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Sermones

La lengua, una espada de doble filo

Miguel Núñez 6 noviembre, 2023

La lengua es una espada de doble filo: con ella bendecimos a Dios y con ella maldecimos a quienes han sido hechos a su imagen. Esta contradicción está en el corazón de Santiago 3, donde el apóstol confronta la incongruencia entre lo que profesamos y lo que sale de nuestra boca. El problema no es simplemente un asunto de vocabulario o de modales; es un problema del corazón. Jesús lo enseñó con claridad: de la abundancia del corazón habla la boca. Si tratamos de controlar la lengua sin que el corazón sea transformado, seguiremos tropezando una y otra vez.

Santiago utiliza cuatro ilustraciones para mostrar el poder desproporcionado de la lengua: el freno que domina al caballo, el timón que dirige grandes naves, el pequeño fuego que incendia todo un bosque, y las fieras que el hombre ha logrado domar mientras la lengua permanece indómita. Ningún ser humano puede dominarla por sí solo. Cuando alguien habla con prudencia y sabiduría, ese fruto no proviene de su carne sino del Espíritu de Dios que lo controla.

El punto más agudo del pasaje llega cuando Santiago revela por qué el pecado de la lengua es tan grave: quien habla mal de otro está atropellando la imagen de Dios. Esto conecta directamente con el mandamiento de no matar, cuyo espíritu es proteger esa imagen sagrada. El pastor Núñez señala que ninguna idea práctica le ha ayudado más a tratar bien a los demás que recordar que cada persona porta la imagen de Dios. Esa verdad debería transformar cómo hablamos del vecino, del cónyuge, de los hijos, e incluso de nosotros mismos.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

El mensaje anterior: cuando tú lees la epístola de Santiago, es obvio que guarda grandes diferencias —no grandes contradicciones, pero sí grandes diferencias— con las epístolas de Pablo. Pablo podría ser considerado como el teólogo de las grandes doctrinas: la doctrina de la elección, la predestinación, la regeneración, la doctrina de la mente cambiada, el corazón transformado de piedra en corazón de carne, la mente pecadora que ha sido ahora cambiada e iluminada, la mente que sigue siendo transformada por la Palabra, la voluntad que ha sido librada de su esclavitud y sin embargo sigue luchando con el pecado. Y esa es la doctrina de la encarnación, la crucifixión, la resurrección. Santiago no me enseñó nada de eso.

Es como si Santiago asumiera que alguien de la estatura de Pablo habló de estas cosas, y él está interesado —y alguien tenía que hacerlo— en la teología aplicada. De manera que tú puedes ver a Santiago como el teólogo de la vida diaria, el teólogo que va al grano sin rodeos, el teólogo que te va a decir las cosas de frente, pero de una manera pastoral. Es el teólogo que está cargado con las discrepancias que él veía ya en su tiempo, dos milenios atrás, entre la práctica y lo que se profesaba.

Santiago quiere que el cristiano que lo lea en ese momento —el cristiano al que iba dirigida esta carta— pudiera entender cómo se supone que luce un cristiano genuino. Él comienza en el capítulo uno diciendo que un cristiano que entiende su llamado es un cristiano que va a saber afrontar las pruebas, y las va a considerar como sumo gozo. Luego nos dice que ese cristiano debería orar con fe genuina, sin dudar, confiando en el carácter de Dios, y que el cristiano que duda, al final, pudiera ser tildado de un hombre de doble ánimo, y que ese hombre no debía pensar que va a recibir nada de parte de Dios.

Y luego nos dice que cuando tú pidas, pide con sabiduría, sobre todo para manejar las pruebas y las tentaciones: las tentaciones que vienen de afuera, las que vienen de adentro, las que se originan en nuestra naturaleza pecadora, que nos seducen y nos llevan a pecar. La semana pasada vimos finalmente que si tu fe es genuina y tú has sido transformado en tu hombre interior, tú eres una nueva criatura, y esa nueva criatura debería resultar en obras que apunten a Cristo; en obras que nos dejen ver que ciertamente le entregaste —como cantábamos— tu mente, tu corazón, tu voluntad, toda tu vida al Señor. De manera que tengas algo a qué apuntar cuando hablas de tu fe, y no que tengas una fe sin obras, porque esa fe sin obras está muerta. Hablamos de todo eso hace una semana.

Ahora, en el capítulo 3, Santiago divide su capítulo en dos secciones. En la primera, él nos va a hablar de lo que pudiéramos llamar la ética del habla, o lo que es el problema de la lengua, por así decirlo, como Santiago lo aborda en un lenguaje muy del día a día. Luego nos va a hablar —lo cual será para el próximo mensaje— de la diferencia entre la sabiduría divina y la sabiduría terrenal. Y debido a que con esa lengua, y esa dificultad que tenemos para dominarla, muchas veces nosotros la usamos para el bien y para el mal; debido a que Santiago está consciente del poder de la lengua para la destrucción o para la construcción —es un órgano que a la vez construye y destruye—, por eso yo titulé mi mensaje: "La lengua, una espada de doble filo": un órgano con el cual nosotros podemos bendecir a los hombres o maldecir a los hombres.

