IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Las tragedias como el terremoto de Haití despiertan al mundo a una realidad que prefiere ignorar: cada 72 horas mueren tantos niños por hambre como víctimas dejó ese desastre. Cada diez días el mundo vive un tsunami de hambruna del tamaño del que azotó Asia en 2004. La pregunta incómoda es dónde estábamos antes de la tragedia y dónde estaremos dentro de dos meses, cuando las cámaras se apaguen y la indignación se enfríe.
El Salmo 46 ofrece el camino que Dios espera de sus hijos frente a la tribulación. El salmista define a Dios como refugio, fortaleza y baluarte, tres imágenes que no prometen evitar el peligro sino sostenernos en medio de él. Por eso puede decir "no temeremos aunque los montes se deslicen al fondo de los mares". La intensidad de nuestra ansiedad revela el grado real de nuestra relación con Dios. John Wesley, que había vendido todo para servir a los pobres, se moría de miedo en una tormenta mientras un grupo de moravos oraba en calma. Esa noche descubrió la diferencia entre conocer a Dios como concepto y conocerlo como persona.
El mandato del versículo 10 no es opcional: "Estad quietos y sabed que yo soy Dios". Vivir ansiosos no es simplemente un problema emocional; es pecado porque viola un mandato, no glorifica a Dios y cuestiona su fidelidad. La tragedia espiritual de quien muere sin Cristo es mayor que cualquier catástrofe física. Como escribió un autor: cualquier cosa es mejor que vivir descuidadamente y morir en pecado.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
Yo quiero entonces que nos vayamos al Salmo 46. Este es un salmo famoso, es un salmo que Martín Lutero le compuso un himno al salmo literalmente, y yo creo que muchos de nosotros no sabemos el impacto que el libro de Salmos tuvo en la vida de Martín Lutero, y sobre todo este Salmo 46.
Comienzo leyendo en el versículo primero: "Dios es nuestro refugio y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones. Por tanto no temeremos, aunque la tierra sufra cambios y aunque los montes se deslicen al fondo de los mares, aunque bramen y se agiten sus aguas, aunque tiemblen los montes con creciente enojo. Hay un río cuyas corrientes alegran la ciudad de Dios, las moradas santas del Altísimo. Dios está en medio de ella, no será satisfecha; Dios la ayudará al romper el alba. Bramaron las naciones, se tambalearon los reinos; dio él su voz y la tierra se derritió. El Señor de los ejércitos está con nosotros, nuestro baluarte es el Dios de Jacob. Venid, contemplad las obras del Señor, que ha hecho asolamientos en la tierra, que hace cesar las guerras hasta los confines de la tierra, quiebra el arco, parte la lanza y quema los carros en el fuego. Estad quietos y sabed que yo soy Dios. Exaltado seré entre las naciones, exaltado seré en la tierra. El Señor de los ejércitos está con nosotros, nuestro baluarte es el Dios de Jacob."
Padre, te alabamos y bendecimos en esta hora, y gracias te damos por la oportunidad de poder leer en tu Palabra la manera, la forma como tú esperas que tus hijos reaccionen ante la tribulación y ante la dificultad. Gracias por recordarnos quién es Dios, gracias por recordarnos quién está en el trono, quién está en control cuando nosotros estamos fuera de control. Te pedimos ahora que seas con tu siervo al predicar. Dios, dale la sensibilidad, dale la precisión al hablar, no le permitas deshonrar tu Palabra, Señor, y ayúdale, presérvale, guárdale en tu verdad para la honra y gloria de tu Hijo Jesús. Amén, amén.
Bueno, para nadie es noticia la verdad que la nación de Haití pasó por este terremoto terrible que todos nosotros hemos oído recientemente. Y el mundo entero quedó pasmado una vez más ante una de estas catástrofes que nos ocurren de vez en cuando. Una nación que ya venía, que ya estaba sumergida en la pobreza, en la miseria, en la dificultad, en el dolor, ahora fue golpeada duramente por uno de los fenómenos de la naturaleza, y eso la ha hundido en una mayor dificultad.
Y cada vez que ocurren fenómenos de esta naturaleza, uno casi puede predecir las reacciones que la gente del mundo y aun los hijos de Dios tendrán. Unos responden cuestionando a Dios. Otros responden negándole. Otros todavía aun le maldicen. Otros cuestionan a los cristianos que siguen a un Dios que es capaz de permitir algo como esto. Todavía otros cristianos acusan a otros hermanos de la misma fe porque entienden que ellos no están haciendo todo lo que les toca hacer en circunstancias como estas.
