IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Juan 17 contiene la oración más importante de toda la Biblia: Dios Hijo hablando con Dios Padre horas antes de la cruz. Es una conversación intertrinitaria que Juan preservó para nosotros, y que el pastor Núñez considera su capítulo favorito de las Escrituras, al punto de pedir que alguien se lo lea en sus días finales. No hay nada superficial aquí. Como señalaba Juan Calvino, cuando Dios nos habla usa un lenguaje llano, pero cuando el Hijo conversa con el Padre, aunque las palabras sean accesibles, la profundidad es extraordinaria.
Lo sorprendente es que Cristo, a horas de su mayor dolor, presenta una sola petición: "Glorifícame para que yo te glorifique a ti." La petición no está centrada en él mismo. En el Evangelio de Juan, la gloria frecuentemente toma una connotación inesperada: no se trata de pompa o esplendor, sino de exaltar a Dios en la humillación, en el dolor, en la muerte. Cristo está pidiendo ser empoderado por el Espíritu para poder revelar al Padre incluso en la cruz, donde se besaron la gracia, la misericordia, el amor y la justicia de Dios en un solo evento.
Esta oración revela también qué es la vida eterna: no simplemente duración infinita, sino conocer al Padre y al Hijo de manera existencial, un conocimiento que transforma cómo vivimos. Si Cristo vino exclusivamente a hacer la voluntad del Padre, ¿cómo podemos nosotros pensar que nuestra vida puede ser mitad voluntad de Dios y mitad voluntad propia? Nuestras quejas revelan insatisfacción con la voluntad de Dios. Pablo lo entendió perfectamente cuando escribió que su único anhelo era que Cristo fuera exaltado en su cuerpo, ya sea por vida o por muerte.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
Bueno, yo quiero pedirte e invitarte a que abras y enciendas tu Biblia en el capítulo 17 del Evangelio de Juan, para que comencemos a ver la oración más importante en toda la Biblia. Y no creo que nadie tenga dudas en hacer esa afirmación. Cuando tú revisas los Evangelios, hay diferentes ocasiones donde Cristo aparece orando; en muy contadas ocasiones, tú puedes usar los dedos de una mano, tus diez dedos, cuando el contenido de la oración se nos es revelado. Pero en esta ocasión es una oración extremadamente extensa, de profundidad significativa inmensa, yo diría, porque es Dios Hijo hablándole a Dios Padre. Está narrada en un lenguaje llano, ¿no?, porque de otra forma no lo podíamos entender, pero no hay nada superficial en esta oración.
De hecho, este capítulo 17 es mi capítulo preferido de toda la Biblia, de manera que cuando yo muera —a que hay de ustedes que estén vivos— recuérdense de alguien para que, bueno, antes de morir, puedan enviar por lo menos a una persona a leerme ese capítulo, quizás todos los días por la última semana. Es un capítulo extraordinario que aparece en un Evangelio extraordinario.
El Evangelio de Juan es un Evangelio muy peculiar, en más de una forma. Es peculiar porque revela la divinidad de Jesús de una forma llana, clara, como ningún otro evangelista lo hace. Nosotros podemos pensar en Lucas, y Lucas revela a Cristo en su humanidad mejor que cualquier otro. Podemos pensar en Marcos, que revela a Jesús en su función de siervo mejor que cualquier otro. Podemos pensar en Mateo, que revela el reinado de Jesús como rey para los judíos mejor que cualquier otro. Pero este es acerca de la divinidad de Jesús, y eso coloca al Evangelio de Juan en una categoría por sí solo. De hecho, los tres otros son catalogados como los Evangelios sinópticos; miran a Jesús de una manera similar, mientras que este mira a Jesús de una manera muy peculiar.
La otra razón por la que este Evangelio es extraordinario es que Juan dedica prácticamente dos tercios de su Evangelio a la última semana de Jesús. Y de manera todavía más extraordinaria, de todo lo que él narra, dedica cinco capítulos para narrar la conversación de Jesús con sus discípulos en el aposento alto, horas antes de su crucifixión. De 21 capítulos, hay cinco que probablemente se hablaron en cuatro o cinco horas, y forman gran parte del Evangelio de Juan.
