IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Las promesas de Dios no dependen de nuestras circunstancias ni de nuestra condición espiritual, sino únicamente de su carácter eterno e inmutable. Esta verdad se revela con fuerza en el contexto histórico de Isaías 7, donde Dios pronunció la promesa de la encarnación —"He aquí una virgen concebirá y dará a luz un hijo"— en el momento más improbable: ante un rey pagano llamado Acaz, un hombre tan depravado que sacrificó a sus propios hijos al dios Moloc. Aunque Acaz rechazó escuchar y prefirió confiar en alianzas humanas que terminaron destruyendo a Judá, Dios pronunció su promesa de todos modos. Las promesas divinas no requieren nuestra aprobación ni nuestra obediencia para existir; existen porque Dios las ha determinado.
Más sorprendente aún es la promesa sobre Galilea en Isaías 9. Cuando el profeta anunció que "el pueblo que andaba en tinieblas vería una gran luz", Galilea ya no existía como tal: había sido conquistada por Asiria, sus habitantes deportados, y hasta su nombre había cambiado. Pero Dios llama las cosas que no son como si fuesen, y setecientos cincuenta años después, Jesús comenzó su ministerio exactamente allí.
Aunque Dios siempre cumple sus promesas —ya sea que todo esté en contra, que la esperanza parezca perdida o que todo esté destruido—, hay una condición para experimentarlas en nuestro tiempo: el arrepentimiento genuino. El Señor no se tarda; es paciente, esperando que nuestro corazón se ajuste al suyo para recibir con plenitud lo que él ya ha determinado dar.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
El pastor Miguel ha estado durante las últimas semanas haciendo un estudio expositivo acerca de la primera carta del apóstol Juan, y la semana pasada él, en uno de sus puntos, dijo lo siguiente: "La eternidad de Dios nos recuerda de la inmutabilidad de nuestro Dios, lo que hace sus promesas igualmente invariables." Pero luego, de nuevo: "La eternidad de Dios nos recuerda acerca de la inmutabilidad de nuestro Dios, lo que hace sus promesas igualmente invariables."
Lo que nosotros debemos conocer con respecto a las promesas de Dios, a las cuales nosotros muchas veces estamos muy atentos, es descubrir que las promesas de Dios están plenamente identificadas con el carácter de aquel que hace las promesas. En este caso, cuando Dios nos hace una promesa, su promesa no está solamente relacionada con nosotros y nuestras circunstancias, sino que está directamente relacionada con su carácter, con su poder, con su eternidad, con el todo conocimiento que Él tiene de todas nuestras circunstancias. De tal manera que podemos percibir en sus promesas no solamente la oportunidad de ser bendecidos por el Señor, sino la oportunidad de conocer al Señor que da las promesas. Esa es la realidad de descubrir a un Dios que nos habla y que nos promete grandes cosas.
Ahora, ya que estamos en este mes de diciembre que está empezando hoy para nosotros en este primer domingo, nosotros sabemos que este es un mes un tanto frívolo, por llamarlo de alguna manera. Quizás uno de los meses más materialistas del año, uno de los meses de mayor complacencia personal. Pero al mismo tiempo, este mes, paradójicamente, es el mes de la celebración de la encarnación de nuestro Señor Jesucristo. Aunque nosotros no creemos que esta fecha sea la fecha del nacimiento de nuestro Señor, sin embargo, tradicionalmente y de manera cultural, nosotros hablamos mucho del nacimiento de nuestro Señor. Sin embargo, detrás de la promesa del nacimiento y de la llegada de nuestro Señor Jesucristo hay un gran misterio.
Y justamente eso es lo que percibimos en la actualidad. Aunque por ahí se habla mucho acerca de la venida de Jesús, en realidad es una celebración personal, es una celebración más que todo egoísta y mayormente materialista. Pero dentro de las promesas de Dios, quizás la más grande promesa de nuestro Señor es la promesa de la encarnación. Nosotros sabemos que el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad. Nosotros sabemos que Jesucristo se hizo carne y que Dios con nosotros puso su tienda de campaña a nuestro lado y empezó a vivir la vida de los hombres. Es una de las grandes promesas de la Escritura.
Y si nosotros vamos a Mateo, ahora vamos a recorrer varios pasajes de la Biblia, aunque nos vamos a detener en uno solo. Pero si empezamos nosotros con el Evangelio de Mateo en el primer capítulo, nosotros nos vamos a encontrar con una historia que seguramente es conocida para todos nosotros. En Mateo, el capítulo uno, el verso 20, nosotros conocemos la historia de José y María. José estaba de novio con María; en eso se da cuenta que ella estaba embarazada, y él, en un intento por no infamarla, por dejarla en paz, él decide como irse. Pero mientras está en esas luchas mentales, dice el verso 20 de Mateo capítulo uno: "Pero mientras pensaba en esto, he aquí que se le apareció en sueños un ángel del Señor diciendo: José, hijo de David, no temas recibir a María tu mujer, porque el niño que se ha engendrado en ella es del Espíritu Santo, y dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo de sus pecados."
