IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
La invitación de Dios a la salvación ha sido rechazada a lo largo de toda la historia humana con una consistencia que debería confrontarnos. Pablo, en Romanos 10, muestra que la dureza de corazón del pueblo de Israel no era algo nuevo: ya Isaías, setecientos años antes de Cristo, se quejaba ante Dios preguntando quién había creído a su anuncio. Generación tras generación, los profetas predicaron y fueron ignorados, perseguidos, incluso asesinados. Luego vino Cristo mismo, y lo crucificaron. Después Pablo, quien recibió azotes, encarcelamientos y naufragios por el simple delito de predicar el evangelio.
Pero sería un error señalar solo a Israel. En dos mil años de cristianismo, millones de pastores, misioneros, padres y amigos han compartido el mensaje de salvación, y aun así la enorme mayoría de quienes lo han escuchado lo han rechazado. La rebeldía no es exclusiva del pueblo judío; es la inclinación natural del corazón humano a seguir sus propios deseos aun sabiendo que contradicen la voluntad de Dios. Cada vez que un creyente persiste en una práctica pecaminosa después de escuchar el llamado al arrepentimiento, está resistiendo la misericordia divina.
El autor de Hebreos advierte con urgencia: si hoy oyen su voz, no endurezcan sus corazones. El pecado engaña y endurece hasta que la voz de Dios deja de escucharse. Pero la bondad de Dios sigue extendiendo sus manos, todo el día, a un pueblo que él mismo describe como desobediente y rebelde. Esa paciencia infinita es la que nos guía al arrepentimiento, no la amenaza del juicio. La pregunta que queda es personal: ¿será esta invitación otra más que rechazamos, o el día en que finalmente respondemos?
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
En el día de hoy nosotros cumplimos un año transitando por la carta a los Romanos. De manera que eso es un buen tiempo. Hemos ido lentamente, porque si tú consideras la profundidad de la carta, en realidad hemos cubierto mucho terreno, pero en tres o cuatro minutos te voy a resumir algunas cosas que hemos dicho.
Nosotros titulamos la serie "La condenación del hombre y la salvación de Dios", porque eso es exactamente todo lo que encontramos en los primeros capítulos: de qué manera el hombre se perdió hasta el punto que no hay ni siquiera un justo, no hay uno, ni siquiera uno, no hay nadie que haga bien. Eso es Romanos 3. Pero ya en Romanos 1, Pablo nos hablaba de la depravación del hombre, hasta el punto que en el capítulo uno, tres veces Pablo nos dice que Dios los abandonó a sus deseos, a la impureza de sus corazones. Dios los abandonó. Por tercera vez, Dios los abandonó. Y hay como una lista larga de pecados ahí que nos dejan ver hasta dónde el humano es capaz de alejarse de Dios.
En la medida en que tú avanzas, encontramos a Pablo hablando de que aún en su propia vida había una lucha que librar, porque en ocasiones aquella cosa que él debía hacer no la hacía, y otra cosa que no debía hacer terminaba haciendo. Y cómo él clama al final de ese capítulo siete: "¿Quién podrá librarme de este cuerpo de muerte?" O este cuerpo de pecado. Y solamente Cristo Jesús puede hacer eso.
Y finalmente llegamos al capítulo ocho de Romanos, donde Pablo comienza diciendo que no hay condenación para aquellos que están en Cristo Jesús, y nos habla incluso de cómo todos aquellos que son hijos de Dios son guiados por el Espíritu, en Romanos 8:14. Y luego nos deja ver un poco más adelante que Dios, en la eternidad pasada, conoció a un grupo de personas, y que a esos que Dios conoció, Él predestinó; a los que predestinó, Dios llamó; a los que llamó, justificó; a los que justificó, glorificó. De manera que nosotros podamos ser hechos conforme a la imagen de su Hijo. Es el propósito eterno de Dios. De manera, hermano, que si tú estás en Cristo, si estás en Cristo, el único propósito para el cual existes es para que a lo largo de tu vida el Espíritu de Dios, morando en ti, te pueda seguir transformando de tal manera que la imagen de Cristo se forme en ti.
Y luego entonces llegamos al capítulo 9, y dijimos que los capítulos 9, 10 y 11 de Romanos son dedicados por parte de Pablo a discutir, hablar, digerir la historia de la nación de Israel. Y dijimos que en el capítulo 9, Pablo nos habla de la elección de la nación de una manera muy peculiar. Si se te han olvidado algunos de los detalles, te recomiendo que vuelvas y leas el capítulo 9.
El capítulo 10, que estamos cerrando hoy, Pablo nos habla del rechazo continuo de la nación de Israel del llamado de Dios, y cómo por consiguiente Dios también terminó disciplinándolos o castigándolos de manera severa precisamente por su terquedad. Pero luego, en el capítulo 11, al cual entraremos el próximo domingo si el rapto no llega antes, lo cual sería muy bueno, comenzaremos a ver la restauración de la nación de Israel. De manera que Dios no ha terminado con su pueblo.
Pero en el mensaje anterior a este, no el domingo pasado porque no estuve aquí, pero en el mensaje anterior a este, hablamos en los versículos 14 y 15 de Romanos 10 de cómo nosotros, tú y yo, tenemos una obligación de predicar el Evangelio, sobre todo a aquellos que nunca han oído. Y cómo es necesario que el mensaje sea escuchado, pero para que el mensaje sea escuchado necesita ser predicado, pero para que el mensaje pueda ser predicado alguien tiene que enviar a los predicadores. Y dijimos que tú y yo tenemos una obligación de ir al campo misionero por un lado, o por otro lado, o ambas cosas: de orar y de sostener económicamente a los que van.
Pero a manera de aplicación para cada uno de nosotros, dijimos que si no puedes decir, si no tienes el llamado a ser misionero, está bien, pero tú puedes ser un testigo del mismo Evangelio y encontrar un campo misionero en tu vecino, encontrar un campo misionero en tu familia, encontrar un campo misionero en pacientes si eres médico, o en clientes si eres un hombre de negocio o mujer de negocio, o puedes encontrar un campo misionero aun al lado de tu oficina, en el escritorio de al lado.
