Integridad y Sabiduria
Sermones

El Dios de nuestra salvación

Miguel Núñez 18 junio, 2023

Nuestra salvación pone de manifiesto la gloria de Dios de una manera que ni siquiera el universo, con toda su grandeza y esplendor, puede igualar. El firmamento proclama el poder y la sabiduría divina, pero la redención despliega múltiples atributos que la creación no alcanza a revelar: el amor incondicional que eligió a pecadores antes de la fundación del mundo, la gracia extravagante que adoptó como hijos a quienes eran enemigos, la misericordia que perdonó deudas impagables.

En Efesios 1, Pablo presenta en una sola oración sin pausas todas las bendiciones espirituales que hemos recibido en Cristo. La frase "en Cristo" o "en él" aparece diez veces en doce versículos, subrayando que fuera de él no hay absolutamente nada. El trabajo del Padre fue elegirnos y predestinarnos para adopción; el trabajo del Hijo fue redimirnos mediante su sangre, liberándonos de una triple esclavitud: por nacimiento como descendientes de Adán, por conquista bajo el dominio del enemigo, y por deuda moral ante Dios. El trabajo del Espíritu fue sellarnos como garantía de una herencia incorruptible.

Lo asombroso es que Dios no solo garantizó la herencia en los cielos, sino que también garantizó a los herederos aquí abajo. Como coherederos con Cristo, participaremos del reino que el Padre le entregará. Todo esto fue hecho "para alabanza de la gloria de su gracia", expresión que aparece tres veces en el pasaje. Glorificar a Dios significa reflejar la hermosura y perfección de sus atributos, siendo espejos vivientes de su amor, santidad y poder por toda la eternidad.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Les invito a abrir la satisfacción de Dios en la carta de Pablo a los Efesios, en la carta llena de contenido, pesada en contenido, rica en revelación. Este es el mensaje número 18 de la serie que comenzamos hace unos meses atrás y que titulamos "En el principio Dios", esa es la frase con la que Dios da inicio a su revelación bíblica.

En el día de hoy nosotros nos proponemos cerrar esta serie, y la verdad que me costó varias semanas de reflexión sin poder concluir de qué manera debiéramos cerrar una serie como esta. Yo creo que hay más de una forma de hacerlo y más de una forma apropiada de hacerlo.

Nosotros no cubrimos necesariamente cada atributo de Dios, no creo que haya sido la intención nunca. Nosotros no vimos, por ejemplo, la simplicidad de Dios, y con eso nos referimos al hecho de que Dios es una sola unidad. Dios no está compuesto de partes, de manera que cuando nosotros decimos que Dios es amor o que Dios es santo, eso implica que cada atributo de Dios es santo. No puedes cortar a Dios y encontrarte con santidad aquí y encontrarte con amor aquí, porque es simple, una sola unidad. No es como mi reloj que tiene una banda y tiene botones y tiene una pantalla. Nuestro Dios es simple en ese sentido.

Nosotros no hablamos de la eternidad de Dios en todo un mensaje, pero sí aludimos a ella en más de una forma. No hablamos necesariamente de que Dios es espíritu, pero aludimos a eso en más de una manera, y así sucesivamente. Pero en realidad lo que buscamos era poder exponer el carácter de Dios de tal forma que el entendimiento de la mayoría de sus atributos nos llevara a pensar de una manera, a sentir de una manera, a buscar de una manera, a vivir de una manera, y que esa forma de hacer todo eso sea para la gloria del mismo Dios.

Decía que no estaba seguro de cómo cerrar esta serie, porque pudimos haberla cerrado hablando de la adoración a nuestro Dios. Esa sería una forma de hacerlo. Pudimos haberla cerrado hablando de la gloria de ese Dios del que tenemos ya cuatro meses hablando, un poco más de cuatro meses. Pero de repente como que Dios trajo a mi mente un pasaje de las Escrituras en el libro de Efesios que yo creo que contiene mucho de lo que yo quería hacer.

Yo he titulado esta serie "El Dios de nuestra salvación", y la razón por la que he hecho eso es porque en nuestra salvación, cuando tú entiendes la historia redentora, tú puedes ver muchos de los atributos de Dios desplegados a favor nuestro. Y el reto era encontrar un pasaje que pudiera expresar eso, donde Dios mismo hubiese declarado, inspirado las letras del pasaje, de tal manera que allí nosotros pudiéramos ver su carácter y al mismo tiempo cómo sus atributos expresan su gloria a favor de nuestra salvación.

Con eso yo quiero invitarte a que leas conmigo del libro de Efesios capítulo uno, versículos del 3 al 14. Esta es la Palabra de Dios: "Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo. Porque Dios nos escogió en Cristo antes de la fundación del mundo para que fuéramos santos y sin mancha delante de Él. En amor nos predestinó para adopción como hijos para sí mediante Jesucristo, conforme a la buena intención de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia que gratuitamente ha impartido sobre nosotros en el Amado. En Él tenemos redención mediante su sangre, el perdón de nuestros pecados según las riquezas de su gracia que ha hecho abundar para con nosotros en toda sabiduría y discernimiento. Nos dio a conocer el misterio de su voluntad según la buena intención que se propuso en Cristo, con miras a una buena administración en el cumplimiento de los tiempos, es decir, de reunir todas las cosas en Cristo, tanto las que están en los cielos como las que están en la tierra. También en Él hemos obtenido herencia, habiendo sido predestinados según el propósito de aquel que obra todas las cosas conforme al consejo de su voluntad, a fin de que nosotros, que fuimos los primeros en esperar en Cristo, seamos para alabanza de su gloria. En Él también ustedes, después de escuchar el mensaje de la verdad, el evangelio de su salvación, y habiendo creído, fueron sellados en Él con el Espíritu Santo de la promesa, que nos es dado como garantía de nuestra herencia, con miras a la redención de la posesión adquirida de Dios, para alabanza de su gloria."

