IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
En medio de una enseñanza sobre el valor eterno del alma, un hombre interrumpe a Jesús con una petición desconcertante: "Maestro, dile a mi hermano que divida la herencia conmigo." De todas las preguntas que pudo hacer —sobre el significado de la vida, sobre cómo ser confesado ante Dios— escoge una relacionada con dinero. Esta escena en Lucas 12 revela algo inquietante: podemos tener a Dios frente a nosotros y seguir pensando en las cosas del reino de los hombres.
La mundanalidad, definida simplemente como apego a las cosas de este mundo, no es exclusiva de los incrédulos. Las oraciones de muchos creyentes están consumidas por trabajos, viajes, carros y préstamos, mientras las peticiones por santidad, pasión por la Palabra o poder para vencer hábitos pecaminosos rara vez llegan a los labios. El pastor Núñez observa que gastamos siete veces más en diversiones que en asuntos espirituales, y nos preocupa más el legado material que dejaremos a nuestros hijos que el legado espiritual.
Jesús responde con la parábola del rico necio que, tras acumular bienes, planea comer, beber y divertirse. Dios lo llama necio porque define la vida igual que el mundo: por los placeres. Juan advierte que todo lo que hay en el mundo —la pasión de la carne, la pasión de los ojos y la arrogancia de la vida— no proviene del Padre. Y añade algo sobrio: si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. El problema no es la persecución externa, sino la seducción silenciosa que nos conforma poco a poco a los patrones del siglo.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
Lucas 12, a partir del versículo 13 hasta el 23. "El versículo de la multitud le dijo: Maestro, dile a mi hermano que divida la herencia conmigo. Pero le dijo: Hombre, ¿quién me ha puesto por juez o árbitro sobre vosotros? Les digo: estad atentos y guardados de toda forma de avaricia, porque aun cuando alguien tenga abundancia, su vida no consiste en sus bienes."
"También les refirió una parábola, diciendo: La tierra de cierto hombre rico había producido mucho, y pensaba dentro de sí, diciendo: ¿Qué haré, ya que no tengo donde almacenar mis cosechas? Entonces dijo: Esto haré: derribaré mis graneros y edificaré otros más grandes, y allí almacenaré todo mi grano y mis bienes. Y diré a mi alma: Alma, tienes muchos bienes guardados para muchos años; descansa, come, bebe, diviértete. Pero Dios le dijo: Necio, esta misma noche te reclamarán el alma, y ahora, ¿para quién será lo que has provisto? Así es el que acumula tesoro para sí y no es rico para con Dios."
"Y dijo a sus discípulos: Y por eso os digo, no os preocupéis por vuestra vida, qué comeréis, ni por vuestro cuerpo, qué vestiréis. Porque la vida es más que el alimento, y el cuerpo más que la ropa."
Padre, gracias te damos por una palabra, una historia que fue tan viva ayer como hoy, tan pertinente para esa generación como para la nuestra. Ciertamente el cielo y la tierra pasarán, pero tu palabra no pasará, Dios. Padre, una vez más yo quiero honrarte y decirte que tú eres mi escudo, mi torre fuerte, mi roca, mi porción y mi escondite. Permíteme esconderme en este momento. Permíteme predicar tu palabra desde esa roca sólida, desde un lugar que tú prepares, de tal manera que la palabra que salga de mi boca ejecute la obra que tú te has propuesto en esta mañana. Y que al final podamos verte a ti, y a ti solamente. En Cristo Jesús, amén.
Esta es una de las muchas historias de Cristo mientras Él caminaba por las calles de Jerusalén, mientras enseñaba de la forma típica en esa época. Los maestros caminaban por los caminos, por las calles, los discípulos les seguían y la gente iba escuchando. Y este día el Señor había comenzado a enseñar, y mientras enseñaba alguien le interrumpe y le hace una petición. No era infrecuente que en esa época los rabinos fueran interrumpidos durante sus enseñanzas para que alguien les presentara algo que necesitaban resolver.
En esta ocasión este hombre interrumpe la enseñanza del Maestro y le dice: "Maestro, dile a mi hermano que divida su herencia conmigo." Quizás era el hermano primogénito que, por la ley judía, le tocaba una doble porción de la herencia; quizás era el hermano menor diciendo: no permitas que el primogénito no quiera darme mi parte. No sabemos. Lo que sí sabemos es que Cristo venía enseñando y acababa de decir estas palabras: "¿No se venden cinco pajarillos por dos cuartos? Y sin embargo, ni uno de ellos está olvidado ante Dios. Es más, aun los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. No temáis; vosotros valéis más que los pajarillos. Os digo que a todo el que me confiese delante de los hombres, el Hijo del Hombre le confesará también ante los ángeles de Dios; pero el que me niegue delante de los hombres será negado delante de los ángeles de Dios."
Y en medio de esa enseñanza, ¡boom! "Maestro, dile a mi hermano que divida la herencia conmigo." Es increíble lo cerca que nosotros podemos estar de Dios, tenerlo frente a nosotros, y todavía estar pensando en las cosas del reino de los hombres y no en las cosas del reino de Dios. De todas las preguntas que este hombre pudo haber hecho —preguntas como: "Maestro, acabas de decir que si te confesamos delante de los hombres tú nos confesarás delante de Dios, ¿qué significa eso? ¿Cómo lo hacemos? ¿Cuál es el propósito de mi vida? ¿Para qué me crearon? ¿De dónde vengo? ¿Para dónde voy?"— de todas esas preguntas que él pudo haber hecho, no: "Dile a mi hermano que divida esta herencia conmigo." Esa es la petición. Eso nos habla un poco acerca del nivel de superficialidad, de trivialidad, de mundanalidad, en que ese hombre estaba viviendo.
