IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Hay una diferencia entre una iglesia que cree la Biblia y una iglesia que vive la Biblia. Esta distinción, planteada por el pastor rumano Richard Wurmbrand a un colega estadounidense, enmarca el desafío central de Santiago 1:19-25: oír la palabra de Dios es solo información, pero obedecerla produce transformación. El pastor Miguel Núñez advierte que escuchar sin obedecer no solo es inútil, sino que aumenta nuestra responsabilidad ante Dios el día del juicio.
Santiago presenta la palabra como algo vivo y poderoso. Primero, tiene poder para dar vida a lo que estaba muerto: nacimos de nuevo por la palabra de verdad. Segundo, debe recibirse con humildad, porque solo el corazón humilde permite que la palabra haga su trabajo transformador. La persona orgullosa oye el sermón pero lo aplica a otros, reinterpreta el texto para justificar su pecado, o simplemente evita los pasajes que le incomodan. En cambio, quien recibe la palabra con mansedumbre dice: "Así soy yo, y no quiero seguir siendo así".
La ilustración del espejo resulta reveladora: quien oye sin obedecer es como alguien que se mira, ve que está despeinado o mal vestido, y se va sin arreglarse. Dos creyentes pueden asistir a los mismos servicios, levantar las manos en adoración y usar el mismo lenguaje evangélico, pero uno vive la palabra y el otro solo la escucha. La diferencia no está en el conocimiento sino en la obediencia. Cristo mismo lo advirtió: no todo el que dice "Señor, Señor" entrará al reino, sino el que hace la voluntad del Padre. La ley de Dios no es restrictiva sino liberadora; sus límites nos protegen de las consecuencias del pecado y de la esclavitud que este produce.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
En una ocasión, el pastor rumano Richard Wurmbrand —ya murió en el año 2001—, quien tuvo catorce años preso justamente por defender la fe y hacer oposición al régimen comunista de su nación, fue a América del Norte y habló con el pastor Kent Hughes, muy conocido, autor de uno de esos libros que muchos de los hombres conocen: *Disciplinas de un hombre piadoso*. Le hizo la siguiente pregunta —te la traduzco en un momento—: *"Are you a Bible-believing church or a Bible-living church?"* ¿Son ustedes una iglesia que cree la Biblia o una iglesia que vive la Biblia? Creer la Biblia es una cosa; vivirla es otra.
Yo creo que la iglesia de Occidente, sobre todo la iglesia occidental ortodoxa en su doctrina y en su enseñanza, se ha acostumbrado a creer la Biblia, pero no necesariamente a vivir la Biblia. El título de mi mensaje en esta mañana es: *oír es información, obedecer es transformación*. Me sirve otra vez: oír es información, obedecer es transformación. El oír aumenta mi responsabilidad a la hora de rendir cuentas ante el Señor. Me sirve otra vez: oír aumenta mi responsabilidad y la seriedad de mi juicio al rendir cuentas ante el Señor. Lo digo ahora de antemano, porque ¿cómo vas a huir si quieres salir ahora? Viene tiempo. Así es.
Hoy nosotros continuamos la carta de Santiago. Santiago no hace una radiografía de la fe cristiana; él hace una resonancia, no magnética sino espiritual, de la fe cristiana. Él está escribiendo de la manera más práctica posible a judíos creyentes que podían experimentar persecución en diferentes localidades. Comienza el capítulo primero hablándoles de cómo ellos debieran responder a las pruebas. Se les dice que las reciban con sumo gozo, por el fruto que ellas tienen en el creyente, que producen un carácter piadoso.
Luego Santiago les habla de cómo ellos debieran pensar o reaccionar si en algún momento perciben que les falta sabiduría para lidiar con esa vida, y los anima a que puedan orar y pedir con fe, con certidumbre, sin dudar, porque Dios da esa sabiduría y la da en abundancia. Después él habla de cómo enfrentar las tentaciones, y hablamos de eso ampliamente en mi último mensaje en este púlpito: cómo enfrentar las tentaciones, cómo pensar en ellas, y cómo nosotros debiéramos ver que cuando somos tentados, somos tentados primordialmente por las pasiones que están en nuestro interior.
Hoy nosotros vamos a hablar de qué es lo que Santiago le dice a estos creyentes acerca de cómo debieramos reaccionar ante la Palabra de Dios. Déjame resumir eso: número uno, cómo reaccionar ante las pruebas; número dos, qué hacer ante la falta de sabiduría; número tres, cómo manejar la tentación; y número cuatro, cómo responder ante la Palabra de Dios, que es el tema de hoy.
Mi texto es desde el versículo 19 al 25 de Santiago capítulo uno. Pero yo entiendo, al igual que otros, que este texto está conectado con el versículo anterior que ya expusimos, pero lo vamos a retomar otra vez en el día de hoy. De manera que vamos a leer Santiago 1:18-25.
En el ejercicio de su voluntad, Él nos hizo nacer por la palabra de verdad para que fuéramos las primicias de sus criaturas. Esto lo saben, entonces saben esto, eso está claro. Mis amados hermanos, son creyentes con quienes Él se identifica.
Amados hermanos, pero que cada uno sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para la ira, pues la ira del hombre no obra la justicia de Dios. Por lo cual, desechando toda inmundicia y todo resto de malicia, reciban ustedes con humildad la palabra implantada, que es poderosa para salvar sus almas. Sean hacedores de la palabra y no solamente oidores que se engañan a sí mismos, porque si alguien es oidor de la palabra y no hacedor, es semejante a un hombre que mira su rostro natural en un espejo. Pues después de mirarse, ese mismo se va e inmediatamente se olvida de qué clase de persona es.
Pero el que mira atentamente a la ley perfecta, la ley de la libertad, y permanece en ella, este es el ejemplo: el que mira la ley perfecta, la ley de la libertad, y permanece en ella, no habiéndose vuelto un oidor olvidadizo, sino un hacedor eficaz, este será bienaventurado en lo que hace. Solamente ese.
