IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
El liderazgo en la iglesia no se limita a ancianos y diáconos; incluye a todo aquel que guía a otros bajo el nombre de Dios. Y lo que mantiene a estos líderes en su posición no es la grandeza de sus vidas, sino la grandeza del llamado y la gracia de quien los llamó. El llamado de Dios es mayor que las debilidades de su líder.
Cuando Pablo escribió a Timoteo, usó siete imágenes para describir lo que implica liderar al pueblo de Dios: un maestro que se reproduce en otros, un soldado disciplinado y dispuesto a sufrir heridas, un atleta que compite con rigor según las reglas, un labrador que siembra semilla ajena en terreno ajeno para un dueño que no es él, un obrero que maneja con precisión la palabra de verdad, un vaso santificado para uso honroso, y un siervo que permanece por amor a su Señor. La diferencia entre un asalariado y un siervo es enorme: el primero piensa en recibir y en privilegios; el segundo piensa en dar y en responsabilidades.
Tener integridad de corazón no significa ausencia de debilidades. Moisés, el hombre más humilde sobre la tierra, llegó a decirle a Dios que prefería morir antes que seguir cargando con el pueblo. Y Dios no lo reprendió; le ministró, le envió carne para el pueblo y setenta hombres para ayudarle. Dios sabe distinguir entre una falta de integridad y una debilidad de la carne. Los líderes son personas comunes colocadas en circunstancias extraordinarias, mantenidos no por su fortaleza, sino por la fidelidad de Dios a su propio llamado.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
Voy a hablar en este mensaje, en este día de hoy, acerca del liderazgo de la iglesia, pero voy a tomar un ángulo un tanto diferente a como ocurre en la mayoría de las series de este tipo o de los libros que se escriben acerca de la iglesia. Y es que cuando se habla de liderazgo en esas series o libros, prácticamente se limita a hablar de los requisitos para ser anciano o diácono, y yo a propósito en el día de hoy no voy a hacer eso. Porque entiendo que la iglesia tiene a muchos otros líderes que no son diáconos, no son ancianos, tiene mujeres líderes de mujeres que tampoco son ancianas o pastoras, y sin embargo necesitan entender el llamado y la responsabilidad de ser un líder bajo el nombre de Dios.
Y es por eso que, en vez de irme a esos requisitos, yo voy a ir a otro texto del apóstol Pablo que le escribía al mismo Timoteo. Aquí en él le habló de los requisitos de ser anciano o diácono, y posiblemente tome un par de mensajes diferentes para abordar el tema del liderazgo en la iglesia. Y este es el primero de esos pasajes: Timoteo capítulo 2, Segunda de Timoteo capítulo 2. Yo voy a leer algunos versículos donde está la enseñanza de mi mensaje, no voy a leer todos, y le voy a decir desde ahora cuáles estoy leyendo para que usted lo quiera marcar, porque luego solamente le voy a leer de corrido como si fuera un solo texto. Versículos 1 al 9, versículo 15, versículos 20 y 21, y versículo 24. Y ahora lo leemos como un todo.
"Tú, pues, hijo mío, fortalécete en la gracia que hay en Cristo Jesús. Y lo que has oído de mí en la presencia de muchos testigos, eso encarga a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros. Sufre penalidades conmigo como buen soldado de Cristo Jesús. Ningún soldado en servicio activo se enreda en los negocios de la vida diaria, a fin de poder agradar al que lo reclutó como soldado. Y también el que compite como atleta no gana el premio si no compite de acuerdo a las reglas. El labrador que trabaja debe ser el primero en recibir su parte de los frutos. Considera lo que digo, pues el Señor te dará entendimiento en todo. Acuérdate de Jesucristo, resucitado de entre los muertos, descendiente de David, conforme a mi evangelio, por el cual sufro penalidades hasta el encarcelamiento como un malhechor, pero la satisface de Dios no está presa. Procura con diligencia presentarte ante Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que maneja con precisión la palabra de verdad. Ahora bien, en una casa grande no solamente hay vasos de oro y de plata, sino también de madera y de barro, unos para honra y otros para deshonra. Por tanto, si alguno se limpia de estas cosas, será un vaso para honra, santificado, útil para el Señor, preparado para toda buena obra. Y el siervo del Señor no debe ser rencilloso, sino amable para con todos, apto para enseñar, sufrido."
Padre, gracias. En tu satisface tú tienes enseñanzas cuantiosas para ser un líder bajo tu nombre, para tu pueblo, bajo tu autoridad, para tu único honor y tu única gloria. En esta mañana ayuda a este, uno de tus siervos, a poder dignificar tu mensaje delante de tu pueblo. Es tu mensaje digno, pero delante de tu pueblo, a predicarnos de una manera digna. Ayúdame a balancear con gracia y verdad aquello que entiendo pusiste en mi corazón. Aléjame del error, mantenme en la verdad. En Cristo Jesús, amén.
Habíamos detenido temporalmente la serie acerca de la iglesia que Dios quiere para pasarnos unos cinco domingos revisando las grandes verdades, las cinco solas de la iglesia o del movimiento de la Reforma que sacudió a la Europa del siglo XVI. Y hoy hemos querido retomar la serie y comenzar a hablar, al final de esta serie, acerca de lo que implica ser un líder del pueblo de Dios.
Decía en la introducción que en muchas de estas series y libros, casi exclusivamente cuando se habla de líderes del pueblo, se limitan a desglosar los requisitos que se requiere para ser un anciano o pastor o diácono de la iglesia, pero que entiendo que la iglesia tiene muchos otros líderes que necesitan entender también el llamado que Dios les ha hecho. Y con eso, verdad, yo creo que nos va a permitir no solamente que nuestros propios líderes vuelvan a recordar a qué es que ellos han sido llamados, sino que ustedes como congregación tendrán un mejor entendimiento de cuáles serían sus expectativas para esos líderes.
