IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Dios busca una intimidad con nosotros tan profunda que nadie la vea, pero que todos la reconozcan. El profeta Jeremías vivió en un tiempo de abandono espiritual y decadencia moral, levantándose como voz solitaria mientras otros profetas hablaban de prosperidad vacía. Su mensaje revela el gran drama de las Escrituras: quienes han sido llamados por Dios para estar cerca de él tienden, por su pecado y desobediencia, a vivir separados de él. Judá había sido apartada por el Señor, quien pagó un alto precio para hacerla suya, pero al alejarse cayó en un espiral de violencia y destrucción.
Para ilustrar esta tragedia, Dios envió a Jeremías a comprar un cinturón de lino, una prenda íntima que debía usar sin lavar. Luego le ordenó esconderlo junto al río Éufrates, símbolo del poder mundano, a cientos de kilómetros de distancia. Cuando regresó a buscarlo, el cinturón estaba podrido, inservible. Así como esa prenda debía adherirse a la cintura, Dios había hecho adherirse a él a su pueblo para que fueran su renombre, su alabanza y su gloria. Pero no escucharon.
El crecimiento espiritual no se mide en tiempo sino en cercanía. Podemos tener años en la fe y estar lejos de Dios. Cuando nos separamos de él, no solo nuestra vida se afecta; nuestro entorno también se contamina. El llamado es a dejar de tratar a Dios como forastero o caminante de paso, y reconocerlo como dueño absoluto de nuestra existencia, viviendo en esa intimidad secreta donde él nos ve y nos transforma.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
En esta mañana vamos a estar revisando un par de capítulos del libro de Jeremías en el Antiguo Testamento. Así que les invito a abrir sus Biblias para ir acomodándonos en Jeremías capítulo 11, verso 11 en adelante. Como ustedes saben, el profeta Jeremías vivió en un tiempo bastante difícil para Judá: un tiempo de abandono espiritual, de decadencia moral, de violencia, un tiempo de persecución. Y Jeremías se levantó como quizás el único profeta que estaba hablando en el nombre de Dios. Mientras había otros profetas que solamente hablaban de prosperidad, de bendición, una bendición en el nombre de un Dios que desconocían, Jeremías estaba hablando con el corazón delante de Dios y estaba lamentándose de lo que ocurriría producto del abandono de Judá del Dios vivo y verdadero.
Eso es algo de lo que nosotros vamos a ver en esta mañana. Pero antes, después de haber pasado tan precioso tiempo de adoración, después de haber dicho: "Señor, yo quiero estar en tu presencia", nosotros sabemos que entrar en la presencia de Dios no es un privilegio personal, no es algo que es producto de nuestra espiritualidad, no es producto de que yo tenía cierta actitud hacia lo místico, no es producto de la música: es producto de la misericordia de Dios. La Biblia habla con mucha claridad, y los que somos creyentes en Cristo somos conscientes de que antes de conocerle, antes de que Él tocar a la puerta de nuestro corazón, difícilmente nosotros teníamos esa misma sensibilidad.
Sin embargo, fue el Señor en su misericordia quien, en un momento, detuvo nuestro caminar y nos dio la posibilidad de empezar a caminar con Él. En un momento en que el Señor abrió la luz de nuestro corazón y nos hizo percibir una verdad que nos era desconocida hasta ese momento, en la medida en que nosotros reconocimos la obra salvadora del Señor, es que podemos percibir lo que significa entrar en su presencia. Y esto no es algo nuevo, esto no es algo que tiene que ver únicamente con nosotros, sino que está a lo largo de las Escrituras. Nuestro Dios es un Dios que busca, nuestro Dios es un Dios que habla, nuestro Dios es un Dios que quiere hablarnos e intimar en lo profundo de nuestro corazón.
Lo vimos en el principio de la creación: cuando Adán y Eva se separan del Señor y caen en pecado, es el Señor quien fue en su búsqueda. Cuando nosotros nos encontramos con Abraham viviendo en Ur de los Caldeos, es el Señor que lo llama y le dice: "Sal de tu tierra, de tu parentela, a la tierra que yo te mostraré." Un mensaje distinto, algo completamente nuevo, algo diferente que hace de este hombre un ser completamente diferente después de tener un encuentro con el Señor.
Lo mismo sucede si seguimos avanzando con la Escritura. Solamente por poner ejemplos, lo vemos con Moisés. Moisés, después de abandonar Egipto, huyendo después de haber cometido un asesinato, pasa cuarenta años cuidando ovejas ajenas en medio del desierto. Y uno de esos días, un día cualquiera, un día como cualquier otro, él tuvo un encuentro personal con un Dios que lo vino a buscar y le dijo: "Quítate el calzado de tus pies, porque la tierra que pisas es tierra santa, porque yo estoy presente." Y a partir de ese momento la vida de Moisés da un giro total y su vida toma un nuevo rumbo, producto de que el Señor le había hablado.
