Integridad y Sabiduria
Sermones

La iglesia y la terapia de nuestros días

Miguel Núñez 8 junio, 2008

Una de las grandes estrategias de Satanás para desviar a la iglesia ha sido convencernos de que necesitamos sanación en lugar de santificación. La palabra "sanación" no aparece en ninguna traducción de la Biblia, y los centros o servicios de sanación emocional brillan por su ausencia en veinte siglos de historia cristiana. ¿Es posible que el buen Pastor haya abandonado a su iglesia durante tanto tiempo hasta que finalmente descubriéramos algo de lo cual la Escritura no habla ni una sola vez?

Lo que hiere el espíritu son las acciones de otros, y lo único que podemos hacer con esas acciones es perdonarlas. La terapia mira hacia atrás y busca culpables; la santificación mira hacia la cruz y nos ayuda a entender que quienes nos hirieron necesitan la misma gracia que nosotros. La sanación nos convence de que necesitamos mucho tiempo; la santificación nos recuerda que el mismo poder que resucitó a Cristo de entre los muertos mora en nosotros y puede levantarnos de nuestro pasado. El apóstol Pablo lo expresó claramente: olvidando lo que queda atrás y extendiéndose a lo que está adelante, proseguía hacia la meta.

El pastor Núñez confiesa haberse arrepentido por haber confundido en ocasiones sanación con santificación. La prescripción de Dios siempre fue santificación, porque la sanación vendría como fruto de ella. No necesitamos sanar las emociones, sino santificar el espíritu. Necesitamos más arrepentimiento que terapia, más perdón que culpa, más humildad que autocompasión, y más mirada hacia adelante que hacia atrás.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Primera de Tesalonicenses, capítulo 4, versículo 3, la primera parte del versículo 3 solamente, y así dice la palabra de Dios: "Porque esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación". Yo creo titular este mensaje, en esta serie acerca de la iglesia que Dios quiere, "La iglesia en medio del movimiento de sanación" o "En medio del movimiento de consejería de nuestros días". Yo he querido entonces hablar acerca de lo que es la santificación según Dios la entendió y la prescribió, para que podamos comparar eso con lo que la iglesia ha venido haciendo en los últimos años y de lo cual nos ha convencido a muchos que debemos hacer.

Hablamos en el mensaje anterior de que la iglesia de Cristo de estos días está enferma, y llamamos a esa enfermedad mundanalidad. Ahora es algo que ha alcanzado dimensiones epidémicas, pero no es una enfermedad nueva; es algo que ha infectado lamentablemente el cuerpo de Cristo desde su nacimiento. Y en esa ocasión hablamos de sus causas, de sus manifestaciones, sus síntomas, llegamos a hablar de su cura también. Y cuando hablamos de su cura, nos referimos al versículo de Juan 17:17, donde Cristo, orándole al Padre, le dice: "Padre, santifícalos en la verdad; tu palabra es verdad".

Si nosotros queremos santificarnos, vamos a tener que vivir en la verdad, por la verdad, exaltar la verdad, resaltar la verdad, reflejar la verdad, y nunca negar la verdad. Hay una relación directa entre mi grado de santificación y el tiempo pasado en la Palabra, o en la manera en que yo he podido vivir la Palabra. No hay duda de que Dios ha diseñado su Palabra como el instrumento por excelencia de santificación. Sabemos que Él usa la circunstancia, sabemos que Él usa también lo que es mi tiempo de oración o tiempo de intimidad con Él. Y a través del Espíritu de Dios que mora en mí, cuando estoy en su Palabra me da convicción; cuando estoy en medio de las circunstancias, Él va forjando el fruto del Espíritu en mí; y cuando tengo intimidad con Él, el mismo Espíritu de Dios me ayuda a entrar en profundidades del corazón y el carácter de Dios que me ayudan a santificarme a lo largo de mi vida. Y yo creo que después de un tiempo de ser cristiano, la mayoría de nosotros conoce estas cosas que yo acabo de mencionar.

Yo no sé, decía en los dos cultos anteriores, si ustedes como yo, pero yo vivo haciéndome preguntas todo el tiempo, buscando respuestas. Y normalmente me tomo mucho tiempo para llegar a las respuestas y las razones, porque yo no quiero llegar a una respuesta que me haga sentir cómodo o justificado; yo quiero llegar a una respuesta que sea Dios quien me la haga llegar. Lo que yo voy a compartir en esta mañana es el fruto, y no miento con esto, yo sé que es así, de haber meditado, rumiado, leído y analizado estas cosas por no menos de dos años. Y estoy aquí convencido en el día de hoy para decirles que una de las grandes estrategias de Satanás para desviar el curso de la iglesia y entretenerla es convencernos de que nosotros estamos en necesidad de sanación en vez de santificación.

Como esta serie tiene que ver con la iglesia, alguien pudiera preguntarse qué tiene que ver la santificación personal con una serie sobre la iglesia. Pero en primer lugar necesitamos recordar que la iglesia está compuesta de personas, y si nosotros sanamos las personas, hemos sanado la iglesia. Pero en segundo lugar, la iglesia necesita admitir que es culpable de la enfermedad que hoy padece. Hemos desplazado la Palabra de su centralidad en la vida del cuerpo de Cristo. La hemos diluido, hemos dejado de predicarla muchas veces, para en otras ocasiones preferir contar historias, cuentos, sueños, visiones y testimonios. Los testimonios son importantes, pero no son la historia.

