Integridad y Sabiduria
Sermones

Laodisea: la iglesia orgullosa

Miguel Núñez 29 junio, 2008

La iglesia de Laodicea representa el peligro más sutil que enfrenta cualquier congregación: el orgullo que ciega. Cristo se presenta ante ella como "el Amén, el testigo fiel" y pronuncia un veredicto devastador: esta iglesia que se cree rica y autosuficiente está en realidad desnuda, ciega, pobre y miserable. La ciudad misma había rechazado la ayuda de Roma tras un terremoto, declarando que podía reconstruirse sola. Ese espíritu de autosuficiencia había infectado a la iglesia, y Cristo advierte que los vomitará de su boca por ser tibios, más difíciles de alcanzar que los abiertamente incrédulos.

El orgullo adopta múltiples disfraces: orgullo por lo que poseemos, por lo que somos, por cuánto sabemos, por lo que hemos logrado. Pero el más repulsivo para Dios es el orgullo espiritual, ese que nos hace creer superiores en santidad mientras juzgamos a otros en silencio. La parábola del fariseo y el publicano lo ilustra: el fariseo oraba agradeciendo no ser como los demás, ciego a sus propias faltas mientras veía con claridad las ajenas. Como señalaba Jonathan Edwards, el orgulloso espiritual presume de tener luz propia y de ser humilde, y ambas cosas le impiden ver su condición real.

El pastor Núñez advierte que ninguna iglesia es inmune a este peligro, especialmente las que crecen y son bendecidas. El día que una congregación se enorgullezca de su crecimiento, su doctrina o sus logros, olvidando que todo lo ha recibido de Dios, sus días estarán contados. Cristo ofrece a Laodicea lo único que puede sanarla: oro refinado que representa fe genuina, vestiduras blancas que simbolizan salvación, y colirio para abrir los ojos del alma. La invitación final es al arrepentimiento, porque Él reprende a quienes ama.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Apocalipsis 3, comenzando en el versículo: "El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias. Y escribe al ángel de la iglesia en Laodicea: El Amén, el testigo fiel y verdadero, el principio de la creación de Dios, dice esto: Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Así, puesto que eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca. Porque dices: Soy rico, me he enriquecido y de nada tengo necesidad; y no sabes que eres un miserable, digno de lástima, pobre, ciego y desnudo. Te aconsejo que de mí compres oro refinado por fuego para que te hagas rico, y vestiduras blancas para que te vistas y no se manifieste la vergüenza de tu desnudez, y colirio para ungir tus ojos para que puedas ver. Yo reprendo y disciplino a todos los que amo; sé, pues, celoso y arrepiéntete."

Bueno, el mensaje anterior en esta serie fue titulado "La División, la Plaga de la Iglesia". Cuando estuvimos hablando acerca de esa plaga, de esa enfermedad que llamamos la división, dijimos en ese entonces que una división es un alejamiento, es un distanciamiento que ocurre entre dos personas, entre dos instituciones, dos iglesias, dos denominaciones. Y que el alejamiento, entonces, es la evidencia de que realmente esto es un conflicto afectivo, que esto es un conflicto emocional entre esos individuos o iglesias. La razón por la que ese distanciamiento se había producido es porque en la presencia de esos corazones ahora divididos existía, o existen, envidia, celos, orgullo, egoísmo, deseos de controlar al otro, lo cual resulta en resentimiento personal, en malicia, amargura y dudas acerca de las intenciones del otro. Todo eso lo compartimos en la semana anterior.

Como oyeron, en esa lista de cosas que originan la división en la Iglesia está el orgullo y está el egoísmo, y esas dos cosas van de la mano todo el tiempo. El egoísmo pudiéramos definirlo como la enfermedad del ego, y el orgullo, como el virus que afecta al individuo, que afecta al cristiano, que afecta al no creyente, capaz de devorar toda una iglesia. En este caso, la iglesia de Laodicea, por la manera en que Cristo la denuncia, sabemos que fue una iglesia orgullosa. Y rápidamente quizás sea bueno ver cómo Cristo disciplinó cada una de esas siete iglesias.

A la iglesia de Éfeso él le llama la atención porque había perdido su primer amor, a pesar de que él aprobó y aplaudió esa iglesia precisamente por su pureza doctrinal, y porque fue capaz de encontrar a aquellos que eran falsos apóstoles, que se llamaron apóstoles sin serlo. Eso fue con la iglesia de Éfeso. La iglesia de Esmirna y la iglesia de Filadelfia fueron las únicas dos iglesias que el Señor aplaudió, que el Señor aprobó, sin una condenación en particular. Pérgamo y Tiatira fueron ambas aprobadas parcialmente, pero fueron disciplinadas y reprendidas también. Sardis estaba muerta; no había nada que hacer con Sardis prácticamente, aunque había algunos creyentes aquí y allí, pero era una iglesia muerta según el mismo Señor. Y Laodicea, que es la iglesia que queremos revisar hoy, era una iglesia sumamente orgullosa, y el Señor la reprendió por su tibieza y por su orgullo, como nosotros vimos en el pasaje.

