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Sermones

El enfoque de tu mente determina cómo vives

Miguel Núñez 10 noviembre, 2024

El enfoque de la mente determina cómo vives: esta verdad atraviesa todo Romanos 8 y divide a la humanidad en dos grupos únicos. No existe un tercer grupo de "cristianos carnales" como algunos teólogos propusieron en los años ochenta, sugiriendo que alguien podía poner fe en Cristo sin arrepentirse y vivir pecaminosamente mientras seguía siendo salvo. La Escritura es clara: están los que viven según la carne y los que viven según el Espíritu, y la diferencia radica en dónde está puesta la mente.

La mente puesta en la carne tiene características devastadoras: está muerta, es enemiga de Dios, no se sujeta a su ley, ni siquiera puede hacerlo, y es incapaz de agradar a Dios. Esta mente puede venir a la iglesia, memorizar la Biblia, incluso defenderla con argumentos apologéticos brillantes, pero no la obedece. Puede comportarse como cristiana por un tiempo, pero nunca con la intención de abandonar sus ídolos. Como las aves que no pueden vivir bajo el agua, la carne puede aparentar espiritualidad solo por momentos.

La mente puesta en el Espíritu, en cambio, produce frutos visibles: amor, gozo, paz, paciencia, mansedumbre, dominio propio. El Espíritu Santo actúa como jardinero que riega la semilla de la Palabra y produce la cosecha. Pero la santificación no es pasiva; requiere que el creyente, empoderado por el Espíritu, haga morir las obras de la carne activamente. El pastor Núñez lo ilustra con el ayuno: así como el estómago pide comida y le decimos que no, debemos responder a los deseos de la carne. La diferencia es que al estómago lo ayunamos un día; a la carne hay que crucificarla todos los días. Quienes son guiados por el Espíritu son hijos de Dios, adoptados para clamar "Abba, Padre" al Creador del universo cuando quieran, donde quieran.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Bueno, en el mensaje anterior nosotros comenzamos este extraordinario —es el calificativo que le cabe— este extraordinario capítulo de Romanos 8, repleto de teología, teología para la vida diaria en cierta manera, pero al mismo tiempo teología conceptual, aplicada a la vida de nosotros. El título del mensaje anterior fue "No condenación", que es una forma resumida de decir o de usar la primera frase de Romanos 8:1, donde leemos: "No hay condenación para aquellos que están en Cristo Jesús". Y este mensaje sigue inmediatamente después; vamos a estar leyendo desde el versículo 5, que yo desarrollé en la vez anterior.

A propósito lo puse ahí para dejarlo para este, así se lo comuniqué a producción, porque quería que ese versículo 5 diera conexión y contexto a la hora de leer esta porción. Y he titulado este mensaje: "El enfoque de tu mente determina cómo vives". Piensa en eso por un momento, piensa cómo has vivido el último día, la última semana, el último mes, el último año. La manera como tú y yo la vivimos —no importa cómo, importa, pero me refiero en este sentido, no importa cómo— si tú viviste así, estaba tu mente enfocada. No hay otra forma. La mente es el centro de operación; ella determina lo que va a hacer si la dejamos hacer eso, porque también contamos con algo más que mi mente para poder contradecir alguno de sus impulsos.

De manera que yo quisiera que con eso en mente pudiéramos leer desde el versículo 5 hasta el 15, y yo creo que eso nos va a permitir entender mucho mejor en el contexto apropiado. Escucha lo que dice el versículo 5 de Romanos 8: "Porque los que viven conforme a la carne ponen la mente —esa es una palabra clave— en las cosas de la carne. Pero los que viven conforme al Espíritu, en las cosas del Espíritu. Porque la mente puesta en la carne es muerte, pero la mente puesta en el Espíritu es vida y paz. La mente puesta en la carne es enemiga de Dios, porque no se sujeta a la ley de Dios, pues ni siquiera puede hacerlo, y los que están en la carne no pueden agradar a Dios. Sin embargo, ustedes no están en la carne, sino en el Espíritu, si en verdad el Espíritu de Dios habita en ustedes. Pero si alguien no tiene el Espíritu de Cristo, el tal no es de Él. Y si Cristo está en ustedes, aunque el cuerpo está muerto a causa del pecado, sin embargo, el espíritu está vivo a causa de la justicia. Pero si el Espíritu de aquel que resucitó a Cristo de entre los muertos habita en ustedes, el mismo que resucitó a Cristo Jesús de entre los muertos también dará vida a sus cuerpos mortales por medio de su Espíritu que habita en ustedes. Así que, hermanos, somos deudores, no a la carne para vivir conforme a la carne, porque si ustedes viven conforme a la carne habrán de morir, pero si por el Espíritu hacen morir las obras de la carne, vivirán. Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, los tales son hijos de Dios. Pues ustedes no han recibido un espíritu de esclavitud para volver otra vez al temor, sino que han recibido un espíritu de adopción como hijos, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre!"

Bueno, ahí está el texto. Y si recuerdas, en el mensaje anterior concluimos —basado en el versículo 5— en que Dios divide la humanidad entera desde el Génesis hasta el Apocalipsis en dos grupos: los que viven según la carne y los que viven según el Espíritu. Los que viven según la carne son los incrédulos, son los que no han nacido de nuevo, son los no redimidos o no regenerados. Los que viven según el Espíritu, por otro lado, son todos los opuestos: son los creyentes, los que han nacido de nuevo, los que han sido redimidos o regenerados.

Y quizás la vez pasada fue la última vez que tú oíste acerca de que la humanidad está dividida en dos grupos. Realmente no debiera sorprendernos en lo más mínimo, porque Jesús no enseñó de otra manera. Cristo claramente dijo en un momento dado: "El que no está conmigo está contra mí", dos grupos. "El que conmigo no está recogiendo, bueno, pues ese desparrama", o está en un lado o está en el otro. Jesús habló de que había dos puertas por las cuales nosotros podíamos entrar, que unos entraban por la puerta estrecha al reino de los cielos y los otros se iban por la puerta ancha a la condenación, otra vez dos grupos solamente.

Cristo habló de que había un grupo que le llamaba "Señor, Señor", pero después no hacían nada de lo que Él decía, y esos se iban a la condenación lamentablemente. Pero que había otro grupo que sí hacía su voluntad y que por tanto ellos formaban parte del reino de los cielos, dos grupos. Realmente Cristo habló de que había un grupo que construía su casa sobre la roca, y esos a la hora de la tormenta —que es otra forma de decir a la hora de las pruebas de la vida— pues resistían, porque estaba construida sobre la roca, y ese es un grupo que termina en la vida eterna. Y los otros construían sobre la arena, y esos eran derribados a lo largo del camino, y otra vez, dos grupos.

