IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Miguel Núñez • 13 noviembre, 2022
El privilegio del cristiano incluye dos dimensiones inseparables: creer en Cristo y sufrir por Él. Filipenses 1:29 lo establece con claridad, y la vida del apóstol Pablo lo ilustra de manera contundente. Desde su conversión, Dios le reveló a Ananías que Pablo era un instrumento escogido para llevar el evangelio a gentiles, reyes e israelitas, pero también para padecer por su nombre. Esta realidad —que el llamado, el dolor y el gozo están entretejidos con la gloria de Dios— transforma la manera en que enfrentamos las dificultades.
Pablo escribió la carta del gozo desde una cárcel fría y oscura en Roma, encadenado a soldados de la guardia pretoriana. Sin embargo, en lugar de quejarse, celebró que sus prisiones habían resultado en un mayor progreso del evangelio. Los nueve mil soldados de élite escucharon de Cristo, y al final de la carta Pablo envía saludos de "los santos de la casa del César". Dios encadenó al evangelista, pero desencadenó la palabra.
Cuando nuestros ojos están fijos en nosotros mismos, solo vemos las cadenas; cuando miramos los propósitos de Dios, vemos el fruto. Job conocía a Dios de oídas y cuestionaba su sufrimiento; cuando lo vio por quien realmente es, sus preguntas cesaron. Lo que necesitamos en medio de la tribulación no es conocer la razón del dolor, sino conocer a Dios. El pastor Núñez comparte la historia de una madre cuyos brazos quedaron desfigurados al rescatar a su hija de un incendio. Sus cicatrices, antes motivo de vergüenza para la niña, se convirtieron en testimonio de amor sacrificial. Así también las llagas de Cristo sanaron las heridas de nuestro pecado, recordándonos que muchas veces debemos sufrir bien para que otros sean salvos.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
Bueno, yo quisiera entrar directamente en el tema. Como todos conocemos, con la gracia de Dios, en medio de todo eso que se estuvo haciendo, pues sabemos que el trabajo lo hizo el Espíritu de Dios, en la medida en que tomaba la palabra expuesta y la aplicaba de forma personal a aquellas que estuvieron escuchando.
Entonces, mi intención esta mañana es como concluir el fin de semana, en cierta forma, dándole continuación al tema que iniciamos el viernes en la noche, que tenía que ver con el hecho de que el gozo del Espíritu es tu fortaleza y al mismo tiempo es la marca distintiva del hijo de Dios. El gozo del Espíritu es tu fortaleza, pero es también la marca distintiva de aquel en quien mora el Espíritu Santo.
Yo no sé cómo las demás iglesias o ministerios planifican sus conferencias, pero en cuanto a nosotros se refiere, usualmente estamos tratando de servirle a las iglesias locales, tratando de brindar una respuesta bíblica a las condiciones de la iglesia contemporánea y al mismo tiempo en respuesta a situaciones que quizás están afectando a la sociedad y que pudieran haberse infiltrado ya en la iglesia.
Y menciono esto porque en la apertura de mi mensaje el viernes en la noche, yo mencionaba que nosotros vivimos —para que yo estuviera aquí— en la sociedad más educada, más desarrollada, más tecnológica, más conectada y con mejor expectativa de vida, y sin embargo, de acuerdo a todos los estudios sociológicos, tenemos la generación más insatisfecha. Increíble la gran contradicción o paradoja. Y decía que en medio de esa insatisfacción, la posibilidad de poder exhibir el gozo del cristiano ante una generación insatisfecha pudiera ser un testimonio poderoso que pudiera resultar incluso en que llamemos la atención de algunos y que estos pudieran terminar buscando en Dios, la única persona en quien ellos pudieran encontrar el gozo que ellos no tienen.
En medio de eso, lo que Dios estaba haciendo y buscando qué compartir para esta semana, el día de ayer oí una conversación, como de una hora y media, entre John Piper y John MacArthur, que fue muy enriquecedora. Y bueno, la verdad es que MacArthur hablaba de lo hostil que el mundo se ha ido volviendo, o que el mundo es, en contra de la fe cristiana, hasta el punto que él considera su sociedad básicamente una sociedad pagana. Y con eso él daba varios ejemplos de por qué él decía eso. Entre ellos, el hecho de que el gobernador de California, donde está su iglesia, Gavin Newsom, usó blasfemamente la Biblia para justificar la muerte violenta en el vientre de las madres, lo que nosotros llamamos aborto. Él dice que eso fue demasiado y con eso él hizo una carta pública denunciando al gobernador y llamándolo a que se arrepintiera de su iniquidad.
El pastor Piper no hizo exactamente lo mismo en el pasado, pero lo hizo desde el púlpito cuando el presidente Barack Obama habló de que él quería que sus hijas tuvieran la misma libertad sexual que el resto de los hombres. Él decía: "Yo recuerdo el estrépito que hice, hace varios años, que decía: no, señor presidente, no, señor presidente."
Por otro lado, Piper hablaba de que nosotros como iglesia —y es donde entra mi mensaje— nosotros como iglesia, bien debemos preparar la congregación para ser mártires en un futuro no muy lejano. Ya aprendí la fortaleza de carácter para morir por la causa de Cristo, por la gloria de Dios, como lo hicieron muchos en el pasado y lo siguen haciendo hoy muchos en múltiples naciones donde el cristiano está siendo perseguido.
Los comentarios de ambos hombres, que cuando tú los unes suman casi noventa años o más de noventa años de experiencia ministerial, fueron enriquecedores, pero eso me envió en un como viaje de meditación a lo largo de todo el día de ayer, gran parte de la noche, gran parte de la madrugada. Si hay algo que quedó claro es que estos hombres conocen los tiempos que están viviendo y al mismo tiempo conocen la naturaleza de nuestro llamado. Entonces eso me llevó a traer este mensaje en el día de hoy, que tiene el título de "Tu llamado, dolor y gozo entretejidos sabiamente con la gloria de Dios." Tu llamado, tu dolor, tu gozo, estaban —sabiamente es la palabra que se me quedó fuera— entretejidos con la gloria de Dios. Y ahí en ese título cada palabra cuenta: llamado, dolor, gozo, gloria, entretejidos y sabiamente.
