IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
La vida cristiana no es un paseo tranquilo sino una carrera agónica, una lucha constante contra el pecado interno y la oposición externa. El autor de Hebreos usa la palabra "agón" para describir esta carrera, la misma raíz de "agonía", porque seguir a Cristo implica esfuerzo sostenido, disciplina y persistencia. No se trata de correr cien metros con entusiasmo pasajero después de un buen sermón, sino de mantener el paso durante toda la vida, despojándose de todo peso que retarde el avance. Hay cosas que no son pecado en sí mismas —la televisión, un reloj costoso, ciertas relaciones— pero que pueden convertirse en lastre si consumen tiempo, alimentan el orgullo o desvían la mirada de lo que realmente importa.
El enfoque de esta carrera debe estar puesto en Jesús, autor y consumador de la fe, no en compararnos con otros creyentes para sentirnos mejor. Cristo soportó la hostilidad de los pecadores, la vergüenza de una cruz reservada para los peores criminales, y la repulsión constante de vivir como ser absolutamente santo en un mundo completamente pecaminoso. Pero menospreció todo eso porque tenía la mirada fija en el gozo puesto delante de él. Pablo lo entendió igual: consideró todo como basura comparado con el incomparable valor de conocer a Cristo.
Cuando la vida cristiana parece demasiado dura, el pastor Núñez recuerda la pregunta del texto: ¿dónde está tu sangre? Todavía no hemos resistido hasta derramarla. Considerar la cruz de Cristo pone en perspectiva cualquier sacrificio terrenal.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
Hebreos 12, los primeros cuatro versículos: un pasaje que motiva el corazón del creyente, que lo exhorta, que lo confronta. Tiene muchas cosas contenidas en esos breves cuatro versículos, y la idea de hoy es, primero, dar un breve resumen de lo que fue el sermón anterior, para tomarlo ahí y darle continuidad en el día de hoy, y poder completar los primeros cuatro versículos de Hebreos 12.
Quisiera entonces que le llegáramos comenzando desde el versículo 1 de Hebreos 12, y dice así la Palabra de Dios: "Por tanto, puesto que tenemos en derredor nuestro tan gran nube de testigos, despojémonos también de todo peso y del pecado que tan fácilmente nos envuelve, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante. Puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, quien por el gozo puesto delante de Él soportó la cruz, menospreciando la vergüenza, y se ha sentado a la diestra del trono de Dios. Considerad, pues, aquel que soportó tal hostilidad de los pecadores contra sí mismo, para que no os canséis ni desmayéis en vuestro corazón, porque todavía en vuestra lucha contra el pecado no habéis resistido hasta el punto de derramar sangre."
En estos primeros cuatro versículos, el autor compara metafóricamente la vida cristiana con una carrera, con una carrera de competición, con una competencia. Como vamos a ver a lo largo del mensaje, tiene mucha utilidad comparar la vida cristiana de esta manera con una carrera. Hay muchas cosas y principios aplicables que se dan en las carreras deportivas que pueden ser también aplicables a la vida cristiana.
Lo primero que vemos en el primer versículo es la exhortación, el llamado del autor de que corramos la carrera que tenemos por delante, que la corramos con paciencia. Es un llamado, es una exhortación. Hay que involucrarnos en un tipo de carrera que es literalmente agónica en muchos casos. La palabra en el original que el autor usa para describir esta carrera es "agón", precisamente, que define lo que es una agonía.
Muchas veces nosotros vemos la vida cristiana como, literalmente, algo que es color de rosa, donde estamos supuestos a enfrentar los menores problemas posibles, los menores conflictos posibles, las menores luchas posibles. Pensamos que el llamado del creyente es vivir en paz, y ciertamente hay una paz que experimentamos, pero no es por la ausencia de dificultades y conflictos y problemas. Es porque en medio de las dificultades y los conflictos tenemos a aquel que venció por nosotros, y en eso encontramos paz. Pero literalmente, la vida cristiana es en primera instancia una lucha contra el pecado que habita en nosotros mismos primero, y también contra el pecado que nos rodea, ya sea en nuestro círculo laboral, en nuestra familia, en nuestra sociedad.
Es una carrera, y esa carrera es una carrera por la santidad. La meta es la imagen de Cristo. Mi trayecto es mi proceso de santificación, y en la medida en que voy corriendo y voy avanzando hacia esa meta, esa figura, el carácter de Cristo, voy acercándome a la meta de finalizar mi carrera. Obviamente, nunca en esta vida vamos a terminar esa carrera. Nunca vamos a llegar a la imagen perfecta y precisa de Jesucristo, de su carácter perfecto, pero obviamente es la aspiración y la meta que se nos pone delante, y en ese proceso de santificación hay agonías, hay luchas, hay dificultades.