Si nosotros seguimos analizando las Escrituras, nos encontraremos con que el Señor se aparece en la vida de todos sus siervos, y son esas apariciones las que marcan un cambio radical en la existencia de esas personas. Lo mismo sucede en el Nuevo Testamento con los encuentros que el Señor Jesucristo tuvo con muchos hombres, y aún con el gran perseguidor de la iglesia, el futuro apóstol Pablo, que yendo camino a Damasco para destruir la iglesia tuvo un encuentro con el Dios vivo y verdadero.
Es así que nosotros también hemos tenido en algún momento de nuestras vidas —si nos declaramos creyentes en Cristo— un momento en esta vida en que, sin quererlo, sin buscarlo, sin intención de encontrarnos con el Señor, el Señor se encontró con nosotros, nos puso de rodillas y nos dijo: "Yo quiero que tú estés conmigo." Esa es la bendición del llamado de Dios a nuestras vidas; ese es el secreto por el cual nosotros podemos entrar en su presencia.
Sin embargo, ese también es el drama de las Escrituras. El gran drama de las Escrituras es que nosotros, que hemos sido llamados por el Señor para estar muy cerca de Él, del mismo modo, producto de nuestro pecado, producto de nuestras confusiones y de nuestras desobediencias, tendemos a vivir separados de Él. Luchamos y sufrimos por estar cerca de Él, pero lamentablemente perdemos —muchas veces, muchos días, por largas temporadas— nuestra capacidad de mantenernos en intimidad con el Señor. Y mucho del drama que el profeta Jeremías narra en las Escrituras es justamente el drama de la separación de Dios: de un pueblo que ha sido apartado por el Señor, de un pueblo al que el Señor había pagado un alto precio para hacerlo suyo, y que se había apartado de Dios, y al alejarse del Señor cayó en un espiral de violencia, pecado y destrucción.
¿Por qué? Porque es evidente en las Escrituras, hermanos, que nuestra vida de relación con Dios es fundamental para que nosotros permanezcamos con vida. Y el Señor Jesucristo había anunciado y había dicho con mucha claridad: "Separados de mí, nada podéis hacer." Nada. Y ese "nada" no solamente implica actividades religiosas o lectura de la Biblia, sino que realmente implica el todo de nuestra vida en todas nuestras áreas, porque el Señor es el que tiene control de toda nuestra existencia.
Por eso es que nosotros debemos saber que, sin esa relación con Dios, todo el tiempo que digamos que hemos pasado en la iglesia, o todo el tiempo que nosotros podamos decir que tenemos en el Señor, no vale de nada. Porque nosotros no crecemos con Dios en el tiempo. No es que yo tengo cinco años en el Señor y soy más grande que aquel que tiene tres meses, o que aquel que ha pasado ya veinte años en el Señor puede sentirse confiado porque ha crecido lo suficiente y ya nunca más decrecerá. Estamos totalmente equivocados. En el Señor nosotros no crecemos en el tiempo, sino que más bien crecemos en distancia, y podemos decrecer también. En la medida en que yo esté más cerca del Señor, entonces voy a crecer en gracia con Él; pero si yo me separo de Él, todo lo que hubiera alcanzado lo podría perder inmediatamente, porque nuestra relación con Dios depende justamente de eso: de mantenernos en relación con Él.
Esa es la verdad de la Escritura, y ese es el gran drama de la Escritura y el gran drama de los creyentes: que después de haber tenido un encuentro profundo con Él, por diferentes circunstancias ese encuentro profundo se empieza a diluir, y nosotros no solamente caemos en lo que antes fuimos, sino que muchas veces terminamos más abajo de lo que aún éramos.
En Jeremías capítulo 11, justamente el Señor le habla al pueblo de Judá con palabras muy sinceras y muy duras. Y nosotros sabemos que a Jeremías se le conoce con el nombre del profeta llorón, justamente porque el desgarro del corazón del profeta —el conocer la voz de Dios y ver cómo el pueblo no respondía— le hacía muchas veces, como lo vamos a ver, repasar la historia con dolor, amargura y con mucho llanto.
