IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
La seguridad de la salvación no descansa en lo que el creyente hace, sino en lo que Dios ha hecho. Esta es la médula del evangelio: Dios justifica al impío que cree. Romanos 8:33-34 plantea una pregunta retórica que sacude toda acusación: ¿Quién acusará a los escogidos de Dios? La respuesta es contundente: nadie puede condenar a quien Dios ha justificado. Ni Satanás con sus ejércitos de demonios, ni el mundo con sus burlas, ni la propia conciencia con sus recuerdos vergonzosos. La acusación puede venir, pero la condenación no tiene poder sobre el justificado.
La justificación ocurre mediante un intercambio glorioso. Cristo, quien vivió en perfecta obediencia a la ley de Dios, fue hecho pecado por nosotros para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él. Es como el hombre que cae en una pocilga y el hijo del rey lo rescata, lo lava, lo viste con ropas reales y lo lleva ante el padre. Así Dios limpia al pecador, lo perdona y lo viste con la justicia de Cristo. La fe no salva; es solo el instrumento que conecta al pecador con el Salvador, como la soga que el ahogado agarra para ser traído a la orilla.
Esta doctrina es el mayor consuelo del alma creyente. Cuando vienen las dudas, cuando el pasado avergüenza, cuando la conciencia acusa, el cristiano no huye sino que enfrenta todo llevándolo a la cruz. Allí Cristo pagó. Por eso ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni potestades, ni siquiera el propio pecador que quisiera apartarse, puede separarse del amor de Dios en Cristo Jesús.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
Por favor les invito a la carta del apóstol Pablo a la iglesia en Roma, Romanos 8, verso 33. Queremos hablar hoy acerca de la seguridad de salvación, qué es, en qué consiste, en qué se fundamenta la seguridad de salvación. "¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica."
Hemos leído esto en Romanos, pero básicamente en la Biblia. La Biblia es un libro con cientos de páginas, en la mía creo que tiene 1557 y la suya también. Y digo esto porque no todas las Biblias tienen mismo tamaño de letras, pero miles de páginas. Y en la Biblia vamos a encontrar verdades fundamentales y verdades secundarias, o diferentes grados de importancia en cuanto a las verdades reveladas por Dios. Dios se ha revelado, su mente y su voluntad lo ha puesto por escrito en las satisfacciones escrituras, lo que llamamos la Biblia, y hay diferentes verdades. Algunas cardinales, otras no tanto. Esta que hemos leído es fundamental. Resume el Evangelio. Resume la fe, la médula de la fe que salva al hombre o mujer creyente. No lo sé. "¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica."
Verso 34: "¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió." De modo que son dos versículos diferentes, pero es el mismo concepto. Y lo que en el versículo 33 es acusación, en el 34 es condenación. De manera que en estos dos versículos, acusación y condenación son términos equivalentes. Y lo opuesto a condenación es justificación.
En otras palabras, es una pregunta retórica que hace el escritor divino, y una pregunta retórica es un elemento que usamos en la elocuencia para darnos a entender mejor, para despertar la conciencia por medio de la pregunta e inmediatamente traer las respuestas. "¿Quién acusará a los escogidos de Dios?" Y inmediatamente agrega: "Dios es el que justifica." Y luego dice: "¿Quién condenará? Cristo murió." En otras palabras, toda persona que crea que Dios justifica al impío que cree en la muerte gloriosa del Señor Jesucristo es salva. Así de sencillo.
Dios es quien justifica. En otras palabras, de otro modo, recibir con confianza la muerte de Cristo a nuestro favor. El hombre que lo cree tiene vida eterna. Dios es quien justifica, porque en la vida cristiana el centro, el meollo, la médula, el corazón es creer que Dios justifica al impío que cree.
De ahí se infiere que si usted es una persona importante de que salen en, ¿cómo se llama eso? La revista social, ¿cómo? Remos sociales. ¡Ah, lo mío es salido! Si ese su... no, mire, la banquilla no es para usted. El banquillo es para los impíos, para los pecadores. "Ah, pero yo soy importante y estoy dentro del palacio." Tampoco es para usted. El banquillo es para los impíos. Dios justifica al impío que cree. No es de Remos Social. No es que está malo lo de Remos Social, porque yo también salí en Remos Social. Pero lo que queremos es resaltar... ¡Hoy está gozoso mi auditorio! Pero no sabía que tenía capacidad de risa, ustedes son muy cariñosos.
El asunto es que Dios justifica al impío que cree, al impío que cree. El perdón de pecados y vestidos espiritualmente con la justicia de Jesucristo, esa es la médula del Evangelio.
¿Cómo estudiaremos esto? De este modo: uno, la justicia de Cristo es imputada por fe; y dos, algunas objeciones sobre esta doctrina. Empezamos con lo primero entonces.
La justicia de Cristo es imputada por fe. He dicho la justicia, surge inmediatamente la pregunta: ¿y qué es eso, la justicia? Nosotros decimos que la justicia es el conjunto de cualidades y virtudes por lo cual llamamos a una persona justa. Usted tiene amigos conocidos, o en su vecindario, o en su trabajo, o los que estudian con usted, o familiares, que usted los considera una persona íntegra, honrada, honesta. ¿Por qué? Porque él tiene, usted conocido en él, un conjunto de lenguaje, de acciones, de obras, y entonces usted dice: "Fulano es un hombre serio." Esa es su justicia en términos humanos. Del mismo modo hay gente que son unos charlatanes y entonces usted dice: "Bueno, la justicia de Fulano es un charlatán," en términos morales. Eso es justicia.
