Integridad y Sabiduria
Sermones

Y entonces, ¿cómo evangelizaremos?

Miguel Núñez 25 mayo, 2008

La iglesia en América Latina crece a un ritmo que triplica la tasa de natalidad, pero la violencia, la inmoralidad y el crimen aumentan al mismo paso. ¿Cómo es posible que un continente más evangélico sea también más homicida? La respuesta está en lo que la iglesia ha dejado de predicar: el arrepentimiento. En Hechos 3, Pedro sana a un paralítico y cuando la multitud corre asombrada, él no se atribuye el milagro ni organiza una campaña de sanación. Confronta al pueblo con su pecado y termina con un llamado directo: "Arrepentíos y convertíos, para que vuestros pecados sean borrados."

Este llamado al arrepentimiento atraviesa todo el Nuevo Testamento. Juan el Bautista predicó arrepentimiento. Cristo predicó arrepentimiento. Pablo predicó arrepentimiento. Sin embargo, los métodos evangelísticos más populares de las últimas décadas han eliminado esta palabra de su vocabulario. Las famosas cuatro leyes espirituales hablan del amor de Dios, del pecado, de Cristo como provisión y de recibirlo como Salvador, pero en ninguna aparece el arrepentimiento. La oración del pecador que las acompaña da gracias por el perdón sin que la persona se haya arrepentido jamás.

El verdadero arrepentimiento no es simplemente llorar, cambiar de conducta o sentir remordimiento. El pastor Núñez relata cómo un colega lloró hasta mojar sus zapatos pidiendo perdón por adulterio, y media hora después se fue con la misma mujer. El arrepentimiento genuino no se defiende ni se justifica, no es selectivo ni parcial. Es un cambio completo de dirección que solo Dios puede producir, y la evidencia de salvación no es haberse arrepentido un día, sino continuar arrepintiéndose cada vez que se descubre un mal camino.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

El libro de los Hechos, capítulo 3. Vamos a leer un texto relativamente extenso, comenzando del versículo 1. Pero realmente el versículo texto para el día de hoy es el versículo 19. Pero nunca es bueno sacar el versículo de su contexto, y por eso yo voy a tomarme el tiempo para leer la mayoría de estos versículos. El 9 y el 10 lo vamos a dejar fuera, el 17 y el 18 también, y el resto del 1 al 9 lo vamos a leer por completo.

En el versículo 1, capítulo 3 del libro de los Hechos: "Y cierto día Pedro y Juan subían al templo a la hora novena, la de la oración. Y había un hombre cojo desde su nacimiento, al que llevaban y ponían diariamente a la puerta del templo llamada la Hermosa, para que pidiera limosna a los que entraban al templo. Este, viendo a Pedro y a Juan que iban a entrar al templo, les pedía limosna. Entonces Pedro, junto con Juan, fijando su vista en él, le dijo: '¡Mírenos!' Y él los miró atentamente, esperando recibir algo de ellos. Pero Pedro dijo: 'No tengo plata ni oro, mas lo que tengo te doy: en el nombre de Jesucristo el Nazareno, anda.' Y tomándolo de la mano derecha lo levantó; al instante sus pies y tobillos cobraron fuerza, y de un salto se puso en pie y andaba; entró al templo con ellos, caminando, saltando y alabando a Dios."

Versículo 11: "Y estando el sanado asido de Pedro y de Juan, todo el pueblo, lleno de asombro, corrió al pórtico llamado de Salomón, donde ellos estaban. Al ver esto, Pedro dijo al pueblo: 'Varones israelitas, ¿por qué os maravilláis de esto? ¿Por qué nos miráis así, como si por nuestro propio poder o piedad hubiéramos hecho andar a este hombre? El Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres, ha glorificado a su siervo Jesús, al que vosotros entregasteis y repudiasteis en presencia de Pilato, cuando este había resuelto ponerle en libertad. Mas vosotros repudiasteis al Santo y Justo, y pedisteis que se os concediera un asesino, y disteis muerte al Autor de la vida, al que Dios resucitó de entre los muertos, de lo cual nosotros somos testigos. Y por la fe en su nombre, es el nombre de Jesús lo que ha fortalecido a este hombre que vosotros veis y conocéis, y la fe que viene por medio de Él le ha dado esta perfecta sanidad en presencia de todos vosotros.'"

Versículo 19, el texto de hoy: "Por tanto, arrepentíos y convertíos, para que vuestros pecados sean borrados, a fin de que tiempos de refrigerio vengan de la presencia del Señor."

Arrepentíos y convertíos. Yo he querido darle el título a este mensaje de esta manera: ¿Y entonces cómo evangelizaremos? La razón por la que he querido hacer esto es porque ciertamente yo creo que la iglesia de hoy en día necesita revisar profunda y minuciosamente la manera como ha venido evangelizando.

Cuando nosotros revisamos la historia de la iglesia, nos damos cuenta de que el primer sermón de Pedro resultó en 3.000 nuevos creyentes. Este sermón es el segundo, en apenas pocos días, y si tú continúas leyendo tres o cuatro versículos más adelante, te das cuenta de que el texto dice que ya para el final de ese segundo sermón, con los que se convirtieron ese día, el número de los varones ascendía a 5.000 personas, hombres solamente, sin mujeres ni niños. Y esas conversiones produjeron cambios significativos en el modo de vida, en el estilo de vida, y eventualmente incluso en todo el Imperio Romano.

