IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Las luchas internas del corazón —celos, envidia, ambición personal, resentimiento— no solo dañan nuestras relaciones con los demás, sino que bloquean nuestra comunicación con Dios. Santiago 4 revela una conexión directa: las guerras y conflictos entre creyentes nacen de pasiones que combaten en el interior, y esas mismas pasiones estorban nuestras oraciones. El problema no está afuera, en lo que otros nos hacen; está adentro, en lo que llevamos sin rendir.
Santiago confronta con dos diagnósticos: "No tienen porque no piden" y "piden y no reciben porque piden con malos propósitos". A veces simplemente no oramos, o lo hacemos de manera superficial, como informando a Dios de cosas que Él ya sabe. Otras veces pedimos, pero con motivaciones centradas en nosotros mismos —prosperidad, reconocimiento, comodidad— para gastarlo en nuestros placeres. El pastor Núñez ilustra esto con el ejemplo de pedir un trabajo pensando solo en el ingreso, sin interés alguno en glorificar a Dios o ser testimonio donde Él nos coloque.
La calidad de nuestras relaciones horizontales refleja la calidad de nuestra relación vertical. Pedro advierte a los esposos que traten bien a sus esposas "para que sus oraciones no sean estorbadas". Malaquías muestra a Dios rechazando la adoración de hombres que habían sido desleales con sus esposas. El pecado —orgullo, amargura, queja, incredulidad— cierra los canales de comunicación con el cielo. Pero la otra cara de la moneda también es real: "La oración del justo es poderosa y eficaz". Una vida de piedad no solo limpia esos canales, sino que energiza la oración con verdadero poder.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
Puedes ir abriendo la carta de Santiago, capítulo 4. Se estaban esperando que los invitara abrir el capítulo 2, pero eso lo haremos más adelante. Por hoy queremos ir al capítulo 4, y hay razón para eso. Estas últimas décadas, en los últimos días hemos estado enfatizando el rol de la oración. Y este capítulo, este inicio del capítulo 4, nos va a permitir continuar enfatizando el tema de la oración y al mismo tiempo quedarnos en la carta de Santiago. Y por eso yo lo he escogido para el día de hoy.
Cuenta la historia que Leonard Wood, un médico norteamericano y militar estadounidense que sirvió como jefe de Estado Mayor del Ejército, nació alrededor del año 1860 y murió en 1927. En una ocasión visitó al rey de Francia, y lo visitó porque el rey le había invitado, y el rey quedó tan complacido que volvió a invitarlo para el día siguiente. El siguiente día el jefe de Estado Mayor fue al palacio y el rey lo recibió en uno de sus pasillos, y el rey le preguntó como que por qué estaba ahí al verlo ese día. Y esta fue su respuesta: "¿No me invitó su majestad a cenar con usted?" "Sí", respondió el rey, "pero no respondiste a mi invitación." Leonard Wood respondió: "La invitación de un rey no debe ser respondida, sino obedecida."
Yo creo que se nos deja una gran lección, una o dos lecciones. Por un lado, nos deja ver que el Señor del universo, que a los cielos y la tierra ha hecho, nos ha hecho una invitación a orar en cualquier momento, en cualquier lugar, en cualquier circunstancia, por las razones que sea, y frecuentemente nosotros respondemos a la invitación pero tampoco la obedecemos. Y por otro lado, yo creo que podemos ver que cada cosa que Dios nos dice en la Palabra, que debiéramos hacer, representa para nosotros una invitación a la obediencia. Y por consiguiente, si una invitación de un rey terrenal no requiere que yo responda a ella sino que yo simplemente obedezca, mucho más la invitación de nuestro Dios debería simplemente ser respondida con un "sí, Señor."
Sobre todo después que cantamos lo que cantamos durante "Te entrego todo" o "A ti." Eso implica mi mente, mi corazón, mi voluntad. Yo no sé, hermano, si cuando estás cantando te dejas llevar del ritmo y la bonita entonación y las bonitas palabras, o realmente si puedes como penetrar el significado de las palabras. Porque cuando cantaba "te lo entrego todo a ti", visualizaba mentalmente múltiples cosas y volvía a entregarse al Señor.
Ahora, dicho eso, las encuestas han demostrado que todos los días alrededor del mundo hay millones de personas que oran, millones. Al mismo tiempo, la gran mayoría de esas personas que oran dicen no estar satisfechas ni con la experiencia de oración que tienen ni con los resultados. "Oro, pero si me preguntas, tengo que confesar la verdad: no me siento satisfecho con mi experiencia de oración, pero tampoco me siento satisfecho con los resultados que tengo." Y la pregunta es: ¿por qué? Yo he intentado dar por lo menos una respuesta parcial a esa pregunta, y vamos a tratar de hacer eso a partir de la carta de Santiago que venimos estudiando.
Y como mencioné, vamos a hacer un salto al capítulo 4, porque yo creo que nos ayuda a continuar rumiando este tema que llevo apuesto en mi corazón. Y en cierta manera quizás responde a estos momentos difíciles que estamos viviendo. La verdad es que hasta hace un par de días atrás como que mi alma no tenía ni siquiera el deseo de sonreír, a partir de aquellas cosas que hemos leído, que hemos visto, que sabemos que siguen ocurriendo. En medio de eso, pues he estado rumiando mucho, meditando mucho con Dios acerca de lo que Él está haciendo, no haciendo que yo pueda ver, que Él me deja ver. Y con eso quizás Él nos ayuda a nosotros como iglesia a iniciar un movimiento de oración extraordinario, como hemos estado diciendo, y quién sabe si en el tiempo otras iglesias y otros países se animan. Y ya lo que pueda ocurrir en adelante se lo dejamos a Dios.
