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Sermones

Lo que dices de otro, dice mucho de ti

Miguel Núñez 10 diciembre, 2023

Lo que dices de otro revela mucho más de ti que de la persona de quien hablas. Esta verdad atraviesa toda la Escritura y encuentra su máxima expresión en Cristo, quien desde la cruz, con el rostro ensangrentado, pronunció: "Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen." Esa misma actitud se repitió en Esteban mientras lo apedreaban. La forma en que hablamos de los demás es un termómetro del corazón, porque de su abundancia habla la boca.

Santiago prohíbe hablar mal del hermano porque hacerlo equivale a ponerse por encima de la ley que manda amar al prójimo. Quien condena al otro está diciendo implícitamente que la ley de Dios es insuficiente, que él debe añadir su propio juicio. Pero hay un solo Juez con autoridad para salvar y destruir, y no somos nosotros. La pregunta de Santiago resulta cortante: "¿Y tú quién eres que juzgas a tu prójimo?" Cristo advirtió que con la misma medida que usamos seremos medidos. Nadie debiera esperar de Dios una gracia que no está dispuesto a conceder al otro.

El problema es que condenar nos sale natural, tan natural como respirar. Un niño de tres años ya dice "malo" cuando no llenan sus expectativas. Y la conversión no nos cura automáticamente de este mal. Por eso Cristo habló de la viga en el ojo propio antes de señalar la paja ajena. La mayor viga suele ser el orgullo, que nos hace sentir moralmente superiores. El pastor Núñez advierte que la lucha más importante no es soportar la crítica recibida, sino asegurarse de que no se nos pegue la enfermedad de criticar. Hay un trono celestial donde Cristo es tanto Juez como abogado defensor del hermano que estamos acusando, y también del nuestro.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

El 3 de abril del año 1996 apareció un pequeño artículo en el periódico conocido como el *Los Angeles Times* que hablaba de la actitud benevolente y conciliadora del pasado presidente Abraham Lincoln durante la guerra civil de aquella nación. La guerra civil había dividido al país en dos, y la parte norte, conocida como la Unión, estaba en guerra con la parte sur, conocida como los Confederados, en una guerra que duró del año 1861 hasta el 65.

El artículo hace referencia a que en una ocasión una señora interpeló —por así decirlo, reprendió— al presidente Abraham Lincoln por su actitud benevolente y conciliadora hacia sus enemigos. La expresión de la señora era que con los enemigos no se lidiaba ni se negociaba, sino que simplemente ella entendía que había que destruirlos. Escucha la respuesta del presidente Lincoln: "Señora, ¿no destruyo a mis enemigos cuando los hago mis amigos? Señora, ¿no destruyo a mis enemigos cuando los hago mis amigos?"

Aunque la frase ha sido atribuida a otros personajes de la historia, este es el que más cercano nos queda. Asumiendo la veracidad de esa historia, la manera como Lincoln habló de sus opositores o de otros decía siempre mucho acerca de él mismo y de su carácter benevolente. Pensando en esa historia y pensando en lo que Santiago tiene que decirnos hoy en su carta, yo he titulado mi mensaje: *Lo que dices de otro dice mucho de ti.* Piensen en eso. Quédense ya con eso por un momento: lo que dices de otro dice mucho de ti.

Eso explica por qué, dos mil años atrás, encuentras a un hombre traspasado en ambas manos y en ambos pies por clavos, con sus traspasadores a sus pies, pronunciando desde la cruz, con un rostro ensangrentado: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen." Porque es cierto: lo que dices de otros dice mucho de ti.

Por esa misma razón encuentras a Esteban mientras lo estaban apedreando por creer en el Cristo de la cruz. Después de haberles hablado acerca de cómo ellos se habían comportado por tanto tiempo, mientras lo apedreaban, él vio el cielo abierto y dijo nuevamente: "Padre, no les tomes en cuenta este pecado." La razón por la que él pudo decir eso de manera natural, a pesar del juicio que estaban llevando a cabo contra él, es porque lo que tú dices de otros dice mucho acerca de ti.

En el texto de Santiago capítulo 4, versículos 11 al 12, Dios tiene mucho que decirnos acerca de esto. Como esos dos versículos siguen al versículo 10, que cubrimos la vez anterior, yo voy a leer desde el versículo 10 hasta el 12, porque el versículo 10 me permite conectar con el mensaje anterior y también pone el mensaje de hoy en contexto. Esta es la Palabra de Dios, comenzando en Santiago 4:10-12:

"Humíllense en la presencia del Señor y Él los exaltará. Hermanos, no hablen mal los unos de los otros. El que habla mal del hermano o juzga a su hermano, habla mal de la ley y juzga a la ley. Pero si tú juzgas a la ley, no eres cumplidor de la ley sino juez de ella. Hay un solo legislador y juez, que es poderoso para salvar y para destruir." Escucha la conclusión: "Pero tú, ¿quién eres para que juzgues a tu prójimo?"

El versículo diez, con el que comenzamos y que vimos en el mensaje anterior, Santiago nos anima a humillarnos delante de Dios, que es una forma de decirnos de qué forma nosotros debiéramos caminar delante de Dios y delante de los otros. Y no hay duda, hermanos, de que la humildad es el mejor antídoto contra los males de los seres humanos, pero en especial contra los males del habla, los males de la lengua. La razón por la que Santiago puede hablar de esta forma, y la razón por la que la humildad es ese mejor antídoto para nuestras formas de hablar, es porque de la abundancia del corazón habla la boca.

