Integridad y Sabiduria
Sermones

No a la preocupación económica

Héctor Salcedo 13 julio, 2008

La preocupación por lo económico revela dónde está realmente nuestra confianza. Mateo 6 presenta un mandato claro y repetido: no os preocupéis por lo que comeréis, beberéis o vestiréis. Cristo no habla de lujos sino de lo más básico para sostener la vida, y aun así ordena que ni siquiera por eso nos mortifiquemos. La razón es profunda: si Dios posee todo, controla todo y quiere proveer para sus hijos, ¿qué fundamento tiene nuestra ansiedad? Preocuparnos es dudar de su carácter revelado.

Las ilustraciones que Cristo usa son sencillas pero contundentes. Las aves no siembran ni almacenan, y sin embargo el Padre las alimenta. Los lirios del campo no trabajan ni hilan, pero ni Salomón con toda su gloria se vistió como uno de ellos. Si Dios cuida así lo que hoy existe y mañana se echa al fuego, cuánto más cuidará a quienes ha llamado sus hijos. Quién de nosotros, por más ansioso que esté, puede añadir una hora a su vida.

La preocupación excesiva nos confunde con los paganos, que buscan ansiosamente estas cosas porque no tienen un Padre que conozca sus necesidades. Pero nosotros sí lo tenemos. El llamado final es claro: buscar primero el reino de Dios y su justicia. Ocuparnos de que Dios gobierne nuestra vida, nuestras decisiones, nuestra santidad. Y él se ocupará de todo lo demás. Como aquellos niños huérfanos que no podían dormir hasta que les pusieron un pan bajo el brazo, nosotros tenemos una promesa que debería darnos paz.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Vamos a leer en Mateo 6:25: "Por eso os digo, no os preocupéis por vuestra vida, qué comeréis o qué beberéis, ni por vuestro cuerpo, qué vestiréis. ¿No es la vida más que el alimento y el cuerpo más que la ropa? Mirad las aves del cielo, que no siembran ni siegan ni recogen en graneros, y sin embargo vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No sois vosotros de mucho más valor que ellas? ¿Y quién de vosotros, por ansioso que esté, puede añadir una hora al curso de su vida? Y por la ropa, ¿por qué os preocupáis? Observad cómo crecen los lirios del campo; no trabajan ni hilan. Por eso os digo que ni Salomón en toda su gloria se vistió como uno de estos. ¿Y si Dios viste así a la hierba del campo, que hoy es y mañana es echada al horno, no hará mucho más por vosotros, hombres de poca fe? Por tanto, no os preocupéis diciendo: '¿Qué comeremos?' o '¿qué beberemos?' o '¿con qué nos vestiremos?' Porque los gentiles buscan ansiosamente estas cosas, y vuestro Padre celestial sabe que necesitan todas estas cosas. Pero buscad primero su reino y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas. Por tanto, no os preocupéis por el día de mañana, porque el día de mañana se cuidará de sí mismo. Bástele a cada día sus propios problemas."

Esta segunda porción, desde el versículo 25 al versículo 34, completa la enseñanza que Cristo dio del dinero en el Sermón del Monte. Él comienza desde el versículo 19 tratando lo que son las posesiones y el tema del dinero, y termina en el versículo 34, que fue hasta donde leímos en el día de hoy. La primera parte del pasaje, desde el versículo 19 al 24, que fue lo que vimos la semana pasada, trata básicamente con la abundancia de bienes: ¿qué se supone que debe hacer el cristiano con la abundancia de bienes?

Lo que normalmente el mundo hace es que los acumula, los almacena, los abraza y pone su confianza en ellos. Eso es lo que normalmente el mundo hace. Pero el mandato del versículo 19 para nosotros los cristianos es claro: no acumuléis tesoros en la tierra. Y nos da varias razones por las cuales no debemos acumular tesoros en la tierra, sino acumularlos en el cielo, de tal manera que nosotros no tengamos nuestro corazón puesto en las cosas terrenales, en las cosas de este mundo, sino en aquellas cosas que tienen que ver con el reino venidero, al cual nosotros pertenecemos.

Esa es la primera porción: trata con la abundancia, con la acumulación, y cómo nosotros los creyentes debemos tener una perspectiva totalmente distinta y relacionarnos con el dinero de manera distinta a como el mundo lo hace. Cuatro razones se daban por las cuales no deberíamos acumular bienes materiales. En primer lugar, porque las riquezas terrenales son temporales. No solamente temporales, sino que se pierden. El texto dice: o lo daña la polilla y lo roe el óxido, o se los roban los ladrones. De una u otra manera, las riquezas terrenales son inciertas, son temporales, son volátiles, se pueden perder. No acumulen ese tipo de riqueza.

Número dos: nos atan a este mundo. Cristo dice que donde esté tu tesoro, allí también estará tu corazón. ¿Y qué sucedería entonces con nosotros si ponemos nuestro corazón en la acumulación y en el almacenamiento de bienes materiales? Obviamente se va a ligar y atar a este mundo de tal manera que nos va a impedir servirle a Dios propiamente. Número tres: porque nos nublan la visión espiritual. Cuando nuestro objetivo en la vida, cuando nuestro enfoque en la vida está básicamente en conseguir lo material, en gestionar y lograr lo material, y entendemos que la vida es eso, obviamente va a ser difícil que nosotros entendamos las cosas espirituales.

Y en cuarto lugar, porque si lo hacemos, si acumulamos más allá incluso de lo que son nuestras mismas necesidades, obviamente eso va a impedir y dificultar el servicio a nuestro Dios. "No podéis servir a dos señores; no podéis servir a Dios y a las riquezas." Cuando el enfoque de mi vida tiene que ver con la acumulación, van a haber muchas situaciones en las que va a haber un dilema entre lo que me dice Dios y lo que me dice el dinero que haga. "No podéis servir a Dios y a las riquezas", dice el texto.

Ahí concluimos entonces la semana pasada: qué hacer con el exceso, qué hacer con la abundancia, qué hacer con aquello que muchas veces nos sobra. No lo acumulemos, y sabemos que la Palabra nos exhorta a darlo, a contribuir a la obra de Cristo, a buscar maneras de cómo bendecir a otros a través de esas bendiciones materiales que nosotros recibimos.