En los años 70 se propagó mucho la idea de que cada persona que se convertía quería que escribiera un libro acerca de su testimonio, y cientos de libros se escribieron en ese entonces. Y analizando ese fenómeno y comparándolo con los grandes hombres y mujeres de Dios en los primeros años de la iglesia o los primeros siglos, me llama la atención que raramente, si alguna vez, alguno de ellos escribió su testimonio, su historia. Porque realmente ellos entendieron que, aunque su testimonio era importante, lo que ellos querían reflejar, predicar, enseñar y transmitir no fue su testimonio, sino el testimonio de la obra de Jesús. Juan no escribe su testimonio, Pedro tampoco, Marcos tampoco, Mateo tampoco, Lucas tampoco. Escribieron el testimonio de aquel que vino y cambió la historia.

Y esa es nuestra historia: que Dios, en la persona de Jesús, la segunda persona de la Trinidad, se encarnó, fue a la cruz, murió por nuestros pecados, descendió al infierno y al tercer día resucitó de entre los muertos, y está sentado a su diestra intercediendo por nosotros. Esa es nuestra historia, y pensamos continuar con ella.

En ese proceso, Dios instruyó a su iglesia todo el tiempo para que no se alejara de la Palabra. Y por eso decía, o pedía, Cristo en la oración de la última noche: "Padre, santifícalos en la verdad; tu palabra es verdad". Pero en la medida en que la iglesia se va a ir despegando de esa Palabra, nosotros hemos acostumbrado a leer todo tipo de material, todo tipo de libro, antes que su Palabra. A pesar de que es su Palabra la que ha sido diseñada como el instrumento de santificación para con nosotros, queremos que nos brinden las respuestas digeridas, y es mucho más fácil recibirlas de esa manera, pero no tienen el mismo impacto que cuando yo encuentro las respuestas a través de su Palabra, iluminado por el Espíritu de Dios.

Si Satanás logra desplazar la atención de los hijos de Dios de lo que es su Palabra y los entretiene haciendo cualquier otra cosa, él habrá conquistado una gran batalla. Él habrá ganado una gran batalla. Muchas veces nos presenta cosas que tienen sus beneficios, pero que no corresponden ni al diseño de Dios ni al instrumento de Dios.

Yo menciono todo esto porque tengo un tiempo bastante largo sumergido pensando, leyendo, revisando y analizando mi propia vida, y viendo la vida de la iglesia, y comparando la iglesia de hoy con la iglesia de antaño. Y viendo cómo la iglesia de nuestros días está sumergida en todo un movimiento de sanación que es completamente ajeno a la historia de la iglesia. Y necesitamos preguntarnos si es posible que el buen Pastor haya abandonado su iglesia por casi 20 siglos, hasta que finalmente la iglesia descubriera lo que es el proceso de sanación, del cual la Palabra no habla una sola palabra. En todas las traducciones del lenguaje español que yo pude encontrar de la Biblia, la palabra sanación emocional no aparece en ninguna de ellas.

¿Qué es lo que Dios entonces entendió que sus hijos necesitaban, y que la iglesia de antaño usó? Recientemente oí a Al Mohler, uno de los grandes defensores de la fe cristiana en este tiempo, hablar de cómo todos hemos sido engañados por el enemigo. Y que el mayor pecado de esta generación y de la iglesia de nuestros días es sabernos, y lo voy a creer, que estamos todos enfermos emocionalmente, llevándonos entonces a vernos como pacientes y como víctimas, más que como personas en necesidad de arrepentimiento, de perdón y de regeneración.

Y yo no quiero reducir todo esto a que todo se reduce a pecado y arrepentimiento, porque esto sería una forma muy simplista de ver las cosas. Sin embargo, yo estoy convencido en el día de hoy que lo que Dios ha diseñado para su pueblo no se llama y no es sanación: es santificación. Y ambas cosas, el proceso de sanación y terapia y el proceso de santificación, ambas cosas necesitan consejeros. Pero la metodología, el instrumento y las metas de uno son totalmente opuestos a las metas, metodología e instrumento del otro.

Satanás es extremadamente astuto. Él sabe lo que nosotros podemos comprar y nos ofrece eso envuelto en papel de regalo, y muchos de nosotros lo hemos comprado a lo largo del camino. Una de las actividades más comunes cuando se anuncian los servicios de iglesias son servicios de sanación. En este caso me voy a referir exclusivamente a sanación emocional. No solamente que la palabra sanación no aparece en todo el Nuevo Testamento y el Antiguo Testamento, sino que en la historia de la iglesia, servicios de sanación, centros de sanación emocional, brillan por su ausencia.

Yo me pregunto si es que nosotros somos tan extraños y raros que no nos parecemos a los creyentes anteriores, o si Dios no fue tan misericordioso con la iglesia en otros años como lo ha sido ahora. Y alguien pudiera preguntar: "Pastor, pero ¿usted no piensa que el espíritu muchas veces está herido y que necesita sanación?" Absolutamente. Pero lo que hiere mi espíritu son las acciones del otro, y lo único que puedo hacer con las acciones del otro es perdonarlas. Es lo único que puedo hacer. Con el pasado no hay nada más que yo pueda hacer con eso.

La terapia nos ayuda y nos estimula a mirar hacia atrás; la santificación nos estimula a mirar hacia adelante. La consejería no bíblica, al mirar hacia atrás, encuentra culpables. La santificación no nos estimula a mirar hacia atrás; no aparece eso en una sola página de la Biblia. Nos estimula a mirar hacia la cruz para ayudarnos a entender que aquellos que me hirieron están en necesidad de la cruz tanto como yo. Y que no solamente yo fui herido, sino que yo he herido a otros, y que por tanto ellos y yo estamos en la misma necesidad de arrepentimiento, perdón y santificación posterior.

