IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
La vida es dura. Por causa del pecado experimentamos angustia, traición, soledad y finalmente la muerte. No es extraño que el predicador del Eclesiastés llame a la vida "vanidad de vanidades". Pero con Dios nada es vanidad, porque aunque enfrentemos las peores tribulaciones, todas tienen propósito y sentido para su gloria. Sobre este mundo gobierna el Dios de toda consolación.
El apóstol Pablo conocía bien el sufrimiento: cárcel, azotes, naufragios, hambre, frío, persecución. Sin embargo, en medio de todo eso fue poderosamente consolado. Y aquí está la clave: cuando la Biblia habla del Espíritu Santo como consolador, no se refiere solo a quien enjuga nuestras lágrimas. La palabra "paracleto" describe a alguien llamado a pelear nuestras batallas junto a nosotros, como un abogado defensor. El Espíritu Santo no solo nos abraza en el dolor; nos fortalece, nos defiende y lucha con nosotros para vencer.
Este consuelo tiene un propósito específico: equiparnos para consolar a otros. El pastor Javier Domínguez ilustra esto con la historia de Oscar, un hermano de su iglesia diagnosticado con fibrosis pulmonar. Sabiendo que moriría asfixiado, Oscar consolaba a quienes iban a visitarlo. En su lecho de muerte, le pidió al pastor que dijera a su hijo: "Estoy feliz como una lombriz". El consuelo recibido se convirtió en consuelo dado.
Entre más sufrimos por Cristo, más experimentamos su poder. En nuestra debilidad, su fuerza se perfecciona. Por eso Pablo podía decir: "Cuando soy débil, entonces soy fuerte". El llamado es claro: abrazar el consuelo de Dios en nuestras tribulaciones y con ese mismo consuelo consolar a otros.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
Segunda de Corintios, capítulo 1. Quiero que me acompañe, por favor, para iniciar. Segunda carta a los Corintios, capítulo 1. Acompáñame, por favor, Segunda de Corintios, capítulo 1.
Mientras lo buscan, decirles que reciban un cordial saludo de la iglesia Gracia Sobre Gracia en el Salvador, una iglesia amiga de ustedes, amiga de este ministerio. Ellos están orando por ustedes y por nosotros desde hace ya un tiempo atrás, y ellos saben que estoy perfectamente acá en este momento. Por lo tanto, pues reciban ese cordial saludo, todos ustedes.
Segunda de Corintios, capítulo 1, vamos a leer del versículo 3 al versículo 11. Dice así la satisfacción del Señor: "Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación, el cual nos consuela en toda tribulación nuestra, para que nosotros podamos consolar a los que están en cualquier aflicción con el consuelo con que nosotros mismos somos consolados por Dios. Porque así como los sufrimientos de Cristo son nuestros en abundancia, así también abunda nuestro consuelo por medio de Cristo. Pero si somos atribulados, es para vuestro consuelo y salvación; o si somos consolados, es para vuestro consuelo, que obra al soportar las mismas aflicciones que nosotros también sufrimos. Y nuestra esperanza respecto de vosotros está firmemente establecida, sabiendo que como sois copartícipes de los sufrimientos, así también lo sois de la consolación. Porque no queremos que ignoréis, hermanos, acerca de nuestra aflicción sufrida en Asia, porque fuimos abrumados sobremanera, más allá de nuestras fuerzas, de modo que hasta perdimos la esperanza de salir con vida. De hecho, dentro de nosotros mismos ya teníamos la sentencia de muerte, a fin de que no confiáramos en nosotros mismos, sino en Dios que resucita a los muertos, el cual nos libró de tan grande peligro de muerte y nos librará, y en quien hemos puesto nuestra esperanza de que Él aún nos ha de librar, cooperando también vosotros con nosotros con la oración, para que por muchas personas sean dadas gracias a favor nuestro por el don que nos ha sido impartido por medio de las oraciones de muchos."
Vamos a orar. En esta mañana, Señor, te damos gracias porque estamos reunidos por causa de tu nombre. Gracias, Señor, porque tú nos reúnes alrededor de tu satisfacción y nos congregas para escuchar tu voz a través de la satisfacción escrita y predicada. Te pedimos, Señor, que tú nos hables y nosotros prestemos atención. Te pedimos, Señor, que podamos gozarnos en ti, como también ser consolados por ti. Te pedimos, Señor, que tu Santo Espíritu conforte nuestra alma y que podamos nosotros responder no solamente siendo oidores, sino hacedores de tu satisfacción. Te lo pedimos en el nombre de Jesús. Amén.
La vida es dura. Cuando digo que la vida es dura, es que la vida es difícil. Si bien es cierto nosotros podemos experimentar cosas hermosas en esta vida, como por ejemplo la sonrisa de un amigo, la sonrisa de una amiga; si bien podemos gozar del amor del enamorado por su enamorada; si bien podemos gozar de la alegría de despertar ante el llanto de un recién nacido que quiere ver a su madre y a su padre; si bien podemos tener las alegrías de ver crecer a nuestros hijos, de ver a nuestros nietos, de ver sus sonrisas y alegrías; si bien nosotros podemos disfrutar muchas cosas hermosas en esta vida, sin embargo, por causa del pecado, también nosotros experimentamos angustia y tribulación.
Lamentablemente, por causa del pecado, también nosotros experimentamos dolor. El dolor de la traición de un amigo, el dolor de la traición de un esposo o una esposa, la angustia, el pesar, la soledad. Hay muchas cosas terribles que podemos experimentar, y siendo la última de ellas el gran enemigo nuestro: la muerte misma.
Y por eso no es de extrañar que el gran predicador de Eclesiastés, el Cohélet, llega a calificar la vida bajo el sol como vanidad de vanidades, todo es vanidad. Y él dice que es vanidad refiriéndose a que la vida es efímera, la vida es dura, la vida es temporal, la vida es difícil. Y al decir eso, lo que hace el predicador es demostrarnos que aunque vemos cosas hermosas en esta vida, la vida sin Dios es vanidad de vanidades. Pero con Dios, nada en esta vida es vanidad.
