IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
El desaliento es una de las herramientas más poderosas del enemigo, capaz de abrir el corazón cuando ninguna otra puede hacerlo. Los discípulos que caminaban hacia Emaús conocían bien esa oscuridad: habían visto a Jesús obrar milagros, lo habían seguido durante años, y ahora todo parecía derrumbarse. "Nosotros esperábamos que él era el que había de redimir a Israel", le confiesan al forastero que se les une en el camino. Tiempo pasado. La esperanza se había extinguido con la cruz.
Pero su problema no era falta de información sino falta de perspectiva. Conocían las Escrituras, habían escuchado las promesas, mas solo veían la parte gloriosa del plan de Dios, ignorando que el camino hacia esa gloria pasaba por el sufrimiento. Cristo mismo los reprende con ternura: "¿No era necesario que el Cristo padeciese estas cosas y que entrara en su gloria?" Y comenzando desde Moisés, les abre las Escrituras. No les da una nueva revelación; les muestra lo que siempre estuvo ahí.
Algo sobrenatural sucede cuando la Palabra viva penetra un corazón: "¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba en el camino?" El desaliento se transforma en fuego. Aquellos hombres que minutos antes arrastraban los pies hacia Emaús ahora corren de regreso a Jerusalén, de noche, para proclamar que Cristo vive. La situación que enfrentamos hoy puede parecer el final de todo, pero Dios se especializa en dejar morir nuestros sueños para cumplirlos de manera milagrosa. La pregunta no es si el problema desaparecerá, sino dónde ponemos los ojos mientras caminamos.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
¡Vamos a empezar leyéndoles la siguiente ilustración! Una vez Satanás iba a vender todas sus herramientas de trabajo. Cuando llegó el día de la venta, había una exhibición de todas esas herramientas para que todo el mundo fuese y las inspeccionase a su gusto. Cada herramienta tenía su precio. Imagínense lo que había en ese taller: todo tipo de implemento de trabajo. El odio, la envidia, la duda, la mentira, el orgullo y muchas otras más.
Por un lugar separado de las otras herramientas estaba una que parecía de poco uso, pero su precio era sumamente alto. Uno de los compradores preguntó: "¿Y cuál es el nombre de esa herramienta?" "Oh," dijo el maligno, "esa es el desaliento." "¿Y por qué tiene un precio tan alto?" pregunta el comprador, y Satanás le responde: "Porque es la herramienta más útil que tengo. Con ella puedo abrir el corazón y entrar al corazón de una persona cuando no puedo llegar cerca de ella con ninguna otra herramienta. Y luego que estoy adentro, puedo hacer que haga lo que yo quiero. Es una herramienta que utilizo constantemente con todas las personas, porque pocos saben que la herramienta del desaliento me pertenece."
El precio de la herramienta era tan alto que el maligno nunca la vendió, y todavía sigue siendo una de sus armas más poderosas, y él la usa con las personas hoy en día. Fin de la cita.
El diccionario define el desaliento como el decaimiento del ánimo o de las fuerzas de una persona. En otras palabras, podemos decir que es cuando decaen nuestras esperanzas. Y yo quiero que vayamos a la Escritura, a Lucas capítulo 24, versículos 13 al 35, para que veamos un ejemplo de desaliento en los discípulos que iban camino a Emaús. Ellos estaban muy decaídos por la muerte de Jesús, pero quiero que veamos cómo fueron alentados en su encuentro con el Cristo resucitado.
Lucas capítulo 24, versículos 13 al 35, dice así la Palabra de Dios: "Y he aquí, dos de ellos iban el mismo día a una aldea llamada Emaús, que estaba a sesenta estadios de Jerusalén. E iban hablando entre sí de todas aquellas cosas que habían acontecido. Sucedió que mientras hablaban y discutían entre sí, Jesús mismo se acercó y caminaba con ellos. Mas los ojos de ellos estaban velados para que no le conociesen. Y les dijo: ¿Qué pláticas son estas que tenéis entre vosotros mientras camináis? ¿Y por qué estáis tristes?"
"Respondiendo uno de ellos, que se llamaba Cleofas, le dijo: ¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no ha sabido las cosas que en ella han acontecido en estos días? Entonces él les dijo: ¿Qué cosas? Y ellos le dijeron: De Jesús Nazareno, que fue varón profeta, poderoso en obra y en palabra delante de Dios y de todo el pueblo. Y cómo le entregaron los principales sacerdotes y nuestros gobernantes a sentencia de muerte, y le crucificaron. Pero nosotros esperábamos que él era el que había de redimir a Israel. Y ahora, además de todo esto, hoy es ya el tercer día que esto ha acontecido."
"Aunque también nos han asombrado unas mujeres de entre nosotros, las que antes del día fueron al sepulcro; y como no hallaron su cuerpo, vinieron diciendo que también habían visto visión de ángeles, quienes dijeron que él vive. Y fueron algunos de los nuestros al sepulcro, y hallaron así como las mujeres habían dicho, pero a él no le vieron."
"Entonces él les dijo: ¡Oh insensatos, y tardos de corazón para creer todo lo que los profetas han dicho! ¿No era necesario que el Cristo padeciese estas cosas, y que entrara en su gloria? Y comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían."
"Llegaron a la aldea adonde iban, y él hizo como que iba más lejos. Mas ellos le obligaron a quedarse, diciéndole: Quédate con nosotros, porque se hace tarde, y el día ya ha declinado. Entró, pues, a quedarse con ellos. Y aconteció que estando sentado con ellos a la mesa, tomó el pan y lo bendijo, lo partió y les dio. Entonces les fueron abiertos los ojos, y le reconocieron; mas él se desapareció de su vista."
