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Sermones

Libres del pecado, pero la lucha aún no termina (parte 2)

Miguel Núñez 20 octubre, 2024

El cristiano ha sido liberado de la esclavitud del pecado, pero no de su influencia. Esta tensión define la vida del creyente: un alma regenerada que coexiste con una carne que no ha sido transformada ni puede serlo. Cristo pagó la pena del pecado en la cruz, y a través de la santificación el Espíritu Santo va debilitando su poder, pero hasta que entremos en gloria no estaremos libres de su presencia. Mientras tanto, la lucha continúa.

El apóstol Pablo describe esta batalla con honestidad desgarradora en Romanos 7: hace lo que no quiere hacer, y cuando lo hace, lo aborrece. Ese aborrecimiento marca la diferencia entre el creyente y el incrédulo. El incrédulo disfruta su pecado antes, durante y después; el cristiano, cuando cae, siente el peso de su falta y corre a Cristo a arrepentirse. Sin embargo, Pablo no se excusa: sabe que el pecado trae consecuencias, y que Dios no exoneró a Moisés, a David ni a los hijos de Aarón. Mucho menos lo hará con quienes pecan después de la cruz, habiendo recibido la sangre del nuevo pacto.

La fórmula para vencer está en dejar de vivir la propia vida y permitir que Cristo viva en nosotros por medio de su Espíritu. Como el padre que atrapó la abeja con su mano para que picara su propia carne y su hijo alérgico quedara a salvo, así Cristo recibió el aguijón de la muerte en la cruz. Ya no tiene ponzoña. La victoria es suya, y en él podemos vencer.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Quiero comenzar la introducción diciéndote que esto es una continuación del mensaje anterior, y por eso el título de mi mensaje es exactamente el mismo: "Libres del pecado, pero la lucha aún no termina." Esta es la segunda parte de ese mensaje. Habíamos cubierto desde el versículo 1 hasta el versículo 13 de este capítulo 7. Necesito mencionar algunas cosas enseñadas no solamente a manera de recordatorio, sino también a manera de conexión con el texto de hoy.

En Romanos 6, el apóstol Pablo nos habla de qué manera nosotros fuimos unidos a Cristo de manera permanente. Y esa unión con Cristo resultó en una libertad del pecado, del cual habíamos sido sus esclavos anteriormente. Cuando Cristo fue a la cruz, allí Él pagó la penalidad, la pena del pecado, la pena que me llevaba a la condenación, pero allí Cristo la dejó pagada, de manera que fuimos justificados. El día que naciste de nuevo, el Espíritu Santo vino a ti, regeneró tu alma, y de ahí en adelante nuestra voluntad quedó libre de la esclavitud del pecado, pero no de la influencia del pecado.

Cuando naciste de nuevo —lo digo otra vez— quedaste libre de la esclavitud del pecado, pero no de la influencia del pecado. Lamentablemente, nosotros permanecemos con una carne que tiene deseos, que hace demandas, y que continuamente, o con frecuencia, termina ganando la batalla. Pero no debiera ser de esa manera, como estaremos explicando. A través de la santificación que el Espíritu Santo lleva a cabo en nosotros, el poder del pecado comienza a ser debilitado.

Primero, Cristo paga la pena del pecado —es la primera "P"—; a través de la santificación, Cristo va liberándonos del poder, o de la influencia del pecado; y nosotros, hasta que entramos en gloria, en la glorificación estaremos libres de la presencia del pecado, como hemos dicho en otras ocasiones.

En el mensaje anterior, de nuevo, a manera de introducción pero también de conexión, yo quiero recordarte que en el versículo 12 de Romanos 7 —el penúltimo versículo del texto que ya cubrimos— el apóstol Pablo caracteriza la ley como santa, justa y buena. La ley es santa, obviamente, porque fue dada a nosotros de un Dios santo; es su procedencia, de un Dios que es moralmente perfecto y sin impurezas. Por otro lado, la ley de Dios es justa porque igualmente fue traída a nosotros, dada a nosotros por medio de un juez justo, completamente imparcial, que cuando disciplina o castiga el pecado lo hace sin prejuicios, de manera equitativa para todos, sin mirar a quién.

Finalmente, la ley es buena por un número de razones, pero te voy a recordar un par de ellas. La ley es buena porque revela el carácter santo de Dios, y como eso es como un espejo, en ese mismo espejo, al revelar el carácter santo de Dios, yo puedo ver mi carácter pecaminoso. Al ver mi carácter pecaminoso, eso me hace querer complacer a Dios; cuando trato de complacerlo en mi propia fuerza no puedo, y al ver que no puedo me hace correr a Cristo, que es mi sustituto en la cruz y quien me dio el Espíritu de Dios para que yo pueda, por medio del poder del Espíritu, comenzar a vivir la ley de Dios, quien muestra lo que agrada a Dios. Esa es mi introducción y mi conexión.

Ahora yo quisiera pedirte que puedas leer conmigo a partir del versículo 14 de Romanos 7 hasta el 25:

"Porque sabemos que la ley es espiritual, pero yo soy carnal, vendido a la esclavitud del pecado. Porque lo que hago no lo entiendo, porque no practico lo que quiero hacer, sino que lo que aborrezco eso hago. Y si lo que no quiero hacer eso hago, estoy de acuerdo con la ley, reconociendo que la ley es buena. Así que ya no soy yo el que lo hace, sino el pecado que habita en mí. Porque yo sé que en mí, es decir, en mi carne, no habita nada bueno, porque el querer está presente en mí, pero el hacer el bien, no. Pues no hago el bien que deseo, sino el mal que no quiero, eso practico. Y si lo que no quiero hacer eso hago, ya no soy yo el que lo hace, sino el pecado que habita en mí. Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo la ley de que el mal está presente en mí. Porque en el hombre interior me deleito con la ley de Dios, pero veo otra ley en los miembros de mi cuerpo que hace guerra contra la ley de mi mente y me hace prisionero de la ley del pecado que está en mis miembros. ¡Miserable de mí! ¿Quién me libertará de este cuerpo de muerte? Gracias a Dios, por Jesucristo, Señor nuestro. Así que yo mismo, por un lado, con la mente sirvo a la ley de Dios, pero por otro, con la carne, a la ley del pecado."