Meditando sobre el texto, comenzaba a decirme: bueno, es que no tenía otra opción, era incrédulo. Cuando de repente Dios me trajo a la mente, a la memoria, al corazón: no, el problema no es solamente de los incrédulos. Es que cuando yo escucho las oraciones de mis hijos, suenan muy diferentes. Frecuentemente preocupados por las cosas temporales y superficiales de este mundo, que ya yo os prometí que os daría por añadidura, siempre y cuando buscaran el reino de Dios primero. Las peticiones, la vida de oración de mis hijos, frecuentemente está consumida con un trabajo, un viaje, un novio, una esposa, un carro, que me aprueben un préstamo. Y de todas las cosas espirituales, de las riquezas en gloria que pudiéramos pedir —santidad, pasión por su Palabra, pasión por su persona, poder para vencer mis hábitos pecaminosos— de todas esas cosas, las que más frecuentemente no vienen a los labios son las cosas relacionadas a este mundo temporal. Lo que nos habla de que, al fin de cuentas, no estamos tan lejos de este hombre de la historia.
Este hombre viene y pone de manifiesto el amor que él tenía por las cosas de hoy. La realidad es que muchos son los que viven de una manera en que su primer amor es este mundo. Bueno, pastor, pero es que mi primer amor ya realmente no es este mundo, pero sigo luchando. Mi primer amor es el reino de Dios, sí, pero este mundo es tu amante todavía. Y como que no lo puedo dejar: tengo un primer amor y tengo una amante, y nos pasamos años de esa manera. Y Dios dice: eso para mí ha sido traición espiritual, adulterio espiritual delante de Dios.
Esta tendencia de enfocarse en lo de aquí, en el reino de más acá, en vez de aquello que realmente tiene sentido, significado, valor y propósito, esa tendencia lamentablemente ha infiltrado la iglesia. Y lo que vemos es que aquellos que han recibido la Palabra, que ellos realmente conocen de qué se trata este libro y de qué se trata mi vida, muchas veces, en vez de pedir como años atrás muchos de los creyentes pedían —por gracia, por poder para hacer tu voluntad—, o como el salmista pedía: "¡Oh Dios, enséñame a hacer tu voluntad!", en vez de eso tenemos una vida de oración consumida por cosas de este mundo.
La realidad es que la mayoría de nosotros estamos tan preocupados por lo que le vamos a dejar a nuestros hijos: por la póliza de seguro, por las finanzas, por lo que hemos acumulado, algo con lo cual ellos puedan iniciarse y comenzar a vivir. Y probablemente no haya nadie aquí que tenga hijos ya medio crecidos, un poco avanzados en edad, que no haya tenido ese pensamiento de manera recurrente. Y sin embargo, yo me preguntaba, reflexionando sobre este pasaje: ¿cuántos de ellos han pensado en leer libros y marcarlos con cosas que hayan impactado y cambiado su vida, de tal manera que ese sea el legado espiritual que dejan? De tal forma que en el día de mañana mis hijos, mis nietos quisieran ver de qué fuente yo aprendí, qué cosas yo leí que me cambiaron, por qué ellos quizás quisieran ser como yo, su padre o su abuelo fui. ¿Cuántos de nosotros estamos tan preocupados por el legado espiritual que le vamos a dejar a nuestros hijos como estamos preocupados por el legado material que estamos tratando de acumular para dejarles?
Y alguien podría decir: "Bueno, pastor, eso de dejarles libros marcados y legado espiritual, ¿a quién se le va a ocurrir eso?" A alguien que tenga la mente puesta en el reino de los cielos. A alguien que entienda de qué se trata realmente. A alguien que no sea como este hombre, que solamente podía pensar en la herencia; que no esté tan preocupado con si mi hermano va a dividir o no va a dividir, que, en vez de teniendo a Dios delante y haciendo las preguntas más importantes de la vida, termina haciendo preguntas tan frívolas como esta. Es porque este hombre vivía en ese nivel de mundanalidad.
Y usted podrá decir: "Bueno, yo no entiendo la mundanalidad de esa manera." El diccionario la ha definido de esta manera —de Free Dictionary Online—: define la mundanalidad como apego a las cosas de este mundo. De manera que, de acuerdo a ese diccionario, todo el que está preocupado por las cosas de este mundo es un mundano. Pastor, pero usted me está ofendiendo. No, yo no; el diccionario. No nos gusta pensar de esa manera, no nos gusta pensar que mi mente ha sido mundanalizada, pero la definición es esa: el deseo, el amor, el apego a las cosas pasajeras de este mundo temporal.
Y este hombre, habiendo oído palabras increíbles —que Él te puede o no confesar delante de Dios—, habiendo terminado esas palabras, interrumpe a Cristo y le hace una petición que Cristo ni se molesta en contestar. Y me pregunto cuántas oraciones nosotros le hemos hecho a Cristo relacionadas a cosas temporales que Dios ni se molesta en responder. Y Cristo le dice: "Hombre, ¿quién me ha hecho juez o árbitro entre vosotros?" En otras palabras: ¿quién te dijo que yo vine del más allá para lidiar con cosas tan banales como esas? Yo vengo del más allá para hablarle a la gente del más acá de cómo prepararse precisamente para ir y llegar y vivir en el mundo de donde yo vengo. No me estés molestando con una pregunta sobre una herencia que cuando te mueras no vas a poder disfrutar.
