Integridad y Sabiduria
Sermones

Desafiando la religiosidad contemporánea

Pepe Mendoza 7 febrero, 2010

La iglesia contemporánea enfrenta un peligro que va más allá de las doctrinas equivocadas: el carácter corrupto de quienes la lideran. Mateo 23 revela que Jesús dedicó un capítulo entero a denunciar no tanto las enseñanzas de escribas y fariseos, sino su actitud, su amor desmedido por sí mismos y su afán de ocupar el lugar que solo corresponde a Dios. Estos hombres se sentaban en la cátedra de Moisés, pero su vida contradecía lo que predicaban. Ensanchaban sus filacterias y alargaban los flecos de sus mantos para ser vistos. Amaban los primeros asientos, los saludos en las plazas, los títulos que los elevaban. Querían ser llamados rabí, padre, preceptor, términos que en su contexto implicaban una categoría casi celestial, un origen espiritual nuevo, un control absoluto sobre las vidas de otros.

Jesús advierte que nadie debe ocupar ese lugar. Uno solo es el Maestro, uno solo el Padre celestial, uno solo el que guía nuestras vidas. Cuando un líder se convierte en puerta del reino, el reino se cierra. Cuando devora las casas de las viudas bajo pretexto de largas oraciones, recibirá mayor condenación. Cuando llena templos sin predicar arrepentimiento, hace a sus convertidos dos veces más hijos del infierno.

La responsabilidad no recae solo en los líderes, sino también en quienes los siguen. No elevemos a nadie a un altar evangélico. Todo lo que somos, lo somos por gracia. La iglesia sana es aquella donde la justicia, la misericordia y la fidelidad de Dios reciben la gloria, no los hombres.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Completando esta serie de dos temas sobre "Desafiando al hombre contemporáneo", yo quisiera que ahora nosotros desafiemos a la religiosidad contemporánea. Porque definitivamente nosotros vivimos tiempos peligrosos, no solamente en términos de la realidad íntima y personal del hombre contemporáneo, sino que el hombre contemporáneo también está liderando un tipo de religión, un tipo de cristianismo contemporáneo que ahora en su gran mayoría es un cristianismo apóstata, un cristianismo que ha renunciado a la fe. Lo que antes eran pequeñas muestras de un cristianismo falso, ahora se ha convertido en grandes muestras de una gran mayoría que ha pervertido el Evangelio de nuestro Señor.

Hombres amadores de sí mismos, sin afecto natural y amantes de sus propios deleites son aquellos que están liderando la iglesia en nuestro tiempo. Y nosotros tenemos que descubrir cuál es la iglesia que debemos evitar, porque de una manera u otra no se trata solamente de una doctrina equivocada, sino de una actitud equivocada, de una acción equivocada, de un liderazgo equivocado. Y el Señor en su Palabra señala con claridad qué debemos evitar: no solamente los hombres que debemos evitar, sino también la religiosidad que debemos evitar.

En Mateo capítulo 23, el Señor dedica todo un capítulo, muchas palabras, para poder definir la religiosidad de su época. Y la religiosidad de su época, al igual que la religiosidad de nuestro tiempo, es una religiosidad que ha trastocado, que ha trastornado, que ha desvirtuado el significado del verdadero amor. Así como el hombre contemporáneo ha vulnerado la realidad del amor para convertirlo en un instrumento para sus propios beneficios, también el hombre religioso del tiempo de Jesús y de nuestro tiempo ha tomado el significado del amor, lo ha vulnerado, lo ha trastornado, lo ha cambiado, y ha hecho de este un instrumento equivocado en aras de una religión equivocada.

En Mateo capítulo 23, Jesús hace una denuncia, una denuncia contra los hombres religiosos de su tiempo. Y del verso 1 al verso 12 vamos a leerlo, por favor. Mateo capítulo 23. Él hace de esta denuncia algo muy importante para que nosotros consideremos cuál es la religiosidad que nosotros debemos evitar en nuestro tiempo, y cuál es la religiosidad con la cual nosotros debemos luchar en nuestro tiempo.