Uno mira hacia atrás, otro mira hacia la cruz. Y después de mirar hacia la cruz, la santificación me hace mirar hacia adentro, donde mora en mí el poder de la resurrección en la persona del Espíritu Santo. La sanación me convence de que yo necesito mucho tiempo. La santificación me recuerda que la persona que levantó al Hijo de entre los muertos es la misma persona que me puede levantar de mi pasado, y que la resurrección de Cristo tomó lugar en un solo día, en un solo evento, y no a través de un proceso.

El autor de Hebreos, capítulo 13, versículo 20, dice: "Y el Dios de paz que resucitó de entre los muertos a Jesús nuestro Señor, el gran pastor de las ovejas mediante la sangre del pacto eterno, escúchame, os haga aptos en toda obra buena para hacer su voluntad, dando él en nosotros lo que es agradable delante de él mediante Jesucristo." Ahí está mi santificación. Lo que necesito hacer es su voluntad, lo que necesito hacer es algo que sea agradable a él, y la Palabra me dice que Dios Padre me ha hecho apto para toda obra buena para hacer su voluntad a través del Espíritu Santo que mora en mí.

Pablo, escribiéndole a los efesios, capítulo 3, versículo 20, le dice exactamente lo mismo: "Y a aquel que es poderoso para hacer todo mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que obra en nosotros." Según el poder que obra en ti a través de la persona del Espíritu Santo, él es capaz de hacer mucho más abundantemente de lo que puedo pensar, de lo que puedo imaginar, de lo que puedo necesitar. Él te ha sido dado precisamente no para que te levante de entre los muertos, porque ya saliste de entre los muertos, sino para que ahora con ese poder que él te ha dado te levante de tu pasado y comiences a vivir el propósito de la nueva criatura que él te ha hecho en Cristo Jesús.

La mayor necesidad del creyente no es sanación, es santificación. No es encontrar los culpables del pasado, sino perdonar a quienes me han herido y reconocer que yo soy tan culpable como ellos. Yo no necesito tanto perdón, yo no necesito tanto tiempo como sumisión a sus propósitos. No es tanto tiempo que necesito, sino sumisión para tener llenura. La llenura termina entonces de trabajar y de hacer en nosotros el trabajo que necesita ser hecho.

La Palabra de Dios insiste en que yo necesito santificación y yo necesito creer eso por encima de todo, como la misma Palabra afirma: que sea Dios veraz y todo hombre mentiroso. No podemos negar lo que Dios afirma. No podemos negar el poder que él ha puesto en mí, no podemos negar el poder de su Palabra. Si nosotros convencemos a las personas de que su problema principal está en la memoria del pasado y no en la naturaleza pecadora del presente, nosotros habremos convencido a la iglesia de confiar en el terapeuta y no en el Espíritu Santo. Si logramos convencer a la persona de que su pasado tiene más poder que el Espíritu Santo en el presente que ahora mora en él, habremos convencido a la iglesia de predicar sanación y no convicción, habremos convencido a la iglesia de enfocar a sus creyentes en el pasado y no en el presente.

De ahí la popularidad del movimiento de sanación que hoy es famoso y que en muchos casos incluso devenga múltiples beneficios económicos para mucha gente. Claro que mi espíritu ha sido herido muchas veces, pero yo necesito llegar a entender, como yo lo llegué a entender analizando mi propia vida. Más de veinte años en la fe cristiana han sido revisados a la luz de esto que comparto hoy: que muchas veces nosotros estamos donde estamos y nos sentimos de la manera que nos sentimos por la interacción entre la naturaleza pecadora del otro y la naturaleza pecadora mía.

Porque mi naturaleza pecadora en algunos casos sobredimensionó los hechos, rehusó perdonar. En otros casos decidió vengarse. En otros casos decidió recordar a los culpables porque todo el tiempo tendría una excusa para sentirse como se siente. Y en otros casos me convenció de que es mayor el poder que el pasado, las memorias, las heridas tienen en mí que la persona del Espíritu Santo que mora en mí. Y tenemos que arrepentirnos. Yo me he arrepentido de esas cosas ya, por lo menos dos veces en el día de hoy, en cada culto una vez, de haber confundido en ocasiones lo que es sanación con santificación.

No puede ser que Dios haya abandonado a su iglesia veinte siglos de ignorancia y que ahora nosotros estamos despertando a la verdad. Yo he revisado mi vida. Yo he revisado la Palabra de Dios. Yo he estado dando consejería y estoy convencido hoy más que nunca que nosotros tenemos más necesidad de arrepentimiento que de terapia, más necesidad de perdonar que de culpar, más necesidad de humillarnos que de sanarnos, y más necesidad de mirar hacia adelante que de mirar hacia atrás.

Quizás esa sea la razón por la que el apóstol Pablo, cuando le escribe a los filipenses, cuando les escribe la carta del gozo con mucho gozo, lo hace desde una cárcel oscura, fría, subterránea, y escribe la carta llamada del gozo, y les dice lo siguiente en el capítulo 3, versículos 13 y 14: "Pero una cosa hago: olvidando lo que queda atrás y extendiéndome a lo que está adelante, prosigo hacia la meta." Este es el hombre que ha sido perseguido, que ha sido herido, que ha sido azotado treinta y nueve veces varias veces, que ha sido odiado, y este hombre dice: "No, no me preocupo de lo que está atrás. Yo tengo una sola función y es llegar hasta la meta, y mirando hacia adelante prosigo hacia esa meta."