Y con eso me lo hago decir inmediatamente: usted comienza a entender que un líder tiene expectativas, tiene expectativas de parte de Dios y tiene expectativas de parte de la gente que ellos lideran. Muchas de esas expectativas son altas, muchas son reales y otras son irreales. Y es bueno recordar eso, y sobre todo en nuestros días, porque tanto en el mundo secular como en el mundo cristiano, líderes últimamente nos han ayudado a entender la dificultad que los líderes tenemos hoy de llenar las expectativas de aquellos a quienes dirigimos.
En el mundo secular, alguien como el expresidente Bill Clinton, siendo entrevistado después de sus ocho años, decía que es extremadamente difícil para un gobernante llenar las expectativas de la población, porque hoy en día las expectativas y necesidades que la población tiene es mucho mayor que lo que cualquier presidente pudiera llenar. La misma observación ha sido hecha para la iglesia de este tiempo, y se ha hecho otra observación que agrava lo que yo acabo de decir. No es solamente que nuestras poblaciones son más egocéntricas y más demandantes, y por tanto con mayores exigencias, pero algo que ha sido observado en varias revistas y publicado y observado por varios de los líderes reconocidos de hoy es que el pastor de hoy en día tiene una enorme dificultad en llenar esas expectativas porque vivimos en un mundo cibernético.
Este mundo cibernético nos ha dado múltiples ventajas y desventajas. Nos ha ayudado a crecer, nos ha ayudado a ser alimentados, pero al mismo tiempo nos ha expuesto, por buena razón, a los grandes líderes y maestros de todos los tiempos, a los pastores de pastores. Y resulta que aquí tienes ahora un pastor en una iglesia de 50 a 100 personas, 200 personas, que está siendo comparado con los líderes de todos los tiempos, y resulta que no hay manera de que él, con un llamado diferente y equipado de manera diferente, porque así Dios lo ha determinado, pueda llenar las expectativas de las personas a quienes él ministra.
Al final del primer culto alguien pasó por mi lado y me dice que su hija vino de Miami, estuvo aquí en nuestra iglesia, y que después de pasar por aquí ella no quiere volver a su iglesia. Bueno, la gente que vivió en Palestina no tenía ese problema. Tú tenías una iglesia local donde Dios te había llamado y tú eras fiel a esa iglesia local. De manera que es bueno entender los tiempos que estamos viviendo, y por eso el título de este mensaje es "Un líder para este tiempo".
Sin embargo, habiendo dicho todo eso, yo no quiero minimizar las exigencias y expectativas reales que Dios pone sobre sus líderes. Yo quiero ayudar a balancearlas hoy, pero no quiero minimizarlas. Dios me libre de minimizar su estándar. Y la razón por la que Dios ha determinado que el estándar debe ser así de alto: en primer lugar, porque nosotros le representamos a Él, pero en segundo lugar, esto que Cristo dijo es muy real. Escúchame, en Lucas 6:40: "Un discípulo no está por encima de su maestro. Mas todo discípulo, después que se ha preparado bien, será como su maestro."
¡Wow! Líderes de la iglesia, yo no sé si eso les confronta, no sé si eso les estimula, los atemoriza, pero independientemente de la reacción que usted sienta, es una gran realidad. Usted tiene personas que le escuchan, que le siguen, y pasado tiempo con ellos, ellos pensarán y hablarán frecuentemente como el líder que los ha formado. Y si nosotros deformamos, lo que está deformado en nosotros lo duplicamos; mejor dicho, esa duplicación también resulta deformada en aquellos que van siguiendo el camino.
Yo creo que es importante que nosotros reconozcamos entonces a qué Dios nos ha llamado y tomemos muy en serio esto del llamado a liderar su pueblo. Al final de los tiempos, en el día del juicio, tendremos que dar cuenta de aquello que reproducimos en otros. Yo leí esta semana pasada un sermón de Jonathan Edwards, el sermón con el que se despidió de su congregación, una congregación que lo canceló, porque no hay otra palabra para describirlo. Se despidió de ellos, y él decía: "Yo no estoy seguro que esto va a ocurrir de esa manera, pero es una buena forma de verlo". Él decía: "En el día del juicio final, los pastores se pararán junto con la congregación que ellos lideraron delante del Señor, y allí Él aclarará todo lo que no estuvo claro, allí Él hará rendir cuentas a los pastores por aquellas cosas que no enseñaron bien, y allí les hará rendir cuentas a las congregaciones que oyeron el mensaje y no lo siguieron." Pero hay una manera, y hay un tiempo, y hay un día en que rendiremos cuentas, y como líderes nos tocará llegar a ese día en la manera en que Dios lo decida.
Ahora, yo decía, yo quiero balancear esto porque yo creo que hay mucho malentendido en ambas direcciones. Cuando tú revisas la historia de la Biblia, una de las cosas que aprendemos es que en estos líderes de la historia bíblica hay múltiples personalidades diferentes. Tú tienes a un Pedro impetuoso, que negó a Cristo tres veces en la hora de la prueba, y posiblemente alguien está pensando: "Pero eso fue antes de la crucifixión y antes de la resurrección." No, encontramos al mismo apóstol años después, después que Pablo ya había sido convertido, siendo confrontado públicamente por hipócrita. Yo no quiero rebajar el estándar ni quiero aplaudir la conducta de Pedro; yo simplemente quiero ayudarnos a entender que a veces tenemos una idea desbalanceada de lo que ciertamente es un líder, y yo espero que para el final del mensaje podamos tener una idea más clara.
