Integridad y Sabiduria
Sermones

Entre el hacer el bien y el hacernos bien

Pepe Mendoza 30 agosto, 2009

Existe una tensión profunda entre hacer el bien y hacernos bien a nosotros mismos. Una ilustración de la novela *Los hermanos Karamázov* de Dostoievski lo expone con claridad: un hombre confiesa que ama a la humanidad en general, pero detesta a las personas en particular. Puede soñar con sacrificarse por todos, pero es incapaz de tolerar a alguien en la misma habitación por más de dos días. Cantar "Señor, queremos amar a toda la gente" es hermoso, pero cuando hay que tratar con Carlitos, con Rosita y su carácter, o con Francisco y sus cositas, la cosa se complica. Ya no es una canción, sino una experiencia.

En Lucas 14, Jesús responde a esta tensión con acciones concretas. Frente a un hombre hidrópico, los religiosos quieren debatir si es lícito sanar en día de reposo. Jesús no discute: lo toma de la mano, lo sana y lo despide. Hacer el bien no es una discusión teológica ni filosófica; es simplemente hacerlo. Luego, al observar cómo los invitados corrían a ocupar los lugares de honor, enseña que servir a Dios no es una tarea codial donde avanzamos a codazos. El que quiera ser grande debe ser servidor.

La parábola del banquete cierra la enseñanza: quienes fueron invitados se excusaron con sus propiedades, su trabajo y sus placeres. El señor entonces envió a buscar a pobres, cojos, mancos y ciegos. La invitación de Dios no admite excusas. Servir al Señor es una oportunidad de hacer el bien hoy, aquí, aunque eso signifique renunciar a nuestros propios intereses.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

En Lucas capítulo 14, nosotros nos encontramos con el Señor dialogando en una casa después de un día de reposo, en medio de una cena. El Señor justamente está discursando acerca de la tensión que existe entre el hacer el bien y el hacernos bien. Esa tensión genera muchas posibilidades, y es que nosotros estamos dispuestos a trabajar con ella. Pero permítanme, antes de entrar directamente al texto de Lucas 14, poder hacerles una breve ilustración acerca del problema que existe entre el hacernos bien o el hacer el bien.

Para algunos, esta tensión podría no existir, y para otros puede ser un verdadero problema. Sin embargo, releyendo un libro que es un clásico, una novela que es un clásico, *Los hermanos Karamázov* de Fiódor Dostoyevski, es un libro muy interesante, una novela muy interesante que habla acerca de la naturaleza humana, sus relaciones y también de su relación con Dios. En uno de los capítulos que se titula "Una señora con muy poca fe", habla acerca de una mujer que se presenta delante de un anciano principal en un monasterio y empieza a preguntarle acerca de sus propias dudas.

Una de sus dudas era el temor de su propia muerte, la extinción de su alma. Dice que mientras ella vivía, ella sentía contentamiento con todas las cosas que hacía. Sin embargo, cuando ella pensaba en la muerte, todo se terminaba, y toda la fe que ella tenía en ese Dios grande y poderoso que actuaba en medio de su vida terminaba disipándose producto de ese temor que ella sentía hacia lo desconocido.

Es entonces que este anciano sabio le empieza a hablar a ella y le dice: "Existe una sola respuesta para este problema. Tú tienes que experimentar no solamente el amor filosófico de Dios para que tú creas que el Señor te sostendrá en esta vida y en la próxima, sino que tú también tienes que experimentar el amor activo: amar a tu prójimo de manera activa y de manera infatigable."

Es así que esta mujer se sorprende con esa respuesta y ella le empieza a decir, y textualmente permítanme leérselo, aunque voy a hacer una traducción: "¿En amor activo? Entonces yo tengo tres preguntas. ¿Y qué preguntas son las que yo tengo? Tú dices que debemos amar a la humanidad y yo debería creer esto. Sabes, yo a menudo tengo un sueño, el sueño de olvidarme de todo lo que yo tengo, dejar a mi familia y convertirme en una monja, en una hermana de la caridad. Yo cierro mis ojos y pienso, y empiezo a soñar, y siento toda la fuerza dentro de mi alma, la fuerza para vencer todos los obstáculos. No habrá herida ni plaga apestosa que me pueda causar temor. Yo siento, cuando cierro mis ojos y pienso, que me he convertido en una hermana de la caridad, que yo voy a vencer todos los obstáculos que se me presenten en el camino."