Y Cristo aprovecha la ocasión para contarles una parábola. Pero si tú sigues leyendo la historia, te das cuenta de que lo que Cristo termina diciendo es que aquellos que se preocupan por las cosas de este mundo son los gentiles, los paganos, los incrédulos, los mundanos; pero que no es típico de un hijo de Dios hacer esas cosas, porque Él ya prometió que daría las demás cosas por añadidura. Y de hecho lo que les dice es que a sus discípulos que le estaban escuchando, en el versículo 28, les llama: "Hombres de poca fe." Y eso lo hace más serio de lo que pensamos.
Porque un hombre, una mujer de poca fe es un hombre que tiene poca confianza en la fidelidad de Dios, y eso cuestiona su carácter, cuestiona sus promesas. Y el versículo 15 aprovecha la ocasión y le dice: "Estad atentos y guardaos de toda forma de avaricia, porque aun cuando alguien tenga abundancia, su vida no consiste en sus bienes." Iglesia, escucharon las palabras: nuestra abundancia de vida no consiste en cuántos bienes tenemos, acumulamos o dejamos a nuestros hijos. Eso es una forma pagana, mundana de pensar. Y Cristo dice: "Esa no es la manera como yo he definido, yo he venido a definir la vida. Estad atentos de toda forma de avaricia."
¿Qué implica eso de toda forma de avaricia? Bueno, es que en el lenguaje original la palabra avaricia implica no solamente codiciar dinero; es deseo de fama, de poder, de hacer un nombre, de subir hacia aquellas cosas que se convierten en nuestro motor de vida y que nosotros deseamos tanto. Todo eso es forma de avaricia, y Él les dice: guardaos y estad alertas, cuando la vida no consiste en nada de eso. Bueno, entonces, ¿en qué consiste la vida realmente? Quizás en el próximo mensaje hablamos de eso.
Pero Cristo pasa a hablar acerca de este hombre, en la parábola, un hombre rico con una gran producción. Un granero, su campo, su finca, su propiedad habían producido tanto que se da cuenta de que ese granero solo no va a ser suficiente, y se pregunta: "¿Ahora qué voy a hacer? Tengo tanta cosecha." Pero él entiende que hay una manera como puede hacer esto: derribar el granero, hacer múltiples, más grandes, llenarlos todos. Y entonces él dice: "Cuando eso ocurra, yo podré decirle a mi alma: tienes muchos bienes depositados para muchos años, ya he trabajado suficiente. Trabaja ahora, descansa después; descansa, come, bebe, diviértete." Para ese hombre la vida consistía en comer, beber y divertirse.
Y Dios, en la parábola, lo escucha y le dice: "¿Sabes que eres un necio?" Si la palabra "mundano" nos ofendía, ¿cómo tú piensas que esta palabra ahora nos ofende? "Eres un necio." En la Palabra de Dios, un necio es alguien de mente cerrada, que no entiende y que está descarriado. Y Cristo le está diciendo a este hombre: "Cuando tú piensas que la vida consiste en comer, beber y divertirse, estás descarriado; tu mente está tan cerrada que no puedes entender en qué consiste la vida." Y este hombre que está pidiendo la herencia tiene a Dios de frente y tampoco puede entender lo que realmente tiene significado en la vida. Cristo aprovecha la oportunidad y le hace esa observación.
El aumento de la sensualidad, del placer y de las drogas en nuestros días nos ayuda a entender que estamos viviendo en medio de una generación que define la vida exactamente de esa manera: comer, beber, divertirnos. El rey Salomón, el hombre más sabio que haya existido hasta el día de hoy —y que existirá, de acuerdo a la Palabra de Dios, pues no habrá uno más sabio que él—, en un momento dado, cuando ciertamente caminaba con Dios, cuando tenía una relación con Dios, le dice al Señor: "No quiero fama, no quiero dinero, no quiero fortuna. Lo único que yo quiero pedir es sabiduría para gobernar mi pueblo." Y Dios le dice: "Salomón, como no has pedido por las añadiduras, no has pedido riqueza, no has pedido poder, sino que has pedido por lo que realmente vale —sabiduría—, yo quiero decirte que te voy a dar sabiduría y te voy a agregar las añadiduras: fama, poder, dinero, y lo vas a tener todo."
Para quien entiende: cuando se busca el reino de Dios primero, Dios sabe añadir las añadiduras. Esta generación lo pide al revés: quiere las añadiduras, las busca primero, y quiere que Dios le agregue la sabiduría de Dios. Y no, no es así.
Pero lo más importante de esta historia de Salomón es que este hombre, con la mejor sabiduría que jamás un hombre haya tenido y vaya a tener, cuando recibe esto de parte de Dios no la sabe manejar, y él termina definiendo la vida de la misma manera que este necio en la parábola. Escuchad las palabras de Salomón en Eclesiastés 8:15: "Por tanto, yo alabé el placer, porque no hay nada bueno para el hombre bajo el sol, sino comer, beber y divertirse, y esto le acompañará en sus afanes en los días de su vida que Dios le ha dado bajo el sol." Esto es increíble. Este hombre tan sabio, tan centrado en Dios en un momento dado, se desvía, se descarría tanto, que llega a la conclusión de un necio: no hay nada mejor que beber, comer y divertirte. De hecho, dice Salomón en este texto: es lo único que te queda. Eso es lo único que te llevas de este mundo. En buen dominicano: come, bebe, que la vida es breve.