Y vamos a explorar ese texto con dos preguntas sencillas que ya yo les mencionaba en otras ocasiones, pero para que haya ustedes que enseñan clase dominical, o que alguna vez les toca predicar, comiencen a investigar el texto, a indagarlo, escudriñarlo de la manera más sencilla, que no se requiere tanto tecnicismo. Número uno: ¿de qué habla el texto? Cuando tú lees este texto un par de veces, es claro que el texto entero está hablando de la palabra. ¿Y cómo sabemos eso? Porque se refiere a la palabra en el versículo 18, en el 21, en el 22, en el 23, y luego en el 25 a esta palabra le llama la ley perfecta, la ley de la libertad. Cinco veces en siete versículos, Santiago se refiere a la palabra.
La próxima pregunta es: entonces, si el tema es la palabra, ¿qué es lo que dice acerca de la palabra? Ve que no es tan complicado. Bueno, vamos a ver qué es lo que dice acerca de la palabra.
Enseñanza número uno: la palabra de Dios tiene poder para dar vida a lo que antes estaba muerto. Versículo 18: "Él nos hizo nacer por la palabra de verdad." Nota que el texto no dice "nosotros nacimos"; esto está en la voz pasiva: Él nos hizo nacer. La iniciativa de que yo naciera de nuevo, naciera espiritualmente, vino de Dios. La iniciativa de nuestra salvación — de nuevo, el texto no dice que nosotros nacemos, sino que Dios nos hace nacer — y Él hizo eso cuando nosotros no le estábamos buscando, cuando estábamos perdidos en la oscuridad de nuestras mentes, cuando andábamos en nuestras pasiones de la carne, cuando no teníamos el más mínimo interés en Él, cuando no estábamos buscando de Él. Él, de iniciativa propia, salió a buscar. ¿No es el buen Pastor el que salió a buscar? Y nos hizo nacer.
De hecho, Romanos 5 dice que en ese momento nosotros incluso éramos enemigos de Dios, estábamos enemistados con Él. En ese momento Dios salió a buscar a uno de sus enemigos y nos hizo nacer. Eso es consistente con lo que el texto de Santiago dice: "por la palabra de verdad." Eso es consistente con lo que Pablo escribió en Romanos 10:17, y dice que la fe viene del oír, y el oír por la palabra de Cristo. De manera que la fe viene por la palabra de Cristo. Primera de Pedro 1:23 dice la misma cosa: dice que nosotros nacemos de nuevo mediante la palabra. De tal forma que Pablo, Pedro y Santiago están de acuerdo: nosotros nacemos de nuevo, venimos de la muerte a la vida por medio de la palabra.
Ya está la enseñanza número uno de este texto: la palabra de Dios tiene poder para dar vida a lo que antes estaba muerto. Lo dice Santiago, lo dice Pablo, lo dice Pedro, y Cristo lo había dicho anteriormente cuando enseñaba a los discípulos en Juan 6:63 y les dijo: "Mis palabras son espíritu y son vida." Y antes de Cristo lo había dicho Dios a través del profeta Ezequiel en el Antiguo Testamento, en una visión donde Ezequiel está viendo todos estos huesos secos repartidos por todas partes. Y el Señor le pregunta a Ezequiel en la visión si piensa que estos huesos así esparcidos pudieran volver a la vida, y él dice: "Yo no sé, Señor, son huesos."
Ezequiel 37:4-5 dice: "Entonces me dijo: Profetiza sobre estos huesos y diles: Huesos secos, oigan la palabra del Señor." Tú ves que la palabra de Dios tiene la potestad de dar vida a lo que estaba muerto, a huesos. A Ezequiel le va a decir: "Oigan la palabra del Señor." "Así dice el Señor Dios a estos huesos: Voy a hacer que en ustedes entre espíritu y vivirán." ¡Wow, eso es poder! Eso es el poder de tomar lo muerto y hacerlo vivir.
El versículo 18 fue la enseñanza número uno. Enseñanza número dos: a la hora de escuchar la palabra, es preferible que seas un buen aprendiz de la palabra, siendo pronto para oír y tardo para hablar, no queriendo convertirte en maestro muy rápidamente. Como el énfasis del texto es la palabra, tiene sentido que algunos hayan querido aplicar esa enseñanza proverbial — "pronto para oír y tardo para hablar" — a la palabra, aunque la vamos a ampliar un poco más en un momento. De tal forma que la idea sería: mira, dedícate a oír la palabra, aprenderla bien, a vivirla en tu vida, y no salgas corriendo a enseñar a otros cuando en realidad tú todavía no lo estás viviendo.
Y mira cómo el mismo Santiago hace referencia a algo parecido en el capítulo 3, versículo 1. Santiago, de forma repetitiva — como esta es una carta con fórmula repetitiva — Santiago les dice: "Hermanos, amados hermanos," como para que aquellos se entiendan. Puede sonarte difícil, pero yo te estoy escribiendo con un sentido pastoral. "Hermanos, hermanos, hermanos, que no se hagan maestros muchos de ustedes." Eso no sería lo ideal. Eso no es lo que el autor de la carta a los Hebreos les dice a otro grupo, donde les reprende que a cierto tiempo ya deberían ser maestros y sin embargo hay que enseñarles otra vez los primeros rudimentos de la fe. Y Santiago les dice: "Hermanos míos, que no se hagan maestros muchos de ustedes, porque sabrán que recibiremos un juicio más severo."
¡Uf! Yo no creo que Santiago no quiera que avancemos a ser maestros. Yo creo que lo que Santiago nos está diciendo es: mira, si tú vas a enseñar, ocúpate de enseñar lo que ya tú estás practicando, porque vamos a ser juzgados más severamente. Otra vez, nosotros condenamos en otros el pecado que nosotros mismos practicamos. En ese caso, seamos prontos para oír y tardos para hablar.