"Sin embargo, yo me hago esta pregunta: ¿Durará esto para siempre? ¿Durará esto mucho? Porque, ¿qué pasaría si el paciente cuya herida estoy lavando no me responde con gratitud, sino que, preocupado por sus propias cosas, no valora el servicio que yo le estoy dando? Yo realmente tengo terror ante esta conclusión: la conclusión de que todo mi amor por la humanidad se disipa si es que yo encontrase ingratitud. Porque en realidad, lo único para mí importante es poder servir con todo mi corazón, pero el amor se tiene que pagar con amor."

Ella entendía que podía entregarlo todo, cerrando sus ojos, convertirse en una hermana de la caridad y servirle a todos con todo su corazón. Pero ella temía que, si no encontraba el repago de gratitud para con ella, entonces simplemente todo ese amor se disipaba.

Es entonces que el anciano responde y le dice: "Este es justamente la misma historia que un doctor una vez me dijo", observó el anciano. "Este era un hombre que ya estaba entrando en años, e indudablemente él era muy inteligente. Él habló muy francamente, aunque con un tono de amargura. Él me dijo: 'Yo amo la humanidad, pero yo me pregunto a mí mismo: cuanto más amo yo la humanidad en general, yo menos amo al hombre en particular. En mis sueños', él dijo, 'yo a menudo vengo a planear entusiastamente oportunidades para servir a la humanidad, y quizás yo mismo estaría dispuesto a enfrentar la misma crucifixión si fuera absolutamente necesario. Y yo todavía tengo un problema: que soy incapaz de vivir en la misma habitación con alguien que pueda vivir conmigo dos días seguidos, y esto lo sé por experiencia.'"

"'Tan pronto como una persona se acerca a mí, su personalidad empieza a perturbar mi autocomplacencia y restringe mi libertad. En 24 horas yo empiezo a odiar al mejor de los humanos. Quizás uno porque ocupa demasiado tiempo en la comida, quizás otro porque está resfriado y está todo el tiempo sonándose la nariz. Yo vengo a ser hostil con la gente desde el momento mismo en que vienen a estar cercanas a mí. Pero esto siempre ha pasado: que cuanto más yo detesto a las personas individualmente, yo más ardiente amor tengo por toda la humanidad.'"

¿Qué les parece? Dos historias. Y la historia de este hombre dice: "Yo amo la humanidad, pero detesto al hombre en particular." Cuando cantamos "Señor, queremos amar a toda la gente", es una linda canción, es un lindo propósito. Pero cuando tenemos que enfrentarnos a Carlitos, a Rosita con su carácter, a Francisco con sus cositas, la cosa se pone más difícil. Porque ya no es una canción, sino una experiencia. Y es ahí donde empieza a verse la tensión entre hago el bien o me hago el bien, soporto o me retiro, permanezco o prefiero ocuparme en mis propios asuntos y tratar de salir adelante con mi propia vida.

En Lucas capítulo 14, nosotros nos encontramos entonces con la respuesta de Jesús a esa tensión. En los primeros seis versículos nosotros nos vamos a encontrar con un acontecimiento que es muy común en la vida del Maestro. Muchas veces él se enfrentó a esta misma situación.

Dice la Palabra del Señor: "Y aconteció que cuando Jesús entró en casa de uno de los principales de los fariseos un día de reposo para comer pan, ellos le estaban observando cuidadosamente. Y allí frente a él estaba un hombre hidrópico. Y dirigiéndose Jesús a los intérpretes de la ley y a los fariseos, les habló diciendo: ¿Es lícito sanar en el día de reposo o no? Pero ellos guardaron silencio. Y él, tomándolo de la mano, lo sanó y lo despidió. Y a ellos les dijo: ¿Quién de vosotros, si se le cae un hijo o un buey en un hoyo en día de reposo, no lo saca inmediatamente? Y no pudieron responderle a esto."

Jesús estaba en una celebración, en una cena de celebración posterior a la finalización del día de reposo. Después de las seis de la tarde del día sábado se acostumbraba hacer una cena de comidas frías que habían sido preparadas el día anterior. Jesús había sido invitado por uno de los principales de los fariseos para comer el pan. Juntamente, es muy seguro que juntamente con Jesús llegaron a la casa muchos otros de los líderes religiosos del tiempo y de la ciudad en donde Jesús estaba para compartir el pan con él. Pero la intención de ellos era otra, porque de acuerdo al versículo uno dice al final: "Mas ellos lo observaban cuidadosamente."

Jesús no fue invitado solamente con un acto de gracia, sino que Jesús fue invitado para ser observado y para cuestionarlo en el primer momento en que Jesús cometa algún error. Y dice el verso 2 que frente a él estaba un hombre hidrópico. ¿Qué tiene un hombre hidrópico? Es una persona que acumula líquidos en el cuerpo, una persona que de alguna manera se hincha producto de la acumulación de líquidos, probablemente por un problema de riñón, de hígado, de corazón, o quizás hasta un mismo cáncer. Una enfermedad dolorosa y algunas veces con peligro de muerte. Y lo cierto es que en este acontecimiento, en esta cena fabulosa que este principal de los fariseos había preparado, había este hombre hidrópico que no sabemos por qué razón estaba allí.

