IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Nadie escapa a la ley moral de Dios. Esta es la verdad que Romanos 2 establece con claridad: tanto el que nunca ha oído de Cristo como el que ha crecido rodeado de Biblias comparecerá ante el mismo juez. La pregunta sobre qué pasará con el indio de la jungla que jamás escuchó el evangelio encuentra aquí su respuesta, pero no es la que muchos esperan.
Dios no juzgará a nadie por una ley que no recibió. El gentil que nunca tuvo las Escrituras tiene otra ley escrita en su corazón: la conciencia. Esa conciencia, parte de la imagen de Dios en el ser humano, le acusa cuando hace lo malo y le defiende cuando hace lo bueno. Por eso Caín supo que había hecho mal al matar a Abel, siglos antes de que existiera el mandamiento "no matarás". Por eso Abimelec tembló cuando Dios le advirtió que Sara era casada. Por eso los animales pueden aparearse sin vergüenza en cualquier lugar, pero el ser humano sabe que hay cosas que no se hacen en público. Esa ley moral interna condena a quien la viola.
Pero hay una verdad que pesa aún más: a mayor revelación, mayor responsabilidad. El judío que recibió la ley de Moisés será juzgado con mayor severidad que el pagano. Y el cristiano que tiene el Antiguo Testamento, el Nuevo Testamento y la ley de Cristo resumida en amar a Dios y al prójimo, ese está en la posición más comprometida de todas. El único escape posible es que el juez sea también el abogado defensor, y eso solo ocurre cuando alguien abraza a Cristo antes de enfrentarlo en el tribunal final.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
Bueno, no sé cuántos de ustedes han oído la pregunta: ¿qué debe ocurrir al indio de la jungla que nunca oyó de Cristo? ¿Cuántos han oído esa pregunta? Levante la mano, un número de ustedes. ¿Cuántos de ustedes han hecho la pregunta en alguna ocasión del pasado? Ok, otro grupo. Bueno, el apóstol Pablo va a responder esa pregunta y muchas otras en el mensaje que él escribió para la iglesia de Roma, pero que todos necesitamos por diferentes motivos.
Como ya saben, yo había estado fuera del púlpito por un par de domingos, había estado llenando compromisos ministeriales en el extranjero, y simplemente para irlos conectando un poco con el mensaje donde nos quedamos, recuerden que en un mensaje previo, tres domingos atrás, hablamos de que la salvación ciertamente es por gracia, a través de la fe, pero que el juicio final sería por obras. Yo creo que algunos fueron sorprendidos por esa afirmación, pero vimos cómo eso está, y lo vamos a ver otra vez en el día de hoy, cómo esto está a lo largo y ancho de toda la revelación bíblica.
Dijimos también en esa ocasión que en ese juicio final, en ese día final, cuando comparezcamos ante el Tribunal de Cristo, la idea que Dios revela en su Palabra es que todo va a ser traído a la luz. Mis obras serán traídas a la luz, mis palabras; tendré que dar cuenta por cada palabra ociosa que yo haya hablado. Ahí habló el Señor Cristo a las intenciones del corazón, mis pensamientos, todo eso será traído a la luz. Y que eso sería cierto, decía Pablo, o mejor dicho, escribió Pablo, tanto para el judío como para el gentil.
En aquella ocasión, todo el que no era judío era gentil; esos son los dos grupos de personas. Y Pablo dice en Romanos 2:11 que el juicio final va a ser equitativo para todo el mundo. Por eso puede decir en el versículo 11 que en Dios no hay acepción de personas, no hay favoritismo. Y creo que Pablo estaba enfatizando el hecho de que a Dios le importarían las obras de los gentiles, así como las obras de los judíos, de la misma manera; y que los judíos, por el hecho de haber recibido la ley anteriormente, las promesas y los pactos, no tendrían en ese sentido ninguna ventaja sobre nosotros.
En los versículos que siguen, Pablo continúa con la misma idea: la idea de explicar cómo es que se va a dar este juicio y la idea de poder entender, a la luz de la revelación de Dios, qué es lo que Él ha revelado para que podamos responder la pregunta de qué va a pasar con aquella persona que nunca oyó de Cristo, y con múltiples otras preguntas similares. La razón de todo eso, o lo que Pablo revela, me hizo titular este mensaje de esta forma: nadie escapa a la ley moral de Dios. Nadie. Todo el mundo va a ser sometido a la ley moral de Dios; va a haber un escrutinio final, y ahí entonces todas las cosas serán reveladas.
Por el interés de lo que Dios tiene que decirnos por medio de su Palabra, yo voy a comenzar leyendo de nuevo el versículo 11 para conectarnos con lo anterior, hasta el 16:
"Porque en Dios no hay acepción de personas; pues todos los que han pecado sin la ley, sin la ley también perecerán; y todos los que han pecado bajo la ley, por la ley serán juzgados. Porque no son los oidores de la ley los justos ante Dios, sino los que cumplen la ley, esos serán justificados. Porque cuando los gentiles que no tienen la ley cumplen por instinto los dictados de la ley, ellos, no teniendo la ley, son una ley para sí mismos, porque muestran la obra de la ley escrita en sus corazones, su conciencia dando testimonio y sus pensamientos acusándolos unas veces y otras defendiéndolos. El día en que, según mi evangelio, Dios juzgará los secretos de los hombres mediante Cristo Jesús."
Una vez más, el apóstol está tratando de ser muy claro. Ya a la luz de lo leído, podemos decir que nadie escapa a la ley moral de Dios. Pablo está refiriendo a dos grupos de personas en su momento. En el siglo primero no había tres grupos, había dos: judíos y gentiles. Como ya mencioné, todo el que no era judío era considerado gentil, y el gentil era uno —porque hoy en día nosotros somos gentiles, por ahí una diferencia—. El gentil en ese momento era alguien que no había recibido ninguna de las promesas, ninguno de los pactos de Dios, no había recibido la ley de Dios en el Antiguo Testamento. Y el judío, por el contrario, había recibido todas las bendiciones que Dios le había dado a su pueblo.