No sé si tú te percataste del énfasis que el apóstol Pablo hace en doce versículos acerca de la persona de Cristo. Pablo menciona una serie de bendiciones que hemos recibido desde la eternidad pasada y que permanecerán en la eternidad futura, y las implicaciones de estas bendiciones para nosotros son asombrosas, son profundas en su relevancia.

Cuando tú consideras detalladamente todo lo que Pablo empaquetó, todo en realidad, todo lo que el Espíritu Santo empaquetó, pudiéramos decir, en un solo párrafo. De hecho, en el original esa es no solamente un solo párrafo, es una sola oración. No hay punto, no hay coma. Es como que Pablo tomó una respiración profunda, así, y la aguantó hasta terminar, y después respiró. Si tú pensaste que esto estaba como muy unido una idea con la otra, imagínate lo que debía haber sido en el original.

Y hay cosas que Pablo subraya de diferentes maneras. La frase "en Cristo" aparece en el versículo 3, en el 4, en el 9, en el 10, en el 12. La frase "en Él" aparece en el versículo 7, aparece en el versículo 11, dos veces en el versículo 13. La frase "en el Amado", que significa la misma cosa, aparece una vez en el versículo 6. Diez veces en doce versículos el apóstol Pablo nos dice, sin punto y coma, todas las bendiciones que nosotros hemos recibido en Él, en Cristo, en el Amado. Y eso es extraordinario: una sola oración de principio a fin.

Cuando tú consideras la implicación de todo lo que leímos, tú te percatas de que nosotros fuimos creados y luego salvados con un propósito y para un propósito. En este párrafo no hay duda de que hay múltiples de los atributos de Dios que salen a relucir con grandes colores, y es la razón por la que yo quería cerrar con este pasaje. Nosotros no somos el fruto de un pensamiento aleatorio. Nosotros somos el fruto de un plan eternamente concebido en la mente de Dios, y Dios lo ha estado realizando, ha estado caminando en el tiempo hasta verlo realizado por completo.

Nota cómo el apóstol Pablo inicia el pasaje en el versículo 3: "Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo." La palabra con la que Pablo comienza, "bendito", en el original es una palabra que viene de la palabra "eulogio". Usualmente, cuando alguien muere, hay alguien que hace lo que en inglés llaman "the eulogy", o la eulogía del difunto, alguien que viene a hablar bien de esa persona. De manera que Pablo está diciendo que, a la luz de este pasaje, nuestras vidas debieran hablar bien de la persona que nos ha bendecido grandemente, ricamente, en los lugares celestiales. Tanto en el inglés como en el español, la palabra eulogio tiene algo que ver con esa idea de hablar bien, y que Pablo, o que los traductores de la Biblia, han traído como "bendito sea el Padre de nuestro Señor Jesucristo".

Cuando Pablo desarrolla su idea, queda claro que no hay nadie en todo el universo semejante a este Dios. De hecho, en ninguna de las religiones paganas tú vas a encontrar un dios falso, pero aun en la falsedad del dios, tú no encuentras un dios que ni siquiera se aproxime en grandeza, poder, bondad, amor, entrega, a lo que nuestro Dios es. Y tú puedes ver en este pasaje la magnificencia de nuestro Dios.

El Salmo 19 habla de que el firmamento proclama la gloria de Dios, pero yo creo que nuestra salvación pone de manifiesto esa gloria de mucho mejor manera. El universo pone de manifiesto la sabiduría de Dios, el poder de Dios, quizá la magnificencia de Dios, pero nuestra salvación no solamente pone de manifiesto todo eso, pone de manifiesto múltiples otros atributos que el universo, en toda su grandeza, en todo su esplendor, en toda su complejidad, no puede hacer.

Yo quisiera que en el pasaje nosotros pudiéramos ver el trabajo del Padre a favor de nuestra salvación, el trabajo del Hijo y el trabajo del Espíritu Santo. Tú puedes hacer tres secciones de este pasaje. Nota que Pablo habla de bendiciones obtenidas en Cristo, y no simplemente prometidas. Fueron ya obtenidas en Cristo para todo aquel que está en Él, y todas esas bendiciones mencionadas en este pasaje son una realidad solamente en el Amado. Fuera de Cristo no hay nada de esas bendiciones, de manera que es una posición muy especial la que nosotros ocupamos.

Yo quiero que comencemos con el trabajo del Padre. Es como mi primer punto de enseñanza. El versículo 3: "Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Él nos ha bendecido con toda bendición espiritual en los lugares celestiales." Nota en el texto: Dios es quien nos bendice, nosotros somos los receptores de la bendición. Cada bendición resulta en nuestro bien. Las bendiciones celestiales, o las bendiciones espirituales, se originan en las regiones celestiales, pero cada bendición es recibida en Cristo desde aquí abajo, y continuarán con nosotros en la vida eterna.

Cuando tú comienzas a preguntar a la luz de la Palabra cuáles son esas bendiciones espirituales, porque en eso consisten nuestras riquezas espirituales —la Palabra de Dios habla más de una vez que nosotros somos ricos espiritualmente—, entonces, ¿cuáles son estas bendiciones que forman parte de nuestro tesoro espiritual? Bueno, yo te voy a mencionar algunas de ellas. Esta lista no es exhaustiva, es simplemente ilustrativa. Parte de las bendiciones de Dios para con nosotros son: su gracia salvadora, su paz en la peor circunstancia, su voluntad que es buena, agradable y perfecta, su gozo en la adversidad, su propósito eterno, su llamado irrevocable —subraya esa palabra: irrevocable—, su poder ilimitado, su amor incondicional, su Espíritu que mora en nosotros, sus dones que nos capacitan, su sacrificio que nos limpió de pecado, su fortaleza que nos sostiene aun en la debilidad, su armadura que nos protege de los ataques del enemigo, su gloria incomparable, su herencia del reino completo para con nosotros. Y esa lista no es exhaustiva.

