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Sermones

Nuestra relación con el Espíritu Santo

Héctor Salcedo 24 febrero, 2008

Antes de conocer a Cristo, el ser humano está muerto en delitos y pecados, incapaz de entender por sí mismo la verdad que puede salvarlo. El primer contacto con el Espíritu Santo ocurre cuando Él abre los ojos del corazón y otorga una nueva vida, una capacidad que antes no existía para comprender el evangelio. Este trabajo de regeneración es lo que permite que alguien acepte a Cristo como Señor y Salvador. Inmediatamente después, el Espíritu viene a morar en el creyente, sellándolo como garantía de la herencia prometida. Esa presencia no se pierde por el pecado; lo que el pecado quita es la efectividad y el fruto del Espíritu, pero no su morada.

El bautismo en el Espíritu Santo no es una experiencia posterior a la conversión que deba buscarse, sino una realidad que ocurre en el momento mismo de creer. No existe en el Nuevo Testamento ningún mandato ni exhortación a buscar este bautismo, precisamente porque no se pide lo que ya se posee. La diferencia entre cristianos que caminan en santidad y otros que luchan constantemente no radica en tener más o menos del Espíritu, sino en cuánto de sus vidas han rendido a Su acción.

Lo que sí se nos manda es ser llenos del Espíritu, un proceso continuo donde el creyente se vacía de sí mismo para permitir que el Espíritu lo dirija, lo impregne y tome control total. Como un guante que debe ablandarse para tomar la forma de la mano que lo llena, el cristiano debe dejarse moldear para que el Espíritu pueda manifestarse plenamente en él.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Yo quisiera hablar hoy más que de la persona, de quién es y qué hace el Espíritu Santo. Yo quisiera hablar más bien de cómo yo me relaciono con Él, cuáles son las relaciones que yo tengo con el Espíritu Santo, qué tipo de relación yo puedo tener con el Espíritu Santo. Obviamente vamos a hacer una especie de estudio acerca de la forma como el ser humano se relaciona con el Espíritu.

Hay algunos conceptos que son claves a lo largo de la historia de la iglesia en relación con el Espíritu Santo. El primero de ellos es el trabajo de regeneración que el Espíritu Santo hace en nosotros. Lo primero que nosotros experimentamos, digamos, cuando no somos cristianos, el primer encuentro que nosotros tenemos con el Espíritu, es un encuentro donde Él nos regenera, nos da una nueva vida y nos hace una nueva persona. Yo voy a hablar un poquito de ese concepto para luego pasar a otros.

Antes de nosotros conocer al Señor, antes de hacernos cristianos, la Biblia nos describe como muertos en delitos y pecados. Efesios 2:1 claramente dice que nosotros estamos muertos en esa condición de pecado, en esa condición de inmoralidad, y que peor aún estamos muertos, y entonces no podemos hacer nada por nuestros propios medios para entender la verdad que nos puede salvar. La verdad que nos puede salvar es que Cristo murió en la cruz por nuestros pecados y que poniendo nuestra fe en Él nosotros podemos recibir perdón de parte de Dios y ser reconciliados con Dios. Pero ese entendimiento no lo podemos lograr cuando estamos muertos en delitos y pecados.

En el momento en que un muerto no entiende, un muerto no puede aceptar una verdad. Tiene que haber un trabajo del Espíritu en el corazón de la persona que le dé una nueva vida, que le dé una nueva capacidad para entender la verdad que lo puede salvar. Y a eso es lo que nosotros le llamamos la regeneración del Espíritu Santo en nosotros. Es bien al principio de nuestra vida cristiana, antes incluso de creer, Él pone en nosotros el entendimiento, abre los ojos para que yo pueda aceptar la verdad de Dios. Es el primer contacto que nosotros tenemos con el Espíritu Santo.

Antes de eso no tenemos absolutamente ningún contacto. Lo primero que Él hace es abrir nuestros ojos, darnos una nueva vida y ayudarnos a entender esa verdad que, como les dije, nos salva. Hay tres figuras en el Nuevo Testamento que nos hablan de esta regeneración. La primera de ellas está en Juan 3, cuando Jesús está hablando con Nicodemo. Nicodemo viene y le pregunta a Jesús qué tiene que hacer para ser salvo, qué tiene que hacer para entrar en el Reino de Dios. Y Jesús le responde en Juan 3:3: "En verdad, en verdad te digo, el que no nace de nuevo no puede ver el Reino de Dios." Ese nuevo nacimiento, esa nueva naturaleza que nosotros tenemos, es algo que el Espíritu de Dios da en el corazón de la persona. Es una regeneración que hace en el corazón de la persona para que yo pueda aceptar la verdad.

El segundo concepto está en 2 Corintios 5:17, donde Pablo dice: "De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron, he aquí son hechas nuevas." O sea, yo soy otro. Desde el punto de vista de Dios, el creyente es otra criatura, algo diferente a lo que era. Nosotros sabemos que desde el Antiguo Testamento Dios había prometido que le daría a su pueblo un corazón de carne, quitaría el corazón de piedra que el pueblo tenía y le daría a su pueblo un corazón de carne. Eso está en Ezequiel 36:26. Ese cambio de corazón —acuérdense que el corazón es donde se encuentran alojadas, bíblicamente hablando, las emociones, los sentimientos, las aspiraciones, los intereses del individuo— será cambiado. Dice Dios: "En los postreros días pondré un corazón de carne donde había uno de piedra; pondré mi Espíritu dentro de ellos." Ese cambio de corazón es la regeneración que el Espíritu tiene que hacer en nosotros para que nosotros podamos entender la verdad de Dios.

