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Sermones

El incomparable misterio de la encarnación de Dios

Miguel Núñez 24 diciembre, 2023

La encarnación de Dios no es simplemente el nacimiento de un bebé en un pesebre; es el misterio central de toda la fe cristiana, el evento sin el cual nada en la Biblia tendría sentido. Desde Génesis hasta Apocalipsis, toda la historia bíblica apunta a este momento: el Dios infinito, invisible e inmaterial haciéndose visible, tocable, cercano. El Verbo que existía desde el principio, que estaba con Dios y era Dios, se hizo carne y habitó entre nosotros. No hay nada comparable en ninguna otra religión: ni el Corán ni los Vedas hablan de un Dios que se hace hombre. Mientras otras religiones enfatizan la distancia entre lo divino y lo humano, el Dios de la Biblia enfatiza su cercanía, primero creándonos a su imagen y luego viniendo en nuestra semejanza.

Este Dios encarnado experimentó todo lo que nosotros atravesamos: hambre, sed, dolor, tentación. Tuvo que ser alimentado, bañado, atendido en sus necesidades como cualquier niño. El Creador del universo pasó a ser sostenido por los pechos de una madre y eventualmente por tres clavos en una cruz. Vino lleno de gracia y de verdad: gracia para perdonar a pecadores, verdad para revelar quién es realmente el Padre. Los discípulos no solo oyeron hablar del amor de Dios; lo vieron perdonar, llorar, servir y morir por quienes lo rechazaban.

Sin Cristo, advierte el pastor Núñez, no hay camino al Padre, no hay perdón, no hay oración que valga, no hay cielo. Él es el único puente entre el hombre separado de Dios y la comunión restaurada que un día se consumará cuando el tabernáculo de Dios habite definitivamente entre los hombres.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

¡Bendiciones, amados! ¡Qué bueno ver la iglesia de Dios avivada, llena! Pero sobre todo, si Dios decide visitarnos, sería mucho mejor poder, así es decir, oler la aroma de Cristo que le ha agradado. No sé contigo, pero ha estado por lo menos conmigo durante la adoración.

Nosotros vamos a leer un pasaje en el día de hoy, un pasaje muy conocido que tiene que ver con lo que nosotros celebramos, porque usualmente no es un pasaje como elegido para días como estos. Usualmente tendemos a pensar en el pasaje que nos recuerde el pesebre, el nacimiento, a los pastores afuera pastando con las ovejas, a la visita de los ángeles que anunciaron las buenas nuevas de gran gozo. Y a pesar de que todo eso es bueno recordarlo y necesario, porque para eso se nos dejó registrado, la realidad es que no nos podemos quedar simplemente en celebrar la entrada, como dirían en inglés, del "Baby Jesus", porque el "Baby Jesus" no es un bebé ya. Porque cuando tú me has invitado a uno de tus cumpleaños, no me enseñas una cuna donde tú naciste, sino que estamos celebrando algo más en lo que tú te has convertido.

Y de esa misma manera, sí es bueno y necesario, porque de nuevo Dios nos dejó registrado el nacimiento, recordarlo ahí es correcto, y lo hicimos el miércoles pasado. Hablamos de cómo ese Dios tuvo la disposición de entrar en el vientre de una madre, estar nueve meses en dicho interior, y cómo estuvo dispuesto como niño a ser limpiado y los pañales, independientemente de cómo los usaran en esa ocasión, ser cambiados. Y cómo este Creador del universo pasó a ser sostenido y alimentado por los pechos de una madre. Todo eso es necesario, pero si nos quedamos ahí, nosotros perdemos la razón de todo ese evento.

Porque la razón de ese evento trasciende el pesebre, y trasciende el embarazo de María, y trasciende su virginidad. De manera que lo increíble no es que Jesús naciera como nació, aunque eso tiene cierto misterio también. Pero piensa que el Dios invisible de alguna manera se hizo visible. El Dios inmaterial que está aquí, que no lo puedes sentir, que no lo puedes tocar, de repente era visible, tocable, por así decirle, hablable, le podías hablar. Las implicaciones fueron extraordinarias. El Dios exaltado, adorado por todos los seres angelicales, de repente aquí humillado y rechazado. El Dios que fue alejado por el pecado, recuerda que la Palabra nos recuerda que nuestros pecados han hecho distancia entre Él y nosotros, había sucedido con Adán y Eva. Ese Dios alejado de nosotros, luego debido a su disposición interna, a su amor, por el pecador decidió acercarse. Y acercarse tanto a los pecadores que en un momento dado, ya estando en la cruz, aquel que no conoció pecado fue hecho pecado por nosotros, para que nosotros pudiéramos llegar a ser justicia de Dios en Él. El Dios alejado se acercó a pecadores hasta el punto de que nuestro pecado, al llevarlo sobre Él en la cruz, dice la Palabra que Él fue hecho pecado.

Esa es la razón por la que yo he titulado mi mensaje en esta mañana: "El incomparable misterio de la encarnación de Dios". No podemos recordar el nacimiento de Cristo simplemente como la encarnación de Jesús, aunque lo fue. Quiero que recuerdes quién era, quién es este Jesús, para poder entender mejor y aquilatar mejor la encarnación de Dios.

Escucha cómo Pablo, cuando les escribe a Timoteo, en 1 Timoteo 3:16, y yo sé cómo él habla de este evento, le llama el misterio de la piedad o el misterio de nuestra fe. Y de ese misterio dice que ese misterio de la piedad o el misterio de nuestra fe es el hecho de que Dios fuera manifestado en la carne. Ese es el misterio, dice el apóstol Pablo.