Otros amplían el texto, y tiene sentido porque el libro de Proverbios habla en esta dirección, y lo aplican también al hecho de que deberíamos ser prontos para oír todo tipo de consejo sabio y piadoso, reconociendo que nosotros necesitamos la sabiduría de otros hermanos. En la multitud de consejo está la sabiduría para que nosotros podamos caminar bien. Y al mismo tiempo, cuando se habla de que seamos lentos para hablar, o tardos para hablar, se nos está diciendo: mira, no seas como Pedro en un momento dado, que se aventuraba a hablar antes de pensar bien las cosas. Meditemos más antes de hablar. No seas impulsivo.
Esa enseñanza del versículo 19 era muy común, no solamente en la literatura judía, pero también en la literatura de la antigüedad. Era una literatura sapiencial — yo creo que esa es la palabra — de sabiduría. Escucha Proverbios 10:19: "En las muchas palabras la transgresión es inevitable, pero el que refrena sus labios es prudente." No hable muy pronto, no hable sin pensar. ¿Has oído la frase que dice que el necio siempre tiene que decir algo? Como Pedro antes de la crucifixión: "Aunque todos te nieguen, yo nunca te negaré." Ustedes escucharon un mensaje excelente de parte del pastor Reinaldo el domingo pasado, donde la historia es de Pedro y el Pedro subsiguiente.
Pero también ha oído la frase que dice que, en cambio, el sabio siempre tiene algo que decir, pero no necesariamente lo dice. El sabio muchas veces sabe cosas que prefiere callar, y el necio muchas veces, o con frecuencia, habla de cosas de las que no sabe. Eso es aventurarse. De manera que este versículo de Santiago en general es un llamado a la prudencia, a no repetir lo que otros dicen sin conocer los hechos a cabalidad.
Miren la cantidad de cosas que salen en la única red social que yo tengo, que es Twitter: la cantidad de cosas que la gente le da retuitear, repostear, repostear, repostear, de cosas de las que no tienen la menor idea, y la persona que escribió en primer lugar no tiene la menor idea de lo que está hablando. Y las reposteamos y las damos como buenas y válidas. Es un llamado a la prudencia, a no especular, sobre todo cuando yo no conozco los hechos o los conozco a medias. Y después nos estamos tratando de cuidar el uno al otro para decir: "Bueno, pero eso es una especulación," o decirlo de antemano: esto es una especulación. Es un llamado al altismo, a la calumnia, a no condenar cuando yo soy condenable de la misma cosa. Esa es la enseñanza de Cristo.
Lo impresionante de la palabra es su congruencia. Eso es exactamente lo que Cristo dice: "¿Para qué te vas a poner a tratar de sacar la paja en el ojo de tu hermano, si tienes una viga en el tuyo?" Esa es la misma enseñanza. Es un llamado a no hablar de cosas que sabemos que Dios condena, sabemos que no están bien, pero las seguimos hablando.
Este es uno de los versículos, no el único — es el primero —, pero es uno de los versículos que Santiago usa para hacer un llamado a frenar la lengua. Santiago conoce algo que Cristo enseñó: de la abundancia del corazón habla la boca. De manera que este es un llamado a la prudencia de que no enseñemos nuestros corazones tan rápidamente, porque de eso que estamos hablando es de eso que estamos llenos. Es como: "Oye, entra la lengua, que estoy viendo el interior de tu ser." Pero a otro lado, Santiago nos recuerda que lo peor que nosotros podemos hacer — ahora él combina la necesidad de refrenar la lengua con la…
Entonces agrega, no solamente que seamos tardos para hablar, sino que seamos también tardos para la ira, pues la ira del hombre no obra la justicia de Dios. La ira del hombre no complace a Dios. No, aquello que nosotros pensamos cuando estamos irados no complace a Dios, aquello que hablamos cuando estamos irados no complace a Dios, aquello que hacemos cuando estamos irados no complace a Dios, aquello que planeamos —"porque le voy a decir, y tú vas a ver, la próxima vez que me diga algo, yo le voy a decir"— eso no complace a Dios.
El problema con la ira es que la ira usualmente, o frecuentemente, es la expresión de un resentimiento acumulado. Eso es como… si comenzamos a entender el pecado de la ira, recuerda que el pecado tiene como una anatomía y una fisiología, tiene una estructura, tiene un funcionamiento. La ira también. Entonces la ira, la manera como funciona, su fisiología, es que frecuentemente es la expresión externa de un resentimiento interno. Pero esa no es la única razón.
En su anatomía, en su estructura, 1 Corintios 13 nos dice que el problema es que la ira es contraria al amor, es poco amor o no amor, porque el amor no se irrita, dice 1 Corintios 13. Quizás por eso Dios es lento para la ira. La ira es contraria a la mansedumbre, que Cristo nos llamó a aprender de Él: "Aprended de mí, que soy manso y humilde." Escucha Proverbios. El libro de Santiago tiene una estructura muy parecida al libro de Proverbios, porque son como una serie de enseñanzas una detrás de la otra, que a veces parecería como que no guardan relación, pero tienen una cierta relación. Proverbios 14:29 dice: el lento para la ira tiene gran prudencia, pero el que es irascible, el que se enciende rápidamente —en buen dominicano, el de mecha corta— exalta la necedad. De ahí la recomendación de Santiago de que seamos lentos para la ira.
El pastor John MacArthur, comentando acerca de este pasaje, dice: los buenos oyentes suelen ser buenas compañías, los buenos oyentes son buenos amigos, los buenos oyentes son buenos aprendices —claro, para ser un buen aprendiz tú tienes que escuchar y escuchar bien—, los buenos oyentes son buenos profesores —claro, porque antes de ser profesor, si has sido un buen oyente, has aprendido mucho de otros—, los buenos oyentes son buenos consejeros —claro, porque han escuchado a mucha gente; además entienden lo que la persona vino a tratar, porque la escuchó, no estaba tratando de construir su respuesta en el camino, sino: "déjame tener la idea completa y luego entonces le puedo dar un consejo."
