Integridad y Sabiduria
Sermones

Lo que Dios anda buscando

Héctor Salcedo 16 noviembre, 2008

Los ojos del Señor recorren toda la tierra buscando fortalecer a aquellos cuyo corazón es completamente suyo. Esta declaración del profeta Jananí al rey Asa revela tanto el anhelo de Dios como el fracaso de un hombre que comenzó bien pero no terminó igual. Asa había sido un buen rey durante treinta y cinco años: destruyó los ídolos de Judá, incluso la estatua que su propia madre adoraba, y cuando un ejército de un millón de etíopes vino contra él, clamó a Dios con una confianza extraordinaria y recibió la victoria. Pero algo cambió en su corazón. Quizás el tiempo diluyó su fe, o la prosperidad prolongada infló su confianza personal.

Cuando en el año treinta y seis Israel atacó a Judá, Asa no buscó a Dios. Su primera llamada fue al rey de Siria, a quien pagó con los tesoros del templo para que rompiera su alianza con Israel. La estrategia funcionó, el problema se resolvió, y probablemente recibió aplausos por su astucia política. Pero Dios no estaba agradado. El éxito de una decisión no prueba que Dios la respalde; lo que importa es si fue fiel a su Palabra.

Dios busca corazones que confíen en Él como un niño confía en su padre, sin calcular primero los recursos propios ni las alianzas disponibles. Como un hijo pequeño que llora cuando tiene hambre sabiendo que su padre proveerá, así quiere Dios que sus hijos acudan a Él como primer recurso, no como último. Esa búsqueda divina continúa hoy, recorriendo ciudades, iglesias y hogares, buscando a quienes descansen completamente en sus manos.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Es un privilegio una vez más estar aquí hablando y compartiendo la palabra. Siempre es un honor que personas como nosotros, falibles y caídas, podamos hablar de un Dios que es santo y que nos supera y que nos excede en todos los sentidos, pero por su gracia lo hacemos.

Yo quisiera que fueran conmigo, por favor, a 2 Crónicas 16, versículo 1. Dice el texto de esta manera: "En el año 36 del reinado de Asa, subió Baasa, rey de Israel, contra Judá, y fortificó Ramá para prevenir que nadie saliera o entrara en ayuda de Asa, rey de Judá. Entonces Asa sacó plata y oro de los tesoros de la casa del Señor y de la casa del rey, y los envió a Benadad, rey de Aram, que habitaba en Damasco, diciendo: 'Hay alianza entre tú y yo, como hubo entre mi padre y tu padre. He aquí te he enviado plata y oro; ve, rompe tu alianza con Baasa, que me está atacando, rey de Israel, para que se aparte de mí.' Y escuchó Benadad al rey Asa, y envió a los jefes de sus ejércitos contra las ciudades de Israel, y conquistaron Ijón, Dan, Abel-maim y todas las ciudades de almacenaje de Neftalí. Y sucedió que cuando Baasa lo oyó, dejó de fortificar Ramá y abandonó su obra. Entonces el rey Asa trajo a toda Judá, y se llevaron las piedras de Ramá y la madera con que Baasa había estado edificando, y con ellas fortificó Geba y Mizpa. En aquel tiempo el vidente Hanani vino a Asa, rey de Judá, y le dijo: 'Por cuanto te has apoyado en el rey de Aram y no te has apoyado en el Señor tu Dios, por eso el ejército del rey de Aram ha escapado de tu mano. ¿No eran los etíopes y los libios un ejército numeroso con muchísimos carros y hombres de a caballo? Sin embargo, porque te apoyaste en el Señor, Él los entregó en tu mano, porque los ojos del Señor recorren toda la tierra para fortalecer a aquellos cuyo corazón es completamente suyo. Has obrado neciamente en esto; ciertamente desde ahora habrá guerras contra ti.'"

En este pasaje hay una historia un poco triste, por la situación que vive el rey Asa y por lo que el rey Asa llegó a ser. Después que murió Salomón, el hijo de David, el reino de Israel se dividió en dos, y esa división produjo dos reinos. El reino de Israel con diez tribus era el reino del Norte, y el reino de Judá con dos tribus era el reino del Sur. Segunda de Crónicas de hecho relata la historia solamente del reino del Sur, de Judá, y el rey Asa era uno de los reyes que pasó por ahí. Pasaron una serie de reyes; la diferencia estaba en que los reyes del Norte fueron todos malos a los ojos de Dios, todos hicieron lo malo delante de los ojos de Dios. En el caso de Judá, el reino del Sur, casi la mitad de los reyes, incluyendo a Asa, hicieron cosas buenas delante de los ojos de Dios.