Juan y Jacobo son los dos hermanos que fueron bautizados con el nombre de "hijos del trueno", y quien los bautizó con ese nombre es Cristo, y por buena razón. Estos son los hombres que llegan a Samaria, no los quieren recibir, ya siendo apóstoles. Con compasión apostólica, no en ausencia de ella, dicen: "Señor, ¿tú quieres que hagamos bajar fuego del cielo para que consuma esta gente?" En otras palabras, esta gente no son dignos de nosotros, y si tú estás de acuerdo, yo los quemo, los incendio, no lo pienso dos veces. El apóstol Juan, el apóstol Jacobo, estaban dispuestos a hacer eso. Pero esa no fue la única vez en que ellos desentonaron.
La última cena, horas antes de la crucifixión: "Señor, un favor. Cuando tú vengas en tu reino, yo puedo sentarme a mano derecha y él a mano izquierda. Uno por sí. Tú puedes ser el primero, pero segundo y tercero, ¿qué tú crees, Señor?" El texto dice que los demás, cuando lo oyeron, se enfurecieron. En otras palabras, me están quitando, me están arrebatando el puesto. Ellos también tenían la misma ansia de poder, pero estos se atrevieron hablarlo. Estos hombres fueron líderes de la iglesia primitiva.
Ahora la pregunta es: ¿qué es lo que ellos tenían en común? Bueno, en primer lugar tenían en común el llamado, que todos fueron llamados por Dios. En segundo lugar, tuvieron en común que estos hombres, cuando fallaron en su momento, no fueron descalificados de su llamado. Y en tercer lugar, tuvieron en común que la mayoría de estas grandes fallas ocurrieron en etapa temprana del llamado al liderar. Pero lo único que mantuvo a estos hombres en la posición que desempeñaron fue la gracia de Dios que les había hecho el llamado.
Yo quiero darte un principio sumamente importante del liderazgo, y sobre todo del liderazgo de Dios: el llamado de Dios es mayor que las debilidades de su líder. El llamado de Dios es mayor que las debilidades de su líder, y es la fidelidad de Dios a su llamado y la gracia en la persona que Él ha llamado que lo mantiene en la posición.
La primera característica es que ese hombre, líder de Dios, es llamado por Dios. Quien ha hecho esa búsqueda todo el tiempo es Dios. Nosotros no salimos a buscar una posición que Dios ha anunciado en unos periódicos. De hecho, decía Spurgeon en una ocasión que el siervo de Dios necesita entender que él no necesita anunciarse para que Dios sepa dónde está y con quién Él cuenta. Que la omnisciencia de Dios conoce exactamente quién es, con quién puede contar, qué tiene y qué no tiene.
Pero Dios se da a la búsqueda. Óyelo en Primera de Samuel 13:14: "El Señor ha buscado para sí un hombre conforme a su corazón." Y Ezequiel 22: "He buscado entre ellos alguno que levantara un muro y se pusiera en pie en la brecha delante de mí a favor de la tierra, para que yo no la destruyera, pero no lo hallé." El Señor se da a la búsqueda y busca alguien que pueda llenar la necesidad de la hora, en el momento, en el lugar en que Él lo coloca. Y conforme a ese llamado, le espera que él funcione.
Los llamados son individuales. En nuestros tiempos, para ayudarlo a ilustrar y usted lo pueda ver claramente lo que estoy tratando de decir: un R.C. Sproul ha sido llamado por Dios a levantar el concepto de la santidad de Dios dentro del pueblo de Dios y la idea de Su soberanía. De hecho, el lema de su ministerio es "despertando a tantas gentes como sea posible a la santidad de Dios." Otro hombre como John MacArthur ha sido levantado por Dios para defender la verdad de Su Palabra. Un tercero como John Piper ha sido levantado para promover el deleite en Dios. Un cuarto como Ravi Zacharias no ha sido levantado como pastor; ha sido levantado como apologista brillante para defender Su Palabra, sobre todo en centros académicos y en contra de los filósofos de nuestros días.
Y sin embargo, yo he estado presente en reuniones donde hemos comenzado a comparar estos hombres, y al final me di cuenta que el error que estamos haciendo es compararlos, porque no podemos comparar a un hombre con un llamado con otro hombre con un llamado diferente. Comenzamos a comparar peras con manzanas. Yo creo que eso es bueno para que cada uno de nosotros vaya entendiendo cuán grande es su llamado, a qué altura es que él tiene que elevarse, y cómo es que él debe funcionar. Al día del juicio, Dios nos va a hacer rendir cuenta por el llamado que nos hizo, no por el que le hizo a tu hermano de al lado, o al próximo líder, o anciano, o diácono, o líder de pareja, o quien sea que tú seas.
La primera característica es que ese hombre es llamado. La segunda característica es que cuando Dios llama a un líder al liderar a su pueblo, en el momento del llamado él no tiene ni la habilidad ni el carácter para hacer lo que Dios le está llamando a hacer. Y quizás alguien está diciendo: "Bueno, yo no entiendo cómo es eso, que Dios siendo todo santo va a llamar a una persona que no tiene ni el carácter ni la habilidad para hacer lo que su llamado requiere." No lo tiene. Eso es fácil de probar.
Abraham comienza como mentiroso. Jacob comienza como un engañador. Moisés como un asesino. Juan, Jacobo y Pedro como hombres impulsivos dispuestos a incendiar una aldea entera. Tomás, ver para creer, un incrédulo. Y Pablo como un perseguidor sanguinario, cruel de la iglesia por la que Cristo moría. Estos son sus comienzos, pero ellos fueron, cada uno de ellos, llamados. Esta es su primera característica: no estando calificados, fueron colocados en momentos y situaciones estratégicas.
