Integridad y Sabiduria
Sermones

La iglesia de los unos y los otros

Miguel Núñez 3 agosto, 2008

Cuando Jesús dijo a sus discípulos "un mandamiento nuevo os doy: que os améis los unos a los otros", ellos pudieron haberse sorprendido, pues amar al prójimo ya existía en Levítico. ¿Qué tenía de nuevo este mandamiento? La novedad estaba en la medida del amor: "como yo os he amado". Cristo los amó hasta el fin, sin amarlos menos cuando dudaron ni más cuando obedecieron. Amó igual a Pedro cuando lo negó tres veces que cuando caminaba fielmente. Ese amor incondicional e inmutable era completamente nuevo para ellos, y solo sería posible tras el nuevo nacimiento y la llenura del Espíritu Santo, cuyo primer fruto es precisamente el amor.

Este amor demanda reciprocidad radical. Así como Cristo nos aceptó siendo sus enemigos —con corazones endurecidos, mentes en tinieblas y voluntades esclavizadas—, debemos aceptarnos unos a otros. El pastor Núñez lo ilustra con situaciones cotidianas: ver hermanos bajo la lluvia sin carro y "hacerse el chivo", o prestar dinero solo esperando devolución. Cristo advirtió que amar a quien nos ama no tiene mérito alguno; los pecadores hacen lo mismo. La evidencia del nuevo nacimiento está en amar al enemigo, bendecir al que nos ofende, ser bondadosos con los ingratos.

Este mandamiento también exige servicio sin selectividad. En el aposento alto, Jesús lavó los pies de todos, incluyendo a Judas. El verdadero siervo no sirve bien en la iglesia y mal en casa; no distingue entre ricos y pobres. Como escribió Ruth Harris Calvin: es fácil servir con fervor frente a todos, pero ¿estaríamos dispuestos a lavar los pies de una anciana arrugada, día tras día, donde nadie nos ve? La disposición del creyente debería ser simplemente: "Dime qué hacer".

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Juan 13:34-35. Así dice el Señor: "Un mandamiento nuevo os doy, que os améis los unos a los otros; que como yo os he amado, así también os améis los unos a los otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os tenéis amor los unos a los otros."

Bueno, estas palabras fueron pronunciadas por nuestro Señor Jesucristo antes de su crucifixión, estando en el aposento alto con sus discípulos. Y en cierta manera, quizás cuando los discípulos oyeron, se quedaron un poco chocados, porque oyeron que esto era un mandamiento nuevo, cuando en cierta medida no lo era y en otra forma sí lo era.

No lo era, porque en Levítico ya, en el Pentateuco, al principio de la revelación de Dios, capítulo 19, versículo 18, ya Dios le había mandado a amar al prójimo. Nosotros sabemos también que aun dentro de lo que era la comunidad judía, el amor por el otro, por lo menos por el judío, era un valor preciado. Los esenios, que eran parte de la comunidad judía y que se retiraron a las cuevas de Qumrán alrededor del mar Muerto, ellos tenían, y hay evidencia de eso en sus documentos, el amor por el hermano como un gran valor, como algo especial. La literatura judía que precedió a la encarnación de Cristo, por lo menos que precedió a los evangelios, también considera el amor por el hermano como algo especial.

Y la pregunta entonces es: ¿de qué manera Cristo aquí hizo traer a colación o traer un nuevo mandamiento? ¿Cuál es la novedad de amarse los unos a los otros? ¿Qué hay de nuevo en esta ordenanza? ¿Y qué sea la que viéramos? Yo quisiera que viéramos en primer lugar precisamente eso: la novedad de este mandamiento. ¿En qué consiste?

Y lo primero que quiero mencionar es que parte de lo que Cristo estaba tratando de comunicar aquí es que ellos tenían que amarse de la forma, de la manera como Cristo les había amado, y eso era nuevo. Y nosotros sabemos que la manera como Cristo les amó fue algo que ellos todavía no habían conocido, por lo menos en lo que era el plano humano.

En el mismo aposento alto, un poco más adelante, después que Cristo pronuncia estas palabras, y ahora registradas en Juan 15, versículo 12, oímos lo siguiente: "Este es mi mandamiento," ese mandamiento nuevo, "este es mi mandamiento, que os améis los unos a los otros, así como yo os he amado." Eso es nuevo, y eso era nuevo de varias maneras. No solamente en la orden y el comando, era nuevo en la habilidad de poder hacer eso.

Nosotros sabemos que al principio de ese discurso del capítulo 13, en el versículo 1, Juan nos dejó registrado que Cristo amó a sus discípulos hasta el fin. Eso implica que Cristo no dejó de amarlos a mitad del camino, que Él no los amó menos cuando le desobedecieron y no los amó más cuando obedecieron.

Yo no sé cuánto ustedes entienden el amor de Dios de esa manera, pero si usted entiende el amor de Dios de esa manera, usted no sabe todavía lo que es el amor ágape de Dios. El amor de Dios es incondicional. Dios no cambia, Él es inmutable. Puede ser que Él derrame menos bendiciones en los momentos de infidelidad y más bendiciones en los momentos de fidelidad, pero eso no tiene nada que ver con el grado de amor que Él experimenta por nosotros.

La Palabra de Dios nos dice incluso que nos amó con amor eterno. Dios no amó a Tomás menos cuando él dudó. Cristo no amó a Tomás menos cuando él dudó si Jesús había resucitado o no. Cristo no amó a Pedro menos en el momento en que Pedro le niega tres veces. Lo amó hasta el fin de la misma manera. Y eso era nuevo para ellos, ese concepto. Eso es parte de la novedad.

Número dos: yo quiero que veamos que ciertamente este amor, este nuevo mandamiento, tiene todo que ver con mi nuevo nacimiento, y eso también es nuevo. Primera de Juan 4:7-8: "Amados, amémonos unos a otros, porque el amor es de Dios." Escucha: "Y todo el que ama es nacido de Dios," ese es el nuevo nacimiento, "y conoce a Dios. El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor."

Y ahora en Primera de Juan 3:14: "Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida," que hemos pasado del mundo de la oscuridad al mundo de la luz, que hemos pasado de la esclavitud a libertad, que hemos pasado de ser incrédulos a creyentes, de la muerte a la vida. Ese es el nuevo nacimiento. ¿Cómo sabemos eso? Porque amamos a los hermanos. El que no ama permanece en muerte. El que no ama no ha nacido de nuevo. El que no ama verdaderamente de esta forma, como Cristo habló, pues obviamente aún no ha nacido de nuevo, o por lo menos no se está comportando como un nacido de nuevo.

Y si hay algo que nosotros sabemos es que la única forma, o la única razón por la que nosotros podemos amar, es porque Dios nos amó primero. Y después de nosotros nacer de nuevo, todavía queda un trabajo del Espíritu Santo que tiene que realizarse en nosotros para nosotros poder tener la capacidad de amar de esa forma. De hecho, sabemos que una de las características del fruto del Espíritu es el amor; es la primera característica.

