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Sermones

Nuestro sufrimiento presente a la luz de la gloria venidera

Miguel Núñez 24 noviembre, 2024

¿Cómo puede un Dios bueno y todopoderoso permitir tanto dolor en el mundo? Esta pregunta ha atravesado siglos, y las respuestas han sido muchas veces erradas, como la de los amigos de Job que culparon al sufriente, o la de quienes sacan a Dios de la ecuación atribuyendo todo al diablo. Pero la Escritura es clara: Dios mismo se responsabiliza de las calamidades. En Amós 3:6 pregunta si sucede una calamidad en la ciudad sin que Él la haya causado, y en Isaías 45:7 declara que Él crea bienestar y calamidades. Si Dios no está en control, no es soberano; y si no es soberano, no es Dios.

Romanos 8 no ofrece explicaciones exhaustivas sobre el dolor, sino perspectiva. Pablo considera que los sufrimientos presentes no son dignos de compararse con la gloria venidera. La imagen de una mujer en trabajo de parto ilustra esto: el dolor es real e intenso, pero el gozo que viene después lo supera de tal manera que ella voluntariamente lo atraviesa de nuevo. Cristo mismo soportó la cruz por el gozo puesto delante de Él. La visión que tengamos del reino venidero determina el peso que le damos al sufrimiento presente.

La creación entera gime bajo los efectos de la caída, esperando su liberación. Nosotros gemimos también, pero no estamos solos: el Espíritu Santo intercede por nosotros con gemidos indecibles, ayudándonos en nuestra debilidad cuando no sabemos orar. El pastor Núñez enfatiza que necesitamos esperanza y paciencia, dos virtudes que el Espíritu produce en nosotros. El Salmo 66 resume esta perspectiva: Dios nos prueba, nos refina como plata en el fuego, y nos saca a lugar de abundancia. La prueba y el refinamiento son misericordia, preparándonos para manejar la gloria que viene.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

El texto que vamos a exponer prontamente responde, o trata de hablar, acerca de una de las preguntas más frecuentes que el cristiano y el no cristiano se ha hecho a lo largo de la historia. Cuando digo esto me estoy refiriendo a la interrogante de cómo es posible, o cómo explicamos, que el Dios bueno, misericordioso, todopoderoso pueda permitir la clase de dolor con la que nos encontramos en el mundo. Otros han hecho la pregunta: ¿cuál es el propósito de ese dolor y sufrimiento? Ustedes que hablan de que todo tiene un propósito, ¿cuál es? Yo no lo veo. Y todavía otros han pensado bien intencionadamente, al cabo de mucho tiempo, y han concluido que no, que nosotros vivimos en un mundo que es sordo o indiferente al dolor humano; en otras palabras, no hay Dios, no hay nada cómo explicarlo, simplemente es.

Estas preguntas han sido respondidas, y los argumentos han sido abordados de diferentes maneras a lo largo de veinte siglos. Algunas respuestas han sido muy bíblicas; otras, muy erradas o erróneas, aun cuando la intención de quienes estuvieron errados haya sido buena. De hecho, los amigos de Job respondieron a esta pregunta, pero lo hicieron erróneamente. Ellos fueron donde Job, vieron a su amigo durante una semana, no hablaron con él, estaban como espantados del grado del sufrimiento y al mismo tiempo no sabían qué decir. Y al final, cuando se propusieron hablar, eso fue lo peor que pudieron hacer, porque ellos acusaron a Job de que él tenía que haber hecho algo malo, y no solamente malo, sino profundamente malo, para experimentar el grado de dolor en el que se encontraba.

Escucha la misma versión de esta historia en otra narración del Nuevo Testamento: Juan 9:1-3. Muchos de ustedes la conocen. Al pasar Jesús, vio a un hombre ciego de nacimiento, y sus discípulos le preguntaron: "Rabí, ¿quién pecó, éste o sus padres, para que naciera ciego?" Como si no hubiera otra explicación. Jesús respondió: "Ni éste pecó, ni sus padres, sino que está ciego para que las obras de Dios se manifiesten en él."

A ese tipo de razonamiento —el de que si estás sufriendo, pecaste de alguna manera, o quizás tus padres— yo les he compartido en otras ocasiones que cuando mi diabetes apareció a los casi doce años de edad, esa fue la primera pregunta que surgió en la mente de mi padre. "¿Qué habremos hecho?", le dijo él a mi madre, "¿para que a Miguel le saliera algo como esto?" Y eso es lo que llamamos la teología de la retribución, que no es bíblica. De hecho, eso se parece más al hinduismo que al cristianismo, porque en el hinduismo tú naces con un karma, y si sufres mucho eso habla de que tienes un mal karma debido a la vida que llevaste anteriormente al reencarnar; y ahora tu dolor, tu sufrimiento y tus dificultades van a purificar ese karma. Pero eso no sale de las páginas de la Biblia.

Algunos han tratado de excusar a Dios y han concluido, de la misma forma erróneamente, que Dios no tiene nada que ver con el dolor, que eso es el diablo, que el diablo te tiene enfermo, que te tiene atado, que eso es un demonio de pobreza o de lo que sea. Y eso suena muy bien porque saca a Dios de la ecuación. El problema es que Dios, en múltiples pasajes de la Biblia, se responsabiliza de las dificultades, del dolor, de las calamidades en todo el planeta Tierra. Él lo afirma categóricamente: la causa final de tu problema, de lo que estás sufriendo —tú puedes haber pecado—, pero la causa final soy yo. Amós 4:6: "Si sucede una calamidad en la ciudad, ¿no la ha causado el Señor?" Isaías 45:7: "Yo soy el que forma la luz y crea las tinieblas, el que causa bienestar y crea calamidades; yo, el Señor, soy el que hace todo esto."

