Integridad y Sabiduria
Sermones

Jesús, el ancla de mi alma

Miguel Núñez 24 enero, 2010

Frente a la tragedia, las preguntas que asaltan el alma suelen ser más grandes que cualquier respuesta humana. ¿Dónde estaba Dios cuando el terremoto devastó Haití? En el mismo lugar donde estaba cuando la cruz alcanzó a su Hijo. ¿Por qué esa nación tan pobre? ¿Por qué esa familia que servía a Dios perdió a los suyos mientras otra que no cree los conservó? Estas interrogantes no encuentran respuesta en el reino de los hombres, sino en el corazón y los propósitos eternos de Dios.

El libro de Hebreos revela que Dios, deseando mostrar la inmutabilidad de su propósito, no solo dio su palabra sino que interpuso un juramento. Como cuando pasó entre las mitades de los animales ante Abraham, Dios garantizó unilateralmente su promesa. Job atravesó el dolor más profundo —perdió hijos, bienes, salud— y al final declaró: "Yo sé que ningún propósito tuyo puede ser estorbado". No hay mejor maestro que el sufrimiento en las manos de Dios para enfocar correctamente el lente de la vida.

La esperanza cristiana no es ilusión sino certeza de lo prometido. Nuestra ancla no está echada hacia abajo como la de los barcos, sino hacia arriba, detrás del velo donde Cristo entró como precursor. Él es el remolcador que nos hala seguros a puerto. Job, ante la pérdida total, rasgó su manto pero adoró: "Jehová dio, Jehová quitó; bendito sea su nombre". Una vida de adoración, agradecimiento y sumisión es la forma de asirnos a la esperanza. No somos tanto seres humanos en necesidad de respuestas, sino rebeldes en necesidad de sumisión.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Yo quiero que leamos entonces en el libro de Hebreos, capítulo 6, los versículos del 17 al 20: "De la misma manera, Dios, deseando mostrar más plenamente a los herederos de la promesa la inmutabilidad de su propósito, interpuso un juramento, a fin de que por dos cosas inmutables, en las cuales es imposible que Dios mienta, seamos grandemente animados los que hemos huido para refugiarnos, echando mano de la esperanza puesta delante de nosotros, la cual tenemos como ancla del alma, una esperanza segura y firme y que penetra hasta detrás del velo, donde Jesús entró por nosotros como precursor, hecho según el orden de Melquisedec, sumo sacerdote para siempre."

El autor del libro de Hebreos nos da cuatro grandes verdades en este texto que yo acabo de leer. Nos habla en primer lugar de la inmutabilidad del propósito de Dios. En segundo lugar, nos habla de la necesidad de nosotros agarrarnos de la esperanza puesta delante de nosotros. En tercer lugar, nos habla del ancla del alma, de Cristo que penetró detrás del velo. Y en cuarto lugar, nos habla acerca de la necesidad de fijar nuestra atención en ese Jesús que fue delante como precursor nuestro.

La razón por la que yo quiero continuar reflexionando sobre esto que acaba de acontecer en la nación de Haití es porque aun de este lado, donde no hemos sufrido esas consecuencias, he notado en algunos ansiedad acerca de si algo similar pudiera ocurrirnos. Yo creo que es necesario que aquellos de nosotros que conocemos a Dios podamos estar preparados para cualquier eventualidad, y que esa preparación entonces pueda venir a partir de la satisfacción de Dios. No hay nada como su satisfacción, no hay nada como sus promesas para ayudarnos a enfrentar el dolor y el sufrimiento.

Y con eso yo quiero que pausemos y oremos y nos presentemos una vez más a nuestro Dios. Padre, solamente tú, Dios soberano y Señor, creador del cielo y de la tierra, sustentador de todo lo que existe, conoces tus propósitos y conoces tus caminos. Pero nosotros, tus hijos, afirmamos, Dios, que tú sabes lo que haces, tú lo haces bien, nunca has cometido un error y nunca cometerás uno. Que nosotros que te seguimos, nosotros tus siervos, podamos confiarte ciegamente, porque tú nos has revelado cosas en tu Palabra por medio de las cuales podemos tener esperanza y confianza en el Dios viviente. Sé con nosotros, sé con tu siervo en la predicación de una manera que él pueda honrar tu soberanía, honrar tu control, honrar tu Palabra y edificar a tu pueblo. Te lo pedimos en Cristo Jesús. Amén.

