IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
No importa cuánto poder, dinero o prestigio acumule una persona, existe una condición que ningún recurso humano puede resolver. La historia de Naamán, el gran general sirio, lo ilustra con claridad: era un hombre admirado, victorioso, bien conectado con el rey, pero tenía lepra. Ese "pero" lo igualaba a cualquier mortal frágil e impotente. De la misma manera, todo ser humano —sin importar su posición— padece una lepra espiritual llamada pecado, que solo Dios puede sanar.
Lo extraordinario es cómo Dios conduce a Naamán hacia su sanidad: a través de una joven israelita secuestrada, sin importancia social alguna, que servía en su casa. Su testimonio fiel dio credibilidad a sus palabras cuando mencionó al profeta Eliseo. Las aflicciones de unos se convierten en bendición para otros; así ocurrió con José, así ocurrió supremamente con Cristo en la cruz. Naamán viajó más de cien kilómetros cargado de oro y cartas reales, confiando en que sus recursos resolverían todo. Pero Eliseo ni siquiera salió a recibirlo; solo envió un mensajero con instrucciones sencillas: sumergirse siete veces en el lodoso río Jordán.
Naamán se enfureció. El método le pareció humillante, demasiado simple, demasiado estrecho. Sus objeciones son las mismas que muchos levantan contra el evangelio: no les gusta la humillación de reconocerse pecadores, ni la sencillez del arrepentimiento, ni la exclusividad de Cristo como único camino. Pero cuando finalmente obedeció, no solo su piel quedó como la de un niño; su corazón fue transformado. Regresó agradecido, humilde, adorador del Dios verdadero. La sanidad no vino por la calidad del agua, sino por su confianza obediente en la promesa divina.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
Quisiera compartir con ustedes la Palabra. Algunos de ustedes conocen el pasaje y el texto donde David le pedía a Dios en un momento determinado, en el Salmo 119, lo siguiente: "Abre mis ojos para que vea las maravillas de tu ley." Ciertamente, en la Palabra de Dios hay maravillas a descubrir, hay verdades que son más valiosas que el oro y son mejores y producen más placer que el buen comer. Cuando uno descubre uno de esos tesoros, en la medida que uno se sumerge en la Palabra, pues uno se siente regocijado, uno se siente gozoso.
Ese ha sido mi caso en mi estudio últimamente en el libro de Segunda de Reyes. Es un libro rico en información sobre los reyes de Israel, sobre los reyes de Judá, que eran las dos porciones en que quedó dividida la nación de Israel, la nación judía. Sobre todo, da mucho detalle de la relación de esos reyes con Dios. Por ahí, en particular, hay una historia que al ver lo que enseña y la forma como está presentada cautiva a cualquiera. Es una historia que se trata de un personaje no judío, o sea, de un gentil, específicamente un general de nombre Naamán, un general sirio.
Una de las razones, o la razón principal por la que esa historia cautiva al lector, es porque presenta la necesidad que nosotros tenemos de Dios de una manera tan clara y fácil, y todos nos podemos sentir identificados con esa historia. Esa es justamente la razón por la que yo he titulado mi mensaje en el día de hoy: "No importa quién seas, necesitas a Dios." La historia que respaldará ese título será precisamente la historia de Naamán, que se encuentra en 2 Reyes 5:1-19. Es una porción un poco larga, pero es la historia completa, y hay que leerla para tener el sabor completo que tiene.
Yo quisiera que Dios abriera nuestros ojos en la medida que la leemos, en la medida que la explicamos y la exponemos, y que las maravillosas verdades que están contenidas en esta historia nos sean claras. Así que vamos a orar una vez más por la predicación de la Palabra.
Señor, delante de ti venimos, y junto con el salmista nosotros te queremos pedir, Señor, que tú abras nuestros ojos a las maravillas de tu Palabra. Hay tesoros escondidos, hay vida en tu Palabra, Señor. Así que háblanos, instrúyenos, confrontanos, edifícanos, clarifica nuestra mente, Señor, en la medida que tu Palabra sea expuesta. Que tu Espíritu haga un trabajo en el corazón profundo que solo Él puede hacer. En tu nombre, Señor, te pedimos estas cosas. Amén.
Bueno, pues vayamos a 2 Reyes 5 y leamos desde el versículo 1 al versículo 19.