Es importante que yo entienda eso, porque si no lo entiendo, entonces no he conocido a Dios verdaderamente. Tendríamos un Dios que no está en control de lo que ocurre en su universo, y si Él no está en control, Él no es soberano, y si Él no es soberano ni todopoderoso, Él no es Dios. Tendría que haber otra persona por encima de Él. Entonces, lo que Pablo va a hacer ahora en este texto es ayudarnos, no a encontrar explicaciones, sino a tener una perspectiva correcta de cómo verlo.

Con eso, yo quiero invitarte a que leas Romanos 8, desde el versículo 16 en adelante. Esta es la Palabra de Dios:

"El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios; y si somos hijos, somos también herederos, herederos de Dios y coherederos con Cristo, si en verdad padecemos con Él, a fin de que también seamos glorificados con Él. Pues considero que los sufrimientos de este tiempo presente no son dignos de ser comparados con la gloria que nos ha de ser revelada. Porque el anhelo profundo de la creación espera ansiosamente la revelación de los hijos de Dios, porque la creación fue sometida a vanidad, no de su propia voluntad, sino por causa de Aquel que la sometió, en la esperanza de que la creación misma será también liberada de la esclavitud de la corrupción a la libertad de la gloria de los hijos de Dios. Pues sabemos que la creación entera gime y sufre dolores de parto hasta ahora. Y no solo ella, sino que también nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, nosotros mismos gemimos en nuestro interior, aguardando ansiosamente la adopción como hijos, la redención de nuestros cuerpos. Porque en esperanza hemos sido salvados, pero la esperanza que se ve no es esperanza, pues ¿por qué esperar lo que uno ve? Pero si esperamos lo que no vemos, con paciencia lo aguardamos."

Como yo mencioné, Pablo en este texto básicamente da una respuesta parcial a la existencia del dolor y el sufrimiento. Pero antes de eso, él quiere que entendamos lo privilegiados que somos como hijos de Dios. Y eso, si no lo entiendo, nos va a llevar a conclusiones igualmente erradas. Algunos de ustedes han leído o conocen la historia de Matthew Henry, una de sus historias. Matthew Henry es el autor de ese comentario muy famoso que lleva su nombre. En una ocasión él fue asaltado, esa es una de las dificultades de este mundo, y al llegar a casa pausó y oró. Y esto fue lo que él dijo: "Señor, ayúdame a estar agradecido: primero, porque nunca antes había sido robado; segundo, porque aunque se llevaron la cartera, no me quitaron la vida; tercero, porque aunque se llevaron todo lo que yo tenía, no era mucho; y cuarto —escuchen—, porque fui yo quien fue robado y no quien robó."

Es preferible ser la persona contra quien se ha pecado que ser la persona que peca contra alguien. Déjenme decir eso otra vez: es preferible ser la persona contra quien se ha pecado que ser la persona que peca contra alguien. Eso es lo que Matthew Henry estaba tratando de comunicar en su oración. Eso es perspectiva acerca del dolor y los sufrimientos. Y a lo largo de los años yo he llegado a la conclusión de que, en lo que tiene que ver con dolor y sufrimiento, la perspectiva lo es todo.

El texto de hoy comienza: "El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios; y si somos hijos, somos también herederos, herederos de Dios y coherederos con Cristo, si en verdad padecemos con Él, a fin de que también seamos glorificados con Él." Lo que Pablo quiere es que yo entienda, antes de pensar en el dolor que quizás has atravesado o estás atravesando, lo privilegiado que tú eres.

Privilegio número uno: somos hijos de Dios, versículo 16. No somos simplemente hijos de padres terrenales; yo tengo un nuevo nacimiento con el resultado de una nueva criatura. Privilegio número dos: yo tengo quien me recuerde que soy un hijo de Dios, para que no me desanime en el camino. "El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios", versículo 16 todavía. Tienes a alguien en ti que te recuerda en todo tiempo: "Tú eres mi hijo, para que no lo olvides."

Privilegio número tres —y este es extraordinario—: "Si somos hijos, somos también herederos, herederos de Dios y coherederos con Cristo." Dios pudo haberme hecho heredero de sus bendiciones y sus promesas, y haber hecho a Cristo el heredero primario. Pero eso no es lo que el texto dice. El texto dice que yo soy coheredero con el Unigénito. Cristo es Hijo por naturaleza; yo soy hijo por adopción. Pero Dios dice: "Los dos son mis hijos ahora, y por eso lo que uno herede, los demás heredarán." Si eso no te ayuda a pasar por esta vida, nada lo va a hacer. De Adán heredamos la condenación y la vergüenza; de Cristo heredamos la salvación y la gloria.

Privilegio número cuatro, y todavía no hemos comenzado a ver las enseñanzas acerca del sufrimiento, pero yo necesito saber primero quién soy. Eso es importante. Versículo 17: "Si en verdad padecemos con Él, también seremos glorificados con Él." O sea, si estás sufriendo con Él —porque hay gente que no está sufriendo con Él ni en Él—, pero si tú estás sufriendo con Él, espera, porque también serás glorificado con Él.

