IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
La iglesia que nació el día de Pentecostés no emergió de estrategias cuidadosamente diseñadas ni de metodologías importadas del mundo, sino de una predicación directa que cortó el corazón de quienes la escucharon. Cuando Pedro declaró a los judíos que ellos habían crucificado a quien Dios había hecho Señor y Cristo, la multitud no se ofendió sino que experimentó un dolor agudo, ansiedad y remordimiento que los llevó a clamar: "¿Qué haremos?" Esa confrontación sin rodeos produjo tres mil convertidos en un solo día. El evangelismo de aquella época no camuflaba la verdad ni vendía soluciones a problemas superficiales; estaba centrado en Cristo crucificado y demandaba arrepentimiento genuino.
Esa comunidad primitiva se distinguió por características que hoy parecen extrañas: se dedicaban continuamente a la enseñanza de los apóstoles con fidelidad singular, vivían en comunión auténtica compartiendo sus bienes según las necesidades de cada uno, y mantenían un temor reverente ante la santidad de Dios. No eran individualistas ni autosuficientes. Su carencia material los obligó a depender unos de otros y del poder divino, no de recursos propios. Como ilustra la historia de Tomás de Aquino ante el Papa que presumía del oro de la iglesia: cuando la iglesia se llena de plata, pierde la capacidad de decir "levántate y anda".
El favor del pueblo no se ganó diluyendo el mensaje ni copiando al mundo, sino viviendo con sencillez de corazón una fe que resplandecía como luminar en medio de una generación perversa. Esa autenticidad atrajo incluso a sacerdotes judíos a la fe.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
Hoy podemos localizar el texto en el capítulo 2 del libro de los Hechos. Vamos a estar leyendo a partir del versículo 36. Quizás vamos a leerlo desde el inicio, y esto nos sirve para ir enfocando nuestra mente y nuestro corazón hacia donde quiere Dios. Desde el final del mensaje del apóstol Pedro, su primer mensaje o sermón apostólico, con las descripciones de las condiciones de la iglesia que nace ese día en que este mensaje fue predicado.
Capítulo 2, versículo 36: "Sepa, pues, con certeza toda la casa de Israel, que a este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo. Al oír esto, compungidos de corazón, dijeron a Pedro y a los demás apóstoles: Hermanos, ¿qué haremos? Y Pedro les dijo: Arrepentíos y sed bautizados cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de vuestros pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque la promesa es para vosotros y para vuestros hijos y para todos los que están lejos, para tantos como el Señor nuestro Dios llame. Y con muchas otras palabras testificaba solemnemente y les exhortaba diciendo: ¡Sed salvos de esta perversa generación! Entonces los que habían recibido su palabra fueron bautizados, y se añadieron aquel día como tres mil almas. Y se dedicaban continuamente a las enseñanzas de los apóstoles, a la comunión, al partimiento del pan y a la oración. Sobrevino temor a toda persona, y muchos prodigios y señales eran hechas por los apóstoles. Y todos los que habían creído estaban juntos y tenían todas las cosas en común. Vendían todas sus propiedades y sus bienes y los compartían con todos según la necesidad de cada uno. Día tras día continuaban unánimes en el templo y partiendo el pan en los hogares, comían juntos con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios y hallando favor con todo el pueblo. Y el Señor añadía cada día al número de ellos los que iban siendo salvos."
Este es el tercer mensaje en esta serie acerca de la iglesia que Dios quiere. Habíamos dicho en los mensajes anteriores que queríamos revisar aquellos dos pasajes en que Cristo mismo hace mención de la palabra iglesia: uno en el que Él establece el fundamento de la misma, y en el otro, que fue el del domingo anterior, donde Cristo nos habla acerca de la importancia de la santidad de la iglesia y de la disciplina de la iglesia para mantener esa santidad.
Esos evangelios cierran con la muerte y resurrección del Señor Jesucristo, y el libro de los Hechos abre entonces con la promesa de Cristo acerca de la venida del Espíritu Santo y la ordenanza de parte del mismo Cristo de que no salieran de Jerusalén hasta que recibieran lo prometido. En el versículo 8 del capítulo 1 del libro de los Hechos leemos lo siguiente: "Pero recibiréis poder cuando el Espíritu Santo venga sobre vosotros, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta los confines de la tierra."
La habilidad de entender la Palabra, la capacidad para enseñarla y luego la habilidad para obedecerla iba a depender precisamente de aquello que tenía que ocurrir primero, y era la venida del Espíritu de Dios. Y posteriormente entonces esa iglesia que fue llena del Espíritu de Dios ese día comenzó a exhibir características que están descritas aquí en este libro. Los primeros seis capítulos del libro de los Hechos más o menos recogen la historia de la iglesia en los primeros tres a cinco años, y fueron años gloriosos para la historia en sus comienzos, porque Dios estaba activamente moviéndose entre ellos y haciendo cosas que nosotros quisiéramos ver que Dios hiciera el día de hoy.
Mi énfasis hoy no es en el don de lenguas que ese día fue evidenciado, verdad, como el símbolo externo de que algo nuevo estaba ocurriendo entre ellos, sino que yo quiero detenerme para ver cómo lució esta iglesia en sus inicios. ¿Qué le dio esas características a esta iglesia que contó con el favor, la gracia y el poder de Dios? Porque a fin de cuentas eso es lo que nosotros quisiéramos ver: una iglesia que pueda contar con su gracia, con su favor y su aprobación. Y es eso precisamente lo que este texto recoge en gran manera.
El texto que yo les he leído ha sido usado en múltiples ocasiones, por múltiples predicadores, por múltiples razones y con múltiples intenciones. Pero en el día de hoy de manera particular lo que yo quiero ver, de una manera más cercana, es cuál es ese retrato, ese perfil de la iglesia en sus primeros años, que nosotros pudiéramos tratar de imitar de tal forma que podamos complacer a Dios de la misma manera que Dios se sintió complacido con esa iglesia.
