IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Los desastres naturales nos conmueven, pero la verdadera devastación de la humanidad no viene de terremotos ni tsunamis, sino de las decisiones que tomamos unos contra otros. Las cifras lo confirman: diez trillones de dólares evaporados por la avaricia en una sola crisis financiera, cuarenta y tres millones de abortos anuales —equivalentes a doscientos quince terremotos como el de Haití—, veinticinco mil niños muriendo cada día por desnutrición mientras los ingleses desechan diecisiete billones de dólares en alimentos sin consumir. El ser humano es el mayor desastre que existe.
En su última carta, escrita desde prisión y consciente de que su vida terminaba, el apóstol Pablo advirtió a Timoteo sobre los tiempos difíciles que vendrían. La causa no serían catástrofes naturales, sino una distorsión profunda del amor. Pablo describe hombres amadores de sí mismos, incapaces de amar a su prójimo, y amadores de los placeres en vez de amadores de Dios. De esta raíz egoísta brotan todas las demás características: avaricia, jactancia, soberbia, desobediencia, ingratitud, calumnia, desenfreno. Cada una representa un cáncer que destruye tanto el alma individual como las relaciones humanas.
La prueba del amor verdadero está en Dios mismo, quien no retuvo a su Hijo sino que lo entregó por un mundo perdido. Frente a una humanidad marcada por el egoísmo, quienes son sal y luz de la tierra deben caminar en dirección opuesta: negándose a sí mismos, reconociendo su necesidad de gracia y viviendo el amor que transforma.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
En esta mañana, muy brevemente, quisiera compartir con ustedes siguiendo la línea de pensamiento que nuestro pastor ha tenido a lo largo de estas dos últimas semanas, justamente reflexionando acerca del drama ocurrido producto del desastre natural en nuestro país hermano.
Y como consecuencia de esto, entre las muchas reflexiones que el pastor hizo, en una de las ilustraciones que él mencionó hace un par de semanas atrás, él dijo que a veces estos desastres naturales nos permiten ver claramente el drama de la miseria humana en toda su magnitud, pero que lamentablemente mientras esto es noticia nosotros vamos a estar conscientes de los graves problemas que afectan a una sociedad que no es la nuestra. Sin embargo, es necesario recordar que en realidad el gran drama de la humanidad y la gran miseria de la humanidad no nace producto de los desastres naturales que ocurren muy de vez en cuando en nuestro pequeño planeta azul, sino que más bien son producto de las decisiones que nosotros tomamos como seres humanos en relación a otros seres humanos. Y eso genera una gran magnitud de dolor, de miseria y de quebranto en este planeta.
No son los desastres naturales los que proveen el dolor a la humanidad, sino que más bien somos hombres y mujeres que nos hacemos daño mutuamente una y otra vez, elevando llanto sobre esta tierra, un llanto que no termina de parar desde que el mundo es mundo.
Y ahora, cuando nosotros hablamos de esta realidad de dolor, nosotros nos preguntamos: ¿es así como debiéramos estar viviendo en el siglo XXI? Desde hace aproximadamente unos tres siglos atrás, los seres humanos empezaron a cambiar en una visión más humanista y autocentrada de la que había existido hasta esa época. Y uno de los términos que se acuñó allá por el siglo XVIII, a mediados del siglo XVIII, es la idea de la secularidad. Nosotros vivimos ahora en lo que llamamos una sociedad secular.
Una sociedad secular es una sociedad que aparentemente ha apartado a Dios de todos sus dilemas. La palabra secular tiene que ver con la idea de este siglo, de este mundo y de este tiempo. La idea de secularidad fue propugnada o acuñada por un filósofo inglés de nombre George Jacob Holyoake. Y George Jacob Holyoake tenía tres ideas principales con respecto a la secularidad.
La primera es la separación de la religión de todos los aspectos centrales de la sociedad humana. La religión tenía que quedar restringida a la esquina del ámbito privado de la persona humana. La religión es algo privativo del corazón, de la conciencia humana, y por lo tanto el hombre no debe poner en el plano social sus ideas religiosas.
La segunda cosa que él dijo era que todo obrar humano debe considerarse única y exclusivamente en términos humanos. El hombre se tiene a sí mismo y solamente se debe al hombre. Todo lo que el hombre consiga no será producto de alguna providencia divina, sino que más bien será producto de su propio trabajo.
Por eso es que, en tercer lugar, él propugnaba que no existe providencia divina, sino que la única providencia con la que el hombre cuenta es la providencia de la ciencia. Esa es básicamente la idea de una sociedad secular: una sociedad sin Dios que vive única y exclusivamente en este tiempo. Esta idea generó una separación de lo que los estudiosos del pasado consideraban la gran superstición religiosa, el hombre que había sido acabado por una definición del pecado que anulaba al hombre en todas sus potencialidades.