Evidentemente nosotros conocemos la historia, pero quizás nosotros deberíamos entrar un poco en el dramatismo de la historia, porque la historia tiene que ver con la intromisión telúrica de Dios en medio de la creación humana para que Dios se haga carne en medio de nosotros. Y para poder entender esa situación, no la podemos entender solamente bajo las características propias de lo que sucede en la vida humana. Básicamente es la intervención sobrenatural de Dios en medio de nuestra historia, y aun José, siendo uno de los protagonistas, no lo podía entender sin revelación de Dios. No podía percibir lo que estaba sucediendo, no podía percibir que era el cumplimiento de una promesa, así es que no era sino Dios mismo el que se lo decía.
Y dice el verso 22 y 23: "Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que el Señor había hablado por medio del profeta, diciendo: He aquí, la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emanuel, que traducido significa Dios con nosotros."
Aparentemente Mateo nos está diciendo la fórmula. Esto es muy claro, les señores. Dice: "Miren ustedes, esto es lo que sucedió a María, producto del Espíritu Santo. José lo entendió por medio de la revelación de un ángel, y esto es simplemente el cumplimiento de una profecía muy clara." Que cuando nosotros lo leemos decimos: "¡Caramba! Esto es absolutamente claro, ¿quién no lo puede entender?" "He aquí la virgen," dice el verso 23, "concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emanuel, que traducido es Dios con nosotros." Uno más uno, dos. Evidentemente, absolutamente claro.
Sin embargo, cuando nosotros analizamos un poco más la historia, nos damos cuenta que no es así de claro. Porque el profeta al que se refieren en este caso no vivía en la otra esquina, ni tampoco estaba en Jerusalén en ese momento. En realidad, la profecía que Mateo está señalando es una profecía dada por Isaías, el profeta, casi un milenio atrás. Setecientos cincuenta años antes, Isaías había dado esta profecía. No era una profecía de ayer, no era algo del momento, no era algo que tenía que ver con las circunstancias, sino que era algo que había salido del corazón de Dios casi un milenio antes y que ahora se estaba cumpliendo. ¿Y por qué se estaba cumpliendo? Se estaba cumpliendo porque era una promesa de Dios, y como Dios es eterno e inmutable, Dios siempre cumple sus promesas.
Uno de los pasajes más hermosos del apóstol Pablo está en Segunda de Corintios, el capítulo uno, el verso 20. Por favor, acompáñenme en sus Biblias, sean estas Biblias a la antigua o Biblias electrónicas. Segunda de Corintios uno, el verso 20 dice: "Pues tantas como sean las promesas de Dios, en Él todas son sí; por eso también por medio de Él, amén, para la gloria de Dios por medio de nosotros."
Ahora, ¿qué nos está diciendo el apóstol Pablo? El apóstol Pablo nos está diciendo que todas las promesas de Dios son promesas siempre y cuando estén rodeadas de su propia persona. Él es el que promete, y por lo tanto, en Él todas sus promesas son sí, y todas sus promesas son en Él amén. Las promesas de Dios que salen del alcance de su soberanía dejan de ser promesas, porque todas las promesas de Dios tienen que estar refrendadas por Él. Él tiene que estar detrás de sus promesas. Es Él el que promete. Mal haría yo el querer, por ejemplo, hacerles una promesa a ustedes usando, por ejemplo, el dinero de Christian. Les prometo dinero, pero en realidad no es el mío, sino que es el dinero de él. Yo podría prometer muchas cosas, pero como no es mi dinero, mi promesa no vale absolutamente nada. En el Señor todas las promesas son sí, y todas las promesas son amén, porque salen de Él, y Él es el que las verifica y les pone el sello de autenticidad.
Ahora, cuando nosotros volvemos a Mateo, por favor acompáñenme nuevamente a Mateo y vamos, por ejemplo, al capítulo 4. Nosotros nos encontramos nuevamente con Mateo mostrándonos la realidad de la vida de nuestro Señor Jesucristo, ya no solo encarnándose en medio de la humanidad, sino que ahora empezando su ministerio. Dice el verso 13 de Mateo capítulo 4: "Y saliendo de Nazaret, fue y se estableció en Capernaúm, que está junto al mar, en la región de Zabulón y de Neftalí, para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías cuando dijo: Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. El pueblo asentado en tinieblas vio una gran luz, y a los que vivían en región y sombra de muerte, una luz les resplandeció." Y el verso 17 nos muestra el inicio del ministerio de Jesús: "Desde entonces Jesús comenzó a predicar y a decir: Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado."
Nuevamente Mateo nos lleva a la historia y nos muestra el inicio del ministerio de Jesús en Galilea. De una manera muy precisa nos dice que Jesús, saliendo de Nazaret, se establece en una pequeña aldea llamada Capernaúm, que estaba junto al mar, en la región de Zabulón y Neftalí, que es básicamente la Galilea, y es allí donde le empieza a predicar. Y para Mateo esto está tan evidente que inmediatamente lo relaciona con una profecía. Nuevamente menciona a Isaías, y señalando a Isaías menciona la profecía de que Galilea sería una región bendecida por el Señor, como dice el verso 16: porque el pueblo asentado en tinieblas verá una gran luz, y los que viven en región de sombra de muerte, luz les resplandecerá. Uno más uno, dos. Ahí están los hechos de Jesús, ahí está el cumplimiento profético de la promesa.