Con eso, yo quiero invitarte a que leamos juntos del versículo 1 al 12 del tercer capítulo de Santiago:

"Hermanos míos, que no se hagan maestros muchos de ustedes, sabiendo que recibiremos un juicio más severo. Porque todos fallamos de muchas maneras. Si alguien no falla en lo que dice, ese es un hombre perfecto, capaz también de refrenar todo el cuerpo. Ahora bien, si ponemos el freno en la boca de los caballos para que nos obedezcan, dirigimos también todo su cuerpo. Miren también las naves —esos son los barcos—: aunque son tan grandes e impulsadas por fuertes vientos, sin embargo son dirigidas mediante un timón muy pequeño, por donde la voluntad del piloto quiere. Así también la lengua es un miembro pequeño y, sin embargo, se jacta de grandes cosas. ¡Pues qué gran bosque se incendia con tan pequeño fuego! También la lengua es un fuego, un mundo de iniquidad. La lengua está puesta entre nuestros miembros, la cual contamina todo el cuerpo, encendida por el infierno, e inflama el curso de nuestra vida. Porque toda clase de fieras, de aves, de reptiles y de animales marinos se puede domar, y ha sido domada por el ser humano; pero ningún hombre puede domar la lengua. Es un mal turbulento y lleno de veneno mortal. Con ella bendecimos a nuestro Señor y Padre, y con ella maldecimos a los hombres que han sido hechos a la imagen de Dios. De la misma boca proceden bendición y maldición. Hermanos míos, esto no debe ser así. ¿Acaso una fuente echa agua dulce y amarga por la misma abertura? ¿Acaso, hermanos míos, puede una higuera producir aceitunas, o una vid higos? Tampoco la fuente de agua salada puede producir agua dulce."

Notaste cómo Santiago inicia: "Hermanos míos". Esa frase es usualmente usada, en primer lugar, para identificarse con aquellos que eventualmente irían a conocer el contenido de su carta. Y, en segundo lugar, Santiago también la usa con cierta frecuencia cuando está cambiando de tema. Es como si él dijera: "Por otra parte, mis hermanos…", de manera que este es un nuevo tema, una nueva temática que tiene que ver con el control de la lengua.

Sin embargo, Santiago inicia de una forma que daría la impresión de que está hablando de otra cosa, y de repente comienza a hablar de la lengua. Escucha: "Hermanos míos, que no se hagan maestros muchos de ustedes, sabiendo que recibiremos un juicio más severo." Daría la impresión de que él está hablando de esperar a la madurez para enseñar, o quizás de falsos maestros que comienzan bien pero terminan mal, o algo parecido; y sin embargo, no hace tal cosa.

Santiago comienza a ayudarnos a entender que la Palabra necesita ser enseñada, entendida y luego proclamada precisamente por aquellos que han sido llamados a ser maestros. Pero a esos que han sido llamados a ser maestros, él les hace una advertencia: asegúrate de que tienes la madurez para hacerlo; asegúrate de que entiendes la responsabilidad de ser un maestro, porque, para comenzar, tú serás juzgado por un estándar más alto. Y la razón es que cuando tú tropiezas con tu enseñanza, tú haces tropezar a tus discípulos. Tú puedes traerles grandes beneficios a aquellos que te escuchan, pero también puedes traerles grandes consecuencias.

¿Y sabes algo? Lo único que el maestro hace mientras ejerce su oficio es hablar, y es de eso que Santiago quiere hablarnos. De manera que si todo cristiano debiera medir sus palabras, en especial el maestro debe hacerlo, porque él puede tropezar cuando enseña o puede tropezar en su vida. Cuando él enseña y tropieza, hace tropezar a muchos; y si tropieza con su vida, todavía peor, porque ahora ha servido de piedra de tropiezo para muchos más.

Entonces, bajo ese contexto, recordemos la enseñanza de Proverbios 10:19, en su primera parte —más adelante lo completamos—, que dice: "En las muchas palabras, la transgresión es inevitable." Imagínate el gran peligro en que nosotros nos encontramos —me incluyo a mí, los pastores—, cuando nos pasamos la vida enseñando, predicando, aconsejando. Ahora el autor de Proverbios me dice que en las muchas palabras —de las cuales nosotros somos culpables, porque eso es lo que hacemos— la transgresión es inevitable. ¡Uf! Con mis palabras yo puedo fortalecer tu vida, pero también puedo debilitar tu vida, puedo desviar tu vida, puedo liderarte a que te descarríes del camino. Y con mi ejemplo, peor todavía.

De manera que la advertencia de Santiago es válida, especialmente para los maestros, pero también es válida para todo el mundo. Y cuando hablo de maestro, no simplemente estoy hablando de aquellos que tenemos el oficio de pastores. Todo el que enseña —incluyendo aquellos que están enseñando niños ahora mismo, aquellos que tienen grupos pequeños, todo el que enseña la Palabra de Dios— es un maestro. Es una enorme responsabilidad ser maestro y guiar a otros; pero todavía mayor responsabilidad es cuando el tema a enseñar, el sujeto a enseñar, es la Palabra de Dios. Es un privilegio, pero también es una responsabilidad y, finalmente, es un gran peligro. Santiago entiende todo eso y nos dice de entrada: que no se hagan maestros muchos de ustedes.

El maestro necesita saber qué va a hablar y qué no va a hablar, porque puede ser dañino. Eso es exactamente lo que Proverbios 10:19 nos dice. Comencé a mencionarlo o a citarlo pero no lo terminé; escuchémoslo entero ahora: "En las muchas palabras la transgresión es inevitable, pero el que refrena sus labios es prudente." El que refrena sus labios es prudente. El control de la lengua, el control del habla, es algo vital en la Palabra de Dios.

En la literatura judía, tanto en la Palabra de Dios como fuera de ella, se decía y se enseñaba que los pecados del habla son de los más comunes y de los más difíciles de controlar. Los pecados del habla son los más comunes porque muchas veces los padres pecan con frecuencia contra sus hijos en la manera como les hablan, y son de los más difíciles de controlar.

La pregunta que pudiéramos hacer es: ¿por qué es tan difícil controlar lo que sale de mi boca? Jesús nos enseñó que no es tan difícil entender la razón por la cual se nos dificulta el control de la lengua. Escucha a Jesús enseñando en Lucas 6:44-45: "Pues cada árbol por su fruto se conoce, de manera que nosotros los cristianos nos conocemos por los frutos, porque los hombres no recogen higos de los espinos ni vendimian uvas de la zarza. El hombre bueno del buen tesoro de su corazón saca lo que es bueno, y el hombre malo del mal tesoro saca lo que es malo." Y la conclusión de Cristo aquí: "Porque de la abundancia del corazón habla la boca."

