IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Todos enfrentamos momentos en que clamamos al Señor preguntando "¿hasta cuándo?" mientras observamos violencia, injusticia y circunstancias que parecen no tener solución. El profeta Habacuc vivió exactamente eso: en el siglo VI antes de Cristo, en medio de un reino de Judá sumido en crisis política, espiritual y social, levantó preguntas sinceras ante Dios. ¿Por qué me haces ver la iniquidad? ¿Por qué parece que no salvas? ¿Por qué los malvados prosperan? Son preguntas que resuenan en cualquier época, incluyendo la nuestra.
Lo que distingue a Habacuc no son sus preguntas, sino su actitud al esperar la respuesta. En lugar de hundirse en las noticias de su tiempo o buscar soluciones humanas, él dice: "Estaré en mi puesto de guardia... velaré para ver lo que Él me dice". Y la respuesta de Dios no fue un plan nuevo adaptado a las circunstancias, sino un recordatorio poderoso: "El Señor está en su santo templo; calle delante de él toda la tierra". Dios no es un ídolo que manipulamos; es el soberano que gobierna desde su trono.
El cambio en Habacuc es notable. Las circunstancias no mejoraron, pero él entendió quién tenía el control. Por eso su oración se vuelve un cántico triunfal: aunque falte todo —la cosecha, el ganado, la seguridad—, "con todo yo me alegraré en el Señor". No dependemos de tener respuestas; dependemos de un Dios que las tiene todas. Nuestra vida está escondida con Cristo, y esa es nuestra única y suficiente seguridad.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
Hoy día el Señor ha puesto en mi corazón el que podamos hablar acerca de un tema que he titulado "Las grandes preguntas sin respuesta". Está basado en el libro del Antiguo Testamento del profeta Habacuc. Probablemente ustedes están algo familiarizados con este libro. Básicamente no es un libro muy popular, pero sigue siendo revelación de Dios y sigue teniendo muchas cosas importantes que decirnos.
Mientras estudiaba el pasaje, me di cuenta de que muchas veces hay textos, hay versículos, hay pasajes de la Escritura que cobran vida propia, que uno los toma y los separa de su contexto y básicamente busca aprovecharlos. Sin embargo, cuando vemos el libro del profeta Habacuc nos encontramos con versículos que son muy familiares para nosotros, pero que no sabemos reconocer su origen, no los podemos ubicar en un contexto determinado.
Les invito ahora a abrir sus Biblias, o encender sus Biblias, pero no las redes sociales ni tampoco el WhatsApp, solo la Biblia. Por si acaso, por si acaso, porque yo sé que hay quienes están ahí y en eso veo el scrolling y ya me doy cuenta, ¿no? Pueden encender sus Biblias en el libro de Habacuc y vamos a revisar algunos versículos muy brevemente, solo para que veamos su procedencia, porque son muy conocidos.
Por ejemplo, el capítulo 2, el versículo 14, dice: "Pues la tierra se llenará del conocimiento de la gloria del Señor, como las aguas cubren el mar." Yo creo que los que tenemos un tiempo en el Evangelio alguna vez hemos cantado este versículo, ¿verdad? "La tierra se llenará del conocimiento de la gloria del Señor, como las aguas cubren el mar."
Quizás uno de los pasajes más conocidos, y que probablemente han sido de ánimo para nosotros en algún momento y en alguna prueba difícil, está en el capítulo 3, los versículos 17 al 19: "Aunque la higuera no eche brotes ni haya fruto en las viñas, aunque falte el producto del olivo y los campos no produzcan alimento, aunque falten las ovejas del redil y no haya vacas en los establos, con todo yo me alegraré en el Señor, me regocijaré en el Dios de mi salvación. El Señor Dios es mi fortaleza; Él ha hecho mis pies como los de las ciervas y por las alturas me hace caminar." ¿Es conocido ese pasaje, verdad? Es un pasaje que muchas veces compartimos y encontramos ánimo en el Señor a través de estas palabras.
Sin embargo, muchas veces olvidamos el contexto, la razón que da origen a esas palabras, y por eso perdemos mucho del valor de aquello que el Señor nos quiere enseñar a través de pasajes como esos. Quizás el más conocido de todos está en el libro de Habacuc, en el capítulo 2, versículo 4, que dice: "Así es el orgulloso; en él su alma no es recta, mas el justo por su fe vivirá." A veces nosotros consideramos estas como palabras originales del apóstol Pablo, porque el apóstol Pablo usa esta frase en muchas oportunidades, y realmente es un fundamento de nuestra fe evangélica. Sin embargo, tienen su origen en el libro de Habacuc.