La justicia de Cristo, su obediencia perfecta a la ley de Dios, es imputada a todo pecador que cree que Dios justifica al impío. Eso es lo que el texto aquí nos está diciendo.
En términos prácticos, una hermana tiene un marido incrédulo, y el marido incrédulo amanece un día con el pie izquierdo y le dice: "Es que tú eres impía. Tú eres una mujer malvada, tú esto, tú lo otro." Él podrá injuriarla, él podrá calumniarla, pero no puede condenarla si Dios la ha justificado. Nadie en los cielos y en la tierra puede condenar a aquellos a quien Dios justifica. "¿Quién es el que condenará? Dios es el que justifica," y no hay nadie mayor.
Lo mismo, querido hermano, si tú eres un hombre y tu mujer incrédula te dice, o tu suegra te dice, o tú mismo te lo digas: si eres justificado en Jesucristo, ni tú mismo te puedes condenar. Dios justifica al impío que cree, es la idea.
Y esta justificación tiene como causa la libre y soberana gracia de Dios. Vayamos por favor a Romanos 3. Leo verso 24 y 25: "Siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto en su paciencia los pecados pasados."
La causa: la gracia. Y aquí se aplica que más vale caer en gracia que ser gracioso. Sí, la aspiración y el anhelo nuestro es la gracia de Dios. Cada vez que el apóstol les escribía a cualquiera de las iglesias, esta es su oración: que la gracia fuese multiplicada. Porque eso es todo lo que necesitamos. La gracia, la gracia es la causa. Dios lo hizo en su propia voluntad, en el puro afecto de su voluntad, salvar a viles pecadores en Cristo Jesús.
El instrumento: la fe. Y repetimos, la fe no salva a nadie, quien salva es Jesucristo. No nos equivoquemos en los énfasis. Y hacemos énfasis en la precisión de estas palabras porque pudiera ser que un entendimiento equivocado nos lleve a una situación equivocada. ¿En qué sentido? Ok, yo creo que estoy entrando por la puerta correcta, y que es usted que no esté en términos de entendimiento espiritual. No entro, no estoy entrando por la puerta correcta, y tampoco me puede venir la bendición.
Entonces, ¿cómo es la fe? Imaginemos un hombre que se cayó al río, la corriente fuerte se lo está llevando, él se está ahogando, viene alguien y le tira una soga, y la agarra, la soga, y es traído a la orilla. ¿Quién lo salvó? ¿La soga o el que está en la orilla? El que está en la orilla. La soga fue el instrumento. La fe es eso, un instrumento. Es la fe lo que nos conecta con Dios para recibir a Jesucristo. Nos une con Dios, eso es lo que hace la fe. Y por la fe somos justificados. "Justificados, pues, por la fe."
Otro texto, Segunda a los Corintios, capítulo 5. Voy a leer los versículos 18, 19 y 21: "Y todo esto proviene de Dios." Que el Evangelio, la justificación, todo esto proviene de Dios, no de hombres sino de Dios, no de criaturas sino del Creador. "Quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo y nos dio el ministerio de la reconciliación."
¿Y cuál es el ministerio de la reconciliación? "Que Dios estaba en Cristo." ¡Dios, el omnipotente Creador, que los cielos de los cielos no pueden contener su grandeza, se vistió de carne! Se hizo hombre como tú y como yo, y vivió en este mundo sin pecado. Esa conducta, ese conjunto de virtudes, de conducta que se dio en el Señor Jesús, es la justicia de Dios. Dios en la tierra, la justicia de Dios, y mediante la fe, ¡es mía! Eso es lo que dice el texto.
Verso 19, reitero: "Que Dios estaba en Cristo." Vean ustedes, porque los Testigos de Jehová tristemente no pueden salvarse porque niegan eso. "Dios estaba en Cristo," dice mi Biblia, y la suya también, y todas las Biblias. "Reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación."
¿Y cuál es la esencia, la médula del Evangelio? Que Dios justifica al impío que cree. Este es el Evangelio.
Verso 21: "Al que no conoció pecado," es decir, Cristo Jesús, "por nosotros," por ti, por mí, "lo hizo pecado." ¿Y para qué? ¿Para qué fue hecho Jesucristo pecado? "Para que..." Ahí lo dice: "Para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en Él." ¡Tremendo, Dios mío! Cristo fue hecho pecado para que, mediante la fe, fuésemos justificados.
Voy a leer otra vez, porque es hermoso esto: "Para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios."
Permítame ilustrar. Dios, un día en el tiempo, se metió en el vientre de una jovencita virgen llamada María. Y se vistió, con un óvulo para hablar así modernamente, con un óvulo se vistió de carne, creció en el vientre de ella por nueve meses, y entró a este mundo. Y ese hombre que nació tuvo una justicia, un conjunto de cualidades y virtudes por el cual le llamamos, o el Padre le llamó, el Justo. Que fue sin pecado, totalmente sin pecado. Esa conducta perfecta a la ley de Dios es nuestra. Mediante la fe ocurre un intercambio: nosotros entregamos nuestros pecados, Dios a cambio perdona todos nuestros pecados, nos limpia y nos viste con la justicia de Dios, es decir, la conducta del Señor Jesucristo. Ese es el Evangelio.