Pero ese es el mismo hombre que encuentra la realidad de la vida, porque él mismo escribe el mismo libro en doce capítulos, y habla de que esta vida es vanidad —que significa vacío—, y no menos de treinta veces, en apenas doce capítulos, repite: "Esto es vanidad, vanidad de vanidades, todo es vacío, nada tiene sentido, nada tiene significado." Eso es la vida mundana de este lado de la eternidad.
Alguien dijo que la meta de los que persiguen al mundo es moverse hacia adelante en vez de hacia arriba; es vivir horizontalmente en vez de verticalmente; buscan prosperidad en vez de santidad; hablan de deseos egoístas en vez de súplicas salidas del corazón. Si no llegan a Dios, lo ignoran o lo olvidan, o peor aún, lo usan para fines egoístas. Escuchen: la mundanalidad es la naturaleza humana sin Dios.
¿Qué es lo que esto nos está diciendo? Es que mucha gente, muchos hijos de Dios nacidos de nuevo, caminan por la vida olvidando a Dios o ignorándolo, y cuando se acuerdan de Él, quieren usarlo. Tomamos decisiones, pensamos acerca de decisiones importantes, sin haber consultado con Dios. Nos mudamos de un lugar a otro, de un país a otro, porque supuestamente no tenemos con qué continuar viviendo aquí. Y cuando hago la pregunta: "¿Tú has hablado con Dios?", la respuesta es: "Yo puedo continuar viviendo aquí." Ese no es mi pregunta; mi pregunta es si tú has hablado con Dios. "Bueno, no." Lo ignoraste y lo olvidaste. O si estás en un problema vas a hablar con Él, ¿qué piensas hacer, usarlo? Lo que yo sé es esto: tú puedes olvidar a Dios, tú puedes ignorarlo, y Él se deja olvidar; lo que Él no permite es ser usado. Y eso es parte del pensamiento mundano de los hijos de Dios hoy en día.
Estaba en Miami —no, en Panamá— y me encontré con alguien de un ministerio de parejas. Quería que nos viéramos y que hiciéramos algo juntos; tiene un nuevo programa que se llama "Un minuto con Dios". A ver, porque la generación está muy ocupada hoy. Si tú solamente tienes un minuto con Dios y tu Dios está contento con ese minuto, yo no quiero a tu Dios, porque ese Dios no se valora a sí mismo. Pero como lo queremos y creemos que Él nos va a escuchar, queremos un Dios microondas que podamos meter al microondas, entrar y salir rápido. Y eso es parte de lo que creemos.
Jay Mahoney, en su libro *Worldliness* —Mundanalidad—, dice: "El mayor peligro de la iglesia de hoy no es persecución por parte del mundo, sino seducción." Eso es: que el mundo poco a poco nos va succionando. Pensamos en los pasos recurrentes de la mundanalidad y decimos: "Pero yo no estoy en droga, yo no estoy en alcohol, no es esa depravación." Yo estoy hablando de mundanalidad.
He hablado con pacientes que usan droga y alcohol, y tú has escuchado por qué lo hacen muchas veces. Yo he estado literalmente con cientos de ellos. Lo hacen para escapar. Cada mes, mes y medio, dos meses, cuando tienen mucha presión, están muy ansiosos, salen corriendo a buscar eso que los va a aliviar. Bueno, pero yo no hago eso. ¿Paso? No. Solo con tantas personas he hablado, que cuando están ansiosos salen para la tienda a comprar. Hablaba con alguien recientemente y me decía: "Pastor, usted no lo va a creer: yo voy a la tienda todos los días del mundo." No es diferente. La cocaína es la droga de la minoría; el consumismo de nuestros días es la droga de la mayoría. Y eso nos alivia, creemos nosotros. Pero al otro día volvemos a tener el mismo problema y volvemos a consumir más; consumimos más cada vez. Usamos las cosas por menos tiempo, las reemplazamos más rápidamente y necesitamos siempre el nuevo modelo, porque el anterior, que tenía un botón menos, una función menos, ya nos hacía sentir pasados de moda y fuera de lo que está en vigencia.
Y luego comienzo a tener problemas de dinero, no puedo pagar mis facturas, no puedo pagar a mis empleados, no sé qué pasa. "Lo que pasa es que tenemos problemas de dinero." No, tú no tienes problemas de dinero —perdóname que sea directo—; tú tienes el problema de un corazón mundano, esa es la diferencia. Ese corazón mundano ha producido un patrón de consumo que te ha llevado adonde has llegado. No puedes comenzar arreglando las cuentas; tienes que comenzar arreglando el corazón.
La mundanalidad es la característica número uno de nuestros tiempos, y no olvidemos que la mundanalidad es simplemente amor por las cosas de este mundo. Ahora, no soy tan ingenuo como para pensar que esto es nuevo; no es nuevo. Desde que el hombre es hombre y desde que cayó de la presencia de Dios, desde que el mundo existe, ha existido mundanalidad: deseo por lo que está aquí debajo, por el aquí y el ahora.
Escucha las palabras de Pablo a Timoteo, en su segunda carta, 2 Timoteo 4:10: "Pues Demas me ha abandonado, habiendo amado este mundo presente." Eso es mundanalidad: habiendo amado este mundo presente, se ha ido a Tesalónica. Abandonó la fe. ¿Cómo es que está en Tesalónica viviendo mundanamente? Porque amó más este mundo presente que la verdad que nosotros teníamos por compartir. El mismo apóstol Pablo, escribiendo a los romanos en Romanos 12:2, dice: "No os conforméis a este mundo." En cualquier tiempo, estación o siglo que vivas, no permitas que las corrientes de pensamiento del mundo te den su forma; no permitas que el mundo te haga pensar como el mundo piensa.