A veces es algo interno que nadie sabe. En un mensaje quizás como este, en un momento como este, el Espíritu de Dios puede estar hablándole al corazón de alguien en este momento, y esa persona en su interior —aunque yo no estoy hablando del plan de salvación— entiende verdades que no había visto ni entendido de otra manera. Y ese es el trabajo de regeneración, de comprensión, que esa persona necesita para poder aceptar la verdad del Evangelio. Esa es la primera relación que tenemos con el Espíritu Santo. Juan 16 nos dice claramente que el Espíritu Santo viene para convencer al mundo de pecado, de justicia y de juicio. En otras palabras, cuando una persona acepta su pecado, se reconoce pecadora y entiende que necesita a Dios, eso es una obra del Espíritu de Dios, una obra de regeneración que el Espíritu hace: abre sus ojos y la persona puede aceptar al Señor.

El segundo contacto, o más que segundo contacto, otro concepto sumamente importante para entender el tipo de relación que nosotros tenemos con el Espíritu Santo, tiene que ver con su morada y su sello en nosotros. Nosotros sabemos, de la semana pasada, que en épocas anteriores a Pentecostés —que fue en Hechos 1 y 2, cuando descendió el Espíritu Santo sobre los discípulos— el Espíritu Santo no moraba en todo el pueblo de Dios. Podía morar en algunos individuos en particular; incluso podía venir y capacitar a un individuo para hacer una obra, como lo hizo con Saúl, como lo hizo con David, como lo hizo con los artífices del tabernáculo. Podía retirarse incluso; no moraba permanentemente en el pueblo de Dios.

En Pentecostés es que Cristo promete —o más bien, antes de irse Él promete— que prontamente el Espíritu vendrá a morar en el pueblo cristiano. Y es por eso que Él dice en Juan 14:16 que el Espíritu, antes, ustedes lo conocían y estaba con vosotros, pero ahora estará en vosotros, dentro de vosotros. Esa morada es lo que entendemos como la habitación de nuestra vida por parte del Espíritu Santo. Aun creyentes que están en pecado, creyentes genuinos que están en pecado, tienen al Espíritu Santo dentro de su corazón. Esa es la razón por la que Pablo les dice en 1 Corintios 6:19 a los corintios: "¿No sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo? Tenéis que dejar la inmoralidad." O sea, ellos estaban en la inmoralidad siendo templos del Espíritu Santo. La inmoralidad, el pecado en mi vida, no quita la presencia del Espíritu; quita su efectividad, quita su manifestación, quita su fruto, pero no quita su presencia.

La presencia del Espíritu es una promesa del Padre y del Hijo para su pueblo, y es, de hecho, como vamos a ver, una garantía de que nosotros vamos a recibir nuestra herencia. Entonces, la presencia del Espíritu es indispensable; de hecho, no hay un cristiano sin la presencia del Espíritu. Oigan cómo lo dice Pablo en Romanos 8:9: "Sin embargo, vosotros no estáis en la carne sino en el Espíritu, si en verdad el Espíritu de Dios habita en vosotros. Pero si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, el tal no es de Él." El que no lo tiene no es de Cristo; el cristiano que es de Cristo tiene al Espíritu en su corazón, morando, habitando ese corazón de esa persona.

Judas 19 —poco leído; Judas, verdad, es una sola página, no tiene capítulos, nada más tiene versículos— dice lo siguiente: "Estos son los que causan divisiones, individuos mundanos que no tienen el Espíritu." El mundano que no es cristiano no tiene al Espíritu de Dios; el cristiano sí lo tiene. Y de hecho, la morada del Espíritu en nosotros fue la solución que Dios buscó para que el ser humano pueda obedecerle. Nosotros, con nuestras inclinaciones pecadoras, con nuestras inclinaciones hacia lo malo, hacia hacer lo malo y desagradar a Dios, lamentablemente no podíamos agradar a Dios de ninguna manera, aunque nos lo propusiéramos. Con toda la fuerza de voluntad del mundo no podíamos juntar la suficiente como para agradar a Dios.

Cuando nos vamos al Antiguo Testamento y vemos lo que pasó con el pueblo de Israel, en casi todos los libros del Antiguo Testamento está recogida la desobediencia constante y permanente del pueblo de Israel hacia Dios. Un pueblo —lo vimos en la serie del Éxodo— que hoy decía: "Sí, Señor, te vamos a obedecer", y prontamente, tiempo después, otra vez caían en los mismos pecados, en las mismas deficiencias, en los mismos hábitos que desagradaban a Dios y levantaban su ira. El ser humano sin la asistencia y la ayuda de Dios en su corazón no puede agradarle.

Dios dijo: "La solución a esto es que yo voy a llenar a mi pueblo con mi Espíritu y voy a escribir mi ley en sus corazones. La voy a poner dentro de ellos, de tal manera que ahora yo no hago algo solamente porque Dios me lo pide; yo lo hago porque Dios ha puesto en mí el deseo de hacerlo." Es Él quien pone en nosotros el querer y el hacer; Él ha escrito su ley en mí a través de su morada con el Espíritu Santo en mi corazón. Es increíble esa realidad, es algo inexplicable, es algo casi inentendible.