De manera que nosotros no tenemos excusa. De hecho, la frase "la Gran Comisión", como que todo el mundo piensa que la Gran Comisión es para misioneros. La frase "la Gran Comisión" no está en la Biblia para comenzar. No aparece siquiera en textos cristianos hasta los años de mil seiscientos. A ver, ¿por qué? No porque no había una misión que cumplir, sino porque hasta ese momento se veía como que era una responsabilidad de todos nosotros, tal como te la acabo de explicar: de poder ser testigo del Evangelio dondequiera que tú estés viviendo o trabajando.
Yo creo que eso resume más o menos dónde estamos en el día de hoy. Yo he titulado mi mensaje "La invitación más rechazada de la historia". La invitación más rechazada de la historia, que tiene que ver con Dios y con nosotros.
El texto de esta mañana está en Romanos 10, del versículo 16 al 21, pero para conectarme mejor con el texto anterior, yo voy a comenzar a leer desde el versículo 14 hasta el 21, y espero que puedan seguirlo conmigo.
"¿Cómo, pues, invocarán a aquel en quien no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán si no hay quien les predique? ¿Y cómo predicarán si no son enviados? Tal como está escrito: ¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian el Evangelio del bien!"
Hasta ahí habíamos cubierto. Hoy comenzamos aquí, versículo 16:
"Sin embargo, no todos hicieron caso al Evangelio, porque Isaías dice: Señor, ¿quién ha creído a nuestro anuncio? Así que la fe viene del oír, y el oír por la palabra de Cristo. Pero yo digo: ¿Acaso nunca han oído? Ciertamente que sí. Por toda la tierra ha salido su voz, y hasta los confines del mundo sus palabras. Y añado: ¿Acaso Israel no sabía? En primer lugar, Moisés dice: Yo los provocaré a celos con un pueblo que no es pueblo, con un pueblo sin entendimiento los provocaré a ira. E Isaías es muy osado y dice: Fui hallado por los que no me buscaban, me manifesté a los que no preguntaban por mí."
Y ahora hay que traerlo otra vez, pero en cuanto a Israel dice:
"Todo el día extendí mis manos a un pueblo desobediente y rebelde."
Recuerda, tenemos una obligación de predicar, de ir, de predicar el Evangelio, no solamente entre los judíos sino también entre los gentiles. De hecho, el apóstol Pablo fue instruido por Dios, a través de Cristo mismo, quien instruyó a Pablo de que él, cuando comenzara a predicar, debía predicarle a los judíos primero. Y eso está en varios pasajes del Nuevo Testamento. Y luego a los gentiles.
Yo quiero leerte en el día de hoy en qué momento el apóstol Pablo decidió ir de manera primaria a los gentiles, y quizás de manera secundaria, a lo largo del camino entonces, si encontraba judíos, predicarles. Pero hubo un momento de cambio, un momento de definición. Ciertamente Pablo había sido llamado a ser el apóstol a los gentiles, pero no es que desde el inicio él tenía que comenzar predicándole el Evangelio a los judíos de manera primaria. Y en un momento dado, debido al rechazo de dicha predicación, Pablo hace el cambio. Y te lo voy a leer del libro de los Hechos, capítulo 13, versículos 44 al 46:
"El siguiente día de reposo, casi toda la ciudad se reunió para oír la palabra del Señor." Toda la ciudad, casi, era una manera hiperbólica, toda la ciudad. "Pero cuando los judíos vieron la muchedumbre, se llenaron de celo." Ahí, ahí, ahí comienza el celo de judíos y gentiles. "Y blasfemando, contradecían lo que Pablo decía. Entonces Pablo y Bernabé..." Este es el punto de definición. "Entonces Pablo y Bernabé hablaron con valor y dijeron: Era necesario que la palabra de Dios les fuera predicada primeramente a ustedes, a los judíos, pero ya que la rechazan y no se juzgan dignos de la vida eterna, así que ahora nos volvemos a los gentiles."
El endurecimiento de la nación de Israel en la época de Pablo ha continuado hasta el día de hoy, aunque cuando lleguemos al capítulo 11 veremos que ha sido un endurecimiento parcial y que Dios todavía tiene algo que hacer con la nación. Pero Pablo nos expresa en el capítulo 9, cuando estuvimos viendo al inicio del capítulo 9, el enorme dolor que él sentía por la indiferencia y la apatía del pueblo judío hacia la persona de Cristo y su oferta de salvación. De hecho, él dice: "Si fuera posible, yo me ofrecería como anatema, yo me haría esta maldición, si Dios pudiera darles salvación a ellos." Este es Pablo.
Entonces ahora, cuando comenzamos a leer el texto de hoy, nosotros vimos cómo Pablo inicia el versículo 16 diciendo: "Sin embargo, no todos hicieron caso al Evangelio." Porque no hubo un momento mientras Pablo predicaba. "No todos hicieron caso al Evangelio." Como dirían en inglés, eso es como un understatement. De hecho, eso está por debajo de lo que realmente fue. No solamente que no todos oyeron e hicieron caso al Evangelio, es que la mayoría, la enorme mayoría, no le hizo caso al Evangelio.
Pero Pablo quiere que veamos en ese primer versículo que esa dureza de corazón no era nueva para sus días. En sus días, la mayoría no le hizo caso al Evangelio, pero en días atrás ocurrió exactamente lo mismo, cientos de años atrás. Escucha a Pablo, todavía en el versículo 16: "Porque Isaías dice: Señor, ¿quién ha creído a nuestro anuncio?" Preguntó Isaías. De manera que ahora, en un solo versículo, podemos ver, en primer lugar, que hay una dureza a ese Evangelio que es presente, pero hay una dureza que viene de atrás, que incluso Isaías, setecientos años antes de Cristo, un poco más, de la cual se quejó el profeta Isaías. Y es por eso que Pablo está citando ahí a Isaías.