Por eso, hermanos, a veces es muy importante que nosotros, cuando estudiemos las Escrituras, no solo tratemos de establecer pequeñas píldoras que nos ayuden en medio de las dificultades de la vida, sino que podamos descubrir que las Escrituras son un enorme tapiz preparado por el Señor a través de más de un milenio para dejarnos de manera completa su revelación. De tal forma que nosotros requerimos en nuestra alma, requerimos como alimento espiritual, no solamente tener chispazos de verdad de aquí y de allá, sino que podamos realmente entender el contexto en que esas verdades son presentadas, de tal forma que podamos encontrar el significado dentro del plan de Dios, dentro del carácter de Dios, dentro de la grandeza de nuestro Señor, de aquello que Él quiere decirnos.
Justamente estos días, mientras estudiábamos en el instituto, aprendimos algo que forma parte de los principios de la comunicación. Hay algo que se llama conocimiento pasivo inefectivo. Un conocimiento pasivo inefectivo es un conocimiento que no hay forma realmente de poder conectar con la realidad; es algo que yo sé, pero que sé tan poco de eso que no lo puedo conectar con la realidad. Para generarles un ejemplo: yo he visto tantas películas de pilotos de avión que creo que de alguna manera sé cómo, por lo menos, despegar. Ustedes seguramente también algo sabrán, porque, por ejemplo, yo siempre he visto en las películas que aparece un piloto de avión sentado en el puesto de comando, y lo primero que hace es que hay una palanca acá y la jala. ¿Han visto? La jala, la palanca, y el avión empieza a ir por la pista con bastante rapidez, y él va jalando y luego toma el timón, y el avión despega. Ahora la pregunta es: ¿yo podré ser capaz de pilotear un avión solo con ese conocimiento? Definitivamente no. No creo que ninguno de ustedes quiera compartir un vuelo conmigo porque lo aprendí viendo películas. Eso es conocimiento pasivo e inefectivo: es solamente tener chispazos de algo, pero que no permiten realizarlo de manera eficaz.
Muchas veces nosotros tenemos un conocimiento pasivo e inefectivo de la Escritura porque desconocemos el contexto en el que el Señor está hablando, y muchas veces sacamos de contexto lo que el Señor ha dicho, y por lo tanto sus palabras pierden eficacia. Tal es el caso del profeta Habacuc. Yo quisiera usar en esta tarde las palabras del profeta Habacuc justamente para que podamos aprender lo importante que es el hecho de poder tener el tapiz completo y la bendición de poder entender la historia en toda su majestad.
En primer lugar, el profeta Habacuc vivió en el siglo VI antes de Cristo. El profeta Habacuc es contemporáneo del profeta Jeremías, un profeta más conocido. Sin embargo, los dos vivieron en el reino de Judá en un tiempo sumamente tumultuoso, en un tiempo de decadencia profunda: espiritual, política, religiosa, social, económica; un tiempo de una profunda crisis. Esa crisis es lo que Habacuc está testificando en su libro. Habacuc no fue escrito en un lugar de retiro, no fue escrito en un laboratorio, no fue escrito en un convento. Habacuc realmente representa al Señor hablándonos bajo una realidad específica. Algunas tradiciones señalan que Habacuc era un levita, pero eso realmente se desconoce.
Como les he dicho, tanto Jeremías como Habacuc predicaron en el reino de Judá. Ustedes saben que cuando Salomón fallece, el reino de Israel se divide en dos: por un lado está el reino de Judá, y por el otro lado está el reino de Israel. Bueno, en el tiempo en que Habacuc está anunciando su mensaje profético, el reino de Israel tenía más de cien años desaparecido. Cien años que ya había ido al destierro y había desaparecido como nación. Eso había producido que los judíos pensaran que eso no les podía pasar a ellos, porque en realidad ellos tenían el templo de Dios en Jerusalén y nadie tocaría el templo de Dios.
Había muchos profetas y sacerdotes que formaban parte de la élite religiosa de la época que venían anunciando, a través de sueños y visiones, que no habría poder que tuviera control sobre el reino de Judá, que permanecería para siempre. Pero ustedes saben que eso era justamente lo opuesto a lo que predicaba el profeta Jeremías, porque él estaba llamando al pueblo a que se arrepintiera, y el pueblo no volvía a su Señor.