Esta morada del Espíritu es, de hecho, no solamente la forma como Dios nos ayuda a obedecerle, sino que es el sello de nuestra herencia. Es la garantía de la herencia que nosotros todavía no hemos recibido completa, pero que vamos a recibir. Efesios 1:13 — Pablo hablando — dice: "En Él también vosotros, después de escuchar el mensaje de la verdad, el Evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído, fuisteis sellados en Él con el Espíritu Santo de la promesa." Después de haber creído el Evangelio de la verdad, después de haber aceptado el Evangelio de nuestra salvación y haber creído, nos ha sido puesto el sello del Espíritu Santo. Pero sigue agregando que nos es dado como garantía de nuestra herencia, con miras a la redención de la posesión adquirida de Dios, para la alabanza de su gloria.

Nosotros los seres humanos necesitamos constantemente que la gente nos dé garantías, que la gente nos pruebe su palabra. Nosotros compramos un equipo y nos dan un documento de no sé cuántas páginas, donde se establecen las condiciones de la garantía, cuándo la podemos reclamar, cuándo no la podemos reclamar. Si vendemos un carro, tenemos que firmar un contrato; al reclamar un apartamento, tenemos que firmar un contrato. Si contratamos a un individuo, tenemos que firmar un contrato donde diga lo que él va a hacer, lo que él no va a hacer, lo que él va a ganar, porque todo se confunde, todo se maneja egoístamente, maliciosamente. Necesitamos garantías.

Y incluso, cuando se trata de Dios, quizás en el corazón de muchos de nosotros a veces tenemos la pregunta: ¿yo tengo garantías? Dios en su gracia no tiene que dar explicación ni garantías, pero en su gracia nos ha dicho: "Miren, el Espíritu Santo que yo he puesto en ustedes, y del cual ustedes se dan cuenta que lo tienen porque viven de una manera diferente ahora, es la garantía de que así como yo cumplí esa promesa, yo voy a cumplir todas las demás promesas que yo les he hecho." Es la garantía de nuestra herencia. Muchas cosas que no hemos recibido tienen una garantía, entonces, de que las recibiríamos, porque hemos recibido al Espíritu Santo en nuestros corazones. Y esa es una realidad que es abrumadora para mí también. ¿Cómo puede ser que Dios, independientemente de lo que yo sea, de lo que yo haga, de lo que yo pueda pensar, me garantice su herencia para mí hasta el final de los días?

Me atrevo a decir que el sello del Espíritu declara que la transacción de salvación es oficial y definitiva desde el punto de vista divino. La transacción de salvación es definitiva, es oficial para Dios, y su sello es el Espíritu en nosotros. Entonces, el primer contacto que tenemos con el Espíritu es un contacto donde nos abre los ojos, nos cambia el corazón, nos da nuevo entendimiento; es un contacto donde nos regenera, donde nos da nueva vida. Lo que inmediatamente pasa es que al yo aceptar la verdad del Evangelio —al aceptar el Evangelio de la verdad, como nos dice Pablo— habiendo creído en Él, no solamente he sido regenerado; ahora he recibido también el sello del Espíritu y su morada en mí. Ahora el Espíritu viene a habitar en un ser que antes estaba de espaldas a Dios, y que ahora ha sido regenerado y en quien el Espíritu ha sido puesto para que pueda vivir de una manera que a Dios le agrade. Increíble.

La tercera relación que tenemos que entender con el Espíritu es el concepto del bautismo en el Espíritu Santo. Y es quizás el más confuso, el que más controversia ha levantado a través de los años. Lo primero que quiero comenzar aclarando es que en los cuatro Evangelios —Mateo, Marcos, Lucas y Juan— hay una referencia a que Cristo va a venir y va a bautizar con el Espíritu Santo, y algunos evangelistas dicen "Espíritu Santo y fuego." Esa referencia nos comienza a dar una idea de qué es esto del bautismo del Espíritu Santo: es algo que Cristo realiza en nosotros. Él es el bautizador; el Espíritu es el elemento en el cual somos bautizados.

Hago esa aclaración porque hay una idea muy generalizada de una experiencia denominada "el bautismo del Espíritu Santo." Bíblicamente no hay un bautismo del Espíritu Santo; hay un bautismo de Cristo con el Espíritu Santo. Quien bautiza es Cristo, con el elemento Espíritu Santo. Entonces no hay un bautismo del Espíritu, bíblicamente hablando por lo menos. Ese es el primer concepto que quisiera aclarar para que comencemos a entenderlo.

En este punto hay dos posiciones que a veces se contraponen y que no han logrado coincidir en la forma como se plantean. Una posición sugiere que el bautismo del Espíritu es una experiencia posterior a cuando yo me convierto; es lo que llaman una segunda obra de gracia. O sea, después que yo me convierto y conozco a Cristo como Señor y Salvador —lo cual recibimos por gracia—, posterior a mi conversión hay otro momento en el cual el Espíritu Santo me bautiza. Quienes sostienen ese planteamiento, esa segunda obra de gracia que ocurre después de la conversión, se basan básicamente en el libro de los Hechos para hacer su afirmación. En el libro de los Hechos, capítulos 2, 8, 10 y 19, hay cuatro momentos o situaciones en las que pudiera entenderse que el bautismo en el Espíritu tiene lugar después de la conversión.

