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Sermones

Libres del pecado, pero la lucha aún no termina (parte 1)

Miguel Núñez 29 septiembre, 2024

Cristo nos hizo libres del pecado, pero esa libertad no significa que la lucha haya terminado. Cuando nacimos de nuevo, el Espíritu de Dios vino a morar en nosotros y recibimos poder para resistir el pecado, pero nuestra carne no fue regenerada. La carne no puede ser educada ni moralizada; solo puede ser crucificada. Por eso el conflicto continúa cada día.

Romanos 7 revela la relación que la ley tenía con nosotros antes y después de conocer a Cristo. Pablo usa la ilustración del matrimonio: así como una mujer queda libre de su marido cuando este muere, nosotros morimos a la ley por medio del cuerpo de Cristo para ser unidos a otro, al que resucitó de entre los muertos. Esa unión tiene un propósito claro: llevar fruto para Dios. El problema nunca fue la ley, que es santa, justa y buena, un reflejo del carácter de Dios. El problema es el pecado que mora en nosotros. Pablo lo personifica como un engañador que aprovecha el mandamiento para despertar pasiones pecaminosas. La misma prohibición despierta en nuestra naturaleza rebelde el deseo de transgredirla, como sucedió con Eva frente al árbol prohibido.

El pecado es tan destructivo que Pablo no encuentra otra palabra para describirlo más que llamarlo "en extremo pecaminoso". Es capaz de hacernos disfrutar mientras destruye, de hacernos creer que somos mejores que otros, de convencernos de que lo que hacemos no es tan malo. Pero la primera víctima siempre somos nosotros mismos. La respuesta no está en esforzarnos por cumplir la ley, sino en rendirnos al Espíritu que ahora habita en nosotros, viviendo en su poder y no en el arcaísmo de la letra.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Libres del pecado, pero la lucha aún no termina. Ese es el título de mi mensaje en esta mañana, para darle continuación al mensaje anterior, donde habíamos estado hablando de que Cristo nos hizo libres del pecado, y cuando nos hizo libres del pecado nos unió a Él de manera permanente y de una forma tan íntima que nosotros mismos no acabamos de entender en qué consiste esa unión con Cristo. Pero hablamos también que antes de venir a los pies de Cristo nosotros éramos esclavos del pecado. Ahora somos libres, pero éramos esclavos del pecado.

Decía que hay múltiples pasajes de la Palabra que hablan de esa esclavitud, pero quizás este solo será suficiente para ilustrar lo que estamos tratando de decir. Es una porción de la carta del apóstol Pablo, su segunda carta a Timoteo, su última, lo último que le iba a escribir. En el capítulo 2, versículos 25 y 26, él le instruye y le dice que debe reprender tiernamente a los que se oponen, por si acaso Dios les concede el arrepentimiento que conduce al pleno conocimiento de la verdad, y volviendo en sí escapen del lazo del diablo, que los tiene cautivos para hacer su voluntad. Claramente expresado y explicado que nosotros, antes de venir a Cristo, tenemos una voluntad esclavizada, y que como la voluntad está esclavizada, lo único que nosotros podemos hacer es obedecer los impulsos de la carne, impulsos que continúan con nosotros haciendo demandas día tras día.

Bien dijo Cristo: "Si el Hijo los hace libres —porque no lo eran— ustedes serán realmente libres, libres del pecado." Y comenzamos a explicar, y hoy continuamos, que no solamente Cristo nos hizo libres del pecado, sino que nos hizo también libres de la ley. Pero tenemos que entender qué implica esa libertad de la ley. Cuando nosotros nacimos de nuevo, el Espíritu de Dios vino a morar en nosotros, y por medio de ese Espíritu ahora nosotros tenemos el poder de vencer el pecado, podemos resistir el pecado, y para eso fue que Cristo vino, justamente para darnos esa libertad.

Ahora bien, cuando Cristo nos hizo libres de la ley, no dice que nos hizo libres de la ley para que podamos seguir pecando. De ninguna manera, ya lo declaró el apóstol Pablo. Pero ahora, en el texto que vamos a comenzar a leer de Romanos 7, Pablo nos ayuda a entender que, aunque hemos sido declarados libres del pecado, la lucha con ese pecado aún no termina. Hay ciertas formas o ciertas explicaciones que Pablo desarrolla a lo largo de todo el capítulo 7, aunque no lo leeremos completo, que nos ayudan a ver de qué manera esa lucha continúa, de qué manera se dio antes de mi conversión y de qué manera continúa después de mi conversión.

La razón por la que la lucha continúa es porque el día que fuimos regenerados, ese día mi carne, mi cuerpo, no fue regenerado. La carne, como la Palabra frecuentemente la llama, no puede ser educada, no puede ser redimida, no puede ser moralizada; lo único que puede ser es crucificada. Y por consiguiente, hay una lucha que continúa con nosotros. Pablo nos va a ayudar a ver mejor cuál es la relación que la ley guardaba con el incrédulo y con el creyente.

La realidad es que el cristiano nunca ha estado sin ley, o mejor dicho, el individuo nunca ha estado sin ella. Hay una ley moral que el hombre siempre ha tenido escrita en su corazón y de la cual él incluso tiene conocimiento. Pero no ayuda el hecho de que antes de que Cristo viniera a nuestra vida, había una esclavitud que nos impedía obedecer los dictámenes de la ley. Después que Cristo vino a mi vida, Cristo me hizo libre, pero lo hizo por gracia, dándome una salvación que yo no merecía, pagando Él el precio y justificándome, algo que Pablo se toma casi cuatro capítulos en explicar: capítulos 3, 4, 5 y parte del 6.

Habiendo dicho eso a manera de introducción y de conexión con todo lo que hemos enseñado anteriormente, los invito a que lean conmigo ahora desde el versículo 1 al versículo 13. Recuerden que el título de mis mensajes es: "Libres del pecado, pero la lucha aún no termina." Con eso entonces quiero que me acompañen leyendo. Esta es la Palabra de Dios.