Yo menciono todo eso porque leyendo acerca de esta frase de "oración extraordinaria," el gran teólogo Jonathan Edwards, que fue un pastor estadounidense, creía firmemente —estoy leyendo de un artículo publicado en la revista de Nueve Marcas, *9Marks*, escrito por Mark Rogers en febrero del año pasado— que Jonathan Edwards creía firmemente que el avivamiento era obra de Dios y no del hombre. Sin embargo, Edwards creía firmemente también que Dios no trae avivamiento a su pueblo separado de los instrumentos humanos. Dios es soberano, Él es quien lo inicia, Él es quien lo sostiene, pero nunca lo hace separado de instrumentos humanos. Y lo hace después que Él mismo ha movido a su pueblo a un movimiento extraordinario de oración.
Edwards creía que la Biblia, y especialmente la profecía bíblica, señala tres medios específicos que serían parte de los grandes avivamientos que Él enviaría. Él usa tres medios humanos, decía Edwards. Número 1: el testimonio de parte de mucha gente que ha visto a Dios obrar y que continúa hablando de cómo Dios está moviendo y haciendo, que eso parece como disparar el interés en intimar con Dios para seguir viendo cosas semejantes. Número 2: la predicación de la Palabra. Y número 3: la oración unida —unida de una iglesia y unida de múltiples iglesias. Como decía, yo no sé si Dios hará algo de aquí en adelante, pero sí lo que pudiera pedirte es que nos ayudes a levantar este esfuerzo de oración personal y corporativa. Y ya de aquí en adelante, esperemos en Dios lo que pueda hacer.
Entonces, con esa introducción, yo quiero que vayamos a Santiago 4. Vamos a leer los versículos 1 al 3, pero antes de leer este texto yo quiero situarte en el contexto y decirte muy brevemente lo que Santiago venía hablando en el capítulo 3, antes de entrar al 4. Santiago está hablando de que en el interior de los cristianos hay como celos y ambición personal, que hablan de una sabiduría que no es de Dios sino diabólica —ese término usa Santiago. Y lo compara, lo contrapone a una sabiduría divina que produce mansedumbre y paz. La sabiduría que no es de Dios produce celo, ambición personal y conflictos, y la sabiduría que es de Dios produce mansedumbre y paz.
Entonces su tema, Santiago continúa en el capítulo 4, y esto es lo que Santiago dice en los versículos 1 al 3: "¿De dónde vienen las guerras y los conflictos entre ustedes? ¿No vienen de las pasiones que combaten en sus miembros? Ustedes codician y no tienen; por eso cometen homicidios. Son envidiosos y no pueden obtener; por eso combaten y hacen guerra. No tienen porque no piden. Piden y no reciben, porque piden con malos propósitos para gastarlo en sus placeres", dice Santiago.
Lo que acabamos de leer es la razón por la que yo titulé este mensaje: "Nuestros corazones estorban nuestras oraciones." Déjame decirles otra vez: nuestros corazones —el tuyo y el mío— estorban nuestras oraciones. Yo decía en la introducción que este sermón es uno de los más llanos, prácticos, mensajes que yo haya predicado hasta el día de hoy. Aquí no hay nada profundamente teológico como que haya que oírlo varias veces. Aquí no hay nada filosófico, no hay nada controversial, no hay nada complejo; al final, ustedes serán el jurado. Lo que sí pudiera ser este mensaje para muchos o para todos es revelador de algunas cosas.
Al leer el texto, te percatas de que Santiago está hablando de dos cosas, quizás de una con una segunda como implicación. Santiago viene hablando en el capítulo 3 de estas luchas y conflictos y ambición personal que producen una inquietud y falta de paz interna, y continúa con la pregunta de dónde vienen esos conflictos. Y lo que nos está ayudando a entender es que mis luchas emocionales e internas —hay una lucha interna— tienen una expresión en mis relaciones externas. Que los celos y las envidias de que Santiago habla ocurren en mi interior pero resultan en guerras, pleitos y divisiones en nuestro exterior. Hay que entender eso.
Nuestro mundo exterior es más revelador de lo que tú piensas. Esa es la razón por la que tú vas a un consejero y le cuentas media hora, una hora de tu vida, y de lo único que tú le estás hablando realmente es de lo que está pasando en el mundo exterior. Y si él tiene cierto nivel de sabiduría, tiene una idea de lo que está pasando en tu mundo interior. Porque mi mundo exterior es más revelador de lo que tú piensas; aun mi rostro es más revelador de lo que tú piensas.
Lo otro de lo que Santiago habla es que esas luchas internas no solamente tienen ese efecto en mi mundo exterior y en mis relaciones con los demás, sino que tienen un efecto hacia arriba, porque esas luchas estorban mi oración. Hasta el punto de llevarme a no orar —"no tienen porque no piden"— o de llevarme a orar, pero a orar mal. Entonces, una vez más, tú puedes ver que si las cosas no están bien a nivel horizontal, de seguro no pueden estar bien a nivel vertical. Y eso que no está bien a nivel horizontal se puede ver; lo que no se puede ver es el nivel vertical, pero se puede asumir por todo lo que Dios revela en su Palabra.
