Integridad y Sabiduria
Sermones

La división, la plaga de la iglesia

Miguel Núñez 15 junio, 2008

La división es una plaga que ha afligido a la iglesia desde sus inicios, pero su raíz no está donde solemos buscarla. No son las diferencias de opinión, ni los estilos de liderazgo, ni las preferencias en la adoración lo que verdaderamente divide al cuerpo de Cristo. La división es un problema del corazón: es el alejamiento que ocurre cuando hay orgullo, celos, envidia y egoísmo que resultan en amargura, resentimiento y desconfianza hacia el otro. Pablo confrontó esto en Corinto, donde unos decían "yo soy de Pablo" y otros "yo soy de Apolos". El diagnóstico del apóstol fue directo: el problema no eran las preferencias por uno u otro líder, sino que seguían siendo niños espirituales, carnales, incapaces de recibir alimento sólido dos años después de haber comenzado en la fe.

El arma más mortífera en estas divisiones es el espíritu de crítica, que se enfoca en las faltas del otro, las mide por un estándar propio y luego condena. Cuando no podemos aceptar al otro, lo eliminamos —no físicamente, pero sí con la lengua, con el silencio, con el distanciamiento. Como advierte Santiago, cuando nos mordemos y devoramos unos a otros, terminamos consumiéndonos mutuamente.

La solución comienza con recordar cuánto nos ha perdonado Cristo a nosotros. La medida de paciencia que Dios ha tenido con cada uno es la misma que él demanda que tengamos con los demás. Soportar, perdonar y amar no son opcionales: son el vínculo que preserva la unidad. El pastor Núñez lo resume con claridad: todos somos simplemente siervos trabajando en la misma cosecha, instrumentos en las manos del único que da el crecimiento.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Primera de Corintios, capítulo 3, para continuar con esta serie. Así dice el Señor: "Así que yo, hermanos, no pude hablaros como a espirituales, sino como a carnales, como a niños en Cristo. Os di a beber leche y no alimento sólido, porque todavía no podíais recibirlo. En verdad, ni aun ahora podéis, porque todavía sois carnales. Pues habiendo celos y contiendas entre vosotros, ¿no sois carnales y andáis como hombres? Porque cuando uno dice: 'Yo soy de Pablo', y otro: 'Yo soy de Apolos', ¿no sois simplemente hombres? ¿Qué es, pues, Apolos? ¿Y qué es Pablo? Servidores mediante los cuales vosotros habéis creído, según el Señor dio oportunidad a cada uno. Yo planté, Apolos regó, pero Dios ha dado el crecimiento. Así que ni el que planta ni el que riega es algo, sino Dios, que da el crecimiento. Ahora bien, el que planta y el que riega son una misma cosa, pero cada uno recibirá su propia recompensa conforme a su propia labor. Porque nosotros somos colaboradores de Dios, y vosotros sois labranza de Dios, edificio de Dios. Conforme a la gracia de Dios que me fue dada, yo como sabio arquitecto puse el fundamento, y otro edifica sobre él; pero cada uno tenga cuidado cómo edifica encima."

Yo he titulado este mensaje: "La división, la plaga de la iglesia." Yo quizás escogí esa palabra porque, tratando de buscar en el diccionario sus definiciones, me encontré que la primera definición que el diccionario provee para la palabra "plaga" es que es una aflicción o calamidad ampliamente distribuida. Y cuando nosotros pensamos en una calamidad, cuando nosotros leemos en los periódicos que en equis nación ha ocurrido una calamidad, usualmente asociamos eso con grandes pérdidas y profundo dolor humano. Y eso es exactamente lo que la división ha producido y produce en el cuerpo de Cristo: grandes pérdidas, profundo dolor. No hay nadie que pueda ganar en una división del cuerpo de Cristo excepto Satanás.

Satanás conoce nuestra condición caída. Él conoce cómo nosotros podemos hacernos instrumento de su peor juego. Él sabe cuáles son las áreas, los botones que él puede apretar y volvernos de un día para otro en marionetas de su juego, que si no fuera por la intervención y la gracia de Dios terminaríamos destruidos. Y él explota esas cosas en nosotros. Tenemos diez años de iglesia y queremos darle las gracias a Dios de que hasta ahora no ha habido en nosotros ningún intento de división. Pero no podemos asumir que eso ha de continuar. Cada uno de nosotros necesita percatarse de que potencialmente en el corazón nuestro hay actitudes, cosas caídas, que si no cuidamos, que si no santificamos, que si no destruimos, son capaces en un futuro de destruir la iglesia que Dios compró, por lo menos la iglesia local.

La división, o las actitudes que pueden terminar en división, han plagado la iglesia desde sus inicios. El libro de los Hechos describe los primeros treinta años de la historia de la iglesia, y apenas llegamos al capítulo 6, en el versículo 1, leemos lo siguiente: "Por aquellos días, al multiplicarse el número de los discípulos, surgió una queja de parte de los judíos helenistas en contra de los judíos nativos, porque sus viudas eran desatendidas en la distribución diaria de los alimentos." ¿Cuándo ocurre este potencial, esta potencial división? Escucha una vez más: al multiplicarse el número de los discípulos. De manera que al multiplicarse la iglesia, ella corre el riesgo de entrar también en esas corrientes si no nos vacunamos en salud.

Esta prédica no está ocurriendo porque tengamos un problema de división. Esta prédica está ocurriendo porque dentro de la serie planificada para hacerse estaba precisamente un mensaje acerca de cómo evitar la división de la iglesia, de qué tenemos nosotros que hacer a manera personal para evitar ser contribuidores a una posible división.

Nota que en este texto se habla de que los judíos helenistas se quejaron de los judíos nativos. Eran parte de una misma iglesia. Los judíos helenistas eran aquellos que habían salido de Palestina, que habían adoptado algunas de las costumbres griegas; y los judíos nativos eran aquellos que no habían salido de allí y, por tanto, no tenían esa influencia griega. A medida en que la iglesia se multiplicó, los judíos helenistas pensaron —quizás tenían razón, quizás era simplemente que estaban prejuiciados— pero pensaron que sus viudas no estaban siendo atendidas por los demás judíos.