Y si vamos a comenzar con explorar un poco la naturaleza de nuestro llamado, escucha lo que dice Filipenses 1:29, un versículo muy conocido para nosotros: "Porque a ustedes se les ha concedido por amor de Cristo, no solo creer en él, sino también sufrir por él." Se nos concedió eso, se nos concedieron dos privilegios a la hora del llamado: creer en Cristo y sufrir por Cristo. Si tú te grabas eso en la mente y luego lo vives en tus días, eso cambiará radicalmente tu forma de pensar, tu carácter y tu caminar: que tú tienes dos privilegios concedidos por gracia, uno es creer en Cristo y el otro es sufrir por él.
Pero comenzando este mensaje, vamos a ver de qué manera el apóstol Pablo entendió esto y cómo el entender la naturaleza de su llamado le permitió experimentar gozo en las peores circunstancias. Tú conoces que Pablo era un perseguidor de la iglesia. Pablo en cierta medida odiaba a los cristianos, los perseguía, y un día en una de esas persecuciones iba camino a Damasco tratando de encontrar algunos cristianos allá y traerlos a Jerusalén. Cristo se le aparece, Cristo le habla, le dice: "Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?" Y en ese encuentro, pues Saulo no solamente quedó convertido sino que quedó ciego: convertido y ciego.
Dios se le aparece a un discípulo que vivía en Damasco, para donde Pablo iba a ir, donde terminó, y allá, pero ya ciego, ya convertido, de nombre Ananías. Y entonces Ananías no quería ir, conocía a Pablo, conocía que era un perseguidor, era un hombre peligroso, y Cristo tuvo que convencerlo para que fuera. Y estas fueron sus palabras. Pero el versículo 15 de Hechos 9, en la Nueva Versión Internacional: "El Señor le dijo: Ve, porque él —Pablo— es mi instrumento escogido para llevar mi nombre en presencia de los gentiles, de los reyes y de los israelitas, porque yo le mostraré cuánto debe padecer por mi nombre."
Pablo fue escogido para su salvación personal —eso fue una elección que Dios hizo—, Pablo fue escogido para salvación de muchos más, y Pablo fue escogido para sufrir por su causa. La elección soberana de sus instrumentos siempre ha sido la manera natural de Dios llevar a cabo la formación y transformación del mundo. Es una elección soberana, es la forma natural de Dios llevar a cabo la formación y transformación del mundo, a un alto precio a sus instrumentos, a un alto precio a sus instrumentos que somos nosotros.
Si no abrazas esa dimensión de tu llamado y de tu salvación, siempre estarás insatisfecho, la queja de carácter será tu vida, siempre pensarás que la vida es injusta, y con cierta frecuencia tendrás ciertas dudas del carácter fiel de nuestro Dios. Dios eligió a Pablo, pero Pablo no llenó una aplicación para esa posición. Pablo tampoco se ofreció voluntariamente, Dios hizo una elección soberana. Y de ahí en adelante, Pablo sería por unos años el instrumento número uno de nuestro Dios para llevar la palabra a gentiles, a reyes y aun al pueblo de Israel.
El llamado al privilegio de creer el evangelio, de proclamar el evangelio, siempre viene acompañado del privilegio de sufrir por el evangelio. Subraya la palabra privilegio: el privilegio de ser salvo por el evangelio, creer el evangelio, vivir el evangelio, proclamar el evangelio, viene acompañado del privilegio de sufrir por el evangelio. Pablo lo entendió así, lo abrazó, lo vivió y lo disfrutó, porque tu llamado y tu gozo están entretejidos.
El llamado de Dios nunca ha sido diferente, nunca ha sido diferente. Fue así en la vida de José —se estuvo una fuente judía que habla de doce años en la prisión, aunque eso no está claro, pero pudo haber sido—. Fue así en la vida de Moisés, fue así en la vida de Daniel, fue así en la vida de Jesús, fue así en la vida de Pablo. Ahora, en todos ellos su conocimiento de Dios les permitió sufrir bien. Y una de las cosas que yo quiero que tú te lleves hoy es que tu conocimiento de Dios determina cómo sufres.
Porque como bien dice Paul Tripp, tú no solamente sufres lo que estás sufriendo, sino que tú también sufres la manera como estás sufriendo lo que estás sufriendo. ¿Se entendió? Unos dijeron que sí, otros dijeron que no, de manera que ahora no sé. Paul Tripp dice —yo creo que es muy sabio esto— que no solamente tú sufres lo que sufres, sino que tú también sufres la manera como sufres lo que estás sufriendo. Ahora se entendió.
Ok, no todo el mundo sufre de la misma manera lo que ellos están sufriendo. Pueden estar experimentando la misma cosa, pero no experimentando la misma forma. Y eso es exactamente así en cada uno de nosotros. Tu conocimiento de Dios determina cómo sufres. Entonces, en medio de tu dolor y de la tribulación, tú necesitas conocer a Dios y no la razón de tu tribulación. En medio de tu tribulación, tú necesitas conocer a Dios y no la razón de tu tribulación.
Cuando Job conocía a Dios de una manera, él tenía dudas acerca de por qué él estaba sufriendo. De hecho, no solamente que él tenía dudas acerca de la razón por la que él estaba sufriendo, él estaba seguro de que él no tenía razón para estar sufriendo como él estaba sufriendo. Y en algún momento, incluso comenzó como hasta a cuestionar de cierta manera el carácter de Dios. Pero una vez que él conoció a Dios de otra forma, sus preguntas se terminaron, confió en Dios, y Dios nunca le dio respuestas a sus preguntas. De manera que Job prueba que en medio de la tribulación yo necesito conocer a Dios y no la razón de la tribulación.