Yo les prometo que después de este mensaje, todos los mensajes siguientes hasta el final no tienen la complejidad que los últimos mensajes han tenido. El apóstol Pablo está destilando, tratando de explicar, tratando de empacar una teología densa, y aquí está haciendo exactamente la misma cosa. Algunos teólogos han pensado que Pablo está describiendo su experiencia en la lucha con el pecado anterior a su conversión. Sin embargo, esa no es la opinión de la mayoría de los teólogos desde Agustín a esta parte, sino que más bien Pablo está describiendo su lucha actual en su vida, y la lucha tuya en tu vida con el pecado, ayudándonos a entender la intensidad de esa lucha y al mismo tiempo cómo se gana esa batalla.

Entonces, lo que quiero hacer es establecer tres grandes divisiones del mensaje, y dentro de esas divisiones traer algunas subdivisiones. La primera es simplemente una introducción que aparece en el versículo 14, y llegaremos allí prontamente. La segunda es donde Pablo expresa la intensidad de la lucha, lo continuo de esa lucha y su frustración con dicha lucha, en los versículos 15 al 23. Y finalmente, la conclusión, los versículos 24 al 25, donde Pablo nos habla de la necesidad de un redentor y de un intercesor, de un mediador, que nos ayuda a entender lo que Cristo nos dijo: que separados de Él, nada, absolutamente nada podíamos hacer.

Con eso, veamos la primera parte: la introducción de Pablo en el versículo 14, donde él vuelve a calificarla —digamos, a caracterizarla— y la llama espiritual. No está completamente claro qué quiso decir Pablo cuando dice que la ley es espiritual, pero yo creo que hay algunas cosas que son más o menos evidentes. Por un lado, la ley que Dios nos dio no es natural, es sobrenatural; vino de parte de Dios. Por otro lado, esa ley es imposible de cumplir a menos que seamos empoderados por el Espíritu; incluso, ni siquiera podemos comenzar a cumplirla a menos que el Espíritu de Dios more en nosotros.

Y finalmente, cuando el espíritu de la ley es entendido, nosotros nos percatamos de que el propósito de la ley, más que punitivo, es protector: protector de la integridad y del carácter de Dios, y protector de nuestro propio carácter santo. En vista de que la ley revela el carácter santo de Dios, revela de qué manera yo transgredo esa ley, me advierte en contra de las consecuencias del pecado y me enseña incluso a partir de dónde yo comienzo a pecar. De manera que, ciertamente, la ley tiene un fin bueno y espiritual. Esa es la introducción: versículo 14.

Del versículo 15 al 23, nosotros vamos a ver ahora la intensidad de la lucha, cómo Pablo la explica, cómo la empaca de una manera tan extraordinaria y cómo nos ayuda a entender una realidad que pocos entienden. Y es el hecho de que nosotros, por un lado, si somos nacidos de nuevo, tenemos un espíritu o un alma regenerada. Pero ese espíritu regenerado coexiste con una naturaleza carnal pecadora que permanece con deseos típicos de la carne o del hombre caído. De manera que nosotros tenemos una voluntad que ha sido libertada de la esclavitud del pecado, pero una voluntad que es continuamente presionada por los deseos de la carne, que luego ocupan mi mente y que me hacen actuar, me hacen caminar en una dirección que es contraria a lo que Dios ha revelado.

Eso es compatible con lo que Pablo le había escrito a los Gálatas en 5:17, cuando les dijo que el deseo de la carne es contra el Espíritu. En otras palabras, los deseos de mi carne, lo que mi carne desea y busca, es contrario a lo que el Espíritu quiere para mí. Y el deseo del Espíritu es contra la carne; a la carne no le interesa, no desea, no busca absolutamente nada de lo que el Espíritu de Dios quiere producir en mí. Y Pablo continúa: "Pues esto se oponen el uno al otro", el Espíritu deseando y la carne deseando, y hay una lucha continua. Ahora, escucha el resultado: "de manera que ustedes no pueden hacer lo que desean." La lucha es tan feroz que frecuentemente el cristiano no puede hacer lo que desea, pero esa lucha no fue diseñada para perderla, sino para ganarla.

Pero yo quiero que puedas entender de qué manera Pablo dice cosas semejantes a estas a los romanos, pero que nos amplían la perspectiva. En vez de hacer un zoom sobre algo muy particular, Pablo como que abre el lente ahora y me ayuda a ver mucho mejor lo que los gálatas vieron de manera muy particular. Escucha ahora el versículo 15: "Porque lo que hago no lo entiendo, dice Pablo, porque no practico lo que quiero hacer, sino que lo que aborrezco eso hago." En otras palabras, Pablo dice: hay ocasiones en que lo que yo no quiero hacer, termino haciéndolo.

El problema es que cuando termino haciéndolo, lo aborrezco, y esa frase ahí es clave. Porque Pablo no está diciendo: "Yo quisiera hacer algo, no lo hago, y termino haciendo algo que es pecaminoso, y lo disfruto." No, no, no. Cuando yo termino haciéndolo, yo aborrezco lo que terminé haciendo. Y yo creo que es importante para entender lo que le está tratando de ayudar al creyente a digerir. El que no tiene el Espíritu de Dios disfruta el pecado, pero lo disfruta antes, durante y después; él no aborrece su pecado después de haberlo cometido. Él no tiene un Espíritu Santo que le pueda dar convicción de pecado, de manera que su disfrute del pecado es en una línea continua: antes, durante y después.