Esta es la razón por la que el autor dice: "Corramos la carrera que tenemos por delante con paciencia." El original implica persistencia. Tenemos que ser persistentes y disciplinados, de la misma manera que el corredor de competencias se prepara para correr en la carrera: se disciplina, se abstiene de ciertas cosas, se abstiene de ciertos gustos, de comidas, de placeres, de trasnochadas, de muchas cosas. De la misma manera que el corredor lo hace, así mismo el cristiano debe en su carrera abstenerse de muchas cosas. Y a diferencia del corredor deportivo, que hace todo ese sacrificio por conseguir una corona que al final es temporal y se desvanece —al final la gente se olvida del reconocimiento que en un momento le dio a ese corredor—, nuestra carrera tiene una meta y una corona que es incorruptible, que no se termina, que no se agota, que es eterna en los cielos y reservada para aquellos que seamos fieles.
Entonces, la meta es la imagen de Jesucristo. Mi carrera, mi camino, es el proceso de santificación, y debo correrlo con determinación, con persistencia y con disciplina. Muchos de nosotros somos corredores de poca longitud, de poca duración. No sabemos cultivar esta virtud de ser persistentes en las decisiones de santidad que tomamos. Muchas veces oímos un buen sermón y tomamos una serie de decisiones a raíz de ese buen sermón, y las próximas dos semanas son las mejores semanas en nuestro caminar cristiano. Pero a las dos semanas caemos en los mismos hábitos, en las mismas cosas de las que dijimos, después del sermón, que no vamos a volver a caer. O vamos a un retiro, oímos una exhortación, somos confrontados por alguien, leemos la Palabra, tomamos decisiones, y prontamente, al poco tiempo, como si fuéramos corredores de 100 metros o de 400 metros, nos agotamos, nos cansamos y volvemos a los mismos patrones.
Este es el tipo de carrera que se nos llama a tener en el libro de Hebreos. Se nos llama a correr la carrera, la agonía, con persistencia, con determinación, pensando que es una carrera de larga distancia, una carrera que va a requerir mucha dedicación a través del tiempo.
Lo segundo que el autor de Hebreos hace, aparte de este llamado a la carrera, es decirnos que hay una gran nube de testigos que nos precedieron, que nos informan que la vida de fe en Dios es la vida que es digna de ser vivida. Esa es la nube de testigos a la cual hace referencia el versículo 1. Literalmente dice: "Por tanto, puesto que tenemos en derredor nuestro tan gran nube de testigos." Esa debería ser nuestra motivación: ver la historia de los hombres y las mujeres de Dios, ver los sacrificios que esa gente estuvo dispuesta a hacer, y nosotros entonces ser motivados por su ejemplo, por literalmente entregar sus vidas en beneficio de la causa de Dios. Eso debería ser para nosotros un motivo de empuje, un motivo de entusiasmo, un motivo de energía para continuar nuestra carrera siendo fieles en cada cosa que el Señor nos ha llamado a ser.
De hecho, si revisamos el capítulo 11 de Hebreos, el que está antes de este 12, hay una lista de personas: de Abraham, de Jacob, de Moisés, de Gedeón, de Sansón, de Sara, de Rahab, una serie de hombres y mujeres. De hecho, le han llamado a ese capítulo "el salón de la fama de la fe", porque hay un resumen de todos aquellos que dieron su vida en beneficio de la causa de Dios. Y es para nosotros en donde está esa gran nube de testigos. Es como si se nos presentara su ejemplo a manera de contrastar nuestra vida y decir: "A la luz de lo que esta gente vivió, deberíamos nosotros vivir con un mayor nivel de compromiso que se corresponda con los sacrificios que esta gente hizo." Esa es la gran nube de testigos que está puesta delante de nosotros.
Aparte del llamado, está la motivación a correr. En tercer lugar, se hace una recomendación de cómo correr: "Despojémonos de todo peso y del pecado que tan fácilmente nos envuelve." Es una recomendación de correr ligero, de despojarnos de todo aquello que nos quita velocidad, que nos quita intensidad en nuestro caminar cristiano. Hay cosas que son pesos que no son pecado, y es importante hacer esa diferencia, porque el autor hace esa diferencia. Hay cosas que literalmente nos retardan en nuestro caminar como creyentes, en nuestro caminar cristiano, y que no necesariamente son malas en sí mismas. Por ejemplo, ¿la televisión es pecaminosa? No es pecaminosa en sí misma; es un objeto electrónico donde se transmite información, eso no tiene condición moral. Pero si yo veo 18 horas de televisión diaria, ¿qué avance voy a ver en mi vida, en mi caminar con Dios? Como sabemos, la mayor parte de lo que se presenta en televisión son asuntos sin importancia. Entonces, en ese momento la televisión, aunque no es mala en sí misma, se puede transformar en un peso para mí.