En el texto que leímos, lo primero que yo quiero que veamos es lo desafiante que fue la predicación de esta iglesia en sus inicios. Pedro comienza diciendo en el versículo 36: "Sepa, pues, con certeza toda la casa de Israel que a este Jesús a quien vosotros crucificasteis..." En otras palabras, vosotros los que me escuchan son culpables de su sangre. Y yo quiero que quede bien claro: sepa, con toda certeza. Nota la definitud determinante de Pedro: toda la casa de Israel es culpable de la sangre del Mesías, a quien Dios, que ustedes adoran, siguen y alaban, ha hecho Señor y Cristo.
¡Cómo Pedro con todo denuedo los confronta! Hasta el punto que el texto dice que al oír esto se sintieron compungidos de corazón. En esta ocasión no se sintieron ofendidos, aunque Pedro estaba muy consciente de que la predicación de la Palabra, aunque no es hecha para ofender a las personas, con frecuencia es ofensiva cuando es predicada de la manera que se nos ha entregado. De hecho, Cristo mismo se calificó como piedra de tropiezo. Pedro en su primera carta, en 2:8, le llama roca de escándalo, y ciertamente muchos fueron los judíos que se escandalizaron con la predicación de la Palabra.
Pero en esta ocasión el poder de Dios estaba tan presente entre ellos, tan presente sobre el apóstol Pedro en su momento de predicación, que cuando él termina de decir esta frase, de acusarlos de ser culpables de haber entregado a Cristo a la cruz, la próxima pregunta fue: "¿Qué haremos?" Pero no antes de que ellos se sintieran, como dice el texto, compungidos de corazón.
La palabra ahí traducida como "compungidos de corazón" lamentablemente no nos da todo el sabor que tiene en el lenguaje original. La palabra es katanyssomai, y significa experimentar un dolor agudo, asociado con ansiedad y con remordimiento. De manera que esta gente, cuando oyó la predicación de Pedro, sintió un dolor agudo en su corazón que le produjo ansiedad por haber hecho lo que hicieron y le produjo remordimiento de conciencia. Y tan pronto eso ocurrió, ellos gritaron: "Entonces, hermanos, ¿qué hacemos?"
Esta es la predicación que realmente corta el corazón, y esa es la traducción de la palabra en el inglés: dice que ellos fueron cortados al corazón, o a través del corazón, con esta predicación. Y Pedro les dice: ese Cristo que ustedes clavaron, Dios Padre, a quien ustedes siguen, de quien hablan del Antiguo Testamento, lo hizo Señor y Cristo.
El Señorío de Cristo es algo que fue predicado por la iglesia desde sus inicios. En el primer sermón apostólico de Pedro, el Señorío de Cristo estaba siendo proclamado: Dios le hizo Señor. Y eso es algo que hoy en día nosotros necesitamos enfatizar, porque mucho es lo que se habla y se dice acerca del Señorío de Cristo. Y sin embargo, la misma iglesia de hoy que habla y predica y enseña acerca del Señorío de Cristo es la misma iglesia que muchas veces no se quiere someter a su Señorío.
Y nosotros necesitamos ver cómo esta gente predicó y evangelizó, porque esa no es la manera como el evangelismo se hace hoy. Frecuentemente la forma de evangelizar hoy en día es de una de dos formas: o le vendemos la solución para solucionar los problemas de tu vida, de tu matrimonio o de tus hijos; o nosotros camuflamos tanto la verdad hasta el punto que le hacemos creer a las personas que realmente no tienen que cambiar gran cosa de su forma de ser o de su vivencia.
Escucha lo que Michael Green en su libro "Evangelismo a través de la iglesia local" dice acerca de esta iglesia primitiva y la forma en que evangelizó comparada con nuestra forma moderna de evangelizar. Él dice lo siguiente: "En el otro extremo, y más comúnmente, es fácil de ver un cristianismo pasteurizado. Como la leche que ha sido tratada y embotellada antes de ser servida, vemos un evangelismo que no es definitivo, no le molesta a nadie, no desafía a nadie, no transforma a nadie. Es un evangelismo que no tiene nada que ver con un cambio radical, sino que es un proceso gradual de osmosis para entrar al sistema eclesiástico. Eso está muy alejado de Jesús, el extremista más radical que el mundo haya visto, que siempre estuvo desafiando a hombres y mujeres a dejar sus áreas de vidas egoístas para seguirlo. La iglesia frecuentemente ha domesticado a Jesús y ha debilitado las buenas nuevas."
Este debilitamiento de las buenas nuevas se debe a la falta de osadía y predicación atrevida de parte del maestro o del predicador de hoy en día, de tal forma que pueda cortar la gente en el corazón, que la gente pueda llorar, que la gente pueda verdaderamente sentir lo que ha hecho y poder decir: "Y ahora, ¿qué hago?" Como esta gente que le dice a Pedro y a los apóstoles: "Hermanos, ¿qué hacemos?"
Y él dice: "¡Arrepentíos!" No dice: "Bueno, hermanos, tú sabes que la Palabra de Dios nos manda a confesar nuestros pecados, y Dios, tú sabes, es tan bueno, no tienes que sentirte tan mal, tampoco..." ¡No! Arrepentíos y sed bautizados. Pedro no está diciendo que para ser salvo yo tengo que ser bautizado. Lo que sí Pedro estaba afirmando es algo que para la iglesia primitiva fue vital: la iglesia primitiva no entendía cómo un cristiano puede llamarse cristiano y no haberse bautizado.