Dice así la Palabra del Señor, Mateo capítulo 23, verso 1: "Entonces Jesús habló a la muchedumbre y a sus discípulos, diciendo: Los escribas y los fariseos se han sentado en la cátedra de Moisés. De modo que haced y observad todo lo que os digan, pero no hagáis conforme a sus obras, porque ellos dicen y no hacen. Atan cargas pesadas y difíciles de llevar, y las ponen sobre las espaldas de los hombres, pero ellos ni con un dedo quieren moverlas. Sino que hacen todas sus obras para ser vistos por los hombres, pues ensanchan sus filacterias y alargan los flecos de sus mantos. Aman el lugar de honor en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas, y los saludos respetuosos en las plazas, y ser llamados por los hombres: Rabí. Pero vosotros no dejéis que os llamen Rabí, porque uno es vuestro Maestro, y todos vosotros sois hermanos. Y no llaméis a nadie padre vuestro en la tierra, porque uno es vuestro Padre, el que está en los cielos. Ni dejéis que os llamen preceptores, porque uno es vuestro Preceptor: Cristo. Pero el mayor de vosotros será vuestro servidor. Y cualquiera que se ensalce será humillado, y cualquiera que se humille será ensalzado."

En este pasaje de manera muy especial, Jesucristo dedica tiempo ya no para hablar y discutir en cuanto a las enseñanzas extraviadas de los fariseos que se oponían a él, de los escribas o los saduceos. En este capítulo él dedica una parte especial para hablar del carácter de aquellos que están liderando al pueblo de Dios en ese momento. Y de una manera muy clara, tal como Pablo lo hizo con Timoteo hablando de los hombres que debía evitar, en este momento Jesús le está hablando a su pueblo y le está diciendo: ¿Cuáles son los religiosos que deben ser evitados?

En primer lugar, cuando nosotros vemos allí, nos encontramos con una paradoja, con una cierta ironía. En el verso 2 y en el verso 3, Jesús le dice a sus discípulos: "Los escribas y los fariseos se han sentado en la cátedra de Moisés. De modo que haced y observad todo lo que os digan, pero no hagáis conforme a sus obras, porque ellos dicen y no hacen."

La cátedra de Moisés era el nombre que se le daba a una silla especial hecha de piedra, que se ubicaba en un lugar preeminente de la sinagoga, y desde el cual el rabino principal disertaba sus enseñanzas con respecto a la Palabra de Dios. Se suponía que esta silla privilegiada era la demostración de que el hombre que estaba allí sentado iba a enseñar con fidelidad el testimonio de Dios, y esa era la seguridad. Sin embargo, Jesús declara con cierta ironía y les dice a la gente que estaba alrededor de él: hagan lo que ellos les dicen, hagan y observen todo lo que ellos les dicen, pero no hagan conforme a sus obras, porque ellos dicen pero no hacen.

Y la primera característica de una iglesia, por más que se llame cristiana, que nosotros debemos evitar, es la iglesia cuyo liderazgo ama su posición religiosa más que su fidelidad personal al Señor. Nosotros debemos evitar toda iglesia que, por más que se llame cristiana, estemos encontrando hombres o mujeres que estén predicando la Palabra de Dios, pero que no estén viviendo conforme al testimonio de la Palabra de Dios. Hombres y mujeres que amen la posición pastoral o la posición religiosa, pero que se nieguen a demostrar en su vida que ellos están dispuestos a vivir conforme a lo que el Señor reclama. Esa es la primera iglesia que nosotros debemos evitar.

Continuando con el pasaje, dice el verso 4: "Atan cargas pesadas y difíciles de llevar, y las ponen sobre las espaldas de los hombres, pero ellos ni con un dedo quieren moverlas."

Nuevamente nos encontramos con otra paradoja, y otra paradoja relacionada simplemente con una desviación del verdadero amor. El verdadero amor debería ser a la Palabra de Dios y a ponerla en práctica, amar al Señor por sobre todas las cosas de tal manera que yo me rindo ante él en obediencia. Pero yo cambio mi amor hacia él y a su Palabra, y deposito mi amor en una posición religiosa, de tal manera que me olvido de que mi vida personal, antes y después de estar sentado en esa cátedra, debe darle la gloria a él.