En el capítulo 53, versículo 1, con esta frase: "¿Quién ha creído a nuestro evangelio?" Pero ahora hay Isaías diciendo y preguntándole a Dios. El día quizá ya fue llamado al ministerio, tú puedes leerlo en Isaías 6. Ese mismo día Dios le anuncia a Isaías que él estaba siendo enviado a una nación, una nación hebrea, que estaría oyendo, tendrían oídos, pero no escucharía, que teniendo ojos no verían, que era una nación endurecida. Y parte incluso, en un momento dado, del endurecimiento se debió al mismo juicio de Dios, al cual aludió Cristo en un momento dado cuando dijo: "Bien profetizó Isaías de ustedes, que teniendo ojos no ven y oídos no oyen." Bueno, esa es lo que Pablo está tratando de ayudarnos a entender: este rechazo continuo al mensaje de Dios desde los días de Isaías, e incluso mucho antes de Isaías ya había comenzado en el desierto. Como es, nosotros vemos el mismo rechazo y la misma actitud hasta el día de hoy.
Luego, en el versículo 17, Pablo regresa y conecta de nuevo con la idea de que el evangelio tiene que ser predicado para que otros oigan, y al oír puedan conocer de Cristo, y al conocer de Cristo puedan creer. Escucha cómo lo dice ahora en el versículo 17: "Así que la fe viene del oír, y el oír por la palabra de Cristo."
Lo que está dejando ver, y esta es la segunda enseñanza de este texto, nos está dejando ver que el evangelio, el mensaje de salvación, fue diseñado, ordenado por Dios de manera tal que es un mensaje que predominantemente necesita ser articulado verbalmente. Y eso tiene sus razones, como las vamos a ver, para que sea escuchado. Dios puede hacerlo de otra manera, pero la manera primaria es el evangelio para ser predicado, escuchado, y que entonces la gente pueda responder a lo que escucha.
Cuando nosotros leemos a Isaías, a Jeremías, a Malaquías o cualquiera de los otros profetas, las realidades que esos mensajes que hoy leemos fueron predicados. Fueron predicados a una audiencia particular, como son ustedes ahora mismo, y luego fueron llevados al lenguaje escrito de manera que pudieran permanecer como enseñanza para nosotros. Lamentablemente, cuando esos mensajes fueron predicados, al igual que ocurre hoy en día, la mayoría de los que escucharon el mensaje no abrazaron la invitación, terminaron rechazándola y por consiguiente condenándose. Y esto es como ocurre: cuando tú predicas la Palabra, hay gente, la minoría, que escucha, cree, abraza, y esos son salvos. Cuando esa misma Palabra es escuchada por parte de otros, la mayoría la oye, la rechaza, y la misma Palabra los juzga y los condena.
Cuando Dios dice "mi palabra no regresa vacía sin realizar la función o el trabajo o el propósito para la cual yo la envié," se está refiriendo en gran manera a cosas como esta. Oye, va, y si algo la gente oye, regresa habiendo juzgado y condenado a otros. Esa es la razón por la que Isaías está de corazón, la razón por la que el profeta Ezequiel en un momento dado parece que estaba conversando con Dios en oración, no sabemos cómo, y es como: "Señor, esta gente no responde." Ezequiel está en el exilio en Babilonia con el pueblo, y el pueblo sigue duro de corazón. Y Dios le dice a Ezequiel en 2:7: "Les hablarás mis palabras, escuchen o dejen de escuchar, porque son rebeldes." Se lo dice en 2:7, se lo dice en 2:5, se lo dice en 3:11. Tres veces Dios le dice a Ezequiel la misma cosa.
Y la razón es que cuando el evangelio es predicado, el evangelio es predicado en el poder del Espíritu, pero es el Espíritu que ha inspirado la Palabra. De tal forma que cuando el Espíritu Santo aplica la Palabra predicada, la Palabra que tú estás escuchando, la aplica al corazón y a la mente de una manera sobrenatural, la persona entonces puede responder, o aceptándola o rechazándola. Eso hace que tú puedas pensar del predicador, en este caso yo mismo: nosotros no somos más que un vaso. Nosotros somos como el mesero que sirve la comida, pero Dios la cocinó. Nosotros no somos más que un vaso debidamente preparado por Dios para que la Palabra salga por medio de nuestros labios, con autoridad del Espíritu llegue a tus oídos, y cuando tú la escuchas con el poder de convencimiento del Espíritu, entonces la Palabra endosada por el Espíritu pueda vencer la rebeldía del incrédulo e incluso la incredulidad parcial del creyente. Pero eso lo tiene la Palabra predicada porque la Palabra predicada fue inspirada por el Espíritu, y ahora el mismo Espíritu que la ha inspirado mora en el predicador y lo va a usar para hacer su trabajo en el que escucha.
Escucha el libro de los Hechos. Los primeros treinta años de la historia de la iglesia están en el libro de los Hechos. En 4:31, escucha lo que nosotros leemos: "Después que oraron," observa el orden, oración, "el lugar donde estaban reunidos tembló y todos fueron llenos del Espíritu," oración, llenura del Espíritu, "y hablaban la palabra de Dios con valor." ¡Bingo! Tú oras, el Espíritu obra, la Palabra es predicada con valor. Eso fue lo que ocurrió en la iglesia primitiva. Cuando, como otros han dicho, la Palabra de Dios divorciada del Espíritu Santo no tiene efecto. Esa es una regla. Lo contrario es una regla: la Palabra de Dios divorciada del Espíritu Santo no tiene efecto.
Escucha lo que Pablo le escribió a los corintios en su primera carta, 2:14: "Pero el hombre natural no acepta las cosas del Espíritu de Dios, porque para él son necedad, y no las puede entender, porque son cosas que se disciernen espiritualmente." El hombre natural que no tiene el Espíritu lee el texto bíblico y lo pone en una mesa y dice: "Yo no sé qué es lo que usted le encuentra a eso. Yo no sé de dónde tú sacas tal entendimiento, tal conclusión." Él no las puede entender. El Espíritu tiene que iluminar la Palabra que él inspiró para que pueda ser entendida. Y el Espíritu no solamente ilumina la Palabra para el que la está escuchando, ilumina la Palabra en el que la está predicando mientras la estudia y mientras la predica, para que pueda hacerlo con claridad, con convencimiento, y pueda producir el efecto que Dios tuvo en su mente en el primer lugar.
De manera que lo que nosotros llamamos ministerio, el verdadero ministerio, no es más que la obra del Espíritu de Dios trabajando a través de la Palabra de Dios. El ministerio no es otra cosa que la obra del Espíritu de Dios trabajando a través de la Palabra de Dios. Dios guía su iglesia por medio del Espíritu, pero el Espíritu la guía por medio de la Palabra. Eso es como es. De manera que una iglesia sin Palabra es una iglesia que se desvía o que nunca ha estado en el camino, porque no hay manera, nunca Dios ha guiado a su pueblo que no sea a través de su misma Palabra aplicada por medio del Espíritu Santo.