Esas bendiciones provienen de las regiones celestiales, pero nos alcanzan aquí abajo y continúan con nosotros para el resto de la eternidad. Y esas cosas llegan a nosotros por gracia, en Cristo. Cuando no estás en Cristo, no estar en gracia es una desgracia, literalmente hablando. Porque cuando no estás en Cristo, o para el que no está en Cristo, toda su vida es sin gracia, sin dirección, sin propósito, sin significado, sin poder, sin salvación, sin protección, sin paz y sin herencia espiritual. Tú tienes que meditar y rumiar estas verdades para que tú puedas ver cuán rico eres espiritualmente, cuán bendecido, porque Pablo comienza: "Bendito sea el Padre de nuestro Señor Jesucristo, quien nos ha bendecido con toda bendición espiritual en las regiones celestiales."

La primera de esas bendiciones tiene que ver con nuestra elección: escogidos por Dios Padre, como nos dice el versículo 4. Toda otra riqueza espiritual depende de esta primera. Yo no recibo ninguna de ellas hasta que la elección haya sido real. Sin la elección primera no hay ninguna otra bendición.

Hay bendición. Segunda es la elección, lo que me colocó en una posición de recibir bendición. Eso fue hecho por el Padre, pero lo hizo en Cristo, y ocurrió desde antes de la fundación del mundo. Antes que los tiempos iniciaran, en la eternidad pasada, cuando no había nada creado, cuando el tiempo no estaba corriendo aún, Dios Padre me eligió. Me eligió en Cristo para salvación. Esa elección fue de personas específicas, fue en Cristo, desde toda la eternidad y con miras a la santidad.

Escucha lo que Pablo dice en el versículo cuatro: porque Dios nos escogió en Cristo antes de la fundación del mundo para que fuéramos santos y sin mancha delante de Él. Él nos escogió para hacernos santos porque Él es santo. Él nos salvó para hacernos santos y sin mancha, para poder reflejar su imagen como Él lo quiso hacer cuando creó al hombre a su imagen y semejanza. Él nos salvó para hacernos santos y sin mancha porque la corrupción en la que nos encontramos nos estaba llevando a la destrucción. Nos hizo santos porque en su santidad Dios no puede habitar con el pecado, y Dios deseaba, anhelaba, y continúa deseando y anhelando que yo y Él habitemos por siempre, para que yo pueda disfrutar de todas sus bendiciones.

Tú piensas eso, pero desde el tiempo de Adán y Eva, tristemente nosotros hemos preferido no ser como Él. Él nos eligió para hacernos santos y sin mancha. Nosotros hemos preferido ser como nosotros somos. Nos gusta hacer como yo soy, y por eso yo continúo mi camino, ejerzo mi voluntad y llevo a cabo mis pasiones y deseos, porque yo prefiero ser a mi imagen y semejanza y no a imagen de Dios. Queremos ser autónomos, libres, independientes, autogobernados. Y eso no es solamente en esta época, en esta generación; eso viene de la generación de Adán y Eva, cuando solamente había dos personas en la creación. Autogobernado, libre, no dependiente. Vamos a hacer como nosotros, Eva.

Y esa elección que Dios hizo, sin méritos propios, fue posible por los atributos de Dios. Y fue posible esa salvación sin mérito, fue posible especialmente por uno de esos atributos de Dios. Esa elección, escucha: en amor nos predestinó. ¿No fue ese atributo incondicional de Dios que hizo posible que una persona no solamente sin mérito, desmeritada, pudiera recibir una salvación incondicional? Que después que yo fuera y viviera en infidelidad, Dios en su fidelidad la mantuviera para conmigo. Ese amor es un amor eterno, y se deja ver en Jeremías 31:3. Es un amor que Dios me tuvo desde antes de yo nacer, desde antes de yo venir al mundo. Es más, desde antes de crear el mundo Dios me amó. Como me amó, me creó. Cuando me perdí, como me amó, me salvó. Y va a continuar conmigo por el resto de la eternidad.

Y eso es lo que hace posible entonces, como ese amor es incondicional, porque si ese amor no tiene nada que ver conmigo, tiene tampoco que ver conmigo que me amó antes de yo ser, que después de haberme salvado. Entonces nosotros podemos decir con Pablo que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni lo presente, ni lo por venir, ni los poderes, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios que es en Cristo Jesús Señor nuestro. Nada en toda la creación nos podrá separar del amor —yo lo voy a agregar— incondicional de Dios. Por notar la frase: en Cristo Jesús. Mi unión con Cristo es inseparable.

Y su amor incondicional es el atributo de Dios más enfatizado en la vida cristiana. De hecho, nosotros lo enfatizamos, pero no lo entendemos. Tampoco lo entendemos, que el apóstol Pablo les escribió a los efesios y les dice entre el capítulo 3, versículo dieciocho y diecinueve, que les estaba orando para que Dios supliera su necesidad, no para que Dios los sacara de las dificultades. No, les estaba orando para que ellos fueran capaces de comprender con todos los santos —eso te incluye a ti y a mí— cuál es la anchura, la longitud, la altura y la profundidad, y de conocer el amor de Cristo que sobrepasa todo el conocimiento.

El amor de Cristo está ahí, que todavía no ha habido un ser humano que lo haya podido comprender. No ha podido comprender un amor eterno, un amor incondicional, un amor sin límites, un amor desinteresado. No, nosotros hablamos de él, proclamamos de su amor, predicamos de su amor, pero Pablo dice con toda claridad que sobrepasa el conocimiento. Ese amor extraordinario fue lo que hizo que nosotros fuéramos incluidos en el reino venidero.