Entonces, una vez que el texto nos revela nuestros privilegios, ahora estamos listos. Yo he titulado este mensaje: "Nuestro sufrimiento presente a la luz de la gloria venidera." Pablo no está minimizando tu sufrimiento; créeme. Humanamente hablando, yo leo cosas que me erizan los pelos de lo que es el dolor y el sufrimiento de algunos. Eso no es lo que él está tratando de hacer. Lo que hace es poner en perspectiva tu dolor.

Quizás esto te ayuda. Una mujer embarazada, primero tres meses, tiene náusea, tiene vómito, no se siente bien, se marea, le va la presión. Al final, el último día del embarazo, comienza el dolor de parto, grita, se oye en los gritos a una cuadra de distancia, por así decirlo. Y al año tuvo que irse embarazada otra vez. Eso como que no es lógico, pero no. El problema es que a la luz de la gloria, del gozo mejor, de lo que vendría, ella soportó el dolor, y no solamente que lo soportó, voluntariamente se ofreció para pasar por lo mismo: dos, tres, cuatro, cinco, hasta quince veces. Yo he oído de mujeres —que me estoy diciendo— pero son más, no hay un gozo supuesto delante de ellas que supera el dolor.

Entonces, ahora lo que el apóstol Pablo lo está haciendo es ayudándonos a ver cómo yo atravieso por esta vida. Enseñanza número uno —dimos los privilegios, lo dejamos atrás momentáneamente—, enseñanza número uno: la visión que tú tengas del reino venidero determina el peso que tú le atribuyes al sufrimiento en el presente. La visión que tú tengas de ese reino futuro determina el peso que tú le atribuyes al sufrimiento en este reino presente. Dicho de otra forma, mientras más valor le concedo a lo que recibiré del lado de la eternidad, menos importancia le concedo a las dificultades de este lado de la gloria.

Escucha, ¿cómo lo dice Pablo? "Pues considero que los sufrimientos de este tiempo presente no son dignos de ser comparados con la gloria que nos ha de ser revelada." Cuando Pablo dice "considero", nota que comenzó con un "pues". Otra Biblia y otra versión comienzan con un "porque". Déjame explicarte por qué, porque yo considero —la palabra en los originales lo que es *logizomai*, que implica meditar, pensar, considerar, como está traducido aquí, y concluir—. Pablo está diciendo: yo he pensado, yo he comparado lo que me espera con lo que he pasado. Y al final él dice que es indigno de nuestra parte comparar esas dos cosas, porque en primer lugar las bendiciones del nuevo reino son de magnitud mayor que cualquier dolor que tú atravieses ahora. En segundo lugar, la duración de la gloria que ha de venir es mucho más eterna; por consiguiente, el sufrimiento aquí luce como leve y pasajero.

Ahora, no solamente Pablo pensó así, es que Cristo pensó de la misma manera. Escucha lo que dice el autor de Hebreos —un segundo, que esto se pasa solo, como que el reino de las tinieblas está contra la predicación de su Palabra, lo cual no sería nada nuevo—: "Puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de Él soportó la cruz, menospreció la vergüenza y se sentó a la diestra del trono de Dios." Y así fue: cuando Cristo fue a la cruz, Él no solamente vio la cruz que tenía delante, Él vio detrás de la cruz y vio el gozo que estaba delante, y Él dijo: yo puedo pasar por la cruz, yo puedo soportar la vergüenza. Esto es lo que Pablo hace.

A quienes siguieron la transmisión por su causa el día uno, en la primera sesión, yo hablé de lo que implica la palabra "digno", que tenía que ver con el lenguaje en el griego clásico de equilibrar una balanza perfectamente. Pablo pone de un lado de la balanza: enfermedades, pérdida de un ser querido, pérdida de trabajo, el dolor de padres que tienen hijos rebeldes que los ven sufriendo las consecuencias de su pecado, el dolor de padres que quieren tener hijos y no han podido, las hambres, los desastres naturales y todo lo demás. A eso Pablo lo llama "los sufrimientos de este tiempo presente." Del otro lado de la balanza, entonces Pablo puso cosas que ojo humano no vio, ni oído oyó, ni han entrado al corazón del hombre: las cosas que Dios ha preparado para los que Él ama.

Entonces, aquí está el mundo, sus vicisitudes; aquí está lo prometido por Dios. Cuando Pablo colocó eso a este lado de la balanza, hizo esto, y Pablo dijo que es indigno que tú compares esto con esto: esto pesa, esto no. Pero es perspectiva. No me están dando todavía una explicación de por qué yo estoy en la dificultad en que yo estoy. Entonces él concluyó: no hay comparación, ni siquiera se acerca, entre mi dolor aquí y mi gloria allá; no hay comparación.

Lo indigno, como ya mencioné —no olvides que Pablo estuvo en el tercer cielo—, de manera que él estaba hablando o escribiendo con más conocimiento de causa que tú y que yo. El apóstol sabe lo que está diciendo. Es la razón por la que él le escribía a los corintios, en su primera carta, y en 2 Corintios 4:17 dice: "Pues esta leve y pasajera aflicción, ¿cuál, Pablo? La que tú estás atravesando, nos produce un eterno peso de gloria que sobrepasa toda comparación." Ahí está. Lo dice: no importa cómo tú lo quieras comparar. Esta aflicción —recuerda el currículo de Pablo en cuanto a dolores, sufrimientos, persecuciones, cárceles, naufragios, hambres y demás—, lo dice: eso es leve y pasajero. Lo que a nosotros nos parece extremadamente pesado y sin fin, lo dice: no, eso es leve y pasajero.