Y cuando los apóstoles oyeron tal queja, decidieron que se escogieran siete hombres, siete diáconos, para servir las mesas. De hecho, esa es la palabra que allí aparece: para diaconizar, para atender las mesas. Que fueran personas llenas del Espíritu, y que ellos se iban a dedicar a la administración de la Palabra y a la oración. Y así es como ellos solucionaron ese conflicto y potencial división, pero que no llegó a ser una división.

En el libro de los Hechos, capítulo 15, hay todo un concilio en Jerusalén precisamente porque surgió un desacuerdo doctrinal entre si los gentiles debían ser circuncidados y la otra posición: si no debían ser circuncidados. Y dice el texto que Pablo y Bernabé debatieron con ellos y que hubo una gran disensión. Pero ellos resolvieron el conflicto: hubo un concilio, bajaron a Jerusalén, lo discutieron abiertamente, se pusieron de acuerdo y terminaron siendo de un solo corazón y de un solo sentido.

Eso nos da a nosotros una idea, o nos ayuda a comenzar a ver lo que es una división y lo que no es una división. Una diferencia de opinión no es en sí una división, pero tiene el potencial de convertirse en tal cosa. En este caso, el debate, la disensión, pudieron haber contribuido o creado la división, pero ellos tuvieron la madurez de reunirse en un lugar y humildemente discutir estas cosas y llegar a una conclusión, de manera que se solucionó el problema.

Sin embargo, el mismo Pablo y Bernabé, que al principio del capítulo 15 están unidos en que los gentiles no deben circuncidarse, en el mismo capítulo 15 ellos están divididos. Porque Pablo quería hacer un segundo viaje misionero, se quería llevar a Bernabé, y Bernabé estaba muy contento de ir con Pablo, pero Bernabé quería llevarse a Marcos. Y Pablo dice: "No, no nos vamos a llevar a Marcos, porque Marcos nos abandonó en Panfilia en el primer viaje misionero." Y se produjo un gran debate, una gran disensión, un gran desacuerdo, dice el texto, hasta el punto que Pablo tomó a Silas y se fue por un lado, y Bernabé tomó a Marcos y se fue por otro lado. Y eventualmente se reconciliaron, porque Pablo mandó a pedir a Marcos y decía que le era de mucha ayuda. De manera que eso tampoco terminó en una división, aunque sí hubo un debate que tenía esa propensión o ese potencial, pero no hubo una división.

Eso nos da a nosotros una idea, entonces, de cómo comienzan las divisiones: debates, diferencias de opiniones que escalan en una proporción que los individuos comienzan a formar bandos, a formar grupos, y se van alineando unos contra el otro. En el momento que yo acabo de describir del Concilio de Jerusalén, en el momento que Pablo y Bernabé se dividen y coge cada cual su lugar, no había una división de la iglesia, pero había una división. Había una división a nivel del corazón. El corazón dividido divide la mente; la mente dividida divide la voluntad. En ese momento Pablo tomó a Silas, Bernabé tomó a Marcos, y se dividieron. Así es como comienza: cuando el corazón, la mente y la voluntad están divididas, entonces nosotros comenzamos a buscar quién se pueda alinear con nuestra posición, de manera que no nos sintamos solos y que alguien pueda simpatizar con mi posición.

Yo creo que eso nos ayuda a comenzar a ver lo que es una división, cómo comienza en el corazón, lo que no es una división, y quizás lo podamos ilustrar un poco mejor ahora.

Con frecuencia se dice —yo lo he oído mil veces— que la existencia de diferentes denominaciones son una ilustración de cómo la iglesia se ha dividido. Eso puede ser verdad, pero no tiene que ser así. Denominaciones diferentes pudieran existir sin evidencia de división. Una denominación pudiera entender que quiere hacer un mayor énfasis en lo que es el evangelismo, y quizás en una dirección en particular, de una manera en particular. El próximo grupo de iglesias pudiera decir: "Yo quisiera hacer un mayor énfasis en la formación de discípulos en otra dirección." No tienen que dividirse, pero tienen preferencias, metodologías diferentes, metas diferentes. Si se agrupan como dos denominaciones distintas que pueden ser complementarias en su trabajo, no tienen que criticarse y pueden existir denominacionalmente separadas sin que eso constituya una división. Pero lamentablemente no es así como muchas veces ha ocurrido.

El que una iglesia prefiera un servicio de adoración tradicional y que la otra iglesia prefiera un servicio de adoración contemporáneo como el nuestro, el que una iglesia prefiera himnos y un órgano y la otra prefiera más instrumentos y que haya coros contemporáneos, no debiera y no tiene que ser razón de una división. Una diferencia sí, pero no de una división. Usted lo va a entender mejor cuando yo logre definir finalmente lo que verdaderamente es una división.

En Estados Unidos hay un grupo de pastores, de líderes, muy conocidos, muy influyentes, muy poderosos en la predicación, y ellos han formado un grupo llamado "Together for the Gospel" (juntos por el Evangelio). Y entre ellos están gente como John MacArthur, John Piper, Al Mohler, C. J. Mahaney, y varios otros individuos. En su introducción de lo que es su página web, hay un párrafo que dice que ellos tienen múltiples diferencias doctrinales, no algunas, múltiples. Sin embargo, ellos se han unido entendiendo que en las cosas cardinales ellos están de acuerdo, y por tanto se han unido por causa del Evangelio: juntos por el Evangelio. De manera que nosotros necesitamos entender entonces dónde y cómo podemos unirnos, lo que es una unidad y lo que no lo es.

Habiendo dicho todo eso, déjame definirte entonces lo que la división es. Es un alejamiento, es una separación de individuos, de iglesias, de organizaciones, de denominaciones, y ese alejamiento es la evidencia —escúchame ahora— el alejamiento es la evidencia de que esa división es más una actitud emocional, afectiva, en corazones donde ha habido orgullo, celos, envidia, egoísmo, deseos de controlar al otro, resentimiento personal, y que todo eso entonces resulta en amargura, malicia, dudas acerca de las intenciones del otro, y un distanciamiento que con el tiempo crece y se hace cada vez mayor.