Y las razones para estas reacciones son diferentes en cada grupo. Yo creo que aquellos que cuestionan a Dios obviamente ni conocen su revelación ni conocen al Dios que ellos cuestionan. Aquellos que le niegan simplemente están... ellos no le niegan por la tragedia, están usando la tragedia como una justificación al ateísmo con el cual ellos han vivido. Aquellos que cuestionan a los hijos de Dios por seguir a un Dios que es capaz de permitir cosas como esta, simplemente muchas veces solamente están revelando la ira con la que viven en contra de esos hijos de Dios, porque sus verdades, sus estilos de vida ponen en evidencia sus estilos de vida pecaminosos.
Y otros cristianos que terminan acusando a sus propios hermanos de no hacer lo suficiente, lo cual puede ser verdad en algunos casos o en muchos casos, pero muchas veces solamente están reflejando una culpa que repentinamente les ha caído encima, a la cual ellos han despertado, porque por mucho tiempo vivieron de espaldas a una realidad que el mundo vive, y es la tragedia cotidiana de vivir en un mundo caído. Y ahora pensamos que con una reacción emocional vamos a adormecer la culpa que se nos ha despertado en nosotros.
Yo quiero en esta mañana reflexionar con ustedes porque me preocupa lo que sin lugar a dudas va a ocurrir una vez más, y es que dentro de dos meses nadie de los que hoy vociferan y piden ayuda para esta nación se estarán acordando de ella. Y muchos de los que tres días antes vieron personas venir a su carro pidiendo ayuda y se irritaron con ellos, son los que hoy ante la tragedia cuestionan a Dios, cuestionan a otros, y dentro de dos meses volverán a su misma situación.
Yo quisiera en esta mañana que no fuéramos tan superficiales al ver las situaciones por las que el mundo pasa, y podamos reconocer y podamos arrepentirnos incluso delante de Dios por la apatía con la cual nosotros hemos vivido ante una realidad que el mundo vive todos los días.
El día martes ocurrió el terremoto. Cincuenta mil personas perdieron su vida, quizás instantáneamente, quizás en las próximas horas o día o dos. Cincuenta mil personas, eso es mucha gente. Pero déjame decirte que en las 72 horas anteriores al terremoto, el mismo número de niños perdió su vida por hambre en el mundo, y eso ocurre cada 72 horas. En otras palabras, nosotros tenemos un terremoto pediátrico de hambruna del tamaño de lo que acaba de pasarle a Haití cada 72 horas. Cada cinco segundos muere un niño menor de cinco años en el mundo de hambre. Murió un niño, murió otro niño de hambre, acaba de morir otro niño de hambre.
El tsunami asiático del año 2004, del cual nadie se acuerda, pero sus víctimas todavía, las que sobrevivieron, siguen padeciendo, dejó 280 mil personas muertas. El mundo vive cada diez días un tsunami de hambre del mismo tamaño. El mismo número de personas muere más o menos cada diez días de hambre.
Y la pregunta es: ¿dónde estaba el mundo y dónde estaba el resto de nosotros antes de Haití y antes del tsunami? ¿Dónde estará dentro de dos meses? Porque no queremos tener una respuesta emocional a un problema continuo. Todos los días mueren 25 mil niños menores de cinco años, 16 mil de los cuales mueren de hambre cada día. ¿Dónde estaba y dónde está el mundo ante esa realidad?
El mundo tiene seis punto siete billones de personas. El mundo produce suficientes calorías para darle a cada persona 2750 calorías por día, mientras 16 mil niños mueren todos los días de hambre y sufrimos de obesidad a nivel globalizado. Yo no sé cuál es su salario, pero un billón de personas, mil millones de personas, viven con un dólar al día, un dólar al día o menos. Esa realidad de la tragedia es continua, no es nueva. Simplemente estas tragedias sirven para despertar al mundo a una realidad que ellos no han querido ver ni vivir ni afrontar ni ser responsables ante ella.
5750 niños quedan huérfanos cada 24 horas en África solamente, producto del SIDA solamente. Eso es un niño cada 15 segundos. Y cada 2.2 minutos, uno de esos niños se gradúa del programa de orfanato, no tiene para dónde ir, ni casa ni familia donde ir. Cada dos minutos uno de esos niños se graduó de su programa porque ya no lo pueden sostener. ¿Dónde está y dónde estaba el mundo ante esa realidad?
Y te das cuenta que ciertamente toda la creación gime con dolores de parto hasta el día de su redención, como el apóstol Pablo nos dice en Romanos 8, toda la creación, día tras día. Yo no sé si usted vive con dolor, pero debiéramos vivir con dolor todos los días al darnos cuenta de la realidad con la que el mundo vive y padece.