Lo más probable es que era una trampa preparada por los hombres religiosos para poder tentar al Señor, porque lo cierto es que estaba allí. Dice allí: frente a él estaba un hombre hidrópico. O sea, ¿cuál era la razón de que este hombre estaba allí? ¿Era uno de los fariseos? No nos lo dice la Palabra; simplemente lo pusieron frente a Jesús para ver quizás cómo Jesús iba a reaccionar ante este hombre enfermo.

Y dice el versículo 3 que Jesús se dirige a los intérpretes de la ley, a los fariseos, y les hace esta pregunta: ¿Es lícito sanar en el día de reposo, sí o no? La palabra "lícito" tiene que ver con que, de acuerdo con la ley y las tradiciones, ustedes piensan que teológicamente y filosóficamente es correcto. De acuerdo a lo que los rabinos, los estudiosos de la ley, han dicho, ¿es posible hacer esta sanidad, sí o no?

Yo creo que cuando nosotros estamos intentando pensar acerca de hacer el bien, muchas veces nosotros nos topamos con ciertas discusiones filosóficas acerca de cómo implementar o cómo hacerle el bien a los demás. Y cuando hay una discusión teológica, como en este caso, podría generarse grandes discusiones acerca de si debemos o no debemos hacer el bien en el día de reposo. Como en este caso: ¿es lícito sanar en el día de reposo?

El verso 4 nos dice que objetivamente y claramente ellos guardaron silencio. Y es posible que los religiosos del tiempo de Jesús guardaron silencio no porque no tenían una respuesta, sino porque simplemente estaban esperando qué Jesús iba a decir para poder replicarle. Ellos no se iban a atrever a decir algo sin que antes lo diga el Señor. Lo cierto es que en el verso 4, inmediatamente y sin mediar palabras, dice: él, tomándolo de la mano al hombre con la enfermedad, lo sanó y lo despidió.

¿Qué significa esto? Bueno, que todos nuestros temores con respecto a la presencia de este hombre eran fundados. Definitivamente, a este hombre lo pusieron en medio para probar a Jesús, y Jesús simplemente lo toma de la mano, lo sana y lo deja partir. Le dice: "Puedes irte, estás sano, ándate a tu casa."

Lo cierto es que cuando nosotros nos encontramos con la segunda pregunta de Jesús, nosotros encontramos allí una respuesta muy clara y muy específica con respecto a hacer el bien. Dice el verso 5: "Y a ellos les dijo: ¿Quién de vosotros, si se le cae un hijo o un buey en un hoyo en un día de reposo, no lo saca inmediatamente?" Volvemos a dar la pregunta para que la entendamos: ¿Quién de vosotros, si se le cae un hijo o un buey en un hoyo en día de reposo, no lo saca inmediatamente?

Cuando nosotros hablamos de hacer el bien, hermanos, no podemos quedarnos en una mera discusión teológica o filosófica. Cuando nosotros estamos hablando de hacer el bien y tenemos un hombre hidrópico, o tenemos cualquier persona en necesidad, no podemos empezar a discutir acerca de la realidad de esta persona, sino que tenemos que actuar inmediatamente.

Jesús dice: ¿A quién de ustedes, si se le cae un hijo o un buey...? Miremos la relación: un hijo. Bueno, Señor, esto no hay ni que cuestionarlo, ¿verdad? Si se me cae un hijo o mi hija se me cae a un hoyo, yo no voy a dudar ni por un instante en ir a sacarla del lugar en donde está. Y si se me cae un buey, un buey es una herramienta de trabajo para un pueblo agrícola. Si se me cae el buey, se me está cayendo mi computador, mi laptop. Se me cayó en un hoyo la niña, se me cayó en un hoyo el domingo a las 8:30, ¿no voy a ir a sacarlo inmediatamente? Por una cuestión de sentido común, por una cuestión de amor.

En otro momento, a Jesús le hicieron la misma pregunta en Mateo capítulo 12. Sin sacar nuestra mano de Lucas capítulo 14, en Mateo capítulo 12, cuando le presentan al hombre de la mano seca, el Señor Jesús dice en Mateo 12:11-12: "Él les dijo: ¿Qué hombre habrá de vosotros que tenga una sola oveja, si esta se le cae en un hoyo en día de reposo, no le echa mano y la saca? Pues cuánto más vale un hombre que una oveja. Por tanto, es lícito hacer bien en el día de reposo." Esa es finalmente la afirmación del Señor.