De la abundancia del corazón habla la boca. Si nosotros tratamos de controlar la lengua sin cambiar el corazón, vamos a continuar tropezando de manera severa. Pero si por otro lado tú tratas de cultivar un corazón piadoso, sujeto a la Palabra y bajo la dirección del Espíritu de Dios, el control de la lengua será el fruto natural de una vida de santidad llevada adelante delante de Dios.

Hay una relación entre la lengua, los labios y el corazón. Escucha al rey David como escribió en el Salmo 141:3-4: "Señor, pon guarda a mi boca; vigila la puerta de mis labios." Alguien pudiera decir: "Pero eso le toca a David, él es quien habla." No, no. David está consciente de la debilidad que tenemos a la hora de hablar. Él dice: "Señor, guarda mis labios, guarda mi boca, vigila la puerta de mis labios." Y ahora la conexión de esa boca y esos labios con el corazón: "No dejes que mi corazón se incline a nada malo, porque la dirección en que el corazón se inclina, en esa misma dirección mis labios hablarán. No dejes que mi corazón se incline a nada malo para practicar obras impías con los hombres que hacen iniquidad, y no me dejes comer de sus manjares." La boca, los labios y el corazón guardan una conexión.

Santiago nos había dicho algo similar en el capítulo 1:26-27. Ese capítulo tiene varios temas que dejé a propósito para irlos viendo más adelante en conjunto con otros temas. En este caso escuchemos el versículo 26: "Si alguien se cree religioso pero no refrena su lengua, sino que engaña su propio corazón, la religión de tal es vana." Como Santiago ahí usa la palabra "religión" y no estamos muy acostumbrados a esa palabra, déjenme decirles que es una palabra que usaron los puritanos y los reformadores para referirse a la fe cristiana. De manera que, con ese entendimiento, yo quiero leerles ahora de esta forma: "Si alguien se cree cristiano pero no refrena su lengua, sino que engaña su propio corazón, el cristianismo de tal es vano." ¡Vaya! Si tú dices que eres cristiano pero tu boca no habla como un cristiano, eso sería el equivalente a que tu fe es realmente vana.

Resulta que Santiago está llamando a estos hermanos en este texto —y más de una vez los llama exactamente así: "hermanos míos"— de manera que él parece entender que esta gente es cristiana, o por lo menos se cree cristiana. Y lo que está diciendo es: "Mira, si tú verdaderamente eres cristiano y tus labios, tu boca, tus palabras, tu hablar no son congruentes con la fe, pues haz una pausa rápida, porque eres una contradicción. Y si crees que eres cristiano y al mismo tiempo no hablas como tal, quizá lo que necesitas es una conversión."

Al final del primer culto, alguien se me acercó y me habló y me dijo: "Pastor, yo quiero convertirme, pero no sé cómo hacerlo. Tengo tantas cosas que arreglar, tengo tantas cosas que confesar." No voy a entrar en los detalles, pero yo creo que esa persona estaba buscando exactamente eso: estaba buscando una forma de que su pasado y su vida presente pudieran ser congruentes con una fe que ella profesaba, y tenía miedo de que esas cosas no estuvieran coincidiendo. Santiago dice: el cristiano verdadero busca parecerse a Cristo, y le preocupa cuando no se parece a Cristo.

Al final de la historia, a nosotros se nos dificulta controlar la lengua por una sola razón, como decía en el mensaje anterior: porque la lengua la hemos dejado bajo el señorío de la naturaleza vieja, que le encanta hacer uso de la lengua y disfruta cuando la lengua habla como le gusta hablar. Pero lo que tú y yo necesitamos —si somos nueva criatura, si es verdad que tenemos un nuevo corazón, si el corazón no es de piedra sino de carne, si la mente ha sido renovada, si la voluntad ha sido liberada— es la llenura del Espíritu. El Espíritu cambia el corazón, el corazón cambia mis pensamientos, mis pensamientos cambian la forma en que yo hablo, y ahora mis palabras sí son congruentes con una nueva criatura y con una nueva fe que antes no tenían.

Santiago entonces nos dice que los pecados del habla son de los más comunes y de los más difíciles de controlar. Escucha el versículo 2: "Porque todos fallamos de muchas maneras." De múltiples formas tú y yo fallamos, porque nadie es perfecto. "Si alguien no falla en lo que dice, es un hombre perfecto, maduro, capaz también de refrenar todo el cuerpo." Escucha cómo la Nueva Traducción Viviente lo traduce: "Si pudiéramos dominar la lengua, seríamos perfectos, maduros, capaces de controlarnos en todo sentido." Con frecuencia en el Nuevo Testamento, la palabra traducida como "perfecto" es la misma palabra que pudiera ser traducida como "maduro."

Lo que Santiago nos está diciendo es que nosotros fallamos de múltiples maneras, pero hay gente que puede controlar su hablar, que tiene una ética del habla congruente con la fe cristiana; eso es una persona madura. Eso no garantiza que para el resto de la vida siempre tendremos tal dominio sobre la lengua, pero sí nos deja ver que ciertamente Cristo tenía razón cuando dijo que de la abundancia del corazón habla la boca. De lo que mi mente se llena, de lo que hace palpitar y despertar mis emociones, de eso es que nosotros hablamos. Sin analizar los temas de tu conversación frecuentemente, vas a descubrir qué es lo que llena tu mente y qué es lo que llena tu corazón.

Lamentablemente, la corrupción del hombre caído está de tal manera que la inclinación natural del corazón es a mentir, y mentimos por diferentes razones. Pero esta es la inclinación natural: nosotros mentimos frecuentemente para lucir mejor, para no pasar vergüenza, para tener una mejor reputación, para quedar bien. Pero otras veces mentimos de una forma que a nosotros no nos parece mentira, porque tomamos los hechos, hablamos de los hechos, pero agigantamos los hechos. Y como estamos hablando de hechos reales, pensamos que estamos diciendo la verdad, pero ya nos salimos de la verdad tan pronto los agigantamos. O tomamos los hechos, hablamos de los hechos, pero minimizamos los hechos, con la idea de que te lleves la impresión de que los hechos no fueron lo que realmente fueron, sino algo más pequeño. Y ya entramos entonces en el terreno de la verdad y el terreno de la mentira.