De manera que este texto que yo acabo de leer pudiera movernos a hacer dos grupos similares a lo que Pablo hizo, pero llamados de manera distinta: pudiera hablar de religiosos e irreligiosos. Entonces, los religiosos seríamos como nosotros; nosotros tenemos el Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento, mucha gente se llama cristiana aunque no lo es, otros sí lo son, esos serían como los religiosos. Y luego están los irreligiosos, que serían aquellos que no tienen ni idea de lo que este libro dice; de hecho, hay millones de personas —uno o dos miles de millones de personas— que ni siquiera han escuchado de Jesucristo. De manera que ahí tienes los dos grupos.
Del texto que acabamos de leer se desprenden tres o, mejor dicho, cuatro enseñanzas que yo quisiera revisar con ustedes. La primera es que Dios juzgará a las personas conforme al grado de revelación que hayan recibido. Noten bien lo que dije: yo no dije que Dios salvará a las personas conforme al grado de revelación. Pablo no está hablando de salvación aquí, está hablando de condenación, de juicio. Dios juzgará a las personas conforme al grado de revelación que hayan recibido. Versículo 12: "Pues todos los que han pecado sin la ley, sin la ley también perecerán; y todos los que han pecado bajo la ley, por la ley serán juzgados."
La frase que aparece ahí, "sin la ley", hace referencia a aquellos que, como ya mencioné, nunca recibieron el Antiguo Testamento ni ninguno de los profetas de Dios. Y hoy en día incluiría a gentiles como el indio de la jungla que nunca ha oído de Cristo. Eso es "sin ley". El texto dice que perecerán, que es una referencia a que serán juzgados y condenados, pero por otra ley; no los van a juzgar por la ley que ellos no recibieron —de eso vamos a hablar en un momento—. Eso es para el grupo que nunca ha escuchado de Jesús, de nuevo como el indio de la jungla.
La frase "bajo la ley" hace referencia al judío en este caso, porque ellos sí estaban bajo la ley de Moisés, ellos sí recibieron el Antiguo Testamento. Por extensión, nos incluiría a nosotros, que recibimos el Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento, que recibimos la ley mediada por Moisés, pero también recibimos la ley de Cristo de la cual habla Pablo. Entonces, las personas serán juzgadas de acuerdo al grado de revelación recibido.
Decido decir esta mañana que, ante la pregunta de qué le va a pasar al indio de la jungla, que muchas personas se han hecho esa pregunta, una respuesta que no sería muy piadosa, pero que nos mueve a pensar un poco, pudiera ser: bueno, a él le va a pasar lo mismo que le va a pasar a la persona que trabaja contigo en tu oficina, a quien tú nunca le has predicado el Evangelio. Porque la verdad es que de repente a mucha gente le cae una preocupación con el indio que está en la jungla, pero no se preocupa por el que está en una condición de no salvación y que trabaja con él en la oficina. ¿Te das cuenta?
Pero, en fin, yo creo que tenemos que brindar respuestas más bíblicas y más piadosas que esas. Algunos dicen: bueno, él será juzgado de acuerdo al grado de sinceridad con la que haya estado llevando a cabo su religión. Entonces, para ellos, la gente será juzgada por sinceridad. Pero eso no es lo que la Palabra dice. Además, si ese fuera el caso, todos los hombres quedarían automáticamente condenados, porque Dios reveló en el Salmo 116:11 que todos los hombres son mentirosos; de manera que, hasta que Dios intervenga, no hay nadie sincero delante de Él.
Otros dirían: bueno, al final todos se salvan porque Dios es amor. Esos son los universalistas, que piensan que todo el mundo va a terminar en la salvación. Pero si eso es verdad, entonces tienes que prepararte para pasar la eternidad junto con un Hitler, un Mao Zedong, un Stalin y los grandes dictadores y sanguinarios a lo largo de los tiempos, como un Rafael Leónidas Trujillo, un Duvalier y muchos otros. Y alguien diría: pero eso no es justo. Precisamente, porque el universalismo no es algo que está en la Biblia.
Otros dirían: bueno, Dios no puede condenar al indio de la jungla que nunca ha oído de Cristo, porque eso sería injusto. Bueno, Pablo va a responder esa pregunta. Ya lo leímos: los que han pecado sin la ley, que no tenían el Antiguo Testamento ni tienen el Nuevo tampoco hoy, sin la ley también perecerán; y todos los que han pecado bajo la ley, por la ley serán juzgados. El que no ha recibido la ley de Dios revelada en su Palabra perece, muere en condenación. Mira cómo lo dice la Nueva Traducción Viviente: "Los gentiles serán destruidos por el hecho de pecar, aunque nunca tuvieron la ley escrita de Dios."
Entonces, ¿cómo es que pecaron si nunca tuvieron la ley escrita de Dios? ¿Cómo es que son transgresores? Y ese es mi segundo punto de enseñanza. Las personas que no recibieron la ley de Moisés y tampoco escucharon del Evangelio —que yo sería hoy— serán juzgadas de acuerdo a otra ley. Y lo leímos; ahora lo vamos a explicar y lo vamos a leer de nuevo, versículos 14-15: "Porque cuando los gentiles que no tienen la ley cumplen por instinto los dictados de la ley, ellos, no teniendo la ley, son una ley para sí mismos, porque muestran la obra de la ley escrita en sus corazones, su conciencia dando testimonio y sus pensamientos acusándolos unas veces y otras defendiéndolos."
No sé si captaste lo que Pablo está diciendo. Pablo está diciendo que la ley escrita en el Antiguo y Nuevo Testamento no es el único sistema de juicio que Dios lleva a cabo. Él está diciendo que hay personas que no tienen esta ley a la que nosotros nos referimos en Su Palabra, no tienen la ley escrita, pero tienen otra ley, también escrita, pero no en un libro, sino en su corazón.