Durante ese tiempo, así como nosotros también en la actualidad somos influenciados por lo que pasa en la geopolítica mundial de diferentes maneras, en ese tiempo también el pequeño reino de Judá estaba en medio de dos poderosos imperios: el imperio asirio hacia arriba y el imperio egipcio hacia abajo. Lo interesante es que ambos imperios estaban menguando, y por lo tanto eso suponía una aparente promesa de estabilidad. Sin embargo, bajo las sombras, en ese mismo momento estaban surgiendo lo que en el libro de Habacuc 1:6 señala que son los caldeos. Los caldeos vendrían a ser el reino babilónico, el imperio babilónico, que como nosotros conocemos por la historia, acabaría en unos años también con el reino de Judá, conforme al juicio de Dios.
No solamente están estas circunstancias, que son sumamente importantes para comprender la naturaleza del libro y de esta profecía, sino que una de las grandes pérdidas que ocurren en este momento es la muerte del rey Josías. El rey Josías había gobernado por más de treinta años, había levantado una profunda reforma religiosa y una vuelta a la Palabra de Dios. Sin embargo, las crisis geopolíticas del momento hicieron que en una oportunidad él se aliara con los asirios para pelear contra los egipcios, y él murió dramáticamente en batalla, algo completamente inesperado que produjo una tremenda desestabilización política en ese momento.
Bueno, no es muy diferente a lo que vivimos en la actualidad, ¿no es cierto? Un atentado que mueve al mundo, las fotos de los periódicos mundiales hablando de esto, dos guerras que hablan de la posibilidad de una tercera guerra mundial, inestabilidad política, inestabilidad económica, inestabilidad social, inestabilidad espiritual. Eso es lo que está viviendo Habacuc.
Los descendientes de Josías no tuvieron el mismo corazón que su padre, y simplemente uno tras otro fueron cayendo en gobiernos realmente cortos, que terminaron finalmente con la deportación a Babilonia. Es en ese momento en que Habacuc aparece, y aparece este libro. Por eso es que es importante que nosotros reconozcamos el contexto.
Habacuc se presenta, y la gran diferencia de Habacuc con cualquier otro libro profético es que este libro profético es hacia adentro, no es hacia afuera. Es hacia adentro porque se basa en las preguntas sin respuesta que Habacuc se hacía delante de Dios, producto de que en medio de toda la revelación y de todo lo que sabía y de todo lo que pasaba, él no encontraba respuestas claras para el obrar de Dios en medio de las situaciones que estaba viviendo. Es por eso que Habacuc se lanza a ponerse delante del altar de Dios y valientemente levanta sus preguntas al Señor.
Yo creo que todos nosotros en algún momento de nuestra vida nos preguntamos: "Señor, ¿por qué? Señor, ¿por qué?" Y esas son las mismas preguntas que Habacuc se hace. Vamos a mirar algunas de ellas empezando el libro. El libro empieza con esta pregunta que habla de la falta de ayuda de Dios ante una realidad plagada de violencia y liderada por los malvados. Miren ustedes los primeros cuatro versículos del capítulo uno de Habacuc:
"Oráculo que tuvo en visión el profeta Habacuc. Y él dice: '¿Hasta cuándo, oh Señor, pediré ayuda y no escucharás?'" ¿Alguna vez hemos orado de esa manera? ¿Alguna vez nos hemos sentido en una encrucijada de la vida y le decimos: "¿Hasta cuándo, Señor, pediré ayuda y no escucharás?"? Y sigue diciendo: "¡Clamo a ti! ¡Violencia! Sin embargo, tú no salvas. ¿Por qué me haces ver la iniquidad y me haces ver la opresión? La destrucción y la violencia están delante de mí. Hay rencilla; si surge la discordia, por eso no se cumple la ley y nunca prevalece la justicia, porque el impío acecha al justo y por eso sale pervertida la justicia."
¿Cuántos de nosotros hemos levantado esas preguntas delante de Dios? ¿Cuántas veces nos hemos preguntado: "¿Hasta cuándo, Señor? ¿Hasta cuándo veremos la violencia? ¿Hasta cuándo aparentemente pareciera que tú no salvas, porque tengo que ver delante de mis ojos estos sucesos?" Recordemos la crisis que Habacuc estaba viviendo, pues sin ese contexto no sería muy difícil entender qué está preguntándose Habacuc. Sin embargo, ahora lo sabemos.
Y no solamente eso, sino que de los versículos 12 al 14 dice: "¿No eres tú desde la eternidad, oh Señor, Dios mío, Santo mío? ¿No moriremos? Oh Señor, para juicio tú los has puesto; tú, Roca, los has establecido para corrección. Muy limpios son tus ojos para mirar el mal y no puedes contemplar la opresión. ¿Por qué miras con agrado a los que proceden pérfidamente y guardas silencio cuando el impío devora?" Versículo 14: "¿Por qué has hecho a los hombres como los peces del mar, como reptiles que no tienen jefe?"