En el creyente, como Pablo dice, no es que cuando yo termino haciendo lo que no quería hacer, yo aborrezco lo que hago y eso hace que yo vaya donde Cristo y me arrepienta. Eso es lo primero que Pablo revela.

Lo segundo: mira cómo él termina. Pablo explica que si él termina haciendo lo que no quiere hacer —o sea, no quiero hacer esto pero termina haciéndolo—, con esa acción él pone de manifiesto que la ley es buena. Era lo que aquí en el versículo 16 dice: "Y si lo que no quiero hacer, eso hago, estoy de acuerdo con la ley, reconociendo que es buena."

¿Por qué es buena la ley? Porque me revela el carácter santo de Dios. Como en un espejo, ese carácter santo me refleja y veo mi carácter pecaminoso. Al ver mi carácter pecaminoso, reconozco mi necesidad de ir donde Cristo a pedir perdón y puedo ser perdonado. De manera que la ley es buena, como Pablo dice. Mira otra vez el versículo 16: "Y si lo que no quiero hacer, eso hago, estoy de acuerdo con la ley, reconociendo que la ley es buena."

De hecho, sin la ley —Romanos 7:7—, yo no sabría lo que es pecado, como Pablo lo explicó. No sabría lo que es pecado, pero estaría pecando y acumulando consecuencias. Es decir, a pesar de que no sé lo que es pecado, recuerda que en Romanos anteriormente Pablo explicó que la muerte reinó desde Adán hasta Moisés, y Moisés no trae la ley de Dios sino hasta Éxodo 20. Literalmente, Pablo dijo que a pesar de que no había una ley dada a través de Moisés, la muerte reinó y el pecado también desde Adán hasta Moisés. Pero ahora, al venir la ley, tengo más claro lo que es pecado y lo que no es pecado. La ley es buena; me ayuda a frenar mis impulsos pecaminosos y a tratar de complacer a Dios.

En tercer lugar, Pablo explica que aunque él es una nueva criatura con nuevos deseos en su interior, la realidad es que al mismo tiempo hay todavía en él una vieja naturaleza que tiene sus propios deseos y que él llama "la carne." Recuerda Gálatas 5:17: "El deseo de la carne —esa es la vieja naturaleza— es contra el Espíritu." No se ha ido; está en ti, está en mí. Y el del Espíritu es contra la carne. Es como si en el cristiano hubiera un viejo hombre, que es la carne, un viejo yo, y un nuevo yo, que es mi espíritu regenerado, coexistiendo.

Ahora eso me ayuda a comenzar a entender lo que Pablo dice en el próximo versículo de Romanos 7, que es el versículo 17: "Así que ya no soy yo el que lo hace, sino el pecado que habita en mí." Es como si Pablo estuviera diciendo: cuando yo peco, ya no es el nuevo yo que lo hace, sino el viejo yo. Ahora bien, con esas palabras Pablo no nos está excusando de su pecado. Él sabe que es responsable. Él sabe que como ente espiritual responsable, cuando él peca es culpable de ese pecado y sujeto a posibles consecuencias. Lo que Pablo está diciendo es que el alma regenerada por el Espíritu Santo no es el alma que está anhelando cosas pecaminosas, ni el alma que está demandando que le llenen sus deseos, sino que los deseos de la carne lo empujan a hacer cosas que desagradan a Dios, porque la carne no ha sido regenerada, no puede ser educada, no puede ser moralizada.

Ahora escucha el versículo 18: "Porque yo sé que en mí…" Pablo pasa ahora a caracterizar todavía más la carne: "Es decir, en mi carne no habita nada bueno." O sea, hay otra parte en mí donde hay algo bueno, y ese es el alma que ha sido regenerada. Ahora en mi carne, Pablo dice, no hay nada bueno. Y para explicarlo añade: "porque el querer está presente en mí, pero el hacer el bien, no." ¿Cuál es el problema? En mi interior yo tengo el deseo de hacer el bien; esa no es la carne, la carne ni siquiera lo piensa. Eso es tu alma regenerada. Pero a la hora que voy a hacer el bien no puedo hacerlo; el hacer el bien no está en mí.

La idea de que en la carne no habita nada bueno no es nueva. Cristo había comenzado a revelar esta parte de la teología que Pablo está explicando ahora. Escucha lo que Cristo dijo, que Juan recogió en el capítulo 6, versículo 63: "La carne para nada aprovecha." Cristo no está diciendo que el ser humano, aun después de ser regenerado, para nada sirve ni nada aprovecha. No. La carne para nada aprovecha; la carne como tú la conoces, como yo la conozco, no tiene nada bueno, hasta el punto que Pablo le escribe a los filipenses y en 3:3 les dice que él no pone ninguna confianza en la carne.

De tal manera que si tú piensas que porque tienes grados universitarios o grados en teología —licenciatura, maestría, doctorado, lo que tú quieras—, tienes experiencia, que por eso puedes confiar en ti mismo, Pablo te dice: olvídate de eso. Nada de eso es garantía de que vas a terminar bien, y nada de eso garantiza siquiera que has nacido de nuevo. En la carne no pongan ninguna confianza, ni tú, ni yo, ni Pablo. Los deseos de la carne son pecaminosos, y sabes qué es peor: son irracionales. No se someten a la ley de Dios —Romanos 8:7—; ni siquiera pueden. Es más, Romanos 8:6 dice que es enemiga de Dios. La carne es enemiga de Dios, no se somete a la ley de Dios y es incapaz de hacerlo.

Eso hace que la segunda parte del versículo 18 sea cierta: "porque el querer está presente en mí, pero el hacer el bien, no." El querer hacer el bien está presente en él porque está en su espíritu regenerado, pero el poder hacer ese bien que él desea no está en él, porque para poder hacerlo tiene que hacerlo empoderado por el Espíritu en su unión con Cristo. Ahora entiendes mejor por qué Cristo nos dijo: "Separados de mí nada podéis hacer." Absolutamente nada. Eso es un negativo universal; no hay la más mínima cosa que tú puedas hacer que agrade a Dios separado de Él. Por eso Pablo dice: "El hacer el bien no está en mí." Claro que no; está en Cristo, en quien yo vivo, o quien vive en mí. La manera como Él vive en mí es dándome la morada del Espíritu Santo.