La división no es diferencia de opiniones, no es diferencia de metodología, no es diferencia en estilo de adoración. Es una actitud y es emocional, es un alejamiento, y el alejamiento es la evidencia de que en aquellos corazones que no pudieron ponerse de acuerdo, a pesar de que el Espíritu de Dios vivía dentro de cada uno de ellos, en esos corazones había todavía celos, orgullo, envidia, egoísmo, deseos de controlar, y todo eso resultó en resentimiento personal, malicia, amargura y dudas.

El problema no es que seamos diferentes. Dios nunca quiso que fuéramos iguales, y si así fuera nos hubiera clonado. No hubiese habido la necesidad de tener una relación sexual entre un hombre y una mujer; tomamos a uno de los dos y lo clonamos por el resto de la eternidad y ahora tenemos seres iguales. Esa no fue la intención de Dios, nunca, aun antes de la caída del hombre. Cuando tú miras el resto de la creación, los astros del universo difieren en tamaño, en brillantez, en gloria, en composición, en la forma de sus terrenos, y sin embargo todos funcionan en unidad. De ahí el nombre universo: diversidad con unidad. Y eso es exactamente lo que el cuerpo de Cristo debiera ser: una gran diversidad en unidad de corazón. Y eso es lo que Dios quiere ver.

Por otro lado, hay un grupo de hermanos, quizás bien intencionados en ocasiones, que han amado tanto la unidad que han sacrificado la verdad en el altar de la unidad, y eso nosotros tampoco lo podemos hacer. Amamos la unidad, pero no por encima de la verdad. La verdad no puede nunca ser sacrificada en el altar de la unidad, porque eventualmente la ausencia de esa verdad nos va a volver a dividir. Pero hay puntos doctrinales periféricos, secundarios, de menor categoría, que no tienen la importancia de las verdades cardinales, y que no debieran entonces esos puntos secundarios dividir el cuerpo de Cristo. Y si somos honestos nos vamos a dar cuenta que al fin de cuentas lo que nos ha dividido, realmente dividido, que incluye ese distanciamiento, es el pecado en el corazón caído del hombre. No importa si eso ocurre en una iglesia allí o si ocurre aquí; al final, la iglesia debe reconocer que si nos ocurre a nosotros, al fin de cuentas es el pecado en el corazón caído del ser humano.

La iglesia de Corinto, donde se produjo esta división de la cual yo leí esta mañana, unos estaban diciendo "yo soy de Pablo", otros estaban diciendo "yo soy de Apolos". Quizás un grupo estaba diciendo "no, es que nadie predica como Pablo", y el otro grupo decía "es que tú no has oído a Apolos". El otro quizás decía "no, es que Pablo es muy severo", y el otro quizás "no, por eso camino yo con Apolos, porque le entiendo y es más suave que Pablo". Y ahí comienza la división: preferencias.

Compara ese espíritu contra el cual Pablo está hablando y del cual Pablo se está quejando. Compara ese espíritu con estas palabras de nuestro Señor Jesucristo en el aposento alto, la última noche, horas antes de su crucifixión, cuando Él está orando al Padre por las cosas que Él considera más relevantes para la causa de Cristo. En Juan 17:22-23: "La gloria que me diste les he dado, para que sean uno así como nosotros somos uno. Yo en ellos y tú en mí, para que sean perfeccionados en unidad, para que el mundo sepa que tú me enviaste y que los amaste tal como me has amado a mí."

Cuando tú oyes al Hijo de Dios, Dios mismo, orándole al Padre y pidiéndole por encima de muchas otras cosas que los mantenga en unidad, para que sean uno, y luego le dice "para que el mundo sepa que tú me enviaste", tú entiendes ahora que el concepto de unidad es cardinal para Dios. Y número dos, que Cristo entendía que si la iglesia no lograba mantenerse en unidad, no iba a haber forma de convencer al mundo que está afuera de tener credibilidad sobre esa iglesia. Y si el mundo no tiene credibilidad sobre la iglesia, no tiene credibilidad acerca del mensaje que predica esa iglesia. Y si no cree el mensaje, no tiene salvación. Y si no tiene salvación, pudiera potencialmente —y humanamente hablando, solamente humanamente hablando— el potencial de oponerse entonces a los planes de Dios.

La iglesia de Corinto, nosotros vemos esta división que aparentemente pudiera tener que ver con el estilo de liderazgo de Pablo o de Apolos. Sin embargo, esta no era la causa. Nosotros lo sabemos por la misma Palabra, por el veredicto del mismo Espíritu que inspiró a Primera de Corintios. Sabemos por ese mismo Espíritu que la causa no era el estilo de liderazgo de predicación de Pablo o de Apolos. Santiago nos dice en 4:1: "¿De dónde vienen las guerras y los conflictos entre vosotros? ¿No vienen de vuestras pasiones que combaten en vuestros miembros?"

Cada vez que tú has estado en un conflicto, no importa quién comenzó el conflicto, la causa de ese conflicto no es lo que se ve; son pasiones en el corazón. Por eso decimos en consejería: el problema nunca es el problema. El problema que trae es simplemente la evidencia o los síntomas del problema. Lo ilustro de esta manera: el paciente viene al médico y el médico le dice "¿cuál es tu problema?" "Tengo tos." "¿Qué más?" "Fiebre." "¿Qué más?" "Dolor de cabeza, me duele el pecho, no puedo respirar bien." Y él cree que esos son sus problemas. ¿Es que no es su problema? Su problema es que tiene una neumonía. Ese es el problema. Las otras cosas son síntomas de su problema. Así andamos nosotros, dando evidencia, presentando síntomas de cuál es verdaderamente el problema. Y Santiago dice: el problema son, o los problemas son, pasiones que combaten en vuestros miembros.