Entonces Pablo habla de cómo es que sale esta escrita. Está escrita en su conciencia, y esa conciencia da testimonio de que esa ley existe. Ese individuo tiene pensamientos, y esos pensamientos que él tiene, que operan junto con su conciencia, a veces los defienden y a veces los acusan. Déjame ver si puedo explicar eso.
Dios, cuando formó al hombre a Su imagen y semejanza, parte de esa imagen y semejanza implicó una codificación de Su ley en el corazón de ese individuo hecho a Su imagen y semejanza. Dios sabe lo que es correcto y lo que no es correcto. Cuando Él hizo a alguien a Su imagen, puso en su interior ese sentido. Adán y Eva sabían exactamente todo lo que ellos necesitaban saber en cuanto a lo que podían y no podían hacer.
Ahora, cuando ellos fallaron, esa conciencia fue afectada y su pensamiento fue afectado, de manera que ahora tenemos una imagen de Dios distorsionada. Por consiguiente, no tendríamos la misma idea tan completa de lo que es bueno y malo, pero tenemos suficiente para vivir una vida más o menos moral. Y cuando eso no ocurre, Dios dice: tú has violado la ley moral mía que yo puse en tu conciencia.
Como Él nos dio una capacidad para pensar, mi mente piensa y razona juntamente con la ley que está en mi conciencia, y esos pensamientos a veces me dicen: ¿por qué hiciste eso? No debías haberlo hecho. Y tú has tenido pensamientos así: ¿por qué lo hice?, ¿para qué hice eso?, yo ni sé para qué lo hice, debía haberlo pensado mejor. Si yo hubiese sabido que iba a tener esta consecuencia, jamás hubiese hecho tal cosa. Hemos dicho todos nosotros, en algún momento, de alguna forma, con algún vocabulario, cosas como esas. Esos son los pensamientos que nos acusan, porque mi conciencia sabe que hice algo indebido.
Pero otras veces, quizás alguien me dice: mira, tú te sacrificaste e hiciste por esa persona, ¡mira cómo te trató! Y a veces tú has respondido: bueno, yo me siento bien porque yo hice lo que debía hacer. Ahí están mis pensamientos defendiéndome, de que hice lo que debía hacer, porque yo sabía lo que debía hacer.
Entonces, lo que Pablo está diciendo es que aun los gentiles que no recibieron la ley escrita tienen una ley en su corazón, que es parte de la imagen de Dios. Si tú quieres una comparación, los animales no fueron hechos a la imagen de Dios, no tienen una ley moral dentro. Por eso es que ellos pueden, sin ningún temor ni ninguna vergüenza, aparearse y tener sus relaciones en cualquier momento, en cualquier lugar, delante de cualquier persona, porque ellos no son entes morales y no saben lo que está bien o lo que está mal. Pero nosotros sabemos que ese tipo de cosas no se hace a la luz pública, lo sabemos desde que nacemos, por así decirlo, desde que comenzamos a tener conciencia para relaciones similares.
Nosotros conocemos personas que no profesan la fe cristiana, que han hecho algo indebido y que luego han sentido remordimiento. ¡Judas! Dice el texto que vendió a Jesús y luego sintió remordimiento hasta el punto de que se ahorcó. Judas no era creyente; de manera que él no estaba respetando la ley judía, pero la ley de su conciencia lo llevó a hacer lo que hizo. Y esa ley es la que genera pensamientos que me defienden o me acusan.
Asesinos sinceros en ocasiones han ido a la cárcel. He visto uno, dos, tres, no sé, algunos de esos juicios, cómo ellos se han quebrantado en el juicio, han llorado, incluso han pedido perdón a las familias a quienes ellos agraviaron, y no necesariamente se convirtieron; simplemente estaban sintiendo remordimiento por lo que habían hecho, porque ellos entendían que había un Dios creador de alguna manera, y la conciencia estaba testificando contra ellos.
Por eso el individuo que se condena, no se condena porque nunca ha oído de Cristo. No, no, aquí no estamos hablando de salvación. Cristo es para salvarte de tu estado de condenación en el cual tú naces. Por eso es que Juan 3:36 dice que el que cree en el Hijo tiene vida eterna, pero el que no obedece al Hijo, la ira de Dios permanece sobre él. Yo nazco con la ira de Dios sobre mí, bajo Su juicio; eso es así desde Génesis 3, cuando Dios maldijo el planeta tierra. Por eso Cristo dijo: yo no vine a condenar el mundo; no, ya el mundo fue condenado desde Génesis 3. Yo vine a salvarlo, vine a salvar lo perdido.
Entonces lo que ocurre es que si voy a salir del estado de condenación, necesito a Cristo, pero si no tengo a Cristo me quedo exactamente donde estaba cuando nací.
Escucha cómo Pablo comenzó en el capítulo 1 a revelarnos esta verdad. Primero, él nos dice en los versículos 19 y 20 del capítulo 1 que lo que se puede conocer acerca de Dios —Sus atributos invisibles, Su eterno poder y divinidad— son claramente visibles por medio de lo creado, porque Dios lo hizo evidente dentro de ellos, pero también lo hizo evidente en Su creación. Y concluye el versículo 20 de Romanos 1 diciendo: por tanto, no tienen excusa. El hombre no tiene excusa para decir que Dios no existe; Él puso la evidencia de Su existencia en su interior.
Entonces el versículo 21, Pablo retoma el argumento de Romanos 1 y dice: pues aunque conocían a Dios —en su conciencia y en la creación—, no lo honraron como a Dios ni le dieron gracias, sino que se hicieron vanos en sus razonamientos y sus necios corazones fueron entenebrecidos. Profesando ser sabios se volvieron necios, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible por una imagen en forma de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles. Esa es la razón de su condenación; no tiene nada que ver con Cristo. Es lo que hicieron con lo que Dios les dio, con la revelación que ya tenían.