Ahora, nosotros que somos ciudadanos del siglo XXI nos damos cuenta que en realidad las grandes miserias del ser humano no han cambiado mucho. Es verdad que nosotros vivimos de una manera distinta en términos de salubridad, en términos de salud, en términos de comodidad, y en muchos otros aspectos de la vida humana. La vida humana, a través de la ciencia y el obrar del ser humano, ha podido realizar grandes cambios que han trastornado la vida de los seres humanos. Pero muy en lo íntimo, en lo profundo de nuestro corazón, todavía sabemos que existe ese grado de maldad anunciado por la Palabra de Dios que no ha podido ser eliminado del corazón del hombre: ni con conciencia, ni con conocimiento, ni con sabiduría, ni tampoco con la separación de la religión del ámbito de la sociedad humana.
Lo que nosotros estamos viviendo en la actualidad, todas las experiencias de vida, tienen que ver justamente con eso. Varios siglos después, todavía el corazón del hombre sigue siendo el mismo. La palabra pecador todavía nos refleja y nos identifica. El reconocimiento de que hay oscuridad en nuestro propio corazón todavía nos refleja y nos identifica.
Y el pastor hace un par de semanas usó varios ejemplos para mostrar cómo es que el hombre se hace daño a sí mismo. Permítanme brevemente darles algunos ejemplos más. Mi intención no es ser oscuro, simplemente es clarificar una posición.
Por ejemplo, la crisis financiera del año pasado, de hace un par de años atrás, no tiene otra razón. No hay una razón científica, no hay una razón producto de un gran desastre natural. La gran crisis con las hipotecas no es producto de que las casas que se construyeron se vinieron abajo y todo el mundo las perdió. No, la gran crisis financiera de un par de años atrás es producto, básicamente reconocido por todos los sectores de la sociedad, producto de la avaricia del ser humano. No hay otra palabra más que la avaricia del ser humano. De acuerdo al Wall Street Journal, él dice que en los últimos dos años se esfumaron de sobre la faz de la tierra diez trillones de dólares, se evaporaron. ¿Cuántos son diez trillones de dólares? En mi neurona no entran todos los ceros, no sé, yo no sabía que existían tantos tampoco, pero se evaporaron diez trillones de dólares producto del corazón humano.
Nosotros creemos que la vida se inicia con la concepción, y nosotros somos grandes defensores de la vida porque eso es lo que propugna la Palabra de Dios. Lamentablemente, cada año alrededor del mundo se producen 43 millones de abortos, 43 millones de abortos. Para eliminar toda esa cantidad de personas se necesitarían 215 terremotos como el de Haití, 215 terremotos, casi uno diario, para eliminar ese número de personas. La Segunda Guerra Mundial, que quizás fue la guerra más cruenta que ha vivido la humanidad, eliminó aproximadamente 50 millones de personas, pero con los abortos nosotros eliminamos 43 millones de niños cada año, producto de las decisiones que seres humanos toman con respecto a otros seres humanos.
El pastor mencionó hace un par de semanas que 25 mil niños mueren diariamente producto de malnutrición y todas las enfermedades que van aparejadas con esto. De acuerdo a las estadísticas, dice que se necesita un tsunami, como el que hubo en Asia hace algunos años atrás, cada semana y media para poder compensar todos los muertos, todos los niños muertos por desnutrición cada año. O sea, necesitamos muchos desastres naturales del grado de lo que vimos con nuestros hermanos en Haití solamente para comparar la maldad del hombre que efectúa diariamente.
Solamente basta el 5% de las sobras de comidas en Norteamérica para alimentar a cuatro millones de personas en un día. Y los ingleses botan alimentos no perecibles, alimentos que no han llegado al vencimiento, cada año por un total de 17 billones de dólares, 17 billones de dólares de alimentos que los ingleses compraron, no consumieron y los tiraron a la basura. Y en armas nosotros gastamos 1.46 trillones de dólares cada año para cuidarnos unos de otros. Cuántos ceros son, no me alcanzan, no me alcanzan.
Sin embargo, esa es la realidad del ser humano. Nosotros somos el mayor desastre que puede existir, más grande que un huracán, más grande que un terremoto, más grande que cualquier devastación que la naturaleza que gime por redención podría realizar. Y ese es nuestro más grave problema.
Y esta realidad que a través de las cifras podría aparecernos quizás un poco irreal o un poco lejana e ilógica —bueno, yo qué tengo que ver con estas situaciones, yo no soy banquero, yo no voy a incentivar los abortos y yo alimento a mis niños todos los días con buen yogurt en la mañana y su cereal— sin embargo, nosotros tenemos que preguntarnos cuál es nuestra posición delante de todo esto.