Es interesante que cada vez que terminaba la vida de uno de estos reyes, siempre aparece el veredicto: "Fulano hizo lo bueno delante de los ojos de Dios" o "Fulano hizo lo malo delante de los ojos de Dios", como una especie de sello final, de que Dios es quien da el veredicto final de una vida. Dios es quien sabe, al final, el balance que cuenta al final de mi vida. No es si yo he sido próspero, no es si yo he sido popular, no es si yo he sido profesionalmente exitoso; el balance que cuenta es si he hecho lo bueno o lo malo delante de los ojos de Dios. Él es quien pone el sello final en nuestra vida, Él es quien escribe el último comentario sobre nuestras lápidas: es Dios. Y ojalá que cada uno de nosotros estemos siempre buscando, siempre interesados en que el comentario final de Dios en nuestras vidas sea que Héctor hizo lo bueno delante de los ojos de Dios, o que fulano hizo lo bueno delante de los ojos de Dios, porque de ahí viene al final mi aprobación, de ahí es que viene el sentido de mi vida.

En el caso del rey Asa, rey de Judá, había sido un buen rey, un rey que había hecho lo bueno delante de los ojos de Dios. Si vamos un poquito atrás al capítulo 14, versículo 2, miren lo que dice la palabra: "Y Asa hizo lo bueno y lo recto ante los ojos del Señor su Dios." Asa había sido elogiado por Dios, había sido elogiado por el escritor de Crónicas, diciéndose que había hecho lo bueno. Pero por alguna razón, como vamos a ver un poquito más adelante, se alejó de esa confianza inicial, se alejó de ese hecho inicial de que hizo lo bueno delante de los ojos de Dios, y no terminó su vida de esa manera.

Llama la atención que en los primeros 35 años de su reinado, Asa hizo lo bueno delante de los ojos de Dios; en el año 36, que es el año que nosotros vamos a comenzar a estudiar en el día de hoy, él comenzó a desviar su corazón. ¿Pero qué hizo en esos primeros 35 años? Bueno, lo primero que hizo fue que en un momento dado vino contra él un gran contingente de guerreros, los etíopes y los libios. Eso lo vemos en el capítulo 14, versículo 9; si ustedes me acompañan ahí, se van a dar cuenta de que dice lo siguiente: "Y salió contra ellos Zera el etíope, con un ejército de un millón de hombres y 300 carros, y vino hasta Maresa. Y Asa salió a su encuentro, y se pusieron en orden de batalla en el valle de Sefata junto a Maresa."

Miren la extraordinaria confianza de Asa en su Dios en esa primera batalla: "Entonces Asa invocó al Señor su Dios y dijo: 'Señor, no hay nadie más que tú para ayudar en la batalla, entre el poderoso y los que no tienen fuerza. Ayúdanos, oh Señor Dios nuestro, porque en ti nos apoyamos y en tu nombre hemos venido contra esta multitud. Señor, tú eres nuestro Dios; que no prevalezca hombre alguno contra ti.'" Luego de esa victoria el pueblo se regocijó, Asa se regocijó. Luego de esa victoria, Asa incluso buscó todos los lugares de idolatría de Judá y los destruyó, incluyendo a su propia madre, que era idólatra al dios Asera; Asa tomó la estatua de Asera que su madre adoraba, la destruyó y la quemó, y llamó al pueblo a invocar y adorar solamente a Jehová Dios. Eran buenos tiempos, eran tiempos de paz, tiempos de prosperidad, eran tiempos de salud espiritual, eran buenos tiempos.

Pero en el año 36, largos años después de que estos buenos tiempos sucedieron, algo pasó en el corazón de Asa. Cuando le vino el próximo enemigo, en este caso no un extranjero, no un etíope ni un libio, sino el otro reino de Israel —una guerra civil, por así decir, los judíos contra judíos—, en esa situación él no buscó a Judá en Dios, sino que buscó ayuda en otros reyes, en el rey de Aram, para que le sirviera de defensa. Y esa es, como vamos a ver ahora, la confrontación principal que Dios le hace: esa búsqueda de ayuda, soporte y apoyo en otro lugar que no era Dios.

¿Pero qué pasó en el corazón de Asa? Fue el tiempo lo que diluyó su fe; fue el tiempo lo que hizo que al final él no confiara tanto en Dios; fue que su confianza personal aumentó a tal punto que se dio cuenta de que no necesitaba tanto a Dios. No sabemos cuál es el efecto que el tiempo tiene en el corazón del ser humano, pero sí sabemos por otros textos de la palabra que, a medida que pasa el tiempo, el cristiano pierde fuerza: los pastores se desaniman, las ovejas se descarrían, la gente comienza a dudar de su fe, comienza a dudar de su confianza en Dios, comienza a ver las cosas de manera diferente. Ya lo que antes le apasionaba de Dios, ahora no le apasiona; la palabra no le entusiasma, la oración no le llama. Por alguna razón, el tiempo termina llevándose el primer amor.