De manera que en el título que te leí de mi mensaje, "El incomparable misterio de la encarnación de Dios", hay cuatro palabras cuidadosamente seleccionadas: incomparable, no hay otro evento igual; misterio, ahora lo hablaremos; encarnación; y Dios.

En el Nuevo Testamento la palabra misterio, permíteme introducir mi texto antes de leerlo, en el Nuevo Testamento la palabra misterio aparece como 22 veces y hace referencia a algo que en el Antiguo Testamento estaba anunciado pero no revelado. Misterio, estaba anunciado. ¿Cómo es esto de que una virgen concebiría? ¿Cómo es esto de que un niño sería Dios con nosotros, Emanuel? Estaba anunciado, pero yo no entendía eso. Entonces es un misterio, pero ese misterio pasa a ser revelado. Es como si tienes un regalo envuelto, no sabes lo que es. En el Nuevo Testamento ese misterio es revelado, y eso es exactamente lo que esto implica. En el Nuevo Testamento nosotros llegamos a entender esto de que Dios vino a estar con nosotros, de que Dios vino a estar en un cuerpo humano. De manera que ya a la luz del Nuevo Testamento dejó de ser un misterio, ya entendemos de qué se trató.

Y al inicio de esa historia bíblica que tú lees aquí, tú conoces que algo ocurrió en el jardín del Edén. Dios crea al hombre a su imagen y semejanza, y la idea fue todo el tiempo poder tener íntima comunión con ese hombre, habitar con él. Y sin embargo algo pasó, y es que esta pareja se rebeló contra Dios. Y la ofensa fue considerada tan increíblemente grande, irreverente, que a Dios no le quedó otra opción que no fuera expulsar. La razón para la que yo menciono esto es porque lo que nosotros recordamos hoy representaba la única posible opción de restaurar la comunión del hombre con Dios. Se perdió. Y la única forma de que esa comunión pudiera ser restaurada otra vez, de tal forma que en algún momento el hombre pudiera volver a intimar con Dios, era la encarnación.

Desde Génesis 3, cuando esta rebelión de Adán y Eva ocurre, todos los eventos, para ponerlo con una frase coloquial nuestra, habidos y por haber, serían orquestados para que esto ocurriera, literalmente hablando. Génesis 3 narra la rebelión, la expulsión inicial del lugar de adoración, pero cuando tú llegas al final de la historia, al final, Apocalipsis capítulo 21, escucha cuál es el resultado de la encarnación de Cristo: "Entonces oí una gran voz que decía desde el trono: El tabernáculo de Dios está entre los hombres, y Él habitará entre ellos, y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará entre ellos". Para eso Dios creó a Adán y Eva, para eso Dios quería que ellos se multiplicaran y llenaran la tierra, para poder habitar entre ellos. Pero eso no había sido posible, y la encarnación ahora crea la situación, la condición es la palabra, la posibilidad de que nosotros volviéramos a tener el tabernáculo de Dios, a Dios mismo habitando entre nosotros. Y eso es anunciado al final de la historia, pero entre el principio de la historia y el final de la historia hubo una encarnación.

C. S. Lewis dice en su libro conocido como "Los milagros", le dedica todo un capítulo al milagro de la encarnación. Él dice que este milagro es el milagro central afirmado por el cristianismo. Central. Cada uno de los demás milagros son una preparación para este, o apuntan a él, o son una consecuencia de él. La armonía y por consiguiente la credibilidad de cada milagro en particular depende de su relación al gran milagro, él está hablando de la encarnación. Toda discusión de los milagros separadamente de él es inútil. Es lo único que tiene, lo único que hace sentido a toda la historia bíblica, que este milagro haya ocurrido.

Yo te lo puedo ilustrar de varias maneras, porque Lewis dice, te da algo, tú lees en Génesis 3:15 que la simiente de la mujer, refiriendo a alguien que vendría posteriormente, aplastaría la cabeza de Satanás. Eso presupone una encarnación. ¿Por qué tenía que venir? La única posibilidad de que la promesa que Dios le hizo a Abraham, de que en tu simiente, refiriéndose a un descendiente de él, serían benditas todas las naciones de la tierra, presupone una encarnación. Los profetas anunciaron, todos ellos, la venida del Mesías, presupone la encarnación de dicho personaje. Los Evangelios representan la biografía de un Dios que se hizo hombre. Las cartas o epístolas del Nuevo Testamento representan las enseñanzas del Dios encarnado. El libro de Apocalipsis, ya te lo acabo de leer, ahí nosotros encontramos la adoración del Cordero inmolado, del Cordero que fue sacrificado. Pero el Cordero que fue crucificado presupone la encarnación del mismo Cordero antes de su sacrificio.

De manera que en la primera mitad de toda la historia bíblica se nos habla del regreso de Dios a la tierra. La segunda mitad de la historia bíblica nosotros vemos dicho regreso. La primera mitad es como una sombra de lo que había de venir. En la segunda mitad de la historia bíblica nosotros vemos con claridad qué era lo que había sido anunciado.

Calvino, en una de sus obras dice, refiriéndose a la encarnación, dice que la extraordinaria gloria de Dios es invisible hasta que brilla en Cristo. Si está cubierto no lo puedo ver. La majestad del Padre está oculta, dice Calvino, hasta que se muestra en presa en la imagen de Cristo. Y esto es lo que es un misterio incomparable. ¿Cómo es que Dios se pudo haber hecho hombre?