El Señor comienza identificándose como el Amén, el testigo fiel. Amén es una palabra de confirmación, es una palabra que dice que estamos de acuerdo; es la palabra que es frecuentemente traducida en los evangelios como "en verdad, en verdad os digo", donde el texto dice amén, amén. Cuando nosotros escuchamos a alguien predicar, decimos amén; estamos asintiendo, estamos diciendo: "así sea, creemos eso". Y Él viene y se identifica como el Amén, como quien dice: quiero que creas esto que voy a decirte. Y como el testigo fiel, Él comienza entonces diciendo: "Yo conozco tus obras."

Esa es la frase que aparece en cada uno de los mensajes a las siete iglesias. Cada mensaje es diferente, pero esta frase aparece en los siete mensajes: "Yo conozco tus obras." Como quien dice: yo sé quién tú eres, yo sé lo que haces, a mí no me puedes impresionar, yo conozco tu corazón, conozco tus intenciones, conozco lo que piensas. Y de esa misma manera Dios nos dice hoy en día: "Yo conozco tus obras." No las conoce como el hombre las conoce; las conoce como Él, el testigo fiel y el Amén, las puede conocer. Yo, que soy el omnisciente, te aseguro que tienes un problema, le dice a la iglesia de Laodicea.

Pero la iglesia de Laodicea no se enorgullece sola; se enorgullece en medio de una ciudad igualmente orgullosa, y eso es parte del llamamiento de hoy. ¿Qué nosotros tenemos que cuidarnos? Porque como iglesias estamos injertos, hemos crecido en medio de una cultura, y con frecuencia esa cultura termina contaminando la iglesia, porque los individuos que aquí entran vienen de afuera. Y esa ciudad de Laodicea, donde esta iglesia fue fundada, fue una ciudad altamente orgullosa; se creía autosuficiente, precisamente por lo que había llegado a ser.

La ciudad había llegado a ser un centro bancario importante. Se encontraba en la intersección de dos grandes carreteras: una que venía del este desde Éfeso hacia el oeste, y otra que venía desde el norte, desde Pérgamo, hacia el Mar Mediterráneo. En la coyuntura, en la bifurcación de esas dos carreteras donde se unían, ahí fue fundada la ciudad de Laodicea. Esa localización estratégica le permitió llegar a ser una gran urbe bancaria. Llegó a ser también una gran productora, como ciudad, de lana, una lana de color negro que era muy usada tanto para ropas como para alfombras. Y la ciudad también se destacó porque, cerca de ella, en uno de los templos paganos de la ciudad precisamente, había una escuela de medicina. Esa escuela de medicina llegó a producir una especie de ungüento para los ojos que, según testimonios escritos, llegó a curar a algunas personas que no veían. No sabemos con certeza si fue así o no, pero todo eso hizo de la ciudad un centro orgulloso donde los habitantes se creían autosuficientes.

Tanto así que en el año 60 después de Cristo hubo un gran terremoto que devastó la ciudad. Roma, el imperio, le ofreció a su colonia, a su provincia, en Laodicea, ayuda para reconstruir la ciudad, y Laodicea respondió: no, gracias, nosotros tenemos con qué hacerlo. ¿Te das cuenta hasta dónde llegaba el orgullo de esta ciudad y de sus habitantes? De manera que lo que nosotros vemos dentro de la iglesia es simplemente un reflejo de lo que había fuera de la iglesia. Y Cristo le dice en su reprensión a esta iglesia: sabes una cosa, tú puedes tener mucha lana, pero tú estás desnudo. Tú puedes fabricar mucha ropa, pero no eres más que un desnudo. Tú puedes tener mucha riqueza, producto de tus comercios, y tener todos los bancos que quieras, pero tú eres pobre y miserable. ¡Vaya!

Y para terminar, Cristo le dice: ¿sabes algo? Tú puedes fabricar todo el ungüento para los ojos que tú quieras, puedes devolverle la vista a todo el mundo que tú quieras con tu ungüento, pero sigues siendo ciego. El veredicto de Cristo para esta iglesia era que estaba desnuda, que era pobre y miserable, y que estaba ciega. La desnudez, símbolo de nuestra vergüenza del pecado, es lo que Adán y Eva sintieron tan pronto pecaron y que quisieron esconderse del Señor. Y Cristo le dice: ¿así tú estás? Aquí no hay creyentes. Si están desnudos es porque no ha habido la cobertura de Cristo. Y Cristo le dice: tú tienes que comprar de mí. Lo que tienes que comprar de mí no tiene precio; yo solamente lo puedo regalar, y como tú no aceptas regalos de Roma ni de nadie, te quedas desnudo, ciego, pobre y miserable.

Pero lo que ocurrió a la iglesia de Laodicea no es exclusivo de ella; ninguna iglesia es inmune a ese orgullo. Yo diría que, al contrario, todas las iglesias están expuestas al mismo riesgo. Mientras más grande, mayor el riesgo de la tentación. Mientras más se conoce la iglesia, mayor el riesgo. Mientras más años tiene creciendo, mayor la posibilidad de que esa iglesia pudiese llegar a ser también orgullosa, y que Cristo tenga que decir al final de cuentas: quedaste desnuda, terminaste pobre, miserable y ciega. De manera que yo creo que este es un mensaje apropiado para esta iglesia que está creciendo, para una iglesia que está siendo bendecida, de manera que Dios pueda cuidar a cada uno de sus líderes y a cada uno de sus miembros para que nosotros no terminemos siendo la Laodicea de nuestros días.