"¿Acaso ignoran, hermanos? —pues hablo a los que conocen la ley— que la ley tiene jurisdicción sobre una persona mientras vive. Pues la mujer que ha estado casada está ligada por la ley a su marido mientras él vive; pero si su marido muere, queda libre de la ley en cuanto al marido. Así que mientras vive su marido, será llamada adúltera si se une a otro hombre; pero si su marido muere, está libre de la ley, de modo que no es adúltera aunque se una a otro hombre. Por tanto, hermanos míos, también a ustedes les hizo morir a la ley por medio del cuerpo de Cristo, para que sean unidos a otro, a aquel que resucitó de entre los muertos, a fin de que llevemos fruto para Dios. Porque mientras estábamos en la carne, las pasiones pecaminosas despertadas por la ley actuaban en los miembros de nuestro cuerpo a fin de llevar fruto para muerte. Pero ahora hemos quedado libres de la ley, habiendo muerto a lo que nos ataba, de modo que sirvamos en la novedad del Espíritu y no en el arcaísmo de la letra. ¿Qué diremos entonces? ¿Es pecado la ley? De ningún modo. Al contrario, yo no hubiera llegado a conocer el pecado si no hubiera sido por medio de la ley. Porque yo no hubiera sabido qué es la codicia si la ley no hubiera dicho: 'No codiciarás.' Pero el pecado, aprovechándose del mandamiento, produjo en mí toda clase de codicia, porque aparte de la ley el pecado está muerto. En un tiempo yo viví sin la ley, pero al venir el mandamiento, el pecado revivió y yo morí. Y este mandamiento que era para vida, a mí me resultó para muerte, porque el pecado, aprovechándose del mandamiento, me engañó y por medio de él me mató. Así que la ley es santa, y el mandamiento es santo, justo y bueno. Entonces, ¿lo que es bueno vino a ser causa de muerte para mí? De ningún modo. Al contrario, fue el pecado, a fin de mostrarse que es pecado, al producir mi muerte por medio de lo que es bueno, para que por medio del mandamiento el pecado llegue a ser en extremo pecaminoso."

Yo sé que es otro texto complejo, pero estamos pidiendo a nuestro Dios que por medio de su Espíritu nos permita desentrañarlo. No hay duda de que Pablo está hablando acerca de la ley. La palabra "ley" es mencionada en cada versículo que yo leí; de hecho, es mencionada 14 veces en ese pasaje. La palabra "mandamiento" es usada como sinónimo otras seis veces, de manera que 20 veces Pablo alude a la ley en el texto que yo acabo de leer.

Yo creo que es bueno ver de qué manera Pablo viene diciendo diferentes cosas acerca de lo que la ley no puede hacer. Déjenme resumírselo. De Romanos 3 al 5, Pablo explica por qué la ley no puede salvarnos. En Romanos 6, él explica por qué la ley no puede santificarnos. Ahora llegamos al capítulo 7: en los versículos 1 al 6, Pablo explica por qué la ley a nosotros los cristianos no puede condenarnos. Luego, del versículo 7 al 13 de este capítulo 7, él explica cómo la ley puede traer convicción al incrédulo y al creyente. Luego, en la última parte de Romanos 7, del versículo 14 al 25, Pablo explica el hecho de que la ley no nos puede librar del pecado, ni antes de mi salvación ni después de mi salvación. Y al inicio del capítulo 8, Pablo entonces nos instruye con relación a cómo ahora que somos cristianos, tenemos el poder de Dios morando dentro de nosotros y podemos comenzar a cumplir la ley, aunque no cabalmente, porque para eso vino Cristo: para cumplir con la ley a cabalidad.

Habiendo dicho eso, comencemos con el versículo 1. Vamos a ver a quién se está dirigiendo el apóstol Pablo, y él comienza con una pregunta: "¿Acaso ignoran, hermanos?" Ya sabemos que se está dirigiendo a cristianos. "Pues hablo a los que conocen la ley, que la ley tiene jurisdicción sobre una persona mientras vive." Está claro que le está hablando a creyentes; los acaba de llamar hermanos. Pero probablemente hay dos grupos de creyentes. Cuando el texto dice "hablo a los que conocen la ley", en el original el artículo no está antes de la palabra "ley"; simplemente dice "hablo a los que conocen ley." Por un lado, los judíos tenían la ley de Moisés, y por consiguiente Pablo le está hablando a hermanos judíos que ya han llegado a creer y que conocen la ley de Dios. Pero como todo hombre conoce que hay una ley, una ley moral, también le está hablando a hermanos gentiles que ya han creído y a quienes él se puede dirigir de esa manera.

Así es como C. S. Lewis, en su libro Mero Cristianismo, ilustra y habla de cómo todo ser humano sabe que existe una ley moral que está escrita en su interior. Él ofrece diferentes ejemplos, pero el ejemplo que quise traerles a ustedes es el de cuando un ateo visita un hotel y luego se va y escribe una carta quejándose de que fue tratado injustamente. La única manera como él puede decir eso es si tiene en su mente algún tipo de ley por medio de la cual él busca lo que es justo; de lo contrario, no pudiera referirse a tal trato hacia su persona, porque no tendría un marco de referencia.

La manera en que Pablo le está diciendo a cristianos que conocen la ley de Moisés, la ley moral, o ambas cosas, es: "Esto que les estoy apunto de explicar, ya lo saben y lo entienden." Y él comienza diciendo en ese versículo 1: "¿No lo saben ya? Una ley, cualquiera que sea la ley, solamente tiene jurisdicción o control sobre una persona mientras está viva." Eso es obvio: si me muero ahora, todas las leyes que antes me limitaban dejan de tener jurisdicción sobre mí.

Luego Pablo ofrece una ilustración que tiene que ver con el matrimonio para que podamos comenzar a entender la relación de la ley con nosotros. Él dice que cuando una mujer está casada, ella está obligada por la ley a su marido, ligada y obligada a su marido. Si ella se une a otro hombre mientras está casada, ella es llamada adúltera. Sin embargo, si su marido muere, ella queda libre de la ley, o de la obligación con su marido, y si se casa de nuevo, ya no es adúltera.