Cuando yo tengo dificultad en amar a un hermano, mi problema no es tanto de amor sino de llenura de su Espíritu. Eso explica por qué en ocasiones, en tiempos, yo puedo amar mejor que en otras ocasiones. Mientras más lleno estoy, mejor puedo amar. Mientras menos llenura tengo, menos puedo amar. En la forma, en la manera, en el tiempo en que el Espíritu de Dios me vacía para llenarme de Él, de una manera natural, sin tener yo que trabajarlo, el amor por el hermano comienza a surgir.

"Pastor, pero es que usted no sabe lo difícil que es amar a fulano o a fulana." Eso no tiene nada que ver con llenura. "Pastor, porque usted no sabe lo que es... mire lo que me han hecho, me han deshecho." ¿Qué tiene eso que ver con ágape? El amor ágape es incondicional y depende del trabajo del Espíritu y de la llenura del Espíritu.

Y en este momento en que Cristo le estaba hablando, ciertamente esto era un nuevo mandamiento, porque el Espíritu Santo no había sido dado a la iglesia de la manera en que posteriormente le fue dado y, por tanto, había una inhabilidad en cierta manera de poder amar de esa forma. Este nuevo mandamiento estaba bajo el nuevo pacto de la gracia, y ciertamente en Jeremías nos dice que Dios iba a escribir su ley en nuestros corazones, lo cual no había ocurrido bajo el pacto anterior. De manera que este mandamiento es parte de este nuevo pacto, debido a, o como consecuencia de, un nuevo nacimiento producido por el Espíritu de Dios.

Lo que tú y yo necesitamos no es tratar de hacer ejercicios de cómo amar al otro. Tú y yo necesitamos hacer ejercicios de vaciarnos para que nos llene, y de esta manera, de forma natural, comenzaremos a amar al hermano sin tener que forzarnos tanto. Lamentablemente, la mayoría de nosotros ponemos la carreta adelante y el caballo atrás. Hacemos el esfuerzo de amar, y esos ejercicios nunca resultan en un verdadero amor que pueda perdurar. El amor que perdura es el amor que resulta secundario a la llenura de su Espíritu.

Yo quiero que veamos entonces no solamente en qué consistía esta novedad del amor y que dependía del nuevo nacimiento, sino que en tercer lugar veamos lo extremo y lo radical de este amor. Cristo les sigue hablando, les sigue expandiendo esa misma noche un poco más adelante, y registrado por Juan en el capítulo 15, les sigue hablando un poco más acerca de cómo es que este amor está supuesto a lucir.

Y en los versículos 13 y 14 de ese capítulo 15 les dice: "Nadie tiene un amor mayor que este, que uno dé su vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando." Cristo, poco a poco, como el que pela una cebolla, capa por capa va deshaciendo, o mejor dicho, exponiendo ante sus ojos lo extremo, lo radical que este amor está supuesto a lucir. Y les dice: "Mira, nadie tiene mayor amor que este, que dé su vida por sus amigos." Algo que Él va a hacer en pocas horas. Y luego les dice: "Vosotros mostráis, o sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando."

La evidencia de que somos sus amigos es la habilidad, la capacidad que tenemos de mostrar obediencia a lo que Él me está mandando. La pregunta es: ¿qué es lo que me está ordenando? Porque si yo sé qué me está ordenando y lo puedo hacer, eso es evidencia de que soy su amigo. O quizás la evidencia falta, o quizás hay que poner en tela de juicio mi amistad con Él.

Pero dos versículos más adelante, en Juan 15:17, dice: "Esto os mando." Ahora Él nos va a decir claramente qué es lo que nos está mandando: "Esto os mando, que os améis los unos a los otros." Cuando yo tengo incapacidad de hacer eso, entra en tela de juicio mi amistad con Él. Él dijo: "En esto sabréis que sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. Yo os mando que améis los unos a los otros."

Ahora tenemos una mejor idea de qué consiste este nuevo mandamiento. Y ya no me pondré con todo lo que hemos dicho hasta ahora; déjame resumírtelo en mis propias palabras. El nuevo mandamiento es esto: que se amaran unos a otros de manera incondicional, capacitados por su Espíritu, independientemente de la circunstancia, y que fuera un amor tal que los fallos de uno no hicieran variar el amor del otro, y que ese amor fuera tan sacrificial que ellos estuvieran dispuestos a dar sus vidas por las ovejas del Señor.

Si aún tienen dudas de que ciertamente el nuevo amor, el nuevo mandamiento, llegaba hasta la habilidad, la disposición de dar tu vida por tus hermanos, por las ovejas del Señor, déjame leértelo ahora de Primera de Juan 3:16. Quizás sea un versículo fácil de recordar, porque el Evangelio de Juan 3:16 es un versículo que todo el mundo conoce: "De tal manera amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito." Ahora el mismo autor, escribiendo años después, cuando ya estaba al final de su vida, en los años noventa, él escribe lo siguiente en Primera de Juan 3:16, su primera carta: "En esto conocemos el amor, en que Él puso su vida por nosotros."

Escúchame ahora, también nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos. Nota que este texto, cuando dice "nosotros", no dice los ancianos ni los pastores, ni siquiera los apóstoles. Nosotros todos debemos poner nuestras vidas a disposición de los hermanos. Es tu responsabilidad y la mía. Esa responsabilidad no es más alta para mí que para ti, porque el texto no me lo dice.

De hecho, la mayoría de los mandatos del Nuevo Testamento no son para los líderes, y aquellos que son para los líderes no excluyen en la mayoría de los casos al resto de las ovejas. Por ejemplo, se supone que un anciano o pastor debe ser marido de una sola mujer. ¿Puede la oveja ser marido de dos mujeres? No. Se supone que el anciano debe ser hospitalario. ¿De manera que si usted no es hospitalario, Cristo no tiene ningún problema con eso? No, lo único que Cristo está diciendo es que los que llenen esos requisitos pudieran aspirar a la posición, pero el estándar sigue siendo el mismo para todos. Y aquí está claramente especificado que todos nosotros debemos tener la disposición de poner nuestras vidas al servicio de los demás.

Bueno, pastor, si nos están persiguiendo y estamos en un país comunista, que sé, ahí usted dispuesto a morir. No, pero no lleguemos ahí, porque esto es muy fácil pensar de esa manera. Como no estamos en un país comunista, eso es todavía hipotético. Pensemos en simplemente sacrificar mi vida, mi comodidad para servir al otro. Está sencillo como: salgo de la iglesia, está lloviendo, tengo carro, veo varios hermanos ahí bajo la lluvia o esperando que alguien venga ahí a buscarle, y le voy, y en buen dominicano me hago el chivo loco, que el chivo loquismo es muy común en nuestros días. Eso es una evidencia de que no estoy dispuesto a poner mi vida por los hermanos. Cristo no haría eso, y Cristo tampoco entiende que sus hijos debieran hacer eso de esa manera en contra de sus otros hijos.

Esta forma de amar era un sacrificio, pero para eso Dios me ha dado un nuevo nacimiento, un nuevo espíritu, una nueva capacidad, y para eso le está cultivando el fruto del Espíritu en nosotros. La primera característica, ya dijimos, del fruto del Espíritu es amor, de manera que yo sé que este fruto tiene que ser cultivado en mí.