En la iglesia de Corinto entonces, el versículo 3 del texto que leí nos dice cuáles eran algunos de los síntomas que ellos expresaban: celos y contiendas. Esas dos palabras están ahí en el versículo 3, celos y contiendas, que los llevaban a contender acerca del liderazgo de uno o del otro. Pero sabes una cosa, los celos y las contiendas tampoco eran el problema de la iglesia de Corinto. Eran síntomas. Había que entrar un poco más profundo a indagar cuál era realmente el problema. Pero como el Espíritu de Dios inspiró esta carta y quería que tú y yo tuviéramos claro cuál era realmente el problema, de tal forma que si tú y yo somos sabios en el día de mañana no lleguemos a hacer lo mismo que esta gente hizo, el Espíritu de Dios nos dijo abiertamente en el texto de hoy cuál era su problema.

¿No eran los celos y las contiendas? Escúchalo ahora, comenzando en el versículo 1: "Así que yo, hermanos, no pude hablaros como a espirituales, sino como a carnales, como a niños en Cristo." El problema no son los celos, no son las contiendas, no es Pablo, no es Apolos. Es que son bebés, son niños espirituales que todavía se chupan el dedo, tienen bobo, tienen un paño que necesitan como seguridad. "Os di a beber leche, no alimento sólido, porque todavía no podíais recibirlo."

Escúchalo ahora: "En verdad, ni aun ahora podéis." ¿Qué es esto de que "ni aun ahora podéis"? Es que ya Pablo estuvo con ellos hace dos años, y cuando Pablo estuvo con ellos y se iba, no pude haberles dado más que simplemente leche porque eran niños. Pero lo peor, corintios, es que ahora, dos años después, ustedes están en la misma infancia espiritual que cuando yo estaba allí. Y el problema ahora sí sabemos cuál es: inmadurez espiritual y emocional.

Versículo 3: "Porque todavía sois carnales, pues habiendo celos y contiendas entre vosotros, ¿no sois carnales?" Como quien dice, ¿qué más evidencia necesito? Dos años después, las emociones iguales, el desarrollo espiritual igual. Pero ¿será posible, corintios, que todavía no habéis podido crecer a la estatura de Cristo y siguen siendo carnales?

Escúchame ahora. Decíamos con esto: la causa de nuestras contiendas, de nuestros celos, de nuestras envidias, de nuestras divisiones son inmadureces. No importa si yo o la causa mañana, son inmadureces espirituales y emocionales que demandan todo el tiempo que yo sea el centro de atención. Y que no hay quien deba admitir eso; tomamos cualquier diferencia para decir "eso es el problema", "ahí yo trazo la raya en la arena", "hasta aquí yo llego", "hasta aquí te dejo llegar". Y entonces pensamos que es la excusa perfecta para yo decir eso, pero en realidad es mi falta de madurez emocional que no me permite verlo de otra manera.

Decía alguien que cuando soy inmaduro, cuando no tengo la madurez para manejar la crítica, entonces soy muy inmaduro para manejar la alabanza de los hombres. A veces nosotros pensamos que mucho conocimiento de la Palabra, recordar los versículos bíblicos, el libro, el capítulo, el versículo, el texto donde está, pasar exámenes, pensamos que eso es el equivalente a madurez espiritual y emocional. Eso es un grave error. ¿Cómo necesariamente una cosa tiene algo que ver con otra? Debiera, pero no necesariamente. A veces pensamos que si hemos escalado una posición de autoridad en el mundo secular o aquí, que esa posición es la evidencia de que yo tengo la madurez, y tampoco es verdad.

El mejor ejemplo es la opinión de la hija de uno de los presidentes pasados de Estados Unidos, Teddy Roosevelt, presidente de la nación más poderosa del continente en ese momento, y lo sigue siendo hoy. Su hija decía: "El problema con mi papá es que si él va a una boda, él quiere ser la novia, y si él va a la funeraria, él quiere ser el cadáver". Él quiere toda la atención todo el tiempo, lo cual es egoísmo, y el egoísmo es evidencia de inmadurez. Tú puedes ser el presidente de la nación más poderosa del planeta y ser inmaduro emocionalmente. Tú puedes ser el pastor de la iglesia más grande en números sobre la tierra y puedes ser emocionalmente inmaduro. Una cosa no implica la otra, aunque debieran ir de la mano, pero lamentablemente no es así.

Bueno, paso a ahí. Vaya al paso, vaya al paso. Diga: "¿Cómo yo sé si soy inmaduro?". Más o menos de la misma forma que yo sé si estoy enfermo. Yo me hago sonogramas, radiografías; yo voy donde alguien, le digo: "Hazme la radiografía espiritual y dime la verdad". "Ok, te hicimos radiografía de la cabeza, del corazón, espiritualmente hablando". "Ok, ¿qué tú encontraste?". "Mira, yo encontré celos". "Ya, ya no siga hablando, ya, eso no está así". "Bueno, tú me dijiste que te hiciera un diagnóstico". "¿En lo permite?". "Ok, sigue". "Envidia". "¿Y eso es evidencia de inmadurez emocional?". Claro, claro que sí.

Necesidad de criticar al otro para sentirme mejor. El ofenderme fácilmente. La dificultad en perdonar. La dificultad en pedir perdón. La dificultad de ver mis errores cuando todo el mundo los puede ver. El espíritu de competitividad. La necesidad de tener que salir ganando del juego. Y si el juego no se puede jugar conforme a mis reglas, yo me llevo el bate, el guante y la pelota. La inhabilidad de poder compartir nuestras amistades. Que a veces en el matrimonio, incluso, es entre los hijos y los esposos que se dan eso: celos del esposo, la esposa con el hijo, con la hija. El no sentirme bien, a menos que el otro me dé su total devoción. Si yo fuera Dios. No me gustan muchas relaciones, sino una o dos solas donde yo sienta que el otro es devoto mío.