Y con eso yo quiero que leas conmigo el Evangelio de Juan, capítulo 1, del 1 al 18. Aunque no voy a hacer una exposición de todo el texto, hace años atrás hice una exposición de todo el Evangelio, y yo voy a leer del 1 al 18, pero en esa ocasión esos versículos tomaron siete sermones por separado. Yo voy a tratar de elegir algunas enseñanzas.

Esta es la Palabra de Dios: "En el principio ya existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba en el principio con Dios. Todas las cosas fueron hechas por medio de Él, y sin Él nada de lo que ha sido hecho fue hecho. En Él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la comprendieron. Vino al mundo un hombre enviado por Dios, cuyo nombre era Juan. Este vino como testigo, para testificar de la luz, a fin de que todos creyeran por medio de él. No era él la luz, sino que vino para dar testimonio de la luz".

Si está la satisfacción veradera que, al venir al mundo, alumbra a todo hombre. Él estaba en el mundo, y el mundo fue hecho por medio de él, y el mundo no lo conoció. A los suyos vino, y los suyos no lo recibieron. Pero a todos los que le recibieron, les dio el derecho de llegar a ser hijos de Dios, es decir, a los que creen en su nombre, que no nacieron de sangre ni de la voluntad de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino de Dios.

Escucha ahora de qué se trata este día: el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros. Y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad. Juan dio testimonio de él y clamó: "Este era el que yo decía, el que viene después de mí es antes de mí, porque era primero que yo". Pues de su plenitud todos hemos recibido, y gracia sobre gracia, porque la ley fue dada por medio de Moisés, la gracia y la verdad fueron hechas realidad por medio de Jesucristo. Nadie ha visto jamás a Dios; el unigénito de Dios, que está en el seno del Padre, él lo ha dado a conocer.

Este texto explica con lujo de detalle de qué trata esta encarnación que celebramos año tras año. Y Juan comienza identificando a un personaje y le da el nombre del Verbo. No voy a entrar en los detalles de la razón de ese nombre. Y el Verbo, dice él, existía desde el principio. En otras palabras, en toda la historia de la humanidad, de hecho en toda la historia, no hubo un momento en que el Verbo no existiera. Y él dice que ese Verbo estaba con Dios.

Ahora, hay diferentes formas como alguien puede estar con otra persona. Ahora aquí yo estoy con ustedes, y eso es una palabra en particular en el griego. Si yo voy caminando por la acera con mi esposa y vamos de la mano, esa no es la misma forma como yo estoy con ustedes, y eso es otra palabra en el griego. Pero la palabra que Juan usa en este texto en el griego es la palabra "pros", y de acuerdo a los estudiosos implica una forma de estar el uno con el otro de una manera tan cercana, tan y tan cercana, que prácticamente uno es el otro.

De manera que Juan nos está diciendo que ese Verbo estaba en el principio, desde toda la eternidad, y ese Verbo estaba con Dios Padre de una manera tan íntima que prácticamente no había diferencia entre ellos. Estaban cara a cara, frente a frente, a pesar de ser dos personas distintas. Y eso nos recuerda por qué entonces Cristo, cuando está conversando con Felipe, uno de los discípulos, le dice: "Felipe, tanto tiempo tengo contigo y tú todavía no me conoces. Que tú me estás preguntando que te muestre al Padre, ¿no has entendido todavía que yo y el Padre uno somos?". Eso es lo que Juan está tratando de comunicar.

Pero Juan nos dice algo muy peculiar que pudiera ser confuso para muchos, y es que el Verbo no solamente estaba con Dios, sino que el Verbo era Dios. Él estaba con Dios, pero él también era Dios. Y lo que Juan está tratando de ayudarnos a entender es que este Dios —ahora, el resto de nosotros que tenemos el Nuevo Testamento sabemos esto— es un Dios trino que existe en tres personas. Es un Dios, pero existen tres personas: está Dios Padre, Dios Hijo, Dios Espíritu Santo, pero es uno solo. Tres en uno.

Y por eso Juan dice que este Verbo, en referencia al Hijo, estaba con Dios, pero también era Dios, como parte de la Trinidad. Dios Hijo estaba con Dios Padre. Entonces, si me permites ponerlo de otra manera: el Hijo estaba con el Padre, el Hijo estaba con Dios, pero el Hijo era Dios también.

Y de ese Verbo, Juan nos dice en el versículo 14 que él se hizo carne y habitó entre nosotros. La palabra ahí traducida como "habitó" es una palabra muy parecida a la palabra "tabernáculo". Los estudiosos entienden que perfectamente se pudo haber traducido diciendo que el Verbo se hizo carne y tabernaculizó entre nosotros. Porque el tabernáculo, en el Antiguo Testamento, era donde moraba la presencia de Dios simbólicamente. En el Nuevo Testamento, Cristo pasa a ser ese tabernáculo. Él hizo tabernáculo con nosotros. Ahora, si tú vas a adorar, no tienes que ir al templo de Jerusalén; tú vas a Cristo, él es el templo. Él hizo tabernáculo con los hombres.

En ninguna otra religión tú vas a encontrar algo similar. Tú no lees en el Corán que Dios se hizo hombre. Tú no lees en los Vedas del hinduismo que Brahma se hizo hombre. De ninguno de los dioses paganos de las demás religiones y sectas se dice que ese dios equis se hizo hombre. De hecho, frecuentemente tú lees —y esto es sobre todo muy especial con Alá y Brahma— de cuán diferente ese dios es de nosotros, tan diferente que ese dios se mantiene alejado de nosotros. De hecho, de Alá se dice que tú no puedes siquiera poder conocer cuál es su voluntad. Y de algunos dioses paganos se dice que vinieron y visitaron la tierra, y luego que se cansaron se fueron. Pero no que se hicieron hombre.

