Integridad y Sabiduria
Sermones

La mundanalidad cristiana (parte 2)

Miguel Núñez 21 diciembre, 2008

La vida no consiste en la abundancia de bienes. Jesús introduce esta verdad con la parábola de un hombre rico cuyas cosechas abundaron tanto que decidió derribar sus graneros para construir otros más grandes. Este hombre hablaba consigo mismo usando repetidamente "yo", "mí", "mis", revelando un profundo egocentrismo. Se decía: "Alma, tienes muchos bienes depositados para muchos años; descansa, come, bebe, diviértete". Pero Dios le llamó necio y esa misma noche le reclamó el alma. Su arrogancia e ingratitud provocaron que Dios se volviera contra él, porque Dios da gracia al humilde pero se opone al orgulloso.

Si la vida no consiste en acumular bienes, ¿en qué consiste entonces? Cristo mismo da la respuesta: "Esta es la vida eterna, que te conozcan a ti, Padre, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado". Fuimos creados para reflejar y glorificar a Dios, no para construir nuestros propios reinos. El problema es que queremos a Dios para protección y el mundo para diversión; queremos los deleites de Dios en el estudio bíblico pero los placeres del mundo al salir de él. Si nuestros hábitos de consumo son iguales a los del mundo secular, ¿qué diferencia hace la cruz en nuestra vida?

La evidencia de que estamos viviendo el propósito de Dios es la plenitud de gozo con la que vivimos. Como aquel jugador de fútbol americano cuyo padre ciego venía a verlo a cada partido, y cuando el padre murió, jugó su mejor juego diciendo: "Esta era la primera vez que mi padre realmente podía verme desde el cielo, y quería deleitarlo". Nuestro Padre celestial nos ve vivir cada día. La pregunta es: ¿qué expresión tendría su rostro al mirarnos?

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Comenzando en el versículo 15 hasta el versículo 21: "Y les dijo: 'Estén atentos y guardados de toda forma de avaricia, porque aun cuando alguien tenga abundancia, su vida no consiste en sus bienes.'" También les refirió una parábola diciendo: "La tierra de cierto hombre rico había producido mucho, y pensaba dentro de sí diciendo: '¿Qué haré, ya que no tengo dónde almacenar mis cosechas?' Entonces dijo: 'Esto haré: derribaré mis graneros y edificaré otros más grandes, y allí almacenaré todo mi grano y mis bienes. Y diré a mi alma: Alma, tienes muchos bienes depositados para muchos años de descanso; come, bebe, diviértete.' Pero Dios le dijo: 'Necio, esta misma noche te reclaman el alma, y ahora, ¿para quién será lo que has provisto?' Así es el que acumula tesoro para sí y no es rico para con Dios."

Padre, gracias de nuevo por la frescura de tu Palabra, la profundidad de la misma, su forma inagotable de ser, de existir, y la manera personal como tú la usas para hablarnos a cada uno de nosotros. Una vez más te pedimos que seas con tu siervo al predicarla, de tal forma que tú puedas ser honrado, tu Hijo levantado, tu estándar guardado, nuestras vidas cambiadas, nuestros rumbos retomados. Y te lo pedimos para la honra y la gloria de Aquel que fue a la cruz y dio su vida por nosotros. Amén.

La historia de este hombre, sin lugar a dudas, revela varias cosas con relación a su forma de pensar y de ser. En primer lugar, revela su avaricia, hasta el punto que Cristo introduce la historia diciendo: "Guardaos de toda forma de avaricia", y pasa a contar la historia de este hombre. La historia también revela no solamente la avaricia del hombre, sino su falso sentido de seguridad: "Edificaré más graneros, más grandes, para garantizar mi vida futura." La historia revela también el egocentrismo con el que este hombre vivía, representado por los doce "yo" que aparecen en el lenguaje original en una historia tan corta, además de "en mí", "mis". Dieciséis veces esta historia se refiere a la primera persona.

La historia revela también el orgullo y el hedonismo de este hombre, que escuchándose a sí mismo decía: "Alma, ahora tienes suficientes bienes; come, bebe y diviértete." Y todo eso nosotros podemos palparlo en la historia. Sin lugar a dudas, este orgullo que este hombre tiene, este egocentrismo que lo lleva a pensar que ciertamente él puede construir su propio reino, acumular estas riquezas y confiar en ellas para tener seguridad, ese es uno de los problemas de los bienes.

Porque, en primer lugar, los bienes crean un falso sentido de independencia: "Construiré más graneros." Los bienes, lamentablemente, nos encadenan a este mundo: "Come, bebe, diviértete; vive en el aquí y en el ahora." Los bienes nos hacen personas más egoístas: "Derribaré, ¿quién? Yo. Construiré, ¿quién? Yo. ¿Para quién? Para mí." Los bienes muchas veces nos vuelven ciegos a nuestro propio materialismo y a nuestra propia vida egocéntrica, que teniendo suficiente para vivir queremos acumular más aun.