Por lo tanto, hermanos, en este tiempo que están empezando nuestros ministerios, nuestros ministerios tienen que ver justamente con la oportunidad de hacer el bien. Y la oportunidad de hacer el bien no está relacionada con una discusión teológica o con una discusión filosófica, sino con la posibilidad de poder ver la oportunidad de hacer el bien y actuar de acuerdo a lo que el Señor está presentando delante de nuestros ojos.

A veces, cuando nosotros nos tornamos en discusiones y empezamos a discutir filosóficamente y teológicamente acerca de la realidad de la necesidad del hombre, caemos simplemente en el fariseísmo de los religiosos de la antigüedad, del tiempo de Jesús, que eran incapaces de percibir con el corazón la realidad del dolor de las personas. Y yo creo que primariamente es nuestro deber el poder percibir el dolor de las personas para poder entender la urgencia que existe de parte de Dios, para que nosotros entendamos nuestra responsabilidad como ministros en la oportunidad de hacer el bien a todo aquel que esté delante nuestro.

Yo creo que se nos presenta en este segundo semestre del año una oportunidad grande para poder servir al Señor. No caigamos en discusiones malsanas, en discusiones generales que luego nos impiden hacer el bien como corresponde.

Pero Jesús continúa con la historia, y a partir del verso 7 dice: "Y comenzó a referir una parábola a los invitados, cuando advirtió cómo escogían los lugares de honor a la mesa, diciéndoles: Cuando seas invitado por alguno a un banquete de bodas, no tomes el lugar de honor, no sea que él haya invitado a otro más distinguido que tú, y viniendo el que te invitó a ti y a él, te diga: 'Dale el lugar a este', y entonces avergonzado tengas que irte al último lugar. Sino que cuando seas invitado, ve y siéntate en el último lugar, para que cuando llegue el que te invitó, te diga: 'Amigo, ven más adelante.' Entonces serás honrado delante de todos los que se sientan a la mesa contigo. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido."

Jesús nuevamente ataca la situación que estaba observando en ese momento. Había una cena; el principal de los fariseos había invitado, y seguramente había invitado a mucha de la gente importante de la localidad. Y algo que formaba parte de la costumbre del tiempo era que, de acuerdo a la importancia que cada persona percibía de sí misma, es que se ubicaba o más cerca o más lejos de la persona que invitaba.

Es por esa razón que seguramente, al momento en que dijeron: "Podemos pasar a la mesa", inmediatamente todos pasaron apurados tratando de encontrar los lugares más cercanos al principal de los fariseos para no quedarse atrás. Y nos dice que el Señor Jesucristo advirtió cómo escogían los lugares de honor a la mesa. Yo me imagino a Jesús allí parado con el resto de la gente conversando, y en eso dijeron: "Pueden pasar a la mesa", y fue como una estampida donde Jesús se queda solo diciendo: "¿Y aquí qué pasó?" Y toda la gente corriendo a tratar de ocupar el lugar principal.

Y eso no es tan inhumano. A veces, cuando nosotros estamos tratando de hacernos bien, nosotros creemos que tratar de hacernos bien es una tarea codal. ¿Ustedes han oído hablar de una tarea codal alguna vez? Hay tareas cordiales. "Cordial", lo han oído, ¿verdad? Cordial es alguien que anda de acuerdo con otros, es algo que lo estamos haciendo juntos en armonía. Pero la tarea codal es la de acá: yo voy avanzando con los codos. Yo he aprendido a rampar en la tierra.

Y saben una cosa: cuando nosotros vivimos en el mundo que vivimos, nosotros vivimos en un mundo que vive codalmente. Nosotros hemos aprendido por nuestra cultura, por el esfuerzo que tenemos que hacer todos los días para sobrevivir en nuestras carreras, en nuestras profesiones, en todas las cosas que emprendamos. A todo el mundo se nos enseña que la única manera de conseguir un puesto de honor es a través de los codos, tratando de dejar a todos atrás nuestro e impidiendo que otros avancen, porque esto es una lucha, la ley de la jungla, contra todo y contra todos.

Pero el Señor nos enseña de una manera muy clara que cuando nosotros queremos hacernos bien, debemos evitar pensar que todo en nuestra vida es una tarea codal, que todo en nuestra vida tiene que ser ganarse las cosas a punta de los codos y a punta de los puños, sean estos verbales o sean estos también los puños del timón en el auto. Porque eso me hace recordar el tráfico de Santo Domingo, y el tráfico de todo domingo también es muy claro: el primero que mete acá, el otro que se mete a la derecha, porque no hay otra ley más que la ley de los codos.

