Integridad y Sabiduria
Sermones

Lo que Dios demanda de ti

Luis Méndez 4 marzo, 2018

En tiempos del profeta Miqueas, la corrupción había infiltrado todo segmento de la sociedad: los dueños de propiedades desalojaban viudas, los comerciantes usaban balanzas engañosas, los ricos oprimían a los pobres, y hasta los sacerdotes y jueces ministraban por avaricia y sobornos. Frente a este panorama, Dios envió a su profeta con una pregunta incómoda: ¿con qué nos presentaremos ante el Señor? El pueblo creía que podía vivir en pecado y luego resolver todo mediante actos religiosos externos, pero Miqueas confronta esa mentira directamente.

El profeta explora posibles respuestas: ¿holocaustos con becerros de un año? ¿Miles de carneros? ¿Ríos de aceite? ¿Incluso el sacrificio del primogénito? Todas estas opciones son rechazadas porque Dios no anda detrás de rituales. Dios quiere devoción de corazón. El legalismo ciega y hace pensar que con llegar a la iglesia dos o tres veces por semana se cumple con Dios, pero una vida de religiosidad sin genuino arrepentimiento no le agrada.

La respuesta divina es clara: practicar la justicia, amar la misericordia y andar humildemente con Dios. Practicar justicia significa preferir honestidad sobre engaño y fidelidad sobre conveniencia. Amar misericordia implica ser prontos para perdonar, enfocarnos en dar más que en demandar. Y la humildad es reconocer que Dios habita con el contrito de espíritu, con aquel que tiembla ante su palabra. Estas demandas solo pueden cumplirse presentándonos a Dios a través de Jesucristo, pues en nuestras propias fuerzas es imposible agradarle.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

¡Fuimos, hermanos, para vivir en su palabra! Yo quisiera presentarles en esta mañana Miqueas, capítulo 6, del versículo 6 al 8, lo que hemos titulado: "Lo que Dios demanda de ti, lo que Dios demanda de ti." ¿Y qué dice Miqueas capítulo 6, versículos 6 al 8? Dice: "¿Con qué me presentaré al Señor y me postraré ante el Dios de lo alto? Me presentaré delante de él con holocaustos, con becerros de un año. ¿Si agradará al Señor con millares de carneros, de miríadas de ríos de aceite? ¿Ofreceré mi primogénito por mis rebeliones, el fruto de mis entrañas por el pecado de mi alma? Él te ha declarado, hombre, lo que es bueno; y qué es lo que demanda el Señor de ti, sino solo practicar la justicia, amar la misericordia y andar humildemente con tu Dios."

Hay algo especial en la manera como Miqueas, forzado por Dios, habla a su pueblo. Miqueas es uno de los profetas menores, y él vivió durante el tiempo en que el pueblo de Dios estaba dividido en dos reinos, lo que conocemos muy bien de la historia en el Antiguo Testamento. Recuerdan que estaba Israel en el reino del Norte y su capital era Samaria, y estaba Judá en el reino del Sur y su capital era Jerusalén. Dios entonces envió a este hombre. Miqueas profetizó durante el reinado de tres diferentes reyes, y fue contemporáneo de Isaías como profeta de Dios.

Para dar una idea de cómo toda esta realidad es resumida en la Biblia, déjeme leer Miqueas, capítulo 1, verso 1, el primer verso del libro. Dice así: "Palabra del Señor que vino a Miqueas de Moreset en los días de Jotam, Acaz y Ezequías, reyes de Judá, lo que vio acerca de Samaria y de Jerusalén." Miqueas fue un profeta que trabajó para los dos reinos que había, porque reveló acerca de lo que él vio en Samaria, capital del reino del Norte, y Jerusalén, capital del reino del Sur. Así que la mayoría de su ministerio fue antes de que el pueblo de Israel fuera llevado cautivo por Asiria. Tanto Isaías como Miqueas, así como Oseas, estuvieron profetizando más o menos en el mismo tiempo; fueron contemporáneos.

Una cosa muy especial acerca de este profeta es que él profetizó durante un tiempo de intensa injusticia social. Había mucha corrupción en Judá cuando Dios levantó a este hombre. Cosas como, por ejemplo, que los dueños de propiedades, en su injusticia, aun desalojaban a las viudas que estaban desprotegidas. Los negociantes usaban balanzas y pesos engañosos para robarle al pueblo. Había una gran falta de integridad; los ricos oprimían a los pobres. Por tanto, la corrupción, la violencia y la crueldad crecían muy fuertemente a nivel de los príncipes.

No solamente había problema fuera de la iglesia; también dentro de la iglesia, los sacerdotes y los profetas ministraban por avaricia. Había intereses económicos envueltos allí. Y no solamente eso: los jueces, que se suponía debían ministrar con justicia, ellos también buscaban sobornos. En otras palabras, el pecado había infiltrado todo segmento de la sociedad en aquel tiempo.