Y todo eso nosotros podemos verlo también en la vida de este hombre. Él está teniendo un diálogo consigo mismo, él se está escuchando a sí mismo, y todavía él sigue insatisfecho e infeliz. Y quizás Martyn Lloyd-Jones nos da la respuesta de qué es lo que le está pasando a este hombre. En el libro que él escribió titulado *Depresión Espiritual*, escucha con detalle esta breve observación, pero profunda e incisiva, de Martyn Lloyd-Jones: "¿Te has dado cuenta de que la mayoría de tu infelicidad en la vida se debe al hecho de que te has estado escuchando a ti mismo en vez de hablarte a ti mismo?"

Bueno, ¿y qué implica eso? ¿Cuál es la diferencia entre escucharme a mí mismo y hablarme a mí mismo? Es que nos pasamos la vida escuchando al yo decir: "¿Puedes creer lo que te hicieron? ¿Puedes creer con lo que salió después de todo eso? No puedo creer que me hicieron tal y cual cosa. Cuando me digan esto voy a responder así." Y nos pasamos la vida escuchando al yo, cuando en realidad lo que debiéramos estar haciendo es hablarle al yo las verdades de la Palabra que mi mente conoce y recuerda, pero que el yo se resiste a obedecer.

Y debemos decirle: "¿Sabes una cosa, yo? Te sientes así preso de este orgullo." Yo mismo debo decirlo. "¿Sabes otra cosa, yo? Te sientes inseguro, pero es tu inseguridad la que te hace sentir así, no lo que ella dijo o hizo. ¿Sabes una cosa, yo? Es tu vanidad, es tu arrogancia, es tu rebeldía. Muérete, yo, que eso es parte del hombre viejo, no del hombre nuevo, hecho a semejanza del Hijo." Tenemos demasiado tiempo escuchando al yo cuando debiéramos estar hablándole al yo.

Al hombre de la historia debió haberle dicho a ese yo: "¿Sabes que quieres acumular más bienes? Pero ya tienes suficiente. De hecho, tienes tanto que los graneros que tienes ya no te alcanzan." Este hombre debió haberle dicho a ese yo: "Estás hablando de una manera arrogante." Pero no lo podía hacer, porque no conocía a Dios, y como no conocía a Dios, no conocía las verdades de Dios que él pudiera hablarle al yo y decir eso.

Pero las maneras en que nos hablamos a nosotros mismos revelan quiénes somos, para qué vivimos y cómo vivimos. Y lo que tenemos que entender es que esa manera arrogante y orgullosa del yo hace que Dios se vuelva contra nosotros; está en la historia. Este hombre habla de esta manera: "Alma, come, bebe, diviértete", y Dios se vuelve contra ese hombre y le dice: "Necio, este mismo día te será demandada tu alma." Ciertamente la Palabra es correcta cuando dice que Dios da gracia al humilde y se opone al orgulloso. Eso es exactamente lo que esta historia revela: Dios se le ha opuesto a este hombre y le ha llamado necio.

Y como hemos dicho en otras ocasiones, una cosa es que Dios te ignore y otra cosa es que Dios se te oponga. Y nuestra arrogancia, nuestro orgullo, vuelve a Dios contra nosotros. Este hombre de la parábola no solamente tenía mucha arrogancia, sino que tampoco expresó nada de gratitud, y esas dos cosas van de la mano. El orgullo y la ingratitud van de la mano. Si este hombre hubiese tenido gratitud, hubiese dicho: "Dios, gracias por los primeros graneros. Si es tu voluntad, dame la fuerza, dame la manera de construir los próximos graneros." Pero lo que expresa es un sentido de autosuficiencia y de ingratitud, que es la acusación universal de Dios contra el hombre, que no ha sido lo suficientemente grato para con Él, y eso es un gran pecado.

¿Qué tan grande es ese pecado? Bueno, yo te voy a decir qué tan grande es con estas palabras que alguien escribió: "Todo pecado es un asalto a la santidad de Dios, a la gloria de Dios, a la naturaleza de Dios, a la esencia de Dios y a la ley de Dios." Lo repetiré una vez más: todo pecado es un asalto a la santidad de Dios, a la gloria de Dios, a la naturaleza de Dios, a la esencia de Dios y a la ley de Dios. La ingratitud es ese fruto que crece en la tierra del orgullo. El orgullo es la tierra fértil donde crecen todos los demás pecados; la ingratitud crece en esa tierra fértil, que rehúsa admitir que es dependiente de Dios. Y eso es odioso cuando ocurre en el inconverso, y repulsivo cuando ocurre en el hijo de Dios.

Y la realidad es que, si somos honestos y la verdad es conocida, todos tenemos una idea sobreinflada de quiénes somos, de nuestros logros, de nuestras habilidades. Cuando logramos algo, miramos para atrás y creemos que realmente lo hemos logrado nosotros. Queremos el crédito; si no nos dan el crédito, lo buscamos y lo peleamos, porque realmente creemos que está en nosotros el lograr lo que logramos.