Sin embargo, en la década de 1980 —yo lo recuerdo vívidamente, nosotros, mi esposa y yo, estábamos apenas llegando a Estados Unidos— surgió una controversia porque comenzó un par de teólogos a enseñar que había un tercer grupo, que esos eran llamados "cristianos carnales". Y estos teólogos, Charles Ryrie y Zane Hodges, del Seminario Teológico de Dallas, hablaban de estos cristianos carnales para referirse a un grupo de personas que supuestamente habían nacido de nuevo, habían puesto su fe en Cristo Jesús, pero que continuaban viviendo pecaminosamente. Para esos teólogos, de hecho, tú podías poner tu fe en Cristo Jesús sin arrepentirte y ser salvo, porque según ellos el único requisito para la salvación era poner tu fe en Jesús. Impresionante.

Ellos también hablaban de que el cristiano no necesita necesariamente tener obras después de haber creído, que las obras podrían llegar en algún tiempo pero que no eran necesarias, contradiciendo precisamente lo que Santiago discutió en su tiempo y en su carta cuando decía: "Si tú me dices que tienes fe y no tienes obras, que me enseñes tu fe, esa fe está muerta".

Esta controversia no fue pequeña, literalmente, y eso llevó a John MacArthur a escribir su primer libro —por lo menos el primer libro que tenía que ver con esta controversia— en 1988, que se llamó "El Evangelio según Jesús", con la intención de contradecir justamente esa enseñanza que estaba haciendo tanto daño y para comenzar a definir mejor lo que era el señorío de Cristo. Entonces ahí nosotros podemos ver hasta dónde llegó esto. Pero no terminó ahí; eso fue perdiendo fuerza, pero en el año 2005 MacArthur otra vez escribió otro libro, se llamó "El Evangelio según los Apóstoles". Pero tristemente, porque esto no acaba de morir, luego en el 2017 escribió "El Evangelio según Pablo", y después escribió "El Evangelio según Dios", Dios Padre, basado en Isaías 53.

Todo eso con la intención de clarificar lo que es el Evangelio y lo que no es, y de clarificar lo que es verdaderamente un cristiano y qué no es, y dejar claro que hay una sola definición para el Evangelio y hay una sola definición o una sola enseñanza acerca de quién es un verdadero creyente. Nosotros hablamos de un "verdadero creyente", pero en realidad no hay dos tipos de creyente, uno verdadero y uno falso; hay un creyente. Pero con la intención de diferenciar aquellos que verdaderamente han nacido de nuevo, que se llaman creyentes, de otros que también piensan que son cristianos pero no han nacido de nuevo, usamos esa palabra. Pero no debiera, no debiera haber necesidad.

En esencia, un cristiano es alguien que se arrepiente, pone su fe en Cristo Jesús como Señor y Salvador. En ese momento el Espíritu de Dios viene, regenera su alma, y por tanto viene a morar en él. Y a partir de esa morada en él, de manera inmediata, él comienza a producir frutos, uno más pequeño, uno más grande a medida que el tiempo va pasando, pero hay un cambio inmediato. Él es de ahí en adelante una nueva criatura; las cosas viejas pasaron, todas son hechas nuevas. De tal manera que Santiago estaba en lo correcto al decir que si tú dices que tienes fe pero no hay ningún fruto de esa morada, no creemos —él no creía, no creemos— que esa fe está viva.

Y Pablo está hablando aquí de esos dos grupos: unos que tienen su mente puesta en la carne y otros que caminan o andan conforme al Espíritu. Ese es el versículo 4 y 5. Bueno, esos que andan conforme a la carne tienen la mente puesta en la carne, y esos que andan conforme al Espíritu tienen su mente puesta en el Espíritu. Eso es lo que el versículo 5 nos dice.

Pero de esos dos grupos sabemos otras cosas de acuerdo a estos versículos, y es que esos dos grupos tienen dos condiciones espirituales distintas. De acuerdo a Romanos 8:6, uno está muerto y el otro está vivo. Y finalmente, esos dos grupos existen con relación a Dios en dos condiciones distintas: un grupo es enemigo de Dios y el otro grupo vive en paz con Dios.

Eso llevó a John Stott a decir que donde enfocamos nuestra mente juega un rol vital en nuestro comportamiento presente, pero también en nuestro destino final. En nuestro comportamiento presente, así como en nuestro destino final.

Yo creo que antes de seguir desarrollando y ver las ideas aquí que Pablo nos dejó, debiéramos definir dos términos: uno es la carne y otro es el Espíritu. Cuando Pablo se refiere a la carne, bueno, esa es una palabra que en el original, "sarx", ha sido traducida de doce, trece, quince formas distintas en el Nuevo Testamento. A veces se refiere a la parte de la anatomía humana, sobre todo la parte muscular. Otras veces se refiere al ser humano en general. Otras veces se refiere a algo terrenal. Pero cuando Pablo habla o usa la palabra "carne" aquí en Romanos 8, básicamente se está refiriendo a la naturaleza caída con todas sus inclinaciones pecaminosas y todas sus formas egoístas de pensar y vivir.

Quizá lo podamos decir de esta manera: que la carne es la inclinación pecaminosa del yo, o el yo dominado por el pecado que se opone a Dios o a lo que Dios desea. Es el yo dominado por el pecado que se opone a Dios o lo que el yo desea. El Espíritu en Romanos 8, cada vez que Pablo habla de Espíritu, con dos excepciones que están en el versículo 15 y el 16, cada vez que usa la palabra Espíritu se refiere al Espíritu Santo.

De manera que, con esa introducción y ese marco de referencia, yo creo que ahora podemos continuar avanzando en el versículo 6. El 5 lo pusimos la semana pasada, simplemente lo usamos como conexión. Entonces, la primera característica que Pablo nos da de la mente puesta en la carne aparece en el versículo 6, y nos dice que esa mente está muerta. Bueno, si está muerta no entiende, no desea a Dios ni es estimulada positivamente por la verdad de Dios. Esta es la mente del no creyente: él no entiende la revelación de Dios.

De hecho, no solamente que no entiende la revelación de Dios, el apóstol Pablo, cuando le escribió a los corintios, les dice en su primera carta que para ese no creyente, para esa mente, la predicación de la cruz, la predicación del evangelio, es necedad de acuerdo a la traducción de la Nueva Biblia de las Américas, o locura de acuerdo a otras traducciones. Y Pablo dice eso a los corintios en su primera carta: se lo dice tres veces en el capítulo 1, una vez en el capítulo 2, una vez en el capítulo 3.

Para esa mente someterse, esa mente que está muerta, para someterse a la ley de Dios tiene que sufrir un cambio. Tiene que haber un cambio de su esencia. Mientras tanto, y esto es importante, esa carne hará lo posible por comportarse como cristiano. Pero la clave es que esa carne hará lo posible para comportarse como cristiano, pero nunca con la intención de abandonar sus ídolos o sus amores, que son la misma cosa. En esencia, es como aquel que está tratando de vivir con un pie en el mundo y un pie en el reino de los cielos. Esa carne, dice Pablo, está muerta.