Voy a analizar rápidamente cada suceso. Primero, Hechos 2. ¿Qué fue lo que sucedió en Hechos 2? Ese fue el evento de Pentecostés. Ahí fue que el Espíritu Santo vino sobre los discípulos; estaban todos en el aposento alto, nos dice la Palabra, y vino como vientos recio, vino el Espíritu y todos fueron llenos del Espíritu Santo. Ese fue el cumplimiento de la promesa de Jesús y del Padre de que el Espíritu vendría en no muchos días. Cristo les había dicho antes de ascender: "Esperen ahí en Jerusalén hasta que sean investidos de poder, hasta que reciban el poder", y sabemos que hace referencia al Espíritu Santo.

Entonces muchos concluyen: "Bueno, pero esta gente —Pedro, Juan, Mateo— ¿era cristiana o no? Sí era cristiana, y recibió al Espíritu después de ser cristiana; por lo tanto, tiene que ser que yo primero me hago cristiano y después recibo al Espíritu." Pero realmente cuando uno entiende lo que aquí está sucediendo, sabe que no puede concluir eso, porque en Hechos 2 es la primera vez que el Espíritu viene sobre los discípulos. Estamos en una época de transición, donde la forma como el Espíritu se relacionaba con el ser humano antes y después de Pentecostés es diferente. Ahora el Espíritu viene a habitar en el creyente; en algún momento tenía que darse eso, y sobre quiénes se dio: sobre aquellos que ya habían creído. Entonces no podemos concluir que es una segunda obra de gracia a partir de Hechos 2; eso era lo que tenía que suceder por la transición. Antes de eso el Espíritu no venía sobre la gente de esa manera; después de Pentecostés tuvo que venir sobre aquellos que habían creído en Cristo.

En Hechos 8 vemos a Felipe predicándole a los samaritanos, y en el versículo 12 se nos dice que ellos recibieron la palabra de Felipe y creyeron en el Señor Jesús. Pero un poco más adelante, en el versículo 15, dice que entonces vinieron los apóstoles, impusieron las manos y recibieron el Espíritu Santo. Muchos dicen: "Ahí está la evidencia de que el Espíritu Santo viene en una experiencia posterior a la conversión." Pero nosotros sabemos también que entre los judíos y los samaritanos no había comunión; había una enemistad entre ellos. Dios usa esta forma con los samaritanos como una manera de poder derrumbar el prejuicio que había hacia ellos: cuando los apóstoles van y se dan cuenta de que los samaritanos están recibiendo el mismo Espíritu Santo con el cual ellos fueron bautizados en Pentecostés, los apóstoles no tienen más opción que decir: "Esta gente está igual en el plan de Dios, igual que nosotros. Son samaritanos, son impuros a los ojos de ellos, pero están también en el plan de Dios." Por tanto, Dios usó el hecho de que los samaritanos recibieran el Espíritu Santo posterior a su conversión para que lo recibieran de manos de apóstoles judíos, y ellos pudieran darse cuenta de que esta gente también estaba recibiendo el Espíritu Santo y que estaba dentro del plan de Dios.

En Hechos 19 hay un evento donde Pablo llega a un lugar y se encuentra con unos discípulos de Juan el Bautista. Estos discípulos comienzan a hablar con Pablo y Pablo les pregunta: "¿Y ustedes no han recibido el Espíritu Santo?" Y ellos dicen: "Nosotros ni siquiera sabíamos que había un Espíritu Santo." Muchos concluyen: "Fíjense, esa gente era creyente y no había recibido al Espíritu." Pero si leemos Hechos 19:4, sabemos que esa gente tampoco había creído en Cristo como Señor y Salvador. Si no había recibido a Cristo como Señor y Salvador, no podían tampoco recibir al Espíritu Santo. Por lo tanto, lo primero que Pablo hace es presentarles a Cristo, y luego ora para que reciban el Espíritu Santo, y lo terminan recibiendo efectivamente.

Además de todo eso, en toda la Biblia, en todo el Nuevo Testamento, no hay ni un mandato, ni una exhortación, ni una sugerencia a que nos bauticemos con el Espíritu Santo. Ninguno de los problemas en la iglesia de Corinto, en la iglesia de los Gálatas, ninguno de los problemas que los apóstoles enfrentaron los llevó a decir: "Si ustedes quieren solucionar eso, busquen el bautismo del Espíritu Santo." Cuando no hay una sugerencia, ninguna exhortación, ningún mandato a que seamos bautizados en el Espíritu Santo, tiene que ser esta una realidad que no tenemos que buscar; es una realidad en nosotros. Un autor decía que la razón por la que no hay ningún mandato ni ninguna exhortación es porque usted no busca ni pide lo que ya posee. Si se posee el Espíritu Santo —su morada, su sello, su bautismo—, ¿para qué hay que pedirlo o buscarlo? Esta no es una experiencia que deba buscarse, sino una realidad que debe reconocerse.

Ese es el grupo que plantea el bautismo del Espíritu Santo como algo posterior.