En el día de ayer yo tuve la oportunidad de viajar a Jimaní y de ahí a un campamento en Haití para ver algunas cosas que se pudieran hacer en un futuro cercano, en este lugar donde pudieran llevarse los enfermos que están siendo dados de alta de nuestros hospitales una vez que ya hayan sido atendidos. Y en mi ruta ya reflexionaba acerca de algunas cosas. Y cuando llegué, me di cuenta que ciertamente el pico de la crisis de los traumas, de los sangramientos, de las fracturas, ha pasado. Ya muchos de los enfermos fueron dados de alta y otros han sido trasladados a otros centros para mayor especialización. Pronto vendrán las enfermedades respiratorias y las gastroenteritis y las enfermedades infectocontagiosas, y pronto vendrán las infecciones de muchas heridas, de cirugías que no fueron realizadas apropiadamente dado lo inesperado del evento, la cantidad de personas que se presentaron, e incluso los hospitales que pudieron darle atención, primera atención, que no necesariamente estaban preparados para ese tipo de eventualidad.

Pero mientras pensaba acerca de todo eso, el Señor vino a recordarme, a ayudarme a entender que estas cosas no son las peores que han ocurrido. Yo oía ayer a un paciente que estaba siendo debridado, su herida limpiada, dando gritos que se podían oír a lejos. Y ciertamente ese dolor y la amputación de una pierna, de un miembro que ha sido traumatizado, es un evento serio, pero jamás tú puedes comparar eso con la pérdida de un hijo, de una hija, de un esposo o de una esposa. Estar atrapado en un lugar por varios días hasta que con equipo de rescate puedan llegar a ti y sacarte es algo escalofriante, pero jamás puedes comparar eso con la experiencia de haber estado en el terremoto, salir corriendo de tu hogar junto con los tuyos, para cuando te devuelvas encontrar que los tuyos nunca llegaron afuera y fueron aplastados por los escombros que cayeron de tu hogar, y ahora tú estás solo después del evento.

Yo pensaba acerca de todo eso, y hay enorme cantidad de prótesis que vienen de Estados Unidos para esos miembros que han sido amputados. Pero yo pensaba: tú puedes poner una prótesis donde has perdido un miembro, pero tú no puedes poner un hijo de prótesis donde perdiste uno. Las heridas se infectarán, algunas durarán días, semanas, meses, hasta años pudieran durar algunas de ellas causando problemas. Pero tú nunca puedes comparar la dificultad de curar esa herida con la dificultad de sanar el alma que está dolida. El paciente que yo escuché gritar ayer ciertamente me conmovió el corazón, pero tú puedes calmar ese dolor, hay calmantes, hay narcóticos, hay anestesia. Pero no hay ninguna de esas cosas para el dolor del alma. Y años van a pasar, yo creo, hasta que algunos de ellos puedan abatir o tener su dolor abatido, y eso si alguna vez va a ocurrir, a menos que Jesús pueda tener un encuentro con ellos.

Y muchas son las preguntas que asaltan la mente en momentos como estos. ¿Dónde estaba Dios cuando esta catástrofe llegó a Haití? Bueno, en el mismo lugar donde Él estaba cuando la tragedia de la cruz alcanzó a su Hijo. ¿Por qué Haití? ¿Por qué Haití, una nación tan pobre? ¿Y por qué al Hijo de Dios, nombre tan santo? ¿Por qué a esta familia y no a esta? ¿Y por qué tenía que ser la Trinidad, la familia de la Trinidad, que perdiera a uno de los suyos por una causa que tenía que ver con la rebelión del hombre? ¿Y por qué esta familia que no cree en Dios, que tiene hijos que no creen en Él, tiene todos sus hijos vivos, y esta otra familia, cuyo padre le ha dedicado su vida a Dios, su madre se ha dedicado a Dios, los hijos estaban dedicados a Dios, y Dios se los llevó?

Se nos olvidan las palabras del salmista cuando dice que preciosa es a Jehová la muerte de sus santos. Se nos olvidan las palabras de Isaías 57, versículos 1 y 2, que dicen que Dios muchas veces se lleva a sus hijos antes de que la maldad, el pecado, los alcance. Un versículo que me fue dicho días, semanas después que perdimos a nuestro hermano, la primera persona que era creyente en nuestra familia. Apenas tenía 42 años, estaba piloteando un avión y se estrelló, en momentos en que él había estado acediado por la tentación. El Señor se lo llevó y alguien me habló de eso. Y un sinnúmero de preguntas como estas están circulando, preguntas que son más grandes que la respuesta que cualquier otra persona pueda dar.

Yo quiero en el día de hoy usar la vida de Job para exponer el texto del libro de Hebreos. Algo un poco extraño que quizás nunca antes había hecho: tomar un texto del Nuevo Testamento e irme a la vida de alguien en el Antiguo Testamento, e interpretar el Nuevo a través de esa vida en el Antiguo. Y esta es la vida de Job, un hombre que supo, que fue experimentado en dolores, en sufrimientos, fue un hombre que tuvo preguntas, que hizo preguntas y que recibió muy malas respuestas.