En Jeremías capítulo 11, a partir del verso 1, el Señor dice así: "Les diréis: así dice el Señor Dios de Israel: maldito el hombre que no obedezca las palabras de este pacto, que mandé a vuestros padres el día que los saqué de la tierra de Egipto, del horno de hierro, diciéndoles: escuchad mi voz y haced conforme a todo lo que yo os mando, y vosotros seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios, para confirmar el juramento que juré a vuestros padres, de darles una tierra que mana leche y miel, como lo es hoy." Entonces el profeta responde y dice: "Amén, Señor." Y el Señor me dijo: "Clama todas estas palabras en las ciudades de Judá y en las calles de Jerusalén, diciendo: oíd las palabras de este pacto y cumplidlas, porque bien amonesté a vuestros padres el día que los hice subir de la tierra de Egipto, y hasta hoy los he amonestado con insistencia, diciéndoles: escuchad mi voz. Pero no escucharon, ni inclinaron su oído, sino que cada cual anduvo en la terquedad de su malvado corazón. Por tanto, hice caer sobre ellos todas las palabras de este pacto que yo les mandé a cumplir, y no las cumplieron."
Definitivamente, el Señor nuestro Dios, el Dios de la Biblia, es un Dios que habla, es un Dios que busca, es un Dios que llama, es un Dios que toma la iniciativa de buscarnos, producto de que nosotros estamos separados de Él, muertos en nuestros delitos y pecados, sin capacidad de poder entender. Pero cuando el Señor viene y trae luz a nuestra vida, la principal demanda que el Señor nos hace es: "Ojo, tienes que mantenerte muy cerca de mí. Ojo, cuidado, tienes que mantenerte pegadito a mí. Tenemos que estar juntos todo el tiempo, de día y de noche, en una perfecta comunión, porque si esto no pasa, entonces tú lo vas a perder todo."
Sin embargo, la historia nos cuenta que Judá e Israel no supieron escuchar la voz de Dios. A pesar de que el Señor los llamaba, los llamaba a escuchar —"escuchen mis palabras", dice el verso 6; "cumplan mis palabras", dice el verso 7; "hasta hoy los he amonestado con insistencia, diciéndoles: escuchen mi voz, escuchen mi voz"—, el escuchar la voz de Dios no solamente implica leer un manual en donde Dios ha dejado sus palabras. Las palabras de Dios son Dios mismo, y cuando Dios quiere hablarnos, el Señor no quiere separar sus palabras de Él, sino que sus palabras van acompañadas de Él, y el Señor quiere mantenerse muy cerca para decirnos lo que hay en su corazón.
Pero el drama se cumple. Dice el verso 8: "Pero no escucharon, ni inclinaron su oído, sino que cada cual anduvo en la terquedad de su malvado corazón." No escucharon, no inclinaron su oído, cada uno quiso hacer como le daba la gana, y ese es el drama de la separación de Dios, aun del pueblo de Dios que, incapacitado, se separa de Dios creyendo que puede vivir su vida, una vida que no le pertenece, por sus propios recursos. Y como lo hemos mencionado hace un momento, el crecimiento espiritual no es estático; el crecimiento espiritual se da en relación con nuestra relación con Dios, y en la medida en que estemos cerca de Él creceremos, y en la medida en que nos alejemos de Él decreceremos, y simplemente caeremos en un espiral de destrucción si es que nos soltamos de su mano.
Por eso es que a partir del verso 10, allí en el capítulo 11, dice: "Se han vuelto a las iniquidades de sus antepasados, los cuales rehusaron escuchar mis palabras, y se han ido tras otros dioses para servirlos. La casa de Israel y la casa de Judá han violado mi pacto, el cual hice con sus padres." Definitivamente lo que sucedía con Judá era que, al separarse de la mano de Dios, simplemente volvió a lo que había sido en el pasado; volvió a aquellas cosas que debió haber renunciado cuando tuvo un encuentro con el Señor, y el Señor los apartó para hacer su pueblo. Ellos volvieron a las iniquidades del pasado porque rehusaron escuchar las palabras de Dios, y simplemente cuando el Dios vivo y verdadero sale de nuestras vidas, otros ídolos ocuparán su lugar. Esa es la verdad.
Ahora, dice el verso 12: "Entonces irán las ciudades de Judá y los habitantes de Jerusalén, y clamarán a los dioses a quienes queman incienso, pero ellos ciertamente no podrán salvarlos en la hora de su aflicción. Porque según el número de tus ciudades son tus dioses, oh Judá, y según el número de las calles de Jerusalén son los altares que has levantado a lo vergonzoso, altares para quemar incienso a Baal." Definitivamente separarse de la voz de Dios no implica quitarse de la religiosidad ni dejar la religiosidad; por el contrario, nosotros encontramos que aquí Jeremías dice, de boca de Dios, que cada ciudad, según el número de tus ciudades, dice el verso 13, será el número de tus dioses. Según el número de las calles de Jerusalén son los altares que han levantado a lo vergonzoso, altares para quemar incienso a Baal.