Pero sabes qué, Dios pudo haberme incluido en el reino venidero, como vamos a decir, como un obrero santificado, como un ciudadano más. Y sabes que todavía hubiese sido más de lo que yo merecía. Pero escucha lo que Pablo dice en el texto: que en amor nos predestinó para adopción como hijos. No simplemente me predestinó para que formara parte del reino. Dios me predestinó para que fuera su hijo. Imagina el privilegio que esto representa, porque tú sabes qué pasa con los hijos, ¿verdad? Es que los hijos heredan, y heredan aquello que sus padres poseen. Voy a hablar de eso un poco más adelante, porque literalmente en este texto también está eso de la herencia.

Yo no creo que nosotros entendemos lo especial y extraordinario que es ser adoptado como hijos de Dios, independientemente de que no merecemos ser su hijo. Tú sabes que los padres, o al menos los buenos padres, no tratan a ninguna otra persona mejor que a sus hijos. De tal manera que cuando tú te concibes como hijo de Dios, tienes que pensar: Dios no trata, no ha tratado, ni va a tratar a nadie mejor de lo que me trata a mí, porque ningún padre trata mejor a nadie que a su propio hijo.

Y las bendiciones continúan, porque el texto me dice, además de que fuimos predestinados para adopción como hijos, me dice que esa adopción fue conforme a la buena intención de su voluntad. ¿Notaste? Buena intención. La buena intención de Dios habla de su bondad, y hablamos de su bondad todo un sermón. Dios nos bendice porque es bondadoso. Pero tú sabes qué ocurre: es que la persona bondadosa es dadivosa, ¿sí o no? Ahora imagínate: la persona bondadosa es dadivosa. Ahora, ¿qué pasa si esa persona dadivosa todo lo que tiene en atributos o cosas siempre es ilimitado? Tú sabes qué ocurre: ahora, que cuando sea dadivoso conmigo, su dadiva va a ser ilimitada.

Y esa es la razón por la que el apóstol Pablo escribe a los romanos y les dice: si Él nos dio a su propio Hijo, ¿cómo no nos va a dar todas las cosas? Ya no te puede dar más. Te dio a su propio Hijo. Su dádiva es su Hijo, y eso te habla de hasta dónde llega la dadiva de Dios para con el resto de sus hijos. Nos dio a su propio Hijo.

Ahora, Él pudo haber dado a su Hijo como un compañero del camino, pues pudo haber hecho eso. Y pudo haber dado, nos pudo haber dado su Hijo como un profeta, como les dio a Moisés al pueblo de Dios. Se lo pudo haber dado como un sacerdote, como le dio a Aarón. Pero no, nos dio a su Hijo en un madero donde Él sangró para pagar el precio de aquellos que no eran hijos, para que pudieran ser incorporados en la familia y pudieran ser hijos de Dios Padre como el Unigénito ya lo era. El Padre dio a su Hijo para salvar a gente que no lo eran.

Y entonces Pablo ahí nos da a entender las extraordinarias riquezas de nuestra salvación. Nos habla en el próximo versículo de la motivación del Padre para hacer esto. Versículo seis: para alabanza de la gloria de su gracia. Hay otro atributo más que gratuitamente ha impartido sobre nosotros en el Amado. Lo que Pablo está diciendo, hermano, si tú entiendes cómo Dios te salvó, eso debiera llevarnos a la alabanza de su gloria, o de la gloria de su gracia. Y si voy a glorificar su gracia, eso implica que yo debo hablar de su gracia, reflejar su gracia, reconocer su gracia, exaltar su gracia, reflejar esa gracia, elevar la gracia. Una gracia que me fue dada en el Amado, con A mayúscula. El amor que el Padre exhibió con el Hijo desde la gran eternidad pasada hace que ahora sea llamado el Amado.

En ese texto lo que Pablo hace es que él está montando una bendición tras otra para que nosotros podamos ver cuán bendecidos hemos sido en Cristo desde la eternidad pasada, prometida en la eternidad, cada bendición por hecho realidad en el tiempo. Esa es su primer sección. Nos habla del trabajo del Padre a favor de nuestra salvación, poniendo de manifiesto algunos de sus atributos.

Ahora yo quiero que veamos el trabajo del Hijo. Versículo 7 y parte del 8: en Él —quién es, el Cristo, en el Hijo— tenemos redención por medio de su sangre, el perdón de nuestros pecados según las riquezas de su gracia que ha hecho abundar para con nosotros. Hay dos conceptos claves que tenemos que desempacar: uno es redención y el otro es la riqueza de su gracia. Con frecuencia nosotros hablamos de su gracia, pero raramente, si alguna vez, hablamos de las riquezas de su gracia, porque no la entendemos. Porque simplemente sabemos que gracia tiene que ver con el hecho de que yo no merezco algo.

Pero la primera palabra que yo necesito entender es esto de que en Él tenemos redención. ¿Qué es eso? ¿Qué es eso? Bueno, James Montgomery Boice en su comentario nos recuerda que en la antigüedad había tres formas de cómo tú llegabas a ser esclavo. Tú podías ser esclavo si tú nacías de padres esclavos; tú eras esclavo entonces por nacimiento. Tú podías llegar a ser esclavo si la tierra donde tú vivías era conquistada y los conquistadores sometían a esclavitud a los conquistados. Bueno, en un momento dado, brevemente, por un período de tiempo que todavía estamos viviendo, Satanás conquistó el mundo, y por eso él se le llamó el dios de este mundo. Y Juan nos dice en su primera carta que el mundo entero yace bajo el poder del enemigo. De manera que cuando Satanás, brevemente bajo la soberanía de Dios, conquistó el mundo, ahora yo soy esclavo por conquista, esclavo del pecado.