De hecho, sus tres amigos que habían venido a consolarlo, en un momento dado pasaron toda una semana sin hablar porque estaban espantados al ver a Job, su condición. Toda la primera semana ellos no abrieron su boca, pero cuando la abrieron y comenzaron a contestarle a Job, Job se cansa de sus respuestas y les dice en Job 21:34: "¿Cómo pues me consoláis en vano? Vuestras respuestas están llenas de falsedad." Las preguntas de Job no eran tan largas a veces como las respuestas que sus amigos le dieron, pero siempre fueron más profundas que las respuestas que él recibió.

Había una diferencia entre la manera como Job abordó esto y como sus amigos abordaron esto, y es que sus amigos siempre le dieron respuestas terrenales. Job no tenía las respuestas a sus preguntas, pero él sabía que si había alguna respuesta no estaba en el reino de los hombres sino en el corazón de Dios y en su propósito eterno. Y las mejores preguntas entonces no solo son las que Job les hace a sus amigos, son las que Job le hace a Dios. Y de hecho todavía mejora aún: las preguntas que Dios le hace a Job al final y que nunca respondió. Pero Job sabía que las respuestas a mis interrogantes no están aquí abajo, están allá arriba. Y esa es la razón por la que al final a Job le va mejor que a sus tres amigos. Le fue mucho mejor con Dios que a los tres amigos de Job.

Una de las cosas que Job aprendió está aquí en el texto del libro de Hebreos. Al final de su experiencia, capítulo 42, versículo 2, Job dice: "Yo sé que tú puedes hacer todas las cosas y que ningún propósito tuyo puede ser estorbado." Job aprendió que los propósitos de Dios son inalterables, inmutables, incambiables.

El autor de Hebreos en el texto que yo leí hoy nos habla precisamente de que a aquellos que hemos recibido la promesa, a esos que hemos sido hechos herederos de la promesa, Dios quiso precisamente darnos o hablarnos acerca de la inmutabilidad de su propósito. Y cuando Dios nos habló de la inmutabilidad de su propósito, dice el texto de hoy, lo hizo de dos maneras: nos dio su Palabra y nos hizo un juramento. Algunos de ustedes recordarán cómo Dios viene a Abraham y le hace una promesa, le da una palabra. Y eso hubiese sido suficiente, porque cuando Dios da su Palabra, Él da su honor, y sería imposible para Dios mentir. Pero cuando Dios quiso que esa promesa quedara firmemente arraigada en la mente de Abraham y de su descendiente, no solamente le dio su Palabra, sino que hizo un juramento con Abraham.

Dios condesciende al reino de los hombres. Es como si Dios rebajara su estatura, por así decirlo, y desciende a nuestras formas de hacer las cosas y nos da su palabra. Y como si él hubiese necesitado esto, encima de eso nos da un juramento. Y le pide a Abraham entonces traer tres animales y los corta; le pide que los corten en dos y que los abra. Y luego que Abraham hace eso, hace caer a Abraham en un profundo sueño, y mientras Abraham dormía, Dios, representado por esta columna de humo en medio de extraña oscuridad y densa niebla, pasa entre las mitades.

Recordándonos que en la antigüedad la gente no firmaba pactos, la gente cortaba pactos. Y este pacto estaba siendo cortado, y la idea era que cuando tú cortabas un pacto y colocabas estos animales, estas mitades, una al lado de la otra, cada individuo involucrado en el pacto tenía que cruzar por medio de las mitades, simbolizando que si alguna vez uno de ellos faltaba a la promesa, ellos merecían ser cortados en dos. Y Dios toma a Abraham, lo pone en un sueño profundo, y de manera unilateral, porque Abraham no podía mantener este pacto, él es el único que cruza entre las mitades, como diciéndole: "Abraham, Abraham, el Dios vivo te dice que si él faltara alguna vez a este juramento, él merecería ser cortado en dos". Y Abraham, tú sabes la imposibilidad que eso implica, de que Dios sea cortado en dos.

El autor de Hebreos nos dice hoy: "Por lo cual Dios, deseando mostrar más plenamente, para que no quedara duda, a los herederos de la promesa la inmutabilidad de su propósito, interpuso un juramento, a fin de que por dos cosas inmutables, en las cuales es imposible que Dios mienta al dar su palabra, los que hemos buscado refugio seamos grandemente animados para hacernos de la esperanza puesta delante de nosotros". Pero lo que Dios está jurando es acerca de la inmutabilidad de su propósito y de esa promesa que hizo.

Job pasa por la dificultad y al final dice: "Yo sé, Dios, no yo". Había huido, yo conocía, me parece, es mi opinión: "Yo sé que tu propósito no puede ser estorbado". No hay nada, no hay mejor maestro que el dolor y el sufrimiento en las manos de Dios. Escucha cómo yo lo dije: yo no dije simplemente "el mejor maestro es el dolor y el sufrimiento", no. Yo dije el dolor y el sufrimiento en las manos de Dios.