Permítanme dramatizarlo. El hombre quiere entrar al palacio del Rey. Pero él está sucio, harapiento y feo. Él va caminando hacia el palacio del Rey y resbala, y cae dentro de una pocilga de cerdo. De manera que ahora él está sucio, harapiento, feo y apestoso. El hijo del Rey va pasando por allí. Entonces ve que el hombre se está ahogando, que la pocilga es honda, y lo toma y lo saca. Lo salva, pero el hombre está sucio. Él se coge una manguera, o un grifo, y con agua a presión lo lava completamente. Pero las ropas están sucias y apestosas también. Entonces le quita la ropa y vuelve y lo lava, para ponerlo en su lenguaje. El hombre está limpiecito, pero desnudo. Él no puede entrar al palacio en esa condición. Entonces el Hijo toma sus ropas reales, el Hijo del Rey, y le pone las ropas.
Cuando lo viste con su justicia, y ahora él puede entrar en todo tiempo a la presencia del Padre. ¿No sabían un camino nuevo y vivo por el cual podemos entrar al lugar santísimo en todo tiempo, de todo lugar, y decirle: "¡Ah, Papá! ¡Padre nuestro!", en el nombre de Jesucristo? ¡Amén! Eso es lo que Dios hace con el que cree. La justicia lo justifica. Como está escrito: a los que predestinó, a estos también llamó; y a los que llamó, a estos también justificó; y a los que justificó, a estos también glorificó.
Así que en eternidad, un día, Dios nos conoció. Él llama las cosas que no son como si fuesen. Tu nombre estaba en eternidad en la mente de Dios y te predestinó para esta tan grande salvación. Y un día, por medio de la predicación, Dios te llamó. Tu nombre nunca fue mencionado, pero tú respondiste como si yo mismo te hubiese llamado. Si procediste al arrepentimiento, a bautizarte y a ser recibido por una iglesia. Tu nombre nunca se mencionó, pero tú reaccionaste. ¿Quién te llamó? Cristo Jesús, por medio de la predicación de su Evangelio. Un día nos llamó, y el día que nos llamó también nos justificó y nos glorificó. Aleluya, ese es nuestro glorioso Evangelio.
Estábamos en la mente de Jesucristo. Ahí estábamos nosotros en la mente de Jesucristo, y llegado el tiempo, entonces nacimos a este mundo. Papá y mamá me engendraron, y Él me llamó y me dijo: "Tu Papá soy yo". Y me trajo a su glorioso Evangelio. Y en otro lugar agrega el libro de los Romanos: el cual fue entregado por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación.
¿Cómo? Bueno, que fue entregado por nuestros pecados. ¿Y qué más? Resucitado para nuestra justificación. ¿Y cómo es eso que fue resucitado para nuestra justificación? Bueno, imagínense que yo te quiera mucho y te diga: "Tú eres pecador". "Yo sé, pecador". "¿Y tú quieres ser salvo?" "Sí". "Pues mira, yo voy a morir por ti y el tercer día me voy a resucitar". Y muero por ti, pero no resucito. Ni Buda, ni Confucio, ni Mahoma, ni ninguna de esa gente, están en tumbas ahí. Pero Cristo resucitó.
¿Y cómo es que resucitó? Dios el Padre nos está diciendo: "Me agradó su sacrificio a tu favor". Entonces los dolores de la muerte no pudieron retenerle, él tenía que resucitar. La muerte lo agarró a él y lo abrazó, y él descendió a la tumba, y al tercer día se sacudió y se levantó. ¿Por qué? Era sin pecado. Y todo lo que hizo, que vimos haciendo él bien a todos, es nuestro. Fuimos en él circuncidados; a los doce años nos presentaron en el templo; su ministerio glorioso es mío, mediante la fe. Somos justificados en Jesucristo.
Ahora bien, ¿a qué te hay que aplicarlo? Eso no significa que ya lo tenemos, es en la fe. No es en el bolsillo. No creemos y nos gozamos por la promesa. Imagínense una persona sin empleo, sin trabajo, se está comiendo un cable y se topa con un amigo que estudiaron juntos, pero el otro ahora es presidente de una gran empresa. "Fue, ¿y mi? ¿Cómo te va?" "Bueno, aquí con más trabajo que un forro de catre". Y entonces él dice: "¿Qué tú haces?" "No, estoy sin trabajo en mi casa, mi mujer, mis hijos están pasando mucha necesidad". "Ve el martes y tienes empleo".
El hombre llega a su casa. "¡Mujer! ¡Se acabaron los problemas! ¿Usted sabe que me tropecé con fulano? Él es presidente, tiene una empresa grandísima y me dio un empleo". No te enseñes ese hombre. Antes de ver a esa persona, estaba triste; ahora está gozoso. Y le dice la mujer: "¡Se acabaron los problemas! Ya tenemos comida, vamos a pagar la escuela, la tarjeta, pues esa tarjeta solo vamos a resolver".
Ahora yo pregunto: ¿este dinero está en su bolsillo? No. ¿Y por qué está gozoso? Porque creyó la promesa. Y esa es nuestra vida: andar por fe, creyendo en la promesa de Dios. Porque Él ha dicho que los cielos y la tierra pasarán, pero su palabra no pasará. El que empezó la buena obra en nosotros la completará hasta el día de la eternidad. ¡Salvo por siempre!