El predicador y la Biblia nos comienzan a enseñar que bajo Dios, bajo Cristo, aunque nosotros experimentemos la peor de las tribulaciones, todas las tribulaciones tienen un propósito y un sentido para la gloria de Dios. Así que la gran noticia en esta mañana es que aunque en el mundo nosotros encontremos aflicción, sobre este mundo gobierna el Dios de toda consolación.
Y esto fue lo que el apóstol Pablo experimentó a lo largo de su vida. Si hay un personaje en la Biblia que a lo largo de su vida sufrió muchísimo, fue el apóstol Pablo. Él mismo, en la segunda carta a los Corintios, nos dice que él sufrió cárcel, y no una vez. Dice que sufrió azotes, tumultos, naufragios, apedreamiento, persecuciones. Fue difamado como desconocido, moribundo, pobre y miserable. Además, él mismo dice que sufrió hambre y sed, frío y desnudez, y sobre todo eso, la preocupación por la piedad de las iglesias.
Y sin embargo, él mismo llega a decir en esta carta que le escribió que en todo esto él fue consolado poderosamente por el Dios de toda consolación. Y por eso es que él comienza su carta elevando una acción de gracias a Dios. Comienza él alabando a Dios por dos razones: número uno, porque él mismo dice que él fue consolado por Dios; pero en segunda razón, él comienza alabando al Dios de toda consolación porque en lo que él fue consolado, ahora él puede consolar en eso mismo a la iglesia.
Ahora, ¿por qué el apóstol Pablo comenzó su segunda carta con esta alabanza al Dios de toda consolación? Bueno, en aquel momento el apóstol Pablo estaba sufriendo el ataque inmisericordioso de los falsos apóstoles que se encontraban en aquel momento en Corinto. Estos falsos apóstoles lo acusaban dentro de la iglesia de Corinto, diciendo que las tribulaciones que Pablo estaba viviendo eran una señal de que Dios lo estaba castigando por dos razones: por su infidelidad en su propia vida y por ser él supuestamente un falso maestro. Es decir, se aprovecharon los falsos apóstoles del sufrimiento de Pablo para decirle a la iglesia: "Mira, él está sufriendo. Lo que tú ves en Pablo es porque Dios lo está castigando, y lo está castigando porque él es un falso."
Entonces Pablo, en su defensa —que toda la carta es una defensa a su apostolado—, él comienza a mostrarles a la iglesia de Corinto que en sus tribulaciones él no estaba recibiendo el castigo de Dios, sino que estaba recibiendo la consolación de Dios, y que por lo tanto él era un verdadero hijo de Dios.
Y es igual que contigo y conmigo hoy en día. Las tribulaciones que puedas estar viviendo en este momento no necesariamente pueden ser un castigo de Dios, sino una oportunidad, hermano y hermana, para experimentar el consuelo de Dios en tu propia vida. Y por eso hoy, a través de este hermoso texto —que por cierto es el texto más extenso en toda la Biblia que más habla acerca de la consolación del Espíritu—, a través de este texto yo quiero persuadirte de algo muy simple: que abrazando el consuelo de Dios en tus tribulaciones, tú puedas consolar a otros hermanos.
Y en este texto nosotros vamos a ver cuatro verdades que el apóstol Pablo nos enseña acerca de la consolación del Espíritu Santo. En primer lugar, vamos a aprender acerca de la fuente de la consolación. En segundo lugar, el propósito de la consolación. En tercer lugar, la razón de nuestra consolación por el Espíritu Santo. Y número cuatro, nuestra participación o colaboración en el consuelo que da el Espíritu Santo sobre las iglesias.
Así que quiero que me acompañen al primer gran punto sobre la fuente de nuestro consuelo, que es el Espíritu Santo. Quiero que me acompañen una vez más a leer el versículo 3 y el versículo 4, la primera parte. Dice así la satisfacción del Señor: "Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación, el cual nos consuela en toda tribulación nuestra."
Pablo inicia esta alabanza a Dios mencionando títulos de Dios acerca de cómo él había experimentado a Dios a lo largo de su sufrimiento. Primero comienza diciendo: "Alabado sea el Señor Dios y Padre de Jesucristo." Es decir que lo está alabando porque él ha sido salvado, y reconoce su redención y salvación por medio de Jesucristo.
Pero luego él va a ocupar dos títulos que pertenecen al Antiguo Testamento. Y él dice: "Yo alabo al Señor, al Padre de misericordias." Esta frase tan interesante, "Padre de misericordias." Pablo está reconociendo que toda misericordia que él ha recibido, y que tú y yo recibimos, es engendrada por Dios. Y él lo llama Padre porque se supone que tus hijos, nuestros hijos, son a imagen del padre. Eso significa que cada misericordia que Dios te otorga a ti y a mí... Dios no solamente es misericordioso, sino que Él mismo es la misericordia para nosotros. Por eso le llama el Padre de las misericordias, porque no solamente ha engendrado cada misericordia que tú recibes en tu vida, sino que precisamente, al poder ser imagen del Padre los hijos, Él es la misericordia misma para ti, para mí, todos los días de nuestra vida.
Pero también, en segundo lugar —bien, en tercer lugar—, el apóstol Pablo mencionó otro título que pertenece al Antiguo Testamento, y es "el Dios de toda consolación." Lo que está diciendo el apóstol Pablo es que Dios es nuestro consolador. Pero esto es sumamente importante e interesante, porque en el Antiguo Testamento lo que dice es que el Padre prometió que un día Él vendría a ser nuestro consolador. Obviamente, en el cumplimiento de los tiempos, esta promesa que el Padre dio en el Antiguo Testamento se cumplió cuando el Dios Trino encarnó en la persona del Hijo, al cual en 1 Juan capítulo 1 se le llama nuestro consolador. Pero resulta que, siendo nuestro consolador, siendo tu consolador y mi consolador, antes de partir, después de resucitar, Él prometió enviar al otro consolador. Y este otro consolador es el Espíritu Santo morando en nosotros.