Y por otro lado, no hay forma de que mi relación vertical —es como la otra cara de la moneda— no hay forma de que mi relación vertical, que incluye mi oración, pueda estar bien si mi relación horizontal tampoco lo está. Y creo que mencioné el domingo pasado que esas dos dimensiones, la vertical y la horizontal, reflejan literalmente los dos mandamientos más grandes de la ley de Dios que Cristo usó para resumir toda la ley y los profetas —toda la Biblia resumida en esas dos relaciones—: "Amarás a Dios con toda tu alma, toda tu mente, todo tu corazón y toda tu fuerza, y luego amarás al prójimo como a ti mismo." Ahí se resume toda la Biblia. Bueno, Santiago está tratando de ayudarme a entender esto con relación a la oración, o más que con relación a la oración, con relación a las implicaciones que tiene todo lo que dije anteriormente.
Y él comienza con dos preguntas, pero lo hace de una manera sabia, porque la segunda pregunta es la respuesta a la primera. Él hace una pregunta y la responde él mismo con otra pregunta. Escucha: pregunta número uno, ¿de dónde vienen las guerras y los conflictos entre ustedes? Eso es una pregunta. Y la siguiente pregunta es la respuesta a la primera: ¿no vienen de las pasiones que combaten en sus miembros?
La primera pregunta tiene que ver con la procedencia de los conflictos entre nosotros. Santiago le está describiendo a personas, a miembros de iglesia; él está escribiendo a cristianos. Yo varias veces te he hablado de cómo él se dirige a ellos y les dice "mis hermanos". Incluso en ocasiones he leído la frase "mis queridos hermanos". Y esta gente estaba en conflicto uno con otro.
Cuando tú revisas la historia de la iglesia es como difícil de tragar, por así decirlo. Desde el inicio, la iglesia de Cristo, gente que se supone que son hijos de Dios, ha tenido conflictos significativos. En Corinto, Pablo los acusa de tener celos y envidias que resultaban en divisiones, y unos decían que eran de Pablo, otros de Cefas, y otros que solamente de Jesucristo. Y Pablo les dice: "Ustedes lo que son son unos carnales." Imagínate que yo viniera y les dijera: "Hermanos, yo vengo a hablarles a ustedes, pero ustedes son carnales."
En Gálatas las cosas alcanzaron un punto tal que en Gálatas 5:15 leemos que Pablo les dice: "Pero si ustedes se muerden y se devoran unos a otros, ¿a dónde van a llegar?" "Devorar" es una palabra fuerte. En Filipos había dos hermanas que eran compañeras de Pablo, compañeras de ministerio en algún momento —Evodia y Síntique— que estaban en conflicto. Y Pablo le escribe a los filipenses y a un amigo que no es identificado, y le dice: "Hermano, voy a ver si tú puedes hacer que estas dos grandes mujeres, que sirvieron conmigo a mi lado, se reconcilien."
En la iglesia de Jerusalén leemos en el libro de los Hechos, capítulo 6, que hubo un conflicto que surgió porque había dos grupos de viudas. Parece que a las viudas de los hebreos les estaban prestando más atención que a las viudas de personas que habían estado casadas viviendo fuera de Jerusalén, quienes estaban más helenizadas. Por eso las estaban desatendiendo, y surgió un conflicto, y hubo que elegir siete hermanos para tratar de resolver ese problema. Y ahora Santiago nos dice que en estas iglesias que están dispersas hay conflictos similares.
Pero Santiago quería que ellos entendieran que los conflictos interpersonales no se originan afuera de nosotros. Si yo tengo un problema contigo mañana, ese problema no se originó afuera de nosotros, sino en mi interior y en tu interior. Porque en ese interior hay luchas que vienen de la carne, que tienen que ver en ocasiones con un sentido de superioridad, orgullo, o a veces con un prejuicio que yo tengo. A veces este sentido, imagínate a mí mismo como pastor, este sentido de una importancia desmedida, y ahora tú me dices cualquier cosa y yo pienso: "Yo soy el pastor, ¡qué irrespetuoso!" Sí, pero a Cristo le dijeron mucho más que eso, y era Dios y no reaccionó así.
De manera que el problema al final no está originado por las palabras que se dijeron, sino por lo que había en mi corazón y cómo yo reaccioné. Y esa guerra puede alcanzar tal magnitud hasta el punto que domina mi corazón. Y si gobierna mi pensamiento, gobernará mis acciones. Santiago está ayudándoles a entender que esas luchas internas no solamente están creando un problema interpersonal entre ellos; están creando un problema en la relación entre mi persona y la persona de Dios, hasta el punto que mis oraciones no son respondidas.
Santiago usa en el versículo 1 la palabra "pasiones" y en el versículo 3 vuelve a usar la misma palabra. La palabra viene del griego *hedoné*, de donde viene nuestra palabra "hedonista". Una persona hedonista es alguien que entiende que el placer es la búsqueda número uno de la vida y la evitación del dolor. Eso es lo que Santiago está ayudándonos a entender: que estas pasiones son propias de personas hedonistas.