Sin embargo, yo quiero decirles que si nosotros quisiéramos ver el origen de la profecía y el origen de la promesa de Dios, nosotros tendríamos que aprender una gran lección con respecto al corazón de Dios. Porque en realidad, como ya les he mencionado, estas profecías se escribieron setecientos cincuenta años antes que los hechos sucedieran. Y por lo tanto, bajo otras circunstancias y bajo otro momento, en momentos en los cuales Dios estableció y estampó su sello sobre una realidad y dijo: "Yo cumpliré mi promesa."
Ahora, si nosotros vamos a ir a Isaías, y vamos al capítulo 7, que es donde se originan estas promesas, quizás nosotros podríamos entender un poco más acerca de lo que significan las promesas para Dios, bajo qué características Dios establece sus promesas y cuál es la fidelidad de Dios para que estas promesas se lleven a cabo y se cumplan de manera dramática.
Y así nosotros podríamos aprender tres grandes cosas en esta mañana. Nosotros podemos aprender que aunque todo esté en contra, las promesas de Dios siempre se cumplirán; es la primera cosa que nosotros aprenderemos. Lo segundo que podemos aprender es que aunque toda esperanza parezca estar perdida, de igual manera, las promesas de Dios se van a cumplir. Y la tercera cosa que vamos a aprender es que aunque todo esté destruido, las promesas de Dios siempre se cumplirán. Esto es lo que Isaías nos va a mostrar con respecto al milagro y al cumplimiento de la promesa de la encarnación.
Veamos el contexto, porque Isaías 7:14 es lo que Mateo nos relata ahí en Mateo 1, pero aquí nosotros lo vamos a leer en contexto, solamente para ver el pasaje, Isaías 7:14, y ubicarnos en el centro del texto. Dice: "Por tanto, el Señor mismo os dará una señal: satisfacción aquí una virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emanuel." Evidente, cierto, claro como el agua, claro como el agua de esta botella. Ahora que nosotros conocemos la historia y que estamos muchos años más adelante, sabemos, claro, esta promesa se cumplió en Jesús, y dónde está, en Mateo 1. Lee versículo a versículo y te vas a dar cuenta: uno más uno es dos. Sin embargo, las cosas no fueron tan claras en ese momento.
Si nosotros empezamos a leer Isaías capítulo 7, vamos a empezar a entender el relato y el momento dramático en que el Señor se encarga de dar esta promesa. Los primeros dos versículos de Isaías 7 nos ubican en el contexto histórico: "Y aconteció que en los días de Acaz, hijo de Jotam, hijo de Uzías, rey de Judá, subió Rezín, rey de Aram, con Peka, hijo de Remalías, rey de Israel, a Jerusalén para combatir contra ella, pero no pudieron tomarla. Y se le dio aviso a la casa de David diciendo: Los arameos han acampado en Efraín. Y se estremeció el corazón del rey y el corazón de su pueblo, como se estremecen los árboles del bosque ante el viento." Son palabras poéticas, pero que indican miedo, terror por lo que estaba sucediendo en este momento.
Expliquémonos un poquito para poder entender la situación. Nosotros sabemos que después de la partida del rey Salomón, el reino de Israel grande se divide en dos. Por un lado quedaron diez tribus que formaron el reino de Israel, tomando el nombre propio, el reino de Israel con diez tribus, y por otro lado estaba el reino de Judá, mucho más pequeño, pero que estaba gobernado por los descendientes directos de David. Se conformaron en dos naciones totalmente distintas. El reino de Israel empezó a vivir una serie de tropiezos producto de la corrupción, la idolatría y el pecado de sus autoridades, una nación que pronto caería en el olvido. El reino de Judá pasó por las mismas circunstancias porque también sus reyes no respondieron al llamado de Dios.
En medio de esta historia estamos alrededor del año 733 antes de Jesucristo, y sube, asciende al poder, como dice allí en el verso uno de Isaías 7, sube al poder Acaz, hijo de Jotam, hijo de Uzías, rey de Judá. Nosotros, como buenos investigadores bíblicos, tenemos que recurrir a todas las fuentes para poder unir este pequeño rompecabezas y poder ubicarnos y descubrir en varias dimensiones de quién estamos hablando. En Segunda de Reyes capítulo 16, y en Segunda de Crónicas capítulo 28, nosotros vamos a encontrar la historia del rey Acaz. Lamentablemente estamos hablando de una historia funesta, deprimente; estamos hablando de un hombre que de acuerdo a la Escritura no hizo lo recto ante los ojos del Señor, sino que más bien él se dejó pervertir por los caminos de los reyes de Israel, adorando a dioses paganos de acuerdo a las propias concepciones que él tenía en su propia mente.
Y no solamente eso, sino que de manera muy triste, Segunda de Crónicas capítulo 28, solamente para que lo podamos ver, porque vamos a mantenernos allí por un momento, él nos dice en los primeros tres versículos: "Acaz tenía veinte años cuando comenzó a reinar, y reinó dieciséis años en Jerusalén. Pero no hizo lo recto ante los ojos del Señor como su padre David había hecho, sino que anduvo en los caminos de los reyes de Israel. También hizo imágenes fundidas para los baales, quemó además incienso en el valle de Ben-Hinom, e hizo pasar a sus hijos por fuego conforme a las abominaciones de las naciones que el Señor había arrojado de delante de los hijos de Israel."
