Integridad y Sabiduria
Sermones

La oración, la joya perdida del pueblo de Dios

Miguel Núñez 29 mayo, 2022

La oración fue entregada por Dios como un regalo precioso, pero se ha convertido en una joya perdida para gran parte del pueblo de Dios. En algún momento comenzó a desaparecer del centro de la vida de la iglesia, hasta el punto de que hoy es deficiente en la mayoría de los creyentes, inexistente en otros, y vibrante solo en muy pocos. A medida que la sociedad ha ido resolviendo sus problemas con tecnología, medicina y recursos económicos, el interés por comunicarse con el Creador ha disminuido. Cuando había una infección y no existían antibióticos, el cielo oía inmediatamente; hoy quien oye es el médico, y quizás uno de cada diez pacientes le da gracias a Dios por el medicamento que pudo comprar con dinero que Él proveyó.

El problema de fondo es que muchos ven a Dios como un solucionador de problemas y no como un Padre amoroso que desea intimidad y comunión. Cuando Dios no concede lo que se le pide, el interés en hablar con Él se pierde, como si la relación no valiera la pena sin obtener lo deseado. Pero Cristo enseñó algo diferente: en Getsemaní presentó su necesidad, expresó lo que su naturaleza humana deseaba, y luego dijo "hágase tu voluntad y no la mía". El propósito de la oración es entrar en los propósitos de Dios, no doblar su voluntad hacia la nuestra.

En Mateo 7, Jesús invita a pedir, buscar y llamar con la garantía de que el Padre responderá. Pero la columna vertebral del texto no es la petición misma, sino el corazón dadivoso de Dios que sirve de base para orar. Si un padre terrenal siendo malo sabe dar cosas buenas a sus hijos, cuánto más el Padre celestial. La naturaleza de Dios es dar en abundancia. Si ya entregó a su Hijo cuando éramos enemigos, cómo no dará todas las cosas junto con Él. El problema no es que pedimos mucho, sino que pedimos poco y nos conformamos con migajas del mundo, pudiendo tener riquezas celestiales.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Los propios apóstoles... Voy a pedir que abran el Evangelio de Mateo, capítulo 7, y lo dejen ahí abierto, en lo que introducimos el mensaje de esta mañana y eventualmente la serie que comenzamos hoy.

En el año 1971 apareció un folleto publicado por A. W. Tozer, un pastor norteamericano muy conocido por su centralidad en la Palabra y su deseo de glorificar a Dios y vivir en santidad. El título del folleto era el siguiente: *Worship: The Missing Jewel of the Evangelical Church*, la adoración, o la joya perdida de la Iglesia Evangélica. Yo quería tomar la idea del título para este primer tema de esta nueva serie. Mi tema no será la adoración; el título no será exactamente igual, sino parecido, de manera que por las próximas semanas estaremos hablando acerca de la oración. Para este primer mensaje he querido tomar la idea de ese folleto que acabo de mencionar y titular este mensaje: "La oración, la joya perdida del pueblo de Dios".

Si presta atención al título, te vas a dar cuenta de que la manera como está escrito enfatiza que había algo que había estado presente en el centro de la vida de la Iglesia, del cuerpo de Cristo, que se ha perdido, que se ha ido perdiendo, que en algún momento empezó a desaparecer, hasta el punto de que hoy se pudiera decir que muchas veces esa oración es deficiente en la mayoría de los hijos de Dios, en otros es inexistente, y en muy pocos es quizás vibrante. Eso es sorprendente y es deprimente, porque para todos nosotros, en algún momento de nuestro caminar —quizás ahora, quizás hace poco tiempo, quizás lo será mañana—, esto será una realidad también: la oración no es algo que nos llega de manera natural a ninguno de nosotros.

Ahora bien, mi intención —y yo quisiera que puedan recordar esto a lo largo de todo el mensaje— no es sembrar un sentido de culpa en ti y en aquellos que pudieran escucharme por las redes, sino más bien estimular a buscar la presencia del buen Pastor, de manera que podamos interceder ante el trono de la gracia. Porque entendemos que ahí está la solución, una solución —la solución—, tanto al estado de la Iglesia en nuestros días como al estado de nuestra sociedad, y que nosotros podamos interceder por esas cosas, incluyendo por los líderes de nuestra nación, por los líderes de las naciones y por los líderes de las iglesias.

Yo creo que los líderes estamos de acuerdo en que el estado en que se encuentra la cristiandad hoy en día, y el de la sociedad por igual, tiene una sola cosa que la puede sacar de donde está: un avivamiento de parte de Dios. Pero todos los avivamientos que hemos tenido han comenzado y han sido sostenidos por el poder de la oración. De manera que a lo largo de toda la serie, yo quiero que esto sirva como un estímulo para doblar nuestras rodillas delante del Señor y poder constituirnos en intercesores.

Un segundo autor, Gary Miller, escribió un libro no hace mucho acerca de la teología bíblica de la oración, y él dice en el prefacio de su libro que, en su opinión, en muchos lugares la Iglesia ha dejado de orar y que los libros acerca de la oración han perdido su lugar en los clásicos de la literatura cristiana. Ese es uno de los comentarios de este autor en su libro *Calling on the Name of the Lord* —Invocando el nombre del Señor—.

Yo creo que en la introducción a este mensaje, e introducción a la serie, vale la pena preguntarnos: ¿qué ha causado la pérdida del interés en la oración? Yo creo que muchos conocemos que orar no es fácil; como decía, no es lo que hacemos naturalmente. Debiéramos hacerlo, pero no lo es. A menos que estemos en dificultades, y sobre todo si las dificultades son grandes. Y si eso es verdad —y lo es—, ha sido así desde los tiempos bíblicos: el pueblo buscó de Dios más intensamente cuando las necesidades eran muchas y grandes.