Yo hago esa introducción porque algo está ocurriendo en América Latina en los últimos 40 a 50 años, donde ha habido un gran movimiento de evangelización llevado a cabo por múltiples organizaciones. Quizás de las más conocidas estaba la Cruzada Estudiantil y Profesional para Cristo, las cruzadas de Billy Graham, y cuando fueron traducidas, las cruzadas de Luis Palau. Y se nos dice que el porcentaje o la tasa de conversión y de crecimiento del movimiento protestante en América Latina triplica la tasa de natalidad. En otras palabras, cada 24 horas hay más evangélicos en América Latina que niños naciendo.

Y yo me pregunto: ¿cómo es posible que nosotros tengamos un continente más evangélico, con más homicidios, más asaltos, más robos, más violaciones, mayor inmoralidad? Quizás eso concuerda con una publicación en uno de los periódicos cristianos de Estados Unidos, que decía que la religión estaba ganando terreno, pero que al mismo tiempo la inmoralidad iba en aumento. Y uno se pregunta cómo es que un país como Guatemala, que se dice tener un 60 a 70 por ciento de evangélicos, tiene de los índices más altos de robos, crimen, violaciones y demás.

¿Cuál es la diferencia entre esa iglesia de hoy que crece supuestamente a tres veces la tasa de natalidad en América Latina, y la iglesia que vemos en el libro de los Hechos? ¿Cómo es que esa iglesia no puede ver los cambios sociales que vio la iglesia en los años pasados? Y yo creo que eso es lo que hace que nosotros tengamos que hacernos la pregunta: ¿y entonces cómo evangelizaremos? ¿Qué es lo que esa iglesia predicó, enseñó, enfatizó e hizo? ¿Y qué es lo que esta iglesia no enfatiza, no hace, no predica, que quizás sea la responsable de esas diferencias?

Y para empeorar las cosas, aquellas campañas evangelísticas que no produjeron los cambios que hubiésemos querido ver, ahora han sido sustituidas, ya no por campañas evangelísticas, sino por campañas de sanación, de liberación de demonios, y los famosos maratones de televisión pidiendo dinero para hacernos más prósperos. Obviamente eso va a producir resultados peores. Obviamente no hemos expulsado tantos demonios como para mejorar la sociedad, y hoy en día nosotros estamos en graves problemas como iglesia, precisamente porque hay algo que la iglesia de antaño hizo que nosotros no hacemos, que predicó que nosotros no predicamos, y hubo una manera como lo hicieron.

Estas campañas de sanación son famosas, pero nota que en el texto de hoy la sanación que ocurre no ocurre en medio de una campaña de sanación, sino un día cualquiera, de camino al templo, lugar donde la gente se reunía y donde ellos podían predicar. Entonces, camino a predicar la Palabra, aparece un enfermo que Dios soberanamente decide sanar. Y esta sanación ocurrió exactamente de la misma manera que ocurrieron los milagros de Jesús: en el contexto de la predicación aparecían enfermos, aparecían endemoniados, que eran sanados, eran liberados, pero nunca el énfasis estaba ni en la sanación ni en la liberación, sino en la predicación de la Palabra, y en ese contexto de la predicación se daban circunstancias donde Dios obraba sobrenaturalmente.

Hoy en día esa no es la manera como lo hacemos. La predicación no es el énfasis, sino estas campañas de sanación y milagros. Y decimos: "Viernes de milagros y liberación, no te quedes sin tu milagro." Lo oigo yo por la radio anunciando, como si Dios fuera programable: "Dios, el día en que vamos a ver milagros suyos." Dios es improgramable. Dios hace lo que Él quiere hacer, cuando Él lo quiere hacer, como Él lo quiere hacer. Él lo puede hacer hoy, lo está haciendo hoy, a su manera, en su tiempo. Pero te das cuenta cómo las cosas han ido cambiando.

Y yo no quiero verme mojado, porque ya en el mensaje anterior hablaba de la manera confrontadora del primer sermón de Pedro. Y en este, una vez más, nosotros vemos a Pedro, una y otra vez, arremetiendo —si pudiéramos decir— contra el pecado del pueblo, confrontándolo con su realidad. Pedro y Juan van al templo, encuentran a este paralítico, lo agarran de la mano, lo levantan, en esa levantada él comienza a caminar, y de repente el texto dice que la multitud vino asombrada y que este paralítico estaba todavía asido de Pedro y de Juan. Todo el pueblo vino corriendo a este pórtico de Salomón, a ver lo que Pedro y Juan habían hecho.

Oye lo que dicen los versículos 11 y 12: "Y estando el paralítico asido de Pedro y de Juan, todo el pueblo, lleno de asombro, corrió al pórtico llamado de Salomón, donde ellos estaban." Escucha la reacción de Pedro: "Al ver esto, Pedro dijo al pueblo: 'Varones israelitas, ¿por qué os maravilláis de esto? ¿O por qué nos miráis así, como si por nuestro propio poder o piedad hubiéramos hecho andar a este hombre?'" Él está airado, Él está molesto, Él está confrontando el espíritu de idolatría de esta multitud que viene a ver a estos dos hombres como si fueran dioses. Y entonces Pedro los confronta y les dice: "Esto no tiene nada que ver con nosotros, esto tiene que ver con el nombre de Jesús. Aquí ustedes crucificaron al Santo y Justo. Este hombre que está aquí parado, que antes era paralítico y hoy no lo es, está de esa manera por el nombre de Jesús y no por nosotros."

Nota cómo Pedro no se atribuye el título de apóstol como muchos hacen. Nota cómo Pedro tampoco se hace llamar "Su Excelencia Reverendísima." Nota cómo Pedro no se engrandece a sí mismo, sino que apunta inmediatamente hacia la persona que ha causado el milagro. Eso es muy diferente a los milagreros de hoy en día.

