IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Jesús no es simplemente el mensajero del evangelio ni su tema central: Jesús es el evangelio mismo. El apóstol Pablo, al escribir a los romanos, deja claro que el mensaje de salvación no puede separarse de la persona y obra de Cristo. Desde su encarnación hasta su resurrección, todo lo que Jesús hizo constituye las buenas nuevas. Por eso Pablo puede llamarlo indistintamente "el evangelio de Dios" y "el evangelio de su Hijo": alejarse de Cristo es alejarse del evangelio.
Este evangelio no es una invención reciente. Los profetas del Antiguo Testamento lo anunciaron sin comprenderlo plenamente; proclamaron verdades sobre el Mesías venidero y luego "diligentemente inquirieron y averiguaron" qué persona o tiempo indicaba el Espíritu. Nosotros, a la luz del Nuevo Testamento, tenemos el privilegio de entender lo que ellos solo vislumbraron. La encarnación misma inaugura el evangelio: cuando el ángel apareció a los pastores aquella noche, les dijo literalmente "les traigo el evangelio", anunciando el nacimiento del Salvador.
Pero este mensaje demanda algo de nosotros. Pablo habla de promover "la obediencia a la fe", no simplemente la creencia. Llamar a Jesús "Señor" y luego desobedecerlo intencionalmente es una contradicción grave. Si él es verdaderamente Señor, debe reinar sobre nuestros pensamientos, voluntad, tiempo y conducta. La obediencia no nace del temor sino del amor: "Si ustedes me aman, guardarán mis mandamientos". La santificación progresiva —ese proceso de ser apartados y transformados— es la única evidencia confiable de que la salvación realmente ocurrió. Fuimos llamados no solo a ser amados de Dios, sino a ser santos.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
En eso yo quiero que iniciemos la exposición del mensaje de esta mañana. Para los que no estuvieron con nosotros, iniciamos la semana anterior una nueva serie sobre esta extraordinaria epístola, y ese es el adjetivo que le corresponde: extraordinaria epístola. Titulamos esta serie "La condenación del hombre y la salvación de Dios".
Dijimos que esta carta es el Magnum Opus del apóstol Pablo, la obra cumbre. Veinticinco años después de haber sido salvado, cuando ya era un teólogo consumado, maduro, que había procesado las verdades que había recibido de parte del Señor Jesucristo, ya estaba listo para escribir algo como lo que terminó escribiendo. Dijimos también que esta carta ha estado detrás de la mayoría de los grandes avivamientos de alguna manera u otra. Estuvo detrás de la conversión de Martín Lutero, estuvo detrás de la conversión de Agustín de Hipona a cientos de años antes, estuvo detrás de la conversión de John Wesley y muchos otros por igual. De los 66 libros de la Biblia, ningún otro detalla mejor la salvación del hombre, y aún el rol de ese hombre en la santificación, como veremos más adelante.
En Romanos el apóstol Pablo explica con lujo de detalles que la salvación es una iniciativa de parte de Dios para un hombre que estaba destituido de su gloria, sin mérito alguno, condenado, y que esa salvación es ofrecida por gracia por medio de la fe, basada en la obra y la persona del Señor Jesucristo. Toda la salvación tiene que ver con la persona y la obra del Señor Jesucristo.
Yo realmente menciono esas cosas para beneficio de aquellos que no estuvieron aquí, para beneficio de aquellos que quizás no tienen tan buena memoria y se habían olvidado alguna de las cosas que habíamos dicho, y para que al mismo tiempo esta introducción les sirva para conectar mejor con lo que tenemos que decir hoy.
Recuerden que en el mensaje anterior nosotros cubrimos básicamente un versículo, Romanos 1:1, y dijimos a manera de verdad que a ese paso algunos estarían pensando que estaríamos aquí hasta el regreso de Cristo en Romanos. Pero les prometí que no sería así, de manera que hoy estaremos cubriendo desde el versículo 2 hasta el 7. De manera que tenemos un más largo pasaje que explorar.
Yo titulé el mensaje de hoy "Jesús es el Evangelio", y no lo he dicho de esa manera porque como que suena bonito, es un lenguaje poético o algo parecido. Lo he dicho de esa manera porque el texto de hoy y el resto de la carta de Romanos así lo atestiguan.
Yo quiero que podamos leer no desde el versículo 2 sino desde el 1 otra vez, de manera que podamos contextualizarlo mejor, y llegar hasta el versículo 7. Esta es la Palabra de Dios: "Pablo, siervo de Cristo Jesús, llamado a ser apóstol, apartado para el Evangelio de Dios, que él ya había prometido por medio de sus profetas en las satisfecha escrituras. Es el mensaje, escucha, ese Evangelio es el mensaje acerca de su Hijo, que nació de la descendencia de David según la carne, y que fue declarado Hijo de Dios con un acto de poder conforme al Espíritu de santidad por la resurrección de entre los muertos, nuestro Señor Jesucristo. Es por medio de él que hemos recibido la gracia y el apostolado para promover la obediencia a la fe entre todos los gentiles, por amor a su nombre. Entre los cuales están también ustedes, llamados de Jesucristo." Escucha bien otra vez: "A todos los amados de Dios que están en Roma" —esa es la audiencia, en Roma— "llamados a ser santos. Gracia y paz a ustedes de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo."
Y creo que es más o menos evidente de qué habla el texto. Hemos dicho en otras ocasiones, cuando queremos explorar el texto, que vamos a hacerle al texto dos preguntas, y a partir de esas dos preguntas vamos a tratar de deducir el resto de lo que Pablo quería transmitirnos. La primera pregunta es: ¿de qué habla el texto? Y la segunda pregunta es: ¿qué es lo que dice de eso de lo que el texto está hablando?