La característica número 2, 3 y 4 están en el próximo versículo, el versículo 7, ampliamente revelador. Segunda característica de esa mente: Pablo dice que es enemiga de Dios. Dividimos el versículo 7 entre 7a, 7b y 7c. En 7a, Pablo uno dice que la carne, esa carne, es enemiga de Dios. Esa carne siente un rechazo hacia lo que Dios ha revelado. Claro, porque esa carne es esencialmente, perdón, es enemiga de Dios.

Si usaba como ilustración una conversación que tuve ayer con un adolescente en la iglesia Ibis Jota. Estaba hablando ahí a un grupo de jóvenes que se reunieron durante todo el tiempo. En un receso él me paró en uno de los pasillos y me dice: "Pastor, tengo una pregunta", y luego me dice: "Bueno, no es una pregunta, quiero decirle algo que me pasó esta mañana a ver qué usted piensa". Y me cuenta de que él venía en un Uber y trató de evangelizar o presentarle el evangelio, presentarle a Cristo al chofer, y que el chofer comenzó a decirle: "Realmente tú no crees eso para nada, tú estás muy joven, tú no sabes de lo que estás hablando". Y el jovencito era ese, fue muy fuerte, muy duro para mí, yo no sabía cómo manejar eso.

Y él decía: "Bueno, pero tranquilo, porque cuando Cristo vino, a él le fue peor". Porque Mateo 26:65 nos dice que Cristo fue acusado de blasfemia. O sea, Dios se estaba blasfemando contra Dios. Y luego Juan, sí, en 7:20, que a Cristo lo acusaron de estar poseído de un demonio. ¿Te imaginas? Dios blasfemando y poseído. Y le dije: "¿Sabes lo que dice la Palabra en el Sermón del Monte? Que bienaventurados somos nosotros cuando somos vituperados por causa de su honor, por causa de su nombre. Yo quiero que tú te vayas de aquí", le dije, "considerándote bendecido en Cristo esta mañana". Él abrió los ojos como incrédulos. Fue una bendición. Bueno, es que él estaba hablando con una mente enemiga de Dios.

La palabra traducida como enemigo en el griego es echthra, que viene de un vocablo similar, echthros, que implica hostil, antagónica, agresiva, opuesta. La mente puesta en la carne es hostil, es antagónica, es agresiva, es opuesta, está en guerra, está en guerra contra los deseos del Espíritu. Esto es cómo Stott lo define: esta mente es antagonista del nombre de Dios, de su reino, de su voluntad, de su pueblo, de su Palabra, de Cristo, del Espíritu y de la gloria de Dios. Está opuesta a todo eso.

Ahora, hermano, ninguno de nosotros, cuando antes de venir a Cristo, ninguno de nosotros se vio como enemigo de Dios, y mucho menos hostil, mucho menos vérsela antagonista de Dios. Dios dice: "Pero así eras tú", pero no lo sabías. La mente de Dios piensa de una manera y la mente puesta en la carne piensa de otra manera. Este es el origen de nuestra desobediencia.

Cada vez que tú y yo hemos desobedecido, en esencia, yo dudo que al desobedecer nosotros hubiéramos dicho, en la enorme mayoría de los casos, que quizás hacen todos, que hubiéramos dicho: "Yo no sabía que eso no se podía". No, nosotros sabíamos, pero decidimos en ese momento desobedecer a Dios, porque Él piensa una cosa, yo ahora pienso otra cosa, y por ahora yo voy a hacer lo que yo quiero hacer.

El versículo 7 es extremadamente revelador, yo te decía, porque nos dijo ahora que la carne, puesta en la carne, es enemiga de Dios. Es la segunda característica. Ahora la tercera característica: la mente puesta en la carne, perdón, no se sujeta a la ley de Dios. Eso es la segunda parte del versículo 7. Es rebelde, no se sujeta. Y pastor Ryle sedimentó en su comentario: es abiertamente arrogante, autoritaria, jactanciosa, lujuriosa, cínica y orgullosa, porque está centrada en el yo. Por eso nunca cede su terreno. Esta mente prefiere perder sin admitir su falta que ganar en sumisión.

Esta mente escucha la verdad de Dios, pero entiende que las cosas no son así. Y tú podrías decir: "No, yo nunca he dicho eso, yo no he escuchado a nadie". No lo dicen. Tú le predicas a Cristo, se lo predicas, se lo lees de aquí de la Palabra, y te dice: "Sí, pero mi Jesús no es así". "No, tú me estás diciendo que no es así como está aquí". Claro, porque esa mente tiene su propia conclusión, siempre piensa que su opinión es verdadera y valedera. Es una mente argumentativa que prefiere sufrir las consecuencias de su mal caminar antes de someterse a la voluntad de Dios. Es una mente, como el texto dice, que está en rebeldía con Dios.

Uno de los diccionarios consultados define la palabra rebelde como alguien difícil de educar, dirigir o controlar porque no obedece a lo que se le manda. Esa es la mente, la mente puesta en la carne: es difícil de educar, difícil de dirigir, difícil de controlar, porque no obedece a lo que se le manda. Esa mente está muerta, es enemiga de Dios, no se sujeta a la ley de Dios.

Su cuarta característica, versículo 7, tercera parte: ni siquiera puede someterse a la ley de Dios. Su naturaleza se lo impide. No es simplemente que no se somete, es que no puede someterse. La naturaleza de esa carne le impide aun si quisiera someterse a hacerlo. Es como lo ilustraba en el primer servicio: es como las aves que no pueden vivir debajo del agua. Hay algunas aves que entran al agua para pescar, toman un pececito, pero son unos segundos. Y de esa misma manera hay peces que pueden brincar fuera del agua y estar en el aire dos o tres segundos quizás como mucho, y luego vuelven a entrar porque no pueden vivir en el aire volando.

Así es la carne. Puede comportarse como cristiana por un período. Pueden engañar a mucha gente por un largo período de tiempo, pero no pueden engañar a todo el mundo todo el tiempo. Esa es la mente. Esa mente es tan experta engañando que se autoengaña, llega a creer su propia mentira. Porque siempre, y al final siempre, terminará alejándose de Dios, a menos que Dios haga algo. Y lo terminará siendo de manera resentida con Dios y con su pueblo.

El problema, hermano y hermana, es que cuando Adán cayó, no fue simplemente que Adán cayó de un estado de rebeldía. Adán cayó de un estado de inhabilidad, con una mente muerta, con una mente enemiga de Dios, una voluntad esclavizada al pecado y un corazón de piedra, completamente inhábil. Por eso es que algunos prefieren, en vez de usar el término de depravación total, prefieren usar el término inhabilidad total, porque es la verdad. Eso es así.

Entonces, la cuarta característica de esa mente es que tiene una inhabilidad para someterse a Dios. Por eso es que nadie busca de Dios, porque somos incapaces, fuimos incapacitados con la caída de Adán. Por eso Dios tiene que salir a buscar.