Ahora bien, la segunda parte de este pasaje, desde el versículo 25 al 34, que leímos hoy, trata más bien con la escasez. No tanto con la abundancia, sino que se enfoca en la escasez: qué se supone que el cristiano debe hacer cuando le faltan cosas, o cuando tiene el temor de que le van a faltar cosas, cuando tiene poco, cuando tiene casi nada. ¿Cómo se supone que el cristiano enfrente la situación de incertidumbre económica que vivimos casi todos? La gran mayoría nos encontramos en una incertidumbre donde muchas veces no sabemos si vamos a tener o si no vamos a poder proveer las cosas que necesitamos.

No sé cuántos de ustedes se percataron, a lo largo del texto que leímos, de cuál es el énfasis del texto, qué es lo que Cristo está tratando de señalarnos. Es claro que el énfasis que se repite en el versículo 25, el versículo 31 y el versículo 34 es: "No os preocupéis." No os preocupéis por lo que van a comer, por lo que van a beber, por lo que van a vestir; en otras palabras, no se preocupen por aquello que es material. Y da obviamente una serie de razones por las cuales no deberíamos preocuparnos. Ese es el énfasis del texto: "no os preocupéis", y de hecho lo dice cuatro veces en esos diez versículos, desde el 25 al 34.

Es una tendencia natural de nosotros los seres humanos: cuando tiene mucho, el ser humano lo acumula y confía en lo que tiene; y cuando tiene poco, se preocupa y le falta la fe de confiar en que Dios va a proveer para el mañana. Por eso dice Proverbios: no me des tanto que yo te olvide, ni tampoco tan poco que te maldiga, porque siempre estamos oscilando entre esas dos situaciones. El que mucho tiene está tentado a confiar en las riquezas; el que poco tiene está tentado a desconfiar de Dios.

Y entonces el dinero es una prueba de nuestro carácter. Lo material es un test del corazón: el rico confía en lo que acumula y el pobre no confía en Dios; en cualquier caso, ninguno confía en Dios. Es una prueba del carácter, es una prueba del corazón. Y muchas veces el dinero hace eso precisamente: saca de nosotros la desconfianza, saca de nosotros la incredulidad que muchas veces los seres humanos tenemos en abundancia en el corazón.

La preocupación es parte de nuestra vida. Somos seres temerosos, somos seres suspicaces; todos sospechamos, todos dudamos, tenemos que ver para creer, e incluso viendo muchas veces no creemos las cosas que se escapan a nuestra explicación. Y cuando se trata de lo material y cuando se trata de nuestras necesidades, ahí sí es verdad que somos especialistas en preocuparnos, afanarnos, sentirnos ansiosos, llenarnos de pánico y de incertidumbre acerca de lo que va a suceder con aquello que necesitamos para vivir.

De alguna manera, tanto el que tiene mucho como el que tiene poco se preocupa por lo económico, aunque de manera diferente. El que tiene mucho, el que posee bastante, a veces el temor no es que le falte la comida, el vestido o la bebida; el temor es bajar su nivel de vida, que en el futuro tenga que verse en una situación en la cual las comodidades que posee no las pueda tener el día de mañana. Quizás no piensa que va a pasar hambre, pero quizás piensa que no va a poder comprarse el carro que quiera, o que no va a poder tener las vacaciones que desea o a las que está acostumbrado. El que tiene poco, en cambio, muchas veces se preocupa por sus necesidades mismas. Aunque difiere la preocupación del que mucho tiene y del que poco tiene, realmente ambos se preocupan por aquello que es económico.

Por lo tanto, la enseñanza y el énfasis del pasaje de "no os preocupéis por aquello que es material, por aquello que es económico" es válido para ambos grupos, tanto para el que tiene mucho como para el que tiene poco. La preocupación, hasta cierto punto, es lógica para los que no tienen a Dios. Yo diría que es lógica porque cuando tú sientes que no controlas lo que sucede a tu alrededor, sobre todo en este escenario en que estamos hoy en día, de crisis local y de crisis internacional, todo el mundo está asustado con lo que puede ser el futuro: con el precio del petróleo, con el precio de los alimentos, con la inflación; oímos todos los días noticias acerca de la posible crisis que va a haber a nivel internacional y que obviamente nos va a afectar a nivel local.

Pues en medio de ese escenario, el que no tiene a Dios se preocupa: cómo vamos a resolver, cómo vamos a cubrir, cómo vamos a pagar el colegio de los muchachos. Obviamente, el que no tiene a Dios y no tiene control de lo que está pasando, es algo natural y lógico que sí sienta un temor por aquello que no conoce, por aquello que no controla. Pero para el hijo de Dios, para aquel que ha conocido a Dios y que ha conocido al Dios verdadero, al Dios revelado en la Palabra, en la Biblia, es de hecho pecaminoso llegar a la preocupación, a la mortificación, a la ansiedad.

Primero, es pecaminoso claramente porque es la violación a un mandato claro del pasaje que acabamos de leer: no se preocupen, no se preocupen. Y segundo, porque la preocupación tiene dentro de sí una desconfianza hacia lo que Dios puede o quiere hacer. Y hay tres conceptos que son básicos para entender dónde se fundamenta el hecho de que Dios me provee para mis necesidades. ¿Cuál es la base? ¿Dónde debe estar asentada mi confianza acerca de que Dios va a cubrir mi necesidad?

Primero, porque Dios ha revelado que Él es el dueño del cielo y de la tierra, y Él es el dueño de todo lo que hay en su universo; Él lo posee todo. Y si Dios lo posee todo, Él es el dueño, Él decide quién tiene qué. Eso es lo primero. Número dos, Él no solamente lo posee todo; no es un asunto de propiedad nada más, Él lo controla todo. Y eso está claramente revelado en su Palabra. Dos pajarillos no caen a la tierra sin el consentimiento de Dios Padre. ¿Cómo puede ser que el cuidado sobre dos pajarillos sea tan detallado que Él se da cuenta cuando caen, y muchas veces nosotros, sus hijos, estamos dudando de que nuestras necesidades van a ser cubiertas?

Primero, Dios lo posee todo; segundo, Dios lo controla todo; pero además de eso, Dios ha revelado que Él quiere proveer. No solo tiene la capacidad para proveer, sino que nos ama. Si Dios lo posee, si Dios lo controla y si Dios quiere proveerme, ¿cuál es mi temor acerca de que no voy a tener para el mañana, de que no voy a tener para cubrir mis necesidades? Obviamente, o desconfío de que Dios lo posee todo, o desconfío de que Dios lo controla todo, o desconfío de que Él quiere proveerme.