¿Cuál es la reacción del cristiano? ¿Cuál es el consejo de Dios? ¿Qué ha inspirado Dios en su Palabra, cómo debemos reaccionar? Y yo quise tomar el Salmo 46 porque nos ayuda por lo menos a entender no la realidad del mundo, pero cómo tú y yo debiéramos estar viviendo.
El salmista comienza con Dios y termina con Dios. Él habla de Dios en el versículo 1, él habla de Dios en el versículo último, y todo lo que él tiene que decir es insignificante si Dios no es lo que él dice que es en el versículo 1 y en el versículo último. Y eso es como él lo dice: Dios es nuestro refugio y nuestra fortaleza.
No solamente el Salmo 46 comienza con Dios y termina con Dios; tu vida comienza con Dios y termina con Dios. Comienza el día que Dios te da vida y termina el día que Dios te demanda la vida. Es esa razón por la que Cristo dice en Mateo 6:27: "¿Y quién de vosotros, por ansioso que esté, puede añadir una hora al curso de su vida?" Es esa realidad la que te da la seguridad, la certeza de que tú puedes vivir confiadamente en Dios, porque él quita y él da, bendito sea el nombre de nuestro Dios.
El salmista le define como nuestro refugio y fortaleza, y termina diciendo que él es nuestro baluarte. Cuando Dios no es tu refugio, tu fortaleza, tu baluarte en medio de la tragedia, te angustias, te desesperas, te pones ansioso, acusas, te aíras, no sabes qué hacer, no sabes a dónde ir. La realidad es que hay una proporción directa muchas veces entre la intensidad de la reacción en medio de la tragedia y el grado de relación y conocimiento que yo tengo del Dios de la Biblia.
El salmista usa tres ilustraciones para describir a Dios en este salmo: es un refugio, es mi fortaleza, y él es un baluarte. Piensa un momentito en esas ilustraciones. Un refugio es un lugar donde tú vas a guardarte cuando te sientes en dificultad o en peligro, cuando tu vida está en riesgo. No es un lugar que te evita los riesgos, no es un lugar que te evita los peligros; es un lugar a donde vas precisamente por los peligros. De tal manera que Dios, para el salmista, es alguien que no simplemente le va a evitar sus peligros y tribulación. No, no, no, no, ellos van a estar ahí con nosotros hasta el último día, pero Dios también estará ahí para ser mi refugio y mi pronto auxilio en la tribulación.
Dios es mi fortaleza, dice el salmista. Y en este sentido no es la fortaleza militar que conocemos en español, sino la fuerza que te levanta, que te sostiene, que te empuja, que te anima, que te levanta cuando tú no te puedes sostener por tu propio esfuerzo. El salmista dice: "Yo conozco a Dios de esa manera, esa es mi experiencia con Dios." Y lo define al final, en el último versículo, como un baluarte. Un baluarte sí tiene la idea de una fortaleza militar, es un lugar de protección donde me puedo defender. Pero el hecho de que yo tenga un lugar donde me puedo defender no implica que yo no voy a ser agredido, que yo no voy a ser atacado. Yo puedo descansar en la idea de que Dios es mi defensor.
Ahora nota cómo el salmista une el versículo uno y el versículo dos, porque él define a Dios como mi refugio y mi fortaleza, y cuando comienza el versículo dos hay una frase de unión, de conexión, de relación que dice "por tanto". Como Dios es así, como yo le conozco así, por tanto no temeremos. De manera que cuando yo temo, la presencia de temor en mí también guarda una relación directa con el grado de conocimiento y de intimidad que yo guardo con Dios en sus diferentes atributos. Porque a veces le conocemos muy bien como proveedor, pero no le conocemos tan bien como soberano, en control de cada aspecto de nuestras vidas.
Yo hablaba con un pastor ayer y hablamos de otras cosas, y entonces él me decía: "Bueno, quizás mi temor es que algunas cosas no nos salgan bien." Y yo le decía: "Yo tenía ese temor, pero ya no lo tengo, porque Dios quiere muchas veces que las cosas no nos salgan bien." Porque cuando me salen bien yo no lo necesito, yo puedo manejarlo. Él quiere que no me salgan bien para que yo pueda experimentar su suficiencia cuando yo no sé qué hacer ni tengo cómo hacerlo. Yo no necesito el maná si tengo alimento para dos millones de personas por los próximos cuarenta años. Es cuando yo no tengo alimento para dos millones de personas por cuarenta años que Dios dice: "Ahora te muestro mi suficiencia."