"Y por la fe en su nombre" —versículo 16—, "es el nombre de Jesús lo que ha fortalecido a este hombre que aquí veis y conocéis, y la fe que viene por medio de Él le ha dado esa perfecta sanidad en presencia de todos vosotros." Y después que Pedro deja bien en claro qué es lo que ha producido esta sanidad, Él le hace saber al pueblo que ellos son los responsables de haberle quitado la vida al Autor de la vida.

Es ese tipo de predicación la que produjo 3.000 nuevos conversos en el primer sermón, y que para el final del segundo sermón ya la iglesia tenía 5.000 varones. Tremenda cosecha, tremenda predicación, tremendos frutos como resultado de la misma, y esa predicación produjo vidas transformadas. Nota cómo Pedro termina —y este es realmente el versículo de mi texto, y el resto fue introducción.

Como Pedro termina este texto que yo leo diciendo: "Por tanto, arrepentíos y convertíos, para que vuestros pecados sean borrados, a fin de que tiempos de refrigerio vengan de la presencia del Señor." Arrepentíos y convertíos. ¿De quién aprendió Pedro a predicar de esa manera? ¿Quién fue el que le dio la idea, Pedro, de que esa es la manera como la prédica debe ser presentada?

Bueno, la aprendió, en primer lugar, de Juan el Bautista. Mateo 3:1-2: "En aquellos días llegó Juan el Bautista predicando en el desierto de Judea, diciendo: Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado." Mateo 3:8: "Por tanto, dad frutos dignos de arrepentimiento." En segundo lugar, Pedro lo aprendió de Cristo. El Señor, aquí en Mateo 11:20-21: "Entonces comenzó Jesús a increpar a las ciudades en las que había hecho la mayoría de sus milagros, porque no se habían arrepentido. ¡Ay de ti, Corazín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si los milagros que se hicieron en vosotras hubieran sido hechos en Tiro y en Sidón, hace tiempo que se hubieran arrepentido en cilicio y ceniza."

Cristo, una vez más, Marcos 1:15: "El tiempo se ha cumplido y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos y creed en el Evangelio." Lucas 5:32: "No he venido a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento." Lucas 13:3: "Os digo que no; al contrario, si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente."

¿Tú sabes por qué yo énfatizo esto esta mañana? Porque la palabra arrepentimiento y el concepto de lo que significa ha desaparecido de la predicación de la iglesia evangélica de nuestros días. La iglesia evangélica que ha hecho sus mejores esfuerzos de evangelización en América Latina ha erradicado la palabra arrepentimiento de su vocabulario, y te lo voy a mostrar rápidamente si no me quieres creer. Pero eso no existe en la iglesia de hoy.

Quizás uno de los movimientos que más ayudó a evangelizar América Latina en los últimos 40 a 50 años, por la fórmula que creó, fue la Cruzada Estudiantil y Profesional para Cristo con las famosas cuatro leyes espirituales. Yo no tengo duda de que Bill Bright es un hombre de Dios, no tengo duda de que lo vamos a encontrar en el cielo, no tengo duda de que él tenía las mejores intenciones en su mente hasta donde yo puedo discernir, pero sus leyes no las sacó de la Biblia, ni produjeron en la enorme mayoría de los casos arrepentimiento.

Yo entré ayer a una página web que tiene las cuatro leyes espirituales en 150 idiomas diferentes, y la oración del pecador. Eso te da una idea de lo popular que es este método de evangelización. Yo te voy a leer las leyes como están publicadas, yo te voy a leer la oración del pecador, y tú me vas a decir al final si una persona se puede convertir con esa oración y con esas leyes, a la luz de lo que nosotros estamos viendo hoy.

Ley número uno: Dios le ama y tiene un plan maravilloso para su vida. La palabra arrepentimiento no existe en la primera ley. Dios le ama y tiene un maravilloso plan para su vida. Como dice Paul Washer, el narcisista de hoy en día dice: "Dios me ama, y yo también. Dios tiene un plan maravilloso para mi vida, y yo también tengo uno para mi vida. Dios y yo, Dios y yo estamos caminando en la misma dirección."

Ley número dos: El hombre es pecador y está separado de Dios, por lo tanto no puede conocer ni experimentar el amor y el plan de Dios para su vida. ¿Satanás sabe eso? Pero eso no lo ha ayudado. Satanás sabe que el hombre pecador está separado de Dios y que él no puede experimentar el amor y el plan de Dios para su vida. La palabra arrepentimiento no está en la segunda ley tampoco.

Ley número tres: Jesucristo es la única provisión de Dios para el pecador. Solo en Él puede usted conocer y experimentar el amor y el plan de Dios para su vida. La palabra arrepentimiento brilla por su ausencia. Satanás sabe que Cristo es la única provisión para el hombre; por eso intentó parar su llegada a la cruz. Pero Satanás no es salvo. Satanás se sabe la ley número uno, la dos y la tres.

Ley número cuatro: Debemos individualmente recibir a Jesucristo como Señor y Salvador para poder conocer y experimentar el amor y el plan de Dios para nuestras vidas. Estamos terminando con las leyes y todavía no hemos visto ni la palabra ni el concepto de arrepentimiento. Satanás sabe eso. Él sabe que para poder recibir, para poder experimentar el amor y el plan de Dios, tú tienes que recibir a Cristo personalmente como Señor y Salvador, pero eso no lo hace salvo. La palabra arrepentimiento está ausente de la primera, de la segunda, de la tercera y de la cuarta ley.