La persona humilde, usualmente al hablar de otro, es considerada, es benevolente, no es condenadora, es perdonadora, busca cómo encontrar evidencias de gracia en la otra persona, como lo hizo Pablo con los corintios. La persona humilde tiende a mirar la viga primero en su ojo antes de encontrar la paja en el ojo ajeno. La humildad te recuerda de dónde Dios te sacó. La humildad te recuerda las veces que Dios te ha perdonado de pecados mucho más grandes que aquellos que estás condenando en tu hermano. La humildad prefiere que Dios trate al otro con gracia y no que haga bajar su justicia sobre él o sobre ella. Y esa es la humildad a la que Santiago nos llama en el versículo 10.

Para luego decirnos en los versículos 11 y 12 que todo lo que está diciendo en esos versículos son contrarios a la humildad de la que nos habló en el versículo 10. En esencia, en los dos versículos que voy a cubrir, el 11 y el 12, yo quisiera que viéramos: en primer lugar, la prohibición de hablar mal del otro; número dos, la razón para no hacerlo; y número tres, la implicación de hablar mal de ese otro; para luego concluir con una pregunta de introspección que Santiago trae como conclusión de este texto breve en el versículo 12.

De manera que comencemos primero con la prohibición, en la primera parte del versículo 11: "Hermanos, no hablen mal los unos de los otros." En el lenguaje original, esa frase "no hablen mal" es una sola palabra: es *katalaleo*, que implica muchas cosas. Es una amplia sombrilla para hablar de múltiples males del habla. Puede referirse a la difamación, a la murmuración, pero puede referirse prácticamente a cualquier forma pecaminosa de hablar. Y por eso en esta traducción de la Nueva Versión Internacional y en otras, los traductores han preferido usar el término "hablar mal" en cualquiera de sus formas.

El puritano Tomás Manton dice en su comentario sobre Santiago que este término puede referirse, entre otras cosas, a hablar mal en privado de nuestros hermanos entre aquellos que hablan bien de ellos. En otras palabras, estas personas hablan bien de este hermano, y yo hablo mal entre ellos tratando de cambiar su opinión. *Katalaleo* incluye también hablar mal de esa persona de una forma más pública. Y de la misma manera, Manton agrega que este pecado de hablar mal de alguien tú puedes hacerlo en privado, puedes hacerlo en público, puedes divulgar pecados secretos de otros que tú conoces pero que no necesitas divulgar. Puedes aumentar o agravar las faltas del otro: son ciertas, pero tú las aumentas. Puedes calumniar las buenas acciones del otro al suponer que tienen malas intenciones que tú no conoces, pero tú presupones las malas intenciones del otro y calumnias sus motivaciones.

Nosotros incluso podemos callar, dice Manton, envidiosamente lo que es bueno en otros: sabemos también muestras cosas malas y las pasamos, pero las cosas buenas que también conocemos nos quedamos envidiosamente callados. Además, dice el puritano que si todo esto es inapropiado para hablarlo, tú que no lo oigas de otro tampoco. Y agrega de una manera muy perceptiva que tú puedes pecar con el oído de la misma manera que puedes pecar con los labios. ¡Podemos pecar con el oído de una manera muy similar a como podemos pecar con los labios!

Esa palabra *katalaleo* ha sido traducida en ocasiones para referirse al chisme. El chisme es algo que es verdad de la otra persona, pero que nadie te ha llamado a divulgarlo y tú lo pasas a otro. El chisme y la difamación no son la misma cosa, pero son primos hermanos. El chisme tiene que ver con algo que es cierto pero que tú estás pasando de una persona a otra. La Palabra de Dios condena esa forma de hablar, y a veces decimos algo negativo del otro y cuando alguien nos corrige decimos: "Pero es verdad." Bueno, verdad o no, la Biblia nos prohíbe hacer uso del chisme, porque estamos creando una mala imagen del otro en la mente de la persona con quien estamos hablando, que quizá no estaba prejuiciada pero que ahora sí lo está, y la hacemos pecar de prejuicio.

La misma palabra pudiera ser usada para referirse a la difamación, y la difamación no es una verdad, es una mentira, es una historia creada con la intención expresa de hacerle daño a la imagen de la otra persona. Y obviamente esa maldad es castigada y condenada por la Biblia. Déjenme decir eso otra vez: toda forma del habla que asalte la imagen de Dios en el otro, en privado o en público, es condenada por la Escritura. Santiago dedicó una gran parte del capítulo tres para hablar de esto, y no nos hemos detenido a considerar el daño que hace hablar mal del otro.

Hablar mal del otro te hace daño a ti mismo, porque endureces tu corazón, pero además daña y estorba tu relación con Dios. Hablar mal del otro le hace daño a la imagen de la persona de quien tú hablas, pero también daña la mente de quienes lo oyeron, como mencioné hace un momento, porque antes no estaban prejuiciados pero ahora se han prejuiciado contra esa persona, y el prejuicio también es listado como un pecado en la Palabra de Dios. En resumen, hablar mal del otro le hace daño a la imagen de Dios en ti y en la otra persona. De manera que si valoramos la imagen de Dios en nosotros, debiéramos valorarla en la otra persona y, por consiguiente, debiéramos cuidar de no dañarla ni en una persona ni en la otra.