Él está entrenado espiritualmente de la misma manera que los corredores olímpicos son entrenados, y una de las cosas que se les dice a los corredores es: si tú quieres terminar bien la carrera, nunca, nunca mires atrás, nunca mires a los lados, nunca mires para arriba. Tú tienes una sola dirección a la cual puedes mirar y es hacia adelante, si tú quieres terminar bien y para que no vayas a tropezar. Satanás nos ha dado la vuelta a la cabeza y nos ha puesto a mirar en todas las direcciones. La iglesia ha tropezado y se ha caído y está mareada todavía de todas las veces que han movido la cabeza.

Y en la medida en que yo meditaba acerca de estas cosas, el Señor me dejó ver, no solamente a través de la experiencia en otros, sino a través de mi propia experiencia. El Señor me dejó ver que en la mayoría de los casos nuestro orgullo, nuestra rebelión, nuestro deseo de venganza, nuestra falta de perdón, nuestros celos y envidia, nuestras inseguridades y la inhabilidad para admitirlo nos han enfermado mucho más que cualquier otra cosa.

"Pastor, pero usted estuvo deprimido, usted ha dicho aquí cuando llegó a Estados Unidos." Pero esto no cambia la realidad de las cosas, esto no cambia la verdad de lo que yo acabo de decir. Lo que a mí me deprimió fue mi señor orgullo, mi inhabilidad de comunicarme en un idioma que no dominaba, y ahora no podía impresionar a aquellos que yo estaba acostumbrado a impresionar, y de repente yo estoy deprimido. Pero yo me enfermé a mí mismo porque tenía cosas que Dios todavía no había santificado, y lamentablemente ocurrió en un momento en que yo no había comenzado mi caminar con Dios en el año 1982.

Nosotros nos enfermamos más de lo que otros nos enferman a nosotros, y es por eso que la prescripción de Dios es santificación y no sanación. Si me enfoco en la sanación, voy a mirar mucho para atrás y encontraré culpables. Si me enfoco en la santificación, quizá no encuentre culpables, pero encuentro a quien es capaz de perdonar y sanar y santificar al culpable, al que hirió y al herido, al que dañó y al que está dañado. La solución a nuestros problemas emocionales no es sanación, es santificación del Espíritu. Esa es la prescripción de Dios para su iglesia.

Satanás ha logrado desviar nuestra atención de múltiples maneras. Nos ha logrado diluir el mensaje de la Palabra. Ha logrado involucrar a su iglesia en una guerra espiritual que no es suya; Dios ha dicho: "La batalla es mía," y mi única instrucción es resistir al enemigo. Me ha desviado la atención para yo involucrarme en un proceso de sanación, de terapia, cuando él lo que ha prescrito es santificación vía su Palabra y el Espíritu de Dios.

A mí me sorprende de sobremanera, y por eso me gusta leer aquí y allá, cómo el mundo secular se percata de verdades profundas de la Palabra de Dios que el pueblo de Dios tiene dificultad en ver y asimilar. La obra "Los Miserables" se va a estrenar este viernes aquí, y estaba leyendo acerca de la obra. La vi una vez en televisión, estaba leyendo un poquito sobre ella, y había un resumen de lo que era el tema de la obra. Escrita por Víctor Hugo en el siglo XIX durante la época del romanticismo, oye, dice lo siguiente: que la obra muestra la pobreza en el siglo XIX, escúchame ahora, y el valor del perdón conjuntamente con que el rectificarme trae un bienestar y una paz al alma. ¿De dónde Víctor Hugo, un promiscuo como él, llega a la conclusión de que el perdón y el yo rectificarme trae paz y bienestar a mi alma? Yo no sé de dónde él sacó la sabiduría, pero lo que él llama rectificarme, la Palabra de Dios lo llama santificarme. De manera que el perdón y la santificación le traen bienestar y paz al alma. El mundo secular se ha percatado de eso.

Escucha lo que J.C. Ryle escribió acerca de la santidad. Si piensas en esto, que necesito rectificarme, santificarme, alinearme con los propósitos de Dios, J.C. Ryle en los años de 1800 escribía que la santidad no era más que ponerse de acuerdo con la mente de Dios para amar lo que él ama, odiar lo que él odia, y medir todo por el estándar de Dios. La santidad no es más que ponerme de acuerdo con Dios, con sus propósitos, alinearme precisamente con lo que él piensa para amar lo que él ama, odiar lo que él odia, y poder medir todo conforme al estándar de Dios.

En terapia, a mis experiencias traumáticas les llamamos heridas. En la Biblia se les llama consecuencias del pecado del otro. "Bueno, pastor, cuestión de semántica, ¿cuál es la diferencia?" Enorme, del cielo a la tierra. Las heridas requieren tiempo para sanar. Las consecuencias del pecado del otro solamente requieren perdón de parte de mí; no puedo hacer más nada con ellas. Y tengo que reconocer que están en el pasado y no en el presente.

Debo reconocer el poder del Espíritu Santo en el presente, mucho mayor que el poder del pasado y de esas consecuencias del pecado del otro que Dios en Su soberanía permitió. Las heridas miran hacia atrás; la santificación y las consecuencias del pecado del otro miran hacia la cruz. Escucha una vez más lo que el apóstol Pablo está tratando de ayudarnos a entender.