Y quizás sea bueno poder revisar algunas cosas de cómo ese orgullo se produce en nosotros, de cómo luce, de qué cosas nos enorgullecemos, porque nosotros somos capaces de enorgullecernos de cualquier cosa; incluso podemos enorgullecernos mucho de poco, y eso es increíble del ser humano. Nosotros podemos tener orgullo acerca de lo que poseemos, y este es el orgullo de la autosuficiencia. Esa era exactamente la característica de Laodicea, que tenía tanto que no aceptó la ayuda de Roma. Esa es exactamente la manera en que el orgullo se manifiesta en algunos de nosotros: que no nos atrevemos a recibir ayuda de otra persona, que no nos atrevemos a recibir nada regalado de otra persona. Es como que ustedes, como iglesia, quisieran regalarme algo y que yo les diga: no, gracias, yo no necesito eso, yo me lo proveo yo mismo. Eso era Laodicea; eso puede llegar a ser cualquier iglesia, que en ese orgullo de autosuficiencia, de que yo no necesito al otro, pudiéramos permanecer aislados pensando: no, no tenemos necesidad de nadie que esté fuera, porque lo tenemos todo adentro.

Aun fuera así —que nunca lo será—, pero aun fuera así, recuerda las palabras de Pablo a la iglesia de Corinto, en su primera carta, en el capítulo 4, versículo 7: "¿Por qué quién te distingue? ¿Qué tienes que no recibiste? Y si lo recibiste, ¿por qué te jactas como si no lo hubieras recibido?" Si tienes poco, si tienes mucho y te jactas en lo poco o en lo mucho, yo quiero hacerte una pregunta, dice el Señor: ¿no lo recibiste? Sí, entonces ¿de qué te jactas? Porque no hay nada que tú tengas que no hayas recibido de Él. Ese es el orgullo de los que poseemos.

Pero también podemos sentirnos, y llegar a ser, orgullosos de lo que somos. Tanto el incrédulo como el cristiano puede llegar a sentir que ha alcanzado una posición, un estatus —el cristiano, un grado de santificación— y que poco a poco comienza a sentirse superior a los demás. El problema es que eso frecuentemente no se ve, porque raramente vas a encontrar a un cristiano diciendo: "¿Sabes una cosa? Yo me creo superior a aquel hermano que está sentado allí." No. Ese es un pecado del corazón, es un pecado en silencio, es un pecado de actitudes, es un pecado de crítica, es un pecado de condenación que frecuentemente está en nosotros, y que nos delata delante de Dios cuando Él dice: "Yo conozco sus obras."

Quizás en el Nuevo Testamento, el personaje que mejor tipifica lo que es el sentido orgulloso de lo que soy es el fariseo. Es por eso que Cristo construye esta parábola que aparece en el Evangelio de Lucas, capítulo 18, a partir del versículo 10: "Dos hombres subieron al templo a orar: uno era fariseo y el otro recaudador de impuestos. El fariseo, puesto en pie, oraba para sí de esta manera: 'Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, estafadores, injustos, adúlteros, ni aun como este recaudador de impuestos. Yo ayuno dos veces por semana, doy el diezmo de todo lo que gano.' Pero el recaudador de impuestos, de pie y a cierta distancia, no quería ni siquiera alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: 'Dios, ten piedad de mí, pecador.'"

Cristo les cuenta la historia y luego les dice: "Os digo que este descendió a su casa justificado, pero aquel no, porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido." Ese era el orgullo que estaba en el corazón del fariseo cuando oraba allí en el templo. Su seguridad espiritual no le permite ver sus propias faltas —las faltas que todo el resto de sus conocidos ven—; él no las puede ver, es ciego. Pero esa misma seguridad apunta en una sola dirección: hacia sí mismo, porque él tiene una visión mejor de 20/20 para las faltas de los demás.

Así es como está viendo a este recaudador de impuestos, y dice: "Yo no soy como él." Pero escúchame algo: en la parábola, él no le estaba hablando al recaudador de impuestos; estaba pensando. Solo Cristo podía oír ese pensamiento. Es una actitud del corazón, algo que, cuando es revisado por Cristo, Él puede decirnos: "Yo conozco tus obras, yo conozco tus actitudes, yo conozco tu pensamiento. Yo conozco cuando piensas acerca de fulano lo que piensas: que te crees mejor, que estás más santificado o más santificada, que te crees de mejor iglesia, mejor individuo, mejor persona, mejor predicador, mejor líder. Yo conozco cómo piensas."

Podemos ser orgullosos de lo que tenemos, orgullosos de lo que somos, y eso es precisamente donde estaba la iglesia de Laodicea. Cuando Cristo le habla a la iglesia de Laodicea, Él demostró que tenía básicamente dos problemas con ellos. El primero es que no eran ni fríos ni calientes: eran tibios, y a los tibios Él promete vomitarlos de su boca —fuerte la expresión—. Los calientes eran aquellos, y son aquellos en el día de hoy, que tienen una fe genuina, viva, creciente, santificadora; esos son los calientes, los que tienen frutos que pueden ser vistos por los demás. Él no los produce para que vean los frutos simplemente; los tiene. Los fríos representan a aquellos incrédulos que no siguen a Cristo, pero ellos lo saben: están fríos, están muertos, no tienen fe.