Así como la televisión, puedo poner de ejemplo cosas materiales. ¿Es pecado tener un reloj lujoso o costoso en la mano? No, siempre y cuando ese reloj no te enorgullezca. Si te enorgullece y se convierte en un motivo de orgullo, y piensas que vales más que el otro porque tienes un reloj, entonces es un peso para ti, es un peso para tu alma. Y así como eso, pueden haber muchas otras prácticas, hábitos, posesiones, relaciones y asociaciones que pueden representar para nosotros pesos en nuestro caminar con Dios, y que no son en sí mismas pecado. La exhortación dice: "Despójate de eso. Te retarda en tu vida de santificación, en alcanzar la meta de la imagen de Jesucristo."
La Escritura algo más nos dice: que nos despojemos del pecado que tan fácilmente nos envuelve, o que nos envuelve con facilidad. En el original es que nos arropa con facilidad, y si nosotros nos descuidamos con algunos hábitos y tendencias naturales que hay en nosotros, vamos a ser arropados por esos hábitos y esas tendencias. A veces hay tendencias de ira en nosotros, que ante la menor provocación de otra persona hacia mí, inmediatamente somos arropados por el pecado de la ira y ofendemos al otro, lo agredimos en una ira descontrolada. A veces tiene que ver con el pecado de la lujuria, cómo sutilmente —y mayormente los hombres— nos dejamos llevar y arrastrar por la belleza, la sensualidad y el erotismo de imágenes, personas y mujeres que tenemos a nuestro alrededor. Y si no estamos percatados de que es fácil ceder a esa tentación, vamos a ser envueltos con facilidad.
A veces las mujeres son envueltas con facilidad con el materialismo, con la vanidad, con la moda, con el qué dirán. "Yo me vestí para el otro, no para mí." Con facilidad nos dejamos envolver a veces en la vida materialista, el valor de lo material por encima de lo que realmente significa nos envuelve con facilidad, y si nos descuidamos, vamos a ser envueltos en ese pecado y vamos a retrasar nuestra carrera de santidad.
El pecado nos envuelve con facilidad porque nosotros, lamentablemente, todavía —que somos hijos de Dios, aquellos que hemos aceptado a Cristo como Señor y Salvador y hemos entregado nuestra vida, queremos vivir según su Palabra— a pesar de eso hay una naturaleza pecadora que está presente en nosotros, y si no tratamos con ella, vamos a caer con facilidad en sus insinuaciones, en sus motivaciones.
La carrera debe ser corrida, primero, con determinación, con firmeza, con persistencia; es una carrera larga. Número dos, debe ser corrida considerando que hay un grupo de gente que nos antecedió, que nos ha dejado ejemplo, que nos debe motivar y empujar a un mayor nivel de compromiso. Pero debe ser corrida con el menor peso posible y con el menor pecado posible.
Pero lo próximo que plantea el autor de este escrito es algo que es sumamente importante en toda carrera deportiva: dónde vas a fijar tu mirada. Al pelotero se le dice: "Mira la bola, no el pitcher." Al que juega golf se le dice: "Mira la bola, no el hoyo." Al que juega baloncesto: "Mira la canasta, no la bola." Al corredor se le dice: "Mira la meta." Hay un enfoque que tenemos que tener en toda carrera deportiva, y la figura de la meta en la carrera comparada con la vida también sirve para esto: hay un enfoque en nuestro correr, en nuestra vida de santidad, que debe ser Jesucristo, autor y consumador de la fe.
En todo momento vamos a ver qué implica esos términos, pero mi enfoque debe ser primordialmente en la persona de Jesús. A veces nosotros desarrollamos un hábito, lo que le llaman un nivel de santidad cultural. Somos tan santos como más o menos nuestro entorno parezca y luzca. Nos comparamos: "Bueno, pues yo no estoy tan mal como Fulano; Fulano es un barbarazo." Y desarrollamos cierto grado de orgullo espiritual pensando que no estamos tan mal como Fulano o como Fulana.
"Yo no soy tan pecador como aquel individuo." Pero, ¿quién ha dicho que mi comparación y mi estándar es aquel individuo, o este hermano, o esta hermana, o el pastor? El estándar es Cristo. Y como Él siempre estará muy por encima de nosotros, en la medida en que fijemos nuestra mirada en su caminar de santidad, vamos a desarrollar un sano sentido de humildad con respecto a nosotros mismos. Siempre nos entenderemos sanamente humildes, sabiendo que nunca alcanzaremos su estándar.
Pero a la vez que sabemos que nunca alcanzaremos su estándar, no es una actitud tampoco de derrota, sabiendo que "yo nunca voy a llegar". No. Sabiendo que porque Él llegó, yo he llegado también; Dios, a través del sacrificio de Jesucristo, me ha dado salvación. Por lo tanto, hay una cierta tranquilidad y paz que obtengo de ver a Cristo, porque su vida me salvó, y al mismo tiempo su vida es mi modelo, y tengo que ir caminando en pos de ese modelo.