El apóstol Pablo, en su segunda carta a Timoteo —abramos nuestras Biblias, por favor— en la segunda carta a Timoteo, el apóstol Pablo está escribiendo su última carta. Está por segunda vez prisionero en Roma y ya no tiene las mismas expectativas que había tenido algunos años atrás cuando fue enviado a Roma por primera vez. En las cartas anteriores él está de manera positiva pensando en su pronta liberación; sin embargo, en esta segunda y última carta que el apóstol Pablo escribe ya no tiene la misma confianza. Él le dice con sinceridad a Timoteo: "¿Sabes una cosa, Timoteo? Yo he acabado la carrera. He peleado la batalla. Mi vida está por terminar."
No sabemos si esta afirmación es producto de una revelación de Dios o simplemente porque se está dando cuenta que las condiciones a su alrededor no son favorables para su liberación. Lo cierto es que esta carta encierra de manera muy profunda todo lo que un padre espiritual quisiera decirle a su discípulo más amado antes de partir y sin poder verlo. Recordemos que Pablo estaba en la cárcel en Roma y Timoteo probablemente en Éfeso, en un lugar distante, sin poder encontrarse. Por lo tanto, esta carta representa la pasión con la que el apóstol está tratando de decirle a su discípulo más amado, a otro pastor como él, cómo debe conducirse en la vida ahora que él está por partir. Imaginemos qué diríamos nosotros si tuviéramos que escribir una carta sabiendo que nuestro día de partida está cercano.
¿Qué cosa quisiéramos decirles a nuestros hijos? ¿Qué cosa quisiéramos decirles a nuestras esposas, a nuestros esposos, a nuestros amigos más cercanos, aquellos que nos han acompañado en la ruta por la vida? Seguramente sería una carta muy apasionada en la que trataríamos de decir el centro de nuestro pensamiento: cuídate de esto, trata de hacer esto, lucha por esto. Y es lo que el apóstol Pablo hace.
En la segunda carta, el apóstol Pablo insta a Timoteo a que no se avergüence. No te avergüences, lucha como un soldado, compite como un atleta, sé paciente como un labrador, acuérdate de Jesucristo, cuídate de ti mismo, lucha, esfuérzate, batalla por la vida, gana almas para el Señor. Pablo está intentando demostrarle a Timoteo la profundidad de su propio corazón. Y entre las cosas que le dice, Pablo le insta a Timoteo a evitar dos cosas. A evitar dos cosas.
Es muy interesante que la palabra "evitar" en el griego es el conjunto de dos palabras que significan lo mismo. Es la expresión que junta dos palabras que significan: date la vuelta. Evitar es date la vuelta, date la vuelta, o sea, como tratando de darle potencia al significado de evita. O sea, aléjate, aléjate, evítalo hasta lo sumo. Y el apóstol Pablo, escribiéndole a su discípulo Timoteo, le da dos "evitas" muy profundos en el capítulo dos.
En los versos 15 y 16, nosotros encontramos el primer "evita" de Pablo. Pablo dice: "Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que maneja con precisión la palabra de verdad. Evita las palabras vacías y profanas, porque los dados a ellas conducirán más y más a la impiedad." El apóstol Pablo está claro que la cosa más importante que Timoteo debía guardar era el orden y la diligencia en conocer claramente el significado de la Palabra de Dios.
Y eso es algo que nosotros, como iglesia, sabemos muy bien y forma parte del centro de nuestros principios y convicciones. Si hay algo que tenemos que hacer es guardar la Palabra de Dios. Si hay algo que tenemos que hacer es conocer bien la Palabra de Dios. Procura con diligencia presentarte delante de Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que maneja con precisión la palabra de verdad.
Por lo tanto, en contraposición a esta centralidad del cuidado en el manejo de la Palabra de Dios, está el hecho de evitar. Evita las palabras vacías. Evita las conversaciones sin sentido. Evita todas aquellas cosas que no se centran en el fundamento sólido que es la Palabra de Dios. Evita tanto discurso bonito que no lleva a ninguna parte y que solamente te llevará, como dice el final del verso 16, te conducirá más y más a la impiedad. La impiedad tiene que ver con la ausencia de santidad, o sea, unas palabras que no te llevarán a buen destino.
Y justamente allí pone un ejemplo en el verso 17. Y dice: "Y su palabra se extenderá como gangrena, entre los cuales están Himeneo y Fileto, que se han desviado de la verdad diciendo que la resurrección ya tuvo lugar, trastornando así la fe de algunos." Por lo tanto, lo que Pablo está diciendo con este "evita las palabras vacías", le está diciendo: evita las herejías. Evita toda aquella palabra que, diciendo que viene en el nombre de Dios, en realidad no tiene ningún significado ni ningún sustento en lo que Dios ha dicho.
