Integridad y Sabiduria
Sermones

El Dios que redime, santifica y preserva por gracia

Miguel Núñez 9 abril, 2023

La gracia de Dios es probablemente el atributo más malentendido de la fe cristiana. Desde el primer siglo, algunos la han convertido en excusa para el libertinaje, mientras otros le han añadido obras y la han transformado en legalismo. Pero la gracia bíblica no es simplemente el favor de Dios: es el favor de Dios otorgado a personas que no merecen ser salvadas, personas que Efesios 2 describe como muertas en delitos y pecados, caminando según las pasiones de la carne, siendo por naturaleza hijos de ira. Es precisamente ese trasfondo oscuro lo que hace brillar la gracia con mayor intensidad.

Esta gracia posee características que la distinguen. Es inmerecida: no puede ganarse ni comprarse, pues aun la fe con que respondemos es un don de Dios. Es santificadora: la misma gracia que salva es la que enseña a apartarse de los deseos mundanos y empodera para obedecer. Es soberana: no depende del que quiere ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia. Es preservadora: sostiene al creyente cuando la vida amenaza con arrastrarlo. Y es todo suficiente: no hay circunstancia donde la gracia de Dios no baste.

El pastor Núñez ilustra esta realidad con la historia de un operador de puente que debió elegir entre salvar a su hijo atrapado en la maquinaria o cerrar el puente para salvar a cuatrocientos pasajeros de un tren. Eligió cerrar el puente. Mientras el tren pasaba, el padre vio a los pasajeros riendo, bebiendo, ajenos al sacrificio. Así Dios Padre entregó a su Hijo en una cruz, y la humanidad muchas veces continúa viviendo como si esa sangre derramada no importara. La gracia no es licencia para pecar; es el poder que nos capacita para honrar tan grande sacrificio.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

El día de hoy voy a dar continuación a nuestra serie de mensajes sobre el carácter de Dios, porque coincidencialmente, o Dios coincidencialmente, el domingo pasado estuvimos predicando acerca del amor de Dios, que estaba implicado en todo esto que ha acontecido en un fin de semana como hoy. Y en esta mañana estaremos hablando acerca de la gracia de Dios, que tiene todo que ver con lo que hoy nosotros estamos celebrando.

Nosotros dijimos el domingo pasado que por varias semanas estaríamos abordando atributos de Dios que pudiéramos colectivamente agrupar bajo su bondad, y hablamos entonces del amor de Dios, de la gracia de Dios, de su misericordia, de su fidelidad, de su paciencia. Y el domingo pasado, como ya mencioné, comenzamos a ver el amor incondicional y eterno de Dios hacia nosotros. El día de hoy vamos a ver la gracia de Dios que nos trajo a salvación.

Yo creo, junto con muchos, que este es un atributo que ha sido mal entendido y, por tanto, mal predicado. Y si mal predicado, entonces mal aplicado, y eventualmente mal vivido. Uno se ha abusado de esta gracia, y no ahora, desde el primer siglo. Escucha cómo Judas escribe en 1:4, dice: "Algunos hombres se han infiltrado encubiertamente, los cuales desde mucho antes estaban marcados para esta condenación." Escucha ahora: "Impíos que convierten la gracia de nuestro Dios en libertinaje," dos mil años atrás, "y niegan a nuestro único soberano y Señor Jesucristo." Niegan al Señor Jesucristo porque ignoran que Dios lo envió precisamente a pagar el pecado que Dios odia, el pecado que nosotros cometemos, porque Dios busca en su santidad aquello que muchas veces nosotros hemos amado. La predicación de gracia de parte de un Dios fiel para un pueblo infiel siempre ha sido un riesgo, todo el tiempo.

De hecho, el apóstol Pablo en Romanos 5:20 dice que donde abundó el pecado, abundó la gracia. Y eso ha sido obviamente tergiversado, y él inmediatamente agrega: "Entonces, ¿qué diremos? ¿Continuaremos en pecado para que la gracia abunde? ¡De ningún modo! Nosotros que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos en él?" Romanos 6:1-2. Es evidente que hubo gente que distorsionó las enseñanzas de Pablo acerca de la gracia.

La gracia de Dios, la salvación en Cristo, es probablemente el tema favorito del apóstol Pablo. Él menciona la palabra gracia más de cien veces, más que todos los autores del Nuevo Testamento, probablemente el doble de los autores del Nuevo Testamento. Y por eso Pablo nos dice en Romanos, debido a que esa gracia nos alcanzó: "Por tanto, no reine el pecado en su cuerpo mortal para que ustedes no obedezcan a sus lujurias." En 5:21 nos decía que lo que debe reinar es la gracia, porque es la gracia la que nos empodera para vivir la vida que Cristo nos llamó a vivir. La verdad es que la gracia no solamente nos salva, la gracia nos empodera.

Pablo estaba consciente, sin embargo, de que es posible usarla mal, de que algunos la malinterpretaron, quizás inconscientemente, quizás a propósito. Y él estaba tratando de aclarar el panorama en cuanto a la gracia de Dios. Eso es un extremo, pero en el otro extremo, las iglesias de Galacia tomaron la gracia y querían agregarle las obras de la ley, y con eso pervirtieron la gracia y el evangelio, y lo convirtieron en un legalismo. Y ambas cosas son posibles: tú puedes distorsionar la gracia en una dirección o distorsionarla en la otra dirección. Por eso yo quiero que usemos al apóstol Pablo para que nos ayude a entender este atributo.

Si yo te voy a invitar a que puedas leer conmigo el capítulo 2 de Efesios, del uno al nueve: "Él les dio vida a ustedes, que estaban muertos en sus delitos y pecados, en los cuales anduvieron en otro tiempo según la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia. Entre ellos también todos nosotros en otro tiempo vivíamos en las pasiones de nuestra carne, satisfaciendo los deseos de la carne y de la mente, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás. Pero Dios, que es rico en misericordia, por causa del gran amor con que nos amó, aun cuando estábamos muertos en nuestros delitos, nos dio vida juntamente con Cristo. Por gracia ustedes han sido salvados. Y con Él nos resucitó, y con Él nos sentó en los lugares celestiales en Cristo Jesús, a fin de poder mostrar en los siglos venideros las sobreabundantes riquezas de su gracia por su bondad para con nosotros en Cristo Jesús. Porque por gracia ustedes han sido salvados por medio de la fe, y esto no procede de ustedes, sino que es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe."