Y por otro lado, tú podías ser esclavo en la antigüedad si tú adquirías una deuda y ahora no tienes con qué pagar. Ahora tú pasabas a ser esclavo de esa persona hasta que terminaras de pagar la deuda. Tres tipos de esclavo: por nacimiento, por conquista o por deuda. Nosotros somos esclavos del pecado por nacimiento en primer lugar. Nacimos de Adán y Eva, ellos fueron pecadores, somos sus descendientes, somos esclavos por nacimiento. Pero cuando Cristo nos redimió, terminó mi esclavitud por

Nacimiento, nosotros somos esclavos. Por conquista, Satanás conquistó el mundo temporalmente. Cuando Cristo nos redimió, terminó mi esclavitud por conquista. De hecho, ya no soy esclavo del pecado, le escribe Pablo a los romanos. Y en tercer lugar, cuando Cristo nos redimió, nos redimió de nuestra esclavitud por deuda, porque teníamos una deuda, una deuda de pecado, una deuda moral con Dios que no podíamos pagar. Y en vez de dejarnos como esclavos hasta pagar la deuda, la cual sería infinita y sería por el resto de la eternidad, cuando Cristo vino y nos redimió, terminó mi esclavitud por deuda. ¿Tú estás entendiendo las dimensiones de la redención en Cristo que Dios nos ha otorgado?

Hablamos de la elección: fuimos elegidos antes de la eternidad pasada. Hablamos de la adopción: fuimos adoptados como hijos. Y ahora estamos hablando de la redención. Nuestra elección y adopción se dio en la eternidad pasada; nuestra redención se dio en la cruz cuando Cristo derramó su sangre.

Ahora, cuando Cristo fue a la cruz, lo que Cristo hizo fue redimirnos de la maldición de la ley. ¿Sabe cómo lo hizo? De acuerdo a Gálatas 3:13, haciéndose él maldición por nosotros. La ley decía: maldito es todo aquel que muere en un madero. Ahora, para yo salir de la maldición de la ley, porque de hecho la Palabra de Dios dice que estaba bajo la maldición de la ley porque no la podía cumplir, en ese sentido la ley era buena, era justa, era perfecta, pero no por eso dejó de ser una maldición, porque la ley misma era como un juicio sobre mí: no la puedo cumplir. Cristo dijo: yo lo voy a redimir de la maldición de la ley, haciéndome yo maldición. Él, que no tenía pecado, fue hecho pecado.

Y escucha lo que el versículo 7 dice: que en él, en Cristo, tenemos redención mediante su sangre. Y esa sangre, en el versículo 7 todavía, fue la que trajo el perdón de nuestros pecados según las riquezas de su gracia. No podemos olvidar que cuando Pablo habla de su sangre, está hablando de su muerte cruel. Nosotros tenemos una vida eterna que disfrutamos ahora y continuará con nosotros, pero la vida eterna que yo tengo fue dada a cambio de una muerte. Y no solamente fue dada a cambio de una muerte, fue a cambio de la muerte del Dador de vida. El Dador de vida dio de su vida para que yo, que estaba muerto, ahora tenga vida. Y Cristo dio su vida para que tú y yo viviéramos.

Es en Cristo que tú y yo somos bendecidos. El perdón de nuestro pecado habla del amor incondicional del Padre, que dio a su Hijo, y al mismo tiempo habla del amor extravagante del Hijo, que dio su vida. Eso es como es: el amor del Padre fue tan incondicional, tanto amó Dios al mundo que dio a quién, a su Hijo. Pero al mismo tiempo, el amor de nuestra salvación habla del amor extravagante del Hijo, que dio su vida.

¿A dónde tú vas a encontrar un Dios de ese tipo, con esas características? No le encuentras en el islam, no lo encuentran en el hinduismo, no le encuentran en ninguna de las religiones del planeta. Escucha cómo el profeta Miqueas solo dijo: "¿Qué Dios hay como tú, que perdona la iniquidad y pasa por alto la rebeldía del remanente de su heredad? No persistirá en su ira para siempre, porque se complace en la misericordia." ¿Tú oíste lo que Miqueas está hablando? No es simplemente que Dios es misericordioso, no es que Dios tiene misericordia, es que Dios se complace, se goza, se deleita en la misericordia. ¿Para quién? Para con los suyos. Volverá a compadecerse de nosotros. Claro, porque mañana estaremos pecando otra vez, no, esta tarde estaré. Volverá a compadecerse de nosotros, pisoteará nuestras iniquidades, sí, arrojará a las profundidades del mar todos nuestros pecados. No quiero ni siquiera hablar de ellos, no quiero ni siquiera que tú me hables de ellos, ya yo los enterré, los perdoné.

Y ese perdón se dio gratuitamente para nosotros. A ti, a mí, no nos costó nada; a Cristo le costó todo. ¿Tú estás entendiendo la redención? Porque Pablo dice: "Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales."

A Cristo le costó tu redención, le costó una gran humillación. De hecho, se humilló hasta lo sumo, eso dice Filipenses 2. A Cristo le costó el dolor emocional de ser negado por uno de sus colaboradores o discípulos más cercanos. A Cristo le costó el dolor físico de los clavos y de los latigazos. A Cristo le costó el dolor inmenso de sentir el abandono de su Padre, hasta el punto que llegó a decir: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? ¿Por qué me tratas de esta manera? ¿Por qué me dejas solo en la peor hora, en la hora más oscura, en la hora de mayor dolor, en la hora donde yo he sido hecho pecado para que otros puedan recibir salvación?"

Y eso es conforme, de acuerdo a lo que lee en el versículo 7, a las riquezas de su gracia. ¿Cuánta gracia es eso? Bueno, el apóstol Juan en su evangelio dice que cuando Cristo vino, en él recibimos gracia sobre gracia, de manera inmersiva, gracia sobre gracia. Lo increíble de esa gracia, o sea, ¿qué es lo que la hace tan rica? Bueno, por un lado, el amor incondicional hacia los salvados. Por otro lado, el perdón de pecados innumerables, el perdón de personas que han sido rebeldes, inmorales, hostiles, que lo han negado, que han sido idólatras y que han pecado enormemente contra él. Eso nos habla de la riqueza de su gracia.