El versículo 25 dice: porque ellos cambiaron la verdad de Dios por la mentira, y adoraron y sirvieron a la criatura en lugar del Creador. Eso es violación del primero y segundo mandamiento de los Diez Mandamientos que Dios le dio a Moisés. Adoraron y sirvieron a la criatura en lugar del Creador, que es bendito por los siglos de los siglos.
Entonces, para seguir ilustrando este punto, porque es vital —es vital para nosotros incluso en el evangelismo, y para que entendamos dónde estamos parados y cuál es nuestro grado de culpabilidad—, déjame decirte lo siguiente. La ley de Moisés, es decir, los Diez Mandamientos y todas las extensiones de esos Diez Mandamientos, aparecen en el libro de Éxodo capítulo 20 en adelante. Sin embargo, cuando leas Romanos 5, que vamos a llegar allí eventualmente, el texto dice que la muerte reinó desde Adán hasta Moisés. Pero no había ley escrita en tablas de piedra; había una ley moral de Dios escrita en los corazones de los hombres, que los hombres violaron.
Por consiguiente, cuando tú vas a Génesis y lees los primeros 19 capítulos, antes de la ley de Moisés, encuentras que Dios castigó la violación de los Diez Mandamientos que todavía no se habían dado, porque estaban escritos en el corazón del hombre. En Génesis 9:6, Dios dice: el hombre que derrame sangre del hombre, su sangre será derramada. Pero ese es el sexto mandamiento de la ley de Dios; faltaban cientos y cientos de años para que se diera, pero el hombre tiene esa ley escrita en su corazón.
Entonces, ¿qué pasó cuando Caín mató a Abel? Ellos ofrecieron una adoración; Dios recibió la adoración de Abel, no recibió la adoración de Caín. Caín se molesta con Dios y con su hermano, y lo mata. Y Dios va donde Caín, se le aparece y le dijo: ¿dónde está tu hermano Abel? Y él respondió: no sé, ¿soy yo acaso guardián de mi hermano? El Señor le dijo: ¿qué has hecho? La voz de la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra. Ahora pues, maldito eres de la tierra, que ha abierto su boca para recibir de tu mano la sangre de tu hermano. Cuando cultives el suelo, no te dará más su vigor; vagabundo y errante serás en la tierra. Dios no tenía que darle la ley de Moisés para que supiera que no matarás; Él la puso en la imagen de Dios cuando creó a Adán. Y ahí puedes ver que nadie escapa a la ley moral de Dios.
Ya les expliqué cómo los animales tienen sus relaciones íntimas delante de todo el mundo porque no son entes morales. El séptimo mandamiento de la ley de Dios prohíbe el adulterio, y ese mandamiento aparece en Éxodo 20, pero en Génesis 20 ocurre algo que llama la atención. Abraham tenía miedo de llegar a Gerar, que el rey Abimelec lo fuera a matar para quedarse con Sara, su esposa. Entonces escucha el relato en Génesis 20, versículos 1 al 3: Abraham salió de donde estaba hacia la tierra del Neguev y se estableció entre Cades y Shur; entonces habitó por un tiempo en Gerar. Abraham decía de Sara su mujer: es mi hermana. Entonces Abimelec, rey de Gerar, envió y tomó a Sara. Pero Dios vino a Abimelec en un sueño de noche y le dijo: tú eres hombre muerto por razón de la mujer que has tomado, pues está casada.
Vimalec le dijo al Señor que, por lo que él le dijo, era su hermana. Y el Señor le dijo: "Bueno, puede ser, yo sé que fue en inocencia, y ahora sé que Abraham no te dio la información correcta, pero si tú profanas la mujer de tu prójimo, considérate hombre muerto." Pero eso es el séptimo mandamiento de la ley de Dios: la imagen de Dios en ti conoce esa verdad. Nadie escapa a la ley moral de Dios. José tenía más sensibilidad a esa ley y cuando se presentó la ocasión, rehusó hacerlo con la esposa de Potifar.
Seguimos con la solución, porque tenemos que verlo para poder entender lo claro que ha sido. En Génesis 19 te encuentras con la destrucción de Sodoma y Gomorra por el pecado de la homosexualidad. La ley de Moisés recuerda que la ley implicaba los diez mandamientos, pero también una serie de leyes que los complementaban, digamos, la constitución primaria. Y una de esas leyes prohíbe que el hombre se pueda acostar con otro hombre, o en el caso de las mujeres. Pero eso viene ochocientos o cientos de años después. "No, pero mi revelación, mi creación, el diseño —como yo diseñé al hombre y a la mujer, incluso como diseñé hasta los animales— dejó claro que el apareamiento era entre masculino y femenino." Y cuando ellos violentaron ese diseño, transgredieron una ley que conocían en sus conciencias, y de esa manera Sodoma y Gomorra sucumbieron, porque ciertamente nadie escapa a la ley moral de Dios.
En Amós 1, capítulo 1, Dios reprende a las naciones paganas porque eran transgresoras, aunque no tenían la ley de Dios. Y en el capítulo 2 de Amós, Dios reprende al reino del norte, llamado Israel, y al reino del sur, llamado Judá, a todos su pueblo, porque habían violentado y transgredido su ley escrita. Confrontó a los gentiles paganos por violar su ley escrita en su corazón, y confrontó a la nación de Israel por violar la ley escrita en piedra originalmente, y en tablas posteriormente.
A toda esa revelación que Dios le ha dado a todo ser humano la llamamos revelación general, general porque todos los hombres la tenemos. Para diferenciarla de esa otra revelación —en su Palabra, en la persona de Cristo, o cuando hizo milagros— que llamamos revelación especial, porque hay un grupo todavía extremadamente numeroso que no tiene esta revelación ni siquiera en sus idiomas. Entonces, claro que nosotros tenemos revelación general y tenemos revelación especial, lo cual nos hace mucho más responsables ante la transgresión.