Ahora, la gran pregunta es: ¿para qué Dios, para qué Jesús nos envió al otro consolador?
El versículo 4 dice: "El cual nos consuela en toda tribulación nuestra". Amados hermanos, todos los que estamos aquí, no importa si tú eres pequeño, alto, rico, pobre, no importa si eres creyente o no creyente, todos vamos a sufrir. Todos sufrimos en este mundo por causa del pecado. Hermanos, todos aquí vamos a sufrir en algún momento en nuestra vida, o varias veces a lo largo de nuestra vida. Jesús dijo: "En el mundo tendréis aflicción". En 1 Tesalonicenses capítulo 3:3, el apóstol Pablo nos ordena y dice que nadie se inquiete por causa de las tribulaciones, porque ustedes mismos saben que para eso hemos sido destinados.
Pablo, incluso después de que fue apedreado en Listra y que fue arrastrado afuera de la ciudad, y que lo soltaron simplemente porque pensaban que ya estaba muerto, al día siguiente, ante el dolor y el impacto que eso ocasionó en los discípulos de él que estaban con él, al ver el miedo que tenían ellos, Pablo al día siguiente les dice: "Es necesario que a través de muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios".
Hermanos, todos vamos a enfrentar tribulaciones, pero ¿saben cuál es el problema? El problema es que nosotros somos débiles para enfrentar esas batallas, y eso agrava más todavía todas las circunstancias. Tú y yo somos débiles. Somos tan débiles que no podemos saber qué va a ocurrir exactamente en los próximos cinco minutos. Somos tan débiles que nosotros no sabemos cómo lidiar con nuestros problemas. Somos tan débiles que muchas veces no sabemos qué hacer en estas circunstancias. Somos tan débiles que ni siquiera cuando venimos a orar a Dios en medio de nuestras tribulaciones sabemos cómo orar. Somos tan débiles que cuando uno viene en oración, uno lo mucho que le pide al Señor: "Ayúdame", y uno no sabe qué pedirle a Dios. Y precisamente por esa debilidad nuestra es que nos cuesta reposar en la vida mientras sufrimos.
De hecho, el apóstol Pablo lo dice con esas mismas palabras en esta misma carta de 2 Corintios, solamente que en el capítulo 7 versículo 5. El apóstol Pablo dice: "Pues aun cuando llegamos a Macedonia, nuestro cuerpo no tuvo ningún reposo, sino que nos vimos atribulados por todos lados: por fuera, conflictos; por dentro, temores". Pablo en primer lugar dice que él mismo, el gran apóstol Pablo, aquel que vio cosas que usted y yo nunca veremos, el gran predicador, el gran apóstol, él mismo dice: "No tengo ningún reposo". Y él dice por qué: porque hay dos tipos de tribulación. En la palabra tribulación, en esa expresión, hay dos tipos de presiones que los seres humanos experimentamos en esta vida.
Una es por fuera, presiones externas a nosotros, a lo que le llama conflicto. Y aquí la palabra conflicto es la palabra batalla o pelea. Por un lado, Pablo reconoce que los seres humanos peleamos constantemente batallas particulares y personales de manera externa. Pero el otro tipo de presiones que uno puede vivir y sufrir en este mundo es por dentro, a lo que le llama temores o intimidaciones.
En esta mañana no sería extraño. Posiblemente te has venido acá a tu iglesia y tal vez tú estás peleando verdaderas batallas en tu vida. Tal vez tú estás batallando en contra de una enfermedad de muerte. Tal vez tú estás librando verdaderas batallas en tu propio matrimonio, a punto de un divorcio. Tal vez tú estás batallando con un hijo no convertido. Tal vez tú estás batallando verdaderas luchas en tu trabajo.
Pero también hay quienes están batallando las peores batallas que alguien puede enfrentar, que son las internas. Tal vez tú estás aquí batallando contra pensamientos altivos que se levantan en contra del conocimiento de Dios. Tal vez tú estás batallando con pensamientos de confusión de identidad. Tal vez tú estás batallando con la duda que surge en el momento de aflicción, dudas acerca de Dios y su gracia. Tal vez tú estás batallando contra la soledad. O tal vez estás batallando con el miedo a morir. O contra el miedo a ser amado, o nunca ser amado, o nunca amar a otra persona.
Pero la buena noticia de 2 Corintios capítulo 1 es que el Dios de toda consolación, el Espíritu Santo, nos consuela en toda nuestra tribulación. Ahora, es necesario entender a qué se refiere la Biblia con la consolación del Espíritu Santo.
Normalmente nosotros pensamos, cuando escuchamos la palabra consolación más asignada al Espíritu Santo, podemos pensar que el Espíritu Santo en la función como consolador es aliviar nuestros dolores. Es decir, la imagen muchas veces que viene es como aquella mamá que cuando ve a su hijo llorar sale a su encuentro. Viene el niño con miedo porque tal vez hay un perro que lo está persiguiendo, viene el niño, y el Espíritu Santo pensamos que es como la mamá abrazando al niño, y tal vez el niño, aunque está en los brazos de su madre, de igual manera tiene miedo al perro, y que el Espíritu Santo viene y nos abraza y nos conforta de esa manera.
Si bien es cierto el Espíritu Santo nos puede consolar de esa manera, y lo hace, su ministerio de consolación es mucho más profundo que eso. Cuando la Biblia habla de que el Espíritu Santo es nuestro consolador, no se refiere únicamente a que él va a enjugar tus lágrimas, sino que él mismo va a pelear tus batallas por ti, y en ti, y junto a ti. Es que el consolador, hermano, la palabra consolador significa aquel que es llamado junto a alguien para pelear tus batallas en un tribunal. Por eso es que en aquel momento el consolador era un abogado, pero no un abogado como hoy en día llamamos abogado mercantilista o un abogado civil. Se parece más a un abogado penalista.