Dentro de ese Evangelio hay una oración extraordinaria, no simplemente especial, no solamente excelente, sino extraordinaria; no tiene nada de ordinario. Y es así por más de una razón. Es una oración que nos va a tomar por lo menos tres sermones para cubrirla. Es así de densa; múltiples obras de referencia necesité volver a consultar para poder entrar en la densidad de su contenido. Y como que no debe sorprendernos, porque tú tienes aquí algo que no lo vas a encontrar en otras oraciones.
Pero lo primero que hace esta oración especial es quién la pronuncia: la segunda persona de la Trinidad. Eso no es poca cosa. La segunda cosa a resaltar es la ocasión de la oración: horas antes de morir. Yo creo que si tú tienes a alguien que aprecias y que piensas que tiene cierta sabiduría y tiene horas para partir de este mundo, y esa persona está en sus cabales, quisieras saber qué quiere decirte en sus momentos finales. Lo tercero es la petición de Jesús. Noté que puse esa frase en singular, y eso es algo que estoy tratando de entrenar a aquellos que me escuchan: a escuchar las cosas, una palabra, una letra. No dije las peticiones de Jesús, sino la petición de Jesús. Lo cuarto es la motivación de la petición; motivos y motivación son dos cosas distintas. Y finalmente, lo que Jesús revela de sí mismo y del Padre en la medida en que tienen este diálogo intratrinitario.
Imagínate que Jesús se apareciera aquí en este momento y dijera: "Buenos hermanos y hermanas, yo estoy a punto de tener una conversación con mi Padre; el Espíritu obviamente será parte de ella, estaremos hablando aquí." Yo creo que todos ustedes dejarían todo lo que están haciendo y probablemente le dirían: "Habla, Señor, que te escuchamos." Yo creo que todo el que dejó algo cocinando en su casa va a mandar a apagar la mecha, porque aquí vamos a estar hasta que Él termine. Bueno, algo similar es lo que yo les quiero pedir: como que apaguen todo lo que tienen que apagar, se olviden un poco de lo que está alrededor, y también de lo que quizás está en su interior, y nos dispongamos a escuchar la conversación del Padre con el Hijo.
Juan Calvino decía, para tratar de explicar algo acerca de esta oración, que cuando Dios nos habló en la Palabra, Él usó un baby talk, una conversación infantil para nosotros, en un lenguaje llano de niños. Y tiene todo el sentido, porque imagínate que Dios, en su infinita sabiduría y con su conocimiento infinito, tratara de explicarnos a nosotros las cosas que Él conoce; ¿quién lo va a entender? Pero si Dios Hijo se prepara a conversar con Dios Padre y nos deja relatada la conversación, yo imagino que Él trataría de usar palabras llanas, pero con una profundidad extraordinaria. No creo que Dios Hijo le va a hablar a Dios Padre y va a hablar cosas superficiales, banales, cotidianas, ordinarias; eso nunca ha existido en la Trinidad.
James Montgomery Boice, uno de los grandes hombres de Dios del pasado reciente, a quien yo he citado varias veces, en su comentario acerca de Juan cita varias personas, varios líderes del pasado, sobre cómo pensaron acerca de esta oración. Ahí está Lutero, está Melanchton y está Calvino, John Knox, y un número de ellos. Simplemente quiero citar dos. Melanchton, que fue la mano derecha de Lutero por un gran tiempo, decía con relación a Juan 17 y a esta oración: "No se ha escuchado ninguna voz en los cielos o en la tierra más exaltada, más santa, más fructífera, más sublime, que la oración ofrecida por el Hijo de Dios, Jesucristo." John Knox, por otro lado, hizo que su esposa le leyera esta oración diariamente en los días finales de su vida, y él decía que esta oración era como el lugar donde él lanzaba su primera ancla. John Knox fue el reformador de Escocia, y él decía a Dios: "Dame a Escocia o me muero, dame a Escocia para Cristo."