Escucha lo que Juan dice en su primera carta, capítulo 5, versículo 1: "Todo aquel que cree que Jesús es el Cristo, es nacido de Dios." Ahí está la palabra "nacido de Dios". Pero escucha: "Y todo aquel que ama al Padre ama al que ha nacido de él." Todo aquel que ha experimentado el nuevo nacimiento también va a amar al Padre, y el que ama a ese Padre también va a amar al hermano, todo hermano que haya nacido de nuevo. Cuando eso no está presente, mi nuevo nacimiento está en tela de juicio. No estoy diciendo que está negado, porque muchas veces simplemente no nos estamos comportando como vivos y no como muertos, pero está en tela de juicio.

Ahora, en el día a día, ¿cómo más se supone que luce ese amor incondicional? ¿De qué otra manera se supone que yo tengo que comportarme hacia el hermano? ¿De qué otra forma yo he de entender que este mandato es nuevo? ¿De qué otra manera yo entiendo la novedad del mandamiento? Bueno, déjame seguirte expandiendo lo que la Palabra dice en el Nuevo Testamento con relación a esta forma de amar.

Yo quiero que veamos, entonces, como número cuatro, la reciprocidad del amor, del amor ágape. Romanos 15:7: "Por tanto, aceptaos los unos a los otros, como también..." Ahí está la reciprocidad. "Como también Cristo nos aceptó para la gloria de Dios." ¿Tú recuerdas cómo te aceptaron? ¿Tú recuerdas lo que eras antes de ser aceptado? Algunos de nosotros sabemos, otros no nos acordamos, otros creemos que no nos acordamos y otros no queremos acordarnos. Pero te lo vamos a recordar. Por favor, no me acuerdo. Sí, la Palabra. Tú eras enemigo de Dios. Tu corazón tenía un callo. Tu mente estaba entenebrrecida. Tu voluntad estaba esclavizada. Tú odiabas a Dios. No te sometías a la ley de Dios ni siquiera podías. Estabas sucio. Tenías celos, envidias, orgullo, maledicencia. Estabas lleno de prejuicios. Y de esta manera, cuando estabas en esa condición, no buscando de Dios, Dios fue, te alcanzó y te aceptó.

Y ahora el texto dice que debemos aceptarnos como Él nos aceptó a nosotros. No me acuerdo. Si tienes algún hermano con el que tú estás teniendo dificultad, hacia el cual tienes... Su vida está caracterizada en tu entendimiento por celos, envidias, resentimiento, orgullo, falta de perdón, todo eso. Cristo te dice: acéptalo. ¿Y por qué, Señor? Porque así yo te acepté. Y esto tiene una reciprocidad y esto es su mandamiento: aceptaos los unos a los otros, como también Cristo nos aceptó para la gloria de Dios.

Pastor, ¿y qué pasa cuando yo no lo acepto? ¿Tú sabes las consecuencias? ¿Y cuáles son? Amargura, resentimiento, nunca te sientes bien, no sabes por qué, estás fuera de diseño, estás fuera de patrón, estás fuera de ordenanza, nunca te sientes satisfecho, nunca estás contento, siempre experimentas las mismas cosas en otras ocasiones, porque hay un área que necesita ser sanada que no acaba de sanar.

Pastor, pero uno puede... Uno ama. Yo amo mucho a mis hijos, yo amo mucho a mi padre, yo amo mucho a mi esposo, yo amo mucho a mi esposa. Yo no puedo ser tan radical. Déjame decirte lo que la Palabra de Dios dice con relación a ese comentario de lo que hago ya es suficiente: "Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? Porque también los pecadores aman a los que les aman." Oye lo que Cristo está diciendo: este nuevo mandamiento tiene que ver con el nuevo nacimiento. Para amarte de esta forma tú tienes que haber nacido de nuevo. Cuando tú amas a quien te ama, eso no tiene que nacer de nuevo. Para eso los pecadores hacen lo mismo. Los impíos, los que no me conocen, ellos aman a sus padres, aman a sus hijos, aman a sus esposos y esposas. Eso no requiere nada de especial ni de sobrenatural. Ese mandamiento no es nuevo, es muy viejo.

Oye qué más sigue diciendo Cristo: "Si hacéis bien a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? Porque también los pecadores hacen lo mismo." Cuando tenemos esta relación donde tú me haces bien y yo te hago bien, tú me bendices y yo te bendigo, tú oras por mí y yo oro por ti, tú me llamas y yo te llamo, Cristo dice: ¿ahí? Aquí al lado tuyo hay otra familia, hacen lo mismo, y ellos son musulmanes, ateos, testigos de Jehová, budistas, Nueva Era, cualquier otra cosa. Ya hacen lo mismo que tú. ¿Dónde está la evidencia del nuevo nacimiento? Esto es lo que Cristo está diciendo. Ahí no hay ningún mérito.

Escucha ahora, lo vamos a poner un poquito más cerca: "Si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué mérito tenéis? Los pecadores prestan a los pecadores para recibir de ellos la misma cantidad." ¡Ops! Hermano, me va a prestar diez mil pesos. Sí, sí, cómo no, hermano. Fulano, mira, yo le presté a ese diez mil pesos. Alabado sea Dios, me lo va a pagar. Pero si me lo paga en dos semanas yo lo voy a tildar, me lo voy a tildar. Porque Cristo dice: ¿qué mérito tenéis? Los pecadores, los pecadores, dice Cristo, hacen lo mismo, que yo presto y espero que me lo van a devolver. No estamos diciendo que el que toma prestado no debe devolver. Lo que estamos diciendo es que al prestar tú debes quedarte en una disposición de espíritu que si te lo pagaron bien, y si no te lo pagaron también.

Ahora, no me vayas a mal entender al oír eso y decir: bueno, pues mejor no prestarle a nadie. Esa no es la idea. La idea es que el nuevo nacimiento se supone que como parte del paquete viene con expectativas muy superiores a lo que el ordinario, el ciudadano ordinario llena, vive y lleva a cabo. Que el nuevo nacimiento es sobrenatural y que él tiene que vivir una vida sobrenatural. Que él tiene que amar sobrenaturalmente. Él tiene que perdonar sobrenaturalmente. Él tiene que prestar sobrenaturalmente. Porque en nada de eso hay ningún mérito.

"Antes bien, amad a vuestros enemigos." ¿Tú tienes alguien en tu mente a quien tú consideras enemigo, o por lo menos en una disposición contraria hacia tu persona? Bueno, ámalo. Ese es el mandamiento. "Antes bien, amad a vuestros enemigos y haced bien y prestad no esperando nada a cambio." Pastor, mira, yo no le veo ningún negocio a esta vida cristiana. Bueno, mira el negocio: que no tuviera que tener ninguna recompensa, ya suficiente tenemos. Pero escúchame: "Y vuestra recompensa será grande y seréis hijos del Altísimo."