Esa es la respuesta de Cristo a la iglesia de Éfeso en Apocalipsis 2, que los confrontó porque habían perdido el primer amor, habían perdido la pasión inicial, el fervor inicial, el fervor con que todos nosotros comenzamos la vida cristiana, donde literalmente, como cantamos, Dios es todo nuestro mundo. Pero conforme pasa el tiempo, el mundo se ocupa de nuestro corazón, y ahora ya no es Dios todo nuestro mundo, sino solo parte de Él. El tiempo tiene un efecto increíble en nosotros; de ahí el llamado de Pablo en una y otra ocasión a que nos entrenemos en la piedad, que nos capacitemos para la santidad, que corramos como los atletas, sin cansarnos, viendo la meta, puestos los ojos en Jesús, autor y consumador de mi fe. El tiempo diluye la fe, el tiempo diluye la confianza del cristiano; somos débiles, somos seres caídos que no permanecemos en aquella dirección en que queremos permanecer. Y aparentemente eso fue parte de lo que Asa experimentó.

A veces Dios en nuestra vida cristiana nos tiene que dar lo que llaman por ahí un wake-up call, como el que a veces pedimos en los hoteles cuando llamamos a alguien para que nos despierte en la mañana. A veces en nuestra vida cristiana Dios tiene que darnos ese wake-up call a través de alguna prueba, a través de alguna circunstancia difícil, que nos despierta a la realidad de que necesitamos a Dios, de que no estamos recurriendo a Él, de que hemos estado dormidos en nuestros laureles, de que hemos dejado que la fe se enfríe, de que hemos dejado que el entusiasmo se vaya.

Pero hay otra posible razón del enfriamiento de Asa, y fue la prosperidad que él experimentó. Treinta y cinco años de buen gobierno, de buenas cosas; los vientos le favorecían, paz en su reino, prosperidad en su reino, seguridad personal. Cuando vino la prueba, salió el "yo puedo, yo tengo recursos para absorber este problema, para resolver este problema." Y eso es lo que muchas veces la prosperidad hace en el corazón del ser humano. La parábola del sembrador que Jesús relata habla de un tipo de terreno en el que cuando la semilla cae ahí, los espinos y la hierba mala ahogan la palabra; y esto simboliza las preocupaciones de este mundo y las riquezas que terminan ahogando la palabra y no dejan que eche raíces.

La confianza en lo material, la confianza en lo que tenemos, en lo que poseemos o en lo que podemos hacer, enfría nuestro amor por Dios, enfría nuestra necesidad de recurrir a Dios y nos aleja. Muchas veces la condición de un corazón que está en prueba es mejor que la condición de un corazón que está en las buenas. ¡Qué paradójico! Cuando estamos bien se supone que deberíamos agradar todavía más a Dios, que es el que nos ha dado la prosperidad de la cual disfrutamos. Pero en esos momentos recurrimos a Dios para que nos ayude, para que nos sostenga, para que nos provea; Él nos provee, y lo que nos da al final termina trabajando en contra de nuestra vida espiritual. Así somos de débiles, de falibles, de caídos. Por eso nuestra confianza en Dios debe ser siempre un foco de atención en nosotros.

No sabemos qué le pasó a Asa, lo cierto es que él no recurrió a Dios en el momento de la prueba. Cuando vino el ataque, cuando vino el ataque de Israel —una guerra civil—, su primer recurso no fue: "Señor, como fue con los libios y los etíopes, Señor, a ti venimos, aquí clamamos, tú eres el que se pone entre el poderoso y el que no tiene fuerzas." No. Su primera llamada fue al rey de Siria, al rey de Aram: "Necesito que hagas un pacto conmigo, que rompas tu pacto con Israel y hagas un pacto conmigo." ¿De dónde sacó recursos Asa para pagarle a este rey de Aram? De los tesoros del templo. La ofrenda que la gente daba para Dios, de los tesoros del templo extrajo y puso de su propio bolsillo, y le mandó una buena cantidad al rey de Siria. Y el rey de Siria, claro, se vendió al mejor postor, al que más le pagó, y ahí fue el rey de Siria.