Pero si eso es verdad, uno pensaría que en la medida en que la sociedad se ha ido desarrollando tecnológicamente y ha ido resolviendo sus problemas —muchos de los problemas que sociedades anteriores tuvieron, hoy nosotros los tenemos resueltos—, en esa misma medida la Iglesia ha ido perdiendo interés en comunicarse con su Creador y su Redentor. Yo creo que todavía podemos recordar cuando las dos Torres Gemelas fueron derrumbadas por aquellos aviones en el año 2001: por los próximos noventa días las iglesias estaban llenas, las reuniones de oración proliferaron, y tres meses después el fervor inmediatamente comenzó a mermar. Los creyentes en Ucrania estaban orando mucho más intensamente que en cualquier otro momento de su historia anterior, y lo mismo pudiéramos decir de creyentes que están viviendo en otros lugares donde hay situaciones similares.

Y si eso es verdad —y lo es—, eso nos deja ver que frecuentemente nosotros hemos visto a Dios como un solucionador de problemas, y no como un Padre amoroso que desea tener comunión, intimidad y comunicación con nosotros, que desea oír de nosotros y que nosotros oigamos de Él. Yo creo que nos parecemos entonces a aquel joven que el Sagrado texto describe: se va de su casa a tierra extranjera y de repente se familiariza con su entorno, y de repente sus padres sienten que su hijo o su hija ya no se comunica tanto con ellos. Hasta que tiene un problema, y sobre todo si es económico. Ahí aparece la llamada, o aparecía la carta en el pasado.

Cuando el cristiano tenía una necesidad, en el pasado o en tiempos recientes, él se veía en la obligación de doblar sus rodillas y dejar que el cielo escuchara de su necesidad económica. Hoy en día, usualmente él saca la cartera, saca su tarjeta de crédito y da un tarjetazo, como decimos nosotros. Si él se enfermaba y tenía una infección, como no había antibióticos, el cielo oía de él inmediatamente. Pero hoy en día alguien oye de él, pero no es el cielo: es el médico. Y amamos al médico y hablamos con él; nos prescribe medicamentos, vamos y los compramos con dinero que Dios ha provisto. Pero al igual que ocurrió con los diez leprosos —quizás uno de esos diez leprosos fue donde Cristo y le dio gracias—, de esa misma manera quizás uno de cada diez pacientes le da gracias a Dios por el médico que le atendió, el médico que tiene y que otros no tienen, por el medicamento que pudo comprar, por el dinero que tuvo. Y antes de darle gracias a Dios por eso, frecuentemente primero nos quejamos del costo de los medicamentos, comprados con dinero que ya Dios proveyó, dinero que muchos no tienen.

Yo creo que de la misma manera en que esta generación se ha ido volviendo cada vez más egocéntrica, de esa misma forma nosotros hemos ido dejando la práctica de orar, porque cuando Dios no nos da lo que nosotros pedimos, perdemos el interés en seguir hablando con Él. Es como que no vale la pena tener una relación de intimidad con Dios si no me va a dar lo que yo pido. Como que no hay un interés de encontrar Su voluntad, sino de doblar la de Él. La pregunta al final del camino no es si yo quiero hacer la voluntad de Dios, sino si Dios quiere hacer la voluntad mía. Y cuando Dios no nos da lo que nosotros estamos pidiendo, como que nos volvemos cínicos y comenzamos a preguntarnos: "Yo no sé si Dios es tan bueno como dicen. Yo no creo que Dios oye nuestras oraciones, o mis oraciones. Yo creo que Dios se ha olvidado de mí." Es un poco cínico pensar que el Dios que me salvó ahora se olvidó de mí.

Comenzamos a pensar: "¿Realmente vale la pena orar si al final Dios va a hacer Su voluntad? Si Dios siempre va a insistir en que se haga Su voluntad y no la mía..." Yo pensaba que oramos y persistíamos en la oración para doblar la voluntad de Dios, en vez de entrar en Su voluntad y que Él me dé lo que yo necesito: la gracia, la fortaleza, la sabiduría para hacer Su voluntad. Como Cristo lo mostró: Cristo fue al huerto de Getsemaní, se postró, presentó Su necesidad y dijo: "Padre, esto es lo que yo quisiera. Si de alguna manera —yo sé que vine para esto—, pero si hay alguna manera en que esta copa, esta cruz, pudiera pasar de mí, eso es lo que yo quisiera. Pero yo te pido, Dios, yo confieso, Señor, que yo no estoy aquí para hacer mi voluntad, sino la Tuya, de manera que se haga esa voluntad y no la mía." Cristo tenía claro que el propósito de la oración es entrar en los propósitos de Dios, y al entrar, recibir lo que yo necesito para poder llevar a cabo aquello para lo cual yo nací y fui enviado.

Yo creo que muchas veces sentimos —no nos atreveríamos a decirlo, pero sentimos— que más bien quisiéramos decirle al Señor: "Que se haga mi voluntad y no la Tuya." Pienso también que en la medida en que la vida se ha ido haciendo más compleja, estamos más ocupados, más entretenidos, más distraídos, tenemos mayores ofertas, más cosas que brillan en el mundo, más cosas que nos llaman la atención, y tenemos menos tiempo, menos deseo, menos fervor para orar. Como que no tenemos tiempo que perder. Y más ahora que tenemos estos teléfonos inteligentes que a veces nos vuelven estúpidos: tenemos el teléfono ahí al lado cuando estamos orando —como si el teléfono necesitara también orar, lo ponemos ahí a nuestro lado—, y vibra, o suena, o la pantalla se enciende, entonces nos interrumpe y ahora tenemos una razón para no seguir orando. Preferimos la información antes que la oración.