Y yo creo que nosotros, en ese sentido, tenemos un buen trabajo. Nosotros nos desarrollamos bien, conocemos la Palabra de Dios, sabemos lo que Dios dice, y estamos dispuestos a luchar por guardarla, y estamos dispuestos a confrontar a toda aquella persona que no esté hablando correctamente la Palabra de Dios. Queremos manejar con precisión la palabra de verdad y queremos evitar toda palabra vacía.
Sin embargo, nosotros nos encontramos con un segundo "evita". Y este segundo "evita" no está muy claro en la vida de la iglesia. Y yo creo que es necesario reafirmarlo por todo lo que nosotros hemos hablado hasta este momento. En el capítulo 3, al final del verso 5, está el segundo "evita" de Pablo. Está hablando desde el verso 1 del capítulo 3 hasta el verso 5 de ciertas características de hombres y mujeres que el apóstol Pablo define como hombres y mujeres de los últimos tiempos, a los cuales Timoteo debe evitar. Evitar: aléjate, aléjate.
Y este tipo de personas justamente tienen que ver con lo que nosotros hemos hablado hace un momento. ¿Qué tipo de hombres y mujeres son aquellos que pueden causar la devastación que nosotros estamos viendo en nuestro tiempo? ¿Qué tipo de hombres y mujeres pueden propiciar en nuestras vidas ese daño que nos estamos haciendo mutuamente unos a otros aún a principios del siglo XXI? El apóstol Pablo, de manera profética, a partir del verso 1 del capítulo 3 hasta el versículo 5, es muy claro en decirle a Timoteo cuáles son, qué tipo de personas nosotros debemos evitar.
Leámoslo, por favor: "Pero debes saber esto, que en los últimos días vendrán tiempos difíciles, porque los hombres serán amadores de sí mismos, avaros, jactanciosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, irreverentes, sin amor, implacables, calumniadores, desenfrenados, salvajes, aborrecedores de lo bueno, traidores, impetuosos, envanecidos, amadores de los placeres en vez de amadores de Dios, teniendo apariencia de piedad pero habiendo negado su poder. A los tales, evita."
Si yo tuviera que decirle en una carta a mi hija Adriana las últimas palabras, sabiendo que yo parto de esta tierra y que ella se queda sola sin mi consejo, yo le diría en primer lugar cuáles son los principios de vida que ella tiene que sostener con su propia vida. Y yo creo que en segundo lugar le diría cuál es el tipo de personas a las cuales ella no debería acercarse, porque son dañinas, y trataría de ser lo suficientemente claro para que ella sepa con certeza qué tipo de personas debe evitar. Y eso es lo que el apóstol Pablo está haciendo aquí. ¿Qué tipo de personas nosotros debemos evitar?
Sin embargo, hermanos, los estudiosos de la Biblia señalan que estas características, aunque generales de la humanidad, se refieren a toda la humanidad, pero también se refieren a gente que, introducida dentro de la iglesia, vivirá bajo estos principios tratando de mantenerse dentro de la comunidad cristiana. Y a esos también debemos evitarlos. Por lo tanto, no se trata solamente de mirar hacia fuera y ver qué debo evitar, sino también encontrar si dentro de mi propia vida yo estoy asumiendo alguna de estas características.
Lo cierto es que lo acabamos de leer, verdad, y mi gran preocupación ha sido cómo poder explicarles estas características sin ser aburrido y empezar: característica, esto es, esto es. Lo cierto es que nosotros nos encontramos aquí con una característica fundamental. La característica fundamental de estos hombres es una distorsión del significado del amor. Una distorsión del significado de lo que es el verdadero amor. Lo que tenemos aquí son características negativas de los hombres como no deben ser, y que nosotros como cristianos deberíamos reaccionar ante ellas y actuar de manera completamente opuesta, evitando esas personas, pero por otro lado tratando de suplir lo que estas personas están negando.
Lo que hay aquí son básicamente tres conceptos fundamentales en donde se distorsiona el amor. En el verso 2 dice: "Porque los hombres serán amadores de..." ¿quiénes? Amadores de sí mismos. "Filautos" dice el griego. Aman, se aman a sí mismos. Egoístas podríamos llamarlos de una manera menos delicada. Amadores de sí mismos. Es la primera característica que nosotros nos encontramos aquí. Amadores de sí mismos.