Pero lo segundo tiene que ver con un amor desmedido a todo invento religioso que no suple la salud espiritual de todos sus congregantes. Yo no sé cuántos de nosotros hemos visto que de una manera u otra todas las iglesias se están tratando de inventar algún método, están tratando de inventar algún programa, alguna situación, alguna cosa para mantener a su iglesia ocupada haciendo cosas, moviéndose de aquí para allá, poniendo cargas pesadas sobre la gente. Pero cargas pesadas que no están transformando el corazón de las personas, y que al final de cuentas no están ni ellos mismos dispuestos a mover aquellas cosas que están cargando sobre la propia congregación.

Nosotros debemos evitar toda iglesia que haya cambiado el amor al Señor mismo que transforma el corazón del hombre, por amar sistemas religiosos, programas, nociones, estudios que en realidad no están cambiando el corazón, sino que están oprimiendo a los creyentes. Nosotros debemos estar atentos cuando iglesias están descuidando el amor al Señor real, personal y directo, cambiando ese amor por un amor por la iglesia, por un amor por sus programas, por un amor por las cosas que hacen, y no por un amor directo por el Señor de la obra, a quien nosotros le debemos toda devoción.

Pero lo más terrible, hermanos, es lo que vemos más adelante. Dice a partir del verso 5 hasta el verso 12, donde hemos leído nosotros: "Sino que hacen todas sus obras para ser vistos por los hombres, pues ensanchan sus filacterias y alargan los flecos de sus mantos. Aman el lugar de honor en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas, y los saludos respetuosos en las plazas, y ser llamados por los hombres: Rabí. Pero vosotros no dejéis que os llamen Rabí, porque uno es vuestro Maestro, y todos vosotros sois hermanos. Y no llaméis a nadie padre vuestro en la tierra, porque uno es vuestro Padre, el que está en los cielos. Ni dejéis que os llamen preceptores, porque uno es vuestro Preceptor: Cristo. Pero el mayor de vosotros será vuestro servidor. Y cualquiera que se ensalce será humillado, y cualquiera que se humille será ensalzado."

Una de las características más tremendas y más evidentes de una iglesia que debemos evitar es una iglesia en donde sus líderes se aman desmedidamente, hasta el punto de haber convertido su ministerio en un show espiritual, hasta el punto de buscar para sí mismos toda honra en todo lugar, y hasta el punto de entrometerse en las vidas de las personas hasta el punto de querer controlarlas.

El Señor nos enseña en su Palabra que nosotros debemos evitar toda iglesia en donde sus líderes han encontrado la religiosidad como un medio para brillar y alcanzar popularidad, como un gospel show en donde nosotros nos acostumbramos a ver esas personas bajo las luces, bajo la música, bajo un auditorio en donde ellos se sienten como estrellas que desean brillar en el firmamento cristiano o religioso, tratando de mostrar cuán importantes ellos son.

En el testimonio de Jesús dice que los hombres religiosos de su tiempo hacen todas sus obras, dice el verso 5, para ser vistos por los hombres. Hacen todas sus obras para ser vistos por los hombres. O sea, son un reality show permanente, de tal manera que las cámaras los siguen porque todas sus obras son televisadas y puestas en los medios. Él necesita estar permanentemente maquillado, permanentemente maquillado, porque a este líder espiritual le gusta manifestarse en público y le gusta brillar en público.

El Señor Jesucristo cuenta, de acuerdo a la realidad de su tiempo, que estos hombres ensanchan sus filacterias y alargan los flecos de sus mantos. Las filacterias eran unas pequeñas cajitas de cuero que los hombres religiosos del tiempo de Jesús usaban. Era una cajita de cuero en donde uno depositaba una pequeña porción de la Escritura y que luego uno se la amarraba o en la frente o en el brazo izquierdo, simbolizando que tenemos la Palabra de Dios en la mente y en el corazón, muy cerca del corazón. Esto se usaba muchas veces en los momentos de las oraciones; era parte de la expresión religiosa de ese tiempo.