"Y se decían el uno al otro: ¿No ardía nuestro corazón en nosotros, mientras nos hablaba en el camino, y cuando nos abría las Escrituras? Y levantándose en la misma hora, volvieron a Jerusalén, y hallaron a los once reunidos, y a los que estaban con ellos, que decían: Ha resucitado el Señor verdaderamente, y ha aparecido a Simón. Entonces ellos contaban las cosas que les habían acontecido en el camino, y cómo le habían reconocido al partir el pan."
Quizás tú estás aquí hoy, en este día, como estaban los discípulos en ese momento: tu ánimo decaído, sin fuerzas, sin esperanzas. Yo quiero que estudiemos esta narración, este texto de las Escrituras, para que veamos cómo Dios, así como tornó el desaliento de esos hombres en esperanza, puede tornar el tuyo, si hacemos lo que ellos hicieron.
Lo primero que vamos a ver, para aquellos que apuntan y llevan notas, es el encuentro del Señor Jesucristo con esos discípulos. Dice que ellos iban ese día a una aldea llamada Emaús, que estaba a sesenta estadios. Estaban caminando de Jerusalén a Emaús, que era una distancia aproximada de once a doce kilómetros, e iban hablando entre sí de lo que había sucedido: la crucifixión de Cristo, el informe de las mujeres que habían ido al sepulcro y lo habían encontrado vacío, del mensaje que habían recibido de los ángeles, quienes aseguraron que Cristo estaba vivo y que había resucitado.
Ellos van caminando y de repente, mientras van hablando y discutiendo de estas cosas, una persona se les acerca y empieza a caminar con ellos. Era el Señor Jesucristo, y ellos no lo reconocieron. No sabemos por qué Dios impidió que lo reconocieran, pero en ese encuentro, Cristo les pregunta: "¿Qué pláticas son estas que tenéis entre vosotros mientras camináis, y por qué estáis tristes?" Él no les hace esta pregunta porque le faltase conocimiento, sino para despertar el interés de los discípulos y entonces explicarles lo que ellos necesitaban saber.
A esta pregunta, los dos discípulos le responden al Señor. El que se llamaba Cleofas le dijo: "¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no ha sabido las cosas que en ella han acontecido en estos días?" Y el Señor le pregunta: "¿Qué cosas?" Él lo hace para darles a ellos la oportunidad de desahogarse y que le digan lo que está pasando.
Ellos empiezan diciéndole: "De Jesús Nazareno, varón profeta, poderoso en obras y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo." Ellos creen que este forastero está desinformado y proceden a explicarle todo lo que había sucedido. Empiezan a hablarle de Jesús Nazareno. Ellos entendían que Jesús era un profeta. Ellos lo habían oído enseñando, lo habían visto realizar milagros, sanando enfermos, resucitando muertos.
Cuando el Señor resucitó al hijo de la viuda de Naín, todos estaban glorificando su nombre y decían: "Un gran profeta se ha levantado entre nosotros, y Dios ha visitado a su pueblo." Ese Cristo que había devuelto la vista al ciego, cuando empiezan las personas a preguntarle, los fariseos: "¿Quién te abrió los ojos? ¿Quién fue?" Él dijo: "Yo no sé, pero yo sé que es un profeta." Ese hombre que conocía la vida de la mujer samaritana, cuando le dice que había tenido cinco maridos y que el que ahora tenía no era su marido, ¿qué dijo la mujer samaritana? "Señor, a la verdad me parece que tú eres profeta." Eso era algo reconocido.
También le dicen que él fue entregado por los principales sacerdotes y los gobernantes a sentencia de muerte. Ellos sabían que aunque los romanos, quienes eran los que gobernaban, habían sido el instrumento para crucificar al Señor, detrás de todo esto estaban los sacerdotes y los gobernantes judíos. Ellos eran quienes tenían la carga, la culpa mayor en esa situación.
Y miren lo que le dicen en el versículo 21: "Pero nosotros esperábamos que él era el que había de redimir a Israel." Nosotros esperábamos, tiempo pasado, que él nos iba a liberar políticamente, que él nos iba a liberar espiritualmente. Pero ahora mismo ya no está, ya no hay esperanza, ha desaparecido, se ha extinguido. Y ya hoy es el tercer día que todo esto ha acontecido.
Entonces, ¿por qué les dice el tercer día? Porque ellos no lo habían visto resucitar. Como si estuvieran diciendo: "Después que Cristo fue crucificado, nosotros teníamos la esperanza que él iba a intervenir, que él iba a resucitar, que nosotros íbamos a ser liberados. Pero eso no ocurrió ni el primer día, eso no ocurrió ni el segundo día, y hoy es el tercer día y nada ha ocurrido."
Y entonces ellos le hablan en ese contexto del asombro que tienen por los testimonios de la resurrección: "También nos han asombrado unas mujeres de entre nosotros, las que antes del día fueron al sepulcro; y como no hallaron su cuerpo, vinieron diciendo que también habían visto visión de ángeles, quienes dijeron que él vive. Y algunos de los nuestros," continúan diciendo, "fueron al sepulcro y hallaron así como las mujeres habían dicho, pero a él no le vieron." Ya no hay esperanza para nosotros.
Como quizás tú estás aquí en este día, sin esperanza, por una situación específica que estás pasando en tu vida. Hemos visto hasta aquí, para los que llevan apuntes, el encuentro del Señor Jesucristo con esos discípulos, la pregunta que les hace a ellos, la respuesta que le dan: no tienen esperanza, pensamos que él liberaría, tiempo pasado, a Israel, pero no es así, porque hoy es el tercer día y no sabemos qué ha sido de él.
Ante esta situación, vemos en los versículos 25 al 27 la reprensión que el Señor Jesucristo les da a ellos. "¡Oh insensatos!" les dice, o personas carentes de entendimiento, "y tardos de corazón," lentos para creer todo lo que los profetas han dicho. Y procede en los versículos 26 y 27 a hacer un recuento de lo que las Escrituras decían: "¿No era necesario que el Cristo padeciera estas cosas, y que entrara en su gloria?"