La ley moral es ese sentido de moralidad que existe en el ser humano, en todo ser humano, y que tú lo puedes identificar. Tú puedes ir a cualquier cultura y se va a entender que no es justo ni legal matar a otro, aunque ocurran homicidios a diario en esa cultura, pero no hay una ley que diga: "Puedes matar a otro y no tendrás ningún problema." En cualquier cultura que tú vayas, el esposo sabe y la esposa sabe que el uno y el otro no son para que el vecino venga y los tome prestados. En cualquier cultura se sabe que no es correcto que una persona viole a otra, aunque ocurran las violaciones, y mucho menos cuando es tu hija, porque ahí lo deja mucho más claro. Ese sentido de moralidad viene de la imagen de Dios en el ser humano.
Ahora bien, los autores de los documentos que se firmaron para la independencia de Estados Unidos y para la Constitución de Estados Unidos, la mayoría no eran cristianos, a diferencia de lo que mucha gente cree; eran deístas —con d—. ¿Qué implica eso? Ellos creían que había un Dios creador, y como había un Dios creador, ese Dios creador le había dado al hombre una ley moral, lo que ellos llamaron —y otros también en teología— la ley natural: la ley con la que el hombre nace, dada por su Creador. Por eso esos hombres que firmaron esos documentos entendían que había derechos inherentes con los que el individuo nacía, y debido a esos derechos inherentes se reconocen ciertos derechos para todo el mundo en esta nación, por lo menos en sus documentos originales. El primero de esos derechos es el derecho a la vida. Por eso es que estamos cien por ciento opuestos al aborto en todos los casos, en el cien por ciento de los casos, porque es una negación del derecho a la vida dado al ser humano por su Creador desde que es concebido.
Entonces, de nuevo, el hombre no es juzgado por la ley que no ha recibido; él es juzgado por la ley que ya tiene en su conciencia. Dado todo lo anterior, podemos concluir —no al mensaje, pero podemos concluir hasta aquí— número uno: el hombre natural que no recibió la ley de Dios, que nunca ha oído de Cristo, es condenado por Dios porque viola la ley moral en su conciencia. Y todos los hombres sin excepción —todo el que está sentado aquí y todo el que se ha parado aquí— han violado esa ley moral en algún momento, sin excepción.
El judío, por otro lado, que recibió la ley de Moisés es condenado porque, habiendo recibido todavía más revelación y ahora por escrito, él pasó todo el tiempo violando dicha ley, de manera que ahora su culpabilidad es mayor. Los judíos creían que ellos podían ser salvos simplemente porque eran descendientes de Abraham, recibieron la ley, fueron receptores de los pactos, de las promesas. Eso los colocaba en un sitio especial y, por consiguiente, la ley prácticamente la adoraban: la leían, la memorizaban, la meditaban, la repetían. Se menciona incluso que para hacerse rabinos se dice que tenías que aprenderte la Torá, los primeros cinco libros de Moisés, de memoria para la edad de 12 años. Veneraban la ley.
Pero lo que les dice aquí en este mismo texto que yo leí en el versículo 13 es: no son los oidores de la ley los justos ante Dios, no, sino los que cumplen la ley, esos serán justificados. ¿Qué quiere decir reconocer la Biblia de cabo a rabo? ¿Qué quiere decir recitar la Biblia, enseñar la Biblia, memorizarla? No basta conocer la Biblia. Tú tienes y yo tengo que conocer teología, pero luego yo tengo que ir y vivir la teología.
Esa es la misma preocupación del medio hermano de Jesús, de Santiago. ¿Recuerdan? "Sean hacedores de la palabra y no solamente oidores que se engañan a sí mismos, porque si alguien es oidor de la palabra y no hacedor, es semejante a un hombre que mira su rostro natural en un espejo; pues después de mirarse a sí mismo e irse, luego se olvida de qué clase de persona es." Yo voy al espejo esta mañana cuando me levanté, estoy todo despeinado, no me he arreglado la cara, luzco mal, pero me olvidé de cómo yo lucía y vengo aquí adelante de esa manera, porque se me olvidó cómo yo lucía. Pero Santiago no está hablando de ese espejo; eso es simplemente una analogía.
Le está diciendo: es como tomar la palabra de Dios, verla como en ese espejo, descubrir que estás mal moralmente, luego cerrarla, y después de cerrarla se te olvida lo mal que estabas moralmente y te vas a vivir como si estás bien, porque ya te viste en el espejo. Y Santiago dice: no, el ser solo oidor no me ayuda; de hecho me empeora, aumenta mi revelación. Pero el que mira atentamente a la ley perfecta, a la ley de la libertad… Me encanta que Santiago llame a la ley de Dios "la ley de la libertad", porque nosotros pensamos que la ley de Dios nos restringe, nos ahoga. Pero Dios dice: "Hey, mis mandamientos no son gravosos. Te lo dije en el Antiguo Testamento y te lo dije a través de Juan en el Nuevo Testamento: mis mandamientos no son gravosos." Tu pecado sí los hace gravosos, el tuyo y el mío, porque yo no puedo señalar a nadie sin mirarme a mí mismo, porque yo soy parte de la naturaleza caída de los hombres.
"Y el que mira atentamente a la ley perfecta, a la ley de la libertad, y permanece en ella, no siendo oidor olvidadizo, sino hacedor eficaz, este será bienaventurado en lo que hace." No hay ningún mérito en conocer la ley. Lo que vale ante la ley de Dios es el que la obedece, y para eso yo necesito nacer de nuevo y tener Su Espíritu. La diferencia entre un incrédulo y un verdadero cristiano muchas veces es esa diferencia entre ser un oidor y un hacedor.