Tú puedes ver eso desde el inicio del libro de los Hechos. De hecho, el libro de los Hechos ha sido llamado el libro de los Hechos del Espíritu Santo, porque todo lo que ocurre en dicho libro es la narración de hechos del Espíritu Santo trabajando a través de Palabra predicada.
En Hechos 2:37-38, los discípulos que habían estado orando a través de esa razón en el aposento alto, esperando hasta que el Espíritu Santo viniera, tal como habían sido instruidos. Y escucha, entonces el Espíritu Santo llega el día de Pentecostés. Ustedes, Pedro ahora lleno del Espíritu se levanta con valentía, comienza a predicar un mensaje un tanto acusatorio acerca de cómo ellos habían rechazado la obra de Dios. Y en Hechos 2:37-38, esto es lo que leemos: "Al oír esto, compungidos profundamente, dijeron a Pedro y a los demás apóstoles: 'Hermanos, ¿qué haremos?' Entonces Pedro les dijo: 'Arrepiéntanse y sean bautizados cada uno de ustedes en el nombre de Jesucristo para perdón de sus pecados, y recibirán el don del Espíritu Santo.'" Pedro se levanta, predica un mensaje breve en el poder del Espíritu, el Espíritu toma la predicación de Pedro, la aplica al corazón y a la mente de los que estaban allí. Se sabe que tres mil personas nacieron de nuevo en un solo momento. El mensaje más corto predicado por un hombre sin letras, sin educación, produjo el mayor resultado quizás en un solo día que un mensaje haya traído a la luz en un solo momento. ¡Tres mil personas! Wow.
Pablo está diciendo en el versículo 17: "La fe viene por el oír, y el oír por la palabra de Cristo." Nota que Pablo no dice "por la palabra de Dios," que hubiese sido un sinónimo, pero creo que Pablo está detrás de algo cuando él la llama "la palabra de Cristo." Yo creo que Pablo está tratando de ayudarnos a entender que Cristo es el sujeto y el objeto de las Escrituras. Y alguien no está... el sujeto de las Escrituras. Están pensando: "¿Qué usted quiere decir con eso? No vaya muy rápido." Voy a decir ahora: cuando decimos que Cristo es el sujeto de las Escrituras, estamos diciendo que desde el Antiguo Testamento las historias bíblicas, las profecías, las enseñanzas de la Biblia apuntaban o giraban acerca de la persona de Cristo, su muerte, su resurrección. El sujeto que es crucificado, el sujeto que resucita, el sujeto al cual apuntaban las Escrituras. Pero él es también el objeto. ¿Qué quiere decir eso? Que todas las Escrituras que están aquí compiladas tienen el objeto, el propósito, de traer al incrédulo a creer, traer al incrédulo a la salvación. Y esa salvación es en Cristo. Por tanto, él es el propósito, la persona de Cristo, el objeto también de la Escritura. Y esta Palabra es entonces la palabra de Cristo.
Ahora, recuerdan el versículo 17: Pablo dijo que la fe viene por el oír, y el oír por la palabra de Dios. Que el oír, recuerda, el oír. Pablo pregunta en el próximo versículo, debido a la dureza de Israel, el versículo 18: "Pero acaso, ¿no han oído?" El problema de Israel, ¿fue que no oyó? Porque si la fe viene por el oír, y el oír por la palabra de Dios, y esta gente no cree, ¿será que Israel no oyó? Y él responde: "Ciertamente que sí. Por toda la tierra ha salido su voz, y hasta los confines del mundo sus palabras." ¿Qué quiere decir Pablo con esto?
Bueno, es una forma un poco inusual de responder, porque le está citando el Salmo 19. El Salmo 19 dice que el universo o los cielos proclaman, el firmamento proclama la gloria de Dios. Pero cuando tiene el versículo 4 del Salmo 19, dice que por toda la tierra ha salido su voz y hasta los confines del mundo sus palabras. El Salmo 19 en su primera parte está hablando de que Dios se ha revelado en su creación como el Creador, que es suficiente revelación en la creación para concluir que hay un Dios. Sin embargo, Pablo está diciendo más que eso, porque él está hablando de la necesidad de la predicación y está hablando de que se hace la pregunta: "¿Pero fue que no oyeron?"
De manera que lo que Pablo hace es que él comienza diciendo: "Mira, en primer lugar, Dios se ha revelado en su creación, y su creación, aunque no habla, sí sirve de testigo fiel de que Él existe." De manera que desde toda la antigüedad ese testigo ha estado ahí. Pero por otro lado, Pablo también nos estaba tratando de dejar ver que en el Antiguo Testamento al pueblo de Dios le habló por medio de los profetas. Y a aquellos oyeron. Oyeron por cientos de años; eso fue en el Antiguo Testamento. En la época de Pablo, los judíos comenzaron a escuchar la predicación, primero de Jesús y luego de Pablo. Ellos han escuchado el evangelio. Ya ni siquiera yéndonos atrás, y de forma hiperbólica Pablo está diciendo que ese evangelio ya se ha esparcido por todo el mundo.
Ahora, cuando tú lo oyes de parte de un predicador explicado de esa forma, tú dices: "Sí, está como halado por los moños, como de forma hiperbólica." Bueno, tú y yo hablamos de forma hiperbólica todo el tiempo. "Yo estuve en el partido de fútbol o de pelota y había mucha gente." "Ahí estaba todo el mundo." ¿En serio? ¿El mundo entero lo metieron en el estadio de pelota? No, claro que no. Tú le estás contando a alguien algo y tú dices: "Wow, y eso se ha ido pasando de boca en boca." Y cuánta gente lo sabe: "No, ya lo sabe todo el mundo, es un secreto a voces." ¿El mundo entero se enteró de lo que tú estás contando? Claro que no. Son formas hiperbólicas de hablar, tanto de Pablo como de nosotros.