La palabra parácleto lo que está significando es que Dios ha llamado a alguien, en este caso ha enviado su Espíritu, para que esté a tu lado. No solamente para enjugar tus lágrimas, no solamente para animarte, no solamente para fortalecerte que sigas adelante, sino que él está contigo para pelear tus propias batallas contigo y hacerte ganar. Porque él representa tu causa y él está insistentemente peleando por ella.
Por eso es que a Jesús en 1 Juan capítulo 1 se le llama el consolador, el abogado se le llama. Y se le llama así abogado porque se supone que cada vez que tú y yo pecamos, él está intercediendo por nosotros, y por causa de su obra en la cruz somos absueltos mientras nosotros confesamos nuestros pecados. Así que el Espíritu Santo como consolador, hermanos, no solamente significa que él secará tus lágrimas mientras peleamos las batallas, sino que él mismo te fortalecerá y luchará con nosotros para ganarlas.
El ministerio del Espíritu Santo como consolación consiste en ayudarte, en servirte, en protegerte, en defenderte, en fortalecerte. La primera alabanza que cantamos esta mañana es lo que decía, que el Espíritu Santo dice: del débil él nos fortalece, él nos consuela, y dice: del débil nos defiende. Precisamente porque es la función del Espíritu Santo, es una acción de ataque, no solamente de defensa, sino que él mismo está parado contigo para luchar contigo y ministrarte todo el tiempo en tus batallas, ya sean externas o ya sean internas.
De hecho, si nosotros analizamos toda la historia de la iglesia en el libro de Hechos de los Apóstoles, lo que vamos a ver es que el resultado de todo lo que encontramos en Hechos de los Apóstoles era por la consolación y la fortaleza del Espíritu Santo. Por eso es que el apóstol Pablo, hermanos, en esta misma carta de 2 Corintios, él llega a decir en el capítulo 4:8-9: "Afligidos en todo, pero no agobiados; perplejos, pero no desesperados; perseguidos, pero no abandonados; derribados, pero no destruidos".
La pregunta es: ¿por qué Pablo no se angustió al ser afligido? ¿Por qué Pablo no desesperó al ser perplejo? ¿Por qué Pablo no abandonó al ser perseguido? ¿Por qué Pablo no fue destruido cuando fue derribado? Porque el Espíritu Santo lo consoló todo el tiempo con verdadero poder para luchar y para vencer.
Por todo esto, hermanos, cada uno de los que estamos aquí, aun sufriendo diferentes tipos de problemas y dificultades, aunque podamos estar atribulados, por eso es que no abandonamos la fe. Aunque estemos perseguidos, por eso no desmayamos, porque precisamente por el consuelo del Espíritu Santo no es que seamos vencedores, sino que somos más que vencedores de toda tribulación o angustia, o persecución o hambre, o desnudez o peligro o espada, pues el que nos consuela todos los días es el Espíritu Santo.
Hermanos, el Espíritu Santo no es una energía, el Espíritu Santo no es una fuerza. El Espíritu Santo es Dios, él es la tercera persona de la divinidad. Él es el consolador que Jesús prometió para ti, para mí, que él nos enviaría, y su oficio precisamente es ser nuestro ayudador, nuestra guía en la dificultad, nuestro abogado defensor. Él es quien te sustenta en medio de la prueba, él es quien te fortalece en las tribulaciones y quien es la fuente de todo consuelo en tu dolor: el Espíritu Santo.
Ahora, si la fuente de nuestro consuelo es el Espíritu Santo, la segunda pregunta que responde el apóstol Pablo es: ¿cuál es el propósito de la consolación del Espíritu? ¿Por qué él nos consuela de esta manera?
En el versículo 4, si me acompañan, dice el apóstol Pablo: "El cual nos consuela en toda tribulación nuestra, para que nosotros podamos consolar a los que están en cualquier aflicción con el consuelo con que nosotros mismos somos consolados por Dios". Aquí hay dos verdades que el apóstol nos enseña a cada uno de nosotros.
En primer lugar nos enseña, hermanos, que el fin o propósito de la consolación es ser equipados para consolar a otros. Pablo aprendió, hermanos, que el consuelo es una gracia de Dios recibida para ser compartida con otros hermanos. Y esto es interesante porque lo vemos a lo largo de la Escritura. Cuando, por ejemplo, Satanás pidió zarandear a Pedro, Jesús le dice a Pedro en Lucas 22:32: "Pero yo he rogado a mi Padre por ti para que tu fe no falle, y tú, una vez hayas regresado, fortalece a tus hermanos". Durante la prueba nosotros sabemos que el Padre fortaleció la fe de Pedro porque él regresó, pero ¿cuál era el objetivo de recibir la consolación de Dios, de que su fe no faltara durante la prueba?
El objetivo, y lo dice la Escritura, es para que regresando fortalezcas a tus hermanos. Y ahí la palabra es para que consueles a tus hermanos. Hermanos, tú eres consolado para que consueles a otro, y ese es el propósito de la consolación.
Déjenme usarlo de esta manera. Hay una persona en nuestra iglesia, hay una persona que realmente se gozó en medio de las tribulaciones, que me dio el ejemplo de ello. Es un hombre que ya murió, al cual lo quisimos muchísimo. Le decíamos "el coronel" en la iglesia. Toda la iglesia lo conocía porque él fue un militar y él fue muy, pero muy amado. Su nombre era Óscar.