Cuando ese hablar mal ocurre entre nosotros los cristianos, estamos dañando y trastornando la hermandad que a Cristo le costó sangre y que al Espíritu le costó venir y morar en nosotros. La unidad del Espíritu, la comunión de los hermanos, es fruto de la obra del Espíritu Santo, de acuerdo a lo que la Palabra nos dice en Efesios 4. Pero cuando ocurre entre incrédulos, muchas veces él o ella habla mal de la fe cristiana y la pinta de inservible porque mira cómo hablan ellos de ellos mismos o de otros. Le damos una mala reputación a la fe, hermanos.

Si tú tienes, no sé, cuarenta, cincuenta años —quizás no necesitas vivir tanto para verlo—, habrás escuchado muchas veces que la misma persona que se pone de acuerdo contigo para hablar mal de otro es la misma persona que luego te condena cuando las circunstancias cambian o cuando necesita defenderse. ¿Sí o no? La misma persona que se puso de acuerdo contigo para hablar mal de otra persona cambia la circunstancia y termina condenándote por sus propias necesidades de defensa.

Ahora bien, William McDonald, en su comentario sobre esta carta, nos propone tres preguntas que pudiéramos considerar antes de hablar. Yo creo que son muy saludables. Número uno: ¿qué bien hace este comentario a la otra persona?, ¿de qué manera yo favorezco a esta persona con mi comentario? Número dos: ¿qué bien me hace a mí comentar esto?, ¿de qué forma mejora mi relación con Dios?, ¿de qué forma mejora la imagen de Cristo en mí cuando lo comparto? Y número tres: ¿qué gloria trae a Dios el que yo comparta esta información?, ¿de qué forma, cuando yo termine de compartirla, puedo decir que acabo de glorificar a Dios? Yo creo que eso nos va a cuidar enormemente.

No sé si tú has prestado atención, pero cuando revisas la relación bíblica, los pecados del habla son algunos de los más severamente condenados en la Palabra. Y Santiago en el capítulo tres volvió a la carga con esa idea. Yo creo que Santiago, y el resto de los autores de la Biblia, y sobre todo el mismo Cristo, han percibido algo que el mismo Cristo enseñó: que de la abundancia del corazón habla la boca. Y si esto es verdad —como lo puse en mis propias palabras—, si la transformación del corazón es la meta de la santificación, la forma de hablar es la evidencia, o de mi transformación, o de mi corrupción de corazón.

De manera que ya vimos la prohibición de hablar mal del otro. En segundo lugar, yo quisiera que viéramos la razón para no hacerlo. El versículo 11, primera parte: "El que habla mal de un hermano o juzga a su hermano, habla mal de la ley y juzga la ley." ¿Cuál es la razón para no hacerlo? Porque cuando hablas mal de tu hermano, estás hablando mal de la ley y estás juzgando la ley. Tenemos que explorar eso.

Cada vez que hablamos mal, juzgamos a la ley, porque la ley me manda a amar al hermano y yo lo estoy condenando. De manera que, en pocas palabras, yo estoy diciendo que la ley no es suficiente para juzgarlo, yo lo voy a juzgar en mis propios términos, yo estoy por encima de la ley. La ley, en efecto, es inservible para juzgar al hermano; el hermano no merece ser amado como la ley me manda, y este es mi juicio y estoy en lo correcto. De manera que la ley de Dios es insuficiente o inservible: la ley me manda a amarlo, pero yo lo he condenado.

Pero eso dice Santiago. Escuche: pero si tú juzgas a la ley, pues sí, vamos a ver todavía. Si tú juzgas a la ley, no eres cumplidor de la ley, sino juez de ella. No cumples la ley, y si no cumplo la ley, no soy cumplidor de la ley, soy violador de la ley. La pregunta inmediata sería: ¿cuál es la ley? Bueno, es que la ley me manda a amar al otro. Ni siquiera al hermano; simplemente me manda a amar al prójimo.

La ley, para los judíos, eran los primeros cinco libros de Moisés. Para nosotros, la ley es todo lo que Dios nos ha dado por revelación y como mandato. Pero aun dentro de los primeros cinco libros, la Torá de los judíos, la ley le mandaba a amar al prójimo. Escucha Levítico 19:16 para comenzar: "No andarás de calumniador entre tu pueblo; no harás nada en contra de la vida de tu prójimo." ¿De quién? De tu prójimo. Ahora escucha lo que dice: "Yo soy el Señor." En otras palabras, no es Moisés que te está diciendo esto, no es Aarón que te está ordenando que no hagas nada en contra de tu prójimo. Yo, el Señor y Juez del cielo y la tierra, te digo: no harás nada en contra de la vida de tu prójimo.

Versículo 18 de Levítico 19: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo." Punto. Escucha: "Yo soy el Señor." Yo, el Señor, te digo que ames al prójimo. Y luego Cristo, que vino a ayudarnos a entender la letra de la ley. La letra de la ley es justamente lo que tú entiendes cuando lees la ley sin ninguna otra amplificación. Pero luego viene Cristo y dice: "Déjame decirte que en la ley hay una letra de la ley y hay un espíritu de la ley." La letra de la ley es obvia para todo el mundo, prácticamente; incluso no tienes que ser cristiano para entender semánticamente lo que dice. El espíritu de la ley es mucho más amplio.