Mira el patrón: ¿por qué? Él es bondadoso para con los ingratos y perversos. ¿Tú tienes alguna persona ingrata en tu vida? ¿Tú conoces alguna persona perversa en tu vida? Dios dice: sé misericordioso, sé bondadoso. Una vez más, Él es bondadoso con los ingratos y perversos. Escúchame: "Sed misericordiosos así como vuestro Padre es misericordioso." Ahí está la reciprocidad.

¿Cómo el mundo va a saber que los hijos de Dios son diferentes si se comportan como los hijos del mundo? Si la obra del Espíritu Santo en nosotros no nos va a capacitar para hacer más allá de lo que la carne natural puede hacer, ¿dónde está la evidencia de que Dios es sobrenatural y hace cosas sobrenaturales en nosotros? Si Cristo está formando la imagen de Él en nosotros y nosotros no somos capaces de comenzar por lo menos a hacer aquellas cosas que Él hizo, ¿dónde está la evidencia de que esa imagen se está formando? Si yo rehúso doblegar mi voluntad para que Él continúe moldeándome, ¿dónde está la evidencia de que soy su amigo? "Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que os mando." Yo os mando: amaos los unos a los otros como yo os he amado.

Mateo 5:44, Sermón del Monte: "Amad a vuestros enemigos." Eso es nuevo. El judío consideraba un valor amar al judío, no al gentil, no al esclavo, mucho menos al enemigo. Y eso es algo que tú y yo necesitamos aprender. No sé si les conté en una ocasión cómo un general le preguntó al presidente Lincoln, cuando él era también general en su momento, que cómo él trataba con sus enemigos. Él dice: yo los hago mis amigos. El otro dice: yo destruyo al enemigo.

Lincoln le dice: "Cuando yo hago al enemigo mi amigo, no he destruido al enemigo". Así es la manera sobrenatural de pensar. Eso es una mente bíblica, eso es otra cosmovisión, eso es otra forma de ver las cosas.

Yo quiero que notemos la ausencia de juicio en este tipo de amor. Tan pronto Lucas nos habla de esto, que acaba de hablar de amar a los enemigos y demás, el próximo verso, el versículo 37 y 38 de Lucas 6, dice: "No juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis y no seréis condenados, perdonad y seréis perdonados, dad y se os dará; medida buena, apretada, remecida y rebosante, vaciarán en vuestro regazo, porque con la medida con que midáis se os volverá a medir".

Déjenme hacer una aclaración aquí. Cuando la Palabra dice "no juzguéis para que no seáis juzgados" y que con la vara que tú mides serás medido, no está diciendo que cuando yo juzgo injustamente Dios me va a juzgar injustamente. Dios no puede juzgar injustamente. Lo que Dios está diciendo es que cuando yo juzgo injustamente a los hombres, eventualmente Él va a permitir que los hombres me juzguen a mí injustamente, para que yo aprenda el dolor de juzgar al otro injustamente, lo que cuesta, lo que duele el rechazo y el juicio que es depositado sobre mí. A eso es que se refiere de que con la vara que mido yo seré medido. Y ese amor de esta forma tiene una ausencia de juicio.

Ahora, eso no quiere decir, en esta ausencia de juicio, que no podemos o no debemos amonestar, que no debemos reprender, que no debemos disciplinar. Nada de eso es parte del "no juzguéis". Cuando la Palabra de Dios nos prohíbe juzgarnos, está prohibiendo, número uno, juzgar conforme a nuestros propios criterios, a lo que yo creo, a lo que yo pienso, a mis preferencias, a mi trasfondo cultural. Nada de eso cuenta para fines de contabilidad de lo que es un buen pensamiento o un buen juicio.

La Palabra también me prohíbe, cuando me dice "no juzguéis", que yo tenga en espíritu actitudes legalistas, actitudes condenatorias. Me prohíbe que yo tenga falta de perdón, resentimiento, amargura hacia el otro hermano. Eso es prohibido, eso es parte de cómo yo emito juicio hacia el otro. Y algo más: la Palabra me impide, o me prohíbe, el que yo me crea superior a aquel que ha cometido una falta, a aquel que ha caído, y que yo piense que yo nunca sería capaz de hacer algo igual, Dios sabiendo que yo puedo hacer eso y más.

Dios sabe que un corazón conforme al corazón de Dios es capaz de cometer adulterio, emborrachar al esposo dos veces y luego mandarlo a matar. Dios sabe que ese corazón que una vez era conforme al corazón de Dios es capaz de hacer eso. Cuando yo no lo creo así, es cuando yo tengo actitudes condenatorias en mi corazón, y eso sí está prohibido.

Lo que no está prohibido al decirnos "no juzguéis" es que yo pueda amonestar. Escucha lo que dice Romanos 15:14: "En cuanto a vosotros, hermanos míos, yo mismo estoy convencido de que vosotros estáis llenos de bondad", y en esa abundancia de bondad, escucha, "llenos de todo conocimiento y capaces también de amonestaros los unos a los otros". Parte de mi amor requiere, demanda, que yo te pueda amonestar, disciplinar, corregir, llamar la atención. Porque cuando estoy lleno de bondad y lleno de conocimiento de la Palabra, la abundancia del conocimiento junto con la bondad interactúan de tal forma que me permiten en mansedumbre ir y amonestarte en nombre de Dios. Eso es parte de lo que significa amar al otro, y esa disciplina es Dios quien la impone.

Yo creo que Dios quiere que nosotros sepamos, para que no tengamos ese tipo de actitudes enjuiciantes a las que nos estamos refiriendo, que nosotros estemos conscientes todo el tiempo de lo que somos capaces de hacer. A veces nos falla una persona una vez o dos, inmediatamente comenzamos a tener problemas. Hermano, ¿cuántos cientos de veces tú le has fallado al Señor y su amor no ha cambiado? Muchas veces tú le has fallado al Señor y su amor ha permanecido incondicional. Es el orgullo en nosotros que se comporta de esa manera, es el amor condicional en nosotros que se comporta de esa manera. Eso los incrédulos lo pueden hacer igual. Pero el nuevo nacimiento es lo que me permite hacerlo diferente, y el Señor del nuevo nacimiento es el que demanda que yo lo haga diferente para que yo pueda reflejar su gloria.

No sé si recuerdan cómo fue que leí más ahorita, que Cristo nos aceptó: "Aceptaos los unos a los otros como Cristo nos aceptó, para la gloria de Dios". Una de las razones por las que se nos está pidiendo que amemos así es precisamente para que nuestro Dios sea glorificado. La gloria de Dios tiene que ver con la expresión, la exposición, la reflexión de su imagen. Y cuando nosotros podemos perdonar de esa manera, lo que está siendo reflejado en nosotros es la bondad, la misericordia de Dios y la gracia de Dios que Él ha puesto en nosotros. Para la gloria de Dios yo necesito vivir así, caminar de esa manera.

El amor incondicional es un amor motivador también. El amor a la vez es un amor que motiva a los otros. Primera de Tesalonicenses 5:11 en consecuencia: "Alentaos los unos a los otros y edificaos el uno al otro". Tenemos que alentarnos. El apóstol Pablo le está escribiendo a los tesalonicenses, les está hablando del día del Señor, el día del juicio, y él está diciendo que en este día del juicio la iglesia no va a pasar por ahí, que la iglesia no va a ser sometida a la ira de Dios, porque esa iglesia es una iglesia salva. Y les está alentando, les está tratando de edificarlos, y nos está diciendo a nosotros de manera general, pero quería que entendieran el contexto, que parte de nuestra responsabilidad es el alentar el uno al otro y el edificarnos el uno al otro.