Recuerda que lo último que leímos la semana pasada, en el versículo 1, dice que Pablo fue apartado para el Evangelio de Dios. Desde el versículo 1 hasta el final del versículo 7, en el lenguaje original no hay punto, no hay coma —el griego no usa tales cosas—, no hay pausa, no hay absolutamente nada, es una sola oración. De manera que sea lo que sea que Pablo va a decir del versículo 2 al 7, tiene que estar relacionado a lo que está en el versículo 1. ¿Y qué es lo que dice el versículo 1 al final? Que Pablo fue apartado para el Evangelio de Dios. ¿De qué habla el texto entonces? Del Evangelio de Dios. ¿Qué es lo que dice el texto del Evangelio de Dios? Bueno, versículo 2 hasta el 7.
Y lo primero que tú encuentras ahí es que ese Evangelio no es una nueva invención, no representa un alto en el camino, un paréntesis en la historia redentora. Eso no es lo que Pablo dice. Que ese Evangelio de Dios fue previamente anunciado; hubo un período preparatorio hasta llegar a conocer esto que para nosotros es tan fácil de definir, o de resumir, o de predicar, por lo menos para algunos de nosotros. Y para usar la frase de Pablo en el versículo 1, Pablo dice que hubo un período preparatorio para que llegara el Evangelio de Dios, que fue anunciado por hombres, por profetas, también de Dios. Escúchalo como lo dice: "El Evangelio de Dios", versículo 2, "que él ya había prometido por medio de sus profetas en las satisfecha escrituras."
Bueno, nosotros hoy tenemos el privilegio de entender detalles que los profetas del Antiguo Testamento no entendieron. Quizás te parezca chocante si es la primera vez que oyes algo como eso; déjame mostrártelo y lo vas a creer. Nosotros tenemos el lujo, el privilegio de entender el mensaje que ellos profetizaron y que, habiéndolo profetizado, no lo entendieron. Yo te lo voy a ilustrar o te lo voy a mostrar desde la misma Escritura: esa fue la realidad. Los profetas anunciaron algo que vendría en el futuro, y después de anunciar trataron de investigar, descubrir y de preguntar acerca de lo que acababan de anunciar, porque no lo entendían. Y Pedro nos dice exactamente eso en su primera carta, capítulo 1, versículos 10 al 12. Escucha:
"Acerca de esta salvación, por medio del Evangelio, los profetas que profetizaron de la gracia que vendría a ustedes diligentemente inquirieron y averiguaron, procurando saber qué persona o tiempo indicaba el Espíritu de Cristo dentro de ellos, al predecir los sufrimientos de Cristo y las glorias que seguirían. A ellos les fue revelado que no se servían a sí mismos, sino a ustedes, en estas cosas que ahora les han sido anunciadas mediante los que les predicaron el Evangelio por el Espíritu Santo enviado desde el cielo, cosas a las cuales los ángeles anhelan mirar."
¡Uf! Los profetas fueron usados por Dios para proclamar una realidad que ahora ya la vemos consumada. Consumada la realidad, ahora lo entendemos; ellos no lo entendieron. En el fondo nosotros no apreciamos lo privilegiados que somos: que a la luz del Nuevo Testamento nosotros tengamos más entendimiento que un Elías, que un Isaías, que un Daniel, de este Evangelio. Eso es exactamente lo que Pedro está diciendo. Esta gente fue usada por Dios, fueron los instrumentos a través de los cuales llegó el mensaje, y luego inquirieron, preguntaron. No sabían qué persona habría de venir, no lo sabían —el texto lo dice—, no sabían el tiempo, cuándo vendría, cuándo esto llegaría. Nada más léelo otra vez, de Pedro, versículo 11: "Procurando saber qué persona o tiempo indicaba el Espíritu de Cristo dentro de ellos." Los ángeles, en el momento en que eso estaba pasando, anhelaban ver la consumación de la realidad, porque ellos tampoco entendían todos los detalles.
¿Cómo es que uno puede anunciar un mensaje, o Dios traerlo, expresarlo y no entender? Pedro responde, me alegro que preguntes. Entonces, segunda carta, capítulo 1, versículo 21: "Pues ninguna profecía fue dada jamás por un acto de la voluntad humana, sino que hombres inspirados por el Espíritu Santo hablaron de parte de Dios." "Inspirados" dice la Nueva Biblia de las Américas; "impulsados por el Espíritu Santo" dice la Nueva Traducción Viviente; "guiados por el Espíritu", una traducción todavía más común, Dios Habla Hoy.
Los profetas del pasado fueron inspirados, movidos por el Espíritu Santo a decir algo en una dirección y no entendían bien. Es como el barco de vela en alta mar que está siendo movido por el viento: no sabe para dónde va, no sabe lo que los impulsa, pero ellos se mueven en esa dirección. Los profetas fueron tomados por Dios como instrumento, como micrófonos. Dios habló, ellos obedecieron a lo que Dios decía y creyeron.
Quizás esta ilustración un tanto tonta te puede ayudar. Yo recuerdo siendo muy jovencito que yo oía que algún día los hombres —y me enseñaron incluso en el colegio— llegarían los hombres de ciencia y llegarían a la luna, pero era futuro. Yo no tenía la menor idea de cómo eso iba a ocurrir, pero yo oí el mensaje, yo creí el mensaje, e incluso estaba como loco por crecer para ver eso hecho realidad. Y finalmente el Apolo 11, en julio de 1969, alunizó. Yo vi la realidad de lo que fue anunciado, que yo creí, pero no sabía cómo eso iba a ocurrir. Aunque tengo que decir que todavía no sé exactamente cómo es que se llegaría de aquí hasta allá, pero tengo una idea, tengo una mejor idea, y hay gente en el planeta Tierra que sí lo entiende perfectamente y planificó cómo hacerlo. Los que anunciaron que se ha llegado a la luna trajeron esa verdad, y los profetas trajeron una verdad todavía futura. Eso dice el versículo 2.
El texto de hoy, el versículo 3, dice que ese es el mensaje acerca de su Hijo. Tú ves por qué decimos que el Evangelio, que Jesús es el Evangelio. El mensaje no es acerca de ninguna otra cosa que no sea su Hijo: su vida, su muerte, su resurrección, sus enseñanzas, lo que Él hizo, lo que Él logró. Jesús es el Evangelio. Tanto así que Pablo dice en el versículo 1 de Romanos, la semana pasada, que este es el Evangelio de Dios. Pero cuando llega al versículo 9 del mismo capítulo, donde nos hemos llegado, dice que este es el Evangelio de su Hijo. El Evangelio de Dios, que es buena nueva, es el mensaje de su Hijo. Claro, porque Él es el objeto y el sujeto de ese mensaje, Él es el protagonista del mensaje, pero Él es el que habla el mensaje.