Israel y Judá no solamente se apartan de Dios, sino que, como les he mencionado, cuando nos soltamos de la mano de Dios después de haberle pertenecido, cuando empezamos a establecer una lejanía —al principio discreta y quizás posteriormente más distante— de nuestro Dios, no esperemos que nos vamos a mantener en el mismo lugar. Por el contrario, el espiral de destrucción, de violencia y de abandono empezará a ocurrir, y quizás el lugar de donde el Señor nos sacó se volverá un lugar común nuevamente, y no solamente un lugar común, sino que podremos caer aún en algo peor.
Por eso es que en el verso 15, ahí del mismo capítulo 11, el Señor dice: "¿Qué derecho tiene mi amada en mi casa cuando ha hecho tantas vilezas?" ¿Qué derecho tiene mi amada en mi casa cuando ha hecho tantas vilezas? Cuando nos separamos de la mano de Dios, tengamos cuidado, porque el Señor nos ha invitado a estar muy cerca de Él. La vida es de Él, y si nosotros queremos estar con vida tendremos que estar muy cerca de Él, estrechamente vinculados en íntima comunión con Él. Si nosotros queremos mantener esa vida transformada que el Señor nos ha entregado, esos cambios profundos que el Señor ha hecho en nuestras vidas y que son reconocidos por todos, pues tenemos que permanecer muy cerca de Él, porque separados de Él nada podemos hacer.
Ahora, cuando nos separamos de Dios y cuando no mantenemos una comunión cercana e íntima con el Señor, no solamente puede haber una transformación y un espiral de destrucción en nuestras propias vidas, sino que ese espiral de destrucción se va a manifestar en el resto de nuestra existencia, en todas las áreas de nuestra vida y aún en medio de la sociedad. Dice el capítulo 12 a partir del verso 4: "¿Hasta cuándo estará de luto la tierra y marchita la vegetación de todo el campo? Por la maldad de los que moran en ella han sido destruidos los animales y las aves, porque han dicho: Dios no verá nuestro fin."
Cuando nosotros nos separamos de Dios, cuando nosotros que hemos venido al Señor y el Señor nos ha hecho su pueblo empezamos a generar una profunda distancia del Señor, no solamente se afecta nuestra intimidad, sino que también se afecta todo nuestro entorno. "¿Hasta cuándo estará de luto la tierra, marchita la vegetación del campo por la maldad de los que moran en ella? Han sido destruidos los animales y las aves." Empieza a haber una infección generalizada que se genera en todo nuestro entorno.
El verso 10 del capítulo 12 también dice: "Muchos pastores han arruinado mi viña, han hollado mi heredad, han hecho de mi hermosa heredad un desierto desolado. Vuelta una desolación, llora sobre mi desolada, todo el país ha sido desolado, porque no hubo nadie a quien le importara. Sobre todas las alturas desoladas del desierto han venido destructores, porque la espada del Señor devora de un extremo de la tierra al otro. No hay paz para nadie. Han sembrado trigo y han segado espinos; se han esforzado sin provecho alguno. Avergonzados, pues, de vuestras cosechas, a causa del ardiente fuego del Señor."
Definitivamente el proceso de destrucción que empieza en nosotros cuando nos separamos de Dios empieza a alterar no solamente nuestro orden personal, no solo nuestro pequeño terreno en el cual nosotros nos movemos, sino que empieza a alterar al país completo, porque eso es lo que dice el profeta. Cuando habla de los pastores, no está hablando acerca de los encargados religiosos del culto; más bien los pastores en el Antiguo Testamento son una referencia a todo tipo de autoridades, sean autoridades políticas o religiosas. Y él dice: "Muchos pastores han arruinado mi viña, han hollado mi heredad, han hecho de mi hermosa heredad un desierto desolado. Llora todo el país porque ha sido desolado, porque no hay nadie a quien le importe." Definitivamente una destrucción generalizada.
Porque nuestra relación con Dios, como bien lo ha dicho el pastor Miguel en muchas oportunidades, debe implicar un cambio no solo personal, sino también una transformación de toda nuestra sociedad. Y cuando nosotros descubrimos que nuestro alrededor todavía nadie tiene paz, cuando todavía vemos que en nuestro país hay lugares en donde aparentemente a nadie le importa lo que está sucediendo, cuando vemos que en nuestro entorno sembramos trigo y segamos espinos, entonces tenemos que preguntarnos: ¿cuán cerca o cuán lejos están los creyentes de su Dios? ¿Y por qué razón ellos no están transformando su entorno con la presencia de un Dios poderoso, que debería estar muy cerca de ellos? Ese es el drama de la separación de Dios.