Yo recuerdo que él, en los tiempos de aflicción, siempre se mostraba no solamente positivo, sino que lleno de gozo. Pero llegó un momento en el cual un día me dice: "Pastor, quiero decirle que Dios me está llamando a su presencia." "¿Y qué pasó, hermano?" "Pues me acaban de decir que yo tengo fibrosis pulmonar." No porque él haya fumado, sino que porque cuando él estaba peleando la guerra contra la guerrilla interna, la guerra interna que tuvimos en El Salvador, en los búnkeres, el material con el cual se cubría el búnker, ahora se conoce que es cancerígeno. En aquel entonces no, pero ahora se sabe. Y él respiró tanto de eso que se le afectaron sus pulmones. Él estaba relativamente joven, y él me dice: "Mi pastor, para que entienda lo que yo tengo, se lo voy a decir como el doctor me lo dijo."
Mira, Óscar, tus pulmones se agrietaron por dentro y tienen muchas heridas, y cuando cicatrizan estas heridas hacen que duela, y por lo tanto el pulmón ya no se estira. Significa, Óscar, que tú vas a morir de asfixia, tú te vas a ahogar y así vas a morir. Y le dijo: es de las peores muertes que un ser humano puede enfrentar, de verdad te lo digo. Y entonces comenzó a prepararse para eso.
Pasa un año y medio, mi esposa y el pastor Óscar está muriendo. Yo recuerdo que las personas que llamaban de la iglesia a visitarlo, ya en sus últimas semanas de vida, varios de ellos me decían: "Pastor, qué tremendo, yo pensando que yo le iba a ir a consolar, resulta que el consolado fui yo". Y yo recuerdo que el día que él murió me dicen: "Pastor, ya está agonizando". Ok, voy para allá. Y entonces yo entré, y esta escena nunca la voy a olvidar. Entro al cuarto donde se encontraba en el hospital, toda la familia se sale y me dejan solo con él. Yo me siento a la par de la cama y él estaba sentado porque se estaba ahogando, y él estaba luchando con tratar de respirar, estaba con la mascarilla.
Yo recuerdo simplemente estar ahí y le toco el brazo: "Hermano Óscar", y le digo: "¿Sabe quién está aquí, hermano? Soy el pastor Javier, soy Javier Leo". Y mueve la cabeza, y en ese momento comienzo a hablar con él. Comienzo a leer Juan, comienzo a orar por él, y luego de decir algunas palabras de confort, me despedí de él y le dije: "Hermano, te voy a ver en el cielo. Qué privilegio que tienes la oportunidad de ver a Cristo pronto". Cuando yo le suelto el brazo y me doy vuelta, él toma el mío y me hala, y se quita la mascarilla. Él no había hablado nada, yo pensé que no podía hablar. Se quita la mascarilla y me hace: "Pastor". "Sí, hermano, yo acá, dígale a mi hijo". "Sí, sí hermano, dígame". "Dígale a mi hijo que estoy feliz como una lombriz. Estoy feliz como una lombriz". Yo no lo podía creer, y él solo se ríe y se vuelve a poner la mascarilla y sigue respirando, y yo solo me puse a reír. Volví a abrazarlo: "Hermano, no cambies, gloria al Señor".
Cuando salí le dije al hijo, y él estaba desconsolado, y le dije esas palabras, y me dijo: "¿Sabe por qué mi papá le pidió que me dijera eso? Porque cada vez que él salía a las batallas y yo tenía miedo de que le iba a morir, él siempre me decía: 'Estoy feliz, hijo, como una lombriz'. Él me lo dijo para consolar mi corazón, pastor". ¿Saben para qué Dios te consuela a ti? Yo de verdad se los puedo decir, si hay un cristiano que yo admiré mucho es él. Nuestras consolaciones son para consolar a otros, y es lo que nos enseña el apóstol.
Pero lo segundo que también nos enseña el apóstol Pablo en este texto es que entre más tribulaciones tú vivas, más consuelo tú obtendrás, y a mayor consuelo, mayor capacidad de consolar a otros. Y por lo tanto, la consolación, lo que nos enseña el texto, es que este servicio de consolación, hermanos, no es ejercido por sabiduría humana sino por la sabiduría de Dios. Jesús dijo que el otro Consolador vendría para guiarnos en toda la verdad, nos llevará a toda la verdad. No es con mentira, es con la verdad.
Permítanme darles otro ejemplo. Otra persona que en la vida sufrió muchísimo fue Job. Job sufrió increíble, y es interesante que cuando los amigos quieren consolarlo, él llegó un momento en su vida que Job les dijo a sus amigos: "Consoladores molestos me sois todos vosotros". ¿Y por qué Job les dijo consoladores molestos? Bueno, en Job 21:34 dice: "¿Cómo pues me consuelan en vano? Sus respuestas están llenas de falsedad". Tu consuelo a otras personas va a ser en vano en la medida que no les estés consolando con la verdad. Nosotros consolamos con la verdad porque con la verdad Dios nos consuela a nosotros. No es con la sabiduría humana. Nadie obtendrá, hermanos, nadie obtendrá verdadero consuelo en los brazos de un hombre o una mujer. Nadie obtendrá consuelo en el vicio. Nadie, nadie podrá ser consolado en el gran menú de consolaciones que el mundo tiene para nosotros todos los días. Nuestra consolación siempre vendrá del Espíritu de la verdad a través de la verdad.
Y es esta verdad la que también debe advertir y animar a cualquier pastor que se encuentra esta mañana acá. Si tú quieres que el consuelo del Espíritu Santo fluya a tu iglesia a través del púlpito o desde el púlpito, entonces asegúrate que la verdad de Dios sea predicada desde ese púlpito. Solamente cuando la verdad es predicada desde un púlpito, la iglesia recibe el consuelo de Dios en la Palabra escrita predicada en ese momento. Y siempre es así, con la verdad.
Yo amo mucho a mi esposa, yo la amo profundamente. Yo me enamoré de ella desde muy joven. Ella no lo sabía, pero yo me enamoré de ella. Nos vimos en el colegio, ella no sabía y nunca se lo dije, fico guardar. Cuando nos vamos a casar, yo le hice una promesa y le dije: "Siempre te voy a cuidar. Hasta mi último aliento te voy a cuidar". Y lo digo de verdad, no hay día, no hay día que yo no le diga "te amo" a ella.