Esta es la secuencia: Romanos 1:1, el Evangelio de Dios; Romanos 1:3, ese Evangelio es el mensaje acerca de su Hijo, literalmente lo dice; y Romanos 1:9, es el mensaje de su Hijo. El Evangelio es su mensaje de salvación que está arraigado, centrado, escrito con sangre, y es la obra de Jesucristo desde su encarnación —su encarnación es parte del Evangelio— hasta su resurrección, ascensión y lo que sigue.
Es la razón por la que Juan Calvino escribió en su comentario acerca de este pasaje: "El Evangelio entero está contenido en Cristo." El Evangelio está en su persona. Por tanto, movernos un paso de Cristo significa alejarnos del Evangelio. Te alejas de Cristo, te alejas del Evangelio. Es la razón por la que Pablo, cuando escuchó que los gálatas estaban comprometiendo el Evangelio, reaccionó tan bruscamente y dice: "Yo no puedo entender que en tan poco tiempo ustedes hayan abandonado a aquel que dio su vida por ustedes." "Pero no es del Evangelio del que tú estás hablando, Pablo. No es el Evangelio que estamos comprometiendo." Sí, pero es la misma cosa. Cuando comprometes el Evangelio, abandonaste a aquel que escribió el Evangelio.
James Montgomery Boice, en su comentario, dice: "El cristianismo es Cristo." John Stott, en su comentario, dice: "La persona y la obra de Cristo son la roca sobre la cual reposa la religión cristiana," literalmente hablando. Si tú remueves a Cristo del Antiguo Testamento, los autores del Antiguo Testamento no tienen nada a qué apuntar, los profetas dejarían de existir, no tienen nada de qué profetizar. Ellos solamente vinieron a profetizar de cosas que tenían que ver con la primera y la segunda venida de Cristo. De la misma manera, si tú remueves a Cristo del Nuevo Testamento, nos quedamos sin nada que enseñar, porque lo único que tú encuentras en el Nuevo Testamento es la vida de Cristo: su encarnación o nacimiento, sus enseñanzas, su crucifixión, su resurrección, su ascensión. Y los profetas, o más bien los apóstoles que vinieron detrás, expandieron lo que era la obra de Cristo en términos de su explicación. Una vez más, el Evangelio, o mejor dicho Jesús, es el Evangelio.
En tercer lugar, el Hijo de Dios del que Pablo habla en el versículo 3. Ahora, al final del versículo 3 y versículo 4, Pablo nos define cosas acerca del Hijo de Dios: que nació —nos dice Pablo— de la descendencia de David según la carne, y que fue declarado Hijo de Dios con un acto de poder conforme al Espíritu de santidad por la resurrección de entre los muertos, dos puntos: nuestro Señor Jesucristo.
En ese texto que yo acabo de leer hay dos verbos cruciales. Número uno: nació. Número dos: fue declarado. Nació de la descendencia de David, crucial, porque había sido anunciado que Él sería hijo de David, para decir descendiente de David. Si eso no se daba de esa manera, entonces Dios había mentido, sus promesas habían fracasado. Era vital que se pudiera demostrar que ciertamente aquel que vino era descendiente de David. Nació. Y luego nos dice que fue declarado Hijo de Dios. Bueno, Dios mismo lo declaró más de una vez desde los cielos. Lo hizo el día que Él fue bautizado: "Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia." Volvió y lo hizo en el monte de la transfiguración: "Este es mi Hijo amado, a Él oíd."
La encarnación de Cristo, de la que habla Pablo en este texto —porque habla de que nació de la descendencia de David— es parte del Evangelio. De hecho, da inicio al Evangelio. Sin encarnación no habría ni nadie que cumpliera la ley, ni nadie que pudiera pagar por mis pecados en la cruz, ni nadie que pudiera vencer la muerte, ni nadie que pudiera ascender y sentarse a la diestra del Padre a favor mío como mi intercesor. De manera que la encarnación es parte de ese mensaje.
Ahora escucha. ¿Te recuerdas cómo los pastores estaban cuando Cristo nació aquella noche? Cómo los pastores estaban afuera en el campo y se apareció un grupo de ángeles. Y hubo un ángel que fue a los pastores. Lucas 2:10 dice: "No temáis, porque les traigo buenas nuevas de gran gozo que serán para todo el pueblo." La palabra ahí para "buenas nuevas" es euangelizo. Lo que el ángel dijo fue: "No temáis, porque les traigo euangelizo, les traigo el Evangelio." Y eso es buenas nuevas, eso es lo que significa: les traigo buenas nuevas de gran gozo. Y mira lo que estaba anunciando: la encarnación. La encarnación da inicio al Evangelio. Por eso es que Jesús es el Evangelio.
Ahora nota que el Hijo de Dios, versículo 4, es identificado por el apóstol Pablo al final como nuestro Señor Jesucristo. Nosotros tenemos un problema, o más de uno, con la palabra "Señor," porque estamos muy acostumbrados a usarla con relación a Cristo y con relación a otras personas, que no significa gran cosa. De hecho, frecuentemente nosotros oramos, decimos "Señor, tal y tal cosa," y casi la palabra es usada como un nombre. Pero "Señor" no es un nombre para Él. Es el Señor, su oficio, su función. Es una declaración de cómo Él reina, y esa palabra no está en ligereza en lo más mínimo.
Cuando nosotros leemos las Escrituras, uno de los problemas que corremos es que tenemos textos tan familiares y leemos palabras como esta, como "Señor Jesucristo," y es como si yo sé que ni siquiera me percato que antes de "Jesucristo" aparece la palabra "Señor." Esa palabra es monumental. Mano, si Jesús es tu Señor, cuando tú y yo desobedecemos, eso es un desafío abierto a su autoridad.