Y quizás si nosotros entendiéramos estas tres cosas, quizás si las pudiéramos entender mejor, no fuéramos tan orgullosos como somos, como lo vemos en este hombre en esta parábola. En primer lugar, si entendiéramos nuestra naturaleza pecaminosa y los hábitos pecaminosos que hemos cosechado, que siempre nos dejan cortos de su gloria, quizás fuéramos más humildes. Quizás si entendiéramos mejor la majestad, la grandeza, la santidad de Dios, que nos hace sentir tan pequeños y nos hace vernos en nuestra propia dimensión, quizás fuéramos menos arrogantes. O quizás si entendiéramos la cruz mejor, que me recuerda que fui yo quien clavó mis pecados en ese madero.

Y esto último, yo creo que nadie lo ha dicho mejor que John Stott en su comentario sobre el libro a los Gálatas, que dice: "Cada vez que miro la cruz, Cristo parece estar diciendo: 'Yo estoy aquí por ti. Es tu pecado el que llevo. Yo estoy sufriendo tu maldición. Es tu deuda la que estoy pagando, tu muerte la que estoy muriendo.'" Y él agrega: "Nada en todo el universo nos corta tan a ras como la cruz. Nosotros tenemos opiniones sobreinfladas de nosotros mismos, especialmente en autorjusticia, hasta que visitamos el lugar llamado el Calvario. Es allí, al pie de la cruz, que nos encogemos hasta alcanzar nuestro tamaño adecuado."

Es la cruz la que me dice quién soy. Es la cruz la que interpreta el mundo que yo habito. Es la cruz la que transforma mi opinión acerca de los demás. Y es la cruz la que le da propósito a mi vida. Y lamentablemente, la mayoría de nosotros no queremos vivir al pie de la cruz, no queremos vivir viendo la cruz y no queremos vivir bajo la sombra de la cruz. Y eso nos hace vivir como vivimos, desafortunadamente.

Decidiendo entonces garantizar nuestro futuro, abrazamos una vida materialista todo el tiempo, dándole gracias a Dios por el materialismo que Él nos ha provisto, cuando en realidad es el materialismo que yo he construido. Decimos una cosa con los labios y demostramos otra cosa con nuestras acciones. Si nuestros hábitos de consumo y nuestra manera de hablar son los mismos que los del mundo secular, ¿qué diferencia hace la cruz en nuestra vida? ¿Qué diferencia hace la causa de Cristo y su entendimiento en mi vida?

Y lamentablemente, los líderes de la iglesia hoy en día que tanto hablan de esta falsa prosperidad serán acusados, o están siendo acusados por Dios, de lo mismo que Dios acusó a los pastores de Israel cuando los acusó de haber quebrantado las ovejas y de haber engrosado sus arcas a base de las ovejas. Y ahí está la iglesia hoy en día. Mientras el mensaje antes tenía que ver con ayudar al hombre a entender su necesidad de ser liberado de la esclavitud de su pecado, hoy en día el mensaje es ayudar al hombre a entender que tiene que liberarse de la esclavitud de la pobreza. En tanto que en una ocasión el mensaje era santidad, en esta ocasión el mensaje es prosperidad, pero no bajo la cruz, sino alejados de la cruz. Y esa alejanía de la cruz es lo que ha producido el estilo de vida de la iglesia actual.

Kent Hughes escribió un libro llamado *Set Apart* —separados, apartados—. En este libro él hace el siguiente comentario: "No podemos ser como las naciones y al mismo tiempo ser una luz para las naciones. Una iglesia mundana no va a alcanzar al mundo. Si nuestras búsquedas materialistas no son diferentes a las de la cultura general, tendremos poco que decir a la cultura. Si el Evangelio no nos ha salvado de la fuerza de gravedad del materialismo, si nosotros no nos levantamos por encima del materialismo de la cultura, ¿qué vamos a decirle a la gente de este mundo?" Escuchen el comentario final: "Si vivimos para las cosas de Sodoma, ¿cómo vamos a apuntar hacia el monte de la salvación?"

¡Vaya! Si vivimos como este hombre de la parábola, para las cosas de Sodoma, en el aquí, el ahora, el "come, bebe, diviértete", ¿cómo vamos en el nombre de Cristo a apuntar hacia el monte de la salvación? ¡Qué incongruencia entre nuestras palabras y nuestros estilos de vida! Y a este hombre de la parábola, a quien Dios le llama necio, Cristo, como enseñanza de la historia, le dice: "¿Saben una cosa? La vida no consiste en la abundancia de bienes."

Cuando mencionamos eso, dijimos: si la vida no consiste en la abundancia de bienes, ¿en qué realmente consiste la vida? Y dijimos que lo reservaríamos para el próximo mensaje, y aquí estamos. Tenemos que responder la pregunta a esta afirmación que Cristo hizo. La vida no consiste en la abundancia de bienes; ¿en qué entonces consiste la vida? Los apóstoles, los discípulos, debieron haberle hecho esa pregunta, pero no lo hicieron. Sin embargo, Cristo nos da la respuesta, porque la vida no adquiere su dimensión correcta hasta que no es vista desde la perspectiva de la eternidad. Y Cristo dijo: "Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, Padre, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien tú has enviado." Ahora tengo la perspectiva correcta y comienzo a entender de qué es que esto se trata.