Escucha cómo Cristo, antes de irse —aquella noche en el jardín de Getsemaní—, siguió desempacando parte de esta teología que Pablo está amplificando ahora. Mateo 26:41: "Velen y oren para que no entren en tentación; el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil." Cristo dijo: "El espíritu está dispuesto." Pablo dijo: "El querer está presente en mí." Esas dos cosas son congruentes. Cristo dijo: "Pero la carne es débil." Pablo dijo: "Por el hacer el bien, no; no está en mí." Esas dos cosas también son congruentes. Pablo, tú y yo necesitamos la morada del Espíritu y después la llenura del Espíritu que moren en nosotros para poder vencer la carne y para poder agradar a Dios.

Mira cómo Pablo lo escribió a los gálatas en 2:20: "Con Cristo he sido crucificado; ya no soy yo el que vive." En otras palabras, verdaderamente el cristiano debe verse como que el viejo yo fue crucificado en la cruz y ya no puede seguir viviendo su propia vida, deseando sus propias cosas, anhelando y buscando satisfacer sus propios deseos, "sino que Cristo vive en mí." ¿Qué diferencia hace eso, Pablo? "Y la vida que ahora vivo en la carne, la vivo por la fe en el Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí." El cristiano peca cada vez que trata de vivir esta vida conforme a los deseos que su carne le provoca. El cristiano evita pecar cuando permite que Cristo, que vive en él por medio de su Espíritu, viva esa vida. Por eso Pablo dice que la vida que él vive ahora en la carne ya no la vive él. Sus triunfos no son suyos; sus triunfos son del Espíritu que mora en él. La vive Cristo en mí.

Escucha cuando él escribe a los gálatas en 5:16: "Digo, pues: andad en el Espíritu y no satisfagáis los deseos de la carne." Y luego en Efesios 5:18 dice: "Sed llenos del Espíritu." Entonces, ¿qué es lo que tengo que hacer, Pablo? Gálatas 5:16: "Andad en el Espíritu y no satisfagáis los deseos de la carne." ¿Cómo hago eso? Efesios 5:18: "Sed llenos del Espíritu." La expresión "ser llenos del Espíritu" significa literalmente ser controlado por el Espíritu. En otras palabras, deja de vivir tu propia vida, deja de vivir tus propios deseos, anhelos y satisfacciones futuras.

No; tú tienes que dejar ahora, tienes que entregar tu mente, tu corazón, tu voluntad, tus anhelos, deseos, sueños, todo lo que tú eres. Tu vida pasada, si la estás cargando, entrégala. Tu vida presente, entrégala. Tu vida futura, entrégala al control del Espíritu, para que Él te pueda llenar. ¿Por qué? Porque ahora tú tienes otra vida, porque ahora tienes que agradar a Dios, porque ahora tienes un amo distinto. Escucha cómo Pablo se lo explica a los efesios en 5:8: "Antes ustedes eran tinieblas." Eran tinieblas. No tenían tinieblas alrededor; no. Las tinieblas eran tan densas que penetraban su mente, su corazón, su interior, dominaban su mundo interior y su mundo exterior. "Antes ustedes eran tinieblas, pero ahora" —después de la regeneración— "son luz en el Señor." Y entonces: "Andad como hijos de la luz."

En otras palabras, no puede ser que tú, estando en Cristo —Cristo que es la luz del mundo y que ahora está brillando a través de ti, pues Él dice que nosotros somos la luz del mundo—, luces como un hijo de las tinieblas siendo ya un nuevo hijo de la luz. Escucha cómo Pablo sigue desempacando esto en el versículo 19: "Pues no hago el bien que deseo, sino el mal que no quiero, eso practico. Y si lo que no quiero hacer, eso hago, ya no soy yo el que lo hace, sino el pecado que habita en mí." Una vez más, Pablo no está tratando de excusarse; él está enfatizando, dándole color a lo que ya había dicho antes. Una vez más está diciendo: mi alma regenerada no desea pecar; nunca le ha pasado por la mente ninguna de las cosas pecaminosas que tú y yo hemos cometido. Nunca.

El problema está en que, junto con ese espíritu regenerado, hay una carne que, como mencioné, no es moralizable, no es redimible. Lo único que se puede hacer con la carne es someterla, literalmente hablando, y esa carne influye en tu comportamiento.

Escucha, porque esto es importante. Cuando Pablo dice este tipo de cosa, que él termina haciendo lo que no quiere hacer, él no está exonerándose ni exonerándonos del pecado y sus consecuencias. No, no, no, no. Él está explicando por qué pecamos, solo eso: explicando, no exonerándonos. Pablo sabe que Dios no nos exonera del pecado ni de sus consecuencias. Él no exoneró a Aarón, a los hijos de Aarón, cuando los carbonizó porque ofrecieron un sacrificio que no les estaba autorizado. Él no exoneró a Moisés de sus consecuencias cuando no lo dejó entrar a la tierra prometida, porque no lo trató como santo delante de su pueblo. Él no exoneró a David cuando cometió su pecado; al contrario, su descendencia terminó pagando parte de las consecuencias, y la nación de Israel también.

