IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Hay una diferencia abismal entre confesar y ser quebrantado. El pueblo de Dios ha aprendido a vivir confesado, usando las palabras correctas, el lenguaje evangélico apropiado, pero sin experimentar un verdadero quebrantamiento de corazón. Decimos "me humillo delante de ti, Señor" mientras nuestras acciones fuera de la oración revelan exactamente lo contrario. Hemos confundido el llanto con el arrepentimiento, la honestidad con la integridad, las palabras bonitas con la transformación real.
El quebrantamiento es otra cosa. Es lo que experimentó Jacob después de una noche entera luchando con Dios hasta quedar descoyuntado. Es lo que vivió Pedro tras negar a Cristo, verlo crucificado y luego resucitado: el Pedro posterior ya no era el mismo. Como un potro salvaje que es domado, antes de ser quebrantado el caballo patea, relincha y consume toda su fuerza en rebelión. Después de ser quebrantado camina diferente, y ahora sí su dueño puede usarlo. De la misma manera, Dios rehúsa usar un corazón que no ha sido quebrantado.
El salmo 34 dice que el Señor está cerca de los quebrantados de corazón, y esa palabra hebrea —shabar— significa estar aplastado, deshecho, hecho pedazos. Isaías 66 añade que Dios mira al humilde y contrito de espíritu que tiembla ante su palabra. Si nunca hemos temblado en la presencia de Dios, quizás nunca hemos estado verdaderamente en su presencia. El llamado es a dejar de jugar a ser cristianos y finalmente serlo: con un corazón irrigado por lágrimas genuinas donde Dios pueda plantar su semilla y cultivar fruto verdadero.