Nosotros tenemos un llamado al sufrimiento. Esto está claro, Filipenses 1:29 dice que se les ha concedido el privilegio de creer en Cristo y también el privilegio de sufrir por él, pero de sufrir bien, de sufrir con propósito. Y todavía más: de sufrir bien, sufrir con propósito y sufrir gloriosamente. Esto es la clave: no vergonzosamente, no de manera de aceptación y derrota.
No, gloriosamente, porque cuando nosotros sufrimos bien ponemos de manifiesto el valor de la sangre derramada por nuestra salvación. Cuando tú sufres bien, tú pones en despliegue el valor de la sangre que se derramó por tu salvación, y ahora tú sufres con gozo. Pero también nosotros ponemos en despliegue el poder de la gracia, de la gracia que nos sostiene en medio de la dificultad. Una gracia que es capaz de sostener a un hombre colgado de una cruz y bendecir a aquellos que lo clavaron, que lo pegaron contra el madero.
Y después, lo que la cruz hizo. Nunca subestimen el poder de la gracia de Dios para convertir a otros cuando sufrimos bien. No lo desestimes, otra vez: hay muchas cosas que, si tú tienes un lápiz, un papel o un celular o algo para anotar, nunca subestimes el poder de la gracia de Dios para convertir a otros cuando sufrimos bien.
El ladrón en la cruz creyó en Cristo cuando lo vio ahí clavado junto a él en silencio, escuchando los insultos del otro ladrón, a quien el primer ladrón entonces trató de detener y reprendió incluso por lo que profería en contra de Cristo. Y Cristo allí, el único justo, el único inocente de los tres, sufrió bien, no abrió su boca. El centurión al pie de la cruz confesó a Cristo como el Hijo de Dios cuando lo vio sufrir bien y morir bien, porque ya estaba muerto. Tomás el discípulo creyó en el Cristo cuando este se le apareció y le mostró sus llagas sin reprender su incredulidad. Y sus heridas y el amor por los suyos hablaron para Tomás por mil volúmenes que se hubieran escrito.
Dios no solamente elige de forma soberana a sus instrumentos, como ya hablamos y lo estamos viendo y lo vimos de la vida de Pablo, sino escucha: Él elige también de forma soberana los sufrimientos a través de los cuales debemos atravesar. Y cuando estamos en medio de esas circunstancias, lo más común es que Dios no nos dé una explicación de por qué nos ha hecho pasar por aquello que estamos atravesando hoy en medio de la tribulación en la que me encuentro, sino que Él más bien trata de susurrarnos en el interior: confía, confía en mí, en mis propósitos, en mi gracia, en mi providencia, en mi amor, en mi poder y en mi sabiduría, confía. No solamente en mí, sino en mis atributos.
El apóstol Pablo confió en Dios, conoció a Dios, y eso le brindó una perspectiva completamente distinta de los sufrimientos por los cuales él atravesó, le permitió ver su vida por encima del sol. Como estamos hablando de la naturaleza de nuestro llamado, estamos hablando ahora de lo importante que es que yo pueda entender que mi llamado está unido, está entretejido con mi sufrimiento.
Entonces, yo quiero continuar desarrollando esa idea con el apóstol Pablo, de quien varios de nosotros y de ustedes estuvieron hablando en el día de ayer, porque Pablo escribió la carta del gozo a la iglesia de Filipos. Y Pablo la escribió estando en una cárcel fría, oscura, solo, no había nadie con él. Y Pablo, entendiendo que él estaba en aquel lugar por designio de Dios, vio su prisión de una manera distinta.
Este texto que leyó Katy para las mujeres que estaban aquí, de Filipenses uno del 12 al 14, es el que yo quiero volver a leer para explorar: "Quiero que sepan, hermanos, que las circunstancias en que me he visto han redundado en mayor progreso del satisfacer evangelio, de tal manera que mis prisiones por la causa de Cristo, mis prisiones por su causa, se han hecho notorias en toda la guardia pretoriana y a todos los demás. La mayoría de los hermanos, confiando en el Señor por causa de mis prisiones, tienen mucho más valor para hablar la satisfacer palabra de Dios sin temor."
Cuando Pablo habla de la circunstancia en la que él se encontraba, en el contexto inmediato se estaba refiriendo a la prisión ahí en Roma, pero en sentido general se refirió a los sufrimientos, persecuciones, acusaciones y prisiones diferentes en las que él se encontraba por la causa del evangelio. Le dijo: han tenido un efecto. Y Pablo, en medio de eso, escribe una carta, la carta del gozo. ¿Sabes por qué? Porque él tuvo claro, a partir de cuando él fue llamado, que no se trataba de él. Si hubiese sido por él, hubiese continuado persiguiendo la iglesia hasta entrar al infierno. Pero hermano, tampoco se trata de ti, y tampoco se trata de mí.
Mientras más pensemos que se trata de nosotros, más nos quejamos. Si tuviéramos un quejómetro para medirlo, así mismo el quejómetro registraría un alto índice de egocentrismo. Nuestras quejas revelan que estamos viviendo con la perspectiva del viejo hombre y no con la del nuevo.
Como Pablo supo que no se trataba de él, Pablo no se enfocaba en lo que a él estaba pasando. No, él se enfocaba en lo que Dios estaba haciendo. Esta es la razón por la que les escribe que sus prisiones han redundado en un mayor progreso del evangelio. Pablo no estaba diciendo: "Mira, ayer no me dieron comida, la cárcel no me la limpiaron" —que dudo que lo hayan hecho— "la cárcel huele mal." No, él estaba viendo otra cosa, y es que esto está resultando en un mayor progreso del evangelio.
En cambio, cuando nuestros ojos están sobre nosotros, cualquier dificultad o sacrificio es un problema. La cosa más pequeña es un problema, nos cambia el ánimo, nos irrita, nos descompone. Es más, me arruina el día. Y hablamos: "Yo iba tan bien y mira, oye lo que me dice, eso me arruinó el día." Imagina, te imaginas a Pablo en la prisión diciendo: "Oye, qué me arruinó el día, y yo aquí en esta prisión y no me puedo mover y no me dan comida."