Pero en este caso, esa fue la primera llamada de Asa. En ese proceso, Asa violentó todos los principios que Dios había dado a su pueblo. En primer lugar, hizo alianza con un pueblo pagano. Deuteronomio 23:32 nos dice claramente que no hagamos alianza con los pueblos paganos, porque muchas veces esa alianza lo que perseguía era precisamente darnos fuerza, pero si Dios nos da esa fuerza, ¿para qué necesitamos la alianza? Pero además de eso, la alianza normalmente terminaba por contaminar al pueblo, y no lo contrario. Pasa como pasa hoy en día con los cristianos: cuando nos salimos del cuerpo de Cristo y comenzamos a frecuentar personas, lugares y situaciones en las que nos exponemos al mundo, terminamos más influenciados que nosotros influenciándolos a ellos. Y Dios le había dicho a este pueblo: "No hagas alianza con ellos. Yo soy tu Dios, yo soy tu protector, yo soy tu proveedor." Pero Asa violentó ese principio.

El segundo principio que Asa violentó fue que tomó los tesoros del templo, las ofrendas de la gente, las tomó y las usó para resolver su problema. Y en esa condición, a pesar de que el rey de Siria aceptó el trato y atacó a Israel —Israel lo que estaba haciendo era un cerco alrededor de Judá para que nadie entrara ni nadie saliera—, literalmente cuando a una zona nadie puede entrar ni nadie puede salir, se le acaban las provisiones, se le acaba el alimento, se le acaba el agua. Esa técnica era muy común: se cercaban los poblados y literalmente se dejaban morir de inanición, o cuando estaban débiles el ejército contrario entraba, ya debilitados ellos por el hambre y la sed, y ocupaban el lugar. Eso era lo que estaba haciendo Israel: construir un cerco alrededor de Judá. Vino el rey de Siria y evitó que ese cerco se cerrara, y eso fue lo que sucedió.

Las cosas le salieron bien a Asa, o sea, el rey de Siria aceptó, el rey de Israel fue vencido, aparentemente el viento comenzó a soplar a su favor. Las cosas habían sido arregladas porque ya el ataque se había terminado: "El rey de Siria me ayudó." Pero había un problema: Dios no estaba agradado con el proceder de Asa. Y muchas veces nosotros también en nuestras vidas procedemos de una manera que no le agrada a Dios, pero pensamos que como las cosas están yendo bien, debe ser porque Dios está apoyando nuestro proceder. Debe ser porque Dios de alguna manera ha abierto esta puerta. Y ciertamente Dios abre muchas puertas, pero las puertas que Dios abre son consistentes con su Palabra.

Cuántas veces yo mismo he hablado con diferentes personas, sobre todo muchas jóvenes, muchas jóvenes cristianas comprometidas con Dios, que se sienten atraídas hacia un muchacho que no es hijo de Dios, un no creyente. Entonces ella me comienza a contar lo bonita, lo sublime que ha sido esa relación y cómo Dios ha abierto las puertas. Esa no es una puerta que Dios abre. Por bien que te esté saliendo la relación, porque 2 Corintios 6:14 dice que no nos unamos en yugo desigual con los incrédulos. Entonces yo, con mucha confianza, no en mí sino en la Palabra, le puedo decir: "Mira, esa no es una puerta que Dios abre." Y muchas veces en un negocio específico me puede ir bien, puede parecer que es una puerta que Dios ha abierto, pero si yo no he sido fiel a Dios en mi manera de proceder, por bien que me vaya, eso no es Dios quien lo está soplando. Revisemos eso.

El criterio para ver si estoy haciendo las cosas bien o mal, el criterio para saber si Dios está agradado o no agradado, no es el éxito de lo que yo haga. Es si estoy siendo fiel a su Palabra, a sus principios, a su rectitud, a su santidad. Y el rey Asa resolvió su problema. Tuvo éxito en su estrategia. ¿Sabes los aplausos que le dieron en el mismo reino de Judá? "¡Wow, esto es lo máximo! ¡Qué estratega!" Sí, pero Dios se ha desagradado. Ahora, si antes teníamos a los israelitas en nuestra contra, ahora tenemos al Dios del universo en nuestra contra. ¿Ahora con qué peleas eso? ¿Con qué alianzas lo resuelves? Cuando tú crees que te está yendo bien, has violentado los principios de Dios y ahora Dios está en tu contra. ¿Cómo resuelves esa situación? Solamente yendo a Él, arrepintiéndote y buscando su rostro nuevamente. Pero eso le pasó a Asa.