El salmista conocía a Dios como su fortaleza, su refugio. Lamentablemente, el conocimiento que muchos de nosotros tenemos es cerebral: está aquí, pero no aquí.
Juan Wesley, antes de experimentar este cambio en su vida, tuvo esta experiencia. Él mismo la cuenta, Martyn Lloyd-Jones la cuenta en uno de sus libros, pero otros la han contado también. Él venía de regreso de Estados Unidos a Inglaterra y él había vendido toda su propiedad y se la había dado a los pobres. Él había ido a Georgia a predicarles a los paganos y venía de regreso cuando de repente el barco encuentra una tormenta. Él pensaba que el barco se iba a hundir y se estaba muriendo de miedo, de temor, hasta que miró hacia un lado y se encuentra que hay un grupo de hermanos moravos que están orando tranquilamente como si nada estuviera pasando. Y él fue donde ellos: "Hermanos, yo soy cristiano al igual que ustedes, pero yo no tengo la paz y la calma que ustedes tienen. ¿Qué es lo que ustedes tienen?" Y en medio de esa tormenta Wesley finalmente se encontró con Dios como Dios quiere ser encontrado.
Dios no es un concepto, Dios no es un conocimiento teológico, Dios no es una idea. Es una persona que quiere ser conocida y quiere relacionarse conmigo como las personas son conocidas. Y cuando tú vives la relación con Él, tú tendrás la confianza que Wesley no tuvo, y Dios cambió la vida de Wesley en medio de esa tormenta. Mi presencia o ausencia de temor están directamente relacionadas a la relación que yo tengo con Dios y a cómo yo le conozco. Cuando Dios no es mi refugio y mi fortaleza fuera de la tormenta, en la tormenta Él parece injusto, frío y distante. Pero cuando Dios es eso que Él promete ser antes de y en la tormenta, yo encuentro verdaderamente que Él es lo que dijo que sería en el tiempo de la tribulación, porque yo encuentro su protección y su paz y su gracia y su guarida y su dirección y todo lo que Él es y que nadie puede ser.
Ahora, el salmista no solamente describió a Dios, el salmista no solamente dice "por tanto no temeremos". El salmista dice hasta dónde él está dispuesto a llegar sin experimentar temor, porque él dice: "Aunque los montes se deslizaran al fondo de los mares" —suena como un terremoto eso—, "aunque bramen y se agiten las aguas" —suena como un tsunami o maremoto quizás—, "aunque tiemblen los montes con creciente enojo", no vamos a temer. ¿Qué es lo que el salmista conocía de Dios que tú y yo a veces no hemos conocido en su momento? ¿Qué es lo que el salmista conocía del Señor que le permitió no solamente escribir un salmo sino vivir un salmo?
Este es parte del problema: escribimos canciones pero no vivimos las canciones, cantamos las canciones que luego no vivimos. Y Dios dice: "Yo conozco tu corazón". El salmista conoce la tribulación en la que ellos están. Recuerda, el pueblo de Israel escribió muchos de estos salmos fuera de Israel, en el exilio. Él conoce la dificultad, pero tiene otra esperanza. Él habla de otra cosa, él habla de otra ciudad. En un momento dado, cuando finalmente el pueblo podrá descansar, y nosotros podemos hablar de esa otra ciudad celestial como el salmista escribió de esa ciudad.
Y él habla entonces en los versículos 4 y 5: "Hay un río cuyas corrientes alegran la ciudad de Dios, las moradas santas del Altísimo. Dios está en medio de ella, no será satisfecho, Dios la ayudará al romper el alba". Él compara las aguas que braman, que se agitan, las aguas agitadas de que él habló, que pudieran amenazar nuestras vidas, y las contrasta con ese río apacible que viene de la ciudad de Dios, que provee tranquilidad, que provee estabilidad. Y él dice que esa ciudad, Sion, representa las moradas santas del Altísimo.
Pero escucha algo más que el salmista dice. El salmista dice que la ciudad no será satisfecho, pero él me dice por qué no será sacudida. Primero me dice por qué y luego me dice qué no le va a pasar, porque el versículo 5 dice: "Dios está en medio de ella, no será sacudida". El hecho de que Dios mora en ella es la razón por la cual la ciudad no será sacudida. Y tú puedes mirar esa imagen internamente y mirar tu vida, porque si tú eres un hijo de Dios, Dios mora en tu interior, y se supone entonces que si Dios mora en tu interior, tú eres esa especie de ciudad donde Dios mora, que tampoco debería ser sacudida porque Dios mora en ti.