"Naamán, capitán del ejército del rey de Aram, era un gran hombre delante de su señor y tenido en alta estima, porque por medio de él el Señor había dado la victoria a Aram. También el hombre era un guerrero valiente, pero leproso. Los arameos que habían salido en bandas se habían llevado cautiva a una muchacha muy joven de la tierra de Israel, y ella estaba al servicio de la mujer de Naamán. Y ella dijo a su señora: '¡Ay, si mi señor estuviera con el profeta que está en Samaria! Entonces él lo curaría de su lepra.' Entonces Naamán fue y habló a su señor el rey, diciéndole: 'Esto y esto ha dicho la muchacha que es de la tierra de Israel.' Y el rey de Aram le dijo: 'Ve ahora, y enviaré una carta al rey de Israel.' Y él fue y llevó consigo 340 kilos de plata y 6,000 ciclos de oro y 10 mudas de ropa. También llevó al rey de Israel la carta que decía: 'Cuando llegue a ti esta carta, comprenderás que te he enviado a mi siervo Naamán para que lo cures de su lepra.' Cuando el rey de Israel leyó la carta, rasgó sus vestidos y dijo: '¿Acaso soy yo Dios, para dar muerte y para dar vida, para que este me mande a decir que cure a un hombre de su lepra? Considerad ahora esto, y ved cómo busca pleito conmigo.' Al oírlo Eliseo, el hombre de Dios, que el rey de Israel había rasgado sus vestidos, envió aviso al rey, diciéndole: '¿Por qué has rasgado tus vestidos? Que venga a mí ahora, y sabrá que hay profeta en Israel.' Vino pues Naamán con sus caballos y con su carro, y se paró a la entrada de la casa de Eliseo. Y Eliseo le envió un mensajero, diciendo: 'Ve y lávate en el Jordán siete veces, y tu carne se te restaurará y quedarás limpio.' Pero Naamán se enojó y se fue, diciendo: 'Yo pensé que seguramente él vendría a mí y se detendría e invocaría el nombre del Señor su Dios, movería su mano sobre la parte enferma y curaría la lepra. ¿No son el Abaná y el Farfar, ríos de Damasco, mejores que todas las aguas de Israel? ¿No pudiera lavarme en ellos y ser limpio?' Y dio la vuelta y se fue enfurecido. Pero sus siervos se le acercaron y le dijeron: 'Padre mío, si el profeta te hubiera dicho alguna gran cosa, ¿no lo hubieras hecho? ¿Cuánto más cuando te dice: "Lávate y quedarás limpio"?' Entonces él bajó y se sumergió siete veces en el Jordán, conforme a la palabra del hombre de Dios, y su carne se volvió como la carne de un niño, y quedó limpio. Cuando regresó al hombre de Dios con toda su compañía, fue y se puso delante de él y le dijo: 'Ahora reconozco que no hay Dios en toda la tierra sino en Israel. Te ruego pues que recibas ahora un presente de tu siervo.' Pero él respondió: 'Vive el Señor, delante de quien estoy, que no aceptaré nada.' Y Naamán le insistió para que los recibiera, pero él rehusó. Y Naamán dijo: 'Pues si no, te ruego que de esta tierra se le dé a tu siervo la carga de un par de mulos, porque tu siervo ya no ofrecerá holocausto ni sacrificará a otros dioses sino al Señor. Que el Señor perdone a tu siervo en esto: cuando mi señor entre en el templo de Rimón para adorar allí y se apoye en mi mano, y yo me incline en el templo de Rimón cuando tenga que adorar allí, que el Señor perdone a tu siervo por esto.' Y él le dijo: 'Vete en paz.' Y se alejó de él a cierta distancia."
¡Qué historia! ¡Qué historia tan interesante, tan curiosa, tan llamativa! Y como yo dije al principio, habla tanto de la necesidad que todos tenemos de Dios.
Claramente, lo primero que vemos en la historia es la descripción del personaje de Naamán. Este no es un personaje ficticio, es un personaje real; esto está narrado en la historia. Lo primero que se hace es presentarnos las credenciales de Naamán. Se nos habla de su poder: capitán, o general, que es lo mismo, del ejército de Aram. Aram es lo que corresponde a lo que hoy es Siria; esto es un general sirio. No solamente se nos habla de su poder, se nos habla de sus relaciones: se nos dice que era un gran hombre delante de su señor, el rey de Siria, y tenido en alta estima. Diríamos en dominicano: el hombre estaba bien pegado.
Se nos habla de su poder, de sus relaciones, de sus logros: porque por medio de él el Señor había dado la victoria a Aram. A Siria era un hombre exitoso y había logrado grandes cosas en su carrera militar. No pasen por alto el detalle de que la Biblia le atribuye la victoria de Naamán a Dios: el Señor le dio a Naamán la victoria para Siria. Y nos habla de su carácter también: era un guerrero valiente. Entonces era un hombre poderoso, era un hombre muy conectado, era un hombre que había logrado mucho, y era un hombre con un carácter probado.
Y luego de describir con todas estas pompas a este personaje, como en una cadencia hacia abajo, dice: "Pero… leproso." Tenía una condición que todo lo que había logrado y sido no le valía para superar esa condición. El "pero" precisamente parece resaltar eso: parece resaltar el hecho de que aún con todo el poder que Naamán tenía, con todas las relaciones que tenía a las más altas esferas, aún con todos sus admirados logros, era un hombre frágil que enfrentaba un enemigo que él no podía vencer. Ante la lepra, Naamán era un hombre pequeño; se sentía impotente y desvalido.