Y la razón por la que lo entendía de esa manera es porque el bautismo es aquella cosa, aquel símbolo que me identifica públicamente con mi Señor. Y si yo no quiero hacer esa identificación pública, entonces la iglesia primitiva se preguntaba si ciertamente él había creído en Cristo como Señor, porque como su Señor había mandado a bautizar, entonces la desobediencia al señorío de Cristo implicaba que realmente tú pudiste haberlo recibido, pero no como Señor, y para ellos eso era igual que no haberse convertido. Eso no dice que el bautismo convierte. Lo que sí dice es que aquel que ciertamente ha sufrido una transformación en su interior, en su corazón, no debiera tener ninguna excusa para no identificarse públicamente con Jesucristo.
Por eso Pedro dice: arrepentíos y sed bautizados. ¿Por qué no identificarme con Él? ¿Vergüenza? ¿Es Él tu Señor? ¿Orgullo? ¿Es Él tu Señor? Mi ego sigue siendo el mismo Señor.
El evangelismo de aquella época era un evangelismo directo, preciso, al corazón, sin camuflarlo. Era un evangelismo centrado en la persona de Jesús y su obra en la cruz. Esa es la razón por la que Pablo dice en 1 Corintios 1:18 en adelante: predicamos una sola cosa, Cristo y a este crucificado. La iglesia primitiva entendió que el evangelismo tenía que estar centrado, no en la necesidad que el hombre siente, sino en la necesidad que el hombre tiene, que es real, de poder ser limpio por la sangre de Cristo.
Número dos, fue un evangelismo que procuraba explicar a la persona su necesidad de arrepentimiento, de devolverse en U, devolver al camino por donde venía y no volver a caminar en la misma dirección, y por tanto experimentar o dar evidencia de un cambio de vida. Y en tercer lugar, ese evangelismo desafiaba al inconverso todo el tiempo a dejar sus derechos y privilegios, su estilo de vida, y a comenzar una vida nueva. Ese es el simbolismo, entre otras cosas, del bautismo: que dejabas tu vieja vida ahí, enterrada en el agua, bueno, no estabas enterrado ahí debajo del agua, y salías a una vida nueva, comenzando a vivir diferente. Y esta iglesia lo tuvo bien clara, la manera de evangelizar.
Lamentablemente eso no es lo que ha llegado hasta el siglo XX. En el siglo XX nosotros tenemos un cristianismo que está desprovisto de tantas cosas que no luce muchas veces como el cristianismo que Cristo le dejó a sus apóstoles. Escuchen al fundador del Ejército de Salvación, el general Booth. Decía que el mayor peligro del siglo XX será religión sin el Espíritu Santo, cristianismo sin Cristo, perdón sin arrepentimiento, salvación sin regeneración, política sin Dios y el cielo sin el infierno. El mayor peligro del siglo XX será, decía él, y yo digo es, ya no es futuro, es: la religión sin el Espíritu Santo, cristianismo sin Cristo, perdón sin arrepentimiento, salvación sin regeneración, política sin Dios y el cielo sin el infierno.
La iglesia necesita recobrar en estos días una vez más la naturaleza de la predicación: atrevida, osada, confrontadora. La predicación que puede, o que tiene confianza absoluta en que su exposición, la exposición de su verdad, es lo único que puede destruir las áreas oscuras del corazón del hombre. Juan Calvino decía que el corazón del hombre es una fábrica de ídolos. Tan pronto quitamos uno, fabricamos el próximo. Y alguien entonces, comentando acerca de esa cita de Juan Calvino, decía: la predicación tiene que destruir la maquinaria, y la única forma de hacer eso es predicando las verdades profundas de la Palabra y aplicándolas a los rincones oscuros del corazón.
Esa es la gran realidad: solamente la Palabra de Dios puede hacer, y su predicación, su exposición, lo que tú y yo quisiéramos que ocurriera, pero que muchas veces no vemos que se logra. Yo decía que Willow Creek es una iglesia de unos quince, diecisiete mil miembros, a treinta o treinta y cinco años de ministerio, liderada por Bill Hybels, un hombre con mucho carisma y mucho liderazgo. Acaban de arrepentirse. Acaban de arrepentirse de haber hecho lo que han hecho por los últimos treinta a treinta y cinco años. Lo publicaron, yo tengo el libro, se llama Reveal, revelado, revelación. Lo que encontraron treinta a treinta y cinco años después, como él dice en su mismo libro: entré a la iglesia pensando que si las cosas funcionaban, o la metodología, las estrategias funcionaban en el mundo, debían funcionar dentro de la iglesia. Treinta a treinta y cinco años después, ups, nos equivocamos. Una cantidad de investigación para arribar al mismo lugar donde la iglesia comenzó: en la Palabra de Dios.
Si estamos una vez más en la iglesia de hoy que está en necesidad de renovación, recobrar la confianza, la predicación en la exposición de su Palabra, y esa predicación, si ha de hacer su trabajo, tiene que ser una predicación donde el predicador tiene que ser una persona que sepa que él está entregando la Palabra de Dios y no la suya. No puede ser una predicación que exalte al hombre, sino a Dios. No puede ser una predicación tímida, sino atrevida, osada, confrontadora. No puede ser una predicación salpicada de fuego extraño, de cosas que te hacen decir: ¿qué fue lo que dijo? No puede ser una predicación autoritaria, pero sí tiene que ser autoritativa. Si no hay autoridad en la predicación, no la vamos a creer. Nuestra mente cree aquello que tiene el peso de la autoridad, eso es creíble. Y esa predicación no solamente tiene que ser autoritativa, tiene que estar basada en la Palabra, no en anécdotas, en sueños, en visiones, en cuentos, en mitos, en fábulas.