Entonces Él nos enseña en Mateo 22:35-40 que en esencia nos iba a ayudar a entender el espíritu de la ley y lo iba a resumir. No solo nos iba a dar entendimiento, nos iba a dar un resumen. Dice básicamente: "Te voy a decir toda la ley; la puedo resumir en dos mandamientos. Tú amas a Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente, con todo tu ser. Y el segundo mandamiento, semejante a este, de hecho depende de este: ama a tu prójimo como a ti mismo." En eso se resume toda la ley. Nota que "ama a tu prójimo" está presente en ambos mandamientos.

Santiago dice: cuando tú viola la ley, cuando tú no eres cumplidor de la ley, eres un violador de la ley. ¿Y cómo la viola? Porque tú condenas al hermano cuando la ley te llama a amarlo. Más adelante, el apóstol Pablo viene y trae más luz sobre este tema, y me ayuda a entender por qué yo no puedo condenar al hermano a quien la ley me manda amar. Porque si lo voy a amar, esto es cómo el amor se comporta: en 1 Corintios 13, el amor es bondadoso, versículo 4; versículo 5, el amor no se comporta indecorosa­mente, por tanto no lo va a condenar; versículo 6, el amor no se regocija de la injusticia, no lo va a condenar; número 7, en vez de hablar mal, el amor todo lo sufre, todo lo soporta. Eso no es compatible con la condenación.

De manera que hablar mal del otro viola la ley de amor y viola la ley de Cristo; es una desobediencia al Cristo mismo. En un solo versículo nosotros vimos la prohibición de hablar mal del hermano y al mismo tiempo la razón para no hacerlo.

Ahora yo quisiera que viéramos, en el resto del tiempo que nos queda, la implicación de nosotros juzgar al hermano, o hablar mal del hermano o del otro. Versículo 12: "Solo hay un legislador y Juez, que es poderoso para salvar y para destruir. Pero tú, escucha la pregunta: ¿quién eres tú que juzgas a tu prójimo?" ¡Qué pregunta! Oigan, en buen lenguaje directo: ¿y tú quién eres? ¿Cómo te atreves? Porque hay un solo Juez, y no soy yo, y tampoco eres tú.

Cuando Santiago nos dice que hay un solo Juez, yo creo que está tácitamente implicando que ese Juez es Dios, y que ese juicio se le ha dado al Hijo. Está claro en la revelación de la Palabra que Cristo es el Juez. Cuando ese Juez se encarnó y vivió entre personas como tú y como yo, Él nos ayudó a entender mucho más del espíritu de la ley, y entre otras cosas nos dijo en Mateo 7:1-2: "No juzguen, para que no sean juzgados, porque con el juicio con que ustedes juzguen serán juzgados, y con la medida con que midan se les medirá."

Él estaba rodeado de escribas y fariseos, y la población estaba también a su lado; había multitud de ese lado, y para allá estaban los líderes también. Esas palabras probablemente salieron como proyectiles a la mente y al corazón de estos líderes del pueblo, que continuamente enseñaban conforme a la sabiduría humana y condenaban a todo el mundo, en esencia, porque tenían una religiosidad que seguían pero no tenían una relación con Dios. Pero una vez que esa enseñanza de Cristo pasaba más allá de los escribas y fariseos, nos incluía a nosotros; es para cada uno de nosotros, incluyendo al predicador.

Cada uno que ha heredado una naturaleza pecadora debe prestar atención a lo que Cristo estaba diciendo, a lo que Cristo enseñó. Hermanos, a nosotros, como personas caídas que somos, condenar al otro no nos cuesta ninguna energía emocional; lo hacemos de forma natural. Preparar este mensaje y luego entregarlo una vez, y ahora entregarlo una segunda vez, conlleva un gasto de energía física y emocional. Pero condenar al otro lo hacemos como si estuviéramos respirando, sin ningún gasto emocional; es natural para el ser humano caído. Y Cristo estaba tratando de enseñar a sus discípulos a vivir de otra manera, a vivir de una forma que verdaderamente representara lo que Dios había revelado; quería ayudar a sus discípulos a vivir de manera distinta, a pensar de manera distinta, a hablar de manera distinta.

Hermanos, tu juicio y mi juicio usualmente, o con frecuencia, no son justos ni sanos, por más de una razón. Número uno: nuestro entendimiento de las cosas es imperfecto y prejuiciado, prejuiciado por nuestro temperamento, nuestra forma de ver las cosas, por la manera como nos criaron, la cultura. Número dos: nuestro conocimiento de las circunstancias es limitado; no conocemos toda la información ni tampoco entendemos todo el panorama. Si no tengo toda la información, no conozco todo el panorama. Y en tercer lugar, peor aún, yo no conozco las motivaciones. La Palabra de hecho me prohíbe juzgar las motivaciones de otro, porque no he llegado hasta allá.

Entonces, ¿qué ocurre? Nosotros nos encontramos frecuentemente juzgando lo que no conocemos, juzgando lo que no entendemos y juzgando lo que no debemos. Y por eso Santiago nos advierte: no dice cada vez que juzgas a tu hermano te estás proclamando, autoproclamando juez sobre los demás, y estás intentando, aunque no lo digas así, estás intentando usurpar el lugar de Cristo, el Juez. Y de ahí su pregunta: "¿Y quién eres tú que juzgas a tu hermano? ¿O quién eres tú que juzgas a tu prójimo?"