Como decía un predicador, en estos días que estaba leyendo una de sus cartas, tiene una forma de hablar que solamente él a veces puede decir las cosas, pero él dice: "Mira, nosotros somos tales, que a veces no estamos muy bien evaluándonos a nosotros mismos. Nos sentimos como basura y la próxima vez quisiéramos tocar grande a la Trinidad para que hicieran espacio para mí como un cuarto miembro de la Trinidad". Y así somos.

Y entonces el problema de nuestra inmadurez emocional no es que somos inmaduros, el problema no es ese, es que causa divisiones de iglesias, de familias, de matrimonios, de amigos. Y nosotros necesitamos como individuos, como cuerpo, ver dónde estamos para hacer lo indecible, todo lo que esté a tu alcance y en tu poder para que esta iglesia nunca se divida. Y yo te puedo garantizar, aparte de mí no puedo garantizar más nada, que si eso fuera a ocurrir y fuera necesario mi remoción, prefiero eso antes que la división, sin sacrificar la verdad, obviamente. La verdad, el Evangelio, la verdad de Cristo.

Entonces, ¿cómo nosotros podemos analizarnos, sanarnos, vacunarnos para que lo que hemos tenido hasta ahora pueda continuar? Bueno, tenemos que examinarnos y comenzamos a ver: "Oh, tengo celos". ¿Y qué es eso de celos? Bueno, lo que yo siento cuando tengo miedo de perder algo, como si tengo miedo de perder a mi esposa o a mi esposo porque pienso que alguien lo está o la está enamorando. Siento que no, eso es bueno, quizás hay una razón legítima ahí. Pero cuando nadie lo está enamorando, la está enamorando, y nadie te lo está tratando de quitar, y yo siento celos, entonces ya el problema no está en el otro, sino en mí, porque entonces mi inmadurez emocional me hace ver cosas que no existen. De repente soy como medio evidente, pero solamente para mí, agrando los hechos, tengo lupas para cada instancia.

Entonces, cuando comienzo a sentirme tan mal, ¿qué hacía Trujillo cuando alguien lo hacía sentir mal? Lo eliminaba. "Bueno, pero a ver, yo no he matado a nadie". No físicamente, no. Su carácter solamente. Lo eliminamos. Lo asesinamos. Como tenemos envidia, tratamos de quitarlo del medio, lo borramos del mapa, lo borramos de la lista, y luego yo trato de encontrar quién simpatice conmigo para sentirme mejor. ¿Quién puede hacer parte de mi bando?

Con la envidia ocurre lo mismo, exactamente igual, excepto que la envidia es el deseo de querer algo que yo no tengo y que otro posee. Tan pronto yo percibo que esta persona tiene un cargo que a mí no se me ha ofrecido, un salario que yo no tengo, o un privilegio que yo no tengo, o una posición, o una cantidad de dinero, o una oportunidad que yo no tengo, yo comienzo a envidiar esas cosas: "¿Por qué tú y no yo?". Y eso es también parte de nuestra inmadurez emocional. Y cuando experimento esa envidia, yo trato de eliminar esa persona para yo sentirme mejor y yo me convierto en un asesino a sueldo. "Bueno, ¿quién te paga?". Mis emociones, mis sentimientos.

"Pastor, usted está exagerando cuando habla de homicidio, matar". No, yo no estoy exagerando, estoy en la Palabra. Santiago lo dice. Fíjense, Santiago 4, versículo 2: "Codiciáis y no tenéis, por eso cometéis homicidio". Santiago no estaba hablando de quitarle la vida a una persona, estaba hablando del poder de la lengua. "Y por eso cometéis homicidio. Sois envidiosos y no podéis obtener, por eso combatís y hacéis guerras. No tenéis porque no pedís". Hacemos la guerra. Nuestras palabras se convierten en balas incendiarias. Vamos al campo de batalla y trazamos la raya, decimos: "Hasta aquí llegó ella" o "llegó él".

Y tratamos entonces de convencer al otro de la información que tengo de tal manera que podamos formar un bando. El bando me da fuerza, me autojustifica, me ayuda entonces a ver que no estoy solo en esto. Y si yo no consigo que tú te unas a mi bando, pues ya eres enemigo también, te pongo en mi lista negra. "El que no está conmigo está contra mí, y el que no recoge conmigo, desparrama". Mientras tanto, el cuerpo de Cristo se desangra. En un sentido, el corazón de Cristo se entristece, porque nosotros tenemos diferentes maneras de quitar esa vida. En el sentido físico, una pistola, un revólver, un rifle. En el sentido en que lo estoy hablando: me alejo. "Mira, ¿qué pasó que tú y Fulano no eran muy amigos?". "No, nada". "No, pero no...". "Se murió para mí. Lo enterré, lo maté. Paso por el lado, no lo saludo. No, porque él no existe, yo lo maté, él se murió. Yo no tengo problema, él puede tener problema conmigo, pero no yo. Yo no tengo ni siquiera resentimiento contra él". "Bueno, pero ¿por qué tú no me lo buscas?". "No, nada, evitarme problemas". ¿Te das cuenta?

Entonces, las personas, los asesinos a sueldo, averiguan, saben mucho de pistola, de calibre. Yo no sé nada de eso. Pero sé que por lo menos ellos saben cuál tiene más potencia, el rifle que tiene más alcance, para ver cuál es el rifle más mortífero, el más efectivo. Yo no sé mucho de eso, pero del otro rifle yo sé algo de eso. En parte porque lo leo aquí y en parte porque, lamentablemente, como pertenezco a esta raza humana caída, en ocasiones en el pasado he disparado de ese rifle, pero no más. Y ese rifle se llama espíritu de crítica. Este es nuestro rifle más mortal, es certero, es efectivo, es destructor y es atractivo porque es efectivo.

¿Y cómo luce ese rifle? Porque los otros tienen como un gatillo y sabemos más o menos, pero digamos una idea, no me manden uno. Ese rifle se enfoca en las faltas del otro y mide las faltas por mi estándar. Y cuando no se conforma a este estándar que yo he erigido en mi mente, lo condeno a muerte. Ya lo que queda por determinar es cómo lo voy a hacer. Lo que queda por determinar es cuál sería la forma más efectiva, y también hay que determinar si cuando decida matarlo me lo llevo yo solo o me llevo un par de gente más. Pero antes voy a determinar si puedo conseguir quién se una a mi ejército, y si no, yo tengo claro quién tiene que irse.