De manera que tú y yo necesitamos cambiar la perspectiva que tenemos con relación al dolor, y más que entender la causa del dolor, que confíes en el Dios que controla el dolor, el sufrimiento, la dificultad, las llamas, las tormentas emocionales, espirituales y las físicas. Obviamente, cuando Dios maldijo el planeta, literalmente —"maldita será la tierra por tu causa", le dijo—, y aquí padecemos esa maldición, pero Dios usa esa maldición para bendición. Tú me vas a decir: no, no entiendo. Mira la cruz: "maldito es todo el que muere en el madero"; esa maldición fue usada para bendición.

No sé si lo has leído, si lo has visto en tu vida: el camino a la gloria está minado con experiencias de dolor y sufrimiento, no al azar, sino diseñadas por el Dios que te llama infinitamente para ir creando a través de ellas la imagen de Cristo en ti. Eso fue lo que Adán dañó, y eso es exactamente lo que Cristo vino a redimir. Tenemos que ir en dirección opuesta a lo que Adán hizo.

Dios le prometió al pueblo de Israel que le iba a sacar a libertad, los sacó al desierto, les iba a llevar a una tierra prometida donde abundaba leche y miel. Lo que el pueblo no sabía era que el camino entre la esclavitud y la tierra de abundancia era el desierto. Dios te hizo una promesa de que te va a llevar a la gloria prometida. La ilusión que nosotros nos hemos hecho es que el camino de la esclavitud al pecado a la gloria es un camino sobre nubes. No; es un camino como el desierto de los judíos. Tú recuerda lo que pasó con los judíos en el desierto: por cuarenta años se quejaron. Y no sé si tú pudieras tener una grabadora de los años que has vivido, cuánto de esos años tú te has estado quejando —quizás yo también—. Y yo estoy diciendo: no te quejes, porque el diseño de ir de la esclavitud al pecado a la gloria es exactamente por donde estás transitando.

Ahora, en medio de eso, en ese desierto, tú recuerda que hubo serpientes venenosas que mordieron a algunos de los judíos —de hecho a muchos— y murieron. Tú recuerda cómo fueron sanados aquellos que no llegaron a morir. Moisés levantó una serpiente de bronce en el desierto, haciendo alusión a la cruz de Cristo. Y Cristo dijo: "De la misma manera que la serpiente de bronce fue levantada en el desierto, el Hijo del Hombre será levantado." Entonces ellos miraron la serpiente de bronce y fueron sanados. De esa misma forma, cuando la serpiente del pecado te muerde, tú sabes dónde tienes que mirar.

O quizás peor: algunos en el camino a la gloria experimentan un dolor tan intenso que quieren anestesiarlo, y para anestesiarlo incurren en conductas pecaminosas de placer. Y Dios te dice: cuando haces eso, lo único que estás haciendo es empeorando tu condición. Pero si todavía tienes arrepentimiento, tú tienes una cruz donde puedes mirar, pedir perdón, encontrar perdón, levantarte y seguir caminando hacia la gloria.

Los autores del libro *Suffering and the Sovereignty of God* escribieron lo siguiente —contrario a los judíos, que, con el perdón de los autores, yo diría: no, los judíos querían señales, los romanos querían poder, y los griegos querían sabiduría—: el Evangelio de Jesús enfatiza —subraya la palabra "enfatiza"— el favor de Dios manifestado a través de la debilidad, la humillación y aun la muerte. El sufrimiento, lejos de ser una marca de rechazo, es más bien una marca de su favor y de bendición.

Piensa por un momento. El mayor pecado que jamás se haya cometido en la humanidad, y que se va a cometer, fue la crucifixión de Cristo. La misma crucifixión que fue el mayor pecado es la mayor bendición que tú jamás vas a encontrar en este mundo. Más bien, recuerda: lo que piensas acerca de tu dolor y el sufrimiento en este mundo depende completamente —subraya la palabra "completamente"— de si tú lo ves a la luz del lente humano o del lente de Dios. Esas dos cosas lucen completamente diferentes. Recuerda que siempre te he dicho: hay dos lecturas de todo lo que está ocurriendo hoy en este lugar, lo que nosotros vemos y lo que Dios ve, lo que nosotros hacemos y lo que Dios está haciendo.

Se llama enseñanza número dos. La creación misma no disfruta de las condiciones que originalmente tuvo debido al pecado de Adán. Así como Pablo lo explica: el anhelo profundo de la creación —Pablo personifica la creación ahora como si fuera una persona— es aguardar ansiosamente la revelación de los hijos de Dios, porque la creación fue sometida a vanidad, no de su propia voluntad, sino por causa de aquel que la sometió, en la esperanza. Pablo está diciendo: la creación sufrió el resultado de la caída; personificándola, no está disfrutando su potencial completo; el planeta fue maldito y ella sufre los efectos. Entonces, ahora la creación anhela su liberación final, incluyendo la liberación de los hijos de Dios.

Pero yo creo, piensa por un momento, que cuando Satanás vea de dónde él cayó y vea de dónde él nos levantó y hasta dónde nos llevó, yo creo que él va a quedar atónito. Nosotros estamos destituidos de la gloria de Dios, o fuimos destituidos, y llegaremos a ser investidos con la misma gloria.

Por otro lado, Pablo dice que la creación fue sometida a vanidad. La palabra "vanidad" es: vacía, sin propósito, sin sentido; eso es como le luce a los ateos. Este mundo, la gente sufre, la gente nace, crece, se reproduce, muere, sufre y luego muere. ¿Dónde tiene sentido? Pablo dice: "¿Así viste? Así la creación perdió su propósito." Perdió su bonanza absoluta, perdió las condiciones ideales.