Bueno, de los predicadores invitados a Explo fue, vamos a decir, este señor que escribió Noventa Minutos en el Cielo. Noventa minutos en el cielo de lo que Dios no nos reveló, vamos a agregarle lo que él vivió, lo que Dios no nos reveló en su Palabra acerca del cielo. Y hay un libro que se está convirtiendo en un best seller: Noventa Minutos en el Cielo. Pero saben cuánta gente ha pasado noventa minutos, treinta minutos, cuarenta y cinco minutos, y con, a veces, descripciones contradictorias. ¿Cuál de ellas creo? Tiene que ser una predicación, como esta iglesia lo hizo, basada en la revelación de Dios.
Y el predicador tiene que entender varias cosas. Tiene que entender que él es un mensajero, él no es el mensaje. Él tiene que entender que él es un sembrador, no es quien cosecha. Él necesita entender que es un representante, pero no la autoridad. Él es un administrador, pero no es el dueño. Él necesita entender también que él es un lector de esto, pero no es el autor. Y él necesita entender que él es un mesero, pero no el cocinero. Lo único que él puede hacer es servir una dieta que ha sido preparada, sin nada, en el reino de los cielos. Si él entiende eso, si él tiene eso bien claro, él tendrá mejor entendimiento de qué dieta él debe estar sirviendo. Porque de lo contrario, lo que estamos haciendo es elevando el colesterol espiritual de la gente, que le obstruye las arterias espirituales y lo termina matando espiritualmente. Y lo que necesitamos es una predicación que haya sido cocinada en el reino de Dios, preparada para el hombre, de tal manera que él reciba convicción de pecado, que pueda pedirle perdón a Dios y que pueda entonces recibirlo como Señor y Salvador. Eso la iglesia primitiva supo hacerlo.
En segundo lugar, y quiero que veamos en el texto de hoy, que esta iglesia entendió y predicó la soberanía de Dios en la elección. Una doctrina que es tan rechazada hoy en día que el pastor que predica en inglés en la noche la predicó hace pocas semanas atrás y tres familias abandonaron la iglesia. Por predicar que Dios es soberano en la elección. Está en la Biblia: tendré misericordia de quien tenga misericordia, y a quien yo quiera endurecer, endureceré.
La iglesia creyó eso. Hoy, como está dicho aquí de una manera tácita, pero está ahí, hoy en versículo 39, porque la promesa es para vosotros y para vuestros hijos y para todos los que están lejos. Escúchenme ahora: para tantos como el Señor, nuestro Dios, llame. La promesa es para todos aquellos a quienes Dios, nuestro Señor, llame. Y luego Pablo viene más atrás y dice que el Señor, a quienes conoció de antemano, Romanos 8:30, a esos predestinó, y a los que predestinó, a esos llamó, y a los que llamó, a esos justificó en la cruz hace dos mil años, y a los que justificó, glorificó. Pero está diciendo que en su primer sermón esta salvación es para todos los que Dios llame.
Y al mismo tiempo, mejor ver algo que yo creo que ni él mismo entendió a cabalidad cuando lo dijo. Los profetas a veces predicaron de esa manera. De hecho, el libro de Hebreos dice que muchos de los profetas de antaño ansiaron ver lo que la iglesia, o conocer o entender lo que la iglesia del Nuevo Testamento estaba conociendo y viendo, porque no lo conocían, aunque pudieron haber profetizado acerca de ello, porque era inspiración de Dios.
Pedro dice en este texto que la promesa es para vosotros, judíos, para vuestros hijos, todavía judíos, por eso los escucha, y para todos los que están lejos. Yo no creo que Pedro sabía lo que estaba diciendo en ese momento, porque cuando Dios le revela en el capítulo 10 de este mismo libro que la salvación va a ir a los gentiles, él no quiere que la salvación vaya a los gentiles a través de ese sueño que tenía que ver con Cornelio. De manera que cuando Pedro dice que esta salvación es para los que están lejos, él no estaba entendiendo exactamente lo que estaba profetizando. Pero nosotros sabemos que esa expresión se aplica directamente a los gentiles, porque Pablo mismo usa expresiones similares para referirse a nosotros.
En Efesios 2:12, Pablo dice que nosotros estábamos separados de Cristo, excluidos de la ciudadanía de Israel, extraños a los pactos de la promesa, sin tener esperanza y sin Dios en el mundo. Pero eran los gentiles, y se habla de que no éramos parte de la ciudadanía de Israel, no éramos parte de la promesa inicial. Pero ahora, aquellos que éramos extraños a los pactos, que estábamos lejos como Pedro lo calificó, ahora hemos sido injertados en ese árbol de salvación.
Y esta fue una iglesia entonces donde eventualmente, judíos y gentiles, amos y esclavos, ricos y pobres se sentaron alrededor de la misma mesa. Eso fortaleció a la iglesia. Eso hizo de la iglesia algo especial. Y entonces Pedro termina esa parte de su mensaje diciendo: "Y para todos aquellos que el Señor llame", la soberanía de Dios en la elección.
Número tres, esta iglesia primitiva tenía muy claro la manera como debíamos caminar separados del mundo. Y usted dirá: "Bueno, ¿y dónde está eso, pastor?" En el versículo 40: "Y con muchas otras palabras testificaba solemnemente y les exhortaba diciendo: ¡Sed salvos de esta perversa generación!" Cuando Pedro evaluó la generación de sus días, en medio de la cual ellos estaban injertados, cuando está predicando ese mensaje les dice: "¡Sed salvos, salgan corriendo de la generación perversa en la que ustedes viven!"
De una u otra forma, esta palabra "perversa" para calificar la generación de esos días fue usada de manera repetitiva en múltiples pasajes. De hecho, Cristo solamente la usó no menos de cuatro veces que Mateo revela en su Evangelio: en Mateo 12:39, 12:45, 16:4 y 17:17. En cada uno de esos casos, Cristo llama la generación de su tiempo perversa. ¡Wow!