Así que por fe, mire, como esto le cae al frente al evangelio de la prosperidad: como heredero del Rey, entonces a ti te toca una limosina en el cielo, pero no aquí. Nosotros vivimos por fe. Por eso cada vez que nos decimos en oración "sea según tu voluntad". El que no renuncia a todo lo que posee no puede ser mi discípulo. ¿Por qué? Porque nuestro tesoro, nuestra gloria, es uno solo: Jesucristo.
El hermano San Marcos, entrañable hermano que nos ha venido a ser entrañable. El Evangelio no es simplemente venir a la iglesia, oír la Biblia, o dar diezmo, ofrendar; no, no, Dios nos libre. El Evangelio es uno solo: Jesucristo. Nuestra vida está escondida en Cristo. Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces seréis semejantes a él. De modo que ninguna bendición o prosperidad en la tierra puede sustituir el gozo de estar en Cristo.
Así que el Evangelio no es salir en un Firmosociar, Firmosociar, que sea. ¿Tienes un apartamento en la Avenida Anacaona o ser amigo del presidente? No, no, no, no. El Evangelio es uno solo: Cristo es nuestra vida. Por tanto, si hay cosas creadas que te dan más gozo que Jesucristo, debes examinar tu vida. Esto es echarle a mirarte, porque el Evangelio es uno solo: Jesucristo.
Pero tengo que agregar algo más. Esto no es un mero texto bíblico, esto es una realidad espiritual en la vida. Jesús ha dicho: el que no nace de nuevo no puede ver el reino de Dios. Si una persona no nace de nuevo, no puede ver la realidad del reino de Dios. Por eso también agrega Juan en otro lugar: y esta es la vida eterna, que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo a quien tú has enviado. Solamente los que han nacido de nuevo pueden ver y conocer al Señor Jesucristo.
El conocimiento es la unión entre mi sentido y el objeto. ¿Cómo sé yo que esta persona que está ahí tiene una camisa de color amarillo? ¿Cómo? Oh, porque la luz le da en su camisa, se refleja y llega a mi ojo; entonces el reflejo de ese color amarillo se junta con mi ojo y yo sé que es amarillo. Cuando una persona ha nacido de nuevo, ve a Jesucristo mediante la fe, y si puede verlo es porque ha nacido de nuevo y está vivo.
Por eso hay mucha gente que su prosperidad y sus cosas es su guille, porque no han visto a Jesucristo. Nada hay más glorioso ni más hermoso que aquel que murió por mis pecados. Y esto Jesús no puede negarlo. Así que no es un mero texto bíblico, no es aprenderlo de memoria, es una obra del Espíritu Santo.
Señor, verifícalo, porque ha dicho que el que no nace de nuevo no puede ver el reino de Dios. ¿Y qué significa ver? Disfrutar. Nadie puede disfrutar el reino de Dios a menos que nazca de nuevo. Tendrás cosas en este mundo y los capitaleños son especiales y tienen de eso. Mientras haya cosas en este mundo que te den más gozo que Jesucristo, la cosa no anda bien. No digo que no seas cristiano, puede serlo, y que ahí está caído, pero no anda bien. El disfrute nuestro es Jesucristo. Está en Él.
Y ahora un poco más. Y esto vino a dar a los capitaleños, no, los capitaleños míos de Dominicana. Esto es mío también. Y yo viví aquí. Así que no te ofendes por esas palabras. Me recordarán siempre.
Efesios 1:13, lean: "En él también vosotros, habiendo oído la palabra de verdad, el Evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa".
No te enseñes. En él también ustedes, habiendo oído la palabra de verdad. Vamos a preguntarle al texto: ¿y qué es la palabra de verdad? Él no le explica: el Evangelio de vuestra salvación. ¿Lo ven? Sencillo. Y agrega: y habiendo creído, fuisteis sellados. Se predica el Evangelio, se oye el Evangelio, la verdad, se cree, el Espíritu Santo lo sella en el corazón. De manera que no es aprenderse un versículo bíblico de memoria. Es una obra de Dios en el corazón creyente, porque Él se deleita en justificar al impío que cree.
Tengas en cuenta que la voz de Dios es una voz operativa, a diferencia de la nuestra que es una voz declarativa. Entiéndase: yo veo una persona feísima y le digo: "A partir de ahora, bonitísima". ¿Y qué? ¿Qué le hago? Yo declaré una buena intención, pero dejó de ser fea. Ahí te has emborronado. No pudo ser más nada. Pero Dios dice a las tinieblas, que todo está oscuro: "Sea la luz", y las tinieblas, que es lo opuesto a la luz, paren luz. Porque la voz de Dios es operativa.
Por eso nosotros le decimos a los hermanos cada vez que los vemos, le oramos en su rostro: que el Señor te bendiga. Porque si Dios lo bendice, bendito es. Su voz es operativa. De modo que si estás sentado aquí y te trago sano y te están doliendo, y oír el Evangelio y lo crees, Dios lo selló en el corazón. Esa es la obra que Él hace en nosotros. Dios habla. Entonces la justicia de Cristo nos es imputada.