Lo que sí está presente en las cuatro leyes es que Dios me ama. Ley número uno: Dios le ama. Ley número dos: el pecador no puede experimentar el amor de Dios. Ley número tres: en Cristo puede experimentar el amor de Dios. Ley número cuatro: para experimentar el amor de Dios, debemos recibir a Cristo. El amor, el amor, el amor, el amor.

Okay, ya han oído las cuatro leyes. Ahora vamos a orar. Esta es la oración de la página web que acompaña a las cuatro leyes espirituales en estos movimientos de evangelización: "Señor Jesucristo, gracias porque me amas y entiendo que te necesito. Te abro la puerta de mi vida y te recibo como mi Señor y Salvador. Ocupa el trono de mi vida. Hazme la persona que tú quieras que sea. Gracias por perdonar mis pecados."

¿Cuándo se arrepintió? Déame la oración de nuevo. Antes de llegar a dar gracias por haber perdonado mis pecados: "Señor Jesucristo, gracias porque me amas y entiendo que te necesito." No se ha arrepentido. "Te abro la puerta de mi vida y te recibo como mi Señor y Salvador." Ahí no hay arrepentimiento. "Ocupa el trono de mi vida. Hazme la persona que tú quieras que sea. Gracias por perdonar mis pecados." ¿En base a qué arrepentimiento? Tú no me has pedido perdón. Tú me estás dando gracias por perdonarte antes de arrepentirte. Fin de la oración: "Gracias por haber entrado a mi vida y por escuchar mi oración según tu promesa." No hay un solo llamado al arrepentimiento, ni en las leyes ni en la oración que les sigue.

Ayer, cuando yo analizaba esto de nuevo, me decía consternado: "¿Pero será posible, perdón a no, Dios? ¿Cómo es que podamos ofrecerle vida eterna a los inconversos sin nunca haberles llamado a arrepentirse?" Compara eso con el primer sermón de Pedro: "Arrepentíos y sed bautizados." Compara eso con el segundo sermón de Pedro: "Arrepentíos y convertíos." Compara eso con la predicación de Juan el Bautista: "Arrepentíos y dad frutos de arrepentimiento." Compara eso con la predicación de Cristo: "Arrepentíos y creed en el Evangelio." Compara eso con la predicación de Pablo cuando él está explicando al rey Agripa que los gentiles tienen que arrepentirse. Compara eso con la confrontación de Cristo a sus siete iglesias en Apocalipsis: "Si no te arrepientes, yo te quito el candelero."

Ocho veces la palabra arrepentimiento aparece en el libro de Apocalipsis. Es la palabra que está ausente de la predicación y la evangelización de la iglesia evangélica de hoy en día. Quizás ahora entendemos por qué el continente se vuelve más evangélico y más inmoral al mismo tiempo; más evangélico y más violento; más evangélico y más homicida. Quizás ahora entendemos por qué no vemos vidas cambiadas. No hay frutos de arrepentimiento. "Arrepentíos y dad frutos de arrepentimiento." La iglesia de hoy no conoce lo que eso es, no tiene la menor idea.

La palabra arrepentimiento en el Antiguo Testamento: la palabra más frecuentemente traducida como arrepentimiento, aplicable a nosotros los hombres, es *shuv*, o en español *shuv*, y significa dar la vuelta, devolverse hacia atrás, regresar o retornar. Eso es lo que la palabra significa. ¿Qué tan frecuente es esta idea en el Antiguo Testamento? Si tú haces una lista de las palabras que más frecuentemente aparecen en el Antiguo Testamento, esta palabra *shuv* está en el segundo lugar de las palabras más frecuentemente citadas en el Antiguo Testamento. Eso dice que es muy frecuente.

Cuando tú lees que Dios dice: "Le envié un viento abrasador y no te has vuelto a mí", eso es *shuv*, regresar. "Tuve hambres en una ciudad mientras en otra no llovía, y no te has vuelto a mí." Eso es la palabra regresar, una y otra vez. Y la próxima palabra, *naham*, es más aplicable a Dios que a nosotros, porque implica el tener un dolor, una tristeza. De ahí que cuando Dios se arrepiente, realmente lo que está expresando es su dolor, su tristeza por el pecado del hombre. La mayoría de las veces que *naham* aparece, se le aplica a Dios en su dolor por el pecado del hombre. La mayoría de las veces que *shuv* aparece, se le aplica al hombre en su necesidad de tener que darse la vuelta en U.

En el Nuevo Testamento, la palabra, obviamente ahora en griego, es otra: es *metanoeō*, que significa cambiar de manera radical. Ya no pienso como antes, no tengo los mismos pensamientos, y por tanto no tengo los mismos frutos. De ahí que cuando el Bautista decía "Arrepentíos y dad frutos de arrepentimiento", la iglesia necesita recobrar el entendimiento de lo que significa arrepentirse. La iglesia necesita recobrar muchas cosas.

Comentaba esta mañana que en Expoli había una sesión donde estábamos participando seis panelistas. Cinco eran líderes de jóvenes, y cuando yo me senté ahí y vi quiénes eran estos cinco personajes líderes de jóvenes, yo me dije: "¿Qué hago yo aquí entre estos panelistas? Porque yo no soy, per se, un líder de jóvenes, aunque la iglesia tiene muchos jóvenes." Y la primera pregunta fue: ¿Qué debe hacer la iglesia para responder a las inquietudes y problemas de la juventud de hoy en día? Y como yo no era líder de jóvenes, yo pensé: "Bueno, yo iré de número seis, esperaré que los otros cinco hablen." Pero para mi sorpresa, Jeff De León, que era uno de esos panelistas, dijo que el pastor no iba a hablar primero.

