en hebreo significa "agradable". Tenemos al agradable enfermo, tenemos al agradable pero leproso. En la casa de Naamán, la joven que ayudaba en el servicio doméstico para su esposa era hebrea, y viendo la situación que existía, ya le dijo a la señora de la casa, la esposa de Naamán: "Mira, en Samaria, en mi tierra, en esa área, hay un profeta que cura eso".
Entonces Naaman, que era uno de los principales, habló con el rey, y el rey le dijo: "Sí, así vamos a hacerlo. De hecho vamos a hacer una cosa: yo te voy a mandar al rey de Israel. Estamos hablando de un rey a un rey, y voy a mandar una carta contigo."
Y Naaman entonces armó su equipo. Yo le digo, entonces tenemos que ponerle sabor a esto. Se imaginan, se imaginan: son diputados americanos, las guagüetas, todos los guardias atrás. Entonces llegó al rey, el rey le dio la carta, y el otro rey leyó: "Mira, yo te mando este enviado, uno de los más importantes para mí. Yo te ruego que lo sanes." El rey dijo: "¿Eso es declararme la guerra? ¿Qué es esto? Porque yo no soy Dios. ¿De dónde yo voy a sanar este hombre de lepra?"
Pero el profeta se enteró del tema, y algunos van a llegar al diseño. "Yo resuelvo su problema. Es importante que se sepa que hay un profeta en Israel. Dios está presente."
Cuando llegó Naaman parado, señor, imagina esa escena: la guagüeta, todo el mundo llegó a la casa de Eliseo, un hombre humilde, no había mucho. Y también lo que pasó: Eliseo ni salió, le mandó un asistente. Y básicamente el mensaje fue este: "Dice el profeta que vaya al río Jordán, se zambulla siete veces, y ya está."
Y el hombre le dijo: "¿Cómo es que tú me dices eso a mí?" Imagínelo, es algún diputado. "¿A mí que no salga? ¿Estás loco? En la tierra de nosotros hay ríos mejores que el Jordán. Vámonos de aquí." Y a recoger las guagüetas, a montar.
Parece que uno de los siervos era bastante sabio. Le dijo: "Mi señor, pero vamos a razonar. Si el profeta le hubiera dicho algo más complicado, ¿no lo habría hecho? Por eso sale." Y él dijo: "Bueno, pero la verdad es que sí."
Bueno, pues se desmontaron, fue al Jordán. El hombre se sumergió siete veces y el milagro sucedió. Su piel no solamente fue sanada, fue restaurada. Y más que eso, las indicaciones bíblicas es que no solamente se sanó de su lepra, sino también de su corazón. Dios se mostró.
Ahora escuchen esto. Naaman entonces está impactado. Naaman no lo puede creer. Naaman vino con un paquetón de regalos y él dijo: "Yo no me puedo ir. Yo tengo que decirle gracias a este hombre, lo que sea." Y Naaman volvió donde Eliseo.
Y en ese instante es que yo quiero que leamos lo que vamos a ver. Entiéndase, Naaman ha sido sanado de la lepra, él anda con todo su equipo de gente, muchos regalos, está agradecido, realmente agradecido. Vamos a leer lo que pasó. Antes, 2 Reyes capítulo 5. Tengan en cuenta que la historia es cómo la avaricia destruye el corazón, y el personaje de atención es un asistente de este profeta llamado Giezi.
Vamos a leer desde el verso 15, 2 Reyes capítulo 5, verso 15: "Y regresó al hombre de Dios con toda su compañía" —es decir, regresó a Eliseo— "y fue y se puso delante de él y dijo: He aquí, ahora conozco que no hay Dios en toda la tierra sino en Israel. Yo te ruego pues que recibas ahora un presente de tu siervo. Pero Eliseo respondió: Vive el Señor delante de quien estoy, que no aceptaré nada." Naaman le insistió con eso, pero le rehusó.
Y este hombre, Naaman, que estaba sano, también aprovechó el hecho. "Pues entonces ayúdame. Yo quiero adorar al Dios verdadero. Yo me voy a exponer allá a una tierra que es idólatra. Yo no quiero ofender a Dios. Dame tu bendición." Y de verdad, Eliseo lo bendijo.