De manera que Santiago está ayudándonos a entender que si no arreglamos nuestra relación con Dios —nuestra relación vertical con Dios, tratando con esas luchas internas y rindiendo ese orgullo, ese resentimiento, la falta de perdón, los celos, la envidia, lo que sea que esté en mi interior— yo no voy a poder arreglar mi mundo exterior. Santiago nos dice directamente: cuando no estás en paz interiormente, no culpes al otro.
Y en Mateo 11:29 el mismo Cristo nos había enseñado algo similar de otra forma y en otro contexto. El cuerpo de la Palabra es congruente en la medida en que se expone. Cristo nos dijo: "Aprended de mí, que soy manso y humilde", y ¿qué pasa entonces? "Y encontraréis reposo para vuestras almas." En otras palabras, si eres manso y si eres humilde, tienes una mayor probabilidad de vivir en paz con el otro. Y de lo contrario, si eres cruel y eres orgulloso, vivirás en un infierno dentro y afuera.
Recuerden que nosotros hemos quedado con el mundo enteramente boquiabierto con los horrores que hemos leído y visto más de una vez sobre las cosas atroces que ocurrieron con el ataque de Hamás contra Israel. La verdad es que yo comencé a enterarme el sábado pasado, temprano en la mañana, cuando abrí la computadora y me encontré con ese reporte, escuchando hablar al presidente de Israel. Y desde ese momento, y por días, yo casi no quería ni siquiera reír ni hacer nada, pensando hasta dónde un ser humano hecho a la imagen de Dios puede llegar.
Y pensando en eso, en el infierno que ellos han creado afuera de ellos, pensé: eso solamente es un reflejo del infierno en medio del cual ellos viven en su interior. Yo no me imagino vivir en esas condiciones. Eso fue una revelación de lo que bulle en su interior. Y Santiago entonces nos dice, pasando ya al versículo 2: "Ustedes codician y no tienen, y por eso cometen homicidio."
Santiago le está hablando a creyentes. La palabra "homicidio" probablemente representa una hipérbole, aunque algunos comentaristas dicen que no dudan que pudiera llegar hasta ahí. A mí también me parece que probablemente es una hipérbole. No creo que los cristianos a quienes les escribe estuviesen matando, pero sí cometen el homicidio del cual Santiago habla en el capítulo 3 en relación con la lengua: el homicidio de carácter. Y cuando no pueden lograr lo que quieren, lo que desean, entonces pelean y cometen ese homicidio.
Los homicidios que los grupos terroristas cometen no son más que un reflejo del estado de su alma. El grado de corrosión moral que un individuo exhibe en el exterior tiene que ver con la corrosión moral que está en su interior, y eso es reflejo de la distancia a la que vive de Dios. Santiago está tratando de llamar la atención sobre el estado interno en que ustedes, como creyentes, viven.
Y él acentúa lo que dice en la segunda parte del versículo 2 cuando dice: "Son envidiosos y no pueden obtener; por eso combaten y hacen guerra." Ustedes envidian lo que el otro tiene. Codician cuando ven a otro tener más dinero, cosas materiales, posiciones, que han llegado a lugares donde ustedes no han llegado; envidian el estilo de vida. Y entonces, cuando no pueden tener esas cosas, lo que proceden a hacer es asesinar el carácter de esos otros.
Pongámonos del lado más cercano: un pastor puede envidiar la iglesia de otro pastor, incluso de un pastor amigo. Puede envidiar la efectividad de su ministerio, puede envidiar los libros que publica, puede envidiar cualquier otra cosa. Cuando esas cosas ocurren en el interior de nosotros, lo que pasa es que ese pastor comienza a criticar al otro pastor, a condenar su ministerio, su copastor, su adoración, su predicación; algo no anda bien. Pero nunca escucha su conciencia decirle: "Eso solamente es el fruto de la envidia que está creciendo en tu interior."
Entonces Santiago pasa a decirnos en el versículo 3, donde vamos a pasar el resto del tiempo, que el problema de esas pasiones internas no radica exclusivamente en los conflictos interpersonales que nosotros tenemos, sino que crea un problema en mi vida de oración y por tanto en mi relación vertical con Dios. Última parte del versículo 2 y versículo 3: "No tienen porque no piden." ¿Cómo que no pedían? Bueno, vamos a llegar ahí.
Versículo 3: "Piden y no reciben, porque piden con malos propósitos, para gastarlo en sus placeres." Santiago distingue entre no piden y los que sí piden pero no reciben. Mucha gente continúa sus actividades cristianas pero no pide, no ora. Y cuando decimos que oran, o cuando Santiago dice que oran, quizás se está refiriendo al hecho de que a veces hacemos un informe periodístico de todos estos detalles, de cosas que me están pasando, cosas que le están pasando a otros, cosas que Dios orquestó para que llegaran a mi vida, y yo lo quiero informar a Dios.
Dios no tiene problema en oírme, pero Él quisiera que más que eso —porque le estoy informando de cosas que Él ya sabe— yo estuviera pidiendo que me ayude a ver de qué manera Él quiere que yo actúe, que me dé sabiduría para ver cómo debo actuar ante esas circunstancias.