Y Dios no nos exonerará a nosotros cuando transgredimos su ley, como explica Hebreos 10:29. Escucha: "¿Cuánto mayor castigo piensan ustedes que merecerá el que ha pisoteado bajo sus pies al Hijo de Dios y ha tenido por inmunda la sangre del pacto por la cual fue santificado, y ha ultrajado al Espíritu de gracia?" Ahora que estamos en el nuevo pacto, es a nosotros que nos están hablando. Si Dios no exoneró del pecado a aquellos que pecaron antes de Cristo, mucho menos lo hará ahora cuando nosotros pecamos después de Cristo, porque se ha derramado la sangre del nuevo pacto y hemos pisoteado esa sangre, la hemos tenido por inmunda y hemos ultrajado al Espíritu de gracia. ¿De qué manera ultrajamos al Espíritu de gracia? Porque Él vive en mí y yo peco en presencia del Espíritu estando en Cristo.

Entonces, para lo que Pablo está explicando: ¿por qué se da el pecado? Está explicándonos el porqué, no exonerándonos del pecado. En cuarto lugar, escucha cómo Pablo explica de una manera muy teológica y muy breve cómo todo lo que hacemos está teñido por el pecado. Romanos 7:21: "Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo la ley de que el mal está presente en mí." Cuando voy a servir, que es un bien que estoy haciendo, Pablo se da cuenta de que al lado, en mi interior, está el mal.

¿Qué está Pablo tratando de decir? Está tratando de que entendamos que no hay absolutamente nada que tú y yo podamos hacer que no esté teñido por el pecado. Nada. Ni la crianza de tus hijos, ni el amor que tienes por tus hijos: todo está teñido por el pecado. No hay nada que podamos hacer que pase el escrutinio perfecto de la ley y la justicia de Dios. Este sermón que yo estoy predicando, los sermones anteriores que he predicado, los sermones que estaré predicando en el futuro, de alguna manera están contaminados por el pecado, porque el pecado afectó todas mis facultades con las que yo preparo un sermón. Y pueden estar comprometidos esos sermones ya sea en su contenido, en su motivación, en su intención, en su aplicación, o porque yo predico un sermón que no vivo, o porque condeno a otro mientras estoy haciendo exactamente lo mismo que predico.

Con el riesgo de volverme sobre lo mismo, permíteme leerte una cita llana, tan hermosa, que ya he leído aquí una o dos veces, no sé si tres, pero por lo menos un par de veces en semanas anteriores. La razón por la que voy a hacerlo es porque yo le envié esta cita a un grupo de pastores locales y uno de ellos respondió diciendo: "Yo conozco esta cita hace muchos años, es bien conocida, pero ahora que me la enviaste me chocó positivamente, me provocó de una manera distinta, me llegó de una manera distinta."

Escucha lo que dice Edwards. Edwards fue un hombre santo, en el sentido no de perfecto, pero vivió una vida de santidad. Puritano, un teólogo de marca mayor. Dice Edwards: "Cuando veo dentro de mi corazón y percibo su infinita maldad, creo que es un abismo más profundo que el infierno." Mientras más santo es un individuo, más puede ver esta realidad. Si no, tú puedes preguntarle a Isaías: cuando llegó al reino de los cielos, cuando se encontró con el Dios Santo, ¿cómo se sintió? Se sintió deshecho. En el hebreo dice "desintegrado", como que se le hubieran abierto en dos. Así se sintió, horrible.

Y Edwards continúa: "Cuando oro, peco. Cuando predico, peco. Tengo que arrepentirme de mi arrepentimiento, y aun mis lágrimas necesitan ser lavadas en la sangre de Cristo." En otras palabras, tú puedes llorar genuinamente, sinceramente, por tu pecado, arrodillarte toda la noche, y todavía tus lágrimas están contaminadas de pecado. A lo que Edwards está aludiendo es que cuando tú oras, hay algo, o mucho, de egocentrismo en nuestras oraciones. Eso es exactamente lo que Santiago dice: "No tenéis porque no pedís, y cuando pedís, pedís con malas motivaciones." Nuestros sermones están salpicados de pecado por mala interpretación, mala aplicación, mala intención o cualquier otra cosa.

Nuestro arrepentimiento nunca es completo, hermano. Nunca. Porque nosotros nunca hemos percibido lo aborrecible que es tu pecado o el mío para Dios. Nunca. Si tú piensas que tu pecado es aborrecible y le das una valoración de cinco en una escala de uno a diez, Dios le da una valoración de diez sobre diez, de manera que yo no me puedo arrepentir del seis al diez porque ni siquiera sé que pequé de esa manera. Y en la medida en que vas profundizando, teológicamente te das cuenta: yo he hecho el ejercicio. Tú pones un pecado X, comienzas a buscar cómo pecaste y comienzas a listar de A hacia abajo: pequé por esto, pequé por esto, pequé por esto. Pero todavía, de cada una de esas cosas en las que puedo percibir que pequé, no tengo la profundidad suficiente para ver de todas las maneras en que pequé en ninguna de ellas.

Ahora bien, muchas veces nosotros —recuerda que Pablo dice que cuando hace lo que no debe hacer, lo aborrece— tenemos otra reacción muy diferente. Muchas veces esto es lo que ocurre: hacemos algo y lo aborrecemos hasta que se nos pasa la resaca. Y somos como el borracho. Se emborracha —esta parte del borracho la he visto más de una vez—, se emborracha, y al otro día se despierta con jaqueca, náusea, vómito, ardor, gastritis, y esa persona le dice a su esposa o a sus hijos: "Más nunca vuelvo a beber." Pero desde que se mejora, comienza a pensar cuándo va a volver a beber, no tanto, para que no le dé la resaca. Pero la próxima vez el mismo trago, el mismo alcohol lo lleva a consumir más alcohol, termina en otra resaca, y vuelve a decir: "Más nunca lo vuelvo a hacer", hasta que se le va la resaca. Y por eso, muchas veces, nosotros tenemos que arrepentirnos de nuestro arrepentimiento.

La recurrencia del pecado en nosotros fue lo que llevó a Pablo a escribirles a los corintios y decirles: "Examínense para ver si están en la fe. Porque yo estuve con ustedes hace un tiempo atrás y eran carnales, inmaduros, infantes; solamente podían tomar leche. Y ahora que les estoy escribiendo esta carta, todavía no pueden comer carne, sino solamente pueden consumir leche, papilla."