Yo leí esta semana un libro acerca de esta autora, Guthrie, que se llama *Holding On to Hope*, sosteniéndonos, haciéndonos, agarrándonos de la esperanza. Pero al mismo tiempo "Hope" es el nombre de una de su primera hija que murió apenas de seis meses de edad, y ahí explica todo lo que Dios le enseñó y le mostró. Pero en una ocasión alguien le pidió que en una hoja ella colocara en la parte superior de la hoja las peores cosas que le habían ocurrido, y luego que la volteara y en la parte de abajo pudiera colocar las mejores cosas que le habían ocurrido, y luego que la abriera y la comparara. Para ella descubrir que muchas de las cosas que ella había colocado en la parte superior como las peores cosas que le habían ocurrido aparecían también en la parte inferior como de las mejores cosas que le habían ocurrido. Probando de esa manera, Romanos 8:28, que todas las cosas cooperarán para bien para aquellos que son llamados conforme a su propósito.

Ese es el dolor en las manos de Dios: es un gran maestro para nuestras vidas. No hay nada como el dolor para enfocarnos en los propósitos de Dios y darnos la imagen correcta. Job, al principio de su experiencia, tenía una idea de Dios, pero su idea estaba distorsionada. Cuando él termina la odisea por la cual él atraviesa, él tiene una idea más clara, más nítida, más completa del Dios a quien él adoraba. Y ahora el dolor, el sufrimiento, sirvió para él poder enfocar el lente acerca de la vida, de lo que Dios es, de lo que nosotros somos y de las experiencias por las cuales pasamos.

Nosotros necesitamos esa perspectiva eterna de la cual el autor de Hebreos está tratando de ayudarnos a entender cuando nos dice que debemos hacernos de la esperanza puesta delante de nosotros, la cual todavía no hemos alcanzado. Esa promesa no la hemos agarrado todavía, pero él nos pide que nos podamos hacer de ella.

La realidad es que la perspectiva terrenal es muy distinta a la perspectiva divina. Cuando tú miras la cruz del punto de vista terrenal, esa fue la pérdida de vida humana más grande: que Dios encarnado muriera crucificado. ¿Qué otra pérdida de vida pudiera ser más grande que esa? Y sin embargo, cuando la miras desde arriba, la cruz resulta la ganancia más grande de vidas humanas que jamás pudiera o podría acontecer en todo el universo. ¿Te das cuenta cómo tú necesitas otra perspectiva completamente distinta a la que nosotros estamos acostumbrados?

La razón por la que es importante que nosotros pensemos en los propósitos de Dios es porque muchas de las respuestas a nuestras interrogantes no las tenemos porque están encerradas en los propósitos eternos de nuestro Padre, propósitos que ya él reveló que son insondables, inescrutables, y nosotros tenemos que simplemente confiar en lo que ha revelado. Dios nos dio su palabra; su palabra es suficiente. Dios dice que él ha engrandecido su nombre y su palabra por encima de todo. Pero por encima de su palabra hizo un juramento, con lo cual él entonces juró la promesa, la entrega, el cumplimiento de la promesa que le hizo a Abraham, y se la juró a sus descendientes. Cuando Dios da su palabra, él da su honor; jamás Dios violaría su propio honor, su propio carácter.

Y Job entendió que ese propósito eterno por el cual Dios había jurado a Abraham no puede ser estorbado. Él aprendió eso a través del dolor y el sufrimiento.

Lo segundo entonces que el autor de Hebreos nos habla es que debiéramos hacernos de esa esperanza puesta delante de nosotros. La palabra esperanza en el griego ahí es *elpis*. En la antigüedad la esperanza era vista como una ilusión, pero Pablo en el Nuevo Testamento no usa la palabra esperanza, *elpis*, como una ilusión, sino que implica más un deseo por algo bueno en el futuro con la expectativa de obtenerlo. Es mirar hacia adelante a algo con razón para confiar que así será. Es tener la certidumbre de que algo que se te ha prometido, algo que tú estás esperando, tener la certidumbre de que así mismo ha de ocurrir.

Y yo creo que cuando tú miras la vida de Job, tú puedes decir cualquier cosa acerca de Job: él perdió sus hijos, él perdió sus bienes, él perdió su salud. En un momento dado él prácticamente pierde la objetividad al tratar de juzgar a Dios. Pero sabes lo que Job no perdió: fue la esperanza de hablar con Dios, de tener una audiencia con Dios, de poder hacerle preguntas a Dios, de tener ese encuentro. Y de hecho, en Job 19, a partir del versículo 25, el texto dice: "Yo sé que mi Redentor vive, y al final se levantará sobre el polvo, y después de deshecha mi piel, aún en mi carne veré a Dios, al cual yo mismo contemplaré, y mis ojos verán y no los de otro".