Cuando mi mirada está en el satisfacer Reino de Dios, en medio de las peores circunstancias y de los mayores sacrificios, nosotros somos capaces de experimentar gozo, porque de repente comenzamos a ver cosas que otros simplemente no pueden ver. Esto es lo que estaba pasando con Pablo. Y cuando nosotros logramos verlo, ver la obra de Dios, ver el tapiz que Dios está entretejiendo, el gozo comienza a brotar en nosotros. Si ustedes pudieran ver que mi corazón está sonriendo, ustedes pudieran decir que se está sonriendo.
Esa es la razón por la que Cristo, o mejor dicho Pablo, habló de una paz que trasciende el entendimiento. Es que es inentendible que tú puedas estar en paz y en gozo en medio de circunstancias tales en las cuales uno se encuentra.
Ahora, resulta que uno pensaría que la prisión de Pablo iba a ser como un obstáculo para el avance del evangelio. Eso es lo que sería como lo más natural, pero el evangelio seguía progresando. La fe cristiana es la paradoja más grande de todas. Recuerda que una paradoja no es una contradicción, es algo que en la superficie parece una contradicción, pero el análisis más profundo revela que no lo es; simplemente es algo que parece.
Entonces, mira la paradoja de la fe cristiana: el evangelio progresa y se expande cuando tú encarcelas al evangelista. No tiene sentido. La cárcel del evangelista le trae gozo, y las tribulaciones de Pablo, el instrumento elegido por Dios, en vez de debilitar a los hermanos, de amedrentar a los hermanos y de amilanar a los hermanos, fortaleció a los hermanos. Es un movimiento raro, la fe cristiana. Y lo es, ¿sabes por qué? Porque no es natural, es sobrenatural. Ahí es donde está su rareza: como es sobrenatural, no hay otro como él.
La historia de nuestra fe es la historia de un movimiento que ha avanzado en medio de las peores tormentas y de los más terribles terremotos de la vida, hablando simbólicamente. Y este es el problema, yo creo, que el mundo de las tinieblas tiene, porque ¿qué tú haces con un movimiento que mientras más lo sacudes, más se expande? Es como que tienes un saco de semillas que mientras más lo sacudes, más semillas se expanden y mayor es la cosecha. Y eso es cómo tu llamado, tu dolor, tu gozo son sabiamente entretejidos con la gloria de Dios. Cuando tú tienes la perspectiva correcta, tú puedes ver tu sufrimiento y puedes ver que tu sufrimiento tiene propósito, tiene sentido, tiene significado, y como diría en inglés: it makes sense, hace razón, tiene razón.
Filipenses una vez otra vez que yo lo leí: "De tal manera que mis prisiones por la causa de Cristo ya se han hecho notorias en toda la guardia pretoriana y a todos los demás." Como mencionaba hace unas semanas, tú no te has fijado lo que Pablo está diciendo: que mis prisiones por la causa de Cristo se han hecho notorias. Ahora no es de Pablo que se está hablando, es de la causa por la que Pablo está preso.
Pablo dice: "Eso es maravilloso." O sea, que se esté hablando de que un prisionero romano —Pablo era romano—, un prisionero romano está preso en una prisión romana a causa de un rabino judío, eso es extraordinario. Y toda la guardia pretoriana se enteró. Eso, uno piensa en la guardia pretoriana que era como la guardia designada mayormente para cuidar al emperador, en este caso, o al gobernador, pero todo lo que tenía que ver con el régimen. No eran tres gatos, como decimos, eran nueve mil soldados. Nueve mil soldados, los mejor pagados, con el mayor entrenamiento y con mayores responsabilidades. Ellos formaban la guardia, formaban parte de los guardaespaldas del César.
Y las semanas que estuvieron aquí escucharon cómo cada seis a ocho horas había un guardia que era cambiado y era encadenado a Pablo. Me imagino un soldado encadenado a un prisionero; eso era lo más aburrido del mundo. No tenía nada que hacer. Prisionero estaba sentado y él estaba sentado. Prisionero se movía y él tenía que moverse con él porque estaban encadenados. Yo me imagino que cada soldado, perdón, aburrido cuando no tenía nada que hacer, cuando comenzó a oír la historia de Pablo y de Cristo, estuvo fascinadamente entretenido escuchando.
Ahora, ¿tú quieres saber si los soldados del César se estaban convirtiendo? Lo que tienes que hacer es lo siguiente: estoy llegando al final de la carta de los filipenses y tú lees el 4:22. Escucha, Pablo dice a la iglesia de Filipo: "Saluden a todos los santos en Cristo Jesús". Los hermanos que están conmigo los saludan, todos los santos los saludan, especialmente los de la casa del César. ¿Quieres saber si la guardia se estaba convirtiendo? Yo estaba solo, y el Evangelio se esparció, y ahora yo tengo santos conmigo, ellos les mandan saludos. Tu movimiento raro. Dios había enviado a Pablo a la cárcel. Yo no dudo del propósito y del significado de sus cadenas, y Pablo pudo ver este propósito.
Hermanos, cuando tú no puedes ver o confiar en Dios en medio del dolor, cuando tú no puedes confiar en Dios en medio del dolor, comenzamos a quejarnos de sus tratos. A veces lo vimos en consejería: "Pablo, yo sé, pero a veces me parece que esto no es justo. Es injusto que a mí me toque esto, porque yo veo a otros..." Sí, lo que pasa es que ves a otros que están, lo que tú entiendes, peor que tú, pero no ves a otros que verdaderamente están en condiciones de persecución, en cárceles. Cuando nuestros ojos están fijos en nosotros y no en sus propósitos, solamente podemos ver las cadenas, pero no su fruto.