Yo creo que pudiéramos seguir enumerando una serie de cosas que han dificultado la oración, incluso más que en tiempos pasados, pero ese no es el tema. El tema hoy es esta joya que Dios nos entregó, que llamamos oración, que Dios llamó oración, que se ha perdido. ¿Cómo la cultivo? ¿Para qué es? ¿Para qué me la dio Dios? ¿Para qué sirve?

De hecho, yo creo que sería una buena pregunta al inicio de esta serie: ¿cuándo fue que los hombres comenzaron a orar? Porque la oración no surgió en el arsenal de la edad moderna. Cuando tú revisas la historia bíblica, encuentras cuándo los hombres comenzaron a orar. En Génesis 4:26 nosotros leemos: "Por ese tiempo comenzaron los hombres a invocar el nombre del Señor."

Las cosas estaban bien en el jardín del Edén, y Adán y Eva hablaban con Dios continuamente, de la misma manera que los discípulos hablaban con Cristo continuamente. Los discípulos no estaban orándole a Cristo, se estaban hablando con él. Tenían una pregunta, le preguntaban; tenían alguna necesidad, se la presentaban. No había necesidad de cerrar los ojos, arrodillarse, o cualquier otra cosa. Él estaba ahí con ellos.

De esa misma forma, con Adán y Eva, nosotros no pensamos en ningún momento que estaban orando; estaban hablando con Dios cada vez que necesitaban conversar con él. Pero las cosas comenzaron a andar mal, y cayó en Matatabel, y las cosas siguen empeorando en los capítulos 4, 5 y 6, hasta llegar el diluvio. Entonces, ahí en Génesis 4:26, ya las cosas no estaban bien, y el texto dice: "Para ese tiempo comenzaron los hombres a invocar el nombre del Señor, el nombre de Jehová."

Ahora, cuando tú trazas la trayectoria de esa frase —invocar el nombre del Señor— a lo largo del Antiguo Testamento, tú descubres algo interesante: la frase siempre está usada en el contexto de la invocación del nombre del Señor después que el Señor ha hecho una promesa. Es como que el Señor hace una promesa y luego hace una invitación, y en un momento dado los hombres se acuerdan de esa promesa, se acuerdan de esa invitación, e invocan el nombre del Señor.

Eso es exactamente como lo encontramos en la vida de Moisés. Dios le habla a Moisés, le hace promesa acerca del pueblo que estaba en Egipto, le dice que lo lleve al desierto, que lo va a liberar de la esclavitud, le promete cosas para el pueblo. Y cuando Moisés tiene problemas con el pueblo, va a Dios y le recuerda que Él fue quien sacó al pueblo de Egipto, que Él fue quien parió a ese pueblo, que es el Dios de ese pueblo, que no fue él. Y apela a la intervención de Dios. Moisés invoca el nombre del Señor sobre la base de: "Tú has hecho una promesa, tú dijiste esto; aquí yo estoy en el desierto, sobre esa base yo te pido."

Menciono esto porque no es distinto a como tú encuentras cosas similares en el Nuevo Testamento. Moisés estaba diciéndole a Dios: "Te pido por favor, haz realidad lo que tú has prometido." Es como si Dios dijera: "Menciona mi nombre y yo voy a responder." Cuando Jesús vino, prometió responder: "Cada cosa que pidan en mi nombre, yo lo haré", le dijo a sus discípulos. De manera que la base de nuestras oraciones son las promesas hechas por Dios, y de manera particular las hechas por Cristo.

Es como un padre que le dice a su hijo: "Hijo, si te va bien este año en el colegio, en el verano te voy a llevar de vacaciones, me voy a ir de vacaciones contigo." Entonces llega el verano y el padre como que no está hablando de esas vacaciones, y el hijo había estado esperándolas. De repente el hijo tiene que ir donde el padre y decirle: "Papá, ¿y las vacaciones?" Y el padre responde: "Bueno, hijo, pero tú me lo prometiste." La base de su petición es la promesa que el padre le hizo. De esa misma manera, Dios nos ha hecho una promesa, nos ha hecho una invitación, incluso nos ha dicho cómo hacer nuestra petición, y nos entregó un regalo que Él llamó la oración.

En el pasaje del Sermón del Monte en Mateo, Cristo les habla tres veces de la oración en un solo mensaje a sus discípulos. Imagínate: Cristo habló de muchas cosas, innumerables cosas en el Sermón del Monte, y en tres momentos distintos de ese mensaje habló de la oración. Lo primero que les dijo fue cómo no orar: "No entres en vanas repeticiones como los hombres que oran para ser aplaudidos, para ser vistos por los hombres; eso es hipocresía de parte de ellos, esa no es la manera." La segunda vez les enseñó cómo orar, y les dio el Padre Nuestro que nosotros conocemos. La versión de Lucas dice que ellos fueron donde Cristo y le dijeron: "Señor, enséñanos a orar, porque no sabemos." Y quizás eso es parte de lo que tiene que ocurrir: que nosotros admitamos que necesitamos aprender a orar.