Por ahí en terapia se habla frecuentemente del poder destructivo de nuestro pasado, cuando en la santificación se nos dice algo totalmente opuesto con relación al presente. Escucha a Pablo, 2 Corintios 5:16-17: "De manera que nosotros de ahora en adelante ya no conocemos a nadie según la carne. Aunque hemos conocido a Cristo según la carne, ya no lo conocemos así. De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron, he aquí todas son hechas nuevas." Eso o es verdad o Dios mintió.

Pablo dice: desde el momento en que yo me convertí, no juzgo a nadie más según los criterios, los estándares, la forma de pensar de este mundo, de esta carne. Desde ese momento en adelante comencé a ver a todo el mundo, todo proceso, toda obra, todo acontecimiento de otra manera, porque Dios me dio otros ojos. Y él entonces dice: yo soy una nueva criatura, yo no vivo en el pasado, yo vivo en el presente. Y esa nueva criatura entonces tiene cosas que ya pasaron, no tuvo cosas que ya pasaron; todas las cosas son hechas nuevas. Él dejó de ver las cosas como las vio antes.

El pasado no tiene ningún poder sobre mí excepto el poder que yo quiera conferirle. El pasado no está presente, no está en mi vida, excepto el poder que yo quiera entregarle, el poder que yo quiera otorgarle mientras lo recuerdo. Con el proceso de sanación, cuando tenemos eventos traumáticos grandes, dificultosos que nos aquejan, que nos hieren, le decimos a la persona y la convencemos de que eso necesita tiempo.

En santificación nosotros le decimos a la persona: no hay pérdida que Su presencia no pueda reemplazar, no hay vacío que Su suficiencia no pueda llenar, no hay debilidad que Su gracia no pueda fortalecer, no hay dolor que Su misericordia no pueda aliviar, no hay tristeza que Su gozo no pueda abatir, no hay heridas que Su toque no pueda sanar, no hay enemistad que Su cruz no pueda reconciliar, no hay interrogantes que Su sabiduría no pueda responder, no hay carencia que Su provisión no pueda suplir, no hay esclavitud que Su poder no pueda romper. Te quitamos las excusas. Tú y yo tenemos que arrepentirnos de haber comprado una mentira que Satanás nos ha vendido.

La Palabra de Dios dice: "Esta es la voluntad de Dios: vuestra sanación." No, vuestra santificación. La respuesta de Dios a lo que a mí me ocurre es el fruto del Espíritu: amor, gozo, paz, benignidad, mansedumbre, bondad, dominio propio. Eso es fruto de la santificación.

Escucha estas cuatro etapas por las cuales nosotros pasamos. La etapa que yo he descrito es un abuso de consejería secular, y lo que voy a decir ahora no cambia la realidad de estas etapas. Lo que es importante es que veamos estas etapas de otra manera. Decimos que cuando alguien pasa por un proceso traumático, primero yo entro en un proceso de negación: "No, eso no me ha pasado, yo no soy así, eso no es verdad, no tengo cáncer, no tengo diabetes," lo que tú quieras. Número dos, después del proceso de negación, entro en un proceso de ira, luego de depresión, y finalmente de aceptación.

Como Pablo dice que después de su conversión él ya no conoce a nadie según la carne, vamos a ver si podemos mostrarlo según la Biblia. La negación es falta de aceptación a los propósitos de Dios, y eso es pecado, y eso requiere arrepentimiento y no sanación. La ira, aunque hay una ira santa, raramente nosotros nos airamos santamente, y cuando comenzamos a airarnos santamente terminamos pecaminosamente, porque así somos nosotros. La ira es un pecado; eso requiere arrepentimiento y no sanación. La depresión por la cual yo pasé puede ser común, y a menos que se deba a una deficiencia orgánica, la cual es rara pero ocurre en algunos casos, la depresión desdice de los propósitos de Dios, que envió a Su Hijo a la tierra para que yo tenga vida y la tenga en abundancia. La próxima etapa, donde ya yo pasé por todo eso y que deseo, es la aceptación.

¿Cómo tú no te imaginas que no hubiese economizado mucho tiempo, dolor, lágrimas y mucho, mucho esfuerzo, si en vez de pasar por la negación, la ira, la depresión, me voy directamente a la cuarta, la aceptación? Me economicé las otras tres. Esto es lo que tú encuentras mucho en los diarios de los grandes hombres y mujeres de Dios del pasado: la aceptación.

Le decimos a la persona que tiene cáncer: "No pienses en eso, ponte positivo, no le des mucha mente a eso. Mira, a Fulano le dieron un año de vida y tiene cinco, tiene seis." Y creemos con eso, no estés tan pesimista. Creemos con eso que estamos logrando mejorar la condición de la persona a quien estamos aconsejando.

No sé si te gusta leer, pero si tú me aseguraras que tú fueras a leer, yo estaría dispuesto, si tuviera todo el dinero, a comprar un ejemplar de este libro que le voy a mencionar, sobre todo si me aseguras que lo vas a leer tres veces. El último libro de John Piper se llama "El sufrimiento y la soberanía de Dios." El último capítulo de ese libro circuló recientemente vía email porque varias personas lo estaban enviando, y se llama "No desperdicies tu cáncer." Sí, así se llama el capítulo. Y en él hay diez razones, o diez formas, como nosotros desperdiciamos el cáncer que nos ha llegado a nuestras vidas.