Ciertamente ninguno de nosotros obedece perfectamente, pero en general el cristiano que ha nacido de nuevo se supone que debe ser un hacedor de la ley; eso es lo que lo caracteriza. Él tiene ciertos momentos, ciertos días, ciertas acciones donde tropieza en la ley de Dios, eso es cierto, pero él no vive transgrediendo la ley de Dios; eso no es lo que lo caracteriza.
Ahora, lo que Pablo está diciendo —lo que yo estoy tratando de explicar— es que mientras más revelación tengo, mayor es mi responsabilidad. Ya tengo una por naturaleza: la ley escrita en mi conciencia. Pero luego Dios me da revelación especial, lo que Él trae en Su palabra. A mayor revelación, mayor condenación. Escucha cómo Cristo trató de explicarlo en Lucas 12:47-48: "Y aquel siervo que conocía la voluntad de su señor, y no se preparó ni obró conforme a su voluntad, recibirá muchos azotes." Él está hablando del juicio final. "Pero el que no la sabía, e hizo cosas que merecían castigo, será azotado poco." No es que se va a salvar; es que su grado de juicio y castigo al final será menor que el de quien sí conocía la voluntad de Dios. "A todo aquel a quien se haya dado mucho, mucho se le demandará; y al que mucho le han confiado, más le exigirán."
Eso no es exactamente lo mismo que hablar de oidor y hacedor, pero en esencia se parece mucho. ¿En qué sentido? Bueno, si sé cuál es la voluntad de Dios y no la hago, soy un oidor pero no soy un hacedor, porque no la hice. A eso apunta también este texto.
Por eso Cristo en el Sermón del Monte —creo que se lo mencioné no hace muchas semanas atrás— tenía la misma preocupación y dice: "¿Por qué tú me llamas Señor, Señor, y no haces lo que te digo? Ya te dije lo que espero de ti, no lo haces, pero me sigues llamando Señor, Señor." O cuando Cristo dijo que no todo el que le llama Señor entrará en el reino de los cielos. Entonces, ¿quién es el que entra en el reino de los cielos, Señor? No es el que conoce la ley, no el que la recita; el que hace la voluntad de mi Padre. Porque el que hace la voluntad de mi Padre es el hacedor, y el hacedor es el que afirma que verdaderamente ha entendido y ha querido complacer al Dador de la ley.
O cuando dijo: "En aquel día muchos me dirán: Señor, Señor, ¿en tu nombre no profetizamos, y en tu nombre no echamos fuera demonios, y en tu nombre no hicimos muchos milagros?" Notaste cómo comenzó la frase de Cristo: "Señor, Señor, en tu nombre." Y dice: "No, nunca los conocí. Yo no sé quiénes son, porque hicieron cosas en mi nombre, pero no vivían en mi voluntad."
Entonces, hasta ahora esto es lo que tenemos. Hablamos del incrédulo que viola la ley de su conciencia y vimos cómo esa opera. Hablamos del judío en el tiempo de Pablo —que aplica también hoy para aquellos que están en el judaísmo— que conoce la ley pero no la sigue, que viola la ley de Moisés. Pero ahora tenemos que hablar de las personas de hoy que profesan ser cristianos como nosotros. Cuando nosotros pecamos o transgredimos, nosotros, de todos esos grupos, somos los que estamos en mayor problema, porque nosotros tenemos la revelación de la ley moral en la conciencia, tenemos del Antiguo Testamento la ley de Moisés aquí en estos libros que llamamos la Biblia en múltiples idiomas y versiones, y luego tenemos también en el Nuevo Testamento la ley de Cristo, resumida en dos mandamientos que violamos continuamente: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con toda tu fuerza, y el segundo es semejante a este: amarás a tu prójimo como a ti mismo."
¿Cómo es que el segundo mandamiento es semejante al primero? Bueno, porque el primero tiene que ver conmigo, mi persona, mi carácter, y el segundo tiene que ver con la imagen de Dios en el prójimo y cómo yo trato esa imagen de Dios en el prójimo. Claro que el segundo mandamiento es semejante al primero. Y eso lo tenemos aquí, y cuando nosotros no actuamos de manera congruente, de todos estos grupos somos los que estamos peor, porque a mayor revelación, mayor condenación.
Ahora, déjame verme a mí mismo. Yo soy un maestro de la palabra. Tengo aquí en la iglesia veintiséis años estudiando y enseñando la palabra, pero comencé a leerla y a estudiarla, quizá no con tanto ahínco, en el año 83. Si sumo, me da 41 años de estudiar la palabra. Yo tengo un problema, porque los maestros de la palabra, por su estudio, tienen mayor revelación y mayor entendimiento, lo que implica que a la hora de mi juicio el escrutinio es mayor, y donde haya transgredido, mi juicio es mayor.
Escucha Santiago 3:1: "Hermanos míos, no se hagan maestros muchos de ustedes, sabiendo que recibiremos un juicio más severo." ¿Notaste que Santiago se incluyó? Notaste cómo lo dice entre nosotros: "sabiendo que recibiremos." ¿Quiénes? Nosotros, Santiago incluido, que era maestro de la palabra: un juicio más severo. El incrédulo que nunca ha oído de Cristo viola la ley moral de Dios. El judío que conoció la ley de Moisés viola la ley escrita en el Antiguo Testamento, la ley de Dios. Y el cristiano viola la ley de Cristo. La realidad es que el ser humano es universalmente un transgresor de la ley de Dios en todas sus formas.
Punto número 3. Dado todo lo anterior, Dios ha señalado un día para llevar a cabo el juicio final. ¿Cuándo será? El versículo 16, que es el último: "El día en que, conforme a mi evangelio, Dios juzgará los secretos de los hombres mediante Cristo Jesús." Nota que Pablo no simplemente dice "Dios juzgará a los hombres." Él dice —para que lo entendamos bien— que va a juzgar los secretos de los hombres.