Pablo viene más adelante, les escribe a los filipenses y les dice algo similar, y califica la generación de la misma manera en Filipenses 2:15. Les dice que debieran vivir de tal manera "para que seáis irreprensibles y sencillos, hijos de Dios sin tacha en medio de una generación torcida y perversa, en medio de la cual resplandecéis como luminares en el mundo." Que debían vivir de una manera tan santificada, tan distinta a como el mundo vive, que cuando ellos vivieran sus vidas en medio de esa generación, ellos iban a resplandecer como luminares en medio de una generación que estaba torcida y que era perversa.
El diccionario define la palabra perversa o perverso como algo o aquello que corrompe las costumbres o el orden y el estado habitual de las cosas. Si eso es perverso, algo que corrompe las costumbres o el orden y el estado habitual de las cosas, la televisión de estos días es perversa. La programación de radio en nuestros días es perversa. Mucho de lo que nos llega por el internet es perverso. Y en medio de todo eso Dios nos ha puesto para vivir.
Y si bien es cierto que no hay una sola sociedad donde yo puedo vivir que es esta, donde Dios me ha puesto, no es menos cierto que viviendo en medio de esa sociedad Dios me ha pedido que yo no disfrute de ella en la manera en que ella disfruta de sí misma, que no me alimente de ella, que no la copie, sino que trate de vivir con una mente transformada por el poder del Espíritu de Dios.
No hay nada, absolutamente nada, que debilite más el poder de una iglesia que la iglesia querer parecerse al mundo. Querer copiar sus estrategias, sus estilos, su moda, su metodología. No hay nada que le quite más poder a la iglesia que su afán continuo para que el mundo nos acepte. Yo me pregunto si es que no han leído las palabras de Jesucristo. Si es que no han leído que Cristo declaró, en otras palabras, que la iglesia y el mundo eran como el agua y el aceite: se repelen el uno al otro.
Juan, en el capítulo 15, versículos 18 y 19, recogiendo las últimas enseñanzas en las últimas horas de la vida de Jesús, dice lo siguiente: "Si el mundo os odia, sabed que me ha odiado a mí antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero como no sois del mundo, sino que yo os escogí de entre el mundo, por eso el mundo os odia."
Cuando tú encuentres que el mundo comienza a amar la iglesia, a amar nuestros estilos de vida, eso debe ser una alarma de que probablemente tú no eres iglesia sino mundo. Oye las palabras de Cristo: "Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo." No habría problema. El problema está que como no eres del mundo, el mundo te odia. Yo creo que eso debe ser una advertencia para nosotros. ¿Qué tanto el mundo nos busca, nos brinca, nos salta, nos celebra? Porque eso nos debe decir a nosotros hasta dónde yo estoy viviendo más o menos como ellos.
La salvación es de Dios de principio a fin. Y cuando Dios vio que esta iglesia primitiva estuvo dispuesta a predicar la Palabra como hemos dicho, de nuevo, de forma atrevida, sin cortapisa, sin amedrentarse, dispuesta a pagar el precio, Dios comenzó a derramar su poder sobre ella. De tal manera que ese sermón de Pedro, que si tú lo lees no te toma tres minutos en leerlo, produjo tres mil bebés espirituales. La primera cosecha de la iglesia fueron tres mil miembros. E imagínate que hoy nosotros tengamos tres mil nuevos convertidos para discipular mañana, ¿dónde los vamos a poner? Entonces tendríamos nosotros un gran problema. Así comenzó la iglesia primitiva, pero no fue copiando la metodología del mundo.
Imaginémonos esto: tres mil nuevos conversos. Esta Palabra que tú y yo tenemos aquí en frente de nosotros, ellos no la tenían así. Esto, el libro de los Hechos, existe hasta el capítulo dos nada más, y no se ha escrito, se está viviendo. Y hay que discipular gente. El pastor Pedro dice: "¿Y qué método vamos a usar?" El de la metodología del Espíritu Santo. ¿Quieres más? Porque era una iglesia que confiaba en lo que Él le había dicho.
Hoy es lo que Michael Green una vez más dice en otro de sus libros acerca del evangelismo. Este se llama "Evangelismo en la iglesia primitiva". Dice que estos primeros cristianos no tuvieron una estrategia impresionante, sino que lo que sí fue impresionante fue su convicción, su pasión y su determinación de actuar como embajadores de Cristo para un mundo rebelde, independientemente de las circunstancias. Lo impresionante de esta iglesia no fueron sus sistemas de sonido y de música. No fue su sistema de luces. No fue su estrategia. Fue simplemente su pasión, su convicción y su determinación a predicar una verdad independientemente de las circunstancias. Eso hace falta en la mayoría de nuestras iglesias hoy en día.
Cada vez que la iglesia está decreciendo, importamos un método discipulado de evangelismo nuevo. Cada dos años, cada tres años, cada año, yo he visto cómo un nuevo método llega. Si no es la hora o una nueva estrategia, si no es "La oración de Jabes", es "40 días de cualquier cosa". Porque comenzamos un "40 días de propósito" y luego teníamos 40 días de todo. Comenzamos con un librito "La oración de Jabes" y terminamos con tazas, platos, adornos, corta libros, separadores, todo "Oración de Jabes". Lo volvimos un mercado. La iglesia primitiva no estaba detrás de lo material. Estaba detrás del Espíritu de Dios, de su llenura, de lo que podía hacer, de su santidad, comunión, y por eso tuvo los resultados que tuvo.