Pero somos sacudidos, y muchas veces somos sacudidos porque Dios mora en mí, pero yo no experimento día a día su presencia manifiesta. De tal manera que en ocasiones mi vida luce como la de un ateo práctico. Práctico porque en la práctica parezco como si no creyera en Dios. Pero el texto me dice: en esa ciudad Dios morará, y la morada de Dios hará que esa ciudad no sea sacudida. Dios mora en mí y por tanto mi vida no debería ser sacudida.
Job es ese ejemplo. Pierde diez hijos. Job no fue sacudido. Job se arrodilla, se postra en tierra, adora a Dios y le dice: "Dios, Tú quitas y Tú das. Bendito sea el nombre del Señor". Y Job se para, sigue viviendo. Ese es un hombre que conocía a Dios. Y sin embargo, ese hombre que conocía a Dios de esa manera tan personal, que le permite reaccionar con una forma de adorador como su primera reacción a la pérdida, es el hombre que cuando finalmente se encuentra con Dios le dice: "Yo había oído de ti". Job, ¿tú me vas a decir que habiendo solamente oído de Dios tú pudiste responder en adoración ante la pérdida? Y nosotros entonces quizá no hemos ni oído de Él. Hemos oído de otros que han oído. ¿Te das cuenta por qué nosotros nos cuesta experimentar a Dios como mi refugio y mi fortaleza en el día a día y como mi baluarte?
El salmista pasa al versículo 6 entonces y describe otras condiciones que amenazan a la tierra: "Bramaron las naciones, se tambalearon los reinos, dio Él su voz, se derritió la tierra", hablando de las guerras, esa condición bélica de agitación en aquel mundo. Ha vivido continuamente, pero él me describe primero a ese Dios. Me habla de condiciones de la naturaleza que amenazan nuestras vidas, me habla de condiciones de guerra que amenazan nuestras vidas, para culminar en el punto cumbre del salmo, que es el verso 10.
Porque como ya él describió a Dios, su relación con Él, ahora él quiere que yo entienda por qué estos dos mandamientos u ordenanzas —porque no son opciones— están en el versículo 10. Dios ahora como que irrumpe en la vida del salmista y Dios es quien habla a través de él: "Estad quietos y sabed que yo soy Dios". Las formas verbales son imperativas. Aquí hay dos mandatos en un solo versículo. No es una opción, es una alternativa que Dios me da. Dios no me dice: "Tú debieras estar quieto, te conviene estar quieto, en mi opinión yo creo que tú debes estar quieto". No. "Estad quietos", mandato número uno. "Sabed que yo soy Dios", mandato número dos.
¿Por qué es que Dios se atreve a hablar de esa manera? Bueno, es Dios. En primer lugar puede hablar como Él quiera. Pero en segundo lugar, Dios me está diciendo: "Yo te he hecho revelación suficiente para estar quieto. Tú tienes lo que se requiere para estar quieto". Y cuando no estamos quietos y estamos ansiosos, eso no es simplemente un problema emocional, eso no es simplemente un problema y una condición de la naturaleza humana —aunque es parte de eso, pero no es simplemente eso—. Es pecado. Es pecado porque representa una violación a un mandato que aparece en su Palabra: "Estad quietos".
Tú recuerdas cuando el Señor Jesús estaba en la barca con sus discípulos y le vino la tormenta, y Él se levanta y Él increpó los vientos. De acuerdo, ¿cuáles son las palabras con las cuales fue introducida la orden que le dio a los vientos? "Cálmate, sosiégate". En inglés es la misma palabra del verso 10. El mar y los vientos tienen más sensibilidad a la voz de Dios que sus hijos. ¡Wow! El mar y los vientos no tienen la imagen de Dios, y básicamente Dios le dice al mar, Cristo le dice al mar: "Estate quieto", y nos dice a nosotros la misma cosa. Por eso yo digo: esto no es simplemente un problema emocional, es un problema que va más allá. Es un pecado violar los mandatos de la Palabra de Dios.
En segundo lugar, el vivir ansioso no glorifica a Dios. Recordemos una vez más que glorificar a Dios es vivir de una manera que cuando tú vivas, tú engrandezcas la imagen de Dios en la mente de aquellos que observan tu vida. Pero cuando yo vivo ansioso, yo no engrandezco la imagen de Dios en la mente de los que me ven. Yo empequeñezco la imagen de Dios en la mente de aquellos que me ven viviendo de esa forma, y por tanto no le honro, no le glorifico. Yo le deshonro, y deshonrar a Dios es un pecado. De manera que esto no es simplemente una conducta humana que podemos pasar por alto.
