La iglesia que transforma el mundo no siempre lo hace a través de sus figuras más reconocidas. Hechos 11 revela que fueron creyentes anónimos, dispersados por la persecución tras la muerte de Esteban, quienes llevaron por primera vez el evangelio a los gentiles en Antioquía. Estos hombres, cuyos nombres ni siquiera conocemos, encendieron una llama que cambiaría el centro de gravedad del cristianismo primitivo. Satanás planificó la persecución para mal; Dios la usó para bien.
Cuando la noticia del avivamiento llegó a Jerusalén, enviaron a Bernabé a verificar lo que ocurría. Su reacción revela su carácter: vio la gracia de Dios, se regocijó y animó a los creyentes. Era un hombre bueno, lleno del Espíritu Santo y de fe. Con humildad reconoció que necesitaba ayuda y viajó a Tarso a buscar a Saulo, quien llevaba años en el anonimato. Juntos enseñaron a las multitudes durante un año entero, y allí los discípulos fueron llamados cristianos por primera vez.
La iglesia de Antioquía era diversa: judíos, gentiles, personas de distintas razas y trasfondos, incluyendo a Manaén, criado junto a Herodes. Mientras ministraban y ayunaban, el Espíritu Santo dijo: "Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra a la que los he llamado". Así comenzó la expansión misionera. El pastor Núñez comparte cómo él mismo visitó a un médico conocido y, tras compartirle el evangelio, este recibió al Señor. El llamado es claro: cada creyente debe verse como un evangelista natural, porque nunca sabemos qué trascendencia tendrá una sola acción en los planes eternos de Dios.