Y Cristo dice: "¿Sabes una cosa? Tengo más problema con el tibio que con el frío." Y usted preguntará por qué. Es que es más fácil convertir al frío que al tibio. El frío nunca ha estado en el camino, él lo sabe, siempre lo ha rechazado, y por tanto pudiera llegar a conocer la verdad y convencerse de que esta vida cristiana es más de lo que había llegado a pensar. El tibio es el que se cree cristiano, que asiste a la iglesia, que va a los diferentes ministerios de la iglesia, y sin embargo no tiene conversión genuina. Dice ser cristiano, pero ha vivido como pagano. Y ese es el problema que Cristo tiene: el tibio confunde al mundo, le da un mal nombre a su causa, mancha su nombre, y de ahí que Cristo diga que con el tibio tiene tanto problema que los va a vomitar de su boca.

John Stott escribió un libro en inglés, *What Christ Thinks of the Church* —lo que Cristo piensa de la iglesia—, y refiriéndose a esta carta a la iglesia de Laodicea, él dice: "Quizás ninguna de las siete cartas es más apropiada para la iglesia al principio del siglo XXI que esta. Esta carta describe vívidamente la religiosidad respetable, nominal, más bien sentimental, que solo tiene la profundidad o el grosor de la piel, tan común en nuestros días. Nuestro cristianismo es fácil, fofo y anémico. Parece que hemos tomado un baño de agua de religión tibia."

La idea, cuando Cristo habla de que hay un grupo que son tibios, es que la iglesia entera es tibia, de hecho. Ellos podían tener quizás un mejor entendimiento de lo que Él se refería, porque Laodicea recibía sus aguas de unos manantiales térmicos de agua caliente, pero venían por debajo de la tierra muchas millas de distancia. Esa agua tenía que recorrer ciertos tubos que lograron fabricar, y cuando llegaba a ellos llegaba de manera tibia. Entonces el agua no era buena para lo que ellos querían cuando necesitaban agua caliente, pero tampoco era buena para las cosas que requerían agua fría, de manera que era un agua como inservible en cierto modo. Y Cristo dice: "Yo los voy a vomitar de mi boca."

Ese es más o menos el veredicto que escuchamos en el Nuevo Testamento de los labios de Cristo cuando Él dice: "En aquel día vendrán muchos y me dirán: 'Señor, en tu nombre echamos fuera demonios, en tu nombre predicamos, en tu nombre hicimos milagros.' Y yo les diré: 'Fuera de aquí, que jamás os conocí.'" Eso es una especie de vómito espiritual. Él dice: "Los voy a vomitar porque han contaminado mi nombre, mi causa, mi palabra, mi enseñanza, mi verdad." Increíble. Ahí estaba la iglesia de Laodicea: muchos en ella se creían cristianos, y muchos en ella tendrían que estar en el último día oyendo las palabras de Cristo tal como las acabamos de escuchar hoy.

Podemos ser orgullosos de lo que tenemos; podemos llegar a ser orgullosos de lo que hemos llegado a ser; podemos ser orgullosos de cuánto sabemos. El que está orgulloso de cuánto sabe no puede aprender, tiene una inhabilidad para aprender, cree saberlo todo. Mientras más conocemos la Biblia, mientras más pura es nuestra doctrina, mayor es el riesgo de que caigamos en ese tipo de orgullo. Nosotros, iglesias como la nuestra, calvinistas, tenemos un gran riesgo de llegar a enorgullecernos —como muchas veces ha ocurrido en la historia de la iglesia— y de mirar con desdén a otros hermanos que son arminianos o que creen de manera diferente. Ciertamente nosotros creemos que esta es la doctrina bíblica y estamos dispuestos a defenderla; sin embargo, la actitud de juicio no nos corresponde a nosotros sino a Dios. Él tiene que hacer la diferencia.

¿Sabes una cosa? Cuando Lucifer era Lucifer —porque ya no lo es, ahora es Satanás—, cuando él era Lucifer, nadie era más ortodoxo que Lucifer. Lo educó Dios en su presencia, y sin embargo en su ortodoxia se enorgulleció. Y el pecado de Lucifer no fue algo que Dios oyera como nosotros oímos: fue un pecado del corazón. "Dijiste en tu corazón", le dice Dios. De manera que no pecamos simplemente cuando hablamos y otros nos oyen; Dios dice: "Yo conozco tus obras, conozco tus palabras en silencio." De hecho, a veces tus palabras en silencio suenan más a mis oídos que las que pronuncias. Son más vocíferas. Son más elocuentes.

Y la iglesia de Laodicea tenía su orgullo precisamente en su autosuficiencia. Quizás nosotros podamos decir: "Bueno, pero quizás ese no es mi problema." Puede ser, pero el orgullo tiene diferentes matices. Y como hablamos de hasta lo que sabemos, es posible saber esta Biblia y enorgullecernos en la Palabra y pecar con ella absolutamente. De hecho, Pablo dice en 1 Corintios 8:1 que el conocimiento envanece. Pero ¿qué es lo que hace que el conocimiento nos envanezca? Es que de repente sentimos que tenemos poder sobre el otro, que podemos contestar sus preguntas, sus interrogantes. De repente, otros, cuando ven tu conocimiento, comienzan a aplaudirte, y eso comienza a llenar el corazón.