Nota la relación que Pablo establece, casi como de pasada, entre el Evangelio y el juicio: el día en que, según el Evangelio, Dios juzgará. ¿Cuál es la relación? Yo pensaba que el Evangelio era un mensaje de salvación. El Evangelio es un mensaje de salvación, pero el mensaje de salvación del Evangelio está conectado a la verdad de un juicio. La razón por la que el Evangelio es buenas nuevas es porque te deja saber que estás condenado, que no tienes posibilidad de salir de la condenación a menos que creas, abraces y vivas el mensaje del Evangelio de Jesucristo.
El Evangelio proclama que todos los hombres estaban condenados, que Él bajó, se dejó crucificar, derramó su sangre para el perdón del pecado, pagó la deuda, para que aquellos que crean en esa realidad pongan su fe en Él para salvación. Pero si no me dices primero que estoy condenado, el mensaje del Evangelio no me parece buenas nuevas, porque me estás pidiendo incluso que muera a mí mismo, y para mí eso no tiene nada de buenas nuevas. Son buenas nuevas cuando me dejas saber primero las malas nuevas. Por eso Pablo conecta el Evangelio con el juicio: "el día en que, según el Evangelio, Dios juzgará", conecta el juicio con el mensaje del Evangelio.
La pregunta entonces es: bien, hay un juicio, ya lo vi en el versículo 16, ¿qué tan exhaustivo es ese juicio? Bueno, el versículo dice que Dios juzgará los secretos de los hombres. Y es una verdad que está en toda la Biblia. Pablo lo dice a los corintios, en 1 Corintios 4:5: "Por tanto, no juzguéis antes de tiempo, sino esperad hasta que el Señor venga, el cual sacará a la luz las cosas ocultas en las tinieblas y también pondrá de manifiesto los designios de los corazones", es decir, las intenciones de los corazones las va a traer a la luz. "Entonces cada uno recibirá de parte de Dios la alabanza que le corresponde."
En otras palabras, hay un juicio para condenación, eso ya lo sabemos: los pecados de esas personas no estuvieron pagados por la sangre de Cristo, y van a la condenación. Pero tú y yo tenemos que comparecer ante el tribunal de Cristo. Por eso, cuando hay gente que me ha dicho a veces, aquí o en el extranjero: "Yo no creo nada de eso; al final, Dios es amor y todos vamos a terminar delante de Él", yo les digo: sí, todos vamos a terminar delante de Él, pero no por la razón que tú crees, sino porque todos tenemos que comparecer ante el tribunal de Cristo para rendir cuenta de todo lo que hayamos hecho, sea bueno o sea malo.
Entonces, cada uno recibirá de parte de Dios la alabanza que le corresponde. En otras palabras, mis recompensas, para los que somos salvos, están determinadas por un juicio. No todo el mundo será recompensado de la misma manera. Ahí, en ese juicio, se va a ver todo: mis obras, lo que dije, mis intenciones, mis pensamientos, mis motivaciones. La idea de que Dios conoce y revela los pensamientos secretos aparece en Hebreos 4:13, y aparece también en el Antiguo Testamento.
Escucha lo que Dios dice en Jeremías 17: "Yo, el Señor, escudriño el corazón, pruebo los pensamientos." ¿Cuál es el propósito? Él te dice lo que hace y luego te dice para qué: "pruebo los pensamientos para dar a cada uno según sus caminos, según el fruto de sus obras." Yo veo sus obras, según el fruto de sus obras yo doy, pero también examino sus pensamientos, yo pruebo sus pensamientos. David lo escribe en el Salmo 139: "Señor, tú conoces mi levantarme, mi sentarme, cuando me acuesto, cuando me levanto; si voy al extremo, tú estás ahí. ¿De dónde huiré de tu presencia? Tú conoces cada palabra mía antes de que yo la pueda llegar a pronunciar, ya tú la conoces, las conoces todas."
El mismo David, en 1 Crónicas 28:9, aconseja a su hijo Salomón, justo cuando estaba por morir, a aquel que iba eventualmente a reinar, y le dice: "Mira, hijo mío, acuerda que Dios escudriña los corazones de los hombres." Quizás eso es lo que hace que Pablo, cuando les escribe a los gálatas, en 6:7, diga: "Nadie se burla de Dios." Claro que no, porque si Él conoce las intenciones de mi corazón, si Él conoce lo que yo estaba pensando entre un servicio y otro, si Él conoce qué es lo que yo voy a hacer y pensar esta tarde, no me puedo burlar. Me puedo tratar de esconder de los hombres, pero de Él, no.
Precisamente, esto es lo que sucedió cuando comenzó la caída. Un día en el jardín Adán y Eva estaban conversando con la serpiente. Pensaron quizás que Dios no estaba bien intencionado como pensaban. Mira lo que dice la serpiente: "Si comes esa fruta puedes llegar a ser como Él, pero Dios no quiere eso." Y mordieron la fruta. Ahí viene Dios: "Adán, ¿dónde estás?" Y estaba escondido detrás de un árbol. "¿Qué fue lo que hiciste?" Hasta ese momento estaban desnudos delante de Dios los dos, sin vergüenza, y estaban desnudos el uno frente al otro también sin vergüenza. No tenían nada que probar, nada que esconder, nada que temer. Ahora tienen mucho que temer porque tienen algo que esconder, y no podían esconderlo porque el árbol no iba a taparles su culpa. Dios lo vio todo.