La quinta característica aparece en el próximo versículo, el versículo 8: "Y los que están en la carne no pueden agradar a Dios". No, no pueden, o no podíamos, si es el caso en nosotros. Esa mente puede venir a la iglesia, pero cuando lo hace no agrada a Dios. No agrada a Dios porque viene por las razones equivocadas. A veces viene para cumplir un compromiso, a veces viene para evitar el qué dirán. A veces esa mente sabe, después de un tiempo que ha pecado grandemente, su sentido de culpa le pesa mucho y viene a la iglesia tratando de encontrar algún alivio. Pero como no estaba en la iglesia por la razón adecuada o correcta, se va igualmente cargado.

Todavía más, esa mente puede leer la Biblia, puede memorizar la Biblia. Pero frecuentemente la lectura de la Biblia, cuando lo hace, está tratando de encontrar razones para no sentirse tan mal. Y esa mente es lo que ocurre en muchas iglesias: que básicamente le predican, enseñan los versículos que bendicen, los versículos que te prosperan, pero ningún versículo que te prohíba o te evite o te hable de juicio.

Esa mente puede memorizar la Biblia, puede memorizar grandes conceptos y argumentos de apologética, puede constituirse en el mejor o uno de los mejores apologistas de la fe cristiana, y a su muerte descubrirse que vivió una vida inmoral todo su tiempo. Y creo que algunos de ustedes saben a qué persona me estoy refiriendo recientemente.

Aprende la Biblia, memoriza la Biblia, defiende la Biblia, pero no obedece la Biblia: estaba peor. Esta persona puede orar, pero no agrada a Dios, porque no obedece a Dios, porque no tiene verdadera fe en Dios. De hecho, Hebreos 11:6 dice que sin fe es imposible agradar a Dios. Ya Dios dijo que yo puedo ofrecer un sacrificio, que sucedía como una forma de obedecer lo que la Palabra de Dios dice, pero Dios ya reveló que prefiero la obediencia a los sacrificios. Y Dios lo dice porque Él sabe, en el Antiguo Testamento y en el nuevo, que tú puedes ofrecer un sacrificio en el Antiguo Testamento, como un cordero, sin que el corazón realmente esté siendo ofrecido a Dios.

Pero ahora, en nuestra era, verás, eso de sacrificio no existe, pero sus equivalentes puede ser venir a la iglesia o puede ser algo que yo participe de actividades de iglesia. Y la gente va a la iglesia en ocasiones, pero movida por las razones equivocadas. Por ejemplo, cuando me voy a casar: "Quiero casarme por la iglesia". Pero si no crees en ese Dios, no lo sigues, ¿por qué no te casas por la ley? "No, no, yo quiero que ese Dios me bendiga". Pero ¿cómo te va a bendecir si tú no eres su discípulo? O va a la iglesia cuando se muere alguien y voy a cumplir con los familiares. O voy a la iglesia y luego vengo y le digo al pastor: "Pastor, usted puede hacer una oraciocita por mí". O como yo encuentro continuamente con mis pacientes, porque saben que soy pastor, me dicen: "Doctor, usted puede hacer una oraciocita por mí". Bueno, ¿para qué le pide a Dios? Yo puedo orar por ti, pero ¿no es a Dios, ni es una oraciocita? Se lo digo pastoralmente, más que doctoralmente, para que podamos entender.

El problema que tú y yo tenemos es que en la Biblia creer es obedecer literalmente, creer es obedecer. Cristo dice en Juan 3:36, tú lo conoces, o alguno de ustedes lo conoce: "El que cree en el Hijo tiene vida eterna". Eso es creer. Pero el que no obedece al Hijo —en otras palabras, que no cree en el Hijo, pero en términos de obediencia— la ira de Dios permanece sobre él. Entonces, ahí es donde está el problema.

Ahora, la verdadera obediencia requiere la morada del Espíritu. Y la morada del Espíritu es el requisito número uno; de hecho, es el único requisito o el único requerimiento —bueno, sí, requisito, es la misma cosa—. La única característica, es la palabra que ando buscando, que verdaderamente testifica que alguien es cristiano. "Bueno, pastor, pero es que nosotros no vemos el Espíritu". No, claro, pero ¿sabes qué podemos ver? Podemos ver sus frutos. Tú crees en la gravedad, pero tú no ves la gravedad. No, pero tú puedes ver sus frutos. Yo acabo de dejar caer la pizarra, y si tú me dices: "Eso fue la fuerza de gravedad", ahora alguien podría decirte: "Pero ¿dónde estaba la fuerza de gravedad?". Yo no tengo que verla, yo vi su fruto: la caída de la pizarra o de cualquier otra cosa. De esa misma forma, por eso es que Santiago está argumentando, y argumentaríamos hoy, que una fe sin fruto está muerta.

Entonces ahora entendimos un poco lo que es la carne y luego la característica de la carne como Pablo la define. Pero ahora él quiere ayudarnos a entender al otro grupo: los que estaban en la carne, pero ya no están en la carne, y que ahora están en el Espíritu. Y él comienza a hacer eso a partir del versículo 9. Fíjate que él va ahora a hacer un giro, y la primera palabra en el versículo 9 nos dice que está haciendo un giro. Describió una serie de cosas que ya te las expliqué, las expuse. Sin embargo, ahí va el giro: "Ustedes no están en la carne, sino en el Espíritu".

Entonces, de aquí en adelante él va a hablar del otro grupo: "Si en verdad el Espíritu de Dios habita en ustedes. Pero si alguien no tiene el Espíritu de Cristo, el tal no es de Él". Pablo dice de manera positiva que si no estamos en la carne, si no estás, el Espíritu está en ti; y luego dice de manera negativa: pero si no está en ti, entonces tú no eres de Él. Este solo versículo nos deja ver claramente que la característica distintiva del creyente es la morada del Espíritu. Y yo te decía que yo no puedo ver el Espíritu, pero yo puedo ver sus frutos.

Los frutos del Espíritu son una enormidad, pero en Gálatas 5:22-23 se nos definen algunos, los frutos que yo puedo ver en tu persona: amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio propio. Esos son. La carne no ama a nadie; la carne se ama a sí misma. La carne no tiene gozo; la carne lo que tiene son muchas quejas, porque como la carne vive centrada en sí misma, nunca está satisfecha con lo que recibe. La carne no es paciente, porque todo el mundo está atrasado, nadie le está sirviendo, por lo menos como ella quiere. La carne no es fiel, no tiene fidelidad, no es mansa, no tiene capacidad. No quiere dominio propio, porque no quiere que la restrinjan.

Por eso MacArthur decía que el fruto del Espíritu —esto es como una buena frase— es el indicador externo de la salvación. ¿Notaste el fruto del Espíritu? Porque esas cosas no fueron parte del fruto de la carne.