Y ese drama el Señor le invita a Jeremías a ilustrarlo de una manera que todo el pueblo lo pueda entender. En el capítulo 13, en los primeros siete versículos, hay una poderosa historia que Jeremías tiene que actuar para que el pueblo de Judá pueda entender su gran separación de Dios. Dice a partir del verso 1 hasta el verso 7 de Jeremías capítulo 13:
"Así me dijo el Señor: Ve y cómprate un cinturón de lino y póntelo en la cintura, pero no lo metas en el agua. Compré pues el cinturón conforme a la palabra del Señor y me lo puse en la cintura. Entonces vino a mí la palabra del Señor por segunda vez, diciendo: Toma el cinturón que has comprado, que llevas en la cintura, y levántate, vete al Éufrates y escóndelo allá en una hendidura de la peña. Fui pues y lo escondí junto al Éufrates, como el Señor me había mandado. Y sucedió que después de muchos días el Señor me dijo: Levántate, vete al Éufrates y toma de allí el cinturón que te mandé que escondieras allá. Fui pues al Éufrates y cavé, tomé el cinturón del lugar donde lo había escondido, y he aquí que el cinturón estaba podrido, no servía para nada."
La historia que el Señor le invita a Jeremías a recrear es muy sencilla pero muy potente. El Señor le manda a Jeremías a comprar un cinturón de lino. Los estudiosos de la Biblia no se han puesto de acuerdo en cuanto a las características de este cinturón y al término hebreo que se utiliza para la palabra cinturón. Sin embargo, muchos de ellos han llegado a la siguiente conclusión: no se trata de un cinturón externo para sujetar una túnica, sino que más bien la palabra hebrea se refiere a algún tipo de ropa interior, un cinturón que se usaba desde la cintura hacia abajo como algún tipo de ropa interior, muy personal, muy íntima. Y eso es lo que el Señor le manda a comprar a Jeremías: no un cinturón externo, sino algún tipo de ropa interior. "Ve y cómprate un cinturón de lino, póntelo en la cintura y no lo metas al agua." Interesantemente, le manda la orden de que no lo lave. Eso es lo que le está diciendo el Señor a Jeremías. En el verso 2 dice: "Compré pues el cinturón conforme a la palabra del Señor y me lo puse en la cintura."
Y ahí viene de parte de Dios un mandato muy interesante y también muy significativo. Entonces vino a mí la palabra del Señor por segunda vez, diciendo —dice el verso 4—: "Toma el cinturón que has comprado, que llevas en la cintura, y levántate, vete al Éufrates y escóndelo allá en una hendidura de la peña." Este cinturón hebreo, muy personal y muy íntimo, el Señor le da la siguiente orden a Jeremías: ahora que tienes el cinturón puesto, yo quiero que te vayas 595 kilómetros de ida y de vuelta, que vayas al río Éufrates —que es la corona del imperio babilónico que nos está persiguiendo—, que te saques este cinturón, que lo metas en la hendidura de una peña, lo escondas allí y luego vengas aquí de vuelta. Algo tan personal, dejarlo a 595 kilómetros.
El río Éufrates es muy simbólico. El río Éufrates aparece muchas veces en la Biblia; aparece desde el principio de la creación cuando se señalan los límites del jardín del Edén: el Éufrates ya aparece. Luego el Éufrates aparece mencionado cuando Abraham recibe los límites prometidos de la futura tierra que fluirá leche y miel para su descendencia; el Éufrates también aparece como límite. Luego, en los profetas, nosotros vamos a encontrar al Éufrates tanto como al Nilo como los símbolos del poder mundial, como los símbolos que representan al poder de los imperios a los cuales Israel se opone. Aun en el Apocalipsis, antes de la batalla final, el Éufrates desaparece como un río que se secará para dar lugar a que los pueblos de ese tiempo entren en batalla contra el Señor.
Definitivamente, el Éufrates es un símbolo de la mundanalidad del hombre; es un símbolo de la realidad de los imperios y el poder del ser humano. Éufrates significa "fructífero", un río grandioso que recorre aún en nuestro tiempo más de 2.300 kilómetros entre Turquía, Siria e Irak, una representación del poder del mundo. Y se le manda a Jeremías que una prenda tan íntima la lleve 595 kilómetros de ida y vuelta, la ponga bajo una peña y luego vuelva a Jerusalén. Dice el versículo 5: "Fui, pues, y lo escondí en el Éufrates, como el Señor me había mandado." Y sucedió que después de muchos días el Señor me dijo: "Levántate, vete al Éufrates y toma de allí el cinturón que te mandé que escondieras allá." 595 kilómetros de ida y vuelta. "Fui, pues, al Éufrates y cavé, tomé el cinturón del lugar donde lo había escondido, y he aquí que el cinturón estaba podrido; no servía para nada."