Me agaché de la silla, casi me iba a caer. Primero, sí, yo he estado en su iglesia, y él tiene una de las iglesias más sanas de toda América Latina. Yo conocí su juventud y tiene una juventud sumamente comprometida, de manera que yo creo que él debe ir primero.

Y bueno, ¿qué tiene que hacer la iglesia? La iglesia necesita comenzar por recobrar la confianza en el poder de transformación de la Palabra de Dios. En segundo lugar, la iglesia debe dejar de pensar que, porque son jóvenes, ellos no tienen interés en las profundas verdades de Dios. Estaba el estudio más grande que se ha hecho en Estados Unidos sobre jóvenes, que salió en el último año. Cuando le preguntaron a los jóvenes cuál era la cosa número uno que querían que se les enseñara, la enorme mayoría respondió: doctrina, porque no conozco mi fe, no sé cómo defenderla.

La iglesia tiene que recuperar muchas cosas, y entre esas cosas necesita recuperar el sentido, el entendimiento de lo que es el arrepentimiento, y luego recobrar el llamado al arrepentimiento tanto para el inconverso como para el creyente. Yo tengo un par de semanas leyendo un libro que se llama en inglés *Repentance*. El libro tiene pocos años; fue publicado en el año 2002, escrito por Richard Owen Roberts. A mí no me cabe la menor duda de que este libro se va a convertir en un clásico de la literatura cristiana. Es así de impactante: 350 páginas discutiendo lo que es el arrepentimiento y lo que no es el arrepentimiento.

Habiendo sido impactado por ese autor, yo quiero darle crédito, porque él menciona, en uno de los capítulos, siete mitos del arrepentimiento. Yo voy a citar cuatro o cinco, voy a hacer mis propios comentarios, pero no hay duda de que él ha sido mi inspiración con relación a estos mitos.

El primer mito que él menciona es que experimentar dolor, tristeza o llanto es igual al arrepentimiento. El dolor y la tristeza con frecuencia se expresan en llanto, pero ni el dolor, ni la tristeza, ni el llanto son necesariamente evidencias del arrepentimiento. Yo te voy a hacer una ilustración, una historia que mi esposa y yo vivimos. Ella está aquí y no me deja mentir. Un colega en Estados Unidos, con quien yo tenía una relación muy cercana, había cometido adulterio. Yo voy durante las horas de trabajo, lo saco de donde él estaba, lo meto en una habitación, lo confronto con su pecado. Era al final del día, y él entonces me dice: "¿Y tú crees que yo debo hacer?" Bueno, aquí debemos salir para donde tu esposa, a pedirle perdón por lo que has hecho.

Ese mismo día mi esposa y yo nos juntamos en la casa junto con él y su esposa. Nos metimos a su habitación. Yo casi lo puedo ver: está en la esquina de la cama, él se arrodilla, llorando con hipidos. Mojó mis zapatos de llanto. No estoy exagerando, esto no es hiperbólico, esto es real. Mojó la sábana. "Yo roo, yo roo, yo roo", y pidió perdón a su esposa, nos pidió perdón a mí y a mi esposa, le pidió perdón a Dios. Para mí, yo quería que iba a ser más difícil. Nos vamos contentos, dejamos la casa. Media hora después, ring, la esposa, en llanto: "Mi esposa se acaba de ir con la misma mujer con que él había estado en las últimas semanas." No lo podía creer. Y eso continuó por varios meses más.

El dolor, la tristeza, el llanto no son evidencia necesariamente del arrepentimiento. Hemos cometido dos errores: hemos creído que si no lloramos no estamos arrepentidos, y también hemos llegado a la conclusión de que cada vez que lloramos estamos arrepentidos. El apóstol Pablo, en la segunda carta a los Corintios, habla de dos tipos de tristeza en el capítulo siete: una que conduce al arrepentimiento y otra que conduce a la muerte.

Segunda de Corintios 7:8-9: "Porque si bien os causé tristeza con mi carta, no me pesa, aun cuando me pesó, pues veo que esa carta os causó tristeza, aunque sólo por poco tiempo. Pero ahora me regocijo, no de que fuisteis entristecidos, sino de que fuisteis entristecidos para arrepentimiento, porque fuisteis entristecidos conforme a la voluntad de Dios, para que no sufrierais pérdida alguna de parte nuestra." Escúchenme ahora, versículo diez: "Porque la tristeza que es conforme a la voluntad de Dios produce un arrepentimiento que conduce a la salvación, sin dejar pesar; pero la tristeza del mundo produce muerte."

Pablo dice que hay dos tipos de tristeza: una que viene de Dios, que me lleva al arrepentimiento, que me conduce a la salvación, y que cuando ese arrepentimiento se da no deja pesar, no deja dolor, deja regocijo. Me liberta, me deja liviano, me deja tranquilo. Yo soy restaurado, yo soy libre, yo puedo gritar de nuevo. Pero hay otra tristeza, dice Pablo, que es una tristeza que produce muerte. ¿Y cuál es la diferencia entre una y otra? ¿Cómo sé cuál es la que experimento?

Por un lado, la tristeza conforme a la voluntad de Dios tiene un alto costo. La tristeza que es conforme al hombre o al mundo tiene un costo muy pequeño. En el caso de mi amigo, el costo fue media hora de llanto y humillarse delante de mí, de mi esposa y de su esposa. Esa media hora, ese costo fue muy pequeño; esa tristeza es del mundo y no de Dios. El costo de la tristeza de Dios es mucho más alto.