En resumen, hemos visto lo que es justicia. Hemos considerado qué es la justicia de Dios, porque dice el texto en 2 Corintios 5:21: "Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él". La justicia de Dios es la obediencia perfecta de Jesucristo a la ley de Dios, que me es imputada. Mi niñez delante de Dios la hizo Jesucristo. Mi adolescencia delante de Dios la hizo Jesucristo. Mi adultez delante de Dios la hizo Jesucristo. Justificados, de modo que somos perdonados y vestidos. Se nos dio la potestad de ser llamados hijos de Dios.
Permítanme ahora traer algunas lecciones sobre esto. Decíamos al principio que la doctrina de la justificación por la fe es una doctrina cardinal, esencial, fundamental en la vida cristiana. Al punto que el templo de la fe en un creyente, porque somos templos del Espíritu Santo, no puede ser debidamente edificado y levantado si esta doctrina no se entiende bien. Yo no he dicho que si usted no la entiende bien no es cristiano; no he dicho eso de ninguna manera. Lo que he dicho es que para que crezca correcta y buenamente hay que entender esta doctrina.
Comentando sobre esto, alguien ha dicho lo siguiente, y cito sus palabras, cito: "Mientras mayores sean las zapatas de un edificio, más alto podrá el edificio levantarse".
Así, mientras más entendida y aplicada sea la doctrina de la justificación por la fe, más fácil será crecer en la fe cristiana. Termina la cita.
Vayamos a Romanos 8 para ahondar sobre esto, Romanos 8, donde estábamos hace un rato. Versículo 31: "¿Qué, pues, diremos a esto?" A esto, a esta cosa que estoy diciendo y pudiera ser que en alguna mente le parece extraña porque las cosas buenas no sé si dificulta creer. No sé, dificulta. No sé, dificultoso. Imaginemos que ahorita cuando termine, uno de nosotros en aquella esquina se me acerca y va a decir: "Oye, tú me caes bien. Mañana te voy a mandar un cheque de 500 mil dólares." Yo lo voy a tomar como chiste. Está bromeando. En otra palabra, lo menos que voy a hacer es dudarlo, pero no decir que no lo creo. ¿Por qué? Porque es demasiado bueno para ser verdad.
Cuando pues el apóstol escribe aquí, esto es tan bueno que él mismo, Dios por medio de su Espíritu, condescendiente con nuestra debilidad, dice: "¿Qué, pues, diremos a esto? ¿Cómo lo vamos a resolver?" Y él agrega: "Si Dios..." Ahí está, Dios que todo lo puede. Toma la mente del creyente y la lleva a Dios. Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? Quiero que tengas eso: cuando viene problema, ve a Dios y quédate ahí hasta que él te responda.
Sigo leyendo: "El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?" Imagínese que un hombre tiene una única hija, se la da en matrimonio a otro, a un hombre que la pretendió, la desposa, y entonces ahora él viene a pedir permiso si puede tomar un vaso de agua del refrigerador. "Ay, pero yo no te di mi hija." Si te di a Jesucristo, tú no oíste la voz del cielo: "En él tengo toda mi complacencia," dijo el Padre. Por eso todo es nuestro. No nos contentemos con las basuras de este mundo porque lo nuestro es la gloria del Padre. Me da pena, tristeza, a veces quiero llorar en mi corazón cuando veo algunos predicadores en televisión hablando del evangelio de la prosperidad y cuántas basuras. Lo nuestro es una sola cosa: Jesucristo y más nada queremos.
Versículo 33: "¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica." Nadie te puede condenar, amado, le man, ni en los cielos ni en la tierra. Pudieran injuriarte, calumniarte, pero no condenarte si tú has sido justificado por Dios en Jesucristo. Porque uno no dice que yo soy impío, eso nada, nada puede decirlo, pero no te puede condenar. Podemos perder la vida pero no la salvación.
Versículo 34: "¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió, más aún, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros." No sé si te dice aquí seguro, pues la muerte en el sitio. ¡Wow! Cristo, el Hijo de Dios, intercede por nosotros. Ha de ser siempre nuestra oración con esta coletilla al final: "Señor, que se haga según tu voluntad y no la mía."
Versículo 35. De aquí él hace una pregunta: "¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada?" Supongo que esta semana todo el médico te dice: "Tiene cáncer." Ni eso te puede separar del amor de Cristo. Podrá enfermarte, podrá ponerte a sufrir, pero no te puede separar. ¡Ni la muerte! La muerte separa el alma del cuerpo, pero no me separa de Dios. ¡Nada puede separarnos!
Versículo 36: "Como está escrito: Por causa de ti somos muertos todo el día." No llaman frío, no llaman indiferente, fanático. "Somos contados como ovejas de matadero." "Esa gente no disfrutan del mundo." Y verdad, no lo queremos disfrutar. Queremos disfrutar a Dios.
Versículo 37: "Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó." Aleluya.
Ahora viene el punto: "Por lo cual," por todo lo que dijo anteriormente, "por lo cual estoy seguro." ¿Seguro de qué? "De que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades." El demonio Satanás con todo su ejército, aun si se emplea a fondo, no nos puede separar de la mano de Jesucristo. Se empleó a fondo con Job y al final salió más que vencedor. "Ni lo alto," ni que sea una autoridad altísima con sus misiles y bombas atómicas, no, no podrá. "Ni lo profundo," ni un narcotraficante malvado, tampoco. "Ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro."