Yo creo que es un texto muy conocido en el pueblo de Dios, pero quizá no tan bien desempacado, por así decir. En el texto que leímos, el apóstol Pablo menciona la palabra gracia tres veces. En dos de las tres ocasiones nos dice que fuimos salvos por gracia, y en la tercera ocasión ya no nos dice que somos salvos por gracia, aunque está implícito o explicado allí, sino que nos da la razón por la cual Dios nos salvó por gracia. Escucha el versículo siete: "A fin de," o "por qué," "a fin de poder mostrar en los siglos venideros las sobreabundantes riquezas de su gracia por su bondad para con nosotros en Cristo Jesús."

¿Notaste el énfasis de Pablo en Cristo Jesús? Para Pablo no hay gracia fuera de Cristo Jesús. No hay gracia para nadie, en ningún momento, en ningún lugar, porque esa gracia se obtiene por los méritos de una persona cuyo nombre es Cristo. Por tanto, en la teología paulina los únicos receptores de gracia son los hijos de Dios, los únicos, porque es recibida en Cristo, por sus méritos, como ya dijimos.

Entonces, habiendo tenido eso como introducción, vamos a tratar de definir la gracia. La gracia es el favor de Dios hacia personas que no merecen ser salvadas. Nota la conexión con salvación, e inmediatamente. Es el favor de Dios, pero no es simplemente el favor de Dios. Es un favor hacia personas que no merecen, pero no merecen, no es que no merecen cualquier cosa, es que no merecen la salvación. La gracia de Dios tiene que ver con nuestra culpa y corrupción, que es quitada por la sangre de Cristo derramada a nuestro favor. La gracia tiene que ver con nuestra culpa y corrupción, para que podamos distinguirla de la misericordia en un momento.

Ahora, lo increíble de la gracia de Dios en el Nuevo Testamento, en el contexto de la salvación, es que Dios decidió salvar una humanidad que ha sabido maldecirlo, que ha sido rebelde, que ha sido hostil hacia Él, que lo ha rechazado, que ha sido idólatra, y que ha pecado enormemente contra Él sin importar si pisaba o no su santidad. El texto de hoy describe a esas personas que yo acabo de mencionar, ese conjunto de personas, de esta manera: muertas en delitos y pecados, que caminan según la corriente de este mundo, que caminan en desobediencia conforme al príncipe de la potestad del aire, satisfaciendo las pasiones de la carne y de la mente, siendo por naturaleza hijos de ira, versículos 1 al 3. Este grupo de personas son las receptoras de la gracia salvadora en Cristo Jesús.

Romanos 5:6-10 describe a ese grupo de personas como débiles, impíos, pecadores y enemigos de Dios. Esos son los que eventualmente terminarían recibiendo salvación o gracia: impíos, pecadores, enemigos de Dios. Es ese trasfondo que hace que la gracia de Dios brille aún más, porque ese grupo de personas, así descritas, son más bien merecedoras del infierno, de la condenación.

Este concepto de la gracia que visita a ese grupo de personas está en clave. El teólogo J. I. Packer, en su libro "God's Words," La Palabra de Dios, dice que esa palabra contiene en ella misma toda la teología del Nuevo Testamento, una palabra. Y que es la llave que abre el Nuevo Testamento, si esa palabra no la entiendes. En el idioma original la palabra es "charis."

Cuando Pablo usa la palabra charis le da una connotación especial. Escucha: para Pablo, gracia es algo que Dios confiere voluntaria y soberanamente a personas condenadas por su pecado, que no merecen absolutamente nada, y que reciben lo que reciben basado en los méritos de otro cuyo nombre es Cristo. De manera que la gracia a la que Pablo se refiere es inmensa, justamente por quiénes reciben la gracia, por la manera como Dios la otorga, y porque los receptores son personas que han sido profundamente corrompidas por el pecado de la forma más profana, con nuestros pensamientos y con actos más malvados. Pablo se describía a sí mismo como el peor de los pecadores. Pablo entendió la corrupción del pecado, y como es una gracia habida, no merecida, pues no te la puedes ganar, no puedes comprarla, no puedes merecerla de ninguna manera.

Si Dios aplicara su justicia aparte de su gracia y misericordia, hoy la humanidad entera se fuera a la condenación. Si Él removiera su gracia aún del trato con nosotros, y su misericordia, aún hoy de las misericordias, es adonde nosotros terminaríamos. Recuerda: la gracia es recibida en Cristo, eso es solamente. Por eso el inconverso no es receptor de la gracia de Cristo hasta que no crea. Ahora, él sí puede recibir misericordia.

La gracia de Dios se refiere a nuestra condición de culpa y nuestra corrupción. La misericordia se relaciona con nuestro sufrimiento o con la miseria humana, para usar la palabra de los puritanos. Dios no se complace en el dolor, aun del incrédulo. De manera que los que hemos nacido verdaderamente de nuevo no recibimos el infierno que merecemos, eso es misericordia. Pero recibimos la gloria que no merecemos, y eso es gracia.

Déjame darte una ilustración que nos puede ayudar. Imagínate que cometiste un crimen digno de la pena de muerte. El juez te condena a la pena de muerte. Pero llegó el día del juicio final y el juez tiene pena, se conduele de ti, y no quiere quitarte la vida, y te perdona. O más que el juez, el rey de la nación: el juez te condenó, el rey de la nación te condonó la deuda. Eso es misericordia. Tuvo pena de ti, de tu miseria, a punto de morir.