Punto uno: desperdicias tu cáncer si no piensas que ha sido diseñado por Dios para tu vida. O cualquier otra experiencia traumática o de dolor por la que tú y yo hayamos pasado. A los seis meses de yo haber sido ya diagnosticado con diabetes, yo perdí a mi papá. Diseñado por Dios para mi vida. José entendió eso. Es la aceptación de los propósitos de Dios, que no evita esta negación, ira, depresión. José fue vendido como esclavo por sus hermanos. Terminó en la cárcel por múltiples años. Algunos calculan siete años, otros catorce años. No sabemos, muchos años en la cárcel. Y al final sus hermanos, cuando vienen avergonzados y temerosos porque piensan que él se va a vengar, José les dice: "No, no, no, no. Ustedes lo hicieron para mal, pero Dios lo quiso para bien." La persona santificada, verdaderamente santificada, no tiene problemas en aceptar los propósitos de Dios.

Número dos: desperdicias tu cáncer, dice Piper, si piensas que es una maldición y no un regalo. ¡Uy, de malas! ¿Un tumor, un regalo? Tú tienes años pidiéndome que te haga conforme a la imagen de Mi Hijo. Si tú lo sabes recibir como Yo te lo he enviado, este cáncer, dificultad, trauma, servirá para hacerte conforme a la imagen de Mi Hijo. Yo lo único que estoy haciendo es respondiendo tu oración que me has hecho por años.

Desperdicias tu cáncer, dice el capítulo, si buscas consuelo en las estadísticas y no en el Señor. Esto es más o menos cómo operan dos pacientes cristianos de la misma iglesia, quince años en la fe, pertenecen a la iglesia, han sido diagnosticados con cáncer. El médico entra a la primera habitación. "Doctor, ¿cuántos años de vida usted me da? ¿Cuál es la garantía que yo tengo de sanación con este cáncer?" "Ochenta, noventa por ciento." "¡Ah, gloria a Dios! Estamos dando gracias a Dios porque fue de este tipo y no del otro."

Próximo paciente, al lado, el mismo médico. Ambos cristianos, pertenecen a la misma iglesia. "Doctor, ¿qué pronóstico usted le da a mi cáncer?" "Lamentablemente, un diez a veinte por ciento de que pueda ser sanado." En otras palabras, yo soy tan frágil que las estadísticas manipulan mis emociones. Yo soy gobernado por números, estadísticas, y no por el Espíritu de Dios que mora en mí. Los números juegan con nuestro estado de ánimo porque nosotros no hemos llegado a santificarnos. Es la razón. "Pero somos humanos." Es que no somos santificados.

Desperdicias tu cáncer si rehúsas pensar acerca de la muerte. En la terapia se nos anima que no pensemos en eso, que seamos positivos, que hagamos otras cosas, vivamos la vida, date un viaje, lo que tú quieras, contra el de disciplinar la mente. En la santificación se te dice: no, no, aprovecha tu muerte. Piensa en ella. Piensa que la primera persona que tú vas a ver es la persona de Jesús, y verás a Pablo, Moisés, Abraham, podrás hablar con ellos, y podrás esperarme allá.

Desperdicias tu cáncer si piensas que vencer el cáncer es permanecer vivo, en vez de regocijarte en Cristo. Hermanos, ¿cuál es nuestro afán de permanecer en este mundo como si fuera...? Quizás entonces Joel Osteen tiene razón, que mi mejor vida es ahora. Si yo entiendo que mi mejor vida no es ahora, ¿qué hago yo aferrado a esta vida? Tú quieres ir al cielo, yo me imagino, pero sabes una cosa, yo tengo malas noticias para ti: para llegar al cielo hay que morirse primero. ¿Por qué no nos fijamos? ¿Por qué no fijamos la mente, la mirada hacia adelante y nos olvidamos del diagnóstico que se me hizo en el pasado?

Desperdicias tu cáncer si pasas mucho tiempo leyendo acerca del cáncer y no lo suficiente tiempo leyendo acerca de Dios. Me diagnosticaron el cáncer y ahora, con la disponibilidad del internet, yo pongo "cáncer de pulmón," comienzo a leer y vengo al médico con la cabeza enorme, llena de información, y tengo una semana que no he abierto la Biblia para encontrar refugio en Su Palabra, en vez de estos reportes médicos que, total, si no soy médico no lo entiendo; lo único que hacen es preocuparme.

Desperdicias tu cáncer si el cáncer te lleva a la soledad y no a la profundidad de la vida. Cuando yo me deprimí, ¿sabes exactamente lo que yo hice? No quería salir, no, yo estaba en la soledad. Cuando en realidad, bueno, en ese momento no era creyente, pero a lo mejor me hubiese ocurrido como creyente y pasa la misma cosa. Eso no cambia la realidad de lo que estoy diciendo.

Es que Piper está tratando de ayudarnos a enfocar que estas experiencias, en vez de llevarnos o empujarnos a la soledad, debieran llevarnos a entender más profundamente lo que es la vida, su propósito, la razón por la que Dios ha permitido estas cosas.

Desperdicias tu cáncer si te entristeces como aquellos que no tienen esperanza. Nosotros tenemos un mandato en la Palabra de Dios: no os entristezcáis como aquellos que no tienen esperanza. Cuando el hijo de Dios se entristece igual que el mundo, él está dando evidencia de que la obra del Espíritu Santo en su vida vale dos centavos. Él tiene las emociones tan frágiles, tan lábiles, como las tiene el inconverso pagano e impío que no conoce a Dios. No podemos seguir negando el poder de la resurrección que decimos tener. La iglesia tiene que parar esa predicación, esa práctica.