De hecho, cuando Pablo escribe a los Colosenses, claramente tú puedes ver su hipérbole. Voy a leer Colosenses 1:23 de la Nueva Traducción Viviente: "Pero deben seguir creyendo esa verdad y mantenerse firmes en ella. No se alejen de la seguridad que recibieron cuando oyeron la buena noticia." Escucha ahora: "Esa buena noticia ha sido predicada por todo el mundo, y yo, Pablo, fui designado servidor de Dios para proclamarla."
Uno de los mejores académicos de Nuevo Testamento, F. F. Bruce, habla de que con esas palabras Pablo estaba dejándonos ver que los judíos de su tiempo no tenían excusa, porque les había sido predicado muy bien. Porque el evangelio había llegado a cada área donde había una comunidad judía, y eso sí era muy posible. Recuerda que para algún momento dado dije: "Yo me voy a los gentiles, ya ustedes ya escucharon el evangelio, lo rechazaron, ya yo no tengo responsabilidad con ustedes," por así decirlo. "Me voy a los gentiles." Probablemente para alrededor de ese tiempo ya Pablo entendía que donde había una comunidad judía, ya el evangelio había llegado. Y por eso le está diciendo: "¿Acaso es que no habrán oído?" Y dice: "No, claro que oyeron. Ya eso se ha oído por todo el mundo, se ha extendido por toda la tierra."
Por otra parte, los judíos no concebían, no podían imaginarse que Dios ofreciera salvación a los gentiles. Los gentiles no eran dignos de salvación. Ellos sí, ellos todos eran dignos de salvación desde el mayor al menor, pero los gentiles no. Y recuerda la historia de Jonás, cómo Jonás no quería ir para Nínive. ¿Por qué? Porque los ninivitas no merecían salvación, y él conocía a Dios y sabía que Dios se atrevería a perdonarlos. Y tú sabes que Jonás se fue a Nínive y en contra de su voluntad predica la palabra, Nínive cree, se arrepiente, y él está airado con Dios. El profeta de Dios está airado porque Dios le dio salvación a un grupo importante de gentiles.
De manera que, en cierta manera, si él ve la oferta de salvación que Dios extendió a los judíos en principio, ahora ha sido extendida a los gentiles, entonces la palabra de Dios o la invitación de Dios ciertamente ha alcanzado a todo el mundo en ese otro sentido.
Ahora Pablo continúa. Recuerda que Pablo con frecuencia anticipa la oposición de aquellos que escuchan, y vivía haciendo preguntas en Romanos. Entonces en el versículo 19, Pablo dice: "¿Acaso Israel no sabía?" ¿Es que Israel no sabía? Y ahí no está claro en ese solo versículo, o medio versículo de hecho, qué no sabía. Pero cuando él responde y hace alusión a Moisés, y ahí a Isaías y media, también nosotros comenzamos a entender a qué se refería Pablo. Porque si él dice: "¿Acaso Israel no sabía?" y luego nos da respuesta, él dio la respuesta. Él alude a Moisés y luego a Isaías. Escucha todavía en el mismo versículo 19.
En primer lugar, o sea, esta es la primera respuesta: Moisés dice: "Yo los provocaré a celos con un pueblo que no es pueblo. Con un pueblo sin entendimiento los provocaré a celos." Moisés vivió en el desierto cuarenta años, vivió las quejas del pueblo de Israel, la oposición del pueblo de Israel. Al final de los cuarenta años, después que el pueblo ha visto la gloria de Dios, que había recibido maná, que había recibido agua de la roca, que había recibido carne incluso en el desierto, que había sido protegido del sol por una nube, al final de los cuarenta años, antes de entrar a la tierra prometida, Moisés le dice al pueblo y le profetiza: "Ciertamente la gente, lo mismo que ustedes hicieron en el desierto, van a seguir haciendo, hasta que Dios decida buscar a otro pueblo que no son ustedes." Se referían a nosotros, los gentiles. Y cuando lo haga, ustedes van a ser provocados a celos y a ira.
Escuchen Deuteronomio 32:21. Esto fue escrito uno, dos meses antes de entrar a la tierra prometida. Deuteronomio 32:21 en la Nueva Traducción Viviente: "Ellos despertaron mis celos y mi enojo al rendir culto a cosas que no son Dios; provocaron mi enojo con sus ídolos inútiles. Ahora yo despertaré sus celos con gente que ni siquiera es pueblo; provocaré su enojo por medio de gentiles insensatos."
Lo que muchos estudiosos entienden es que Pablo estaba preguntando: "¿Es que los gentiles no entendieron el mensaje?" Y dice: "Bueno, esta es la respuesta. Yo no sé por qué, porque ya Moisés les advirtió que ustedes van a seguir duros hasta el punto que llegaría el momento en que Dios iba a tomar el mensaje y lo iba a llevar a los gentiles." A eso es que Pablo llama a los gentiles. Los llama "un pueblo que no era mi pueblo." O sea, nosotros no éramos parte del pueblo de Dios. Dios iba a tomar el mensaje de esa salvación y lo iba a llevar a ese pueblo, a un pueblo sin entendimiento. Claro, los gentiles no tenían ningún entendimiento; nunca recibieron los Diez Mandamientos, nunca recibieron un profeta, con excepción de contadas ocasiones como los ninivitas. Los gentiles no tuvieron instrucción de ningún tipo de parte de Dios; por tanto, era un pueblo sin entendimiento. A ese pueblo Dios le ofrecería salvación. Entonces eso es lo que Pablo está diciendo: "¿Fue que no entendían?" No, bueno, yo se lo dije claramente lo que iba a ocurrir, y se lo dijo al final de los cuarenta años en Deuteronomio 32:21.
Pero Pablo completa la respuesta para poder entender a qué es que Pablo se refiere cuando dice: "Israel no sabía." Entonces la segunda parte de la respuesta es Isaías. Muy osado dice, tú ves en Romanos 10:20-21: "Fui hallado por los que no me buscaban y me manifesté a los que no preguntaban por mí."
Isaías, setecientos años atrás, profetiza, Dios diciendo: "¿Sabes qué? Había un pueblo, o habrá un pueblo," porque era futurista, "que no está buscando de mí, no me conoce, no saben quién yo soy, no está preguntando, pero yo me voy a manifestar a ese pueblo." De manera que yo debieron haberlo sabido.