Ahora imagínate que después de eso el rey decide invitarte a vivir en su casa para el resto de tus días, que tú no mereces. Eso es gracia. En la historia, la cárcel que yo merezco me la evitaron, eso es misericordia. Vivir en la casa del rey que yo no merezco, eso es gracia. De manera que en el Antiguo Testamento la gente entendió mucho mejor el concepto de misericordia y comenzó a entender el concepto de la gracia, aunque Dios aplicó su gracia también en el Antiguo Testamento. Pero el concepto de gracia alcanza su punto cumbre, su mayor expresión, en el Nuevo Testamento, porque está relacionado a la persona de Cristo.

Escucha cómo Juan lo dice en su Evangelio, el capítulo 1, versículos 16 al 17: "Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia sobre gracia, porque la ley fue dada por medio de Moisés. La gracia y la verdad fueron hechas realidad por medio de Jesucristo." La gracia que Dios ejerció en el Antiguo Testamento fue ejercida por Dios apuntando a la realidad de la cruz que vendría en un futuro, porque la gracia y la verdad se hicieron realidad por medio de su Cristo.

Yo creo que ahora nosotros tenemos una mejor idea de lo que es la gracia en el contexto de la salvación y el contexto del Nuevo Testamento, pero yo creo que necesitamos comenzar a caracterizarla. Y a ello aludí por lo menos a una de sus características, y esto es que la gracia es inmerecida. Somos salvos por gracia, no por obras, para que nadie se gloríe. Claro que es inmerecida, porque cuando yo recibí gracia y vine a los pies de Cristo, tú sabes dónde yo estaba. El texto que yo leí me dice que yo estaba satisfaciendo las pasiones de la carne y de la mente, y éramos hijos de ira. De manera que la gracia es una donación y no un premio que yo me gano por competir.

Es más, imagínate que en el cielo hubiera competencias, olimpiadas celestiales. Nuestro récord de pecado ni siquiera nos permite calificar para competir en las olimpiadas celestiales, mucho menos ganarlas. No podemos ni siquiera comenzar la competencia. Y ahora el texto que leí nos dice que la salvación es por gracia por medio de la fe, pero inmediatamente me dice: "Y aun eso no es de vosotros, es un don de Dios." De manera que la fe que tú ejerces, aun si tú la ejercieras hoy, en algún momento durante el tiempo de la predicación o al final, eso es un don, una donación que te ha llegado por parte de Dios. Y que ahora, como tú la tienes porque la has recibido, tú la puedes depositar en la persona de Cristo. Porque por gracia ustedes han sido salvados por medio de la fe, versículo 8, y esto no procede de ustedes, sino que es don de Dios, no por obras, versículo 9, para que nadie se gloríe.

Y aun después de eso, hermano, mi fe no es suficiente para salvarme. Nuestra fe no llena los requisitos para satisfacer la justicia perfecta de Dios. Cristo continuamente llamó a los discípulos "hombres de poca fe", y nadie es salvo por una fe tan defectuosa, ni tú ni yo tampoco. Entonces, pastor, ¿cómo es? Es la gracia de Dios que acepta nuestra fe imperfecta. Es la gracia de Dios que acepta nuestra fe imperfecta. Jerry Bridges, en su libro "La Gracia Transformadora", nos dice que consiste en completar la diferencia, esa gracia, completar la diferencia que existe entre los requerimientos de su justa ley y lo que a nosotros nos falta para cumplir esos requerimientos.

El apóstol Pablo, que es su tema favorito, quiere dejar claro para los romanos y para el resto de nosotros cómo una cosa excluye la otra. "Pero si es por gracia", Romanos 11:6, "ya no es a base de obras". Es una cosa o la otra. "De otra manera la gracia ya no es gracia, y si por obras ya no es gracia, de otra manera la obra ya no es obra." De manera que lo que Pablo me está diciendo es que cuando recibo algo por gracia, y en particular en la salvación, no es debido a nada que yo haya podido hacer. Ninguna obra que yo pueda hacer me puede ganar el favor de Dios.

La pregunta es: si no merecemos tal favor de Dios, ¿por qué Dios nos salva? Pudiéramos decir, bueno, salva porque es soberano y Él hace lo que Él quiera. Bueno, la Biblia explica un poco más que eso. Porque del uno al tres me describe cómo yo estaba muerto en delitos y pecados, andando satisfaciendo las apetencias de la carne. Pero versículo 4 comienza a decirme por qué Dios nos salva: "Pero Dios, que es rico en misericordia, por causa del gran amor con que nos amó, aun cuando estábamos muertos en nuestros delitos, nos dio vida juntamente con Cristo. Por gracia ustedes han sido salvados."

De manera que las razones de mi salvación son, número uno, un Dios que es rico en misericordia, que nos vio y se dolió de nuestras miserias, de nuestra pobreza espiritual. Y entramos en esas condiciones mientras estábamos satisfaciendo las pasiones de la carne. La realidad es que el disfrute del pecado puede ser riqueza de placer, pero es pobreza espiritual. Así Dios me vio y así me salvó. Razón número uno: la riqueza de su misericordia. Número dos, razón número dos: por causa, para lo que está diciendo literalmente la razón, por causa del gran amor con que nos amó. Su gran misericordia y su gran amor resultaron en la salvación del ser humano.

Y cuando esas dos cosas se juntaron, ahí en ese mismo versículo, versículos 5 y 6, tres beneficios resultaron para nosotros. Escucha: Dios nos dio vida juntamente con Cristo, Efesios 2:5. Dios nos resucitó juntamente con Él, Efesios 2:6. Dios, en unión con Cristo, nos sentó juntamente con Él en los lugares celestiales. Eso es increíble. Que Dios me resucitó en Él o con Él, me resucitó, me dio vida juntamente con Él, y luego me sentó juntamente con Él en los lugares celestiales.