La palabra traducida como "vanidad" en el original, en el griego, es *mataiótēs*, y esa palabra es usada en el Nuevo Testamento varias veces. Escribe algo, escuche: algo que no tiene el estándar, ni la calidad, ni el propósito para el cual fue creado. Esta creación, como tú la ves, no tiene el estándar, no tiene la calidad, tampoco tiene el propósito para el cual fue creada; en eso está solo la diferencia.

Ahora, Pablo nos deja claro que eso no se debe a una imperfección de la creación, sino que aquel con mayúsculas, Dios, la sometió a vanidad, a estas condiciones de deterioro como tú y yo la estamos viviendo. Porque cuando Él maldijo al ser humano y juzgó a Adán, al mismo tiempo Él maldijo la tierra. De manera que este planeta permanece hasta el día de hoy en las condiciones de caída, de dolor y sufrimiento, porque el autor de la creación lo hizo: perdió el propósito, perdió el sentido original para el cual Dios la trajo a existencia.

Imagina todo de esta manera: el pecado de Adán afectó toda la creación, y que Dios le haya dicho: "Adán, tu pecado merece que yo maldiga el lugar de tu habitación, que yo maldiga el lugar de tu morada y la condición de tu trabajo junto con tu descendencia." Nosotros no tenemos una idea de las consecuencias; nosotros no tenemos una idea de la severidad de lo que es el pecado. Nosotros no tenemos una idea de lo que una mordida de una fruta significó para el resto de la creación.

Ahora, en el versículo 20, que ya lo leímos al final, Pablo, con una palabra, nos deja ver que el que la sometió a vanidad no pensaba dejarla así, porque dice que la sometió a vanidad en esperanza. ¿Qué nos quiere decir, pastor? Bueno, enseñanza número 3 entonces: si la caída de Adán tuvo un efecto sobre toda la creación, la obra de Cristo tendrá igualmente un efecto redentor en todo el cosmos.

Literalmente hablando, versículos 21 y 22: "La creación misma será también liberada de la esclavitud de la corrupción a la libertad de la gloria de los hijos de Dios. Pues sabemos que la creación entera gime y sufre hasta ahora dolores de parto." Entonces, ahora como que está bajo esclavitud, la esclavitud de la maldición que Dios pronunció, la esclavitud de la corrupción; de eso nos habla este texto de Pablo. Pero la gloria que los hijos de Dios van a disfrutar, versículos 20 y 21, es esa gloria que va a visitar la creación.

Nosotros no somos los únicos que nos llenaremos de gloria; la tierra será llena de su gloria. De manera que a la hora en que todos nos levantemos de los sepulcros y seamos glorificados, alrededor de ese tiempo Dios pretende traer la creación a renovación. Y cuando nosotros hablamos de tierra nueva y cielo nuevo, todo el mundo piensa en Apocalipsis 21. No. Isaías, 700 a 750 años antes de Cristo, profetizó lo que Juan escribe en Apocalipsis.

Isaías 65:17-18: "Pues he aquí que yo creo cielo nuevo y tierra nueva, y no serán recordadas las cosas primeras ni vendrán a la memoria; antes bien, regocijaos para siempre en lo que yo voy a crear. Pues yo voy a crear a Jerusalén para regocijo y a su pueblo para júbilo." O sea, lo vamos a hacer nuevo; yo creo, pero yo lo voy a hacer otra vez.

Mientras tanto, versículo 22, Pablo dice que la creación entera gime con dolores de parto. Yo creo que Pablo no pudo haber encontrado una mejor ilustración. Hablamos de los dolores de parto brevemente, pero tú sabes cuándo termina: a ver, cuando el niño sale. Bueno, cuando el niño que ya no es niño, el que una vez fue niño, que estuvo en un pesebre en Belén, cuando Él salga a la luz y todo ojo le vea, en ese momento vendrán cielo nuevo y tierra nueva. Toda la creación será redimida junto con nuestros cuerpos.

Ten por seguro que Cristo regresará y que ya no habrá maldad; ten por seguro que es así. El cielo y la tierra pasarán antes que sus palabras puedan pasar.

Mientras tanto, enseñanza número 4: si gime la creación no humana, con más razón gemimos nosotros, pero gemimos con esperanza. Escucha el versículo 23: "Y no solo ella, no solo la creación, sino que también nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, nosotros mismos en nuestro interior gemimos aguardando ansiosamente la adopción como hijos, la redención de nuestro cuerpo."

Es decir, en el ser completo. Ya somos adoptados como hijos, sí, pero que me voy a morir, mi cuerpo se queda aquí, mi alma se va arriba. Pablo dice: no, nosotros aguardamos ansiosamente; eso no implica nerviosamente, eso implica con expectativa. ¡Wow! ¿Cuándo será que Cristo venga pronto? La adopción como hijos, ¿cómo? Escucha: la redención de nuestro cuerpo. Cuando los cuerpos se levanten de los sepulcros, nosotros ansiamos eso.

Mientras tanto, gemimos. O sea, Pablo no está minimizando tu dolor, hermano o hermana. Gemimos, lloramos; tú sabes lo que es gemir. Yo he visto al niño que, después de terminar de llorar, suspira. Y gemimos en nuestro interior, gemimos el deterioro del cuerpo. Ahora me duele la cabeza, el cuerpo se va deteriorando, los pelos se van cayendo —crean que se van cayendo—, el pelo va perdiendo su color. Gemimos físicamente, gemimos emocionalmente; a veces pecamos y nos duele. ¿Cómo va a ser que yo haya hecho tal cosa? Gemimos espiritualmente.