Y todo esto, todo este drama, estuvo muy cerca de un asistente que tenía el profeta llamado Giezi. Y él vio todo lo que pasó. Y aquí está el verso 20. Hay un "pero". Cada vez que usted vea un "pero" en la Biblia, deténgase, levanta la antena, porque algo ha pasado. Todo está perfecto. Naaman está feliz, Naaman está sano, sano en su corazón, tenía celo por Dios. El profeta lo bendijo y se fue.
Pero dice el verso 20: "Y Giezi, criado de Eliseo el hombre de Dios, dijo para sí" —eso es importante, él no habló, él dijo para sí, no te apalabreo lo que él hizo, fue el pensamiento, él habló con él mismo— "He aquí, mi señor ha dispensado a este Naaman arameo, al no recibirle de sus manos lo que él trajo." Lo que le paró, lo despachó. Y lo regaló y el dinero que había. Se fue. "Vive el Señor que correré tras él y tomaré algo."
Aquí empieza la avaricia. Empieza en el corazón.
Dice el verso 21: "Y Giezi siguió a Naaman. Y cuando Naaman vio a uno corriendo tras él, bajó de su carro a encontrarle y dijo: ¿Está todo bien?" Y él dijo —este es Giezi hablando— "Todo está bien. Mi señor me ha enviado." Aquí está la avaricia creando mentiras. "Diciendo: He aquí, en este momento dos jóvenes de los hijos de los profetas han venido a mí de la región montañosa de Efraín. Te ruego que les des un talento de plata y dos mudas de ropa."
Y Naaman dijo: "Por supuesto, yo ofrecí. Déjame darte." "Dos talentos." Y le insistió, y ató dos talentos de plata en dos bolsas con dos mudas de ropa, y los entregó a dos de sus criados, y estos lo llevaron delante de él.
Y cuando llegó al monte, los tomó de su mano y los guardó en la casa, y luego despidió a los hombres y ellos se fueron. Este hombre había cometido un gran pecado, pero su corazón no estaba afectado.
Y esto es lo que pasó, verso 25: "Entonces él entró y se puso delante de su señor, y Eliseo le dijo: ¿Dónde has estado, Giezi?" Y él respondió: "Tu siervo no ha ido a ninguna parte."
Entonces Eliseo le dijo: "¿No iba contigo mi corazón cuando el hombre se volvió de su carro para encontrarte? Yo sé lo que ha pasado. Eso soy, un profeta de Dios."
Pregunta: "¿Acaso es tiempo de aceptar dinero y de aceptar ropa, olivares, viñas, ovejas, bueyes, siervos y siervas? Por tanto, la lepra de Naaman se te pegará a ti y a tus descendientes para siempre." Y él salió de su presencia leproso, blanco como la nieve.
Mi hermano, la avaricia en el corazón de este hombre robó su destino para heredar la maldición de aquel que fue sanado. Naaman vino leproso, enfermo. Se sometió a Dios. Y la codicia propició que este siervo del profeta, que había visto muchos milagros de Dios, heredó esa maldición. La codicia destruyó su alma.
Segunda historia. Mateo capítulo 26. Vamos a Judas ahora. Judas fue uno de los discípulos de Jesús. Judas vivió íntimamente el andar con Jesús, el Hijo de Dios. A Judas no tuvieron que contarle de los milagros. Cuando el Señor Jesucristo calmó el viento, a Judas no tuvieron que informarle. Cuando el Señor sanaba, Judas participó de los devocionales. Judas tuvo tiempo de oración con Dios mismo, su Hijo Jesús. Pero había avaricia en su corazón.
Miren aquí, en Mateo capítulo 26, cómo se narra su tragedia. Verso 14: "Entonces uno de los doce, llamado Judas Iscariote, fue a los principales sacerdotes y les dijo: ¿Qué estáis dispuestos a darme para que yo os lo entregue?" En otras palabras es esto: ¿Cuál es el precio que tienen para Jesús? ¿Cuánto vale eso? "Y ellos le pesaron treinta piezas de plata. Y desde entonces buscaba una oportunidad para entregarle."
Yo llamo la atención a esa palabra. La avaricia estaba ya, el mal estaba sembrado. Todo lo que faltaba era una oportunidad, y la oportunidad llegó.