Es inconcebible. Bien dice Pablo: el amor de Dios no me comprende, la anchura, la longitud, lo alto, la profundidad, porque es incomprensible, escapa al conocimiento. ¿Cómo tú puedes concebir un Dios tan santo que pueda amar tan profundamente de esa manera? Y esa gracia es un don, pero ha sido dada a personas que no merecen el don. Si yo hubiese mirado hacia abajo y dicho: mira, fulano camina tan bien que merece que yo le dé este don. No. Escucha lo que Pablo dice en Romanos 5 del 6 al 10, pero lo estoy resumiendo ahora: Pablo describe a los receptores de la gracia de Dios como débiles, impíos, pecadores y enemigos de Dios. Después de eso, todo bien. Si los receptores de la gracia de Dios son grupos de personas donde estamos tú y yo: débiles, impíos, pecadores y enemigos de Dios.

Y esa gracia, la que habla de la riqueza de esa gracia, la palabra en el original es charis, que tiene una connotación especial en el Nuevo Testamento. Porque ciertamente, si alguien se aparece en tu casa harapiento y te pide comida, y tú le das comida, y te pide algo de dinero, y tú le das algo de dinero, y además de eso le dices: te puedes quedar aquí esta noche, bueno, eso sería como gracia sobre gracia. Pero si la persona que viene a tu casa te odia, no quiere saber de ti, múltiples veces te ha hallado, ha hecho cosas contra ti, y que después de todo eso, Dios de manera voluntaria y soberana le ha dado, no méritos, mejor dicho, bendiciones a personas que no merecen absolutamente nada, ciertamente eso habla de las riquezas de su gracia. Y escucha lo que el Padre ha hecho, cómo lo ha hecho: lo ha hecho en Cristo, en él, en el amado.

Ahora escucha en lo que sigue escribiendo nuestros privilegios. Él, Dios, nos dio a conocer el misterio de su voluntad. Ahora me van a dar como una, me van a permitir entrar en cosas difíciles de entender. El misterio de la voluntad de Dios, según la buena intención que se propuso en Cristo, con miras a una buena administración en el cumplimiento de los tiempos, es decir, de reunir todas las cosas en Cristo, tanto las que están en los cielos como las que están en la tierra. Dios, después que el mundo cayó, después que el hombre cayó, él se propuso reunir todas las cosas en el cielo y en la tierra en Cristo, de manera que él pudiera ejercer señorío sobre todo ese mundo.

Ahora escucha, porque ahora que nosotros vimos lo que Dios está tratando de hacer con el Hijo, Pablo nos dice en el versículo 11: también, es decir, además, en él, en Cristo, hemos obtenido herencia, habiendo sido predestinados según el propósito de aquel que obra todas las cosas conforme al consejo de su voluntad. Y yo voy a hablar de esa herencia en un momento, pero nota que en este texto Pablo me dice que Dios obra todas las cosas conforme al consejo de su voluntad. Cuando Dios pensó en mi salvación, él no le preguntó a nadie. No le dijo a San Pedro cuál es tu opinión. No, no hay un tal San Pedro, todos somos santos, dice la Palabra. Pero no le preguntó al arcángel Miguel cuál era su opinión, o a Gabriel. Él obra todas las cosas conforme al consejo de su voluntad, conforme a su sabiduría, ese es otro de los atributos de Dios, conforme a su soberanía, ese es otro de los atributos de Dios, conforme al consejo de su voluntad. Dios no necesita de consejo, nunca pide consejo, y tiene el derecho para no hacerlo.

Entonces ahora hemos visto el trabajo del Padre, el trabajo del Hijo, quien nos dio redención, quien sangró por nosotros. Escucha ahora el trabajo del Espíritu, porque la Trinidad entera es lo que Pablo está tratando de hacernos entender. La Trinidad entera despliega los atributos del carácter de Dios, y la Trinidad entera ha estado involucrada en la salvación nuestra.

Escucha lo que es el trabajo del Espíritu Santo en los versículos 13 y 14: "En él, en Cristo, también ustedes, después de escuchar el mensaje de la verdad, el evangelio de su salvación..." O sea, yo en un momento dado no era salvo, escuché el mensaje de salvación, creí, puse mi confianza en Cristo, y ahora tengo salvación. "Después de haber escuchado el mensaje de la verdad, el evangelio de su salvación, y habiendo creído, fueron sellados en él, en Cristo, con el Espíritu Santo de la promesa, que nos es dado como garantía de nuestra herencia." Esta herencia, pero no solamente está la herencia, está la garantía. "Con miras a la redención de la posesión adquirida de Dios, para la alabanza de su gloria."

Tu salvación no simplemente consistió en: ok, tú pecaste, yo perdonado, entra al reino de los cielos. No, viene con una herencia. Y la herencia con la que viene no es una herencia pequeña, porque la Palabra nos informa que ahora nosotros somos coherederos con Cristo. Y si tú eres coheredero con Cristo, y leíste que Dios se propuso reunir todas las cosas bajo el señorío de Cristo, si se la va a entregar a Cristo y ahora tú vas a coheredar con él, eso implica que tú vas a reinar con él.

¿Sí? ¿No está entendiendo? Si no está entendiendo, que no sea porque no entiende la semántica de las palabras, sino porque es tan grande que no entiendo. O sea, esto es tan extraordinario que no entiendo cómo es que Cristo va a hacerse Señor sobre el reino, y el reino que le entrega a Cristo yo voy a coheredarlo con Él. Hasta el punto que Pedro nos habla de esa recompensa o de esa herencia como algo incorruptible e inmaculada, reservada para nosotros en los cielos.