Escucha, cuando Pablo dice Romanos 10:20-21 y "Isaías es muy osado," escucha ahora cuál texto de Isaías estaba Pablo refiriendo: a cuál texto, Isaías 65:1. El Señor dice: "Estaba listo para responder, pero nadie me pedía ayuda. Estaba listo para dejarme encontrar, pero nadie me buscaba. 'Aquí estoy, aquí estoy,' dije a una nación que no invocaba mi nombre." Eso es futuro. Lo que pasa es que esto es un pretérito profético, que implica que el profeta habla en tiempo pasado como si hubiese ocurrido, pero se está refiriendo a algo futuro.
Dios está diciendo a la nación de Israel: "Entonces van a ver que va a llegar un momento en que yo me voy a ir a los gentiles, y a un pueblo que no me conoce, que no me busca, que no me pregunta, un pueblo al que yo le estaba dispuesto a responderle en cualquier momento. Y llegó un momento en que incluso yo fui, los busqué, me presenté a ellos y les dije: 'Aquí estoy, aquí estoy.' Hoy dije a una nación que no invocaba mi nombre."
Eso no me tuyo, hermanos. Nosotros no tenemos la menor idea de lo bendecidos, de lo privilegiados que nosotros somos, de que un Dios infinitamente santo, infinitamente justo, se haya molestado, esa palabra, haya condescendido a salir a buscarnos cuando nosotros estábamos camino a la perdición. Contentos en nuestro desvarío, contentos en nuestro camino de perdición, disfrutando los placeres del mundo, pensando que estábamos bien, que estábamos viviendo la buena vida. Y que Dios, a pesar de eso, haya condescendido y nos haya dicho: "Aquí estoy. Encuéntrame. Mírame. Ven a mí. Encuéntrame refugio. Yo soy la fuente que puede saciar tu sed. Yo soy lo que te puede dar sentido y propósito."
Hermanos, cuando tú entiendes eso, y entiendes la cruz, y entiendes lo que Cristo pagó, y lo innecesario que era para Él sufrir como sufrió, pero que por ninguna otra razón, y entiéndelo, Él ya quería dar su cuerpo. No pudo no dar su cuerpo, dar su vida, dar su sangre. No puede ser que tú y yo queramos simplemente vivir la vida cristiana con el menor esfuerzo posible. No sé si fue a ustedes que les dije, porque como vivo hablando aquí y allí frecuentemente, ya no sé lo que digo, cuándo y dónde, pero...
La vida cristiana, el llamado a la vida cristiana, es como a diez mil pies de altura, y Pablo me dice que viva a esa altura. Pero resulta que la mayoría de los hijos de Dios viven —y te estoy hablando bien— como a tres pies de altura, y el que vuela a cuatro pies cree que se las está comiendo. Es un privilegio pertenecer a la familia de Dios, y el Evangelio llegó a nosotros, humanamente hablando, porque un pueblo se endureció y tampoco quiso responder a Dios. ¿Cuál pueblo fue ese?
El versículo 21: "Pero en cuanto a Israel dice: Todo el día he extendido mis manos a un pueblo desobediente y rebelde." ¡Wow! Imagínate eso, porque es una figura del habla: veinticuatro horas al día le extendí la mano al pueblo de Israel. "Ven, arrepiéntete, no lo hagas, no lo repitas. Te perdoné ayer, pero no cuentes con eso mañana. Estoy esperando todo el día." Escucha cómo él describe a la nación: a una nación desobediente y rebelde.
La nación de Israel recibió múltiples profetas por cientos de años. No les hicieron caso; de hecho, los persiguieron y a muchos los mataron. Luego viene Cristo, el último profeta: no le creen. Cristo les citó las Escrituras que ellos defendían tanto y no le creyeron. No solamente no le creyeron, lo odiaron, lo crucificaron. Más adelante, el apóstol Pablo viene como representante de Cristo a los gentiles. Fue a los judíos primero; le rechazaron. Y cuando lo rechazaron, pasó por innumerables vicisitudes.
Pablo las describe en Segunda Corintios 11:23-25: fue encarcelado en múltiples ocasiones, azotado un sinnúmero de veces, se vio amenazado de muerte con frecuencia. Cinco veces recibió de los judíos treinta y nueve azotes, tres veces fue golpeado con varas, una vez fue apedreado, tres veces naufragó y llegó a pasar una noche y un día en lo profundo. ¿Y cuál era su delito? Que predicaba el Evangelio. Que predicaba tu salvación. Ese fue su delito para que pasara todo esto.
La nación de Israel, que fue elegida, que fue buscada por Dios, que tuvo los patriarcas Abraham, Isaac y Jacob, que tuvo las bendiciones de Dios en el desierto, que fue predicada por cientos de años, esa es la nación que se volvió rebelde —o continuó, más bien, en su rebeldía—. La NTV dice en Romanos 10:21: "Todo el día les abrí mis brazos, pero ellos fueron desobedientes y rebeldes."
Ahora déjame interceptar el pensamiento de algunos de nosotros. Quizás tú estás ahí pensando: "Vaya, ve la verdad que esa gente era dura." No, no, no, no, no, no. Nosotros somos duros. Cristo vino hace dos mil años. En dos mil años, ¿tú sabes las veces que el Evangelio ha sido predicado? ¿Tú sabes el número de pastores, de misioneros, de evangelistas, de profesores de escuela dominical, de charlistas, de profesores de seminario, de expertos en las Escrituras, los millones de padres, madres, abuelos que le han predicado a sus hijos, nietos, bisnietos? ¿Tú sabes el número de amigos que le han predicado a amigos y familiares? Y aun en dos mil años, aun así, la enorme mayoría de los que han escuchado el Evangelio entre nosotros los gentiles no han abrazado el Evangelio; lo han rechazado.
No voy a llamar a los de lejos porque es muy fácil acusar. En nuestra propia iglesia hay gente que ha venido y ha escuchado el Evangelio. Gente de dos formas: gente que ha venido, ha escuchado el Evangelio, no era cristiana y todavía el día de hoy sigue siendo no cristiana. Gente que es cristiana, que ha escuchado el llamado de arrepentimiento múltiples veces y que todavía ha persistido en su dureza de corazón. Hermano, hemos respondido de la misma manera; hemos sido en muchos casos un pueblo desobediente y rebelde.