Más adelante, Mateo 27, si son tan amables por favor, miren conmigo el verso 3 en adelante: "Entonces Judas, el que le había entregado, viendo que Jesús había sido condenado, él sintió remordimiento y devolvió las treinta piezas de plata a los principales sacerdotes y a los ancianos, diciendo: Yo he pecado, yo he entregado sangre inocente. Pero ellos dijeron: ¿Y a nosotros qué?" En dominicano se desean. "Nosotros lo que nos importa, logramos lo que queríamos. Tu codicia, tu avaricia facilitó nuestra labor."
Y dice el verso 5: "Y él, arrojando las piezas de plata en el santuario, se marchó, y fue y se ahorcó."
Piensen por un momento. Por causa de la avaricia, Judas traicionó y vendió al ser que más lo había amado. Por causa de la avaricia, Judas traicionó y vendió a Jesús. Piensen en el poder de este mal, que puede llegar hasta ahí.
La ilustración última: Hechos capítulo 5. Este es el caso de un hombre llamado Ananías y su esposa Safira. Déjame contextualizar la historia. Aparentemente, la iglesia en Jerusalén estaba floreciendo, el ministerio estaba creciendo y todos estaban colaborando. Tenían todas las cosas en común, la gente ayudaba. Aparentemente, lo que se puede deducir de la historia, esta gente tenía alguna propiedad, era de ellos legítimamente, y ellos fueron a los apóstoles, que eran los pastores en ese tiempo, y ellos parece ser que les dijeron: "Mira, tenemos una propiedad, vale tanto, y nosotros estamos pensando venderla. Si se vende, vamos a dar un tal por ciento". Hasta ahí todo está bien.
Parece ser que vendieron la propiedad al precio que hablaron, y cuando tenían el dinero en la mano, dijeron: "Y nosotros le vamos a dar todo este dinero a la iglesia". Esa es básicamente la idea. ¿Qué? Esto es mucho, esto es demasiado. Entonces ellos hicieron un pacto, ellos dijeron: "Vamos a hacer una cosa, lo que vamos a decir es que la propiedad la vendimos por menos, y lo que estamos entregando es el porcentaje equivalente de ese precio". Hasta ahí todo está muy bien, hasta que llegó la historia.
Hechos capítulo 5, verso 1: "Pero cierto hombre llamado Ananías, con Safira su mujer, vendió una propiedad y se quedó con parte del precio, sabiéndolo también su mujer, y trayendo la otra parte, la puso a los pies de los apóstoles". Mas Pedro —ese "mas" es un "pero"— aquí tal verso 3: "Pedro dijo: Ananías, ¿por qué ha llenado Satanás tu corazón para mentir al Espíritu Santo y quedarte con parte del precio del terreno?" A mí me llama la atención que el texto no dice: "¿Por qué ha llenado Satanás tu corazón para mentir a nosotros?" Eso no es lo que dice. ¿Por qué mentiste al Espíritu Santo? ¿Por qué mentiste a Dios?
Verso 4: "Eso no tiene sentido lo que tú has hecho. Mientras estaba sin venderse, ¿no te pertenecía? Y después de vendida, ¿no estaba bajo tu poder? ¿Por qué concebiste este asunto en tu corazón?" Esa palabra es clave: concebir. Ve ahí a parir, ese tempito. ¿Por qué te llenaste de eso? ¿Por qué lo hiciste? Nadie te puso una pistola en la cabeza, fuiste tú el que lo dijiste. El problema es lo que había en tu corazón. ¿Y qué hizo Pedro? ¿Dijo: "No, no lo vuelvas a hacer, ve mañana y eso lo vemos"? No. Dice: "No has mentido a los hombres, sino a Dios".
Verso 5: "Al oír Ananías estas palabras, cayó y expiró". ¿Por qué? Y vino un gran temor sobre todos los que lo supieron. Los jóvenes se levantaron y lo cubrieron, y sacándolo, le dieron sepultura. Después dice el verso 7: "De un lapso como de tres horas, entró la mujer, no sabiendo lo que había sucedido". Y Pedro le preguntó: "A ver, dime, ¿vendisteis el terreno en tanto?" Y ella dijo: "Sí, eso mismo fue, ese fue el precio". Entonces Pedro le dijo: "¿Por qué os pusisteis de acuerdo para poner a prueba al Espíritu del Señor?" Esa palabra es clave: poner a prueba, que es lo mismo que provocar. ¿Por qué vas a provocar al Espíritu del Señor? "Mira, a los pies de los que sepultaron a tu marido están a la puerta, y te sacarán a ti también". Y al instante, dice el verso 10, ella cayó a los pies de él y expiró. Y murió. Vino un gran temor.