La tercera ocasión en el Sermón del Monte está aquí en Mateo 7, versículos 7 al 11, y eso es lo que te voy a pedir que puedas abrir. Recuerda que el título de este mensaje es "La oración: la joya perdida del pueblo de Dios." Ahora, Palabra de Dios, Mateo 7:7-11:

"Pidan y se les dará; busquen y hallarán; llamen y se les abrirá, porque todo el que pide recibe, el que busca halla, y al que llama se le abrirá. ¿Qué hombre hay entre ustedes que, si su hijo le pide pan, le dará una piedra, o si le pide un pescado, le dará una serpiente? Pues si ustedes, siendo malos, saben dar buenas dádivas a sus hijos, ¿cuánto más su Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que le piden?"

Yo sé que no me detuve verso a verso en este texto, pero si volvieras a leerlo y lo escudriñaras, vas a encontrar que hay una invitación —versículo 7—, hay una garantía de la invitación en el versículo 8, hay una ilustración terrenal para que podamos entender mejor el corazón del Padre celestial, y finalmente hay una explicación. Eso fue en los versículos 9 y 10, está esa ilustración, y finalmente en el versículo 11 hay una explicación del carácter de Dios que provee la razón de la oración. Me lo diré otra vez: finalmente hay una explicación del carácter de Dios que provee la razón de la oración. De hecho, esta última parte del texto es la columna vertebral del texto completo.

Cada texto tiene como una idea central. La idea central de este texto no es tanto la oración y el pedir y el buscar y el llamar; es el corazón de Dios que sirve de base para luego pedir y buscar y llamar. Porque ahora yo tengo algo que es previo a mi oración. Como decíamos, hay promesas de un corazón benevolente que preceden a mi oración, y Dios me dice —en base a ese corazón que dice Cristo que tiene el Padre— ven y ora.

Ahora bien, en el lenguaje original esto aparece igual que aparece aquí en el imperativo: "pedid", "buscad", "llamad". Son formas verbales que conocemos como imperativo, pero en el griego hay dos tipos de imperativos. Hay uno que es el imperativo aoristo, que es básicamente una orden en un momento: dobla a la izquierda, dobla a la derecha, sigue derecho, devuelve, pero no tengo que hacer eso siempre. Pero luego está el imperativo presente, que es el que está aquí, donde es algo que yo tengo que hacerlo siempre. De manera que Cristo me está diciendo: escucha, pide y continúa pidiendo, busca y continúa buscando, llama y continúa llamando. Que ese sea tu estilo de vida en cuanto a tu relación con tu Padre que está en los cielos. ¡Impresionante esa invitación!

Tú puedes ver que Dios me invita a orar sobre la base de una promesa que Él me hace primero. Cristo dice: este es tu Padre, Él va a responder —esta es la promesa—, Él va a abrir la puerta, usted va a escuchar. Pero necesitamos aprender qué pedir, no sea que nos pase como a Raquel: le pidió a Dios un hijo —"a mí un hijo o me muero"—, y Dios le dio un hijo, y en el mismo parto que estaba teniendo ese le estaba pidiendo otro, y el otro hijo la mató en el parto. A veces Dios no nos concede lo que pedimos porque, de hacerlo, de alguna forma quizás me mate; no necesariamente físicamente, pero quizás mate cierto plan, o cierto fervor, o mi fe, o mi dependencia de Él, o mi corazón humilde, y Dios dice: mejor te lo retengo.

Necesitamos aprender a buscar, no sea que nos ocurra como a Salomón, que por estar buscando entró en todo tipo de camino pecaminoso. Y quizás debemos aprender a llamar, no sea que cuando llame escuche la voz del enemigo y la confunda con la voz de Dios.

La próxima pregunta, escudriñando el texto, es: si Dios me hace —si Cristo me dice que pida, que busque, que llame— y me da garantías, me dice que tenga seguridad, que puedo encontrar, que se me va a abrir, ¿por qué entonces recibimos tan poco de nuestras oraciones? Ya vimos algunas razones por las que recibimos tan poco. Santiago diría: bueno, la realidad es que no tienen porque no piden. Quizás algunos de nosotros pudiéramos decir: "Pero Santiago, yo he pedido, yo he pedido; mira, tengo un año pidiendo y no recibo." Y Santiago dice: bueno, es que piden, pero no reciben porque piden con malos propósitos para gastarlo en sus placeres. Santiago 4:2-3.

Yo creo que nosotros tenemos un problema, y es que cuando vamos a orar dejamos que la carne ore, y la carne nos hace orar. Es bueno que yo debo entrar en intimidad con Dios en el Espíritu; el apóstol Pablo habla de orar en el Espíritu, y en otro momento quizás hablamos de lo que eso implica, pero no la carne. Yo recuerdo en múltiples ocasiones poderle decir a Dios en oración: "Señor, estos deseos que mi carne tiene, no les haga caso; yo lo que quiero es lo que Tú quieres, olvídate de mi carne." El Señor no recibe órdenes de mí; Él se va a olvidar de mi carne de todos modos. Pero yo quiero decirle a Dios: yo quiero sintonizar mi pensamiento con Tu voluntad, y estoy de acuerdo con que estos deseos de esta carne no tienen nada bueno para conmigo, y Te pido que Tú los silencies y que no les hagas caso.

La carne nunca ha deseado una sola de las ofertas de Dios, nunca. No le interesa. Nunca ha creído una de las promesas de Dios, no cree. Y no ha disfrutado ni una sola de las dádivas de Dios. De hecho, cuando Dios da la dádiva y la carne la disfruta, piensa que fue ella quien la produjo. De manera que nosotros tenemos que aprender a orar, y tenemos que ir a orar no en la carne sino en el Espíritu.