La tristeza que viene del mundo siempre está calculando hasta dónde tiene que llegar: "¿Pero yo tengo que arrepentirme de eso? ¿Pero yo tengo que confesar aquello? ¿Pero yo tengo que decir esto otro? ¿Por qué no dejamos hasta aquí?" La tristeza que viene de Dios trata de asegurarse de que nada quede encubierto. No: "Dime hasta dónde tengo que llegar, ¿qué más tengo que hacer, hasta dónde tengo que ir?" Yo no me quiero quedar con nada cubierto. Por eso es que una produce lo que no deja pesar: todo se ha ido, todo ha sido limpiado. La otra produce muerte, dice el apóstol Pablo. Una es remordimiento; el otro es arrepentimiento.

Mito número dos: el cambio de conducta es lo mismo que el arrepentimiento. No. Usted tiene amigos que han ido a psicología secular y han cambiado sus conductas. Hay múltiples razones por las que yo puedo cambiar de conducta: puedo cambiar de conducta porque me han descubierto, porque tengo miedo, porque tengo miedo de perder mi trabajo, tengo miedo de perder a mi esposo, tengo miedo de perder a mi esposa, tengo miedo de perder a mis hijos. Si estoy aplicando para una posición, yo puedo cambiar de conducta tratando de impresionar a la persona que me estaba ofreciendo el puesto, y por miedo a que no me lo ofrezcan.

Algunos de nosotros hemos tenido perros que hacían sus necesidades dentro de la casa y que hoy no las hacen dentro de la casa. ¿Usted piensa que ellos las hacen afuera ahora por el arrepentimiento que experimentaron cuando las hacían adentro? O simplemente porque somos capaces de producir cambios conductuales, producto de múltiples cosas que el hombre puede hacer para cambiar sus conductas. Los cambios de conducta no son necesariamente un reflejo del verdadero arrepentimiento.

Mito número tres: puedo estar arrepentido y querer defenderme al mismo tiempo. El autor de este libro dice: usted nunca va a encontrar el arrepentimiento y la autodefensa caminando de la mano. Tú nunca vas a encontrar un verdadero y genuino arrepentimiento que viene de Dios y una autojustificación al mismo tiempo. No pueden ser; son contrarias, caminan en sentido opuesto.

No hay autodefensa. Cuando Aarón fue confrontado por Moisés y Moisés le hace ver su pecado, Aarón le dice: "No, lo que pasa es que el pueblo, tú sabes que es duro de cerviz y como está propenso al pecado el pueblo… la justificación… como vino a mí y me dijo que si eran unos dioses que fueran delante de ellos, y me trajeron estos aretes de oro y yo lo tiré al fuego y ¡vingos!, salió el becerro ahí, Moisés." Aarón no estaba arrepentido en lo más mínimo. Quizás eso hizo que le costara la vida de sus dos hijos, que también en un acto de adoración profanaron el nombre de Dios y Dios los consumió en medio de la experiencia. Quizás la aprendieron de su padre, que nunca experimentó un verdadero arrepentimiento en cuanto a esa actitud frente a la adoración.

El rey Saúl, cuando fue confrontado por Samuel porque había ofrecido sacrificio, en vez de decir: "Yo he pecado, perdóname", lo que dice es: "Lo que pasa es que llegaste muy tarde, te demoraste demasiado." En otra ocasión, cuando Dios demandó que matara todos los animales y se quedaron con lo mejor del ganado, él le dice a Samuel, en vez de: "He pecado, he violado la ley de Dios": "Perdón, lo que pasa es que el pueblo se quedó con lo mejor del ganado para ofrecerlo a Jehová." No, Saúl, eso es autojustificación. Esa no fue la orden, ese no fue el mandato; has violado el mandato. Y entonces Dios le quitó el reino en una sola noche.

El arrepentimiento y la autojustificación nunca los encontrarás de la mano. Mito número cuatro, o antes de entrar al número cuatro, ¿tú quieres un buen ejemplo de un hombre que cuando fue confrontado con su pecado confesó y se arrepintió sin nunca defenderse? Escucha los Salmos 51, verso del uno en adelante: "Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia, conforme a lo inmenso de tu compasión borra mis transgresiones. Lávame por completo de mi maldad y límpiame de mi pecado, porque yo reconozco mis transgresiones y mi pecado está siempre delante de mí. Contra ti, contra ti solo he pecado y he hecho lo malo delante de tus ojos, de manera que eres justo cuando hablas y sin reproche cuando juzgas."

Oh Dios, no te doy la medida de Adán. Eres justo cuando me juzgas, eres sin reproche cuando tú hablas. Yo he pecado contra ti, no tengo justificación, oh Dios. Nuestras altas defensas hablan de que aún estamos tratando de explicar el pecado.

Mito número cuatro: el arrepentimiento puede ser selectivo. "Me arrepiento de esto y luego me arrepiento de aquello otro." No. El arrepentimiento es completo o no es arrepentimiento. Conoce la historia que te he contado de aquel hombre que no pagó sus impuestos y no podía dormir. Le escribió una carta al director de impuestos internos: "Querido director, tengo varios meses sin dormir, le pido perdón, aquí le estoy enviando un cheque, y si después no puedo dormir aún así, entonces le enviaré el resto." El arrepentimiento no es parcial.