Ahora, escucha lo que nosotros también necesitamos entender. No hay duda de que todo el mundo peca todos los días; no hay duda de eso. Sin embargo, Juan nos dice que el cristiano no vive en la práctica del pecado. Déjame leerte a Juan para ver si podemos entenderlo, que Juan nos ayuda a entender a Pablo, y Pablo nos ayuda a entender a Cristo. 1 Juan 1:8: "Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros." Cualquiera de nosotros que diga en algún momento que no tiene pecado es mentiroso, y ya ahí pecó, porque no es cierto: todo el mundo peca. Juan afirma eso.

Entonces Juan afirma eso al principio del capítulo uno. Ahora en el desarrollo del capítulo dos, luego en el desarrollo del capítulo tres, cuando llega al versículo nueve, dice: "Ninguno que es nacido de Dios practica el pecado." Los absolutos de la Palabra me dan como temor, porque es como: esto es así y no hay sombras, no hay grises. "Ninguno que es nacido de Dios practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él; no puede pecar porque es nacido de Dios." Pero, Juan, te voy a hacer volver dos capítulos atrás, donde me dijiste que todo el mundo peca. Ahora me dices que nadie que es nacido de Dios practica el pecado.

La palabra clave es "practica": vivir en la práctica del pecado recurrente. Esa es la clave en esto, de la misma manera que la clave en la frase de Pablo —cuando dice que cuando hace lo que no debe hacer lo aborrece— es "yo aborresco", porque el incrédulo no puede aborrecer su pecado por definición: no tiene cómo. Ahora Juan me está diciendo que el estilo de vida de alguien que haya nacido de nuevo verdaderamente no está caracterizado por la práctica del pecado ni por lo habitual de ese pecado. Ese no es su estilo de vida.

En Romanos 7:15, Pablo dice que aborrece cuando hace algo que no está bien. Eso es lo que hace que él no practique ni tenga un estilo de vida recurrente con ese pecado, porque cuando lo hace lo aborrece. Y como lo aborrece, va donde Dios, donde Cristo, a arrepentirse y a pedir perdón, y eso lo mantiene en control. El incrédulo es diferente: como no ha nacido de nuevo, no tiene al Espíritu Santo; como no tiene al Espíritu Santo, no tiene convicción de pecado; como no tiene convicción de pecado, disfruta su pecado antes, durante y después, y luego continúa planificando cómo volver a caer en el mismo pecado.

Entonces, cuando pecamos de manera habitual, desafiamos al Dios cuyos ojos recorren toda la tierra, que es portero tuyo, y al mismo tiempo desafiamos al Dios cuyos oídos oyen no solamente mis palabras sino mis pensamientos e intenciones. Mira cómo lo dijo David en el Salmo 139:2: "Desde lejos tú comprendes mis pensamientos."

Yo no he hablado nada con Kati, no he hablado nada con los pastores, y ya estoy pensando en una reunión que voy a tener con ellos. Ya Dios sabe qué es lo que estoy pensando y por qué lo estoy pensando. Incluso sabe si lo que voy a decir es congruente con lo que estoy pensando, si estoy creando un pretexto para decir una cosa que no es lo que estaba pensando. Era como David lo dice en el versículo 4 del mismo Salmo 139: "Aún antes de que haya palabra en mi boca, oh Señor, tú ya la sabes toda." Yo no sé cómo eso ocurre, pero Dios afirma que antes de yo hablar, antes de yo decir lo que estoy diciendo ahora mismo mientras predica, ya Dios sabe lo que voy a decir. La palabra no ha sido pronunciada y ya Dios lo sabe.

De manera que no tengo que hablar para que Dios conozca mi interior, mis intenciones, motivaciones y pensamientos. Y ese es el Dios que tú y yo desafiamos cuando continuamos por ese camino.

En quinto lugar, Pablo menciona dos leyes o principios que están presentes en nosotros al mismo tiempo, en los versículos 22 y 23. "Porque en el hombre interior me deleito con la ley de Dios." O sea, hay una forma en que el cristiano se deleita en la ley de Dios. ¿Pero cuál es el problema, Pablo? "Yo veo otra ley en los miembros de mi cuerpo que hace la guerra contra la ley de mi mente." Si mi mente comienza a deleitarse en la ley de Dios, de repente en mi carne hay deseos que comienzan a hacerle la guerra a mi deleite en las cosas de Dios de las que estaba pensando, y me hace prisionero de la ley del pecado que está en mis miembros. Hay que ver lo que Pablo está diciendo.

Tenemos dos realidades. El creyente tiene dos realidades con las que vive. Realidad número uno: ya tengo un espíritu regenerado. Ese espíritu regenerado, cuando lee la ley de Dios, no la encuentra gravosa. No. Él puede decir, el espíritu aparte de la carne pudiera decir junto con el salmista: "La ley es más dulce que la miel, más preciada que el oro, que el oro fino." Y pudiera incluso decir: "Oh, cuánto amo tu ley." Hasta que la carne comienza a experimentar ciertos deseos.

"Cuánto amo esa ley que es buena, justa, espiritual, santa, en mi hombre interior; pero en los miembros de mi cuerpo —piensa en todos los miembros de tu cuerpo— no ha sido regenerado, y no puede serlo de este lado de la gloria." Hay otro principio que Pablo llama ley: la ley del pecado. Esos deseos de esa carne que no piensa por Dios; de hecho, no piensa, simplemente porque es completamente irracional. Resulta que esos deseos que mi carne tiene de manera espontánea estimulan mis anhelos, crean nuevos pensamientos en mí, nueva imaginación y creatividad, y nuevas emociones.