Por lo próximo pregunto: ¿por qué tal privilegio? ¿Qué hago en los lugares celestiales? Estoy sentado. Versículo 7, el capítulo 2 de Efesios: "A fin de poder mostrar en los siglos venideros", es la eternidad que sigue, "las sobreabundantes riquezas de su gracia por su bondad para con nosotros en Cristo Jesús." Cuando la totalidad de los redimidos haya sido concluida, nosotros pondremos en despliegue para el resto de la eternidad la gloria de la gracia de Dios en su Hijo. De hecho, Efesios 2:6 y el capítulo 1 claramente dicen eso, que fuimos predestinados para alabanza de la gloria de su gracia, que gratuitamente ha impartido sobre nosotros en el Amado.

Esa es la razón de su gracia inmerecida: que una humanidad redimida pueda poner en despliegue las sobreabundantes, las extraordinarias, las inexplicables grandeza y gloria de su gracia en el Amado.

Su gracia no solamente es inmerecida, su gracia es santificadora. La justificación que Cristo alcanzó en la cruz y la santificación posterior nunca son vistas por separado en el Nuevo Testamento. De hecho, Spurgeon y otros lo han dicho de esta manera, puritanos por igual: si tú no ves santificación en una persona, él no ha sido justificado, no ha sido salvado. Esas cosas son un continuo. Pero esa santificación no es a puro esfuerzo humano. De hecho, en 2 Corintios 3:18 nos dice que nosotros somos transformados de un grado de gloria a otro, esa es santificación, por medio del Espíritu. Nota la voz pasiva del verbo: somos transformados por otro, por alguien. Y ese otro es el Espíritu de Dios que mora en mí.

Pablo le escribe a Tito, y en el segundo capítulo de su carta le habla de que la gracia que me salva es la gracia que me santifica, porque me enseña a apartarme de los deseos mundanos. La gracia que me salva es la gracia que me santifica porque me enseña a apartarme de los deseos mundanos. Por eso es que Cristo dice: "Apartados de mí, nada podéis hacer." Apartado de mí no hay gracia. La gracia es en mí, en Cristo. De manera que todo lo que te ocurra, si va a ocurrir para bien, es por gracia y conectado conmigo.

Lamentablemente, en el proceso de santificación nosotros podemos ver que si no fuera por su gracia, Dios se desistiría de nosotros todos los días. Nosotros hacemos promesas que luego no cumplimos. Nosotros no cumplimos ni siquiera las promesas de llevar una dieta, imagínate la de llevar la ley de Dios. Nosotros con frecuencia vivimos confiados en nuestra propia suficiencia. Estudiamos y subimos a los púlpitos confiando en que toda la exégesis, toda la hermenéutica que yo hice me va a ser suficiente. Nosotros buscamos el placer como si todavía fuéramos hijos de ira, como nos dice el texto de hoy. No leemos la Biblia, y como no leemos la Biblia, el instrumento de santificación por excelencia, no tenemos suficiente santificación. Nosotros aparentamos ser una cosa en la iglesia y muchas veces somos otra cosa en la calle o en el lugar de trabajo. Y nuestro Dios, en su gracia, permanece fiel a su pueblo en medio de su infidelidad.

Eso es extraordinario, porque por causa del gran amor con que nos amó —en español es difícil traducirlo, pero es "covenant love", es un amor de pacto, es un amor que entró en un pacto que Dios hizo consigo mismo, por así decirlo— y por eso lo mantiene. En el Antiguo Testamento nos envió un profeta tras otro, un profeta tras otro. Y como hoy no tenemos profetas, pero es algo que muchos creen, Dios sí nos envía un sermón tras otro, un mensaje tras otro, un artículo tras otro. Con la intención de llamarnos a permanecer cerca de Él, de regresar al camino. "Volveos a mí" fue la frase de Dios en el Antiguo Testamento, así que sigue siendo el mismo deseo de Dios en el Nuevo Testamento.

Nosotros hemos entendido tan mal la gracia que en el proceso de santificación tenemos momentos, o días, o semanas, o años, o períodos en que obedecemos mejor. Y cuando obedecemos y recibimos una bendición de parte de Dios, pensamos que nos ganamos la bendición. Y Dios dice: "No, no te la has ganado, porque tu obediencia nunca fue perfecta. Bastante imperfecta que fue. Yo he obviado tu obediencia a través de mi gracia y la recibí." La bendición que Dios te da, aun cuando estás viviendo en obediencia, es por su gracia. Porque para ganártela, tenía que ser completa, como la de Cristo, completamente perfecta de principio a fin. De hecho, Jesús nos dejó dicho eso con otras palabras.

Está citando Lucas 17:10: "Así también ustedes, cuando hayan hecho todo lo que se les ha ordenado..." Imagínate que hiciste todo, de la A a la Z. Digan: "Siervos inútiles somos. Hemos hecho solo lo que debíamos haber hecho." Hemos hecho nada extraordinario, simplemente lo que nos toca hacer. Y como ninguno de nosotros hace todo lo que nos toca hacer —no sé si hacemos ni siquiera la mayoría de lo que nos toca hacer— ya tienes una idea entonces: ciertamente la bendición que recibo, aun cuando es en estado de obediencia, es por su gracia. Y esa es la gracia que me santifica y que me empodera para obedecer.

Tercera característica de la gracia de Dios: es una gracia soberana. Y ahí es donde ya comenzamos como a retorcer el rabo, como diría... "la puerta te tuerce el rabo", dice en nuestro país. Escucha, Romanos 9 del 10 al 18 es un texto largo, pero sabes qué, prefiero que Dios lo diga, no yo decirlo. Porque lo que Dios dice siempre será más importante que lo que yo tenga que decir, ¿sí o no? Absolutamente.

"Y no solo esto..." Comienza a argumentar: "sino que también Rebeca concibió mellizos de uno, nuestro padre Isaac. Porque aun cuando los mellizos no habían nacido y no habían hecho nada, ni bueno ni malo, para que el propósito de Dios conforme a su elección permaneciera..." Y esa es la razón por lo que Dios va a decir lo que va a decir: para que su propósito en la elección permanezca. "No por obras, sino por aquel que llama." Ahí está la gracia. "Se le dijo a Rebeca: 'El mayor servirá al menor', tal como está escrito: 'A Jacob amé, pero a Esaú aborrecí'." No habían hecho nada, no habían hecho ninguna obra.