El otro problema que ha causado esa idea es que dentro de las iglesias, aparte de que ha producido divisiones denominacionales —unos de los que creen que el Espíritu trabaja de esta manera, otros que de esta otra manera—, dentro de las iglesias se han producido divisiones. Un hermano viene y le pregunta a otro: "¿Tú has recibido el bautismo del Espíritu Santo?" Y el otro, tristemente, dice: "No, yo no lo he recibido." Entonces, tú tienes otra categoría. Claro, no se lo dice así de esa manera, pero implícitamente es como si hubiesen dos categorías de cristiano, y eso ha producido una gran división.

Por otro lado, estamos aquellos que creemos que el bautismo en el Espíritu Santo es parte de mi experiencia de conversión. Cuando yo me convierto y acepto la verdad del Evangelio, yo soy regenerado, yo soy sellado, el Espíritu Santo viene a morar en mí y he sido bautizado por el Espíritu también. Y una de las razones por la cual se han confundido estos conceptos es porque ocurren en un mismo momento. Realmente ocurren en el mismo momento en que la persona es salva y entiende la verdad del Evangelio y acepta a su Cristo como Señor y Salvador.

Miren cómo lo dice Pablo en 1 Corintios 12:13: "Pues por un mismo Espíritu todos fuimos bautizados en un solo cuerpo, ya judíos o griegos, ya esclavos o libres, y a todos se nos dio a beber del mismo Espíritu." La primera parte habla de que todos hemos sido bautizados por el Espíritu en un mismo cuerpo, y la segunda parte, de que se nos dio a beber de un mismo Espíritu. Casi todos, prácticamente todos los estudiosos que consulté, están de acuerdo en que eso se refiere a la morada del Espíritu en nosotros: se nos ha dado a beber el Espíritu Santo. Su bautismo y su sello son una realidad, y su presencia es una realidad de todo cristiano genuino. No es una experiencia posterior que yo debo buscar, procurar y anhelar.

Entonces surgen dos preguntas. Si eso es así, ¿por qué hay cristianos que testifican que han tenido una experiencia de bautismo en el Espíritu, y de hecho esa experiencia ha tenido fruto en sus vidas? A partir de ese momento esa gente cambió su vida, cambió su caminar con Dios de formas profundas y demás. Y no podemos negar esa experiencia, porque muchos dicen: "Es real. ¿Cómo le niego a alguien que realmente vivió algo?" No hay manera, pero yo puedo interpretar esa experiencia.

¿Cuál puede ser una interpretación? Una: cuando la corriente que entiende que el Espíritu es una segunda obra de gracia, que el bautismo del Espíritu es posterior —esa corriente—, normalmente le dice a sus discípulos: "Bueno, para usted ser bautizado en el Espíritu, usted tiene que arrepentirse de sus pecados, usted tiene que reconocer a Cristo como Señor, usted tiene que rendirse al control total de Dios, buscar en su Palabra, comunión con Dios." Claro, cuando todas esas cosas pasan, sin duda el individuo va a crecer espiritualmente, porque está sometiéndose y está disponiendo su corazón a verdaderamente encontrarse con Dios, se consagra, se dedica, busca la comunión con Dios. Y entonces, cuando él comienza a entender la Palabra de otra manera, cuando él comienza a ver que vence el pecado que antes no podía vencer, él dice: "He sido bautizado con el Espíritu." Pero lo que ha pasado es que ha dado un salto de crecimiento producto de su búsqueda del bautismo, y mucho lo asocian con el bautismo.

La otra razón es que hay muchas personas que vienen a la iglesia, y yo he hablado con algunas personas que me han dicho: "Chico, yo no sé lo que me pasa, pero yo no siento esa pasión que dicen que se siente, yo no me siento tan apasionado por Dios, yo no siento tanto deseo de leer la Palabra, yo no siento deseo de orar, a mí me da mucho trabajo enfrentarme a mis pecados, a mis hábitos, no entiendo." Y muchos entonces, en otras corrientes, dicen: "A ti lo que te falta es el bautismo del Espíritu Santo." Probablemente una persona que se expresa de esa manera es probable que no sea ni siquiera cristiana, que a veces no ha tenido una experiencia real y genuina de conversión. Él está viniendo a la iglesia, pero no todo el que viene, hermano, a la iglesia es cristiano. Hay una experiencia interior, hay una obra del Espíritu que se hace en el interior de la persona, hay un cambio de corazón que tiene que suceder, que mucha gente cree que es, pero no es; cree que está, pero no está.

Y entonces uno lo ve luchando con su vida espiritual; esta vida es un peso para esa persona, pero esa persona ni siquiera ha nacido de nuevo. Entonces esa corriente le dice: "Tú necesitas el bautismo del Espíritu," y él comienza a buscar el bautismo del Espíritu, y en ese proceso él se convierte. Y al convertirse, finalmente él fue bautizado en el Espíritu. Y ahora él asocia su avance, su entendimiento, su santificación al bautismo, y no a la conversión, cuando realmente se convirtió por primera vez. Y esa puede ser una explicación de por qué mucha gente dice: "No, pero yo pasé por esa experiencia, tú no la puedes negar." No se la niego; estoy interpretando. Puede ser eso.