Y con eso, él decía que de la misma forma, esto es lo que yo te estoy pidiendo y lo que me estoy pidiendo a mí mismo, y lo que hice al preparar esto: que, de la misma forma que Moisés se quitó las sandalias cuando Dios le habló desde la zarza ardiente, de una forma similar nosotros deberíamos bajar la cabeza reverentemente para oír al Hijo orándole al Padre.
Cuando esta oración es leída con detenimiento, tú distingues tres secciones, que las estamos separando en los mensajes. Los versículos 1 al 5: Jesús está orando por sí mismo. Los versículos 6 al 19: Jesús está orando por los discípulos que están ahí sentados a la mesa con Él. Los versículos 20 al 26: Jesús ora por nosotros, todos los que habríamos de creer en el futuro. De alguna manera, yo pienso que en la providencia de Dios esa oración abarcó este momento, abarcó este momento en el púlpito para mí. ¿Cómo eso funciona en la Trinidad? Me es inconcebible, pero así lo creo.
Con esa introducción, yo quiero que comencemos a ver la invocación y luego veremos la ocasión. La invocación fue sencilla, una sola palabra: alzando los ojos al cielo, dijo: "Padre." En esta sola palabra no hay nada superficial. Es una palabra de honra; honramos a los padres, sobre todo en ese contexto. Es una palabra que implica la confianza de un hijo a un padre, no a un juez. Hay una confianza de ese Hijo que ha venido a representarnos a nosotros durante su paso por la tierra; en su humanidad, Él sigue confiando en ese Padre.
Yo quiero que comencemos a ver la invocación y luego veremos la ocasión. Pero antes, con esa introducción, déjame pedirte que escuches esta primera parte. El versículo 1, capítulo 17 de Juan:
"Estas cosas habló Jesús, y alzando los ojos al cielo, dijo: Padre, la hora ha llegado; glorifica a tu Hijo, para que el Hijo te glorifique a ti. Por cuanto le diste autoridad sobre todo ser humano, sobre toda carne, como lo dice el original, para que Él dé vida eterna a todos los que le has dado. Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado. Yo te he glorificado en la tierra, habiendo terminado la obra que me diste que hiciera. Ahora pues, glorifícame tú, Padre, junto a ti, con la gloria que tenía contigo antes que el mundo existiera."
Si prestaste atención, eso explica por qué he titulado este mensaje: "Orando con el Hijo por la gloria del Padre." Pudiera ser también: "Aprendiendo a orar con el Hijo por la gloria del Padre."
Notaste que la oración comienza con esta frase: "Estas cosas habló Jesús." ¿Cuáles cosas? Bueno, es que Jesús tuvo varias horas en el aposento alto hablando con ellos. Les habló de la necesidad de servirse unos a otros, hasta el punto de que les lavó los pies. Les habló de la prioridad del amor, y les habló de que les estaba dando un nuevo mandamiento. La novedad del mandamiento tenía que ver con el hecho de que debían amarse indiscriminadamente, incondicionalmente. Les habló de la cercanía de su partida y la necesidad de la misma, de su sufrimiento antes de ascender al Padre, de la necesidad de que Él se fuera para que el Espíritu Santo viniera, porque ellos iban a requerir una preparación, una unción y una dedicación para llegar a ser el tipo de discípulos que esta causa requeriría para llevarla hasta los confines de la tierra. "Yo tengo que irme para que el Espíritu Santo venga." Y les habló, entre otras cosas, de la necesidad de permanecer en Él: "Yo me voy, pero no se desesperen, porque separados de mí nada podéis hacer. Necesitan permanecer en la vid."
Después que Él habló de todas esas cosas, Juan comienza esta parte diciendo: "Estas cosas habló Jesús", todo eso. Y luego entonces, la oración.