Y quizás esa es la primera lección de este relato. Asa pensaba que estaba todo bien, pero como siempre, Dios se las agencia para dar a conocer su voluntad, porque Dios es un Dios que se revela a sus hijos. Dios le mandó a un profeta —dice el texto: "a un vidente"—. No era un vidente adivino; lo que pasa es que la Palabra nos está diciendo posiblemente que la forma como Jananí, que era el profeta, recibía su revelación no era por mensajes audibles sino por visión, como muchos otros profetas. En el caso de Daniel, vio muchas visiones y pudo escribirlas. Jananí recibía en visión lo que tenía que decir. Y Dios manda a Jananí —así como un día Natán fue enviado a confrontar a David— a confrontar a Asa y decirle: "¿Qué te ha pasado, Asa? ¿Por qué has procedido de esa manera?"

Miren lo que le dice el texto en el versículo 7: "Por cuanto te has apoyado en el rey de Aram y no te has apoyado en el Señor tu Dios, por eso el ejército del rey de Aram ha escapado de tu mano." Y ahora le pregunta: "¿No eran los etíopes y los libios un ejército numeroso con muchísimos carros y hombres de a caballo? Sin embargo, porque te apoyaste en el Señor, Él los entregó en tu mano."

Al final hay un reclamo: "Asa, ¿por qué buscaste ayuda en otro lugar? Yo soy tu protector, yo soy tu escudo por delante y por detrás. ¿Qué necesidad tenías tú de ir a buscar ayuda con el rey de Aram? Yo te he mostrado que yo te protejo. Cuando vinieron los libios, un millón de hombres en tu contra, me buscaste y te respondí. ¿Qué te ha pasado, Asa?" Su corazón se ha enfriado, su entusiasmo se ha perdido, su confianza en Dios ha disminuido, o su confianza en sí mismo ha aumentado. No sabemos, pero ciertamente el corazón ya se había alejado mucho. Y esta es la confrontación de Jananí a Asa.

Es bueno ver cómo Dios, a través de la historia, siempre tiene un vocero, siempre tiene una manera, una forma de decir algo, a pesar del costo que eso implica. Y ustedes saben lo que significaba pararse frente a un rey en esa época, dadas las condiciones que implicaba ese rey, que tenía el pleno y absoluto poder sobre la vida de la gente, y decirle, señalar al rey y decirle: "Por cuanto te has apoyado." Yo me imagino a Jananí —no sé si lo señaló con el dedo, pero como que esta expresión no tiene otra manera de expresarse—: "Por cuanto te has apoyado en el rey de Aram y no en el Señor tu Dios."

Eso molestó a Dios. Su manera de proceder molestó a Dios. Y había salido bien, había pasado su problema aparentemente. "Wow, Dios abrió esta puerta." No. Esa no fue su puerta. Esa puerta violentó su Palabra, esa puerta no fue fiel a su Palabra y a su revelación. Esa no es una puerta que Dios abrió. Y Jananí lo confronta de esta manera y le hace la pregunta: "¿Yo no te he mostrado mi poder? ¿No he sido lo suficientemente claro contigo de que yo soy tu protector?" Y aquí se ve el corazón celoso de Dios por sus hijos.

Entiendan, y me he referido a esto en otras ocasiones: Dios es celoso, pero no celoso a nuestra manera. El celo del ser humano es un celo posesivo, es un celo en el que quien cela quiere al sujeto de su celo para sí, porque tiene un beneficio de tenerlo para sí. Dios no cela de esa manera, porque Dios no nos necesita. Dios cela porque Él sabe que, siendo sus hijos, cuando vamos y buscamos ayuda en otro lugar, en otra persona, en otro dios —si es que hubiera alguno, que no lo hay—, nosotros somos los afectados. Él cela por nuestro beneficio. Y Dios celó aquí por Israel y le dice: "¿Por qué te fuiste? ¿Por qué no me dejaste ayudarte? ¿Por qué no clamaste a mí en tu momento de necesidad?"

Viene a la mente la palabra de Jesús que le decía a sus discípulos que el reino de Dios es para aquellos que tienen el corazón como un niño. ¿Y cuál es la condición básica de un niño? Bueno, yo decía que hace como dos o tres días llegué a mi casa como a la una y media de la tarde.

Y cuando entré en la sala, ahí estaba mi hijo de un año y medio, durmiendo con su uniforme del colegio puesto, debajo del abanico, en un cochecito en el piso. Entonces yo me quedo viendo su cara, tenía la boca media abierta. Y nos vino esa expresión... yo estaba sumamente cargado, tenía muchas cosas en el trabajo, tenía muchos compromisos, yo venía cargado, pero él se veía tan tranquilo. Y como que a mi mente llegó este pensamiento: ¿cuál es la preocupación de mi niño, de mi hijo? Él tiene dos o tres preocupaciones: jugar, comer y dormir. Sus tres preocupaciones. Él sabe que su padre provee para sus necesidades, él no tiene que preocuparse.