Desperdicias tu cáncer si no lo usas como una manera de testificar para la gloria de Dios. Ese es el propósito de mi vida. Yo fui creado para la única razón y propósito que tú y yo fuimos creados de acuerdo a Efesios uno: es para la alabanza de su gloria y la alabanza de su gracia. Cuando yo vivo de esa manera encuentro esa satisfacción; cuando yo vivo de otra manera encuentro insatisfacción. Tú y yo tenemos que vivir reflejando la gloria de Dios en cada momento.

Y el proceso que Dios ha diseñado para reflejar esa gloria se llama santificación. Déjame explicarlo una vez más cómo esto ocurre. El primer día que yo recibí al Señor, que fui regenerado, comenzó la primera parte de mi santificación, lo que llamamos santificación posicional. Dios me sacó de una posición en el mundo de los muertos, me trajo a otra posición en el mundo de los vivos. Eso fue un solo evento en un solo día, y en ese evento yo no tengo participación. Perdón, yo fui elegido desde la fundación del mundo y ese día Dios me regeneró por su gracia y por su soberanía.

La otra parte de la santificación es un proceso que dura toda la vida, y en ese proceso yo tengo toda participación junto con el Espíritu de Dios. No hay duda de que yo tengo una parte enorme que ver con este proceso de santificación. Él me da su gracia y luego yo voy y obro conforme a lo que Él me enseña; Él me enseña lo que yo tengo que hacer y yo voy y lo hago. Cuando Dios dice "sé santo porque yo soy santo", Dios entiende que yo tengo en mí todo lo requerido, como dice el apóstol Pedro en una de sus cartas, para mi vida de santificación y para sentirme victorioso en Cristo. En ese proceso yo tengo una enorme responsabilidad; en el evento, ninguna; en el proceso, enorme responsabilidad.

Yo no puedo medir mi santificación por el gozo inicial que tenemos, que sentimos, que experimentamos cuando la Palabra de Dios es predicada por primera vez, y luego viene la fricción y se me va el gozo. Eso simula o evidencia la verdad de la parábola del sembrador, que tiró la semilla y una semilla cayó en un terreno muy superficial, y como la semilla no tenía profundidad, vinieron las aguas y se la llevaron. Y Cristo dice: eso representa a aquellos que recibieron la Palabra de Dios con mucho gozo y cuando vino la fricción se volvieron nada. La santificación no es de esa manera, es mucho más profundo que eso.

La santificación tampoco puede ser medida por mi fidelidad, mi puntualidad a los servicios que la iglesia tenga o a los ministerios. Yo puedo hacer todo eso como los fariseos lo hicieron y no tener ninguna evidencia de santificación. La evidencia de mi santificación es el deseo que está presente en mí de estar en estos lugares, no porque es una labor que tengo que cumplir, sino porque es un deseo que tengo que satisfacer.

Déjame decirte cómo tú lo encuentras en la Palabra de Dios. Una vez más, la santificación es mejor exhibida por el deseo que yo tengo de conformarme a su ley. La persona que mira la ley de Dios, mira los mandatos de Dios, las ordenanzas de Dios, y dice: "Bueno, es que es muy difícil, que tú creas que eso es fácil, es que eso no es fácil", no, esa persona está dando evidencia de falta de santificación. No solamente eso, está negando la verdad de Dios que dice: mis mandamientos, mis ordenanzas, mi ley, mis estatutos no son gravosos. Tú mientes cuando dices que son gravosos, tú mientes cuando dices que no es fácil, tú mientes cuando dices que es pesado. No es verdad. Tú no me puedes hacer mentiroso; antes sea todo hombre mentiroso, pero yo seré verdad, y yo te garantizo que mis mandamientos no son gravosos.

Pastor, ¿y qué es lo que lo hace gravoso entonces en mi vida? Por favor, para mí es gravoso. La rebelión de nosotros es lo que lo hace gravoso. Dios tratando de llevarme en una dirección y yo tratando de llevarme en la otra dirección.

Oye lo que el salmista escribe. David, Salmos 119, el versículo 97: "¡Oh, cuánto amo tu ley!" En algunos casos sería bueno que el creyente pudiera decir: "¡Oh, cuánto leo tu ley!" por lo menos. Pero a veces ni eso. David escribe en el Salmo 119: "¡Cuánto amo tu ley!" Y lo dice en el versículo 97, en el 113, en el 163. En el versículo 77 dice: "Tu ley es mi delicia". En el versículo 92 dice: "Si tu ley no hubiera sido mi delicia, hubiera perecido en la aflicción". Lo que David está diciendo es: cuando la aflicción llegó, cuando los malos tiempos llegaron, cuando fui sacudido, lo que me hizo sentir en paz, tranquilo, lleno de esa satisfacción, no fue la racionalización de mis hechos, fue el deleitarme en tu ley, en tu Palabra.

¡Oh Dios! No es tan difícil. ¿Cuándo fue la última vez que dijiste, que sentiste, que amabas la ley de Dios? El salmista no solamente dice que ama la ley de Dios, habla de que él se deleita en conocer esa ley y en hacer la voluntad de Dios. En otras palabras, la persona que se ha santificado como este salmista se ha santificado, él no obedece a Dios por el miedo a las consecuencias. Eso es infancia espiritual. Eso requiere leche infantil Similac, o una de las leches de ahora, no sé cuáles son. Eso es Similac infantil. No es por miedo a las consecuencias que la persona santificada obedece.