Es la razón por la que el mismo Pablo, cuando le escribe a Timoteo en su primera carta, en 3:6, dice que el anciano no debe ser un recién convertido, no sea que se envanezca y caiga en la condenación en que cayó el diablo. Nota cómo Pablo relaciona directamente la caída de Satanás con el envanecimiento. Y en ese recién convertido, muchas veces, el envanecimiento viene por lo que va conociendo, por lo que va aprendiendo, porque ahora tiene poder sobre otros. De eso podemos sufrir todos, o quizás hemos sufrido todos. Podemos llegar a sentirnos orgullosos de lo que hemos logrado, de lo que hemos hecho, de lo que hemos alcanzado.

Quizás pudiéramos incluso revisar lo que hemos alcanzado, ver para el lado y decir una cosa: "Este no ha hecho tanto como nosotros, o como yo", o "quizás esta iglesia no ha hecho tanto como la mía, o la nuestra." Y eso es motivo de orgullo también, porque si nosotros terminamos haciendo cada una de las cosas que Dios nos mandara o nos manda a hacer, al final, después de haber completado todo —que ninguno de nosotros lo va a hacer—, pero asumiendo que hubiéramos hecho todo en conformidad con su voluntad, asumiendo que hubiéramos vivido tal cual Cristo vivió, que hizo todo conforme a la voluntad del Padre, después de terminar, lo único que podemos decir, de acuerdo a Cristo en Lucas 17:10, es: "Cuando ya hayáis hecho todo lo que se os ha ordenado, decid: Siervos inútiles somos. Hemos hecho solo lo que debíamos haber hecho."

Si tú y yo pudiéramos vivir completamente en conformidad con la ley de Dios y hacer cada cosa que era su voluntad, cuando lleguemos al final lo único que podemos decir es: "Siervos inútiles somos", porque nosotros no hicimos más de lo que debíamos, simplemente lo que debimos haber hecho. De manera que tenemos que ser sumamente cuidadosos, porque nosotros incluso podemos llegar a ser orgullosos, sintiéndonos muy orgullosos con tan pocas cosas. En ocasiones yo he dicho: "¿Pero de qué se enorgullece esta iglesia o este grupo, porque su historia no es para enorgullecerse?" Enorgullecidos de tan poco. Un horror lo que nosotros somos capaces, orgullosos de lo que hemos logrado y alcanzado.

Pero de todos esos orgullos que hemos hablado y mencionado, el más repulsivo para Dios y para otros es el orgullo espiritual. Es el orgullo de creerme mejor, más santificado, de saber más Palabra que el otro. Es ese orgullo espiritual que vive creando excusas para que el otro crea que yo soy mejor o más de lo que soy. Es ese orgullo espiritual que comienza a sentirse mal cuando ve a otros progresando en su vida de santidad, en vez de aplaudirlos. Es ese orgullo espiritual que se siente mal, envidioso, celoso, cuando ve que otros van avanzando y quizás son colocados en una posición en la que yo no fui colocado, y en vez de pensar que el Dios soberano lo ha permitido, es el orgullo espiritual que comienza a amargarse y a resentirse.

Es el orgullo espiritual que es capaz de tomar la doctrina, por bíblica que sea, y hacer un ídolo de ella, y adorar de repente a la doctrina en vez del Señor de la doctrina. Jonathan Edwards, hablando acerca de ese orgullo espiritual, decía lo siguiente: "Aquellos que son orgullosos espiritualmente presumen de dos cosas: uno, de tener su propia luz, y dos, de ser humildes." Imagínate: "Soy tan humilde", dice alguien, con lo cual acaba de decir: "Yo soy tan orgulloso", y ambas cosas le impiden ver su orgullo.

Edwards agrega: "La persona orgullosa espiritualmente es muy capaz de encontrar faltas en los santos y con mucha facilidad encuentra las deficiencias de otros. Pero el cristiano humilde tiene mucho que hacer en su propia persona, y encuentra tanto pecado en su propio corazón, y está tan preocupado con la maldad de su corazón, que no se ocupa mucho del corazón de otros, hasta el punto en que se queja más de sí mismo que de otros."

Edwards continúa: "El orgullo espiritual lleva la cuenta de las ofensas que otros le han infligido, y con frecuencia habla de estas ofensas con amargura y con desprecio. Mientras que la humildad cristiana vuelve al creyente a hacer como aquel que, cuando fue vituperado, no abrió su boca. Nuestro bendito Señor nunca estuvo tan silencioso como cuando el mundo le rodeó, reprochándolo, abofeteándolo, escupiéndolo, acompañado todo esto de violentos gritos."

El hombre que escribió esto fue acusado en su iglesia. Fue expulsado de su iglesia. Y Edwards cayó; no se defendió. Diez años más tarde, quien le acusó pasó adelante para dar testimonio de la falsedad de la acusación. Este es un hombre que supo someterse a su Maestro, que supo vivir en carne propia lo que predicó. Este hombre conocía muy bien lo que el libro de Proverbios dice. Proverbios 8:13, la segunda parte: "El orgullo, la arrogancia, el mal camino y la boca perversa, yo aborrezco."

Obviamente Dios aborrece cada pecado. Obviamente Dios, en gran manera, no distingue tanto entre el pecado pequeño y el pecado grande; sin embargo, aun así, hay ciertas cosas que ha singularizado en su Palabra y les ha colocado al lado la palabra "aborrezco". Y en el libro de Proverbios, cuando hace esa lista de siete cosas que Él aborrece, una de ellas son los ojos altivos. En Proverbios 6, pero aquí en Proverbios 8:13, Él dice que aborrece el orgullo, la arrogancia, el mal camino y la boca perversa. En Proverbios 16:18 dice: "Delante de la destrucción va el orgullo, y delante de la caída, la altivez de espíritu." Proverbios 16:5: "Abominación al Señor es todo el que es altivo de corazón; ciertamente no quedará sin castigo."