¿Qué es lo que el Señor quería decirle a Israel, a su pueblo, con esta ilustración? Pues el mismo Señor se encarga de explicarlo a partir del versículo 8: "Entonces vino a mí la palabra del Señor diciendo: Así dice el Señor: De la misma manera haré que se pudra la soberbia de Judá y la gran soberbia de Jerusalén. Este pueblo malvado que rehúsa escuchar mis palabras, que anda en la terquedad de su corazón, que va tras otros dioses para servirles y postrarse ante ellos, ha de ser como este cinturón que no sirve para nada. Porque como el cinturón se adhiere a la cintura del hombre, así hice adherirse a mí a toda la casa de Israel y a toda la casa de Judá, declara el Señor, a fin de que fueran para mí por pueblo, por renombre, por alabanza y por gloria. Pero no escucharon."
El Señor está tratando de mostrarles de una manera muy evidente que había separado, había comprado a este pueblo para que esté muy adherido a Él. Sin embargo, este rasgo de intimidad —este cinturón, esta ropa interior— me lleva a preguntarme qué tipo de relación tan íntima está reclamando el Señor de cada uno de nosotros. No era un cinturón externo, no era una túnica, no era un collar, no eran unos aretes, no era un gorro esplendoroso, no eran unas mancuernas para los brazos, no eran brazaletes. El Señor quiere una intimidad con Él que sea tan profunda que nadie la vea, pero que todos la reconozcan. El Señor está esperando de nosotros un grado de intimidad con Él de tal manera que seamos de Él y solo para Él. Yo te puedo prestar mi túnica, pero no te voy a prestar mi cinturón. El Señor espera ese grado de intimidad con Él.
Y lo que a mí me sorprende más todavía es que el Señor dice allí en el versículo 11: "Porque como el cinturón se adhiere a la cintura del hombre, así hice adherirse a mí a toda la casa de Israel y a toda la casa de Judá, declara el Señor, a fin de que fueran para mí por pueblo, por renombre, por alabanza y por gloria." Y yo me pregunto: ¿cómo es que vamos a manifestar todo eso para el Señor si el Señor nos tiene escondidos bajo las ropas? La ropa interior no va a resaltar nada de mí porque ustedes no la pueden ver. Pero el Señor está esperando un grado de intimidad con Él que finalmente le haga reconocer que nosotros somos su pueblo, que nosotros somos para Él renombre, alabanza y gloria, si es que permanecemos en intimidad con Él, si es que permanecemos muy cerca de Él.
Por eso es que el Señor descubre el error de Judá cuando dice en el versículo 9: "Así dice el Señor: De la misma manera, haré que se pudra la soberbia de Judá y la gran soberbia de Jerusalén." Los estudiosos no se han puesto de acuerdo con respecto a la palabra "soberbia", porque para nosotros la soberbia es un término negativo. Sin embargo, dicen que en hebreo está más bien escrito en términos positivos y que, más que soberbia, se habla de la excelencia. Se dice: "De la misma manera, haré que se pudra la excelencia de Judá y la gran excelencia de Jerusalén." La excelencia de lo que era el pueblo de Dios, que pensaba que dependía solamente de ellos y absolutamente de ellos. Ellos pensaron que podían estar profundamente alejados del Señor y aun así mantener su aparente cercanía con Dios. Ellos pensaban que podían estar a 500 kilómetros de distancia del Señor sin que esto les afectara sus propias vidas.
Sin embargo, a través del ejemplo del cinturón que es escondido en el Éufrates, el Señor les está diciendo: "Si tú estás lejos de mí, no pienses que vas a tener las mismas características, porque lo único que te queda sin mí es que te pudras. Lo único que puedes esperar es que sin mí nada puedas hacer." El Señor dice en el versículo 11: "Porque como el cinturón se adhiere a la cintura del hombre, así hice adherirse a mí a toda la casa de Israel y a toda la casa de Judá, declara el Señor, a fin de que fueran para mí por pueblo, por renombre, por alabanza y por gloria. Pero no escucharon."
A fin de que fueran para mí. Nosotros podemos cantar muy bonito en este lugar. Nosotros podemos traer al mejor de los predicadores de afuera. Nosotros podemos hacer muchas cosas externas para el Señor, pero la única manera de que nosotros seamos para Él por pueblo, por renombre, por alabanza, por gloria, es cuando estamos firmemente adheridos a Él allí en la intimidad. Cuando estamos en lo secreto, allí donde nadie nos ve, al Señor le hacemos saber que somos suyos, y el Señor nos demuestra que nosotros somos de Él. Es en la intimidad, y el Señor está reclamando intimidad con Él.
El Señor está reclamando que nosotros nos apartemos del drama de vivir separados de Él, de estar siempre cuestionando si podemos llegar a tener comunión con Él, de estar siempre en problemas porque estamos como escondidos bajo una peña en el Éufrates, a cientos de kilómetros de distancia de donde el Señor espera que estemos. Pero aún allá, lejos de Él, esperamos: "Señor, bendíceme. Señor, haz algo. Señor, mira que me estoy pudriendo." ¿Pero no te das cuenta de que te estás pudriendo porque estás lejos de donde Él está? Porque Él quiere que tú estés donde Él está, y no que Él vaya a donde tú te encuentres.