Y es, hasta cierto punto, la realidad de todos nosotros. Aun los que no sufrimos de lepra, porque la mayoría, yo diría que ninguno aquí sufre de lepra, y disfrutamos de salud, pero a pesar de todo lo que hayamos podido lograr, a pesar de todo lo que hayamos podido avanzar o acumular, independientemente de cuán conectados estemos, aún habiendo logrado todo lo que este mundo considere valioso, hay una condición de la que todos padecemos, y es el pecado. Al igual que Naamán, que había logrado todo, todos pudiéramos poner en nuestra propia descripción ese "pero leproso."
El pecado, hermanos, así como la lepra, se adhiere a los tejidos del alma y se esparce por nuestro corazón, por nuestra mente, y a menos que Dios intervenga, eso nos conducirá a la condenación, así como la lepra conduciría a Naamán a la muerte de no intervenir Dios. Esa es la realidad en la que todos nosotros nos podemos sentir retratados, y eso es así independientemente de quién tú seas. No importa si tú eres pobre o rico, no importa si tú eres educado o no educado, blanco o negro, dominicano o americano, exitoso o no: todo ser humano, absolutamente todo ser humano sin excepción, al igual que Naamán, necesita desesperadamente la intervención de Dios en su vida.
Descrito entonces el personaje de Naamán, el texto sigue diciéndonos acerca de lo que pasó ante esta realidad. Se nos dice en el versículo 2 que los arameos habían salido en bandas, habían tomado cautiva a una muchacha muy joven de la tierra de Israel, y ella estaba al servicio de la esposa de Naamán. Y ella le dijo a su señora: "¡Ay, si mi señor estuviera con el profeta que está en Samaria! Entonces él lo curaría de su lepra." Entonces Naamán fue y habló con su señor, con el rey de Siria, diciéndole esto y esto que ha dicho la muchacha que es de la tierra de Israel.
En ese momento, y a lo largo de la historia, Israel y Siria han sido estados enemigos. En ese momento eran estados enemigos y habían tenido, de hecho, enfrentamientos de guerra, batallas entre ellos. En algunas ocasiones había momentos de paz; este era uno de esos momentos de paz, pero había tensiones entre los estados, había tensiones entre Israel y Siria, y había diferentes cosas que ellos se hacían mutuamente. En este caso en particular se nos cuenta…
Que los sirios a veces incursionaban dentro del territorio israelí y capturaban personas y las hacían esclavas o las vendían como esclavos. Pero es una de las cosas que hacían dentro de estas tensiones que tenían entre ambos estados. Se nos dice entonces que en una de esas incursiones en el territorio israelí, los sirios habían tomado a una muchacha que ahora estaba al servicio de la casa de Naamán, al servicio de la esposa de Naamán. Y esa es esta joven, y lo que ella dice genera toda la historia. Toda la historia depende de lo que esta jovencita hace, de lo que esta jovencita dice.
Es bueno hacer un paréntesis en lo que dijo e hizo esta persona, porque no es casual que esta persona esté aquí. Lo primero que nosotros podemos decir acerca de la presencia de esta adolescente —posiblemente— es que la forma que Dios usa, hermanos, para atraer a la gente a sus caminos parece ser tan circunstancial, tan accidental. Una adolescente, en este caso secuestrada de Israel, sin ninguna importancia social, es la que conduce al gran Naamán hacia su sanidad y hacia su encuentro con Dios. Una fiel testigo del Dios verdadero, una mujer sencilla, joven, sin ningún tipo de preponderancia, es la que finalmente conduce al gran Naamán a su encuentro con Dios.
Y algunos pudiéramos decir: "¡Wow, qué coincidencia! ¡Qué suerte tuvo Naamán de que esta muchachita viniera y le dijera lo que le dijo!" Pero cuando hablamos así, cuando comentamos de esa forma, ignoramos, hermanos, que detrás de los grandes acontecimientos y detrás de los pequeños incidentes de la vida hay un Dios que lo dirige todo, absolutamente todo. Y eso es lo primero que podemos derivar de la presencia de esta jovencita en la casa de Naamán y de lo que ella hizo.
Pero no solamente eso. Fíjense que la bendición de Naamán fue posible por la aflicción de la jovencita. La bendición de Naamán fue posible gracias al doloroso secuestro de esta jovencita. De no haber sido secuestrada, Naamán no habría escuchado del Dios verdadero, no habría escuchado de su posible sanidad, no habría escuchado de que Dios podría tener algo para él. La desdicha de esta joven produjo la bendición del general sirio. Yo no pudiera evitar exclamar aquí: "¡Qué grande es la sabiduría de Dios! ¡Qué grande es la sabiduría de Dios!"