Acaz no solamente era un hombre depravado religiosamente y espiritualmente, sino que había caído aún en las artimañas de uno de los dioses más grotescos de la antigüedad, que era el dios Moloc. El dios Moloc era un dios creado por hombres, una figura de piedra que era adorada de la siguiente manera, una cosa totalmente brutal. Era un dios de piedra que tenía los brazos extendidos. Se le ponía a este dios de piedra leños a su alrededor, se prendía una fogata hasta que la estatua se calentaba, se calentaba mucho, al punto de ponerse al rojo vivo. Y cuando estaba al rojo vivo, para agradar a este dios, uno tiraba a su hijo a los brazos de este dios para que muera quemado. Conforme a las abominaciones de las naciones que el Señor había arrojado de delante de los hijos de Israel, y no nos dice que hizo pasar a uno de sus hijos, sino que dice que hizo pasar a varios de sus hijos por el fuego tratando de agradar a un dios desconocido. Esa es la historia del rey Acaz, un rey terrible, un rey depravado, un rey que, como vamos a ver en unos momentos, llevó casi al punto de la destrucción al reino de Judá.
Pero ahora ubiquémonos geopolíticamente. Resulta que el reino de Aram, que es el reino de Siria, hizo una alianza con el reino de Israel. Los dos se aliaron para poder atacar a Judá y quedarse con sus tierras. Ellos dos hacen una alianza, se establecen y entran a la batalla para pelear contra el rey Acaz de Judá. Este es el momento histórico en el que nosotros nos encontramos exactamente ahora. ¿Estamos?
Entonces, ¿qué sucede? El verso tres de Isaías capítulo 7: "Entonces el Señor dijo a Isaías: Sal ahora al encuentro de Acaz, tú y tu hijo Sear-jasub, al extremo del acueducto del estanque superior, en la calzada del campo del batanero. Y dile: Estate alerta y ten calma. No temas ni desmaye tu corazón ante estos dos cabos de tizones humeantes, a causa de la ira encendida de Rezín de Aram y del hijo de Remalías. Porque Aram ha tramado mal contra ti junto con Efraín y el hijo de Remalías, diciendo: Subamos contra Judá, aterroricémosle, hagamos una brecha en sus murallas y pongamos por rey en medio de ella al hijo de Tabeel. Por tanto, así dice el Señor Dios: No prevalecerá ni se cumplirá. Porque la cabeza de Aram es Damasco y la cabeza de Damasco es Rezín; y dentro de otros sesenta y cinco años, Efraín será destrozado dejando de ser pueblo. Y la cabeza de Efraín es Samaria, y la cabeza de Samaria es el hijo de Remalías. Si no creéis, de cierto no permaneceréis."
Este rey Acaz pagano estaba, en un momento, después de enterarse que los ejércitos enemigos estaban viniendo para atacarlo, dice que él estaba en las fuentes de aguas, como lo leemos ahí. El Señor manda a Isaías a buscar a Acaz y darle un mensaje del Señor ahí, al extremo del acueducto del estanque superior, en la calzada del campo del batanero. Si Acaz iba a pelear una batalla y si pueblos enemigos estaban viniendo a atacar Jerusalén, una de las preocupaciones de todo general era cuidar las fuentes de aguas. Y lo que Acaz estaba haciendo en ese momento era estratégicamente vigilar las fuentes de aguas de Jerusalén para poder estar seguro que no sean tomadas por el enemigo. Y es en ese momento en que Isaías se presenta con un mensaje del Señor a este rey pagano y le dice: Estate alerta, ten calma, no temas, ni desmaye tu corazón ante estos dos reyes que están viniendo contra ti. El verso 7 le dice: "Por tanto, así dice el Señor Dios: No prevalecerá ni se cumplirá." Y el verso 9 el Señor le hace una advertencia: "Si no crees, de cierto no permanecerás."
Ahora, nosotros ya conocimos los antecedentes de Acaz, un hombre que fue capaz de poner en el fuego a sus propios hijos con tal de adorar a dioses extraños, un hombre que estaba completamente apartado del Señor y que la Palabra nos muestra que él no responde de ninguna manera al llamado misericordioso de Dios. Aparentemente, Acaz estaba tan preocupado por la propia batalla que, de seguro, al escuchar a Isaías hablando, él ni siquiera le prestó atención.
El verso 10 de Isaías 7 nos sigue contando la historia y nos dice que el Señor habló de nuevo a Acaz diciendo... El Señor insiste una segunda vez más, yendo a este rey impío, pero el Señor con una promesa para él de cuidado y de protección, porque el Señor tenía un pacto con su pueblo y Él quería que ese pacto se cumpliera. Sin embargo, él no había sido escuchado la primera vez, y ahora, por una segunda vez, el Señor a través de Isaías se está presentando delante de este rey.
Y a partir del verso 10 al verso 14, nosotros vamos a encontrar el contexto del versículo que Mateo nos señaló hace un momento: "El Señor habló de nuevo a Acaz diciendo: Pide para ti una señal del Señor tu Dios, que sea tan profunda como el Seol o tan alta como el cielo. Pero Acaz respondió: No pediré ni tentaré al Señor. Entonces Isaías dijo: Oíd ahora, casa de David, ¿os parece poco cansar a los hombres, que también cansaréis a mi Dios? Por tanto, el Señor mismo os dará una señal: He aquí, una virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emanuel."