Enseñanza número 3. Recuerda, ¿de qué habla el texto? ¿Qué dice el texto acerca de la palabra? Bueno, eso es lo que está planteando. Enseñanza número 3: la palabra debe ser recibida con humildad, y la humildad facilita mi santificación. El versículo 21 dice: "Por lo cual, desechando toda inmundicia y todo resto de malicia, reciban ustedes con humildad la palabra implantada." En otras palabras, ahora usted ya tiene una palabra implantada. Sin embargo, hoy estamos predicando acerca de la misma palabra que ya ha sido implantada en ustedes. Esa palabra, dice el texto, es poderosa para salvar su alma.
"Bueno, pastor, ya estamos salvos." No está mal. Lo que pasa es que en el Nuevo Testamento nosotros somos salvos, ya estamos siendo salvos y seremos salvos. O dicho de otra manera: ya fuimos redimidos, estamos siendo redimidos de nuestra vieja forma de ser, y seremos finalmente redimidos de la presencia del pecado. En ese sentido, entonces, esa palabra es poderosa para continuar limpiándonos y redimiéndonos.
En este versículo Santiago nos llama a recibir la palabra —nota— con humildad. Es posible oír la predicación, leer la palabra yo mismo, y no recibirla con humildad. Y entonces, ¿cómo sé si quizás eso es donde yo estoy? Bueno, la persona orgullosa lee la palabra pero no la recibe. Ahí sí cabe la frase: "No lo recibo, no son para mí." La oye pero no le da la bienvenida. No dice: "¡Wow, qué bueno está eso para mí! ¡Wow, no me había dado cuenta! Gracias, Señor, por confrontarme." No, no le da la bienvenida. Al no dar la bienvenida, la palabra no puede transformarlo, porque es como: "Bueno, te oí; bueno, te aviso, después hablamos."
La falta de humildad hace que la persona oiga la palabra y no la aplique. No, él oye la palabra, ¿y qué hace? Se la aplica a otra persona. Es como que tú estás sentado y te predicaron la palabra, y cuando tú la oyes, tú tienes como este reflector: "Es para Fulano que está ahí sentado." La humildad es necesaria para que la palabra pueda hacer su trabajo en nosotros, para que tú puedas decir: "Así soy yo; así soy, y no quiero ser así. Déjame hablar con Dios."
La humildad es el terreno donde todas las virtudes crecen, hermanos. En la humildad crece el amor, crece la relación, crece el perdón, crece la empatía, crece la sumisión a la autoridad. El problema de la persona orgullosa —la razón por la que Santiago dice "recibe esto con humildad"— es que Santiago conoce la fisiología del pecado, lo conoce mejor que yo, y sabe que la persona orgullosa resiste la voluntad de Dios expresada en su palabra. La resiste en silencio: "Sí, eso está bien, pero… pero… tampoco es tanto."
La persona orgullosa hace lo que hace: reinterpreta la palabra para justificar su pecado. "No es así, pastor. Bueno, yo no lo entiendo así." Bueno, puede ser que no lo entiendas así, pero la pregunta es: ¿el texto lo dice? La persona orgullosa dice: "No, yo ya no necesito maestro; él tiene el Espíritu, yo también." La persona orgullosa dice: "Yo no necesito esta iglesia; yo resuelvo con Dios", aunque la palabra nos manda a congregarnos. La persona orgullosa decide no leer ciertos pasajes, le molestan. ¿Ven, hermanos? No lo dicen, pero prefieren todos los que le bendicen y alimentan su ego, sin término. La persona orgullosa puede que sienta convicción de pecado, pero tiene dificultad en cambiar de conducta o en pedir perdón.
Entonces, ese mismo versículo que nos habla de recibir la palabra con humildad es el versículo que me dice que yo debo desechar toda inmundicia y todo resto de malicia. Pero el versículo anterior —no el inmediatamente anterior, pero uno anterior, con el que comenzamos— nos dice que nosotros nacimos de nuevo por medio de la palabra, la misma palabra que tengo que recibir con humildad. Entonces, ¿cómo es posible que yo ya sea una nueva criatura, que haya nacido de nuevo, y que quiera permanecer en la inmundicia, en la malicia, en lo profano, en la inmoralidad? Eso le afrenta al Señor que nos compró. Si Pedro lo negó un día, cuando nosotros continuamos en ese tipo de pensamientos y de acciones lo negamos todos los días. De hecho, es lo que Pablo le dice a Tito en Tito 1:16: había un grupo de personas que confesaban o afirmaban que conocían a Dios, pero que lo negaban con sus acciones.
La persona humilde recibe la palabra y se somete al poder de transformación de la palabra. Y eso es lo que Santiago dice: que la palabra es poderosa. ¡Claro que es poderosa! Es cortante más que cualquier espada de dos filos, que discierne los pensamientos —cosa que el consejero no puede hacer—, que discierne las intenciones. Pero la única vez que eso ocurre en un oyente de la palabra, en el receptor de la palabra, es cuando él ha cultivado la humildad, y puede decir: "Me está traspasando el Señor con su espada", y tú puedes decir: "¡Gloria a Dios!"
Escucha cómo el salmista entendió esto que estamos hablando: "Afirma mis pasos en tu palabra, y que ninguna iniquidad me domine." El salmista entendió: si va a haber una iniquidad que no me va a dominar, yo necesito estar anclado en la palabra primero. Esa palabra, que Santiago dice que es poderosa, es justamente poderosa para limpiarme de la iniquidad, de la malicia.