Ahora, el Dios trino entendió que ciertamente nosotros estamos muy alejados de él, y que nosotros no tenemos ninguna disposición, ni siquiera capacidad de acercarnos a él. Ni deseo, ni deseo, ni capacidad. Por tanto, él decidió acercarse a nosotros tanto como fuera posible, para que entonces en un momento dado pudiéramos de nuevo disfrutar de íntima comunión con Dios. Y si eso iba a requerir el derramamiento de la sangre del Hijo encarnado, pues así sería.

Si hay algo que tú encuentras en este libro, una de las grandes diferencias es que cuando tú lees otros libros de otras religiones se enfatiza mucho la diferencia enorme que existe entre ese dios y nosotros. Dios enfatiza la similitud que existe entre él y nosotros. Él comienza diciendo que nosotros fuimos creados a su imagen y semejanza. Cuando nosotros manchamos su imagen, Dios decide venir en semejanza de hombre y viene a través de una mujer de nombre María, alguien especial, piadosa, sumisa, humilde. Y Dios está enfatizando su similitud con nosotros. Nos hizo a su imagen, luego él vino a nuestra semejanza.

Dios vino en la persona de Jesús y vivió entre aquellos que eran catalogados, son catalogados en la Palabra como hijos de ira, hijos de la condenación, y vivió entre ellos justamente para sacarlos de la ira y llevarlos a ser hijos e hijas de Dios. Dios se hizo carne. ¿Tú has pensado en eso? Que Dios se hizo carne, que se hizo como uno de nosotros, exactamente igual, pero sin pecado. Que Dios adquirió una naturaleza humana con la cual Dios Hijo permanece hasta el día de hoy, en un cuerpo glorificado.

Aquellos que estuvieron aquí el miércoles recordarán que reflexionamos sobre esto, pero yo quisiera reflexionar con el resto que no estuvo, que este Dios se hizo tan humano que pasó por las mismas experiencias que todos nosotros atravesamos: hambre, sed, dolor, sufrimiento, tentación. Este Dios encarnado tenía que bañarse. Este Dios encarnado, cuando estaba pequeño, hubo que cambiarle sus pañales cuando se ensuciaba, hubo que atender sus necesidades fisiológicas.

Yo no quiero sonar prosaico y mucho menos profano, pero este Dios —si algo te sirve, te lo prometo, simplemente para que te lo imagines— a Dios ha sido humano. Si comió y algo le cayó mal, iba a tener que frecuentar el excusado múltiples veces al día, ese Dios encarnado. Él no estuvo exento de nada de lo que tú y yo atravesamos y pasamos, excepto que no pecó.

El Dios infinito vino a vivir en el tiempo y en el espacio. Dejó la eternidad a un lado para vivir entre mortales, para que los mortales alcanzaran la eternidad en el futuro. El Dios que sostiene el universo, en un momento dado tú lo encuentras sostenido por tres clavos en una cruz. Realmente es incomparable este misterio.

Dios... Esa es la razón por la que la gente pasó frente a la cruz diciendo: "Si tú eres Dios, pues sálvate a ti mismo". ¿Quién ha visto a un dios muriendo? No, nadie, a menos que ese Dios encarne y haya venido justamente para morir, para que los que estábamos muertos pudiéramos vivir.

El Soberano, al que todo el universo obedece, ese vino en la carne a obedecer a hombres como tú y como yo, para que tú y yo, que habíamos sido y hemos sido y somos rebeldes, aprendiéramos a obedecer, de manera que no tuviéramos que seguir sufriendo las consecuencias de nuestras rebeliones.

Cuando Dios se hizo hombre, Dios engrandeció a la raza humana. Escucha lo que Antonio Cruz dice en su libro de Bioética Cristiana: "El hecho de que el Señor Jesús se encarnara en nuestra propia naturaleza humana y asumiera la historia de los hombres, consagra y ennoblece todo lo humano". Y él agrega: "El Hijo de Dios que se muestra en las páginas del Nuevo Testamento no aparece como los míticos héroes griegos, como paladín de la belleza, campeón entre los poderosos, o cabecilla de las castas nobles. Jesús se da a conocer más bien por todo lo contrario: se mezcla entre enfermos, inválidos, prostitutas y desposeídos. Él mismo es como uno de ellos, nace en un establo, hijo de un humilde carpintero". José no fue su padre biológico, pero fue su padre adoptivo. "Por eso puede ser llamado Hijo del Hombre y dirigirse a los pobres, encarcelados y hambrientos como 'mis hermanos más pequeños': los hambrientos, los pobres, los encarcelados, mis hermanos más pequeños. En esto consiste precisamente la singular grandeza del mensaje de Jesucristo. Dios se humilló y se hizo hombre para hacer de unas criaturas infelices, personas verdaderas. Así es como Jesús honró definitivamente la raza humana".

Y de ese Verbo, de ese Dios que se encarnó, dice algo más: que vino lleno de gracia y de verdad. Gracia para perdonarnos, verdad para salvarnos. Fue la gracia de ese Dios que hizo que alguien mentiroso como Abraham inicialmente llegara a crecer tanto en intimidad con Dios, que él fue eventualmente llamado amigo de Dios. Cuando Abraham conoció la verdad de Dios, dejó de ser el mentiroso que él comenzó siendo, y eventualmente fue llamado amigo de Dios. Es la misma gracia que permite que tú y yo le podamos conocer hoy.