"Puestos los ojos en Jesús", es lo que dice el texto. En griego literalmente significa: quiten los ojos de todo lo demás y pónganlos en un punto fijo. Y no es por casualidad que dice que quitemos los ojos de todo lo demás y los pongamos en un punto fijo, porque la tendencia de nosotros los seres humanos es a distraernos con todo. Con cosas tan sencillas como: estamos hoy en un sermón y quizá la mente está en el carro, en que la olla la dejé prendida; cosas como esa. O a veces cosas mayores: mi hijo tiene fiebre, en el trabajo tengo problemas, me cancelaron el jueves, ¿qué voy a hacer en las vacaciones próximas? Somos tan dados a distraernos.
Pero esas son cosas menores y pequeñas; no es a eso tanto que se refiere el texto. Se refiere a la distracción del enfoque de la vida, a cómo nosotros tendemos a quitar la vista de las cosas que son verdaderamente importantes y a ponerla en cosas que no lo son. En este caso, cómo tenemos la tendencia de quitar nuestra vista de Dios —que es lo supremamente importante en la vida de todo ser humano— y ponerla en aquellas cosas que son mínimamente importantes: lo que poseemos, lo que tenemos, el trabajo que hacemos.
Todas esas cosas tienen cierta importancia en la medida en que sirvan para glorificar también a Dios. Dios nos llama a ser buenos empleados, a ser buenos esposos, a ser buenos en todo; eso es bueno. Lo que no pueden hacer es distraernos y convertirse en el objetivo de la vida a expensas de Dios, cuando Él es el valor supremo de cada uno de nosotros. Puestos los ojos en Jesús: quiten toda visión de todo lo demás y enfóquenla en aquel que ha sido y que es el autor y consumador de nuestra fe.
Pero hay un enfoque en particular que debemos tener sobre la persona de Jesús, y es cuando se refiere a nuestra lucha contra el pecado. Fíjense que el versículo 3 dice: "Considera, pues, a aquel que soportó tal hostilidad de los pecadores contra sí mismo, para que no os canséis y os desaniméis en vuestro corazón." Hay una lucha con el pecado, y yo mencioné eso: hay una lucha con el pecado interno y una lucha con el pecado que nos rodea.
Esa lucha con el pecado interno primero tiende a cansarme, tiende a frustrarme. A veces es frustrante estar lidiando con un hábito pecaminoso día tras día, año tras año, y pensar que no ha habido avance. Nos frustramos, desfallecemos, decimos: "Yo nunca voy a salir de esta situación, yo nunca voy a poder vencer este hábito, esta práctica, esta costumbre, este pecado." Y nos cansamos. Cuando pensemos de esa manera, sepamos que Cristo venció por nosotros en primer lugar, y además, que porque Él venció, yo también venceré, nos dice su Palabra.
Pablo, en esta lucha interna con el pecado personal, se llegó a sentir frustrado hasta cierto punto. En Romanos 7, si leemos todo el capítulo, particularmente los últimos dos versículos, nos habla de esta frustración que a veces el mismo Pablo sentía con la lucha del pecado personal. Él decía en el versículo 24: "¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?" ¿Quién me va a librar de este cuerpo que siempre tiene la tendencia a hacer algo que yo no quiero que haga, que va en direcciones que mi hombre interior, mi espíritu, mi corazón sabe que no están bien, y que yo no quiero ir en esa dirección, pero mi cuerpo me hala en esa dirección?
Pablo expresa eso en el versículo 24, pero miren lo que agrega en el 25: "Gracias a Dios, por Jesucristo Señor nuestro." En otras palabras, cuando Pablo veía su frustración interna miraba a Cristo y decía: "Gracias por Cristo, que Él venció. Él venció, porque si fuese por mí, yo no podría." Es útil y sano para nuestra vida, en nuestra lucha contra el pecado personal, saber que Cristo venció el pecado por nosotros. Y si Él venció, yo vencí en su cruz; es una realidad espiritual: mi pecado fue crucificado. Ahora hay una lucha con la naturaleza pecadora que queda, ciertamente, pero podemos librarla basados en su obra por nosotros.
Esto es lo primero que podemos sentir en la lucha del pecado personal: cansancio. Pero hay otra cosa que agrega el libro aquí en el versículo 3, y es el desánimo. ¿Cuántas veces nosotros nos desalentamos, nos desanimamos con la vida cristiana o con el caminar que nos ha tocado? Aparte de la frustración con la lucha del pecado interno, hay desánimo por la oposición que a veces recibimos por la manera en que queremos vivir. A veces recibimos oposición de un jefe, recibimos oposición de la familia, recibimos oposición de los amigos; el ambiente social nos abruma, nos desalienta, nos cuestiona: "¿No seré un fanático? ¿No estaré cayendo en la locura?" Todo ese tipo de preguntas nos hacen dudar, incluso cuando queremos hacer las cosas bien.
Increíblemente, lo contrario debería suceder: cuando alguien ve a otro querer hacer las cosas bien, debería apoyarlo, motivarlo, empujarlo. La Palabra, en 2 Timoteo 3:12, dice: "En verdad, todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús serán perseguidos." Sabemos que hoy en día no hay una persecución policial ni jurídica contra los cristianos aquí; hay algunos países que sí lo están haciendo, pero por lo menos nuestro país no es así. La persecución es más bien de principios, de ideas; el tipo de vida que yo quiero vivir choca con el tipo de vida que otros quieren vivir.