Qué decisiones debo tomar, qué cosa no debo hacer, qué decisiones no debo tomar, qué debo evitar, porque es Él quien ha creado estas cosas. Mira, una buena ilustración: en el Antiguo Testamento, en el Medio Oriente, en un momento, Josafat, rey de Israel, tenía una armada enorme que venía contra él. Él no le dijo muchas cosas. Segunda de Crónicas 20, escucha lo que le dijo: "Señor, no tenemos fuerza alguna delante de esta gran multitud que viene contra nosotros, y no sabemos qué hacer. Pero hay una cosa que nosotros sabemos hacer: nuestros ojos están vueltos a ti." ¿Con eso ya fue suficiente? ¿No? ¿Qué Dios escuchó a este hombre? Simplemente le dijo: "Mira el problema, pero yo no voy a ver el problema; yo estoy viendo a Dios que controla el problema." Y eso fue suficiente.
Escucha la enseñanza de Cristo con relación a la oración en Mateo 6, en el Sermón del Monte, capítulos 5, 6 y 7 de Mateo, donde se dio el Padrenuestro. Capítulo 6, versículos 7 y 8: "Al orar no usen repeticiones sin sentido como los gentiles, porque ellos piensan que serán oídos por su palabrería." Escucha: "Por tanto, no sean semejantes a ellos, porque su Padre sabe lo que ustedes necesitan antes de que lo pidan." Si su Padre sabe de qué tienen necesidad antes de que lo pidan, quizás lo mejor es que confíes en su provisión, y que cuando llegue, como llegue, en la cantidad que llegue, o no llegue, puedas tener gratitud, porque Él sabe más que lo que tú puedes saber; Él sabe lo que te conviene y lo que no te conviene.
De esa misma forma, Santiago dice: "No tenéis porque no pedís." Pero tú sabes que a veces nosotros le pedimos a Dios por algo, tenemos una dificultad, y después que terminamos de orar decimos —porque tenemos que sonar espirituales—: "Señor, pero al final que se haga tu voluntad." Entonces al final no se da lo que yo estaba pidiendo, y ahora estoy incómodo. "Pastor, yo le he orado en concreto; pastor, yo le entiendo, porque yo le estaba pidiendo X cosa. Incluso le dijimos que sea tu voluntad, y ahora mira, pasó todo lo opuesto." Y qué pasó: esa era la voluntad de Dios, ¿no? Fue eso lo que pedía. Entonces oramos, pero no oramos, porque cuando oramos fue más como un ejercicio para ver si Dios me daba lo que yo quería.
La oración no consiste en eso. La oración presupone una petición y una sumisión a la respuesta obtenida. La oración presupone una petición y una sumisión a la respuesta obtenida. Y Dios tiene que recordarnos constantemente: "Soy soberano, yo gobierno; ya estoy en los cielos." En sus manos no obtenemos lo que queremos; obtenemos lo que necesitamos y lo que Dios entiende que necesitamos para llevar a cabo sus propósitos en mí, en su tiempo, en su forma, con sus recursos, para su gloria y tu beneficio, todo junto.
La mayoría de las veces nosotros oramos brevemente y luego hablamos. Incluso yo he dicho en un grupo recientemente: "¿Por qué ahora vamos como que oramos poco y de manera superficial?" Y como que muchas veces uno hubiera dicho que no tenemos tiempo. Y Dios pudiera decir: "Bueno, si tú no tienes tiempo para hablar conmigo, no creo que tienes tiempo para escucharme cuando yo hablo." Entonces oramos, pero no oramos.
"Pastor, pero si no vamos a oír a Dios audiblemente, ¿cómo es que Él me va a hablar?" Bueno, mira, Él te puede hablar por su Palabra: algo que leíste ese día, el día anterior o en el sermón. Dios nos dio su Espíritu para que nos guíe a toda verdad y para que nos recordara la verdad. Él puede traer a tu mente y a tu memoria, mientras oras, aquellas cosas que ya has aprendido en la Palabra o en un sermón, como te decía. Pero aparte de eso, el Espíritu de Dios se supone que pone en nosotros el querer y el hacer, y esos son como impulsos internos que llaman en inglés *promptings* del Espíritu Santo; a través de esas cosas también nos habla.
Otras veces oramos, pero no tenemos fe en que Dios va a obrar. "Pastor, mira, yo llevo mucho tiempo orando por esto y no ha pasado." "¿Y cuánto tiempo lleva orando?" "Como tres meses." "Ya. De verdad, pastor, yo no creo que va a pasar; ¿puedo dejar de orar?" De hecho, tú sabes lo que Santiago dijo en el capítulo primero: que si tú pides dudando, ese hombre no piense que va a recibir cosa alguna; le estoy citando literalmente de parte de Dios. Entonces oramos, pero no oramos. Santiago escribió: "No tenéis porque no pedís."
Si la verdad es conocida, nosotros preferimos hablar antes que orar. Preferimos la televisión antes que la oración, porque no tenemos tiempo para orar, pero sí tenemos tiempo para ver televisión. Preferimos la diversión, del tipo que sea, a la oración. Preferimos trabajar en la iglesia antes que orar en la iglesia. Preferimos enseñar acerca de la oración antes que orar. Preferimos predicar acerca de la oración antes que orar. Y se nos olvida que Cristo dijo: "Separados de mí no hay nada que ustedes puedan hacer", incluso orar. Nada. Tampoco pueden tener un buen trabajo, un buen testimonio y hacerlo para mi gloria sin orar. Y por eso Santiago dice: "No tenéis porque no pedís."