Pecar no es tan sencillo. Cada vez que violamos la ley de Dios, conociendo lo que Dios prohíbe, desafiamos la autoridad del Señor y pecamos contra Él. En términos sencillos, pecar es obrar contra Dios. "Yo sé que Dios prohíbe esto, no me importa, yo lo voy a hacer." Pecar es deshonrar el Evangelio del Padre y del Hijo. Pecar: cada vez que yo peco, yo acabo de negar el señorío de Cristo. "Tú no me mandas. No tengo que obedecer eso." Ahora, hoy, pecar es ignorar la santidad de Dios. Pecar es manchar el nombre de Dios, del Hijo y del Espíritu.
De esa realidad, Piper pregunta —el pastor John Piper—: ¿Por qué la gente puede indignarse emocional y moralmente por la pobreza y la explotación, y por los prejuicios, y el aborto, y las infracciones de la libertad religiosa, y las múltiples injusticias del hombre contra el hombre, y sin embargo esa misma gente experimenta poco o ningún remordimiento o indignación porque Dios es ignorado, no creído, desobedecido, deshonrado, y por lo tanto menospreciado por millones y millones de personas en el mundo? La respuesta, dice Piper, es pecado. Y escucha: ese es el pecado, es el último ultraje, insulto del universo. Es peor cuando los hijos de Dios sabemos indignarnos, que debiéramos, por las injusticias que vemos en la sociedad, pero cuando nosotros mismos ignoramos a Dios y violentamos quién es y lo que es, no nos causa ni remordimiento, ni indignación, ni ninguna reacción.
Cristo dijo, y sigue diciendo: "Es imposible servir a dos señores. No puedes complacerme a mí —diría Cristo— y complacer tus deseos al mismo tiempo. No ocurre eso. Cuando complaces tus deseos, tú eres el señor de tu vida y tú ignoras, desautorizas o desafías mi señorío. El hecho de que complazas tus deseos de manera recurrente —diría Cristo— implica que yo no soy tu Señor. Y si no soy tu Señor, no soy tu Salvador. Y si no soy tu Salvador, no estás en la fe. Y si no estás en la fe, no tienes salvación y estás bajo condenación."
Esta palabra, "Señor," no está en ligereza.
Escucha lo que dice Juan 3:36: "El que no obedece al Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios permanece sobre él." Juan aquí no está usando "cree" u "obedece"; el que no obedece al Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios permanece sobre él. Cuando tú naces, la ira de Dios está sobre ti; antes de recibir a Cristo, la ira de Dios está sobre ti. Juan dice: si tú no vives una vida de obediencia, esa ira no ha sido apartada de ti, continúa contigo; no estás en un estado de salvación. Uf, esa sola verdad es intimidante. A mí me intimida, nos debe llevar a la reflexión: el que no obedece al Hijo está en condenación, dice Juan.
Y yo te digo esto, te lo digo en el nombre de Cristo. Yo no me atrevería a decirlo si yo no estuviera tan seguro y tan dolido de tener que decirlo, porque eso es una realidad, porque bajo esa sombrilla muchos de lo que hoy se consideran cristianos no lo son. Me duele pensarlo. Mi esposa, mi hermana que vive con nosotros, me ha oído decirlo en estos días: me duele inmensamente, últimamente, pensar en estas realidades.
Todavía Cristo sigue diciendo lo que dijo en el pasado: "¿Por qué ustedes me llaman Señor, Señor, y no hacen lo que yo digo?" ¿Por qué proclamas mi Señorío y no vives mi Señorío? Eso es lo que Cristo está diciendo. Si no me obedeces, no me llames Señor, porque honestamente no lo soy; tú eres el señor de tu vida. Hermano, me pesa decirlo: es una burla llamar a Cristo Señor y luego desobedecerlo intencionalmente. Es una burla. Yo sé que debido a la carne, debido a nuestra condición caída, hay ocasiones en que nosotros hemos actuado instintivamente de manera pecaminosa y somos culpables igual, pero múltiples otras veces sabemos que lo que incluso vamos a hacer, que todavía no está hecho, sabemos que está mal, y como quiera nosotros terminamos haciéndolo.
El Cristo que dijo "¿Por qué me llamas Señor, Señor, y no haces lo que te digo?" es el mismo que luego dijo, como Mateo registra en 7:21-23: "No todo el que me dice Señor, Señor, entrará al reino de los cielos." Pero ¿por qué es, Señor? ¿Por qué me dices Señor, Señor, y no haces lo que te digo? Entonces, ¿quiénes son los que entran? Sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. La obediencia es la prueba de que soy tu Señor, es la prueba de que vives mi Señorío. En serio.
Mateo 7:22: "Muchos", dice Jesús —este es el vocabulario: muchos, no algunos, muchos— "me dirán en aquel día..." Yo no sé si a ti te duele; a mí me duele. "Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre?" En otras palabras: estuvimos en púlpitos. "¿Y en tu nombre echamos fuera demonios?" Estuvimos ahí reprendiendo demonios. "¿Y en tu nombre hicimos muchos milagros?" Entonces les declararé: "Jamás los conocí." Jamás me conociste, no. Nunca, nunca te conocí como mi hijo. Apártense de mí, los que practican la iniquidad. Hermano, tú no puedes leer esas palabras y pasarlas por alto, próxima página, porque tienen que ver contigo y conmigo. Yo no las pude pasar sin reflexionar acerca de mi propia vida.
Montgomery Boice dice en su comentario sobre este pasaje de Romanos, meditando acerca de la palabra "Señor", tiene varias cosas que decirnos y yo he adaptado algunas de ellas. Una de esas cosas es que el Señorío de Cristo tiene una implicación mental. Él la llama intelectual; yo no le diría intelectual porque yo no creo que tiene que ver con la intelectualidad de una persona. Es mental, tiene que haber un componente mental. Si Él es mi Señor, Él tiene que reinar y ejercer Señorío sobre mis pensamientos. No puedo maquinar hacer cosas que desagradan a Dios mientras le llamo Señor, Señor.