Sin embargo, para algunos hombres esto era un momento especial para brillar, porque dice la Palabra que ellos ensanchan sus filacterias. Las cajitas pequeñas de cuero se convertían en grandes cajas para que nadie dude que yo tengo la Palabra de Dios. Ellos también usaban pequeños flecos azules en sus mantos, que era una demostración de la bendición del pueblo de Dios, pero ellos hacían sus flecos aún más largos para demostrar lo cerca que estaban del Señor. Ellos lo hacen todo para ser vistos por los hombres, pues ensanchan sus filacterias y alargan los flecos de sus mantos.

Ellos aman —y nuevamente nosotros encontramos aquí la palabra amor, igual que el testimonio de Pablo de la semana pasada— una desviación de la palabra amor. Aman el ser vistos por todos. Aman el hacer sus obras delante de los hombres. Aman el lugar de honor en los banquetes, los primeros asientos en las sinagogas y los saludos respetuosos en las plazas.

Si nosotros analizamos brevemente estos tres aspectos, nos vamos a dar cuenta que ellos quieren ocupar el primer lugar en la vida social de las personas, quieren ocupar el primer lugar en la vida religiosa de las iglesias, quieren ocupar el primer lugar en la vida secular del mundo. Ellos desean ocupar el primer lugar porque se aman a sí mismos, porque han olvidado que el Señor Jesucristo dijo: "Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame." Se han olvidado de que el ministerio cristiano es básicamente renuncia a mis propios deseos para seguir los deseos de Cristo. Se han olvidado que el ministerio cristiano es ocultarme detrás del Señor porque es el único que merece la gloria y la honra. Se han olvidado que ser siervo del Señor es ocupar un lugar de ministro, y un lugar de ministro no es el mismo lugar que un magistrado. En el latín, el ministro es el menos, el magistrado es el más. El ministro de Dios es un esclavo de Jesucristo que solamente reconoce que hace lo que el Señor le ha mandado.

Ocupar el primer lugar en las calles, ser saludado en las calles, ser reconocido en los banquetes, ocupar el primer lugar en todas partes es una desviación del amor, es amarse a sí mismo.

Pero más terrible que eso, porque esto va creciendo, es que a partir del verso ocho el Señor dice y utiliza tres términos que los hombres religiosos de su tiempo amaban tener. El primero era rabí, el segundo era padre nuestro y el tercero era preceptor, líder, maestro.

La palabra rabí que nosotros tenemos aquí en el texto, dice el verso ocho: "Pero vosotros, no dejéis que os llamen rabí, porque uno es vuestro Maestro y todos vosotros sois hermanos." En el tiempo de Jesús la palabra rabí había sido completamente desvirtuada producto de un amor equivocado, producto del egoísmo de los líderes religiosos de su tiempo. La palabra rabí tenía la connotación de una categoría superior de hombres que tenían un conocimiento y una posición especial delante de Dios. Un rabí era considerado no alguien que enseña la Palabra de Dios, sino alguien que casi ocupaba un lugar celestial en la esfera de los ángeles que le rinden pleitesía al Señor.

Un rabí era considerado tan especial que permítanme contarles una de las tradiciones con respecto a uno de los rabinos más importantes después del tiempo de Jesús. Se dice, da cuenta la tradición, que este rabino murió repentinamente una noche. Toda la congregación no sabía y estaba entristecida porque este rabino, que era sumamente aclamado por la población, había muerto de causas desconocidas en medio de la noche. Sin embargo, dice que de manera milagrosa del cielo cayó una carta, un sobre. Cuando lo recogieron, la carta decía que el Señor y sus ángeles habían estado discutiendo una cuestión teológica que no pudieron resolver; por eso tuvieron que llevarse en medio de la noche a este rabí a la presencia de Dios para que resuelva la encrucijada. ¡Qué bárbaro! Esa es la idea de rabí: una categoría especial de personas que tienen un conocimiento y una posición superior.

"Pero vosotros, no dejéis que os llamen rabí, porque uno es vuestro Maestro y todos vosotros sois hermanos." Nosotros debemos evitar toda iglesia, por más que se llame cristiana, que haya elevado a sus líderes a una posición especial, o de conocimiento o de posición delante de Dios, porque eso ha sido la historia. Todos nosotros somos iguales delante de Dios. El único Maestro es el Señor, la única guía a la verdad la provee el Espíritu Santo, y no solamente eso, sino que Jesucristo es la verdad misma. Nadie más puede ocupar esa posición.