"¿Qué diremos entonces? ¿Que hay injusticia en Dios? ¡De ningún modo! Porque Él dice a Moisés, tempranamente dijo: 'Tendré misericordia del que yo tenga misericordia, y tendré compasión del que yo tenga compasión'." Cuando Moisés le pidió a Dios que le mostrara su gloria, que pasara enfrente de él, le dijo exactamente eso: "Tendré misericordia del que tenga misericordia, tendré compasión del que tenga compasión." "Así que no depende del que quiere ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia. Porque la Escritura dice a Faraón: 'Para esto mismo te he levantado, para demostrar mi poder en ti, y para que mi nombre sea proclamado por toda la tierra'." Escucha ahora: "Así que Dios tiene misericordia del que quiere, y al que quiere endurece."

Y nosotros somos el barro, y el barro no tiene ningún derecho de decirle al alfarero: "¿Por qué tú me haces de esta forma?" Pero escúchame, porque necesitamos entender esto. Pablo dice que no depende del que quiere ni del que corre. ¿Y eso por qué? Porque nadie quiere. Romanos 3:10-11: "No hay nadie que busque a Dios, no hay justo ni siquiera uno." Claro que no va a depender del que quiere, si nadie quiere.

Pero la situación del ser humano es peor, mucho peor: estábamos muertos espiritualmente. Si estoy muerto espiritualmente, yo puedo oír este mensaje y no lo entiendo. De hecho, posiblemente termine airado y reaccionando y rechazando. Si estoy muerto espiritualmente, no puedo ver la realidad de la verdad que se me está predicando. No puedo ver esa vida eterna de la que se me habla, porque estoy muerto; el muerto no tiene capacidad. Nosotros quedamos totalmente inhabilitados por el pecado, totalmente inhabilitados. Nosotros no tenemos idea de cuánto el pecado nos afectó. Si tuviéramos mejor idea, no solamente de cuánto nos afectó, sino de cómo funciona y cómo nos hace disfuncionar, lo pelearíamos mejor.

De hecho, fíjate lo que dice Romanos 8:7: que la mente del hombre inconverso no se somete a la ley de Dios, y ni siquiera puede. No es simplemente que él se rebela contra la ley de Dios. Es que si hubiera remotamente el deseo de querer someterse, no tiene la capacidad. La gracia de Dios tiene que venir y empoderarlo, y abrirle los ojos, y abrirle los oídos para que él pueda ver y oír, y abrirle el entendimiento para que pueda entender. Y eso ocurre el día de tu salvación, cuando el Espíritu de Dios viene a ti, te regenera, y es regenerado. Entonces tus ojos son abiertos, puedes entender lo que se está predicando, y ahora tú puedes poner tu fe en Cristo Jesús.

Es la gracia de Dios que se te confiere primero, que te trae entonces la fe, para que después de que la gracia te llegó y la fe te llegó, tú quedes empoderado para depositarla en Cristo Jesús, y que eso selle tu salvación. La gracia de Dios es una gracia que tiene que llegar primero para que el pecador pueda creer. Esa gracia por eso ha sido llamada operativa: opera el creer. Ha sido llamada eficaz, porque cuando te llega de manera eficaz va a producir tu creencia en Cristo. Ha sido llamada irresistible, porque una vez te llega, te abrieron los ojos, te abrieron el entendimiento, lo entendiste, y ahora tienes el deseo incluso de poder depositar la fe. Esa es la gracia de nuestro Dios. Es una gracia soberana, porque lo hace con unos y, por razones que no entendemos, no lo hace con otros. A Jacob amé, y a Esaú aborrecí.

La cuarta característica de esa gracia es que es una gracia preservadora. Dios no solamente nos redime por gracia, nos santifica por gracia, sino que también nos preserva por gracia. Si no fuera por su gracia, tú y yo estuviéramos muy lejos de poder habernos salvado.

A veces nosotros nos desalentamos, nos desencantamos, y es por su gracia que Dios viene y me dice: "Regresa." "Pastor, pero yo no recuerdo nunca que yo haya oído la voz de Dios decirme 'regresa', pero sí recuerdo que yo tuve un accidente. A través del accidente tuve mucha dificultad, y ahí yo me di cuenta de por dónde andaba, y regresé." ¡Ah! Eso fue su gracia que te trajo.

A veces nos deprimimos, y es su gracia... Y no queremos ni creer, no queremos ni ir a la iglesia, y es su gracia que nos levanta y nos lleva. Porque como vimos en la confesión del miércoles, el hermano nos decía que cuando él se alejó de la iglesia y de los grupos pequeños y de otros que podrían exhortarle, fue cuando las cosas no estuvieron bien.

A veces nos irritamos hasta con Dios, a lo Jonás. Y Dios viene y se le sube al oído y le dice: "¿Y por qué tú, Jonás —o Jonasito—, estás airado? ¿Tienes razón para estar airado?" Y a lo Jonás pudieras tú decir: "Sí, tengo razón hasta la muerte." "Pues no tienes razón para estar irritado. Y yo sí tengo razón para condenarte ahora mismo con esa actitud que tienes." Pero en su gracia, Dios comienza a trabajar esa ira que yo tengo, incluso contra Él.

Es una gracia que me preserva. Escucha cómo Judas lo dice en el versículo 24: "Y a aquel que es poderoso para guardarlos a ustedes sin caída —Él, no yo— y para presentarlos sin mancha en presencia de su gloria con gran alegría, al único Dios, nuestro Salvador, por medio de Jesucristo nuestro Señor, sea gloria, majestad, dominio y autoridad, antes de todo tiempo y ahora y por todos los siglos. Amén."