Myles Munroe, en su libro acerca del espíritu de liderazgo, lo dice: los líderes son personas comunes colocadas en circunstancias extraordinarias. A veces pensamos en los líderes como, como dicen en inglés, "bigger than life", son más grandes que la vida. No, somos personas comunes colocadas en circunstancias y momentos extraordinarios por un Dios extraordinario que usa la debilidad nuestra para probar que Su poder se perfecciona precisamente en la debilidad. Y al final, entonces, Su gloria es vista a través de la debilidad de Su líder.
En tercer lugar, esto es crítico: un líder con un llamado genuino de Dios está dispuesto a dejar a un lado la seguridad de lo que él venía haciendo para abrazar el nuevo desafío o reto con todos sus riesgos que Dios pone delante de él. Él está dispuesto a deshacerse, a dejar a un lado la seguridad de lo que él venía haciendo para abrazar ahora el nuevo desafío, el nuevo reto con todos sus riesgos que Dios pone delante de él.
"Pastor, pero ¿dónde está eso en la Palabra?" Eso es fácil de probar. Abraham dejó su tierra y su parentela para ir a un lugar que él no conocía. Moisés dejó los tesoros de Egipto, dice el texto de Hebreos, escogiendo antes ser maltratado con el pueblo de Dios que gozar de los placeres temporales del pecado. Pedro, Juan y Jacobo dejaron las redes a la orilla del mar, sin saber quién les iba a alimentar en el futuro. Pablo dejó el judaísmo, su posición de fariseo, su posición de avanzado líder para seguir al Cristo que se le había revelado.
¿Y qué es lo que ocurre? ¿Qué es lo que le impulsa a abrazar los riesgos y a dejar a un lado la seguridad que era de lo conocido hasta ese momento? Es la pasión del líder, que lo lleva a hacer eso. Pero la pasión del líder es algo que viene con el llamado. El llamado trae consigo algo que es generador de pasión. Esa pasión generada en su interior lo empuja, dejando atrás la seguridad pasada y abrazando los riesgos futuros. La pasión es lo que lo empuja, pero la seguridad del líder es el Señor del llamado. La pasión lo empuja, pero la seguridad del líder es el Señor de su llamado.
¿Cómo sé yo entonces si Dios me ha llamado a ser líder? No es tan difícil. Una vez Dios pone eso en tu corazón y en tu mente, tu mente es arropada y tu corazón es consumido por eso que Él puso en tu interior. No puedes dormir, no puedes vivir sin pensar en esto. No puedes pensar que voy a continuar viviendo el resto de mis años sin hacer esto que Dios ha puesto en mí. Si yo puedo vivir sin eso tranquilamente, si yo puedo dejar eso que entiendes un llamado, ponerlo a un lado y vivir tranquilamente sin preocuparme, siendo simplemente un buen hijo de Dios, yo no tengo un llamado al liderar. Cuando lo tengo, no puedo continuar viviendo gozosamente, satisfactoriamente, pleno y lleno sin llevar a cabo eso que Dios ha puesto en mí. Es esa intranquilidad, es ese desasosiego espiritual, si se quiere, que lo empuja a lanzarse y abrazar nuevos riesgos y nuevos retos. Como él entiende que tiene eso, eso lo hace sentir seguro en su llamado.
Ahora, la seguridad de su llamado no le hace sentir orgulloso de sus dones, de sus talentos, de las oportunidades que Dios le da, porque él sabe quién es y lo que es solamente por la gracia de Dios. Y es importante que el líder lo reconozca. Una vez él entiende su llamado, una vez él entiende entonces, de acuerdo a su llamado, sus limitaciones, él sabe que necesita invitar a otros líderes a llenar aquellas debilidades e incapacidades que él tiene. Y como él sabe que necesita hacer eso, la invitación de otros líderes al equipo no le hace sentir amenazado ni nervioso, sino complementado, fortalecido. Él sabe que esto es necesario para que Dios pueda ser glorificado de la mejor forma posible: el reconocimiento de sus fortalezas y sus debilidades.
Usualmente el líder luego descubre lo monumental de su llamado. Él lo abraza, él tiene una pasión, lo que él no sabe a cabalidad es lo que ha abrazado. Y después que él está dentro, él comienza a descubrir: "¡Whoops! Esto no es tan fácil como yo creía, ni tan pequeño, ni tan manejable como yo pensaba." Y si lo piensas bien, no es poca cosa ministrar en el nombre de un Dios tres veces santo, a ovejas compradas por Su Hijo a precio de sangre y que están hoy habitadas por el Espíritu Santo. Eso es monumental: ministrarle a vidas que han sido compradas y ahora mantenidas por la Trinidad. Y luego Dios te dice: "Ve, ministrarles. Ve, lidéralas. Ve, guíalas. Ve, modélalas." Eso es extraordinario.
Esta es la razón por la que cuando Pablo le escribió a Timoteo, y ahora es cuando el mensaje de hoy comienza, él le da siete ilustraciones de lo que se supone que un líder es. Yo no sé si en la medida en que usted leyó el texto se dio cuenta de cómo Pablo comparó a ese líder con siete cosas diferentes, pero él le habló en ese texto que yo leí de que un líder es un maestro, un soldado, un atleta, un labrador, un obrero, un vaso y un siervo. Solamente la lista como que nos cansa. Esto es serio.