Número cuatro. Si bien es cierto que esta iglesia tuvo líderes que supieron predicar fielmente la Palabra de Dios, no es menos cierto que tuvo también discípulos que estuvieron dispuestos a obedecerla, a estudiarla y obedecerla. Mira cómo lo dice la primera parte del versículo 42: "Y se dedicaban continuamente a la enseñanza de los apóstoles." La palabra traducida como "continuamente" es esta palabra en el griego: proskarteréo, que significa una fidelidad firme y singular a algún curso de acción. De manera que cuando dice que los discípulos se dedicaban continuamente a la enseñanza de los apóstoles, implica que ellos de manera singular, de una manera firme, se dedicaron exclusivamente, porque era singular, a seguir estas enseñanzas que los apóstoles les estaban brindando.
Y ahora te das cuenta por qué esta iglesia llegó a ser lo que llegó a ser en medio de las peores condiciones. Porque no había mucha parafernalia alrededor para ellos entretenerse ni ser distraídos. Esto era simplemente lo que los apóstoles habían recibido de parte de Cristo, y eso es lo que una iglesia sana y madura necesita: su Palabra, la supremacía de la Palabra, la suficiencia de la Palabra.
Muchas veces cuando no estamos viendo cambios de vida suficientes en nosotros, lo que tenemos que preguntarnos es hasta dónde yo estoy escudriñando, estudiando y aplicando u obedeciendo esa Palabra. Cuando mi vida no está cambiando, cuando decimos: "Bueno, él hizo una profesión de fe hace diez años, pero él no ha dado frutos", una de dos cosas está pasando. O él no está yendo a la iglesia. O una de dos otras cosas: o él está yendo a la iglesia donde no se predica su Palabra, o se la están predicando pero él no la está aplicando, o se la están predicando y él sí la está aplicando, pero para otros, no para él. "Esto está bueno para fulano. Qué pena que fulana no estuvo aquí hoy."
Y a veces aprendemos a hacer eso tempranamente, y no solamente oímos los sermones así, leemos en la mañana la Palabra o en la noche dependiendo de su horario, y siempre tenemos uno, dos o tres nombres en mente para quién les serviría esto muy bien. Dios que me perdone si estoy mintiendo, pero yo no me acuerdo la última vez que yo leí la Palabra para ver a nadie retratado en la Palabra. Eso no implica que después de yo verme retratado no ocurran imágenes en mi mente. Pero la Palabra se estudia no para ver cómo corregir a otros, es para ver cómo yo necesito cambiar. Yo necesito verme en el espejo para saber cómo yo necesito cambiar eso que estoy viendo en mí.
Número cinco. Esta iglesia se caracterizó porque supo hacer las cosas conjuntamente y no individualmente. Los miembros de una iglesia que Dios quiere no pueden ser individualistas, no pueden ser llaneros solitarios. Tienen que ser personas que están dispuestas a tener comunión el uno con el otro. Mira cómo lo dice la segunda parte del versículo 42: no solamente que se dedicaron a la enseñanza de los apóstoles, sino que se dedicaron a la comunión, al partimiento del pan y a la oración. La palabra traducida como "comunión" no es la Santa Cena. Quizás el partimiento del pan se refiere más a la Santa Cena, aunque no lo hacían exactamente como nosotros lo hacemos, pero la comunión es la koinonía, la hermandad, el enlazar nuestras vidas.
El entrelazar nuestras vidas de tal manera que uno le pertenecía al otro y el otro nos pertenecía a nosotros. Y entonces esa iglesia que vive de esa forma es una iglesia que está preparada para tener toda la bendición de Dios. Escucha esta misma unidad como es vista una vez más en el versículo 44: "Todos los que habían creído estaban juntos y tenían todas las cosas en común."
La Iglesia de hoy en día es una iglesia más bendecida, es una iglesia más abundante, pero recuerda, la abundancia no siempre es una bendición. De hecho, en ocasiones ha sido una maldición. Porque la abundancia es lo que nos vuelve autosuficientes. La abundancia es lo que me dice que no tengo que descansar en el poder de Dios, no tengo que confiar en el poder de Dios, no tengo que confiar en el otro. Yo hago mi propia cosa y tú haces tu propia cosa. Tú estás bien, yo estoy bien, y los dos juntos estamos mal.
¿Te das cuenta por qué esta iglesia pudo hacer lo que nosotros muchas veces en el siglo 21 no podemos hacer? La Iglesia tenía carencias y tenía necesidades comunes. Nos están persiguiendo. No tiene nadie mucho dinero. Lo que haya hay que venderlo o hay que compartirlo. Esta iglesia entonces se vio en la necesidad de unirse para tener fuerza. Y como esa fue una de las últimas oraciones de nuestro Señor Jesucristo: "Padre, que sean uno como tú y yo somos uno, para que el mundo sepa que tú me enviaste," el mundo del Imperio Romano supo que Cristo había sido enviado por la manera como esta iglesia se unió y se amó.
La falta de unidad muchas veces no es más que algo debido a nuestro individualismo, que a su vez es debido a mi autosuficiencia. Estoy autosuplido, no necesito nada de nadie. Y en otras ocasiones, cuando tenemos necesidades, entonces acudimos a estrategias del mundo para suplir las necesidades.
Yo le hablaba a un grupo de pastores con quien me estoy reuniendo una vez al mes aquí mismo en nuestro lugar, y les enfatizaba el hecho de que, porque vienen de iglesias menos provistas, les enfatizaba todo esto que está aquí: nada de esto impresiona a Dios. No es que no lo queremos, no es que no lo queremos usar, no es que no le damos gracias a Dios por habérnoslo dado, pero esta luz, este sistema de sonido, todo esto, micrófono y audiovisual, nada de eso impresiona a Dios. Lo único que impresiona a Dios es la calidad del corazón y de la vida que tú y yo vivimos.