La segunda, que tiene que ver directamente con el amor, está en el principio del verso 3: sin amor. La palabra "sin amor" que aparece en la Biblia que nosotros estamos usando, en la versión Reina Valera de 1960 dice seguramente en alguna de sus Biblias "sin afecto", "sin afecto natural". Y yo creo que, de acuerdo al original griego, "sin afecto natural" es la expresión más precisa para este texto. En primer lugar hemos visto que se trata de hombres amadores de sí mismos, pero en segundo lugar, "sin afecto natural" tiene que ver con personas que son incapaces de sentir algún tipo de afecto por las personas que los rodean. Son incapaces de sentir algún tipo de amor por las personas que están cerca de él y lejos de él. Podríamos ponerle una sola palabra: son personas insociables, incapaces de amar a su prójimo.
Y la tercera característica de amor que nosotros encontramos aquí tiene que ver con lo que está en la segunda parte del verso 4, en donde dice: "Amadores de los placeres en vez de amadores de Dios." Aquí las palabras griegas son muy claras: es amador del hedonismo, o amador de la autogratificación personal, en vez del amor a Dios. ¿Qué es lo que el apóstol Pablo está tratando de decir? Está diciendo que el hombre ha convertido en Dios su propia autogratificación y su búsqueda de placer, y ha convertido al placer en su propio Dios al cual se somete. Son amadores de los placeres antes que, o en vez de, ser amadores de Dios, quien es el Ser que nos brinda toda bondad.
Entonces, estas son las tres características básicas de algo que es fundamental. En el verso 1 del capítulo 3 dice: "Pero debes saber esto, que en los últimos días vendrán tiempos difíciles." Recordemos que el apóstol Pablo estaba por partir, su última carta, sus días estaban contados, no sabía si ese día, mientras él estaba escribiendo, su vida podría ser tomada. Él estaba escribiendo a su discípulo más querido, a Timoteo, escribiendo una carta en donde urgentemente está tratando de decirle las cosas más importantes para la vida y para el ministerio. Por eso es que le dice: "Pero debes saber esto." Y hermanos, ustedes deben saber esto. Hoy día no voy a ser emotivo, no voy a ser místico; hoy día voy a tratar de ser claro con ustedes.
Deben saber esto, ustedes deben saber esto, pero debes saber esto: que en los últimos días... Ahora, ¿cuáles son los últimos días? Para el apóstol Pablo, los últimos días empezaron con la ascensión de nuestro Señor Jesucristo. Por lo tanto, nosotros ya estamos viviendo los últimos días. No es que los últimos días vendrán en un futuro no previsto, sino que nosotros estamos viviendo en este momento los últimos días. Debes saber esto: que en los últimos días vendrán tiempos difíciles.
Esta palabra "difícil" en español no encierra la gravedad de lo que Pablo está tratando de decir. Algunos sinónimos para la palabra "difícil" en el original son: tiempos insoportables, tiempos violentos, tiempos peligrosos. Esa es la idea de tiempos difíciles. Debes saber esto: que en los últimos días vendrán tiempos insoportables, tiempos peligrosos, tiempos difíciles, tiempos destructivos, tiempos violentos.
Y esto, ¿producto de qué será? ¿Producto de grandes desastres naturales, de tremendos huracanes y ciclones, de profundos terremotos? ¿Producto de qué será? Producto de que los hombres más y más se volverán amadores de sí mismos. Yo quisiera que en esta lista hubiera salido mejor: "vendrán tiempos difíciles porque los políticos", ¿cierto?, los políticos, o los delincuentes, o los violadores, ¿no cierto?, los ladrones. Pero no, las expresiones que Pablo usa están relacionadas con el amor, con una distorsión del amor.
Hombres egoístas que basan su egoísmo básicamente en las tres características que siguen allí en el pasaje. Dice que son avaros, que son jactanciosos y que son soberbios. La palabra "avaro" en el original es aquel que ama la plata, aquel que ama el dinero. De tal manera que un hombre que se ama a sí mismo es incapaz de amar hasta el punto de poder ser generoso y desprendido con los demás, porque solamente se ama a sí mismo. Y cuando una persona se ama única y exclusivamente a sí misma y ama el dinero, se convierte en una persona que va a generar violencia y destrucción en la humanidad.
La segunda palabra que aparece allí es la palabra "jactancia": será tiempo de hombres jactanciosos. E interesantemente, la palabra "jactancia" en el griego tiene como origen la palabra "ocioso". ¿Y por qué la palabra "ocioso"? Porque un jactancioso es una persona que habla pero que no hace, alguien que se jacta de algo que en realidad no tiene y nunca ha hecho. Y una persona que se ama a sí misma y que ama el dinero es una persona que no ama más que con palabras, pero nunca con hechos, que no es capaz de dar nada. Es solamente jactancia, es solamente ociosidad de palabras, porque solamente dice saber, pero nunca ha hecho nada para lograr que las cosas cambien.