La gran mayoría de nuestros pecados son complejos, implican más de un pecado. La gran mayoría de nuestros pecados, sino todos, tienen mucho de orgullo. No me puedo arrepentir de haber mentido si no me arrepiento de mi orgullo. Muchas veces yo miento precisamente para lucir bien delante de los otros; eso es orgullo, y no puedo arrepentirme de la mentira sin arrepentirme del orgullo. No puedo arrepentirme de cómo he tratado a mi esposa y saber que no le hablo a Pedro o a María, y pensar que yo puedo arrepentirme de la forma como le hablo a mi esposa y permanecer en enemistad con Pedro o María. No, el arrepentimiento no es selectivo.

El verdadero arrepentimiento es completo, o de lo contrario vuelvo a incurrir en lo mismo en que venía incurriendo. El verdadero arrepentimiento sí produce dolor, sí produce cambios de conducta, pero es más que eso. Es un arrepentimiento completo en el nombre de Cristo, por el poder de su nombre, por su gracia. Y muchas veces cuando hacemos el cambio o el arrepentimiento selectivo, solamente estamos tratando de cambiar la conducta con relación a ese pecado, falta, falla o debilidad en particular.

El arrepentimiento llama al pecado por su nombre. No lo llama "mi temperamento sanguíneo, colérico, flemático, melancólico", como tú quieras. No le llama debilidad del temperamento, se llama pecado. Bueno, que es de mi temperamento, todavía en el de tu temperamento es pecado. No importa si soy yo quien lo llame de otra manera; sigue siendo pecado. Estoy errado cuando lo llamo de esa otra manera. La razón por la que muchas veces no puedo eliminar mi pecado es porque lo sigo atribuyendo a mi temperamento y le sigo dando un nombre que Dios nunca ha elegido.

El arrepentimiento no elimina las consecuencias, no necesariamente. Las infracciones de la ley llevan a consecuencias. David se arrepintió genuinamente; lo acabo de usar en el Salmo 51 como un ejemplo de alguien que genuinamente expresó el dolor y el deseo de arrepentirse delante de Dios. Y el mismo día en que David se arrepiente de corazón, Dios le dice a través de Natán: "Pero la espada nunca se apartará de tu casa, David. Lo que ocurrió en privado con Betsabé ocurrirá a la luz del público con tus hijos, con tus diez mujeres."

Si me monto en un carro en el volante y me emborracho y tengo un accidente y me fracturo la pierna, yo me puedo arrepentir y nunca más volver a beber, pero mi pierna sigue rota. Si en ese mismo accidente yo le quito la vida a una persona, yo me puedo arrepentir con lágrimas genuinas y más nunca volver a beber, es más, más nunca volver a manejar un carro, pero la persona sigue muerta. El arrepentimiento no necesariamente elimina las consecuencias. Lo que sí hace el arrepentimiento es evitar que nuevas consecuencias vengan a mi vida, pero eso es diferente. Y esas consecuencias, la fractura de un hueso, o la muerte de una vida, a veces tienen la misma explicación en una relación, en el aspecto espiritual, en el aspecto emocional, etcétera, etcétera.

Yo he hecho un poco, quizás no he hecho nada, pero yo creo que con eso nosotros ilustramos: ¿cuán errada ha estado la iglesia de hoy en día cuando va a evangelizar? No solamente que la palabra arrepentimiento no existe en el vocabulario del llamado a recibir a Cristo, sino que cuando suele aparecer ni siquiera tiene el contexto ni la definición bíblica de lo que es ciertamente un verdadero arrepentimiento.

¿Y cómo iglesia? Nosotros, la iglesia de hoy en día, somos culpables delante de Dios de predicar un mensaje de salvación que con frecuencia ha llevado a la condenación y no a la salvación. Yo puedo creer esas cuatro leyes espirituales, yo puedo pronunciar esa oración del pecador, y si yo nunca me he arrepentido, yo no voy a la salvación, yo voy a la condenación, hermanos.

El vocabulario de Cristo, el vocabulario de Juan el Bautista, el vocabulario de Pedro, el vocabulario de Pablo era: "Arrepentíos." No invitar. Todo el mundo quiere invitar a Dios, ¿cierto? ¿No quieres tener a Dios a tu lado? Este acto de salvación no tiene que ver con Dios en ese sentido; tiene que ver conmigo, que estoy perdido. Entonces yo no comienzo por invitarlo, yo comienzo por arrepentirme yo, que después de que yo me arrepienta, Él entra sin tener yo que invitarlo. Él quisiera venir a mi vida, pero no sin arrepentimiento.

Y si en alguna ocasión, y posiblemente ha habido más de una ocasión, yo he hecho ese llamado y no he dejado claro que hay necesidad de arrepentirse delante de Dios, delante de ustedes, yo le pido perdón a Dios. Esto es serio, hermanos. No podemos diluir su mensaje, no podemos cambiar lo que Él ha dejado, no podemos distorsionar el llamado. No se trata de hacernos sentir bien, se trata de hacernos mejor en su nombre, por su sangre, por su gracia, pero conforme a su metodología, si pudiera usar la palabra, conforme a su manera y a su voluntad.

La evidencia de que soy salvo no fue que me arrepentí un día, sino que yo he continuado arrepintiéndome todos los días hasta el día de hoy. Que cada vez que encuentro uno de mis malos caminos vuelvo y me devuelvo en la dirección contraria, y mañana vuelvo y me devuelvo en la dirección contraria, y pasado vuelvo y me devuelvo en la dirección contraria, hasta que yo entre en gloria. No es un día de arrepentimiento, es un estilo de vida de arrepentimiento.

La iglesia de hoy en día se ha desviado, y ese mensaje y ese llamado no lleva al cambio. Estamos culpables de amar a la gente hasta llevarla a la condenación, tal parece. Llamamos tanto "Dios te ama, yo también; Dios te ama, yo también", que lo llevamos hasta la misma puerta del infierno y lo entregamos ahí amándolo, pero nunca le hemos dicho: "Tienes que arrepentirte."