En tercer lugar, el vivir ansioso cuestiona la fidelidad de Dios para con su pueblo. Dios se ha mostrado fiel a su pueblo una y otra vez, y nuestra ansiedad revela que yo no creo sus promesas. Y nuestra falta de fe es un pecado. La Palabra de Dios dice: "Todo lo que no es de fe es pecado". Pero ¿por qué es un pecado? "Dios, ¿porque no confías en mí, en mi fidelidad, en mi poder?" Dios no ha prometido que Él me va a evitar la tribulación. Él ha prometido que estará conmigo hasta el final de los días, hasta el final de los tiempos. Y eso yo lo puedo creer.
Y para Dios —me voy a volver un momentico y volver a referirme a la tragedia— las tragedias no aumentan el número de muertes. ¿Es así, es? A ver, ninguna tragedia ha aumentado el número de muertes. La tragedia solamente cambia la forma como usted va a morir, pero no aumenta el número de muertes. Por tanto, para Dios lo más importante no es cómo tú mueres, es cuál es tu destino después que mueras. Y esa es la cosa más importante, no solamente para Dios sino para ti también.
Y la tragedia espiritual es mayor que la física. Yo creo que eso es importante que lo veamos, porque yo reflexionaba con Dios esta semana acerca de lo que ha estado pasando, y de repente Dios me ayudó a entender: ¿sabes qué? Lo que más me duele no es que hubo personas que murieron aplastadas por una pared o por un árbol. Lo que a mí más me duele es cuando una persona es aplastada por la ausencia de Dios en su vida y pasa a la condenación eterna sin ninguna esperanza, habiendo sido aplastada por la realidad de la ausencia de Dios en su vida. Y nosotros conocemos esa realidad y vivimos de espalda a esa realidad. ¿Dónde está la carga nuestra por...?
Aquellos que se pierden. Si hay algo que cuando leo la vida de Pablo una y otra vez produce convicción de pecado en mí, es la pasión enorme que consumía a Pablo todo el tiempo por aquellos que se perdían. Esta tragedia espiritual es diaria, es continua y es mayor que la física, y a Dios le duele más que la tragedia que experimentamos físicamente.
Yo he oído, cuántas veces he oído como médico, honestamente yo lo he dicho: "Por lo menos murió sin dolor", como si eso fuera lo más importante. Yo me puedo morir sin dolor, con un goteo de morfina tranquilo, e irme a la condenación eterna. Eso no es lo más importante. Yo prefiero morirme en dolor con Cristo en mi vida. Entonces, "por lo menos no es que se murió sin dolor, por lo menos murió con Cristo", y eso no es "por lo menos", es "por lo más", porque murió con lo que más importaba, ya tenía una relación con el Señor.
Menciono eso porque en esta semana alguien me mencionó algo que me produjo tristeza y luego una sonrisa espiritual, no en mi rostro, por mi corazón. Él me dijo que habían muerto setenta pastores bautistas en esta tragedia, conocidos, y mi primera reacción fue de dolor: "¡Wow!" Y luego en mi corazón hubo un regocijo, porque yo pensé: "Entonces, al rato, ¿qué están haciendo? ¿Dónde están? Están en la presencia de su Señor, de su Creador, de su Dios, gozando y disfrutando. Ya no más dolor, no más lágrimas, no más pérdida. Y estarán con Él, o están con Él, viéndolo como Él es, y estarán con Él por el resto de la eternidad."
Si no vemos la vida de esa manera, siempre le tendremos miedo a la muerte. El apóstol Pablo dijo: "Para mí el morir es ganancia." Pablo vivía diciendo, en el buen sentido: "Lo voy a hacer ahora, ojalá me muero, ojalá me muero, porque me voy a vivir con el Señor. Si me quedo aquí, voy a vivir para Él, pero si me muero, eso para mí es ganancia." Pocos de los hijos de Dios viven de esa manera, porque estamos todavía tan enamorados de esta vida aquí, que es como: "No, no, yo quiero ser más aquí todavía antes de irme para allá." Lo cual implica que yo no creo las promesas de Dios que están en este libro.
En cuarto lugar, el vivir ansioso revela una falta de confianza, de fe en Dios, como habíamos dicho. En quinto lugar, el estar ansioso revela una falta de confianza en la soberanía de Dios. Yo creo que eso es uno de los grandes problemas. Las catástrofes no sorprenden a Dios. En la orquesta, la Palabra de Dios afirma que no hay nada que ocurre en su universo sobre lo cual Dios no tenga control. Amós 3:6 dice: "Si sucede una calamidad", ¿dónde?, en Santo Domingo, en Puerto Príncipe, en Nueva York, "si sucede una calamidad en la ciudad, ¿no la ha causado el Señor?"