Pablo no está hablando del matrimonio. Pablo está hablando de la ley. Lo que quiere hacer es usar el matrimonio como una manera de explicar de qué forma es que nosotros, que estábamos obligados a la ley, ahora hemos quedado libres de ella, porque nos han unido a otro en nuestra libertad, y ese otro es Cristo. Pablo deja ver absolutamente que hasta que nosotros fuimos unidos a Cristo, nuestra obligación anterior era con la ley; era como nuestro esposo anterior, pudiéramos decir. Pero como Cristo vino, cumplió la ley y la dejó atrás, hasta el punto que Hebreos 8 o 13 habla de que la ley quedó obsoleta. Como Cristo la dejó atrás, entonces mi obligación con la ley quedó. La ley quedó atrás, murió, como morí yo, y quedé libre.

Pero cuando yo quedé libre, fui unido a otro, y ahora te lo voy a leer: yo quedé unido a otro, y ese es mi obligación ahora, con ese otro que es mi esposo, el esposo de la iglesia. Por tanto, hermanos míos, también a ustedes se les hizo morir a la ley por medio del cuerpo de Cristo, y ya la ley murió. Para que sean unidos a otro, ¿quién es ese otro? A aquel con «A» mayúscula que resucitó de entre los muertos, a fin de que llevemos fruto para Dios.

Cristo cumplió la ley; al cumplir la ley, dejó la ley atrás. Cuando yo nazco de nuevo, mi unión ahora es con Cristo. De eso hablamos la semana pasada: a aquel que resucitó de entre los muertos. Recuerda que en el Antiguo Testamento, Dios es llamado el esposo de la nación de Israel, hasta el punto que en un momento dado, debido a su desobediencia, Dios le dio carta de divorcio. La historia de Oseas y Gomer no es otra cosa que la historia de Dios con la nación de Israel: Oseas es el esposo fiel que se casa con Gomer, la esposa infiel, y Dios estaba tratando de ilustrar justamente su relación con la nación.

En el Nuevo Testamento, ahora Cristo es llamado el novio de la iglesia, y la iglesia es llamada la novia, y en el día final, o en gloria, se darán las bodas del Cordero. Entonces, ya nosotros morimos a la ley porque Cristo la cumplió, para ser unidos a otro. Mi unión es con Cristo, y ahí está mi deuda con Él, es mi obligación. Pero me unió a Él, como dice el versículo 4, para que yo dé fruto para Dios. Permítame leerlo otra vez: "Por tanto, hermanos míos, también a ustedes se les hizo morir a la ley por medio del cuerpo de Cristo, para que sean unidos a otro, a aquel que resucitó de entre los muertos, a fin de que llevemos fruto para Dios."

Entonces, ¿qué es ese fruto para Dios? Bueno, llevar fruto para Dios en el contexto que estamos hablando incluye varias cosas. Tiene que ver con mi carácter, una vida de santidad, una vida que trae honor y gloria al nombre de Dios, una vida que otros pueden ver, emular e imitar. Pero al mismo tiempo, llevar fruto para Dios tiene que ver con lo que Pablo llama el fruto del Espíritu en Gálatas 5:22-23: amor, gozo, paz, paciencia, bondad, benignidad, mansedumbre, fidelidad y dominio propio. Eso es parte de lo que Dios espera, que alguien que haya nacido de nuevo esté exhibiendo como fruto para Dios.

Recuerda que Cristo en el Sermón del Monte, hablando acerca de los falsos maestros, dice algunas cosas que también tienen aplicación con nosotros. Mateo 7:17-18, Cristo dice así: "Todo árbol bueno da frutos buenos, pero el árbol malo da frutos malos. Un árbol bueno no puede producir frutos malos, ni un árbol malo puede producir frutos buenos." En otras palabras, si naciste de nuevo, tú eres ese árbol bueno que debe estar produciendo fruto para Dios y debe estar dando frutos buenos. No se supone que ese árbol bueno y nuevo esté produciendo frutos malos.

De la misma manera, un incrédulo es un árbol malo. No debemos esperar frutos buenos de aquellos que son incrédulos, porque ellos no pueden; están incapacitados para hacerlo. Y de ahí que Cristo dijo: "Por sus frutos los conoceréis." Eso es compatible con lo que Pablo dice en Romanos 7:4: que me unieron a Cristo para que yo pueda producir fruto para Dios. Y es todavía compatible con aquello que Pablo declaró a los efesios en el capítulo 2, cuando dijo que somos hechura suya, hechos en Cristo Jesús para hacer buenas obras, buenas obras y buenos frutos, que Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellos.

De manera que tú puedes ver que ciertamente Dios, cuando nos eligió, en la creación misma de mi persona, si era uno de sus elegidos, estaba ya en su mente la idea de que yo produciría buenos frutos, caminaría en buenas obras que Él mismo había preparado de antemano. Y ahora yo tengo que preguntarme: ¿qué clase de frutos estoy produciendo para Dios? ¿Estoy llevando a cabo el propósito para el cual Él me creó y luego me salvó?

Ahora, en los versículos 5 y 6, Pablo explica mejor la relación de la ley con el inconverso y con el creyente. Comencemos ahora hablando del inconverso, porque lo que Pablo está haciendo es explicar diferentes estadios de su propio desarrollo antes de llegar a Cristo. Pero esos estadios distintos por los que Pablo atravesó tienen aplicación universal para todos nosotros.

Entonces Pablo dice: "Mientras estábamos en la carne, las pasiones pecaminosas despertadas por la ley actuaban en los miembros de nuestro cuerpo, a fin de llevar fruto para muerte." La primera pregunta sería: ¿de qué manera la ley despierta pasiones pecaminosas en nosotros? Yo decía en el servicio anterior que eso no es muy difícil de comprender, dada la naturaleza rebelde del ser humano. Tan pronto tú le prohíbes algo al ser humano, se despierta en él o en ella un deseo de probar eso que le ha sido prohibido. Es como: ¿a qué sabrá eso? ¿Cómo se sentirá esto? La rebelión que hay en nosotros es despertada por la misma prohibición.