¿Por qué es necesario hablar de estas cosas? Bueno, es importante saber esto, porque cuando hacemos una comparación de lo que había y estaba sucediendo en aquel entonces con el mundo en que nos encontramos hoy, impresionantemente encontraremos que no hay mucha diferencia. No hay mucha diferencia. ¿Qué tanta corrupción había en el tiempo de Miqueas? Vengan conmigo a Miqueas, capítulo 7. Momentico, escuchen el texto; voy a leerlo.

Miqueas, capítulo 7, verso 1 al 4: "¡Ay de mí!, porque soy como recogedor de frutos de verano, como los rebuscadores en la vendimia. No hay racimos de uva que comer, ni higo temprano que tanto deseo. Ha desaparecido el bondadoso de la tierra y no hay ningún recto entre los hombres. Todos acechan para derramar sangre; unos a otros echan la red. Para el mal, las dos manos son diestras." Imagínense esto. La idea es que cuando se trata de hacer alguna maldad, las dos manos —una ilustración de decir que todas las habilidades posibles— son muy diestras. "Para el mal, el príncipe pide, también el juez una recompensa; el grande habla de lo que desea su alma y juntos lo traman. El mejor de ellos es como un espino, y el más recto como un seto de espinos. El día que pongas tus centinelas, tu castigo llegará; entonces será su confusión."

Yo no estoy leyendo el periódico de esta mañana. Yo estoy leyendo a Miqueas, de hace muchísimos años. El pastor Miguel, que enseñó una clase de Antiguo Testamento en el instituto, resumió así: estaba todo el mundo corrompido. Estaba el príncipe corrompido; el más recto estaba corrompido; planeaba como podía servirse a sí mismo; cada uno tendía su propia red. Así vivía la nación. Termina la cita.

Y en una situación como esta fue enviado el mensaje del profeta Miqueas. Inicialmente, lo que encontramos en el texto no son afirmaciones, sino preguntas. Preguntas que están allí para despertar nuestras almas. Él dice: "¿Con qué me presentaré ante Jehová y adoraré al Dios Altísimo?" Dice el verso 8: "¿Qué es lo que demanda el Señor de ti?" Y esas preguntas son importantes porque reflejan algo. Miqueas está allí confrontando un mal muy común, aun en el día de hoy. Y el mal es este: creer que podemos vivir una vida de pecado y que luego, por cumplir algunos actos religiosos externos, uno puede creer que todo está resuelto.

El mal que Miqueas está tratando de combatir es este: creer que podemos vivir una vida de pecado y que por cumplir algunos actos religiosos externos, todo puede quedar resuelto. Miqueas le habló al pueblo de esta manera porque él conocía muy bien el mal que hacían. Sabía que ellos no mostraban en la práctica un genuino amor por Dios. Miqueas le habló al pueblo de esta manera para tratar de que se dieran cuenta del mal que hacían. Miqueas le habló al pueblo de esta manera para que ellos reconocieran que una religión sin amor genuino a Dios no significa nada.

Y las palabras de Miqueas de ese entonces también sirven hoy para recordarnos esa realidad. Dios no anda detrás de actos religiosos. Dios quiere nuestra devoción de corazón. La vida de religiosidad sin un verdadero arrepentimiento no agrada a Dios. Por muy religiosos que seamos, si Jesucristo no reina en nuestro corazón, si el disfrute de Dios no es una pasión real dentro de nosotros, nada de lo que digamos ni nada de lo que hagamos nos conducirá a una real adoración a Él.

El legalismo nos ciega y nos hace pensar que con llegar a la iglesia dos o tres veces por semana estamos cumpliendo con Dios; nos engañamos creyendo que así podemos agradarlo. El legalismo nos ciega a la realidad de que la frialdad espiritual nos envuelve en justificaciones e incentivos que nunca serían aceptables a Dios. Ese fue el caso del pueblo en aquel entonces. Ellos continuaban en su maldad y pensaban que por cumplir ciertos actos rituales, todo iba a estar bien.

Dios entonces, en su infinita gracia, en su infinita misericordia, nos ha declarado en su Palabra lo que es bueno. Dios ha permitido que el Evangelio de salvación venga a nosotros. Dios ha puesto su Palabra a nuestra disposición para que aprendamos lo que tenemos que hacer para llegar a su presencia, para que podamos adorarle. La pregunta que realmente importa es esta: ¿Qué demanda Dios de nosotros? ¿Qué demanda Dios de nosotros?

Y esta mañana nos proponemos estudiar este texto de Miqueas, capítulo 6, con el deseo, primero, de que Dios nos despierte internamente a una genuina adoración. La idea de traer el texto esta mañana es deseando que seamos librados de una vida desconectada que niega en la práctica el poder de Dios y la transformación que ese poder produce. El deseo al compartir este texto esta mañana es que, por su gracia, tanto individualmente como colectivamente, podamos vivir vidas que le agraden a Él.