Porque muchas veces nosotros comenzamos a adquirir cosas que nos permiten hacer las cosas mejor, no estoy diciendo que no, pero en mejorar las cosas las dañamos, porque comenzamos a descansar y a confiar en lo que no debiéramos descansar. Y una de las razones por las que estas necesidades son buenas es porque, al forzarnos a tener que vivir juntos y hacer las cosas juntos, me van a forzar a renunciar a privilegios y derechos.
La vida cristiana es una muerte, pero muchas veces la pensamos, bueno, en el mejor de los casos la pensamos así: "Yo trabajaba antes 14 horas al día; como es una muerte, voy a trabajar 10 para darle más tiempo al Señor." En el mejor de los casos. Pero mientras, o voy a trabajar seis, pongamos que trabajamos seis y ahora ocho para el Señor, mientras todo el tiempo sigo exigiendo estos derechos, nuestros privilegios, las cosas que me he ganado, las cosas que yo me merezco, que me debían dar pero no me han dado. Eso no es una muerte, eso es yo más vivo que cualquiera.
Y sabes una cosa que yo aprendí en mi vida, que todavía lo sigo aprendiendo, porque el yo es como el gato, tiene siete vidas, no hay quien lo mate. Y es que esa renuncia a privilegios y derechos, ¿tú sabes dónde tiene que comenzar? En la casa. A veces es muy fácil ponerse un traje, una corbata, o vestirse como estoy aquí ahora, y renunciar a los derechos: "Venga, hermano, siéntese, siéntese," y hacemos todos "de tú primero, no, los visitantes primero, yo me siento en el piso." Y llegamos a la casa y ahí pedimos todos los derechos, todos los privilegios, porque como ya impresionamos al mundo de afuera y al mundo de adentro no lo podemos impresionar porque adentro me conocen muy bien. No me interesa impresionar, no voy a renunciar a ningún derecho ni privilegio, ahí sí que yo voy a demandar de verdad. Cuando matemos el yo y renunciemos a derechos y privilegios, comienza ahí adentro, en el hogar. Y eso, la Iglesia puede ser eso.
Nuestras personalidades no es lo que nos va a unir. No es que hacemos esta iglesia de una sola personalidad: sanguínea, melancólica, colérica, flemática. "Ahora estamos bien porque somos todos iguales." ¡Ahí que nos vamos a matar! ¿Verdad? No es eso lo que nos va a unir. Lo que nos va a unir es que nosotros tengamos una causa común, y esa causa es Cristo. Que nosotros tengamos un solo deseo, y es el honor de su nombre, la gloria de su nombre, la exaltación de su Hijo, la coronación precisamente de Él como Señor y Rey en mi vida. Si nos unimos alrededor de esa causa, independientemente de nuestras personalidades, vamos a poder tener unidad y fortaleza.
Somos todos diferentes. Muchos de ustedes me dicen que soy muy seco. Bueno, me humedezco un poquito todos los días tratando de cambiar eso, pero me recuerdan con frecuencia que todavía soy seco entero o medio seco, ¿no es eso? Por aquello, ustedes que son muy mojados, ¡mójenme! Y entonces nos vamos como cambiando el uno al otro. Ustedes están muy empapados, hay que secarlos un poco, y así somos. Junto a este con migo usted va a ser secado un poco, y así nos vamos complementando y amando el uno al otro.
Es muy fácil amar al que quiere lo que yo quiero. Es muy fácil amar al que se comporta como yo me comportaría. Pero eso no es amor, eso es conveniencia. Amor es amar al que no es como yo, que es diferente, al que es distinto. Al que tengo que no simplemente tolerar, sino amar, soportándonos unos a otros, como dice la Palabra de Dios.
Número seis. Notemos que esa iglesia se caracterizó por ser una iglesia reverente, que apreciaba la santidad de Dios. El versículo 43 dice: "Y sobrevino temor a toda persona, y muchos prodigios y señales eran hechas por los apóstoles." La palabra ahí traducida como temor no es miedo. En inglés frecuentemente es traducida como la palabra "awe," estar en asombro, estar sobrecogido. Sería la sensación de que Dios está haciendo algo tan grande que la iglesia vivía con un sentido de "¡Esto es Dios!"
No te acostumbres a Dios. Dios hace cosas portentosas en tu vida. Tienes 20 años orando por tu amigo, finalmente se convierte. "Finalmente se convirtió, ya era tiempo." No disfrutas del obrar de Dios, la perseverancia de Dios, la grandeza de Dios. Esta iglesia vivía en asombro de Dios, y entonces, como había ese temor reverente, había amor por la santidad de Dios. Las cosas de Dios eran tratadas de manera sagrada, y por tanto mi llamado era tratado también de manera sagrada.
¿Y si quieres saber cuánto usted ha tomado en serio su llamado? Usted puede comenzar a equiparar o a evaluar hasta dónde usted ha comenzado a odiar el pecado. Y a odiar el pecado no simplemente la lujuria, no simplemente el alcohol, las drogas; eso es fácil como de odiar, vamos a decir. Pero aparte de eso, que yo llegue a odiar actitudes, formas de pensamiento, hábitos, formas de responder, que yo vea que son pecaminosas y yo haya comenzado a odiarlas tanto que yo haya comenzado a dejarlas porque no las tolero. Y en la medida en que usted odie esas cosas, en esa misma medida usted se va acercando a la santidad de Dios, a la imagen de Cristo que usted debe amar cada día más. Porque el texto lo dice, que todo el temor cayera, el temor reverente cayera sobre toda la iglesia.