Yo quiero que comencemos a ver la invocación, y luego veremos la ocasión. La invocación fue sencilla, una sola palabra: alzando los ojos al cielo, dijo: "Padre." En esta sola palabra no hay nada superficial. Es una palabra de honra; honramos a los padres, sobre todo en ese contexto. Es una palabra que implica la confianza de un hijo a un padre, no a un juez. Hay una confianza de ese Hijo que ha venido a representarnos a nosotros durante su paso por la tierra; en su humanidad, Él sigue confiando en ese Padre.
Y es un título de reverencia, porque si pensamos de la manera como los hebreos pensaban acerca de los padres, ellos entendían que deberían tener un espíritu de sumisión a su padre, como Cristo lo hizo, pero de manera perfecta con el suyo. De verdad que no hay nada superficial, nada irreverente, nada chabacano en la oración de Jesús, como nunca debiera verlo en nuestras oraciones o alrededor del púlpito, por lo que representa. Y esto es algo que el pueblo de Dios necesita retomar en nuestros días. Me refiero a la necesidad de tratar a Dios con reverencia cuando estamos aquí delante del pueblo. Desde el Antiguo Testamento, Dios reveló que quería ser tratado como santo delante de su pueblo: "Todo el tiempo yo quiero que me traten como santo, pero especialmente delante de mi pueblo."
Dicho esto, esa es la invocación. Hablemos ahora de la ocasión: la hora a la que llegó Cristo. ¿A qué hora se estaba refiriendo Cristo? Bueno, la hora de su crucifixión, la hora de terminar de una vez y para siempre la misión que el Padre le había encomendado. La hora de su glorificación. Este es el momento, este es el evento que fue conversado en la eternidad pasada entre la Trinidad. Tenida esa conversación, Cristo se ofrece para ser inmolado; por eso es que en Apocalipsis 13:8 se dice que Él es el Cordero inmolado desde antes de la fundación del mundo.
El mundo no había sido creado, los ángeles todavía no existían. La Trinidad sabía que iba a ocurrir esta creación, esta caída, y que alguien tendría que venir a rescatar lo que se había perdido. El Hijo de Dios, segunda persona de la Trinidad, dijo: "Yo voy." Cristo en múltiples ocasiones supo decir: "Esta no es mi hora" o "Mi tiempo no ha llegado." Solamente en el Evangelio de Juan se encuentran expresiones así: en 2:4, 7:6, 7:8, 7:30 —tres veces en el capítulo 7—, 12:23, 12:27, 13:1, 16:32. En esos momentos la gente no entendió de qué les estaba hablando cuando Él decía: "Mi hora no ha llegado."
No podían entender; no había suficiente revelación. Pero como la revelación es progresiva, ahora nosotros tenemos más entendimiento y tenemos, claro, una idea muy clara de cuál era ese momento al que Jesús se estaba refiriendo. Entonces ahora nosotros podemos entender mejor que los treinta y tres años de vida de Jesús fueron todos vividos y orquestados para llegar a este momento. Este es el momento cumbre de su vida.
De hecho, la entrada al mundo de Jesús no fue fortuita. Pablo escribe a los gálatas en 4:4 y dice que en la plenitud del tiempo Dios envió a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley. No iba a venir antes de ese tiempo. Cuando Pablo habla de la plenitud del tiempo, está hablando del correr de la historia, de la historia que corría en el tiempo. Dios orquestó la historia de los pueblos paganos y la historia del pueblo hebreo, manteniéndolas en cercanía, pero las orquestó de manera paralela hasta que en la plenitud del tiempo Él hizo que esas dos historias se cruzaran. De tal manera que el pueblo hebreo estaba bajo el dominio del Imperio Romano porque Dios ya había determinado bajo qué imperio Cristo vendría y sería crucificado; no podía ocurrir antes.