Las cadenas tienen fruto. Pablo lo vio. Pero cuando estoy enfocado en mí, lo único que yo puedo ver es cómo yo soy afectado, pero yo no puedo ver cómo otros son afectados por lo que a mí me está afectando, porque Dios lo está usando. Cuando sabemos sufrir bien, muchas veces tus heridas físicas son usadas para sanar las heridas emocionales de otros. Cuando sabemos sufrir bien, muchas veces la enfermedad que te llevó a la cama, que te llevó a la tumba, que te llevó a la debilidad o cualquier otra cosa, Dios la usa para sanar las heridas espirituales y emocionales de otros.
Escucha Isaías 53:5: "Pero él fue herido por nuestras transgresiones" —eso fue físico—, "molido por nuestras iniquidades" —físicamente—, "el castigo por nuestra paz cayó sobre él, y por sus heridas hemos sido sanados". Pero alguien tenía que saber sufrir bien, entender su llamado, abrazarlo, vivirlo, y por el gozo puesto delante de él, celebrarlo. Fueron las llagas que sanaron las heridas de tu pecado. Fueron las llagas que sanaron las heridas de tu pecado.
Cristo vino con ese llamado, sufrió el privilegio, entendió el privilegio de sufrir durante su encarnación. Pero como abrazar tu llamado y conocer a Dios te permite ver lo que otros no ven, entonces él pudo ver futurísticamente, y eso lo llenó de gozo. Anticipó el gozo glorificando al Padre, porque él sabía que Dios estaba entretejiendo un tapiz extraordinario con todo esto que estaba sucediendo. Es como si Jesús hubiese sido la aguja con la que Dios estaba entretejiendo el tapiz de la salvación.
La pregunta es si tú estás dispuesto a ser herido corporalmente o emocionalmente con tal de que otros sanen espiritualmente, con tal de que otros te observen, se maravillen de la gracia desplegada en ti en medio del dolor y del sufrimiento, no puedan explicarse la paz que tú tienes —que trasciende tu entendimiento y el de ellos— y que puedan ver esa sonrisa en ti de tal forma que les llame la atención y tengan que preguntarte.
Yo nunca voy a olvidar uno de mis últimos días en Estados Unidos haciendo una de mis últimas rondas en el hospital. Esta terapista que yo la veía siempre en el piso y nunca había intercambiado mucha información, excepto un "hola, buen día, ¿cómo estás?" y quizá alguna información sobre un paciente. Ya yo estaba saliendo del piso y ella me llamó: "Doctor, ¿yo pudiera hacerle una pregunta?" "Sí, cómo no". "Yo lo veo prácticamente todos los días venir y yo siempre lo veo de buen humor y con gozo haciendo su trabajo" —algo que su rostro no reflejaba— y me decía: "¿Usted me pudiera decir cuál es la causa?" Cristo en mí, mi esperanza de gloria. Cristo en mí, mi esperanza de gloria.
Oye lo que Dios hizo: Dios encadenó a Pablo y desencadenó a la Palabra. Encadenó a Pablo y desencadenó la Palabra. Pablo no podía moverse, pero la Palabra no podía detenerse. Y eso es lo raro de la fe cristiana. Pero Pablo sabía que su propósito en esta vida no era tener la libertad para moverse. Hermano, nosotros nos bajamos de un caballo y nos subimos en otro caballo. Bajémonos de todos esos caballos. Pablo sabía: mi propósito en la vida no consiste en la libertad para moverme, porque su vida no se trataba de él, sino que el propósito de su vida tenía que ver con la expansión del Evangelio. Y por consiguiente, cada vez que él veía el Evangelio expandirse, al costo que fuera, él estaba cumpliendo su propósito, y la gracia de Dios le permitía experimentar el gozo de Dios.
Hermano, el apóstol Pablo llegó a sacrificar todas las necesidades, todos sus deseos, todas sus aspiraciones, toda su libertad y toda su diversión en el altar del Evangelio. Cristo también, y lo ha hecho cada hombre y mujer que Dios ha usado para marcar su generación. Déjame definirlo otra vez: Pablo llegó a sacrificar todas las necesidades, todos sus deseos, todas sus aspiraciones, toda su libertad y toda su diversión en el altar del Evangelio. Cristo hizo lo mismo, porque Pablo vivió por el Evangelio y vivió para el Evangelio, y eso lo llevó a sufrir bien.
Hermano, Dios ha tenido un solo Hijo legítimo, natural de sus entrañas, pero como decía alguien, nunca ha tenido un solo hijo sin sufrimiento. Entiende esto: que cuando yo sufro, o tú necesitas el sufrimiento para seguir formando la imagen de Cristo, entiéndelo, o el reino de los cielos, la causa del Evangelio necesita tu sufrimiento, o las dos cosas. Cristo no necesitaba el sufrimiento para formar la imagen que ya él tenía, pero el reino de los cielos lo necesitaba, la causa del Evangelio lo necesitaba.
Y cuando otros te ven sufrir bien, la manera como tú sufres fortalece su fe. Escucha lo que dice Filipenses 1:14, ya lo leímos: "La mayoría de los hermanos, confiando en el Señor por causa de mis prisiones..." Sus prisiones los llevaron a confiar en el Señor. "...tienen mucho más valor para hablar la palabra de Dios sin temor". Uno pensaría todo lo opuesto: pusieron a Pablo en prisión, el instrumento elegido de Dios. Imagínate si yo salgo ahora a evangelizar, ¿qué no me van a hacer a mí? Porque yo no tengo la gracia que Pablo tenía sobre él, y a este lo emprisonaron. No, pero resulta que Pablo está en prisión y resultó que los hermanos fueran fortalecidos para hablar, para no callar, con más valor y sin temor lo que era la palabra de Dios, por causa de mis prisiones. Alguien va a tener que caer preso para que se mueva esto.