Por eso el Señor dice: "Pero vosotros, no dejéis que os llamen rabí, porque uno es vuestro Maestro y todos vosotros sois hermanos." Si nosotros encontramos un lugar en donde se esté exaltando idolátricamente a un hombre por su conocimiento o por su sabiduría a una posición especial delante de Dios, evitadlo. Porque es destructivo, porque le quita la gloria al Señor. El Señor es el único que merece toda gloria, porque finalmente toda sabiduría viene de Dios. Es un regalo de su parte. Todo entendimiento es producto del Espíritu Santo que nos guía a toda verdad, porque básicamente, intrínsecamente, nosotros somos de los que no entienden, nosotros somos de los que no buscamos a Dios, nosotros somos de los que no hacemos bien de ninguna clase. Todo es por la gracia de Dios en nuestra vida.

En segundo lugar, el Señor Jesucristo —y me estoy quedando con el apóstol aquí— el verso 9 dice: "Y no llaméis a nadie padre vuestro en la tierra, porque uno es vuestro Padre, el que está en los cielos." La idea aquí no es la idea amorosa o cariñosa de reconocer a alguien de manera especial como un padre, como un papá. La idea no es la que el apóstol Pablo usaba con Timoteo, a quien él decía: "Yo soy como un padre para él y él es como un hijo en el evangelio para mí." No es la idea que Pablo muchas veces usó de que él es como una madre para los creyentes a los cuales él estaba discipulando. No, aquí la idea es completamente diferente porque tiene que ver con el egoísmo de los hombres.

"No llaméis a nadie padre vuestro." Y juntando las palabras "padre vuestro", la idea es la idea no de un papá, sino la idea de un patriarca. De alguien que es el origen de algo completamente nuevo. La idea de patriarca es la que nosotros debemos evitar, y les explico por qué. "Y no llaméis a nadie padre vuestro en la tierra, porque uno es vuestro Padre, el que está en los cielos." Nadie puede presentarse en la casa de Dios y en el pueblo de Dios como el origen de algo nuevo. Nadie puede ser reconocido como un patriarca en medio de la iglesia porque el único Padre celestial que nosotros tenemos es el Padre que está en los cielos.

Nadie más puede atribuirse a sí mismo un origen nuevo para la iglesia. Nadie puede decir: "A partir de este momento yo estoy haciendo cosas que ninguna otra iglesia ha hecho en el mundo. Yo he descubierto cosas en el Señor y el Señor me ha dado cosas que nadie más ha visto en dos mil años de historia." Eso es un craso error y debemos evitar toda iglesia en donde esto se predique, donde se levanten hombres que se hayan establecido como patriarcas, estableciéndose en una nueva relación con Dios y estableciéndose en una nueva manera de hacer iglesia, o una nueva manera de ver la iglesia, o una nueva manera de enseñar la Palabra de Dios. "No llaméis a nadie padre vuestro en la tierra, porque uno es vuestro Padre, el que está en los cielos."

El verso 10 dice: "No dejéis que os llamen preceptores, porque uno es vuestro Preceptor, Cristo." Y aquí nosotros tenemos que detenernos un momento porque la palabra preceptor no es una palabra sencilla. Creo que la versión de la Reina Valera del 60 dice maestro, si no me equivoco. ¿Cierto? Sin embargo, si fuera la palabra maestro, nosotros no podríamos usarla en ningún contexto. Sin embargo, aquí en el texto hay una palabra diferente porque tenemos, estamos usando en Las Américas la palabra preceptor, pero la palabra preceptor no nos dice nada.

En realidad, el origen de la palabra tiene que ver con alguien que se desarrollaba como un tutor privado. Como alguien que estaba encargado de la vida de una persona mientras esta era incapaz de desarrollarse por sí misma, mientras era incapaz de poder tomar decisiones legales. Era como un tutor, alguien que, encargado de la vida, empezaba a tomar las decisiones por esta persona.