Ahora, míralo, increíble. Dios es que no solo tenemos una herencia, no solo que la herencia es inmaculada e incorruptible, sino que Dios garantiza mi herencia y garantiza nuestra salvación. El poder de Dios garantiza mi herencia en los cielos, y el Espíritu de Dios garantiza a los herederos aquí debajo en la tierra para recibir la herencia. En manos de... no me serviría de mucho si Dios garantiza la herencia pero no me garantiza a mí. ¿Por qué? Porque yo voy a perecer en el camino, y lo que Dios va a decir: "Bueno, yo te hice una promesa de una herencia, pero no llegaste". Tampoco me serviría mucho si Dios me garantiza a mí pero no garantiza la herencia, porque si llego y la herencia no está, entonces hay problemas.

De tal forma que ahora Dios me dice, mejor dicho Pablo escribe por inspiración de Dios, me dice que no solo tenemos una herencia que ha sido garantizada, pero que nosotros también hemos sido garantizados con el sello de la promesa que constituye Su Espíritu Santo morando en nosotros. En la garantía de que tú vas a llegar, no te vas a perder, no te vas a desviar, tú vas a terminar, tú vas a entrar en gloria. Y se te selló. ¡Llegaste! ¿Te imaginas eso? Primero, porque Dios nos eligió para Él, y segundo, porque Cristo compró las bendiciones en la cruz. Y parte de estas bendiciones, o toda la bendición, estaba reunida en el reino que le está heredando.

Recuerda que cuando recibía la bendición, es recuerda para qué es: para la alabanza de la gloria de Su gracia, Efesios 1:6; para la alabanza de Su gloria, 1:12; para la alabanza de Su gloria, 1:14. Tres veces en doce versículos se me dice que fuimos salvados para la alabanza de Su gloria. "Pastor, pero eso suena como un poco egoísta de parte de Dios". Ajá, si Él lo hizo todo, ¿para la gloria de quién tú quieres que sea? ¿Para la gloria de aquellos que no hicieron nada para merecer la salvación? Si todo comienza con Dios y termina con Dios, ¿quién es que merece la gloria? O sea, si yo voy a trabajar por un año entero y que al otro día venga alguien, después que el año concluya, y reciba el salario de todo un año de mi trabajo, él no merece el salario. Él no hizo nada, yo hice el trabajo. Bueno, Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo hicieron el trabajo completo para mi salvación. Él merece la gloria. Tan sencillo como eso. Claro como el agua. Lo otro sería injusto.

Pero es mejor que eso. Piensen lo que es la gloria de Dios. Porque es la gloria de Dios... cuando tú dices "¡uf, para mi gloria!", tú tienes un sentimiento como que lo mereces, que tú eres en tus adentros superior a otros. Dios no tiene nada que ver, aunque Él es superior, Él es único en Su clase. Oye la definición de lo que es la gloria: es la expresión de la hermosura y la perfección de todo Su ser o de todos Sus atributos. La gloria de Dios, cuando tú dices "déjame ver Tu gloria", lo que tú le estás pidiendo a Dios es "déjame ver la hermosura y la perfección de todo lo que Tú eres".

Cuando nosotros fuimos salvados para la alabanza de Su gloria, es para que haya espejos reflectores de toda la hermosura y la perfección de cada uno de Sus atributos. De manera que por el resto de la eternidad haya un testimonio de que esta gente perdida, rebelde, odiadores de Dios, fueron en algún momento receptores de la hermosura y la perfección de Su gracia, de Su amor, de Su poder, de todo lo que Él es. Y por consiguiente, ahora, por el resto de la eternidad, hay un testimonio viviente de los atributos, o de la hermosura y perfección de los atributos de Dios. Claro que fuimos salvados para la alabanza de Su gloria. Somos los espejos reflectores de la imagen de Dios, de la hermosura de Su imagen.

Mi salvación pone de manifiesto Su amor que me eligió, Su misericordia que me perdonó, Su gracia que me hizo coheredero con Cristo, Su santidad que me cubrió para yo poder entrar al reino de los cielos porque no tengo santidad en mí mismo. Pone de manifiesto Su poder que me protegió de todo mal, Su soberanía que permitió que yo fuera elegido —escucha— cuando otros no lo fueron, Su sabiduría que concibió un plan que permite que rebeldes lleguen a ser hijos de Dios. Mi salvación pone de relieve, de manifiesto, refleja hacia fuera la fidelidad de Dios en mi infidelidad, y Su paciencia cuando me toleró, me soportó, hasta que yo pudiera recibirle.

Y Dios nos llamó, nos llamó a ser santos y sin manchas, porque es la mejor forma de nosotros poder reflejar esa imagen de Dios para el resto de la eternidad y poder alabar Su gloria de una mejor manera. De manera que después de haber recibido todas estas bendiciones celestiales, en gloria debe ser nuestro privilegio reconocer Su gloria, honrar Su gloria, declarar Su gloria, alabar Su gloria, reflejar esa gloria. Porque de Él es la gloria, y nosotros llegamos a estar gozosos continuamente de poder hacer eso.

"Pastor, esto yo entiendo, para eso es. Como eso de glorificar a Dios, reflejar Su gloria, todavía queda un poco abstracto y un poco como teológico". Bueno, te lo voy a aterrizar entonces, voy a aterrizar. Tú glorificas a Dios cuando le das tu vida a Él. Tú glorificas a Dios cuando comienzas a vivir para Él. Nos llamó a la verdad. Tu vida en adelante tú sigues viviendo para Él y no para ti. Tú glorificas a Dios cuando tú buscas en Él tu propósito de vida, tu sentido, tu significado, y rehúsas vivir tu propio propósito. Tú glorificas a Dios cuando le adoras con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y toda tu fuerza. Tú glorificas a Dios cuando procuras vivir en santidad. Tú glorificas a Dios cuando proclamas Su redención a todo pulmón. Tú glorificas a Dios cuando exaltas a Su Hijo Jesús por encima de tu vida, de tu trabajo, de tus planes, de tu agenda, de tus amigos; cuando exaltas a Cristo por encima de todo lo que tú eres, todo lo que tienes, todo lo que pudieras alcanzar, por encima de todos tus logros, todos sus anhelos y deseos. Tú glorificas a Dios cuando tú vives por Su Palabra. Tú glorificas a Dios cuando tu vida entera gira en torno a Él. Él es el eje sobre el cual gira tu vida. Nada es decidido sin que Él tenga una participación; de hecho, la mejor participación. Tú glorificas a Dios cuando vives en comunión con Él.