Por eso es que la desconfianza, la preocupación en el ámbito económico para el cristiano, cae en lo pecaminoso. Es una duda al carácter revelado de Dios acerca de las cosas materiales. Dios se ha comprometido con su pueblo, con aquellos que son suyos, en que los sustenta. Entonces, basado en eso, yo quisiera que comenzáramos a hacer el estudio de este pasaje, que tanto tiene que darnos, tanto que enseñarnos acerca precisamente de este aspecto de lo material.

Comenzando en el versículo 25, voy a leer los versículos y luego voy a explicar un poco lo que contienen. El versículo 25 dice: "Por eso os digo, no os preocupéis por vuestra vida, qué comeréis o qué beberéis, ni por vuestro cuerpo, qué vestiréis." Fíjense que el pasaje tiene lo que nosotros le llamamos una palabra conectante: "por eso os digo." Y cuando dice "por eso os digo", viene del versículo 24: "No podéis servir a Dios y a las riquezas." Por eso os digo no se preocupen. De alguna manera, el que se preocupa está sirviendo a las riquezas; el que se preocupa está sirviendo a Dios mediocremente, no está sirviendo a Dios como se supone que debemos servirle. Si yo sirvo a Dios, yo debo confiar en Dios, y si confío en Dios, la preocupación no tiene lugar en mi corazón.

"Por eso os digo, no os preocupéis por vuestra vida." Y obviamente aquí la palabra "vida" es la vida física, la vida del vuestro cuerpo, la vida temporal, la vida carnal, de la cual todos tenemos. No se preocupen por esto que es físico, por esto que es corporal. Muchas veces nosotros pensamos que la vida está precisamente en esto que estamos viviendo, sintiendo, pasando, doliéndonos. Y Cristo va más allá e incluso un poquito más adelante pregunta: ¿no es la vida más que el alimento y el cuerpo más que la ropa? La vida más allá de lo físico, más allá del alimento para el cuerpo físico.

Obviamente nosotros tenemos una dificultad porque somos carne, somos materia en parte. Y eso nos trae, digamos, inevitablemente a fijarnos mucho en aquello que sentimos, padecemos, nos duele, necesitamos. Pero Cristo dice: la vida es incluso más allá de lo que ustedes viven físicamente, de lo que ustedes ven corporalmente; la vida es más que eso. Es interesante que las cosas que Cristo pone aquí sean: no os preocupéis por lo que van a comer, por lo que van a vestir. Las cosas básicas. ¿Qué puede ser más básico que comer, beber o vestir? Si nosotros estamos llamados a no preocuparnos por las cosas básicas, elementales para sostener la vida del cuerpo, ¿cuánto menos nos deberíamos preocupar por el tipo de ropa que tenemos, por el carro en el que andamos, por la casa en la que vivimos?

No tenemos justificación ni siquiera para preocuparnos por aquello que es básico, por aquello que tiene que ver con el alimento mismo, con la bebida, con el vestido. Fíjense que Cristo se va a lo más elemental, a lo más básico. Ni siquiera cuando esas cosas no estén claras cómo van a aparecer, ni siquiera cuando esas cosas falten, ni siquiera ahí se preocupen. Porque podríamos decir: "Bueno, claro, si yo veo que el alimento me va a faltar, ya me puedo preocupar." No, es que es Dios, hermano; no es un descuido de Dios tampoco. Aun cuando lo básico falta, la confianza debe estar depositada en Aquel que todo lo posee, que todo lo controla y que me provee para mis necesidades.

Entonces, fíjense que con esa expresión Él descarta toda preocupación: ni aun por lo básico, ni aun por aquello que tiene que ver con vuestro cuerpo, porque al final la vida es más que el cuerpo. Al final está más allá del cuerpo. Yo no vivo porque mi cuerpo tiene vida; yo vivo porque Dios le da a mi cuerpo vida. Pero la vida está en Dios, no en mi cuerpo. Cristo dijo claramente: "Aquellos que en mí creen, aunque mueran, vivirán." La vida va más allá de lo que yo vivo.

¿Cuál es la dificultad, el trabajo? ¿A qué es lo peor a lo que puede llegar un hijo de Dios en esta tierra? Digo, cualquier ser humano: a morir. ¿Y entonces estás en la presencia de Dios? La vida es más que el cuerpo. La vida es más de lo que tú ves; va más allá. Está escondida en Dios la verdadera vida; trasciende el cuerpo físico.

Ahora, ¿cómo convencemos nosotros a esta generación de esa verdad? ¿Cómo le decimos a esta generación, una generación totalmente obsesionada con el cuerpo, obsesionada con lo físico, que la vida no está en el cuerpo, que la vida está más allá? Es difícil, pero es verdad. Las cosas físicas y temporales que vemos son cosas que van a pasar, y más temprano que tarde van a pasar. Nuestra confianza debe estar puesta en aquello que va más allá de esta vida. Esa es la primera enseñanza del versículo 25 de Cristo.

Ahora, da tres razones a lo largo del pasaje, tres razonamientos a través de los cuales Él sostiene y defiende el por qué no debemos preocuparnos. La primera razón por la que no debemos preocuparnos por esta vida, por lo que vamos a comer, a beber, a vestir, es primero porque Dios es nuestro Padre. Y por lo que Dios es, pone varios ejemplos: un ejemplo de la comida, de los pájaros, de las aves; un ejemplo sobre el futuro, pues quién por más que se preocupe va a añadir un tiempo más, una hora más a su vida; y quién por más esfuerzo se puede vestir como Salomón, como una de estas flores se vistió, que dice que Salomón en toda su gloria no se vistió así. Dios las viste, Dios le provee a las aves, Dios tiene en su mano nuestra vida, cada tiempo, cada minuto que vivimos. Dios lo tiene en su mano. ¿Por qué se preocupan? Dios es nuestro Padre.