Job está confiado en que hay un Redentor en los cielos. Él no tiene el Nuevo Testamento y ya sabe que hay un Redentor. "Mi Redentor vive, yo sé que yo voy a ver a Dios". Y él no estaba refiriendo a la vida futura; él dice: "No, mi carne, yo lo voy a ver con mis propios ojos y no con los de otro". Job estaba aferrado a la esperanza de encontrarse con Dios. Y si tú quieres saber de qué manera el autor de Hebreos nos dice que debemos hacernos de la esperanza puesta delante de nosotros, en Job tú tienes un ejemplo. Tienes que asarte, agarrarte, sostenerte de ese cordón que es la esperanza que Dios ha puesto delante de nosotros.

Tú haces eso y dejas de hacer preguntas. Dios no contesta muchas de nuestras preguntas. ¿Sabes por qué? Bueno, en primer lugar, frecuentemente nosotros hacemos las preguntas equivocadas. "Señor, ¿tú quieres que hagamos descender fuego del cielo y que consuma esta aldea?" Esa fue una pregunta. "Señor, ¿me puedo sentar a la derecha y a la izquierda cuando tú vengas en tu reino?" Esa fue una pregunta. Los discípulos constantemente estaban haciendo las preguntas equivocadas. Y nosotros muchas veces, en medio del dolor y el sufrimiento, estamos diciendo: "¿Y por qué? ¿Y por qué?". Y raramente diciendo: "Señor, ¿y para qué? ¿Y para qué?". O mirar a la cruz y decir: "¿Por qué no?".

Tú te miras a ti. Cuando tú estés a punto de decir "¿por qué a mí?", tú te volteas y miras la cruz, contemplas a Cristo crucificado, traspasado, ensangrentado, y cambias la pregunta y dices: "¿Por qué no? ¿Por qué no a mí y a él sí?".

Dios no contesta muchas de nuestras preguntas porque Dios sabe que las respuestas no van a minorar el dolor que experimentamos muchas veces. "Yo quiero saber, Señor, ¿por qué perdí a mi hija?". Dios baja, desciende, habla contigo, te lo explica. ¿Tú crees que eso va a minorar la pérdida que tú acabas de experimentar? No. El alma sigue en dolor, a menos que la gracia de Dios te visite de manera especial.

Dios no nos da respuestas a nuestras preguntas porque él sabe que las respuestas no crean confianza ni desarrollan confianza en nosotros acerca de la persona de Dios. Nunca. Jamás. De hecho, Pablo nos dice en Romanos 8:24: "La esperanza que se ve no es esperanza, pues ¿por qué esperar lo que uno ve?". Lo que nutre nuestra esperanza es lo que tú no ves. Y lo que el autor del libro de Hebreos nos está diciendo es que nosotros debemos hacernos de la esperanza puesta delante de nosotros, que todavía no estamos viendo con los ojos del cuerpo, pero que nosotros podemos creer basados en la revelación de Dios. Y de eso tú debes entonces hacer tu vida. Y ahí tú encontrarás la fortaleza que se requiere para caminar a través de las peores circunstancias y eventos del porvenir.

Escúchame: Jesús es la única respuesta mayor que cualquiera de tus preguntas. Jesús es la única respuesta mayor que cualquiera de tus preguntas. Y la razón por la que sus respuestas son mayores que cualquiera de nuestras preguntas es precisamente porque están encerradas en los propósitos eternos de Dios.

Uno de los problemas de hablar con Jesús es que él habla fuera del tiempo y del espacio, por así decirlo. Él no existe en el tiempo y en el espacio en que tú y yo existimos, y nuestras preguntas están hechas en tiempo presente. Cuando Jesús responde, frecuentemente él responde fuera del aquí y del ahora.

Tú tienes el encuentro de Jesús con la mujer samaritana, y la mujer samaritana le dice en Juan 4:12: "¿Acaso eres tú mayor que nuestro padre Jacob, que nos dio el pozo del cual bebió él mismo, y sus hijos, y sus ganados?" Esta mujer está en el pasado. "¿Acaso eres tú ahora, en el presente, más grande que Jacob en el pasado?" Y Jacob vivió, y sus hijos vivieron de este pozo. Jesús ignora por completo su pregunta y le dice: "Todo el que beba de esta agua volverá a tener sed, pero el que beba del agua que yo le daré no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le daré se convertirá en él en una fuente de agua que brota para vida eterna."