Y la manera como tú y yo podemos visualizar eso, a manera de ilustración, es de esta forma. Imagínate que nosotros somos la tierra. Entonces la Palabra de Dios es la semilla, que es enterrada. Las circunstancias de la vida, de las que habla la parábola del sembrador —cuando las cosas se ponen difíciles, viene la persecución, o vienen los bienes materiales y la riqueza que hacen que muchos se desvíen del camino—, eso hace que la semilla se muera. Las circunstancias de la vida, cuando las semillas no dan en tierra buena. Pero cuando sí dan en tierra buena, entonces crece. De manera que las circunstancias de la vida son el abono para aquellos que son genuinos en Cristo. Y el jardinero es el Espíritu Santo. El jardinero es el que viene y riega la semilla. El jardinero es el que no solamente riega la semilla, sino que cuando ve el árbol crecer, comienza a producir el fruto.

Cuando el árbol está pequeñito, yo no sé si es de mango y yo no puedo analizar su genética para saber. Pero una vez que crece y yo veo sus frutos colgando, digo: "Eso es un árbol de mango". Es exactamente como es en nosotros. Cuando otros ven el fruto, piensan: "Bueno, verdaderamente eso es un hombre cristiano o una mujer cristiana". Y eso ocurre; a eso le llamamos la cosecha del jardinero, la cosecha del Espíritu es el fruto del Espíritu. Por eso le llamo al Espíritu Santo como el jardinero. Y eso ocurre cuando nosotros, tú y yo, le cedemos el control de nuestra vida al Espíritu Santo.

¿Y cómo ocurre eso, pastor? Cuando le cedes el control de tu mente, le has cedido el control de tu vida. Porque la mente es la torre de control. Tú conoces la torre de control, que le da permiso a los aviones para que aterricen y despeguen, o los detiene. La mente es la torre de control de tu vida. Cuando le cedes el control de tu mente al Espíritu Santo, el Espíritu Santo comienza a cambiar esa mente, y pronto tú estarás fructificando. Esa fructificación y esa transformación ocurren de adentro hacia afuera.

Déjame ilustrarte. Tomas una semilla, la entierras y ahí la cubres de tierra. Eso está adentro de la tierra, por así decirlo. Yo no lo veo, pero ahora resulta que la semilla, en unos días, si tú cavaras la tierra, tú verás que ha comenzado a germinar. Pero si dejas la tierra ahí, va a germinar, y de repente comienza a salir sobre la tierra. Porque la transformación de las semillas se produce de adentro hacia afuera, igual que la transformación en nosotros que produce el Espíritu ocurre de adentro hacia afuera. De manera que la mente que estaba muerta ahora es vida, está viva. De tal forma que la mente que estaba en rebeldía ahora está en paz con Dios y comienza a someterse, quizás no completamente, pero de manera creciente a medida que el tiempo pasa.

Ahora, la razón de ese cambio es que la mente que estaba puesta en la carne ahora está puesta en el Espíritu. Por eso decía, por eso el título del sermón es: "La orientación de mi mente determina cómo vivo". Eso es lo que termina determinando cómo vivo, y eso es lo que ha ocurrido. Mi mente, en vez de estar orientada hacia la carne, ha sido orientada hacia el Espíritu, y ahora hay otra forma de vivir.

Y para esto es cómo ocurre eso, porque usted puede decir fácilmente: "Ahora la mente está en el Espíritu". Pero ¿cómo yo sé? Bueno, esto es lo que ocurre, de adentro hacia afuera. Mi forma de pensar realmente es cambiada. "Bueno, ¿y cómo yo sé?". No es tan difícil: tu forma de hablar comienza a cambiar, tu forma de actuar, porque si pienso diferente, actúo diferente. Mi forma de valorar a las personas. Recuerda lo que Pablo dice en 2 Corintios 5:17, que si alguien está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron, todas son hechas nuevas. De ahora en adelante, dice Pablo: "Después que me convertí, ya no veo a nadie según la carne". No me aprovecho de nadie, no abuso de nadie, me propongo todos los días dar más de lo que quito de otro.

Eso sería una excelente decisión todos los días. Ya te levantas: "Señor, hoy yo me voy a proponer a darles más a los otros de lo que pido de ellos". Comienzo a valorar a las personas, no a usar a las personas. Yo comienzo a respetar a las personas, porque hay una dignidad humana en ellos; porque en el caso de los hombres, porque hay una mujer que es un vaso frágil; porque es un portador o portadora de la imagen de Dios; y si es hijo de Dios, porque es alguien por quien Cristo derramó sangre. Ahora respeto y cuido; no solamente que respeto, es que cuido del otro. Y ahora no solamente eso, pero como mi mente cambió, porque el Espíritu la va cambiando, yo comienzo a cambiar la forma de ver la vida. De manera que la vida no es un tiempo dado aquí abajo para disfrutar; no, la vida es un tiempo de inversión para poder, valga la redundancia, invertir en el Reino de los Cielos, que es donde yo voy a pasar el resto de la eternidad. Cambia mi forma de ver la vida.

Ya no exijo tanto, ya no demando tanto, yo quiero dar más, como Cristo lo hizo, como Pablo lo hizo. Pablo siempre dio más de lo que pidió, no demandó, no exigió. Cristo no consideró su condición a Dios como algo a qué aferrarse, y no la demandó, no la exigió, la entregó. De ella, la mente cambiada, comienza a pedir perdón, ahora tiene el deseo de perdonar. Y comienza a someter los hijos a sus padres, los empleados a sus jefes, las ovejas a sus pastores, las esposas a sus esposos. Pero también hay una cierta sumisión mutua del esposo hacia la esposa, porque antes de que Pablo nos diga en Efesios 5 que la esposa debe someterse a su marido, dice: "Sométanse los unos a los otros." De manera que hay una sumisión mutua, y luego, por así decirlo, luego esa sumisión mutua, la esposa se someta a su cabeza. Eso viene con la llenura del Espíritu, de la cual pedimos en canción: "Ven y lléname." Me encanta esa canción, a veces la voy a cantar cuatro, cinco, seis veces corrido.

Y esto, como Pablo lo dice, "digo pues," eso es una forma de Pablo decir: "Bueno, les digo a ustedes, como ustedes dicen que son cristianos, pues anden por el Espíritu." Ok Pablo, pero ¿cómo me va a ayudar eso? ¿De qué beneficia? Oye, escucha: "Anden por el Espíritu, y no cumplirán el deseo de la carne." No es tan complicado lo que Pablo está diciendo. Obviamente hay una batalla, hay una lucha, yo sé, la lucha es continua, es diaria, yo sé, eso es verdad. Pero lo que Pablo está diciendo es que, a pesar de todo eso, la manera de no cumplir el deseo de la carne requiere que mi mente esté en las cosas del Espíritu. Anden por el Espíritu y no cumplirán los deseos de la carne. Entonces, sacar eso de mi mente, pelear eso en mi mente, yo gano la batalla o la pierdo en mi mente.