La Reina Valera toma ese salmo —Salmos 119:133, que te leí— y lo traduce de esta manera: "Ordena mis pasos con tu palabra, para que el pecado no me domine." Con tu palabra. Él entendió: "Tu palabra ordena mi mente, mi pensamiento, mis prioridades, mis emociones, mis sentimientos, y ahora estoy firme, y ahora las pasiones no me van a dominar." De hecho, el texto dice: "Para que el pecado no me domine." Pero yo necesito la palabra organizando mi mente, mi mundo interior. Y no hay manera de que eso ocurra si no la recibo, y si no la recibo con humildad para someterme a su poder transformador.
Enseñanza número 4. Te das cuenta de que no es tan complicado investigar el texto, porque eso es lo que dice la palabra. La palabra escuchada que no es vivida no pasa de ser mera información. La transformación requiere obediencia. Ese es el título: o información, o transformación. Lo acabo de decir de otra forma, pero muy similar. ¿Dónde está esto? Está en lo que es como el grueso del pasaje, porque va desde el versículo 22 al versículo 25: "Sean hacedores de la palabra y no solamente oidores, que se engañan a sí mismos."
Nota que si Santiago dijera "sean hacedores y no solamente oidores", no tendría tanta fuerza. Pero la tiene cuando él dice: "Porque si ustedes son de esa manera, ustedes se engañaron, pero ustedes mismos." No hay nadie que les esté engañando. "Porque si alguno es oidor de la palabra y no hacedor, es semejante a un hombre que mira su rostro natural en un espejo; después de mirarse a sí mismo, se va, e inmediatamente se olvida de qué clase de persona es. Pero el que mira atentamente la ley perfecta, la ley de la libertad" —la ley que la gente encuentra restrictiva, los límites que la palabra pone, que hoy se ha tachado de legalismo, pero Santiago la llama la ley de la libertad— "y permanece en ella, porque no es que va un día, no es que la visita de vez en cuando; permanece en ella, no habiendo sido un oidor olvidadizo sino un hacedor eficaz, este será bienaventurado en lo que hace."
Esta es una resonancia espiritual de dos tipos de personas: un oidor y un hacedor.
Entonces déjame crear un escenario. Ahora hay dos creyentes: uno es un oidor, uno es un hacedor. Pero ambos resulta que leen la Biblia regularmente, creen la misma doctrina, ambos están en un mismo grupo de jóvenes, o de damas, o de varones, o de parejas. Ambos vienen los miércoles al aire, ambos levantan sus manos a la hora de adorar: "¡Gloria a Dios, aleluya!" Ambos han hecho profesión de fe y se han bautizado, ambos adquirieron el lingo evangélico: "Sí, haro, buen día, ¿cómo está? Excelente, gloria a Dios, aleluya, mejor de lo que merezco."
Ambos les dicen amén a los sermones de los diferentes pastores: "Verdad que provoca aquí, amén, pastores, amén, predícalo." Pero siguen ganando personas. Ahora vamos a las casas, al trabajo, a los círculos sociales, al manejo de sus finanzas, a la tarjeta de crédito, a los libros de cheques, a la librería, vamos a la página web que visitan y vamos al Facebook, y de repente: "¡Oh!" Pero en otro mundo, parecían tan iguales en la iglesia, pero esta gente no se parece. Externamente, frente a los hermanos esa vida se parece, el resto de la semana no lucen iguales.
Esto lo hemos oído, que yo sé que lo han oído de diferentes formas, acerca de diferentes cosas: "Pero pastor, yo tengo tanto tiempo luchando con esto, a veces la misma ira, a veces el orgullo. Yo te puedo hacer una lista de las veces que yo le he oído, pero tanto tiempo luchando con esto, con este mismo pecado, y no he podido deshacerme de él." Y por ahí otro que lo dejó atrás. ¿Cuál es la diferencia?
Santiago dice cuál es: uno oía la palabra, pero no pasaba de ser un gran oidor. Quizá hasta memorizaba la palabra, quizá hasta la enseñaba. El otro oía la palabra, la meditaba, entendía sus implicaciones y aplicaciones, y finalmente decía: "Sí, yo voy a cambiar; yo tengo que hacer eso; yo así no puedo seguir." Y sentía que comparara la palabra, entonces, a un espejo.
Esta mañana, antes de venir, yo fui al espejo y me vi desgreñado. Después entonces fui al espejo otra vez y la corbata no estaba en su posición, estaba un poco estrujada; tuve que plancharla un poco. Sí, yo plancho; si no lo sabían. Pero después, cuando me fui, me di cuenta de que ya me había compuesto, ya me vi en el espejo otra vez y dije: "Ahora me puedo ir." Pero otras veces yo he salido tan rápido, y no venía para la iglesia ni iba a ningún lugar en particular, que simplemente hice así en el espejo, me vi medio de salida: "No tengo tiempo," y me fui.
Entonces Santiago dice: "Bueno, eso es como ese hombre que se mira en el espejo, se va, pero ya se olvidó de cómo lucía." Y él dice que el problema es que esta persona se engañó a sí misma. Lamentablemente, esa persona no ha sido engañada por otro: él solo se ha engañado. Y de esa forma entonces él puede llevar una vida cristiana sin negarse a sí mismo, puede vivir una vida cristiana sin morir a sí mismo, puede llevar una vida cristiana sin dejar el mundo atrás, del cual Santiago nos habla al decir que debiéramos desechar todo tipo de inmundicia y de malicia. Santiago le llama a ese cristiano un oidor de la palabra.
Porque el otro, él se miró en el espejo, vio que estaba, como lo mencioné, despeinado, desvestido, mal vestido, pero hablando espiritualmente, y comienza a aplicar la palabra y comienza a realinear su vida con la plomada, que es la palabra. Santiago dice: "Bueno, eso es un hacedor de la palabra." El memorizar la palabra sin entenderla nos convierte en oidores, pero no en hacedores. Por otro lado, estudiar la palabra para aplicársela a otros nos convierte en fariseos, pero no en hacedores. Conocer la palabra sin aplicarla me hace más responsable y más culpable por no ser un hacedor; yo lo mencioné al principio.