Tú sabes, cuando los padres le dicen a un niño de 12 años: "No toques esto, no toques esto, no toques esto", y luego se van, y al volver encuentran al niño tocando precisamente lo que le acaban de decir que no toque, quizás algo que a él ni le interesaba ni le había llamado la atención. Imagínate por un momento que Dios planta cientos de árboles diferentes en el Jardín de Edén, pone a Adán y a Eva, y el árbol del bien y del mal lo pone ahí como uno más y no les dice absolutamente nada. Lo más probable es que no les hubiese llamado la atención por mucho tiempo, en medio de tantos árboles distintos. Pero tan pronto Dios le dice: "Del árbol del bien y del mal que está en medio del huerto no podéis comer", a la primera tentación Eva quiso comer. ¿A qué sabrá esa fruta? Y luego: ¿qué se sentiría ser como Dios? Porque si me la como, voy a ser como Él. ¿Qué se sentiría?

Para la naturaleza rebelde del ser humano, el simple hecho de no poder hacer algo despierta en él un deseo de querer hacerlo. Los niños, los jóvenes, a veces quieren fumar a una edad en que no se supone que lo hagan, o a veces quieren tomar licor, nada más por probarlo. No, es que estás muy joven. Pero nada más probarlo, porque la criatura no tolera en su rebelión la prohibición. Entonces, la ley de Dios contiene prohibiciones, y eso despierta el deseo de violar la misma ley que me lo prohíbe.

Por eso, el versículo 6 habla ahora de la relación de la ley con el creyente: "Pero ahora hemos quedado libres de la ley, habiendo muerto a lo que nos ataba." Teníamos una atadura con la ley; Cristo vino, cumplió la ley, y ya la ley no nos ataba. "De modo que sirvamos en la novedad del Espíritu y no en el arcaísmo de la letra." Pablo primero reitera el hecho de que nosotros estábamos atados a algo, que es la ley, y ahora que Cristo la cumplió, quedamos libres. Pero quedamos libres por gracia; Él nos compró por gracia y por lo que hizo en la cruz, pero nos compró con propósito. Como dice el versículo 6: "De modo que sirvamos en la novedad del Espíritu y no en el arcaísmo de la letra."

A mí me encanta cómo la Palabra con frecuencia no solamente me dice lo que Dios hizo, sino que termina diciéndome para qué lo hizo. Un momento atrás vimos que nosotros fuimos unidos a Cristo para que llevemos fruto para Dios; de modo que demos fruto para Dios. Ahora es: "De modo que sirvamos en la novedad del Espíritu y no en el arcaísmo de la letra." Que sirvamos en el poder del Espíritu que ahora mora en mí, que es nueva esa morada, y no que sirvamos en el poder de la carne o en el poder de la ley, que yo ni siquiera puedo cumplir.

Como manera de aplicación, hermano, tienes que recordar, y lo hemos hablado en otra ocasión: la vida cristiana es una vida sobrenatural. La vida que Cristo llama en Juan 10 vida abundante también es llamada vida eterna. Entonces, la vida eterna no puede ser abundante a menos que yo viva la vida eterna de este lado de la gloria, en el poder del Espíritu que me fue dado, justamente para que mi vida pueda ser abundante.

Y esa es la explicación de por qué la ley de Dios, sus mandatos y sus restricciones resultan tan gravosos para tanta gente. "No, pastor, no es fácil ser cristiano." Que no es fácil, pastor, porque todavía están muy en la carne. Pero no puede ser, hermano, que Dios diga "mis mandamientos no son gravosos" sin que yo esté de acuerdo con Dios, y que sea yo el que tenga la razón. Por otro lado, el salmista escribió que su ley era más dulce que la miel, más preciosa que el oro fino. "¡Cuánto amo tu ley!" Y que nosotros hoy, con la morada del Espíritu, encontremos esta ley tan pesada y tan odiosa, no puede ser; por ahí hay una explicación.

Sin la genuina llenura del Espíritu, no es posible vivir la vida cristiana que Cristo compró para nosotros. No es posible experimentar amor, gozo, paz, paciencia, bondad, benevolencia, mansedumbre, fidelidad y dominio propio. No, no, no; eso es parte del fruto que el Espíritu produce cuando Él viene y me llena.

En otras palabras, yo necesito a Dios para agradar a Dios, eso es como es. Entonces Pablo está tratando de explicarnos que con el incrédulo la ley le despierta pasiones; con el creyente ya estamos libres de la ley, pero Cristo nos hizo libres de la ley para que vivamos de otra forma, en la novedad del Espíritu, en el poder del Espíritu, y no en el arcaísmo de la letra, arcaísmo porque quedó atrás.

Entonces, como Pablo está hablando de esa forma, parece como que Pablo no tiene una buena impresión de la ley. Él hace una pregunta, versículo 7: "¿Qué diremos entonces? ¿Es pecado la ley?" Pablo anticipa que hay gente que estará pensando de esa forma, y construyó un diálogo, lo que se llama una diatriba, un diálogo imaginario con esta otra persona, y dice: "¿Qué diremos entonces? ¿Es pecado la ley? ¡De ningún modo! ¿Cómo se te ocurre pensar de esa manera?" Al contrario, yo no hubiera llegado a conocer el pecado si no hubiese sido por la ley. Hay algo bueno acerca de la ley: la ley es instructiva. Yo no sabía lo que era pecado, pero el pecado me estaba trayendo consecuencias; por tanto, cuando yo aprendo lo que es pecado, quizás yo pueda aprender, en algún momento, y más para nosotros ahora como cristianos, cómo evitar las consecuencias no pecando.