Primero, el líder es un maestro que se supone que él debe enseñar a otros hombres idóneos para que ellos enseñen a otros hombres idóneos. En pocas palabras, un líder de Dios está supuesto a enseñar y a reproducirse en otros. En la medida en que enseña, se reproduce en otros; él tiene que moldear a otros. Pero yo no puedo moldear a otros a menos que mi carácter haya sido moldeado primero. Por esa razón es que Dios se lleva a Moisés al desierto por cuarenta años para producir un Moisés.
Si él va a enseñar a otros y tiene que hacer eso, como dice más abajo, manejando con precisión esa verdad, se supone que un líder, aparte de ser un maestro, es primero un estudiante. Y no cualquier estudiante; para poder manejar eso con precisión es un excelente estudiante que entiende excelentemente bien la revelación de un Dios excelente, para reproducir en otros conocimientos y estilo de vida excelentes para nuestro Dios. Y eso es una tarea monumental. No puedo enseñar lo que no conozco; no puedo enseñar bien lo que no conozco bien, lo que no manejo bien.
El maestro es diestro de la información, él está más avanzado que aquellos a quien él lidera, él está más preocupado con eso que los liderados, él vive apasionado por aquello que tiene que enseñar y por aquello que tiene que estudiar. No hay que forzarlo a enseñar, no hay que forzarlo a estudiar; la pasión de su enseñanza es la pasión de su estudio: la revelación de Dios. ¿Qué le entiende? La necesidad de reproducir la revelación en las vidas de otros individuos. El don para enseñar es parte de nuestra responsabilidad.
De hecho, cuando Pablo le escribe a este mismo Timoteo en la primera carta —el texto de hoy está en la segunda, pero en la primera carta— y le habla de los requisitos para ser un anciano, le dice que tiene que ser apto para enseñar la palabra, y es "didáctico", que implica manejar con precisión la verdad al hablar, ser un buen comunicador y comunicarlo con pasión y con autoridad. Todo eso porque tiene que ver con una Palabra que es exactamente así: es autoritaria, es clara, da convicción. Y eso tiene que ser representado por ese vaso. Eso nos da una idea de dónde comienza la responsabilidad de aquellos que están liderando a otros: comienza con la necesidad de enseñarles cómo vivir para Dios.
Pero el líder de Dios, según Pablo, no es solamente un maestro; él es un soldado. Lo que Pablo está tratando es de usar imágenes en ausencia de recursos audiovisuales, usar imágenes que en la mente de los que estaban leyendo estas cartas, y la mente de los que la leerían posteriormente, pudiera crearse una idea. Y ahora cuando le habla de un soldado, ellos debieran pensar en lo que se requería, y se requiere todavía hoy, para ser un soldado.
Usualmente es un individuo disciplinado, respetuoso, cumplidor de su deber; sabe recibir órdenes, sabe cómo cumplir las órdenes. Reconoce las líneas de autoridad, es un individuo sometido. El soldado es entrenado largas horas, implica esfuerzo. El soldado no solamente es entrenado a través del esfuerzo, pero en su entrenamiento se le hace entender que el soldado es una persona que va a enfrentar riesgos, que no hay manera que él pueda ser soldado sin que enfrente los riesgos. Él va cuando va a la batalla y ya sabe que hay una alta probabilidad de ser herido físicamente.
El soldado cristiano, cuando entra a formar parte del ejército de Cristo, él necesita entender que hay una alta probabilidad, yo diría una absoluta seguridad, de que él será herido. Físicamente frecuentemente, emocionalmente. No hay manera que usted pueda ser un líder de Dios sin pasar por las experiencias de ser herido, criticado, juzgado, maltratado, a veces rechazado, como le pasó a Jonathan Edwards. No hay manera de que esas dos cosas puedan existir separadamente. Pero nosotros tenemos que preparar al soldado del ejército para enfrentar las heridas reales que van a venir a su vida, y de la misma manera tenemos que preparar al soldado de Cristo para las heridas reales que van a venir a la suya. La mayoría de las cuales serán emocionales, pero en algunos casos serán físicas y la pérdida de la vida.
Por eso es que Pablo le dice a Timoteo: "Sufre penalidades conmigo como buen soldado". Timoteo, tú has sido llamado a una tarea extraordinaria, y junto con eso vienen las penalidades. Dificultades. Estrecheces. Primera característica: él es llamado por Dios. Segunda característica: no están equipados, no tienen la habilidad ni el carácter al momento del llamado. Número tres: una vez llamados, están dispuestos a dejar a un lado la seguridad en lo que venían haciendo para abrazar el nuevo reto con sus riesgos. Y número cuatro: un líder de Dios está dispuesto a sufrir penalidades.
Limitaciones, incomodidades, cosas que quizás otros no están pasando, pero yo tengo que sufrirlas porque, por amor al nombre, por amor a Cristo, cuando somos llamados al ministerio, hay cosas que podemos hacer que quizás otros no pueden hacer, pero hay una enorme cantidad de cosas que otros están haciendo y disfrutando que ahora el ministerio no me permite hacer. Algunos de ustedes se ausentan algunos domingos y van no sé dónde; yo no puedo hacer eso. ¿Por qué? Porque tengo un llamado a estar en este púlpito, y si no estoy en este púlpito, seguramente estoy en otro púlpito. Pero eso es parte del llamado.
Él es un maestro, él es un soldado, pero Pablo dice también que él es un atleta. Lo que implica, hasta la idea de un atleta que está compitiendo, entrenándose para las olimpiadas: disciplina, esfuerzo, horas de sueño que otros tienen que él no tiene. Siempre recuerdo como ahora una de mis pacientes en el pasado, una joven que vino por algo que ahora no recuerdo. Cuando comenzamos a hablar en la entrevista, me dice que ella se levanta a las cuatro de la mañana todos los días. A las cuatro de la mañana. "¿Y qué tú haces?" "Tengo que estar en el centro olímpico entrenando para natación de cinco a siete de la mañana, todos los días." "¿Todos los días?" "De lunes a domingo, todos los días." "¿Y te gusta?" "Me encanta."