Ahora, esa preocupación de Santiago él la aprendió de su medio hermano Jesús, quien habló de esto en más de una ocasión. Escucha la palabra de Cristo en Lucas 6:46-50. Esta es la versión del Sermón del Monte en Lucas, que probablemente no es exactamente el mismo sermón; hay diferencias significativas entre uno y otro, incluyendo el hecho de que este fue predicado como en un llano: Jesús va al llano y allí habló. Pero tiene un paralelo, lo vamos a ver.
En Lucas 6:46-50, Cristo dice: "¿Por qué ustedes me llaman Señor, Señor, y no hacen lo que yo digo?" En otras palabras, las mismas cosas: porque ustedes no son hacedores, pero me llaman Señor, Señor. "Todo el que viene a mí y oye mis palabras y las pone en práctica" —ese es el hacedor— "le mostraré a quién se semeja: se semeja a un hombre que al edificar una casa, cavó hondo, echó los cimientos sobre la roca, y cuando vino una inundación, el torrente dio con fuerza contra aquella casa, pero no pudo moverla porque había sido bien construida." Ese es el oidor que puso en práctica la palabra, en la palabra de Cristo. "Pero el que ha oído y no ha hecho nada" —no es hacedor— "ese se semeja a un hombre que edificó una casa sobre tierra sin echar cimiento, y el torrente dio con fuerza contra ella y al instante se desplomó, y fue grande la ruina de aquella casa."
Es la misma enseñanza, solo que va al lenguaje a través de una parábola: "El que viene a mí y oye mis palabras y las pone en práctica," dice Jesús, "es como un constructor sabio. El que ha oído mi palabra y no ha hecho nada, que no fue un hacedor, ese edificó sobre arena." ¿Quieres oír ahora el texto paralelo del Sermón del Monte en Mateo? Escúchame, Mateo 7:21-23: "No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos." Entonces, ¿quién va a entrar? El hacedor, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. "Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?"
Y el Señor les dice: "El problema es grande. Nunca os conocí." Les estaban diciendo "Señor," pero Él no los veía vivir. ¿Eres un cristiano que creía la palabra o un cristiano que vive la palabra? John Stott tiene una buena observación sobre este pasaje y dice que la confesión de "Señor, Señor" en primer lugar es diplomática, porque lo llama Señor; en segundo lugar es ortodoxa, porque reconoce a Jesús como el Cristo; en tercer lugar es de servicio, al repetir la palabra Señor; en cuarto lugar es una confesión pública: "En tu nombre profetizamos, en tu nombre echamos demonios, en tu nombre hicimos milagros." Y Cristo dice: "El problema es que no es así como se entra al reino de los cielos; al reino de los cielos se entra haciendo la voluntad del Padre." Lo mismo que le dice a Santiago: el que obedece hace la diferencia.
Por poco leo esto como el título de mi mensaje: la obediencia hace la diferencia. Hermano, una vez más: o vamos a la información, o vamos a la transformación. Actuamos en amor solo obedeciendo. Y ahí cierro sus enseñanzas. En el versículo 25 dice: "Pero el que mira atentamente a la ley perfecta, la ley de la libertad, y permanece en ella, no siendo oidor olvidadizo sino hacedor efectivo, este será bienaventurado en lo que hace."
Noten esto específicamente: este es el hacedor efectivo, no un nativo de la palabra, el bienaventurado, el que es bendecido en lo que hace. La bendición no está en recibir la palabra, hermano. No hay apertura en recibir la palabra si eso es lo único que voy a hacer; de hecho, me condeno a mí mismo si no voy a hacer nada más que eso, porque me hace más responsable. La virtud se produce cuando tomo la palabra, la recibo como la palabra de Dios, busco la bendición en mi vida con humildad y trato de corregirme con el estándar que Dios nos ha dado.
A veces decimos: "Bueno, es verdad que no estoy obedeciendo plenamente." Pero estoy recibiendo que la obediencia a medias es obediencia a medias. Escucha lo que Cristo dice en Lucas 11:28: "Bienaventurados los que oyen la Palabra de Dios y la obedecen." No hay virtud en oírla nada más; esa fue una respuesta cuando aquellas mujeres le dijeron a Cristo que bienaventurado el vientre que te cargó, y Cristo dice: "No, no, no, no, pero bienaventurados los que oyen la Palabra de Dios y la obedecen." La obediencia, dice Santiago, trae la victoria. Nada más que la obediencia; sin ella no hay victoria. La salvación no se gana, pero yo obedezco porque soy salvo, y eso trae bendición añadida.
No es que el Señor tiene caras, es que el Señor se agrada en bendecir a aquellos que están tratando de obedecer su palabra. Tu obediencia nunca será perfecta, ni la mía tampoco. No, pero está haciendo el máximo esfuerzo por obedecer. Esta es la ley perfecta, la ley de la libertad. Esta es la ley que revela el carácter de Dios, que revela lo que a Dios le complace, de qué manera yo puedo complacer a Dios. Es la ley que me ayuda a saber cuál es el camino hacia Dios.
Ciertamente, cuando la Palabra de Dios habla, y sobre todo cuando está en el contexto de la ley de Dios, está hablando de la revelación de Dios: cómo yo puedo adquirir santidad, santificación, cómo yo puedo relacionarme con Él. Y la ley de Dios está reflejando cómo Dios es en su esencia, y de esa forma entonces me cultiva en mi reverencia por ese Dios, me cultiva en mi confianza en ese Dios.
Al mismo tiempo, Santiago quiere que nosotros entendamos que esta ley, que nosotros vemos como restrictiva, al contrario, es la ley de la libertad. Es la ley que te ayuda a entender cuáles son los límites, como los límites de esta alfombra: no te salgas de esos límites, porque vas a sufrir consecuencias, y los pecados te van a esclavizar, y las consecuencias te van a esclavizar aún más. De manera que esta alfombra, por así decirlo, es la alfombra de la libertad.