Nosotros no entendemos los propósitos de Dios, no los podemos descifrar, pero lo que a mí me permite vivir en calma, en tranquilidad, son esas verdades. Es el saber que el Dios que me ama, que ama mi alma, que compró mi alma, afirma categóricamente que nada ocurre sin que Él no esté detrás de la orquesta, ya sea pasivamente o activamente. Esa es la razón por la que Dios puede decir: "Estad quietos, yo controlo el universo." Y luego el otro mandato: "Sabed que yo soy Dios."
¿Qué implica? ¿Qué quiere Dios decirme cuando me ordena: "Sabed que yo soy Dios"? Sabed, reconoced, proclamad, afirmad, vivid que yo gobierno el universo, yo sostengo la creación y orquesto la historia. Yo conozco cada detalle, yo siento cada dolor, y yo sé por cada situación que el hombre pasa, y yo no ignoro sus circunstancias. El pueblo de Israel escribió en el Antiguo Testamento: "En todas nuestras aflicciones, Él también estuvo afligido." Dios me entiende, entiende mi dolor, entiende mi pérdida, pero para Dios es mucho más importante la pérdida espiritual que la física.
Oye las palabras de Mateo 10, a partir del versículo 28: "Y no temáis a los que matan el cuerpo. No temáis a los que matan el cuerpo", no importa si es un hombre, un tsunami o un terremoto. "No temáis a los que matan el cuerpo, pero que no pueden matar el alma. Más bien temed a Aquel que puede hacer perecer tanto el alma como el cuerpo en el infierno. ¿No se venden dos pajarillos por un cuarto? Y sin embargo, ni uno de ellos caerá a tierra sin permitirlo vuestro Padre." Dos pajarillos, no cincuenta mil personas. Dos pajarillos no caen al suelo sin el consentimiento de vuestro Padre, que no valen nada.
Cristo continúa en el versículo 30: "Hasta los cabellos de vuestras cabezas están todos contados." Ya me quedan menos, de verdad, pero están contados. ¿Cuál es la implicación? ¿Qué es lo que Dios entiende? ¿Cómo Dios espera que yo reaccione al hecho de que dos pajarillos no se caen sin su consentimiento y que los cabellos de mi cabeza están contados? Ahí está, lo responde: "Así que, así que, por tanto, como consecuencia, no temáis." ¿Por qué, Dios? ¿Por qué no debo temer? "Vosotros valéis más que muchos pajarillos."
Y yo les digo que dos pajarillos no se caen sin el consentimiento de mi Padre. En días pasados nosotros tenemos los lovebirds, o inseparables en español, y se murió uno, y mis palabras fueron: "Dios le llamó." No estoy diciendo que él está en gloria; mi esposa probablemente crea eso porque ella ama los animales. Pero yo sé que ese pajarito no se murió sin que mi Padre diera permiso para su muerte. ¿Y por qué yo lo creo? Porque la Biblia lo dice. Yo no necesito que lo diga más nadie ni nada. "Pastor, pero en medio de la dificultad eso no es tan fácil." No es tan fácil, pero si tú tienes una relación con Dios como Dios quiere que tú la tengas, ante la dificultad tampoco es tan difícil. Dios lo hace posible.
Déjame leerte rápidamente dos o tres versos del Salmo 119 para que veas cómo es que Dios lo hace posible y cuál es la parte que a ti y a mí nos toca. Versículo 75 del Salmo 119: "Yo sé, Señor, que tus juicios son justos, y que en tu fidelidad me has afligido." El salmista dice aquí dos tremendas verdades. En primer lugar: "Dios, todos tus juicios son justos, por tanto, jamás te cuestionaré." Es una gran verdad. Ya no tengo que agitarme, ya no tengo que preguntar: "Pero eso como que es injusto." No, el salmista declara: "Todos tus juicios son justos."
Pero el salmista dice algo más, ¿qué dice?: "En tu fidelidad me has afligido." En otras palabras, mi aflicción es parte de tu fidelidad para conmigo. Tú entiendes que la aflicción que viene a mi vida es algo que produce un buen fruto, y por tanto, tú eres tan fiel que aún en la aflicción tú estás mostrando la multiforme gracia de Dios para conmigo.
Ahora, el salmista sigue hablando acerca de su relación con Dios vía su Palabra en el versículo 92, dice: "Si tu ley no hubiera sido mi deleite, entonces habría perecido en mi aflicción." ¿Tú escuchaste bien lo que el salmista está diciendo? Mi aflicción, donde yo no tenía dónde ir, donde me dolió el alma, yo fui a tu Palabra, y en tu Palabra yo me deleité. Y si esta Palabra, Dios, no hubiese sido mi deleite en la aflicción, yo me hubiera muerto. Pero tú no puedes desarrollar deleite por la Palabra por primera vez en la aflicción. El deleite tiene que venir antes de la aflicción, y simplemente va a continuar en la aflicción.