Oye, si yo fuera un obrero cristiano así, que si me gusta, me encanta, de cinco a siete todos los días de la mañana. Por eso es que Pablo dice: ¿Cómo es que esta gente? ¿Cómo es que las olimpiadas logran hacer que esta gente entrene de esa manera para una corona corruptible, y nosotros no podemos hacer que los soldados de Cristo entrenen de la misma forma para una corona incorruptible?
Pero eso es una vida de disciplina, de rigor, de esfuerzo, de dolor a veces. Como dicen los norteamericanos: "No pain, no gain". Si no te duele, no vas a ganar nada. Eso es parte de lo que nosotros necesitamos aprender. El apóstol Pablo, pensando todavía en las carreras y demás en las olimpiadas, dice, hablando de esta carrera: "Yo golpeo mi cuerpo y lo hago mi esclavo, no sea que habiendo predicado a otros, yo mismo sea descalificado". Obviamente no está hablando de golpes físicos, pero lo que está diciendo es: todas las pasiones del cuerpo y los deseos de la carne, lo que es más fácil, más conveniente, el camino de la menor resistencia, todo eso que le encanta a la carne, yo lo someto, lo golpeo, para que yo no sea descalificado en el camino y termine entonces no pudiendo ejercer la función para la cual Cristo me llamó. Eso una vez más nos habla del esfuerzo extraordinario.
De hecho, cuando el apóstol le escribe y habla de lo que es esta carrera cristiana, la palabra es "agón" en griego, de donde nosotros tenemos la palabra agonía. Esta carrera cristiana se supone que sea una agonía de cincuenta años, setenta, ochenta, para una eternidad de gozo. Por eso es que él dice que estas pequeñas aflicciones no valen la pena ser comparadas con lo que les espera a los hijos de Dios.
Él sabe, en el texto, que le dice que él compite de acuerdo a las reglas. Un atleta no quiere ser descalificado, de tal manera que después de cuatro años de entrenamiento vayas a las olimpiadas y por no conocer bien las reglas del juego seas descalificado. De esa misma manera, el atleta de Cristo necesita conocer bien su Palabra, no sea que en el camino él sea descalificado. Él no anda buscando la conveniencia, él no piensa de esa forma, él no corre de esa forma, él no compite tampoco de esa manera.
Pero no es solamente, de acuerdo al texto que leímos, un maestro, un soldado, un atleta. No, él es algo más: es un labrador. Cuando tú piensas en la idea de lo que era un labrador en esa época, el labrador sembraba con una semilla que no era de él, en un terreno que no era de él, para un dueño que no era él. Cosa que muchas veces todavía ocurre. Y eso es lo que nosotros somos: un labrador que está sembrando una semilla, su Palabra, que no es nuestra, en un campo que no es nuestro —los corazones de hombres y mujeres elegidos por Dios— para un dueño que no somos nosotros sino el Señor Jesucristo. Si te ves como un labrador, puedes entender mejor cuál es tu rol, tu función, y quién debe estar recibiendo la gloria y el honor.
Ahora, lo que Pablo sí está tratando de comunicar con esta figura del lenguaje, o con esta metáfora, es que sí hay grandes diferencias a la hora de la cosecha, porque nuestra cosecha está garantizada por el Señor de la cosecha. Y ahí no tenemos entonces nada que temer.
Él es un maestro, un soldado, un atleta, un labrador, pero dice el texto que también es un obrero que maneja con precisión la palabra de verdad, que no tiene nada de qué avergonzarse. Eso no voy a abundar en eso, porque hemos hablado tantas veces acerca de lo que implica. Pero sí quiero unir la idea de ese obrero con la séptima y última ilustración que Pablo usa en este texto acerca del llamado del líder cristiano, y es que le llama un siervo.
La palabra es "doulos". La mayoría de ustedes conocen que un doulos era un esclavo, un esclavo que tenía la habilidad de ser liberado, de quedar en libertad, pero decidía por amor a su amo permanecer esclavo de su amo y trabajar el resto de sus días para su amo. Usted tiene la libertad que quisiera de dejar de ser ese líder, usted tiene la libertad de irse al mundo si quisiera, pero si usted tiene un verdadero llamado, usted por amor al Amo y al Señor del llamado permanece trabajando para Él, sacrificadamente, por amor a quien le llamó.
El líder de Dios tiene que verse todo el tiempo como un siervo y no como un asalariado. El Señor no nos debe salario, no nos ha prometido salario. Lo que Él tenía que pagarnos nos lo pagó hace mucho tiempo, dos mil años atrás en la cruz, y le sobró menudo. El líder de Dios es un siervo.
Ahora, la diferencia entre el asalariado y el siervo es enorme. El asalariado piensa: resultados, complacer a mi dueño, éxito. El siervo dice: no, no, no, obediencia y sometimiento complace a mi dueño. La obediencia entiende que comienza en la mente con una idea, mueve el corazón y crea una intención, una pasión que mueve la voluntad a una acción.
Cristo, tratando de ayudarnos a entender lo que es la obediencia y que la obediencia no consiste en solo decir de palabra, contó una historia, una mini parábola de dos siervos. Uno vino y le dijo al amo: "Sí, lo voy a hacer", y al final no lo hizo. ¿Les suena familiar? Otro dijo: "No lo voy a hacer", y al final terminó haciéndolo. Cristo preguntó: "¿Cuál de estos dos siervos realmente obedeció?" Es obvio que no es lo que digo lo que importa, es lo que hago, y Dios sabe evaluar la diferencia.