Una persona jactanciosa también es una persona soberbia, y una persona soberbia es una persona que es incapaz de ver a los demás como iguales a ella. Por eso es que una persona jactanciosa no ama a los demás hasta el punto de considerarlos iguales a él. Esa es la dificultad de la distorsión del amor. El amor a sí mismo impide que yo sea generoso, impide que yo haga algo más que decir cosas con palabras, impide que yo vea a los demás como iguales a mí y, por lo tanto, gente a la que yo pueda sostener y yo pueda ayudar. Y claramente vendrán tiempos peligrosos cuando los hombres amadores de sí mismos empiecen a gobernar la tierra.
Y el amarnos a nosotros mismos también es la base de nuestro rechazo a los que son más cercanos a nosotros. Las cuatro palabras que siguen allí en el orden de la relación de características que menciona el apóstol Pablo son: blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos e irreverentes.
Nosotros a veces pensamos que la blasfemia está básicamente relacionada con decir algo en contra de Dios. Sin embargo, la palabra "blasfemia" tiene que ver más que todo con el sentido de herir, y herir con palabras. Cuando yo soy una persona blasfema, no soy una persona blasfema solamente en relación con Dios, sino en relación con el uso de palabras hirientes y agraviantes que yo uso con los demás. Como yo me amo demasiado a mí mismo, yo no puedo amar hasta el punto de poder usar mis palabras para bendecir, sino solamente para agraviar a los demás. Yo me pregunto: en nuestra vida, ¿cómo usamos las palabras? Si es que nosotros usamos palabras para bendecir o tenemos palabras blasfemas. Las palabras blasfemas son producto de una persona que se ama a sí misma.
Interesantemente, la siguiente frase es "desobedientes a los padres". ¿Y por qué "desobedientes a los padres"? Suena como interesante, suena como infantil que haya puesto la palabra "desobedientes a los padres" en esta lista tan tremenda. Sin embargo, la palabra "obediencia" en el griego no tiene la relación directa con el hecho de que yo haga lo que me piden que haga y ya me convierto en una persona obediente. La raíz de la palabra "obediencia" en el griego está relacionada con creer y confiar. Yo creo y confío, por lo tanto obedezco. Yo creo y confío en lo que tú me estás diciendo, yo te respeto, por lo tanto estoy dispuesto a hacer lo que tú me digas. Si no hay esa actitud de confianza, entonces tampoco habrá una actitud de obediencia.
Por lo tanto, la desobediencia a los padres significa que yo no estoy dispuesto a amar hasta creer y confiar, y no amo hasta obedecer. Y si no estoy dispuesto a obedecer a mis padres, imagínense al resto. Si no estoy dispuesto a confiar en aquellos que me dan la vida y me sustentan, imagínense con el resto de la sociedad.
Las dos palabras que siguen son "ingratitud" e "irreverencia". Está claro el sentido de ingratitud: yo no puedo amar hasta el punto de reconocer el amor desinteresado de otros hacia mí, porque si yo me amo a mí mismo, yo creo que me lo merezco todo. Y por lo tanto, no amo hasta el punto de reconocer que otros pueden hacer algo por mí, porque yo no estoy dispuesto a hacer nada por nadie.
Y ahí viene el sentido de "irreverencia", que es la palabra siguiente y que tiene que ver no con las personas, sino con las cosas que las personas aman y respetan. Si yo me amo a mí mismo, soy incapaz de amar a los que están conmigo, y menos aún de amar y respetar lo que ellos aman y respetan. Soy una persona irreverente: no amo ni respeto aquellas cosas que ellos aman y respetan.
Estas características entonces generan esa actitud de desolación de la humanidad, una humanidad que produce tiempos difíciles porque somos incapaces de amar. Como dice el verso 3: "sin amor". Y ahí hay cuatro características que hablan de nuestra incapacidad, o de la incapacidad del ser humano, de poder relacionarse con el resto de la humanidad. Dice: implacables, calumniadores, desenfrenados y salvajes.
La palabra "implacable" es una palabra interesante en el original griego. La palabra "implacable" tiene que ver con una persona que es incapaz de ofrecer una libación. ¿Qué es una libación? Una libación era una ofrenda de líquido, de agua o de vino, en donde se buscaba la reconciliación con Dios. La libación era el símbolo de hacer la paz entre dos contrincantes. Una persona implacable es una persona incapaz de buscar la paz, porque no ama hasta el punto de buscar la paz con sus hermanos. Soy una persona implacable, una persona que no tiene tregua, una persona que no perdona, una persona que es incapaz de buscar la paz con los demás.