Tú nunca encuentras al Señor Jesús, independientemente de las circunstancias, quejándose. Tú nunca encuentras a Pablo quejándose. Tú encuentras a Pedro quejándose más de una vez. Y el Señor tuvo que permitir su caída para que él pudiera verlo, porque Pedro estaba ciego a su propio orgullo. "Aunque todos te nieguen, yo no te voy a negar." Y Cristo, eso es orgullo espiritual. Y Cristo le dice a Pedro: "Déjame decirte, antes de que el gallo cante tres veces me habrás negado tres veces." No una, Pedro, tres. "Yo quiero que entiendas: eres capaz no solamente de negarme una vez, de negarme dos veces, de negarme tres veces, y si continúa el juicio, vas a ver cuántas veces más me niegas."

El orgullo ha sido definido de varias maneras, y es importante que lo entendamos porque nosotros tenemos que ponernos a nosotros mismos a través de ese filtro. Porque si la iglesia de Laodicea era orgullosa, era porque sus miembros eran orgullosos; no son las paredes igualmente orgullosas, ni el techo, ni el piso, ni los aires acondicionados, ni el plafón. Son las personas que habitan en la iglesia, que la conforman. Alguien decía que el orgullo produce un sentido de superioridad acerca de nosotros mismos. Otra definición: un deseo de ser admirado por otros por nuestros logros. Es búsqueda de sí mismo, es autoexaltación, es juzgador, centrado en sí mismo, se escribe a sí mismo y se ayuda a sí mismo. El tener una opinión alta de uno mismo.

Ese exceso de orgullo que hizo a la iglesia de Laodicea querer ser autónoma e independiente: "Roma, no necesito tu ayuda; nosotros reconstruimos la ciudad. Tenemos con qué, podemos hacerlo, no necesitamos tu regalo." Y cuando Cristo le dice cómo ellos están desnudos, ciegos, pobres y miserables, y les envía su consejo: "Laodicea, te doy consejo: que de mí compres oro refinado por fuego para que te hagas rico, y vestiduras blancas para que te vistas y no se manifieste la vergüenza de tu desnudez, y colirio para ungir tus ojos para que puedas ver. Yo reprendo y disciplino a todos los que amo; sé, pues, celoso y arrepiéntete."

Con todo lo que tienes, eres pobre espiritualmente hablando. Lo que necesitas es comprar de mí, no de los mercaderes. Tú necesitas comprar de mí. ¿Sabes qué es lo que necesita Laodicea? Necesita que pueda comprar oro fino de mí. Si recuerdas las palabras de Pedro en 1 Pedro 1:7, cuando Pedro dice que nuestra fe es más preciosa que el oro, lo que necesita Laodicea es fe que te salve, porque está en condenación. Por eso es que necesita comprar oro fino de mí: necesita comprar una fe que pueda darle salvación, porque no la tiene. Necesita comprar de mí vestiduras blancas. Recuerda cómo los redimidos del Señor en el libro de Apocalipsis aparecen con vestiduras blancas, indicativas simbólicas de su salvación. Esta gente está desnuda. Esta gente es incrédula, no es creyente, está bajo condenación. Cuando Cristo los revista con vestiduras blancas, entonces ellos podrán haber alcanzado, o sería la evidencia de su salvación. Mientras tanto, les dice: "Compra vestiduras blancas."

¿Y sabes una cosa? Eres famosa como ciudad por un ungüento que supuestamente puede curar ciertas enfermedades de los ojos y devolverle la vista a algunos. Pero aun con eso, lo que necesitas es un colirio mío que pueda entonces sanar los ojos del alma. Eres una iglesia ciega espiritualmente, creyendo todo el tiempo que eres más de lo que realmente eres. Y esa advertencia a Laodicea y a las otras iglesias es una advertencia no solamente para esas siete iglesias que existieron en ese tiempo, sino para el resto de las iglesias que iban a continuar formándose a lo largo de la historia hasta que Él viniera. Es una especie de patrón de cómo muchas veces las iglesias y denominaciones se desarrollan. Y nosotros tenemos que estar muy conscientes, como decíamos, porque el orgullo de una iglesia no es más que la representación del orgullo de sus miembros.

John Bevere, en su libro *La carnada de Satanás*, dijo lo siguiente: "El orgullo te impide ver tu propia condición. El orgullo te impide lidiar con la verdad, distorsiona tu visión. Tú nunca cambias cuando piensas que todo está bien. El orgullo endurece tu corazón y entumece los ojos del entendimiento. Te aleja del cambio de corazón que trae el arrepentimiento, que es lo que trae la liberación. El orgullo te hace ver como una víctima." Y ese es el problema principal del orgullo: que me vuelve ciego para mí mismo. Y en mi ceguera me quejo de lo que me han hecho, me crea una víctima, me amargo y permanezco amargado en mi resentimiento por lo que me han hecho. Lamentablemente, el orgullo es algo tan común a la naturaleza humana que sale a relucir en cada experiencia.