Realmente Habacuc está haciéndose preguntas muy sinceras con respecto a la realidad que está viviendo. Al enfrentarse a esas preguntas que está planteando delante de Dios, nosotros debemos preguntarnos: ¿acaso somos nosotros capaces de poder recibir una respuesta de Dios para nosotros, de tal manera que podamos reconocer lo que está pasando? Es importante saber que, por ejemplo, Moisés ya en Deuteronomio, en el capítulo 29, en el versículo 29, decía que las cosas secretas le pertenecen a Dios, que hay algo de su grandeza —o hay mucho, muchísimo de su grandeza— que queda escondida ante nuestros ojos por nuestra incapacidad de poder observarla. Las cosas secretas le pertenecen a Dios, mas las reveladas son para nosotros y para nuestros hijos, para que las cumplamos.
Pero también nos encontramos con Salomón. Salomón analiza la vida bajo el sol y en Eclesiastés, capítulo 3, versículo 16, él dice: "Aún he visto más bajo el sol: que en el lugar del derecho está la impiedad, y en el lugar de la justicia está la iniquidad." Esa es la realidad de la vida bajo el sol. Esto es entender que vivimos separados de Dios; así es como se refleja una vida de pecado. Pero también sigue su reflexión Salomón, y en el capítulo 4 dice: "Entonces yo me volví y observé todas las opresiones que se cometen bajo el sol, y vi las lágrimas de los oprimidos y no tenían quién los consolara. En mano de sus opresores estaba el poder y no tenían quién los consolara. Así que felicité a los muertos, los que ya murieron, más que a los vivos, los que aún viven. Pero mejor que ambos está el que nunca existió, que nunca ha visto las malas obras que se cometen bajo el sol."
Definitivamente las Escrituras son un libro realista. Las Escrituras no intentan ocultar la realidad dramática y oscura en la que nosotros nos desenvolvemos. Volviendo y siguiendo con esa misma reflexión, nos encontramos, por ejemplo, con Isaías, unos 160 años antes de Habacuc. En Isaías 55 vemos que Isaías reconocía que los caminos y los pensamientos de Dios son más altos que los nuestros, que definitivamente era imposible seguir al Señor en su soberanía sobre todas las cosas. No debemos olvidar esto.
Y si pasamos al Nuevo Testamento, cuando Jesús estaba a punto de partir, los apóstoles le preguntan: "Señor, ¿restaurarás el reino? Cuéntanos cómo van a ser las cosas." Y Jesús les dijo, en Hechos 1:7, que no les tocaba a ellos conocer los tiempos y las épocas que el Padre ha fijado con su propia autoridad. Entonces las preguntas siguen sin respuesta. Y el apóstol Pablo señala en 1 Corintios 2:9 que "cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombres, son las que Dios ha preparado para los que le aman." O sea, cosas que nunca viste, que nunca oíste y que nunca imaginaste son las cosas y las formas en que Dios obrará.
Entonces, cuando nos encontramos con estas preguntas, la pregunta inmediata es: "Señor, ¿cómo es que yo las voy a enfrentar? ¿Cómo es que yo voy a enfrentar aquello que yo veo y que quisiera resolver?" Lo importante está en nuestra actitud. Nosotros podríamos hacer muchas preguntas y nunca esperar las respuestas, o quizás dejar de hacernos las preguntas. Podríamos quizás hacer las preguntas pero como una demostración de rebeldía o incredulidad ante un Dios al que cuestionamos en su carácter, en su honra y en su soberanía. O también podemos tener las preguntas pero conformarnos al statu quo y vivir siguiendo el flujo de este mundo, evitando todo aquello que nos perturbe.
Aquí es donde Habacuc, en medio de sus preguntas, nos hace una demostración de cuál debe ser la actitud correcta ante estos cuestionamientos que nos hacemos delante de Dios. En el capítulo 2, en el primer versículo, él dice: "Estaré en mi puesto de guardia y sobre la fortaleza me pondré; velaré para ver lo que él me dice y qué he de responder cuando sea reprendido."
Habacuc está usando una ilustración militar de la época: sobre las colinas y sobre los montes se establecían pequeños puestos de guardia que permitían observar el horizonte y ver si el enemigo se acercaba o si había algún mensajero llegando con buenas o malas noticias. La actitud de Habacuc, miren ustedes, ya no fue ponerse en el puesto de guardia y sobre la fortaleza para revisar todos los días las noticias de CNN y compararlas con las de Fox. No era seguir indagando en la política o la economía, o los movimientos caldeos, o cómo iban los asirios, o cómo estaban los egipcios, o qué pasaba con Joacim y ese reino desagradable que le estaba tocando vivir.