Vamos a comenzar a ver entonces la primera ilustración: el tema de las aves. El versículo 26 dice: "Mirad las aves del cielo, que no siembran ni siegan ni recogen en granero, y sin embargo vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No sois vosotros de mucho más valor que ellas?" En ese momento, el texto nos dice —acuérdense que esto está en el Sermón del Monte; nosotros sabemos por Mateo 5:1 que Cristo estaba en un monte en Galilea, probablemente la parte norte de Galilea, en una zona como una colina desde donde se ve literalmente todo el mar de Galilea— nos dicen algunos escritores que esa zona en particular es una zona donde las aves migran. Es frecuente ver a lo largo del año aves, grupos de aves y bandadas completas pasando por esa zona.

¿Y qué agudo es Cristo, que toma una enseñanza tan sencilla de la naturaleza, algo tan propio del lugar y de ese momento en específico, y le da una gran lección teológica a través de esto? Quizá estaba sentado o parado, el sol estaba brillando, la brisa estaba soplando, quizás se oían algunas aves, y dice: miren las aves. Miren cómo las aves, que no están preocupadas en almacenar, no están preocupadas en hilar, no están preocupadas en acumular, Dios las alimenta. ¿No son ustedes mucho más que las aves? Obviamente el hombre es la coronación de la creación de Dios; las aves no tienen, al lado del hombre, ni el más mínimo valor comparable. Y Cristo usa entonces esa ilustración para decirles a ellos que no se preocupen.

Claro que Dios les provee a las aves su comida, a través de instintos naturales que Dios les ha dado. Dios crea las aves y pone en ellas instintos que las llevan a donde está la comida, donde está la bebida; las lleva incluso en cierto tiempo a enseñarles a volar a sus polluelos. A veces las ponen arriba, el polluelo cae, y vuelve la madre y los recoge de nuevo. Instintos que le ayudan a las aves a conseguir su alimento.

No es solamente que Dios crea, Dios las sostiene. Eso es un principio a lo largo de toda la Palabra. Dios no está desconectado de su creación; Dios creó y Dios sostiene. Eso es una verdad teológica básica. Y así como Dios crea y sostiene su creación, aquello que es simplemente un ave, ¿cómo no va a sostener a aquellos que son suyos? Aquellos por los cuales ha dado a su Hijo, aquellos por los cuales ya incluso ha entregado lo más preciado que Él tiene, aquellos a los cuales les ha prometido un lugar en su presencia, aquellos en los cuales ha puesto su Espíritu a habitar.

Si las aves, que no tienen el Espíritu de Dios, a las que no se les ha prometido un lugar en el cielo ni en la presencia de Dios, las vemos siendo alimentadas por Dios, ¿cómo va a ser que nosotros dudamos de que Dios quiera y pueda alimentarnos a nosotros? ¿Cómo puede ser? Esta es, obviamente, la ilustración que Él usa. Miren este pasaje en Job 38:41, una de las tantas preguntas que se le hacen a Job. Dice el texto lo siguiente: "¿Quién prepara para el cuervo su alimento, cuando sus crías claman a Dios y vagan sin comida?" ¿Quién es el que prepara al cuervo su alimento? Dios es quien lo alimenta.

Claro, nosotros no podemos ir al extremo de decir: "Bueno, entonces yo me voy a sentar, voy a abrir la boca y voy a esperar que me alimenten, como hacen las aves." La ilustración no llega ahí. De la misma manera como Dios puso instintos en el ave para buscar su alimento, de esa misma manera le pide al hombre que haga esfuerzo y trabaje para conseguir su alimento, y de esa manera Dios nos proveerá.

Bueno, ¿por qué hay tanta hambre en el mundo? ¿Por qué hay tanta hambre a nuestro alrededor? Bueno, porque no todo el mundo es hijo de Dios. Además de eso, Dios ha provisto en su planeta la suficiente provisión para todo el mundo; el problema es el pecado del hombre. Para dar un ejemplo nada más: en la India, el 35% de su producción de alimentos se va alimentando vacas y alimentando ratas. ¿Por qué? Porque la vaca es una entidad espiritual para ellos, divina; la rata también puede ser incluso un familiar reencarnado. No estoy bromeando con esto, y las alimentan, y el 35% de su producción de alimentos se va.

Entonces, ¿quién dice que Dios no ha provisto alimento? Si ustedes, incluso según los estudios más recientes —y desde hace muchísimos años— calculan la cantidad de alimentos que el mundo produce al año, hay lo suficiente para alimentar a toda boca que en el planeta hay. Dios ha provisto. ¿Por qué es entonces que hay hambre? Por el pecado del ser humano, por el pecado del hombre. Pero en medio de ese pecado y en medio de todas las dificultades económicas que vivimos, Dios se ha comprometido con nosotros, sus hijos, a proveernos las cosas que necesitamos —y hago el énfasis: que necesitamos.

Y aquí se presentan varios problemas. Primero, muchas veces lo que yo entiendo que necesito no es lo que Dios entiende que yo necesito. Entonces, muchas veces ciertamente leemos este pasaje —"no os preocupéis por lo que van a comer, a beber y demás"— pero hay preocupación en nosotros porque no sabemos si Dios nos va a dar lo que necesitamos y no lo que queremos. Mi preocupación es más bien por lo que quiero y no por lo que necesito. Yo me pregunto si nosotros estamos en la disposición de permitirle a Dios que defina lo que Él entiende que yo necesito, y recibirlo gozosamente.

Señor, lo que tú entiendas. Pablo llegó a decir incluso en una de sus cartas que si tiene con qué comer y con qué cubrirse, con eso estará contento. Lo que Dios diga, lo básico, lo que Él diga. Ahora, muchas veces no tenemos a Dios en el señorío de nuestra vida, y nosotros queremos que Él provea lo que yo quiero y no lo que yo verdaderamente necesito. Y es un problema, otra vez, de señorío en nuestro corazón.

Primera ilustración: Dios le provee a las propias aves la comida que necesitan; ¿cómo no lo va a hacer con nosotros, sus hijos, aquellos por los cuales Él ha entregado a su Hijo? Número dos, la segunda razón: la preocupación es inútil. La preocupación es inútil; Dios tiene el control de nuestra vida. Viene lo que dice el pasaje en el versículo 27: "¿Y quién de vosotros, por ansioso que esté, puede añadir una hora al curso de su vida?"