Recuerden, a veces Swindoll hablaba de cuando él salió del seminario. Decía él que creía tener las respuestas a todas las preguntas, y que le tomó cuatro años pasar por el seminario y cuarenta para recuperarse de lo que le hizo. Eso no tiene que ser solamente el seminario: el conocimiento, no importa cómo se alcance, sin importar la autoridad que usted sea, el conocimiento nos puede envanecer.

Jerry Bridges es alguien que ha escrito mucho acerca de la santidad. Tiene varios libros muy buenos; "En busca de la santidad" es uno de ellos. Pero recientemente escribió un libro que yo mencioné en uno de los sermones recientes, que se llama "Pecados Respetables", o "Respectable Sins". En ese libro él dice que ha visto con frecuencia, en la organización para la cual trabaja, algo muy preocupante. Él trabaja con una organización que se llama "Navegantes", que trabaja mucho con estudiantes universitarios en Estados Unidos. La manera en que ellos entrenan a algunos, por lo menos, es traerlos y darles una especie de internado, de manera que puedan trabajar bajo la tutela y supervisión de un personal ya más maduro, más santificado, más experimentado, que los pueda guiar.

Él dice que con frecuencia el problema es que ese personal nuevo, con menos experiencia, siempre cree que sabe más que sus instructores y profesores, y esto dentro de una organización cristiana. Él dice que el problema entonces está en esos, no inconversos, pero sí recién llegados, y que hay una falta de sumisión a esa autoridad que les han puesto por encima de ellos. Comentando sobre su propia observación, cita al autor de Hebreos, el capítulo 13:7, cuando dice: "Obedeced a vuestros pastores y sujetaos a ellos, porque ellos velan por vuestras almas como quienes han de dar cuenta; permitidles que lo hagan con alegría y no quejándose, porque eso no sería aprovechoso para vosotros."

Así es como el autor de Hebreos une y relaciona el espíritu de queja con la falta de sumisión, y la falta de sumisión con el orgullo. Porque básicamente el espíritu de queja es orgullo disfrazado. Noten también cómo hablamos siempre del espíritu de queja y no de las palabras de queja, porque el espíritu de queja es usualmente el que pronuncia las palabras, pero hay más espíritu de queja —actitud interior, a eso me refiero— que palabras de crítica. Yo no tengo que hablar para ser un crítico. Yo no tengo que hablar para juzgar. Yo lo único que tengo que hacer es sentir y pensar.

Yo puedo estar en silencio, nunca pronunciar una palabra durante toda una semana, y haberme pasado la semana cometiendo el mismo pecado de autojusticia. Que es el creernos superiores, mejores, más capacitados, que sabemos más que lo que el otro sabe, o que hemos pasado por mejores experiencias y que estamos en un mejor lugar. Lo que le puede pasar a un individuo le puede pasar a toda una iglesia. Lo que le puede pasar a un miembro le puede pasar a un líder, no importa si es anciano o pastor, no importa si es presidente de una fundación cristiana o no: tenemos en común la naturaleza humana.

Y nosotros tenemos que cuidarnos el uno al otro. Tú tienes que cuidarme, yo tengo que cuidarte, porque de lo contrario, si nosotros no hacemos eso, llegaremos al día en que la iglesia se convierta en una Laodicea. Y querrá entonces la iglesia presumir de sus logros, de sus avances, de su crecimiento, de su doctrina, de su liderazgo, de las condiciones de sus facilidades. Y Dios desde arriba dirá: "¡Hey, cuidado! Yo conozco tus obras: las que se ven y las que no se ven, las que se oyen y las que nadie oye, las pasadas y las futuras, y las presentes también."

Yo creo que este es un mensaje apropiado para cualquier iglesia en cualquier momento, pero especialmente para nuestra iglesia en este momento. Es una iglesia que, como acabo de decir, está siendo bendecida. Dios ha traído recursos humanos, ha traído recursos económicos, le ha dado su bendición, nos ha dado su presencia, nos ha dado un deseo y un espíritu de excelencia para hacer las cosas. Y todo eso es bueno hasta que nos enorgullezcamos de cualquiera de esas cosas.

El día que la iglesia se enorgullezca de su crecimiento, sus días están contados. El día que pensemos que estamos donde estamos porque nos hemos esforzado, en vez de reconocer que estamos donde estamos porque Dios nos ha dado su gracia, nuestros días están contados. El día que pensemos que nuestro crecimiento se debe a lo que nosotros hemos hecho, y no a lo que Dios ha hecho a través de nosotros, hasta ese día seremos Laodicea, y quizás seremos la iglesia que fue una vez y ya no lo es. Usted y yo tenemos que estar conscientes de eso.

Nosotros no nos podemos relajar, no podemos dormirnos en los laureles. Continuamente yo necesito, tú necesitas ver dónde estás como individuo, dónde estamos como iglesia, porque si no hacemos eso somos como los aviones que se van desviando poco a poco. Y nuestra torre de control es esta Palabra de Dios, que nos dice cuánto nos hemos desviado. Continuamente yo tengo que ir al espejo de la Palabra y ver si estoy arreglado o despeinado, tal como me levanté. Y si lo veo, eso es bueno; pero no te alejes del espejo sin haberte arreglado, como Santiago sugiere que muchos hacen.