Y lo mencioné la semana pasada, que la palabra ahí en Gálatas 5:16, "andar por el Espíritu," es peripateo, que es un imperativo presente. En otras palabras, el andar por el Espíritu para el cristiano no es una opción. Que Pablo me dice: "Cuando te dé la gana, tú andas por el Espíritu. Yo creo que tú deberías andar por el Espíritu." No, es un mandato, y el mandato es continuo todos los días, cada minuto. Yo tengo el mismo, porque es continuo, es un imperativo presente, es una forma de vivir continua.

Entonces, la característica número dos ahora de los que están en el Espíritu es que él está vivo, pero lamentablemente él tiene un cuerpo muerto. Escucha Romanos 8:10: "Y si Cristo está en ustedes, aunque el cuerpo está muerto a causa del pecado, sin embargo, el espíritu está vivo a causa de la justicia." Y nosotros no hemos sido glorificados todavía. Nosotros estamos vivos, no hemos ido ni siquiera a ser enterrados. Pero los que fueron enterrados, sus cuerpos están ahí deteriorándose. Pero llegará un momento en que los sepulcros se abrirán y el mismo Espíritu que levantó a Cristo de entre los muertos va a levantar mi cuerpo del sepulcro donde yo esté.

En el interín, Pablo lo que nos está tratando de decir es: mira, tú estás vivo en el Espíritu, pero no olvides que tú tienes un cuerpo muerto, un cuerpo que tiene deseos. Y esos deseos, pues, te llevan a hacer cosas que no debieras hacer. El cuerpo está muerto a causa del pecado. Eso fue exactamente lo que Pablo dijo en capítulo 7 de Romanos, que ya lo vimos. En 7:22, que en mi interior yo me deleito en la ley de Dios, en mi interior. En el próximo versículo, 7:23, el problema es que yo al mismo tiempo veo otra ley. Recuerda que dijimos en el mensaje anterior que cuando Pablo usa la palabra "ley" en ese contexto, está refiriéndose como a un impulso. Veo este otro impulso en los miembros de mi cuerpo que me hace que guerree contra la ley de mi mente, que son los pecados de la carne.

Pero va a llegar un tiempo, dice Pablo en el versículo 11, que el Espíritu de aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos, que habita en ustedes, ese mismo Espíritu que resucitó a Cristo de entre los muertos también dará vida a sus cuerpos mortales por medio de su Espíritu que habita en ustedes. Estamos muertos en delitos y pecados, vinimos, fuimos regenerados, pero eventualmente el cuerpo entonces será glorificado. Y ahí yo creo que, cuando nuestros cuerpos se estén levantando, quizá podamos decirnos en el aire: "¡Dame cinco! Finalmente ya estamos libres de pecado, de influencias del pecado." El cuerpo que fue enterrado en debilidad ha resucitado en poder, el que fue enterrado en corrupción ha resucitado en gloria. ¡Gloria a Dios, dale la gloria!

Número tres, característica número tres de los que están en el Espíritu: si tú estás en el Espíritu, tú eres un deudor, pero no a la carne. Escucha versículo 12: "Así que, hermanos, somos deudores, no a la carne, para vivir conforme a la carne." La inferencia aquí es que tú eres un deudor, pero no a la carne, eso está claramente dicho. Pero la inferencia es que tú eres un deudor del Espíritu. Yo no sé por qué le pagamos intereses a la carne, porque yo no le debo nada a la carne. No le pagues intereses a la carne, que tú no le debes nada a la carne. En mi carne no habita nada bueno. De hecho, Cristo lo dijo de otra forma, como vimos también: "La carne para nada aprovecha." ¿Cuál es tu fascinación con la carne si no te provee nada bueno?

Ahora, al Espíritu tú le debes todo, a Él es que somos deudores. Al Espíritu le debemos el hecho de haber pasado de la muerte a la vida. Al Espíritu le debemos el privilegio de poder amar la ley de Dios. Al Espíritu yo le debo que ahora yo puedo someterme a la ley de Dios, porque Él me empodera. Yo le debo al Espíritu el hecho de que ahora yo puedo obedecer genuinamente y no por cumplimiento, para cumplir con alguien. Le debo el hecho de que yo puedo comenzar a lucir más como Cristo. Al Espíritu yo le debo tanto, que no solamente le debo el poder someterme a la ley de Dios, es que Él me transforma a tal grado que incluso pone en mí el deseo de querer hacerlo. A la carne no le debo nada, ni tú tampoco. Al contrario.

Bueno, pastor, ¿qué hacemos con esos deseos de la carne? Exactamente. ¿Tú alguna vez has ayunado, ya sea espiritual o tú has ayunado para hacerte una prueba de sangre al otro día en la mañana? ¿Cómo tú ayunas? El estómago te dice: "Tengo hambre," y tú le dices: "No puedo comer." Pues eso tú haces con los deseos de la carne. La carne te dice: "Quiero esto," y tú le dices: "Yo sé, no te lo puedo dar." Porque ahora yo tengo algo que amo más que el deseo que tú quieres, que se llama Dios. No solamente que lo amo más, es que Él es mi amo y no tú. Hasta ahora tú todavía has sido mi amo, pero ya no. No te debo nada. Cristo me hizo libre, me liberó de ti. A Él sí yo le debo todo, de manera que es a Él a quien voy a obedecer y no a ti. Tú ayunas de la misma forma que ayunaste. Pero somos mejores ayunando el estómago que ayunando la carne. ¿Y hay por qué? Porque el estómago lo ayunamos un día, la carne hay que ayunarla toda la vida. Es crucificarla todos los días. Para hacer algo bien, tú y yo necesitamos depender del Espíritu, de manera que soy un deudor al Espíritu. Él pone el querer y el hacer.

Ahora Pablo te establece un buen contraste en el versículo 13 y dice lo siguiente, escucha: "Porque si ustedes viven conforme a la carne, habrán de morir. Pero si por el Espíritu hacen morir las obras de la carne, vivirán." ¿Ok? ¿Por qué si vivo conforme a la carne voy a morir? Porque no soy creyente. Pablo no está diciendo: "Si tú pecas algún día, ya vas a morir." No es eso que le está diciendo. Pero si tu estilo de vida, el conocido y el no conocido, uno de los dos o los dos, son conforme a las obras de la carne, tú habrás de morir. ¿Voy a morir por qué? Porque no soy cristiano, porque obviamente no estoy exhibiendo el fruto del Espíritu. Y la mente puesta en la carne es muerte.