Por otro lado, el Señorío de Cristo tiene una implicación conductual o volitiva, de la voluntad humana. Eso implica que el Señorío de Cristo requiere que yo someta toda mi voluntad a su ley, a sus mandatos. Pastor, que no es fácil; vamos a llegar ahí. Si el Señorío de Cristo tiene una connotación conductual, eso implica que yo no puedo vivir un estilo de vida del cual yo no pueda hablar públicamente. No puedo vivir un estilo de vida que tenga cosas que yo necesite esconder.
John Stott, en su libro "La Soberanía de Dios" —o más que su libro, es una ponencia que él hizo años atrás acerca de la soberanía de Dios—, en la porción titulada "La Soberanía de Dios", está hablando del Hijo de Dios, hablando del Señor. Dice: no es solamente lo que creemos que tiene que llegar a estar bajo el Señorío de Cristo. En otras palabras, el Señorío de Cristo no es simplemente doctrina, porque toda la doctrina ortodoxa que tú y yo creemos, los demonios la creen igualito. De hecho, la entienden mejor que tú y que yo. Eso es intimidante también.
Los demonios saben que Cristo es Señor y ellos respondieron al Señorío de Cristo tan pronto lo vieron. Los demonios que eran legión, los demonios que estaban dentro del gadareno, cuando Cristo se acerca le dicen: "¿Qué tenemos que ver contigo, Hijo del Altísimo?" Y directamente proclamaron quién era. No es solamente lo que creemos que tiene que llegar a estar bajo el Señorío de Cristo, sino también la manera como nos comportamos.
El discipulado, dice Stott, implica obediencia, y obediencia implica que hay mandatos morales absolutos que requieren ser obedecidos. Referirnos a Jesús de manera diplomática, "Señor, gracias por el día", de manera diplomática, como nuestro Señor, no es suficiente. Necesitamos ir y enseñar que el yugo de Jesús es fácil —hablando de los mandamientos que son difíciles— y su carga es ligera, y que bajo el yugo de Jesús nosotros no tenemos esclavitud sino libertad y descanso. Y yo agregaría: bajo el Señorío de Cristo tenemos libertad para resistir la carne y obedecer.
El Señorío de Cristo, agrega Boice, tiene una implicación más. Tiene más, pero él extrae esto: que Jesús no solo es Señor de nuestra mente, voluntad y conducta moral. Jesús es también el Señor de nuestro tiempo: de tu tiempo en Facebook, en Twitter o X, como se llama ahora, de tu tiempo en Instagram, de tu tiempo frente a pantallas donde ves cosas que no solamente Jesús desaprueba, sino que Él llama abominación. Él es el Señor de nuestros trabajos, de nuestras carreras y ambiciones. Pablo lo deja caer así en el versículo 4, donde dice que Jesús de Dios es nuestro Señor Jesucristo, en el versículo 4.
En cuarto lugar, en el versículo 5, Pablo no dice que recibió la gracia de Cristo al creer. ¿No qué? Sí, no, también que recibió el apostolado. ¿Para qué? Es importante, oye bien. Eso no es simplemente "te voy a hacer apóstol", esto es lo que tú vas a hacer cuando vayas a proclamar el Evangelio: para promover la creencia en la fe. Eso no es lo que dice. Para promover la obediencia a la fe entre todos los gentiles, por amor a su nombre. Entre los cuales están también ustedes, los romanos a quienes les envió a que te ha llamado de Jesucristo. Ustedes también fueron llamados. ¿Quiénes? ¿En Chile? ¿Dónde? En Roma. ¿A qué fuiste llamado, Pablo? Al apostolado. ¿Y para qué? Para que promuevas, no muevan Evangelio barato, sino muevan un Evangelio de obediencia.
En la Palabra de Dios, creer y obedecer nunca están separados. No, una cosa implica a la otra. Eso de que tú creíste, pero que todavía sigo en desobediencia año uno, dos, tres, cinco, y desobediencia en la misma área, hermano, a mí me duele pero tengo que decirlo: eso es desobediencia voluntaria y no es compatible con la salvación. ¿No lo ves? Por algo Pablo le dijo a los corintios, a los corintios: "Examinaos para ver si estáis en la fe." Pablo estuvo ahí, él los enseñó, les enseñó el Evangelio. De hecho, una de las mejores definiciones de lo que el Evangelio consiste está en 1 Corintios 15, donde Pablo les dice que el mismo Evangelio que él recibió, eso es lo que él les pasó. Y qué les dice entonces: en el cual estáis firmes y permanecéis en él. ¿Y qué es? Pablo ahí mismo les dice cómo: que Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras, y que resucitó al tercer día según las Escrituras. A esa iglesia Pablo le dice: yo veo cómo ustedes se comportan y yo me pregunto si en verdad ustedes son creyentes. Examínense para ver si lo son.
Eso de que yo puedo aceptar a Cristo como Salvador y no como Señor, esto es una anomalía de nuestro tiempo. Ni Cristo ni los apóstoles llamaron a nadie a la salvación sin santificación. Eso no está. De hecho, Pablo en Romanos 1:5, donde estamos ahora mismo, no solamente en el día de hoy, ahora mismo estamos en Romanos 1:5, Pablo nos llama a creer y a obedecer literalmente. Esas dos cosas van de la mano. Y cuando él va a cerrar su carta, tú lees la carta entera, ya cuando faltan dos versículos o tres al cierre, en Romanos 16:26, escucha lo que Pablo dice: pero que ahora, hablando del Evangelio, que ese Evangelio ha sido manifestado y por las Escrituras de los profetas, conforme al mandamiento del Dios eterno, se ha dado a conocer a todas las naciones para guiarlos a la obediencia de la fe.