Inmediatamente, por supuesto, la palabra que sigue cae justamente allí, porque es la palabra "calumniador". Y la palabra "calumniador" en griego es la palabra "diábolos", de donde viene la palabra "diablo" que nosotros conocemos muy bien. Y el calumniador es aquel que es incapaz de respetar a los demás. Yo no puedo amar hasta el punto de respetarte, porque yo no tengo ninguna intención de hacer la paz contigo. Y para poder hacerte la guerra, voy a calumniarte, haciéndote más daño todavía, porque no te amo hasta el punto de respetarte.
Finalmente termina esta parte el apóstol Pablo hablando de desenfrenados, hombres desenfrenados y salvajes. La palabra "desenfreno" tiene que ver con alguien que ha perdido el control, y la palabra "salvaje" tiene que ver con alguien que no ha sido domesticado, alguien que es incapaz de poder reconocer y controlar sus acciones o prever el daño que podrían causar. Una persona sin control es una persona no domesticada, y el apóstol Pablo está haciendo referencia aquí a lo que podrían llamarse meros animales. Es por ejemplo que uno lleva un perrito a la casa y no sabe dónde hacer sus necesidades, las hace por donde las hace, en cualquier parte hace sus necesidades porque no ha sido domesticado. Un animalito no domesticado te muerde, un animalito no domesticado te muerde los muebles, se ensucia en cualquier lugar. De la misma manera, el apóstol Pablo está tratando de hacer la referencia a hombres amadores de sí mismos, que son incapaces de controlarse a sí mismos por respeto a los demás que tienen a su alrededor. Ellos hacen lo que les da la gana, y al hacer lo que les da la gana, entonces propician tiempos difíciles y violentos, tiempos de dificultad en medio de la humanidad.
Por último, el apóstol Pablo da una lista de personas que son aborrecedores de lo bueno, que son traidores, que son impetuosos, que están envanecidos. Personas que son incapaces de poder respetar la bondad que existe en la humanidad. Cuando nosotros hablamos de algo bueno, estamos hablando de algo que es bueno para ti y que es bueno para mí, no que va a ser bueno para ti y que va a ser destructivo para mí. Aborrecedores de lo bueno, aquello bueno que puede ser útil para ti y para mí.
Personas que son traidoras: la palabra "traición" en el griego tiene que ver con entregar la mano, es como aquella persona que se rinde ante el enemigo. Porque una persona traidora no es capaz de amar hasta el punto de hacer las cosas con todas sus fuerzas para mantenerse en fidelidad. Una persona impetuosa es una persona que no puede controlarse a sí misma. Y una persona envanecida —la palabra "vano" tiene que ver con la idea de una cortina de humo— es alguien que no puede ver más allá de sí misma.
Bueno, nosotros hablamos de todas estas cosas y cada una de estas palabras tiene que ver con una distorsión del amor. Cada una de estas palabras tiene que ver con un quebrantamiento de lo que significa amar al Señor y el amor de Dios que Él ha derramado en nuestros corazones. Cuando nosotros vemos que la base de nuestra sociedad y la base de nuestra humanidad es el amor a sí mismo y la destrucción o la incapacidad de poder ver la necesidad de mi hermano que está al lado, estoy destruyendo el centro de la realidad de nosotros como personas creadas a imagen y semejanza de Dios.
Por eso es que el apóstol Pablo habla finalmente de hombres que son amadores de los placeres en vez de amadores de Dios, hombres que tendrán apariencia de piedad pero han negado su poder. Y de esta lista de hombres, son los hombres y mujeres que nosotros debemos evitar. ¿Y por qué debemos evitarlos? Simplemente por el hecho de que no responden a las características de amor que el Señor ha dejado entre nosotros.
Si nosotros simplemente fuéramos a Primera de Juan y revisáramos lo que significa el amor, el Señor nos dice claramente en Primera de Juan 4:8: "El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor". Y por lo tanto, el amor es de Dios y el amor tiene que representar las características de Dios. Nosotros aprendemos por el Señor Jesucristo que toda la ley y los profetas se resumen en dos mandamientos. ¿Cuáles son? Amarás a tu Dios con toda tu mente, con toda tu alma y con todas tus fuerzas, y a tu prójimo como a ti mismo. Por lo tanto, la centralidad del amor para poder entender la ley y los profetas, la Palabra de Dios, es fundamental.
Nosotros sabemos por Primera de Corintios, el capítulo 13, cuando el apóstol Pablo está hablando acerca del amor, él dice: "Si yo hablara lenguas humanas y angélicas pero no tengo amor, he llegado a ser como metal que resuena o címbalo que retiñe. Y si tuviera el don de profecía y entendiera todos los misterios y toda la fe como para trasladar montañas, pero no tengo amor, nada soy". Otra vez, la situación es que la carencia de amor desnuda cualquier atributo de toda actividad humana y lo hace parecer como sin sentido.