Dios ha prometido darnos —escucha— no lo que queremos, sino todo lo que necesitamos para llevar a cabo el propósito para el cual Él me pensó en la eternidad pasada. Hermano, el propósito que tú estás viviendo pudiera ser, pero pudiera no ser la razón por la que Dios te pensó en la eternidad pasada, y estás viviendo un des-propósito. En la eternidad pasada Dios pensó algo para ti que tenía que ver con el reino de los cielos, que tenía que ver con la dimensión eterna y no con la temporal. Y luego Él te dio forma y te dio dones y talentos e inteligencias y habilidades y oportunidades, y Dios ha prometido responder cada oración para que ese propósito sea llevado a cabo; cada oración que esté relacionada a la razón por la cual Él te pensó.

Esto es lo que dice Efesios 2:10: que nosotros somos hechura suya, hechos en Cristo Jesús para hacer buenas obras que Dios preparó de antemano —no que yo las inventé, las creé, las soñé, no—, que Dios preparó de antemano para que anduviéramos en ellas. Dios primero pensó mi propósito, y luego me dio forma, y luego me dice: yo te garantizo que cada oración que tú hagas conforme al propósito para el cual yo te pensé y te creé será respondida. De manera que la clave de la oración es que la oración presupone que voy a pedir algo que Dios ha prometido para Su propósito, y no algo de mi invención.

Muchos de los hijos de Dios hacen caso omiso a esa enseñanza, y por eso no piden lo suficiente de aquello que Dios está ofreciendo. No piden lo suficiente de aquello que Dios está ofreciendo, no buscan con frecuencia lo que Dios ha reservado para nosotros. Pide, que te lo voy a dar. Bueno, ¿y qué, que no lo pides? No lo pido con frecuencia. Y no llaman a la puerta con esperanza, con fe, porque no confiamos en Su voluntad. No confiamos en que cuando Dios deja mi oración sin responder y esa es Su voluntad, no creemos que eso es bueno para mi alma. No, no lo creemos.

Cuando pido un trabajo y no me lo dan, cuando aplico a una universidad y no me aceptan, no creo que cuando me dieron el "no" acabo de encontrar la voluntad de Dios. Para estos temas lo hemos tenido un número de conversaciones a lo largo de los años, y él me recuerda, me dice: yo cuando voy a hablar contigo no te digo que te voy a dar una mala noticia. Yo solo sé que me va a decir —era como le estábamos detrás de esto y no se va a poder— eso suena como una mala noticia, pero yo solo sé que me va a decir, e invariablemente lo que escucha suena como una mala noticia. Pero acabamos de encontrar la voluntad de Dios; eso es buena noticia. Ahora sabemos.

Es que nosotros preferimos nuestra voluntad a la voluntad de Dios. A pesar de que Dios dice que Su voluntad es buena, agradable y perfecta, yo en esta mente, cada vez que yo prefiero que Dios me dé lo que estoy pidiendo y no lo que Él pudiera darme después, o que Dios esté reteniendo, yo estoy afirmando con mi acción que yo no creo que Su voluntad es buena, que es agradable, que es perfecta. No, no lo creo. Mi forma de pensar y reaccionar en la vida dice eso. Y yo puedo entender. Yo puedo entender que un corazón malo como es el de los seres humanos juzgue por su condición y no pueda ver nada bueno en la voluntad de Dios. Yo puedo entender que un corazón caído no pueda ver lo agradable de los designios de Dios; él no tiene esa capacidad para verlo, eso se discierne por medio del Espíritu. De igual manera, puedo ver que criaturas imperfectas jamás podrán discernir lo perfecto de la voluntad de Dios.

Imagina a los apóstoles el viernes en la noche. Imagínate que hubiesen entendido ya la carta a los Romanos, viendo la cruz. Explícame: ¿cómo que esto es bueno? ¿Cómo que esto es agradable? El Mesías, Dios encarnado, clavado en un madero. ¿Y cómo es que esto puede ser perfecto? No lo puedo aceptar, me lo imagino. Sin embargo, ese sería el mejor evento de toda la historia que pudiera ocurrir.

Yo sé que nosotros quisiéramos que Dios respondiera todas nuestras oraciones, pero créeme —yo estoy dispuesto a morir por esto que voy a decir—, créeme: si Dios respondiera toda nuestra aspiración, estaríamos mucho peor de lo que estamos. Recuerda que el apóstol Pablo dice en Romanos que muchas veces nosotros no sabemos cómo orar, y que entonces en esa asociación el Espíritu intercede con gemidos indecibles delante de Dios. Es el Espíritu que penetra la mente de Dios, que conoce los designios de Dios, y por tanto —yo lo he ilustrado probablemente hasta desde este púlpito más de una vez, diciéndolo de forma seria pero también con algo de gracia—: a veces estamos pidiendo cosas y el Espíritu le dice al Padre: "No, lo que le está pidiendo no es eso; esto es lo que tiene que pedir."

El Espíritu redirige mi oración. Pero es que, como decía Spurgeon, Dios responde toda oración que nosotros hacemos, y cuando no hace eso, responde la oración que debíamos haber hecho. ¿Entendiste? O responde tu oración, o —para juntarlo con mi ilustración— el Espíritu dice: "Padre, esa no es la oración; esta es." El Espíritu intercede por mí, y esa oración que debía haber hecho es la que yo debí haber dicho, y esa es la que va a ser respondida.

Permíteme decirte algo más. Desde el punto de vista de Dios, recuerda que hemos hablado siempre de que todo evento tiene dos lecturas.