Me decía a Katia hace un tiempo, hablando mucho en términos de cómo relacionar la constitución humana con cosas que Dios ha revelado, y hablando de estas cosas, me decía cómo en el ámbito neuronal, al final, estudios han demostrado que si un hombre encuentra una mujer atractiva —simplemente eso, se la encontró atractiva— y comienzan a hablar con ella, de manera inmediata su nivel de testosterona comienza a subir. Y este no es el lugar para hablar de los efectos de la testosterona, pero esto te da una idea de que mi carne es irracional, es puramente funcional. Tiene receptores, tiene hormonas, tiene neurotransmisores, y a eso es que la carne responde.

Al experimentar esas emociones, si una idea se apodera de la mente —escucha lo que alguien escribió, creo que es algo anónimo—: "Si una idea se apodera de la mente, la mente pasa a ser cautiva o prisionera, y la mente cautiva mueve la voluntad." Ahí está el problema. Cuando una idea se apodera de mi mente, te puedo dar un ejemplo sano en sí mismo: cuando yo estaba estudiando medicina, yo quería irme a Estados Unidos, quería hacer infectología, para lo cual tenía que hacer medicina interna, y no había forma de que nadie me fuera a detener, porque eso se apoderó de mi mente. Yo voy a conseguir eso. Mi mente quedó prisionera de esa idea, y yo la perseguí hasta que la tuve. Espero que Dios me haya salvaguardado de cosas en el camino.

Ahora, escucha lo que Pedro nos dice en su segunda carta, en 2 Pedro 2:19: "Uno es esclavo de aquello que lo ha vencido." Pedro no le está hablando a incrédulos. Pedro está diciendo: "Yo te liberé la voluntad, de manera que no puedo decir ya que eres esclavo del pecado." No podría decirlo. Ahora, cuando peco, Pedro está diciendo: "Eso que te ha vencido te esclavizó otra vez, pero tú no eres esclavo. Tú te vendiste al pecado otra vez, pero tú no eres esclavo."

Y escucha cómo el mismo Pedro le ayuda a entender esta doble realidad: "Amados —si les llama amados, son cristianos—, amados, les ruego como a extranjeros y peregrinos que se abstengan de las pasiones carnales que combaten contra el alma." El alma. Está Pedro con las dos realidades otra vez. Amados, nosotros tenemos pasiones carnales, pero nosotros tenemos un alma regenerada. Tus pasiones carnales combaten —y la palabra usada es como el que combate en una guerra, en combate bélico— en contra de tu alma. "Absténganse, absténganse de las pasiones carnales" —realidad número uno— "que combaten contra el alma" —realidad número dos.

Pensando acerca de esto, aun para mí mismo, yo creo que el cristiano no ha tomado lo suficientemente en serio las palabras de Cristo en el jardín de Getsemaní, del cual ya hablamos, pero déjame citártelo otra vez para desarrollarlo un poco más. Cuando Cristo dijo: "Velen y oren para que no entren en tentación; el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil." Nota cómo Cristo armó ese versículo. Primero: "Velen", en otras palabras, estén alerta, que es una frase que se repite más de una vez. Es como si tuvieran que tener un radar para ver de dónde va a venir el enemigo. Número dos: "Oren." "Separados de mí, nada podéis hacer." Pablo viene luego y les dice a los tesalonicenses en su primera carta, 1 Tesalonicenses 5:17, que oren sin cesar. ¿Pero cuál es el apuro, Pablo? Bueno, entre otros, Pedro nos dice en 1 Pedro 5:8 que el problema es que el enemigo anda al acecho como león rugiente buscando a quien devorar, a quien descuartizar, a quien romperlo en pedazos, de manera que toda su vida, su legado, su familia o su historia quede completamente destruida, de manera que su nombre o legado desaparezca de la historia de su vida.

Y tú puedes ver eso continuamente cuando estas caídas que han ocurrido hacen desaparecer los nombres de personas que estuvieron en la palestra. Todos, de repente, como que: "¿Y qué fue? No, no hay rastros, como si no hubiesen existido." ¡Wow!

Cuando Cristo dijo que la carne es débil, yo creo que no estaba refiriéndose de una manera superficial a sus deseos. No. Yo creo que estaba diciendo que la carne es fácilmente —la tuya y la mía— fácilmente estimulada. Claro, hay olores que estimulan pecaminosamente la carne. Nos está dejando ver que la carne es fácilmente estimulada porque, como mencioné, responde a receptores del placer, hormonas, neurotransmisores; responde a la imaginación, nos hace sentir emociones que, como ya mencioné, son irracionales. Y como son irracionales, no están pensando en las consecuencias del pecado, en todo lo que pudiera resultar, ni en la autodestrucción en la que estoy incurriendo, hasta que termina llevándome a la misma.

Entonces, ¿qué hacemos, pastor? Bueno, Pablo nos dijo: "Yo tengo que tomar todo pensamiento que se levanta contra el conocimiento de Dios y llevarlo cautivo, llevarlo al cautiverio de Cristo, llevarlo a sus pies, someterlo." Por eso Pablo dijo que él no corría acomodando golpes al aire, no; que él golpeaba su cuerpo, que es una forma de decir: "Yo disciplino mi cuerpo, no sea que habiendo predicado a otros yo mismo sea descalificado." Pablo estaba consciente de que él no había terminado la carrera, que él podía ser descalificado, y que por consiguiente la única manera de poder seguir corriendo bien era disciplinando su cuerpo, hasta el punto de decir: "Yo golpeo mi cuerpo y lo hago mi esclavo." Como si Pablo le dijera a su cuerpo: "No voy a ser tu esclavo. Tú vas a ser mi esclavo. Yo tengo el poder del Espíritu y yo te voy a hacer mi esclavo."

Ahora bien, después que Pablo explica esas dos realidades del cristiano, él termina con dos clamores, como para dejarnos ver la mala noticia y la buena noticia. Clamor número uno: "¡Miserable de mí!" Claro, porque ¿quién quiere vivir esa vida, esa lucha continua? "¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?"