Él se levanta hacia los montes porque está diciendo: "Velaré para ver lo que él me dice." Nosotros esperamos las respuestas de parte del Señor, no de las circunstancias, porque nosotros como cristianos creemos en un Dios a quien reconocemos, como dice el salmista: "Alzaré mis ojos a los montes, ¿de dónde vendrá mi socorro? Mi socorro viene del Señor, que hizo los cielos y la tierra." Esa es nuestra seguridad, y esa seguridad es la que Habacuc establece: "Velaré para ver lo que él me dice. Velaré para poder yo escuchar su respuesta. Me mantendré en mi puesto de guardia; sobre la fortaleza me pondré; velaré para ver lo que él me dice." Esta actitud de espera, esta actitud de búsqueda, esta actitud de ir tras la revelación de Dios para poder encontrar la respuesta.
Y la respuesta de Dios llega; la respuesta de Dios se establece. Dice el versículo 2 del capítulo 2: "Entonces el Señor me respondió: 'Escribe la visión y grábala en tablas, para que corra el que la lea. Porque es una visión para el tiempo señalado; se apresura hacia el fin y no defraudará. Aunque tarde, espérala, porque ciertamente vendrá, no tardará.'" Acá hay algo, hermano, que es sumamente interesante para nosotros: Habacuc espera una respuesta, pero el Señor no le concede una respuesta solo para Habacuc, sino que le dice: "Escribe la visión y grábala en tablas, para que corra el que la lea." El Señor, que se ha revelado a nosotros a través de la Escritura, espera que nosotros nos alimentemos de esa visión que el Señor ya ha dejado establecida y que no es solamente para uno o para otro, sino que es para todos nosotros.
Una revelación que ha dejado claramente establecida, porque él dice: "Aunque es visión para el tiempo señalado, se apresura hacia el fin y no defraudará; aunque tarde, espérala." ¿Y cuál era la realidad de esa visión? ¿Qué era lo que Habacuc tenía que entender como respuesta a los dilemas que él estaba observando en medio de las naciones? En el capítulo 1, versículo 5, dice: "Miren entre las naciones, observen, asómbrense, quédense atónitos, porque haré una obra en sus días que ustedes no la creerían si alguien se la contara." El Señor está revelando en su Palabra que las obras que él hace siempre serán sorpresivas, siempre serán más grandes de lo que nosotros esperamos, siempre responderán a sus decretos soberanos y a la organización de su plan perfecto, que está ordenado desde la eternidad hasta la eternidad.
El Señor siempre nos sorprende. Hoy hablaba el pastor Miguel sobre estos grandes regalos que vienen por su causa, y nos hablaba del Dios que es el Dios creador de todas las constelaciones, de todas las galaxias, y que la Escritura nos dice que Jesucristo sostiene todas las cosas en la palma de su mano y las gobierna con la palabra de su poder. Esa es la seguridad que nosotros tenemos: de un Dios que nos sorprende, de un Dios que interviene en medio de las causas difíciles, de un Dios proveedor, de un Dios que nos acompaña en su magnificencia con su provisión maravillosa, como lo escuchábamos ahora, pero también nos acompaña en medio del dolor y el consuelo que Él puede darnos cuando las cosas no resultan como las esperamos. Es el mismo Dios poderoso que nos sostiene bajo el amparo de sus alas, y esa es la realidad que Habacuc está recibiendo de parte de Dios. Él está reconociendo y recibiendo de parte de Dios que el Señor obrará conforme a su misericordia.
En el capítulo 2, a partir del versículo 18, el Señor sigue respondiendo. Le dice: "¿De qué sirve el ídolo que su artífice ha esculpido, o la imagen fundida, maestra de mentiras, para que su hacedor confíe en su obra cuando hace ídolos mudos? ¡Ay del que dice al madero: despierta!, o a la piedra muda: ¡levántate! ¿Será esto tu maestro? Mira que está cubierto de oro y plata, y no hay aliento alguno en su interior."
Definitivamente, nuestro Dios no es un Dios a quien nosotros podamos manejar a nuestro antojo. No es un Dios que nosotros hemos construido para satisfacer nuestros deseos más íntimos. Nuestro Dios no es un amuleto contra la mala suerte; nuestro Dios no es aquel ser que nosotros hemos puesto delante para que nos gratifique con los dones y los regalos que siempre esperamos. Eso sería un ídolo.