Aquí abajo lo que yo veo es lo que se puede discernir, y luego está la lectura que Dios da por arriba del sol. Desde el punto de vista de Dios, no es que pedimos mucho; es que pedimos poco y nos conformamos con poco. Y la razón por la que digo eso es porque Dios está consciente de que nosotros, pudiendo pedir cosas celestiales constantemente, pedimos y somos felices con cosas terrenales. Yo creo que Dios a veces mira para abajo y dice: "¡Qué pobres son mis hijos! Pudiendo tener riquezas celestiales y riquezas en gloria, están conformes y contentos y felices siendo ricos terrenalmente."

Tú recuerda la encomienda: en el mismo Sermón del Monte, "buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todo esto terrenal que tú andas buscando y pidiendo, yo te lo voy a añadir." Con la condición de que estés buscando el reino de Dios primero, de manera que el "busquen y hallarán" están directamente relacionados a Su reino. El pedir y el que se responda, el que recibe respuesta, está relacionado a Su reino. Una vez yo haya cumplido con buscar el reino, con aquello que es pertinente en relación al reino, entonces Dios se encargará de suplir aquello que tiene que ver con el reino de los hombres.

Mas, si somos honestos, la mayoría de nosotros pedimos cosas que están relacionadas a asuntos temporales que no tienen valor eterno, que yo jamás voy a ver en la eternidad, que una vez yo pase el umbral de la eternidad ni me va a importar. Eso que yo tuve, compré, acaricié, amé, no va a tener el más mínimo valor. Yo tenía, entre cultos, una conversación con alguien y le hablamos exactamente de algo similar: lo que yo pido frecuentemente tiene que ver con lo que deseo, y lo que deseo tiene que ver con la condición de mi corazón. De manera que frecuentemente mis oraciones ponen al descubierto, o son una radiografía de, la condición de mi corazón.

Decía el gran predicador escocés del siglo XIX, Robert Murray McCheyne, que lo que un hombre es de rodillas ante Dios, eso es, y nada más. Lo que un hombre es en su oración, de rodillas ante Dios, no busque más, eso es lo que es, y nada más. Y yo creo que a lo que le está aludiendo es que nosotros frecuentemente, a la hora de orar, nos revelamos: cómo pensamos, qué deseamos, qué buscamos, qué me importa, qué o quiénes no me importan. ¿Por qué no están en mis oraciones? ¿Por qué no me acuerdo de interceder por ellos?

La invitación de Cristo es casi como un cheque en blanco: "Pidan, se os dará." Tiene detrás una oferta, tiene una garantía que están relacionadas a riquezas en gloria, eternas. Pero frecuentemente el hombre va a donde Dios —y esto es lo que Dios considera pobreza— a pedir migajas del mundo. Estamos más contentos con migajas del mundo que con riquezas celestiales. Y por eso es que decía hace un momento atrás que el problema no es que pedimos mucho, es que pedimos poco y nos conformamos con poco; las riquezas del mundo nos satisfacen.

Lo ilustraban en el servicio anterior diciendo: imagínate que llegas a la casa de tus padres, estabas fuera de viaje, tenías diez años fuera estudiando y trabajando, y llegas a la casa de tu padre, y tu padre y tu madre han hecho un manjar con todo tipo de lo que tú puedas imaginar: desde vegetales, diferentes tipos de carnes, postres, todo tipo de carbohidrato que te acompaña. Y de repente tú llegas y le dices a tus padres: "Dame un vaso de agua con azúcar." Y tu madre, sobre todo, que tiene tres días cocinando para cuando tú llegues, te dice: "Pero, mijo, pero te va a llenar, se te va a quitar el hambre." "Agua con azúcar es lo que yo quiero." "Pero mira este manjar que tenemos." "No, problema; agua con azúcar." Y te tomas el vaso de agua con azúcar, y luego tus padres te invitan a comer, y tú dices: "No, es que ya no tengo hambre, yo estoy bien." Entonces te han dicho: "Has pedido poco, te has conformado con poco, a pesar de las riquezas que estaban disponibles delante de tus ojos."

Si Dios nos concediera, si Dios respondiera a nuestra oración, yo estoy convencido de que nosotros pidiéramos más, estoy convencido de que nosotros buscaríamos más y llamaríamos más. Pero luego Dios tendría que descender a explicarme por qué no recibo respuesta a mis peticiones tan frecuentemente. Me diría: "Mira, es que no sabes cómo pedir; es que estás buscando cosas que yo sé que tú quieres, de hecho no solamente sé que las quieres, sino que las deseas con anhelo y las disfrutas con anhelo, pero si te las doy, yo sé el daño que te van a hacer." Y a veces cuando Dios no nos da eso, salimos a buscarlo en nuestras propias fuerzas, y Dios luego me dice, cuando vengo de regreso, lo que me decía en un principio: "Pero no me oíste, no me hiciste caso."

Y otra vez estoy llamando, pero cuando Dios responde, cuando no lo confundo con la voz del enemigo, básicamente ni supe que era la voz de Dios. Y esa petición de pedir, buscar y llamar no es solo de los Evangelios en el ministerio de Cristo; después que Cristo muere y asciende, en el libro de Hebreos 4:16, escucha lo que dice: "Por tanto, acercémonos con confianza al trono de la gracia, para que recibamos misericordia y hallemos gracia para la ayuda oportuna." Ese acercarte con confianza al trono de la gracia es oración, es petición.

Eso no estaba en el Antiguo Testamento. Nadie pidió en el Antiguo Testamento, ni en ninguna literatura judía fuera del Antiguo Testamento, tú encuentras a una persona hablando de Dios como Padre. Cuando tú encuentras el nombre "Padre" para Dios, es en tercera persona: Padre de la humanidad, Padre de una nación. Pero tú no le ibas a decir a Dios "Padre," hasta el punto que alguien, hablando quizás un poco hiperbólicamente, decía que la diferencia entre el Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento es la palabra "Padre": la habilidad de poder ver a Dios como Padre, de tratarlo y hablarle como Padre.