Y quizás en el contexto recuerda que Santiago está hablando de estas luchas internas que producen batallas, conflictos, guerras entre nosotros. Quizás Santiago puede estar diciendo algo como: "¿Sabes una cosa? Te falta paz interior y permaneces así porque no pides por amor incondicional para amar a ese hermano, y que esta paz pueda restaurarse en ti. No tienes la paz porque no pides." O tienes resentimiento y permaneces con la amargura que el resentimiento produce porque no pides por gracia para perdonar a ese otro, y se endurece tu corazón, por así decir.
Quizás llegamos a admitir que tenemos celos, que tenemos envidia —y es muy raro, muy raro, incluso que el envidioso sepa o crea que es envidioso, o celoso—. Y en vez de pedir para que Dios destruya mi envidia y mi celo, no lo admitimos por un lado, pero continuamos presos, esclavos del celo y de la envidia. Y es como: "Tú sabes que si yo no puedo tener eso, nadie más lo puede tener." Y eso puede ser una cosa: puede ser un carro, puede ser una posición, pero puede ser un esposo, una esposa.
A veces también no oramos porque no pasamos el tiempo pidiendo por las necesidades diarias. Si Cristo dijo: "Las necesidades diarias yo te las tengo garantizadas; pídeme por otra cosa", ¿qué otra cosa te voy a pedir? Él dijo: "Busca el reino de Dios primero y su justicia, y las necesidades diarias yo te las regalo." ¿Y cuáles son esas otras cosas? Bueno, Dios pudiera estar diciendo: "Hace mucho que no te oigo —o nunca te he oído— pedir pasión por Dios, por Cristo, por su Palabra, pasión por su causa, pasión por su iglesia." Pero tampoco me pides por los inconversos. "Bueno, Señor, te pido por mí." No, no, no, más allá. El reino de los cielos no consiste en dos hijos, tres, ni cuatro, ni diez. Pasión por los inconversos allá en el Medio Oriente, o en tu oficina. O no me pides el don de evangelismo, porque tú sabes que eso es inconveniente; a la gente no le gusta que la comiencen a evangelizar y a veces te van a rechazar.
O no pides que te duela el dolor del otro. Hermanos, yo he pedido eso número de veces. Tan pronto comenzó el conflicto en Israel, fue una de mis primeras peticiones: "Señor, ante esta atrocidad, no permitas que yo pueda leer esto y simplemente lo pase como noticia morbosa; que en un momento diga '¡qué horror!' y lo pase y comience a contar un chiste. ¿Qué es eso?" Nosotros estábamos supuestos a viajar a Israel el domingo pasado por la tarde, y inmediatamente se me quitó el deseo de ir, no simplemente por lo que estaba pasando, sino porque yo no tenía deseo de celebrar mientras otros morían. El Señor dice que aun ese sentir el dolor de otros es parte de la imagen de su Hijo. No tenemos esa imagen porque no la pedimos.
Y hasta aquí, si no resuelvo mi condición interior, llegamos a lo que me dice el texto: "Esto es lo que está ocurriendo cuando pides y no recibes, porque pides con malos propósitos para gastarlo en tus pasiones." En la literatura moral griega y judía, la palabra "pasiones" era usada para referirse a deseos que todos tenemos fuera de control; eso es una pasión. Entonces hay deseos que tú y yo tenemos que logramos controlar, pero hay otros deseos que no controlamos de manera prolongada, y eso es una pasión. De esas pasiones nos habla Pedro en su primera carta, en 2:11, donde nos dice que nosotros tenemos pasiones que combaten contra nuestra alma, y la palabra "combaten" es una palabra de conflictos bélicos para denotar la intensidad de estas luchas internas. Y Santiago viene y concuerda con Pedro y dice: "Pero Pedro no les dijo que estas pasiones internas afectan tu oración", aunque Pedro ahora lo va a abordar, si habló algo de eso, en un contexto distinto.
Santiago dice que el problema es que cuando se pide, se pide por asuntos personales, se pide con malos propósitos. Hermano, si tú le estás pidiendo a Dios por un trabajo y lo único que estás pensando cuando llegue el trabajo es que ahora tendrás ingreso al final de mes, y no va a pasar de ahí, de decirle a tu esposa, tu hijo o amigo: "Ya por fin tengo ingreso de nuevo", no creo que eso va a llegar muy rápido. Si no tienes ningún interés de manera intencional de que cuando llegue le vas a dar la gloria a Dios, no solamente delante de tus amigos de la iglesia, sino incluso ante las mismas personas que trabajan ahí, como testimonio de lo que Dios hizo en tu vida.
Esas cosas hablábamos. Muchas veces son las que preceden a un avivamiento cuando hablamos de que Dios está obrando. Si no estás pensando que ibas a comenzar a orar para que Dios te permita hacer de influencia en el trabajo donde vas a ir por primera vez, si no tienes un interés de ser testigo de su gloria, si no tienes un interés de ser sal y luz, es posible que ese trabajo se retarde. ¿Por qué? Porque Santiago dice que el problema es que cuando Dios responde, te gastas lo que tienes en ti mismo, en tus placeres.