Este es el punto: esta es una gente que, aun intentando hacer el bien —estamos hablando de ofrendar a la iglesia—, la avaricia obstruyó el buen deseo. ¿Me puede ser esta? ¿Qué tan malo es la avaricia? El efecto dañino de la avaricia es que infecta el corazón. Y déjeme decir esto: infecta el corazón de tal manera que se neutraliza nuestro temor de Dios. No tememos. ¿Y qué trae eso como consecuencia? Que empezamos a vivir una vida donde, en vez de deleitarnos en sus promesas, ahora lo que estamos haciendo es provocarlo a sus juicios. Esa es la desgracia de la avaricia.
La avaricia neutraliza el temor de Dios en nosotros. Perdemos el temor de Dios, mentimos, calumniamos, inventamos, y entonces lo que hace es que nuestras vidas, que debieran de ser de deleite en sus promesas, ahora se convierten en provocarlo a sus juicios. Es el retrato perfecto de lo que llamaríamos una persona miserable.
Cuando el autor de Hebreos escribió acerca de la excelencia de la vida, él dijo: "Sea vuestra costumbre sin avaricia". Cuídate de la avaricia, no juegues con la avaricia. Hay una frase que dice: "O tú matas el pecado, o el pecado te mata a ti". No juegues con ese mal, es muy fuerte.
Déjeme dar una nota de balance que yo pienso que es importante. Nosotros no les estamos diciendo que es malo tener dinero. En absoluto. Abraham fue el padre de la fe y fue rico. El problema es amar el dinero. El problema es cuando el dinero se hace prioridad número uno en el corazón, y entonces convertimos el dinero en un ídolo. Eso es lo que se está condenando aquí.
Primera de Timoteo 6:10 dice: "Porque la raíz de muchos males es el amor al dinero, el cual, codiciando algunos, se extraviaron de la fe y fueron traspasados de muchos dolores". Eclesiastés capítulo 5, verso 10 dice: "El que ama el dinero no se saciará de dinero". Es impresionante. No llena el corazón eso. Le preguntaron al hombre más rico que existe en el planeta: "¿Qué usted quiere?" Y él dijo: "Un poco más". Y ni sabía lo que tenía. Porque Dios diseñó el corazón que no se llena con esas cosas, no se sacia de esas cosas.
La clave entonces: cuidar el corazón. La avaricia es un mal que debemos evitar, que debemos combatir. El autor de Hebreos dice que vuestra costumbre sea sin avaricia. La pregunta entonces sería esto: ¿Y cómo yo me cuido de eso? ¿Cómo puedo yo procurar protegerme acerca del mal de la avaricia?
El texto entonces da la prescripción. Dice: "Sea vuestro carácter sin avaricia, contentos con lo que tenéis". El contentamiento es la medicina a la avaricia. De hecho, en la versión original en el griego, la traducción es: "Contentos con lo que tenéis ahora". Con lo que ya Dios tiene para ti, es estar contentos. No con lo que yo debería tener, no con lo que yo pudiera tener, no con lo que yo creo que merezco tener. Es estar contento con lo que Dios es en Jesucristo para ti, aquí y ahora.
Contentos. Uno de los filósofos de tiempos antiguos decía: "El hombre más rico es aquel que está contento con menos". Aquel que está contento con menos. Y dice Primera de Timoteo 6:6, es el apóstol inspirado: "Gran ganancia es la piedad acompañada de contentamiento". Mientras más contentos estamos disfrutando lo que Dios es, más ganamos en el corazón.
Déjenme decirles muy especialmente: esta gente a quien esta carta fue dirigida son el principal testimonio de eso. Esta gente estaba siendo perseguida y esta gente estaba ahora mismo experimentando una gran aflicción. Muchos de ellos habían perdido todo lo que tenían. Miren conmigo aquí en Hebreos capítulo 10, verso 34, solamente para señalar esto: "Porque tuvisteis compasión de los prisioneros y aceptasteis con gozo el despojo de vuestros bienes". Lo perdieron todo. ¿Cómo hicieron eso? "Sabiendo que tenéis para vosotros mismos una mejor y más duradera posesión".