Mientras te mantenga aquí, no tendrás consecuencia. Mientras te mantenga aquí, estás dominando el pecado que fuera de aquí te va a esclavizar. Dios le dio su palabra, su ley dada nueva para evitarles las consecuencias a ellos y al resto de sus descendientes. Se salieron de la ley de Dios y todavía nosotros estamos cosechando consecuencias, y diremos esclavizados por el pecado por un largo tiempo. Y todavía cuando no estamos esclavizados, porque ya nos salvaron, estamos todavía dominados. Y Cristo dice, ante esto dice ahora: esta es la ley de la libertad, ¿entiendes? No me diga que mis mandamientos son gravosos. Tú lo vuelves gravoso. Eso me lo puede decir Dios a mí mismo si en algún momento yo lo dijera.
El salmista que vivió bajo la ley, no bajo la gracia, escucha lo que él dice en el Salmo 119:7: "Oh, cuánto amo tu ley." Él entendió las bendiciones de vivir bajo la ley de nuestro buen Dios. Quizás conoció lo que le ocurrió a David y dijo: cuánto amo tu ley, mi familia no tiene esta dificultad, no tiene esas consecuencias. El autor de ese salmo no veía la ley como una imposición, no la veía como un juicio, no la veía como una restricción, sino como un instrumento de protección de parte de un Dios amoroso que conoce cómo funciona el pecado, cómo se estructura el pecado, la severidad de las consecuencias, y dice: hijo mío, por favor no lo hagas. Quédate en casa, quédate en mi ley.
Déame el tiempo, que me voy a ver si puedo ampliar la explicación. Cuando una persona pone en práctica la palabra, eso es lo que ha ocurrido, ¿ok? Porque no es que tú oyes la palabra y sales corriendo a obedecerla; así es como ocurre. La persona la oye, quizás ahora tú la estás oyendo y te confronta. Yo lo sé por mi propio ejercicio de esto, ¿ok? Yo soy confrontado; de hecho, yo quiero ser confrontado por la palabra toda la semana cuando vengo a predicar, por el mismo salmo, porque me ayuda en mi cercanía con Cristo.
La persona —o yo— cuando la palabra me confronta con algo de su forma de vivir o de pensar, dice: yo creo que eso lo tengo que cambiar. Yo he comenzado a cambiar sus convicciones. Entonces, esas convicciones anteriores van saliendo y se van formando las nuevas. Las nuevas convicciones cambian su forma de pensar. Ese nuevo pensamiento cambia su voluntad, y la voluntad cambiada cambia su estilo de vida, cambia su forma de vivir.
El oidor es solo el que oye la palabra, momentáneamente disfruta de la palabra, admira al predicador: "¡Mira, es un hombre de Dios, créeme! Mira a Fulano." Pero si no quiere ser como... "No, no, mira, yo no estoy ahí; yo no, pero yo todo lo que dices... pero yo reconozco que es un hombre de Dios, pero el predicador, el pastor, yo no. En serio, eso está bueno para gente como él, pero yo no soy predicador." Es como... déjame hacerte una ilustración que algunos han oído.
Yo estaba hablando en Carolina del Norte hace dos o tres años atrás, antes de la pandemia. Había un pastor en la audiencia que yo conozco; el pastor es muy jocoso, y yo estaba hablando de cosas parecidas a esto, no exactamente este texto, de la misma temática, pero cosas parecidas. Y el pastor dijo: "Mira, eso es como el cardiólogo, el médico que es obeso, pero el paciente viene y él le habla de la necesidad que tiene de perder peso, pero él sigue con sus mismos hábitos de comida." Eso es parecido a lo que a veces pasa con nosotros: no he tenido esa historia, pero pasa con nosotros, y es que tú le hablas a alguien de su pecado, de su orgullo, lo que tú quieras, pero mientras tanto tú estás comiendo del mismo pecado.
Entonces, en la audiencia había un pastor, y al final, como él es jocoso, fue el ser un chiste del mejor, bastante mejor. Él se acerca a alguien que conozco, y hace así —se pasa la mano por la barriga— y dice: "Mientras yo voy, pastor Núñez, yo me estaba diciendo: ¡qué bueno que yo no soy médico!" Eso es como el pastor que es así, tú sabes; pero yo soy pastor. Esto es más o menos así.
Cristo dice, predicador o no: el que no hace la voluntad de mi Padre no entra al reino de Dios. Cristo dice: si no vas a hacer lo que te digo, pastor o no, no me llames Señor, Señor. Cristo te dice: no vayan como lo escriben los fariseos, porque ellos dicen pero no hacen; no seas un fariseo. Cristo te dice: el que no carga su cruz y me sigue no puede ser mi discípulo. En inglés sería: no way, no chance, no hay manera.
El énfasis en esto —en lo que hoy íbamos, el testimonio que oímos del Medio Oriente— es que en este mundo occidental y en esta época es muy fácil ser cristiano, porque es muy fácil ser culturalmente cristiano. Pero no es la cultura evangélica lo que a mí me salva, ni siquiera el mensaje evangélico que muchos han oído; es la conversión evangélica lo que a mí me salva. Y el Señor sabe quién existe en la cultura evangélica y quién tiene el alma o el espíritu evangélico.
Aquí está el problema con la cultura evangélica: tú aprendes a hablar como evangélico y dices cosas como "no, yo todo lo presento al Señor", pero luego haces lo que tú quieres. Los domingos cambias tu forma de vestir, pero en los miércoles —y le decimos a la novia que se va a casar: "Hija, este es tu día; de manera que hoy tú te puedes rebajar el escote, puedes enseñar tu busto; decimos a las damas de compañía también, porque es el día de la novia"— no entiendes entonces lo que tú haces. Porque este no es el día de la novia; es el día donde un novio cristiano y una novia cristiana vienen a unirse para representar la unión de Cristo con su iglesia, y eso es sagrado. Este no es el día de vanidades y frivolidades y de horas locas; no, porque no estamos locos. ¿Qué es esto de horas locas? Dejémosle eso a los locos.