Y cuando él quiere leche, él llora, y cuando él tiene calor, él llora. ¿A quién? A mí. Mi hijo sabe que su grito va a producir en mí una reacción natural a proveer su necesidad, no a malcriarlo, sino a proveer su necesidad. Esto es natural. Dios es nuestro Padre, si se ha revelado como tal. Él les reclama, es como si yo le reclamara a Elías, pero muy muchacho: cuando ya tenga un gran deseo, ¿por qué tú le pediste eso a fulano, si tú sabes que yo te lo puedo dar? Es un reclamo legítimo de un padre a un hijo. ¿Por qué vamos nosotros a contar con el dinero para solucionar un problema, cuando lo primero que tenemos que hacer es ir donde nuestro Padre, es decir: Señor, te necesito?

¿Por qué pensamos nosotros que la solución a nuestras dificultades está en otro lugar? A veces vienen donde nosotros, los pastores, personas, sobre todo madres, y me dicen: "Ah, pastor, yo quisiera que usted fuera a hablar con mi hijo. Quizás se convierte, quizás conoce al Señor." Señor, yo no convierto a nadie, el pastor Miguel no convierte a nadie, ninguno de nosotros tenemos ese poder. El corazón de los hombres está en las manos de Dios. Lo que tú necesitas hacer es ir al trono de Dios y presentarle tu necesidad.

Esposas que a veces quieren y van como secreteándole al pastor: "Pastor, yo quiero que mi esposo venga donde usted. ¿Usted no cree que de alguna manera usted le pueda llamar e invitarlo? ¿Cómo manejando la cosa, cómo hacer una alianza con el pastor para que venga?" Preséntele su necesidad delante de Dios. Y si Dios le pone en el corazón que nosotros seamos los instrumentos, Dios va a producir la circunstancia para que traiga a su esposo. Nosotros no somos los que solucionamos ese problema.

A veces es una enfermedad, y el primer recurso que usamos es el médico, un recurso legítimo, pero no debe ser el primero. El médico, el seguro, está bien. Pero la primera cosa que hay que hacer ante tu enfermedad, por pequeña que sea, es orar, buscar el rostro de Dios, ir donde Dios y pedirle al Señor que nos ayude. Ya sea una gripe, un catarro, una flema, un dolor de barriga. Eso fue algo que a mí se me quedó sembrado en el corazón. Yo recuerdo mi niñez: por la gracia de Dios, no importaba lo que pasara en nuestras vidas, un esguince en una bicicleta, un dolor de cabeza, una gripe, un problema estomacal, lo primero que se hacía era orar, orar.

Para que Dios sanara la enfermedad. Dios es poderoso y lo puede hacer, claro. Después de la oración vemos el desarrollo y recurrimos a los medios legítimos que Dios nos proveyó, pero Dios es nuestro primer recurso. Dios se los reclama a Asa, y se los reclama a cada uno de sus hijos: ¿por qué te vas a buscar apoyo en otro lugar?

Muchachas que quieren casarse, y hay un refrán por ahí que dice que lo que no se muestra no se vende, entonces comienzan a usar una serie de estrategias, de vestimenta, de cambiarse, de ir a ciertos lugares. Hermanas, donde Dios está a su esposo, donde Dios está a su esposo. No es en un lugar externo, no es que tú tienes que salir del cuerpo de Cristo a buscar un hombre, a pescarlo para traerlo. Es aquí que va a encontrarlo, en el medio que Dios te ha colocado.

A veces tenemos situaciones de tentaciones en nuestra vida y queremos vencerlas con fuerza de voluntad. Si hay fuerza de voluntad para vencerlas, recuerda la expresión de Cristo a los discípulos: "Orad para que no entréis en tentación." El primer recurso, más que el recurso psicológico del dominio propio, el primer recurso es: Señor, ayúdame, a ti clamo, yo no puedo contra esta tentación, pero tú en tu poder, Dios, puedo. Es una vida de confianza infantil, un corazón como de niño que Dios está buscando. Un corazón cuyo primer grito sea: ¡Abba, mi Padre! Y Dios se los reclama a Asa. Pero es tan sutil y tan fácil la manera como nosotros desplazamos nuestra confianza hacia otras cosas, que a veces uno se queda pasmado y preocupado por lo fácil que el corazón del hombre es entusiasmado con otras cosas.