La idea es: si alguno estaba preocupado diciendo "¿qué vamos a hacer? lo perdimos todo, debiéramos poner cabeza a ver cómo recuperar", el autor de Hebreos dice: "Yo le tengo una mejor cosa. Aprendan a estar contentos con lo que tienen ahora. No se preocupen por lo que no tienen. Ustedes tienen lo más importante, ustedes tienen a Cristo. Y eso es todo lo que necesitamos".
¿Cómo pudieron esta gente sufrir tal pérdida? El texto dice: "Sabiendo". Sabiendo que tenéis una mejor y más duradera posesión. ¿De qué le vale a un hombre tener todas las riquezas materiales de este mundo si no tiene a Jesús? ¿De qué le vale? De hecho, amigo que estás aquí, si estás aquí escucha esto: el verdadero gozo está en tener a Jesucristo. El verdadero gozo está en descansar en él. Ahí está el secreto del contentamiento.
Habrá un día cuando todas las cosas que poseemos en este mundo se van a quedar. Vamos a morir. Usted nunca ha visto un carro fúnebre, un entierro, seguido de un camión de mudanza atrás. Eso no tiene sentido, ¿para dónde van a llevar? Porque todo va a terminar. El punto es que cuando el corazón está atado a las cosas materiales, siempre habrá un temor de que lo vamos a perder. El verdadero gozo está en Jesucristo, un corazón confiado.
¿Por qué podemos aspirar a una vida así? Dice el texto, de nuevo estoy aquí en Hebreos capítulo 13: "Sea vuestro carácter sin avaricia, contentos con lo que tenéis. ¿Por qué? Porque él mismo ha dicho: Yo nunca te dejaré, yo no te desampararé".
Nosotros vamos a ampliar esto el próximo domingo, pero déjeme decir algo como introducción. La base de nuestro contentamiento está en Dios. Él mismo ha dicho. Dios ha hablado. Todo lo que podamos aprender debe estar fundamentado en lo que Dios ha dicho. La evaluación del caso cambia completamente cuando Dios aparece en el escenario. La mayoría de nuestros problemas comienzan cuando no vemos a Dios en nuestra situación.
Una de las mejores disciplinas espirituales que podamos hacer es disfrutar más a Dios. Tenerlo en cuenta, verlo en su Palabra. Algunas veces yo estoy en consejería y hay una pareja con mucho problema y mucho conflicto. "Tú me dices, yo te digo", y hay muchas heridas, y van 25 minutos, y yo propongo un comentito: "¿Y Dios? Ustedes no me han dicho dónde está Dios. Ustedes no están viendo a Dios. Se están sintiendo aislados, solos, cuando en verdad Dios está aquí".
Dios abre una ventana de esperanza. Dios se revela en su Palabra. Por tanto, nosotros tenemos que conocer más esa Palabra. Tenemos que aprender a amar más esa Palabra. Ese es el sustento del alma. Dios ha vivido. Dios ha hablado. Entonces no pasemos un juicio final de la situación hasta que estemos seguros de que Dios está incluido en el caso. Sin Dios, el caso está incompleto.
¿Cuál es la exhortación que encontramos aquí en Hebreos capítulo 13? Sea vuestro carácter, sea vuestro estilo de vida, sea todo su ser sin avaricia, sin un deseo incontrolable por cosas temporales. En cambio, contentos con lo que tenéis ahora, porque Dios ha hablado, porque Dios es el Rey soberano del universo, porque Dios está en control de todas las cosas.
¿Cómo vamos a aplicar esta verdad? ¿Cómo estamos combatiendo la avaricia? A veces nosotros vivimos en una generación que le llamamos necesidad a cualquier capricho. Somos una máquina de aspiraciones. Siempre estamos deseando cosas, anhelando cosas, pero hay aspiraciones que son santas, que honran a Dios. Hay otras que no. Hermanos, necesitamos tener sabiduría para aprender a filtrar esas aspiraciones.