¿Saben qué nos muestra este pasaje? Este pasaje nos muestra que las promesas de Dios no dependen de la actitud de los hombres.
Este pasaje nos muestra que las promesas de Dios no dependen de si nosotros escuchamos o dejamos de escuchar. Las promesas de Dios no dependen de tu calidad como ser humano. Las promesas de Dios no dependen de tu religiosidad. Las promesas de Dios dependen de Dios, porque así lo ha decidido, porque Él es soberano. Las promesas de Dios dependen de Dios. Y si Dios quiere dar a los hombres, no es una promesa, Él va a dar así no la merezcamos, y verdaderamente no las merecemos.
Porque si hay por ahí alguno que está pensando que es mejor que Acaz, mejor les advierto ahora que nosotros no somos mejor que Acaz. Si hay alguno por ahí que piensa: "Bueno, yo no he ofrecido a mi hijo a Moloc". No a Moloc, pero quizás a otros dioses muy modernos de nuestro tiempo, de seguro que sí. Cuando Dios hace una promesa la cumple, así todo esté en contra. Escuchemos o no escuchemos, el Señor cumplirá sus promesas porque sus promesas están relacionadas con su plan eterno.
Ahora, aquí yo tengo que hacer una aclaración. A veces nosotros pensamos y tenemos una costumbre muy moderna de usar las promesas de Dios. Las promesas de Dios por aquí, las hacemos en tarjetitas, ¿no es cierto? Hay algunas bonitas que hacen en internet con versículos bíblicos y promesas de aquí, promesas de allá, que Dios te va a cuidar, no temas, que Dios te va a proteger, que Dios te va a prosperar, etcétera, etcétera, etcétera. Pero cuidado, las promesas de Dios solamente son eficaces cuando están dentro del plan de Dios. Y es solamente cuando Dios la promete, no cuando yo la prometo, porque yo no puedo prometerte las promesas de Dios. Yo no puedo regalarte las promesas de Dios porque son de Él.
Y en este caso nosotros descubrimos cómo el Señor, de manera misericordiosa, dos veces se acerca a este rey para que escuche y finalmente le hace una tremenda promesa: "Por tanto el Señor mismo os dará una señal: He aquí una virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emanuel", que es Dios con nosotros.
¿Tú te has puesto a pensar alguna vez si cuando Dios te hace una promesa, las promesas tienen que ver directamente con tus circunstancias, o a veces Dios nos sorprende diciéndonos cosas que pareciera que no tuvieran ninguna relación con lo que a mí me está pasando? "Señor, yo necesito una promesa, pero que tenga que ver con mi cuenta, con mi billetera, Señor, porque mis problemas son con mi billetera. ¿Cómo me vas a salir con una promesa de que la virgen va a procrear un niño y que le vamos a poner...? No tiene sentido. Mira lo que me está sucediendo y prométeme de acuerdo con..." "Señor, a mí lo que me falta es una novia, o un novio". "Señor, a mí lo que me falta es un trabajo, necesito una promesa directa". Pero no hay por ahí una promesa bíblica de trabajo con buen sueldo, de gerente para arriba. ¿Por qué me sales con que "he aquí la virgen concebirá y dará a luz un hijo"? ¿Qué relación tiene eso con la guerra que Acaz está viviendo en ese momento? Pues tiene mucho que ver. ¿Saben por qué? Porque es el plan de Dios. Porque tiene que ver con algo que Dios está viendo y que nosotros somos incapaces de ver.
Pero lamentablemente la historia nos cuenta, y si nosotros vamos a 2 Crónicas capítulo 28, nos vamos a dar cuenta que Acaz no oyó el consejo de Dios, no escuchó la promesa, no fue capaz de hacerle a Isaías ninguna pregunta, no se arrepiente de sus pecados. Él vivía del día a día, él vivía de sus propias circunstancias, a él le encantaban los dioses, los dioses paganos y los dioses cananeos, porque esos dioses de piedra no hacen preguntas, no responden, ya sé, promesas.
Y la historia nos cuenta ahí en 2 Crónicas capítulo 28, dice el verso 5: "Por lo cual el Señor su Dios lo entregó en manos del rey de los arameos, que lo derrotaron, tomaron de él gran número de cautivos y los llevaron a Damasco. Y también él fue entregado en manos del rey de Israel, el cual lo hirió con gran mortandad. Porque Peka hijo de Remalías mató en Judá a ciento veinte mil en un día, todos hombres valientes, porque habían abandonado al Señor, Dios de sus padres. Y Zicri, hombre poderoso de Efraín, mató a Maasías hijo del rey, a Azricam mayordomo de la casa, y a Elcana, segundo después del rey. Y los hijos de Israel se llevaron cautivos de sus hermanos a doscientas mil mujeres, hijos e hijas, y tomaron también mucho botín de ellos, y se llevaron el botín a Samaria".
Acaz no escuchó. Acaz quiso desarrollar sus propios planes y el dolor es evidente: el número de cautivos, el número de muertes, la destrucción en el propio gobierno. Dice que mataron a Maasías, el hijo del rey, el posible sucesor; mataron a Azricam, el mayordomo de la casa, probablemente el ministro de economía; y mataron a Elcana, el segundo después del rey, probablemente el primer ministro. O sea, desarticularon el gobierno.