Tú me podrías preguntar cómo lo sé, y yo tendría que decirte: porque está aquí en la Palabra de Dios, en el libro de los Hechos, capítulo 4. Allí dice que en Jerusalén se unieron Herodes y Pilato junto con los gentiles y los pueblos de Israel contra tu santo siervo Jesús, a quien tú ungiste. Déjame pausar por un momento. Si yo te dijera que eso fue orquestado así en la plenitud del tiempo, porque Cristo tendría que ser juzgado y crucificado bajo Pilato y bajo Herodes en conspiración con los romanos, tú me dirías de dónde saco eso. Yo tendría que decirte: del versículo siguiente: "Para hacer cuanto tu mano y tu propósito habían predestinado que sucediera." Orquestado desde todo el tiempo.
Cristo estaba hablando de esa hora pensada, programada, planificada, donde sería crucificado. "Padre, esa hora ha llegado." Esa es la expresión, y yo creo que debe llamar la atención. Porque si yo vine aquí —y no me puedo comparar con Cristo— pero he sido pastor por un número de años, y si el Señor me revelara esta noche que mañana a las nueve de la mañana voy a morir, no creo que yo vendría a decirles: "Hermanos, llegó la hora, me voy mañana." No creo que ese sería el ánimo, el ambiente, como dicen en inglés, del momento de esa noche. Yo creo que fueron momentos pesados.
Vimos la invocación, vimos la ocasión; veamos ahora la petición. Jesús, cuando tiene la ocasión de hablar con el Padre horas antes de sus momentos de mayor dolor, de soledad, de abandono, tiene una petición, una sola. Pero si tú llegas a entender la petición, entiendes por qué no se necesita más de una. Escucha cuál es la petición: "Glorifica a tu Hijo." Esa es la petición. "Para que el Hijo te glorifique a ti" ya es la segunda parte; no es la petición, es la motivación. Entonces: "Glorifica a tu Hijo."
La palabra "gloria" en el Evangelio de Juan alcanza alturas que no tiene en ningún otro Evangelio, y toma colores y tamaños completamente diferentes. El nombre "gloria" aparece dieciocho veces y el verbo "glorificar" veintitrés. De hecho, si revisas esta oración por completo, solo en ese capítulo la palabra "gloria" aparece ocho o nueve veces. Eso te da una idea de que Juan está altamente interesado en este concepto. En el capítulo 1 de Juan dice: "Y vimos su gloria"; fuimos testigos de su gloria. El Hijo había glorificado al Padre; lo dice aquí en la oración que leímos: "Yo te he glorificado."
¿Cómo lo hizo? Bueno, Él glorificó al Padre con el mensaje que trajo al mundo, un mensaje del que dijo en todo momento que no enseñaba cosa alguna que el Padre no le hubiese previamente mostrado. "Ni siquiera eso; yo no he enseñado nada que el Padre no me dijera que enseñara." Le glorificó con las obras que hizo, con la vida que llevó en completa sumisión, por la manera que reveló al Padre, de tal forma que en un momento dado, como usted conoce, Felipe le dice: "Muéstranos al Padre." Y Él le responde: "Felipe, ¿cuánto tiempo he estado contigo? ¿Cuántas veces tengo que decirte que el que me ha visto a mí ha visto al Padre? Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí."
Nota que el Hijo, a la hora de su muerte, lo que pide es una sola cosa: que se le glorifique. León Morris, en su comentario sobre Juan, dice que usualmente cuando nosotros pensamos en gloria, pensamos en algo que tiene que ver con lo sublime, lo excelso, lo grandioso, algo como el funeral de la Reina Isabel II recientemente, algo de gran pompa. Pero Morris dice que en el Evangelio de Juan frecuentemente la palabra "gloria" toma una connotación completamente diferente y hace referencia al hecho de poder exaltar a Dios en la humillación, en el dolor, en la cadencia, en la soledad, y especialmente a la hora de morir.
De tal forma que, si Morris tiene razón, lo que Cristo está diciendo es: "Fortalece mi espíritu" —recuerda que Cristo vino aquí a vivir como un ser humano siendo Dios, ungido por el Espíritu— "fortalece mi espíritu de tal manera que cuando llegue la hora, yo pueda exaltarte en medio de mi humillación, de mi derramamiento de sangre, de mis laceraciones, en el momento de la soledad cuando todo el mundo se haya apartado, y más aún en el momento en que Tú tengas que abandonarme, como ocurrió."