Yo me imagino eso. "Oye, ¿tú viste qué fue?" "Ananías y Safira se murieron allí." "¿Y qué pasó?" "Mintieron." "¿Qué, mintieron?" Y tú te acordabas: "Yo estaba mintiendo ayer... ¡Cuidado, que el próximo soy yo!" Que lo así es todos en remojo. Cuando eso comienza a ocurrir, la iglesia es otra. Y la iglesia es otra hasta el punto que grandes señales y prodigios ocurrían entre ellos. Y quizás la primera de esas señales fue ese don que Dios le dio de la presencia del Espíritu evidenciado por el don de lenguas, pero el segundo fue que en un solo día 3.000 personas nacieron de nuevo. ¿Ustedes saben lo difícil que es eso? 3.000 bebés espirituales que cuidar de ahora en adelante. La iglesia tuvo el favor, la gracia, el beneplácito, la complacencia, la bendición de Dios.
Hermanos, nosotros afortunadamente en un sentido, y a veces hasta desafortunadamente, pongámoslo de esta manera positiva: afortunadamente hemos sido bendecidos y hemos sido ampliamente suplidos. Pero eso muchas veces trabaja en contra de nosotros, porque somos autosuficientes y en necesidad de nada ni de nadie. Y eso no nos une.
Y la iglesia, yo decía esta mañana, tiene la elección. Puede elegir entre ser un grupo de bolas, de bolitas o canicas, que cuando se juntan se repelen, o un racimo de uvas con una superficie blanda, que cuando tú la exprimes está dispuesta a dar el jugo que está en su interior, y el jugo no es amargo sino dulce. La IBI, ¿qué va a hacer? ¿Cuál de esas dos cosas va a ser? Yo quiero pensar que tenemos personas, en su gran mayoría, que quieren ser uvas tiernas, blandas, llenas de jugos dulces, dispuestas a ser exprimidas para que el aroma de Cristo salga de nosotros. Esa es la iglesia que Dios quiere. Es una iglesia distinta, es una iglesia diferente, que al que llegue pueda sentir la diferencia.
Número siete. Notemos también, y por último, que esta iglesia primitiva no fue una iglesia materialista. Para nada. Y en ausencia de ese materialismo, o la ausencia del materialismo, se debía a su sencillez de corazón. Mira cómo está dicho en el versículo 45: "Vendían todas sus propiedades y sus bienes y los compartían con todos, según la necesidad de cada uno. Día tras día continuaban unánimes en el templo y partiendo el pan en los hogares, comían juntos con alegría y sencillez de corazón."
Ese es uno de nuestros problemas. Los corazones a veces son demasiado complicados, demasiado complejos.
Eso no ha habido. A veces esa expresión, "no es una persona complicada", una persona compleja. Necesitamos hacernos sencillos de corazón. De esta manera yo puedo estar satisfecho con lo mucho o con lo poco. Para lo que Tú me ocasiones: abundancia. He aprendido el secreto de estar satisfecho en la abundancia y en la escasez. De una u otra cosa, no va a variar mi forma de caminar, mi estilo de vida, mi forma de hablar, los compañeros con quienes me junto. Y es ahí donde sientes, entonces, que tienes sencillez de corazón.
Si bien es cierto que quizás Dios no nos está llamando en este momento de la historia a desprender todo lo que tenemos, pero quizás tenemos más de lo que necesitamos. Y que hay cosas que debiéramos estar dando, repartiendo, compartiendo, más pendientes de las necesidades de otros.
Recuerden la expresión, la historia. La he contado más de una vez, por tanto muchos ya la conocen, pero encaja perfectamente aquí, la voy a repetir por eso. La historia de Tomás de Aquino que se encuentra en una catedral con el Papa de turno, en los años 1200 y algo. Y el Papa le está enseñando todo el oro y la plata de la iglesia. Y dice: "Tomás, ¿no te sorprende todo lo que hemos llegado a tener? Imagina, ya la iglesia no tendrá que decir más 'no tengo plata ni oro'". Tomás dice: "Sí, es cierto, pero quizás esa es la razón por la que tampoco puedes decir 'levántate y anda'".
Cuando la iglesia comienza a suplirse ella, en vez de estar suplida por Dios, hay un problema. Cuando las vidas individuales hacen lo mismo, hay un problema. Tú y yo tenemos que pedirle a Dios que nos haga cada día más sencillos de corazón, de tal manera que seamos más dadivosos, mejores dadores.
Escuchen, entonces. Cuando esta iglesia hizo todo eso, dice que ellos contaron con el favor de todo el pueblo. Es el último versículo: "Y el Señor añadía cada día al número de ellos los que iban siendo salvos". Nota que esta iglesia no se ganó el favor del pueblo diluyendo el mensaje, haciéndolo menos confrontador, comparándose con ellos o complaciéndolos a ellos, copiando sus modelos, copiando sus estrategias, pareciéndose a su mundo alrededor. Nada de eso.
La iglesia se ganó el favor del pueblo cuando la Palabra fue predicada como hemos dicho, y cuando ellos comenzaron a vivir la predicación de esa Palabra de la misma manera que hemos estado describiendo. Entonces el pueblo, la gente que estaba fuera, estaba diciendo: "¡Uau! ¡Ah! ¡Increíble! ¿Viste eso?". Tú le estabas comprando la propiedad a un cristiano y tú por qué le estabas vendiendo. "No, que tengo un hermano en necesidad y quiero compartirlo". "¡Uau! ¿De verdad? ¿Y qué es eso?". Eso se fue esparciendo en medio de ellos, y la gente comenzó a darle credibilidad a la fe cristiana, hasta el punto que más adelante el libro de los Hechos registra que muchos sacerdotes judíos estaban viniendo a la fe.
Eso sería equivalente a que el día de mañana yo pueda venir a esta iglesia y decir: "¡Increíble! Hay muchos sacerdotes y obispos y cardenales que se están convirtiendo". ¿Te imaginas que yo les dé esa sorpresa? Eso era lo que estaba pasando en esa ocasión. Y esa es la iglesia que Dios quiere ver, una iglesia que haga llamar la atención del mundo que está ahí afuera.