Pero ahora escúchame: en el griego en que esto fue escrito, eso está en el tiempo y en una forma imperativa. No es una opción. Dios no está diciendo: "Quiero darte una nueva alternativa, alentaos los unos a los otros". Él está diciendo: "Yo les estoy ordenando imperativamente que se alienten los unos a los otros y que se edifiquen los unos a los otros, que se animen, que se motiven". Y eso está entonces en un presente continuo, nos dicen los expertos en lingüística. Ese presente continuo implica que es algo que yo hago ahora y continúo haciendo. Por tanto yo necesito, necesitamos nosotros, alentarnos y edificarnos continuamente. Eso es algo que debe pasar a ser rutina, hábito, parte de mi estilo de vida, la manera como vivimos, la manera como somos reconocidos en el mundo.

De hecho, recuerden el sermón anterior, Romanos 15:1, donde hablamos de que los más fuertes tenían que sobrellevar las debilidades o las flaquezas de los más débiles. ¿Se acuerdan? Esa es parte de nuestra responsabilidad. Noten que en todos esos versículos del sermón anterior y de este hay una ausencia de la palabra pastores, ancianos, diáconos, apóstoles, profetas. Lo que sí está presente es "los unos a los otros". Los unos a los otros, todos nosotros. Esa es tu responsabilidad y es la mía. Y eso nosotros tenemos que recordarlo, porque nosotros somos una iglesia y como iglesia tenemos la misma responsabilidad de llevar a cabo aquellas cosas que Dios nos pide a todos.

Y nosotros, increíble, no sabemos hacer lo que el ejército norteamericano ha sabido hacer por años. La política o la filosofía del ejército norteamericano es "no soldier left behind": ningún soldado puede ser dejado atrás, y mucho menos si está herido. Esto es una batalla en la que todos estamos involucrados. Y si nos emboscaron, y nos emboscaron a cinco, y hay tres que tienen la oportunidad quizás de salir de la emboscada y dejar a los otros dos detrás, les está prohibido. Y pueden llegar a la corte marcial si hacen eso. O nos morimos todos tratando de salvarnos a todos, o no podemos irnos. Y mucho menos si está herido. Bueno, porque si está herido va a detenernos el avance, va a detenernos la velocidad con la que podemos quizás o avanzar o retroceder. No importa. Ningún soldado puede ser dejado atrás, y mucho menos si está herido. Y eso que el ejército ha hecho en la enorme mayoría de los casos, el pueblo de Dios no ha sabido hacer.

Nosotros tenemos un ejército que se llama el ejército de Dios. En ese ejército estamos involucrados en una guerra espiritual que no se libra de la manera como hemos oído tantas veces en la televisión o en la radio, pero que tiene una lucha que es real, donde hay bajas, donde hay heridos. Y nosotros tenemos que luchar de esa misma manera, sabiendo que los heridos no se pueden dejar atrás, que los débiles no podemos olvidarnos de ellos, que tenemos que regresar en ocasiones, levantar al que ha caído, caminar con ellos y quedarnos ahí a veces con ellos, sufriendo las consecuencias necesarias en ocasiones, hasta que aquellos tengan la capacidad de volver a correr una vez más.

En eso es glorificado mi Padre. En eso el mundo sabrá que peleamos una guerra de manera diferente. Tenemos un enemigo que es enorme, que es sumamente poderoso, que es capaz de desanimarnos, de desalentarnos, de dividirnos y de destruirnos. Y a menos que tú y yo sepamos pelear la guerra correctamente, vamos a ser destruidos por el enemigo.

Una de las cosas que es esencial en los combates es que los soldados puedan oír en medio de las explosiones y de los tiros de balas y demás, que los soldados puedan oír claramente la voz, la orden del comandante de la operación. Y de esa misma forma el discípulo de Cristo necesita distinguir con claridad qué es la voz de Dios, cuál es la voz de Dios, cuál es la voz de su carne y cuál es la voz del enemigo. Y a veces no estamos muy seguros de si es la voz de Dios o no, pero yo creo que con frecuencia podemos estar seguros de si es o no es, porque hay maneras en las que Dios no habla. Y muchas veces, en consejerías, múltiples veces, me ha tocado decirle a alguien después que él pensó, porque yo pienso y he estado pensando y es una cosa: esa no es la voz de Dios.

Hoy, porque si yo oigo "decirme tú no estuve dentro de mi cabeza", pero ¿por qué? Porque Dios no habla así. Tú acabas de compararte con fulano, y Dios no compara a sus hijos. No importa qué tan buenos o qué tan inferiores sean, no compara a sus hijos. Eso crea celos y envidia y orgullo, y Dios no habla de esa manera. ¿Y por qué? Mira, porque es una forma orgullosa de expresarte, y Dios no habla así. "Que fulano te dijo..." Bueno, quizá fulano te lo dijo, pero Dios no te lo mandó a decir con fulano, porque eso que fulano te dijo crea pecado en ti. De hecho, tú estás diciendo lo que él ha hecho en ti, y Dios no habla de esa manera.

Ahora, cuando la voz es como "perdona", "acepta", "sé misericordioso", "ten paciencia", eso suena como Dios. "Pásalo por alto, si es verdad, pero yo te puedo dar la gracia para seguir adelante, para sanar esa herida." Eso suena como Dios. Y eso es importante en medio de la batalla, porque continuamente el enemigo quiere confundir mi forma de pensar. Si él confunde mi mente, estoy derrotado. Si él no me permite pensar con claridad, estoy derrotado una y otra vez. Si hay algo que nosotros sabemos, es que en esos procesos la habilidad de pensar claramente es distorsionada.

Esto es territorio enemigo ocupado. Estamos en territorio ocupado por el enemigo, y nosotros estamos invadiéndolo de la manera en que los judíos estaban invadiendo la tierra prometida. Y dondequiera que tú haces una invasión, el enemigo no va a estar contento. Y el terreno ha sido minado; en la medida en que queremos avanzar, nosotros vamos a pisar terreno a veces donde va a haber una explosión, había una mina ahí. Esos son los fallos, los fracasos, los tropiezos, las caídas, las tentaciones. Es un terreno minado de tentaciones con el propósito de detener tu avance y el avance de la iglesia.

Y si nosotros no nos unimos los unos con los otros en el poder de Dios y somos misericordiosos, nos vamos a encontrar frecuentemente con lo que llaman en inglés, y lo he mencionado otra vez, "friendly fire", que es fuego, disparos de tus propias filas, de tus propios soldados accidentalmente. Por eso lo llaman fuego amistoso, "friendly fire": que no sabía que tú eras de los míos y te disparé. Y si no somos cuidadosos, vamos a terminar con frecuencia disparándole a nuestros propios soldados, con lo cual debilitamos aún más el ejército de Dios.