Escucha al salmista, por favor, una vez más. Salmo 40:8: "Me deleito en hacer tu voluntad, Dios mío; tu ley está dentro de mi corazón". Me deleito. No solamente quiero saberla, no solamente quiero que me la reveles. Dios, es que cuando me la revelas y la veo y me dices lo que tengo que hacer, me deleito haciendo lo que yo tengo que hacer. ¿Te das cuenta de la diferencia entre este salmista y nosotros? Él no necesita esa sanación, él no necesita el proceso de aceptación. Él va y pasó los otros tres.

Cuando Cristo quiso hablarles a sus discípulos si disfrutaran de ser amigos de Él o no, les dijo: "Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando". De manera que cuando yo no hago lo que yo sé que debo hacer, yo estoy dando evidencia que no soy un buen amigo de ese Cristo que murió por mí. Él lo dijo muy claramente: "Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando".

El proceso de santificación en el cual yo en ocasiones incurrí, en el cual yo en ocasiones pequé... Le decimos a las personas, ¿no?: "Lo que pasa es que no te preocupes, no te preocupes, que eso va a llegar; tú lo que necesitas es tiempo". Hasta que Dios me hizo ver, me paró en el camino, me hizo confrontar, me confrontó. Me dijo: "Un momento, mi hijo, hazme una pregunta. Cuando tú le dices a una persona que necesita tiempo para hacer lo que yo le estoy mandando a hacer, ¿no está en desobediencia? ¿Cómo se llama cuando alguien no hace lo que yo quiero que haga?" Desobediencia, Señor. "Ok, entonces si él está en desobediencia, ¿por qué lo estimulas a desobedecerme? ¿Por qué aplaudes su desobediencia? ¿Por qué le dices que sí, que es un proceso normal?" No, puede ser normal para ustedes, pero es pecado ante mí. El que no obedece hoy está en desobediencia. Tan pronto sepa que se arrepienta, que pida perdón, él estará santificado y más sano más rápido de lo que tú y yo te imaginamos.

Padre, perdóname. Padre, perdóname. Perdóname por haber comprado algo tan diabólico como esa idea, que podemos aplaudir al otro en su desobediencia, como si Tú estuvieras siempre dispuesto a esperar hasta que nosotros queramos actuar. Perdóname, Dios.

Santificación va a quitar el pecado. No, mejor dicho, va a quitar el deseo de yo pecar. Cuando yo llego a santificarme hasta el punto que odio mi pecado, no voy a repetirlo. El odio por mi pecado es el impedimento para volver a hacerlo. En la medida en que me santifico, eso produce el mayor deseo de santificarme más.

A mí no me cabe la menor duda de que nosotros necesitamos más que cualquier otra cosa santificación, mucho más que sanación. Que nosotros necesitamos su poder más que el paso del tiempo. Que necesitamos aceptación más que autojustificación. Que necesitamos perdonar más que sentirnos heridos. Y que nosotros necesitamos mirar hacia arriba más que mirar hacia atrás.

¿Cómo compramos esta estrategia del enemigo? Yo creo que Satanás, como lo ilustra muy bien C.S. Lewis en su libro "Screwtape Letters", no sé cómo se traduce al español... En ese libro él muestra a Satanás con demonios novatos que vienen y le traen ideas y planes. Y obviamente, como él es más sabio, frecuentemente él critica sus ideas y sus planes. Y yo no sé qué idea le trajeron sus demonios novatos si pudiéramos destruirlo o hacer que... de cómo desviar la iglesia en lo que es la santificación. Pero probablemente ocurrió a la mente de él: "No, no, no, no, en vez de santificación le damos sanación. Los procesos se parecen, hasta riman. En español, en el idioma de ellos, hasta riman, son dos palabras. Y los dos van a necesitar consejería, no te preocupes. Incluso uno en el otro, en la sanación se va a hablar un lingo evangélico, un lingo bíblico, pero no va a ser su Palabra". ¿Entendieron, demonitos? La clave es desviación de la Palabra: que suene como, pero que no sea; que se parezca, pero que no tenga la sustancia; que tenga el lingo, pero no el poder. Porque de esa manera cualquier humano idiota como nosotros...

Como son los ídolos, los puede comprar. ¿Te das cuenta de cómo nos hemos desviado? ¿Te das cuenta de los pecados de la iglesia? Esos son los próximos sermones, los títulos del próximo sermón: los pecados de la iglesia. Es esa iglesia la que nosotros necesitamos, no sanar, santificar. Es esa iglesia la que tiene que arrepentirse.

¿Te acuerdas cómo Dios le dice al pueblo de Israel en el Antiguo Testamento? "Si mi pueblo, si mi iglesia, sobre la cual es invocado mi nombre, busca mi rostro, ora y se humilla..." No, escucha, escucha el orden: "...y se devolvieran de sus malos caminos." Arrepentimiento es la definición de arrepentimiento. "Yo oiré desde los cielos y oiré a la consecuencia, yo sanaría la tierra." La sanación es la evidencia del arrepentimiento: "Y se vuelven de sus malos caminos, les escucho desde los cielos, y entonces yo sanaré la tierra."

Cambiemos para cerrar y personifiquemos ese versículo: "Si José, sobre el cual es invocado mi nombre, me buscara, buscara mi rostro, orara, se devolviera de sus malos caminos, se arrepiente, yo oiré a José y sanaría a José."

La prescripción de Dios nunca fue sanación, porque la sanación iba a ser un fruto de la santificación. Necesitamos no sanar las emociones, sino sanar el espíritu.

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.