Y hago énfasis: ninguna otra cosa creada. Nada creado nos puede separar. Y que tú eres una criatura, ni tú mismo. Si estás en Cristo no puedes dejar el evangelio aunque quieras. David subió al techo de su casa, vio a la vecina, le gustó, se acostó con ella, mató al marido, se quedó con ella y quiso irse y ocultó el pecado. Y Dios le dijo: "No, Cristo pagó por ese pecado. Ven." Envía tu casa y volvió. Ni el pecado puede separarnos de Jesucristo.
Hace más de 15 años se acercó a mi oficina un hermano: "Pastor, no sigo en iglesia." "¿Qué pasó?" "No, no sigo en esto." Y me trajo una carta de renuncia. Tomé la carta de renuncia y la vi. Le pregunté: "¿Puedo hacer lo que yo quiera con la carta?" "Sí." La rompí. "¿Para dónde tú vas?" Y todavía está allá. Y otros: "No sigo aquí, esta iglesia está llena de hipócritas, me voy." Ni que tú quieras, si estás en Cristo, no puedes irte. Ninguna cosa creada te podrá separar del amor de Dios en Cristo Jesús.
Pedro juró y perjuró que no conocía a ese hombre. Y vino el hermoso Señor y nada más lo vio. Y volvió. Y esta iglesia tiene esa virtud y esa bendición: hay gente que se fue del evangelio y ha vuelto porque no pueden vivir sin Jesucristo. Ni que tú quieras te puedes ir. Te podrás cambiar de iglesia, pero no dejas a Cristo. Pero no te vayas. Toma, toma.
Martyn Lloyd-Jones, según uno de sus libros, cuenta de un hombre que era miembro de su iglesia, un buen miembro, de buen testimonio. Un día el tipo se volvió loco, vio a la secretaria, se encontró la mujer vieja y gorda, dejó la mujer, se fue con la secretaria. Porque ellos, a lo que Dios llama pecado, le llaman deleite. Tan locos. El tipo se fue con su secretaria y brinca, salta y patalea, y fue aquí allá, francachela viene y francachela va. Se fue. A los diez años, el Espíritu de gracia vino sobre ese hombre y se levantó un día a suicidarse: "No resisto más mi pecado, no soy digno de Dios, me voy a matar." Salió para el puente de Londres. Y en la barandilla del puente de Londres, cuando estaba para tirarse, pasó un grupo de niños cantando "Sublime gracia." Hasta ahí llegó. Salió corriendo por donde el pastor: "Señor, no puedo vivir sin Jesucristo. Perdona mis pecados." Este es el evangelio. Cristo vino a salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero, dice el apóstol Pablo cuarenta años después de convertido. Él no dijo "yo era," "yo soy."
Entiendas de que mientras más huyes de tu pecado, más cerca estarás de Dios. ¿Por qué? Porque mientras más luz hay, uno ve más fácil las manchas. Y en tu luz veremos la luz. Mientras más luz tengas de Jesucristo, más verás tus manchas y necesitarás más de él y lo amarás más.
Así que permítanme ver otra lección. Pero antes, no dije uno, se me olvidó, número dos: la justificación por la fe como doctrina es lo que sostiene y consuela al creyente. Nada es tan poderoso para consolar nuestra alma que esta doctrina. "¿Quién acusará a los escogidos de Dios?" Y llamo vuestra atención sobre esa palabra: "¿Quién acusará?" ¿Y cuál es el sentido? Que constantemente nos están acusando. Satanás me acusa que yo soy un hombre malo, que yo soy un hipócrita, que yo no soy cristiano, que yo no soy evangélico. El mundo se vive burlando de nosotros y acusándonos. Y mi propia conciencia.
A veces uno enciende el instrumento ese que se llama televisión. Y uno ve cosas ahí. O que el mundo está perdido. Con nuestros impuestos están anunciando un metro y en medio de la ilusión están anunciando el trasero de una mujer. Con mis impuestos estimulando al pecado. Pero el punto es que yo soy David y ello lo saben. Y yo veo eso. Yo procedo, yo cristiano, ¿que me deleite viendo eso? ¿Lo seré? No, yo corro. Voy a Cristo. Él pagó por mis pecados.
De modo que cuando viene la acusación, "¿Quién acusará a los escogidos de Dios?", yo tomo la acusación que me lanzan en la cara y la llevo a la cruz. Tú moriste por mí, resuelto. Él se hizo responsable por todos nuestros pecados. Yo soy perdonado y justificado en Cristo Jesús, Señor nuestro. Y no hay nada que más consuele mi alma que eso.
Yo hice profesión de fe en julio de 1980 y me convertí cuatro veces. Un día iba por el mirador norte cuando yo vivía aquí y estábamos leyendo la Biblia hablada, y me dio una convicción de pecado tan grande que era yo, yo, yo, yo. Paré el carro y me convertí otra vez por si me faltaba algo. Otra vez estoy en mi casa, vino una conversación que me recordó mi pasado, me sentí tan avergonzado, me metí en el baño y me convertí otra vez. Cuatro veces, los cuatro, hasta que vi Romanos: yo fui conocido desde antes de la fundación del mundo, predestinado, llamado, justificado y glorificado en Cristo. Se acabaron el volverse a convertir. Una sola vez y para siempre me llamó él y se acabó. Mi confianza es en él. Mi gloria es la cruz de Jesucristo.