Y le digo esto porque cuando comenzamos las primeras semanas de matrimonio, recién casados, yo recuerdo que yo le decía esto a ella: "Qué hermosa eres, qué hermosa", y le tocaba el rostro, "hermosa eres, te amo, te amo". Pero miraba que ella bajaba la mirada, y comencé a observar que ella se sentía inmerecida de esas palabras. Y luego comprendí y recordé: es que Satanás intentó destruir la vida de mi esposa desde que estaba niña hasta su juventud. Lo intentó destruir. Satanás dañó mucho a mi esposa por un tiempo.
Y cuando yo recordé eso dije: "Ella se siente inmerecida por lo que vivió". Entonces yo dije: "Bueno, ¿qué puedo hacer?" Y comencé a pensar y dije: "Bueno, voy a hablarle de la gran doctrina que más ha consolado mi vida hasta el día de hoy: la gran doctrina de la soberanía y la providencia de Dios". Y entonces yo recuerdo que le dije: "Vamos a hacerlo, ven, quiero leerte la Palabra". Y yo recuerdo que todas las noches ella se acostaba en la cama, yo estaba sentado, ella ocupaba mis rodillas como almohada, y yo comenzaba a leerle la Escritura acerca de los versículos de la soberanía de Dios y de la providencia de Dios.
Y luego de dos semanas de hacer eso, yo recuerdo que ella comenzó a llorar, y yo le pregunté: "¿Te sientes mal por algo?" Y me dice: "No, estoy feliz". "¿Y por qué estás feliz?" Y me dice: "Porque hoy puedo dar gracias a Dios por algo". "¿Y por qué?" "Yo sé que aun en los peores momentos en que Satanás estaba destruyendo mi vida, Dios estuvo ahí conmigo. Y ahora sé que Dios siempre ha estado conmigo, Javier". Y estaba llorando, y me dice: "Y también doy gracias a Dios porque también he entendido que hoy puedo consolar a otras mujeres con la misma consolación con que Dios me está consolando a mí".
Ese es el propósito de la consolación, hermanos. Nosotros somos consolados por el gran hermoso ministerio de consolación del Espíritu Santo para que consolemos a otras personas. Como un puritano dijo: al sufrir bien, amamos bien a los demás.
Pero hay una pregunta importante también que el texto nos responde: ¿Por qué es que nosotros tenemos que sufrir y ser consolados por Dios a la vez? Porque el versículo 5 nos responde y dice: "Porque así como los sufrimientos de Cristo son nuestros en abundancia, así también abunda nuestro consuelo por medio de Cristo". Lo que el apóstol Pablo está hablando, hermanos, es un gran misterio para nosotros: que la razón de nuestro consuelo es nuestra participación en los sufrimientos de Cristo. Es decir, que en virtud de tu unión con Cristo y de mi unión con Cristo, nosotros sufrimos padecimientos.
Es decir, si Jesucristo hubiera venido a la tierra y su misión no hubiera sido o no incluyera el sufrimiento, nosotros no tendríamos por qué estar sufriendo. Pero porque Jesús sufrió, nosotros hoy sufrimos, porque se van completando en nosotros el sufrimiento de Cristo en su cuerpo. Ahora, es importante entender que eso no significa que tu sufrimiento y mis sufrimientos son vicarios. Recordemos que Jesús ya sufrió lo que tenía que sufrir, expió el pecado. Él está en su estado de exaltación, sentado en el trono a la derecha del Padre. Él ya no sufre. Sin embargo, porque Él sufrió, porque somos parte del cuerpo de Jesús, tú y yo tenemos que sufrir.
Ahora bien, pero la pregunta es: ¿Cuál es el beneficio de eso, pastor? ¿Cuál es el beneficio de que yo sufra como Cristo sufrió? Y lo que el apóstol está diciendo en esta carta es que entre más nosotros suframos por Cristo, más se manifestará su poder en nosotros. Es una verdad que el apóstol Pablo en toda la carta va a desarrollar: que entre más la muerte de Cristo se manifiesta en tu vida y mi vida, más se manifestará el poder de Dios en tu vida y mi vida. Entre más la muerte de Cristo, más su vida se manifiesta. Entre más débiles somos en Cristo, por causa de Cristo, más su vida se manifestará en nosotros. Más fuerte nuestra fe y nuestra esperanza. Entre más débiles seamos nosotros ante los problemas, más fuertes nosotros somos en Él. Y esa es la gracia que nosotros recibimos cuando somos consolados por Dios, hermanos: que el poder, el gran poder del Todopoderoso, lo percibimos en el consuelo de Dios.
¿Tú no te acuerdas, hermano, de Elías? Cuando él salió huyendo, tuvo luchas externas, a ver, la interna: el miedo. Él le tuvo miedo a Jezabel, salió huyendo, y resulta que él en la noche le dice al Señor: "Señor, llévame, quiero morirme". Su dolor y tribulación lo llevó hasta el punto que él no quería vivir. ¿Cómo lo consoló Dios? Bueno, lo hizo dormir, le permitió que durmiera, le mandó ángeles que le cocinaran, no que lo cocinaran, que le trajeran la comida. Pero luego lo levanta y le dice: "Ve a mi monte, el monte de Dios". Caminó por cuarenta días. Al llegar, Dios le dice: "¿Qué quieres?" Estaba desconsolado, y él expone su causa.
¿Y Dios cómo lo consoló ahí? No lo consoló con el viento impetuoso que rompió las peñas, ahí no estaba Dios, dice. No fue en el poder del terremoto que sacudió los cimientos de la vida de Elías, Dios no estaba ahí. No fue en el fuego que de repente apareció del Todopoderoso, sino que fue consolado en el susurro amoroso de Dios. Lo que el apóstol Pablo está enseñando es que el gran beneficio que tú y yo tenemos a la hora de sufrir en Cristo y por causa de Cristo es...