¿Qué demanda Dios de nosotros? Lo vamos a ver de esta manera: primero, considerando una pregunta que Miqueas hace para movernos a la reflexión: "¿Con qué me presentaré al Señor y me postraré ante el Dios de lo alto?" En segundo lugar, considerando una pregunta que nos mueve a la obediencia: "¿Qué es lo que demanda el Señor de ti?" Y finalmente, un punto de aplicación.

Así que vamos a nuestra primera pregunta: una pregunta para movernos a la reflexión. Dice él: "¿Con qué me presentaré al Señor y me postraré ante el Dios de lo alto?" Lo que encontramos, primeramente, es una pregunta. Algunas traducciones nos ayudan a entender la dimensión de esta pregunta. Una versión traduce este texto de esta manera: "¿Cómo podría acercarme al Señor y postrarme ante el Dios Altísimo?" Otra versión traduce este texto así: "¿Con qué me presentaré para adorar al Señor Dios de las alturas?" Entonces, ¿qué es lo que Miqueas está preguntando? Bueno, en otras palabras, la idea es: ¿qué es lo que yo tengo que hacer para agradar a Dios?

¿Qué es lo que yo tengo que hacer, en dependencia de su gracia, para yo poder vivir más cerca de Él, para yo poder disfrutarle más? ¿Qué es lo que yo tengo que hacer para que mi vida sea un real acto de adoración? Esa pregunta es importante. Nosotros necesitamos saber lo que el otro desea para poder agradarle. Yo creo que eso es básico. Yo recuerdo una vez, con mi esposa, mi Morena, que yo viajaba por asuntos de negocios hace muchos años. Y en uno de esos viajes yo me emocioné y quise agradarla; le compré un regalo. Yo estaba inspirado. El único problema es que lo que yo hice vio luego la regla de las tres veces: ni era bonito, ni era bueno, ni era barato. Y yo llegué emocionado. Porque si esto me lo hubieras preguntado, yo te hubiera dicho, y tú me hubieras agradado.

Y Dios, al inspirar al profeta, le hace preguntar: "¿Con qué es que yo me voy a presentar ante Jehová? ¿Qué es lo que debo hacer para adorar?" Esa es la pregunta. Ahora, vamos a explorar las posibles respuestas. El profeta reflexiona sobre estas posibilidades levantando más preguntas. Dice el verso 6, en la segunda parte: "Me presentaré delante de él con holocaustos, con becerros de un año."

Y obviamente son preguntas retóricas, ¿qué le está usando para facilitar la reflexión? Luego dice: "¿Se agrada el Señor de millares de carneros, de miríadas de ríos de aceite? Aún más, ¿ofreceré mi primogénito por mi rebeldía, el fruto de mis entrañas por el pecado de mi alma?" Lo que encontramos es una exploración creciente de sacrificios externos que pudieran ser considerados en una obra de adoración, pero que al final todo llega a ser rechazado.

Dice el primero: "¿Ofreceré holocaustos, con becerros de un año?" La primera pregunta se trata de un creyente fiel en el Antiguo Testamento, trayendo ofrendas quemadas, ya ver, con becerros de un año de edad. Es una excelente propuesta. Si revisamos el Antiguo Testamento, sobre todo el libro del Levítico, hay siete capítulos dedicados exclusivamente a instrucciones detalladas en cuanto a la variedad de ofrendas que Dios requería de los israelitas en aquel entonces. Y la ofrenda quemada es la primera que aparece, lo cual sugiere que tiene una importancia especial.

Déjenme así explicar cuál era la idea en esa demanda. De esos becerros, el requisito era tomar un becerro varón, obviamente sin mancha. Un becerro en aquel entonces se ofrecía como sacrificio al cumplir siete días. Usted puede buscar desde Levítico 22 en adelante. Si a los siete días el becerro estaba impecable, era sacrificado. Ahora, una persona que iba más allá de lo básico, de lo normal, no hacía eso, sino que cuidaba y alimentaba ese becerro no por siete días, sino por un año. Y luego de todo ese sacrificio de un año, entonces era sacrificado. Esta propuesta, un becerro de un año, era la mejor ofrenda que una persona dedicada en aquel tiempo podía ofrecer.

La segunda que le presenta es millares de carneros, de miríadas de ríos de aceite, y esta aumenta aún más los requisitos considerablemente. Un carnero era una oveja macho que constituía una ofrenda muy aceptable según Levítico capítulo 5. Por ejemplo, recuerden cuando a Abraham se le pidió que sacrificara a su hijo Isaac; entonces el ángel, cuando vio su disposición de corazón, le dijo: "No hagas daño al muchacho." Y se proveyó un carnero. Ahí está la idea. Ese carnero fue aceptado en lugar de su hijo. Y así, si un carnero era más que aceptable, miles de carneros sería aún más comprometedor. Si el Señor se agradara con uno, claro que se agradaría aún más con miles de ellos, y eso es lo que el profeta está tratando de ayudarnos a reflexionar.