Escucha cómo el rey David en el Salmo 12:2-3 nos habla de este aspecto: "Falsedad habla cada uno a su prójimo; hablan con labios lisonjeros y con doblez de corazón." La lisonja es un pecado, uno de los pecados del habla. Escucha cómo David continúa: "Corte el Señor todo labio lisonjero" —que lo quite, que lo haga desaparecer— "y la lengua que habla con exageración." La exageración de los hechos es una mentira, a menos que sea usada de manera intencional de una forma que todo el que me escucha sabe que estoy usando un hipérbole. Lo mencionaba como ejemplo: si alguien me preguntara si el domingo pasado, que era un fin de semana largo, vino mucha gente a la iglesia, y yo respondiera "¡uf, como un millón de personas!", ahí todo el mundo sabe que no hay un millón de personas; fue una manera hiperbólica de decir que vino mucha gente. Pero cuando nos encuentran exagerando los hechos o minimizando los hechos, nos encuentran entonces condenando a otro, criticando a otro, menospreciando la vida de otro o menospreciando las obras de otro: lo que el otro hace, la clase del otro, la prédica del otro, la casa del otro, los hijos del otro.

La verdad es que de nuestros corazones sale la corrupción de nuestro interior en palabras: palabras de celos, de envidias, de rivalidades, de expresiones acusadoras, palabras de egoísmo, palabras insensibles, lenguaje de resentimiento, y cuántas cosas más. Todo eso son pecados del habla.

Uno de los pecados contra los cuales la Palabra de Dios habla y juzga es el pecado del chisme. Ahora bien, tenemos dificultad para entender correctamente qué es el chisme. Escuchen cómo lo definiría, porque realmente así es como es: el chisme es una noticia verdadera o falsa —sí, se puede chismear con la verdad— que es usada para indisponer a un tercero contra un segundo. Entonces: yo soy el primero, yo le hablo a José acerca de Pedro. Yo quiero indisponer a José contra Pedro. José tiene una buena impresión de Pedro, pero yo quiero que eso cambie, y le hablo de Pedro para que José termine pensando mal de él.

o José, de Pedro. Eso es el chisme, y la Palabra condena el chisme. Warren Wiersbe, en su comentario sobre el libro de Santiago, comenta que él tiene un amigo pastor, y ese amigo pastor le dice que en su iglesia, en una ocasión, había una señora que era dada mucho al chisme. En una ocasión ella fue donde el pastor y le dice: "Pastor, el Señor me ha dado convicción de pecado acerca de mi chisme. Mi lengua me ha causado muchos problemas, y también a otros."

El pastor, que estaba recibiendo la confesión, aparentemente sabía que esta mujer había hecho lo mismo múltiples veces: iba y se confesaba, pedía perdón, y volvía a lo mismo. Entonces el pastor cuidadosamente le preguntó: "Bueno, ¿y qué planes tienes para cambiar ese proceder?" Y ella le dijo: "Pastor, quiero poner mi lengua en el altar." Y el pastor le dijo: "El problema es que no hay un altar suficientemente grande para tu lengua."

La lengua es el barómetro de nuestro corazón. Hermano, cuando tú dices algo y luego dices "excúsame, que dije eso porque yo no soy así", no. Mejor aprópiate de tu pecado y di: "Perdóname." "Excúsame", hermano, es para accidente. Tú chocas a alguien accidentalmente: "¡Ay, excúsame!" Tú vas corriendo y le das a alguien con el codo accidentalmente: "Excúsame." Pero no cuando has pecado. Cuando has pecado, tú pides perdón. Hermano, "perdóname por lo que dije, no debía haberlo dicho; encima de eso, quizás te estoy perjudicando o dañando con relación a esta otra persona."

Pero recuerda: los hombres oyen lo que nosotros decimos, pero Dios oye lo que nosotros pensamos y maquinamos. De manera que Santiago no está diciendo que siempre y cuando yo me quedé callado, yo estoy bien. Lo que está diciendo es que cuando yo hablo, yo pongo en evidencia, yo pongo en exposición, yo despliego mucho de mi corrupción interior. Sin embargo, la corrupción interior es peor que lo que digo, porque nosotros decimos lo que pensamos que se puede oír y se puede ver. E imagínate lo que no se puede oír, pero Dios sí oye: lo que hablamos o no decimos a nosotros mismos en los rincones oscuros de nuestras mentes.

La advertencia de Santiago es para nosotros los maestros, y para todo el mundo. En el caso de los falsos maestros, muchas veces su problema —para que podamos entender que el habla es solamente parte del problema— no es lo que dicen, sino lo que no dicen. Y otras veces lo que dicen suena piadoso para ocultar lo pecaminoso que no dicen. ¿Me entendían? No fue un trabalenguas. Yo digo algo que suena piadoso —"mire, realmente, crea la Biblia, mire lo que dijo"— si el problema es que en ese sermón yo no he dicho nada de lo pecaminoso, porque no quería que se viera la otra parte que entra y sale. Entonces su problema es lo que él dice, que es verdadero, para ocultar lo que no está diciendo, que es falso.

Pero muchas veces nosotros hacemos exactamente lo mismo. Sabemos lo que dijimos allá, y luego vamos y hablamos piadosamente aquí, con la intención expresa de que tú no vayas a pensar que eso lo hice yo. Eso es un pecado del habla; eso tiene que ver con el uso de la lengua. Y como te mencioné, la literatura judía y no judía está repleta de advertencias en contra de cómo se peca al hablar.