Versículo 143, el mismo salmo: "Angustia y aflicción han venido sobre mí, mas tus mandamientos son mi deleite." ¡Wow! El salmista ni siquiera está diciendo: "Tus promesas son mi deleite." No, "tus mandamientos, lo que tú ordenas, yo me deleito en conocerlos." Y esto es mi fortaleza, o fue mi fortaleza en la aflicción y en la angustia. Tú y yo tenemos que desarrollar una relación con la Palabra de esa naturaleza, de tal forma que llegada la dificultad yo pueda deleitarme en la misma Palabra, porque no solo de pan vive el hombre. No es que nos deleitemos en los alimentos sólidos, que frecuentemente nos deleitamos. No, Dios a veces tiene que producir en nosotros hambre física para que aprendamos que no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.
J. C. Ryle, escribiendo acerca de todo esto que he estado compartiendo, y tengo que ir cerrando porque se me ha hecho tarde, dijo lo siguiente: "No hay nada que muestre mejor nuestra ignorancia como nuestra impaciencia en medio de las dificultades." En medio de la dificultad, mi impaciencia lo único que muestra es que soy ignorante. ¿Ignorante de qué? De Dios, de su revelación, de su conocimiento, de su Palabra.
Nos olvidamos, escucha esto, de que cada cruz es un mensaje de Dios que tiene la intención de hacernos bien al final. Las dificultades tienen la intención de hacernos pensar al final, para separarnos del mundo, enviarnos a la Biblia y llevarnos a nuestras rodillas. Escucha cómo Ryle termina: "La salud es una gran cosa, pero la enfermedad es mucho mejor si me lleva a Dios. La prosperidad es una misericordia, pero la adversidad es aún mayor si nos lleva a Cristo."
Y hoy, como él cierra: cualquier cosa, cualquier cosa es mejor que vivir descuidadamente y morir en pecado. Cualquier tragedia es mejor que vivir descuidadamente y morir en pecado. Mientras tanto, desde aquí hasta la gloria, estaremos tristes. Toda la creación gime cuando el horno es de parto. Estaremos llorosos. Pero hay una manera como yo puedo vivir entre la tristeza y el gozo final que vamos a disfrutar.
Y Cristo fue muy realista. Yo les he hablado múltiples veces de las últimas palabras de Cristo para con los discípulos. Son mis textos preferidos en los Evangelios, porque yo me imagino a Cristo en la última noche, horas antes, diciendo a los discípulos: "Ok, me quedan horas, yo tengo algunas cosas importantes que compartir con ustedes, aquí van." Y una de esas cosas fue la siguiente, Juan 16:20-22: "En verdad, en verdad os digo que lloraréis y os lamentaréis." Eso está garantizado, es parte normal de la vida de este lado de la gloria. Se van a lamentar, van a llorar. "Pero el mundo se alegrará. Mientras ustedes lloran y se entristecen, el mundo vivirá su alegría. Pero vuestra tristeza se convertirá en alegría."
Y ahora la mejor ilustración que Cristo pudo dar: "Cuando la mujer está para dar a luz tiene aflicción, porque ha llegado su hora; pero cuando da a luz al niño, ya no se acuerda de la angustia, por la alegría de que un niño ha nacido en el mundo. Por tanto, ahora vosotros tenéis también aflicción, pero yo os veré otra vez, y vuestro corazón se alegrará, y nadie os quitará vuestro gozo."
En otras palabras, estamos tristes, pero nuestra tristeza se convertirá en alegría eterna.
Estamos llorosos en ocasiones, pero yo puedo comenzar a experimentar, a disfrutar eso que Dios me ha prometido. Porque Él no me dijo en este texto que Él me va a reemplazar la tristeza con gozo, no es lo que Él dice, como que terminó la tristeza y comenzó el gozo. No, la va a transformar de tal manera que el llanto y la tristeza que experimentamos de este lado de la gloria, Cristo comienza a transformarla todavía de este lado de la gloria, de forma tal que poco a poco está siendo convertida en ese gozo eterno, hasta que finalmente yo aparezco en gloria y ahí permanece conmigo para siempre.
Pero yo puedo comenzar a experimentar ese gozo en el proceso, antes de llegar a Su presencia, conociendo a Dios como mi baluarte, como mi fortaleza y como mi refugio, mi pronto auxilio en la tribulación.
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