Pablo dice: "Porque yo no hubiera sabido lo que es la codicia si la ley no hubiera dicho: no codiciarás." La ley me instruye. ¿Es pecado la ley? Pablo acaba de decir que la ley produce todo tipo de rebelión en nosotros, deseos y pasiones pecaminosas. ¿Implica eso que la ley es el problema entonces? Pablo dice no; el problema no es ese. Yo te lo voy a ilustrar. Pero una de las cosas buenas que tiene la ley es que me dice lo que el pecado es. Mira cómo 1 Juan 3:4 se refiere al pecado: "Todo el que practica el pecado practica también la infracción de la ley, pues el pecado es infracción de la ley."

En otras palabras, la Biblia no dice ni habla de "faltas". Por eso cuando cantamos la canción "Me faltas tú mucho, tu gracia es mayor", siempre yo hago como que no son mis faltas, que son muchas, sino mis pecados, que son muchos. La Biblia no se refiere al pecado como un error, como un descuido, como un accidente, como algo que yo pasé por alto, como una indisciplina. Y ya saben, pastor, que yo tengo un esposo con una vida muy indisciplinada, o sea, quiere decir muy pecaminosa. La Biblia llama al pan, pan, y al vino, vino.

Estos días yo reposté una figurita en Twitter de dos niños, muy graciosos, ambos niños. Uno hablando al otro, con un quimonito de esos que son enteros, un overol, y uno de ellos, ya tenía no sé si cinco o seis años, con su mano en el bolsillo mirando al otro y le dice: "Solo para que tú sepas, si la Biblia le llama pecado, tu opinión no importa." Y el otro con la cabeza así, como que estaba en conflicto con el pecado. Eso es. Vale decir: yo ni sabía lo que era... digo, perdón, yo no sabía lo que era el pecado hasta que la Biblia me definió lo que era el pecado.

Y de manera específica, él toma una ilustración que yo creo que fue muy inteligente de su parte: "Porque yo no hubiera sabido lo que es la codicia si la ley no hubiera dicho: no codiciarás." Y la pregunta es: ¿por qué Pablo tomó la codicia y no otro mandamiento? ¿Por qué no tomó el octavo, "no robarás", o "no mentirás", o cualquier otro? ¿Por qué usó el número 10? Si, obviamente, no tenemos a Pablo aquí para que nos lo explique, pero recuerda algo: que Pablo creía de sí mismo que era irreprensible en cuanto a la ley. Él escribe eso a los filipenses: "Yo era fariseo de fariseos, hebreo de hebreos, de la tribu de Benjamín, y en cuanto a la ley, irreprensible."

Sí, probablemente en el aspecto externo del cumplimiento de la ley, yo no dudo que Pablo guardaba el día de reposo correctamente, no dudo que no robaba, no fornicaba, oraba regularmente, diezmaba escrupulosamente. Probablemente era de esos fariseos que ayunaban dos y tres veces a la semana, que oraban tres veces al día. Nada de eso yo lo pongo en duda. El problema es que la codicia no es algo que yo tenga que hacer; es una disposición interna del corazón. No es algo que tú haces, es tu corazón que está dispuesto e inclinado en una dirección.

Y Pablo dice, cuando yo examinaba —probablemente esto es lo que está diciendo— cuando yo examinaba mi vida, los requerimientos de la ley yo los estaba cumpliendo. Pero de repente me encuentro con que la ley dice: "No codiciarás." Y como eso tiene que ver con algo que yo deseo y que nadie se entera, ya violé la ley. Nota cuál mandamiento Pablo se estaba refiriendo: es el número 10. "No codiciarás la casa de tu prójimo, no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su asno, ni nada que sea de tu prójimo."

Ahora, yo sé que codiciar tiene que ver con un deseo. Cuando buscas la palabra en hebreo, cuando buscas la palabra en griego, y aun cuando buscas la palabra en latín, tiene que ver con un deseo desmedido, un deseo como que no puedo controlar. Pero en el contexto de la palabra y del mandamiento, es no desear nada que tu prójimo tenga y que tú no tengas, porque en otras palabras lo que estás haciendo es estar descontento con Dios por que tú no tienes lo que el prójimo tiene.

Cuando Eva codició la fruta, se la comió. Cuando David codició a Betsabé, se la tomó también. La tomó, y luego mató a Urías, porque la codicia lleva a todo tipo de pecado. Acán codició el manto babilónico y el lingote de oro y se lo robó. Y tú conoces la historia acerca de la viña de Nabot. Nabot tenía una viña, el rey la vio, vio que era frondosa, le gustó, le agradó, y se puso triste, porque la quería y no era de él. Y su esposa Jezabel le dijo: "¿Cómo que el rey va a estar triste? ¿Qué es lo que tú quieres? La viña no te apures, déjamela a mí." Y creó una trama, mandó a matar a Nabot, y de repente era la viña de Acab. Pero si conoces la historia, tú sabes cómo terminaron esa Jezabel y Acab, porque nadie se burla de Dios.

Entonces, Cristo vino, cumplió la ley a cabalidad, y Pablo dice: "La ley a mí me enseñó lo que era el pecado. Incluso me enseñó lo que era la codicia, que no es algo que yo hago, es algo que está en mi interior." Y entonces él toma el pecado y lo personifica, habla del pecado como si fuera una persona, sobre todo a partir del versículo 8: "Pero el pecado, aprovechándose del mandamiento, produjo en mí toda clase de codicia, porque aparte de la ley el pecado está muerto." Claro, si no hay ley, bueno, hay pecado; pero resulta que sí hay ley, y por tanto sí hay pecado. Y él dice que el pecado entonces se aprovechó del mandamiento, o sea, usó la ley —como si el pecado fuera una persona— usó la ley para provocar en mí rebelión, llevándome a codiciar todo tipo de cosas: a desear la casa de tu prójimo, la mujer de tu prójimo, su siervo, su sierva, su buey, o cualquier otra cosa parecida.