Nuestro enemigo tiene un arsenal enorme, conoce nuestras debilidades. Él conoce cuál es el arma más efectiva para cada contrincante, él sabe cómo usarla. Y si tú y yo no somos cuidadosos, nos mordemos unos a otros y terminamos sangrando o desangrándonos en el campo de batalla, no por mordidas y heridas del enemigo, sino por heridas amigas.

"Alentaos los unos a los otros" fue el mandamiento por esa razón, porque muchas veces nosotros vamos a estar desanimados. Otras veces vamos a estar débiles, otras veces vamos a estar tristes, en ocasiones llorosos, en ocasiones desesperados, no sabiendo para dónde coger, en ocasiones con tan poca esperanza que pensamos "no vale la pena, ya yo hice eso, yo intenté, ya yo lo traté". Esa no es la voz de Dios. Nunca, nunca Dios ha hablado de esa manera a sus hijos: "No vale la pena, ya lo intentaste una vez, no lo vuelvas a hacer, ya olvídalo, no hay esperanza." Esa no es la voz de Dios. Y en la guerra yo tengo que aprender a discernir lo que es la voz de Dios y la voz del enemigo. Lo que el enemigo quisiera es que yo diera marcha atrás y comenzara a devolverme por el camino de donde yo vine y por donde ya yo había avanzado lo suficiente.

Dos versículos más adelante, Primera de Tesalonicenses 5:14. Si abren el versículo dice: "Y os exhortamos, hermanos, a que amonestéis a los indisciplinados, animéis a los desalentados, sostengáis a los débiles." Oye, la ráfaga de cosas que tenemos que hacer. Tenemos que ir a amonestar a los indisciplinados. ¿Te das cuenta que el amor de hermano no impide la amonestación? Tenemos que animar a los que están desalentados y tenemos que sostener a los débiles. Y mira cómo termina el verso: "y seáis pacientes con todos." ¿Está el conocido, el desalentado, el pastor? Bueno, son parte de todos.

Ahora, eso también es un fruto del Espíritu. El fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia. La habilidad de ser paciente con todos es algo que el Espíritu tiene que cultivar en nosotros, y lo cultiva en el desierto. Es algo que solamente Dios puede hacer: donde el desierto puede producir fruto. A menos que sea Dios que lo haya sembrado, lo está cultivando. La única persona en todo el universo que cultiva hermosos frutos en el desierto es Dios. Te saca para el desierto, te pone en la aridez, te pone en la sequedad, y ahí Él hace un trabajo hermoso, y de repente tienes frutos frondosos de paciencia, de amor, de gozo, de paz.

Esa es una responsabilidad de todos. Déjame leer del texto la primera parte una vez más, cómo es que dice: "Os exhortamos..." ¿Líderes? No. ¿Pastores? No. ¿Ancianos? Menos. Hermanos. Todos. Esa responsabilidad... La iglesia ha tenido una distorsión tan grande del diseño de lo que la iglesia es, que raramente funciona como la iglesia que Dios quiere. Incluyendo eso: que todo esto no es que los pastores tienen que hacerlo, ancianos tienen que hacerlo, los diáconos tienen que hacerlo, cualquier otra persona tiene que hacerlo menos yo. No, todos tenemos que hacerlo. Y en la medida en que tú te enteras de estas cosas y tienes relaciones con esas personas, tú eres la persona más indicada para hacerlo. Cuando tú no puedas, entonces tú nos pides ayuda. Tú pides refuerzo, como la fuerza armada que se pide refuerzo en guerra.

Número siete: en este nuevo amor y nuevo mandamiento hay una ausencia de malicia, en todo el sentido de la palabra. Todavía en Primera de Tesalonicenses 5, perdón, ahora el versículo 15: "Mirad que ninguno devuelva a otro mal por mal, sino procurad siempre lo bueno los unos para con los otros y para con todos." Procurad siempre lo bueno. Se nos prohíbe devolver mal con mal.

Leon Morris, gran académico del Nuevo Testamento, murió hace un par de años, en el año 2006, comentando sobre este pasaje dice que las obras o la recomendación de hacer obras de amor en este texto están en el contexto de nosotros estando frente a la hostilidad contra nosotros. Cuando estamos frente a la hostilidad contra nosotros y estamos recibiendo ese mal, se nos prohíbe devolver mal por mal; y al contrario, devolver bien por mal. Es frente a esta hostilidad que se nos está dando el mandamiento. Y Morris agrega algo más, dice de nuevo que este verbo también está en presente continuo, de manera que este debería ser mi estilo de vivir. Cada vez que recibo mal, devuelvo bien. Cuando se me habla mal, hablo bien. Cuando se me ofende, bendigo. ¡Guau! Esas armas son poderosas en Cristo Jesús.

Ahora, el texto dice "procurad siempre lo bueno". La palabra para "procurar" en griego es "dioko", y significa perseguir algo con determinación, como una presa. Persigo muy... un león persigue a su presa. Y entonces lo que está diciendo es que yo debo procurar, perseguir con determinación lo bueno siempre los unos para con los otros.

Puse esto en mis propias palabras, y habiendo dicho todo esto, esto es lo que Primera de Tesalonicenses 5:15 dice: "Mirad que ninguno pague mal por mal, sino perseguid con determinación y entusiasmo el hacer lo bueno todo el tiempo, en medio de la dificultad y en medio de la hostilidad contra nosotros, y que eso se constituya en nuestro estilo de vida."

"Hasta ahora, pero eso es muy difícil." Claro, en la carne no es difícil, es imposible. Pero llevamos un tiempo hablando de que este no es una cuestión de la carne. ¿No dijimos desde el principio que esto depende del nuevo nacimiento? Y el nuevo nacimiento por definición implica la presencia del Espíritu de Dios en nosotros. Y es el Espíritu de Dios en nosotros que cultiva este fruto que va a hacer posible ser y amar de esta manera. Entonces no es imposible. En la manera en que yo coopere o me resista a ese trabajo, en esa misma manera yo podré avanzar, detenerme o retroceder en la vida cristiana.

Pero yo conozco algo, un poquito de escaleras. Pero si algo he notado es que cuando veo alguna persona subiendo y se para en el descanso, eventualmente o siguen subiendo o vuelven a bajar, pero no se quedan ahí. Y así ocurre en la vida cristiana. Tú llegas a un punto de avance; si te estancaste y no sigues avanzando, muy pronto comienzas a retroceder y comienzas ahora a exhibir frutos que no son del Espíritu, que son de la carne, que desdicen del nuevo nacimiento, que opacan el nuevo nacimiento, que ponen en entredicho el nuevo nacimiento, que hacen que otros cuestionen si has nacido de nuevo o no has nacido de nuevo. Y es cierto.

Ahora, yo hice una observación en los dos cultos anteriores y decía que entré a la concordancia y puse la frase "los unos a los otros", y luego puse la palabra "a otro" solamente, luego la palabra "uno" solamente. Yo quería ver todas las combinaciones. Y qué noté: una ausencia de ciertas cosas que nosotros, de forma natural, las hacemos perfectamente bien. Hay una serie de cosas para las cuales a mí no se me ordena a hacer, y sin embargo nosotros somos expertos en eso. Como que me extrañaba: quisiera ver esas cosas tan bien en instrucción.