Algunos piensan que cuando Pablo usó la imagen de "este cuerpo de muerte", se estaba refiriendo a lo siguiente: en la Roma antigua había varias formas de condenar a la gente a la muerte. Una de esas formas era la crucifixión; te podían decapitar, como terminó Pablo, y Pedro probablemente también. Pero había otra manera: a la persona condenada la ataban a un cadáver, a una persona ya muerta, y la amarraban, de modo que los días que le quedaran —sin que se le diera nada desde ese momento— los pasara atado a ese cuerpo de muerte, con todo el hedor que eso conlleva.

Y quizás Pablo, tratando de pensar en una metáfora, estaba diciendo que la carne, que él cataloga de terrenal, de corruptible, esa carne es como ese cuerpo de muerte en el cual no hay nada bueno. Dice que me va a liberar de este cuerpo de muerte, que me va a sacar de estas amarras que yo tengo a esta carne corruptible, mortal, terrenal.

Pero de repente Pablo ahora dice: "Un momento, esa es la mala noticia. La buena noticia es", —versículo 25— "gracias a Dios por Jesucristo, Señor nuestro. Así que yo mismo, por un lado con la mente sirvo a la ley de Dios, pero por otro lado con la carne, a la ley de pecado." En otras palabras, mientras esta lucha termina, yo tengo que seguir ganando la batalla por medio del poder del Espíritu que mora en mí. Y gracias a que Cristo fue y compró mi vida, a precio de sangre pagó por ella. Ese Cristo es del que yo tengo que echar mano, y por consiguiente yo tengo que ya dejar de vivir mi propia vida para dejar que la vida que ahora vivo en la carne ya no la viva yo, sino Cristo en mí. Esa es la fórmula de Pablo, esa es la manera como tú puedes ganar la batalla.

El Señor Cristo fue a la cruz, y cuando fue a la cruz fue clavado allí, derramó su sangre, imputó su santidad, tomó tu pecado, pagó la penalidad del pecado y luego imputó su santidad a ti, si eres verdaderamente creyente. De manera que cuando te presentes frente al Padre, el Padre verá la santidad de Cristo, y por consiguiente ahora no tienes nada que temer, pero sí tienes mucho que honrar: una vida digna de su llamado. Tenemos mucho que honrar.

Déjame cerrar con esta ilustración. Quizás te ayuda a entender lo que Cristo hizo en la cruz mejor, y puedas entender mejor por qué tienes mucho que honrar. Tu vida y la mía debieran ser cruz-céntricas, Cristo-céntricas y cruz-céntricas, de manera que lo que llevó a Cristo a la cruz debe ser la manera como yo debo vivir también.

La historia cuenta de un padre que viajaba con su hijo en un auto. El hijo era altamente alérgico a las picadas de abeja; si una abeja lo picaba podía tener un choque anafiláctico, eso es un choque alérgico severo, podría morir de la picada. De repente una abeja entró al carro y comenzó a moverse. El niño tenía edad suficiente como para saber que estaba en peligro y comenzó a agitarse, estaba muy nervioso, se movía de un lado a otro, y junto con eso la abeja comenzó también a agitarse.

De repente el padre detuvo el carro y con su propia mano agarró la abeja. La abeja le picó al padre, y el padre abrió su mano y la abeja salió volando. El padre abrió su mano, fue a su hijo y le dijo: "Ya puedes estar tranquilo. La abeja me picó, y cuando me picó dejó su ponzoña en mí, de manera que ya no tienes nada de qué preocuparte."

De esa misma manera, cuando Cristo fue a la cruz, la muerte le picó, y cuando le picó a Cristo, Cristo conquistó esa muerte, de manera que tú y yo no tenemos nada que temer ahora, porque Cristo ha muerto en mi lugar y ha dejado crucificada la carne con toda su corrupción.

Por eso es que el apóstol Pablo les escribía a los corintios y les dice: "Pero cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción y esto mortal se haya vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: 'Devorada ha sido la muerte en victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh sepulcro, tu aguijón?'" Ya no puede hacer absolutamente nada. El aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado es la ley, pero a Dios gracias que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo. A eso estaba aludiendo Pablo: "¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? Gracias a Dios, en Cristo Jesús."

Allá en la gloria ya no tendremos que decir: "¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?" Y tampoco tendremos que decir que con la mente sigo a Dios y en mi carne sigo la ley de la carne. No, no, no; en la gloria diremos: "Gracias a Dios." Gracias a Cristo, tú fuiste mi garante cuando yo estaba en bancarrota moral y no podía pagar. Tú fuiste mi redentor cuando yo estaba en esclavitud del pecado, me compraste, me sacaste y me diste libertad.

Y ahora tú eres mi abogado defensor frente al Padre. Cuando peco, cuando fallo, cuando tropiezo, tú eres mi intercesor, y tú eres el mejor intercesor porque fuiste tentado en todo de la manera como nosotros somos tentados y puedes entender mi debilidad. Sí, tú eres mi Sumo Sacerdote, el Rey de reyes y Señor de señores, de manera que a ti sea el honor y la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Ese es nuestro Señor Jesucristo. Él es nuestro Redentor, Él es quien vive en mí, y es en Él y a través de Él que yo puedo vencer en la lucha. Y es por Él que nosotros debemos hacerlo, para honrar lo que nos ha dado. De esta manera ahora tienes una mejor idea de esta lucha continua, pero también tienes una mejor idea de dónde está tu ayuda y quién te puede ayudar. Por consiguiente, cuando nosotros nos frenamos en el camino es porque no hemos ido a buscar la ayuda oportuna, el oportuno socorro que está en Cristo, que tiene la capacidad de empoderarnos para vencer la carne y que el Espíritu que ha regenerado mi alma pueda vencer en la batalla.

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Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.