Comenzando con mis creencias, cuando yo comparto a alguien le comparto que Cristo es el único camino para llegar a Dios, hay una oposición en muchos que dicen no, porque alguien ha dicho que todas las religiones son lo mismo, son iguales, son parecidas, van al mismo camino. No voy a entrar en toda la discusión teológica, pero ese es el tipo de oposición que recibimos. Por además queremos hacer las cosas bien, queremos serles fieles a nuestras esposas, y los amigos nos dicen: "Tú sí eres pido, déjate controlar, si le das el brazo a la mujer te va a coger el cuerpo entero, tú no tienes que estar llamando a tu casa tanto, tú eres un hombre." ¿Qué tiene que ver con que yo sea un hombre que me guste llamar? No sé. Y la mujer siente también ataques por otro lado: de que no tiene que dar explicación a su marido, de que no le debe nada a su marido, no le debe respeto a su marido. Toda una serie de oposiciones y de persecuciones de verdades, de principios, de estilos de vida que queremos llevar, y el mundo nos dice y el pecado nos dice que hagamos otra cosa.
Y nos desalentamos en la carrera, nos desalentamos, pensamos que estamos solos, pensamos que no hay compañía. Esa es la razón por la que se nos dice: "Miren toda esta nube de testigos que nos han precedido, y que muchos de ellos murieron solos, sí, pero aplaudidos por Dios." Aplaudidos por Dios: al final, esa es la meta final, debería ser la meta final de cada uno de nosotros. Aplaudidos por Dios.
Ante estas dos tentaciones —de cansarnos en la lucha contra el pecado personal o desalentarnos con la oposición a lo que creemos y al tipo de vida que queremos llevar— el autor dice: "Miren a Jesús, autor y consumador de la fe." Aquel que fue capaz de soportar tal hostilidad de los pecadores contra sí mismo. Hay una cosa señalada aquí: no tenemos idea de lo pesado que era para Cristo el pecado alrededor de Él.
Hay un refrán que dice que al ladrón que le roba otro ladrón tiene mil años de perdón, ¿verdad? Cuando alguien está haciendo las cosas indebidas, acepta otras cosas indebidas; su nivel de sensibilidad a lo mal hecho es bajo, no se molesta tanto con lo mal hecho porque vive sumergido en lo mal hecho. Pero en la medida de lo posible, piensen en un ser que es absolutamente santo, que no ha conocido pecado ni de acción ni de actitud. Cristo nunca tuvo una actitud pecaminosa, una inclinación pecaminosa. ¿Qué debe ser que lo saquen de ese entorno de santidad y lo coloquen en un entorno totalmente pecaminoso? Para que ustedes puedan entender un poquito la repulsión que posiblemente Cristo sintió en toda su vida, en el medio en que Él se desenvolvía.
Bien, ustedes saben que Isaías dijo que fue un varón de dolores, experimentado en aflicción. Cristo vivió mayormente su vida afligido por el nivel de pecado que Él tuvo que presenciar, ser testigo de eso, vivir en medio de ese pecado, afligido. Aun así, aun teniendo una mayor sensibilidad hacia el pecado —mucho mayor que la de nosotros— soportó la hostilidad de los pecadores contra Él. La soportó hasta la cruz. Hasta la cruz.
Y esa es la razón por la que se ha convertido en nuestro autor, en el original, nuestro pionero. El mejor modelo para ver una fe que funciona, que es vivida de manera perfecta. Cristo es el pionero, el líder de nuestra fe. En el original no dice "nuestra fe", sino "de la fe", de la vida de fe, de la vida que confía en Dios, que deposita todo lo que es y todo lo que quiere y todo lo que piensa en Dios, sabiendo que Dios es galardonador de aquellos que en Él ponen su confianza. Y no piensen que Jesús no tuvo que vivir una vida de fe porque era Dios, pero la Palabra no es eso lo que nos revela.
La Palabra nos dice que Cristo fue el autor, el líder, el pionero de la fe, pero además de eso el consumador de la fe. En otras palabras, fue quien llevó la vida de fe a ser vivida de una manera perfecta. No hubo un momento de duda ni de incredulidad en el corazón de Jesús en ningún momento de su vida. Eso lo mantuvo firme en su camino de santidad, porque al final, hermanos, todo pecado —todo pecado, todo pecado— su razón básica es la incredulidad y la falta de fe. Cuando yo cometo un pecado, yo le creo al pecado más que a Dios. Dios me ha dicho: "El pecado nada bueno te va a traer, el pecado va a afectar tu alma, va a afectar tu corazón, va a afectar tus relaciones." Y cuando yo he decidido pecar y ceder ante la inclinación natural —puede ser de mi cuerpo, puede ser la tentación y la presión del grupo, lo que sea— yo he decidido creer otra cosa y no la voz de Dios. Todo pecado es un acto de incredulidad contra Dios.