Y desde entonces, hermanos, nos hemos estado escondiendo cada vez que tenemos que hacer algo pecaminoso. La mejor evidencia de que tú y yo nacemos con una ley moral es que cada vez que queremos hacer algo pecaminoso tratamos de escondernos. ¿O no? El niño de dos años a quien le has dicho que no toque algo, cuando lo toca y tú le dices "¿qué hiciste?", él esconde la mano. Él sabe que hay una ley moral que le dice que debe obedecer a sus padres, y está tratando de hacer lo mismo que hizo Adán. Adán se escondió porque él era el cuerpo del delito, y el niño esconde la mano que es el cuerpo del delito. Porque heredamos una depravación radical y generalizada, y una depravación radical y generalizada requiere de una redención radical y generalizada como la que Cristo ofrece a través de la cruz.
La primera pareja estaba desnuda y sin vergüenza antes de pecar; después que pecaron, corrieron a hacerse coberturas de hojas de higuera, pensaron que eso cubriría su vergüenza. No, porque su vergüenza no era externa; el sentido de vergüenza era interno, y nada externo lo iba a cubrir. Era simplemente la expresión de algo que ya estaban experimentando internamente. Dios entonces los cubre con pieles. Presuponemos, a la luz del resto de lo que la Biblia dice, que Dios mató un animal, derramó su sangre, tomó sus pieles, los perdonó y los cubrió. Y posiblemente fuera un cordero, porque eventualmente el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo vendría a derramar sangre. Por medio de la sangre derramada nuestros pecados son perdonados, y por medio de la santidad perfecta de Cristo Dios nos da ropa, de tal manera que ahora cuando nos ve, ve la santidad de Cristo y no la pecaminosidad mía.
Hay una última enseñanza, la enseñanza número cuatro: el juicio final será llevado a cabo por Cristo mismo. El versículo dice, ahí mismo: "el día en que, según el Evangelio, Dios juzgará los secretos de los hombres, mediante Cristo Jesús." Jesús es el juez. De manera que cuando se presenta el Evangelio de Cristo, la salvación de Cristo, el sacrificio de Cristo, y los rechazas, y luego tienes que enfrentarte a Él, te estás enfrentando a alguien que sabe que tú rechazaste lo que Él hizo, y ahora Él te va a juzgar.
Cristo dijo, y está registrado en Juan 5:22: "El Padre a nadie juzga, sino que todo el juicio lo ha confiado al Hijo." No es que el Padre no tiene la capacidad o la potestad de juzgar, sino que el Padre sabe que fue el Hijo quien se crucificó, el Hijo quien ha hecho la oferta de salvación, y al Hijo a quien han rechazado. Y el Padre le otorgó al Hijo la autoridad de juzgar. Y luego, en Juan 5:27, Cristo vuelve a repetir el hecho de que Él es el juez. Por eso Pablo habla a los corintios de que todos nosotros compareceríamos ante el tribunal, no de Dios en términos generales, sino de Cristo, aunque Cristo es Dios. Lo que Pablo quería dejar claro es que la segunda persona de la Trinidad es quien lleva a cabo el juicio, y por eso lo llama el tribunal de Cristo.
Entonces, enfrentarse al juez del cielo y la tierra, a quien se ha rechazado, violentado o ignorado en su ley, no es poca cosa. El único chance que el ser humano tiene es que en esta vida, antes de pasar a la próxima, haya reconocido su condición de pecaminosidad, de depravación, de corrupción moral completa; y que al reconocerla haya clamado a Cristo, haya aceptado su sacrificio, haya entendido y aceptado que no hay ningún otro nombre debajo del cielo por medio del cual pueda ser salvo, que haya podido entender que nadie viene al Padre sino es a través de Él, que no hay otro mediador, Él es el único. Y que entonces haya abrazado toda esa verdad, la haya creído y haya confesado a Cristo como Señor y Salvador, de manera que el día que te pares delante del juez, ese juez que va a llevar a cabo el juicio sea también tu abogado defensor.
Y cuando eso se da, entonces, buen dominicano, tú vas en coche, porque quien te va a juzgar es quien te va a defender, y Él podrá decir: "Yo derramé mi sangre por él, yo perdoné sus pecados, yo lo ofrendé porque es uno de los nuestros." Ese es el único chance que tenemos. De lo contrario, estamos en serios problemas, y no solo que el problema es grande, es que ese problema es eterno y sin esperanza. Es para siempre y sin esperanza de salir de una condenación eterna.
Es ahora que yo tengo que arreglar mis cuentas. Es ahora donde yo tengo que actuar. Me dijo Pablo a los corintios: "Examínense para ver si están en la fe." Es ahora. Si la salvación aún no te ha llegado, o pensaste que te llegó, pero hoy el Espíritu de Dios te convenció de que no estabas en estado de salvación, este es el día para arreglar cuentas.
No hay que esperar. Cerremos los ojos, y ahí donde estás, tú sabes lo que Dios ha decretado. Tú sabes por la ley moral que está en tu corazón lo que es bueno y lo que es malo. Tú sabes lo que Dios pide de ti, lo que demanda de ti. Lo sabes desde antes de conocer la Palabra de Dios, porque Dios puso el sentido de moralidad en su imagen, del cual tú y yo somos portadores.
Dios reveló en la ley de Moisés su sentido de moralidad. Nos dio diez mandamientos que resumen perfectamente bien su carácter moral, y nos dio luego a su Hijo Jesucristo, quien dejó un segundo pacto todavía con más revelación y más luz. Si a la luz de todo esto tú entiendes que estás fuera de salvación, no endurezcas tu corazón y responde a la voz de Dios.
Pide perdón. Pide al Espíritu de Dios que te dé arrepentimiento y te dé un profundo deseo de arrepentirte, y con ese deseo entonces pídele perdón a Cristo. Dile que te perdone todos tus pecados. Confiésalo como Señor, como Salvador. Confiésalo como el único mediador que puede poner su mano en Dios y su mano en ti, y establecer el puente por el cual tú puedas cruzar a la eternidad, y que tú puedas entonces comenzar a vivir en el poder del Espíritu para la gloria de Cristo, conforme a la ley del mismo Cristo.
Te pedimos todo esto en tu nombre, Jesús. Amén.
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