El autor Davis decía sobre esto: "Con frecuencia las personas son conducidas al reino de Dios a un alto costo para otras personas." Fue el caso aquí, fue el caso de José, fue el caso de nuestro Señor Jesús, cuya cruz, cuyo dolor, cuya aflicción nos salvó. Y hermanos, nosotros podemos estar seguros de que nuestras desdichas, nuestros dolores, nuestras aflicciones no son arbitrarias. Son situaciones que Dios usa como parte de su plan soberano: en ocasiones para traer gente a Él, en otras ocasiones para transformar nuestros corazones. Y eso es lo segundo que podemos decir.
Para el tercer aspecto de la presencia de esta jovencita —de lo que ella hizo— que a mí me llama la atención y que me genera mucha curiosidad: ¿por qué creemos nosotros que Naamán le puso caso a esta adolescente? O sea, Naamán, con todo lo que sabía, con todo lo que conocía, con el acceso que tenía quizás a los mejores médicos de la época, escucha el consejo de una jovencita esclava israelí, o sea parte de la nación enemiga. Y aquí me auxilio de una cita que me pareció muy aguda, de este autor Hampton Keithley, que dice: "Después de todo, ¿qué podría saber un esclavo?" Yo puedo sugerir que la escuchó porque tal vez su vida lo decía todo. La vida de esta jovencita habría sido tal testimonio que daba credibilidad a sus palabras. Y mi efectividad como testigo del Dios verdadero, como testigo de Cristo, precisamente depende de mi testimonio, de qué tan fiel yo soy en lo que hago. Cuando yo hablo entonces, mis palabras serán escuchadas.
De manera interesante, habiendo recibido el consejo de esta jovencita, Naamán va donde su jefe, donde el rey de Siria. En esa ocasión se llamaba Ben-adad —Ben-adad II específicamente—. Le plantea la situación y le dice: "Mira, la jovencita que tengo en la casa me dijo esto, que hay un hombre que me puede sanar." Increíblemente, Naamán lleva las palabras, el consejo de esta jovencita, al gran rey de Siria. Y el rey le dice —y en el original hay cierta ansiedad en las palabras del rey—: "Ve, ve, ve, ve, ve. Tan pronto como tú puedas." Indicando así la ansiedad, como les digo, de parte del rey de que su gran general Naamán recibiera la sanidad, recibiera la restauración.
El rey le expresa su apoyo de dos formas. Le dice: "Mira, lo primero es que te voy a dar una carta para que tú te vayas con esa presentación al mismo rey de Israel. Te voy a mandar con ella, y no solamente eso: te voy a dar recursos para que tú resuelvas lo que tengas que resolver." Le otorga y le entrega 340 kilos de plata y 68.4 kilos de oro. Yo calculé solamente el valor del oro —la plata no la calculé—, pero el valor del oro son aproximadamente, a dinero de hoy, 4.5 millones de dólares. Le entregó ahí: "Toma, 4 millones de dólares." Por si acaso.
Evidentemente, en ese momento parte de la confianza de Naamán y del rey de Siria era esa: "Con nuestras relaciones, vamos donde el rey de Israel; con nuestro dinero —casi más de 5 millones de dólares entre la plata y el oro en el bolsillo, en efectivo— oye, me vas a resolver esto." Parte de su confianza estaba en eso. Y así somos nosotros, así somos nosotros. El ser humano, cuando se percibe capaz y suficiente, y si tiene dinero y relaciones, llega a sentir que es todopoderoso: "No hay problema, cualquier cosa que se presente lo podemos resolver." Naamán piensa que todo lo puede conseguir; nosotros pensamos que nosotros podemos conseguir las cosas. Pero hay situaciones, hermanos y amigos, en las que nosotros no podemos hacer nada, sobre todo cuando consideramos nuestra condición espiritual delante de Dios. Naamán, con todo el dinero y todas las relaciones que tenía, era absolutamente incapaz de cambiar su condición de leproso. De la misma manera, nosotros delante de Dios no hay forma: todos somos iguales, somos pecadores necesitados de su misericordia, necesitados de su gracia y de su perdón, y no hay posición ni dinero que lo compre, hermanos.
Dicho esto, Naamán recibe de parte de su rey la recomendación, recibe el dinero y sale para Israel. Eran aproximadamente unos 60 a 100 kilómetros de distancia, nada fácil, un viaje largo, un viaje complicado. Llega al rey de Israel, se presenta delante de él, y la carta —como ustedes leyeron, como nosotros leímos— decía: "Cuando llegue a ti esta carta, comprenderás que te he enviado a mi siervo Naamán para que lo cures de su lepra."