Terry Cooper escribió un libro que se llama *Making Judgments Without Being Judgmental*, algo así como "haciendo juicios sin ser enjuiciador o condenador." Sería bueno poder hacer eso. Y él dice en su libro que, lamentablemente, con frecuencia las personas que más necesitan cuestionarse a sí mismas no lo hacen; que las personas que más necesitan cuestionar su opinión no lo harán; y que las personas que más necesitan respetar los límites de otros invadirán esos límites y forzarán sus opiniones, ya sea que se las soliciten o no. Nos metemos en la vida de otros, los decidimos, los condenamos, los criticamos. Y lo he dicho: no te preguntaron. No me importa, yo quiero decirte.

Hermano, más que jueces, nosotros somos dignos de ser juzgados. Todos. Escucha: "Con el juicio con que ustedes juzguen serán juzgados, y con la medida con que midan se les medirá." Lo que Cristo nos está tratando de enseñar aquí es que Él quiere ayudarme a ver todas las consecuencias de tener esta actitud enjuiciadora. Mi juicio del otro determina cómo yo soy enjuiciado por otros y por Dios.

Ni tú ni yo debiéramos esperar una medida de gracia de parte de Dios que tú no estás dispuesto a concederle al otro. Lo voy a decir otra vez: ni tú ni yo debiéramos esperar una medida de gracia de parte de Dios que tú no estás dispuesto a concederle al otro. Es la verdad. De hecho, aquellos que ya han sido tratados con gracia, sobre todo con esa gracia, cuando solíamos ser instrumentos de gracia el uno para el otro, nos convertimos en instrumentos de justicia el uno para el otro. Cuando tú y yo comenzamos a sentirnos enjuiciados por otros, o cuando otros comienzan a enjuiciarme, muchas veces es el mismo Dios permitiendo que me den una dosis de mi propia medicina.

Cuando yo me siento enjuiciado por ti, o pienso, o siento, u oigo que otros me están enjuiciando, muchas veces es el mismo Dios permitiendo que me den una dosis de mi propia medicina. Porque con el mismo juicio, con la misma manera que tú juzgas, así mismo serás juzgado; y con la misma medida que mides, así mismo serás medido. Eso solo debiera asustarnos de una vez por todas, ya no más.

Escucha a Cristo expandiendo la enseñanza en el Sermón del Monte, los versículos 3, 4 y 5 del capítulo 7 de Mateo. Les leí el 1 y el 2. Dice Cristo: "¿Por qué miras la mota que está en el ojo de tu hermano, y no te das cuenta de la viga que está en tu propio ojo?"

¿Por qué miras la pajita que está en el ojo del otro y no miras la pajota que está en el ojo tuyo? ¿O cómo puedo decir a tu hermano: "Déjame sacarte la mota de los ojos, la pajita", cuando la viga, la pajota, está en tu ojo? Y una palabra que no nos gusta ninguna —hipócrita—: saca primero la viga de tu ojo, entonces verás con claridad para sacar la mota del ojo de tu hermano. Lo que Cristo está diciendo es: frecuentemente tienes una falta mayor que la que estás señalando del otro. Si otros no lo han visto, dame gracia que yo te la cubra, pero tienes una falta mayor.

Nosotros queremos corregir al otro cuando los que tenemos que ser corregidos somos nosotros, todavía peor. Frecuentemente, tú y yo miramos, encontramos faltas y corregimos en otros las mismas cosas que nosotros hacemos. De hecho, no hay persona —te lo digo por propia experiencia; recuerda, tengo 65 años, ya he crecido, fui de una manera, todavía no soy todo lo que Dios quiere que yo sea, pero estoy en proceso, pero he dejado cosas atrás— no hay nadie que reconozca más el orgullo en otro que el orgulloso. Es como que no hay nadie que reconozca más la posibilidad de que esa persona sea ladrón, que alguien que ha robado. De ahí el refrán de la calle: el ladrón juzga por su condición.

Y eso no es poca cosa. Cuando yo juzgo en otro lo mismo que yo hago, Pablo me recuerda —Dios me recuerda otra vez— en Romanos 2:1 al 3. Escucha lo que dice: "Por lo cual no tienes excusa, oh hombre, quienquiera que seas tú que juzgas, pues al juzgar a otro a ti mismo te condenas, porque tú que juzgas practicas las mismas cosas. Sabemos que el juicio de Dios justamente cae sobre los que practican tales cosas." Escucha la pregunta de Pablo: "¿Y piensas esto, oh hombre, tú que condenas a los que practican tales cosas y haces lo mismo, que escaparás del juicio de Dios?"

Hermano, estas palabras de estos textos bíblicos son capaces de llevar a cada uno de nosotros —incluyendo al predicador— a convicción de pecado en este lugar. La viga que no permite ver con claridad representa aquellas cosas pecaminosas que todavía no he apartado de mi mente, de mi vida, de mi caminar, de mi corazón, que oscurecen mi entendimiento. Pero la viga número uno —yo creo— que oscurece tu entendimiento y el mío en cualquier momento de tu vida, que obstaculiza la visión, es ese orgullo. Y a alguien le puedo oír decir: "Ahí va el pastor Núñez con el orgullo de nuevo."