¿Ustedes saben cuál es el problema de ellos, y cuál es el problema de nosotros hoy en día? Que solo vemos la gloria y la victoria del Mesías, y no vemos que el camino para alcanzar esas bendiciones es a través del sufrimiento.
Esto queremos: todo lo bueno. Yo soy cristiano, qué bueno. El Señor me salvó, el Señor me rescató, qué bueno. Pero hay un ejemplo de que ese camino no fue un camino de rosas. ¿No era necesario que el Cristo padeciera estas cosas y entrara en su gloria? Esta gloria iba a venir a través del sufrimiento. Pero ¿qué pasa con los discípulos? Al igual que nosotros, estaban concentrados en ciertas partes de la Escritura, pero no en su totalidad. Ellos estaban tomando como bueno y válido ciertas enseñanzas bíblicas, pero dice el texto que era necesario que el Cristo padeciese esas cosas. Ellos tenían que entender que Dios, pudiendo hacerlo, porque esto es poderoso, porque Él soberano, porque no hay quien pueda detener su mano ni decirle qué hace, no había intervenido para librar a Jesucristo de la muerte.
¿Y qué estaban esperando ellos? Bueno, ellos querían poder político, poder militar. Ellos no estaban entendiendo las leyes del reino. Y por eso dicen las Escrituras: "Y comenzando desde Moisés y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de Él decían." Jesús les habla en ese momento de la autoridad de la Palabra de Dios. Les habla del peligro de aplicar la Palabra de Dios de una manera selectiva. Él les habla lo que las Escrituras decían de Él, de Génesis en adelante, sigue por todos los profetas.
Cristo era la realidad que simbolizaban todos los sacrificios establecidos en la ley de Moisés. Él verdaderamente era el Libertador, el verdadero Rey que los jueces y todas las Escrituras prefiguraban en el Antiguo Testamento. Él era el Hijo de Dios, Él era el Mesías. Él sabía que el Antiguo Testamento daba testimonio de Él, y por eso Él les cita las Escrituras.
Yo no sé si ustedes son como yo. Cuando yo veo eso, de Génesis en adelante, que Él les cita las Escrituras, ¿qué pasajes les habrá citado? ¿Le habrá citado Génesis 3:15, donde dice: "Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; esta te herirá en la cabeza y tú le herirás en el calcañar"? ¿Que vendría un Libertador, alguien que había de rescatarnos del pecado?
¿O lo que dice Isaías 53, cuando habla de que subirá cual renuevo delante de Él, y como raíz de tierra seca? "No hay parecer ni hermosura; le veremos, mas sin atractivo para que le deseemos. Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebrantos. Y como que escondimos de Él el rostro, fue menospreciado y no lo estimamos. Ciertamente Él llevó nuestras enfermedades y sufrió nuestros dolores, y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido." Ellos conocían esa porción de la Escritura. Claro que la conocían, pero en ese momento no les interesaba. Ellos querían sentarse, todos los discípulos, en ese reino que vendría, lo más cerca del líder.
Y a este punto quiero traer algunas aplicaciones. Yo no sé cuál es tu situación aquí, pero dice la Escritura que en el mundo vamos a tener aflicción. Eso es una seguridad. Y dice la Escritura que como las chispas vuelan al aire, así nace el hombre para la aflicción. Ante una situación como esta tenemos dos opciones: o hacemos lo que a nosotros nos parece, o hacemos lo que nos dice Dios en su Palabra.
Aquí dice que era necesario, y por eso enfatizo tanto, que su Cristo pasara por todas esas cosas, porque el término "necesario" nos habla del propósito soberano de Dios. Y Lucas quiere que sepamos que el Dios todopoderoso está en control de la historia, moviendo todas las cosas conforme al propósito soberano. Aun el crimen que cometieron los judíos contra nuestro Señor Jesucristo estaba decretado por Dios. "Es necesario", dice Lucas en el 24:7, "que el Hijo del Hombre sea entregado en manos de pecadores, y que sea crucificado, y que resucite al tercer día."
En Hechos 2:23: "A este, entregado por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios, prendisteis y matasteis por manos de inicuos." Entregado por el plan predeterminado y el previo conocimiento de Dios. La muerte de Cristo no fue un accidente; fue el cumplimiento del plan de Dios.
En Hechos 4:27 dice: "Porque verdaderamente se unieron en esta ciudad contra tu santo Hijo Jesús, a quien ungiste, Herodes y Poncio Pilato, con los gentiles y el pueblo de Israel, para hacer cuanto tu mano y tu consejo habían antes determinado que sucediera."
Y esta verdad, que es necesario que esas cosas pasaran en la vida del Señor, debe llenarnos de consuelo en medio de la aflicción. Nada ni nadie, óyeme bien hermano, óyeme bien hermana, nada ni nadie puede impedir que la voluntad soberana de Dios sea llevada a cabo en nuestra vida. Nuestro Dios va a triunfar.
Efesios 1:11 dice: "En Él asimismo tuvimos herencia, habiendo sido predestinados conforme al propósito del que hace todas las cosas según el designio de su voluntad." ¿Qué nos enseña eso? Que Dios es soberano. Que Él tiene control de todas las cosas. Y yo no sé qué está sucediendo en tu vida; quizás tú piensas que estás viviendo en el caos en este momento. Yo solo quiero darte una verdad: nuestro Dios reina. Nuestro Dios está en control de todas las cosas. El propósito que Él tiene, al momento que te llamó a salvación, no puede frustrarse. No importa lo que haga el maligno, no importa lo que pretenda hacer, no importa lo que los hombres nos quieran hacer, nada ni nadie puede tocarnos si Él no lo permite.