Raramente tú oyes gente hablar del plan de salvación y los oyes hablar de la obediencia a lo que estamos predicando. Es que tienes que creer. Es fácil creer, o decir que creemos. Ese es el problema que Santiago tenía cuando escribe su carta. De manera que Pablo, al principio y al final, está uniendo la fe a la obediencia. Hermanos, la fe en Cristo presupone obediencia a Cristo. La fe en Cristo presupone tu obediencia a Cristo. No creemos para desobedecer, no tiene sentido. Creer para desobedecer es un oxímoron, como dicen en inglés. Es lo contrario, es opuesto. Se supone que creemos para obedecer a quien le hemos creído. Creemos para obedecer en quién y a quién le hemos creído. Y Pablo incluía, cuando tú lees su carta, en esa obediencia y en ese señorío, fidelidad y lealtad a Cristo. Fidelidad y lealtad a Cristo que nos va a llevar a fidelidad y lealtad al prójimo.
En quinto lugar, nota todavía en el versículo 6 lo que Pablo dice. Hay un llamado a la obediencia y dice que es por amor de su nombre, o por amor a Cristo, que es lo mismo. No sé si notas la anotación: quién no dice que ya fuimos llamados a obedecer por temor de su ira. Sino lo que dice, hermanos, es importante recordarlo, pero ese es un pobre motivador, porque Dios tiene toda la vida advirtiéndonos, incluyendo a Adán y Eva, de su juicio, de su justicia, incluyendo con pena de muerte, y seguimos y desobedecemos otra vez. Eso fue exactamente lo que le dijeron a Adán y Eva: sabes que si desobedeces, si te comes la fruta, ciertamente morirás.
Entonces, ¿cómo es que voy a obedecer? Es por amor de su nombre, lo acabamos de leer. ¿De dónde es a copar esa tal enseñanza? Cristo solo enseñó, escucha Juan 14:15: "Si ustedes me aman, guardarán mis mandamientos." Me han oído decir, yo me lo digo a mí mismo: la desobediencia no es simplemente un problema de mi voluntad que se resiste a someterse al señorío de Cristo. Es un problema de amor, y grave.
Pastor, ¿qué no es fácil? Se lo dije ahorita, yo te dije que me ha llegado. Hermano, es la obediencia. No es pesada porque, en primer lugar, nosotros no tenemos la menor idea de quién Dios es, y como no lo conocemos no le amamos, y como no le amamos le desobedecemos. Nosotros no tenemos idea de lo que Dios ha hecho por nosotros. No lo aquilatamos. Lo sabemos de historia, de rumor, de lectura, pero no lo entendemos. Y como no entendemos lo que Él ha hecho, pisoteamos su obra cada vez que pecamos. Lo que la razón que llevó a Cristo a la cruz es mi pecado, y volvemos y lo clavamos.
Nosotros no entendemos lo que implicó la encarnación de Cristo para cumplir la ley por nosotros. Cristo ha podido haber llegado lo que llamamos el miércoles santo de Semana Santa, el jueves tener la última cena con los apóstoles, el día siguiente ser crucificado, el domingo resucitar y subir a los cielos. No, no podía. Tenía que encarnarse y cumplir la ley a cabalidad, incluyendo la circuncisión a los ocho días. Eso no entendemos nada. De hecho, nosotros no entendemos tampoco la encarnación de Cristo, que lo reducimos a un niño en un pesebre, y todos los años colocamos al mismo niño, al mismo pesebre, como si él nunca creció. El único cumpleaños que se celebra de esa forma. Tendría 65 años yo en una camita, en una cuna, cada vez que me van a celebrar mi cumpleaños.
Ni valoramos al Cristo, al Jesús que muriera por nuestro pecado, y por eso lo seguimos cometiendo. Hermano, esto es serio. Esto me ha llenado de tristeza a lo largo de los días. Ni tenemos la menor idea de lo que implica haber sido traicionado y negado por uno de aquellos discípulos a quienes Jesús amó hasta el fin. Nosotros de hecho hablamos de la negación de Pedro y hasta nos reímos de Pedro en medio de su negación.
Entonces, ¿sabes por qué? Porque nosotros, como no hemos amado nunca de esa manera que Cristo amó, nadie nos ha traicionado como Cristo fue traicionado. Porque para ser traicionado como Cristo fue traicionado, primero tengo que amar hasta el fin. Nosotros no tenemos idea de lo que eso es. Nosotros no tenemos idea de ese tipo de dolor, ni valoramos ese tipo de amor tampoco. Los mismos discípulos lo demostraron. Nosotros no tenemos idea de ese tipo de amor porque no lo hemos experimentado, y tampoco nos hemos acercado a Dios lo suficiente para experimentar lo que Él nos ofrece gratuitamente. Ni lo tenemos para darlo, y no nos acercamos para recibirlo. Tampoco hemos sentido lo que es ser amado de la forma como Dios amó a sus discípulos y nos ama a nosotros.
Esas son las razones, entre otras, por las que la obediencia es pesada, es difícil: porque no aquilatamos lo que costó tenernos donde estamos en la familia de Dios. Yo les decía a los hombres, hablé a los hombres de la Iglesia, de la Iglesia de Dios, que vinieron casi 500 hombres en el día de hoy, el jueves, la gran mañana. Y les decía a los hombres: hermanos, deja de mentir diciendo que los mandamientos de Dios son gravosos. Dios ha dicho más de una vez que no lo son. O Dios mintió, o tú y yo mentimos.
Te lo voy a leer de Deuteronomio 31, en la época de la ley, no de la gracia, de la ley. Dios dice: "Este mandamiento que yo te ordeno hoy no es muy difícil para ti." Escucha cómo: "Ni está fuera de tu alcance." No, no está fuera de tu alcance. Si yo en Antiguo Testamento, bajo la ley, luego Cristo viene, el Espíritu viene, nos empodera para obedecer, y Juan escribe en su primera carta en 5:3: "Sus mandamientos no son difíciles." Tu traducción puede decir "no son gravosos."
Deja de mentir. Haces lucir a Dios como un juez odioso, demandante, cruel. Nosotros, o pensamos que sus mandamientos son gravosos, o que sus mandamientos son solo sugerencias, o que son solo para guardarlos cuando nos están viendo, pero que a solas tenemos luz verde para desobedecer. E incluso los racionalizamos. En consejería yo lo he oído más de una vez, más de dos, más de tres: "Pastor, sí, yo sé que no está bien, pero yo no estoy dañando a nadie." No, simplemente estás deshonrando al Hijo, simplemente estás deshonrando la santidad de Dios, simplemente estás ignorando la obra de la cruz.