Si hubo alguien entre los discípulos y apóstoles de Cristo que entendió este concepto perfectamente bien, fue el apóstol Pablo. Quizás otros lo entendieron también, pero quizás no lo escribieron. Pablo sí lo escribió a los filipenses y les dice: "A mí, en Filipenses, yo creo que ustedes entienden una cosa: yo tengo un solo interés, no tengo dos, uno solo: que Cristo sea exaltado en mi cuerpo, ya sea por vida o por muerte." Y de un tiempo acá, esta es mi oración todos los días —quizás hiperbólicamente hablando, con frecuencia—: "Mi vida me tiene sin cuidado. Yo quiero una sola cosa: que si me dejas vivo, yo pueda exaltarte y glorificarte; y si me matas mañana, que en mi muerte yo pueda hacer exactamente lo mismo."
Entendiendo que Cristo no fue enviado solamente para otorgarme un tique de entrada a la gloria, que es como nosotros frecuentemente lo vemos. Eso no es el final; eso es el comienzo. Cristo —permítame la ilustración— me entrega un tique de entrada a la gloria para que, teniendo ese tique a partir de su otorgamiento, yo dedique el tiempo que me resta de vida precisamente a glorificar su nombre, lo cual en esencia requiere una vida de santificación y obediencia. Tan sencillo como eso.
Cuando alguien está enfermo, nosotros muchas veces hemos dicho: "Esta enfermedad, hermano, no te preocupes, será para la gloria de Dios; el Señor te va a sanar." Yo no sé si el Señor va a sanar. Si eres creyente, yo sí sé que Dios quiere que esta enfermedad sea para su gloria. Pero yo no puedo estar seguro de que para que Dios sea glorificado la enfermedad tenga que sanar, y lo sé por la Palabra, porque Cristo está pidiendo que su Padre sea glorificado en su muerte. Lo sé también porque el apóstol Pablo le pidió a Dios tres veces que le removiera su aguijón, y Dios le dijo: "No, basta mi gracia, porque mi poder se perfecciona en la debilidad." De manera que en la vida de Pablo la gloria de Dios no estaba en la remoción del aguijón, sino en la permanencia del mismo.
En esas manos está el poder de Dios. ¿Y quién de nosotros no quisiera disfrutar del poder de Dios? Dime, levanta la mano si no quieres el poder de Dios. Si el poder de Dios se perfecciona en la debilidad, ¿cómo va a perfeccionar Dios su poder en ti si no pasa por la debilidad? No querer pasar por la debilidad es no querer la perfección del poder de Dios en tu vida.
Entonces tenemos que Juan le da otra connotación a la palabra gloria. La mejor forma de glorificar a Dios es la vida de total sumisión a sus propósitos, independientemente del dolor y las circunstancias que eso implica. La mayoría de nosotros estamos dispuestos a glorificar a Dios en la escalera del éxito, en la promoción. "Me promovieron, ¡gloria a Dios!", "Crezco para la gloria de Dios, pastor", en la escalera del éxito. Estamos dispuestos a glorificar a Dios en la abundancia: "Mire, el Señor ha proveído este año de manera extraordinaria, eso es todo para la gloria de Dios, yo no lo digo por nada, pastor." Yo te creo que no lo está diciendo por nada, pero ahí todos estamos dispuestos a glorificar a Dios. "Pastor, el Señor me ha regalado una salud que yo, con 75 años, todavía no me he enfermado." ¡Qué bueno!