En el texto del libro de Hebreos, el escritor dice: "Acerquémonos con confianza." La palabra "confianza" en griego es *parresía*, que significa libertad de expresión: "Di lo que tú quieras en el trono de la gracia; puedes decirlo todo sin restricción, porque Dios puede escucharlo todo, entenderlo todo, discernirlo todo y decidirlo todo." De manera que expresa. El acceso libre que Adán y Eva tenían a Dios se perdió, y así continuó durante todo el Antiguo Testamento: había que ir a donde un sacerdote para decirle lo que yo estaba pidiendo a Dios y que intercediera por mí, y él hablaba con Dios —o hablaban, como Moisés, que hablaba con Dios cara a cara—. Pero cuando Cristo murió y el velo se rasgó, ese acceso al Padre que Adán tenía y que se había perdido volvió a ser restaurado.

De manera que ahora tenemos de nuevo la oportunidad de pedir y saber que se me va a dar, de buscar y voy a hallar, y de llamar y se me va a abrir. Pero yo creo que a veces cuando leemos eso, nos quedamos con la idea de que "sigue buscando, sigue orando, sigue tocando hasta que convences a Dios, porque a Dios no es fácil de convencer; hasta que le tuerzas el brazo a Dios." Y lamentablemente cuando ese texto ha sido interpretado de esa manera —porque ha sido interpretado de esa manera— el texto ha sido tergiversado, mal interpretado, abusado, mal aplicado, lamentablemente.

Vimos la invitación; escucha la promesa. La estuvimos viendo indirectamente porque "todo el que pide recibe" es la promesa. La invitación es que pidas; la promesa, que vas a recibir. El que busca, esa es la invitación; hallará, esa es la promesa. Y el que llama, esa es la invitación; se le abrirá, esa es la promesa. ¿Implica eso que recibo todo lo que pido? Claro que no. ¿Hallo todo lo que busco? No. ¿Cada vez que llamo se me abre la puerta que toco? No. "Ah, bueno, ¿por ahí entonces?" Bueno, como este es todo el Consejo de Dios y la Palabra interpreta la Palabra, vamos a hacer eso.

¿Qué pido entonces para que se me dé? En 1 Juan 5:14 me da la respuesta: "Esta es la confianza que tenemos, o la seguridad delante de Él, que si pedimos cualquier cosa conforme a Su voluntad, Él nos oye." Cuando pides así, recibes. "Ah, no, pastor, así no." Bien, si no quieres que sea así, muy bien; veamos si nos entendemos. No quieres que sea así. ¿Qué quisieras? ¿Que se te diera conforme a tu voluntad? O sea, ¿tu voluntad es la buena, la agradable y la perfecta? ¿O es la voluntad de Dios?

¿Cómo busco, si no se me va a dar todo lo que busco? Jeremías 29:13 me da la respuesta: "Me buscarán y me encontrarán cuando me busquen de todo corazón." El problema es que estás buscando con un corazón dividido y no encuentras, porque mi promesa no es para el corazón dividido; es para el corazón unido en mis propósitos. ¿Cómo llamo a la puerta? Bueno, en el Nuevo Testamento, ¿de quién es la puerta? La puerta es Jesús. Entonces, ¿cómo llamo? Cuando vaya a tocar la puerta de Jesús, tiene que ir con fe.

La fe de alguna manera influye en que mis peticiones sean respondidas. Escucha lo que dice Santiago en el capítulo 1, versículos 6 y 7: "Pero que pida con fe, sin dudar, porque el que duda es semejante a la ola del mar, impulsada por el viento y echada de una parte a otra. No piense, pues, ese hombre que recibirá cosa alguna del Señor." Sin fe hubo milagros que no se hicieron; el texto que les señalo dice que en cierto lugar no hubo muchos milagros por la incredulidad de ellos. Y otras veces tú lees que Cristo le dijo a más de una mujer: "Mujer, tu fe te ha sanado; ve en paz. Tu fe te ha salvado; tus pecados son perdonados; ve en paz."

Decía alguien: "La oración es totalmente dependiente de la fe; virtualmente la oración no tiene asistencia aparte de la fe, y no logra nada a menos que esta fe sea su compañero inseparable." Cuando mi oración tiene una fe muy pequeña, esa fe pequeña no puede bajar lo mejor de Dios aquí abajo. Cuando mi fe es muy pequeña, esa fe no baja lo mejor de Dios a nuestra experiencia cotidiana.

Dimos la invitación, dimos la promesa. Yo creo que veamos juntos ahora la gran ilustración, para que luego veamos y podamos apreciar el gran corazón de nuestro Dios. La gran ilustración para ver el gran corazón, el versículo 9 al 11: "¿O qué hombre hay entre ustedes que, si su hijo le pide pan, le dé una piedra?" ¿Es concebible eso? "O si le pide un pescado, le dé una serpiente." Eso es la ilustración. Corazón de Dios: "Pues si ustedes, siendo malos, saben dar buenas dádivas a sus hijos, ¿cuánto más su Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que le piden?"

Cristo está usando un argumento que en lógica se llama un argumento a fortiori, y que implica que tú pasas del menor al mayor, o del mayor al menor. En este caso, Cristo pasó del menor —el corazón malo de los hombres aquí abajo, que saben dar cosas buenas— del menor al mayor. Imagínate ahora al Padre, que tiene un corazón no solamente bueno, sino infinitamente bueno: ¿cómo no te va a dar cosas infinitamente buenas también? "¿Cuánto más...?" ¿Cómo se te ocurre que tu Padre que está en los cielos no te va a dar cosas buenas a los que le piden?