Escucha el Salmo 39:1. Eso es obviamente literatura judía-hebrea del Antiguo Testamento. Salmo 39:1: "Yo dije: Guardaré mis caminos para no pecar con mi lengua." ¿Escuchaste lo que el salmista dice? "Yo me voy a cuidar por dónde voy a ir, por dónde voy a transitar, porque si yo transito por donde no debo ir, lo más probable es que sea influenciado en esa dirección y comience a hablar lo que no debo." "Guardaré mi boca como con mordaza mientras el impío esté en mi presencia." El impío me puede influenciar, y por tanto, si me influencia, voy a terminar pensando mal y hablando mal. Voy a poner mordaza a mi boca, a mis labios. O si yo, como cristiano, hablo mal delante del impío, quizás le estoy dando una mala reputación a la fe cristiana.

Nota la relación entre mis caminos y mi lengua en el texto que leí. Todavía en el Salmo 39:3: "Se enardeció mi corazón dentro de mí; mientras meditaba, se encendió el fuego. Entonces dije con mi lengua..." Primero se encendió el fuego. Tú me entiende: mientras meditaba, todos esos pensamientos, mis emociones, mis sentimientos, hicieron que se incendiara el fuego, y luego dije con mi lengua.

Santiago, ahora, después de habernos introducido al tema, nos da cuatro ilustraciones para ayudarnos a entender la gravedad del problema y lo incongruente que es el habla. En primer lugar, los caballos son dirigidos a la derecha o a la izquierda, o son frenados, con un pequeño instrumento en la boca. Animales que pueden pesar 300, 400, hasta 500 libras —o más, no sé hasta dónde, pero varios cientos de libras— son dominados por un pequeño freno en la boca. Pero nosotros no podemos hacer lo mismo con la lengua.

Luego toma otra ilustración: habla de grandes naves. Un barco de vela, porque en esa ocasión no teníamos los barcos que tenemos ahora. Pero esos grandes barcos son dirigidos con un pequeño timón que los hace virar para un lado o para otro. Miles de libras, cuando están llenos de carga, así como que ahora pueden ser dominados. La tercera ilustración es que un pequeño fuego puede incendiar todo un bosque. Como a veces hemos leído, un cigarrillo se dejó caer en medio de la floresta, y ahí comenzó todo un fuego. Pero algo tan pequeño... Santiago dice que así a veces una frase que tú dices en medio de una conversación —quizás con tu esposa, con tus hijos, con un amigo, con el pastor— esa frase hizo dañar toda la conversación, porque fue tan hiriente, tan insensible, tan inapropiada, tan fuera de tiempo, o todas las anteriores. Es un pequeño fuego, dice Santiago.

La ilustración número cuatro está en el versículo 6. Escucha: "También la lengua es un fuego, un mundo de iniquidad. La lengua está puesta entre nuestros miembros, la cual contamina todo el cuerpo, es encendida por el infierno e inflama el curso de nuestra vida." Bueno, la lengua, claro que es un fuego. Es un fuego por el daño que es capaz de hacer, por las mentiras que la lengua es capaz de transmitir, por las relaciones que la lengua es capaz de destruir —relaciones tuyas y relaciones de otros pueden ser destruidas por la lengua—. La lengua es un fuego por el pecado que es capaz de cometer. Imagínate todos los pecados del habla en los que la lengua es capaz de incurrir. Imagínate las pasiones que la lengua es capaz de incitar. Y Santiago dice que esa lengua contamina todo el cuerpo.

En cierta medida, sí. En cierta medida, no. Y no es que sea contradictorio; es simplemente diferente. Es una forma de ver la verdad. Déjame traerte el veredicto de Cristo, el hermano de Santiago, en Mateo 15:11: "No es lo que entra en la boca lo que contamina al hombre, sino lo que sale de la boca; eso es lo que contamina al hombre." En cierta medida, Cristo está coincidiendo con Santiago, porque dice que es lo que sale de la boca lo que contamina al hombre.

Pero el mismo Cristo, simplemente unos versículos más abajo, en Mateo 15:17 al 20, nos ilustra mejor de qué es que Cristo está hablando. "¿No entendéis que todo lo que entra en la boca va al vientre y luego se elimina?" Cristo está hablando de alimentos, los alimentos impuros, que ellos pensaban que contaminaban al hombre, que había que lavarse las manos y todo lo demás. "Pero lo que sale de la boca proviene del corazón, y ahí está la corrupción. Lo que sale de la boca proviene del corazón, y eso es lo que contamina al hombre. Porque del corazón provienen malos pensamientos, homicidios, adulterios, fornicaciones, robos, falsos testimonios y calumnias. Estas cosas son las que contaminan al hombre, sí, pero salieron del corazón. Pero comer sin lavarse las manos no contamina al hombre."

En otras palabras, cuando yo hablo, cuando tú hablas, estoy entregando una radiografía de mi corazón. Cuando hablamos, la lengua, el hablar, es una radiografía exterior de lo que está en el interior. Es como la radiografía: tú no puedes ver mis pulmones y mis costillas y demás, pero me hacen una radiografía y se ve lo de adentro. De esa misma forma, la lengua, el hablar, me deja ver lo que está en mi interior.

Entonces, si llevamos esa idea a su máxima expresión, esto es como luce: todo comienza con la condición del corazón. La condición del corazón produce pensamientos en mi mente. Mis pensamientos originan emociones, a veces buenas, muchas veces malas, pero todo se origina en mi interior. Recuerda la próxima vez que tú sientas algo porque alguien dijo algo —te dijo algo, no te dijo algo, te invitó o no te invitó—: la próxima vez que tú sientas algo, esa persona no lo puso ahí. Son tus emociones y tu reacción, con tu forma caída de responder a lo que oíste.