El siervo muchas veces renuncia a aquello que parece dar felicidad a la carne en aras de su felicidad eterna. El asalariado piensa en recibir. Por tanto, cuando al asalariado le piden que dé, dice: "¿Y por qué tenemos que dar y por qué tenemos que llenar esa necesidad?" El siervo piensa en dar, porque él sabe que es más dichoso dar que recibir, él sabe que el Señor ama al dador alegre. El siervo, su interés no es "dame", su interés es "toma". Enorme diferencia entre el asalariado y el siervo.
El asalariado piensa en privilegios: "Me ascendieron, me promovieron", y les manda un texto a todos sus amigos: "Me ascendieron hoy". El siervo piensa en responsabilidades: "Me ascendieron hoy, pero tengo mayor compromiso". El asalariado no trabaja con tanto esmero cuando otros no lo están haciendo: "Ah no, no voy a afanarme por eso. Yo veo al de la oficina del total, al final a él le pagan lo mismo y a mí también". El siervo trabaja exactamente igual, trabajen los otros sí o no, porque él no trabaja para el otro, por el otro, ni le pagan el salario del otro. Él trabaja para su Señor y ante su Señor él se va a parar y rendir cuentas, independientemente de cómo otros hayan hecho su responsabilidad o no.
El siervo sirve. Dietrich Bonhoeffer decía: "La medida de un hombre no es cuántos siervos él tiene, sino a cuántos hombres él les sirve." Ahí está. No es qué tan grande ha llegado a ser su organización y cuánta gente él tiene debajo. No, no, no, no es eso. Es a cuántos hombres él termina sirviéndoles.
Pero cuando nos dice que ese líder de Dios no es solamente un maestro, un soldado, un atleta, un labrador, un obrero, un siervo, dice algo más: dice que es un vaso. Y uno de los versículos que les decía es que si uno se limpia de estas cosas, será un vaso para honra, santificado, útil para el Señor, preparado para toda buena obra. Un vaso es un instrumento.
Ahora, mira lo peculiar de esto que Pablo dice: "Si uno se limpia". Mira lo que no dice: "Si Dios lo limpia". Por supuesto, Dios es quien hace la limpieza al fin de cuentas, sí es Dios. Pero Pablo está tratando de llamar la atención sobre algo que muchas veces sus hijos y líderes no acaban de entender. Y es que nosotros tenemos una responsabilidad enorme de hacer aquellas cosas que Dios me capacita para hacer. Dios me limpia y me lleva hasta un momento y me dice: "De aquí en adelante, yo ahora te he capacitado, he puesto en ti los dones, talentos, gracia, poder, responsabilidad, oportunidades, ocasiones para que te limpies el resto del camino."
Quizás una buena ilustración, no estoy diciendo con esto que eso fue lo que Cristo quiso enseñar en esa ocasión que voy a mencionar, pero es una excelente ilustración: la tumba de Lázaro. Lázaro sale fuera, Lázaro se levanta. Él les va a decir: "Ustedes lo desamarran, yo no lo voy a hacer todo. Yo puedo levantar a Lázaro sin amarras, pero quiero que entiendan que yo hago lo que ustedes no pueden hacer, y a ustedes les toca hacer lo que ustedes sí pueden hacer y saben hacer: desamarlo."
De esa manera, Pablo dice: "Si uno se limpia, entonces será un vaso santificado para honra, para un uso honroso." Y este vaso tiene que estar santificado. Por algo decía este pastor presbiteriano de la primera mitad del siglo XIX, Robert Murray McCheyene: "El éxito está condicionado en buena medida a la pureza y perfección del instrumento o del vaso. No es el talento lo que Dios más bendice, sino la semejanza con Cristo." La bendición es directamente proporcional, no con el número de oraciones, no con el número de veces que leí la Biblia, sino con la semejanza al carácter de Cristo.
Y para los que recuerdan claramente la responsabilidad que yo tengo, Murray decía que el éxito está condicionado a la santificación del vaso. Y no pudiera decir: "Bueno, pero nadie puede estorbar los planes de Dios." Oh no, nadie puede estorbar los planes de Dios. Pero hay algo que yo puedo hacer que impide que Dios haga en mí lo que Él se propuso hacer. Se dirá: "¿Y qué es eso?" Pecado en mi vida. Dios se rehúsa a suplir su gracia, su santidad, su poder, su verdad a través de un vaso no preparado, a través de un vaso que después de limpiado se ensució, a través de un vaso que no ha querido limpiarse a sí mismo como Pablo le llamaba a Timoteo.
Un líder con prácticas pecaminosas deshonra, deshonra el estándar que él predica o enseña, y deshonra al pueblo al cual él le ministra. Me es decir, es otra vez: un líder con prácticas pecaminosas deshonra, deshonra el mensaje que él predica, y deshonra al pueblo al cual él está tratando de ministrarle.
Es la razón por la que un líder de Dios necesita ser un hombre de integridad. Un hombre que es el mismo en la luz que en la oscuridad. Un hombre que no pretende tener virtudes en su corazón que él no tiene en su vida exterior. Un hombre que conoce sus limitaciones, que vive enfocado en el carácter y no en su reputación. Un líder de integridad sabe que el hecho de que Dios le llama es razón suficiente para que cuando él dé su palabra, él mantenga su palabra, y cuando él falte a su palabra, él hace lo indecible por cumplir con su palabra. Un líder de integridad no dice una cosa hoy y hace otra cosa mañana. Eso implica un líder de doble ánimo, tiene un doble estándar, y lamentablemente eso ocurre con tanta frecuencia en el día de hoy.