Por el otro lado, miríadas de ríos de aceite: hablamos de aceite de oliva, que era uno de los productos básicos en la agricultura de Israel. Se hacía exprimiendo aceitunas maduras para extraer el aceite. Ese aceite tenía muchísimos usos: se podía usar para cocinar, para lámparas, una variedad de funciones. Pero solo el extra, el virgen, el recién hecho, prensado una sola vez, ese era el aceite que se usaba para el acto de adoración en el templo; era exclusivo para funciones religiosas. La idea es: si el Señor se agradaba con la ofrenda de una pequeña cantidad de aceite, de seguro que estaría muy contento con un arroyo de aceite, y aún mejor, con diez mil arroyos de aceite. La idea aquí, millares de carneros y de diez mil arroyos de aceite, es una expresión hiperbólica del profeta. Es una exageración, ya que nadie podía hacer eso realmente.

Lo que el profeta está tratando de ayudarnos a reflexionar es que, aún en el mejor de los casos, esos sacrificios externos ya no tienen ninguna aplicación a este nivel. Pero no solamente eso; es más: el sacrificio del primogénito, ofrecerlo por mi rebeldía, el fruto de mis entrañas, esto aumenta aún más los límites. Los israelitas ya conocían el tema de los sacrificios de niños, porque era una práctica muy común en las tierras que ellos conquistaban y entre los vecinos que ellos se encontraban. Había mucha idolatría. La cuestión que se presenta aquí es: si una persona tendría que ir tan lejos como ofrecer a su primogénito como un sacrificio humano, obviamente Dios condenaba esta práctica que algunos hacían. Levítico capítulo 18, versículo 21, dice: "Tampoco darás hijo tuyo para ofrecerlo a Moloc", el dios de los cananitas que habitaban en aquellas tierras, "ni profanarás el nombre de tu Dios. Yo soy el Señor."

Entonces, con toda esta pregunta, lo que el profeta Miqueas nos ayuda a concluir en una profunda reflexión es: ¿Qué voy a presentar a Dios? Si yo considerara los más grandes sacrificios externos posibles, ninguna de estas maneras sería la manera correcta de agradarle. Dios no se va a complacer, aun con los más grandes sacrificios externos. Dios está mucho más interesado en lo que somos por dentro que en lo que hacemos por fuera. Dios está interesado en nuestro corazón.

Entonces la pregunta es: ¿qué vamos a hacer? Y eso nos conduce a nuestro segundo punto. Así como el primero fue una pregunta para llevarlo a la reflexión, ahora Miqueas trae una pregunta para movernos a la obediencia. Dice el versículo 8: "Él te ha declarado, hombre, lo que es bueno. ¿Y qué es lo que demanda el Señor de ti, sino solo practicar la justicia, amar la misericordia y andar humildemente con tu Dios?"

Entonces déjenme aclarar algunas observaciones antes de entrar en los detalles. Lo primero que dice es: Dios ha declarado lo que es bueno. Dios lo ha hecho. Si la pregunta nuestra es saber cómo agradar a Dios, entonces ya Él lo ha declarado; no necesitamos ponernos a inventar. Hay gente que dice: "Yo sé cómo complacer a mi Dios", y usualmente hablan de cosas muy raras, cosas muy personales. La pregunta no es si sabes cómo agradar a tu dios; la pregunta es si tú sabes cómo agradar al Dios de la Biblia, porque Dios ha declarado cómo Él quiere hacerlo.

Hay gente que dice: "Yo tengo mi comunión con Dios, yo no tengo que congregarme, porque Dios es un Dios universal, y yo no le tengo que dar cuenta a nadie; esto es un asunto entre Dios y yo, nos entendemos." El problema es que Dios dice en su Palabra: "No dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre." Entonces hay que preguntarle a Él; necesitamos ir a su Palabra. Una de las razones por la que yo amo esta iglesia es porque aquí hay hombres con convicciones de que necesitamos conocer a Dios como Él se revela en su Palabra. Nosotros somos una iglesia del Libro. Nosotros no nos movemos inventando cosas; queremos, anhelamos conocer más a Dios por la manera como Él se revela en su Palabra.