Entonces yo quiero decirte más o menos cuáles fueron esas cosas que yo no pude encontrar ni en español, ni en inglés, ni en griego, ni en chino, ni en nada. "Juzgaos los unos a los otros", no lo pude encontrar. "Criticaos los unos a los otros." "Celaos y envidiaos los unos a los otros." "Competir unos con otros." "Sobresalir los unos sobre los otros." "Recordar las ofensas de los unos y los otros." Hoy eran dos de la mañana, tres de la mañana, busca, busca, busca... nada, no encontraba nada de eso. Nada de eso. En buen castellano ni por ahí apareció. Mira que no encontré tampoco: "Llevar el récord los unos de los otros de cuándo fuisteis invitados y de cuándo fuisteis ignorados." No pude encontrar eso tampoco.

Me invitaron. Yo me acuerdo que el día 3 de abril del año 1968, un cumpleaños, no me invitaron. No pude encontrar tampoco. Chismeáis los unos con los otros, prejuiciados unos contra los otros, y ahí hablando unos contra los otros. No pude. Nada de eso. Eso que hacemos tan natural no tiene mandatos, no tiene instrucciones, y las cosas que tienen mandato e instrucción de cómo hacerlo, no sabemos cómo hacerlo. Porque nosotros, hermanos, más frecuente de lo que estamos dispuestos a admitir, vivimos en la carne y no en el Espíritu.

Todas esas cosas que hemos estado describiendo no son frutos del Espíritu. ¿Qué hacen los que envidian? Que ofensas, que divisiones, que me perdonaron, que no me perdonaron, que me llamaste, que no me llamaste, resentimientos, amarguras. Todo eso es fruto de la carne. Y en el amor de Dios, con toda humildad, yo quiero decirle: si usted tiene alguno de esos frutos, usted ha estado viviendo en la carne, eso no es el Espíritu de Dios.

De hecho, Gálatas 5 nos describe primero los frutos de la carne y luego dice: "Pero el fruto del Espíritu", y ahí viene el contraste. Amor, gozo, paz. ¿Te falta paz? Mira, eso no es fruto del Espíritu; la falta de paz. Paciencia. ¿Te falta paciencia? Eso no es fruto del Espíritu, eso es carne, carne, carne, carne, carne, carne. Y ni siquiera filete, carne barata.

Número ocho y final: este nuevo mandamiento nos llama al servicio. Servicio. Es una vida de servicio. Un aposento alto nos ha de enseñar. Nos habían enseñado todo el día lo que es la humildad, nos habían enseñado lo que es el servicio. Se sentaron dispuestos a cenar después de haber peleado sobre quién se iba a sentar a mano derecha y a mano izquierda. Bueno, lo pienso, pero ya no me imagino siendo el Maestro y oyendo esta discusión, que si no me puedo sentar a mano derecha, yo me voy a sentar a mano izquierda.

Y Jesús, callado, empuja la mesa quizás, o empuja lo que tenía de frente, con una vasija, con una palangana, y sin hablar pronuncia quizás uno de los mensajes y sermones más poderosos que haya pronunciado, sin palabras. Les lavó los pies a los discípulos. El texto dice que Él se paró, y al regresar, imagino a Cristo viéndolos uno por uno. Les dice: "Vosotros también os debéis lavar los pies los unos a los otros."

La actitud de servicio: incondicional, indiscriminadamente. Judas no se quedó con un pie sucio. A Judas se lo lavaron también. Porque el siervo no sirve selectivamente. No pasa por alto al malvado, no. Él paga mal con bien. Él ama al enemigo. El siervo no sirve muy bien en la iglesia y muy mal en la casa, o en la sociedad, o en su trabajo. Porque el siervo, el verdadero siervo, no es un obrar, es un ser. Él se acuesta siendo siervo y se levanta siendo siervo. Él no tiene dificultad en servirle a los que están por encima de él y a los que están por debajo de él. Él no tiene dificultad en servirle a ricos y a pobres. Él no tiene dificultad en servirle al que va por la calle o al que le paga su salario.

Gálatas 5:13 dice: "Servíos por amor los unos a los otros." Primera de Pedro 4:10: "Según cada uno recibió un don especial, úselo sirviéndoos los unos a los otros." Primera de Corintios 12:25: "A fin de que en el cuerpo no haya división, sino que los miembros tengan el mismo cuidado los unos por los otros."

Hermanos, eso, en el día a día, en el domingo a domingo, ¿qué es lo que puedes ver? Quiénes están dispuestos a servir al cuerpo de Cristo, no la iglesia, las paredes, los unos a los otros. ¿Y dar tiempo en el nursery? "Bueno, pero yo no tengo hijos." Eso es precisamente el punto: que tienes que servir, tenemos que servir los unos a los otros. ¿Quién está dispuesto a servirle a los niños? "Ah, yo no voy a estar ahí en la iglesia a dos cultos." ¿De quién es este día? Tuyo o del Señor. "Ah, no, ya yo pasé por eso, ya mi hijo está grande." Precisamente ahora tienes más tiempo, más libertad y las manos más libres.

El problema es que nosotros negamos continuamente nuestro nuevo nacimiento, o quizás no se ha dado. Quizás ese es el problema, que no se ha dado. O se dio hace tanto tiempo atrás que se me olvida qué es lo que yo tengo dentro, que se supone que me capacita para hacer y ser siervo.

Yo he revisado estos textos de toda forma, y no encuentro la palabra "líderes" y "diáconos" y "ancianos" por ningún sitio. La palabra que yo encuentro es "hermanos", "unos y otros", y "todos". Esa es responsabilidad de todos nosotros. Se enferma uno, tu responsabilidad. Tú lo viste primero, tu responsabilidad primero que la mía es ir a visitar a ese hermano. Tú le conoces más que yo, vives cerca, das seca la técnica, tú tienes esa responsabilidad primero que la mía. Yo no soy el visitador oficial de la IBI. En ese caso habría un visitador oficial. En el mejor de los casos, seis, y fueran los ancianos y el pastor, pero no. Aquí no hay seis visitadores oficiales. ¿Qué hay? No sé, quinientos visitadores oficiales. O setecientos, ochocientos. Somos mil y tantos, no sé cuántos son niños, quizás como mil visitadores oficiales.

En ningún sitio hay una ordenanza exclusiva para los líderes de hacer eso. La iglesia es un organismo, tiene ojos, tiene nariz. Ahí está la comparación de Pablo, lo que implica que a cada cual le toca hacer su parte, y estos mandatos son para todos nosotros. Usted fue a visitar a alguien y entiende después de haber ido que requiere del pastor o uno de los ancianos, y entonces usted llama, pero usted hizo su parte y nos ayudó. Entiende que no es ninguna gravedad, que ya esa persona está visitada. Bueno, también puede llamar: "Así, pastor, mire, yo visité a fulano, no está muy bien", o "la cosa va muy bien, no se preocupe." Gracias, hermano, nos ayudó ese día.