Al final, ¿qué es lo que el hombre piensa que la preocupación hace? ¿Que mejora las cosas? Les doy un dato: la ansiedad y la preocupación mata más gente que muchas enfermedades. Les da infarto, les da gastritis, les dan úlceras, se desangran. La preocupación, más que alargar, corta la vida. Por eso es que Él dice: "¿Quién de vosotros, por ansioso que esté, puede añadir a su vida una hora más?"

¿Qué es lo que esta generación en particular, que está obsesionada con no envejecer en vez de vivir bien, con no morir, piensa que logra? Hay gente que cuando se mueran los podrían poner en un museo tal como están, porque se han eternizado tanto. Esta generación está obsesionada con no envejecer, pero no enfrenta una realidad absoluta de todo ser humano: que nos tenemos que enfrentar a la muerte, que nos guste o no, tenemos que enfrentar la muerte. Y mi preocupación por lo económico, por lo material, por lo físico, no va a alterar ese curso de mi vida. No lo va a alterar en lo absoluto. Cuando Dios diga "hasta aquí llegaste", hasta ahí llegué.

Mi preocupación no debe ser tanto vivir más; mi preocupación debe ser vivir de una manera que agrade a Dios. Es un enfoque totalmente diferente. Así como el Sermón del Monte confrontó a la gente con tantas formas de pensar que no eran correctas delante de Dios, así cuando llega el aspecto económico y el aspecto de la vida dice: "No vivas queriendo alargar tu vida. Vívela bien, vívela para agradar a Dios." Incluso el versículo 33 nos dice que nos enfoquemos en Dios, en su reino y su justicia, y todo lo demás se nos será añadido. Eso lo vamos a ver ahorita.

Pero ese debe ser el enfoque de mi vida: no lo que me falta, no querer alargar mi vida, no la obsesión que la gente tiene con esta vida. Y la gente toma medicamentos, hace ejercicios, va al spa, forma hábitos, deja de hacer cosas, pensando que todo eso contribuye a alargar la vida. ¿Quién va a alargar la vida? ¿Quién ha dicho que la vida sea larga? Dios sabe cuándo voy a vivir; Dios sabe cuál es el último día de la vida de cada uno de nosotros. Entonces el ejercicio sirve para algo, sí: para que en lo que te toca vivir, vivas mejor, más ejercitado, más despierto, con mejor funcionamiento cerebral. El ejercicio contribuye a todo eso, pero no la alarga. No la alarga. ¿Para qué te preocupas? Esa es la segunda ilustración.

Número tres. La tercera ilustración de que Dios es nuestro Padre y de que Él tiene el control: el vestido que Dios le provee al campo. Versículos 28 al 30: "Y por la ropa, ¿por qué os preocupáis? Observad cómo crecen los lirios del campo; no trabajan ni hilan, pero os digo que ni Salomón, en toda su gloria, se vistió como uno de estos. Y si Dios viste así a la hierba del campo, que hoy es y mañana es echada al horno, ¿no hará mucho más por vosotros, hombres de poca fe?"

Toma una ilustración de la creación al principio con las aves; toma otra ilustración de la creación. Ciertamente Romanos nos dice que la creación habla de los atributos de Dios, habla de su poder, habla de su majestad. ¿Y cómo es que Cristo ilustra este punto de la ropa? Bueno, Él dice que ni Salomón se vistió como uno de ellos. Podría uno pensar: "Bueno, ahí exagera un poco; eso debe ser un hipérbole." Un hipérbole es una exageración intencional con el propósito de ilustrar un punto. Pero en este caso no se trata de un hipérbole.

Tome un pétalo de cualquier flor, de cualquiera, y póngalo bajo un microscopio. Y tome la mejor tela y póngala bajo un microscopio. Usted se va a dar cuenta de que la textura, la composición, el color que el pétalo tiene no es ni parecido ni cercano a la mejor de las telas que cualquier ser humano haya podido vestir. Así es. Y es un pétalo que ha sido creado por Dios para que hoy sea y mañana no lo sea. Literalmente, en esa época la gente usaba el fuego; prendía el fuego con hierba seca, salía al campo, tomaba hierba, tomaba pétalos, tomaba flores secas, las metía al horno, y así cocinaba sus alimentos.

Si Dios viste así a la hierba del campo, de una manera tan gloriosa que ni aun el más alto, el más rico de los reyes y nobles nunca se ha vestido como uno de estos, ¿no hará por vosotros lo mismo? El mismo razonamiento: si Dios les dio alimento a las aves del campo, usted vale mucho más que ellas. Si Dios viste a la hierba del campo, usted vale mucho más que ella. Una vez más, en su paciencia y en su misericordia, Cristo se extiende y nos explica con otra ilustración, diciéndonos lo mismo. En su misericordia y en su gracia, para los que están a su alrededor: "Fíjense otra vez en la hierba del campo, cómo se viste."

Y eso sí es una enseñanza revolucionaria en el día de hoy, porque estamos en la generación de la moda. Quizás muchos de los que están aquí no se preocupan por si mañana no van a tener ropa; la preocupación no es esa. La preocupación es el tipo, la moda, lo que está in o out, lo que es a la moda o ya pasó. Esa es la preocupación básica. Yo siempre he tenido un razonamiento con la moda que siempre lo he querido decir desde el púlpito pero no había encontrado la oportunidad. A mí la moda, honestamente, con el perdón de aquellos que la siguen, me parece una estupidez. ¿Por qué? Miren lo ilógico que es el ser humano.

La moda viste a todo el mundo igual, ¿cierto? Esa es la moda: todo el mundo viste básicamente lo mismo, ¿verdad? Los colores de moda, las telas de moda, los diseños de moda, todo el mundo viste igual. Pero cuando tú vas a la tienda y compras un vestido —una mujer— o un hombre compra una camisa, y se encuentra ese mismo vestido y esa misma camisa puesto en otra persona en un lugar al que va... ahí sí duele. Pero eso no es lo que tú quieres: estar en la moda es lo que todo el mundo tiene. Entonces queremos ser iguales pero no tan iguales, queremos ser diferentes pero no tanto, dentro de la moda pero no igual. Yo quiero comprar una cosa que está de moda, que todo el mundo está usando, pero no la quiero ver repetida en la calle. ¿Qué problema, qué mortificación el tema de la moda!