Nosotros creemos que la calidad de tu amor hacia alguien es directamente proporcional a cuán íntimamente lo conoces. Hablamos en este día de ese hombre que va y habla de esa mujer que es el amor de su vida: que él descubrió el amor de su vida, que él quiere a esta mujer con todo el corazón, que es su vida. Y uno lo presentó y le preguntó: "Pero, ¿cómo es el amor de su vida?" "¿No es ella?" "No, no, no, que es el amor de mi vida, sí, pero... ¿cuál es el color favorito de ella?" El tipo no sabía. "¿Cuál es el día de su cumpleaños?" No sabía. "¿Qué comida le agrada más a ella?" "No, yo no sé." "¿Qué lugares a ella le gustaría visitar?" Eso es un problema, y de algún lado nos toca a nosotros los esposos aquí. Eso no tiene sentido. Si tú amas a alguien, lo primero que tiene que pasar es que lo conoces bien. Nuestro amor a Dios está íntimamente relacionado a que también lo conocemos, y Él ha declarado lo que es bueno.

La segunda observación en el texto es que Dios demanda algunas cosas como parte de nuestra fidelidad a Él. Dice la pregunta: "¿Y qué es lo que demanda el Señor de ti?" Esa palabra es vital: demandar. Dios pide cosas, Dios espera cosas de nosotros; eso conlleva responsabilidad. Una demanda de alguien es diferente a una invitación de cumpleaños. Es algo más serio. Dios demanda de nosotros. Nuestra relación con Dios está definida en entender esto: Dios es más sabio que nosotros, Dios es más grande que nosotros, Dios es quien gobierna; por tanto, Él ha decidido. Dios debe ser obedecido; esto es lo que demanda Dios de ti. Los buenos hijos muestran su aprecio a sus padres en la manera como les obedecen, porque los padres demandan ciertas cosas de sus hijos, y así mismo Dios también.

Y finalmente, tres demandas de Dios a su pueblo. Yo creo que este es realmente el contenido central del sermón; lo que hemos dicho hasta ahora fue la introducción. Este es el sermón realmente. Tres demandas de Dios a su pueblo. "¿Y qué es lo que demanda el Señor de ti, sino solo practicar la justicia, amar la misericordia y andar humildemente con tu Dios?"

El pastor Charles Spurgeon, el famoso predicador, decía con relación a este texto: "Aquí están los Diez Mandamientos, porque los Diez Mandamientos son una ampliación de este versículo. Está resumida la ley en cuanto a esto." Primero, Dios demanda de nosotros practicar la justicia. No es una opción; Dios lo demanda. Eso es vivir actuando hacia Dios y hacia los hombres de acuerdo a los estándares que Dios ha revelado en su Palabra. El gran problema en aquel entonces, cuando Miqueas escribía, era precisamente este: había mucha injusticia. Dios no estaba siendo adorado justamente. Los hombres no estaban siendo tratados justamente. Y Dios envió profetas para atacar esa realidad, porque Dios es justo y Dios quiere que le imitemos.

Déjenme un par de textos en el Antiguo Testamento de profetas que fueron enviados para eso. Zacarías capítulo 8, versículos 8 al 14, dice: "Entonces vino la palabra del Señor a Zacarías, diciendo: 'Así ha dicho el Señor de los ejércitos: Juzgad con verdad, y practicad misericordia y compasión cada uno con su hermano. No oprimáis a la viuda, al huérfano, al extranjero ni al pobre, ni tramés mal en vuestros corazones uno contra otros.' Pero ellos rehusaron y endurecieron sus corazones como el diamante para no oír la ley ni las palabras del Señor de los ejércitos, la palabra que Dios envió por medio de algunos profetas. Y vino grande enojo de parte del Señor, porque no habían querido escuchar." Y dice el versículo 14:

Si no que los dispersé en torbellino entre todas las naciones que no conocían, y la tierra fue desolada entre ellos. Dios no se agrada en la injusticia.

Un poco más adelante, Zacarías capítulo 8, versículos 16 y 17: "Estas son las cosas que debéis hacer: decid la verdad unos a otros, juzgad con verdad y con juicio de paz en vuestras puertas. No traméis en vuestro corazón el mal el uno contra el otro, ni améis el juramento falso, porque todas estas cosas son las que odio, declara el Señor." Eso no es una realidad solo del Antiguo Testamento. Jesús ilustró esta verdad muy claramente. Dice Lucas 6:27: "Pero a vosotros los que oís, os digo: amad a vuestros enemigos, haced bien a los que aborrecen, bendecid a los que maldicen, orad por los que os vituperan. Y así como queréis que los hombres os hagan, haced con ellos de la misma manera."

Entonces, Dios demanda de nosotros justicia. Y porque Dios demanda practicar la justicia, nosotros debemos preferir su voluntad a nuestros deseos. Nosotros debemos preferir la honestidad en vez del engaño. Nosotros abrazamos la fidelidad con todas sus consecuencias antes que la conveniencia. La crisis de esta generación se llama integridad. Yo alabo a Dios que inspiró al pastor Miguel a escribir ese libro, "Integridad", y saber de ella, porque todo creyente debe vivir a la luz de esa realidad.