El tener integridad de corazón, y esto va a contribuir a balancear algunas ideas que tenemos acerca de los líderes, el tener integridad de corazón no es lo mismo que ausencia de debilidades. La debilidad del líder o líderes no está relacionada a su integridad, está relacionada a su humanidad muchas veces. La debilidad del líder o líderes no está relacionada a su integridad, sino a su humanidad. Y eso es fácil de probar en la vida de un gigante de la fe, uno de mis héroes del Antiguo Testamento, probablemente mi héroe número uno en el Antiguo Testamento: el siervo de Dios, Moisés.
En un momento dado, Números capítulo 11, versículo 11: "Entonces Moisés dijo al Señor: ¿Por qué has tratado tan mal a tu siervo? ¿Y por qué no he hallado gracia ante tus ojos para que hayas puesto la carga de todo este pueblo sobre mí? ¿Acaso concebí yo a todo este pueblo? ¿Fui yo quien lo dio a luz para que me dijeras: llévalo en tu seno, como la nodriza lleva al niño de pecho, a la tierra que yo juré a sus padres? ¿De dónde he de conseguir carne para dar a todo este pueblo? Porque claman a mí diciendo: danos carne para que comamos. Yo solo no puedo llevar a todo este pueblo porque es mucha carga para mí. Y si así me vas a tratar, te ruego que me mates, si he hallado gracia ante tus ojos, y no me permitas ver mi desventura."
¡Wow! Moisés, dice Dios en su Palabra, era el hombre más humilde. No hubo uno sobre la faz de la tierra como él. Y en este momento de debilidad le está diciendo a Dios: "¿Por qué es que me tratas tan mal?" Este es el mismo hombre que le está diciendo a Dios: "Si tú tienes alguna gracia conmigo, ¿saben cuál es la mejor gracia que puede darme? Que me mates."
Lo extraordinario de este evento, y estuvimos caminando como Moisés por más de un año, recuerdan, ustedes que anduvieron conmigo en este evento, es que cuando Dios decide ver cómo Moisés está, no lo reprochó, no lo corrigió. ¿Saben lo que hace? Le ministra. Le busca la solución, le trae la carne al pueblo, y le manda a buscar setenta hombres sobre los cuales Él iba a poner su Espíritu sobre ellos para que ayudaran a llevar la carga.
¿Saben por qué? Eso no fue una falta de integridad de parte de Moisés, eso fue una debilidad de su carne, y Dios sabe hacer la diferencia entre una cosa y la otra. Y en el momento en que Moisés lo necesitaba, estaba precisamente ese Dios extraordinario que coloca a hombres comunes en circunstancias extraordinarias que son más grandes que su fortaleza. Pero esa es una de las cosas que el líder de Dios sabe hacer, una de las cosas que el líder de Dios con integridad sabe hacer.
Él sabe a dónde ir. Él sabe que Dios puede escuchar. Él es honesto con Dios. Cuando habla con Dios, él no le disfraza la verdad, no trata de minimizarla, no trata de pintársela, no trata de razón, no trata de raro, no trata de justificarse. Él le dice a Dios las cosas como las siente. ¿Saben por qué? Porque él sabe que Dios puede oírlas.
Imagínense que el próximo domingo yo venga aquí donde ustedes y les diga: "Hermanos, yo estoy cansado de ustedes. No puedo más, me agoté, yo estoy renunciando hoy". Ustedes no pueden oír eso. La noche anterior, yo voy donde Dios y le digo: "Señor, estoy cansado de ellos. No puedo servir más, me agoté, yo renuncio". Y si Dios sabe que esto es una consecuencia de mi humanidad y no de mi falta de integridad, esta noche me va a ministrar, a fortalecer, a visitarme, a levantarme, y me va a preparar para que al otro día yo pueda ministrarle al pueblo del cual yo estaba cansado. Dios sabe la diferencia entre mi debilidad y mi falta de integridad.
El líder de Dios sabe dónde ir. El líder de Dios no está dividido ni en mente, ni en corazón, ni en su voluntad. Él tiene su mente, su corazón y su voluntad alineadas con un solo propósito: el propósito de Dios. Y en el camino tú no lo encuentras, lo que no viste en Moisés. Tú no encuentras a Moisés yendo donde el pueblo diciendo: "Estoy cansado de Dios, Él no me ha tratado bien, Él no me ha dado suficiente gracia. No sé para qué Dios me llamó". No, Moisés habló de una manera similar, pero con Dios. Él sabe dónde ir, él sabe a quién decirle las cosas, él sabe dónde descargar, él sabe quién lo puede oír y quién le puede entender y quién le puede ministrar. Y en la intimidad Dios sabe hacer la diferencia entre una falta de integridad y una simple debilidad de la carne en la que nosotros estamos viviendo.
Pero que Dios nos ayude a balancear la imagen que tenemos de lo que son los líderes. No son bigger than life, no son mayores que la vida. Son hombres comunes, son hombres comunes con debilidades, que somos mantenidos en una posición no por la grandeza de nuestras vidas, sino por la grandeza del llamado y de la gracia de quien nos llamó en primer lugar. El llamado de Dios es mayor que nuestras debilidades.
Padre, te damos gracias. Gracias por ayudarnos a entender a través de tu Palabra las demandas, las exigencias, las expectativas reales que tú tienes de nosotros. Y al mismo tiempo, ayúdanos a entender nuestras debilidades en la carne, como tú entiendes nuestra integridad versus nuestras debilidades humanas, como tú haces la diferencia. Y gracias, Dios, por ser quien eres y tratarnos como lo haces en Cristo.