Desafortunadamente, la mayoría de los hijos de Dios no han —iba a decir "terminado"—, no, no han comenzado a entender cuál es el propósito de la vida. Y estamos aquí para recordar que toda la vida ha sido diseñada, en primer lugar, para reflejar a Dios. El universo cuenta la gloria de Dios. Toda la vida ha sido diseñada para glorificar a Dios; fuimos creados para la alabanza de Su gloria. El único propósito exclusivo de mi creación es la alabanza de la gloria de Dios. Toda la vida fue diseñada para conocer a Dios.

Escucha a Dios hablando a través de Jeremías: "No se gloríe el sabio de su sabiduría, ni se gloríe el poderoso de su poder, ni el rico se gloríe de su riqueza; mas el que se gloríe, gloríese de esto: de que me entiende y me conoce." ¿Tú entiendes eso? La razón de tu creación es la misma razón de la existencia del universo: la gloria de Dios. No hay una sola cosa que haya sido hecha en esta vida que no corresponda al mismo propósito de Dios. No importa si es la creación del hombre, la creación de la mujer, la tenencia de hijos, la tenencia de bienes o la existencia del universo; no importa lo que sea, todo corresponde a un solo propósito: la reflexión de la gloria de Dios creador y Su glorificación.

Si yo no lo entiendo así, no lo puedo vivir de esa manera; y si no lo vivo de esta manera, mi vida está construida sobre un rango equivocado y estoy cosechando muchas veces las consecuencias de transitar por un camino que Dios no diseñó. La vida es una oportunidad única, preciosa, exclusiva, que se me da una vez para que yo conozca a Dios —el que se gloría de esto: que me conoce—, para que yo conozca a Dios íntimamente, persiga Su gloria y en la persecución de Su gloria encuentre gozo. Todas estas cosas no son antagónicas; al contrario, una es la que produce la segunda. La búsqueda de la gloria de Dios de manera incondicional es la única cosa que puede llenar a la criatura de gozo, porque para eso él o ella fue creada.

Y entonces, si no tengo ese gozo, ¿qué está ocurriendo? Muchas veces decimos que entendemos que fuimos creados para la gloria de Dios, pero mi vida no lo evidencia. Y si mi vida no lo evidencia, realmente yo no lo creo; yo lo afirmo, pero yo no lo creo.

Bueno, entonces, ¿cómo sé si estoy viviendo para la gloria de Dios? Déjame darte algunas ideas. Esta lista no es exhaustiva; son algunas pinceladas con las que puedo pensar si estoy en el camino correcto. Si tu búsqueda número uno es el reino de Dios, su crecimiento y su gloria —no tu búsqueda principal, no una de tus búsquedas más importantes, no la más importante, sino tu búsqueda exclusiva en lo que haces en la vida—, si es el reino de Dios, su crecimiento y su gloria, tú estás viviendo de la manera correcta. Si estoy dispuesto a hacer el compromiso de honrar Su Palabra independientemente del costo, estoy viviendo para Su gloria. Si estoy dispuesto a ajustar mis expectativas de vida, a renunciar a sueños, agendas, programas y cosas que había planificado, si estoy dispuesto a hacer eso para abrazar la voluntad de Dios, estoy viviendo para Su gloria.

Si estoy dispuesto a abandonar una vida egoísta, materialista, hedonista, para vivir una vida espiritual, centrada en Dios, divorciada de los placeres de este mundo, para abrazar los deleites de Dios, yo estoy viviendo para Su gloria. Déjame repetir esa idea una última vez: si estoy dispuesto a abandonar, a renunciar a mis mejores sueños, mis mejores anhelos, mis mejores planes, para abrazar la voluntad de Dios; y a renunciar a una vida materialista, centrada en mí mismo, para abrazar una vida espiritual, centrada en Dios, divorciada de los placeres del mundo, pero abrazando los deleites de Dios, entonces yo estoy viviendo para Su gloria.

Y si no es así —no quiero ofender a nadie, pero— el resto es una vida con apariencia de piedad, pero que carece del poder y de la gracia de Dios. El resto de lo que no corresponde al propósito para el cual yo fui creado desdice de la esencia y la naturaleza del plan de Dios, y por tanto puede tener apariencia de piedad, pero Dios no está en eso, porque Dios está en el propósito para el cual Él me creó.

Con frecuencia en consejería tenemos que decirle a la persona que no conoce a Dios, cuando nos toca hacerlo: "Mira, queremos decirte desde el primer día: nosotros hacemos consejería Cristo-céntrica." Y es un poco contradictorio darle consejería Cristo-céntrica a alguien que no ha abrazado a Cristo como Señor y Salvador. Y la razón por la que lo hacemos, con esa explicación, es porque si tú no vives una vida Cristo-céntrica, no importa cuánta consejería tengas, nunca podrás encontrar satisfacción en tu vida. Cristo no dijo: "Esta es la vida eterna y satisfactoria: que tengan consejeros entre vosotros." Él dijo: "Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, Padre, tú, el único y verdadero Dios, y a tu Hijo, a quien tú envías." La única manera de estar yo satisfecho en la vida es viviendo ese propósito.