En otras palabras, la santidad de Cristo fue gracias a su fe perfecta y completa en la Palabra total de Dios. El primer pecado de la humanidad fue literalmente eso: nuestros primeros padres habían recibido una instrucción muy clara de Dios: "Cuando comas de esto, ciertamente morirás." Y la tentación fue precisamente poner en duda la Palabra de Dios. Esa es la esencia del pecado: poner en duda lo que Dios ha dicho. Y al final vemos que mientras más pecado haya en mi vida, más incredulidad hay en ella. Yo estoy no creyéndole a Dios lo que Él ha dicho acerca del pecado y acerca de mi naturaleza, y por esa razón carezco de santidad.
Cristo, autor y consumador de la fe, es el modelo a seguir, es la meta que tenemos que lograr, es lo solo que nos mantiene alineados en la carrera. Ya nos hemos despojado del peso, hay gran nube de testigos que nos han precedido y que nos han dado el testimonio de que la vida de fe es la vida a ser vivida. Pero hay algo más: ¿cuál es el premio a obtener? ¿Cuál es la motivación de correr esta carrera con la intensidad que se nos pide, con la persistencia que se nos pide?
Y está aquí en el texto. Específicamente se nos dice de Jesús lo siguiente: "Puestos los ojos en Jesús, el autor, el pionero y consumador, el perfeccionador de la fe, quien por el gozo puesto delante de Él soportó la cruz, menospreciando la vergüenza, y se ha sentado a la diestra del trono de Dios." Dos cosas motivaron a Jesús a vivir la vida que vivió: uno, el gozo puesto delante de Él; y número dos, el triunfo, luego de haber vencido y haber hecho la obra de redención y sentarse a la diestra de Dios.
Para eso, lo que puede pasar desapercibido en ese pasaje —nos podemos concentrar en el gozo, nos podemos concentrar en el triunfo— pero ahí de por medio está que menosprecó la vergüenza. Yo creo que esto no es fácil de entender, porque creo que explica mucho de nuestras actitudes en nuestra carrera cristiana. Literalmente lo que significa "menospreciar" es tener en poco valor. La vergüenza es la deshonra que Cristo experimentó al venir a la tierra. Filipenses 2, versículo 5 en adelante nos dice que Él, siendo igual a Dios, no estimó el ser igual a Dios como algo a lo que se aferrara, sino que se despojó a sí mismo, tomó forma de hombre, y en forma de hombre se hizo siervo, y como siervo, obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.
Altamente vergonzoso, el proceso de Cristo desde la gloria hasta la cruz. La cruz, como herramienta para asesinar a una persona, era una herramienta de vergüenza. El objetivo de la cruz era básicamente doble: uno, infligir el mayor dolor posible; pero sobre todo, producir la mayor vergüenza posible. Esa era la función de la cruz como herramienta de muerte. Era reservada para lo peor de los peores, los peores criminales, los que menos respeto levantaban en la gente —o ningún respeto— eran los que se usaba para crucificarlos. Se crucificaban totalmente desnudos en una vía pública donde todo el mundo podía ver la vergüenza, la ignominia y la deshonra de la persona.
Pero además de eso, una vez que la persona era muerta, normalmente su cuerpo era dejado allí, colgado, hasta que se descompusiera o hasta que las aves de rapiña se lo comieran. La razón por la que el cuerpo de Cristo fue bajado antes de que atardeciera era básicamente porque era la época de la Pascua, una época religiosa judía de pureza donde no podía dejarse un cadáver expuesto. Pero la intención de la cruz era esa. Para los judíos, el que moría en un madero era maldito por Dios; para los romanos, era tan repugnante la idea de la crucifixión que literalmente hubo filósofos que propusieron que el término "cruz" y "crucifixión" fueran eliminados del vocabulario griego. No queremos ni hablar de eso.
Esa es la razón por la que en 1 Corintios Pablo viene a decir que la palabra de la cruz es piedra de tropiezo para los judíos y locura para los gentiles. En otras palabras, los judíos no conciben cómo su Mesías puede ser este individuo crucificado en una cruz, que es un símbolo de maldición. No me entra. Pero los gentiles decían: "Esto es una estupidez lo que estás predicando. ¿Cómo que Dios hecho hombre colgado en una cruz, algo de lo que no queremos ni hablar? Eso es una estupidez increíble." Cristo soportó eso. Los judíos le dijeron maldito y los romanos le dijeron estúpido. Es la vergüenza del Hijo de Dios, y Él soportó la vergüenza.
Pero ojo, lo que dice ahí es que menosprecó la deshonra. En otras palabras, a Él le importó poco la deshonra. No la tuvo como valiosa lo que Él estaba pasando, sino que valoró el gozo mucho más allá de lo que significaba la deshonra. Y esta característica de valorar la gloria futura y no valorar los padecimientos presentes es una característica de los hombres y las mujeres de Dios.