Dice el Salmo 103: "Jehová estableció en los cielos su trono, y su reino domina sobre todos." Y en Daniel 4:35 dice: "Todos los habitantes de la tierra son considerados como nada, y Él hace según su voluntad en el ejército del cielo y en los habitantes de la tierra, según su voluntad, no conforme a la tuya ni a la mía. Y no hay quien detenga su mano y le diga: ¿Qué haces?" No lo hay, eso no existe. Era necesario que Cristo padeciese esas cosas.
Esa situación que tú estás pasando, Dios la está enviando con un propósito específico. Es necesario que tú pases por ella. Tú tienes dos caminos en esta situación: o haces lo que te parece, o te guías por tus sentimientos y tus emociones, o te guías por lo que Dios dice en su Palabra.
Otras veces nos desalentamos porque nosotros tendemos a ver solamente las promesas que Dios tiene para nosotros. "Ay, qué bueno, nos espera el cielo." Eso es verdad. Sí, todo obra para bien para los hijos de Dios. Sí, Jehová reina. Sí, está en control de todo. Pero fíjense lo que dice 2 Timoteo 3:12: "Y también todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución."
¿Qué dice aquí el texto? Que quienes obedecen a Dios, quienes han entregado su vida a Jesucristo, quienes quieren vivir para Él, serán perseguidos. Entonces, no te sorprendas cuando las personas te malentiendan, cuando las personas te critiquen, cuando las personas quieran hacerte daño por tu fe, por la manera como tú vives. Si tú vives piadosamente, tú vas a padecer persecución.
Muchas veces vienen situaciones a nuestras vidas que son disciplinas de parte de Dios, como dice Hebreos: "Hijo mío, no menosprecies la disciplina del Señor, ni desmayes cuando eres reprendido por Él, porque el Señor al que ama disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo." Dios nos muestra su amor como Padre cuando nos disciplina. Y en vez de desalentarnos, ¿qué debemos hacer nosotros? Ver la situación por la cual estamos pasando como una muestra del amor de Dios en nuestras vidas.
Vimos la reprensión del Señor a los discípulos. Luego vemos, de los versículos 28 en adelante, el reconocimiento de Jesús por parte de los discípulos. Versículo 28: Ellos van caminando y hablando, el Señor les dice todas estas cosas, y nos dice el texto: "Llegaron a la aldea a donde iban, y Él hizo como que iba más lejos. Mas ellos le obligaron a quedarse, diciendo: Quédate con nosotros, porque se hace tarde y el día ya ha declinado. Entró, pues, a quedarse con ellos."
El Señor hace como que Él va a seguir su camino. Él es un forastero que se encuentra con ellos y Él quiere seguir, pero ellos le piden que se quede con ellos. El viajar de noche tenía diferentes peligros: ladrones, animales salvajes, obstáculos que no se podían ver en la oscuridad. Pero esos discípulos le piden al Señor que se quede con ellos, porque ellos se sentían a gusto con Cristo. Y esto habla a nuestros corazones: nosotros los hijos de Dios nos sentimos a gusto, nos sentimos bien con Él. Y ellos le conceden al Señor el honor de cumplir con los deberes de un anfitrión, aunque no era el dueño de la casa; ellos le conceden esto.
Versículo 30: "Y aconteció que estando sentado con ellos a la mesa, tomó el pan y lo bendijo, lo partió y les dio. Entonces les fueron abiertos los ojos y le reconocieron." No sabemos cómo le reconocieron en el momento de partir el pan. No sabemos si vieron las marcas en las manos del Señor o qué sucedió. Lo cierto fue que sus ojos fueron abiertos y le reconocieron: sus ojos, sus oídos, su entendimiento.
Cristo abrió los ojos espirituales de esos hombres en medio de esa situación para que le reconocieran. Él abrió sus ojos para que pudiesen entender cosas que no entendían en ese momento. En ese momento el Señor rompió la ceguera espiritual para que ellos percibieran, se dieran cuenta de quién era el que estaba a su lado: en ese momento, el Cristo resucitado.
¿Y qué nos enseña esta porción? Muchas veces el Señor cierra nuestros ojos para que no podamos ver la verdad, porque tiene una lección más profunda que enseñarnos. Vamos a pensar, vamos atrás. El Señor había hecho multitud de milagros en presencia de estos hombres. Había levantado muertos, sanado ciegos, paralíticos, enfermos, había alimentado multitudes. Sí. Y se les había dicho que iba a resucitar. ¿Por qué ellos no le creyeron? El Señor cegó su entendimiento. ¿Por qué? Cuando el Señor hizo las alusiones a la cruz, ellos no lo entendieron porque el Señor había cegado su entendimiento. Quería que pasaran por el desaliento y la desesperanza para luego tener el gozo de la resurrección. Y lo mismo pasa en nuestra vida.
Llega un problema, llega una situación, empezamos a orar al Señor y esperamos que en los próximos diez minutos ya la situación se va a resolver. Pero no es así, el Señor no la resuelve. Es más, es peor a veces. A veces después que oramos y clamamos al Señor y nos dedicamos a ayunar, nos sentimos más solos y más abandonados por Dios. Pero luego Él viene en su gracia y se manifiesta de una manera muy especial, como se manifestó a estos discípulos. Él abre sus ojos, dice el texto, y después desaparece de su vista.
Y mira lo que dice el versículo 32. Quiero que lo busquen conmigo. Lucas 24:32: "Y se decían el uno al otro: ¿No ardía nuestro corazón en nosotros, mientras nos hablaba en el camino y cuando nos abría las Escrituras?" Los corazones de estos hombres estaban como en fuego, lo que está diciendo, estaban ardiendo, porque fueron convencidos de la verdad de la resurrección. La presencia de Cristo con ellos cambió su tristeza en esperanza, esa tristeza desapareció, esos corazones ardieron delante de ellos cuando les abrió las Escrituras. Estaban en combustión, se estaban quemando cuando Cristo les hablaba en el camino.