En ambos, después que el Espíritu viene a morar en ti y en mí, es cierto que Él lleva a la gente a la santificación, pero no la hace solo. Por diseño de Dios, no porque no pueda, por diseño de Dios yo tengo una responsabilidad. Yo tengo una responsabilidad de hacer morir las obras de la carne. Ahora, yo no tengo ese poder, nota que yo no hablo de poder. Yo tengo la responsabilidad de depender del Espíritu, de buscar llenura del Espíritu, de agarrarme del poder del Espíritu y hacer yo morir las obras de la carne. ¿De dónde yo saco eso? Versículo 13: "Porque si ustedes viven conforme a la carne, habrán de morir, pero si por el Espíritu hacen morir..." ¿Quién es ustedes? "...las obras de la carne, vivirán." ¿Notaste cómo Pablo lo dice? No dice: "Pero si ustedes hacen morir las obras de la carne, vivirán." No dice eso. "Si por el Espíritu las hacen morir." El Espíritu me empodera, yo me rindo, yo me someto, pero Él me empodera para llevar a la carne. Lo que implica que mi santificación no es pasiva para mí, es muy activa. Yo necesito el dominio propio, que es fruto del Espíritu, para decir que no a todo lo que Dios quiere que yo diga que no. Y yo necesito la dependencia de ese Espíritu. Es muy activa, por medio del Espíritu.

Déjame ver si te lo puedo ilustrar porque el tiempo se ha ido. En Gálatas 5:20, Pablo describe primero las obras de la carne, y en 5:22-23 nos describe el fruto del Espíritu, que yo creo que es como una excelente inspiración que Pablo recibió para ponerlo ahí uno detrás del otro. Entonces él describe una serie de cosas, yo no tengo tiempo para entrar en todas, pero déjame darte algunas. En 5:20 Pablo habla de que la ira es obra de la carne. Si es la ira, lo opuesto a la ira, ¿qué sería? La mansedumbre. Bueno, en 5:23 Pablo me dice que la mansedumbre es una de las virtudes del fruto del Espíritu. En otras palabras, cuando yo no estoy controlando mi ira, ¡hey!, el yo en ti o en mí no se está sometiendo al Espíritu porque no se está oponiendo a la producción de la mansedumbre en mí.

En 5:20 se nos dice que la división es una obra de la carne, pero en Efesios 4:3 me dice que la unidad es el fruto del Espíritu. De manera que si soy una persona divisiva, hay un problema en mi yo que no se está sometiendo a la acción del Espíritu, si soy creyente, porque Él es el que construye la unidad.

Pastor, pero entonces ¿qué hago? Bueno, recuerda lo que yo te leí la semana pasada, que Paul Tripp decía que la ADN del pecado es el egoísmo. Entonces yo hay que matarlo. Sí, Pastor, pero eso viene como con el tiempo, poco a poco, como que lo vamos sofocando, hasta que él se va muriendo. Eso no es lo que dice, eso es lo que crees tú.

Una idea: Cristo está aquí predicando, ustedes son las multitudes que venían tras él. Como él vio tanta gente, él dijo, bueno, déjame aclararle a esta gente qué es lo que se requiere para hacer un discípulo mío. Si alguno de ustedes que están aquí, allá arriba, allá arriba, allá atrás, quiere venir en pos de mí, mate ese yo, muera ese yo. Se ha de comenzar por ahí. Pero eso todavía no es comenzar a seguir, te aclaro que no, porque si tú no mueres a ti mismo, tú te vas a seguir tú. Vas a venir detrás de mí caminando, pero tú vas a seguir al yo tuyo. No, no, si tú quieres venir en pos de mí, tú muere a ti mismo. ¿Y qué más? Bueno, tú toma tu cruz y luego tú me sigue, porque no me puede seguir si el yo no se muere.

Ah, pero que no me lo han explicado así. Bueno, está ahí en la Palabra, más de una vez, con diferentes formas. En Gálatas, en el 5:20, nos dice que los pleitos son obras de la carne. Bueno, en el 5:22 se nos habla de la paciencia que pudiera evitar los pleitos. Pero si yo, si los pleitos son obras de la carne, yo veo y encuentro que soy una persona contenciosa, el orgullo de la carne que se requiere para contender, porque la carne le gusta ganar y no le gusta perder. Entonces hay una parte del yo que no ha sido cedida al control del Espíritu. Estoy hablando de creyentes.

Gálatas, en el 5:20, se nos habla de las rivalidades, que son fruto de la carne. Bueno, pero en el 5:22 nos habla que la paz, que ya le mencioné, es fruto del Espíritu. En el 5:20, nos dice que la inmoralidad, la sensualidad, las borracheras, las orgías son fruto de la carne. Sí, pero en el 5:23 se me dice que el dominio propio, que frena toda esa perversión sexual, es una virtud del fruto del Espíritu. Hay una parte de mí, y en ese caso, si fuera la persona, que no se está sometiendo y que está en rebelión al señorío de Cristo y al control del Espíritu, que es básicamente la misma cosa. Y por eso no estoy frenando esas cosas. ¿Te das cuenta por qué Tripp dice que la ADN, la esencia del pecado, es el egoísmo?

La conclusión de Pablo y cuarta característica de los que están en el Espíritu es que son guiados por el Espíritu. Versículo 14: "Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, los tales son hijos de Dios." Si tú eres un hijo de Dios, el Espíritu mora en ti, entonces tú eres guiado por el Espíritu. Si has nacido de nuevo, el Espíritu guía, guía tu vida todos los días. Y como el Espíritu guía mi vida todos los días, bueno, él mora dentro de ti, es tu consejero, es una voz. Pero tú sabes, tienes que saber esperar. Y en inglés se habla de los promptings del Espíritu, los impulsos del Espíritu. Y está la Palabra de Dios, que es iluminada por el Espíritu y de repente me ayuda a tomar ciertas decisiones.

Pero tú sabes, los hijos de Dios con frecuencia cambian de trabajo, cambian de naciones, se mudan, cambian de esposa, cambian de novia, de novio, sus asuntos de dinero, gastan dinero, consumen dinero, pero todo el tiempo no le han preguntado al Señor. No, al Señor tú no le has hablado. Tú no has hablado con el dueño. Mi vida es del Señor, no del señor. Tú te andas mudando para allí y para acá y tú no has hablado con el dueño de tu vida. Hay un problema en nuestro entendimiento de lo que es un discípulo de Cristo.

Entonces, si todos los que son hijos de Dios son guiados por el Espíritu, ¿qué pasa cuando yo desobedezco? ¿Él dejó de guiarme? No, yo lo que no estoy haciendo, o lo que estoy haciendo, estoy ignorando la guía del Espíritu. Yo estoy ignorando los impulsos del Espíritu. Yo estoy ignorando los frenos del Espíritu: si no, no debes, no debieras, te pasaste. Yo estoy ignorando la sabiduría del Espíritu. Yo estoy ignorando los recordatorios del Espíritu.

¿A ti no te ha pasado que frente a algo el Espíritu te trae una experiencia anterior, similar o igual, y te dice: recuerda esto, recuerda lo que pasó, recuerda las consecuencias? Y si no es tuya, te trae una consecuencia de alguien o algo en la Biblia y te dice: ¿me la ves? Yo estoy ignorando las advertencias del Espíritu, que no tiene que ser tan místico, puede ser un amigo, puede ser un sermón, puede ser una película de contenido cristiano, o que Dios dice: tú eso, mira, mira dentro de lo que estás pensando o viviendo. Todos esos son recordatorios, advertencias del Espíritu.