Y como en ese momento la relación entre el rey de Israel y el profeta Eliseo no eran buenas —el rey de Israel estaba aguapito porque Eliseo hablaba de cosas que al rey no le gustaban, porque Eliseo confrontaba las prácticas inmorales e idólatras del rey y estaban alejados—, cuando el rey recibe la carta, no está conectando que realmente le han enviado a Naamán para que lo conduzca a Eliseo. Él piensa que es él quien tiene que hacer esto, y de hecho percibe la petición como una provocación. El rey de Siria pedía algo que él no podía conceder, que él no podía hacer: "¿Cómo me va a decir a mí que le cure a un hombre de su lepra? Él está buscando razón para atacarme, porque cuando yo no le conceda lo que le está pidiendo, pues él me va a agredir."
Y el rey expresa públicamente su indignación —lo decimos así porque esta práctica de rasgar sus vestidos así lo indica—. En 2 Reyes 5:7 leemos que cuando el rey de Israel leyó la carta, rasgó sus vestidos y dijo: "¿Acaso soy yo Dios, para dar muerte y para dar vida, para que este me mande a decir que cure a un hombre de su lepra? Considerad esto, mirad cómo busca pleito conmigo." Eso fue lo que hizo: un pique público, para que no digan después que él estaba buscando problema con el rey de Siria, para que se dieran cuenta de que era él quien venía a buscar pleito.
Y ese pique público, ese pleito que él puso delante de la gente, pues rodó el chisme y llegó a Eliseo. En 2 Reyes 5:8 leemos: "Al oír Eliseo, el hombre de Dios, que el rey de Israel había rasgado sus vestidos, envió a avisar al rey, diciéndole: '¿Por qué has rasgado tus vestidos? Que venga él a mí ahora, y sabrá que hay profeta en Israel.'" Eso era un doble mensaje: un mensaje para Naamán —"hay profeta en Israel, hay un representante de Dios"—, pero también un mensaje para ti, rey: "Para que sepas que aquí hay un representante de Dios al que tú no quieres escuchar."
El profeta de Dios en Israel, sin duda por instrucción de Dios, manda llamar a Naamán y le dice que venga. Y no puedo evitar ver una analogía aquí de cómo Dios llama a los suyos: cómo a través de la aflicción, del dolor, de la angustia, de la enfermedad, del problema, de la escasez, es lo que nos coloca en la posición precisamente necesaria para que nosotros acudamos a Dios. El gran Naamán: "Ve aquí, ve allá, 100 kilómetros más acá; ahora ven a la casa de Eliseo." "Sí, yo voy, yo voy. Yo necesito, en esta ocasión necesito que me sanen." Evidentemente está buscando.
Pero me llama la atención que es Eliseo quien llama a Naamán: "Ven, ven, que venga. Yo quiero tener un encuentro con Naamán." Y así nos llama Dios. Escribí aquí que Naamán buscaba a Dios, pero en realidad Dios buscaba a Naamán. Y Dios nos busca. Y le manda decir que venga, y sabrá que hay profeta en Israel.
Ante el llamado de Eliseo, Naamán se prepara y leemos en los versículos 9 y 10: "Vino pues Naamán con sus caballos y con su carro." Por lo visto era toda una comitiva: estaba Naamán, pero sin duda tenía soldados para su seguridad, siervos para su atención, gente que le guardaba el dinero que le dieron, gente que traía la carta, quizás también un intérprete que hablaba el idioma de la época. Pues era toda una comitiva; venía con carros y con caballos, dice, varios caballos.
Plural. Pero noten que el versículo 9 nos dice: "Y se paró a la entrada de la casa del Eliseo." Ahí se paró, ahí se quedó. Por lo visto, Naamán no se bajó de su carro, no entró a la casa, porque él tenía otras expectativas. Y Eliseo, dice el versículo 10, le envió un mensajero diciéndole: "Ve, lávate en el Jordán siete veces, y tu carne se te restaurará y quedarás limpio."
Pero Naamán se enojó y se fue diciendo: "Pensé que seguramente él vendría a mí, se detendría, invocaría el nombre del Señor su Dios, movería su mano sobre la parte enferma y curaría la lepra. ¿No son el Abaná y el Farfar, ríos de Damasco, mejores que todas las aguas de Israel? ¿No pudiera yo lavarme en ellos y ser limpio?" Y dio la vuelta. ¡La necedad humana, la estupidez humana! Tú viajaste cien kilómetros, te afrontaste a un hombre que te ha dado una solución, y tú no... no... no. El orgullo se interpuso y nubló su comprensión.
De alguna manera se enojó y se fue enfurecido. Él no tenía esta expectativa; él tenía la expectativa de que le iban a venir a servir, de que el profeta iba a salir, iba a acudir a su atención y a su cuidado. Fíjense: como les dije, Naamán se para ante la casa de Eliseo, no se desmonta, esperaba que el profeta viniera y lo atendiera. Pero más aún, cuando él recibe la instrucción de lo que tiene que hacer, cuestiona el método propuesto: "No me parece sumergirme en el Jordán; en Siria hay mejores ríos, más caudalosos, más limpios."