Hermano, nosotros no tenemos que cristianizar lo que no caracteriza a Cristo. En esa cultura evangélica, esto es como: tú te conviertes, tú invitas a Cristo a tu corazón, pero no tienes que hacer penitencia como antes, que la gente tenía que arrepentirse y pedir perdón. No, no; ahora no. También es que uno tiene dignidad. Tú invitas a Cristo a tu corazón y bueno, las cosas extremas las dejas a un lado, tú sabes: lo excesivo, la droga; si tienes un amante, lo dejas. Pero bueno, la sensualidad, las películas y la violencia, el lenguaje vulgar, no, porque todas las películas son así y Dios sabe que uno sin películas no puede vivir.
¿Qué es aquel desierto para el Señor? Para probarte, para saber lo que hay en tu corazón, y para enseñarte que no solo de pan vive el hombre, ni de películas, ni de horas locas, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. Y te va a utilizar como adulto. Y veo ya que prefirimos culturalizar la fe cristiana: nadie quiere vivir en un estándar que te va a hacer diferente, porque eso es legalismo; nadie quiere perder su popularidad, y hacemos todo tipo de maniobras para mantenernos populares; nadie quiere ser llamado fanático por ser radical en su forma de vivir; nadie quiere que lo consideren en el trabajo de mente estrecha porque no quiere ser rechazado; nadie quiere sentirse solo, de manera que preferimos la aprobación de los hombres y la negación de Cristo.
Ya me voy a cerrar. En la época de Atanasio, a unos trescientos y tantos años de la fe cristiana, la divinidad de Cristo estaba en juego. De manera que había una gran cantidad de personas que estaba creyendo y afirmando, dentro de la fe cristiana, y líderes que decían que Cristo no era Dios. Y Atanasio insistía en que Cristo era Dios, y le decían: "Atanasio, ríndete, el mundo está contra ti." A lo cual Atanasio respondió: "Entonces tendrá que ser Atanasio contra el mundo."
Alguien escribió esto; te lo voy a leer. "Atanasio vivió cuando la sangre de los primeros mártires de la iglesia aún estaba fresca en la memoria de los cristianos y en la de él también, y la intensidad de su fe era un tributo a aquellos que habían sufrido y muerto en lugar de retractarse de la fe apostólica." La intensidad de su fe la vio como este tributo a la sangre que otros pagaron para que yo esté aquí en este lugar. "Los biógrafos lo describen como de pequeña estatura y apariencia austera, con un cuerpo que mostraba claros signos de la vida rigurosamente ascética que llevó. Atanasio era egipcio, de piel oscura, ojos hundidos y penetrantes, con una mente tan penetrante como su mirada."
La iglesia contra el mundo: a eso nos llama Cristo. La iglesia no puede mundializarse, ni el cristiano puede mundializarse, ni quiero justificar su fe mundializada hablando de que tenemos que vivir en el mundo. Siendo la luz en medio de la oscuridad, siendo la sal de esa tierra, fue un buen testimonio para comenzar, o una buena ocasión para comenzar, oyendo cómo la gente hoy en día... Porque recuerda que Atanasio tenía la sangre de los mártires todavía fresca. No es que no hay sangre todavía fresca que está siendo derramada hoy; hoy en el día que estamos, en el día de hoy, no uno o dos, sino múltiples personas en el área de la iglesia perseguida perderán su vida hoy. El grupo más perseguido de la historia no es todas estas otras minorías que hoy escuchamos; el grupo más perseguido son los cristianos, donde la fe cristiana no puede ser vivida y pagan con su vida. Que nuestra fe radical pueda hacer nuestro tributo a la sangre de aquellos que hoy también la siguen perdiendo.
Padre, gracias. Gracias porque esto es un mensaje a la iglesia en general, porque así lo escribió Santiago. Sin embargo, esto es un mensaje que comienza conmigo. Yo tengo que dar el paso, yo tengo que recibir esta palabra con humildad, aplicarla, comenzar a cambiar, a redireccionar mi vida, alinear mis pensamientos, a cambiar mis convicciones, mi entendimiento. Hay que entender que el pecado no es de días específicos; lo que es un día lo es al otro día, lo que es en un lugar lo es en el otro lugar. Pero entiendo en mis oídos, te lo pedimos en Cristo Jesús. Amén.
Antes de aplaudir, vamos a cantar, vamos a adorar.
Sabes, ya punto de cerrar, pero creo que el Espíritu ahora me puso una idea en mi pensamiento, y es que quizás alguno de nosotros necesitamos, como esas vacunas que necesitan refuerzo, quizás algunos otros necesitamos rededicar nuestras vidas a Dios de una manera radical. De manera que piensa lo que estoy diciendo, para que si tú dices que sí, levantándote, realmente es lo que quieres hacer y decir o comunicar.
Si tú quieres rededicar tu vida, tú puedes decirme: "Yo soy salvo, pastor, también yo". No estoy discutiendo eso; es simplemente si quieres rededicar tu vida para que tu fe adquiera otro nivel de vivencia, que puedas ser un discípulo radical de Cristo. Al final deberíamos quitar la frase "radical" y decir simplemente un discípulo, porque un discípulo no está por encima de su maestro, y a tu maestro lo crucificaron. Para que seas un discípulo como Cristo lo describió, es una mejor forma de decirlo.
Dispuesto a morir a ti mismo, llevar tu cruz todos los días, incluso morir todos los días a ti mismo. Si tú quieres hacer eso hoy, nos vamos a poner de pie y la canción que sea tu oración de rededicación. Pero antes de cantar, simplemente los que quieran hacer esto, les pido que se pongan de pie. Vamos a comenzar a cantar, y el resto que se quedó sentado, por las razones que sea, a medida que cantamos puede ir poniéndose de pie.
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