Pero el versículo 20 dice: "Pero el Señor está en su santo templo; calle delante de Él toda la tierra." Esa es nuestra seguridad. La seguridad que nosotros tenemos es que el Señor está en su santo templo, que el Señor está sentado en su trono y Él hace lo que le place. Nuestro Dios no es un ídolo mudo, no es un ídolo de oro ni de plata; nuestro Dios no ha venido solamente para gratificarnos, sino para cumplir su plan eterno, y ese plan eterno nos invoca a que nos quedemos en silencio y a que se calle delante de Él toda la tierra.
¿Cómo reacciona Habacuc ante estas respuestas? Ante el hecho de que Dios le dice: "Yo voy a actuar de manera sorpresiva, yo voy a actuar con los medios que yo he establecido y con los propósitos que yo tengo en mi corazón. Yo no soy un ídolo para someterme a mi hacedor, sino que soy el Dios que está en su santo templo, y delante de Él tiene que callar toda la tierra."
Dice el capítulo 3, versículo 1: "Oración del profeta Habacuc, en tono de Sigionot." ¿Cuál fue la respuesta de Habacuc? La respuesta fue levantarse delante del Señor en oración. Pero quiero decirles un secreto que quizás ustedes no van a notar directamente si no hay una explicación, porque dice: "Oración del profeta Habacuc en tono de Sigionot." ¿Qué significa esto? De acuerdo a los estudiosos de la Biblia, Sigionot es un tono de música triunfal, es un canto triunfal. De tal manera que la oración de Habacuc no es una oración pesimista, la oración de Habacuc no es una oración de desánimo; la oración de Habacuc es una oración de victoria, al ritmo de tambores y de trompetas que anuncian la victoria triunfal de Dios por anticipado.
Las circunstancias no han cambiado, pero Habacuc ha entendido que el Señor está en su templo, que Él gobierna y que Él es soberano, y a Él se sujeta. Por eso él dice en el versículo 2, que es quizás el versículo más importante en cuanto al entendimiento que el profeta tiene de la respuesta de Dios: "Oh Señor, he oído lo que se dice de ti y temí. Oh Señor, aviva tu obra en medio de los años; en medio de los años, da a conocer. En la ira, acuérdate de tener compasión."
¿Saben qué está reconociendo en oración Habacuc en este momento? Él, a través de sus preguntas, le estaba preguntando al Señor algo que no le correspondía preguntar. Habacuc estaba equivocado porque él creía que Dios no tenía un plan para las circunstancias que en ese momento estaba viviendo el reino de Judá. Habacuc, con sus preguntas, le estaba diciendo a Dios que quizás Dios se había distraído, y que de alguna manera Él tenía que cambiar de curso para poder solucionar los problemas que Judá estaba viviendo en ese momento.
Y por eso es que Habacuc, en una oración victoriosa, dice: "Oh Señor, he oído lo que se dice de ti y temí. Aviva, oh Señor, tu obra en medio de los años." ¿Saben lo que él está diciendo? No le está diciendo: "Señor, espero un plan nuevo de ti conforme a los problemas que estamos viviendo." Lo que Habacuc está diciendo es: "Señor, danos un avivamiento que nos permita ver de nuevo el gran plan que tú tienes, que no ha cambiado y que también soluciona nuestros problemas. Permítenos ver que tu obra permanece intacta; permítenos ver que no habrá babilonios ni asirios ni egipcios, ni reyes muertos ni reyes puestos, que hagan cambiar tu plan maravilloso, ese plan que todos nosotros tenemos que conocer. Aviva tu obra en medio de los años; en medio de los años, da a conocer."
Del mismo modo, nosotros estamos llamados a no olvidar, por ningún motivo y bajo ninguna circunstancia, que el Evangelio sigue siendo la respuesta a todos nuestros dilemas. Que no hay ideología, que no hay presidente, que no hay rey puesto ni rey depuesto, que no hay nada de lo que suceda en el universo, que no hay redes sociales ni inteligencia artificial ni robots ni nada que cambie el plan de Dios. Por lo tanto, nuestro llamado es que se avive la obra del Señor en nuestros corazones, que volvamos a valorar la locura de la predicación y la cruz del Calvario, que volvamos a reconocer que Jesucristo es la respuesta, que volvamos a reconocer que estamos muertos en nuestros delitos y pecados, que vivimos alrededor de un valle de huesos secos, y que la única solución la tiene Jesucristo, el Pan de vida, el único que nos puede hacer resucitar de entre los muertos y el único que nos da la esperanza de que al día final nosotros estaremos con Él. ¡Aviva, oh Señor, tu obra en medio de los años!
Luego él continúa con un cántico poético que quizás para los ojos y los oídos contemporáneos se nos hace muy difícil de entender, porque habla de plagas y habla de terremotos y habla de inundaciones y habla de flechas y habla de mares y habla de caballos, de arcos, de varas. Lo que hace Habacuc en el canto que va del versículo 3 hasta el versículo 12 es señalar todos nuestros temores juntos.