Desde una iglesia, ya no sé cómo estará usted esta mañana, pero en el primer culto, durante el tiempo de adoración, yo estaba en lágrimas. Yo tuve que parar, moverme con cuidado aquí para poder sostener mis lágrimas de tanto que fui ministrado durante ese momento especial de adoración. Pero sabes que Dios anda en búsqueda de hombres y mujeres que estén dispuestos a glorificarlo desde una enfermedad, desde una situación difícil en la vida, desde la escasez, y desde su muerte, como lo hizo su Hijo. No gente que está pidiendo: "Señor, yo creo que la muerte llegue pronto, que llegue pronto." No, no, no. Señor, es que cuando llegue, yo la reciba, le dé la bienvenida, sabiendo que ahora voy a hacer lo mismo que estaba haciendo hasta el día de hoy mientras vivía: ¿qué es lo que estaba haciendo? Glorificándote a ti.
Y glorificar a Dios significa hacer presente, resaltar, exhibir sus atributos, sus virtudes. No puedo exaltar su poder de la mejor forma posible en la fortaleza, sino cuando estoy débil, cuando estoy solo, cuando estoy triste, cuando estoy en angustia, cuando necesito ayuda, y Dios me dice: "Tienes a Alguien que siempre ha estado entre las llamas, sobre las aguas." Y cuando predicas, sí, cuando te cuesta, sí. Cuando te levantas, cuando ves un paciente, cuando se te muere un paciente y cuando se sana un paciente. Pero la manera de hacer eso es proclamando sus virtudes en medio de las dificultades, y confiando en su gracia y su misericordia para hacer brillar su fidelidad en medio de los hombres.
En cierta medida, Cristo estaba pidiendo al Padre —y tú lo mencioné— que Él fuera empoderado a la hora de su glorificación, de su crucifixión. La razón por la que yo entiendo eso, junto con otros, es porque Hebreos 9:14 nos dice qué fue lo que pasó en la cruz: dice que por el Espíritu eterno Él soportó la cruz. A la hora en que Él estaba en la cruz clavado, el Espíritu de Dios tenía una unción especial sobre Él como humano que era para sostenerlo. Ahí no fueron los clavos los que lo sostuvieron ahí; el Espíritu eterno de Dios lo sostuvo.
Y Él le dice: "Padre, glorifícame, porque la hora ha llegado." Esa es la petición. Pero toda petición puede tener detrás una buena motivación, una mala motivación, o una motivación que quizás no es mala en sí pero es muy humana, y por tanto quizás no es muy fácil de conceder. Esta no es así, porque es Dios que está orando: "Dios, glorifica a tu Hijo para que tu Hijo te pueda glorificar a ti." La única petición que Jesús hace por sí mismo no estaba centrada en Él. ¿Imaginas eso? Y nosotros aprendiéramos a orar de esa manera: que después de orar y pedir y presentar los problemas y demás, yo pudiera ver para qué es que yo quiero que esto ocurra, y que en la motivación yo salga del centro, Dios entre al centro, y yo encuentre de qué manera mi motivación va a estar centrada en los propósitos de Dios y no en los míos.
Nosotros venimos a pedir para solucionar nuestros problemas, problemas que en último caso Dios quisiera evitarme o resolverme. Quizás hubiera querido evitármelos, pero yo me metí en problemas, y después que me metí en problemas, Dios quiere resolverlos, pero los quiere resolver a su manera, de forma tal que cuando ellos queden resueltos, Él haya sido glorificado. La solución de problemas a mi manera, conforme a mi sabiduría, conforme a mis deseos, no glorifica a Dios para nada. Es la solución de problemas, de dificultades, de situaciones que Dios va a solucionar en su tiempo, a su forma, con sus recursos, para que cuando ellos queden resueltos, Dios haya sido revelado en su gracia, en su misericordia, en su poder sustentador, en su sabiduría, en su providencia, en su soberanía. Las cosas no son tan simples como para eso.