Naamán quería que Dios interviniera, pero en sus términos. Él necesitaba a Dios, pero: "Si Dios va a lidiar conmigo, es como yo entiendo, es en el río que yo quiero." Y es típico del corazón humano. Somos muy grandes, en nuestra opinión, para que Dios actúe en nosotros, para que Dios trabaje con nosotros. Y yo le preguntaría a Naamán: ¿Por qué viniste, si tú tenías la solución? Si tú te podías sumergir en el Abaná, en el Farfar, tú tenías la solución. ¿Buscas que Dios se adapte a ti, o vienes a reconocer tu dependencia, tu necesidad y tu impotencia delante de Él?
Delante de Dios no hay grandes; todos estamos al mismo nivel. Necesitamos de su gracia y de su misericordia. Es Él delante de quien debemos postrarnos nosotros, no al revés. Y como dijo el predicador y evangelista D. L. Moody: Naamán tenía dos enfermedades, su lepra y su orgullo. Su orgullo. Necesitaba ser sanado del orgullo primero, si iba a ser sanado de su lepra después.
Entonces Dios comienza a tratar, antes de sanarlo de su lepra, con su orgullo. Dios comienza a quebrantar el orgullo de Naamán, porque Dios quiere llevar a Naamán al punto donde Naamán diga: "Voy a hacer lo que Dios diga." Y Dios quiere llevarnos a nosotros también al punto en que podamos decir: "Yo voy a hacer lo que Dios diga." Dios tiene que tratar con nuestros orgullos y nuestras arrogancias. Él necesitaba ser humillado antes de ser sanado.
¿Y cómo lidia Dios con el orgullo de Naamán? Bueno, lo vemos de dos maneras. En primer lugar, el profeta Eliseo no sale a recibirlo. Él esperaba toda una reverencia de parte de Eliseo, y Eliseo no sale. Él viene con su pompa, con sus caballos, con sus carros, con su séquito, con su dinero, con su carta, y se queda esperando ahí. Y le mandan un muchacho. El siervo de Eliseo sale y le dice lo que dice: "Don Eliseo dice que vaya y se sumerja siete veces en el Jordán."
Y yo no puedo evitar pensar en el rostro de Naamán: "¿Tú me estás diciendo qué? ¿Qué es esto? ¿Es un muchacho? ¿Tú no estás viendo quién soy yo?" Y quizás se quedó unos minutos esperando a ver si Eliseo iba a sacar la cabeza. Eliseo no saca la cabeza, no le rinde reverencia. Solo fue lo primero que lo humilló, que le comunicó de manera indirecta: "Tú no eres tan grande como tú piensas que eres. Dios es grande. El Dios al que yo sirvo," le mandó a decir Eliseo de manera indirecta, "ese es el grande. Sométete a Él."
La segunda forma en la que Dios quebranta el orgullo de Naamán son las instrucciones mismas. Las instrucciones mismas: "Ve al Jordán y sumérgete siete veces." Cuarenta kilómetros de distancia había entre ese lugar y el Jordán; el punto más cercano del Jordán estaba a cuarenta kilómetros. Y Naamán, ya mancito, sumérgete siete veces en el Jordán, que era un río relativamente pequeño comparado con los ríos de Damasco, con los ríos sirios. Pero además de eso, todas las fuentes que consulté indican que era un río muy lodoso, muy sucio.
Naamán entonces recibe esta instrucción y lo primero que piensa es: "Pero hay mejores ríos donde yo me puedo bañar." Pero hermanos, la fe demanda confianza, y el que confía obedece. Entonces el seguir las instrucciones de Dios, en este caso para Naamán, era una prueba para ver si Naamán iba a confiar en el método divino, si iba a poner su fe en el método divino. Ante esta situación, su reacción fue, como ustedes vieron, de resistencia y de rechazo. Se dio la vuelta y se fue, dice que se fue enfurecido. ¿Qué estaría pensando en su mente? Pensando quizás: "Mira qué estupidez, qué ridiculez la de este profeta."
El orgullo, con todo el respeto, el orgullo se seguía interponiendo entre Dios y Naamán. Su autopercepción de grandeza se seguía interponiendo. No había entendido lo desesperado de su condición. Él no había entendido del todo que, a menos que Dios intervenga, yo no puedo lidiar con mi lepra. No había llegado al punto del quebrantamiento y se seguía resistiendo a la prescripción de Dios, al consejo de Dios, a obedecer a Dios. Lo que Dios le propuso le parecía ilógico.
Y alguien decía sobre este incidente: "No creo que esté espiritualizando al señalar que las quejas de Naamán son las mismas objeciones que muchas personas le hacen al Evangelio." Lo primero: no le gustó la humillación. Y el Evangelio humilla, porque te dice a ti y a mí, no importa quién tú seas, no importa lo que hayas logrado, no importa lo bien que te veas, lo mucho que tengas, no importa tus relaciones: tú y yo somos pecadores, leprosos espirituales. Y eso es humillante. Sí, el Evangelio es humillante, y a Naamán no le gustó la humillación.