Yo mencionaba en Por Su Causa, en el cierre final, bueno, cierre al final, obviamente. Pero en el cierre con la palabra final, hablando de cómo terminar bien la carrera, usé la experiencia del Titanic. El Titanic se hundió, 1,523 personas perdieron la vida. ¿Sabes cuántas advertencias recibió el Titanic para que redujera velocidad debido a la presencia de icebergs de gran tamaño en el área? Seis. Y el primero incluso ni se lo entregaron al capitán para no molestarlo porque estaba cenando. De manera que antes de que el Titanic fracasara, Dios permitió que seis advertencias le fueran dadas.

Si verdaderamente tú has nacido de nuevo, el Espíritu mora en ti. Por medio de ese Espíritu, hermano, tú fuiste adoptado a la familia de Dios. En su última niñez, tú eras esclavo y ahora tú puedes sentarte a su mesa. Tú eras hijo de ira y ahora eres hijo de Dios. Tú estabas perdido en el mundo y ahora estás encontrado en el reino de los cielos. Tenías un corazón de piedra y ahora tienes un corazón de carne. Tu mente estaba en tinieblas y ahora tienes luz. Tu voluntad estaba esclavizada al pecado y ahora tú eres libre. Yo no creo que nosotros entendemos los privilegios que nosotros disfrutamos.

Tú estabas en el fango, yo también, hermano. En el fango del pecado, y Dios vino con la sangre de Cristo y me limpió y me dejó blanco como la nieve. En esas circunstancias, el Dios de Gloria —ya me lo escribió esta mañana, en la madrugada todavía— en esas circunstancias, Dios de Gloria, amado infinitamente por su Padre, que disfrutaba del amor y la adoración de todo el ejército celestial, vestido de gloria, un día no consideró nada de eso como algo de qué aferrarse. Decidió dar más de lo que iba a mandar y se hizo hombre, y luego se hizo siervo de los hombres, para que finalmente ser acusado por los hombres y pasar a ser la burla de los hombres y la persona maldita por Dios en un madero, como decía la ley.

Todo hecho con una sola intención: de que el verdadero acusado y culpable y digno de condenación pudiera pasar a ser adoptado por Dios y pudiera pasar a ser coheredero con él para el resto de la eternidad. ¿Tú te imaginas eso? Piensa por un momento: Dios no ama a Cristo más que a ti si tú eres su hijo. Eso te puede chocar, pero Dios ama infinitamente todo el tiempo. De la misma forma te digo continuamente: no vas a amar a quien fue tu esposa o tu hijo más que a los demás que estén en el reino de los cielos que nunca lo hayas conocido, porque eso no es como se ama en el reino de los cielos. No se ama parcialmente.

Escucha, este es el final de una ilustración que Tim Keller hizo. No voy a leer la ilustración, yo creo que esto es suficiente. Este es su comentario después de la ilustración: "Nuestra adopción significa que somos amados como Cristo es amado. Somos honrados como lo es él. Cada uno de nosotros, pase lo que pase. Mis circunstancias no pueden obstaculizarme ni amenazar esa promesa. De hecho, tus malas circunstancias solo te ayudarán a comprender e incluso a reclamar la belleza de esa promesa, de que eres hijo. Cuanto más vives quién eres en Cristo, en realidad más te vuelves como él."

Pablo no te promete mejores circunstancias de vida, él te promete una vida mucho mejor. Claro, Cristo es quien hace la promesa, pero él te promete una vida de grandes cosas, él te promete una vida de alegría, él te promete una vida de humildad, te promete una vida de nobleza, te promete una vida que durará para siempre, para la eternidad.

Imagina, yo les decía a los adolescentes ayer: ¿cuál es el afán de vivir 70, 80, 90, 100 años para los placeres de la carne disfrutando aquí y pasar ese pedacito de tu existencia diminuto, y pasar luego el resto de la eternidad en una condenación eterna de donde jamás puedes salir, en ausencia de Dios y en dolor físico, emocional, de cualquier forma que sea? ¿Cuál es el afán? Tienes que aprender a medir la vida de otra forma, y lo mismo tengo que decirme yo todos los días. Cristo te compró para otra vida, te trasladó a otro reino, te dio otro poder, te cambió la mente, y ahora nosotros podemos cantar y luego ir a vivir, es decir, vivir para honrarle solo a él.

Y luego, que cuando tú quieras hablar con él... Si tú quieres hablar con el presidente de esta nación, que es pequeñita, o el de allá, no lo vas a conseguir, a menos que tengas contactos y tengas personas muy cercanas a él. Imagínate si quieres hablar con el presidente de Estados Unidos, mucho menos. Pero tú puedes hablar con el Creador del universo, el día que tú quieras, cuando tú quieras, en el lugar que tú estés, en la posición que tú estés. Y tú puedes decirle: ¡Abba! ¡Padre! Y él te va a decir: ¡Ven, mi hijo! ¿Qué necesitas? ¿Qué quieres? ¿Te imaginas? Yo no creo que nosotros tenemos la más remota idea de lo increíble que es este privilegio, sobre todo cuando estabas perdido en tus propios delitos y pecados, y yo también.

Padre, gracias, porque tú sabes que nosotros no tenemos la más mínima idea de lo que tú nos has regalado en Cristo. Y aun así, yo ni sé por qué tú nos amas tanto como nos amas. Pero me voy a corregir, yo sé por qué tú nos amas tanto como nos amas: no por nosotros, sino porque tu amor depende solamente de ti, y ese es el corazón tuyo. Un corazón que ama a los suyos, un corazón que nos dio su imagen, y tú amas tu imagen. Y como nosotros arruinamos tu imagen, tú has enviado a tu Hijo a redimir tu imagen, que tú amas y que es lo único que merece gloria.

Tu imagen, Tú, no nosotros. Nosotros somos un reflejo, fuimos hechos a tu semejanza, no igual que Tú, pero eso es un enorme privilegio. Todos los días yo podría contar mis bendiciones y tendría que decir: ¿quién soy yo para que Tú cuides de mí? ¿Quién soy yo para que me hayas bendecido de la forma que me bendijiste en Cristo? ¿Quién soy yo para que me cuides todos los días con tus ojos puestos en mí?

Oh Dios, permite que tu pueblo pueda aquilatar lo que tu satisfacción y bendición. Palabra dice acerca de nosotros. Déjanos ver la ruina y luego déjanos ver la gloria. Déjanos ver la ruina en que Adán y Eva nos metieron, pero luego déjanos ver la gloria en Cristo. Recuérdanos que lo que perdimos en Adán, o me arriesgo, lo que ganamos en Cristo es mucho más que lo que perdimos en Adán. Gracias por tan grande privilegio. Su pueblo dice amén.

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.