Aquel que es poderoso... La vida, hermano, tiene corrientes, tiene momentos, tiene pruebas, tiene tentaciones que son extremadamente poderosas, que si Dios no nos agarrara por su gracia, nos arrastrarían una y otra vez. Es más, no nos tienen que arrastrar; nosotros nos iríamos en esa dirección, porque es nuestra inclinación. Pero Dios no nos dejó, porque su gracia nos sostiene. Es una gracia preservadora; al que es su hijo nunca dejará perecer.

La quinta característica de la gracia de Dios es que es una gracia previsora y eterna en sus propósitos. Dios no había creado nada. La Trinidad habló entre ellos en algún momento, de alguna forma —quién sabe cuándo y dónde, o cómo— y dijeron: "Ahora vamos a crear esta raza humana para desplegar la gloria de la obra de abundante gracia de Dios", como ya explicamos. "Pero lamentablemente esta humanidad se va a perder, de manera que tenemos que hacer previsión." Es una gracia previsora.

Y cuando estamos haciendo esta previsión ahora en la eternidad, antes que las cosas ocurran, escucha cómo Pedro lo describe en 1 Pedro capítulo 1, versículos 18 al 20: "Ustedes saben que no fueron redimidos de su vana manera de vivir heredada de sus padres con cosas perecederas como oro o plata, sino con sangre preciosa, como de un cordero sin tacha y sin mancha: la sangre de Cristo." Escucha ahora la previsión: "Porque Él estaba preparado desde antes de la fundación del mundo, pero se ha manifestado en estos últimos tiempos por amor a ustedes."

Cristo, en la eternidad pasada... Se está hablando de la sangre de Cristo, se está hablando de la sangre preciosa de un cordero sin tacha y sin mancha, que vendría en el tiempo cuando el hombre se perdiera, a redimirlo, a rescatarlo, para que los propósitos de Dios se pudieran cumplir. Dios previó la caída de Adán y Eva.

Mira cómo es más o menos: alguien te pide —suponte que lo tengas— un millón de dólares prestado. Y tú dices: "Déjame ver... Te llamo mañana, voy a tu casa." Pero por la solvencia que él tiene, él no me lo va a pagar. Así que yo, o no se lo doy, o si se lo doy, tengo que hacer algo. Entonces tú decides —suponte que fueras rico en misericordia, no solamente rico en dinero, pero rico en misericordia— y dices: "Se lo voy a prestar, pero sabes qué, yo voy a tener que hacer previsión para ver cómo yo me voy a pagar ese millón de dólares a mí mismo, porque él no lo va a pagar." ¿Estás entendiendo la idea?

Entonces Dios hizo previsión para pagarse a sí mismo la deuda que el hombre jamás podía pagar, y que Dios lo sabía desde antes de crearlo. Esa gracia es tan previsora y tan eterna. Por eso fíjate lo que Pablo le dice a Timoteo en su segunda carta, capítulo 1, versículo 9: nos habla de la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús desde la eternidad. "Pablo, ¿cómo que me fue dada si yo ni siquiera tenía vida?" Precisamente, es que te vimos desde la eternidad, y habiéndote visto perdido en delitos y pecados, y muerto, y andando en la concupiscencia de la carne y de la mente, hicimos previsión. Y te hemos dado una gracia en Cristo Jesús —nota, en Cristo Jesús— desde la eternidad.

¡Wow, wow, wow, wow!

Sexta y última característica del mensaje. No es la última característica de la gracia de Dios, pero es la sexta y última. Es que es una gracia suficiente para diferentes circunstancias y dificultades de la vida. Déjame tratar de explicar eso a partir de un par de pasajes diferentes.

Pablo les escribe a los corintios, en el capítulo 15, versículo 10, le dice: "Pero por la gracia de Dios, yo soy lo que soy". Hermano, por la gracia de Dios, si tú eres creyente, no eres lo que tú eras antaño. Y por la gracia de Dios, tú eres lo que eres hoy. Y por la gracia de Dios, tú serás lo que serás mañana o en la eternidad futura. No te has ganado nada. No importa cuánto esfuerzo todavía has hecho, que debes hacerlo, pero tú haces el esfuerzo para honrar la gracia y la misericordia y el amor con el que Dios ya te ha tratado.

Pero escucha lo que Pablo dice: "Y su gracia para conmigo no resultó vana", porque no porque yo he dado fruto. Y si igual alguien que dio fruto fue Pablo, él dice sí, pero su gracia para conmigo no resultó vana. Escucha ahora: "Antes bien, he trabajado mucho más que todos ellos". ¿Está loco? ¿Se está envullándose ahí? No, no, espera: "Aunque no yo, sino la gracia de Dios en mí". ¿Se está volviendo? Yo he trabajado más que todos ellos, que todos los predicadores, que todos los apóstoles después de Cristo, que todos los que vinieron después de Cristo. Pero espera, no yo, la gracia de Dios en mí.

Tres veces, en un solo versículo, el apóstol Pablo menciona la gracia de Dios. En la primera él dice que él ha llegado a ser lo que es por gracia. En la segunda él dice yo, yo he fructificado, su gracia no ha sido vana. Pero en la tercera, que es la que yo estaba buscando, él dice todo mi esfuerzo, que supera el de todo el mundo anterior a mí, se debe a una sola cosa: la dosis de gracia que Dios me ha dado para mi apostolado.

Hermano, es como pastor, y cada pastor, cada misionero, yo necesito la gracia de Dios para predicar, para enseñar, para evangelizar, para aconsejar, para continuar la carrera sin desmayar, para administrar a ovejas que están muriendo, o en mi caso a pacientes que están muriendo, o a familiares que están llamándote diciendo que a su ser querido le quedan horas o algunos días, necesitan ser ministrados, necesito su gracia. Yo necesito su gracia de la misma manera para perseverar bajo injurias, insultos y acusaciones. Yo necesito su gracia para ser un esposo. Mi esposa necesita gracia para tolerarme, porque tenemos que tolerarnos y soportarnos y perdonarnos. Esa es la instrucción del Nuevo Testamento. Ustedes necesitan gracia para perdonar cuando yo les fallo. Y yo necesito gracia para perdonarlos y amarles cuando ustedes me fallan.