A Naamán tampoco le gustó la sencillez del Evangelio: "Sumérgete siete veces. ¿Yo vine aquí para esto?" El Evangelio es sencillo: arrepiéntete y ven a Cristo. Pero el hombre, en su intento y en su idea de salvarse a sí mismo, quiere buscar un método más elaborado. O sea: "¿Que yo no tengo que hacer nada más que arrepentirme y venir a Cristo? Bueno, si eso tiene una serie de implicaciones, pero la entrada al reino de los cielos y la limpieza de nuestra lepra espiritual es tan sencillo como arrepentirme de corazón y venir a Cristo como Señor." Pero por ahí no le pareció.
Además de eso, a Naamán tampoco le gustó la estrechez de la recomendación: "En el Jordán, pero hay otros ríos." Y cuando nosotros decimos que el Evangelio es Cristo, que hay que entrar por Cristo, porque Él dijo: "Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie viene al Padre sino por mí," la gente dice: "Pero hay otras opciones." Son las mismas objeciones que Naamán le puso a la prescripción de Eliseo. El corazón humano no ha cambiado en nada. Queremos a Dios, queremos sus bendiciones, pero no queremos venir a Él en sus términos. No queremos una relación que implica sumisión y obediencia.
Ahora, gracias a Dios —valga la redundancia— que Naamán tenía siervos que, por lo visto, eran más sensatos que él, porque eran más humildes. Porque el orgullo ciega. Tuvieron más sensatez que él. Miren lo que dice el versículo 13 de 2 Reyes 5: "Pero sus siervos se le acercaron y le dijeron: Padre mío, si el profeta te hubiera dicho alguna gran cosa, ¿no la hubieras hecho? ¿Cuánto más cuando te dice: Lávate y quedarás limpio?'"
Y Naamán escuchó. Entonces bajó y se sumergió siete veces en el Jordán, conforme a la palabra del hombre de Dios, y su carne se volvió como la carne de un niño, y quedó limpio. Yo quisiera darle aquí cierto crédito a Naamán, porque ya lo hemos atacado mucho, ¿verdad? Hay que darle cierto crédito. Naamán no hizo lo que el profeta le dijo, por lo menos cuando se lo mandaron a decir con el siervo del profeta. Pero sí le hizo caso a la jovencita, y le hizo caso a sus siervos. Era complicado el hombre, porque no le hace caso al profeta, pero le hace caso a gente que no tenía peso, por así decirlo. Pero finalmente Naamán sí se humilla ante la instrucción del profeta y va al Jordán.
Y ejercita su fe. O sea, ejercita su fe en el viaje de cuarenta kilómetros, y ejercita su fe al sumergirse siete veces. Piensen, piensen e imagínense qué pasaría en la mente de un hombre. Una vez —yo me imagino, no sé dónde tenía la lepra; por lo visto era algo localizado, porque él dice que esperaba que el profeta saliera y colocara su mano en la parte afectada, o sea algo localizado— se sumerge, quizás con toda su ropa, se sumerge en el Jordán. Y veía: uno, nada; dos, nada; tres, nada; no, no, no, no funciona, es un disparate; cuatro, nada. "Yo sabía..." El sumergirse siete veces era un ejercicio de fe y de confianza, y lo tuvo que hacer.
Y a la séptima vez: ¡Dios! ¡Wow! ¡Wow! Solo Dios. Solo en Israel hay un Dios. ¡Wow, increíble! Nos dice el pasaje que la piel de Naamán, su carne, se volvió como la carne de un niño. Y por lo visto, o sea, él quedó mejor que como hubiera estado de no haber tenido la lepra. El hombre se rejuveneció.
Entonces, la curación de Naamán, hermano, claro está, no fue la calidad del agua del Jordán. Fue su confianza obediente en la promesa de Dios de restauración y de limpieza, su confianza en la prescripción de Dios para su sanidad. Eso fue lo que produjo la sanidad de Naamán. Venció su orgullo, Naamán obedeció y fue lavado en cuerpo y en alma, porque Dios fue más allá de la lepra física. Dios fue más allá de la lepra física.
¿Por qué lo digo? Miren lo que pasa después, miren lo que él dice en los versículos 15 al 19, que es donde termina nuestra historia. Cuando regresó al hombre de Dios con toda su compañía —ojo, él volvió cuarenta kilómetros de vuelta a donde estaba Eliseo—, noten ahí un corazón agradecido. Y ahora dice, y se puso delante de él —se bajó de su carro ante Eliseo—, noten ahí ahora un corazón humilde. Y le dijo: "Ahora reconozco que no hay Dios en toda la tierra, sino en Israel."