Eso es cómo somos. No nos deja de sorprender las personas. De acuerdo que yo decía, con una división es un alejamiento. Y que eso sería un problema afectivo emocional producido por corazones con envidia, con celos, con orgullo, corazones caídos que resultan en amargura, en resentimiento y todo ese tipo de sentimientos.

Ese espíritu de crítica que es tan efectivo, tan mortal, se cree superior a otros. Claro que no lo piensa así, él solo lo siente así. Juzga a priori, hace juicio en el primer encuentro con la persona, le pasa revista y llega a una conclusión. No tiene todos los detalles, pero no importa, yo tengo mi conclusión. Asume ese espíritu de crítica que conoce las intenciones por las cuales los otros están haciendo o diciendo lo que están haciendo o diciendo, y entiende, creemos nosotros, que eso nos da permiso entonces al asesinato.

"Bueno, pastor, ahí ya sé cómo luce ese rifle, pero yo no sé si yo tengo uno de esos". Vamos a seguir hablando; como tú quieres saber, yo quiero decirte. Nos hacemos preguntas. Yo le dije el sermón anterior que yo me vivo haciendo preguntas todo el tiempo, y que a veces tengo que pasar meses para contestarlas, pero que está bien un momento. Preguntémonos: ¿con qué frecuencia yo me encuentro enjuiciando las acciones del otro? "Bueno, pero tampoco puedo aprobar la irresponsabilidad". Claro que no, que no puedes aprobar la irresponsabilidad. El problema no está en que yo pueda disentir, que el otro está faltando a su responsabilidad. Recuerda que la división es un conflicto emocional. El problema no está en que yo determine que esto es correcto o incorrecto, está en las emociones que comienzo a sentir cuando veo la acción. Es un problema emocional afectivo, y ahí es donde comienza el problema. Entonces, eso es importante para tú saber si tienes ese rifle y si lo tienes incluso cargado. Preguntémonos: ¿con qué frecuencia tú acusas a los demás de sentirte como te sientes?

No, yo me siento así porque es tu culpa, tú me heriste. Yo no soy tu corazón para sentir. Yo no soy tu mente para pensar. Yo no vivo dentro de ti, ¿cómo puede ser mi culpa si yo vivo fuera de ti? Ah, porque eso es lo que justifica que yo me sienta como me sienta y que tenga que dispararte. Escucha, mi alma, pero el amor de Dios, yo he estado en situaciones así. Yo no simplemente pienso que es así, yo sé que es así. Hasta que te sanes, yo tengo siempre, siempre, siempre la opción de elegir cómo yo me voy a sentir y cómo yo voy a reaccionar.

Hay un librito que yo quisiera también regalarle una copia a cada uno. Yo creo que voy a tener que producir mucho dinero para seguir regalando libros. Pero se llama "Usted se enoja porque quiere". ¿Cómo? ¿Así mismo? ¿Que puedo elegir no enojarme? Yo no simplemente pienso que es así, yo sé que es así. Yo he elegido una cosa y he sabido elegir la otra cosa. Eso es una elección que depende de cuánto Dios me haya, o yo haya permitido que Dios me vaya sanando. Usted es responsable de sus reacciones. Y el otro no es responsable de los sentimientos que usted siente. Como a veces digo en consejería, puede ser que él o ella disparó el gatillo, pero usted estaba lleno de pólvora. Y cuando hicieron ¡clac!, el problema no fue el gatillo. Si no hubiese habido pólvora, no explota.

Frecuentemente es una naturaleza rebelde que rehúsa aceptar su condición. Los demás son culpados de su miseria. Vive descontento, pero niega que viva descontento, excepto que su cara, su rostro, sus palabras lo delatan. "¿Pero qué tú dices? ¡Muy feliz yo!" No, yo vivo muy bien. No es verdad, mentiroso, no es verdad, no es verdad. ¿Te das cuenta de cómo somos? Esto es lo que tenemos que sacar de nosotros si queremos que la iglesia continúe saludable, indivisible, por la gracia de Dios.

Dice en los estudios: frecuentemente ese espíritu de crítica es perfeccionista. Pero porque si es perfeccionista, raramente las cosas se hacen de acuerdo a su perfección, y cuando no se hacen, entonces lo critica. Pero que frecuentemente sirven, pero no son siervos. Bueno, entonces, ¿para qué sirven? Todo el tiempo tratando de ganarse la aprobación de los demás. Por tanto, con frecuencia el servicio es excelente, la motivación errónea. ¿Para qué? ¿Hay algo malo de hacer las cosas excelente para Dios? Nada de malo; la motivación es el problema.

Preguntémonos cuántas relaciones de intimidad tenemos. Raramente el espíritu de crítica tiene relaciones íntimas. Cuando comienza una, al poco tiempo no llena su estándar y se aleja. Al poco tiempo comienza a criticarla: "Esa no es la amistad que yo quiero". Puede ser que no sea la amistad que tú quieres, pero es la que Dios está mandando, la que te puede ayudar. Pero las relaciones son de lejos. Tengo quizás una íntima, no más, pero más frecuentemente ninguna íntima. El problema es que las critico antes de poder llegar a la intimidad.

Escucha lo que Pablo les dice a los gálatas: "Pero si os mordéis y os devoráis unos a otros, tened cuidado, no sea que os consumáis unos a otros". No sé si un perro le ha dado una mordida. Pero imagínese el dolor de los dientes entrando a la piel, los músculos; ustedes retiran su mano, el desgarro. Esta es la imagen que Pablo quiere darle a los gálatas cuando ellos discuten. Como estaban discutiendo, estaban mordiendo. "Y os devoráis unos a otros. Tened cuidado, no sea que os consumáis unos a otros". Eso es lo que pasa, que el cuerpo de Cristo es el único ejército que le dispara a sus propios soldados y los hiere. Y vuelve a leerlo alguna vez más. Eso es la realidad.