En el caso de Moisés, en el capítulo 11 de Hebreos, versículo 26, dice que Moisés dejó su gloria en Egipto. Moisés llegó a ser príncipe de Egipto, era nieto de crianza del faraón, y dice lo siguiente en el versículo 26: "Considerando como mayores riquezas el oprobio de Cristo que los tesoros de Egipto, porque tenía la mirada puesta en la recompensa."
Pero Pablo, más adelante, en 2 Corintios 4:17, dice lo siguiente: "Pues esta leve aflicción..." Oigan esto: leve aflicción. Él acaba de decir que está agotado, mas no derrotado; que está atribulado, mas no impedido. Él dice: "Esta aflicción leve y pasajera nos produce un eterno peso de gloria que sobrepasa toda comparación, al no poner la vista en las cosas que se ven, sino en las que no se ven, porque las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas."
Hay una capacidad que debemos desarrollar en la que podamos visualizar las cosas eternas como reales y valiosas, y que podamos ver las cosas terrenales como lo que son: temporales. Pero yo siento que muchos de nosotros, y ahí está quizás el problema de nuestro caminar cristiano, nuestra carrera cristiana, es que hacemos lo inverso. Sobrevaloramos lo material y lo terrenal e infravaloramos lo celestial y lo eterno. Increíble. Hasta ahí nos llega a confundir el pecado.
En el caso de Cristo, la razón por la que pudo mantener esta vida de fe fue que valoró el gozo y la gloria más que la vergüenza que pasó. En el caso de Moisés, valoró más a Cristo y la recompensa futura que los tesoros de Egipto. En el caso de Pablo, este padecimiento leve y pasajero no es nada comparado con la gloria revelada. Lo dice en Romanos 8:18: "Pues considero que los sufrimientos de este tiempo no son dignos de ser comparados con la gloria que nos ha de ser revelada."
Pablo... yo no voy a leer el pasaje donde se narra cuántas veces lo apedrearon, lo azotaron con látigos, le hicieron cada cosa. Y él dice que nada de esto es digno de ser comparado. No hay comparación, no hay punto de comparación entre los padecimientos que pasamos aquí y la gloria futura. Eso no se puede comparar. La gloria es mucho mayor, mucho más deseable.
Oigan lo que él dice en Filipenses 3: "Pero todo lo que era para mí ganancia, lo estimé como pérdida por amor de Cristo. Y aún más, yo estimo como pérdida todas las cosas en vista del incomparable valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor, porque en Él lo he perdido todo y lo considero como basura, a fin de ganar a Cristo." Pablo tenía su vista bien puesta. A los colosenses les dice que quitemos nuestra vista de las cosas de aquí y pongamos nuestra mirada en las cosas de arriba. Pablo tenía su mirada bien puesta, bien colocada.
Incomparable valor de conocer a Cristo. ¿Qué tan valioso es para ti conocer a Cristo? ¿Qué tan valioso es para ti imitar su ejemplo? ¿Qué valor le das tú? Ponle un precio. ¿Vale tu trabajo? ¿Vale tus relaciones sociales? ¿Vale tu vida? ¿Vale la pena serlo por eso? ¿Vale eso? Esa es la pregunta que nosotros tenemos que hacernos. "Lo considero como basura, a fin de ganar a Cristo." La palabra en el original es estiércol. Lo considero estiércol, nada menos que basura, todo lo demás, todo lo que sea diferente a mi Señor.
Y lo de aquí abajo, oigan, no es que vamos a vivir en un fatalismo de que nada tiene valor, ¿no? Tiene valor, porque todo lo que hacemos puede glorificar a Dios. Nos dice 1 Corintios 10:31: "Sean que coman o beban, háganlo todo para la gloria de Dios." Todo lo que hacemos aquí abajo tiene un valor a la luz de lo que eso representa para nuestro Dios. Pero no tiene valor en sí mismo; es temporal, pasajero, se queda aquí. Solamente va a durar algunos años y se va.
Alguien el viernes pasado, en el grupo de jóvenes adultos, comentaba que Alejandro Magno, cuando murió, dejó instrucciones de que los tesoros de su reino, que habían sido acumulados a lo largo de años y años de conquista —los 33 años que vivió Alejandro Magno—, fueran colocados en el trayecto desde el palacio hasta el cementerio, colocados a los lados, y que en su ataúd le sacaran los brazos, que él fuera ahí con los brazos abiertos y las manos abiertas, y que los médicos llevaran su ataúd así. Y se conoció que las razones por las que quería que eso fuese así eran: primero, que los médicos llevaran el ataúd, porque ni todas las riquezas ni todo el poder pudieron evitar su muerte; la muerte es inminente. Segundo, nada traje al mundo, nada me llevo; nada de esto vale. Miren cómo me voy con las manos abiertas y vacías.