¿Cuáles son nuestros temores hoy? ¿Cuáles son nuestros mayores temores? Aquí los tenemos: le tememos a impuestos internos, le tememos al préstamo del banco que todavía no podemos pagar, le tememos a ese presidente que vendrá.
Yo me he dado cuenta de que ahora ustedes le tienen bastante miedo a la lluvia, más que antes. Les tenemos miedo a la crisis económica, les tenemos miedo a tantas cosas. Y eso es lo que intenta reflejar Habacuc: intenta reflejar su corazón, porque sus preguntas eran sus propios temores. Sus preguntas eran preguntas porque él intentaba que la respuesta, la solución, fuera él. Pero él le habla al Señor y desarrolla un cántico en donde contrasta y reconoce la victoria de Dios sobre todos sus temores.
El Señor viene como una gran tormenta, la tierra tiembla, las colinas se hunden, el pueblo observa espantado, los ríos se salen, el mar es oscuro. Caballos, carros, arcos que representan a ejércitos de extranjeros vienen; varas, terremotos, diluvios, abismos; el sol y la luna se detienen, las flechas se disparan. Pero en el versículo 13 dice: "Saliste para salvar a tu pueblo, para salvar a tu ungido."
En medio de todos nuestros miedos, todos nuestros miedos puestos juntos —imagínense ustedes: terremoto, huracán, lluvias, crisis económica, todo junto—, o sea, todos los dramas de la humanidad en un apocalipsis continuo. Pero en medio de eso, Habacuc dice: "Saliste para salvar a tu pueblo." Y esa es nuestra realidad también: la realidad de que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de que el Señor vino, y existe la promesa en la Escritura.
El apóstol Pablo lo señala con absoluta claridad: que nosotros estamos sentados en lugares celestiales con Cristo Jesús, que el Señor nos garantiza que nuestra vida está escondida con Cristo en Dios, bajo la seguridad absoluta. Y el apóstol Pablo usa la misma ilustración de la oración de Habacuc en Romanos 8, cuando dice que ni la muerte ni la vida, ni lo presente ni lo porvenir, ni lo alto ni lo profundo, ni ninguna cosa creada me podrá separar de quién, del amor de Dios que es en Cristo Jesús, Señor nuestro.
De tal manera que Habacuc entiende que él descansa en la soberanía y en la sabiduría de un Dios que tiene control sobre todas las cosas, aunque yo no tenga control de ninguna. Reconoce que Dios está a cargo de todo. Y por eso miren ustedes el contexto del "aunque la higuera no florezca." Dice el versículo 16: "Y se estremecieron mis entrañas, a tu voz temblaron mis labios, entra podredumbre en mis huesos y tiemblo donde estoy." Pero miren lo que dice aquí: "Tranquilo espero el día de la angustia, el día en que un pueblo se levantará para invadirnos."
"Tranquilo espero el día de la angustia." ¿Por qué lo espera tranquilo? Porque el Señor está en control, porque el Señor es soberano, porque el Señor está en su trono y Él hace lo que le place. Porque no hay nada que pase en nuestra vida que no pase sin su permiso, porque no hay circunstancia que sorprenda al Señor. Tranquilo espera el día de la angustia.
Por eso él dice: "Aunque la higuera no florezca, ni haya fruto en las viñas, aunque falte el producto del olivo y los campos no produzcan alimento, aunque falten las ovejas del redil y no haya vacas en los establos, con todo, yo me alegraré en quién, en el Señor, me regocijaré en el Dios de mi salvación. El Señor Dios es mi fortaleza."
¿Se dan cuenta del cambio de sentido? El hombre tenía las circunstancias, y las circunstancias no han cambiado. Pero ahora sabe que el Señor está en control de la circunstancia. Ahora él sabe que no es el protagonista de la historia, pero sabe que el Protagonista de la historia lo tiene bajo el amparo de sus alas. Ahora él sabe que puede faltar todo lo maravilloso de la tierra, pero con todo él se va a alegrar en el Señor y se va a regocijar en el Dios de su salvación. Él ha cambiado su orden de prioridades.
Pero para terminar, no solamente esa realidad, sino que podemos volver a Habacuc 2:4, a ese famoso pasaje que Habacuc dice 600 años antes que el apóstol Pablo: "Así es el orgulloso, en él su alma no es recta; mas el justo por su fe vivirá." En contexto, Habacuc —o el Señor— está haciendo una comparación entre el orgulloso y el justo. ¿Quién es el orgulloso? Alguien arrogante, una persona vana, una persona que tiene exceso de estimación propia, una persona que tiene un sentimiento de superioridad.