El Señor nos prohíbe y nos dice: "No dejéis que os llamen preceptores." Nosotros debemos evitar toda iglesia en donde sus líderes estén tratando de controlar nuestras vidas hasta el punto de que quieran tomar nuestras decisiones, hasta el punto de que ellos quieran controlar nuestra existencia diciendo que ellos han recibido de parte de Dios cierta revelación para ejercer un control absoluto sobre nuestras personas. "No dejéis que os llamen preceptores, porque el único líder de nuestra vida es Cristo." El único que pagó el precio por mi liberación es Cristo. El único que conoce la realidad de mis pecados es Cristo. El único a quien yo le debo completa dependencia y sumisión es el Señor. Evitemos toda iglesia en donde sus líderes quieran ejercer un control absoluto sobre nuestros corazones.

Pero saben lo interesante aquí, es que en el verso 8, 9 y 10, el Señor Jesucristo está mostrando que esta motivación por llamarnos rabí, por reconocernos como padres celestiales y como preceptores, está muy dentro de nuestros corazones.

No dejéis que os llamen rabí. No llamen a nadie padre nuestro. No dejen que los llamen a ustedes preceptores. Es algo que nosotros debemos cuidar en nuestra iglesia. Debemos cuidar en nuestra iglesia de que nuestra iglesia sea una iglesia sana en donde no elevemos a nadie a un altar celestial evangélico, en donde nosotros no busquemos ni pensemos que estamos descubriendo la pólvora, sino que estamos yendo a la Palabra milenaria de Dios buscando la voluntad de Dios para nuestro tiempo y para nuestra época. No busquemos a nadie que controle nuestras vidas, sino dejemos que el Señor haga su voluntad en medio de nosotros.

Cuidémonos, alejémonos, evitemos toda iglesia que, por más que se llame cristiana, haya elevado a sus líderes a una posición tal que empiecen a ocupar el lugar del Señor. Por eso es que en la segunda parte de Mateo capítulo 23, Jesucristo describe la realidad de la iglesia con una frase, una palabra que Él usa, que es la palabra "ay". Después de reconocer que hombres amadores de sí mismos, sin afecto natural y que aman solamente sus deleites han tomado el control de la iglesia, el Señor lo único que declara es un continuo "ay", una expresión de dolor producto de lo que la iglesia está viviendo y la iglesia continuará viviendo por el tiempo que continúe así.

A partir del verso 13 hay una serie de ayes que yo no puedo detallar en este momento, pero que sin embargo tienen que ver justamente con esa actitud, la actitud de ocupar en la iglesia el lugar de Dios. Dice el verso 13: "Pero ¡ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas!, porque cerráis el reino de los cielos delante de los hombres, pues ni vosotros entráis ni dejáis entrar a los que están entrando". Cuando hay una iglesia cuyo liderazgo quiere ocupar el primer lugar, se convierten entonces en la puerta del reino de los cielos, y cuando un hombre ocupa el lugar de puerta en el reino de los cielos nadie podrá entrar, porque la única puerta es nuestro Señor Jesucristo. Nadie podrá entrar cuando una persona ocupa el lugar de director en el reino de los cielos; el reino de los cielos se cierra, porque el reino de los cielos solo tiene apertura a través de Jesús.

El segundo ay del Señor es el verso 14: "¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas!, porque devoráis las casas de las viudas aun cuando por pretexto hacéis largas oraciones; por eso recibiréis mayor condenación". Nosotros tenemos que llorar por una iglesia en donde sus líderes se aman tanto a sí mismos que se aprovechan de los más débiles y de los necesitados para enriquecerse, justificando sus acciones bajo burdas experiencias religiosas. Y de eso estamos llenos en el mundo hoy: iglesias cristianas que están devorando las casas de las viudas, que están aprovechándose de la necesidad, el hambre, las dificultades y los problemas de la gente para devorar sus riquezas y apropiarse de ellas. El Señor dice: ellos recibirán mayor condenación. ¡Ay de esas iglesias!