Cuando Jeremías empieza a orar acerca de esta realidad, en el capítulo 14, después de esta poderosa ilustración, a partir del versículo 7, Jeremías levanta una oración delante de Dios y dice: "Aunque nuestras iniquidades testifican contra nosotros, oh Señor, obra por amor de tu nombre. En verdad han sido muchas nuestras apostasías; contra ti hemos pecado. Tú, esperanza de Israel, Salvador suyo en tiempo de angustia, ¿por qué has de ser como forastero en la tierra, o como caminante que ha plantado su tienda para pasar la noche? ¿Por qué has de ser como hombre desalentado, como guerrero incapaz de salvar? Sin embargo, tú estás en medio nuestro, Señor, y por tu nombre somos llamados; no nos abandones."
Jeremías reconoce que la separación de Dios produce muerte. Jeremías reconoce que aun la separación de Dios en el pueblo apartado por Dios para Él también produce muerte, también produce putrefacción. El Señor nos hace reconocer que nosotros no tenemos gloria por nosotros mismos si es que no estamos adheridos a Él. El Señor nos dice que no podemos hacer nada si no es con Él muy cerca de nosotros. Y por eso es que Jeremías dice: "Aunque nuestras iniquidades testifican contra nosotros, oh Señor, obra por amor de tu nombre." La palabra "iniquidad" significa literalmente "sin ley"; la palabra "iniquidad" podría significar en nuestro tiempo "sin valores". Y cuando nosotros vivimos separados de Dios, separados de los valores de Dios, nosotros andamos en iniquidad, como quien anda sin valores, y nuestras iniquidades testifican contra nosotros. Nuestra ausencia de valores testifica que tú no estás cerca de nuestras vidas. "Oh Señor, obra por amor de tu nombre."
Luego continúa diciendo: "En verdad han sido muchas nuestras apostasías." ¿Qué significa la palabra "apostasía"? Un apóstata es alguien que rechaza las creencias que ha decidido seguir, alguien que abandona la fe. Y Jeremías dice: "En verdad han sido muchas nuestras apostasías; contra ti, Señor, hemos pecado." La ausencia de valores, la ausencia y el rechazo de la fe que decimos proclamar los domingos y que se hace ausente de manera práctica durante la semana, son muestras visibles de nuestra separación de Dios y de nuestra condición de pecado.
Pero Jeremías dice, invocando a Dios, y le dice en el versículo 8: "Tu esperanza de Israel, Salvador suyo en tiempo de angustia, ¿por qué has de ser como forastero en la tierra, o como caminante que ha plantado su tienda para pasar la noche?" Si tú, Señor, eres nuestra esperanza, si tú, Señor, eres nuestro Salvador, ¿por qué entonces yo tengo que percibir en mi vida como si tú fueras un forastero y no un propietario? ¿Por qué es que yo tengo que percibir en mi vida como que tú estás de paso y no como que tú has establecido permanente residencia en mi corazón?
El rechazo de Dios y la separación de Dios producen ese sentimiento: el sentimiento de que Dios no es propietario de mi casa, de mi vida, de mi familia, de mis hijos, de mi presupuesto, de mi salud, de mi futuro; de tal forma que ni un cabello de mi cabeza cae si es que el Señor no lo permite. Señor, ¿por qué tengo que pensar que tú eres como un forastero en mi vida? ¿Por qué tengo que pensar como que tú has establecido tu tienda solo por esta noche y que luego tú vas a volver a partir?
Y lo más terrible es que le dice en el versículo 9: "¿Por qué has de ser tú como hombre desalentado, como guerrero incapaz de salvar?" ¿Por qué tienes que ser tú, delante de mi vida, como un hombre desalentado, como un guerrero incapaz de salvar? Como que yo estoy diciendo: "Señor, mira mi vida, tú no puedes hacer nada." Yo solo me quejo de lo que me estás sucediendo, pero en realidad tú eres como un hombre desalentado, como un guerrero incapaz de salvarme, incapaz de transformarme, incapaz de obrar en mi vida el cambio que tú sabes que yo requiero y que yo sé que yo necesito.
"Esperanza de Israel, Salvador nuestro en tiempo de angustia, ¿por qué tienes que ser como forastero en la tierra, como caminante que ha plantado su tienda para pasar la noche? ¿Por qué has de ser como hombre desalentado, como guerrero incapaz de salvar?" Pero Jeremías no termina de manera negativa. Él dice: "Sin embargo, sin embargo, tú estás en medio nuestro, oh Señor." El Señor ha prometido estar con nosotros todos los días hasta el fin del mundo, todos los días hasta el fin del mundo, todos los días hasta el fin del mundo. "Tú estás en medio nuestro, oh Señor, y por tu nombre somos llamados; no nos abandones, no nos abandones."