Pero el Señor nos dice en su Palabra, a partir del verso 8: "Cuando seas invitado por alguno a un banquete de bodas, no tomes el lugar de honor, no sea que él haya invitado a otro más distinguido que tú." Cuando seamos propuestos por el Señor para una tarea, hermanos, entendamos que el Señor nos está convocando por gracia y que a nosotros no nos corresponde el lugar de honor. Nosotros somos siervos, y cuando el Señor nos convoca, el Señor santo nos invita y hace una invitación cordial para poder servirle y para poder estar con él.

Y nosotros debemos dejar por un momento todo el maneje del mundo que nos hace tanto daño y que nos ha producido tantas heridas, y poder liberarnos de nuestras pretensiones de querer tener el mejor lugar, de querer ocupar la mejor posición, de creernos superiores a los demás, de creernos más capacitados. Porque eso es como el sueño que leímos en la novela de Dostoyevski, de personas que simplemente sueñan que pueden hacer las cosas pero en realidad no se atreven a hacer nada, porque sus personalidades son superiores. Y mientras uno espera gratitud, el otro espera que nadie lo moleste.

El Señor claramente nos dice en su Palabra, en el verso 10: "Cuando seas invitado, ve y siéntate en el último lugar, para que cuando llegue el que te invitó, te diga: 'Amigo, ven más adelante.' Entonces serás honrado delante de todos los que se sientan a la mesa contigo." Y el principio fundamental es en el verso 11: "Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será exaltado."

Si hay algo que nosotros debemos reconocer en este tiempo especial que el Señor nos está concediendo, en esta oportunidad de servirle, es que el Señor nos invita a sentarnos en el último lugar. Y sentarnos en el último lugar significa que el Señor nos está dando oportunidades de ser fiel en lo poco para que luego el Señor nos ponga en lo mucho. Reconocer delante del Señor que somos sus esclavos y que no somos señores. Reconocer con claridad lo que el Señor dijo en Mateo capítulo 20, que nosotros debemos repetirlo una y otra vez en nuestro corazón.

En Mateo capítulo 20, a partir del verso 25, cuando el Señor dice: "Pero Jesús, llamándoles junto a sí a sus discípulos, les dijo: Sabéis que los gobernantes de los gentiles se enseñorean de ellos, y que los grandes ejercen autoridad sobre ellos. Pero no ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera entre vosotros llegar a ser grande, será vuestro servidor; y el que quiera entre vosotros ser el primero, será vuestro siervo; así como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos."

He allí, hermanos, entonces el ejemplo de la oportunidad de poder hacer bien y hacernos bien a nosotros mismos. Tiene que ver con la posibilidad de que nosotros nos despojemos de todas nuestras pretensiones, de todos nuestros títulos, de todos nuestros grados, de todo aquello que nosotros hemos prefigurado en nuestra mente que nosotros somos y que los otros deben saber que yo soy. Y por un momento seguir el ejemplo de Jesús, quien dijo que el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos. Ese es el ejemplo que el Señor nos da, y ese es el ejemplo que el Señor espera que nosotros sigamos.

Estar en la casa del Señor no es una tarea cordial; es una tarea de oportunidad graciosa de parte de Dios, compasiva delante del Señor, que nos permite participar de su obra. Y nosotros no debemos desechar esa oportunidad.

En Lucas capítulo 14, siguiendo con la narración que Lucas nos está dando de este acontecimiento en la vida de Jesús, a partir del verso 12, Jesús continúa con su enseñanza y le dice también al que lo había convidado, al principal de los fariseos: "Cuando ofrezcas una comida o una cena, no llames a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a tus vecinos ricos; no sea que ellos a su vez también te conviden, y tengas ya tu recompensa. Antes bien, cuando ofrezcas un banquete, llama a pobres, a mancos, a cojos, a ciegos, y serás bienaventurado, ya que ellos no tienen para recompensarte, pero tú serás recompensado en la resurrección de los justos."

Ustedes se acuerdan que hace un momento, antes de que Jesús cuente o diga la enseñanza de cuando se ha invitado a una mesa, Jesús vio cómo todos se codiciaban ahí para ocupar un lugar en la mesa. Y ahí estaban todos, seguramente medio apretujados, tratando de haber encontrado el mejor lugar. Algunos satisfechos del lugar en donde están sentados, y algunos otros rumiando y diciendo: "Pero, ¿por qué me tocó este sitio si yo debería estar allí? La próxima vez será diferente, yo ocuparé ese lugar."

Y en medio de toda esa discusión, Jesús le habla al jefe, al principal de los fariseos, y le dice delante de todos: "Cuando ofrezcas una comida, una cena, no llames a tus amigos, no llames a tus hermanos, no llames a tus parientes, y menos a tus vecinos ricos. Llámalos no sea que ellos a su vez también te conviden y tengas ya tu recompensa."