Verso 15 dice: "¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas!, porque recorréis el mar y la tierra para hacer un prosélito, y cuando llega a serlo, lo hacéis hijo del infierno dos veces más que vosotros". Huyamos de las iglesias que por ser tan populares tienen programas tan lindos y tan vistosos que están repletas de gente, pero en donde no se predica la Palabra de Dios y por lo tanto el alma no es transformada. Y cuando el alma no es transformada, cuando no hay verdadera conversión, cuando no hay verdadero arrepentimiento, ese corazón se endurece y se hace dos veces más hijo del infierno que antes de entrar a esa iglesia. Evitemos esas iglesias, evitemos iglesias en donde veamos multitudes pero no se predique la Palabra del Señor, donde se predique amor a los deleites, donde se predique amor a sí mismo, pero no se está predicando el evangelio de arrepentimiento al Señor. Dice: "Y cuando llega a serlo, cuando se logra un prosélito, un convertido, lo hacéis hijo del infierno dos veces más que vosotros". La palabra infierno es la palabra gehena, y la palabra gehena era el basural en donde se tiraban los desperdicios en Jerusalén. Lo hacemos un hijo de la basura. Eso es lo que está diciendo nuestro Señor Jesucristo cuando no se está predicando la Palabra del Señor.

Lo cierto es, hermanos, que debemos cuidarnos. Debemos cuidarnos de toda iglesia en donde la Palabra del Señor no sea predicada. Debemos cuidarnos de las enseñanzas extraviadas, pero también debemos cuidarnos del carácter de los líderes que estén dirigiendo esas iglesias. Nosotros debemos mirar con atención y ver con discernimiento y preguntarnos si es que la gloria la está recibiendo el Señor o la están recibiendo los hombres.

Y nosotros también aquí en la IBI debemos cuidarnos para que no le demos a nuestros líderes un lugar que no les corresponde, para que nosotros sigamos considerándonos hermanos unos a otros, para que nosotros demos muestra de la verdadera realidad de unidad que existe en el Señor, en donde todos reconocemos la piedra de donde fuimos cortados, como dice el profeta. Sabemos de dónde hemos salido y sabemos todo lo que somos por gracia, pero ninguno de nosotros es mejor que el otro, porque todo lo que somos lo somos en Jesucristo. ¿Qué tenemos que no hayamos recibido?, dice el apóstol Pablo. ¿Qué tienes tú que no hayas recibido? ¿Qué tengo yo que no haya sido un regalo de Dios para poder compartirlo con ustedes? No caigamos en el espíritu de este siglo, no caigamos en el espíritu de abrillantamiento de un liderazgo que es meramente humano. Démosle la gloria a Dios, reconozcamos al Señor por sobre todas las cosas y exaltemos la justicia, la misericordia y la fidelidad del Señor.

Porque uno de los ayes, y con esto vamos terminando, en el verso 23 del capítulo 23 de Mateo dice: "¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas!, porque pagáis el diezmo de la menta, del eneldo y del comino, y habéis descuidado los preceptos de más peso de la ley: la justicia, la misericordia y la fidelidad; y estas son las cosas que debíais haber hecho sin descuidar aquellas". Nosotros debemos hacer una iglesia que no solamente ame su realidad religiosa, que no solamente amemos nuestras actividades, sino que exaltemos la justicia, la misericordia y la fidelidad de Dios. Y al exaltar la justicia, la misericordia y la fidelidad de Dios, nosotros estamos reconociendo que amamos la rectitud, estamos reconociendo que amamos a nuestro prójimo y estamos reconociendo que amamos la verdad. La justicia, la misericordia y la fidelidad: amamos la rectitud y queremos verla en el mundo; amamos la misericordia y amamos a nuestro prójimo y lo vamos a servir; amamos la fidelidad, amamos la verdad de la Palabra y queremos expresarla en nuestras propias vidas. Queremos ser una iglesia diferente, pero queremos evitar también a todos aquellos que se nieguen a vivir de esa manera y que en lugar de exaltar a Cristo estén exaltando a hombres que se aman a sí mismos.

Porque el gran problema, hermanos, es que esos hombres que se aman a sí mismos son peligrosos y destructivos. Eso es lo que aprendimos la semana pasada: ningún hombre egoísta puede ser un hombre bueno, porque es incapaz de ver el dolor y la necesidad de su prójimo. A esos debemos evitar.