Quizás, anterior a las prisiones de Pablo, estos hermanos no se habían visto en la necesidad o precariedad suficiente, y quizás no habían tenido la obligación u oportunidad de ejercitar su fe. Pero las prisiones de Pablo llevaron a sus seguidores a una mayor confianza en Dios. ¿Saben por qué? Claro, ellos no tenían forma de sacar a Pablo de ahí que no fuera orar. Y si Dios no lo iba a sacar de la prisión, lo que era tenían que orar para que Dios le diera la gracia para morir en prisión. Pero eso era lo único que tenían. "Yo sé que eres fuerte", decía la canción, "yo sé que lo puedes hacer, pero aun si tú dices que no, iré igual contigo. Está bien con mi alma". Y sé que Dios está haciendo, sé que Dios está entretejiendo.
En medio de una amenaza real, como la que Pablo tenía sobre ellos y la iglesia primitiva, el único recurso que ellos tenían era orar y confiar. Si hay algo que yo he aprendido, no solamente en consejería pastoral, pero en mi propia vida, es que las dificultades nos envían a nuestras rodillas. Y usualmente rodillas con callos son el resultado de un corazón dolido. Rodillas con callos son el resultado de un corazón dolido.
Cuando nosotros sabemos sufrir bien —escúchame—, cuando sabemos, cuando aprendemos, y esto hay que aprender, cuando nosotros aprendemos a sufrir bien, lo que hablaba Piper, cuando yo me acordé, resulta que esto es lo que ha ocurrido: el dolor de mi corazón ha bajado hasta mis rodillas y le ha dado forma de callos a las rodillas en oración. Y la oración es el instrumento, es la forma de yo depender de Dios.
Uno pensaría que las dificultades, como mencioné, alejarían a los hermanos de Dios. Pero no. A veces ocurre. A veces ocurre que las dificultades alejan al verdadero hijo de Dios, de Cristo, del Salvador. Eso ocurre solamente en una ocasión: cuando nuestro reino es más importante y prioritario que el reino de los cielos. Claro, voy a salir corriendo, porque lo que me importa es cómo me afecta a mí. Pero cuando el reino de los cielos, que yo debo buscar primero, por lo que Cristo dijo, es prioritario, no. Al contrario, las dificultades me acercan a él.
Ahora, ¿qué ocurre cuando mi reino es prioritario por encima del reino de los cielos? Entonces, en esa circunstancia, nosotros tendemos a evaluar la fidelidad de Dios —de la que hemos cantado— por nuestro nivel de dificultad en la vida. Pero si nuestro reino es primario, yo miro el grado de dificultad y evalúo, concluyo, acerca de su fidelidad. Lo que el pastor Reinke lo decía: que Dios siempre, siempre, siempre, siempre, y después de siempre, será fiel. Pero si yo evalúo la fidelidad de Dios de acuerdo al grado de dificultad de mi vida —alto grado de dificultad y dolor—, bueno, concluyo que Dios no es fiel.
Pero cuando nuestras miradas están en el reino de los cielos, nosotros evaluamos las pruebas en términos de cómo ellas han servido al avance del Evangelio y a la gloria de Dios. Y si vemos a Dios glorificado y al Evangelio esparcido, nos llenamos de gozo y de satisfacción y podemos resistir.
El gozo es un asunto de perspectiva. Se ha mencionado en un par de las charlas, según vi, la frase posteada. Visto de abajo, las circunstancias, lo único que nos produce gozo son los placeres del mundo, muchos de los cuales pudieron ser legítimos, los placeres del mundo, las ofertas del mundo.
Y muchos, quizás la mayoría, no lo son.
Ahora, visto desde arriba, solo los propósitos de Dios nos llenan de gozo. Déjame leerte esta frase de John Blanchard. John Blanchard, murió el año pasado, fue un predicador y apologista cristiano. Él dice lo siguiente, es una frase bien corta: Dios prefiere que experimentemos dolor santo antes que el placer pecaminoso. La preferencia de Dios, ni siquiera la preferencia, la escogencia de Dios, porque no es como que yo prefiero esto sobre aquello, no, no, no. Esto es como la frase está: Dios prefiere que experimentemos dolor santo antes que el placer pecaminoso.
Y las dificultades nos llevan a confiar en Dios, pero ¿cómo las dificultades nos llevan a confiar en Dios? Mira, cuando mis dones y talentos y preparación académica o de otro tipo son insuficientes, aprendo a, comienzo a aprender a confiar en Dios. Cuando mis amigos no están presentes, o cuando el dinero es carente, o cuando las salidas son inexistentes. Cuando mis dones son insuficientes, mis amigos no están presentes, el dinero es carente o las salidas son inexistentes. Ahí yo digo, veo que debo comenzar a, tengo que confiar en Dios, porque ya no me queda nada. Y Él dice: nunca te quedaba nada. Lo único que tú tienes, de mí lo tienes; si no lo tienes de mí, no lo tienes. Yo soy tu única garantía. Hoy, mañana, en el futuro, ayer. Pero no tenemos nada hacia una sola dirección de la que tú puedes mirar, ¿y cuál es? Así, arriba.
Entonces, ¿sabes qué una de las cosas buenas de acuerdo a la perspectiva de Dios? Y yo lo veo todo el tiempo, porque soy médico y veo pacientes casi todo el día, es que cuando tú estás en forma en una cama solamente puedes ver para arriba. Y es ahí arriba que tú ganas perspectiva de las cosas. Y por eso las enfermedades muchas veces tienen el mismo efecto de las cadenas de Pablo. Tengo que ver hacia arriba.