Resiste la tendencia que el mundo tiene de conformarte a sus patrones. No es nuevo, simplemente que se ha agravado en nuestros días. Charles Spurgeon, 150 años atrás, dijo: "La razón por la que la iglesia tiene tan poca influencia sobre el mundo es porque el mundo tiene demasiada influencia sobre la iglesia." Uno lee eso y no sabe que lo escribió Spurgeon, y uno piensa que eso lo escribieron ayer. La razón por la que la iglesia tiene tan poca influencia sobre el mundo es porque el mundo tiene demasiada influencia sobre la iglesia. Y cómo es que eso ocurre no es tan difícil verlo: cuando el virus de la mundanalidad afecta al mundo e infecta luego la iglesia, la enfermedad es la misma en dos lugares diferentes.
Ahora bien, si eso no es nuevo, ¿cuál es el problema, pastor? Esta pregunta misma es mi problema: ¿qué no nos moleste cómo estamos? John Stott hacía una observación y comparación que yo creo que es muy pertinente. Él decía: nosotros miramos la historia de la iglesia desde nuestra perspectiva hoy y decimos cómo es posible que la iglesia del siglo XVIII, del período medieval, la iglesia del siglo XIX, haya aprobado la esclavitud, la haya contratado, la haya aplaudido y haya querido justificarla. Nos horrorizamos ante eso. Y él dice: si la iglesia se continuara purificando, llegaría el tiempo en que miraría hacia atrás y diría cómo es posible que la iglesia del siglo XX y XXI haya podido abrazar la mundanalidad y el consumismo como un estilo de vida, aplaudirlo, aprobarlo, promoverlo a través de un evangelio, y pensar que estaban viviendo para Dios.
Estudios hechos en Estados Unidos por el Grupo Barna demuestran que la cantidad de dinero empleada por el cristiano —cristiano calificado como tal— en cosas de diversiones es siete veces la cantidad que él gasta en asuntos espirituales. Bueno, pero quizás vamos a hacer una matemática de tu vida ahora, porque quizás es tan alta como eso o más alta. Vamos a tomar tres columnas. Columna de la izquierda: gastos en los que yo incurrí de enero a diciembre del año 2008, en diversiones —películas alquiladas, cines a los que fui, restaurantes donde fui, resorts donde fui, gimnasio, porque aunque es ejercicio, es un tipo de diversión que nos relaja, salones de belleza, porque es parte de nuestra parafernalia para la diversión. Una columna: dinero gastado en libros para alimentar mi alma, seminarios para alimentar mi alma, DVDs para alimentar mi alma. La próxima columna: los libros comprados para formar mi carácter, cuántos yo leí.
Y ahora pongamos la cantidad, porque lo que es común en estos días es que vamos a las librerías, vamos a los congresos, traemos siete, ocho, diez libros de índole espiritual y leemos alguna página de uno o de dos, porque el consumismo es el que nos ha llevado a sentirnos bien con comprar los libros sin leer los libros. ¿Te has dado cuenta de lo mal que estamos? Hoy vamos a acercarnos al costo de un seminario de un día, o dos, o tres, de índole espiritual; a lo mejor tenemos que viajar, si no eso está muy caro. Pero dos semanas después incurrimos un costo igual o mayor en un lugar donde vamos a comer, a beber y a divertirnos, y que llamamos resort. Ah sí, pero no compare, pastor. No, no soy yo el que compara; es Dios, que ve que nuestro interés principal está aquí abajo, en la carne y los deseos de la carne.
Bueno, usted piensa que estoy hablando de algo pecaminoso. Olvídese de los elementos; estoy hablando de la comparación. Ahí es donde está la importancia. Es en la comparación de los elementos. Déjame hacerte una pregunta: ¿esto fue la última vez que tú estabas cansado física y emocionalmente y tu primer pensamiento fue: "Wow, yo necesito un retiro con Dios, medio día, un día, dos días"? ¿Cuándo fue la última vez que tuviste ese pensamiento con la frecuencia con que pensaste: "Wow, necesito un resort"? Ahí está el énfasis, en lo comparado. Y vamos y regresamos y seguimos cansados, claro, porque mi alma y mi corazón solamente los puede descargar Dios.
Esto no es nuevo. Mira lo que Juan les dice a sus seguidores:
"No améis al mundo ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él, porque todo lo que hay en el mundo —la pasión de la carne, la pasión de los ojos y la arrogancia de la vida— no proviene del Padre sino del mundo."
Tú entiendes lo que aquí está empaquetado en esos dos versículos. Yo no creo que la mayoría de nosotros hemos desempaquetado esos dos versículos. Vamos a hacer un intento en los próximos minutos, por lo menos parcialmente. En primer lugar, Juan comienza diciendo: "No améis al mundo", coma, "ni las cosas que están en él." Juan las está separando. Hay una cosa que él llama mundo, que dice no la ames, y además tampoco las cosas que están en ese mundo. ¿Cuál es la diferencia? Obviamente Juan no está diciendo que no améis el globo terráqueo; esa no es la idea. No améis las formas de pensamiento, de hablar, de estilo, de promoción, de subir, de ascender, de este siglo en el que tú vives. Pero este lugar donde tú vives tiene cosas que tu carne desea, y Juan dice: esas cosas no las ames tampoco. Son cosas temporales, eternamente inservibles; no las volverás a ver cuando pases de este mundo al próximo.