La naturaleza de Dios es dar. Dios no gana ninguna buena reputación teniendo a sus hijos en escasez. Necesariamente Él usa la escasez para traer gloria a su nombre, pero su naturaleza —mira la creación: billones y billones y billones de estrellas— su naturaleza es dar en abundancia. Esa es su naturaleza. Eso no es lo mismo que el Evangelio de la Prosperidad, para que no confundamos la leche con la magnesia. Santiago 1:17 dice: "Toda buena dádiva y todo don perfecto viene de lo alto." Tú puedes contar con que cualquier cosa buena y perfecta que llegue a ti, no eres tú quien la está produciendo; viene de lo alto, desciende del Padre de las luces, con el cual no hay cambio ni sombra de variación.

Dios me dice acerca del trono de la gracia: yo te hago la invitación, yo tengo la promesa, mi corazón es benevolente, yo te hago grandes promesas que tienen la garantía de un gran Dios. Nuestro Dios está extraordinariamente bueno, fiel, misericordioso. Nuestras deficiencias no cancelan sus promesas; tú puedes creerlas. Cuando nosotros somos infieles, Él permanece fiel.

En ocasiones tú le dices a tu hijo: "Te voy a dar un viaje, te ofrezco un viaje si te va bien en el colegio." Luego le va mal en el colegio y se canceló la promesa. Cristo dice: no, la promesa permanece. Ahora lo que tenemos que trabajar para poder trasladarla... No va a ser ahora, pero yo no he cancelado mi promesa. Mis promesas son irrevocables.

Ponte a pensar un momento: si Dios te dio a su Hijo, como dice Pablo en Romanos 8, ¿no te va a dar ahora junto con Él todas las cosas? Piensa: ¿puede haber algo bueno que Dios pueda darte y lo va a retener para que no lo tengas? ¿Qué clase de lógica es esa? Si Dios te dio a su Espíritu, ¿cómo no va a fortalecer tu espíritu cuando esté desfalleciendo? Si ya te dio a su Espíritu cuando no estabas débil, ahora cuando estás desfalleciendo, claro que te va a dar lo que necesites. Dios dio su Palabra; ¿cómo piensas que no va a cumplirla? No te la hubiera dado en el primer lugar.

Si Dios no hubiese pensado responder cada vez que tú pidas, no te hubiera dicho que pidas. Si Dios no estaba pensando permitirte que halles, no te hubiese invitado a que busques en el primer lugar. Si Dios te dio salvación, ¿cómo piensas que luego va a permitir tu condenación, después de haberte hecho su posesión? Si Dios te dio a su Hijo en una cruz para perdonar tus pecados y darte salvación, cuando tú eras su enemigo, ¿cómo piensas que no te va a dar al Hijo en su trono cuando lo veas en su reino, ahora que tú eres hijo? Eso es una imposibilidad.

Dios está tratando de ayudarnos a entender —Cristo está tratando de ayudarnos a entender— cuál es la base para pedir, buscar, tocar, llamar. La base es el corazón dadivoso de nuestro Dios. Con razón en Lucas 12:32 leemos de parte de los labios de Cristo: "No temas, rebaño pequeño, manada pequeña, porque el Padre de ustedes ha decidido darles el reino." No temas, no estés angustiado por cosas terrenales; el Padre ha prometido darte mucho más que el reino de los hombres, mucho más que lo que pueden encontrar aquí abajo, mucho más que tus deseos y tus pasiones. Él ha prometido darte el reino con todo lo que el Hijo es y todo su reino; lo que el reino era, lo que el Hijo era, es tuyo también.

"Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá, porque todo el que pide recibe, y el que busca halla, y al que llama se le abrirá." Garantía de parte de Dios. Pero aprendamos a pedir, a buscar, a llamar, y pensemos que lo que Dios tiene que darnos es muy superior a lo que yo quiero encontrar, buscar, cosechar, cultivar, acumular; nada de eso me va a seguir a la tumba, y mucho menos al reino de los cielos.

Padre, gracias. Gracias, porque en Cristo no solamente perdonaste mis pecados, sino que me hiciste hijo. Y cuando me hiciste hijo, me uniste al Unigénito, me hiciste su hermano. Y ahora resulta que Cristo no se avergüenza de llamarme como tal. Tu Palabra dice que ni siquiera se avergüenza. Gracias, Hijo, porque cuando estuviste aquí abajo le dijiste a tus discípulos que ya no los llamabas siervos, sino amigos. Y les dijiste, incluso para probar la calidad de esa amistad, que no hay mayor amor que el que un amigo tenga por otro, que dar su vida por él. Y tú, fiel amigo, fuiste a la cruz, te dejaste clavar, y allí diste tu vida por este infiel amigo, a quien miraste con ojos de misericordia. Y desde la cruz existe una oración que perduró a lo largo de todo el túnel del tiempo hasta nuestros días y más allá, cuando dijiste: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen."

Gracias por el regalo de la oración. Gracias por dejarnos oraciones en tu Palabra que nos sirven de modelo, que nos ayudan a poder orar con los héroes de la fe, que nos permiten orar en grande a un Dios grande. Gracias, Jesús, por ser mi amigo fiel que no cansa en sus promesas. Es en tu nombre, Jesús, que hemos orado, y es en tu nombre que hemos predicado, para tu gloria.

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Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.