Recuerda, yo ya te lo mencioné, al principio Job, su dolor no tenía la perspectiva correcta. Él conocía a Dios, o sea, él mismo afirma: yo lo conocía, yo no lo veía, pero yo lo oía. Pero cuando yo pude verlo por lo que Él es, no sabemos lo que él vio, pero vio una dimensión mucho mayor, ahora entonces su perspectiva fue correcta y mejorada. Y se calló. Yo creo que nosotros hablamos mucho en la tribulación y la dificultad porque no vemos. Tenemos una distorsión tan masiva de cómo es el propósito de Dios para mi vida que no nos callamos. Y lo único que Dios tiene que hacer para callarnos, no es darnos una respuesta acerca de por qué sufro, es enseñarme quién Él es y cómo Él es. Y sabes que nos dio su Palabra. Y desde el capítulo 1 del Génesis me están enseñando y diciendo y mostrando cómo Él es. Y se abrió su boca y los cielos y la tierra se formaron. ¡Wow! La luna, el sol y todo lo que hay.
Escucha la misma idea de Joni Eareckson Tada, paralizada a los 17 años, que lleva 60 años de vida así, y dice que nos recuerda que lo que más nos ayuda a atravesar por el sufrimiento es una visión correcta de nuestro Dios. Fíjate, bueno, yo creo que ella ha estado mirando para arriba mucho tiempo, obviamente no siempre estaba en cama, pero creo que ha estado en cama mucho tiempo.
Y muchas veces nosotros creemos que lo que necesitamos es una esperanza en la próxima vida. Y sabes que sí, necesitamos eso, la Palabra habla de eso de manera que no estoy diciendo que no. Pero eso a veces se dificulta. Se dificulta porque todavía, como lo dice, los humanos no han visto ni oídos han oído eso, nosotros como que no nos llena de mucha fe, de mucha garantía, porque yo no tengo forma de imaginarme cómo es eso. Pero en realidad, lo que cambia mi manera de sufrir, lo que cambia mi manera de atravesar la vida, lo que cambia mi manera de relacionarme con otros, lo que me da la fortaleza para yo resistir en cualquier circunstancia en la que Él me ha dispuesto, en cualquier nación, cualquier ministerio, en cualquier iglesia, en cualquier matrimonio, en cualquier familia, es el conocimiento de Dios. Eso es.
Y la razón por la que una visión correcta de Dios nos permite tener una visión correcta del resto del rompecabezas, hasta donde humanamente es posible. Yo les mencionaba en otras ocasiones, algunos lo habrán oído, otros no, otros se les habrá olvidado, pero yo recuerdo cuando habíamos estado en Estados Unidos y mi esposa insistía que yo necesitaba lentes y obviamente decía que no, claro que yo veía bien, yo podía manejar, hasta que fuimos a chequear la vista y cuando me pusieron los lentes y yo pude ver, ¡oh wow!, las hojas de los árboles tienen bordes, porque todo era como así nublado. Y bueno, así es que nosotros vamos por las circunstancias de la vida.
Escucha otra observación más: la mayoría de los hermanos, confiando en el Señor, tuvieron mucho más valor para hablar la Palabra de Dios sin temor. Entonces ya mencioné brevemente, Dios usa nuestro sufrimiento para fortalecer la fe de otros. Otros se fortalecen emocionalmente si te ven sufriendo bien, porque si te ven sufriendo mal probablemente jamás querrán pasar por la misma circunstancia por la que tú estás pasando.
Pero ahí me cita algo más. Cuando Pablo termina escribiendo a los filipenses, él está hablando de que hay santos con él, y yo te mencioné, probablemente no lo dije, de la casa del César te saludan. Y ahora él tenía gente con la quien él podía compartir su sufrimiento, pero también tenía gente de la iglesia de Filipos donde probablemente estaban orando por él. Y eso es la razón por la que Pablo, cuando escribe a los filipenses en 1:7, escucha lo que él dice. Filipenses 1, versículo 7: Es justo que yo sienta esto acerca de todos ustedes, porque los llevo en el corazón, tanto en mis prisiones como en la defensa y confirmación del evangelio, todos ustedes son participantes conmigo de la gracia.
El dolor no fue diseñado para llevarlo en privado, hermanos. Si te alejas para sufrir en privado lo que estás sufriendo, estás viviendo en contra de lo que Dios diseñó, y eso no te puede acarrear nada bueno. El dolor fue diseñado para sufrirlo en comunidad. Por eso es que Pablo dice que ustedes han participado conmigo de mis prisiones. Tanto en mis prisiones como en la defensa y confirmación del evangelio, todos ustedes son participantes conmigo. Pablo, pero yo no estoy preso. Pero yo participaba conmigo cuando me escuchan, cuando saben de mí, cuando oran por mí, cuando esperan que Dios actúe, ellos están ahí participando de mi dolor. Cuando ellos veían a Pablo soportar todo esto, él pensó: si él puede, yo puedo.
Es la idea del capítulo 11 del libro de Hebreos. La idea de hacer esta lista larga de héroes de la fe en el libro de Hebreos es una sola: es animarme, estimularme a que yo pueda ver cómo otros lo hicieron, viendo las promesas de lejos, saludándolas, y cómo ellos fueron incluso perseguidos, fueron hasta cortados, aserrados en dos, y el Espíritu entonces los sostuvo. Y estos fueron hombres y mujeres que Dios dice que el mundo no era digno de tenerlos, y por eso Él se los llevó. Porque las vidas de aquellos que han sufrido bien tienen algo inspirador y nos mueven a querer imitarlos.
El dolor en manos de Dios frecuentemente trae lágrimas a los ojos, tú lo sabes. Y las lágrimas tienen la propiedad, como están en tus ojos, de nublar tu visión, excepto cuando estas lágrimas son el fruto de sufrir en las manos de Dios, en cuyo caso las lágrimas nos dan una mejor percepción de las cosas. Las lágrimas naturalmente bloquean la visión, te empañan, tú lo sabes. Pero resulta que hay otras lágrimas que mientras bloquean la visión física amplían la visión espiritual y nos dan una mejor percepción de las cosas. Y por eso decía alguien que a veces podemos ver más a través de una lágrima que a través de un telescopio. Y Dios usa las lágrimas.