Que el poder de Dios lo vamos a experimentar en el consuelo del Espíritu Santo. Por eso es que en la misma carta, ya al final de la segunda carta a los corintios, mira conmigo lo que escribe el apóstol Pablo. En victoria él dice, capítulo 12 de 2 Corintios, versículos 9 y 10: "Él me ha dicho: Te basta mi gracia, pues mi poder se perfecciona en la debilidad." Por tanto, con muchísimo gusto me gloriaré más bien en mis debilidades, para que el poder de Cristo more en mí. Y por eso dice: "Me complazco en las debilidades, en insultos, en privaciones, en persecuciones y en angustias por amor a Cristo, porque cuando soy débil, entonces soy fuerte." Amén. Ves, el poder de Dios tú y yo lo recibimos y lo percibimos en la gracia del consuelo del Espíritu Santo.
Hermanos, es en un momento de nuestro más profundo dolor que nuestros ojos son abiertos por medio del Espíritu Santo para ver que el anhelo que siempre ha tenido nuestro corazón ha sido Dios todo el tiempo. Es en ese momento del dolor cuando el Espíritu Santo viene, abre nuestros ojos para hacernos ver que es la presencia, el amor, la gracia y el consuelo de Dios lo que siempre he necesitado en esta vida. Es en un momento de dolor cuando viene el Espíritu Santo en su consolación para enseñarnos que no hay nada más grande, ni más valioso, ni más hermoso en este mundo que nuestro Señor Jesucristo. Y esa es la bendición de sufrir en Cristo: recibir los bálsamos consoladores del Espíritu de Cristo todos los días de nuestra vida.
Pero el texto no termina ahí. El texto termina enseñándonos cuál es nuestra participación entonces en este gran ministerio de consolación del Espíritu Santo. Y lo que hace del versículo 8 al 11, si nos damos cuenta, es una narrativa en donde el apóstol Pablo lo que hace es ilustrar toda esta enseñanza anterior. La quiere ilustrar con una experiencia personal, con un ejemplo de algo que él había vivido. Y él narra cómo en Asia él sufrió tal tribulación, de tal magnitud, que él pensó y creyó realmente que él iba a morir. No sabemos qué sufrió, no sabemos qué le pasó, él no lo dice, y no buscamos en Hechos y no logramos ver qué fue lo que le ocurrió. Sin embargo, dice que estuvo a punto de morir y pensó que iba a morir.
Sin embargo, él mismo dice que él encontró consuelo al entender que el propósito de esa prueba era que él dejara de confiar en sus recursos humanos para confiar en el poder y la gracia de nuestro Dios. Él aprendió eso. Pero luego de decir eso, él enseña en el versículo 10 y 11, y dice: "El cual nos libró de tan gran peligro de muerte, nos librará, y en quien hemos puesto nuestra esperanza de que aún nos ha de librar, cooperando también vosotros con nosotros con la oración, para que por muchas personas sean dadas gracias a favor nuestro por el don que nos ha sido impartido por medio de las oraciones de muchos."
Pablo estaba convencido, hermanos, de que Dios lo libraría de cada tribulación. Pero a la vez él reconoció que la oración de la iglesia coopera con la esperanza de nuestra gracia futura. En pocas palabras, lo que él dijo en el versículo 10 y 11: él dice Dios nos librará, pero cooperando ustedes con nosotros con sus oraciones. ¿Sabes lo que el apóstol Pablo estaba haciendo acá? El gran apóstol Pablo pidiendo oración a sus hermanos por él. El gran apóstol, el que se enfrentó a todo lo que se enfrentó, les dice: "Yo necesito que ustedes oren por mí, por favor, oren por mí."
Y no solamente lo hizo en esta carta. Resulta que él pidió oración por él en la carta a los Romanos, en la carta a los Efesios, en la carta de Filipenses, en la carta de Colosenses, en las dos cartas de Tesalonicenses y en la carta de Filemón. Él estaba convencido de que el ministerio de consolación del Espíritu Santo también ocupa el medio de la oración de los santos de la iglesia. Jesús pidió oración. En la peor hora de Jesús, en el huerto de Getsemaní, él pidió a sus discípulos que oraran también por él. Por lo tanto, si Pablo, si Jesús y muchos otros pidieron oración, ¡cuánto más tú y yo tenemos que orar los unos por los otros también!
¿Y por qué tenemos que orar, pastor? Como dijo John MacArthur hablando de este punto: en la oración, la impotencia humana se arroja a los pies de la omnipotencia divina. Lo voy a repetir: en la oración, cuando tú oras, tu impotencia humana se arroja a los pies de la omnipotencia divina. Así que tú y yo, hermanos, no oramos porque Dios necesita nuestras oraciones. Él es glorioso en sí mismo. Dios no necesita tus oraciones ni mis oraciones. Somos nosotros los que necesitamos orar para depender de la voluntad, la gracia y el amor de nuestro Señor Jesús. Somos nosotros los que necesitamos orar. Es la oración en donde nosotros nos fortalecemos con su poder, con su gracia y con su voluntad.
Y si bien el Espíritu Santo, hermano, con su poder, con el poder de la gracia de Cristo, él puede provocar una paz que sobrepase todo entendimiento humano, así igual el Espíritu Santo puede trabajar con medios que él mismo establezca. Juan Calvino decía que Dios puede obrar sus grandes obras sin medios, por medios, y por medios contrarios. Eso significa que Dios todopoderoso, él puede hacer en este momento un milagro sin mediación. ¿Sí o no? Si él quiere hacer un milagro en este momento, no necesita ni de tu ayuda ni de mi ayuda. Dios puede obrar sin medios. Pero también él puede obrar por medios o por medios contrarios a él. Por ejemplo, él puede usar la maldad de Satanás para lograr su propio propósito.