En la vida cristiana, tenemos que olvidarnos de este concepto de justicia de que tienes que pagarme. Pero eso que Pablo lo dice a los corintios, ¿sabes qué? Acepta la pérdida. Déjate defraudar, no te andes buscando, y simplemente acepta la pérdida. ¿Y cómo yo hago eso? Pues eso, por gracia. Su gracia es la que me capacita. Su gracia es la que me es suficiente en mi insuficiencia.

Me encanta como Pedro lo pone en su primera carta, en el capítulo cinco, versículo diez: "Y después que hayan sufrido un poco de tiempo", en el contexto ahí del sufrimiento, pero le va a decir varias cosas. "El Dios de toda gracia". Yo creo que es una de mis frases preferidas: el Dios de toda gracia. En otras palabras, no hay circunstancia, no hay sufrimiento, no hay dificultad, no hay evento por el que tú puedas atravesar donde la gracia de Dios no sea suficiente. "El Dios de toda gracia que nos llamó, que los llamó a su gloria eterna en Cristo". ¿Tú ves la conexión? Siempre la gracia está conectada a Cristo. Su gloria eterna en Cristo. "Él mismo los perfeccionará, afirmará, fortalecerá y establecerá".

Vamos a ver, saquemos cuatro palabras rápidamente. Él los perfeccionará, ¿qué es eso? Santificación. ¿Y cómo? A través del Dios de toda gracia, a través de la gracia suficiente de Dios. Yo te dije que la gracia era santificadora. Él os afirmará, los hará más estables bajo presión. Estaban bajo persecución, podían negar la fe, como Pedro lo hizo en un momento dado, que negó al Señor Jesús. No, no, no, ahora ya está muy empoderado por el Espíritu, y Él te va a afirmar para que no niegues la fe, te fortalecerá en tu fe en medio de las circunstancias, circunstancias que son capaces de quebrar a cualquiera. Hermano, nosotros no somos tan fuertes como pensamos, somos muy frágiles. Yo no sé si tú te has dado cuenta. Y si en el momento te has mostrado súper fuerte, extraordinariamente fuerte, no yo, la gracia de Dios en mí, escucha. Él los establecerá, ¿qué quiere decir eso? Nos hará sentir más seguros en Cristo Jesús. ¿Y quién hace todo eso? El Dios de toda gracia. Su gracia es suficiente.

Pablo habla a los corintios y les dice en un momento dado que él tiene este aguijón que él identifica como un mensajero de Satanás. Eso no está ahí de manera poética, ese mensajero de Satanás. La palabra ahí es ángelos, de donde viene la palabra ángel. Esto es como un demonio. Algunos no lo entienden así, pero es como la deducción más lógica, más clara de cómo está expresado, porque si quito la palabra mensajero y pongo la palabra ángelos, tengo que decir que Dios me ha dejado un ángelos de Satanás. Y Pablo dice que Dios se lo dejó para que él no se enalteciera de la revelación, había estado en el tercer cielo. Y que esto parece que era tan molestoso para Pablo que él dice que le pedía al Señor tres veces que se lo removiera. El Pablo que llegó hasta a resucitar gente. ¿Y qué le dijo el Señor? "Te basta mi gracia". Su gracia suficiente. Eso es de lo que estamos hablando. "Pues mi poder se perfecciona en la debilidad".

Por tanto, Pablo dice: ok, lo entendí, Señor. Por tanto, con muchísimo gusto, grado superlativo extremo, con muchísimo gusto, me gloriaré más bien en mis debilidades para que el poder de Cristo more en mí. Yo creo que nosotros diríamos: bueno, si es así, no me queda de otra, yo me resigno. Pero dice: no, no, no, no, yo no me estoy resignando, yo con muchísimo gusto permito, dejo, más que permito, dejo que el aguijón se quede ahí, y porque ya el Señor me dijo que su gracia me bastará y que por medio de esa gracia yo voy a estar más fuerte en mi debilidad.

¿Pero cómo es eso? Es como paradójico. Claro, es paradójico, pero no contradictorio. Las paradojas lucen una contradicción, pero no son una contradicción. Entonces, ¿cómo es que es paradójico? Bueno, porque yo en mi carne soy más débil, pero en mi espíritu Dios me ha fortalecido por su gracia todo suficiente. Razón por la cual el salmista, que conoció ese tipo de gracia, dijo: "Es bueno para mí ser afligido". ¿Qué es el salmista, es un masoquista? No, no, no, no. Un hombre temeroso de Dios que ha conocido la gracia de Dios.

Hermanos, la gracia de Dios es un don, es una donación, es una buena palabra, una donación inmerecida. Es una gracia inmerecida, es una gracia santificadora, es una gracia soberana, es una gracia preservadora, es una gracia previsora y eterna, y es una gracia todo suficiente. Y esa gracia nos llegó a nosotros por medio de su Hijo, y esa gracia nos es dada a nosotros solo en su Hijo. No hay gracia fuera de Cristo. Dios puede condolerse de la miseria humana, para usar la palabra puritana, verdadera misericordia Él puede tener, pero la gracia es siempre dada en Cristo Jesús, a expensas de la muerte de su Hijo. Tú fuiste salvo porque alguien decidió matar a su Hijo.

Déjenme, el tiempo se ha ido, pero por otro lado yo estoy consciente de que había mucha información acerca de su gracia en un solo mensaje. A veces se dificulta poderlo digerir todo de una hora. Déjenme cerrar. Pero yo tengo que contar una historia que yo le conté a esta congregación, no exactamente este grupo de personas, pero se la conté a esta congregación. Y veamos, hace 15 años, 2008, abril del 2008 para ser exacto, hace 15 años al mes.