Habacuc nos dice, y el Señor nos dice: "Así es el orgulloso, en él su alma no es recta; mas el justo por su fe vivirá." ¿De qué vivimos nosotros? ¿Por qué vivimos nosotros? Como dice el viejo himno: "Yo vivo porque Él vive." En mí no puede haber arrogancia, no puede haber un sentimiento de superioridad, no puede haber vanidad, porque yo sé que dependo absolutamente del Señor para vivir. Yo sé que estoy crucificado juntamente con Cristo y que ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí.
Y cuando hacemos esta contraposición, descubrimos que "el justo por su fe vivirá" es porque nosotros vivimos en la conciencia de que Dios está en control, de que Dios tiene el plan adecuado, de que Dios tiene el universo bajo la palma de su mano, de que el principio y el fin de la historia están controlados por el Señor, que todo lo que sucede en medio nada lo toma por sorpresa al Señor. El Señor tiene control absoluto sobre todas las cosas.
Y al final de los días, el Señor enjugará nuestras lágrimas, el Señor nos hará sentar en un banquete en las bodas del Cordero, en donde celebraremos —¿qué celebraremos?— la soberanía de Dios y el hecho de que Dios nos ha amado de tal manera que envió a su Unigénito para que aquellos que creemos en Él no nos perdamos sino que tengamos vida eterna. ¿Dónde quedan los poderes de este mundo? ¿Dónde quedan los asirios, los babilonios, los egipcios? ¿Dónde está Nabucodonosor? ¿Dónde están los emperadores romanos? ¿Dónde están los presidentes del mundo? Todos se fueron. Jesucristo sigue en su trono. Esa es nuestra esperanza, esa es nuestra seguridad.
Y aunque por el resto de nuestra vida tendremos grandes preguntas sin respuesta, lo cierto es que nosotros no dependemos de las respuestas, sino que dependemos de un Dios a quien miramos porque sabemos que tiene todas las respuestas. Y a Él nos acercamos y bajo el amparo de sus alas nos sentimos seguros.
Así que, al igual que Habacuc, yo quisiera invitarles a que por un momento nosotros también podamos cerrar nuestros ojos y podamos poner delante del Señor nuestros temores. Quizás tú has estado reclamándole tantas cosas al Señor y le has dicho durante mucho tiempo: "¿Hasta cuándo, Señor? ¿Hasta cuándo voy a ver esto? ¿Hasta cuándo me sucederá esto? ¿Hasta cuándo pasarán estas cosas?" Cuando el Señor nos está diciendo en este momento: "El Señor está en su trono; calle delante de Él toda la tierra."
Señor, este es una oportunidad para que nosotros podamos reconocer con humildad que hemos sido orgullosos y arrogantes, pensando que podemos tener soluciones para nuestras vidas. Pensando, Señor, que te podíamos proponer un nuevo plan para los problemas de nuestra vida y para los problemas del mundo. Cuando en realidad lo que te pedimos es que avives tu obra en medio de los años, que en medio de nuestra generación nosotros podamos volver a recordar que tú tienes el plan absolutamente claro, operativo, funcionando; que Cristo murió en la cruz del Calvario por nuestros pecados, que resucitó de entre los muertos y ahora está sentado a tu diestra, Señor, gobernando sobre todo.
Ayúdanos, Señor, a tener esa visión celestial, y que en medio, Señor, de los dilemas de la vida, en medio de los sufrimientos de la vida, en medio de las constantes divisiones, en medio de los poderes que se levantan, nosotros podamos reconocer que tú has venido a salvar a tu pueblo, y que entre tu pueblo estamos nosotros. Gracias, Señor, porque podemos estar seguros bajo el amparo de tus alas. Gracias, Señor, porque podemos confiar en ti. Gracias, Señor, porque al final de cuentas nuestra vida está escondida con Cristo en tu presencia. Gracias, Señor, en el nombre de Jesús, nuestro Salvador. Amén.
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José «Pepe» Mendoza es predicador, escritor y profesor, y autor del libro Proverbios para necios: Sabiduría sencilla para tiempos complejos (Vida, 2024). Ha servido como pastor asociado en la Iglesia Bautista Internacional, en la República Dominicana, y actualmente vive en Lima, Perú, donde enseña en el Instituto Integridad & Sabiduría y colabora con el programa hispano del Southern Baptist Theological Seminary. También trabaja como editor de libros y recursos cristianos. Está casado con Erika y juntos son padres de su hija Adriana.