Y yo le decía a esa persona que comentó —y nos reímos un poco— que lo importante hubiese sido que lo hubiese vivido así, no que lo hubiese dicho al morir. Es muy fácil en tu lecho de muerte decir que el dinero no es importante, pero vivir sin darle tal importancia es otra cosa. Por su ejemplo está bueno; pero lo mejor hubiese sido que él tuviese ese convencimiento y también tuviese la disciplina de vivir según esa verdad. Nada trajimos, nada nos llevamos. ¿Qué tiene más valor: lo terrenal o lo eterno, lo terrenal o lo celestial?
Pero una reflexión final. El autor de Hebreos, sabiendo que el ser humano está esquivo cuando se le hacen este tipo de exhortaciones, anticipa que pueden venir argumentos como: "Sí, yo quisiera correr la vida cristiana con paciencia, con determinación, despojándome de todo peso, del pecado. Sí, sí, porque no es fácil la vida cristiana, ¿sabes? No es fácil. Tú no sabes lo que se vive en la casa en que yo vivo. Tú no sabes lo que es tener el negocio que yo tengo. Tú no sabes lo que es tener la familia, el trabajo, el profesor, el hijo que yo tengo. Lo que yo vivo en mi realidad es difícil. Uno trata de vivir así como la Palabra dice, pero es difícil."
Y el autor de Hebreos se anticipa a eso y agrega en el versículo cuatro: "Porque todavía en vuestra lucha contra el pecado no habéis resistido hasta el punto de derramar sangre." ¿De qué te quejas? ¿Tú crees que es dura la vida cristiana? Es dura. Muéstrame tu sangre, la que tú has derramado por la vida cristiana. Si no has derramado sangre, no digas que es dura. Considera —eso es lo que dice el versículo tres—, pondera; es la palabra: en la lucha, pondera, sopesa el sacrificio de Jesucristo. Y cuando tú piensas que la vida cristiana es dura, considera a Cristo en la cruz, y en tu mente lo ves, y si le dices: "Señor, esto es muy duro para mí", cuando tú veas la cruz y te la imagines, si lo consideras y lo ponderas, vas a decir: "No hay sacrificio, no hay abstención, no hay nada que valga ante este sacrificio supremo de Jesucristo en mi favor."
¿Dónde está tu sangre? Nosotros no sabemos nada de lo que significó e implicó para el Hijo de Dios su cruz. No sabemos. Quizás la Palabra nos dice algo, pero al final, solo sabremos cuando lleguemos allá arriba y veamos la majestad de Dios, la santidad de su presencia. Yo no sé si va a haber duda allá arriba; yo no creo que haya dudas. Pero si alguna duda pudiera existir, sería: "Señor, ¿cómo dejaste tu gloria para ensuciarte las manos con nosotros? ¿Cómo?" Cuando veamos su grandeza, su majestad, su santidad: "Sí, Señor, Tú estabas satisfecho en Ti mismo. ¿Y qué?" Y vamos a caer y decir: "Señor, gracias. Gracias, Señor, que Tú no tuviste nada de esto como valioso, sino que te entregaste por mí."
Y quizás, si podemos pensar retrospectivamente, diremos: "¿Cómo pudo ser que yo en un momento de mi vida dudé en entregarle esto al Señor, en entregar aquello al Señor?" Yo sé que en su presencia todas esas respuestas quedarán satisfechas, quedarán resueltas. Y quizás lo que nos quedará —no creo que haya ese sentimiento, porque no va a haber lloro ni lágrima ni tristeza— pero el sentimiento de: "Señor, perdóname que no hice más. Perdóname que no corrí mejor. Perdóname que no te glorifiqué más." Pero el Señor, en su gracia, nos va a abrazar y nos va a decir: "Olvídate de eso; estás aquí."
Hay un llamado a correr. Hay un llamado a correr con paciencia y con persistencia sin cansarnos, mirando la gran nube de testigos que nos antecedió, mirando a Cristo, sin peso, sin pecado, sin dudar en dejar esas cosas que nos impiden correr de una manera que glorifique a Dios, pensando en el gozo y en el triunfo más que en los sacrificios terrenales que al final no tienen ninguna importancia. Y si al final nos queda duda, si nos queda duda de venir a correr con entusiasmo y diligencia, pensemos en la cruz, en aquel que soportó tal hostilidad de los pecadores contra sí mismo. Pensemos en eso.
Integridad y Sabiduría es una producción que llega hasta ustedes gracias a los aportes de individuos y empresas comprometidos con la defensa de la fe. Para más información, preguntas y comentarios, visite nuestra página de internet: www.integridadysabiduria.org. En esta página encontrará información sobre la producción de este y otros recursos que ponemos a su disposición, como también las formas en las que usted puede contribuir con la producción de programas como estos. Les invitamos nuevamente a visitar nuestra página de internet: www.integridadysabiduria.org. Será hasta la próxima, cuando nos reencontremos con Integridad y Sabiduría.