Y esa es una de las marcas de una verdadera conversión. Esta es una de las marcas de un corazón que es cambiado por Jesucristo. Ese corazón frío, ese corazón de piedra que tienen las personas, los hombres, o que teníamos nosotros antes de conocer a Cristo, es cambiado para poder entender las cosas celestiales, para poder entender verdades que antes eran irrelevantes para nosotros y ahora tienen un gran significado.
Pero fíjate lo que pasa. Yo dije ahorita que todos nosotros vamos a pasar por la aflicción, que Cristo está en control de todas las cosas, sí. Todas las cosas obran para nuestro bien conforme al plan divino, sí. Ahora, ¿cuándo fue que sus corazones ardían? Yo te lo pregunto a ti ahora. ¿Cuándo fue que el corazón de ellos empezó a arder? ¿Cuándo siguieron entristeciéndose por el poder político que habían perdido? ¿O por el poder económico que habían perdido? No. Ardieron cuando Cristo les enseñó la Palabra de Dios, mis hermanos. ¿Por qué? Porque esa palabra es viva y eficaz y más cortante que toda espada de dos filos, y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón.
Yo no sé cuál es tu situación, pero yo te digo una cosa: busca la solución, el curso de acción que tú debes seguir en la Palabra de Dios y no en tus emociones y tus sentimientos. Lo que el maligno quiere es que tú sigas tus propias emociones y sentimientos para que te acabes de ir por un despeñadero, en otras palabras. Mientras ellos estuvieron lamentándose por lo que supuestamente habían perdido, estaban desesperanzados. Pero luego que Cristo vino, que les abrió la Escritura y les mostró la promesa y la esperanza que había en Él, ellos cambiaron, sus corazones empezaron a arder. ¿Por qué? Porque esa Palabra de Dios está viva.
Y nosotros somos renacidos, dice Primera de Pedro 1:23, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la Palabra de Dios que vive y permanece para siempre. Una palabra viva y dice que es efectiva, poderosa, una palabra energizante en todos sus efectos. Nada ni nadie puede escapar de esa palabra viva y activa. Y cuando se nos habla de eficaz en ese contexto, se nos habla del poder divino, el poder de Dios para hacer todas las cosas. Esa palabra cumple el propósito por el cual es enviada.
Cuando tú la lees con fe, cuando tú la recibes con fe, cuando tú tienes esa palabra —mis sentimientos me dicen esto en esta situación, pero la Palabra de Dios dice que Él va a hacer esto— y tú obedeces esa palabra, ese poder de Dios nos llega, nos sorprende, nos sacude, obra en nosotros, cambia nuestro pensamiento, cambia nuestros sentimientos y cambia el desaliento en gozo. Se le enseña en la Escritura, yo no me lo estoy inventando: algo sucede, algo sobrenatural, cuando la leemos, cuando la oímos. Penetra, hermano, hermana, penetra hasta lo más profundo de nuestro ser y cumple el propósito para el cual Dios la está enviando. Y eso fue lo que le sucedió a esos discípulos.
Yo te pregunto: ¿cómo está tu corazón en este día? ¿Está endurecido por el pecado? ¿Está endurecido por la autocompasión y por "qué me sucede esto a mí"? ¿Y "esto no puede ser" y estás navegando en tus sentimientos y tus emociones ahí? ¿O tú has ido a la fuente de la Palabra de Dios y esa palabra ha transformado tu corazón de manera que hoy arde cuando tú lees esas verdades que están expresadas allí? ¿Qué tanto arde tu corazón por Dios y por su causa? ¿Qué tanto arde tu corazón al meditar en la Palabra de Dios?
Mira, no es teniendo un programa de lectura de la Biblia y leyendo dos minutos en la mañana, dos versículos, y dos en la noche que tu corazón va a arder. ¡No es así! Es pasando tiempo en la presencia de Dios, es teniendo una comunión real con Jesucristo, es siendo consumido por Él, por su amor, por su obra, por lo que quiere hacer con nosotros en nuestra vida. Esa es la manera de hacer que nuestros corazones ardan, y ese es el compromiso que tú debes hacer en este día. Ante un problema hay dos opciones: o yo me enfoco en lo que me está pasando y me quedo con los ojos mirando lo que pasa en esta tierra, o yo miro hacia arriba, a la obra que Dios quiere realizar en mi vida. ¿Qué tú estás haciendo?
Mira la reacción de estos hombres después que el Señor se fue. Dijeron que sus corazones ardían. Versículo 33 de Lucas 24: "Y levantándose en la misma hora, volvieron a Jerusalén, y hallaron a los once reunidos, y a los que estaban con ellos, que decían: Ha resucitado el Señor verdaderamente, y ha aparecido a Simón. Entonces ellos contaban las cosas que les habían acontecido en el camino, y cómo le habían reconocido al partir el pan."
Ellos le dijeron al Señor que se quedara, que era muy tarde, que se quedara con ellos, ¿verdad? Pero después que el Señor se va, que ellos lo reconocen, ¿qué hacen ellos? Para Jerusalén, para atrás, once a doce kilómetros en la noche, para ver a los discípulos y a los demás. Y llegan donde los discípulos. Imagínense el gozo que había en esa casa. Y le dicen: "El Señor ha resucitado, ha aparecido a Simón." Y ellos le dicen lo que les ha acontecido en el camino. "El Señor ha resucitado." Yo me imagino: "No me lo cuenten, yo lo vi, yo vi al Señor y Él habló con nosotros. Él vive, Él ha derrotado la muerte. Esa cruz que fue el instrumento de oprobio ahora se va a convertir en un objeto de gloria. Cristo ha resucitado, hay esperanza, nosotros también resucitaremos."
Nosotros resucitaremos. No importa lo que usted está pasando, no importa el desaliento, estaremos en la presencia del Señor y vamos a disfrutar de Él para siempre. ¡Gloria sea dada al nombre de Jesucristo! No hay nada más glorioso que eso. Yo no sé lo que usted está pasando aquí, pero mira, vamos a ver al Señor cara a cara y vamos a gozar de Él para siempre.