Cristo le habla... ella le habla de un pozo, Cristo le habla de una vida. Ella le habla de si él es ahora, en el presente, más grande que Jacob en el pasado, y Cristo le habla de una vida eterna. Él no le habla de una vida pasada, de una vida presente, de una vida futura; él le habla de una vida eterna. Esa es la gramática de Dios: no encaja con nuestro lenguaje. Cristo dice: "Antes de Abraham, yo soy." No "yo fui", "yo soy". ¿Qué gramática es esa? Dios anunció la venida de su Hijo a través del profeta Isaías siete siglos antes, y lo anuncia en un tiempo verbal pasado: "Un hijo nos ha sido dado", y faltan setecientos años para que nazca. ¿Qué gramática es esa?

Es que nosotros habitamos un espacio, nosotros vivimos en un tiempo, y Dios habita la eternidad. Y tratar de entender en el tiempo presente respuestas encerradas en la eternidad de Dios es una imposibilidad. Por eso es que Dios, en vez de decir "aquí va la respuesta", nos hace una promesa, nos da su Palabra, hace un juramento, la garantiza, y luego me dice: "Solo tienes que asirte, agarrarte de la esperanza puesta delante de ti, y eso te será suficiente."

Eso es lo que el autor del libro de Hebreos nos dice, eso es lo que la vida de Job nos muestra. Y la razón por la que yo quise exponer Hebreos a través de la vida de Job es porque muchas veces nosotros hablamos de estas cosas y se quedan en una idea, se quedan en un concepto, y como que no las acabamos de bajar a una vida. Job literalmente baja a su vida lo que el autor del libro de Hebreos nos está tratando de decir, con menos revelación, porque Job se supone que vivió probablemente en la época del Génesis, muy poca revelación. Y desde entonces mucha revelación de Dios ha habido en su Palabra, que ahora está completa. Y nosotros, con más revelación de su Palabra ahora, muchas veces no sabemos reaccionar como Job reaccionó ni vivir como él vivió: agarrado de la esperanza puesta delante de él, y luego creyendo en la inmutabilidad del propósito de Dios confirmado por su Palabra y por un juramento, de lo cual nos da a ver el autor de Hebreos.

Luego el autor nos habla de que nosotros tenemos un ancla del alma que ha penetrado detrás del velo. Es la tercera verdad de la cual él nos habla, y está refiriéndose obviamente a la persona de Jesús. La palabra "ancla" en el Nuevo Testamento solamente aparece cuatro veces. Las primeras tres están en el libro de los Hechos para referirse a un ancla física de barco, propiamente dicho, y esta vez para referirse a algo figurativo: no es el ancla de un barco, es el ancla del alma.

Tú conoces cómo los barcos usan el ancla: cuando están en puerto, la echan al fondo para que el barco no se vaya a la deriva. Cuando están en alta mar, si hay tormenta, en ocasiones ellos saben bajar una, dos, tres y hasta cuatro anclas, algunas de las cuales pueden pesar doce, quince toneladas y hasta más, leí yo recientemente. Y sin embargo, aun con el ancla, algunos barcos han sido vistos irse a la deriva, porque el ancla de los barcos está anclada —valga la redundancia— en el fondo del mar, en la tierra. Pero nuestra ancla ha penetrado detrás del velo, de manera que nuestra ancla no ha sido tirada hacia abajo, sino que ha sido tirada hacia arriba. Y ahora está anclada en el reino de los cielos, en el trono de Dios, por la persona de Jesús mismo. Y él es quien evita que yo me vaya a la deriva. No hay tormenta, no hay ciclón, no hay terremoto que pueda llevarme a la deriva si yo estoy asido al ancla que ha ido detrás del velo. Job tenía un ancla que no estaba aquí debajo.

Mucha gente tiene anclas, pero están ancladas, están colocadas aquí en el reino de los hombres. Y esas anclas lucen como inversiones, cuentas de banco, seguros de vida, tratando de estabilizar, darle estabilidad y seguridad a su vida, hasta que un terremoto viene y se lleva a tu hijo. Y ahora, ¿qué seguro de vida te va a devolver a tu hijo? ¿Qué seguro de vida te va a devolver la esperanza después de haber perdido un hijo, un hermano, una madre, un esposo, una esposa? Por eso es que nuestra ancla no puede estar aquí; tiene que estar arriba, en los cielos. Por eso es que nuestra ancla ha sido colocada detrás del velo, y ahora nosotros podemos mantenernos de manera firme, asidos de la promesa y del ancla.

Yo creo que Job muestra claramente dónde él tenía su ancla puesta, porque cuando él recibe la noticia de que perdió sus bienes y perdió a sus diez hijos, el texto dice que Job rasuró su cabeza, rasgó su manto —esas son expresiones externas de tristeza—, de manera que yo me imagino a Job en dolor, yo me imagino a Job con lágrimas. ¿Por qué no? Pero sus lágrimas y su dolor y su tristeza no impidieron que Job adorara. Y si hay algo que nosotros debiéramos conocer es que nosotros tenemos que adorar a nuestro Dios independientemente de cómo nos sintamos, porque nuestro Dios es digno de adoración independientemente de mis emociones, y en la adoración Dios sabrá llenar mis emociones.