Mira cuál es el problema. Vamos a consejería abrumados, dolidos, heridos, y las heridas son reales. El real interés es que me alivien el dolor. Y esperamos que el consejero me ayude a tratar con mi dolor. Y Dios dice: "No, no es así. Tú tienes que permitir que Yo trate contigo en medio del dolor." No es que te ayudemos a tratar con tu dolor; no, no, no, no, no. Es que te ayudemos a que Dios trate contigo en medio del dolor y deshaga en ti aquellas cosas por las cuales Dios permitió el dolor, que desdice de Su imagen en ti. Ahora la consejería es más efectiva; ahora los cambios son más duraderos; ahora los cambios son más rápidos. Porque la perspectiva del consejo es completamente diferente a la que hemos oído.

Pero el asunto es este: queremos el calmante que alivia el dolor, pero no la cirugía que lo erradica. Porque a final de cuentas, la historia sabe que disfrutamos nuestro pecado. Somos como Agustín, el gran teólogo, que en su vida pre-conversión era un hombre muy promiscuo. Él cuenta en su libro *Confesiones* que oraba así: "Señor, líbrame de esta lujuria, pero no todavía." Y ya ves que nosotros no somos tan honestos como él, y mucho menos para plasmarlo en un libro que se pueda leer por cientos de años. Pero si la verdad es conocida, muchos de nosotros vamos donde Dios pidiéndole que nos quite eso, pero al final en realidad no queremos dejarlo ir.

"Bueno, es que yo hacía eso todos los días; ahora solamente una vez por semana, pero esto es mejor, pastor." Y si lo podemos reducir a una vez al mes, por lo menos sé que no se ha ido por completo; lo podemos visitar de vez en cuando. Queremos un calmante porque nos hace sentir mal. Un sedante, un tranquilizante, algo, un paliativo. Pero la cirugía, ay no, no, no, porque eso es muy radical. ¿Y qué es entonces lo que queremos? Mira lo que queremos: queremos a Dios para protección y el mundo para diversión. Ahí estamos "balanceados", lo mejor de dos mundos: la protección de Dios y el mundo para diversión. Queremos los deleites de Dios cuando estamos en un estudio bíblico, pero los placeres del mundo cuando salimos de él. Queremos la soberanía de Dios para garantía, pero el dinero por si acaso.

Queremos santidad, sí, pero ven acá, tampoco así. No, tampoco para que no me guste el mundo, porque no me voy a volver un radical. Queremos los conciertos cristianos, pero sin dejar los seculares. La misma historia cada vez que viene otro concierto secular: ¿y qué tiene de malo? Dígame qué tiene de santo y entonces hablamos. Afirmamos que la vida no consiste en la abundancia de bienes, pero no dejamos de acumularlos.

Oye, nos da una ansiedad cuando tenemos que compartirlos. Y cuando lo compartimos, decimos: "te doy esto, esto es cinco mil pesos, pero no vaya a dárselo a fulano." Ahora queremos controlar lo que regalamos, porque es una cosa tan grande que queremos dárselo a este, pero que no esté tan lejos como que vaya a donde el otro. Si lo vas a dar, no estés pendiente. La persona que lo recibió puede hacer lo que quiera con lo que diste. Pero estamos tan agarrados a eso que quisiéramos controlarlo hasta la tercera y cuarta generación.

La mayoría de nosotros no acabamos de entender el propósito de Dios; ni acabamos, ni comenzamos a entenderlo. Fuiste creado para desplegar la gloria de Dios. Y sabes que el privilegio de eso es tan grande, que aunque el universo y yo fuimos creados para la misma cosa —reflejar la gloria de Dios—, yo puedo hacerlo de una manera que el universo no puede hacerlo, porque Dios me creó para hacerme semejanza de Su Hijo, y el universo no puede hacer eso. Tengo el privilegio de los privilegios: el ser tallado por el mejor escultor de toda la historia del universo a la imagen perfecta de Su Hijo, para ser coheredero de Sus riquezas.

Cuando Dios termine de pasar a los hombres de esclavos a libres, de individualistas a dependientes de Él, y de rebeldes a adoradores, finalmente habremos comenzado a entender el verdadero propósito y significado de la vida, que no consiste en la abundancia de bienes, como tampoco consiste en comer, beber y divertirse, como Dios le dice al hombre en esta parábola. ¿Y cómo voy a vivir entonces? Escúchame: tu meta es conocer a Dios en la intimidad, en lo privado, para glorificarle en público. Intimar con Dios en tu mundo privado para ir y glorificarle en público; ahí se resume tu existencia y la mía.