"Arrepentíos y convertíos", y después de ese segundo sermón hay cinco mil hombres, varones, sin contar mujeres ni niños, que formaban parte de la iglesia que Dios había añadido. El texto de los Hechos dice que Dios añadía cada día aquellos que iban siendo salvos. No era Pedro que decía "otro miembro más, firma aquí, otro miembro más"; Dios añadía cada día a aquellos que estaban siendo salvos, de manera que si eras verdaderamente salvo, Dios te añadía. Si nosotros queremos ser el pueblo de Dios, si como Pedro nos dice en su primera carta, somos llamados a anunciar las virtudes de aquel que nos llamó de las tinieblas a su luz, ¿cómo vamos a hacer eso si no nos hemos arrepentido?

¿Cómo vamos a hacer eso si en realidad nos hemos creído salvos sin serlo? ¿Cómo vamos a hacer eso si en realidad nunca hemos experimentado el arrepentimiento del cual habla la Biblia? Quizás esto nos ayuda a entender por qué la América Latina, cincuenta años después de la evangelización, es más evangélica pero menos moral; es más evangélica y más homicida; es más evangélica y más pecadora. Porque la raíz del pecado nunca ha sido tratada conforme a la dieta de Dios, sino a la dieta del hombre.

Que Dios nos ayude a volver al camino. Si nos desviamos tenemos que pedirle perdón a Dios y que Él pueda hacer en nosotros un trabajo que tú y yo no podemos hacer. Y quizás eso sea una buena forma de ir trayendo esto a un cierre: recordar que el arrepentimiento viene de Dios. Yo no puedo producirlo, yo no puedo manufacturarlo, yo no puedo fabricarlo. Mencioné en el culto anterior que en el último año una de las frases que más me ha acostumbrado a usar en consejería es: "Pídele a Dios que te dé arrepentimiento", porque el arrepentimiento es algo que solamente Dios lo puede conceder. Es un don de Dios, es una gracia de Dios, pero de la misma manera, la Palabra de Dios me llama a buscarlo y yo soy responsable de esa búsqueda.

¿Te das cuenta por qué hemos querido traer este mensaje bajo esta serie de la iglesia que Dios quiere? Porque la iglesia que Dios quiere se supone que tiene un mensaje que Dios trae, que tiene un mensaje que Dios inspira, que tiene frutos que Dios produce, y nosotros no vamos a ver ninguna de esas cosas a menos que la iglesia vuelva a su curso, donde partió y donde se desvió. Buenas intenciones por parte de estos movimientos evangelísticos, malos frutos.

Y quizás, hermano, tú estás ahí. Te lo digo de corazón: hoy tú estás cayendo bajo convicción del Espíritu Santo por primera vez, a pesar de años en la fe cristiana. Quizás por primera vez tú estás sintiendo lo que verdaderamente se siente cuando hay arrepentimiento, después de años de estudiar incluso la Biblia. Puedes estar descubriendo que ciertamente no te has convertido, y que hoy tú vas a hacer eso.

Recuerda, es un trabajo de Dios. Regresé tan cargado de mi visita a Estados Unidos; no podía creer las cosas que veía y que oía. Tan sencillas como hablar con este líder de una iglesia, y sin el pastor aquí vino una persona de su iglesia. Visitamos uno de sus familiares, le visitamos a ella, y ella recibió al Señor. Alguien que venía aquí, o que fue referida por nosotros, ella recibió al Señor, y luego dejó de venir porque encontró una iglesia que le quedaba más cerca.

Y yo le digo a esta persona: "¡Qué bueno, se le quedaba más cerca!" No, "qué bueno, no". Después conocí su actitud. ¿Quién hizo el trabajo? En primer lugar, tú. Yo nunca me atribuí salvar a nadie. En segundo lugar, eso no es un trabajo, eso es un privilegio: ser de instrumento para que Dios salve a alguien. En tercer lugar, la oveja que se convirtió no es tuya, es de Dios; es llevada a donde Él quiera.

Yo no podía creer las cosas que oía y veía de la iglesia de hoy en día. ¡Dios, que nos ayude, como Él lo sabe, a no desviarnos! Y si estamos desviados en alguna área, a enderezarnos. Si tenemos que pedir perdón, a pedir perdón y a arrepentirnos.

En el Nuevo Testamento ni siquiera existe la frase: "Pido perdón, pero no me arrepiento." Eso ocurre cuando las cosas son a medias. Hablaba con alguien días pasados; decía: "¿Tienes que arrepentirte de esto?" "Bueno, ok, pero a esta persona yo no la voy a perdonar." Entonces no estamos hablando de arrepentimiento. El arrepentimiento no es selectivo, no es parcial. Tú no puedes arrepentirte de esto sin aquello, porque eso es una dieta tipo búfet: esto me gusta y esto no me gusta.

No puedes pedirle perdón a Dios si no puedes perdonar a esa persona. No puedes perdonar a esa persona si todavía sientes amargura cuando la vas a ver en la iglesia, si no la puedes ver, si no la puedes ni pensar. Eso es arrepentimiento parcial, y el arrepentimiento parcial es falta de arrepentimiento.

Eso es como estar un poquito en estado. "Estoy un poquito embarazada." Señor, si está embarazada, está embarazada un poquito no existe. ¿Estoy un poquito embarazada? ¡No, está embarazada o no está embarazada! Estoy arrepentido, no "un poquito arrepentido."

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.