Pensamos así cuando no valoramos la santidad del Padre que nos dio al Hijo, no valoramos la sangre del Hijo derramada en la cruz, ni estimamos la morada del Espíritu. Que Dios venga a morar en tu interior para hacer testigo presencial, no desde el cielo, donde siempre ha sido testigo presencial, desde adentro de mí, de lo que yo digo, lo que yo oigo, lo que yo veo, lo que yo hago, y que se queda ahí adentro.
¿Sabes por qué, hermano? Es porque en la caída nosotros perdimos el sentido del deber, y no creemos que es nuestro deber honrar la obra de Cristo a nuestro favor. No, no lo creemos. No consideramos nuestro deber testificar de lo que Dios ha hecho en mí, está haciendo, sigue haciendo, y del esfuerzo que estoy haciendo para complacer al Dios que me compró.
En la caída nosotros perdimos el sentido de vergüenza. ¿Sabes por qué? Porque cuando pecas, igual y pecas, igual y pecas, sobre todo cuando es el mismo pecado de la misma manera, tu conciencia hacia Dios se adormece y no hay vergüenza, ni delante de Dios, ni en tu interior. De hecho, Dios le dijo al pueblo de Israel: "Ustedes me han impresionado de mala manera, ustedes ni siquiera saben ruborizarse." Todo esto a veces: niños, mujeres, hombres que como que hacen algo, les llaman la atención y la cara se pone roja de una vez. Dios les dice a través de Jeremías 6:15 y 8:12: "Nunca he visto, hace mucho tiempo que no veo una cara roja de parte de ustedes por el pecado cometido." En la caída perdimos el sentido de la culpa porque estamos adormecidos en nuestra conciencia.
Y Pedro nos dice en el versículo 6 que los gentiles también han sido llamados a creer y a obedecer. Con eso él nos está diciendo que la salvación no es solamente para los judíos.
Y por último, en sexto lugar, nota cómo Pablo cierra esta carta: "A todos los amados de Dios que están en Roma, a los creyentes amados por Dios." Escucha, cada uno no cierra su carta sin recordarles la responsabilidad. Llamados, ¿a salvación? No, llamados a ser santos. "Gracia y paz a ustedes de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo." Él saluda a los hermanos. Aquí nunca he visto el llamado "amados de Dios" y les recuerda: llamados a ser santos. Hermanos, la santidad es tu llamado y es el mío.
"Sed santos porque yo soy santo", Primera de Pedro 1:16. Ese mismo mandato en el libro de Levítico se repite seis veces: Levítico 11:44, "Sed santos porque yo soy santo"; 11:45, "Sed santos porque yo soy santo"; 19:2, "Sed santos porque yo soy santo"; 20:7, "Sed santos porque yo soy santo"; 20:26, "Sed santos porque yo soy santo"; 21:8, "Sed santos porque yo soy santo". ¿Tú piensas que Dios se tomó eso en serio?
Ayer yo les recordaba a los hombres que el ejército de Estados Unidos es un ejército bueno, tanto el ejército como el otro grupo que yo les llamo de Marines. La traducción sería como los marinos, pero no son simplemente marinos. Es un cuerpo muy disciplinado que el primer día cuando tú inicias te dice: "Joven, tú eres ahora un Marine. Compórtate como un Marine." En otras palabras, tú tienes un estándar que se espera que tú honres, y si no, te disciplinamos o te expulsamos. Yo creo que Cristo pudiera decirlo: "Miguel, tú eres ahora un cristiano. Compórtate como un cristiano."
Oswald Chambers escribió en una ocasión que el destino final del hombre no es felicidad ni salud, sino santidad. Dios no es una máquina eterna al servicio del hombre. Él no vino a salvar al hombre de su miseria; Él vino a salvarlos porque Él los creó para hacerlos santos. Hermano, si eso es verdad, déjame decirte algo que yo escribí hace mucho tiempo: realmente, si eso es verdad, que fuiste creado para hacerte santo, Dios no va a escatimar ni dolor, ni dificultad, ni desierto, ni angustia, ni pérdidas, ni sinsabores para que llegues a hacerte santo. No importa si te duele, no importa si te molesta, si te frustra.
No, hermano, la palabra "santo" tiene dos acepciones. La primera no es pureza, aunque somos llamados a hacer de esa manera también, pero lo hemos dicho otras veces. Kadosh, kadosh implica ser santo, separado. Quizás decirlo así: kadosh significa ser separado. Dios nos está diciendo: apártate, sepárate, aléjate, distínguete, distánciate, despréndete, desarticúlate. ¿De qué, pastor? Gracias por preguntar. De nuestro estilo de vida anterior, de nuestros hábitos ofensivos para Dios, de nuestra manera de pensar, de nuestra manera de vestir. Mi esposa y yo hablábamos anoche de un restaurante diferente, no sé si son de lo mismo que ella, en la capital, con código de vestimenta para entrar al restaurante secular, que no es una iglesia. De nuestra manera de hablar, de los lugares que frecuentamos, de las amistades que teníamos, y de todas aquellas cosas, personas, hábitos, costumbres que deshonran.
No, déjame decirlo con el lenguaje del autor de Hebreos: todas aquellas cosas que tienen por inmunda la sangre del pacto. Es lo que el autor de Hebreos utiliza en Hebreos 10:29, que en nuestros hábitos pecaminosos tenemos por inmunda la sangre del pacto.
Llevo la única, la única marca, el único distintivo que garantiza que ciertamente nosotros estamos en la fe o que estamos en estado de salvación, es un estado de santificación progresiva. Es intimidante, pero es verdad. La única marca de que verdaderamente yo estoy en la fe es un estado de santificación progresiva. No es confesión doctrinal. Alguien lo decía de esta manera: si la santificación no se está produciendo, esto implica que la justificación no ocurrió. Justificación es salvación. Y si la justificación no se ha producido, tampoco la salvación se ha producido.