Una historia real que quizás nos ayuda a entender cómo nos llega la salvación. Y en una ocasión, dice la historia hace muchos años atrás, que este hombre trabajaba en uno de los puentes de Estados Unidos que cierran y abren para pasar barcos de un lado. Todavía existen. En una ocasión él fue a trabajar y se llevó a su hijo Craig de 8 años de edad con él. El padre se entretuvo trabajando mientras su hijo se entretuvo jugando. El puente estaba abierto, y de repente él nota que su hijo se había caído en el área que controla el abrir y cerrar del puente, las maquinarias. Cuando él se propone ayudar a su hijo, él oye la bocina del tren Mississippi Express que se aproximaba. Y rápidamente él calculó y vio que no tendría tiempo para salvar a su hijo y cerrar el puente al mismo tiempo. Y en un abrir y cerrar de ojos, él decidió cerrar el puente para salvar la vida de 400 personas que se trasladaban en el tren. Pero al hacer eso él sabía que las maquinarias que controlaban el cierre del puente aplastarían a su hijo, que había quedado enredado en ellas. Este señor bajó su cabeza y cerró el puente.

Mientras el tren pasaba, él miró hacia adentro y notó que había personas riendo adentro, tomando vino, comiendo, bailando, disfrutando de los placeres. Y gritando a todo pulmón él dice: "¡Yo acabo de sacrificar a mi hijo y a ustedes no les importa!".

Dios Padre, que es rico en misericordia, por causa del gran amor con que nos amó, aplastó a su Hijo en una cruz. Podíamos imaginarnos a Dios, a través de la historia de este hombre, mirando hacia abajo a la humanidad que siguió bebiendo y comiendo como en los días de Noé. Yo podría imaginarme al Padre, si fuera un humano, diciendo algo similar: "Yo he sacrificado a mi Hijo y a ustedes no les importa, y siguen en su vida de pecado conforme a la concupiscencia de la carne". Eso es lo que la vida del pecador transmite, sobre todo después que él ha recibido la gracia inmerecida de Dios, ha recibido salvación, y continúa como si su sangre y su muerte no lo hubiesen apartado exclusivamente para Él.

Por eso es que nosotros leemos en el Nuevo Testamento que, si continuamos pecando después de haber recibido tan grande salvación, ya no queda ningún sacrificio para nosotros que nos pueda limpiar. La misericordia que encontramos en Dios Padre llevó al Hijo a la cruz. La gracia que encontramos en el Hijo me cubre, me ha cubierto para que yo pueda llegar al Padre, y el poder del Espíritu que viene a morar en mí es el que me preserva hasta el final. La misericordia del Padre, que se dolió al ver mi miseria humana, envió al Hijo. En el Hijo yo puedo encontrar gracia; en ningún otro lugar. Y es su gracia la que me permite ser movido hasta el Padre. Y cuando yo recibo salvación, su Espíritu viene y me da el poder para yo ser preservado hasta el final.

Cierra tus ojos. Piensa por un momento. ¿Hasta dónde tú y yo hemos descuidado la gracia de Dios que nos trajo a salvación? Y ¿hasta dónde tú y yo, habiéndola descuidado y sabiendo ahora que estamos empoderados por esa gracia, hemos hecho lo que nos toca para honrar la sangre derramada en un fin de semana como este y la resurrección alcanzada en un día como este hace dos mil años?

Quizás a lo largo del camino, a lo largo del mensaje, el Espíritu hizo lo que solamente él pudo hacer. Y es que, de alguna forma, por decirlo así, descendió y te visitó con su gracia, y te abrió los ojos, te abrió el entendimiento, regeneró tu alma, depositó fe en ti para que ahora tú la puedas poner en Cristo Jesús. Y que en un día como hoy, por el mover del Espíritu, tú hayas decidido entregar tu vida al Señor para salvación. Que ahí tú puedas decir en tu interior: "Señor, yo entendí esto hoy de la gracia inmerecida, nada para perdón de mis pecados. Entendí esto de que esa gracia es en Cristo, que por eso él fue a la cruz para comprar personas de todo pueblo, tribu y nación, de manera que él pudiera limpiar mis pecados. Pero también entiendo que, como ya tengo una fe, yo puedo ahora, yo necesito hacer lo que a mí me toca: depositar esa fe en Cristo Jesús, porque tú me capacitaste para eso, y confesarlo ya como mi Señor y Salvador."

Si es tu deseo, yo quiero orar contigo desde aquí. Tú vas a orar en tu interior; yo te guío, tú oras en tu propia palabra, tú oras en tu mente, en tu corazón. Y ahí donde estás, en tu propia palabra, en tu interior, puedes decir: "Señor, gracias. Gracias por la gracia que me concedes en Cristo Jesús. Por esa gracia, en esta mañana yo vengo delante de ti. Te digo: Señor, perdóname, perdóname mis pecados. Tú y yo los conocemos en detalle, los grandes, los pequeños, y son muchos. Te doy gracias porque, sin yo merecerlo, tú has derramado sangre a mi favor. Gracias porque tu sangre tiene el poder, tu sacrificio tiene el poder de perdonar mis pecados. Gracias porque yo hoy te pido perdón, te lo pido de corazón, y creo lo que tú me revelas: que tú eres fiel y justo, y tú perdonas cuando confesamos y nos arrepentimos. Y aquí estoy yo."

Como decía ese pecador en la historia que Jesús contó: "Ten misericordia de mí, oh Señor, un pecador." Como tú la tuviste de mí, Jesús, yo intercedo por ellos también. Ten misericordia de cada uno de ellos, como tú tuviste misericordia de mí y tienes misericordia todos los días de mí todavía.

Y ahora tú le puedes decir: "Señor, ya Cristo, ya tú eres mi Señor, ya tú eres mi Salvador, tú eres mi Rey. Gracias por darme el Espíritu que me empodera. Gracias por la gracia para ahora obedecer y vivir una vida a la altura del satisfacer te, con paz, y que honre lo que tú has hecho."

Y todos nosotros te damos gracias por tu obra hoy en cada uno de estos, ahora hermanos nuestros. Bendícelos grandemente, Señor, en Cristo Jesús. Amén.

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.