Nosotros vivimos también en el mundo bajo criterios de reciprocidad: yo te doy porque yo sé que tú me vas a dar. Alguien decía por ahí, yo leía hace unos días, que alguien en la antigüedad decía que a alguien no le gustaba tener amigos, sino los regalos que los amigos le podían proporcionar. Y eso pasa en la vida.

Nosotros vivimos codeándonos unos a otros, pero también manteniendo vínculos estratégicos con muchas personas. Nos gusta estar relacionados porque en algún momento yo voy a usarte. Te voy a invitar porque yo sé que en algún momento tú también me vas a invitar a mí. Voy a invitar a cuarenta a mi cumpleaños, entonces habrá veinticinco regalos; algunos no traen nada, por supuesto. No, ya es entonces: cuento veinticinco, cuarenta para que hayan veinticinco. Y en la oportunidad de la vida, nosotros siempre estamos comprando y dando, siempre estamos diciendo que en realidad, como dice el dicho popular, nunca habrá una comida gratis.

Pero el Señor nos invita a vivir sobre la realidad humana y nos dice: "Es cierto, cuando nosotros nos relacionamos, nos relacionamos con nuestros amigos, con nuestros hermanos, con nuestros parientes, con aquellos que nos pueden dar, y seguramente que ellos a su vez también nos darán en algún momento, y ya tendremos nuestra recompensa." Pero el Señor nos da una invitación superior y dice, antes bien, dice el verso 13: "Cuando ofrezcas un banquete, llama a pobres, a mancos, a cojos, a ciegos, y serás bienaventurado, ya que ellos no tienen para recompensarte."

Y ahí el quid del asunto, el principio fundamental: si ellos no tienen para recompensarme, ellos no tienen nada que darme en el día de hoy, pero yo voy a ser bendito a través de ellos, yo voy a ser feliz a través de ellos, a través de la oportunidad de poder darle a pobres, a mancos, a cojos y a ciegos. Porque el Señor no nos deja sin la recompensa, sino que al final del verso 14 dice: "Pues tú serás recompensado en la resurrección de los justos."

Y esa es nuestra expectativa: que sea el Señor quien recompensa a su siervo de acuerdo a su propia bendición, a su propia bondad. Por eso es que hacer el bien no es necesariamente hacernos bien, pero es la oportunidad que el Señor nos da de poder serle útiles a Él, y que nosotros podamos realmente brindar algo a aquel que no puede recompensarnos, a alguien que quizás de ninguna manera podrá bendecirnos directamente, pero es una oportunidad de servicio al Señor.

¿Quiénes son nuestros pobres? ¿Quiénes son nuestros mancos? ¿Quiénes son nuestros cojos? ¿Quiénes son nuestros ciegos? Pues nosotros tendremos que discernir esa realidad. Habrá muchas oportunidades de servicio, pero nosotros tenemos que vincularlo con una oportunidad no para encontrar oportunidades, sino una oportunidad para bendecir a los demás.

A partir del verso 15 hasta el verso 24, el Señor hace una última declaración. Dice el verso 15: "Cuando uno de los que estaban sentados con él a la mesa oyó esto, le dijo: Bienaventurado todo el que come pan en el reino de Dios. Pero él le dijo: Cierto hombre dio una gran cena e invitó a muchos, y a la hora de la cena envió a su siervo a decir a los que habían sido invitados: Venid, porque ya todo está preparado. Y todos a una comenzaron a excusarse. El primero dijo: He comprado un terreno y necesito ir a verlo; te ruego que me excuses. Y otro dijo: He comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlas; te ruego que me excuses. También otro dijo: Me he casado, y por eso no puedo ir. Cuando el siervo regresó, informó de todo esto a su señor. Entonces, enojado el dueño de la casa, dijo a su siervo: Sal enseguida por las calles y callejones de la ciudad, y trae aquí a los pobres, a los mancos, a los ciegos y a los cojos. Y el siervo dijo: Señor, se ha hecho lo que ordenaste, y todavía hay lugar. Entonces el señor dijo al siervo: Sal a los caminos y por los cercados, y oblígalos a entrar para que se llene mi casa. Porque os digo que ninguno de aquellos hombres que fueron invitados probará mi cena."