En la consolación del Espíritu Santo, Dios ocupa medios también, y ese medio eres tú. Ora por tus pastores. Yo le digo a la iglesia: la mejor frase de consolación que usted me puede dar a mí es "Pastor, estoy orando por usted." Ora por tus pastores, ora por tu papá, ora por tu mamá, ora por tus hijos, ora por los hermanos que están en verdadero conflicto, ora por tu iglesia. Ora, hermano, y comparte la Palabra con ellos. ¿Ya te diste cuenta cuántos libros, canciones e himnos nos han compuesto en la historia por la consolación recibida de nuestros hermanos?
Cuando yo veo hacia atrás en mi vida, y cuando veo las cosas que en la voluntad de Dios él ha permitido experimentar, cuando he estado verdaderamente en momentos en que yo sí pensé que me iba a morir, yo le doy gracias a Dios por los medios que él ocupó para consolarme también. En aquel momento, su Palabra, predicaciones, cantando himnos, pero también a través de mis amigos, el pastor Héctor, el pastor Medina que me acompaña, y principalmente mi esposa. Y por eso no me extraña que a la esposa se le llame la ayuda idónea, porque es una función similar al Consolador. Yo le digo a mi esposa: "Canta." Bien hermosa canta. Ni en el coro canta, le digo: "Canta, canta mi amor," le digo en la casa. Y mi hijo también le dice: "Canta, mamá, canta." Y es una mujer de mucha palabra.
Así que, hermanos, ora. Ora por tus pastores, por tu familia, ora. Pero, ¿qué pedir, pastor? Bueno, pide lo que dice ahí: que acciones de gracias sean dadas a Dios al ver la fortaleza, el gozo y la confianza en nuestros hermanos en el futuro. Pero también, hermano, te animo a que en tus propias luchas y dolor clames al Espíritu Santo. Clama, clama, iglesia. Pídele que te ayude, pídele al Espíritu Santo que te fortalezca, que te llene con su poder, que te guíe y te consuele. Recuerda, siempre recuerda que él ha sido enviado para ese propósito: para pelear tus batallas junto a ti y hacerte vencer. Y si tú miras hacia atrás, verás que el Espíritu Santo estuvo contigo. Si miras al presente, el Espíritu Santo está contigo. Y si miras hacia el futuro con gozo de la esperanza, verás que siempre estará ahí.
Solo quiero terminar leyendo la letra de un pequeño himno. Un himno que nació como una oración. No se sabe su autor, porque fue compuesto por uno de los esclavos de los campos de algodón en la esclavitud de los Estados Unidos. Y uno de estos esclavos, que era hermano nuestro en Cristo, alguien compuso esta oración que luego se fue convirtiendo en un himno que no requiere instrumento, simplemente era pura voz. Lamentablemente, este himno causó tal impacto en la sociedad que muchos artistas seculares, muchos artistas no creyentes, han desvirtuado esto, y tal vez usted lo ha escuchado en otras voces. Pero yo quiero leer un himno cuya letra parece ser muy cercana a la original. Y este himno se llama "Stand by Me," que da título al himno, que ilustra la función del Consolador.
Y dice este himno: "Cuando la vida me desate tormentas furiosas, quédate a mi lado. Cuando el mundo me sacuda con el barco en el mar agitado, Tú que gobiernas el viento y el agua, quédate a mi lado. En medio de la tribulación, quédate a mi lado. Cuando los ejércitos del infierno asalten y mis fuerzas comiencen a ceder, Tú que nunca has perdido la batalla, quédate a mi lado. En medio de fracasos y desaciertos, quédate a mi lado. Cuando he dado lo mejor y mis amigos no parecen entenderlo, Tú que sabes todo de mí, quédate a mi lado. Cuando la vejez debilite mi cuerpo, quédate a mi lado. Cuando mi vida sea una carga para otros y el frío Jordán se avecine sobre mí, oh Tú, Lirio de los Valles, quédate a mi lado."
Hermanos, va a haber un día que tus pulmones dejarán de respirar, tu corazón dejará de latir, porque el último enemigo que vas a enfrentar va a ser la muerte. Va a haber un día que tus ojos, el brillo de tus ojos se va a apagar. Pero tienes que estar seguro que ese día va a haber alguien que va a estar contigo, porque siempre lo ha estado: el Espíritu Santo para consolarte. Para que en ese momento que cierres tus ojos, cuando los vuelvas a abrir en gloria, verás el resplandecer de nuestro Señor Jesucristo para gozar de él para siempre. El Espíritu Santo es nuestro Consolador. Así que, hermano, abraza el consuelo de Dios en tus tribulaciones, y con ese consuelo consolemos a otros.
Vamos a orar. Señor, en esta mañana te damos gracias. Porque nuestra memoria, Señor, nos falla para tratar de recordar todos los consuelos que hemos recibido por ti a través de tu Espíritu Santo. Señor, sin embargo, nosotros queremos darte las gracias y la gloria por ello. Gracias, Señor, porque Tú siempre has estado a nuestro lado. Hoy lo cantamos, hoy lo hemos leído, hoy lo hemos escuchado. Gracias, Señor. Te pedimos que siempre nosotros caminemos fortalecidos por tu Santo Espíritu, que sí, que nuestras lágrimas han sido muchas, pero Tú has estado con nosotros.
Te entregamos a ti, Señor, cada día, pero que también, Señor, esa batalla que tenemos que librar, tú la pelees también por nosotros. Señor, gracias por este lugar, gracias por esta iglesia, por sus pastores, por los miembros, por tus hijos, porque tú la has fortalecido a lo largo de toda su vida y ministerio, y por eso te alabamos también en el nombre de Jesús. Amén.
Gracias por acceder a este recurso. Espero que haya sido de gran bendición para tu vida. Te sugiero que te suscribas a este canal de forma que puedas recibir notificación la próxima vez que hayamos subido un nuevo recurso que pueda servirte de instrucción y bendición.