Y a veces gemimos cuando somos heridos, mentidos, decepcionados, engañados, traicionados. ¿No es fascinante esto? A veces nos duele el pecado que el otro cometió contra nosotros. A veces vemos niños violados y nos duele; el dolor alrededor de nosotros es horrible. El sufrimiento presente tiene dimensiones cósmicas: sufre la creación, sufrimos nosotros y sufre el Espíritu. ¿Tú puedes creer eso? Claro que no sufre igual que nosotros, pero gime; lo vamos a ver en un momento.

Hasta que finalmente se haya completado nuestra adopción, cuando finalmente el cuerpo se levante y ya sea glorificado con Cristo, terminó todo: no más lágrimas, no más muertos, no más dolor. Nos quedan más enseñanzas; no te vayas.

Enseñanza número 5: la única forma de esperar la gloria venidera sin desmayar es cultivando la esperanza en las promesas de Dios, y ejercitando la paciencia por medio de la llenura del Espíritu. ¿Dónde yo veo eso? Por sí, versículos 24 y 25: "Porque en esperanza hemos sido salvados; pero la esperanza que se ve no es esperanza." Claro, yo no tengo la esperanza de que el carro venga a la iglesia si ya está ahí; eso no es esperanza. La esperanza que se ve no es esperanza, pues, ¿por qué esperar lo que uno ve? "Pero si esperamos lo que no vemos, con paciencia lo aguardamos." La esperanza se menciona en el versículo 24, la paciencia se menciona en el versículo 25; yo necesito las dos cosas.

Esperanza, la palabra es *elpis*, implica un deseo de algo que tú esperas en tiempo futuro, con la expectativa de obtenerlo. Sí, pero esa no es la esperanza de la que hemos estado hablando. Escucha otra vez. Yo voy a ir a Europa el año que viene, está seguro; bueno, yo tengo la esperanza, tengo una expectativa, pero eso no es como la Biblia habla de esperanza. Cuando la Biblia habla de esperanza, tiene la connotación de que tú estás esperando por algo en el futuro con certidumbre de que va a ocurrir. De manera que el regreso de Cristo no es una esperanza secular, por así decirlo; no, yo tengo una certidumbre, y la certidumbre alimenta mi fe y la certidumbre fortalece mi paciencia.

A muchos les falta confianza en la gloria venidera. Hermano, mira, Cristo viene, llevamos dos mil años esperando. No, con esa actitud tú no vas a llegar al final; no puedes. Hay gente que le falta confianza en las promesas de Dios, y por tanto no va a esperar con paciencia.

Ahora, la palabra "paciencia", por otro lado, *hypomonē*, tiene otra connotación importante. Implica en el original permanecer bajo disciplina o bajo algún peso. Pablo no está minimizando; este Pablo sabe que este mundo pesa, sí, pero tú permaneces, y tienes a alguien en tu interior que te ayuda a permanecer. Entonces, la paciencia de que habla la Biblia es más la habilidad de perseverar cuando las circunstancias son difíciles, y de enfrentarlas con la convicción de que Dios es el autor de la condición en medio de la cual tú te encuentras.

La paciencia de que habla la Biblia implica una habilidad de esperar bajo situaciones de peso difíciles, y la habilidad de confrontarlas porque tienes una convicción de que Dios es el autor de la circunstancia en medio de la cual yo me encuentro. Hermanos, yo puedo aceptar eso y vivir, como Pablo, con gozo en medio de la peor circunstancia; o yo puedo rechazar eso, rebelarme contra eso, resentirme contra Dios y empeorar mi situación. De manera que tú y yo necesitamos esperanza y paciencia.

Es interesante que esas dos palabras, en un número de pasajes en la Biblia, aparecen juntas. No tengo el tiempo para recorrer todos esos pasajes; te doy uno. Romanos 5:3-5: "La paciencia produce carácter y el carácter produce esperanza." Ahí está. Las dos palabras están relacionadas: la paciencia ayuda a cultivar un carácter, un carácter piadoso, y el hombre y la mujer piadosos son hombres y mujeres de esperanza. En otras palabras, la esperanza sin paciencia no funciona, y la paciencia sin esperanza tampoco; yo necesito ambas cosas.

Yo necesito conocer a Dios íntimamente. Y ahí está el meollo del asunto. En nuestras manos, el meollo de todos nuestros problemas —que no entendemos, que no me adapto, que no acepto— es mi conocimiento de Dios. Es el conocimiento íntimo de ese Dios.

Los hombres y mujeres de fe del Antiguo Testamento, narrados en sus historias en Hebreos 11, ¿qué leemos? Que ellos vieron las promesas, que ninguna de sus promesas les fue cumplida. No las recibieron, ni una. No sé si se animaron. ¿Qué hicieron? Las saludaron de lejos, como si ya las hubieran recibido. Eso es esperanza. Yo no recibí ninguna, pero la saludamos, le dimos la bienvenida como si ya las hubiéramos recibido. ¿Dónde tú vives así? Tu vida es otra. Tu voz es otra. Porque tu perspectiva es otra.