¿Y qué hizo Acaz? ¿Acaz se acordó de la promesa de Dios? No, porque cuando estamos en crisis, nosotros queremos soluciones ya. Imagínate que el Señor nos diga: "Mira, te voy a dar una promesa, pero se va a cumplir dentro de setecientos cincuenta años". No hay caso, no hay caso. Dentro de setecientos cincuenta años no, Señor, la quiero hoy.
Entonces dice el versículo 16 del capítulo 28, de ahí de 2 Crónicas: "En aquel tiempo el rey Acaz envió a pedir ayuda a los reyes de Asiria". Porque los edomitas, miren lo que seguía pasando en Judá, porque los edomitas habían venido de nuevo y atacado a Judá y se habían llevado algunos cautivos. También los filisteos se aprovecharon del pánico, vieron que las puertas estaban abiertas, y también habían invadido las ciudades de las tierras bajas y del Neguev de Judá, y habían tomado Bet-semes, Ajalón, Gederot y Soco con sus aldeas, Timna con sus aldeas y Gimzo con sus aldeas, y se establecieron en ellas.
Ahí estamos. Pero todo, ¿por qué? Dice el verso 19: "Porque el Señor humilló a Judá a causa de Acaz, rey de Israel, pues él había permitido, ¿qué cosa? El desenfreno en Judá y fue muy infiel al Señor". Pero en Isaías 7 el Señor se presentó delante de él y le dijo: "No temas, no esté turbado tu corazón. Esa gente que te persigue no vale nada porque yo estoy detrás, confía en mí". Pero él no escuchó y él se apoyó en el rey de Asiria.
Y miren lo que dice el verso 20: "Y vino contra él Tiglat-pileser rey de Asiria y lo afligió en vez de fortalecerlo, pues Acaz había tomado una porción del tesoro de la casa del Señor, del palacio del rey y de los príncipes, y la había dado al rey de Asiria, pero no le sirvió de nada".
Y en el tiempo de su angustia, miren lo que dice el verso 22: "Y en el tiempo de su angustia este rey Acaz fue aún más infiel al Señor. Sacrificaba a los dioses de Damasco que lo habían derrotado, y decía: Por cuanto los dioses de los reyes de Aram los ayudaron, sacrificaré a ellos para que me ayuden. Pero ellos fueron su ruina y la de todo Israel".
Cuando nosotros hablamos de las promesas de Dios, no solamente estamos hablando de que Dios quiere darnos lo que nosotros queremos. Cuando nosotros hablamos de las promesas de Dios, hablamos de lo que Dios va a demandar de nosotros en obediencia cuando le seguimos. Las promesas de Dios no solamente están relacionadas con nuestro bienestar, sino que nuestro bienestar está relacionado con vivir en dependencia de Él. Cuando nosotros escuchamos las promesas de Dios, las promesas de Dios son para someternos a ellas y para hacer que esas promesas hagan el cambio que nuestro corazón necesita.
Después de esto, si volvemos nosotros a Isaías, por favor, Isaías capítulo 7, nosotros vamos a encontrar que la tremenda devastación el Señor ya la había dado a conocer. A partir del verso 17 dice: "El Señor hará venir sobre ti, sobre tu pueblo y sobre la casa de tu padre, días como nunca han venido desde el día en que Efraín se apartó de Judá, es decir, al rey de Asiria. Y sucederá en aquel día que el Señor silbará a la mosca que está en lo más remoto de los ríos de Egipto y a la abeja que está en la tierra de Asiria, y todas ellas vendrán y se posarán en los precipicios de las barrancas, en las hendiduras de las peñas, en todos los espinos y en todos los abrevaderos".
Dicen que las moscas y las abejas eran símbolos de los grandes ejércitos que, atraídos por la riqueza de Judá, vendrían a tomar posesión de ella. Es toda una historia triste de destrucción. Dice el verso 23 del capítulo 7: "En aquel día, en todo lugar donde había mil vides valoradas en mil siclos de plata, habrá zarzas y espinos. Se irá allá con arcos y flechas, porque toda la tierra será zarzas y espinos. Y en cuanto a todas las colinas que eran cultivadas con la azada, no irás allá por temor de las zarzas y los espinos; se convertirán en lugar para soltar los bueyes y para ser hollado por las ovejas".
Todos aquellos terrenos que habían sido trabajados por Judá, que estaban repletos de viñedos que costaban una fortuna, producto de la desobediencia de este rey, todos esos campos ahora simplemente eran como campos salvajes en donde ya ni siquiera se podía entrar por temor a los espinos y a las zarzas. La destrucción es evidente.
Y dentro de esa destrucción, hermanos, es donde Isaías, al voltear la página en el capítulo 9, nos habla del segundo pasaje que nosotros encontramos en Mateo. En Isaías capítulo 9, los primeros dos o tres versículos, dice: "Pero no habrá más lobreguez para la que estaba en angustia. Como en tiempos pasados Él trató con desprecio a la tierra de Zabulón y a la tierra de Neftalí, pero después la hará gloriosa por el camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. El pueblo que andaba en tinieblas ha visto gran luz; a los que habitaban en tierra de sombra de muerte, la luz ha resplandecido sobre ellos".