Finalmente, el Señor dice en su Palabra, en el verso 34 de Mateo 23: "Por tanto, mirad, yo os envío profetas, sabios y escribas; de ellos a unos los mataréis y crucificaréis, a otros los azotaréis en vuestras sinagogas y los perseguiréis de ciudad en ciudad". Verso 37 dice: "¡Jerusalén, Jerusalén, la que mata a los profetas y apedrea a los que son enviados a ella! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos como la gallina junta sus pollitos debajo de sus alas, y no quisiste!"

Nosotros debemos evitar toda iglesia que rechace a los enviados del Señor. Dice que el Señor envió profetas, hombres que mostraban la voluntad de Dios; que envió sabios, siervos que mostraban el camino correcto; que envió escribas, siervos que muestran los secretos de la Palabra de Dios. Pero cuando la iglesia está liderada por hombres que se aman a sí mismos, se rechaza a los profetas, se rechaza a la sabiduría y se rechaza la enseñanza de la Palabra de Dios. Se rechaza la voluntad de Dios, se rechaza el camino correcto y se rechazan las enseñanzas de la Palabra de Dios. De estos a unos matasteis, a otros crucificasteis, a otros azotasteis en vuestras sinagogas y los perseguís de ciudad en ciudad.

Pero no solamente se rechaza a los siervos de Dios, sino que también se rechaza a Dios mismo. Verso 37: "¡Jerusalén, Jerusalén, la que mata a los profetas y apedrea a los que son enviados a ella! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos como la gallina junta sus pollitos debajo de sus alas, y no quisiste!" Una iglesia desviada es una iglesia que no desea ser abrazada por el Señor, porque el abrazo de sus líderes parece más fuerte, porque la elocuencia de sus líderes parece mejor que la Palabra de Dios, porque mis líderes están diciendo exactamente lo que yo quiero oír en vez de las palabras de exhortación de mi Señor. ¿Cuántas veces les envié profetas? ¿Cuántas veces les envié sabios? ¿Cuántas veces les envié escribas? Y ¿cuántas veces quise yo juntarles como la gallina a sus pollitos y ustedes no quisieron?

Hermanos, tenemos la responsabilidad de ser una iglesia sana, pero ser una iglesia sana también implica la responsabilidad de evitar una iglesia dañina, una iglesia que destruye, una iglesia que aniquila. Y una iglesia destruye, aniquila y no le da la gloria a Dios cuando sus líderes son hombres amadores de sí mismos, sin afecto natural, y que han puesto al placer como a su propio dios. Tendrán apariencia de piedad, pero han negado la eficacia de ella, y se han ubicado en la puerta del reino de los cielos, y ellos ni entran ni dejan entrar a nadie. Se aprovechan de las necesidades de las personas para enriquecerse a sí mismos y les gusta el primer lugar en todo.

Ese tipo de personas nosotros debemos evitar. Y nosotros, en nuestro lugar, no vayamos a llamar rabí a nadie, no vayamos a reconocer como padre nuestro a nadie, no vayamos a reconocer como preceptores a nadie. Uno solo es nuestro Maestro y todos nosotros somos hermanos. Que esa sea nuestra vitalidad como iglesia: una iglesia en donde el que merece toda la honra, toda la gloria, todo el honor, todo el poder, toda la magnificencia y todo mi amor, con todas mis fuerzas, con toda mi alma, con toda mi mente, es Él, el que murió por mí en la cruz. Nadie más debe ocupar su lugar, nadie.

Pepe Mendoza

Pepe Mendoza

José «Pepe» Mendoza es predicador, escritor y profesor, y autor del libro Proverbios para necios: Sabiduría sencilla para tiempos complejos (Vida, 2024). Ha servido como pastor asociado en la Iglesia Bautista Internacional, en la República Dominicana, y actualmente vive en Lima, Perú, donde enseña en el Instituto Integridad & Sabiduría y colabora con el programa hispano del Southern Baptist Theological Seminary. También trabaja como editor de libros y recursos cristianos. Está casado con Erika y juntos son padres de su hija Adriana.