Pablo está explicando cómo él atravesó diferentes estadios hasta llegar a Cristo. Entonces él dice, en el versículo 9: "En un tiempo yo vivía sin la ley, pero al venir el mandamiento, el pecado revivió y yo morí." Vamos a ver si podemos desempacar este versículo antes de seguir para el próximo.

¿A qué se refiere Pablo cuando dice "yo vivía sin la ley"? Bueno, siempre el ser humano ha tenido una ley, por lo menos la ley moral. Entonces, ¿a qué se refiere Pablo cuando dice "cuando yo vivía sin la ley"? Por un lado, podríamos hablar de un tiempo de su vida como niño, como jovencito, cuando él no entendía la ley; quizá un tiempo tan joven como cuando él no iba aún al templo. Pero, y esto está bien expresado en la idea de John Stott, un gran académico del Nuevo Testamento, él dice que cree que Pablo está hablando hasta que llegó su día de bar mitzvá. Eso ocurre a la edad de 12 años para las niñas en Israel, en el judaísmo, y a la edad de 13 años para los niños, donde básicamente implica que ellos ahora son hijos de la ley. Y quizá Pablo está diciendo: "Hubo una época en la que yo vivía sin la ley, quizá anterior a esa edad." Pero luego ya llegué a ser hijo de la ley. Es lo que John Stott piensa.

Y cuando llegué a ser hijo de la ley, ¿qué pasó? Bueno, él dice: "Al venir el mandamiento, el pecado revivió. Comencé a querer y desear cosas que la ley prohibía. Y yo morí, porque me di cuenta de que estaba muerto espiritualmente." Había tratado, había hecho el esfuerzo para vivir en conformidad con la ley, pero ahora me estoy encontrando, al entender la ley, al estudiarla mejor, que el pecado estaba vivo en mí y yo estaba verdaderamente muerto. Eso es lo que pensamos que Pablo está tratando de comunicar. Entonces él comenzó a entender la condición del hombre caído en relación con la ley.

Y dice el versículo 10: "Y este mandamiento, que era para vida, a mí me resultó para muerte." Sí, claro, el mandamiento, la ley de Dios, en principio era para vida. Dios le dijo a Adán y Eva, no sé cómo es exactamente de largo, que está en medio del huerto: si tú cumples la ley sabes que vivirás por siempre. Pero del árbol del bien y del mal no pueden comer. Entonces el mandamiento era para vida. La ley de Dios, si alguien la hubiese podido cumplir desde que nació hasta que murió, hubiese alcanzado también vida al tenerla; pero era una imposibilidad.

Entonces Pablo explica para que nosotros podamos entender la imposibilidad de vivir conforme a la ley y por qué Cristo vino: la cumplió por nosotros y nos dejó libres de la ley. "Y este mandamiento, que era para vida, a mí me resultó para muerte." No solamente a ti, a todo el mundo. Él está personificando el pecado y está diciendo: "Mi pecado me engañó y yo morí." Mira cómo lo explica en el versículo 11: "Porque el pecado, aprovechándose del mandamiento, me engañó, y por medio de él me mató." Probablemente está diciendo: "Mi pecado me llevó a pensar que yo podía cumplir la ley, no solamente que la podía cumplir, sino que yo la cumplí. Pero cuando yo finalmente entendí la ley, me encontré muerto espiritualmente."

El muy afamado teólogo Charles Hodge, de los años 1800, explica de qué manera el pecado engañó a Pablo. Entonces decía: mientras Pablo esperaba una cosa, experimentó otra cosa completamente diferente. Y esto es como él lo dice: mientras Pablo esperaba vida cumpliendo la ley, encontró la muerte. Mientras esperaba felicidad al cumplir la ley, encontró miseria. Mientras esperaba santidad forzándose por cumplir la ley, encontró un incremento de corrupción en él. Pensaba que por la ley todas estas metas deseables podían ser alcanzadas, pero encontró que se producía exactamente el efecto contrario en él.

Agrega: por lo tanto, el pecado utilizó el mandamiento, la ley, para engañarlo. El pecado lo hizo, y a través de esto, degradarlo. Es como que el pecado es una persona; lo están personificando. El pecado me nubló el entendimiento. El pecado no me ayudó a pensar bien. Y por consiguiente, me engañó de esa manera. Cuando vino la ley, me engañó, me mató.

Finalmente, dice Hodge, la ley, en lugar de ser una fuente de santidad y bendición, le trajo solo la muerte a Pablo. Y a todo aquel que hoy en día está tratando de salvarse por las obras de la ley. A todo aquel que vive una vida legalista pensando que en su legalismo puede cumplir con las obras de la ley.

Ahora, lo que Pablo está ayudando a entender, de aquí en adelante, es que la ley, aunque produce esas reacciones en nosotros, el problema no está en la ley, el problema está en nosotros. Pero eso es lo que habla cuando dice que el pecado me engañó. Ahora Pablo, como sintiéndose en la obligación de defender la ley antes de cerrar este texto, para que quede claro lo que la ley es, dice en el versículo doce: así que la ley es santa, y el mandamiento es santo, justo y bueno.

Claro, porque la ley la dio Dios. Si Dios da una ley, no puede ser lo contrario. Si Dios nos da una ley y luego nos dice que Cristo vino a cumplir la ley que Él nos dio, y que Cristo compró para nosotros una vida abundante, no puede ser que la ley sea gravosa para sus hijos, porque esas dos cosas no computan.

Nota cómo Dios inspira Isaías 42:21 para decirnos cómo Él ve la ley: "El Señor se agradó por causa de su justicia; se agradó el Señor en hacer la ley grande y gloriosa." Dios dice: yo me agradé en tomar mi ley y hacerla grande y gloriosa. Esa es la razón por la que Dios le dice a Moisés, y Moisés le dice al pueblo: ¿qué nación tiene leyes y estatutos como estos que yo te doy hoy? Encuéntame una, encuéntame una nación que tenga estatutos mejores, más justos, de más nobleza, de más bendición que lo que te estoy dando hoy.