Hermano o amigo, cada vez que tú y yo nos hemos encontrado en una práctica pecaminosa y escuchamos un llamado al arrepentimiento y persistimos en la práctica pecaminosa, es otra ocasión más donde has resistido la misericordia y la bondad de Dios. Cada llamado de arrepentimiento es una extensión más, tres pies más, de la misericordia y la bondad de Dios.
Escucha cómo Pablo les dice a los romanos en el capítulo dos, del versículo cuatro en adelante: "¿O tienes en poco las riquezas de su bondad?" —me encanta el lenguaje— "las riquezas de su bondad y tolerancia y paciencia, ignorando que la bondad de Dios te guía al arrepentimiento?" ¿Estás escuchando lo que Pablo no dice? Pablo no dice: "Es la amenaza del juicio de Dios, es la amenaza del infierno que te lleva al arrepentimiento." No, hermano. Es la riqueza de su bondad, de su tolerancia y de su paciencia. Y cuando yo no me arrepiento, yo estoy ignorando la bondad de Dios, que es la mano a través de la cual Él me trae al arrepentimiento.
Pero escucha lo que Pablo dice en el versículo cinco: "Pero por causa de tu terquedad y de tu corazón no arrepentido, estás acumulando ira para ti en el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios." Pablo exonera, por así decirlo, a Dios de que Él no es el culpable de que el juicio caiga sobre mí. ¿Y quién es el culpable? Ahí está, versículo cinco: "Por causa de tu terquedad y de tu corazón no arrepentido, estás acumulando ira para el día del juicio." En otras palabras, puede ser que te vaya bien en la vida, pero sabes que al final —versículo nueve de Romanos 2— "habrá tribulación y angustia para toda alma humana que hace lo malo, del judío primeramente y también del griego."
De manera que la rebeldía y desobediencia que caracterizó al pueblo judío es la tuya y es la mía, del pueblo gentil. La rebelión —déjame definirte la rebelión del ser humano— es la inclinación natural del corazón humano para llevar a cabo sus deseos aun sabiendo que son contrarios a la voluntad de Dios. Tal cual Adán y Eva lo hicieron igual. Adán y Eva sabían cuál era la voluntad de Dios, pero se quisieron comer la fruta. Con frecuencia el hijo de Dios —prácticamente siempre— sabe lo que es conforme a la voluntad de Dios y lo que no es. Y sabiendo lo que es conforme a la voluntad de Dios, en su rebelión decide que prefiere seguir los dictámenes y deseos de su corazón antes que los dictámenes y deseos del corazón de Dios. Esa es la rebelión.
La terquedad de que Dios habla con relación al pueblo judío es la terquedad del ser humano, no es del judío. Déjame definirte la terquedad con relación a Dios. Esto va en cuenta; algunas de las cosas que los diccionarios dicen de la terquedad: es una característica del individuo que mantiene con ahínco una opinión, una actitud, una decisión o práctica pecaminosa a pesar de múltiples llamados de atención de parte de Dios, hechos ya sea a través de sermones predicados, de lecturas de la Palabra, de recordatorios del Espíritu Santo al traer tus pensamientos a tu mente o a tu conciencia, o quizás a través de un amigo, de una amiga, de un padre, de una madre o de cualquier otro. Esa es la terquedad: es una opinión, es una actitud, es una decisión o una práctica pecaminosa que yo mantengo a pesar de que Dios, por múltiples canales distintos, me ha llamado la atención para que me devuelva. Y en mi rebelión, yo he decidido obedecer los dictámenes de mi corazón. Esa es la razón.
Ahora déjame devolverme un momentito. La razón por la que estoy haciendo esto es porque, como te dije en un mensaje anterior, el predicador necesita siempre en casa —no, prácticamente— hacer dos cosas: tomar la audiencia y traerla al texto dos mil años atrás para que pueda entender quién la escribió, a quién se le escribió, cuál era el propósito. Y eso ya lo hicimos: la nación de Israel. Pero luego, él tiene que tomar el texto —la audiencia vino al texto, ya vimos todo eso— ahora él tiene que tomar el texto y llevarlo a la audiencia para ver cómo esto se aplica hoy. Eso es lo que estamos haciendo.
El autor de la carta a los Hebreos, en conocimiento de la dureza de corazón del ser humano —con esto ya voy cerrando— escribe a personas cristianas. Y yo sé que son cristianos; él pensaba que eran cristianos porque les llamó hermanos. Veamos, voy a leer. Es un texto de seis, siete u ocho versículos, pero escucha con atención. Y mientras digo que escuches con atención, yo mismo le ruego al Espíritu de Dios que abra nuestro entendimiento de manera personal para que cada uno de nosotros pueda escuchar lo que Él tiene que decirnos a cada cual.
Hebreos 3:7-15: "Por lo cual, como dice el Espíritu Santo..." Ves, esto no lo está diciendo el autor del libro de Hebreos —él lo escribió— ni lo estaba diciendo el pastor Núñez. No, yo estoy leyendo lo que el autor de Hebreos escribió, que el Espíritu inspiró. "Por lo cual, como dice" —ni siquiera como dijo, como dice en el presente— "el Espíritu Santo: Si ustedes oyen hoy su voz..." Hermanos, amigos, hoy su voz. Hoy. "No endurezcan sus corazones como en la provocación, como en el día de la prueba en el desierto, donde sus padres me tentaron y me pusieron a prueba, y vieron mis obras por cuarenta años. Por lo cual yo me disgusté con aquella generación y dije: Siempre se desvían en su corazón" —tú y yo no nos desviamos en la vida sin que el corazón se haya desviado primero— "y no han conocido mis caminos. Como juré en mi ira: No entrarán en mi reposo."
¡Wow! ¿Tú te imaginas que hoy endurezcas tu corazón y que hoy sea el día que Dios diga: "No vas a entrar en mi reposo"? ¿Y qué es lo que otra advertencia tú tienes? Dios, el versículo 12: "Tengan cuidado, hermanos" —son cristianos— "tengan cuidado, hermanos, no sea que en alguno de ustedes haya un corazón malo de incredulidad para apartarse del Dios vivo. Antes exhórtense los unos a los otros cada día, mientras todavía se dice 'hoy', no sea que alguno de ustedes sea endurecido por el engaño del pecado."