Bueno, Agustín, considerado por muchos como el más grande teólogo de todos los tiempos —dos mil años de historia; y por los que no lo consideran así, por lo menos el más grande de los primeros mil años— habló de que el orgullo es la raíz de todos los pecados. Wow. Es el semillero de todos nuestros pecados. Y alguien definía el orgullo como preocupación con el yo. El orgullo tiene que ver con el yo, tiene que ver conmigo y tiene que ver con los míos. El orgullo dice: tiene que ser yo, o tiene que ser conmigo, o tiene que tratarse de los míos.

El orgullo se viste de formas distintas. A veces el orgullo se siente superior en conocimiento a otros, pero subraya la palabra "se siente", porque muchas veces tú no tienes que saber más que el otro para considerarte superior al otro en conocimiento. ¿Se entendió eso? Y la mejor evidencia la viví durante la pandemia, donde yo leía a toda esa gente que condenaba las cosas que yo decía acerca del COVID-19, que nunca habían abierto un libro de medicina, pero condenaban todo lo que las mejores investigaciones habían revelado y continúan hasta el día de hoy. Como ya le decía a uno de ellos en una ocasión: si han notado, yo hablo de dos cosas, no hablo de tres, de dos. Yo hablo de geología y hablo de medicina. En ambas he tenido entrenamiento. De lo demás, yo digo: no sé; prefiero ir, leer, observar, esperar.

Pero el orgullo puede vestirse también de un sentimiento de superioridad moral, y ahí tenemos que tener cuidado todos nosotros. Porque a la medida en que Dios te santifica, a la medida en que tú aprendes más de esta Palabra, a la medida en que tú aprendes más de doctrina, más vulnerables somos a sentirnos moralmente superiores a otro. Y ese conocimiento de la Palabra y esa santificación a través de la cual Dios me ha llevado muchas veces me hacen sentir moralmente superior a los demás. Ese era el sentimiento de los fariseos.

Y cuando Cristo vino, fue que los confrontó. En Mateo 23:15 dice: "¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, que recorren el mar y la tierra para hacer un prosélito, y cuando llega a serlo lo hacen hijo del infierno dos veces más que ustedes!" Wow. Es como: "¡Ay de ustedes, cristianos, que cruzan el mar y van hasta el otro continente para hacer un convertido, y cuando lo convierten lo hacen dos veces más hijo del infierno que ustedes!" Me gustaría imaginar esa acusación cayendo sobre los fariseos. Y ese sentimiento de superioridad nos lleva a sentir que siempre tenemos la razón, y nos lleva a condenar al enjuiciador, y nosotros enjuiciamos al enjuiciador. El otro es un enjuiciador y yo lo enjuicio a él. Estamos en el mismo lugar.

Todavía más peligroso es cuando tratamos de decir: "No, porque yo sé que lo hizo por esto, lo hizo por aquí." Y no —tú no sabes, hermano. De hecho, el apóstol Pablo te dice: espera. En 1 Corintios 4:4-5, escucha lo que dice: "Por tanto, no juzguen antes de tiempo." Ok, entonces Pablo, ¿cuántos días tengo que esperar para terminar de juzgar? Escucha. "Por tanto, no juzguen antes de tiempo, sino esperen hasta que el Señor venga." ¿En serio, Pablo? Escúchate, ¿por qué? "El cual sacará a la luz las cosas ocultas en las tinieblas y también pondrá de manifiesto los designios de los corazones." Espera, a ver, ¿cuánto de los hermanos del pastor Núñez lo predicó para la gloria de Dios? Ese juicio no te toca a ti, le toca a Cristo. "Entonces cada uno recibirá de parte de Dios la alabanza que le corresponda", no más, no menos.

Hermano, escuchen: todos nosotros en algún momento de tu vida —si no, si lo has pensado bien, dirás acerca de esto que es así; y si no lo puedes decir, piénsalo porque es así, lo único que no te ha detenido es verlo— cuando juzgamos las motivaciones de los demás, nuestras inseguridades nos vuelven sospechosos de los demás. Y con el tiempo nos volvemos hasta paranoicos acerca de la motivación de los demás. Eso duele, pero quien permitió que yo me enfermara de esa manera es Dios, porque con eso estoy recibiendo una dosis de mi propia medicina. Como juzgues, serás juzgado. Ahora te sientes juzgado, ahora estás sospechoso, ahora estás paranoico de la motivación de los demás. Sí, porque te has empeñado con tu propio juicio y ahora estás siendo juzgado de la misma manera que yo he juzgado.

Cristo enseñó —y Juan lo registró en 7:24—: "No juzguen por la apariencia, sino juzguen con juicio justo." Tú sabes lo difícil que eso es. Para juzgar con juicio justo, yo tendría que ser completamente justo, completamente santo, omnisciente de las motivaciones y las razones de cada corazón, de cada mente. Nosotros no tenemos con frecuencia un juicio justo, porque somos personas pecaminosas, egoístas, inseguras, demandantes, llenos de autointerés. Pero al mismo tiempo es cierto que nosotros de alguna forma sí somos llamados a separar y a juzgar la verdad del error.

Mi juicio es justo cuando concide —concuerda— con la Palabra. La Palabra dice: "No mentirás", y descubrimos una mentira; yo digo: eso es mentira. Si no corresponde a la realidad sino que corresponde a lo que la Palabra dice que es mentira, bien. Y así sucesivamente con cada pecado, con cada uno de los diez mandamientos. Ese juicio es justo.