Para esta generación, la generación del siglo XXI, puramente materialista, con más cosas que cualquier otra generación, con mejores ingresos que cualquier otra generación, es la generación que continúa diciendo la misma frase que yo comencé a oír a los siete años y ahora tengo cincuenta. Y cada año tenemos más cosas, el nivel de vida demostrado estadísticamente más alto, y decimos lo mismo: "la cosa no está buena, no." Y derribamos los graneros y los hacemos más grandes y más numerosos, pero la cosa no está buena. ¿Cuál es el problema? Que lo que no está bueno es lo que vive aquí adentro, y por eso el nivel de vida aumenta, las cosas aumentan, la abundancia de cosas a nuestro alrededor aumenta, y yo sigo diciendo: "es que no está bueno, ¿no?" El problema soy yo.

Recuerdan lo que les conté en una ocasión, o quizás más de una ocasión, de este artículo que se leyó en uno de los periódicos de Londres, comentando acerca de la situación de la sociedad: ¿qué es lo que está mal en esta sociedad?, ¿cómo andan las cosas? Y Chesterton, de una manera muy singular, le escribió al señor director: "Lo que está malo con este mundo soy yo. Firmado, Chesterton." ¿Es el mundo afuera? No. Es el mundo adentro. La vida no consiste en la abundancia de bienes. "Esta es la vida eterna: que te conozcan a Ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado." Y de esa verdad depende tu satisfacción.

Bueno, ¿y si no estoy satisfecho, es un problema? Porque si mi satisfacción depende de que conozca al Padre, el único Dios verdadero, y a Cristo a quien Él envió, y yo no estoy satisfecho, la conclusión a la que voy arribando —aunque no quiero llegar ahí— es que quizás yo no conozco a Cristo entonces. No va a pasar porque yo hice una profesión de fe hace quince años, y el otro dice: "no, yo hace cinco." ¿Por qué esa es mi pregunta? Mi pregunta no es si confesaste a Cristo. Es si le conoces.

"No, no, claro que yo le conozco." Déjame interpretarme al preguntar. Lo que yo estoy preguntando cuando hago la interrogante de si se conoce a Cristo es, en primer lugar, si Él es tu fuente de satisfacción, o si lo es lo que tienes, lo que haces, lo que quieres alcanzar, lo que quieres lograr. Lo que estoy preguntando, en segundo lugar, es si Él es el primer lugar adonde acudes cuando estás en dificultades, si Él es verdaderamente tu refugio y tu fortaleza. Y finalmente, lo que estoy preguntando es si Él es tu pan de vida y Su voluntad tu timón, si Él es lo que te alimenta y Su voluntad es tu timón de vida que te dirige en la dirección en que Dios quiere llevarte.

No hay manera, hermanos, de que Cristo sea mi pan de vida y Su voluntad mi timón, y que yo pueda estar insatisfecho y sin gozo. Esas dos cosas son antagónicas. Por definición, la voluntad de Dios es buena, es agradable y es perfecta; cuando yo la vivo, sabe a buena. ¿Y por qué a mí no me sabe a buena? Quizás estás viviendo tu propia voluntad y por eso está amarga. Quizás estás llamando "voluntad de Dios" a la tuya, o la estás viviendo a pesar de ti, a los jalones, y eso es amargo.

Pero cuando Dios viene a la vida de un hombre y él aprende el secreto de vivir en contentamiento, como dijo el apóstol Pablo, en la abundancia y en la escasez, él no necesita construir más graneros para sentirse seguro y poder decir "ahora descansa." No: él vive descansado en Dios. Él no necesita decirle ahora a su alma: "come, bebe y diviértete," porque él le va a decir a su alma: "ahora, alma, ten comunión con Dios."

En el descanso, quizás, de la escasez, queremos sacar al hombre de la esclavitud de la pobreza bajo este nuevo evangelio para esclavizarlo a la prosperidad. ¿Qué cosa? Al que el Hijo de Dios hace libre, ese será verdaderamente libre.

Cuando tenemos ganas, nos prestamos construyendo graneros sin lugar a duda. Frank Sinatra, aquel gran cantante norteamericano, comenzó a acumular éxito, a acumular dinero, y lo dilapidaba así como entraba; pero aun así acumuló, al morir, doscientos millones de dólares —multiplíquelo por treinta y cinco; es una buena cantidad de dinero en pesos dominicanos—. Su hija latina, una de cuatro, dice: "Yo pensé que papi sabría cuándo parar, pero aproximándose ya a los ochenta, siempre decía: 'no, no, tengo que hacer más dinero, tengo que garantizar que todo el mundo quede bien.'" A los ochenta, dice su hija: "Al principio yo me quedaba callada, pero luego no pude quedarme callada más, porque papi hacía el ridículo con frecuencia y pasaba vergüenza con frecuencia. Pero cada vez que yo hablaba, me decía: 'no, no, no, tengo que ganar más dinero.'" Construyendo graneros, se murió. Y antes de morirse, ya los hijos estaban disputando la herencia; el periódico reportó varias veces acerca de lo que pasaba en esa familia tan conocida.

A lo Frank Sinatra vivimos. No acabamos de entender que la vida no depende, ni mi satisfacción ni mi gozo, de alcanzar bienes. Bueno, está bien, pastor, pero tampoco de alcanzar logros, hacer un nombre, construir una fama, alcanzar el éxito. Yo puedo ser altamente exitoso en el mundo y haber fracasado en el reino de los cielos. Yo puedo lograr todas mis metas planificadas a la edad de veinte años para la edad de treinta y cinco o cuarenta, y ser un fracasado ante los ojos de Dios.