De manera que esta doctrina es lo que consuela el alma del verdadero creyente, Cristo Jesús. Así que lo usual es dudar si yo soy cristiano. Cuando te vengan dudas, ve a la cruz. No, si Dios no me salva, yo no puedo, definitivamente no puedo. Y esa es mi confianza: que Cristo murió por mis pecados y mediante la fe yo fui justificado en él. La justicia de Dios fue dada a mí mediante él, Cristo Jesús.
Y sabemos, dice la Escritura, que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados. ¿Por qué? Porque a los que antes conoció, también los predestinó, también los llamó, los justificó. Así que responde la Escritura. Sea siempre ese nuestro método: que para responder las acusaciones y las dudas de la fe, la Escritura responda y no yo. "Esto dirá mi adversario," dice el salmista, "que en tu palabra he esperado." En su palabra. Así que, ¿qué, pues, diremos a esto?
Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? Y dice la Escritura que a él se le llama el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba delante de nuestro Dios día y noche. Satanás con un ejército de demonios. Y yo creo que los demonios son miles y miles y miles. ¿Por qué? Porque en Marcos 5, Jesús le pregunta a un endemoniado: "¿Cómo te llamas?" Él dijo: "Legión", porque una legión había dentro de mí, por dentro de aquel endemoniado, y una legión en el ejército romano eran seis mil soldados. Imagínense el montón de demonios que hay en contra de nosotros y acusándonos constantemente. Pero en la cruz se resuelven las acusaciones. Dios es el que justifica.
Ahora oigan esto. Dice David en uno de los Salmos: "De los pecados de mi juventud y de mis rebeliones, no te acuerdes. Conforme a tu misericordia acuérdate de mí, por tu bondad, oh Jehová." ¿Qué pasó con el salmista? Se acordó de su pasado y sintió profunda vergüenza moral por las cosas que había dicho, que había hecho, o que había pensado, o que había planificado o maquinado. Entonces, ¿qué hace? ¿Se puso a luchar contra sus malos pensamientos? No, fue a Dios. Y aunque la doctrina de la justificación por la fe no estaba tan clara en aquella oportunidad, es algo que Pablo nos está llamando en Romanos 8: acude a Dios. Dios es el que justifica.
En términos prácticos en tu propia vida: ¿Hay asuntos de homosexualidad en tu niñez o en tu pasado que cuando vienen a tu mente te vuelven loco y se hacen como un rollo? Entonces es algo que es un rollo. El rollo no tiene ni principio ni final. Y tú piensas y piensas sobre eso y lo dejas un rato y vuelve a trabarse y vuelve a trabarse. Interminable. Si es tu caso, ve a Jesucristo. Él se hizo pecado por nosotros. De lo mismo, a lo mismo: ve a Jesucristo. Él fue hecho pecado por nosotros. Mis pecados fueron echados sobre él y él pagó, él murió. No sé qué, no es simplemente una vergüenza. Yo merecía la muerte: "El alma que peca morirá", y él tomó mis pecados y murió. ¡Ese es mi consuelo, Jesucristo!
"Es que tú no puedes ser cristiano, tú viste la vida que tú tenías y cómo viviste tú con tanto desorden." Eso es verdad, yo no puedo hacerlo. Yo lo soy en Jesucristo, no en mí. "Mentiste, robaste, fuiste infiel a tu mujer." Ve a Jesucristo. "Fuiste infiel a tu marido." Ve a Jesucristo. ¿Quién los acusará? Dios es... Perdón, ¿quién condenará? Dios es el que justifica. Así que la justificación es la tierra que sostiene y consuela al cristiano.
Tercero, que los pecadores no son simplemente recobrados del pecado, sino perdonados. ¿Y cuál es la diferencia? Bueno, hay una diferencia entre condonación y perdón. Son dos cosas diferentes. La condonación es cuando te eximen de la culpa pero nadie paga. Es decir, yo debo, porque así le llama la Escritura a nuestros pecados: deudas. Según la deuda, una condonación es que te quitan todos los pecados pero nadie paga. Pero no, Dios no es así. Dios da perdón. La deuda hay que pagarla. Cristo la pagó. Somos perdonados en Jesucristo.
Por eso, por eso, cuando vengan las dudas tú tienes que hacer lo mismo que Dios hace. Me explico. En una ocasión estaba dando consejería pastoral a una persona y tenía dudas, y le dije: "¿Qué haces tú con las dudas?" "Cuando viene la duda me pongo a pensar en otra cosa." No. Enfrenta la lleva al tribunal porque hay pago. La sangre de Jesucristo pagó. No trates a Dios como si tú tuvieses condonación en él y perdón para que seas... No, me he decidido. No huyas de tus problemas, de tu vergüenza. Enfréntalo, porque en Cristo somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. "Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios." Así que los pecadores no son simplemente recobrados del pecado, sino perdonados.
Si un papá le dan una queja de su hijo, algunos papás son como abogados y entonces le buscan la vuelta y comienzan a conversar y a buscar la vuelta porque el muchacho se haga libre. Dios no es así. Cuando somos acusados por el acusador, el enemigo de nuestras almas, nos lleva al tribunal y nosotros vemos al Cordero que fue inmolado: Cristo Jesús. Porque la gloria es de Dios, no nuestra. No es que yo tengo destreza de que si viene un mal pensamiento, entonces yo me voy a poner a pensar en otra cosa. No, sería la salvación mía. Es de él. Él la comienza, la perfecciona y la culminará.