¿Y cuáles son esas cosas? Porque de mí algunos ejemplos, he dado algunos y puedo dar más. El consumismo en el que nosotros vivimos quiere que yo continuamente, que tú continuamente, cambies la moda. Dios quiere que tú cambies los hábitos de consumo de tu corazón, que te llevan a amar cada moda cambiante que entra nueva al país. ¿Me da gran diferencia? El mundo quiere que tú cambies tus carros cada dos o tres años, y te lo racionalizas diciendo que es el momento en que tienes mejor retorno de tu dinero. Yo no sé si eso es verdad o no; lo que yo sé es que eso para el corazón mundano de nuestra generación no es bueno.
El mundo quiere que tú luzcas bien. ¿Cómo lo vamos a hacer? Bueno, te vendemos la cirugía plástica. Si te sobra, te lo quitan; si te falta, te lo ponen; si está grande, te lo achican; si está chico, te lo agrandan. Si es por delante o por atrás, no importa, lo podemos hacer en ambos, al mismo tiempo. Y Dios me da a decir: tu problema no es cirugía plástica, es cirugía radical del corazón. Y tiene metástasis, y en todo tu cuerpo hay que darte no solamente cirugía; hay que darte radioterapia y quimioterapia, porque tú estás perdido. Si la mundanalidad fuera azul y te cortaran, sangrarías azul. Corre por nuestras venas. Y compramos todo eso.
Hay un buen comercial —que más que un comercial es algo instructivo— que la gente de YouTube puede encontrar buscando la campaña de Dove del jabón anti-envejecimiento. Se va a encontrar ahí con una modelo a la que están maquillando; las cámaras la van siguiendo rápidamente, y la cara se va transformando. Finalmente intervienen maquillistas profesionales con una modelo profesional. Cuando terminan, le toman una foto, la suben a la computadora y le editan la imagen: le alargan el cuello, y ahora la ponen en un billboard en una calle, como anuncio. Y las jovencitas pasan por ahí y dicen: "¡Wow, mamí, yo quiero ser como ella!" Tú estás soñando. Esa es una modelo profesional, con maquillistas profesionales, que luego de fotografiarla la procesaron artificialmente: le alargaron el cuello, le subieron los ojos, le alargaron la sonrisa, ¿y tú quieres ser como ella? Y el anuncio te lo dice. No es por accidente que nuestro concepto de lo que es la belleza está tan distorsionado hoy en día. Esto me excusa, pero no hay nada más mundano que mis universos. Nos sentamos ahí a aplaudir anatomía humana hecha por los cirujanos. Por favor, aplaudamos a los cirujanos; son brillantes esos individuos.
Un pastor dice: pues yo no vengo a hablar de eso; yo quiero ver a Dios, yo quiero vivir para lo que Él me creó, y quiero disfrutar lo que mi Dios disfruta. Además, Juan nos dice que si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. ¿Esto es ofensivo? Pastor, ¿ya hay tanta gente que no tiene el amor del Padre? Yo no dije eso; Juan dice eso. Si alguno ama al mundo, esa es la evidencia de que el amor del Padre no está en él. ¿Por qué Juan dice eso? Porque el que tiene el amor del Padre ama lo que el Padre ama. El que tiene el amor del Padre rechaza lo que el Padre rechaza. El que tiene el amor del mundo ama lo que el mundo ama. El que tiene el amor del mundo rechaza lo que Dios ama.
Estamos viviendo tiempos difíciles. Quizás estamos viviendo los tiempos que Pablo describió como los últimos tiempos, la generación que precedería la venida de Cristo. Yo no estoy aquí para decirle que faltan cinco años, diez o quince, pero de acuerdo a los acontecimientos y a lo que la Biblia nos dice, yo creo que estamos aproximándonos. Y de esa generación, lo que Pablo dice en 2 Timoteo 3:2-4 es: "Porque los hombres serán amadores de sí mismos, avaros, jactanciosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, irreverentes, sin amor, implacables, calumniadores, desenfrenados, salvajes, aborrecedores de lo bueno, traidores, impetuosos, envanecidos, amadores de los deleites en vez de amadores de Dios."
Aquí hay 18 características de esa generación, pero tiene dos portalibros. El primero: amadores de sí mismos. El segundo: amadores de los deleites en vez de Dios. El resto está en el medio. La razón del resto es que esta generación es amante de sí misma y ama los placeres antes que amar a Dios. De hecho, la razón por la que amamos tanto las cosas de este mundo es exactamente eso que yo acabo de leer: porque nos amamos a nosotros mismos y preferimos el placer de la carne, y amamos nuestros placeres antes que al Creador de los placeres.
Saben una cosa: hay una buena noticia y una mala noticia. El Creador de cada placer es Dios; Satanás nunca ha creado nada.
Lo que él ha hecho es tomar lo que Dios ha creado, distorsionarlo, ensuciarlo y convertirlo en algo pecaminoso. Pero cada placer lo creó Dios. Pero ahora hemos amado los placeres, y peor aún, los placeres distorsionados, más que el dador y creador de los mismos. El que tiene el amor del Padre no tiene ningún afecto por las cosas de este mundo, o mínimo.