¿Qué le habrán dicho los discípulos, esos dos discípulos, a los demás cuando llegaron? "Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos, para una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada en los cielos para nosotros." Tenemos una herencia, mi hermano. No importa lo que pase aquí, tenemos una herencia y vamos a disfrutar de ella para siempre. Nosotros somos guardados por el poder de Dios mediante la fe, para alcanzar la salvación que está preparada para ser manifestada en el tiempo postrero. Esto no es un cuento, esto no es una leyenda. Esto es una verdad, una esperanza viva, no una fantasía. Una esperanza basada en la Roca, en Aquel que vive por los siglos, quien es Jesucristo, quien ha resucitado, quien ha subido a los cielos, quien vive y reina por los siglos de los siglos. Y nosotros reinaremos con Él, reinaremos con Él. No me demanden nada, yo estoy pago. Yo digo: no me demanden nada, yo estoy pago.
Hemos leído la narración de los discípulos camino a Emaús y hemos visto lo que sucedió. Yo quiero traer algunas aplicaciones antes de concluir. Primero, qué gloriosa ocupación tenían los discípulos camino a Emaús. Ellos iban hablando de lo que había sucedido, o sea, de la crucifixión y la resurrección de Cristo. Ellos estaban ocupados hablando de los asuntos espirituales, lo que es importante para un creyente. Y hablando de esos asuntos espirituales, Cristo se les acerca y los acompaña durante todo el camino y convierte su lamento en baile.
Dice la Escritura en Proverbios 27:17, leo de la Nueva Versión Internacional: "El hierro se afila con el hierro, y el hombre en el trato con el hombre." Hermanos, ¿qué tan acostumbrados estamos nosotros a tener conversaciones espirituales? ¿Qué tanto hablamos nosotros del Señor? Piensa tú, está tu lado. Te encuentras con un hermano: "Hermano, ¿cómo estás? ¿Bien? ¿Cómo te va en el negocio? Entonces dime, ¿quién tú crees que va a ganar la campaña electoral? ¿La coyuntura del país?" Como que es raro preguntarle: "Hermano, cuéntame, ¿qué estás haciendo en tu devocional esta mañana? Hermano, cuéntame, ¿cómo está Dios obrando en tu vida? ¿Qué está haciendo?" Esos hombres estaban haciendo la única cosa que tiene valor en la vida, valores eternos: hablando de Jesucristo.
Y ojalá que Dios nos despierte para que los temas espirituales sean los que gobiernen nuestras conversaciones y no los asuntos de este mundo, no las conversaciones vanas y sin sentido. No es que no hablemos de las cosas que suceden, claro, vivimos en la sociedad y tenemos que compartir las cosas que están aconteciendo. Mi punto es el siguiente: de la abundancia del corazón habla la boca. ¿Qué hay en tu corazón? Mucho mundo, tú vas a hablar de mucho mundo. Mucha política, mucha política. Muchas cosas materiales, solo vas a hablar de las cosas materiales. Entonces no aprovechamos todos los momentos que tenemos para hablar de Jesús.
Cuando vengan las personas hablando de política —mira esto, aquello, lo otro, qué bien si puede ganar tal o cual candidato— ningún hombre va a ser la solución de nuestro problema, solamente Jesucristo. Porque el problema del hombre es un problema espiritual. Tenemos un vacío en el corazón que solamente Dios lo puede llenar, y ni el poder ni el placer lo va a llenar. Entonces, hablen de Jesucristo: en la casa, en el trabajo, con los amigos, con los hermanos. Hablen de la Palabra de Dios.
Una segunda aplicación: ¿tú sabes cómo tú pones tu problema en perspectiva? Mira a Cristo. Los discípulos van caminando confundidos, desalentados por los eventos que habían ocurrido. Ellos habían visto que Cristo era el Mesías, que era poderoso en palabras, que era poderoso en obra. Y se imaginaban un futuro brillante. A ver si yo digo que los discípulos debían haber sido dominicanos, porque a nosotros nos gusta el poder: "está pegado con fulano y pegado allí con fulano". Es cantidad, pero ese es mi hermano. Eso es lo de uno siempre. Y parece como que estábamos en lo mismo.
Y ahora, de repente, después que invirtieron esa campaña —vamos a decirlo así sin ser ligeros— todo en ruina. Habían invertido tres años de su vida; sus esperanzas se habían esfumado. Cristo había sido quitado de sus vidas, había sido crucificado. Todos los demás discípulos se habían dispersado; había pánico. Ellos estaban en depresión, en estrés, en desánimo. ¿Y por qué? Porque solamente estaban viendo lo que estaba ocurriendo aquí en la tierra, como hablábamos. No estaban mirando atrás. No estaban mirando las enseñanzas que Cristo les había dado. La única realidad que ellos veían era el presente, y el presente los angustiaba. Ellos no escudriñaron las Escrituras para ver las bendiciones futuras que los estaban esperando. ¿Por qué? Porque no tenían esperanza para el futuro. Ellos pensaban que ya todo había acabado.
¿Cómo quizás estás tú aquí en esta mañana? Quizás tú te sientes como los discípulos camino a Emaús. El mundo a tu alrededor se está cayendo. Estás triste, sin esperanza, con muchas preocupaciones: por tu salud, por tus hijos, por las finanzas, por el trabajo. Estás desalentado aún por tus propios fracasos, por tus propias caídas. ¿Quieres un compañero, una compañera, y Dios no te lo ha concedido? Estás lleno o llena de temores y no sabes cómo vas a enfrentar el futuro. No sabes cómo vas a enfrentar la muerte, ya sea la tuya o la de tu ser querido. ¿Tienes temor a quedarte solo o quedarte sola?