Entonces, nuestros pensamientos originan emociones, y finalmente, como nosotros pensamos, así hablamos. Nuestras palabras revelan —permíteme la metáfora— revelan la obstrucción de las arterias de mi corazón, pero no están obstruidas con colesterol, sino con la iniquidad de mi interior. Las palabras revelan la obstrucción de mis arterias espirituales. Por ponerlo de otra forma, es la razón por la que Santiago dice en el versículo 6 que la lengua es un mundo de iniquidad. Él no está hablando del órgano físico; está usando una metáfora también para decir: no es tu hablar que es un mundo de iniquidad, tu hablar saca al exterior lo que estaba en tu interior, y la lengua deja ver toda la corrupción moral de tu corazón.

Y ahora Santiago dice, aparte del problema, que la lengua es encendida por el infierno. Como recuerda, nosotros no tenemos lucha contra carne ni sangre, sino contra potestades y huestes espirituales de maldad en las regiones celestiales. Ellas saben cómo incitar tus emociones, y una vez tus emociones son incitadas, tú vas a pensar acerca de cómo te sientes. Pero cuando pensamos...

Hablamos, y por eso es que las fuerzas las tiene para ver cómo destruirte a ti, cómo destruir a otro. Y Santiago dice que esa lengua inflama el curso de nuestra vida. Entonces tenemos que tener cuidado de cómo nosotros hablamos, porque muchas veces estamos siendo inducidos por el enemigo. El enemigo sabe cómo usar a una persona para hacer caer a otra persona, como Eva hizo caer a Adán. Adán es responsable, no puede culpar a Eva, como trató de hacer, pero el enemigo supo cómo inducir a alguien para luego hacer caer a otro. Y lo mismo pasó con Sara y Abraham.

La lengua a veces revela cosas profanas porque lo profano es parte de nuestro corazón. La lengua a veces sale en ira porque ira era lo que había en mi corazón, y con esa lengua nosotros podemos construir o podemos destruir. El mismo Pedro que negó al Señor la noche de su crucifixión tres veces, el mismo Pedro que cuando el Señor le preguntó si él podía beber de la misma copa que Él iba a beber, le dijo: "Sí, Señor, yo puedo, yo estoy listo para ir contigo a la cárcel, para ir contigo hasta la muerte; aunque todos te negasen, yo nunca te negaré." Para luego terminar diciendo: "¡Maldita sea, yo no conozco a ese hombre!" Es el mismo Pedro que cincuenta días después, en el día de Pentecostés, predica un sermón con la misma lengua y tres mil personas se convierten en un momento. Maldijo en un momento, bendijo en otro momento.

Y eso es por lo que Santiago, como expresando la frustración, escribe en estas palabras —versículo 7 al 8—: "Porque toda clase de fieras, y de aves, y de reptiles, y de animales marinos, se puede domar y ha sido domado por el ser humano; pero ningún hombre puede domar la lengua." Ninguno. Cuando tú encuentras a alguien que es más duro, que es prudente, que sabe al hablar, eso no es fruto de su carne, no es ese hombre el que lo ha logrado; es el Espíritu de Dios viviendo en él. Ese hombre se ha rendido, el Espíritu lo controla, y ahora la lengua pasó a estar bajo el dominio y el control del Señor. El Espíritu de Dios: el hombre no puede, ningún hombre puede domar la lengua. Es un mal turbulento y lleno de veneno mortal.

El control de la lengua depende de la condición del corazón. Al menos así es como se da. Tú lo estás oyendo de Santiago, cómo ocurre en el exterior. Pablo te diría —recuerda, él es el apóstol, el teólogo de la grande doctrina—: "Mira, hermano, el habla depende de la llenura del Espíritu. La llenura del Espíritu produce el fruto del Espíritu. El fruto del Espíritu —una de las virtudes de ese fruto— es el dominio propio. El dominio propio va a controlar y a dominar la lengua, la manera como hablamos." Y Pablo te diría: "Como tú hablabas antes, en el viejo hombre hablabas de esa manera; se supone que ahora el nuevo hombre debe hablar de otra manera." Pero la forma en que el nuevo hombre habla tiene que estar bajo el control del Espíritu, y para tener control del Espíritu se necesita llenura del Espíritu.

Y eso es como ocurre. El autor de Proverbios nos ayuda a entender todo el problema de la lengua que Santiago está presentando. Él escribe en Proverbios 21:23: "El que guarda su boca y su lengua, guarda su alma de angustias." El que controla su lengua, el que controla su boca, el que es prudente, el que es sabio, él o ella se va a evitar muchas angustias. Porque muchas veces, una vez que nosotros dejamos salir algo, ya no lo puedo recoger; en el proceso, personas pueden ser dañadas, relaciones pueden ser destruidas, testimonios pueden ser muy dañados. Y mencionaba más temprano cómo Jonatán Edwards, en un momento, fue acusado falsamente, el grande teólogo norteamericano, eventualmente expulsado de su congregación; y luego el hombre que lo acusó falsamente vino años después y le dijo a la iglesia que quería pedir perdón, porque incluso lo que él dijo era mentira. Y Edwards ni se defendió; entendió que todo eso estaba bajo la providencia de Dios.

Ahora bien, todo lo que Santiago ha dicho tenía una meta. Lo que él va a decir ahora —ya lo leímos, pero lo vamos a leer otra vez— es el centro de gravedad. Todo lo que él dijo del versículo 1 al versículo 8 tenía que ver con una sola cosa, donde él quería llegar; porque es ahí donde nosotros necesitamos entender la gravedad. Es con esto que nosotros necesitamos entender la gravedad de nuestro hablar. Escuche: "Con ella, con la lengua, bendecimos a nuestro Señor y Padre, y con ella maldecimos a los hombres."

¿Cuál es el problema? Que han sido hechos a la imagen de Dios. ¡Bingo! Es que cuando hablas como hablas, no es simplemente que le hablaste al vecino; tú hablaste contra la imagen de Dios, mancillaste la imagen de Dios, atropellaste la imagen de Dios. "De la misma boca procede bendición y maldición. Hermanos míos, esto no debe ser así." Esa es la frustración de Santiago.