Hermanos, este es un llamado a que nosotros reconozcamos que el Señor espera que vivamos en intimidad con Él, a que entendamos que para que nosotros seamos su pueblo de renombre, de alabanza y de gloria, el Señor no está esperando que hagamos cosas majestuosas, sino que esas cosas majestuosas sean el resultado de que vivimos en intimidad con Él. Nada de estas cosas externas podrán ocupar el lugar de una vida de comunión íntima y personal con Él, allí donde nadie te ve, solo el Señor, allí en lo secreto, porque el Señor que te ve en lo secreto te recompensará en público.
"Tu esperanza de Israel, Salvador suyo en tiempo de angustia, ¿por qué has de ser como forastero en la tierra?" Señor, yo no te quiero como un forastero en mi tierra, yo te quiero como dueño de mi tierra. Yo te quiero como el dueño de mi vida, el dueño de mis cuentas bancarias, el dueño de mi trabajo, el dueño de mi existencia, el dueño de mi familia, el dueño de mi salud, el dueño de todas mis cosas. Tú no eres forastero, tú eres dueño; quiero que estés aquí siempre.
Yo no quiero, Señor, que tú seas como caminante que ha plantado su tienda para pasar la noche. Señor, yo no quiero que estés de paso por mi vida, solo los días domingos o los días miércoles. Señor, yo no quiero que hagas tu tienda solo para pasar la noche. Señor, yo quiero que tú vivas conmigo siempre. Toma las llaves de mi casa, Señor, escoge la habitación en la que tú quieras estar; estos muebles son tuyos. Veamos la televisión juntos, vamos a escuchar radio, conversa conmigo, tomemos un café, pasemos el día juntos, porque tú vives aquí conmigo.
Yo no te quiero como forastero, yo no te quiero de paso, yo no quiero pensar que tú eres como un hombre desalentado, como un guerrero incapaz de salvar. Yo creo que eres poderoso para transformar mi vida. Quiero creer que tú eres poderoso para doblegar mi existencia. Yo quiero pensar que tú eres más grande que yo y más poderoso que yo, y que tú has prometido estar con nosotros todos los días hasta el fin del mundo. Tú estás en medio nuestro, Señor; por tu nombre somos llamados, no nos abandones.
El gran drama de nuestra vida cristiana es la posibilidad de soltarnos de la mano de Él. La invitación es que nosotros podamos quedarnos muy cerca de Él, que permanezcamos tan cerca de Él como ese cinturón íntimamente ligado al Señor, y que allí en la intimidad el Señor pueda decirme: "Tú eres mi pueblo, tú eres para mi renombre, tú eres para mi alabanza, tú eres mi gloria, porque estás muy cerca de mí." No necesitamos aplausos humanos, no necesitamos grandes instrumentos, no necesitamos grandes predicadores que vengan; todo eso es el resultado de que nosotros estamos viviendo muy cerca, muy cerca de Él.
Luchemos con el drama, hermanos, de una vida separada de Dios. Recordemos quién es Él, recordemos que Él espera que estemos viviendo en íntima comunión con Él, en una íntima relación con Él, y que esa íntima relación se mantenga fructífera a lo largo del tiempo, en toda época y en todo momento. Solo así podremos crecer, y solo así podremos darle la gloria al Señor que Él merece y la gloria al Señor que Él está reclamando.
Integridad y Sabiduría es una producción que llega hasta ustedes gracias a los aportes de individuos y empresas comprometidos con la defensa de la fe. Para más información, preguntas y comentarios, visite nuestra página de internet: www.integridadysabiduria.org. En esta página encontrará información sobre la producción de este y otros recursos que ponemos a su disposición, como también las formas en las que usted puede contribuir con la producción de programas como estos. Les invitamos nuevamente a visitar nuestra página de internet: www.integridadysabiduria.org. Será hasta la próxima, cuando nos reencontremos con Integridad y Sabiduría.
José «Pepe» Mendoza es predicador, escritor y profesor, y autor del libro Proverbios para necios: Sabiduría sencilla para tiempos complejos (Vida, 2024). Ha servido como pastor asociado en la Iglesia Bautista Internacional, en la República Dominicana, y actualmente vive en Lima, Perú, donde enseña en el Instituto Integridad & Sabiduría y colabora con el programa hispano del Southern Baptist Theological Seminary. También trabaja como editor de libros y recursos cristianos. Está casado con Erika y juntos son padres de su hija Adriana.