Nosotros nos encontramos con el final de la enseñanza de Jesús con respecto a hacer el bien o hacernos bien. Un hombre en medio de la reunión, en medio de la mesa, con mucho entusiasmo le dice al Señor: "Bienaventurado todo el que coma pan en el reino de Dios." Producto de que él había dicho al principal de los fariseos: "No hagas una reunión de banquetes para los tuyos, sino haz banquetes para los que no lo merecen." Y él dijo: "Bueno, esto nunca va a suceder en esta tierra; esto va a suceder en el reino de Dios. Entonces, bienaventurado el que coma pan en el reino de Dios, porque nadie en sus cabales va a dejar de invitar a los suyos para atraer a los desvalidos e miserables de la calle para comer en la casa."

Y esa percepción equivocada Jesús inmediatamente intenta responderla. Por supuesto que es posible. Esto no es solamente un asunto del reino celestial, sino que si alguien se atreve a hacer mi voluntad, va a atreverse a cambiar los intereses humanos por los intereses de Dios, y va a ser capaz de abrir las puertas de su casa de par en par, no para los que lo merecen, sino para los que no lo merecen, porque está haciendo mi voluntad. Esto no es un asunto del cielo; es un asunto de siervos obedientes en la tierra.

Y él entonces les cuenta la parábola del hombre que da la gran cena e invita a muchas personas. Y muchas de estas personas, cuando son invitados, en la antigüedad surgía algo muy particular. Primero se hacía una primera invitación, a la cual el invitado tenía que responder si es que podía asistir o no podía asistir. Cuando esta persona decidía que iba a asistir, le informaba al dueño de la fiesta que iba a participar. Pero luego había una segunda invitación: cuando ya estaba todo casi listo para empezar la celebración, nuevamente un paje iba a la casa del invitado y le decía: "Ya todo está listo, ahora usted puede venir."

Entonces esto es lo que sucede en esta invitación: cierto hombre dio una gran cena, invita a muchos, y a la hora de la cena —justo esta es la segunda invitación— envió a su siervo a decir a los que habían sido invitados: "Venid, porque ya todo está preparado." ¿Y qué sucede? Nos cuenta la historia que todos empezaron a excusarse. Todos aquellos que habían sido invitados graciosamente por parte de este gran señor, este hombre que daba la gran cena, empezaron cada uno a dar una excusa diferente.

El primero le dijo: "He comprado un terreno, necesito ir a verlo; te ruego que me excuses." Y por supuesto, aún hasta el día de hoy una propiedad es una verdadera excusa para poder, por ejemplo, servir al Señor. "Mira, Señor, estoy justamente en este momento encargado. Me acabo de comprar esta finca, me acabo de comprar esta cosa, me acabo de comprar esto otro. Señor, esto me tiene muy ocupado para poder participar en tus asuntos. Yo te ruego que me excuses."

Excusas. Y por supuesto, todos esperamos que el Señor nos excuse porque se supone que Él está obligado con nosotros para cuidar nuestras vidas.

El otro dice el verso 19: "Y otro le dijo: Señor, he comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlas, te ruego que me excuses." Ya no tiene que ver la excusa con la propiedad, sino que ahora con la productividad, con el trabajo. "Oh Señor, mira, he comprado cinco, no una, me comprado cinco yuntas de bueyes y tengo que probarlas porque de esto depende mi trabajo, de esto depende la productividad de mi vida, el pan para mis hijos, Señor, el futuro, la riqueza, la cuenta bancaria, el pago de etcétera, etcétera. Y por lo tanto, te ruego que me excuses."

El verso 20 dice también: "Otro dijo: Me he casado." ¡Helo! Todo recién casadito. Como mi vida está patas para arriba, no hay lugar. Ni siquiera pide excusa porque, ¡helo!, todo recién casado. "También me he casado y por eso no puedo ir."

Propiedad, productividad y placer son nuestras tres grandes excusas para no hacer lo que tenemos que hacer. Propiedad, productividad y placer. Las cosas que tengo, el trabajo que tengo, el placer que quiero. Muchas veces nosotros nos vamos a topar con estas tres cosas en la vida, en el momento en que el Señor nos convoca para estar con Él gratuitamente, para compartir sus banquetes, para compartir la oportunidad de servirle. Y siempre le diremos: "Señor, mis propiedades; Señor, mi trabajo; Señor, mi placer."

Cuidado, porque el Señor advierte que Él no recibe estas excusas con placer, ni con agrado, ni con entendimiento. Porque el Señor entiende que yo tengo esta cosa y tengo que cuidarla, el Señor entiende mi trabajo, el Señor entiende mi placer. El Señor no entiende.

Dice el verso 21: "Cuando el siervo regresó, informó de todo esto a su señor. Entonces, enojado el dueño de la casa, le dijo a su siervo: Sal enseguida por las calles, por los callejones de la ciudad, y trae acá a los pobres, los mancos, los ciegos y los cojos." Y el siervo le dijo: "Señor, se ha hecho lo que me ordenaste, todavía hay lugar." Entonces el señor le dijo al siervo: "Sal a los caminos y por los cercados, y oblígalos a entrar para que se llene mi casa. Porque os digo que ninguno de aquellos hombres que fueron invitados probará mi cena."