Entonces queremos luchar contra un enemigo que es enorme comparado con nosotros, pero ¿con qué fuerza, si estamos sangrando? Si no tenemos ni siquiera tiempo para preparar una buena estrategia contra el enemigo, que todo el tiempo me lo paso maquinando la próxima mordida y resintiendo la mordida anterior que recibí. Y nos devoramos.

¿Y cómo yo destruyo ese espíritu de crítica, pastor? Bueno, gracias por preguntar una vez más. Número uno: aceptar al otro como Cristo le ha aceptado. Háganseme algo. La falta de aceptación del otro no es un problema del temperamento del otro. En esencia es una falta de amor. La razón por la que tú y yo no podemos amar a este otro, que pensamos que es tan difícil, pero que Cristo amó tanto que Dios dio su vida por él, es que Él le ama y yo no. Y la razón, yo tengo que admitirlo. Yo tengo que decir: "No, yo no tengo amor. Yo me amo a mí mismo. Yo pienso que Cristo, Dios, sí puede amarles, pero yo no". Porque como cuarto miembro de la Trinidad, yo no estoy ahí todavía. Entonces le asesinamos.

¿Cómo yo persigo esta destrucción? Bueno, comienza a pensar lo que tú sientes contra esa persona, si Cristo sintiera lo mismo hacia ti. Lo que tú quisieras hacer con esa persona, si Cristo lo sintiera hacia ti. Si las veces que tú le has perdonado, hasta que estás dispuesto a asesinarlo, Cristo lo hubiese hecho contigo, ¿cuántas veces te hubiese asesinado Cristo? ¿O a mí? Si tu límite es setenta veces siete y Cristo te aplicara el mismo límite, ¿hace cuántos años tú consumiste tu última oportunidad? ¿Te das cuenta entonces de cómo nosotros necesitamos?

Y no sé qué tan paciente Cristo ha sido contigo. No lo sé. Yo sé que Él ha tenido mucha paciencia conmigo. Pero hasta donde Él haya sido paciente contigo, mientras más paciente Él haya sido contigo, esa paciencia Él te demandará que tengas con los demás. Escucha eso una vez más. Mientras más paciencia Dios haya tenido contigo, más paciencia Él te demandará. En esa, con esa misma palabra te demandará que tengas hacia los demás. Y si no lo haces, esa misma vara que has rehusado o que has medido al otro, Él te permitirá que sea medida a ti.

Escucha cuál es el mandato en Efesios 4:2-3: "Con toda humildad y mansedumbre, con paciencia". Escucha la próxima palabra: "Soportándoos unos a otros". ¿Te das cuenta que la próxima palabra después de "con paciencia" no es "con amor de cuchi-cuchi"? Es soportando lo que te hace irritar. La última vez que yo busqué esa palabra en el diccionario, soportar no era simplemente caminar con el otro. Era aguantar, tolerar, a pesar de... ¿Y cómo yo voy a hacer eso? "Soportándoos unos a otros en amor". Lo que me hace falta es amor. "Esforzándoos por preservar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz". ¿Tú entiendes cuál es la motivación final para soportar al otro? Preservar el vínculo de la unidad, que no hayan grietas en el cuerpo de Cristo, en el ministerio de Cristo.

Colosenses 3:14: "Sobre todas estas cosas", como si no nos hubieran dicho mucho ya, "vestíos de amor, que es el vínculo de la unidad". ¿Te das cuenta ahora qué es lo que a mí me falta cuando no puedo tolerar, soportar, unirme? Es amor. La razón que Pablo da es exactamente esa: mantener la unidad.

Pero escúchame, cuando tú haces eso y toleras y soportas y eres paciente y amas de esa manera, y tú miras para el cielo, tienes a Dios sonriendo de aquí a aquí. Porque Dios está diciendo: "¡Ahí está mi hijo reflejando lo que yo soy!" Cuando hacemos lo opuesto, Dios está triste, airado, porque estamos reflejando el viejo hombre. Y ahora, en vez de reflejar que somos hijos de la luz, estamos en la luz y nos parecemos... ¿cómo se puede ver? Estamos con un nuevo vestido del nuevo hombre, pero lo tenemos sucio del viejo. Cristo dice: "¡Pero por Dios! Yo los lavé y ellos se ensucian".

Efesios 4:32: "Sed más bien amables unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros". Si pasó por mi era: "Ya, bien, que hay que perdonar, pero no es así, ¿no?" La Palabra dice que tú pones la mejilla una vez, pero no más, porque tenemos nuestras propias interpretaciones de eso. Pero escúchame, como está bien, no lo perdones así. Oye, ¿cómo tú lo vas a perdonar? Déjame leerte el texto para que sepas cómo lo vas a perdonar. No lo hagas como lo hizo fulano o perengano. Oye, bien, algo de esta manera, para que tengas tu medida: "Sed más bien amables unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, así como también Dios os perdonó en Cristo". Haz un inventario de cuántas veces Dios te ha perdonado. Y Dios dice: "¿Y esta es la lista de ella? ¿Terminaste tu lista? Déjame hacer aquella persona a quien tú no has querido, no has podido, no has tenido la intención de perdonar, y perdónalo de la misma manera".

Colosenses 3:13: "Soportándoos unos a otros y perdonándoos unos a otros, si alguno tiene queja contra otro". "Ya, pero la queja mía es real. Es grande, ¿ok? Y la puedo probar, ¿ok?" Vamos a leerlo ahora otra vez. Colosenses 3:13-14: "Soportándoos unos a otros y perdonándoos unos a otros, si alguno tiene queja contra otro", que es real, que es grande, que se puede comprobar, solo callo, eso es aparte, pero para que ustedes sepan: "Como Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros". ¿Para qué es aquello que Cristo tenía, que era grande, que se podía comprobar, que era mucho, que Él te perdonó? Así hacedlo vosotros. Yo tengo la elección de hacerlo así o hacerlo a mi manera. Dios elegirá las consecuencias, y frecuentemente, si no la veo en mí, la veo en la próxima generación. La razón que Pablo da en estos últimos versículos para aceptar, perdonar, soportar, es lo que se ha hecho conmigo.