El hermano, no es lo mismo que yo lea en las páginas de un libro que diga: "Dios tiene mucha gracia", a que tú puedas oír de los labios de Dios encarnado: "Vete y no peques más". El primero es un concepto teológico, leído de una página. Lo otro es la gracia encarnada en la vida de un hombre. Vino lleno de gracia y de verdad. Gracia para amarnos y librarnos de la condenación que merecíamos y de la cual él nos libraría. Lleno de gracia para no abandonarte a mitad de camino cuando volvieron a fallar. Pero de verdad, para demostrarnos los engaños de este mundo y dejarnos conocer la realidad y la bendición del mundo venidero.

De ese Verbo que se encarnó, el texto que leímos en el versículo 17 dice que la ley fue dada por medio de Moisés, la gracia y la verdad —ahí están las dos palabras otra vez enfatizadas— fueron hechas realidad por medio de Jesucristo. Moisés fue un mediador entre Dios y el hombre, pero la ley que Moisés trajo lo único que hizo fue dejarnos ver la pecaminosidad nuestra. Cuando Cristo apareció, vino a dejarnos ver las santidades de Dios que nos impedían tener comunión con él. Vino a dejarnos enseñar: Dios es santo y eso impide que tú tengas comunión con él, pero su gracia nos enseñó que Dios deseaba tanto tener comunión con nosotros que hizo algo al respecto.

Y esa es la razón por la que Dios Hijo, aunque existía en forma de Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres —esa es la encarnación—, y hallándose en forma de hombre, se humilló él mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Dios en la carne vino lleno de gracia y de verdad.

Por medio de la verdad llegamos a conocer: "¿Sabes qué? Estás separado de mí". Por medio de su gracia, Dios nos dejó saber: "Pero al mismo tiempo, yo quiero tener comunión contigo. Y en este caso mi Hijo, que es la única solución para resolver este dilema, aunque es Dios conmigo acá arriba en los cielos, ha decidido humillarse y bajar hasta ustedes y tomar la forma de hombre, hacerse en semejanza de hombre, hacerse semejante a ustedes, servirles como siervo y eventualmente ir a la cruz y morir sin pecado para pagar la deuda de pecado que tú tenías conmigo y poder entonces hacer posible la comunión entre nosotros dos otra vez".

Cristo vino lleno de gracia y de verdad. Él vino a traernos por gracia la santidad que la ley no pudo darnos. La ley nos condenó, la gracia nos salvó. Por eso es que Juan establece el contraste entre Moisés y Jesús: la ley fue dada por Moisés, pero por medio de Cristo vino la gracia y la verdad.

Y de ese Verbo, en ese versículo que acabamos de leer, dice que él se encarnó, que habitó entre nosotros y vimos su gloria. Es una expresión preciosa. Todo judío, todo hebreo sabía: tú no puedes ver la gloria de Dios. De hecho, Dios le dijo a Moisés: "No, tú no puedes ver mi rostro. Ningún hombre puede ver mi gloria y vivir". De repente lo imposible se hizo posible. La gloria de Dios, que tú no podías ver y seguir viviendo, resulta que de repente apareció entre ellos, pero cubierto —para ponerlo de esa manera— cubierto en un papel de humanidad, arropado por la humanidad de Jesús.

Porque Dios quería darse a conocer a los hombres. Cuando Adán y Eva fueron expulsados, de ahí en adelante los hombres no conocieron a Dios. Dios quería darse a conocer porque es la única manera de salvar al hombre: por venir al conocimiento de Dios. Pero sabes que nadie puede dar a conocer a Dios que no sea Dios mismo, porque nadie sabe cómo Dios es. Los profetas podían hablar de él en términos periféricos, si tú quieres, por así decirlo. Pero los profetas no eran Dios para dar a conocer a Dios, porque no sabían cómo él es. El Hijo que estaba con el Padre, el Hijo que era Dios, sí podía darlo a conocer.

Porque él era Dios. Escucha cómo el mismo Cristo lo enseñó en Mateo 11:27: "Nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar". A eso él vino. Él vino a revelar al Padre, porque nadie podía hacerlo. En Juan 10:30, él dijo: "Yo y el Padre uno somos". Juan 14:9: "El que me ha visto a mí, ha visto al Padre". No es que somos la misma persona, pero somos un solo Dios. Es una sola esencia. Y no hay diferencia: lo que el Padre tiene, yo tengo; el poder que él tiene es mío; la santidad que él tiene, mía es también; la sabiduría que él tiene, yo la poseo. Y por medio de la gracia, ellos y nosotros llegamos a conocer a Dios y su gloria.

Ahora, la pregunta es: ¿cuál es la gloria de Dios? Bueno, la gloria de Dios es lo que él es, su esencia. Es como lo que Dios expresa hacia afuera cuando él decide proyectarse; todo eso es parte de su gloria. El universo revela la gloria de Dios, porque en el universo Dios proyectó su poder y su sabiduría. Cuando Cristo se apareció, Cristo ahora hizo posible que ellos llegaran —y ahora nosotros— a conocer la gloria de Dios. Cada vez que Cristo puso en despliegue uno de los atributos de Dios, estaba dejando ver una parte de la gloria de ese Dios.