De manera que, siguiendo la línea de pensamiento de Terry Cooper en el libro que mencioné, tenemos que aprender a hacer una separación entre el pensamiento crítico que la Palabra me manda a tener —de hecho, en el texto de Mateo 7, la palabra que aparece como "juzgar" viene del griego krínō, porque yo necesito separar la verdad del error, y eso es necesario— y el pensar críticamente o de manera enjuiciadora. Entonces, ¿cuál es la diferencia para saber cuándo paso de uno al otro?

Bueno, el pensamiento crítico es la habilidad de analizar información y conocimiento, y poder discernir su valor y su aplicación para ver si corresponde a la verdad. Yo recibí la información, la analicé, la procesé, la comparé con la Palabra, y llego ahora a la aplicación. Tuve que hacer un pensamiento crítico para llegar a esa conclusión. Y se dice —verán los expertos hoy en día en educación— que la educación moderna es muy deficiente en este sentido, porque frecuentemente lo que lleva al estudiante es a memorizar y a regurgitar conceptos sin que haya precisamente procesado la idea, su implicación y su aplicación. Lo mismo pasa en múltiples púlpitos, donde se nos lleva a regurgitar pasajes, historias y versículos bíblicos, pero al final no vivo de acuerdo a ellos, no sé cuáles son las implicaciones y mucho menos las aplicaciones. Este es el pensamiento crítico. Yo necesito eso.

Pensar críticamente es otra cosa: es hacerlo de manera enjuiciadora. Y una de las cosas que nos ayuda a entender la diferencia es que en el pensamiento crítico del que acabo de hablar no deben estar involucradas mis emociones. Es blanco o es negro; así es, o no es. Pero en el pensar críticamente de manera enjuiciadora, mis emociones están involucradas. Me siento incómodo, molesto, airado cuando pienso en la otra persona; cuando pienso en alguien que piensa diferente de mí, o vive diferente de mí, o cree diferente de mí, o envió a un hijo a un colegio diferente al que yo lo mandaría. O sobre todo cuando pienso en alguien que me hirió en el pasado, y ahora el solo recordar su nombre levanta ese sentimiento de molestia en mi interior. Hay amargura en mi pensamiento. Eso no está en el pensamiento crítico. El pensar críticamente de manera enjuiciadora me produce esa incomodidad.

Y como bien dice este autor Terry Cooper: el que piensa críticamente se siente tranquilo hasta que logra demoler al otro o hasta que lo ve fracasar. Entonces prueba que yo tenía razón. La intranquilidad parece ser una característica de cuando estamos en error pecaminoso. Nosotros tendemos a enfocarnos en las faltas del otro cuando estamos pensando críticamente.

El apóstol Pablo mira a los corintios. Yo no sé si había habido una congregación en el Nuevo Testamento más pecaminosa que los corintios. Pablo les llama niños, les llama inmaduros, les llama que estaban en necesidad de leche. Abusaron de los dones, fueron a la cena del Señor y se llenaban primero y dejaban al otro sin comida. 1 Corintios 11 nos habla de eso. Lea esa congregación. Pablo comienza hablando: "Amados hermanos, doy gracias a Dios por vosotros." Encontró evidencias de gracia en los corintios. Yo no sé cómo, pero las encontró. Y cuando nosotros estamos pensando críticamente, no encontramos evidencias de gracia, solo de condenación.

Y tú sabes lo que ocurre cuando estoy pensando críticamente con relación a alguien. Es como el salmista del Salmo 139: "Si subo al cielo, tú estás ahí; si bajo al Seol, tú estás ahí." Así pasa con el pensamiento crítico y con la persona que tengo en mi mente. Si subo al cielo, está ahí; si bajo al Seol, ahí está. Eso es mi presente. No se va de mi mente. Te acuestas a dormir y está ahí; te despiertas y está ahí.

En mano, nosotros somos juzgadores por naturaleza. Aquellos que tienen niños saben que tu hijo, tu hija, comienza a condenar con dos o tres años. Mira la evidencia: "Malo." Para decir eso, tuvo que hacer un pensamiento, tuvo que criticar algo. "Malo, porque no llenaste mi expectativa. Tengo tres años, tuve nueve meses contigo en el vientre, tengo meses en que te estoy amamantando, dándote la leche, y de repente no llenaste mi expectativa, y eres malo o mala." ¿Te das cuenta lo natural que es condenar al otro? Lo hacemos como hacemos la respiración.

Y Cristo dice: "Mira, espera." Porque te das cuenta rápidamente de la mota que está en el ojo del otro, mientras tú tienes una viga enorme. Y la mayor viga que tienes es el orgullo, que te obstaculiza la visión. ¿Sabes qué es lo peor de todo? ¿Sabes qué es lo más serio de este mal? Que la conversión no nos cura de este mal. Cristo nos perdona. En un momento me señala mis pecados, veo mis pecados, veo lo sucio de mi pecado, le pido perdón. Y no solamente que luego sigo condenando a otros, sino que me sigo embarrando de pecado y condenando a otros.

Cristo dice: "Por eso te digo que tienes una viga en el ojo." Lo que Cristo está tratando de ayudarme a hacer cuando nos presenta esto de la viga y la paja —la viga en el mío y la paja en el del otro— es: "Mira, ocúpate de limpiar tu mente, tus pensamientos, tu corazón, tu camino, tu vida. Si tú te dedicaras a eso, no vas a tener tiempo para dedicarte a ver los problemas, los pasos, los caminos y los pensamientos de otro que tú no conoces. Dedícate a ti, límpiate tú delante de mí." Imagina que alguien te pregunte de otro: "¿Qué crees tú de ese pecado?" "No sé, yo no tengo tiempo, que todo el tiempo lo paso limpiándome a mí, haciendo la imagen de Cristo." Uf, cuarenta años en el desierto no curaron al pueblo judío de este mal de condenación del otro. Los judíos condenaron a Dios.