Multiplicaste la nación, aumentaste su alegría, se alegra en tu presencia como con la alegría de la cosecha, como se regocijan los hombres cuando se reparten el botín, porque tú quebrarás el yugo de su carga, el báculo de sus hombros y la vara de su opresor como en la batalla de Madián.
Nosotros hemos aprendido que Dios hará promesas aun cuando todo esté en contra. Eso lo hemos visto con Acaz hace un momento. Pero sin embargo, las consecuencias de la vida de Acaz y su falta de liderazgo son evidentes. Judá cayó en una profunda destrucción. Vinieron los arameos y se lo llevaron todo. Luego vino Israel y se lo llevó todo. Los edomitas iban mirando y dijeron: "Entremos, porque aquí hay oportunidad". Y no solamente entraron los edomitas, sino que los filisteos dijeron: "Llevémonoslo también".
Judá estaba completamente destruido, y detrás de ellos vino el gran rey asirio. Y el gran rey asirio entró con toda su pompa diciendo que iba a salvar a Judá, después de que Judá había sacado el tesoro real, había sacado los tesoros del templo y se los había entregado pensando que iba a jugar el rey de Asiria a su favor, sin darse cuenta de que los reyes solo juegan a su favor. Y los reyes de este mundo no hacen promesas para los demás, sino solo para sí mismos. Maldito el varón que confía en el hombre, dice la Palabra de Dios.
Y el rey de Asiria entra, y no solamente entra, sino que entra en un profundo proceso de destrucción. Y en Segunda de Reyes, el capítulo 15, en el verso 29, por favor, para que ustedes puedan, para que podamos tener una figura completa de las promesas de Dios y cómo es que las promesas de Dios se gestan. En el capítulo 15, el verso 29 de Segunda de Reyes dice así: "En los días de Peka, rey de Israel, vino Tiglat-pileser, rey de Asiria, y tomó Ijón, Abel-bet-maaca, Janoa, Cedes, Hazor, Galaad y Galilea, toda la tierra de Neftalí, y se los llevó cautivos a Asiria".
Cuando Isaías nos menciona la profecía y la promesa con respecto a la luz que iba a caer sobre Galilea, producto de su liberación, Galilea ya no existía como pueblo. Y ni siquiera se llamaba Galilea; se le llamaba la provincia de Duru, la provincia de Dur. Era una provincia asiria, y ya ni siquiera vivían galileos allí porque habían sido deportados hacia Asiria. Pero cuando todo parece estar destruido, allí Dios hace sus promesas.
Porque cuando Galilea no existía, el Señor la volvió a nombrar en Isaías 9: "El pueblo que andaba en tinieblas vio gran luz; a los que habitaban en tierra de sombra de muerte, la luz ha resplandecido sobre ellos. Multiplicaste la nación, aumentaste su alegría; se alegran en tu presencia como con la alegría de la cosecha, cuando se regocijan los hombres cuando se reparten el botín".
Galilea no existía, pero el Señor llama las cosas que no son como si fuesen. Y cuando Dios hace una promesa, no importa que todo esté destruido, porque si el Señor lo promete, todo volverá a ser levantado. No importa cuánto haya pasado en nuestra vida y cuán acabados estemos con nuestro propio pecado; si el Señor hace una promesa con respecto a nuestra restauración, la sangre de Jesús tiene poder para limpiarnos de todo pecado.
A veces podríamos pensar: cuando todo estaba en contra, el Señor hizo una promesa, pero todavía es posible cambiar. Pero ¿qué pasa cuando todo está destruido? Cuando ya Galilea ni siquiera existe, cuando ya ni siquiera se habla el mismo idioma en ese lugar, cuando ya tienen las ciudades hasta otro nombre, pues allí, si Dios hace una promesa, la promesa se va a cumplir. Allí, si Dios hace una promesa, la promesa se va a cumplir.
Por eso es que en el verso 6 del capítulo 9, justifica Isaías el cumplimiento de esa promesa nuevamente con estas palabras. Verso 6: "Porque un niño nos ha nacido, un hijo nos ha sido dado, y la soberanía reposará sobre sus hombros; y se llamará su nombre: Admirable, Consejero, Dios Poderoso, Padre Eterno, Príncipe de Paz. El aumento de su soberanía y de la paz no tendrá fin sobre el trono de David y sobre su reino, para afianzarlo y sostenerlo con el derecho y la justicia, desde entonces y para siempre. El celo del Señor de los ejércitos hará esto".
Cuando Galilea no existía, cuando los asirios estaban presentes, el Señor prometió la llegada del Mesías. El Señor prometió la llegada del Mesías también a nuestra vida cuando estábamos muertos en nuestros delitos y pecados, cuando nosotros estábamos apartados y separados completamente de Dios. Dios nos hizo una promesa. Y no importa cuán en contra de Dios estábamos, no importa cuán destruida estaba nuestra vida, nosotros podemos dar testimonio de que todo aquello que estaba en contra se tornó en bendición, y todo aquello que estaba destruido se empezó a edificar porque el Señor Jesús vino a nuestras vidas.