El problema de esta generación se llama falta de integridad. La gente valora más lo que otros ven que lo que Dios ve. La gente valora más lo que otros dicen que lo que Dios dice. La gente valora más lo que otros pueden darle que lo que Dios ya les ha dado. Nuestro compromiso es con Dios y, por tanto, tenemos que vivir para Él.

Dios demanda que practiquemos la justicia, pero no solamente eso: Dios demanda amar la misericordia. De nuevo, yo insisto, esto no es opcional. Esto no es una pregunta, esto es una demanda. Dios demanda amar la misericordia. Es interesante que el texto dice "amar la misericordia". Eso significa que hay una diferencia entre amar y la misericordia. El amor, por un lado, puede ser aplicado a muchas cosas, pero la misericordia, bíblicamente hablando, solo puede ser aplicada a nuestro prójimo.

Por ejemplo, usted usa la palabra "amar" para referirse al arte. Hay gente que ama el arte, otro ama el paisaje, otro ama la comida, otro ama el viajar. Pero usted no puede usar "misericordia" para eso. Amar la misericordia es nada más y nada menos que amar al prójimo. La misericordia siempre está dirigida hacia el prójimo. Por eso es el segundo mandamiento. La misericordia encierra el perdón, la compasión, la consolación.

Pero Miqueas, que es quien desafió a este pueblo hablando de esto, no quería dejarle solo en titulares. Miqueas, inspirado por Dios, ilustró muy bien cómo esa misericordia lucía en la práctica. Miqueas capítulo 7. Él ilustró la misericordia con el carácter de Dios. Si son tan amables, Miqueas capítulo 7, versículos 18 y 19: "¿Qué Dios hay como tú, que perdona la iniquidad y pasa por alto la rebeldía del remanente de su heredad? No persistirá en su ira para siempre, porque Dios se complace en la misericordia. Volverá a compadecerse de nosotros, hollará nuestras iniquidades y arrojará a las profundidades del mar todos nuestros pecados."

Dios se deleita en la misericordia. Dios se deleita en perdonar. Dios se deleita en consolar. Dios se deleita en que las relaciones puedan ser reconciliadas, no divididas. Dios no queda para siempre en su enojo, en su ira. Dios perdona, Dios olvida. La misericordia tiene ese poder. La misericordia tiene poder para sanar, tiene poder para restaurar, tiene poder para fortalecer a los abatidos.

Un hermano ahorita daba testimonio de cómo la iglesia se involucró en una situación tan difícil para él y su familia. La manera como le consolaban tuvo un efecto: pudo levantarlo, pudo fortalecerlo. Eso fortalece la comunión, la confianza entre el que da y el que recibe. Una de las cosas que está incluida aquí es que nosotros debemos ser gente que seamos más prontos para perdonar, porque Dios demanda que amemos la misericordia.

Nosotros necesitamos aprender a parecernos más a Dios en eso. Nosotros somos especialistas para agrandar la ofensa. Y en vez de ver una oportunidad para glorificar a Dios mediante el perdón y la reconciliación, en cambio, a veces hasta disfrutamos el hecho de hacernos las víctimas. Eso es contrario a lo que Dios demanda. Y yo no sé, naturalmente el orgullo nos traiciona a todos y nos vemos tan grandes. Como me decía alguien: "Pastor, pero es que usted no se imagina lo que fue lo que me habló así." Y la gente me ofendió a mí, a mí, a mí, a mí. Me lo dijo como cinco veces y yo le dejé proseguir. "A mí fue..." Y yo pensaba: eso era un problema, porque si a ti, ¿quién eres tú? Pero esos somos nosotros.

Y Dios dice: "Yo demando de ti que ames la misericordia." Y por causa de eso, nosotros debemos ser gente que nos enfoquemos más en dar, no en demandar. Debemos ser gente que elegimos el perdón y no alimentar la amargura. Nosotros debemos ser gente que aprecie nuestro llamado a vivir en comunidad y no aisladamente, porque las necesidades se conocerán cuando estemos en comunidad. Nosotros debemos ser gente que ve en cada problema no un problema, sino una oportunidad.

Porque Dios demanda la misericordia, y finalmente, Dios demanda andar humildemente en su presencia. Este es el nivel más alto del carácter. Viene después de las otras dos demandas anteriores. La humildad viene como un efecto de practicar la justicia y de amar la misericordia. Es una humillación que conlleva autonegación, pero cuando Dios dice "humíllate delante de mí", es todavía algo mucho más profundo. Humillarse delante de Dios implica vivir para obedecerle. Humillarse es negarse a uno mismo para hacer la voluntad de Dios.