No estamos solos, ni tampoco estamos sin ayuda en nuestra aflicción. Si Dios ha hecho morar Su Espíritu en nosotros, tú entendiste que es una parte importante: en nuestra aflicción nosotros no estamos solos, no estamos sin ayuda, porque Dios ha hecho morar Su Espíritu en nosotros. Escucha cómo Pablo lo dice, en el versículo 26: "De la misma manera también el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad."

No sabemos orar como debiéramos. Dos mil años atrás los discípulos dijeron al Señor: "Señor, enséñanos a orar." Ellos lo habían dicho, admitiendo que no sabían. Pablo viene y dice que no es que no sabemos cómo orar, y dos mil años después tenemos que decir lo mismo. Pero Dios lo sabe. El texto mismo lo dijo: no sabemos orar como debiéramos. Pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles.

Sabes que desde hace años estoy leyendo la Palabra con esmero y cuidado, prestando atención palabra por palabra. El texto pudo haber dicho "el Espíritu intercede por nosotros" y hubiese sido una gran bendición, pero eso no es lo que dice. Dice que intercede con gemidos indecibles. Yo no sé cómo el Espíritu gime, pero lo que sí sé es que lo hace. Y cómo sé que lo hace, porque Dios lo dijo.

Es impresionante que la caída de Adán afectó a todo el mundo. El versículo 22 dice que la creación gime. El versículo 23 habla de nuestros gemidos. El versículo 26 dice que el Espíritu Santo gime en oración. La creación fue afectada. La humanidad entera sufre. Cristo, por el pecado de Adán, vino y sufrió. Y el Espíritu, por el pecado de Adán —lo sabemos nosotros, lo sabe la Trinidad— tuvo que descender y morar en nosotros para ayudarnos. De manera que el Espíritu no solamente vino a transformarnos, sino también a ayudarnos mientras somos transformados.

Tú sabes la bendición que es eso. Que Dios dice: "Mira, Mi Espíritu va a ir a transformarlos, y los va a ayudar mientras son transformados." Eso es lo que yo te dije: que la paciencia y la esperanza son necesarias para esperar. Pero tú recuerda lo que Pablo dice en Gálatas 5:22-23, que la paciencia es una virtud del fruto del Espíritu. De manera que lo que yo necesito —paciencia para respirar por las promesas de Dios, para esperar el cumplimiento de las promesas de Dios— el Espíritu viene a producirlo en mí.

El texto dice que nos ayuda en nuestra debilidad. ¿En cuál debilidad, Pablo? Bueno, el contexto es en la debilidad de tu oración, porque no sabemos cómo orar. Somos débiles en la oración porque no oramos lo suficiente, porque no tenemos la fe suficiente, porque no conocemos a Dios lo suficiente ni lo conocemos a Él lo suficiente. Son dos cosas: ni conozco a Dios como Él es lo suficiente, pero tampoco lo conozco a Él lo suficiente. Tampoco conocemos los propósitos de Dios ni entendemos Su voluntad.

Y una y otra vez hay algo que he visto en hijos de Dios: están frustrados por no conocer la voluntad de Dios. Es que es imposible. Es que tú conoces lo que dice la Palabra sobre lo profundo de la voluntad de Dios. Alguien contaba la historia de la madre de un joven misionero de 1947. Este joven iba a ir al campo de misión y les escribió a su madre. Volaba ese día en los aviones que había en ese entonces. Le escribió una carta a su madre: tomó una revista en el aeropuerto, arrancó una página —esa página estaba casi en blanco y en el medio decía "¿Y por qué?"—, y en esa página él escribió una carta de despedida. La envió desde el aeropuerto, la depositó en el buzón de correos, compró los sellos, y salió. Despegó el avión y se estrelló en Colombia, creo.

Y la mamá, dos días después de su muerte —ya tenía la noticia—, recibe la carta. Cuando abre la página, lo primero que le aparece es: "¿Y por qué?" Ya dice que encontró tranquilidad al pensar que la sabiduría de Dios es lo suficientemente profunda para que un elefante nade en ella, pero lo suficientemente amplia para que todos sus hijos puedan nadar y confiar en ella. Pero no sabemos cómo orar, y Dios dice: "No, Yo lo sé." Ni tenemos deseo de orar, y Cristo nos dijo: "Yo ya lo sabía, por eso antes de morir les dije: velen y oren, para que no entren en tentación."

Enseñanza número siete y última: el Espíritu nos ayuda en nuestras debilidades. Oye cómo: para ayudarnos a conformarnos a la voluntad de Dios. Nos ayuda en la debilidad de la oración. El versículo 27 dice: "Y el que escudriña los corazones sabe cuál es el sentir del Espíritu, porque Él intercede por los santos conforme a la voluntad de Dios."

Por eso es que no sabemos cómo orar: porque como no conocemos la voluntad de Dios, decimos: "¿Para qué voy a orar, si de todas formas se va a hacer la voluntad de Dios?" Eso no debe desanimarte; esa debe ser la razón para orar. Porque no la conoces, entonces, ¿para qué voy a orar? Para que el Espíritu que mora en ti te conforme de manera que puedas entrar en la voluntad de Dios y en los propósitos de Dios.

Esta es la voluntad de Dios —es la plomada—; nosotros siempre andamos por aquí. El Espíritu te toma de la mano y te dice: "Por ahí no es, es por aquí." Entonces Cristo dijo: "Padre, si es posible, yo quisiera irme por aquí; que pase de mí esta copa. Pero yo entiendo, yo entiendo, yo entiendo Tus propósitos. Yo sé quién Tú eres. De manera que se haga Tu voluntad y no la mía. Vamos para la cruz." Esa es la forma de glorificar a Dios: no empujarnos para hacer nuestra voluntad, sino para doblegarnos a la Suya.

El Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad para ayudarnos a rendir la voluntad. ¿Qué tú crees que fue Getsemaní para Cristo? Getsemaní fue el campo, el lugar, el pedazo de tierra, el jardín, donde el Espíritu llevó a la segunda persona de la Trinidad encarnada, y allí lo ayudó el Espíritu a rendir la última fibra de Su voluntad. Y luego Él nos dijo: "Ahí está Mi ejemplo. Acá lo mismo."

De manera que si tú siempre vas a estar buscando tu propia voluntad para encontrar seguridad, tú no andas contigo mismo, tú andas contra ti. Dios es tu seguridad. El único lugar seguro es la voluntad de Dios, no la voluntad mía. Pero me falta perspectiva, no solamente del dolor y el sufrimiento, sino de cómo atravesarlo, cómo llegar. La perspectiva lo es todo si queremos llegar.

Déjame cerrar con dos versículos seguros, para que tú veas lo que es perspectiva. El Salmo 66:10-12 dice: "Porque tú nos has probado, oh Dios; nos has refinado como se refina la plata." ¿Quién es el que me tiene bajo la prueba? Tú. ¿Y cómo se refina la plata? En el fuego. "Nos metiste en la red." Este salmista lo tiene claro: la circunstancia en medio de la cual yo me encuentro, por la que tengo que atravesar hoy o mañana, es Dios quien la ha permitido. ¿Por qué? Sigue leyendo: "Carga pesada pusiste sobre nuestros lomos." No entiendo que Dios haga eso, pero el salmista lo tiene claro. Versículo 12: "Hiciste cabalgar hombres sobre nuestras cabezas; pasamos por el fuego y por el agua, pero Tú nos sacaste a un lugar de abundancia."

Presta atención al horno de las palabras, a la Palabra inspirada. Número uno: "Nos has probado." En la prueba salen a reducir nuestros pecados. Entonces, ¿qué pasa en la prueba? Es como en las carreras para llegar a las finales: nosotros somos descalificados o clasificamos para ir a los Juegos Olímpicos. En el desierto se quedaron miles de personas que no llegaron a la Tierra Prometida —de más de veinte años de edad, todos menos dos—. Nos probaste. Número dos: "Nos has refinado." O sea, en aquellos que continúan, continúa el proceso de refinamiento. Dios empezó la santificación, pero todavía me queda la glorificación, cuando yo seré como Cristo es. Finalmente: "Nos sacaste a un lugar de abundancia." Para ellos era la Tierra Prometida; para nosotros, la gloria venidera.

Entonces, ¿sabes por qué tengo que ser probado, refinado, para llegar a la abundancia? Porque nadie —con mayúscula, lo digo con toda la palabra— nadie tiene la capacidad de manejar la abundancia sin que Dios refine la imagen de Cristo en él. La abundancia corrompe. Mira el estado de la Iglesia en Occidente. Los tiempos fáciles corrompen. Tiene que ser probado, tiene que ser refinado. El salmista tenía la perspectiva correcta.

Tú sabes lo correcto que estaba el salmista. No solamente dijo "Tú hiciste, Tú hiciste, Tú hiciste", sino que "Tú nos sacaste a lugar de bendición." Escucha cómo cierra. Me encanta de los Salmos que ellos se pueden quejar todo lo que quieran de Dios, pero saben dónde aterrizar. El versículo 20 es el cierre. Sí, la turbulencia, pero ellos aterrizan en un lugar seguro. Escucha el versículo 20, el cierre: "Bendito sea Dios, que no ha desechado mi oración, ni ha apartado de mí Su misericordia." Con toda esta dificultad por la que pasaste, tú me estás hablando de que Dios no ha apartado Su misericordia.

No, esa fue la misericordia de Dios la que te pasó por ahí para que llegaras a ser refinado, porque de lo contrario, si te aplica la justicia, hace tiempo te hubiera descalificado y estuvieras mandando en el infierno. Esta alma sí sabe lo que sabe, él conoce a Dios, él conoce su carácter.

"Bendito sea Dios, quien no ha desechado mi oración, ni ha apartado de mí su misericordia." ¡A Él gracias! Porque ciertamente nosotros vivimos en un planeta caído, con condiciones caídas, con personas caídas, todos nosotros. Pero en tu misericordia no solamente enviaste tu Hijo a la cruz; enviaste al Espíritu a nosotros, y Él nos ayuda en nuestra debilidad. Y Él no solamente nos transforma, Él nos ayuda en el proceso de transformación. Él ora cuando yo no sé orar, Él ora cuando yo no estoy orando, Él ora cuando yo ni siquiera quiero orar.

Gracias, Señor, porque tus pruebas tienen la finalidad de refinarme. Y gracias, porque antes de entregarme abundancia —como se la diste a Salomón, y se perdió en el camino— Tú ahora me estás refinando antes de poner abundancia en mis manos. No sea que yo corra la misma suerte de Salomón.

Gracias por tu gran misericordia. Gracias por tu Espíritu que Tú nos has dado, que nos guía, que está ahí, que no habla desde afuera sino que habla desde adentro, que no es un entrenador que me dice "esto ya es aquello", sino que desde adentro pone en nosotros el deseo y las formas de transformación. Gracias, en Cristo Jesús. Se puede, lo dice. Amén, amén.

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Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.