Porque al final de cuentas, cuando a mí se me pase lista en el día final, cuando todos comparezcamos ante el tribunal de Cristo —como vamos a comparecer, porque la Palabra sí lo dice—, Dios no me va a pedir que rinda un informe de todo lo logrado. En el caso de nosotros los pastores, de cuántas iglesias plantaste, de cuántos mensajes predicaste, de cuánto Él te utilizó, de cuántos casaste, de cuánto contribuiste a sanar, de cuánto aquello, de cuánto esto. No. A mí no se me va a preguntar sobre eso. A mi lado se pondrá, por así decirlo, una barra donde está todo lo que yo debía haber hecho de acuerdo a Su propósito, y a este lado aparecerá otra barra donde se va a poner todo lo que yo hice en relación a todo lo que debía haber hecho, para ver hasta qué altura yo llego. Y ese será el día de gran vergüenza para muchos de nosotros, porque mucho de lo que hice no correspondía a lo que Dios tenía planificado para mi propósito.

Y si somos sinceros, muchas veces nos encontramos, más que viviendo la voluntad expresa del Señor —que es buena y que es agradable—, en la voluntad permisiva de Dios, que muchas veces sabe amarga. Bueno, pero al final es perfecta; claro, es perfecta y es santa. Pero no es lo mismo vivir la voluntad permisiva de Dios dentro de una ballena, ser vomitado y seguir ahí de manera insatisfecha predicando el mensaje de Dios insatisfactoriamente en Nínive, que haber ido lleno del Espíritu Santo, lleno de gozo y de satisfacción, acompañado de Dios, siendo abrazado y aplaudido por Dios.

No es lo mismo escuchar a Dios decirle a un Daniel "eres muy amado en el reino de los cielos" —Dios le mandó a decir eso a Daniel—, que escuchar a Dios decirle a un Jonás: "¿Tienes razón para enojarte?" No es lo mismo: voluntad expresa de Dios, voluntad permisiva de Dios. Jonás y Daniel, ambos usados, y vivieron de manera diferente. Yo no creo que Jonás llegó a alcanzar lo que Daniel, Isaías, Jeremías, ese pelotón, y muchos otros alcanzaron: plenitud de gozo en medio de la adversidad.

Dios no envió a Su Hijo a la Cruz a sufrir para que yo no tenga que sufrir. ¿Dónde está eso en la Palabra de Dios? Dios envió a Su Hijo a la Cruz a sufrir para que cuando yo tenga que sufrir, yo pueda hacerlo como Él. Y como lo hizo Él, glorificó al Padre en la Cruz. ¿Cómo se explica satisfacción clavado en una Cruz, traspasado, desnudo, sangrando, en dolor? ¿Cómo se explica encontrar satisfacción en esa circunstancia, si no es porque está viviendo el propósito de Dios para el cual tú fuiste nacido? Él nació para ir a la Cruz, y nosotros también.

Hay una cruz que me toca llevar. El que quiere hacerse mi discípulo que tome su cruz, la cargue y me siga. Hay una cruz hacia la cual yo tengo que caminar. Y todo el tiempo es como que voy caminando y Dios empujándome, y nosotros resistiendo, resistiendo el empuje de Dios, y Dios diciendo "camine", y yo diciendo "no me empuje, camine, que no me empuje."

Y luego decimos: "Bueno, para la gloria de Dios." ¿No? "¿Por qué está la voluntad de Dios? Yo la acepto." Sea como esto: un mejor día la estoy resistiendo. Esta es la voluntad de Dios, pero la estoy resistiendo. Tienes una oportunidad y no vas a tener otra. La oportunidad del día de hoy, cuando pasan las doce de la noche, se fue; no la volverás a tener. La oportunidad de vivir en este día el propósito de Dios para el cual fuiste creado. No habrá otra oportunidad de vivir este día 21 de diciembre de 2008. Una sola vez. ¿Y es posible que me importe poco eso?

Cuando Cristo terminó de vivir dijo: "¡Padre, gracias porque hice como tú me ordenaste!" ¡Oigan! En la mañana, cuando nos levantamos, podemos estar seguros de que podamos decir: "Señor, ayer yo viví como tú me ordenaste." Señor, yo tengo 20 años hoy, o 30, o 80, y yo he vivido como tú me ordenaste, o yo he estado construyendo mi propio reino.

Podemos prolongar la vida, pero yo no sé para qué. Creemos que debemos ocultar la prolongación de la vida, y de ahí entonces que nos hacemos todo tipo de cirugías para ocultar los pliegues. Pero se me olvida que una larga vida no es la meta. Cuando yo suba allá arriba, es preferible oír "siervo fiel y bueno" que "larga vida, viejito." La meta no es alargar la vida; la meta es completar su propósito.