Déjame darte algunas ilustraciones, un par de ellas. La Biblia enseña desde el principio que Dios es amor, y eso es verdad. Pero ¿qué es eso si yo solamente lo puedo leer? Una idea, un concepto teológico. Pero todavía tú no sabes cómo se ve el amor. No tienes la menor idea de qué es realmente el amor de Dios. Pero si ese amor se encarna y viene y sirve a hombres pecaminosos que lo rechazan, lo insultan y lo maldicen, ahora yo comienzo a conocer la gloria del amor incondicional del Señor. Ellos vieron su gloria. Antes era una idea, pero ahora llegó a ser una realidad visible, palpable.

Cuando ellos vieron a Cristo clavado en un madero con sus enemigos a sus pies y diciendo: "Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen", ellos siguieron entendiendo la gloria del amor incondicional de Dios que ningún ser humano es capaz de experimentar a la manera de Dios. Cuando ellos vieron a Cristo que llamó a Pedro y a Juan a seguirle, llamó a pecadores. Cuando ellos vieron a Cristo perdonar pecadores. Cuando vieron a Cristo llorar por pecadores, ellos comenzaron a entender: "¡Wow! De esto es que trata el amor incondicional de Dios. Yo creía que yo amaba. Yo creía que yo amaba a mi esposa, a mis hijos. Pero después de haber visto a Cristo, me he dado cuenta que no, que yo no los amo. Mi amor es muy egoísta y muy dependiente, muy circunstancial, muy de que me llenen el tanque para yo entonces pensar si voy a llenar el tanque de otro".

En el Antiguo Testamento, los creyentes oyeron hablar del amor de Dios. Ellos oyeron. Ellos no sabían cómo lucía. No tenían la menor idea de que Dios iba a perdonar a ese grado, a ese nivel, por así decir. Pero en Cristo ellos vieron que el amor incondicional de Dios siente a un pueblo que le rechaza. ¿Tienes gente que te rechaza? ¿Tienes gente que te ha rechazado? ¿Tú los sigues amando? O ¿hay algo en ti, en mí, que los repele, que prefiere no estar en su presencia?

Cristo vino a dejarnos ver que de nada vale hablar del amor incondicional que nosotros debiéramos tener por el pecador si yo no lo vivo. Pero él quería dejarme ver cómo se vive eso. Y cuando él vino, a mí me rompió lo que le hicieron a él. ¡Oh, wow! Eso es otra cosa. Cuando él vino y perdonó y sanó la herida de sus ofensores, le arregló la oreja a aquel que venía a llevárselo preso. Cuando él esperó con paciencia por el cambio de un Pedro que lo negó. Cuando él se dio y lavó los pies sin esperar nada a cambio. ¡Oh, wow! Pero ese es el amor de que se hablaba antes en la antigua revelación. Cuando ellos vieron a Cristo dar sin querer nada del otro en retorno, ellos comenzaron a entender qué se trataba. De eso es que nosotros hemos recibido de él gracia sobre gracia. Eso está en el texto de hoy, el versículo 16: "Que de él todos hemos recibido, y hemos recibido gracia sobre gracia".

El amor de Dios, el amor de Cristo, es Dios encarnado. Porque de eso es que se trata: estamos hablando del incomparable misterio de la encarnación de Dios. Cuando los hombres vieron la manera como Cristo amó, los hombres pluralmente lo tomaron por tonto. "¡Qué tonto es!" Judas lo tomó por tonto hasta el punto que, siendo ladrón —dice el texto—, se robaba de las ofrendas y pensó: "Qué tonto, que no sabe quién yo soy". Para descubrir al final que el tonto era Judas, y que este era un hombre del cual él no tenía la más mínima concepción de que pudiera haber un ser similar. Es como que al final Judas pudo haber dicho: "Ay, si yo hubiese sido él, el tonto, y tú el ladrón". Los discípulos de Jesús vieron su gloria y vieron la gloria del amor cuando Dios se encarnó.

Cuando él vino, él hizo un despliegue, e hizo un despliegue de la santidad. Porque ¿qué es la santidad de Dios? Si yo no la veo en carne y hueso, es otro concepto teológico que yo no sé ni cómo luce, ni lo extraño que es al pecado, lo distinto que es del pecado del hombre, y tampoco podría ni siquiera concebir cómo es que eso se puede relacionar a mi pecado. Pero en Cristo nosotros vemos cómo luce la santidad.

Mira cómo luce la santidad de Dios. Por un lado, la santidad de Dios odia el pecado. De hecho, la santidad de Dios odia tanto el pecado que el Padre tuvo que sacrificar a su Hijo para reivindicar su santidad, su justicia. Esto no se trata simplemente de que como yo soy Dios y soy soberano, yo simplemente diga: "Perdonado todo el mundo y paz a todo el mundo". No, no, no, no. Aquí hay cuentas que arreglar. La falta, la deuda moral del hombre conmigo, es tan grave —de hecho, es infinita— porque cuando tú pecas contra la santidad infinita de Dios, tu pecado es infinito. Y lo único que podía pagar una deuda infinita es un pago infinito, y eso solamente lo podía hacer el infinito Dios encarnado en la persona de Cristo. Y en su santidad, Dios Padre sacrificó a su Hijo para llenar las demandas de la ley.

Pero en su amor sacrificó a su Hijo para salvar a los violadores de la ley. ¿Estoy entendiendo? La santidad de Dios demanda la reivindicación de su ley, y Dios en su santidad sacrificó a su Hijo, y en su amor lo dio precisamente para que los que habían violado su ley pudieran ser perdonados y encontrarse con la misma sangre que pagó la deuda. La misma sangre que te limpia del pecado que causó la deuda. La sangre que pagó la deuda es la sangre que te limpia del pecado que creó la deuda.