Entonces, ¿saben cuándo comenzó esto? En el jardín del Edén. Tan pronto el pecado entró a la vida de Adán, porque lo primero que Adán hizo fue condenar a su esposa. No fue el problema de la fruta; fue la esposa. Y después, cuando no fue la esposa, decidió para allá: "Cuando no, Dios, la esposa que tú me diste." O sea: "Antes de mi culpa, hay dos con quienes hay que hablar: contigo y con ella." Lo han dado con ella; tú conoces la historia igual que yo. "No, no, Señor. Fue la serpiente, me habló la serpiente." Si ya no le hubiese agradado eso, yo no me la como. Y seguimos condenando.

Cristo dice: "No juzgues, no condenes, porque ¿quién eres tú para juzgar?" Es decir, escucha, esto es importante: mi mayor lucha no es sufrir el dolor de la crítica. Si alguien te criticó, es verdad, te criticó; te hirió, es verdad, te hirió. Tu mayor lucha no es sufrir el dolor. Tu mayor lucha es asegurarte de que no se te pegue la enfermedad, de que después que te criticó y te hirió, no termines tú haciendo exactamente lo mismo, y estés ahora tan enfermo como él o como ella.

Y si hay algo que nosotros vemos a través de la historia en el desierto y la historia bíblica, no hay nada más contagioso que el espíritu de crítica o de condenación. ¿Te ha tocado estar en una reunión donde todo ha ido bien, todo graficado, todo en colores? "¿Hay alguna pregunta?" "No, todo bien, todo bien." "Bueno, vamos a cerrar." Y ya se levanta una mano, y esa mano tiene una crítica, y de ahí aparecen dieciocho críticas posteriores. Yo he estado en reuniones así, y no hubiese querido haberlo estado, porque no hay nada más contagioso que el espíritu de crítica. El espíritu de crítica atiza el sentirse superior a aquel que acabo de ver. No encontré evidencias de gracia en todo lo que se hizo, porque encontré una coma que faltó. Tu mayor lucha no es sufrir la crítica; es asegurarte de que no se te pegue la enfermedad.

Primero, recuerda esto, y es vital: hay un trono celestial. En ese trono celestial habrá un juicio, para un juez. Y esto es lo que ocurre: cuando yo estoy condenando a mi hermano, sobre todo a mi hermano, en el trono celestial se escucha mi condenación. Y hay un Juez que dice: "Por ese que tú condenas, yo derramé mi sangre." Y en segundo lugar, en la corte en la que tú quieres subir para condenarlo, yo soy su juez y su abogado defensor. No te va bien. Estás acusando a alguien por quien yo derramé mi sangre; en segundo lugar, cuando se pare alguien a defenderlo, soy yo quien se va a parar, pues yo soy su abogado defensor ante el trono celestial.

Y además, se te olvida que yo soy también tu Juez y tu abogado defensor. Esta es la única corte donde el juez es también el abogado defensor, la misma persona. Y si tú eres cristiano y estás condenando a tu hermano, yo no sé, porque tú quieres que yo te defienda a ti, pero también tengo que defender al que tú estás acusando. Eso nos debe llevar a todos nosotros, incluyendo aquí al que predica, a reconocer que esto es un mal de la raza humana contra el que tenemos que luchar y ayudar a otros a luchar. Que ni pequemos del habla ni pequemos del oído, porque cometemos este mismo pecado con dos órganos diferentes: uno del habla y otro de la audición.

Y que de esa manera nosotros podamos honrar a nuestro Dios y realmente darle gracias por el trono celestial, donde hay un abogado defensor que se llama Cristo, que murió por mí, que derramó su sangre, que me perdonó, que murió y resucitó, que ahí está esperando que yo me presente para defenderme, no frente a los hombres, sino frente al Padre. Imagínate: yo acusando a mi hermano frente a los hombres, y Cristo ya defendiéndome a mí frente al Padre. Vean los contrastes.

Gracias, Dios. Gracias por tu infinita gracia. Yo no la merezco. Tu misericordia que esta mañana renovaste sobre mi vida, porque de lo contrario yo no hubiese podido predicar este mensaje. Y tu Palabra dice que tú haces nueva tu misericordia cada mañana, y que soy una evidencia de eso. Señor, nosotros te pedimos perdón cada vez que hemos juzgado la ley, o nos hemos puesto por encima de la ley, hemos hablado mal de la ley, la hemos catalogado de insuficiente, hemos juzgado lo que solamente te toca a ti juzgar. Pero gracias por recordarnos, por medio de tu Palabra y tu Espíritu, cuál es mi lugar. Ayúdame a caminar contigo, ayúdame a poner los ojos en ti. Eso es lo que tu Palabra dice: puestos los ojos en Jesús, no en el otro, el autor y consumador de la fe. Danos pensamiento crítico para diferenciar la verdad del error, pero evítanos usar ese pensamiento crítico para asumir un rol que le toca a tu Hijo y no a nosotros. Y gracias por tu Hijo, nuestro Juez y abogado defensor. Amén.

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.