Juan dice también que todo lo que hay en el mundo no procede del Padre sino del mundo. Juan lo está complicando ahora. Juan dice: no, todo esto que está en el mundo, todo este afán por el que vivimos, todo aquello que nos produce esa carrera de ratas —como le llama un autor en el libro *La Sombra Frente al Espejo*—, una carrera de ratas, eso no viene de Dios. Dios no nos creó para vivir de esa manera. Eso viene de algo que se llama cosmos, mundo.
Y luego que él dice eso, que nada de eso viene de Dios, entonces lo dice de una forma muy absolutista: él dice "todo lo que hay en el mundo", no la mayoría, no alguna cosa, todo. Pero luego él pasa a definir en qué consiste ese todo. Si todo lo que hay en el mundo no procede del Padre sino del mundo, entonces viene a definirlo en tres niveles: la pasión de la carne, la pasión de los ojos y la arrogancia de la vida.
A ver si podemos desempaquetar un poquito la pasión de la carne. ¿Qué es eso, pastor? Bueno, tiene múltiples manifestaciones, pero como para buen entendedor pocas palabras bastan, un par de ilustraciones serían suficientes. La lujuria masculina, cuyos ojos se van detrás de cada mujer que le pasa por el lado: eso es pasión de la carne. O la lujuria masculina que quiere la mujer de otro, o el esposo de otro: eso es pasión de la carne.
"Pastor, usted siempre nos está dando duro a nosotros los hombres, dígale algo a las mujeres." Ve al paso, yo voy para allá ahora. La mujer que se compra su vestimenta, se para frente al espejo, se la pone, se la ajusta, se mira de lado, mira sus líneas anatómicas y dice: "¡Wow, esto se me queda bien!", y sale por ahí contoneándose, meneando su cabeza y otras cosas. Eso es pasión de la carne.
"Pastor, para saber eso no necesitamos a una mujer, y su esposa no le va a hablar de esas cosas." No, pero yo le digo que me ayudó mucho el libro *La batalla de cada mujer*. Si usted es mujer y está aquí, usted debiera leer *La batalla de cada mujer*. "Pastor, dígale a los hombres." Cúbrase con *La batalla de cada hombre*, también existe. Excelentes ambos. De hecho, yo creo que el de las mujeres es mejor que el de los hombres.
Pero esta mujer cambiada, transformada, que estuvo en el mundo, ella testifica y dice: "En vez de usar la belleza que Dios me había dado..." Te das cuenta de que ella reconoce que es una belleza femenina que no la vamos a ocultar. Esa belleza es atractiva, es llamativa. Dios la hizo, la creó precisamente para que fuera atractiva y llamativa. Dios es un creador increíble. Pero ese es el problema: el problema no es la belleza femenina, el problema no es que sea atractiva y llamativa; el problema es esto que está diciendo.
"En vez de usar la belleza que Dios me había dado para traer gloria a Dios, yo la usaba como carnada para seducir a los hombres y alimentar mi ego. En vez de inspirar a los hombres a adorar a Dios, yo subconscientemente quería que me adoraran a mí, y si tenía éxito en atrapar a un hombre con mis encantos, me sentía con poder." Ahí está el problema. Este libro recoge muchos testimonios y dice muchas cosas como esa.
Y nos habla —a mí por lo menos me enseñó—, según testimonios femeninos, de que muchas veces precisamente ellas se vestían, y por tanto muchas se visten, con la intención expresa de tener ojos que se vayan detrás de ellas. Miren eso. Vínculos de adoración que compiten con la adoración a Dios.
"Bueno, pastor, eso es problema del otro." Si usted es cristiana, recuerde que ese cuerpo que usted tiene, que viste y que sale a lucir por ahí, de acuerdo a la Palabra de Dios, es templo del Espíritu Santo. Y no es poca cosa usar un templo del Espíritu Santo, instrumento sagrado para con Dios, como instrumento de seducción o instrumento de mundanalidad. Quizás eso es suficiente para explicar por qué muchas de nuestras oraciones no son oídas.
La pasión de la carne, la pasión de los ojos. ¿Y qué es eso? Bueno, viene un ejemplo perfecto en la Palabra de Dios: Lot, el sobrino de Abraham. Dios le hace un llamado a Abraham: "Vete de tu tierra, de tu parentela, de tu familia", y Abraham se llevó a Lot. Llegan a un lugar donde apacientan el ganado, el ganado comienza a crecer, los siervos comienzan a multiplicarse, los siervos comienzan a pelear, no hay suficiente hierba para el ganado de tanto que era la reproducción.
Y Abraham le dice a Lot: "Sobrino, lamentablemente, aunque yo te amo mucho, mira, yo te traje, tenemos que separarnos para evitar estos problemas. Sobrino, escoge tú, y la tierra que tú me dejes, esa es la mía." Uno pensaría que el sobrino hubiera dicho: "Padre Abraham, tú eres mi padre, escoge tú primero. Lo que tú escojas está bien y yo me quedo con lo que tú me dejes." Pero no. Escucha el texto de Génesis 13, permítele el versículo 10: "Y alzó Lot sus ojos" —la pasión de los ojos— "y vio todo el valle del Jordán, el cual estaba bien regado por todas partes." Esto fue antes de que el Señor destruyera Sodoma y Gomorra. Era "como el huerto del Señor, como la tierra de Egipto", y escogió Lot para sí todo el valle del Jordán, y viajó Lot hacia el oriente. Así se separaron el uno del otro.
Escucha: Abraham se estableció en la tierra de Canaán, en tanto que Lot se estableció en las ciudades del valle y fue poniendo sus tiendas hasta Sodoma. Eso es Génesis 13. Pero dale vuelta a la página en ese capítulo y oye lo que dice: "Y Lot habitaba en Sodoma." Lot vio todo el valle, la pasión de los ojos, vio que estaba bien regado por los ríos, y en vez de pedirle a su tío que él eligiera primero, él decidió elegir conforme a sus ojos.