Y Job se postra en tierra, y postrado en tierra entonces él adora a Dios. Y es ahí, en la adoración, donde la finitud de la criatura se encuentra con la infinitud del Creador, donde el Creador es capaz entonces, en la adoración, de levantarlo a sus alturas, de tal manera que ya en las alturas de Dios él no necesite respuestas, porque Dios es su respuesta. Job hizo eso, y Dios quiere que yo tenga mi esperanza agarrada y mi ancla detrás del velo, con la esperanza puesta solo en Dios y en sus propósitos.

¿Tú quieres estar preparado para una experiencia como la de Haití, un terremoto? Tú y yo necesitamos vivir una vida de adoración continua, de manera que la experiencia nos encuentre con un espíritu de adorador, y cuando ocurra, continuar adorando. Si nos vamos, seguimos en los cielos, mucho mejor; si nos quedamos, seguimos en la tierra haciendo exactamente lo mismo: adorando a nuestro Dios.

Otra manera de vivir que yo creo que sale a relucir en la respuesta de Job, que nos prepara para las pérdidas, es tener una vida de agradecimiento. Yo no sé cuántas veces yo he leído las palabras de Job y cuántas veces las he usado desde este púlpito, y no sé cuántas veces más las volveré a usar, porque cada vez que yo leo sus palabras, definiendo su primera reacción a la pérdida, yo encuentro su respuesta extraordinaria. La décima vez no me pareciera menos extraordinaria que la primera vez.

Job dice: "Desnudo yo vine del vientre de mi madre, desnudo volveré a ella. Jehová dio, Jehová quitó." Con lo cual Job estaba expresando la idea de que lo que él tenía le fue simplemente prestado; no era suyo. Jehová dio, Jehová quitó. Yo vine sin nada y me voy sin nada. ¡Wow! Eso es un hombre que entiende cómo es la vida. Eso es un hombre que entiende cuál es su posición aquí en la tierra y con su ancla de Dios en los cielos. Este es un hombre que vive con un sentido eterno de agradecimiento. ¿Acaso solo vamos a dar gracias a Dios solo en las buenas y no también en las malas? Podemos darle gracias también en las malas. Jehová Dios, Jehová quitó. Él es el dueño. Yo vine desnudo, me voy desnudo. Yo no tengo nada; yo simplemente lo administraba. Todo es de Dios. Él ha querido llevárselo. Bendito sea el nombre de nuestro Dios.

¡Wow! ¿Tú quieres estar preparado para la pérdida? Tú tienes ahí la respuesta en la vida de Job. ¿Y qué hizo que este hombre pudiera vivir de esa manera? Porque su ancla estaba en los cielos. "Yo sé que mi Redentor vive." Y si Job lo supo en la época del Génesis, ¡cuánto más debiéramos saberlo nosotros ahora, en esta época del Nuevo Testamento! Yo sé que mi Redentor vive. Él no me va a dejar de esta manera. Esta no es la última palabra. Este no es el final de la historia.

Escucha, si tú tienes que llevarte una sola cosa de este mensaje, es la que te voy a decir ahora: nosotros no somos tanto seres humanos en necesidad de respuestas, sino rebeldes en necesidad de sumisión. Una vida de adoración, una vida de agradecimiento, una vida en sumisión es la forma de asirte de la esperanza puesta delante de ti. Job lo hizo. Job pudo hacerlo y ha quedado ahí para nosotros.

La vida cristiana es más un doblar las rodillas, rendir la voluntad y un decir amén a nuestro Padre. Escúchalo otra vez: la vida cristiana es más que "¿Cómo está, hermano?" "¡En victoria!" Y luego el lunes, al menor problema, el hermano está... No. La vida cristiana es un constante día a día doblar las rodillas, rendir la voluntad y decir amén a los propósitos eternos de Dios. Yo no entiendo sus tiempos verbales. ¿Cómo es que "antes de Abraham yo soy"? Yo no entiendo eso. Yo no tengo que entenderlo. Él no me ha pedido que lo entienda; él me ha pedido que confíe en él. Y eso hacemos.

El autor de Hebreos dice en el versículo 20: "Donde Jesús entró por nosotros como precursor, hecho según el orden de Melquisedec, sumo sacerdote para siempre." La palabra "precursor" en griego es pródromos. Pródromos en medicina es algo que nosotros los médicos entendemos muy bien, porque está en todos los libros de medicina.

Y se habla entonces de una gripe y se habla de los síntomas del pródromos. Cuando te pica la garganta, te duele un poco el cuerpo, tienes un poco de dolor de cabeza, pero todavía tú no tienes gripe, o el flu. Eso es el pródromos, los síntomas iniciales. El autor de Hebreos dice que Cristo es el pródromos nuestro, el precursor.