Bueno, no nos engañemos. Cuando Juan el Bautista vino, dijo: "Dad frutos de arrepentimiento." No dijo simplemente "arrepiéntete". Yo puedo hacer eso aparentemente. No, que dé los frutos que se supone acompañan al arrepentimiento. De hecho, es lo que Santiago dice en su carta: "Oye, no me hables de tu fe si tú no tienes nada que mostrarme. No tienes frutos, esa es una fe muerta. Mejor yo te voy a mostrar mi fe por las obras." ¿Cuáles obras? Los frutos de arrepentimiento.
Hermanos, todos nosotros queremos ser usados por Dios, todos. Quisiéramos ser usados como el apóstol Pablo. Pero hay un problema, y es que hay un grado, una relación directa entre mi grado de santificación y el uso que Dios me da. Segunda de Timoteo 2:21: "Por tanto, si alguno se limpia de estas cosas..." No te fijaste que no dice "si alguno Dios lo limpia". Dios va a hacer el trabajo, pero aquí hay un trabajo en el que tú tienes que participar a tiempo completo. "Si alguno se limpia..." Ese alguno eres tú y yo. "...de estas cosas, será un vaso para honra, santificado, útil para el Señor, preparado para toda buena obra." Vaso útil que ha sido preparado para toda buena obra. Dios lo usa cuando se ha limpiado de todas estas cosas. ¿Y cuáles son esas cosas? De la vida anterior, de la pasión, del corazón impuro, de las malas intenciones, de los hábitos que contaminan el alma. De todas esas cosas. Entonces Dios dice: "Ok, te quiero usar, y como te quiero usar, te puedo usar." Hay una relación directa entre mi vida de santificación y el uso que Dios quiera darme.
Se me fue el tiempo. A este tiempo cierro. El versículo 7, que ya lo leímos y de hecho lo desempacamos: "A todos los amados de Dios que están en Roma, llamados a ser santos: gracia a ustedes de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo."
La santificación, déjame traer esto como un cierre del círculo, la santificación implica el ejercicio de Su señorío. La santificación, lo último que hemos hablado, implica lo que hablamos primero: el ejercicio de Su señorío. Déjame leerte esto y este me cierra. Es una lectura que yo te leí, de acuerdo a mi récord en la computadora, el 22 de febrero del año 2004. Me da casi 20 años. Si la usé en otra ocasión, no lo sé, mi memoria no llega hasta ahí, pero esto está en la computadora. 22 de febrero del 2004. Es una lectura, un fragmento, una pintura llamada "El lamento de Jesucristo contra el mundo ingrato", en la catedral de Lübeck, en Alemania:
"Me llamas Señor y no me obedeces. Me llamas luz y no me ves. Me llamas el camino y no me caminas. Me llamas vida y no me vives. Me llamas sabio y no me sigues. Me llamas justo y no me amas. Me llamas rico y no me pides de las cosas que Él puede dar. Me llamas eterno y no me buscas. Entonces, si te condeno, no me culpes."
Y el que vive bajo el señorío de Cristo es la persona que se ha dispuesto a decir, y esto es de 20 años atrás también: "Señor, estoy dispuesto a recibir lo que Tú me das, a carecer de lo que Tú retienes, a renunciar a lo que Tú me quitas, a sufrir lo que Tú infliges, y a ser lo que Tú quieres que yo sea."
Padre, gracias. Gracias por el mensaje de salvación y la claridad con la que Tú nos dijiste que esa salvación me iba a costar todo. No para obtenerla, sino para vivirla. Me va a costar toda mi vida. Tendrá que ser una muerte. Que no te puedo llamar Señor y luego desafiar Tu señorío, porque nadie puede seguir a dos señores. Señor, Tú mostraste claramente, dijiste, explicaste, ampliaste por medio de Tus apóstoles: la santificación es el resultado de la justificación primero.
Señor, quizás en el día de hoy Tú has podido dejar ver más claramente lo que es la salvación. Y si tú estás aquí, reconociste que no estás en estado de salvación, reconociste que quizás nunca la habías entregado a tu vida, reconociste que entendiste, que entregaste tu vida, pero que tu vida misma habla de que realmente no estás en salvación, no estás en estado de salvación. Yo quiero orar por ti, hermano, hermana, yo quiero orar por ti. No me veas como tu juez. Yo quiero que me veas como alguien que quiere ser tu hermano en la fe y quiere interceder entre el Salvador y tu persona para tu salvación.
Yo te voy a pedir simplemente que brevemente entiendas esto: primero, necesitas estar bajo convicción del Espíritu de Dios. Número dos, necesitas tener ese sentimiento de que eres pecador y que tienes deseo de arrepentirte, no solamente de confesar. Y que tienes deseo de ir a Dios ahora mismo y decirle: "Señor, yo, en mi mente, yo reconozco todo esto que me mostraste, me enseñaste, y te doy gracias que he oído Tu palabra. También me enseñaste que todavía no estoy bien a la luz. Gracias por traer luz a mi vida a través de Tu palabra, pero no estoy bien."
Yo vengo adelante y te pido, te ruego vehementemente: límpiame, perdóname. Que la preciosa sangre de Cristo lave mis pecados, Dios. Yo reconozco que tú lo pagaste en tu Hijo. Gracias, Hijo, por soportar el peso de la ira de Dios por mis pecados, incluyendo aquello que hasta esta mañana he continuado haciendo. Perdóname, perdóname por desafiar tu señorío.
Te traigo mi vida, tómala, Dios. No importa cuánto yo quiero retenerla, arráncala de mis manos, de mi mente. Llévatela, Dios. Sacúdeme, convénceme, confronta mi voluntad. Ayúdame no solamente a llamarte "Señor, Señor", sino a vivir tu señorío. Y que verdaderamente, cuando yo te llame Salvador y te llame Señor, vaya de la mano, porque me estás santificando y eso prueba que viniste a mi vida.
Gracias por acceder a este recurso. Espero que haya sido de gran bendición para tu vida. Te sugiero que te suscribas a este canal de forma que puedas recibir notificación la próxima vez que hayamos subido un nuevo recurso que pueda servirte de instrucción y bendición.