"Bueno, pastor, es que tengo un tiempo aquí y yo no me siento servido." Es que esa no es tu misión. Escucha lo que tu Amo dijo: "El Hijo del Hombre no vino a ser servido, sino a servir." Y entonces lo ato a la regla: un siervo no es mayor que su Señor, de manera que si Él no vino a ser servido, tú y yo menos. Y entonces busca una persona en tu iglesia que no esté siendo servida y sírvele. Y ahora esa persona no tiene la excusa de que no está siendo servida, porque está siendo servida por alguien que entendía que a él no le estaban sirviendo tampoco, pero aprendió que su misión es servir, se olvidó del otro, y ya no le estaban sirviendo pero fue y les sirvió.

"Bueno, es que yo no sé enseñar." Bueno, no, llévalo a su casa en tu carro. Pregúntale si tiene necesidad. Hoy o algún día, pregúntale en qué puedes ayudarlos. De la forma que sea, sírvele de todas las maneras posibles.

El buen Pastor vino y olió a ovejas caminando entre ellas, pero después lo dijo en la sobremesa: "Ahora que yo huelo a ovejas, ustedes tienen que lucir como el buen Pastor." Y ese es el intercambio: yo huelo y ustedes lucen. Yo les voy a permitir que se mezclen conmigo, que lleguen cerca, que me toquen, que me pisen, tengan lo que quieran, porque lo hicieron prácticamente. Pero ahora les he dado expectativa: ustedes tienen que lucir como yo.

Y de no querer dar, el problema, como que va a haber problema. Bueno, va a haber en tu vida, va a haber tu vida lejos de satisfacción, de propósito, de sentido de paz, etcétera. El servicio a los demás es nuestra meta. No solo tenemos, cuando ya vamos a servir, tenemos que examinar el servicio también, tenemos que examinar nuestra motivación. La carne es horrible, hermanos. Yo no conozco nada peor que la carne. Yo no sé si usted la conoce, pero yo no conozco nada peor.

Yo te quiero leer esto que escribió Ruth Harms Calkin. Es algo que tiene mucho tiempo circulando, alguno lo habrá oído, pero yo creo que nos ayuda a revisarnos un poco al final de este sermón, y como iglesia:

"Tú sabes, Señor, cómo te sirvo con gran fervor en frente de todo el mundo. Tú sabes con cuán entusiasmo hablo en tu nombre en el grupo de mujeres. Tú sabes cómo hago efervescencia cuando promuevo un grupo de koinonía. Tú conoces mi entusiasmo genuino en un grupo de estudio bíblico. Pero", escribió Ruth, "¿cómo reaccionaría yo, me pregunto, si Tú me señalaras una vasija de agua y me pidieras que lavara los pies callosos de una anciana encorvada y arrugada, día tras día, mes tras mes, en una habitación donde nadie me ve y donde nadie me conoce? Yo me pregunto."

Tú me preguntas, Dios, si yo te he estado sirviendo porque me encanta estar en frente de la gente, o cuando te he estado sirviendo, realmente me he estado sirviendo a mí y a mis deseos. ¿O realmente lo que hago lo hago ciertamente, lo disfruto, pero lo hago porque entiendo que te sirvo a Ti, mi Señor, mi Amo, mi Dios y mi Dueño? En cuyo caso es muy poco lo que importa dónde me necesiten. Lo único que tengo que preguntar es: simplemente dime qué hacer.

"Hermano, ¿me puedes ayudar? Dime qué hacer." No lo deje terminar. "Hermano, excuse me, pero yo pudiera... Dime qué hacer." Ojalá nosotros pudiéramos llegar a ser conocidos por ser la "dime qué hacer" iglesia, donde la actitud del miembro de la IBI sea: "No, no, dime qué hacer." Esa debe ser la disposición de aquel que ha nacido de nuevo.

Nuestra comunión, "que no puedo", no es la conveniencia. Hay que ir a dormir menos, hay que ir a... "Puede tener un poco de inconveniencia aquí, es que entonces mis hijos..." No sé cómo sacrificarlos. Dios, si Dios pudo clavar a su Hijo en la cruz, tú puedes sacrificar el tuyo hoy. Sé que no, te lo digo en humildad, pero no me voy a andar así con nadie. Eso es lo que es, eso es como luce. Si Dios pudo clavar a su Hijo en la cruz, yo no tengo mucha pena aunque tú te tengas que sacrificar de vez en cuando a tus hijos, porque el mayor sacrificio y el peor de todos se le hizo al mejor de los hijos.

No se trata de nosotros, hermanos. Se trata de la gloria de la Persona que te ha comprado, cuando tú y yo no lo merecíamos, cuando tú y yo estábamos perdidos, sucios, rechazados, sin propósito. Todo vale la pena, todo sacrificio vale la pena.

Que es tuyo y el de tus hijos también. Esa es la manera como ellos van a aprender cómo Dios Padre sacrificó al suyo, en la medida en que tú bondadosamente, en Su nombre, le pides y le enseñas a ellos cómo sacrificarse.

Hora de sueño, si se requiere venir a las ocho, venimos a las ocho, porque vale la pena sacrificarse por otros. Si se requiere ir al nursery, voy al nursery, porque hay hermanas que necesitan tener a sus hijos cuidados mientras ellas reciben instrucción allá arriba. Si necesito dar clase de escuela dominical, doy la clase. Precisamente implica un sacrificio, implica mucho. ¿Y el tiempo de quién es? El día es el día del Señor, no es el día tuyo. Este es un día de trabajo para el Señor. No de trabajo en el mundo, pero es de trabajo para el Señor.

Si le damos seis días de trabajo a nuestras compañías, ¿cómo que no le vamos a dar media mañana, tres horas al Señor? Que no debiera ser ni siquiera considerado un trabajo, sino una actitud de adoración, de servicio, de entrega. ¿Debiera ser un deleite servirle a las ovejas que Dios ha comprado? Debiera ser. Tú no debieras tener un deleite mayor ni superior que poder dar tu vida por las ovejas que Dios compró a través de la sangre de Su Hijo. No debiera haber más gloria, más deleite, más gozo, más satisfacción que saber que tú estás sirviendo al pueblo de Dios. ¿Cómo vamos a servirle a nuestras compañías, a nuestros cuerpos, a nuestros proyectos, a nuestras vidas, aun a nuestros hijos antes que a Dios?

El que no deja padre y madre, eso es lo que implica, no es rechazarlos. El que los tiene por encima de mí no es digno de ser mi discípulo. Es un llamado al sacrificio, a la entrega, al servicio.

Pastor, ¿por qué es que después se van mis mejores años de juventud y luego no los puedo disfrutar? Tú tienes la eternidad para hacer eso. Ahora son cincuenta, sesenta, setenta, ochenta años, es como un abrir y cerrar de ojos. Es el tiempo de entregarte, de sacrificarte, de luchar por Su causa, a cambio de toda una eternidad de goce, de deleite y de placer en la presencia de Dios. Placer santo.

Tenemos que cambiar nuestra forma de vivir la vida y de pensar. Hasta que eso no ocurra, no habrá siervos en el reino de Dios.

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.