Otra pregunta es intrigante: pero bueno, si la regeneración, la morada, el sello y el bautismo son una realidad de todo cristiano, ¿cómo puede ser que haya cristianos aquí en la escala de madurez espiritual y de santificación, y otros allá? ¿Por qué no deberíamos estar todos en un mismo nivel? Bueno, bíblicamente, el pecado no es una evidencia de que yo no tengo el Espíritu. El pecado quizás en mi vida es una evidencia de que yo no estoy lleno del Espíritu. Entonces, cuando yo peco, cuando yo me muestro inmaduro en mi fe, lo que estoy evidenciando es que realmente no he rendido el control de mi vida al Espíritu que mora en mí, pero su morada está ahí, su presencia está ahí, su sello está ahí. Nos pasa como a los corintios, que eran cristianos altamente dotados de dones espirituales, pero altamente cargados de pecado, de inmoralidad y de otro tipo de problemas. Esa falta de evidencia, de manifestación del poder de Dios en mi vida, no es una evidencia de que no tengo al Espíritu; es una evidencia de que me falta entrega personal a la acción del Espíritu en mi vida.

Y ese es el cuarto concepto al cual quiero entrar, que es el concepto de la llenura o la plenitud del Espíritu en mi vida, o en nuestra vida. Hasta aquí, todas las demás obras del Espíritu —regeneración, morada, sello, bautismo— son obras que Dios hace soberanamente, por su gracia, por su misericordia, que yo no consigo, que yo no gestiono, que yo no logro. La llenura es algo que la Biblia me indica que yo puedo tener alguna incidencia en lograr o no en mi vida. ¿Y por qué? Porque hay un mandato explícito en Efesios 5:18 que nos dice que seamos llenos del Espíritu Santo. Y si es un mandato, es algo que yo debo procurar hacer. Y si yo puedo procurarlo, es porque yo tengo alguna incidencia en que eso sea una realidad en mi vida.

Pero antes de entrar al análisis de ese pasaje, yo quisiera leer algo que decía Lewis Sperry Chafer, que fue uno de los directores —del seminario de Dallas, perdón— del Seminario Teológico de Dallas, y dice: "Hay una diferencia apreciable en el carácter y calidad de la vida diaria de muchos cristianos. Pocos pueden caracterizarse por estar llenos del Espíritu. Esta falta, sin embargo, no se debe a una falla de parte de Dios en su provisión, sino más bien a la falla de parte del individuo de apropiarse de esa provisión y permitir que el Espíritu Santo llene su vida." En otras palabras, si en mi vida hay una deficiencia en las manifestaciones del Espíritu, no es una falta de parte de Dios en su provisión; es porque yo he fallado en dejar que Él se manifieste en mí, y eso es tremendamente importante que lo entendamos.

Cuando yo siento que la vida cristiana me pesa, cuando yo siento que obedecer a Dios está tan difícil, cuando yo siento que la vida cristiana es más una carga que un viento debajo de mis alas, probablemente yo estoy viviendo mi vida cristiana sin la llenura del Espíritu. Cuando Cristo vino a la tierra, dijo en Mateo 11:9 que le entregáramos nuestras cargas, que le entregáramos nuestros pesos, porque su yugo era fácil y ligera su carga. El llevar tu vida a Jesús es fácil, es ligera, y cuando eso no es una realidad en mi vida, hay un problema en mi condición espiritual. No que el Espíritu no esté en mí, pero obviamente hay una falta de llenura del Espíritu en mí.

Nosotros sabemos que cuando hablo de llenura del Espíritu, imagínense que yo le pido: "Dios, Señor, lléneme más de tu Espíritu." Esa no es la oración. Es: "Señor, vacíame más de mí," porque realmente el Espíritu está presente en cada creyente en la misma medida. El Espíritu no se fracciona; a ti no te han dado una parcela más pequeña que a mí del Espíritu. A ti te han dado el Espíritu en su plenitud, y a mí el Espíritu en su plenitud. ¿Cuál es la diferencia entre una persona que camina de una manera santificada y otra que no camina así? Bueno, que la persona que camina santificadamente le ha entregado una mayor porción de su vida y de su corazón a la acción del Espíritu que habita en ella. Ahí está la diferencia. No es llenarme más; es vaciarme de mí. Ese es el secreto, digamos, para tener una vida llena del Espíritu.

Pero nosotros sabemos, por Gálatas 5 desde el versículo 16, que Pablo dice: "Entonces saben una cosa, gálatas: los deseos de la carne se oponen —no solamente impiden, se oponen— a los deseos del Espíritu. Y el deseo de la carne es contra el deseo del Espíritu." Y sucede que yo, como ser humano, en este momento tengo una carne que todavía es una realidad en todos nosotros, que tiene deseos. Pero también tengo un Espíritu Santo dentro de mí que tiene deseos. Y Pablo me dice en Gálatas 5 que el deseo de mi carne muchas veces se va a contraponer y a oponerse al deseo del Espíritu, y la pregunta es: ¿a quién voy a obedecer?

Al deseo de mi carne o al deseo de mi espíritu. En la medida en que yo ceda al deseo de mi carne, en esa misma medida el deseo del espíritu será apagado, disminuido, y su manifestación en mi vida será mucho menor. Y eso es lo que sucede con aquellos que tienen una condición y otros que tienen otra condición.