Luego viene el versículo que quizás es para mí esta mañana el más revelador del corazón de Dios en este texto: el versículo 9. "Porque los ojos del Señor recorren toda la tierra, para fortalecer a aquellos cuyo corazón es completamente suyo." Los ojos de Dios recorren toda la tierra. Fíjense que eso es luego de la confrontación: Asa, déjame decirte que tú has recurrido a otro rey, le has fallado a tu Dios, has revelado falta de confianza, falta de fe en tu Dios. Pero los ojos de Dios siguen en búsqueda de hombres y mujeres cuyo corazón le pertenezca, porque Dios quiere fortalecerlos, quiere mostrar su poder en su favor.

Y en varios pasajes a lo largo de la Escritura uno se encuentra a Dios buscando gente. En Juan 4, Dios está buscando adoradores que lo adoren en espíritu y en verdad, ¿cierto? Aquí en este texto, Dios está buscando gente que confíe en Él absolutamente, cuyo corazón le pertenezca totalmente. Yo quiero ser uno de esa gente a quien Dios encuentre. Y donde está Dios buscando esta gente, es en toda la tierra. La búsqueda de Dios es exhaustiva, hermanos. Es exhaustiva, es minuciosa. Ciudades, países, iglesias, ministerios: Dios está buscando aquellos cuyo corazón le pertenece, para mostrar su poder, para obrar a su favor, y que su favor y su poder se muestren en esas vidas.

¡Qué bueno que Dios nos dijera aquí que Dios está buscando gente talentosa para fortalecerla! No. ¿Que Dios está buscando gente capacitada para usarla poderosamente? No. ¿Que Dios está buscando gente sin mácula para usarlos? No. ¿Que Dios está buscando gente con bolsillo, con recursos, para poder expandir su reino? No. Dios necesita un corazón rendido a Él completamente. Eso es suficiente para que Dios muestre su poder a través de esa persona. Punto.

Y esto nos revela el corazón de Dios: Dios quiere gente sin concesiones en su vida, que le busque a Él como primer recurso, que le tenga a Él como único y mayor de los tesoros. Buscar a Dios intensamente, de hecho, no es solamente una buena cosa, es el primer mandamiento: "Amarás a Dios con todo tu corazón, con toda tu mente, con todas tus fuerzas." Pero me voy más allá. El apóstol Pablo, en un momento dado de su vida, dice: "Todo lo que para mí era ganancia, lo considero pérdida por el inestimable valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor, por el cual lo he perdido todo, y lo tengo todo por basura, a fin de ganar a Cristo." Dios era el tesoro de Pablo, el tesoro de Pablo.

Mi búsqueda, tu búsqueda de Dios, a veces es tan pálida, tan desganada, tan rápida. Y vivimos, lamentablemente, en la cultura de los medios de comunicación, que ocupan una parte importante de nuestra vida. Y en los medios de comunicación, con la cantidad de distracciones, de actividades y de cosas que presentan, le han robado al hombre una virtud: la profundidad. Y sucede que Dios es un Dios profundo.

Dios es un Dios que no se me va a revelar cuando yo tengo cinco minutos u ocho minutos para dárselos, y yo le digo: "Bueno, Señor, vamos a ver, porque yo no tengo tiempo. Habla rápido, revélate, yo quiero tener una experiencia extraordinaria contigo, pero tengo ocho minutos." No. Él es Dios, yo la criatura. Él me dice: detente. Detente. Si tú quieres que yo me revele, si yo quiero ser en ti algo presente, búscame de todo corazón. Dame tu prioridad, dame la prioridad de tu vida, dame el centro de tu corazón, dame tu confianza, búscame de todo corazón. Como el siervo busca las aguas, decía el salmista: "Así clama mi alma por ti, Señor." Con sentido de necesidad, con apetito de Dios, sabiendo que en Él tenemos satisfacción.

Claro, el siervo que anda en la zona árida y sedienta sabe que cuando encuentre las aguas se va a saciar. Eso es algo implícito, instintivo en los animales: desde que ven agua y la beben, se sacian. "Como el siervo brama por las aguas, como el siervo anhela las aguas, así clama mi alma por ti." Cuando te encuentre, me saciaré en ti, Señor. Dios es la provisión para la plenitud de mi vida.

Pero como les decía, nuestra búsqueda muchas veces es pálida, carece de entusiasmo, carece de entrega, pero queremos que Dios se nos revele. El Dios eterno, magnífico, el Dios de poder, queremos que se nos revele en el tiempo que yo tengo para Él o de la manera que yo he determinado. Busquémosle de todo corazón. Dios quiere no solamente ser obedecido, Dios quiere ser amado.