Finalmente, nosotros sabemos que en el amor se manifiesta la vitalidad de nuestra relación con Dios. Cada una de estas características que nosotros mencionamos en Segunda de Timoteo, el capítulo 3, encierran un cáncer que destruye no solamente la integridad del alma humana, sino que también destruye la integridad de las relaciones humanas.
Yo no puedo ser amador de mí mismo porque el Señor dice en su Palabra: "Si alguno quiere venir en pos de mí, ¿qué dice? Niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame". Yo no puedo ser una persona que ama el dinero por sobre el Señor, porque no se pueden servir a dos señores, dice el Señor en sus palabras. No se puede servir a las riquezas y a Dios al mismo tiempo. El Señor nos dice en su Palabra: "Raíz de todos los males es el amor al dinero". Yo no puedo ser una persona jactanciosa que solamente crea con palabras lo que no se produce en los hechos, porque el Señor me invita a que yo pueda trasladar en actos evidentes mi amor por Él. Yo no puedo ser soberbio porque yo reconozco mi condición de pecador y sé que el Señor me ve conforme a mi realidad y sabe que yo soy un hombre necesitado de la gracia de Dios.
En cada aspecto que nosotros vemos en estos casos es algo que nosotros debemos repeler de nuestra vida. Situaciones que nosotros debemos erradicar de nuestro corazón y buscar eliminarlas de nuestra alma. Nosotros tenemos que buscar que el Señor esté trabajando en nuestro corazón y evitar lo que el apóstol Pablo está mencionando al final, al final del verso cuatro: "Amadores de los placeres en vez de amadores de Dios, teniendo apariencia de piedad pero habiendo negado su poder. A los tales evita".
Teniendo apariencia de piedad. Si nosotros somos amadores de nosotros mismos, avaros, jactanciosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, irreverentes, implacables, calumniadores, desenfrenados, salvajes, aborrecedores de los buenos, traidores, impetuosos y envanecidos, nuestra religiosidad no significará nada delante de Dios. La apariencia de piedad no cambia el corazón. La apariencia de piedad no produce una alteración en mi alma. Lo que el Señor espera es que nosotros demos un paso atrás y le demos la vuelta a cualquiera de estas características, que acaso es que formaran parte de nuestra vida, y nos comprometiéramos con el Señor para vivir de una manera distinta.
Cuando nosotros reconocemos el amor de Dios, la prueba más grande de cómo debemos amar está en el amor de Dios para con nosotros. Porque de tal manera amó Dios a su Hijo Jesucristo, que lo dejó a su lado, a su diestra, para mantenerlo muy cerca de Él, de tal forma que la humanidad perdida quedó perdida y todos se pierden y se irán al infierno. Juan 3:16. ¿Verdad? No.
Lo repito porque quizás no lo entendieron. Ellos lo entendieron bien, así que se lo digo a ustedes. Porque de tal manera amó Dios a su Hijo Jesucristo, que lo mantuvo a su lado allí en la gloria, sin importar todos los que se perdieran, para que los que se pierden se queden perdidos y se vayan todos al infierno. No, no es así. Vamos a revisarlo bien porque ya me están haciendo dudar. Juan 3:16. ¿Qué dice? "Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo aquel que cree en Él no se pierda, mas tenga vida eterna".
La realidad del amor verdadero es una realidad de negación. La realidad del amor verdadero es la realidad de poder entregarnos, de poder renunciar a nosotros mismos. La realidad del amor verdadero no tiene que ver con el amarnos a nosotros mismos y cuidarnos a nosotros mismos, sino con generarnos la posibilidad de poder entregarnos en el verdadero amor que es el amor que el Señor nos ha dejado.
Hermanos, tomemos esta lista y mantengamos la advertencia del apóstol Pablo. Tienes que saber esto: que todos los días difíciles y peligrosos que nosotros vivimos a nuestro alrededor no son producto de los desastres naturales, sino son producto de los desastres humanos que hombres egoístas están continuamente haciendo alrededor del mundo. Y nosotros, si nosotros somos la sal y la luz de esta tierra, entonces nosotros debemos caminar en sentido completamente opuesto a estas características. Que ese sea el llamado de esta mañana en cada una de nuestras vidas.
José «Pepe» Mendoza es predicador, escritor y profesor, y autor del libro Proverbios para necios: Sabiduría sencilla para tiempos complejos (Vida, 2024). Ha servido como pastor asociado en la Iglesia Bautista Internacional, en la República Dominicana, y actualmente vive en Lima, Perú, donde enseña en el Instituto Integridad & Sabiduría y colabora con el programa hispano del Southern Baptist Theological Seminary. También trabaja como editor de libros y recursos cristianos. Está casado con Erika y juntos son padres de su hija Adriana.