William Barclay en su comentario dice que el puerto de Alejandría en esa ocasión... No sé por qué él se fue tan lejos, porque yo lo veo en nuestros puertos igual. Pero en el puerto de Alejandría, ese era un puerto peligroso y para entrar, los barcos tenían que ser remolcados por un barco más pequeño. En nuestro puerto aquí en Santo Domingo lo vemos: grandes barcos que para entrar necesitan maniobrar en las aguas para no encallar, y se les asigna un barco, una barquita pequeñita, un remolcador que los lleva seguro hasta entrar en puerto. Es el remolcador que lo empuja, lo hala, mejor dicho, hasta que esté seguro en el puerto.

Ese es el remolcador para nosotros: Jesús, que fue y penetró detrás del velo, me ha tirado la soga, me pide que yo pueda agarrar su soga, y él me irá halando poco a poco hasta entrarme seguro a puerto y dejarme en la morada con su Padre por el resto de la eternidad. Él es mi precursor. Él es mi pródromos. Él es mi seguridad. Él es mi cordón. Él es mi firmeza.

Yo creo que Job vivió de esa manera. Si él tuvo sus preguntas, si él tuvo una manera en ocasiones de hablarle a Dios que quizá no fue la más apropiada, pero tú notas al final que Dios le bendice, y a sus tres amigos Dios les reprende. Y le dice a sus amigos que ofrezcan sacrificio por sus pecados y le pidan excusas, pudiéramos decir, a Job por haber hablado de la manera que hablaron. ¿Qué hizo a Job especial? Que Job sabía que la respuesta a su dolor, a su dificultad, no estaba en el reino de los hombres; estaba en el corazón y en la mente de Dios y en sus propósitos eternos.

Y tú y yo tenemos que recordar una y otra vez: seres humanos caídos, limitados, que viven en el pasado, presente y futuro, que hablan de esa manera, no pueden pretender entender a un Dios que habita en la eternidad. Que un día es como mil años y mil años como un día. Que es un Dios que levanta a Moisés en el palacio y luego lo usa en el desierto. Que levanta a José en el desierto y luego lo usa en el palacio. Que es un Dios que levanta un movimiento que tiene doce hombres, uno es un traidor, y a su cabeza lo crucifican, y el movimiento cobra más fuerza, más tamaño, y derrumba el imperio romano de su época. No podemos entender a ese Dios.

Lo que Dios quiere es que yo, asido de la esperanza y creyendo la promesa que Él ha garantizado por su Palabra y por un juramento, yo pueda vivir de la manera que Él habla.

Una última ilustración que te ayuda a entender esto del pródromos y el precursor. Los marines de infantería de Estados Unidos, no sé si lo hacen de la misma manera, pero en el pasado por lo menos lo hicieron, eran entrenados a poder desembarcar en el medio de la noche y poder subir a través de rocas, piedras, que son las que están en el mar, en los arrecifes. Había una persona entrenada para poder subir, un alpinista experto. Se lanzaba un pequeño proyectil que tenía un arpón, el arpón subía, se clavaba en algo allá arriba que no se sabía lo que era, él sentía cierta firmeza, y ya con eso, sin saber en qué estaba agarrado, él subía por los arrecifes. Llegaba arriba, aseguraba lo que el arpón había asaltado, y ahora entonces permitía que los demás soldados pudieran subir por esa soga que él había asegurado.

Tú puedes pensar en Jesús de esa manera. Él fue el precursor, Él se fue adelante, Él ha asegurado mi salvación en los cielos, Él simplemente me ha pedido que me sostenga de la soga y Él me irá halando hasta que yo entre seguro en casa. ¿Ya sabes cómo vivir? ¿Ya sabes cómo no vivir? Si lo haces de esa manera, tú y yo podremos brillar como luminares en medio de una generación perversa y torcida, como le dijo Pablo a sus discípulos.

Padre, gracias te damos por la esperanza que Tú nos das en tu Palabra y las garantías de Dios soberano, Rey y Señor. Padre, te rogamos por nuestros hermanos de Haití, por su dolor. Pero sabemos, Dios, que la única cosa más grande que su dolor no es una cosa, es una persona, y eres Tú, Jesús. Desbórdate abundantemente en aquella nación. Mueve a algunos de nosotros a asistir si es necesario, pero que tu gracia calme el dolor del alma y que Tú puedas ser el ancla de su alma, Dios. Y prepáranos a nosotros para el día de mañana. ¿Quién sabe, Dios, si para un tiempo como este Tú nos estás preparando para lo que el mañana ha de traer? En tu nombre, Jesús. Amén.

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Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.