Entonces, sabes que Jesús en el Sermón del Monte, en un momento dado, dice que todo el que le diga a su hermano "idiota" o "raca" —la palabra "raca" no tenía como un significado muy específico, pero es algo así como "vacío", en nuestro lenguaje equivale a "estúpido"—, Cristo dice que todo el que le diga a su hermano "raca" sin razón es digno del infierno. Fuerte, ¿no? Pero en ese mismo contexto Cristo está hablando del mandamiento "No matarás." Entonces Él está relacionando el "No matarás" con esta forma de hablar. ¿Por qué? Porque en el mandamiento número seis de los Diez Mandamientos, "No matarás", lo que se está haciendo es proteger la imagen de Dios.

Y como los teólogos, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, llegaron a entender lo que es el espíritu de la ley: la letra de la ley era "no le puedes quitar la vida a nadie"; el espíritu de la ley es que no le puedes quitar la vida a nadie porque, como dice Génesis 9:6, hay imagen de Dios, el hombre fue hecho así. Por tanto, en el espíritu de la ley se entendía teológicamente hablando que si hablabas contra tu hermano y atropellabas la imagen de Dios —no es que te van a mandar al infierno, no es que te iban a ejecutar ni tenías que perder tu vida—, tú estabas violando el mandamiento número seis. ¡Uf! Porque el mandamiento número seis había sido dado para proteger la imagen de Dios.

Santiago es extremadamente agudo cuando tiene que ver con la vida práctica, la vida diaria. Y en esas palabras que yo te acabo de leer, el versículo 9, Santiago nos está diciendo que cuando nosotros usamos la lengua para bendecir a Dios y en otro momento para maldecir a hermanos —o venimos a la iglesia y adoramos, levantamos la mano, y al salir de aquí vamos a comer y atacamos a nuestros propios hijos, les estamos hablando indebidamente en el almuerzo—, eso es como un hombre de doble ánimo. Pero el hombre de doble ánimo, en el capítulo uno, se nos dice que no debe esperar nada de parte de Dios, porque hablas de una manera en un momento y de otra manera en otro momento: dices que sí ahora, pero mañana no lo cumples. Prometes algo pero no lo haces. Ese es un primer entendimiento de "si maldice y bendice en momentos diferentes, de la misma boca procede bendición y maldición."

En segundo lugar, hablar mal de la otra persona, condenarla, no es poca cosa, por lo que ya te expliqué. Si tú hablas mal del perro, del gato, de quien tú quieras, del vecino, no es un problema —aunque algunos amantes de perros me dirían que sí tiene sentido con lo que dije, pero no es un problema—. Recuerda que las gallinas pertenecen al mismo reino animal y las matamos y nos las comemos, y no es un problema. Pero cuando tú comienzas a hablar del vecino, del dueño del perro, ahora tenemos un problema, porque el vecino, el dueño del perro, tiene algo que el perro no tiene, y es que él tiene la imagen de Dios. Y pisotear la imagen de Dios no es poca cosa, hermano.

Si tú quisieras, y tú me dijeras: "Pastor, de todo esto que usted está diciendo —y lo que vaya a terminar de decir—, déme una sola cosa, una sola, con la que usted quiere que yo me vaya de aquí", está bien. Ningún otro concepto, más allá obviamente de que el Espíritu vino a morar en mí, me cambia, me transforma, cambia realmente todo lo demás. Ningún otro concepto, más allá de lo que es el concepto de Dios, en términos prácticos, me ha ayudado más a tratar de no pecar contra el otro —en todas sus formas— que la idea de que el otro porta la imagen de Dios.

Decía que hace años atrás se celebró aquí el Congreso Anual de la Asociación Latinoamericana de Abogados Cristianos, y en esa ocasión el tema era precisamente los derechos humanos. Yo argumentaba con ellos y decía que los derechos humanos solo tienen sentido si pensamos que la imagen de Dios está plasmada en el hombre. Si esa imagen no está, nosotros no tenemos más derechos que los animales; somos materia evolucionada, pertenecemos al reino animal, como muchas veces dicen los ateístas. De hecho, les citaba a Peter Singer en esa ocasión. Peter Singer es uno de los filósofos más influyentes, lamentablemente, en nuestra época, catedrático en la Universidad de Princeton —a menos que se haya salido últimamente—. Escribió un libro que se llama Ética práctica. En ese libro, escucha lo que dice: "El hombre es básicamente otro animal más, con los mismos derechos que el resto de los animales." Es más, él ha dicho —y son mis palabras ahora— que el hombre probablemente tiene menos derechos que algunos animales. Lo ha dicho porque, por ejemplo, un infante no tiene conciencia de sí mismo y los animales sí tienen conciencia de sí mismos; por tanto, dice Singer, la vida de un recién nacido puede ser de menos valor que la vida de un cerdo, de un perro, de un chimpancé. Se agrega que es razonable esperar un periodo de unos veintiocho días antes de asumir que un recién nacido tiene los mismos derechos que nosotros. Es la razón por la que él opina que si un padre tiene un hijo con síndrome de Down, el Estado debiera concederle el derecho de quitarle la vida hasta los tres años, porque probablemente aliviaría su dolor.

Sabes que él está totalmente errado, pero si la imagen de Dios no está plasmada en el hombre, él tiene toda la razón, completamente. Pero ahora, cuando nosotros somos irrespetuosos con nuestro prójimo, yo no estoy respetando a José o a Pedro porque si José o Pedro no tiene la imagen de Dios, yo no lo respeto; es como el perro de mi casa.

No es respeto al perro —con perdón de los amantes de perros—. Si hay algo que alguien me tiene que decir porque yo soy cruel contra el perro, es porque la imagen de Dios sí está en mí, y yo no puedo tratar la imagen de Dios en mí de una forma que no respete la creación de Dios. Ahí es donde está el problema, pero es con la imagen de Dios. Y esa idea es tan poderosa que cuando gente viene a hablarme acerca de su lucha con pornografía y me pregunta qué es todo lo que yo puedo hacer, porque ha sido como una esclavitud, yo le digo: "La próxima vez, esto es lo que tú tienes que hacer."