La llenura del Espíritu, aclarando también conceptos, no implica necesariamente actos sobrenaturales, milagros, manifestaciones sobrenaturales, lenguas y demás. Dios lo puede hacer perfectamente; de hecho, lo hizo en Hechos 2, lo hizo en Hechos 19, y lo ha hecho y lo puede volver a hacer. Pero no necesariamente el que está lleno tiene una manifestación sobrenatural de ese tipo. Siempre ponemos el ejemplo de Juan el Bautista, que estuvo lleno del Espíritu Santo desde el vientre de su madre y nunca hizo un milagro. Porque la llenura del Espíritu, la evidencia de la llenura del Espíritu, es la santidad de la vida, no lo sobrenatural de ella.

De hecho, la santidad de una vida humana es un acto sobrenatural. ¿Qué más sobrenatural puede ser que una persona pecadora, con inclinaciones malas y de maldad, pueda caminar de una manera que agrade a Dios? ¿Quieres un milagro más grande que ese? Un muerto respondió a un llamado de salvación: ese es el mayor de los milagros, el milagro de la salvación. Un muerto respondió al llamado, un ciego vio la luz. Ese es el milagro más grande. Ahora, si Dios quiere agregarle a ese milagro otros milagros, eso lo puede hacer. Pero no necesariamente la llenura del Espíritu implica eso.

Tampoco es el otro extremo, de un grupo que dice que la llenura del Espíritu es sencillamente leer la Biblia y hacer lo que ella dice estrictamente, entendiendo que el Espíritu no habla, no guía, no induce, no enseña en el interior del corazón. Hay una vivencia personal del Espíritu con cada cristiano. Hay momentos en los que yo no he leído la Biblia, pero ante una situación que se me presenta, yo siento: "No, no lo hagas." Eso es una voz del Espíritu Santo. Hay momentos en los que yo puedo sentir —lo digo de esa manera— "ora por Miguel, ora por tal hermano, ora por tal hermano," y nos ponemos a orar, obedeciendo lo que entendemos es una dirección del Espíritu. Y eso no lo leemos en la Biblia: "ahora ora por Miguel."

Ahora bien, todo lo que el Espíritu me indique y me guíe va a ser consistente con lo que Él ha revelado en su Palabra. Hay dirección específica del Espíritu en mi vida. El Espíritu de Dios me puede guiar a escoger una pareja, a comprar un carro, a comprar una casa, a saber qué tipo de ropa visto, a saber qué empleado contrato. El Espíritu de Dios me puede guiar; eso no lo vas a encontrar todo en la Biblia. En la Biblia hay principios generales de comportamiento, de conducta, de valores. Para una dirección más específica, yo tengo entonces que abrir mis oídos espirituales y estar pendiente de lo que el Espíritu quiere en mi vida. Y obviamente todo lo que Él revele va a ser consistente con lo que la Palabra de Dios revela.

Entonces, sucede que hay cristianos que viven una realidad de vida como si estuvieran antes de Pentecostés. No han experimentado el poder transformador, regenerador y santificador del Espíritu en sus vidas, y viven como si fuera antes de Pentecostés, porque no reconocen a Dios en ellos. Sucede como si fuera que tú compras una nevera, la mejor nevera de tu vida, la llevas a tu casa, la llenas de alimentos: carne en el freezer, agua, refresco abajo. Tremenda nevera. Al otro día hay un mal olor grandísimo en la casa, y la nevera dañó todos los alimentos. Tú, molesto e indignado, llamas al concesionario y le dices: "¡Pero esta nevera, ¿usted sabe cuánto me costó? ¡Está todo dañado, me va a tener que reponer eso!" Y el empleado, con calma y paz, dice: "Señor, vea atrás, a ver si está conectada."

Entonces el señor, molesto e indignado, va atrás y se da cuenta de que el cable de conexión está tendido en el piso. Sin decirle nada al empleado, lo conecta. Y se da cuenta de lo absurdo que es tener un equipo como ese y no tenerlo conectado a la fuente de energía. Es una pobre ilustración de lo que pasa con los cristianos —una muy pobre ilustración, porque el Espíritu Santo no es una energía, es una Persona—, pero tenemos al Espíritu Santo en nosotros y vivimos como si estuviéramos desconectados de su accionar, de su presencia, de su mover, de su dirección. Y vivimos fracasados espiritualmente, luchando con cosas que debimos haber dejado hace tiempo, precisamente porque no queremos dejar que el Espíritu se manifieste más poderosamente en nosotros.

La llenura del Espíritu Santo está llamada a ser la experiencia de todo creyente genuino; por eso se nos manda. Y este tipo de llenura está en Efesios 5:18, donde nos dice Pablo: "Y no os embriaguéis con vino, en lo cual hay disolución, sino sed llenos del Espíritu Santo." Es un mandato. El tiempo en el cual está redactado ese pasaje es imperativo, es un mandato a todo cristiano. La llenura del Espíritu incluso no depende de mi grado de madurez espiritual, sino de mi grado de rendición a la acción del Espíritu. Puede haber un cristiano con poco conocimiento, pero que esté tan rendido a los propósitos de Dios, que él esté lleno del Espíritu. Cada quien en su condición puede estar lleno del Espíritu.

Yo puedo tener mucho conocimiento —incluso mucho conocimiento teológico, doctrinal, bíblico— y estar vaciado del Espíritu. Se pueden dar los dos extremos. Ahora, tenemos que ser balanceados: siempre hemos dicho que el conocimiento bíblico fortalece mi fe, ayuda mi proceso de santificación, y bien manejado debería producir una mayor llenura del Espíritu. Me explico: si yo conozco mucho la Biblia pero no hago que la Biblia me transforme y me cambie, la llenura no va a resultar.