Antes yo solía no querer llorar en el púlpito, ahora en buen dominicano no me importa. Cuando yo estaba cuidando mi apariencia era que me importaban, pero yo sé que Dios usa las lágrimas, porque sabes que nosotros tendemos a tener un corazón duro y la dureza de corazón nos impide tener la apreciación correcta de las cosas, pero las lágrimas ablandan nuestros corazones. Y cuando mi corazón es ablandado yo tengo una mejor perspectiva de la vida.
Recuerda la cruz, porque tú tienes que ver toda tu vida a través de la cruz. Y la cruz es el recordatorio de dos cosas, o tres cosas, o más, no sé, pero nos recuerda que nosotros estamos en la situación en que nos encontramos por el pecado de Adán, lo que el pecado de Adán nos trajo, es el primer recordatorio. Pero la cruz con frecuencia nos recuerda también que muchas veces nosotros tenemos que sufrir, y sufrir bien, para que otros sean salvos. No puede ser que al Hijo de Dios, yo no sé, a Cristo le tocó eso muy bien, bien hecho por Él, pero a mí no. No, a mí necesitan tratarme en bandeja de plata con guantes de seda. No, la cruz nos recuerda que muchas veces yo necesito pasar por vicisitudes, sufrir bien cuando paso por vicisitudes para que otros sean salvos.
Voy a contarte una historia. Si te suena familiar es posible que así sea, si estuviste aquí un domingo hace diez años quizás te suene familiar, pero cuando la volví a ver a mí no me sonó familiar. Y se trata de una adolescente que no quería ser vista en público con su madre porque los brazos de su madre estaban terriblemente desfigurados. Un día cuando su madre la llevó de compras, le tendió la mano a un empleado o al cajero, él pareció horrorizado con la condición de los brazos. Luego, llorando, la niña le contó lo avergonzada que ella estaba. La madre, comprensiblemente dolida, esperó una hora antes de ir a la habitación de su hija para contarle por primera vez lo sucedido: Cuando eras una bebé, me desperté con una casa en llamas. Tu habitación era un infierno. Había llamas por todas partes. Podría haber salido por la puerta principal, pero decidí que prefería morir contigo que dejarte morir sola. Corrí a través del fuego y te cubrí con mis brazos.
Luego regresé a través de las llamas. Mis brazos ardían. Cuando salía al césped, el dolor era agonizante. Pero cuando te miré, me olvidé del dolor. Lo único que pude hacer fue alegrarme, con dolor, de que las llamas no te habían tocado.
Atónita, la niña miró a su madre con ojos nuevos, llorando de vergüenza y gratitud, de solo ver las manos y los brazos dañados de su madre.
La moraleja de la historia es: si la recuerdas para el resto de tu vida, debes recordarte que tú y yo jamás podremos ni debemos avergonzarnos del satisfecho. Porque la historia del satisfecho es la historia de un hombre que miró a lo largo de la vida y te vio yendo en dirección de las llamas del infierno, donde te vas a quemar. Y ese hombre decidió dejar su gloria, descendió del cielo, se encarnó, se hizo hombre y fue a la cruz. Y ahí extendió los brazos que fueron marcados por la herida de los clavos que apretaron sus manos contra el madero y contra el instrumento o el documento adverso que nos condenaba, la ley de Dios, para que tú no fueras quemado.
Y tú puedes ver en la vida de Cristo de qué manera tu llamado, tu dolor y tu gozo son sabiamente entretejidos para la gloria de Dios. Tú puedes ver en la historia de esa madre, que cuenta que el dolor era agonizante, y el dolor agonizante al mismo tiempo no le impidió experimentar el gozo de verla a salvo y no tocada por las llamas. Como tú puedes ver los propósitos de Dios en medio del dolor agonizante, tú podrás ver lo que Dios está haciendo y podrás regocijarte.
De ver que el Dios que te salvó, que el Dios que te llamó, también te eligió como instrumento. Soberanamente eligió soberanamente el dolor a través del cual tú y yo necesitábamos atravesar, porque tú lo necesitabas y otros lo necesitaban y el reino del cielo lo necesitaba. Y era lo que podía mejor no solamente salvar a otros, sino transformar a otros, y todavía más, glorificar a Dios y mostrar al mundo el precio de la sangre derramada, o el valor de la sangre derramada por ti, y el poder de la gracia que te sostiene en medio de la adversidad.
Padre, gracias. Gracias por Cristo, gracias por su cruz. Gracias que él nos muestra de qué manera debemos, podemos abrazar nuestro llamado. De qué manera nuestro llamado ha sido intrínsecamente vinculado a un llamado de dolor también, pero un dolor que no es sordo, que no es un dolor sin propósito. Es un dolor lleno de sentido, de significado, de resultados y aun de gozo, cuando nosotros finalmente nos olvidamos de nuestros reinos, nos enfocamos en el tuyo y podemos ver lo que tú haces acá abajo con cada experiencia. Experiencia que vista desde afuera o vivida desde afuera pudiera estar diciendo: gloria a Dios, gloria a Dios, gloria a Dios.
Señor, perdónanos, porque dificultades que pudieran parecer enormes a nuestra capacidad humana, al lado de la cruz palidecen. Incluso circunstancias que son pequeñas incluso de nuestra vida y que nos parecen enormes, porque nos sentimos tan incómodos con ellas, no solamente palidecen sino que se vuelven vergonzosas cuando las dejo mojar por la sangre que tú derramaste. No entendemos por qué Pablo llamó a sus peores momentos dificultades leves y pasajeras. Ayúdanos a vivir por Cristo, que mi vida sea Cristo, que mi deleite esté en Cristo, que mi vida sea un canto para Cristo, que mi boca proclame a Cristo, que mi dolor bien sufrido hable bien de la gracia de Cristo, que mi dolor bien sufrido no solamente me transforme a tu imagen, sino que lleve a otros a ser salvados como yo lo fui.
Permite que yo también pueda mostrar las heridas que por causa del satisfecho ya he sufrido, a los Tomás del mundo, a los incrédulos del mundo. Para gloria tuya y en Cristo, si su pueblo dice amén, amén.
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