En 5 años, en 20 o en 80, no importa cuántos años Dios me ha dado. Lo que yo sé es que todos mis días están contados antes de que uno solo de ellos comenzara a ser. Y en ese número de días yo necesito llevar a cabo el propósito de Dios para el cual fui creado. Y la evidencia de que lo estoy viviendo es la plenitud del gozo con la que vivo. La evidencia de que lo estoy viviendo es la plenitud del gozo con el cual vivo. Y cuando no lo vivo, ¿qué pasa?

Bueno, Dios, en su voluntad perfecta, siendo el Dios que es, necesita intervenir de una manera redentora para entonces convertir lágrimas en danza, y convertir errores en milagros, y desaciertos y desilusiones en testimonios. Pero después de haber tropezado por un número de años, yo tengo un testimonio que dar: "Yo tenía 20 años viviendo así, viviendo así, y hoy Dios me ha convertido y me ha hecho de esta manera. ¡Gloria a Dios! ¡Aleluya!" Nos regocijamos, yo me regocijo tanto como cualquiera de ustedes. Pero eso es Dios convirtiendo desaciertos en testimonios, y errores y pecados convirtiéndolos en milagros.

Déjame terminar con esta ilustración de cómo debiéramos nosotros vivir. Al final, la historia es una ilustración; no te concentres tanto en la teología de la ilustración, sino en el principio que quiero ilustrar. Este hombre, es una historia real, era estudiante de la Universidad de Columbia en Estados Unidos, miembro del equipo de fútbol americano de la universidad, y él no era muy buen jugador. Pero lo ponían a jugar a mitad de juego cuando las cosas iban bien y se podían tomar la oportunidad de que él jugara.

Pero algo que llamaba la atención de este hombre era el entusiasmo con el que él jugaba, y de manera especial el entusiasmo con el que jugaba cuando su padre venía a verlo. Y algo que era todavía mucho más notorio para sus amigos y para el entrenador es que cuando su padre venía a verlo, antes del juego y después, frecuentemente antes y después, el hijo y el padre caminaban juntos, se agarraban de la mano, ahí pegados, y hablaban en secreto el uno al otro. Nadie sabía de qué estaban hablando; luego el padre se sentaba a esperar que el hijo jugara. Y eso era muy llamativo.

Un día, el entrenador, al enterarse de que el padre había muerto y el joven estaba triste, se encuentra con él y le dice: "Joven, me enteré de la muerte de tu padre. ¿Hay algo que yo pueda hacer por ti?" Él le dice: "Entrenador, ¿cree que me puede poner a abrir en el próximo juego?" El entrenador no creía que eso era una buena idea, pues era un juego sumamente importante para la universidad, pero él había dado su palabra. Y el joven, entusiasmado, siempre tuvo una buena disposición. El resto del equipo tampoco pensó que fue una buena decisión, pero por lo que había ocurrido, le dieron la oportunidad.

Y ese día jugó de la manera más extraordinaria posible. Impresionó a todos; de hecho, fue el mejor jugador del juego, y dejó atrás a los equipos contrarios. El entrenador estaba sumamente impresionado, lo llamó aparte, lo felicitó, lo abrazó y le dijo: "Ni yo ni el resto del equipo pensamos que era una buena decisión ponerte a abrir, pero lo que quiero preguntarte es: ¿qué fue lo que te encendió hoy?"

"Entrenador, ¿usted recuerda cuando mi padre venía a verme? ¿Sí? ¿Usted recuerda cuando caminamos juntos agarrados y nos hablamos al oído? ¿Sí? Mi padre y yo teníamos un secreto: él era ciego, pero él venía a verme. Y yo le hablaba del juego, de cómo era, de cómo había sido. Y él murió, y está en los cielos, y este era el primer juego donde él realmente podía verme. Y yo quería jugar para deleitar a mi padre."

Bueno, su teología no es exactamente correcta; su padre no podía haberle visto de esa manera. Pero tu Padre, que está en los cielos, sí puede verte. Y la razón por la que tú debes vivir la vida conforme a su propósito es porque es tu tarea, es tu obligación, y debiera ser tu gozo vivir esta vida de una manera que todos los días tú pudieras poner una sonrisa en el rostro de tu Padre en los cielos.

Cuando Dios nos ve viviendo, si pudiéramos ver un rostro simbólicamente, ¿cuál sería la expresión de su rostro? ¿Una de gozo y satisfacción? ¿Una sonrisa en el rostro diciendo: "Ahí está mi hijo, de tal palo tal astilla, el hijo que ha sido engendrado por mi Espíritu; ahí está glorificándome, ahí está reflejándome, ahí estoy yo construyendo mi imagen en él"? ¿O cuándo sería ese rostro uno de tristeza, uno de "no lo puedo creer", que yo lo haya engendrado? "No lo creé; se desvió. Lo engendré por mi Espíritu, lo regeneré, envié a mi Hijo, lo di por él, derramé su sangre, está a mi diestra intercediendo por él, y mira cómo está viviendo mi propósito."

¿Cuál sería el rostro del Padre? ¿Cuál sería el corazón del Padre cuando nos mira jugando este juego de la vida para el cual Él nos creó?

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.