Debemos hacer preguntas como estas: Eso que yo deseo, ¿me acerca más a Dios o en cambio me separa más de Él? Eso que yo deseo, ¿me convierte en una persona más santa, apartado para Él, o en cambio eso me une más a las cosas donde yo no debería estar? Eso que yo deseo y anhelo, ¿me prepara más para la vida eterna o en cambio me amarra más a esta vida temporal? Eso que yo deseo, ¿me permitirá disfrutar más las promesas de amor de Dios en el Señor Jesucristo o en cambio me hará más frío e indiferente a las cosas espirituales?
El pastor Chacho compartía un devocional al equipo ministerial de aquí el pasado viernes. Se hablaba: necesitamos aprender a reflexionar más. Vamos muy rápido y los cambios que necesitamos toman tiempo, pero sobre todo reflexión. Una de las cosas que caracteriza nuestra generación es que no meditamos, no tomamos el tiempo para reflexionar y en cierta manera somos muy simples. En verdad debemos buscar satisfacciones más profundas. El corazón no fue diseñado para estar contento con cosas de este mundo. No está la real satisfacción; está en Jesús, y necesitamos traer más pensamiento de Dios para poder experimentar eso.
Una pregunta: ¿qué tan satisfechos, qué tan contentos estamos con la provisión presente que Dios nos ha dado? Alguien decía que el contentamiento ahora es una joya rara, es raro, pero eso no debiera ser así. Yo mencionaba que hay un hermano que me encanta en una iglesia, que cuando le pregunto cómo estás, él dice: "Mejor de lo que yo merezco." Y eso es una gran verdad, eso es bíblico. Y necesitamos cultivar más esa perspectiva espiritual.
No podrá haber un real gozo en el alma, no podrá haber contentamiento en el alma, si yo creo que Dios es injusto conmigo. No podrá haber contentamiento en mi alma si yo creo que merezco más de lo que Dios me ha dado. No importa cuál sea tu condición presente, escucha esto: tú tienes más de lo que mereces. Dios ha sido muy bueno con nosotros. Dios ha sido muy bueno con nosotros, y debemos orar que Dios nos conceda ese espíritu, un espíritu de gratitud para gozarnos en Él, para deleitarnos más en Él.
Dios es soberano, Dios gobierna, Dios está a nuestro favor, Dios cuida de nosotros. Él determina lo que es mejor, Él sabe exactamente lo que necesitamos. Sea pobreza o riqueza, sea salud o enfermedad, sea gozo o aflicción, Dios desea que nosotros aprendamos a confiar más en Él. Debemos procurar exhibir una vida de más contentamiento. Las misericordias del Señor son nuevas cada mañana.
Entonces, en medio de un mundo que convulsiona, frente a tantos desafíos, frente a tantas necesidades, nosotros debemos procurar una vida diferente. Jesús dijo: "Yo he venido para que tengan vida y para que la tengan en abundancia." Y esa abundancia no necesariamente está determinada por cosas materiales, sino es un disfrute presente de las promesas de Dios en Jesucristo. Dios nos llama a una vida diferente, una vida de contentamiento, una vida de satisfacción aquí y ahora.
Y eso solo será posible si aprendemos a confiar más en Él. Eso solo será posible si aprendemos a llenarnos más de Él. Eso solamente será posible si resolvemos vivir para Él. Que Dios nos ayude. Que Dios nos ayude con su gracia para que podamos responder con fe cuando Dios nos desafía a una mejor vida.
Luis Méndez nació en Santiago, República Dominicana, y conoció al Señor mientras cursaba estudios universitarios en 1985. Sirvió como diácono en la Iglesia Bautista de la Gracia desde 1987 y fue llamado al ministerio pastoral en 1997, función que ejerció allí hasta 2006. Ese mismo año se trasladó con su familia a Minneapolis, MN, para recibir formación teológica en el Instituto Teológico de Bethlehem Baptist Church, bajo la guía del pastor John Piper. Tras completar sus estudios, sirvió como pastor y anciano hasta 2016. Actualmente forma parte del liderazgo de la IBI enfocado en consejería. Es miembro de ACBC y Life Coach certificado por la AACC, labor que ejerce parcialmente con organizaciones y personas, incluyendo jugadores hispanos de béisbol profesional. Está casado con Vilma desde 1988 y es padre de Raquel, Eva y Luis Jr. Su residencia se divide entre Arizona, EE. UU., y Santo Domingo, R. D