El problema es que el pecado que está en nosotros es incapaz de cumplir con esa ley. Pero la ley es grande y gloriosa porque es una reflexión de quién Dios es, en toda su santidad, en toda su omnisciencia, en todo su poder. La ley me explica cómo Dios es; es una reflexión de cómo Dios piensa, de cómo Dios siente, de cómo Dios ve la vida, de cómo Dios ve al hombre caído. Dios se revela en su ley.

Pero al mismo tiempo Dios me dio la ley —Pablo conoció algo de eso— para que yo vea lo que es el pecado en mí, para entonces evitar el pecado, y evitando el pecado, evitar sus consecuencias. Y en la misma ley Dios inspiró a autores para que me puedan decir hasta dónde Dios me conoce, para que yo sepa qué tan cuidadosamente yo debo andar en sus caminos.

Dios inspiró entonces nada más y nada menos que el Salmo 139, y te leo algunos versículos nada más, para que tú y yo podamos ver las riquezas de la ley y de cómo Dios se da a conocer por medio de su ley, para que yo sepa cómo relacionarme con Él. Versículo uno: "Oh Señor, tú me has escudriñado y conocido." ¿Qué tanto? ¿Qué tan minuciosamente? Versículo dos: "Tú conoces mi sentarme y mi levantarme." En términos prácticos: Señor, tú sabes en cada silla donde yo me he sentado en toda mi vida y lo que hice. Tú conoces en cada cama que yo he dormido y también lo que hice. "Desde lejos comprendes mis pensamientos." Señor, tú sabes lo que está pensando cada uno de nosotros que está aquí. Más de mil personas, y Dios conoce en un solo lugar, en cada iglesia, en cada nación; Dios conoce sus pensamientos y los conoce desde lejos. ¡Desde lejos comprende mis pensamientos!

"Tú escudriñas mi senda y mi descanso, y conoces bien todos mis caminos." Tú sabes dónde yo he estado, tú sabes dónde yo estoy, tú sabes para dónde yo voy. "Aun antes de que haya palabra en mi boca, oh Señor, tú ya la sabes toda." Tú oíste lo que yo acabo de decir; el Señor lo sabía antes de yo decirlo. Pero lo dice contigo: cuando tú y yo estamos hablando, lo sabe de ti, lo sabe de mí, antes de que la palabra brote en mis labios.

Y eso yo lo conozco en su ley; eso es parte de su ley. Él revela su carácter para que yo sepa no solamente qué clase de Dios es Él, sino para que yo también sepa que ese Dios está a favor mío. "Ni aun las tinieblas son oscuras para ti, y la noche brilla como el día." Tú sabes que hay animales que salen a cazar de noche. Si cazar para ellos fuera malo, vamos a decir, yo sé que lo malo se hace de noche, porque hay menos probabilidad de que te vean. Dios dice: el problema es que la noche y el día son iguales para mí. Tú haces algo en secreto de noche, y yo lo veo como en público y de día.

¡Wow! La ley es un excelente espejo para revelar y reflejar el carácter de Dios, y revelar mi carácter pecaminoso. Ve la diferencia: la ley refleja el carácter de Dios, la ley revela mi carácter pecaminoso. Pero si yo no lo veo, me voy a limpiar, ¿no? Porque nunca lo vi. La ley fue buena, es justa, buena, santa. El problema fue el pecado, que me engañó y me mató.

Pero Pablo dice en el versículo 12 que la ley es santa, justa y buena. ¿Qué tan santa? ¿Qué tan justa? ¿Qué tan buena? Nos lo reveló el Señor también en su ley. El Salmo 19:7-10 dice: "La ley del Señor es perfecta." No simplemente es buena; es perfecta, y restaura el alma. "El testimonio del Señor es seguro" —un sinónimo para la ley—, "que hace sabio al sencillo. Los preceptos del Señor son rectos, que alegran el corazón. El mandamiento del Señor es puro, que alumbra los ojos. El temor del Señor es limpio, que permanece para siempre. Los juicios del Señor son verdaderos, todos ellos justos, deseables más que el oro, sí, más que mucho oro fino; más dulces que la miel y que el destilar del panal."

"Pastor, a mí no me sabe así." Sí, es el pecado que te está ganando. ¿Cómo engañó a Pablo? Para que sea así como es.

Pablo entonces termina diciendo, versículo 13: "¿Lo que es bueno vino a ser causa de muerte para mí? ¿Cómo lo que es bueno para mí resultó ser malo? De ningún modo. Al contrario, fue el pecado, a fin de mostrarse que es pecado, al producir mi muerte por medio de lo que es bueno, para que por medio del mandamiento el pecado llegue a ser en extremo pecaminoso."

Si lo fuéramos a gramaticalizar hoy, diríamos que eso es una redundancia. Tú no puedes definir algo con la misma palabra de lo que estás tratando de definir; es como que tú digas "el agua es como el agua, aquí es mojada." Sin embargo, eso es lo que Pablo dice: que por medio del mandamiento, el pecado llegó a ser en extremo pecaminoso.

Me encanta la explicación de Spurgeon. Spurgeon dice: Pablo llama aquí al pecado "en extremo pecaminoso." ¿Por qué no dijo "extremadamente negro", o "extremadamente horrible", o "extremadamente fatal"? Respuesta: porque no hay nada en el mundo tan malo como el pecado. Cuando él quiso utilizar la peor palabra que pudo encontrar para referirse al pecado, lo llamó por su propio nombre, haciéndolo reiterativo: el pecado es en extremo pecaminoso. ¿Entendiste? No había otra palabra para definirlo. La única palabra que podía definir el pecado es el pecado mismo: el pecado es en extremo pecaminoso.

¿Por qué el pecado es así de pecaminoso y así de dañino? Déjame compartirte algunos pensamientos que puse por escrito el día de ayer. El pecado es así de pecaminoso y así de destructivo porque el pecado es capaz de dañar a otros mientras yo disfruto. Múltiples pecados hacen eso, pero luego que tú disfrutas, te trae consecuencias, y tú mismo concluyes —porque el pecado engañó—: "De yo haberlo sabido, ni lo hago." Un poco tarde. Disfrutas su momento, pero sufres consecuencias que duran días, semanas, meses, años, o por la eternidad en el infierno.