Dice Isaías 57:15: "Porque así dice el Alto y Sublime que vive para siempre, cuyo nombre es Santo: Yo habito lo alto y santo, y también habito con el contrito y el humilde de espíritu, para vivificar el espíritu de los humildes, para vivificar el corazón de los contritos." Dios habita con ellos. ¿Qué es lo que nos pasa a nosotros? ¿Qué estamos tan llenos de nosotros mismos que no hay lugar para que Dios descienda y more en nosotros? Y por eso somos débiles por dentro. Nosotros necesitamos una fortaleza que solo Dios puede dar.

La vida tiene suficientes problemas, hay demasiados desafíos y retos en la fe. Necesitamos que Dios descienda, necesitamos que Dios habite con nosotros, necesitamos que se cumpla este texto de Isaías 57:15: "Yo haré vivificar el espíritu de ellos." Es un espíritu que está en nosotros, pero necesita ser vivificado, necesita ser fortalecido. El único camino para eso se llama humildad.

Isaías 66:1-2: "Así dice el Señor: El cielo es mi trono y la tierra el estrado de mis pies. ¿Dónde está la casa que podrías edificarme? ¿Dónde está el lugar de mi reposo? Todo esto lo hizo mi mano, y así todas estas cosas llegaron a ser, declara el Señor. Pero a este yo miraré: al que es humilde y contrito de espíritu, y que tiembla ante mi palabra." Eso es humildad. Si Dios habla, nosotros callamos. Si Dios demanda, nosotros temblamos delante de Él.

Esta es una generación que ha perdido la reverencia a Dios. Dios es demasiado glorioso, y cuando Él nos habla, algo glorioso tiene que suceder en el corazón. Necesitamos cultivar la humildad, hermanos, necesitamos eso. La humillación destruye esa soberbia natural que hay en nosotros. Increíblemente, la humildad fomenta esa comunión con Dios que todos necesitamos. Dios ha prometido no volverse atrás de hacernos el bien.

La pregunta no es: ¿qué tanto yo creo en Dios? La pregunta es: ¿qué tanto yo le confío? Una confianza que me hace ser más humilde, porque en eso reconozco que Él es el Rey soberano del universo. Dice Santiago 4:8-9: "Acercaos a Dios y Él se acercará a vosotros. Limpiad vuestras manos, pecadores, y vosotros los de doble ánimo, purificad vuestros corazones. Afligíos, lamentad y llorad; que vuestras risas se tornen llanto y vuestro gozo en tristeza." Dios necesita en nosotros su humildad.

Saben, un efecto de la humildad es que nos purificamos en nuestros corazones. Nosotros necesitamos cultivar una mayor comunión con Dios en lo privado. La verdadera humildad es disfrutar más la presencia de Dios. Es esa humildad que manifestamos cuando le escuchamos, cuando deseamos que nos hable. Es la humildad que nos mueve a hablarle a Él mediante la oración. Es la humildad que disfrutamos caminando más cerca de Él. Dice el Salmo 33:20: "Nuestra alma espera en el Señor; Él es nuestra ayuda, Él es nuestro escudo."

Esa es la humildad que nos hace ser más agradecidos. Hermanos amados, necesitamos ser más agradecidos. Nos quejamos demasiado. Nos quejamos del gobierno, nos quejamos del calor, nos quejamos del tránsito, nos quejamos de los pastores de la iglesia, de los esposos, de los jefes, y de todo el mundo. Cuando en realidad, siempre, siempre, siempre hay sobradas razones para estar agradecidos a Dios. Dios nos ha dado más de lo que merecemos, y la humildad nos ayudará a reconocer eso.

Entonces, porque Dios demanda andar humildemente, valoramos más el carácter por encima de la apariencia. Porque Dios nos llama a vivir humildemente, anhelamos ser fieles antes que famosos. Nos enfocamos más en lo que somos delante de Dios, mucho antes que en lo que hacemos delante de los hombres. Anhelamos depender más de Él, no de nosotros mismos. Aprendemos a descansar más en sus promesas, a esperar en Él. Dice Miqueas 7:7: "Pero yo pondré mis ojos en el Señor, yo esperaré en el Dios de mi salvación, y mi Dios me oirá."

Entonces, aquí está la pregunta otra vez: ¿Cómo está tu vida privada con Dios? Yo les digo, este llamado que Dios hace a algunos hombres para el ministerio de ser pastores: la única manera en que eso puede ser sostenible es si Dios es real para nosotros en lo privado. Usted no se imagina las cosas que un pastor tiene que pasar.

A veces acusaciones injustas, y dice el pastor Miguel: "Si mi testimonio ante Dios puede defenderme, entonces mi palabra es obra, porque Dios es testigo privado y sabe lo que hay." Eso es lo que sostiene a una persona. Habrá muchas cosas que no podemos controlar. Lo único que realmente dará gozo al alma es lo que tú y Dios saben en privado. Esa es la realidad de la vida cristiana: lo que Dios conoce en privado.