Yo podría pedir a Dios para que prospere mi práctica, pero si lo único que yo tengo en mente es hacer un nombre y acumular dinero, no creo que Dios va a intervenir para que eso ocurra. Yo puedo, como decimos en nuestro país, romper brazos y lograr el éxito, la fama y el dinero, pero sabes que eso es lo peor que te puede ocurrir. Escucha, decía alguien: hay algo peor que fracasar, y es tener éxito sin Dios. Porque cuando eso ocurre, yo me vuelvo arrogante, pienso que mi éxito es el fruto de mi esfuerzo, de mi esfuerzo temprano y continuado, y cuando yo comienzo a sentirme de esa forma, comienzo a alejarme de Dios y comienzo a sufrir las consecuencias.
Vivir alejado de Dios comienza con una corrosión de mi mundo interno, mi mundo moral. Como hablamos más temprano, la razón por la que los terroristas se comportan como se comportan es porque tienen una corrosión moral y viven lejos de Dios. Y peor aún, es posible llegar a un punto de no retorno. Quizás no llegamos a hacernos terroristas, pero a veces condenamos al hermano, maldecimos, chismeamos, resentimos al hermano, experimentamos desdén hacia ese hermano. Como dice Santiago: así no debe ser. Entonces se produce un bloqueo de los canales de comunicación: ni la oración sube ni sus respuestas bajan.
El énfasis de Santiago no es saltar del contexto del capítulo 3 al contexto de la oración del capítulo 4; él sigue con la violencia, pero nos deja ver en el capítulo 4 que eso es una consecuencia de lo que está pasando anteriormente. Y decía que Pedro, en su primera carta, habla acerca de las pasiones que combaten en el interior, contra el alma. Pero escucha lo que él dice en la misma carta, en el capítulo 3, versículo 7, porque Pedro también nos deja ver que el estado interno de mi corazón afecta mis oraciones.
Escucha a Pedro: "Ustedes, maridos, igualmente convivan de manera comprensiva con sus mujeres como con un vaso más frágil, puesto que es mujer, dándole honor." Pastor, usted no conoce a mi esposa. Escucha: "Dándole honor por ser heredera, como ustedes, de la gracia de la vida." Escucha para qué, oye Pedro. Él no está diciendo solamente que tienen que vivir el evangelio en el matrimonio, aunque todo eso es verdad. Lo que Pedro está diciendo ahora, la razón por la que les está diciendo esto, es: "Tengan cuidado cómo tratan a sus esposas, para que sus oraciones no sean estorbadas." El mismo lenguaje. Maridos, nosotros tenemos que tener cuidado si queremos que nuestras oraciones sean escuchadas.
Y para empeorar las cosas, a veces mi estado interno está tan mal que no quiero orar. El problema es que yo no puedo arreglar mi estado interno sin orar. Entonces no quiero orar, pero no puedo hacerlo sin orar; no tenemos deseo. Pero cuando yo permanezco en ese estado como de rebelión, mi corazón está tan mal que cuando comienzo a orar, oro mal, oro de manera egocéntrica, para usar las respuestas para mi propio beneficio. Y ahora, como les decía, los canales de comunicación están bloqueados.
Desde el Antiguo Testamento, Dios comenzó a revelar que el estado de nuestro corazón afecta nuestras relaciones externas, y eso afecta si Dios quiere oírme, si quiere recibirme en adoración o no. Lean Malaquías. Como tú lo lees, es una querella que el pueblo monta contra Dios, cuestionándole, pero Dios también monta la querella contra ellos, porque les está diciendo que ellos fallan, y ellos, cuando Dios les trae la querella, le dicen: "No, ¿cómo? ¿En qué?" Llegando al capítulo dos, Dios les estaba hablando de cómo es su adoración, y dice en los versículos 13 y 14: "Y esta otra cosa hacen: cubren el altar del Señor de lágrimas, llantos y gemidos, porque Él ya no mira la ofrenda ni la acepta con agrado de sus manos."
Los hombres estaban viniendo al templo, estaban llorándole a Dios, estaban mojando el altar, y le estaban diciendo: "¿Por qué no nos oyes? ¿Por qué ni siquiera recibes la adoración?" Y Dios dice, a través de Malaquías: "Porque el Señor ha sido testigo entre tú y la mujer de tu juventud, contra la cual has actuado deslealmente, aunque ella es tu compañera y la mujer de tu pacto." El Señor rechazó las ofrendas de los hombres por el estado en que estaban sus relaciones externas como resultado de su mundo interior. La calidad de mis relaciones horizontales determina la calidad de mi relación vertical, pero determina también la calidad de mi oración.
Hermanos, los pecados, del tipo que sean, todos nuestros pecados afectan negativamente nuestras oraciones. Escucha lo que dice Isaías 59:2: "Las iniquidades de ustedes han hecho separación entre ustedes y su Dios, y los pecados le han hecho esconder su rostro para no escucharlos." Eso es la oración: el estilo de vida que llevamos ha hecho que Dios cierre su oído. Eso es apoyado por el Salmo 66:18: "Si observo iniquidad en mi corazón, el Señor no me escuchará." El pecado afecta nuestras oraciones, todo tipo de pecado. No solamente bloquean las oraciones, sino que bloquean mi deseo de orar; se me va el deseo de orar, no quiero.