No somos los arquitectos de esta iglesia, no somos sus constructores. Cristo dijo: "Sobre esta roca yo edificaré mi iglesia." Él lo haría. Yo no estoy interesado en construir esta iglesia; ese no es mi rol. Él es el constructor. Yo simplemente quiero ser uno de los peones que ayudan a poner bloques y demás en la construcción. Eso es lo único que somos. Él es el arquitecto, el diseñador, el ingeniero, el carpintero, el albañil, el pintor, el proveedor de los materiales. Y entonces nosotros, peones, muchos de nosotros, a quienes se nos ha dado la gloria de poder contribuir a una causa tan alta, tan noble, tan santa, como lo es la redención del mundo.

Al cerrar este mensaje, yo creo que hay algunas preguntas que tenemos que hacernos individualmente y como iglesia. Una autora llamada Pendeta Blowi, totalmente desconocida para mí hasta hace poco, me encontré con un libro de ella sobre rebelión e idolatría: "Orgullo igual a sentencia de muerte espiritual." En el penúltimo capítulo tiene una serie de preguntas que yo creo sería bueno hacernos en el día de hoy, a manera de introspección.

¿Te consideras superior a otros? Y si lo dices, si lo piensas, si lo consideras, la respuesta es sí. ¿Quieres que otros crean que tienes todas las respuestas? ¿Quieres que otros te consideren una persona humilde? ¿Creen los demás que tú tienes un problema de ego que tú no ves, que tú eres el único que no ve? ¿Te cuesta trabajo pedir ayuda, porque nadie puede hacer las cosas tan bien como tú las haces? ¿Tratas de controlar las situaciones o a las personas? ¿Buscas llevar a cabo tu voluntad o la voluntad de Dios? ¿Es con frecuencia que crees tener la razón y que todos los demás siempre están equivocados? ¿Te ofendes cuando otros te critican? ¿Te es difícil pedir perdón? ¿Te es difícil someterte a las autoridades?

Si nuestra respuesta es afirmativa a una o varias de esas cosas, es evidencia de orgullo en nosotros. Si tenemos varias o muchas de esas, tenemos un corazón capaz de dividir la iglesia. Y eso es algo que tú y yo no queremos que ocurra. Porque cuando nosotros hacemos eso, con quien nos enfrentamos es con su Constructor mismo, Jesucristo.

Las palabras de Cristo para la iglesia de Laodicea: "Al final, yo reprendo y disciplino a todos los que amo; sé, pues, celoso y arrepiéntete." ¡Devuélvete! ¿Vas por mal camino? No vas a llegar. Arrepiéntete. Lo que fue la iglesia o la ciudad de Laodicea hoy son solo escombros, meros escombros. Y Cristo le dijo a esta iglesia, como le dijo a otras: "Si no te arrepientes, te quito el candelabro."

¿Te imaginas que Cristo en el día de mañana le quite el candelabro a la iglesia? Si Él no va a estar con nosotros, y este candelabro es símbolo de su presencia, si Él no va a estar con nosotros, ¿para qué adorar? Nadie va a escuchar. Si Él no va a estar con nosotros, ¿para qué adorar? Él no la va a recibir. Si Él no va a estar con nosotros, ¿para qué enseñar su Palabra, cuando el Espíritu que da convicción a través de la Palabra está ausente en medio de nosotros? Si Él no va a estar con nosotros, no hay propósito de continuar con ninguna iglesia.

Y sabes una cosa: Cristo se ha ido de muchas de esas iglesias, de las que hoy se reúnen martes y viernes y sábado y domingo, cualquier día de la semana. Lamentablemente, cuando Dios retira su presencia —y hemos hablado de eso en otras ocasiones—, la iglesia continúa sus actividades como cualquier otra semana, y sus actividades le dan la impresión de que Dios no se ha retirado de ella. Pero hay un cansancio en los miembros, hay una apatía en los miembros, hay un deseo de no seguir, hay un desencanto entre los miembros; comienza a reinar y abundar el pecado, comienza a reinar y abundar el chisme y la división. Porque hasta ese entonces lo que mantenía sosegado y apagado todo ese fuego, y lo que mantenía la pasión, era su presencia manifiesta entre ellos; y cuando eso se va, todo se pierde.

Y eso es algo que tú y yo no queremos que ocurra en nuestra iglesia. De manera que tú y yo tenemos que estar alerta continuamente y orar el uno por el otro, de tal manera que Dios nos permita caminar en humildad de corazón. No de palabras, para que otros crean que soy humilde, sino de corazón, para que Dios pronuncie su bendición sobre nosotros.

¿Te imaginas que alguno de nosotros pudiera oír a Dios decir, como dijo de Moisés: "No hay nadie más humilde que Moisés en la faz de la tierra"? ¡Wow! ¿Que Dios pudiera decir lo que dijo de Daniel, que en él había un espíritu extraordinario? Eso no lo dijo el faraón, ¡lo dijo Dios! ¡Wow! Tú y yo necesitamos un espíritu extraordinario. Tú y yo debemos pedirle a Dios que nos dé un espíritu extraordinario: por encima de la mediocridad de la vida cristiana, por encima del promedio, muy por encima de lo que es el promedio de cómo el cristiano vive su vida.

Y una vida de sumisión y rendición muy por encima del promedio de la mayoría. Si usted está conforme con el promedio de la vida cristiana, usted no ha entendido su llamado, no ha entendido su muerte, no ha entendido su resurrección, no ha entendido de qué se trata.

Todos necesitamos el espíritu extraordinario de Daniel y la humildad de Moisés para honrar su nombre y su casa.

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.