De manera que en la encarnación, Cristo no solamente desplegó la gloria del amor de Dios, desplegó la gloria de la santidad de Dios. Cuando sanó milagrosamente, desplegó la gloria del poder de Dios. Cuando habló con sabiduría como ningún otro, desplegó la gloria de la sabiduría de Dios. Por eso es que Juan puede decir: "Nosotros vimos su gloria". De hecho, cuando Juan escribió su primera carta años después, en los primeros cuatro versículos del capítulo uno de su primera carta, Juan menciona seis veces: vimos, conocimos, contemplamos. En otras palabras, lo que yo te estoy contando no es algo que alguien me dijo, me contó, o algo que yo leí en los rollos del Antiguo Testamento. Esto fue algo que yo vi, que yo contemplé, que yo rumié, que yo escuché, que yo toqué, que yo puse a prueba, por así decirlo.

Cuando ellos leyeron Isaías 6:6, que dice "Santo, santo, santo", no tenían idea de lo que verían hasta que vieron a un Cristo crucificado por el Padre, precisamente porque ellos habían violado su santidad. Y luego, cuando él vino lleno de gracia y de verdad y encarnado comenzó a vivir su vida, al final de su vida ellos entendieron cómo luce la santidad en una vida. ¿Sabes por qué? Porque de repente, al final, después de tres juicios por los romanos y tres juicios por los judíos, Pilato dijo: "No hallo falta en él". Para encontrar una falta hubo que buscar falsos testigos de parte de los judíos. La esposa de Pilato le dijo, puesto en lenguaje coloquial: "No te metas con ese hombre, que es un hombre justo". Herodes lo encontró inocente. Uno de los dos ladrones en la cruz de repente se percató y dijo: "¿Pero qué? Este hombre no ha hecho nada malo. Aquí los condenados somos tú y yo", hablando él al otro ladrón, "pero este hombre no ha hecho nada malo". Y el centurión, al pie de la cruz, cuando lo vio sufrir como sufrió y perdonar como perdonó, dijo: "Ciertamente, este fue un hombre inocente".

Así luce la santidad: no hay por donde acusarle. No hay falta, ni tus enemigos encuentran cómo acusarte. De hecho, los fariseos enviaron algunos de sus discípulos a él, y esto fue lo que dijeron: "Maestro, sabemos que tú eres un hombre veraz, que hablas la verdad de Dios con pasión, con verdad, que tú no buscas congraciarte con los hombres, tú no buscas la aprobación de los hombres". Así luce la santidad de Dios. Así Cristo quiere hacernos a ti y a mí: que nosotros podamos vivir cada vez más pudiendo decir no tengo nada que ocultar, nada que defender, nada que probar. Él nació sin pecado, vivió sin pecado, murió sin pecado. Fue tentado en todo, pero sin pecado. La santidad de Dios había sido enseñada, pero era una doctrina teológica, real, verdadera, necesaria de ser creída, pero no tenían idea de cómo lucía.

Hermanos, la encarnación de Cristo ciertamente comenzó con un bebé en un pesebre, pero como decía el pastor Luis al principio, el pesebre solamente era la manera de ilustrarnos hasta dónde llegó su disposición a humillarse para hacerse como nosotros, para acercarse a nosotros tanto como pudiera hacerlo, para luego acercarnos a nosotros a Dios tanto como él pudiera hacerlo. Él es el puente construido para volver a juntar al hombre con Dios, que estaban separados por miles de años.

Hermanos, si no entendemos, amigos, si no entienden la necesidad de la encarnación para la posible comunión tuya con Dios y salvación tuya y mía, entonces permanecemos en condenación. Mi pecado era grave, es grave. Es una afrenta contra Dios tan grave que nos separó por siempre de ese Dios. Tan grave que solamente Dios podía pagar lo que había pendiente en deuda. Tan grave que Dios prefirió sacrificar a su propio Hijo antes que pasar por alto los pecados de los hombres. Tan grave que el Hijo lo entendió tan grave que estuvo dispuesto él mismo a sacrificarse y dar su sangre para que un día algunos o muchos entendieran el milagro de la encarnación, la necesidad de la encarnación.

Cómo toda la historia entera, la historia bíblica entera, desde Génesis hasta Apocalipsis, depende de la encarnación. No habría cumplimiento de Génesis 3:15 si Cristo no se encarna, no hubiese sido posible. Y si la encarnación no se da y no se cumple Génesis 3:15, el resto de la historia podemos cerrarla y olvidarla, porque Dios hubiese mentido. Y cuando leemos al final de la nueva Jerusalén y el encuentro final y el final de los tiempos y cómo las cosas terminarán, la única manera como eso era posible era si venía alguien, Dios encarnado, y luego terminaba en una cruz muriendo como un cordero, hasta el punto que ese Cordero inmolado eventualmente estaría con nosotros de nuevo, siendo él el tabernáculo y nosotros sus seguidores y adoradores.

Hay un problema con eso. Y el problema con Jesús es que nadie va al Padre si no es por él. Hay un problema con Jesús y es que nadie conoce al Padre sino él. Hay un problema con Jesús y es que nadie puede revelar a Dios sino Dios, y él es el único que le conoce para revelarle. Hay un problema con Jesús y es que si él no te perdona, tú y yo vamos a la condenación. El problema con Jesús es que él es el único camino, la única verdad y la vida. Al final yo descubro que el problema no es Jesús. No es un problema con Jesús, el problema es mío y lo tengo yo con él, porque yo soy el que estaba desreconciliado con Dios.