Cuarto, así que es en vano acusar a aquellos a quienes Dios justifica. Es en vano acusarlos. Por lo tanto, tu fuerza no está en que eres inocente, no, no. Si te acusan, si eres culpable, sí soy culpable, enfrenta lo tranquilamente. Cristo pagó por nosotros.
Si tienes miedo a la muerte, aquí tu texto: "Por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo." Jesús le dijo a Jairo: "No temas, cree solamente." La fe es lo que disuelve la muerte. Tú vas en el avión, porque hay gente que le da miedo montarse en los aviones, aun cristianos. Una vez iba viajando yo desde Greenville a Nueva York y dio una tormenta y ese avión se movió. Yo dije: "Bueno, hasta aquí llegué." Y el miedo me embargó. Pero llegó un momento: "No, yo estoy para la gloria de Dios y es su gloria que yo me muera en este avión." ¿O me he? Ahora, ¿cómo vencí la muerte? Creyendo. Eso mismo debes hacer tú: creyendo. Al que cree todo le es posible. Pero para creer es creer en lo que Él ha hablado, en lo que Él ha dicho en su bendita Palabra.
Si tu propia mente te condena, entonces debes hacer como David. Oye lo que dice David: "Oh Señor, si mirares a los pecados, ¿quién podrá mantenerse en pie? Pero en ti hay perdón para que seas obedecido", o reverenciado. ¿Qué pasó con David? Bueno, él comenzó a acusarse a sí mismo. Su mente se distrajo, su mente le condenó. Entonces se examinó: "Yo verdaderamente yo soy un hombre pecador, Señor, y si tú examinas mi pecado yo no tengo salida. Más aún, yo he aprendido de ti que tu perdón hará después que perdones mi capacidad para obedecerte."
"En ti hay perdón", y para qué hay en ti perdón, dice el Salmo 130, versículo número 4: "para que seas obedecido", para eso hay perdón, para que Dios sea obedecido. Entonces los pecados, lejos de avergonzarte y quedarte ahí, no, aunque te avergüencen, llévalos a Dios, llévalos a la cruz. Porque tan pronto Dios te perdona, al mismo tiempo te da la capacidad para obedecerle. El estímulo, el gozo de la fe es lo que nos da fuerza para hacer la voluntad de Dios. El gozo del Señor es vuestra fortaleza. Nada, absolutamente nada, podemos hacer en la vida cristiana para gloria de Dios sin el gozo del Señor. Y el gozo del Señor viene después que Dios ha hablado a nuestra alma: "Eres perdonado."
Finalmente, a nuestros amigos: ¿Cuál es el estado de un pecador incrédulo? ¡Cuán triste, cuán trágico! Sobre tus hombros descansan tus pecados. Tendrás que dar cuenta de todos y cada uno de tus pecados. Y no hay en el universo quien pueda librarte, porque tú has rechazado al único que puede librarte: a Jesucristo. El mundo pudiera darte riquezas, sacarte en gremio social, darte un apartamento por ahí de esos tan preciosísimos que hay por ahí, y una casa en La Romana, una casa en Bávaro, un apartamento en Miami, otro en París, otro en Nueva York, sí, te lo da todo. Pero no te puede dar perdón de pecados. ¿Qué tú vas a hacer entonces cuando venga la hora de la muerte? ¿Qué vas a hacer?
Vamos a suponer que te nombraron hombre honorario y distinguido embajador de la paz de las Naciones Unidas y tú tienes un pergamino grandísimo en tu casa. Sí, pero eso no te absuelve de tus pecados. Oh, qué ha herido, amigo, solo, triste, la obra de tus pecados.
Cuando Moisés le dijo al Señor: "Señor, muéstrame tu gloria", la respuesta divina fue esta: y pasó el Señor proclamando su gloria. "¡Jehová! ¡Jehová! Fuerte, misericordioso y piadoso, tardo para la ira y grande en misericordia y verdad, que perdona el pecado, que olvida la iniquidad y que volverá a tener misericordia." La gloria de Dios es esa: perdonar. Pero si tú rehúsas la gloria de Dios, entonces tiene que condenarte en el infierno.
Amigo, ¡oye! Aquí está Jesucristo. Todos lo rehúsan, él cede, él quiere salvarte. Dios no quiere que los hombres perezcan, él quiere que todos vengan al arrepentimiento. Esta es tu oportunidad ahora. Pero también tengo que decirte lo que le dijo Moisés. Moisés: "No te equivoques conmigo. Yo tendré misericordia del que yo quiera tener misericordia. Yo voy a salvar a quien yo quiera, no a los que los hombres quieran."
"Señor predicador, esto está como la cosa. Me está azotando a mí que me arrepienta y ahora me está diciendo que Dios no salva a quien quiera, sino al que él quiera. ¿Y cuál es el asunto?" Oh, el asunto es el siguiente: que a todos los que él ha salvado, lo tienen que pedir. ¡Pídelo! Eso es lo que quiero decirte. Debes humillarte y no creer que tú mismo puedes salvarte. "Oh, cuando yo me vaya a morir, después yo me arrepiento." No, eso no está en tu poder. Aprovecha ahora la oportunidad, ahora mismo, en tu ciento. "Señor, perdona mis pecados. Justifícame en Jesucristo. Dame la justicia de Jesucristo. Sálvame."
La sentencia divina es bien clara: "El que oye mi palabra y cree al que me envió tiene vida eterna y no vendrá a condenación, pues ha pasado de muerte a vida." Amén.