Entonces, en este pasaje lo primero es un mandato en imperativo. Lo segundo, que es interesante, es que realmente, si lo traducimos bien, el "sed llenos del Espíritu" está en tiempo presente y debería traducirse: "manténganse siendo llenados por el Espíritu." No es un acto puntual. La regeneración es un acto, la morada es un acto, el sello es un momento, el bautismo es un momento en el pasado. La llenura es un proceso de llenura constante, donde yo procuro ordenar mi vida y mis pasos para que el Espíritu me llene.

Y ese es el tercer concepto importante de este pasaje: está en tiempo pasivo, lo que significa que la llenura no es algo que yo produzco, sino algo que yo permito. Yo tengo que ordenar mi vida de tal manera que la acción del Espíritu de Dios en mi vida sea facilitada. Quien me llena es Él, no yo. Lo que yo hago es vaciarme de mí, y Él me llena de Él, y aumenta su manifestación en mi vida. Es algo que yo permito, no algo que yo hago.

En el original hay tres expresiones. Esta expresión "sed llenos" viene de la palabra *pleroo*, que tiene tres acepciones o usos que pueden dar mucha luz a lo que estamos hablando. El primer uso de la palabra *pleroo* hace alusión a las velas de un barco cuando son izadas y el viento llena las velas. *Pleroo* es eso. "Llenos del Espíritu" es como si el viento de la dirección del Espíritu llenara mis velas y me dirigiera en la dirección que Él quiere. Como ustedes saben, dependiendo de la dirección del viento, los navegantes tienen que dirigir sus velas; pero si el viento va para allá y la vela está izada así, yo voy para allá. En otras palabras, yo debo permitir que el Espíritu guíe mi vida de tal manera que yo vaya en su dirección. No es pedirle a Él que me acompañe, no es pedirle: "Ven, bendice lo que yo hago," sino pedirle que me dirija hacia donde Él quiere que yo vaya.

Número dos: esta expresión *pleroo* también se usaba para expresar permeabilidad o empapamiento. Cuando la carne era empapada de sal para que tomara sabor o fuera protegida de la putrefacción, ese empapamiento de la sal era *pleroo*. En otras palabras, también pueden entender que este "ser llenos" es que seamos tan empapados del Espíritu que su sabor y su presencia sean evidentes en nosotros. Creo que si hay algo cuya presencia es evidente, es la sal; y cuando falta, también es evidente. Es una buena ilustración.

Y por último, *pleroo* significa también control total, absoluto control de algo. Lo ilustro con un guante de pelota. Los hombres que están aquí, que quizá jugaron béisbol en su juventud o lo siguen jugando, saben que uno compra un guante nuevo y el guante está duro, no tiene la forma de la mano ni la forma de la pelota. Entonces lo que los jugadores hacen es coger una pelota, meterla en el guante, amarrarlo, ponerle vaselina, amarrarlo de nuevo, ponerlo debajo de la cama y subirse encima de él, para que el guante tome la forma de la pelota. A veces el guante está tan duro que cuando la mano se introduce no se puede mover, entonces el guante no hace su función; viene la pelota, cae en el guante y se cae, porque no puede agarrar.

Imagínense que ustedes son el guante y el Espíritu es la mano que los llena. Mientras más duros e inflexibles sean en su manera de vivir, mientras no tengan la forma de la mano que se introduce —que es el Espíritu—, más difícil será para el Espíritu atrapar la pelota, es decir, hacer su obra. Más difícil será, porque yo tengo una forma que no es adecuada a la mano que entra. Y la forma del Espíritu, sabemos, es integridad, es santidad, es amor, es paz. Yo tengo entonces que procurar, así como se hace con el guante —que uno lo coge y lo trabaja así—, tomar la forma del Espíritu. A veces Dios nos moldea de esa manera, a veces tomamos la forma del Espíritu. Así atrapamos mejor, hacemos las cosas mejor, cumplimos el propósito mejor.

Y entonces tenemos que disponernos, hacernos ablandados, moldeados por el Espíritu, para que cuando el Espíritu esté dentro de nosotros, Él pueda manifestarse plenamente en nosotros. Y ese es mi próximo mensaje. Mi próximo mensaje es precisamente: ¿cuáles condiciones en mi vida permitirían que yo tenga la plenitud del Espíritu? No es una receta, es un caminar, es un desarrollo de una relación con una persona que es el Espíritu.

Si estamos regenerados, si el Espíritu mora en nosotros, si estamos sellados, si estamos bautizados, ¿cómo puede ser que desaprovechemos el poder que Dios ha puesto en nosotros a través de la persona del Espíritu, y vivamos una vida cristiana derrotada, pesada, difícil, precisamente porque no queremos tomar la forma que el Espíritu nos quiere dar?

Héctor Salcedo

Héctor Salcedo

Héctor Salcedo es economista de profesión y pastor de corazón. Posee una maestría en Estudios Bíblicos del Moody Bible Institute de Chicago y estudios de posgrado en Macroeconomía Aplicada. Es pastor de la Iglesia Bautista Internacional desde 2004, donde supervisa áreas administrativas, financieras y el ministerio de jóvenes adultos (M-Aquí), además de predicar regularmente. Está casado con Chárbela El Hage y tienen dos hijos, Elías y Daniel.