Vivimos en un mundo en turbulencia, en un mundo incierto, y tenemos temor de enfrentar ese mundo. Temor por lo que nuestros hijos o nietos van a vivir. Desaliento por sueños que no has podido realizar, o por tiempo que has perdido en ciertas cosas que no debiste haber perdido. O porque sientes que tu vida ha sido un fracaso. O porque tus hijos, tus amigos, tus familiares te han dado la espalda cuando más lo necesitabas. O porque no has alcanzado las metas que querías alcanzar en esta vida. O porque te encuentras en situaciones en las cuales has orado a Dios para que las cambie, y nada ha cambiado.
Es como dice un autor: hay momentos en los que nosotros creemos que Dios se especializa en dejar morir nuestros sueños. Y es verdad, Él se especializa en dejar morir nuestros sueños. ¿Para qué? Para llevarlos a cabo de una manera milagrosa. Job perdió todo lo que tenía: su fortuna y su familia, pero fueron restaurados con creces. Abraham y Sara tuvieron un hijo cuando todo parecía imposible.
Y cuando estos hombres van caminando desanimados, desalentados, Cristo se les acerca a ellos, y comenzando desde Moisés y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de Él decían. ¿Y qué hizo Cristo cuando los llevó a ver las Escrituras? Mi hermano, mi hermana, los estaba elevando de la situación presente que ellos estaban viendo y les estaba dando una perspectiva celestial de las cosas. Les estaba diciendo que la historia no era como ellos la estaban viendo, sino como Dios la había determinado. Y Él permitió que vieran al Cristo resucitado.
Debemos aprender, mis amados, a salir de lo inmediato para contemplar nuestras acciones, nuestras perspectivas, conforme al marco como Dios hace las cosas. Te digo algo: la vida del mundo no comienza y acaba contigo ni conmigo. Te voy a decir otra cosa que tú no sabes: nosotros no somos el centro del universo. Y te voy a decir otra cosa: no todo gira alrededor de nuestra existencia. ¿Qué te voy a decir una cosa? ¿Qué hora es ahora? Las diez y dieciocho. ¿Qué está entrando, mi hermano? Mira, te lo perdono. Te voy a decir: el mundo no ha dejado de correr y tu problema sigue igualito. Y quizás tú tienes un año, diez años, veinte años, diez minutos con el mismo problema.
Miren, entonces, ¿cuál es otro problema? Que nuestra perspectiva de las cosas es limitada. Porque nuestras inversiones son temporales, nuestros compromisos son pasajeros. Nosotros debemos ver nuestra situación, debemos ver la historia en medio de un pueblo que ha caminado con el Señor desde hace miles de años. Tú y yo no existimos en un vacío. Tú y yo somos uno entre muchos que ya hace miles de años empezó su caminata hacia la ciudad celestial. Nosotros somos parte de una nación santa, apartada, no para hacer nuestra voluntad, no para ser felices en esta tierra, sino para servir a los propósitos de Dios.
"Vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que —¿para ser feliz? No— para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable. Vosotros —dice Pedro— que en otro tiempo no erais pueblo, pero ahora sois pueblo de Dios; que en otro tiempo no habíais alcanzado misericordia, pero ahora habéis alcanzado misericordia."
Cuando nosotros entendemos que nuestras vidas y nuestros problemas son una parte muy pequeña en este universo, una parte muy pequeña en los planes de Dios, esto es lo que pasa: nuestro sentido de importancia disminuye. No somos indispensables, no somos el centro del universo, el mundo no va a dejar de girar por nosotros. Y no importa lo que estemos pasando, el privilegio más grande que podemos tener —¿saben cuál es?— poner nuestros dones en operación y vivir para la gloria de Dios.
Dios nos ha concedido la gracia —y me viene la gracia— de participar en proyectos eternos. Porque antes de que nosotros fuésemos creados y viniésemos a este mundo, el Señor ya se estaba moviendo. Y después que nosotros desaparezcamos, Dios continuará su obra hacia adelante. Pero cuando ya no estemos aquí, vamos a estar en su presencia y vamos a disfrutar de Él para siempre. Las cosas solo tienen sentido cuando las vemos dentro de la voluntad del Dios eterno a quien servimos.
Dice Juan Calvino lo siguiente: "Si miramos a nuestro alrededor, un momento puede parecer mucho tiempo." ¿Verdad? Una enfermedad, ¡ay, qué cosa! "Ay, yo estoy solo, solo." Pero en veinte años, más solo. Bueno, si es la voluntad de Dios. Amén. "Si miramos a nuestro alrededor, un momento puede parecer mucho tiempo si lo miramos con los ojos de la carne. Pero si levantamos nuestro corazón al cielo, mil años pueden parecer apenas un instante."
Y yo quiero que veamos nuestra situación como un instante, porque nosotros vamos camino a la ciudad celestial y allí lo vamos a ver todo. Amados, no perdamos la esperanza de la liberación que Dios va a traer en su tiempo y a su momento. Vamos a esperar por Él levantando nuestros ojos al cielo. Vamos a esperar su bendición, que esa bendición vendrá porque nuestro Dios es fiel a su Palabra.
Y eso nos lleva a una tercera aplicación. Mis hermanos, no importa cuál es tu situación y tu condición, debemos hacer que nuestros corazones ardan dentro de nosotros. Y para eso debemos centrar nuestros afectos no en las cosas de este mundo, sino en Dios. Debemos deleitarnos en Dios. Debemos meditar en la ley de Dios.
En Josué 1:8 se le dice a Josué: "Nunca se apartará de tu boca este libro de la ley, sino que de día y de noche meditarás en él, para que guardes y hagas conforme a todo lo que en él está escrito. Porque entonces harás prosperar tu camino y todo te saldrá bien." Cuando medites en el libro de la ley de día y de noche.