Ese es el cumplimiento de las promesas. El Señor cumple sus promesas aunque parezca que todo está en contra. El Señor cumple sus promesas así nos parezca que toda esperanza está perdida. El Señor cumple sus promesas aunque todo esté destruido, porque Él es Dios y Él siempre cumple sus promesas, porque todas las promesas son en Él sí y en Él amén.
Pero lo que nos enseña Isaías, lo que nos enseña la historia, es que nosotros tenemos que tener cuidado con el espíritu de Acaz: con el tratar de querer que las promesas de Dios sean conforme a lo que yo espero, o que nosotros descuidemos de estar atentos a aquello que el Señor quiere decirnos.
Permítanme terminar con otro pasaje en Segunda de Pedro, el capítulo 3, ahora que hemos visto cómo, bajo qué circunstancias, el Señor plantea sus promesas. El Señor planteó la promesa de la venida de Jesucristo, su Hijo, la encarnación de nuestro Señor, la más grande promesa hecha por el Padre. Él la ofreció en un momento de total destrucción. Y lo hizo para demostrar que no dependen sus promesas ni de las circunstancias, ni de las personas, ni de nuestra religiosidad, sino que todo depende absolutamente de Él. Y así tengan que pasar mil años, Él va a cumplir sus promesas.
A esos que nos gustan las promesas McDonald's, tenemos que tener cuidado. A veces al Señor le gusta cocinar sus promesas. Y el Señor cumplirá sus promesas, y el Señor cumplirá sus promesas, y el Señor cumplirá sus promesas sin importar el tiempo que pase, sin importar que todo esté en contra, sin importar que todo se destruya, porque a Él no le importan esas cosas, porque Él es soberano. Él puede hacer cumplir sus promesas bajo cualquier condición.
Pero el apóstol Pedro nos advierte en Segunda de Pedro, el capítulo 3. Los versos 8 y 9 dicen: "Pero, amados, no ignoréis esto: que para el Señor un día es como mil años, y mil años como un día. El Señor no se tarda en cumplir su promesa, según algunos entienden la tardanza, sino que es paciente para con vosotros, no queriendo que nadie perezca, sino que todos vengan al arrepentimiento".
Y nosotros encontramos entonces aquí una condición para que el Señor pueda derramar sus promesas en nuestro tiempo, porque ninguno de nosotros tiene mil años para esperar. ¿Verdad? ¿Quién tiene mil años para poder esperar el cumplimiento de las promesas del Señor? Nuestra vida es como un soplo, como la hierba del campo que hoy está y mañana deja de ser. Por lo tanto, si nosotros queremos ver las promesas de Dios cumplidas en nuestro tiempo, tenemos que tener un genuino arrepentimiento. Una genuina búsqueda de quién es nuestro Señor y qué es lo que Él ha venido a hacer. Un genuino descubrimiento de quién es nuestro Dios.
Porque el Señor no se tarda en cumplir su promesa, según algunos la entienden por tardanza, sino que Él es paciente para con nosotros. O sea, que el Señor es paciente para contigo y para conmigo, esperando que yo tenga las condiciones necesarias para que esa promesa sea una bendición y no una maldición en mi vida. Que yo esté listo para recibir aquello que el Señor tiene para entregarme cuando Él derrama sobre mí una promesa.
Si el Señor ha derramado una promesa sobre ti, Él la cumplirá. Pero cuidado: el Señor no se tarda en cumplir su promesa, según algunos entienden la tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que nadie perezca, sino que todos vengan al arrepentimiento.
Las promesas de Dios son firmes. Las promesas de Dios son majestuosas. Las promesas de Dios son inmutables porque Él es inmutable. Las promesas de Dios son grandiosas porque Él es grandioso. Las promesas que el Señor tiene para con nosotros son inmensas porque Él es inmenso. Pero nosotros debemos estar listos para recibir sus promesas, preparando nuestro corazón en santidad para que el Señor obre en nuestras vidas y nos muestre lo que debemos ser.
¿Qué debemos recordar en esta mañana? Las promesas de Dios se cumplirán, así todo esté en contra. Las promesas de Dios se cumplirán, así todo esté destruido. Las promesas de Dios se cumplirán, así hayamos perdido nosotros la esperanza de que se cumplan. El Señor cumplirá su propósito en mí; es la promesa de la Escritura.
Pero si tú estás viviendo en tu vida un momento espiritual en donde estás viendo que las promesas de Dios no están llegando con la rapidez que deberían llegar, no es el retraso de Dios, sino que tiene que ver con tu retraso espiritual. Y tienes que ajustar el reloj de tu corazón al reloj de Dios para que puedas ser puntual con Él, porque Él no está atrasado, sino que es paciente para contigo para que tú te ajustes al corazón de Dios y seas un verdadero receptor de sus promesas.
Será hasta la próxima, cuando nos reencontremos con integridad y sabiduría.
José «Pepe» Mendoza es predicador, escritor y profesor, y autor del libro Proverbios para necios: Sabiduría sencilla para tiempos complejos (Vida, 2024). Ha servido como pastor asociado en la Iglesia Bautista Internacional, en la República Dominicana, y actualmente vive en Lima, Perú, donde enseña en el Instituto Integridad & Sabiduría y colabora con el programa hispano del Southern Baptist Theological Seminary. También trabaja como editor de libros y recursos cristianos. Está casado con Erika y juntos son padres de su hija Adriana.