No hay excusas, hermano, porque el Señor va a preferir al cojo, al siervo, al manco y al pobre que a aquel que tiene muchas propiedades, mucho trabajo y tiene mucho placer, pero lo está confrontando con la invitación de Dios. La invitación del Señor no se confronta con nada. Cuando el Señor invita, lo dejo todo y lo sigo a Él.

En este tiempo en que nosotros estamos empezando este nuevo período ministerial, Lucas capítulo 14 es una invitación para descubrir que hacer el bien no es una discusión teológica. Hacer el bien es hacer el bien. El Señor nos está enseñando que hacer el bien no es una tarea cordial, buscar una posición, sino convertirnos en verdaderos siervos. El Señor nos está enseñando que hacer el bien no es un asunto del cielo, sino de la tierra, para hacerlo hoy aquí y no allá en el cielo.

Nosotros somos el cuerpo de Jesucristo. El Señor quiere usar sus manos y nosotros somos sus manos. Y nosotros somos sus pies. El Señor quiere hacer la obra a través de nosotros.

Y el Señor también nos está advirtiendo que tengamos cuidado, y es que creemos que vamos a poner cosas prioritarias delante de Él y el Señor va a entender. El Señor va a escoger, si no somos nosotros, porque estamos muy ocupados con nuestras propiedades, muy ocupados con nuestro trabajo y muy ocupados con nuestros placeres. El Señor va a traer pobres, cojos, mancos y ciegos que van a disfrutar de la comunión con el Señor. De eso no lo dudemos. Pero nosotros quedaremos afuera, porque ya la advertencia estará en el verso 24: "Porque os digo que ninguno de aquellos hombres que fueron invitados probará mi cena." Ninguno de aquellos que fueron invitados probará mi cena.

El Señor nos está invitando, hermanos, a que pasemos de ser oidores a ser hacedores de la Palabra del Señor. El Señor nos está invitando graciosamente a que disfrutemos la posibilidad de ser diferentes, que probemos la posibilidad de ser siervos del Señor que nos va a recompensar en el cielo. Pero para eso debemos dejar la tensión que existe entre hacer el bien y hacernos bien.

Yo quisiera terminar contándoles una breve historia. Hace algunos años atrás, una mujer se acercó a una iglesia pidiendo ayuda. Y en medio de la pedida de ayuda, le dijeron: "Mira, tenemos una comisión de ayuda." Ella se acercó, alguien le dijo: "Tenemos una comisión de ayuda." Y la comisión de ayuda fue y le dijeron: "Sabes, nosotros podemos ayudarte, pero antes tenemos que presentarle el caso al pastor."

Luego que pasaron algún tiempo y ella recibe la petición del pastor, le dijeron: "Sabes qué, lo único que nosotros podemos hacer es orar por ti." Y ella, cuando parte, ella se va y ella envía luego una carta con un pequeño poema al pastor de la iglesia. Y en este poema ella muestra lo que ella sintió por el trato que ella recibió en el momento en que tuvo necesidad.

Y ella escribió lo siguiente: "Tuve hambre y formaron una comisión para considerar mi problema. Estuve en la cárcel y se retiraron en silencio para orar por mi libertad. Estuve desnuda y reflexionaron sobre la inmoralidad de mi aspecto. Estuve enferma y agradecieron de rodillas por su propia salud. Necesitaba un techo y me predicaron sobre el refugio del amor de Dios. Estuve en soledad y me abandonaron para ir a orar por mí. Parecen tan santos, parecen tan cerca de Dios, pero yo todavía sufro hambre, todavía tengo frío, y yo todavía sigo sola."

Servir al Señor es una oportunidad de hacer el bien, no de pensar en hacer el bien, no de cantar que vamos a hacer el bien. Hacer el bien es hacer el bien, aun si eso significa que tengamos que renunciar a nuestros propios intereses.

Pepe Mendoza

Pepe Mendoza

José «Pepe» Mendoza es predicador, escritor y profesor, y autor del libro Proverbios para necios: Sabiduría sencilla para tiempos complejos (Vida, 2024). Ha servido como pastor asociado en la Iglesia Bautista Internacional, en la República Dominicana, y actualmente vive en Lima, Perú, donde enseña en el Instituto Integridad & Sabiduría y colabora con el programa hispano del Southern Baptist Theological Seminary. También trabaja como editor de libros y recursos cristianos. Está casado con Erika y juntos son padres de su hija Adriana.