Hermanos, sin Jesús toda la vida desaparece. De hecho, Calvino decía que el planeta Tierra era el teatro que Dios construyó para desplegar el drama de la historia de la redención, de manera que todos los eventos, incluyendo la creación de la tierra misma, apuntaba a que un día Dios Hijo se encarnaría y terminaría el resto de la historia de la redención. Todo el Antiguo Testamento apunta al Cristo encarnado, todo el Nuevo Testamento gira alrededor del Cristo encarnado. Sin Jesús mi culpa permanece y no tengo esperanza de perdón, porque sin derramamiento de sangre no hay perdón de pecado.

"El problema con Jesús" es el título de un libro que escribió Joseph Stowell. Él fue presidente del Instituto Moody hace unos años atrás, y él habla de estas cosas que te estoy diciendo ahora al final. Sin él yo no puedo llegar hasta Dios. El problema con Jesús es que sin él yo no puedo llegar hasta Dios. Él es el único mediador entre Dios y el hombre, 1 Timoteo 2:5. Hermanos, no hay otro, no hay intermediario que no sea Jesús, ni hombre ni mujer, no hay santos ni ángeles de intermediarios que no sea Jesús. Un solo mediador entre Dios y el hombre: Cristo Jesús, 1 Timoteo 2:5.

Sin Jesús el cielo desaparece y el infierno permanece, donde yo iría a pagar mi justa recompensa, por una sola razón: es que no hay ningún otro nombre debajo del cielo por medio del cual yo pueda ser salvo. No hay ningún otro nombre, solo él. Sin Jesús yo no tengo oración. ¿Sabes eso? Sin Jesús mi oración es inútil, todas mis oraciones son inútiles, porque él dijo: "Todo lo que pidáis, pedidlo en mi nombre". El Padre está dispuesto a oír tu oración si entiendes que la única razón para considerar algo de tu oración son los méritos que yo alcancé cuando vine encarnado, nací en un pesebre, crecí, sufrí, viví, prediqué, me sacrifiqué, morí y resucité. Sin él no hay gozo.

Jesús dijo: "Padre, yo ahora voy a ti para que tú hagas mi gozo completo en ellos, y yo en medio de ellos". ¿Te has percatado de que un día estás contento y en la tarde estás molesto? ¿Te has percatado que te has ido de vacaciones, quizás disfrutaste mucho una vacación, regresas y el mismo día ya estás airado por todo lo que encontraste al regresar de vacaciones? Porque el único que le da sentido y propósito a tu vida, a tu trabajo y a tus vacaciones es Cristo. Sin él no tengo vida eterna, porque él es el dador de la vida, de la verdadera vida.

Pero claro que el nacimiento de Jesús es digno de celebrar. Claro que es digno de recordarlo todos los años. Claro que es bueno pensar en cómo él vino, se humilló y nació en un pesebre, en condiciones extremadamente humildes, en la pequeña Belén, cómo le sirvió de ciudad que le dio la bienvenida. Pero tengo que ir más allá si esta noche la encarnación reveló el misterio de la encarnación de Dios, del cual Pablo habla en 1 Timoteo 3:16.

Y déjame decirte con eso, me propongo ya a hacer la realidad. Déjame decirte qué más Pablo nos dice acerca de este Cristo que vino, vino y se encarnó. 1 Timoteo 3:16, escucha a Pablo hablando: "E indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad". ¿Cuál es el misterio? "Él fue manifestado en la carne, vindicado en el Espíritu, contemplado por ángeles, proclamado entre las naciones, creído en el mundo, recibido arriba en gloria".

Es el misterio: que el Dios que se encarnó y que murió y ha resucitado fue recibido en gloria. "Devuélveme la gloria que yo compartía contigo desde el principio, regreso al amor que tú tenías por mí antes de que los tiempos comenzaran". Y él, que fue humillado a sí mismo, terminada la misión fue exaltado hasta lo sumo, para que al nombre de Jesús se doble toda rodilla y toda lengua confiese que Jesús es Señor, en el cielo, en la tierra y debajo de la tierra.

Es el Cristo crucificado, el Cristo exaltado, el Cristo encarnado, el Cristo glorioso, el Cristo que se humilló hasta lo sumo para llevarnos a nosotros de nuestra vergüenza hasta su gloria. Es sacarte de tu vergüenza a la gloria, para estar con el Padre por los siglos de los siglos. Amén, amén, amén, Señor Jesús.

¡Ven pronto, oh, mi Dios! Tuyo es el poder y la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Gracias por la encarnación de tu Hijo. Gracias por ayudarnos a celebrar otra vez. Gracias por ayudarnos a entender mejor, no solamente lo que a Él le costó, pero lo que a mí me ha bendecido. Gracias por el misterio de la encarnación. Gracias por el Cristo que fue proclamado entre los hombres, conocido por los suyos, exaltado en gloria.

Haya una satisfacción de celebrar a ese Cristo ahora, en canción, mientras continuamos adorándole. Que esta satisfacción de esta Navidad realmente, en nuestros corazones, en nuestra mente, en nuestros hogares, en nuestras familias, podamos recordarla como la Navidad en que continuamente recordamos la razón de la ocasión: Cristo Jesús, Él es. En su nombre, amén.

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Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.