¿Y cuáles son esos pecados? Bueno, la lista es larga, pero voy con algunos a manera de ilustración. El orgullo me lleva a la rebelión. La codicia, que de acuerdo a Efesios 3:5-6 y al décimo mandamiento, la ley de Dios, el último de los mandamientos es contra la codicia: "No codiciarás", el tener envidia por las cosas del otro. La amargura, que es falta de aceptación. La queja, que es un pecado no tan pequeño, porque es ingratitud contra Dios; la queja es la expresión externa de la ingratitud interna hacia lo que Dios está haciendo en tu vida. El pueblo de Israel es la mejor ilustración; mi queja es lo mismo. El resentimiento, que habla de odio. El legalismo, la religiosidad, que es religión sin Dios. El chisme, la condenación del otro. Todo eso.
Y si a eso le agregamos otras cosas que afectan mi vida de oración y la eficacia de mi oración, agregamos nuestra incredulidad. Mateo 13:58 nos habla de que Cristo estaba en Nazaret en un momento dado, había estado predicando y haciendo milagros, pero al final el texto dice que Él no hizo muchos milagros allí por la incredulidad de ellos. Le pidieron, pero así y todo no los hizo. La oración no es un ejercicio de desbancar beneficios, nunca lo ha sido. Es un ejercicio para cultivar una relación íntima con Dios.
Una y otra vez la Palabra nos habla de eso. A través de la oración, Dios nos comparte su Espíritu, nos comparte su Palabra; Él me ayuda a entender qué es lo que me toca hacer en la circunstancia en que estoy o en la que voy a entrar. ¿Qué fue lo que Cristo les dijo a los discípulos en Getsemaní? "Velad y orad, orad, velad y orad, para que no entréis en tentación." En otras palabras: la tentación viene de camino; comiencen a orar para que sepan cómo van a responder. No oraron, se durmieron, llegó la tentación y todos lo abandonaron.
La Palabra enseña, hermanos —y para cerrar, el tiempo ha ido corriendo—, la Palabra enseña de manera recurrente y repetitiva que la obediencia es recompensada. Es tan recompensada que incluso hay promesa para la vida eterna, donde unos serán recompensados de una manera y otros de otra, y eso tiene que ver con nuestro grado de obediencia. Todos nosotros compareceremos ante el tribunal de Cristo para rendir cuenta de todo lo que hayamos hecho, sea bueno o sea malo, y cada uno va a recibir su recompensa conforme a esa rendición de cuentas, como dice 2 Corintios 5:10. Y la desobediencia es disciplinada.
Ahora, para cerrar, déjame dejarte ver el otro lado de la moneda. De este lado es todo lo que dijimos. De este lado te voy a leer de Santiago, capítulo 5, versículo 16, en tres versiones distintas. Nueva Versión Internacional: "La oración del justo es poderosa y eficaz." El mismo versículo en la Nueva Traducción Viviente: "La oración ferviente de una persona justa tiene mucho poder y da resultados maravillosos."
La súplica energizada de un justo puede mucho. ¿Energizada por quién? Por mí, que eleva la voz, el volumen, no. Energizada por el Espíritu de Dios. Este es el hombre justo: el Espíritu mora en él, y cuando él ora, el Espíritu le está dando sabiduría, revelación, entendimiento de estas cosas que ya él sabía, pero ahora las puede ver mejor. Y ahora él va a orar más frecuentemente en conformidad con la voluntad de Dios, o cerca de la voluntad de Dios, y por consiguiente esa oración va a ser poderosa.
Esta es la otra cara de la moneda: de manera que mi vida de piedad afecta positivamente mi oración y le da poder a mi oración. Ya sé que por ahí andará algún teólogo que dirá: "No, no, es la razón que no tiene poder; Dios es el que tiene poder." Yo sé, pero la Palabra habla de una oración poderosa, y a este poder me estoy refiriendo.
Padre, gracias. ¿Gracias por qué? Porque nos dejas todas estas enseñanzas. Nosotros las leemos; otra vez, si llegamos a entenderlas mejor, recibimos mucha convicción. A veces nos sentimos mal, y al final, si supiéramos que de todas formas Tú sigues ahí, y somos hijos Tuyos a la misma distancia, esperando nuestro regreso, esperando que vengamos a Ti para Tú seguir hablándonos, seguir moldeándonos, seguir reformándonos a la imagen de Tu Hijo, para seguir bendicéndonos.
Señor, abre nuestros ojos para ver en el interior nuestro lo que hay y no hemos visto, lo que hemos visto pero no hemos dimensionado, para que yo pueda hablar contigo, lidiar contigo, interesar, verticalizar —si pudiera decirlo así— mi relación contigo, limpiar los canales de comunicación, lo que hay en mi interior que resta a mi relación contigo e interacción con los demás. Y entonces no solamente el cielo habrá sido abierto, sino que yo también habré sido llenado de gozo de parte de Tu Espíritu, porque es el fruto del Espíritu el que produce ese gozo en nosotros.
Ayúdanos a caminar de la mano contigo. Bendice a Tus hijos. La mejor bendición que podemos recibir, Señor, es que habiendo entendido lo que entendimos, ahora vayamos y lo vivamos, para la gloria Tuya y en Cristo Jesús. Amén, amén.
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