¿No ven ahí un corazón sumiso al Dios verdadero? "Ahora les ruego, pues, que reciba un presente de su siervo, como muestra de su gratitud." Pero él respondió: "¡Vive el Señor delante de quien estoy, que no aceptaré nada!" Naamán le insistió para que lo recibiera, pero él rehusó. Y Naamán dijo: "Pues si no, les ruego que de esta tierra se le dé a su siervo la carga de un par de mulos, porque su siervo ya no ofrecerá holocaustos ni sacrificará a otros dioses, sino al Señor." O sea, Naamán quería llevarse tierra de Israel para hacer como una especie de altar en su casa, en su región, para adorar al Dios verdadero. ¿No ven ahí un corazón adorador?
Y no solamente eso, sino que el versículo 18 dice que el Señor perdone a su siervo en esto. Él se está anticipando a que, cuando vuelva a su posición de general de los ejércitos de Siria, en ocasiones tendrá que ir al templo de Rimón, que era el dios sirio, y tendrá que acompañar a su rey y se verá obligado a hacer algunas cuestiones, pero que Dios le perdone por eso. Convicción de pecado. O sea, vemos a un hombre que sale de las aguas del Jordán agradecido, humilde, sometido a Dios, adorador y con convicción de pecado. Dios limpió a Naamán de su lepra física, pero también lo limpió de su lepra espiritual. Dios cambió a Naamán por completo.
Y yo creo, hermanos, que la aplicación de esta historia para nosotros es muy evidente. Ha estado siendo explicada a lo largo de la historia, pero una vez más es necesario enfatizar algunos aspectos. Queramos o no aceptarlo o admitirlo, nosotros padecemos de una enfermedad; estamos enfermos. No es un padecimiento físico, pero sí es uno espiritual: es el pecado, la lepra del alma. Y es algo serio, es algo con lo que nosotros no podemos lidiar, que nosotros no podemos resolver; es algo incurable y permanente.
En el caso de Naamán, él no tenía opciones. Estaba tan sin opciones que optó por escuchar el consejo de una persona a la que normalmente no se le escucha. Estaba desesperado. Él iría a donde tuviera que ir para lidiar con su condición. Y ojalá que todos tengamos la determinación de escuchar el consejo, y de ir a donde tengamos que ir para tratar con nuestra condición espiritual. Porque hay solo uno, solo uno que tiene la solución a nuestra condición espiritual. Y no es un médico, no es un psicólogo, no es un psiquiatra, no es un coach: es Cristo. Es ahí donde nosotros podemos lidiar con nuestra condición espiritual.
El Señor dice en Isaías 1:18: "Vengan ahora y razonemos, dice el Señor. Aunque sus pecados sean como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; y aunque sean rojos como el carmesí, como la blanca lana quedarán." Y es mi oración que aquellos que no han acudido todavía a Dios para la sanidad de su lepra espiritual, de su pecado, lo hagan con prontitud y con sentido de urgencia, que hoy puedan sumergirse en el río de gracia y de perdón que Dios nos ofrece. Que desechemos el orgullo que cuestiona, que critica, que rechaza el método divino. Y digamos: "Yo me voy a sumergir tantas veces como necesite sumergirme en la gracia de Dios."
Y esa gracia ha sido posible —ese caudal, por así decirlo— porque Cristo vertió su sangre por nosotros. Es su sangre derramada en la cruz, ese manantial de sangre derramada en la cruz, lo que nos permite a nosotros ser sanados de la lepra espiritual. ¡A Él sea la gloria por siempre!
Señor, en ti esperamos. Señor, como Naamán, nosotros te vemos a ti como el único que puede sanar, resolver y quebrar el poder del pecado en nuestros corazones. Señor, a veces nuestro orgullo, nuestra arrogancia, nuestra rebeldía, se interpone entre la solución que tú nos das y nuestra sanidad. Yo quiero pedirte, Dios, que tú quebrantes —como lo hiciste con Naamán— el orgullo humano en mi corazón, en nuestros corazones, y que aquellos que no han acudido o no han aceptado la solución divina para su pecado puedan hoy ser quebrantados, así como Naamán lo fue, y puedan entonces aceptar el evangelio, la recomendación divina, el mandato divino necesario para nuestra sanidad espiritual. Gracias, Dios, por tu provisión. En tu nombre, Señor. Amén.
Héctor Salcedo es economista de profesión y pastor de corazón. Posee una maestría en Estudios Bíblicos del Moody Bible Institute de Chicago y estudios de posgrado en Macroeconomía Aplicada. Es pastor de la Iglesia Bautista Internacional desde 2004, donde supervisa áreas administrativas, financieras y el ministerio de jóvenes adultos (M-Aquí), además de predicar regularmente. Está casado con Chárbela El Hage y tienen dos hijos, Elías y Daniel.