¿Qué aprendemos de aquí? Amigo que estás aquí esta mañana, ¿cómo tú vas a construir esas semanas? Las demandas de Dios solamente pueden ser suplidas cuando tú te presentas a él a través de Jesucristo. Es imposible hacer eso en tus propias fuerzas. Tú no podrás agradar a Dios mientras estás viviendo a tu manera, sin tomar en cuenta a Dios. Tú necesitas que Jesús perdone tus pecados para que entonces puedas disfrutar la paz que viene de él. Todas esas demandas te condenan porque tú no puedes cumplirlas. Por tanto, tú necesitas a Jesús.

Amigo que estás aquí y escuchas, tú necesitas arrepentirte de tus pecados. ¿Cuál es el pecado? De no practicar la justicia, de no amar la misericordia, de no andar humildemente delante de Dios. Tú eres tu propio dios, y eso ofende grandemente al Dios glorioso del universo. Quizás hoy Dios te ha hablado para bendecirte. Si ese es el caso, no le cierres tu corazón a Dios. Responde a su llamado aquí mismo, donde estás. Pídele al Señor: "Ayúdame, ayúdame. Yo quiero vivir una vida que te agrada. Libra mi conciencia, líbrame de mi pecado, ayúdame a creerte, dame la fe, dame el arrepentimiento para yo poder seguirte." La Biblia dice: hoy es el día aceptable, hoy es el día de salvación.

Y tú, hermano que estás aquí y que escuchas, la pregunta es: ¿cómo estamos agradando a Dios? ¿Cómo estamos agradando a Dios? Este texto nos desafía a revisar nuestra vida de fe. Dios no se agrada con sacrificios externos; Dios quiere la centralidad de nuestro corazón. ¿Con qué nos vamos a presentar ante Dios? ¿Cómo nos vamos a acercar a él para adorarle? Es reconociendo que las cosas externas no le agradan. Dios busca de nosotros más que rituales; Dios busca de nosotros que le demos el corazón.

Tenemos que reconocer que el legalismo no le agrada, pues eso es contrario a la gracia. Nadie puede cumplir la ley; solo Jesús puede hacerlo. Por tanto, necesitamos descansar más en él. Tenemos que presentarnos a Dios reconociendo que Él se complace cuando le imitamos en nuestro trato de justicia, que Dios se complace cuando demostramos el mismo acto de misericordia que exhibió a todos aquellos que le rodean, y cuando vivimos completamente humillados a su voluntad, reconociendo y arrepintiéndonos de nuestras faltas.

Dios, en su infinita gracia y misericordia, nos ha declarado lo que es bueno. Dios ha permitido que el Evangelio de salvación llegue a nosotros. Dios ha permitido que su Palabra esté a nuestra disposición para que aprendamos lo que tenemos que hacer para llegar a su presencia. Que Dios nos ayude, que amparados en su gracia, que es todo suficiente, podamos ser despertados a una genuina adoración. Que Dios nos ayude para que seamos librados de una vida que está desconectada de la realidad espiritual, que en la práctica niega su poder y que en la práctica niega la transformación que es necesaria. Que Dios nos ayude por su gracia para que, tanto individualmente como familiarmente, como iglesia, podamos vivir vidas que sean agradables a Él.

Esta es una producción que llega hasta ustedes gracias a los aportes de individuos y empresas comprometidos con la defensa de la fe. Para más información, preguntas y comentarios, visite nuestra página de internet: www.integridadysabiduria.org. En esta página encontrará información sobre la producción de este y otros recursos que ponemos a su disposición, como también las formas en las que usted puede contribuir con la producción de programas como estos. Les invitamos nuevamente a visitar nuestra página de internet: www.integridadysabiduria.org. Será hasta la próxima, cuando nos reencontremos en su Palabra.

Luis Méndez

Luis Méndez

Luis Méndez nació en Santiago, República Dominicana, y conoció al Señor mientras cursaba estudios universitarios en 1985. Sirvió como diácono en la Iglesia Bautista de la Gracia desde 1987 y fue llamado al ministerio pastoral en 1997, función que ejerció allí hasta 2006. Ese mismo año se trasladó con su familia a Minneapolis, MN, para recibir formación teológica en el Instituto Teológico de Bethlehem Baptist Church, bajo la guía del pastor John Piper. Tras completar sus estudios, sirvió como pastor y anciano hasta 2016. Actualmente forma parte del liderazgo de la IBI enfocado en consejería. Es miembro de ACBC y Life Coach certificado por la AACC, labor que ejerce parcialmente con organizaciones y personas, incluyendo jugadores hispanos de béisbol profesional. Está casado con Vilma desde 1988 y es padre de Raquel, Eva y Luis Jr. Su residencia se divide entre Arizona, EE. UU., y Santo Domingo, R. D