Tú no escuchas en ningún momento que Lot le dijo a su tío: "Tío, ¿dónde va a morar?" Él no fue ignorado ni olvidado. Pero luego, cuando a Lot lo cogieron preso, entonces quería que Dios le ayudara y quería usarlo ahora. Tú no escuchas en ningún momento que Lot consideró el efecto que podía tener sobre sus hijas el vivir cerca de estas ciudades llamadas Sodoma y Gomorra. Eso no fue ninguna consideración.
¿Cómo escogió Lot? Con los ojos. De la misma manera que escogemos al futuro esposo, a la futura esposa, la futura casa, el futuro carro, el futuro trabajo, el futuro cualquier cosa: según los ojos, sin criterio espiritual. Y somos los que gemimos en el corazón. La decisión de Lot fue hecha puramente vía los ojos. La opinión de Dios no contó.
Sodoma y Gomorra son juzgadas, son quemadas. Van corriendo, y la esposa de Lot, por desobediencia a Dios, quedó convertida en una piedra de sal. Y quedó Lot con sus dos hijas en una cueva. Las hijas no pensaron en cuidar de su padre, mantenerlo, padre ya de edad avanzada, mantenerlo abrigado durante la noche. No, no, no: "A un borracho, tú te acuestas con él, y luego yo." Lo cual de una sola vez hizo originar dos de las peores tribus enemigas de Israel para el resto de su historia.
¿Quién sembró a Sodoma en el corazón de esas hijas? Lot. Cuando tú tienes un hijo con televisión en la habitación, con computadora en la habitación, sin control parental, ¿quién está sembrando a Sodoma y Gomorra en el corazón de esos hijos, que van a querer desear consumir lo que la televisión les vende a cualquier hora de la noche? Usted va a sembrar eso.
Bueno, pasó con Lot. Pero no puede prosperar, ese no es el punto. El problema no es la prosperidad ni es el dinero. Escucha esto, breve, que ya escribí hace un tiempo atrás: el dinero solo es beneficioso —no es que no sea beneficioso, pero solo es beneficioso— cuando es ganado, administrado, ahorrado y consumido por un corazón santo. Te lo voy a decir una vez más: el dinero solo es beneficioso cuando es ganado, administrado, ahorrado y consumido por un corazón santo. Y oye cómo termino: y esta combinación es extremadamente rara.
Lo que el dinero frecuentemente hace es llevarnos a la tercera pasión: la arrogancia de la vida. La pasión de la carne, la pasión de los ojos, la arrogancia de la vida. ¿Y qué es eso de la arrogancia de la vida? Bueno, es esa forma de pensar del mundo que nos vende y compramos, que nos dice que realmente yo puedo vivir más o menos sin Dios, puedo criar hijos sin Dios, tener un matrimonio sin Dios, tener un buen trabajo, prosperar sin Dios. "Yo no, yo tengo amigos que no creen en Dios y les está yendo más o menos bien." Eso es la arrogancia de la vida.
Pensar que un hombre hecho a la imagen de Dios, con una necesidad que solamente Dios podía satisfacer, puede en algún momento llegar a tener esa necesidad satisfecha con elementos de este mundo: eso es una arrogancia. Y la manera como nosotros sabemos que las cosas de este mundo no producen esa satisfacción no es solamente por lo que leemos en la Palabra de Dios; es cuando vemos a la persona regresar una y otra vez a la tienda, una y otra vez, porque la visita anterior no fue suficiente. O cuando vemos a la persona regresar una y otra vez al peluquero con el cambio de color, el cambio de corte, porque el anterior tampoco fue satisfactorio. O vemos a los hombres regresar una y otra vez a comprar un nuevo carro, o una y otra vez a la página de pornografía, porque las últimas cien páginas tampoco fueron suficientes.
La arrogancia de la vida es querer llenar el hueco creado por Dios, que solamente Dios puede llenar, querer llenarlo con las cosas de este mundo. Ravi Zacharias decía —lo voy a repetir, lo he usado en otras ocasiones—, y luego te lo traduzco: entre más envejeces, más trabajo da poder maravillarte, y solamente Dios es lo suficientemente grande para continuar haciéndolo.
Pretendemos un ambiente que ha sido completamente secularizado; hemos muerto en el proceso a la secularización de nuestras vidas y no nos hemos dado cuenta. Eso estuviera ahí afuera nada más, el problema no fuera tan grave. El problema es que eso está aquí dentro, y eso es lo que hace el problema mayor, como les ocurrió en la época de Spurgeon, como les ocurrió en algunas vidas en la época de Pablo o Moisés.
Quizás sea bueno ir cerrando ya, y lo voy a hacer con esta cita de Silla y Mahoney: "El cristiano hoy se está desviando." Escucha: él se sienta en la iglesia, pero no está contento de estar ahí. Canta sin emoción. Escucha la predicación sin convicción. Escucha, pero no aplica. Está en la iglesia, muchas veces no está contento, hasta el próximo mensaje.
Cuando algo nos confronta y nos dice verdad, podemos a veces aplaudirlo, podemos a veces decir amén. Escuchamos. Y nuestros amenes son la evidencia de que oímos, pero nuestros hechos revelan que, a pesar de escuchar, no aplicamos. Y eso agrava nuestra condición delante de Dios.