Tú te dices: "La imagen de Dios que está en mí se ha sentado frente a una pantalla, delante de alguien que es portadora de la imagen de Dios, pero esta vez desnudo o desnuda, y ahora se va a dedicar a hacer que la imagen de Dios en mí disfrute de la imagen de Dios en otro, pero de una forma perversa." Yo dudo que tú puedas seguir viendo lo que comenzaste a ver si te hablas a ti mismo de esa manera. Cuando te percatas de que estás mancillando la imagen de Dios, eso te va a llevar a respetar al otro de una manera singular. Te va a llevar a respetar a tu esposo, a tu esposa, de una manera singular; a tus hijos, a los hijos del vecino, a los niños cuando vayas a llamarles la atención. Esa imagen es poderosa en mí; en mi mente, al día de hoy, es extremadamente poderosa para el respeto de los demás.

La próxima vez que estés discutiendo, tratando de ganar el argumento, y comiences —en buen dominicano que sabe bien— a enfogonarte, recuerda: yo tengo la imagen de Dios en frente, y lo que diga en contra es contra la imagen de Dios. Es como el "raca" del Sermón del Monte del que Cristo habló. Mi problema al hablar contra otro: lo que digo acerca de esa persona no es solo contra la persona —no es contra la imagen de Dios, por así decir—, es contra Dios mismo, porque quien me va a juzgar es Dios, que está siendo representado por esa persona.

Porque cuando Dios nos creó, se usa la palabra para "imagen" —en hebreo es la palabra que se traduce como "ícono" en nuestro idioma—, y el nombre es: el ícono de Dios, el representante de Dios en la tierra. El hombre y la mujer son el representante de Dios en la tierra. Dios le concedió al ser humano un altísimo valor, hasta el punto de que cuando Cristo decidió rescatarnos, vino a rescatarnos por una sola razón: porque la imagen de Dios había quedado empañada y atropellada en el momento de la caída, y Dios Creador se propuso redimir su imagen en cada uno de nosotros. Cristo se encarnó, y cuando se encarnó —en carne, en naturaleza humana—, como decía Antonio Cruz en su libro de ética, Cristo con su encarnación ennobleció la raza humana.

Y cuando hablas contra otros, cuando condenas a otro, cuando criticas a otro, cuando juzgas a otro, estás haciendo todo eso contra alguien, sobre todo si es cristiano —aunque no importa quién sea—, pero sobre todo si es cristiano: contra alguien por quien Cristo fue a la Cruz y Dios derramó sangre para redimir la imagen que tú estás atropellando, abusando o condenando. Y en la salva yo la condeno, yo le entrego todo a ti. Cantamos esto, y así Santiago está preocupado con la vida práctica.

Las discrepancias que Santiago señala ya las concluye: "¿Acaso una fuente echa agua dulce y amarga por la misma abertura?" Claro que no. "¿Acaso, hermanos míos, puede una higuera producir aceitunas?" Claro que no. "¿Una vid, higos?" Claro que no. "Tampoco la fuente de agua salada puede producir agua dulce." Cristo lo dijo de esta manera —que ya te lo leí, pero lo repito al cerrar—: no hay árbol bueno que produzca fruto malo, ni a la inversa, árbol malo que produzca fruto bueno; pues cada árbol por su fruto se conoce. Cada persona, cada cristiano, cada vínculo, por su fruto se conoce, y su hablar es su fruto más frecuente. Porque los hombres no recogen higos de los espinos, ni vendimian uvas de una zarza.

Es mi oración y mi deseo que tú puedas meditar sobre estas cosas, sobre todo sobre esta idea de la imagen de Dios en el otro. La he conectado en primer lugar con los pecados del habla contra esa imagen, pero luego, todo pecado que tú vayas a cometer en el día de mañana, que entiendas que es el pecado de la imagen de Dios en ti contra la imagen de Dios en otro. Es así: yo no peco contra el aire, peco contra alguien. Y a veces peco contra mí mismo, cuando yo mismo pienso, deseo y maquino cosas que no son congruentes con la santidad de Dios.

Te damos gracias porque tomaste a un Santiago, tomaste una verdad tan contundente como esta que acabamos de exponer, y al mismo tiempo tres veces nos llama "hermanos míos". De manera que nos enviaste a Santiago a decirnos algo pastoralmente, mientras pastoreaba la iglesia de Jerusalén y envió esta carta a otros hermanos en otras iglesias, y les dijo la verdad tan sensiblemente que ni siquiera los acusó de incrédulos —aunque pudo haberlo hecho—, sino que todo el tiempo en el texto continúa llamándoles "mis hermanos." Esto no debe ser así; esto es contradictorio; esto no hace lucir bien ni a Cristo, ni a su reino, ni la fe cristiana en tu compromiso con Él. De hecho, hace que otros demanden o duden de tu compromiso con Él.

Señor, en el nombre de Cristo, permite que nosotros —que este sermón, que esta idea que Tú has dejado plasmada, más que el sermón; las cosas que Tú dijiste más que las que yo dije— sean talladas en nuestras mentes y memorias. Que nosotros podamos una y otra vez volver a la cruz, donde encontramos Tu perdón, porque allí encontramos Tu amor. Que Tú nos lleves ahí, Señor. Y que si nosotros vamos a aplaudir, que no sea ahora, sino que si vamos a aplaudir por algo, sea por la alegría que nos produce el hecho de que Cristo fue a la cruz para rescatarnos de nosotros mismos. Señor, ayúdame a recordar que mientras yo sea un hombre caído, necesito la ayuda de otros para ser rescatado de mí mismo, y que yo estoy en peligro de traspasar los límites mientras esté de este lado de la eternidad. Que esos pecados se ven en mi hablar, en público o en privado. Perdónanos a nosotros en Cristo Jesús. Amén.

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Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.