Y la razón por la que es lógico que tú puedas hacer eso, que tú debas hacer eso, que tú tienes que hacer eso, es que todo es de Él, por Él y para Él. De Él, para Él, y todas las cosas son en Él, por Él, para Él. Para Él son todas las cosas, de Él vienen todas las cosas. Y por eso Pablo termina en Romanos 11 diciendo: "A Él la gloria para siempre. Amén".

Yo tengo que recordar eso: todo es de Él, por Él y para Él. Todo, absolutamente todo. Ya eso incluye tu vida, incluye tus anhelos y sueños y propósitos y deseos y pertenencias, posesiones, finanzas, todo lo que tú tienes. Y todo lo que tienes lo tienes en Cristo. En Cristo. ¿Sí te das cuenta cuántas veces Pablo repite la palabra o la frase "en Cristo" en sus cartas? Ciento sesenta y cinco veces. ¿Tú crees que Pablo tiene claro tu unión con Cristo y todo lo que representa? Amén. En Cristo es que lo tienes todo, y fuera de Cristo no hay nada. En Cristo fuimos elegidos; tu elección no fue como en el aire, fue en Cristo. Fuimos predestinados, fuimos redimidos, perdonados, propiciados, justificados, santificados y glorificados. ¡Wow!

Si tú lo puedes ver así, si lo pueden entender así, yo creo que tú entiendes mejor cuando tú llegas a Apocalipsis qué es lo que está ocurriendo alrededor del trono de Dios. Porque de repente, en el capítulo cinco de Apocalipsis, hay una adoración. Es una adoración que está ocurriendo en la presencia del Dios trino, pero como que hay una palabra, sí, cosas que se están diciendo que tú dices: "Pero esto no es acerca del Dios trino". Sí lo es, pero con un énfasis. Y el énfasis tiene que ver justamente con esto: que es que en Cristo fuimos elegidos, predestinados, redimidos, perdonados, propiciados, justificados, santificados y glorificados.

Por tanto, cuando tú abres el capítulo cinco del libro de Apocalipsis, no te debes sorprender que tú leas cosas como esta: "Digno eres de tomar el libro y de abrir sus sellos, porque Tú fuiste inmolado, y con Tu sangre compraste para Dios a gente de toda tribu, lengua, pueblo y nación. El Cordero que fue inmolado es digno". Él, Él es digno de recibir el poder. Acuérdate que Dios se propuso reunir todas las cosas bajo Cristo. Él es digno de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fortaleza, el honor, la gloria y la alabanza. Al que está sentado en el trono y al Cordero, Él es digno de recibir el poder, la alabanza, la honra, la gloria y el dominio por los siglos de los siglos. El Cordero, Él fue inmolado, Él compró, Él redimió. En Él fuimos redimidos, perdonados, glorificados, justificados.

Encomienda tú, como persona salva hoy, de la exaltación de cada uno de los atributos de Dios. Que tu salvación, que tu vida de persona salva refleje la gloria de la gracia de Dios, el amor de Dios, la misericordia de Dios, la sabiduría de Dios, del poder de Dios. Para la gloria del Padre que te eligió, para la gloria del Hijo que te redimió y para la gloria del Espíritu que te selló. Que cuando te selló, al mismo tiempo garantizó la promesa, de tal forma que la herencia que se te prometió tú la puedas recibir. Y dicha herencia es todo el reino que tú recibes en Cristo, con Cristo, de forma que tú puedas tener una vida tan gozosa, tan extraordinaria, tan a la expectativa del reino venidero.

Que tú puedas ir caminando diciendo continuamente: Maranata, ven Señor Jesús. Maranata, ven Señor Jesús. Maranata, ven Señor Jesús. Ven, ven pronto, acaba de llegar. Quiero entrar, quiero ver, te quiero recibir. Lo que tienes para mí, quiero mi recompensa, pero mi recompensa eres tú. Por eso es que las coronas vamos a poner a tus pies. Esto no lo necesitamos, te tenemos a ti. Tú eres mi recompensa, tú eres mi recompensa, tú eres mi recompensa.

Oh Dios, Padre, gracias. Bien dice tu satisfacción que en Cristo habitó la plenitud de la divinidad. Toda tu gracia, todo tu amor, todo tu poder, toda tu sabiduría, todos y cada uno de los atributos que a ti, Padre, te caracterizan estuvieron plenamente en tu Hijo. Y lo hiciste porque tú sabías que nosotros necesitamos verlo en carne y hueso. Aquellos que vieron a Cristo vieron tu gloria. Cuando nosotros abrimos tu satisfacción y logramos verlo en las páginas de tu revelación, en las palabras de tu revelación, estamos contemplando tu gloria de otra manera. Y es así como nosotros somos cambiados, transformados de gloria en gloria, viendo como en un espejo —es tu Palabra— la gloria del Hijo que se encarnó, y somos transformados por el Espíritu, como del Señor. Gracias, Dios.

Si Dios te habló y te viste fuera de Cristo, pues es así como Dios te reveló que no estás en salvación. Y como es cierto que Cristo es quien limpia de pecado y quien murió por nosotros, antes de irte haz la paz con Cristo. Haces la paz con Cristo: le dices perdón, reconoces tu condición de pecador, no solamente por lo que haces o dejas de hacer, sino por lo que eres. Recibe su perdón por gracia, recibe todo lo que él tiene para ti debido a su amor incondicional. El Espíritu vendrá a ti, y pídele a Cristo que por medio de ese Espíritu te ayude a vivir una vida digna del llamado que has recibido. En Cristo Jesús, amén.

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Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.