Entonces, ¿qué hacemos, pastor? Ya llegué al final de esto, ¿qué hacemos? Para saber cómo me manejo. Número uno: rehúsa dictar a otros lo que debe hacer para que Dios trabaje en ellos. Renuncia como gerente general del universo. No va a tener problemas, el universo no va a dejar de funcionar. De hecho, cuando usted renuncia, va a comenzar a funcionar mucho mejor. Dios es el que tiene que hacer el trabajo. Rehúsa ser el Espíritu Santo del otro. Usted no sabe la carga que yo me quité el día que dejé de hacer el Espíritu Santo del otro. Y hasta aquí yo voy a intentar que me den cabida en la Trinidad como un cuarto miembro, no más. Yo renuncio. Eso te va a quitar un gran peso. Usted no es responsable de las acciones del otro. Solo de aconsejarlo. "Sí, pero si no se llevan de mi consejo, este es el consejo de Dios".

¿Y cuántas veces usted ha violado el consejo de Dios? Si usted puede violar el consejo de Dios, ¿qué usted piensa? ¿Que el consejo suyo es inviolable, que está por encima del de Dios? No. Quizá debieran seguirlo para evitar la consecuencia, pero yo no soy responsable de que otros sigan mi consejo. Él tiene el derecho, la elección, de seguirlo o de rechazarlo. Más adelante, le espera Cristo para sacarle cuenta de qué hizo con el consejo que se le dio. Y Él le impondrá las consecuencias. Yo escogí mi pecado y Cristo me trajo las consecuencias.

Recuerde una cosa: usted es un siervo. Eso está aquí en el texto. Primero, el versículo 3:5, ¿qué es? Pues, ¿qué es Apolos y qué es Pablo? Servidores, siervos, mediante los cuales vosotros habéis creído, según el Señor dio oportunidad a cada uno. Entienda eso: que si María creyó a través de mi predicación, lo único que yo tuve fue, según esto que acabó de leer, una oportunidad que Dios me dio para que ella pudiera llegar a ser salva. Que cada cual es su sembrado según su llamado, pero al final no se trata ni de ti ni de mí. Somos meros instrumentos en sus manos.

Estamos trabajando para un mismo Señor y una misma cosecha. Primera de Corintios 3:6-8: "Yo planté, Apolos regó, pero Dios da el crecimiento. Así que ni el que planta ni el que riega es algo, sino Dios que da el crecimiento. Ahora bien, el que planta y el que riega son una misma cosa, pero cada uno recibirá su propia recompensa conforme a su propia labor." Lo único que estamos haciendo es contribuyendo en la misma dirección.

Usted es un siervo de Dios, usted es simplemente un instrumento, de la misma manera que la burra de Balaam fue otro instrumento. Usted está como dos pulgadas por encima de la burra: un instrumento. Y es un privilegio para usted y para mí estar en las manos del que está obrando conforme a sus propósitos. Es un privilegio, es un gozo. Nosotros no somos lo que más; Dios es el labrador.

Primera de Corintios 3:9 dice: "Porque nosotros somos colaboradores de Dios, y vosotros sois labranza de Dios." Este pastor predicó un sermón, doscientos fueron salvos; este predicó otro, tres fueron salvos. Los doscientos son labranza de Dios y los tres son labranza de Dios. Ni este pastor es más ni este menos; al final, todos somos labranza de Dios y parte de sus instrumentos.

Lo que soy, lo soy por gracia. Pero sí, conforme a la gracia de Dios que me fue dada, conforme a la gracia que me fue dada, yo soy lo que soy, no más. Si tengo el don de enseñanza, eso no te sirve de nada para vilipendearte. Eso es pura gracia que se te dio, y a otro le han dado otra gracia que tú no tienes y no verás en ti. Tú no eres sobre el otro, porque al final Él es el dador y tú eres el receptor. Y el que recibe no le encuentra falta al regalo, sino que da gracias por lo recibido. No somos nadie mejor que el otro, simplemente obreros de su viña.

Cuando no lo pensamos así, terminamos dividiéndonos. La división drena, fatiga, cansa, desmotiva, le quita el ánimo, y le dice al nombre de Cristo, empaña su gloria, empaña su poder. Y la división es tan grave para Dios que Tito dice: "Al hombre que causa división, después de la primera y segunda amonestación, deséchalo."

Y nosotros pensamos a veces, cuando la división nos ocurre: este grupo que está aquí se divide de la iglesia y nosotros, que nos quedamos, ganamos. ¿Qué bíblico es eso? Porque en la medida en que yo me tengo que alejar de ese grupo, yo lo único que tengo es una pérdida, no solamente de ellos, delante de Dios. Y si es mi orgullo el culpable de que ese grupo haya tenido que irse, Dios me va a sacar cuenta a mí. Si no me la saca en mi generación, la saca en la próxima generación, pero me va a sacar cuenta.

La división es fácil verla como un problema grave cuando yo te veo como el divisor y te digo: "Mira lo que dice la Palabra, una amonestación o dos y no más." Pero cuando Dios dice: "No, el problema es que el divisor es tu orgullo," aunque yo sea el que me esté aquí, a mí es que me van a sacar cuenta. Y nosotros estamos en necesidad entonces de arrepentirnos, para que el cuerpo de Cristo pueda sanar. Y que Dios en su gracia no nos permita dividirnos, que todos somos capaces de hacerlo, de dividirnos, excepto si no fuera por su gracia.

Que Él nos dé la humildad de corazón de perdonar, pedir perdón, restaurar, sanar, buscar, alentar, fortalecer, ponernos, quitarnos, bajarnos, subirnos, limpiar los pies, secar los pies, secar las lágrimas. Y que al final su nombre brille sobre nosotros.

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.