Es muy fácil, en un sentido, obedecer. Y yo pongo el ejemplo de que si yo le traigo un ramo de flores a mi esposa el día de su cumpleaños, y se lo llevo, y le digo: "La verdad es que yo te lo estoy regalando porque a ti te gustan, pero yo no le encuentro sentido a las flores." El más bello arreglo que se haya podido hacer en República Dominicana, a ella le va a saber a nada. Porque no es el arreglo lo que le agrada, es el amor que pongo yo en regalarle el arreglo. Es el amor en entregarle parte de mi corazón con un instrumento como el arreglo. Yo puedo obedecer a Dios, pero cuando lo hago a regañadientes, sin amarlo, ¿estoy verdaderamente glorificándole? Yo que voy a obedecer porque tú lo dices, pero es obligado.

Díganme a ustedes: si a un padre su hijo le dice "yo te voy a obedecer porque si no me das una pela", pero no es que yo quiero, ¿cómo se siente el padre? Dios quiere no solamente ser obedecido; quiere ser amado. Dios quiere ser buscado con intensidad, Dios quiere el corazón del hombre, Dios quiere que yo le ame con todo corazón, con toda mi fuerza, con toda mi mente. Y al final, el beneficio de eso no es de Él; Él está completo. El beneficio de eso es mío: la plenitud la recibo yo, la paz la recibo yo.

Y le sucede como a estas personas que practican el deporte de bajar montañas. Saben que hay deportes como el alpinismo, que es subiendo montañas, y hay otros que consisten en bajar montañas con sogas: ponen unas sogas y la persona tiene que ir bajando de espaldas. La técnica para bajar correctamente la montaña es colocarse en 90 grados con los pies, como si estuviéramos parados en la montaña, pero dejando descansar todo el peso en la soga; si no es así, no se puede bajar.

Lo que pasa con los novatos en ese deporte es que, aunque les dicen cómo es, es duro cuando uno está a dos metros de piedra y altura. Les dicen: "No, no, tírate para atrás." Uno dice: "¡Espera!", y comienza como a asaltar, a ver si la soga no se rompe. Entonces va poquito a poco, con desconfianza. ¿Qué pasa? Que el que se agarra de frente y trata de agarrarse con sus brazos se resbala y se pela todo al frente. La técnica es: deja reposar tu cuerpo, 90 grados en la montaña, y así bajas corriendo por la montaña.

De la misma manera, muchas veces Dios nos pide una confianza absoluta en Él. Dios nos pide un descanso en su mano, un reposo sabiendo que Él me tiene en su mano. Pero muchas veces decimos: "No, no, no, Señor, espera: mi trabajo, mi casa, mi hijo, mi esposo." Es en Él que queremos descansar, y Él hará. Él está buscando, haciendo un *search* en la tierra, buscando aquellos cuyos corazones son completamente suyos. ¿Seré yo? ¿Serás tú ahora? Porque cuando lo sea, Dios te va a fortalecer y va a mostrar su poder en ti; su poder lo vamos a ver.

Señor, te alabamos y te bendecimos. Por eso eres un Dios majestuoso, grande, extraordinario, pero también eres un Dios cercano a nosotros. Eres un Dios que nos amas y deseas que nosotros te amemos. Eres un Rey que nos ha salvado y que se ha acercado a nosotros. Señor, perdónanos si en nuestra negligencia, en nuestra debilidad, te hemos ignorado y hemos desconfiado de tu poder. Hemos juzgado mal, hemos limitado tus recursos, no hemos creído en tu amor incondicional.

Pero queremos hoy salir de aquí, Señor, totalmente descansados y reposados en tu mano, sabiendo que Tú tienes control de mi vida y de todo cuanto sucede. Señor, ayúdame, dame la agudeza de mente para recurrir a Ti como primer y único recurso para mis necesidades. Tú me amas, Dios; Tú esperas que yo haga y actúe de esa manera. Y así lo quiero hacer, Señor, y ojalá que llegue yo a ser ese hombre cuyo corazón es completamente Tuyo, Señor, y aquel hombre en el cual Tú despliegas tu poder y tu gracia. En el nombre de Jesús, amén.

Héctor Salcedo

Héctor Salcedo

Héctor Salcedo es economista de profesión y pastor de corazón. Posee una maestría en Estudios Bíblicos del Moody Bible Institute de Chicago y estudios de posgrado en Macroeconomía Aplicada. Es pastor de la Iglesia Bautista Internacional desde 2004, donde supervisa áreas administrativas, financieras y el ministerio de jóvenes adultos (M-Aquí), además de predicar regularmente. Está casado con Chárbela El Hage y tienen dos hijos, Elías y Daniel.