Y la clase es el altar de muchos. Entonces hoy las corbatas de moda son las anchas con el saco de tres botones, y mañana es la fina con el saco de dos, pero yo tengo que cambiar lo que uso porque un tipo lo dejó de usar así. No. Yo no me voy a preocupar por eso, ¿no? Honestamente, el que se sale de esa trampa va a vivir gozosamente, por lo menos en esa parte de su vida. La preocupación del ser humano en el caso de las ropas no es tanto "no voy a tener qué ponerme", sino "no tengo algo a la moda que ponerme". Es absurdo, es pasajero, es trivial. Es incluso tan pasajero que una moda a veces dura una temporada: un año, dos meses, tres meses, cuatro meses, eso es lo que dura una moda. Y al otro año viene todo de nuevo, otra vez repensado, y están incluso retomando las mismas cosas del pasado. ¿Qué problema tenemos con el tema de la moda? Es absurdo. Y es la realidad que muchos de nosotros vivimos.

En una ocasión, ilustrando el punto de que muchas veces andamos bien vestidos por fuera pero muy mal vestidos por dentro, en el corazón, yo vi a un cantante que acompañaba a Jesús Adrián Romero en un concierto que tenía. Él tenía una canción que se aplica muy bien aquí. Él dice que una vez tuvo una discusión con su hijo, y su hijo le faltó el respeto: se alteró con él como padre, lo ofendió, le dijo incluso algunas palabras groseras. Él lo dejó ir, y a los varios minutos lo vio peinándose frente al espejo. Fue donde él y le dijo: "¡Péinate el corazón!" Y a veces estamos muy bonitos, peinaditos, cambiaditos a la moda por fuera, pero el corazón está deshecho, está lleno de harapos.

Tenemos un patrón interno, un patrón interno. Primera de Pedro les dice a las mujeres, pero yo creo que nos llama a todos nosotros, que busquemos cultivar el interior. Que las mujeres no se vistan con adorno ostentoso, con prendas y demás, sino que se peinen el corazón, que cultiven el corazón. Observen cómo crecen los lirios del campo: sin dificultad, sin preocupación, sin mortificación, sin esfuerzo, y crecen hermosos. Cuando cultivamos el corazón, florecemos. Podemos andar fuera de moda, pero los que nos tratan dicen: "¡Wow! ¡Qué imagen de Cristo, qué imagen de Dios, qué cristiano, qué caminar!"

Con esas tres ilustraciones, Jesús ilustra el punto de que no se preocupen, porque vuestro Padre les va a proveer para sus necesidades: necesidades de alimento, necesidades de vestido. Él conoce el futuro de sus vidas. Pongan la vida en esas manos.

En una ocasión, en la Segunda Guerra Mundial —más que en una ocasión, al final de esa guerra en la que murieron 50 millones de personas, muchos de ellos con hijos, y muchos de esos hijos quedaron huérfanos—, en Europa se presentó un problema grave de orfandad masiva. Había más huérfanos de los que los albergues podían contener. Entonces los aliados —Estados Unidos, Rusia y otros países que los acompañaron en la guerra— comenzaron a construir orfanatos y albergues en Europa para alojar a esos huérfanos, alimentarlos, proveerles, enseñarles, educarles.

Sucedió que en uno en particular tuvieron un problema: los niños no dormían. No dormían, no podían dormir. Los niños estaban irritables, extenuados, cansados; muchos de ellos ya comenzaban a tener problemas en su funcionamiento porque no podían dormir. Los directores se preguntaban: ¿por qué estos niños no pueden dormir, si les estamos proveyendo todas sus comidas, todo lo que necesitan, instrucción y seguimiento? Trajeron unos psicólogos, y los psicólogos, después de pasar un tiempo compartiendo con los niños, hicieron una recomendación: que cuando cada niño se fuese a la cama, se fuera con un pan en la mano. Eso les chocó a los directores del centro, porque los niños estaban siendo alimentados adecuadamente todos los días.

Pero comenzaron a hacerlo: al acostarlos, pasaba alguien y le ponía un pan en el brazo a cada niño, y el niño tomaba el pan y dormía como un príncipe. ¿Qué pasaba? La ansiedad del pasado que tenían, el haber quedado huérfanos y haber pasado hambre, los llevó a sentir ansiedad aun cuando tenían sus necesidades cubiertas. Aun cuando el centro que los albergaba les decía "no se preocupen, que nosotros les vamos a proveer", aun teniendo esa promesa, aun teniendo esa certidumbre, ellos no podían, por el pasado que habían tenido, confiar en que al otro día iba a haber comida, y no dormían por ansiedad.

Y muchas veces a nosotros nos pasa igual. Nos pasa que Dios nos ha prometido y nos ha demostrado que nos ha provisto y nos va a proveer, pero nuestra inseguridad personal —pecaminosa inseguridad— nos lleva a desconfiar de que Dios vaya a proveer una vez más. Pero estos niños tenían razón para estar así: eran huérfanos. Nosotros no lo somos. La base de nuestra confianza está en que tenemos un Padre celestial atento a nuestras necesidades, con el poder y el deseo de proveer para cada una de ellas.

Fíjense que Cristo termina esa primera parte de las ilustraciones diciendo que no hará Él mucho más por vosotros, hombres de poca fe. Y esa expresión, "hombres de poca fe", aparece cuatro veces más en los evangelios, para un total de cinco veces. En las cinco veces, primero, siempre se les dice a los discípulos, porque el no creyente no tiene fe en absoluto; no es ni siquiera un hombre de poca fe. Los hombres de poca fe son los discípulos, que tienen algo de fe, pero poca. Los no creyentes no tienen nada de fe. Segundo, siempre se les dice en una de estas dos circunstancias: cuando tenían temor de las tormentas o de su vida, o cuando tenían temor de lo que iban a comer o a beber, de la cobertura de sus necesidades. Siempre salía a relucir esto.

Y cuando ustedes lo piensan lógicamente, esa expresión "hombres de poca fe"... ellos tenían fe, pero ¿cuál era la fe que tenían? Ellos tenían fe en que Cristo era el Mesías, ¿cierto? Trayéndolo al día de hoy: ¿cuál es nuestra fe? Nuestra fe es que Cristo es Dios encarnado, ¿cierto? Nuestra fe es que Cristo fue a la cruz y cargó con mis pecados y murió por mí. Mi fe es que Dios lo levantó de los muertos. Mi fe es que Cristo está a la diestra de Dios gobernando. Mi fe es que Él volverá por mí, ¿cierto? Mi fe es que Él va a poner bajo su control todos los poderes de las tinieblas, ¿cierto? ¿Dicen todo eso y se preocupan por lo que van a comer y beber? ¿Cómo puede ser que yo crea eso y no esté confiado en que Dios va a poner comida frente a mí? Es absurdo. Hombres de poca fe. ¿Cómo puede ser eso posible? Y sin embargo, es posible.