Ahí está el problema: tu pecado y mi pecado nos ciega, y luego que nos ciega nos endurece, y por eso no escuchamos la voz de Dios. O si la escuchamos, no tiene volumen. O si la escuchamos, no tiene autoridad sobre nosotros, porque nos hemos endurecido por el engaño del pecado. El pecado es el mayor engañador de la historia humana. Pregúntale a Adán y Eva.
"Porque somos hechos partícipes de Cristo, si es que retenemos firme hasta el fin el principio de nuestra seguridad. Por lo cual se dice: Si ustedes oyen hoy su voz, no endurezcan sus corazones como en la provocación."
El texto que yo leí comienza y termina de la misma manera. Léanlo otra vez. Versículo 7: "Por lo cual, como dice el Espíritu Santo: Si ustedes oyen hoy su voz, no endurezcan sus corazones como en la provocación." Y versículo 15: "Por lo que se dice: Si ustedes oyen hoy su voz, no endurezcan sus corazones como en la provocación." Es el énfasis del Espíritu de Dios: no lo hagas, no persistas, no continúes. Te vas endureciendo, porque te endureces y ni siquiera te vas a dar cuenta, porque ahora la voz ya ni siquiera la vas a oír. Pero si tú oyes la voz hoy, responde. Responde a la tolerancia, a la paciencia, a la bondad de Dios que te extiende una vez más una invitación. De manera que la invitación más rechazada de la historia no pase a ser tu invitación, no una invitación rechazada de manera personal. No, hermano, no, amigo, que esa no sea tu caso.
Y habiendo visto todo eso, quizás hay una o dos o tres o más personas que llegaron aquí sabiendo que no eran creyentes, pero vinieron. Quizá no saben ni por qué vinieron, quizá respondieron a una invitación o alguna otra razón. Pero si el Espíritu de Dios, al oír la Palabra predicada, la aplicó a tu mente, a tu corazón, y te hizo verlo, y te dio entendimiento de que sabes que yo no soy cristiano, yo no he nacido de nuevo, en el nombre de Cristo yo te imploro: no endurezcas el corazón. Arrepiéntete de tu pecado, clama a Cristo por perdón, clama a Cristo por arrepentimiento, Él es quien lo puede dar. Confiesa tu pecado, pero pídele el arrepentimiento, porque Él lo tiene que dar, y que tú puedas confesar a Cristo como tu Señor, como tu Salvador, que tú puedas abrazar la fe cristiana genuinamente.
O quizá llegaste aquí pensando que eras cristiano, pero mientras escuchabas al Espíritu de Dios predicar a través de su Palabra, quizá Dios te dio lucidez y señaló tu realidad. Quizá existe una profesión de fe, pero has profesado la fe pero no posees la fe. Hoy es el día en que tú puedas poseer la fe. Yo quiero guiarte, si el Espíritu de Dios te ha dado dicha convicción, yo quiero guiarte en una oración de arrepentimiento para conversión. Y tú puedes hacerla en tu mente con tus palabras, en el orden que quieras; yo te voy a guiar simplemente para que en el día de hoy tú puedas recibir vida eterna, si la haces de corazón y con convicción.
Mira, ahí donde tú estás, cierra tus ojos, que tú puedes decirle: "Señor, gracias por tu mensaje, tu Espíritu. Gracias por la iluminación que trajiste a mi mente. Gracias por darme convicción de pecado y por mostrarme mi necesidad de ti." Ahora, en tu propia palabra puedes decirle: "Señor, perdóname, perdona toda mi culpa, toda mi maldad. Por la sangre de Cristo yo clamo a ti por limpieza. Tu Palabra dice que aunque mis pecados hayan sido rojos como la escarlata, tu sangre tiene poder para volverlos blancos como la nieve. Señor, blanquea mis pecados. Hazme nuevo, hazme una criatura nueva."
"Señor, por medio del Espíritu que hoy viene a morar en mí, dame nuevamente un nuevo corazón, nuevos deseos, una nueva visión de ti, de mi vida, de la vida en general. Dame una nueva visión, empodérame por medio de la llenura de tu Espíritu para vivir una vida que yo ni siquiera sé cómo vivirla, pero tú sabes. En el día de hoy yo te proclamo mi Señor y te proclamo mi Salvador. Entrego mi vida, te pido que la cuides, que no me dejes ir de tu mano, que siempre me des oídos para tu voz, corazón para responder, voluntad rendida para yo honrar tu causa, honrar tu Evangelio, honrar tu cruz, honrar tu sangre."
Quizá hay otros hermanos a quienes hoy el Espíritu de Dios les habló, al igual que en el servicio anterior, y reconocen que hay pecado sobre el cual Dios ha llamado la atención, que han seguido en su práctica, y que hoy quisieran pedirle perdón a Dios y arrepentirse. Si este es tu caso, yo te pido que te pongas de pie y yo oro contigo también.
Puedes decirle: "Señor, yo vengo agradecido de tu Palabra, de tu Espíritu, de tu bondad, de tu gracia y tu misericordia. Perdóname, Dios. Señor, dame arrepentimiento de este pecado" —y pon el nombre a tu pecado—. "Señor, dame arrepentimiento de manera que yo no vuelva atrás, genuino, verdadero. Cambia mi corazón, cambia mis deseos, cambia mis debilidades o elimina mis debilidades. Y dame una visión grande de Cristo de manera que toda oferta de este mundo palidezca a la luz del tamaño y el brillo y el esplendor y la hermosura de mi Salvador, y que yo pueda hablar de un antes y un después de este día."
"Gracias, mi buen Dios, por tu gran misericordia para conmigo. Gracias por tu gran bondad, por tu gran tolerancia, por tu gran paciencia hasta hoy. Pero hoy yo le digo al pecado: no más, no más de robarme la libertad que Cristo compró para mí. Señor, te pido por mis hermanos, ayúdales a vivir la libertad que tú compraste, ayúdales a volar alto a la altura del Evangelio, y permite que yo pueda ser testigo del poder liberador de un Cristo real, de un Cristo vivo, de un Espíritu que mora en el interior de los creyentes."
Esto te lo pedimos en el nombre precioso de tu Hijo Jesucristo. Su pueblo dice amén. Nos ponemos de pie para cantar a nuestro Dios.