Tú pierdes en un momento lo que construiste por años. Pastores y no pastores han pasado a veces una vida entera construyendo algo, y de repente, en un abrir y cerrar de ojos, lo perdieron todo, como vimos recientemente y tristemente en las noticias con un pastor muy conocido. ¡Años! Un excelente ministerio, esfumado.

El pecado nos hace creer que somos mejores que otros, y como nos creemos mejores que otros, criticamos a otros, condenamos a otros: cómo habla, cómo vive, cómo viste, cómo predica, cómo enseña, porque nosotros sabemos mejor. El pecado nos hace creer que lo que hacemos no es tan malo, no es tan malo porque yo no estoy dañando a nadie. En serio, el pecado engaña otra vez, porque la primera víctima de tu pecado o mi pecado soy yo. Dañó mi relación con Dios, dañó mi sensibilidad hacia el pecado y sus agravantes, me distanció de Dios, perdí bendiciones de parte de Dios. Y ahora, Dios me dice que debo amar al prójimo como a mí mismo, pero yo no me amo a mí mismo; yo me destruyo a mí mismo.

En algún momento todos nosotros hemos hecho cosas así, porque el pecado nos sigue engañando. A pesar de que ya somos libres del pecado, el pecado es un engañador. Si fuera una persona, pudiéramos decir que tiene un PhD en engaño, y así es como el pecado actúa. Por eso decía el gran teólogo puritano del pasado, Thomas Watson: *Be killing sin, or sin will be killing you.* O matas el pecado, o el pecado te matará a ti.

Aquí va a haber un sobreviviente solamente: o matas el pecado y sobrevives tú, o el pecado te mata a ti, pero no va a haber dos sobrevivientes. En la medida en que tú estudias la Palabra, y vuelves a estudiar la Palabra, y vuelves a estudiar la Palabra, entiendo más a los puritanos. Porque hubo una vez, en años atrás, donde no solamente yo no entendía a los puritanos que se juzgaban a sí mismos tan duramente en términos de cómo veían su pecaminosidad, sino que los consideraba legalistas.

Y hoy yo entiendo por qué: uno, porque ni había conocido a Dios también como ellos le conocieron, y por tanto no conocía su santidad como ellos le conocieron; y dos, porque el pecado me engañó. Pero ahora yo entiendo mejor. No puedo decir que me comparo con ellos, pero entiendo mucho mejor —para usar las palabras de Pablo— lo pecaminoso que es el pecado, en extremo pecaminoso, porque es una abominación para Dios. Por eso Dios lo detesta. Por eso Dios, cuando se encuentra con el pecado, él se aleja o lo destruye.

Y eso es lo que tú ves aun en su mismo Hijo en la cruz: cuando Él cargó con nuestros pecados, se alejó de su Hijo, le dio la espalda, y su Hijo dijo: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?". Cuando me enfrento al pecado, o lo destruyo o me alejo. Y eso lo dijo —me oye— se lo dijo a Moisés: "Sigue tú con un ángel para la tierra prometida, para que yo no los destruya, porque si sigo, los destruyo."

El apóstol Pablo está ayudándonos a entender, al menos en el capítulo 7, cuando él no fue alto todavía —la mayor parte por cubrir—, algo acerca de mi pecaminosidad, algo acerca de la ley y mi relación con ella. Pero algo todavía mucho mejor, de mayor bendición, es que Cristo cumplió la ley por mí, me hizo libre de la ley, me hizo libre del pecado, me compró con su sangre, me unió a Él como si Él fuera mi esposo ahora, a fin de que yo lleve fruto para Dios. Pero además me dio el poder para poder hacerlo, y lo puso dentro de mí, de manera que yo pueda cantar del amor de Dios, de tal forma que yo pueda tener un canto en mi corazón y en mi mente durante toda mi vida aquí abajo, y pueda seguir cantando cuando entre en gloria acerca del mismo amor de Cristo que me compró.

Padre, gracias. Gracias porque al final, después de ver lo pesado que todo esto puede ser, al final, aun el peso de toda esta verdad, Tú la levantas de nuestros hombros y nos dices que Tú perdonas mis pecados y prometes no recordarlos nunca más. Señor, gracias por la sangre de Cristo que me lavó. Señor, Tú compraste una vida abundante para mí y, sabiendo lo que se requería para vivir en abundancia, me diste Tu Espíritu. Pero Tu llenura requiere mi vaciamiento: yo tengo que vaciarme, yo tengo que rendirme, yo tengo que rendir toda mi vida. Yo tengo que rendir lo que soy, lo que tengo, lo que quisiera tener, mis sueños, mis anhelos, mis logros, mis metas, lo que persigo, mi mente, mi corazón, mi voluntad, mi esposa, mi esposo, mis hijas, mis hijos.

Señor, Tú eres dueño y Señor del cielo y la tierra y todo lo que en ella hay. Perdónanos cuando no tenemos rendida toda la vida de manera que Tú ejerces el señorío en cada pulgada cuadrada de mi existencia y de mis pensamientos. Que yo no esté deseando cosas —como me preguntaba uno de Tus hijos al final del primer sermón— cosas que quisiera alcanzar pero que nunca han pasado por Tu mente. Yo puedo decir: "Señor, yo quisiera esto", pero de la única manera como lo deseo es si es Tu deseo para mí; si no lo es, no lo quiero, por bueno que parezca. Que toda mi vida, cada día, cada respiración que yo tenga sea un momento rendido a Ti, para que luego Tu llenura venga a mí y yo pueda vivir la vida que Cristo compró para mí. Ayúdame a rendirme, y te lo vamos a cantar, Dios, ahora, como una forma de sellar lo que hemos orado. Yo me rindo a Ti. A Dios sea la gloria. Amén.

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Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.