Algunas notas con respecto a la provisión de Dios. Dos cosas quiero decir. En primer lugar, muchas veces la provisión de Dios no viene con más dinero. A veces nosotros pensamos que cuando Dios promete que Él va a proveer, es que va a poner más dinero, más salario, más ingreso en nuestro bolsillo. No. A veces lo que sucede es que Él baja nuestras necesidades. Les pasó a los israelitas: los israelitas que tuvieron el éxodo desde Egipto a la Tierra Prometida, cuarenta años vagando. Tú sabes lo que dice la Biblia: que sus ropas y sus calzados nunca se desgastaron. A veces uno ve a un cristiano de pocos recursos económicos, y a los ricos los ve siempre enfermos, viviendo con un problema, que se dañó el electrodoméstico, que se dañó el carro, que la pieza. En cambio, el que tiene poco, el cristiano fiel, muchas veces lo vemos: sus hijos no se enferman, las cosas no se dañan, no necesitan tanto. Y al final, la misma perspectiva correcta de la vida que yo tengo, y que ustedes deben tener, y que debemos tener todos, debe bajar nuestros gastos, porque yo no estoy llamado a gastar como el mundo gasta ni a invertir como el mundo invierte. Y entonces, de esa manera, Dios provee: nos da una perspectiva correcta de la vida y nuestras necesidades bajan.

Pero muchas veces, sobrenaturalmente, Dios provee para nuestras necesidades. Yo les voy a dar un testimonio que, personalmente, creo que Dios lo permitió así. Cuando yo llegué al país después de hacer un estudio fuera, en el año 96, yo compré un inversor para la casa —yo vivía en la casa de mis padres en esa época— con cuatro baterías. Nada más. Pasó el tiempo, pasó el tiempo. En la calle donde yo vivía se va mucho la luz. Para no alargar la historia: las baterías del inversor duraron doce años. Yo no sé mucho de electricidad, pero sí sé que una batería no dura doce años. Duraron doce años las baterías. Yo creo que no se desgastaron por la voluntad de Dios.

Número dos: muchas veces la provisión de Dios llega de formas en las que trabaja con nuestro carácter y con nuestro orgullo. A veces llega de maneras humillantes, y tenemos que aceptarla porque es la provisión de Dios.

Le pasó a Elías. Dios llama a Elías a ser su profeta, lo lleva frente al rey, profetiza y demás, pero después le dice: "Ve a Sarepta, donde una viuda, en Sidón, y ahí yo te voy a proveer a través de esa viuda." Pero, señor, este es el profeta de Dios. ¿Cómo que Tú me va a proveer a través de una...? La viuda estaba en el escalafón socioeconómico más bajo de Israel, o de esa, digamos, de ese tiempo. Estaba en lo más bajo, porque las viudas no podían trabajar, las viudas vivían literalmente de la benevolencia del otro, de la benevolencia de algún familiar. Y Elías llega donde esta viuda, y la viuda le dice: "Yo no tengo para comer ni para mí. ¿Cómo que tú quieres que yo te provea?" "Bueno, Dios me ha mandado para acá porque me ha dicho que me va a proveer a través de ti." Humillante. Y a veces, muchas veces, la provisión de Dios toma una forma que humilla nuestro orgullo, pero esa es su provisión y tenemos que aceptarla y agradecerla.

La segunda razón por la que no deberíamos preocuparnos, que está en el texto, es porque esto es inconsistente con nuestra fe, con lo que nosotros hemos creído. Fíjense el versículo 31, que tiene otro de los "no os preocupéis": "Por tanto, no os preocupéis diciendo: ¿qué comeremos, o qué beberemos, o con qué nos vestiremos?" Versículo 32: "Porque los gentiles buscan ansiosamente todas estas cosas, pero vuestro Padre celestial sabe que necesitáis de todas ellas." En otras palabras, cuando se preocupan por lo económico, se confunden con el no creyente. Eso es lo que ellos hacen. Eso es lo que el gentil hace. Eso es lo que el que no tiene a Dios hace. Se preocupa, claro, porque no tiene un Dios que lo posee, lo controla y le provee todo. Es lógico pensar que el gentil —en este contexto, el gentil es todo el que no era judío, y en ese momento era el que no era parte de la salvación, digamos— los paganos, aquellos que tienen dioses paganos, esos son los que están ahí.

Cuando nos preocupamos por las cosas materiales, nos colocamos en una categoría que pertenece al pagano. Al que no tiene en quién confiar, al que no tiene razón para confiar, porque no se le ha revelado ningún Dios. Y es un problema esto, porque primero nos llenamos de ansiedad, y segundo, es un mal testimonio hacia el mundo en el cual vivimos. Nuestro impacto se reduce, como dice la Palabra: "Los gentiles buscan ansiosamente todas estas cosas." Claro, el gentil lo que quiere es acumular; el gentil lo que quiere es tener; el gentil se preocupa por lo que va a comer; el gentil se preocupa por la moda; el gentil se preocupa por todas esas cosas y las busca ansiosamente. Esa no debe ser la práctica cristiana. Esa no debe ser el estilo cristiano.

Dios nos ha prometido que nos va a proveer. No nos confundamos con aquellos que no tienen un Dios que les ha dicho que les va a proveer. Romanos 12:2, Pablo dice: "No os conforméis a este mundo." No tomen la forma de este mundo. Y algo que caracteriza este mundo y esta generación es la preocupación por lo económico. No solamente "¿voy a pasar hambre o no?", no; yo quiero lo económico, lo busco ansiosamente. Eso es lo que caracteriza nuestro mundo, nuestra generación. No nos podemos confundir con ellos.

¿Cómo me pongo yo? ¿Cómo te pones tú cuando tienes una situación económica de estrechez? ¿Qué viene a tu corazón? ¿Confianza o desconfianza? ¿Agradecimiento o queja? ¿Qué viene al corazón cuando te falta algo? Porque eso es un buen diagnóstico del corazón. ¿Te pones tenso, irritable e inseguro? Eso es un buen diagnóstico para el corazón.