Mira, hermano, cuando uno abre la Escritura y uno ve a Cristo a través de su Palabra, y ve la gloria de Cristo, y ve las bendiciones que nosotros tenemos, todo parece pequeño, porque estamos contemplando lo más grande que se puede contemplar.
Meditar en Dios, buscar a Dios en oración. Dice el salmista en el Salmo 73:28: "Pero en cuanto a mí..." ¿Tener dinero es el bien? No. ¿Tener una posición política es el bien? No. ¿Ser reconocido profesionalmente es el bien? No. "En cuanto a mí, el acercarme a Dios es el bien. He puesto en Jehová el Señor mi esperanza, para contar todas tus obras." Él puso su esperanza en las cosas celestiales.
¿Qué lugar ocupa Dios en tu vida? Yo he comprobado en mi propia vida —no sé la de ustedes— mientras más lejos estoy de Dios, más me afectan las cosas que me ocurren en este mundo y más grandes son los problemas. Pero cuando estoy pegado del Señor y me agarro de Él, todo problema parece un chiquito, un chiquitititico así. Porque el Señor es demasiado grande y el estar cerca de Él es el bien. Por eso el salmista dice: "A Jehová he puesto siempre delante de mí; porque está a mi diestra, no seré conmovido." Dice el salmista: "Jehová guarda a todos los que le aman, mas destruirá a los impíos."
Nosotros debemos, amados, si queremos que nuestros corazones ardan, permanecer cerca de Cristo. Él es la vid, nosotros los pámpanos. Apartados de Él nada podemos hacer; debemos acercarnos a Él.
Y una cuarta aplicación. Cuando llegaron a Emaús, recuerden que el Señor iba a seguir, pero ellos le insistieron que se quedara, y Él se quedó. Yo me imagino: "No, yo sigo, yo voy más adelante." "No, pero quédate, no te vayas, por favor, quédate."
Quédate con nosotros, Señor. Hay peligros. Quédate con nosotros. Tú nos has hablado palabras de vida. Quédate con nosotros. ¿Qué nos enseña eso? Que nosotros debemos aprender a clamar en la presencia del Señor. Si leemos a Jacob, la gente, mira: "Yo no te voy a dejar si tú no me bendices." Y yo creo que nosotros no tenemos esa actitud en nuestras vidas de pelear con Dios en oración, pero no para que se haga mi voluntad, sino la tuya, para que tu reino prospere en medio de nosotros, no lo que a mí me parece.
Y como la mujer cananea que tenía su hija enferma: "Señor, Hijo de David, ten misericordia de mí, mi hija es gravemente atormentada por un demonio." Jesús no le respondió. Los discípulos le ruegan: "Despídela, Señor, que está dando voces detrás de nosotros." Y el Señor le dice: "No soy enviado sino a las ovejas perdidas de Israel." Y dice: "Entonces ella vino y se postró delante de él, y le dijo: ¡Socórreme!"
¿Si hubiera sido tú o yo, qué hubiéramos hecho? "Bueno, pues ya le he clamado, Señor. Tanto, tanto, tanto día orando que me quites esta aflicción o que me resuelvas esta situación. Bueno, ya, cuánto le he clamado, entonces no es la voluntad de Dios." No, ella siguió ahí: "Señor, socórreme." Y él le dice: "No está bien tomar el pan de los hijos y echarlo a los perrillos." Y ella le dice: "Pero aún los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos." Entonces el Señor le dice: "Oh mujer, grande es tu fe; hágase contigo como quieres." Y su hija fue sanada desde aquella hora.
Yo quiero que nosotros aprendamos a orar así, que aprendamos a depender de Dios de esa manera. Como el ciego de Jericó: él oye un ruido, está en el camino mendigando, y oye un ruido. Y él pregunta a la multitud, y le dijeron que pasaba Jesús Nazareno, y él empieza a dar voces: "¡Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí!" Y los que iban adelante le reprendían, le pedían que se callase, pero mientras le decían que se callase, él clamaba más: "¡Hijo de David, ten misericordia de mí!" Entonces Jesús, deteniéndose, mandó traerle a su presencia, y cuando llegó le preguntó diciendo: "¿Qué quieres que te haga?" Y él le dijo: "Que reciba la vista." Fíjense, le pidió algo específico. Él clamó y le pidió algo específico. Jesús le dijo: "Recíbela; tu fe te ha salvado."
Ojalá que nosotros tengamos esa insistencia en la presencia del Señor, agarrados de ese trono de gracia, de ese altar de misericordia. Y acuérdense: algo me dijo un hermano, porque no es un altar de castigo, es de misericordia, de bondad. Que nos agarremos de ahí a clamar a él hasta que su voluntad sea hecha en el cielo y en la tierra. "Y Señor, si tú quieres, ayúdame a resolver mi situación." Amén. Pero si no me la resuelves, aquí sigo agarrado frente al otro lado de tu altar. No voy a echar para atrás ni para coger impulso, Señor. Agarrado de ti en todo momento.
Al principio decíamos que los discípulos estaban desalentados. Pero Dios, en su gracia y en su misericordia, tornó ese desaliento en esperanza al ver al Salvador resucitado, a través de la fe en su Palabra. Hagamos lo mismo en este día. Pongamos nuestros ojos en Cristo, tan lleno de gracia y amor, y vivamos para él. Solo una vida, pronto pasará. Solo lo que es para Cristo es lo que ha de durar.
Si nosotros vivimos con ese principio, esa verdad, esa realidad gobernándonos, hermanos, este país explota. Porque aquí hay muchas personas desalentadas. Aquí hay muchas personas sin esperanza. Y nosotros tenemos al único que puede dar esperanza: nuestro Señor Jesucristo. Y nosotros debemos ser el mejor ejemplo, el mejor testimonio de esperanza y de fe en Cristo. Levantemos los ojos al cielo en este día y vivamos para él. A Dios sea la gloria, mis hermanos.