Fíjense que la gran diferencia que está en el texto entre los gentiles o paganos y nosotros los cristianos es lo que dice la segunda parte del versículo 32: "Vuestro Padre celestial sabe que necesitáis todas esas cosas." El dios pagano no lo sabe; no son dioses, no los conoce, no sabe qué pueden necesitar, cómo les va a proveer. El Dios nuestro sí sabe lo que tú necesitas. Y si tú combinas esas dos verdades —primero, que Dios sabe, y segundo, lo que acabamos de ver, que Dios se preocupa— imagínese lo poderoso que es eso. Dios sabe lo que tú necesitas y Dios se preocupa por ti. Entonces, ¿por qué te preocupas tú? Dios no solamente está preocupado por nosotros y ocupado en proveernos, sino que sabe exactamente lo que yo necesito. Por eso yo decía al principio que ojalá lleguemos en nuestra vida a un punto donde podamos confiar en que lo que Dios define como mis necesidades, esas son, no lo que yo quiera o lo que yo diga, y viviremos contentos y viviremos tranquilos.

Por último, la tercera razón por la cual la Palabra nos llama a no preocuparnos es porque estamos llamados a vivir el día a día. Versículo 34: "Por tanto, no os preocupéis por el día de mañana, porque el día de mañana se cuidará de sí mismo. Bástele a cada día sus propios problemas." Señor, Dios no adelanta su gracia. Dios la da en el momento que se necesita. Ahí es donde Dios provee la gracia que yo necesito. A veces vemos gente desde afuera y decimos: "¿Cómo fue que fulano pudo sobrevivir a eso y pudo permanecer firme en esa situación?" ¿Cómo fue? Porque en el momento oportuno la gracia de Dios le asistió. Y a veces nosotros nos ponemos en el lugar de esa persona y decimos: "Yo no aguantaría eso." Créame, si usted es hijo de Dios y Dios permite esa situación para su vida, usted lo aguantará, porque Dios proveerá la gracia para esa situación en el momento oportuno.

Me gustó mucho esta expresión: preocuparnos por el futuro es como pagar interés de una deuda que no hemos contraído. ¿Por qué? Porque el futuro no ha llegado. Y si me estoy preocupando por algo que no ha llegado, estoy pagando interés y costo por algo que no existe, por una deuda que no tengo. Dejémosle al futuro los problemas del futuro y vivamos el presente gozosos, satisfechos y contentos con lo que Dios nos ha provisto. Démosle gracias a Dios que actuó en nuestro hoy y provee para nuestras necesidades hoy. Esa es la razón por la que las aves no acumulan, no almacenan. Nunca vas a ver un pajarito en el nido metiendo alimento, acumulando y acumulando tanto que el nido se pone gordo. No. Ellas saben que la creación, y Dios específicamente, les proveerá para sus necesidades. ¡Qué cosa! Si la creación está tranquila, ¿cuánto más nosotros, que somos sus hijos, aquellos a los cuales Él ha llamado sus hijos?

Entonces, si no debemos preocuparnos, ¿qué debemos hacer? ¿Cuál es la posición para yo apropiarme de esa promesa? Versículo 33: "Pero buscad primero su reino y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas." No os preocupéis, no os preocupéis, no os preocupéis; está claro el "no". ¿Qué hago entonces? ¿En qué me enfoco? Enfócate en Dios. Enfócate en buscar su reino, en buscar su rectitud, su justicia, y Dios te va a proveer, va a proporcionar todas esas cosas, todo lo que tú necesitas. En otras palabras, Dios nos está diciendo: "Ocúpate de mi reino, yo me ocupo de ti." ¡Qué promesa! "Ocúpate de glorificarme, yo me ocupo de lo que tú necesites." ¡Qué promesa! Eso es como el pan debajo del brazo. Dios nos ha dado un pan debajo del brazo y nos ha dicho: "Ocúpate de mi reino, yo me ocupo de ti. No te preocupes. No te mortifiques por lo que será el día de mañana."

La palabra "buscar primero" en el original significa que, de todas las opciones que tú puedes poner como prioridades en la vida, esa sea la número uno. Buscar primero, buscar prioritariamente, mayormente, fundamentalmente el reino de Dios y su justicia. ¿Qué es el reino de Dios? ¿Qué es la justicia? ¿Qué es lo que tenemos que buscar, qué es lo que tenemos que perseguir? El reino de Dios es que mi vida, primero comenzando conmigo, se gobierne por la Palabra de Dios, por los principios de Dios, por lo que Dios quiere para mi vida. Y número dos, que esos principios yo los pueda comunicar apropiadamente a mi entorno y el reino de Dios se haga presente en mi entorno. El reino de Dios en este momento no es físico; llegará un momento en que va a ser físico, pero en este momento no lo es. El reino de Dios es un reino de corazones. El reino de Dios es aquel lugar, aquel corazón donde Dios gobierna; ese es el reino de Dios.

Lo que debes buscar es que Dios gobierne tu vida, tus decisiones, tus preocupaciones; que Él controle e incluso te ayude a superar tus tentaciones. Absolutamente todo eso es el reino de Dios y su justicia, que es rectitud, santidad. Señor, si hay algo que el cristiano debe poner en su mira, en su objetivo, en su blanco, es santidad. Sé santo en todo, cueste lo que te cueste, Dios te proveerá. No digas: "Si le digo eso a mi jefe me botan", o "si hago eso se van a sentir mal." Busca su reino, busca su justicia, permite que los principios de Dios gobiernen cada área de tu vida, en tu vida personal, y Dios proveerá para cada una de nuestras necesidades y de tus necesidades.

Héctor Salcedo

Héctor Salcedo

Héctor Salcedo es economista de profesión y pastor de corazón. Posee una maestría en Estudios Bíblicos del Moody Bible Institute de Chicago y estudios de posgrado en Macroeconomía Aplicada. Es pastor de la Iglesia Bautista Internacional desde 2004, donde supervisa áreas administrativas, financieras y el ministerio de jóvenes adultos (M-Aquí), además de predicar regularmente. Está casado con Chárbela El Hage y tienen dos hijos, Elías y Daniel.