O sea, Cristo no está en la cruz pidiéndole a Dios: "Señor, mándame algo como anestesia para que esto duela menos. Señor, bájame de aquí, manda una serie de ángeles para que me bajen de aquí." No. Recuerda una vez más, en el aguijón de Pablo, la gloria de Dios en la vida de Pablo no se va a dar removiendo el aguijón, sino dejándole el aguijón. Y en la cruz, Cristo está en su punto de mayor debilidad, y allí, en su punto de mayor debilidad, Cristo quiere revelar al Padre. Entonces ahí se besaron la gracia de Dios, la misericordia de Dios, el amor de Dios y la justicia de Dios, en una sola persona, en un solo evento: Dios en despliegue.
Y ahí, en la cruz, Cristo puso de manifiesto la fidelidad del Padre, que había elegido un grupo de personas en la eternidad pasada, y que a través de este evento de la cruz recibirían vida eterna. Allí Cristo mostró cómo fue capaz de vivir y luego morir sin pecar. Para Dios es importante cómo yo vivo; para Dios es importante cómo yo muero. Allí Cristo demostró que es posible amar a tus enemigos aun en medio de la traición y el abandono. Esa era la hora a la que Cristo se había referido como "mi hora ha llegado": la hora de exhibirse en grande para el resto de la historia redentora.
Yo creo que A. W. Pink —nadie lo ha dicho mejor que A. W. Pink en su comentario sobre Juan— escucha esta cita. La crucifixión trajo gloria al Padre. Glorificó su sabiduría, fidelidad, santidad y amor. Lo mostró sabio al proveer un plan por medio del cual Él pudiera ser justo y al mismo tiempo ser el que justifica al pecador —eso de Romanos 3:26—. Lo mostró fiel al cumplir su promesa de enemistad entre la mujer y la serpiente: "heriría la cabeza de la serpiente." Lo mostró santo al requerir que las demandas de la ley fueran satisfechas por nuestro gran sustituto. Lo mostró amoroso al proveer un mediador como nuestro Redentor, y un amigo para el hombre pecador, que es su Hijo coeterno.
La crucifixión trajo gloria al Hijo —esa parte fue al Padre, ahora esta es al Hijo—. Glorificó su compasión, su paciencia y su poder. Lo mostró compasivo al morir por nosotros, sufriendo en nuestro lugar, permitiendo que fuera hecho pecado y maldición por nosotros, y al comprar nuestra redención con el precio de su propia sangre. Lo mostró paciente al no morir una muerte común a la mayoría de los hombres, sino voluntariamente sometiéndose a tales dolores y agonías desconocidas que ningún ser humano hubiese podido concebir, cuando en realidad Él pudo haber convocado a los ángeles del Padre y haber sido liberado. Lo mostró poderoso al sostener el peso de las transgresiones del mundo y al derrotar a Satanás, despojándolo de su presa. Despojando a Satanás: yo era su presa. Me tenía la soga al cuello con la amenaza del pecado y de la muerte. "¿Oh muerte, dónde está tu victoria? ¿Oh sepulcro, tu aguijón?" Derrotada la muerte, derrotado el pecado.
Entonces ahí tú puedes ver: vimos la invocación, vimos la ocasión, vimos la petición, vimos la motivación de la oración. Yo creo que vamos ahora a lo que Cristo revela de sí mismo. Versículo 2, apenas cubrimos un versículo, así que relájate.
"Por cuanto le diste autoridad" —versículo 2— "sobre todo ser humano, para que él dé vida eterna a todos los que le has dado." Lo original dice: "le diste autoridad sobre toda carne." La palabra sarks en griego tiene diferentes connotaciones: a veces simplemente es esta carne, a veces todo el ser humano, y tiene otras connotaciones. Pero en este caso es el ser humano: "le diste autoridad sobre todo ser humano."
Ahora recuerda: Cristo tenía autoridad sobre todo ser humano para comenzar. Tenía la autoridad de orquestar la vida de cada hombre, de cada mujer; tenía la autoridad de sobregobernante sobre todas las criaturas de la tierra; tenía autoridad, y tiene todavía, para juzgar. Pero esa no es la autoridad a la que se está refiriendo ahora. "Tú le diste autoridad" —tenía la pasada— "para cuando yo viniera y este fuera el trabajo que hiciera: para que le diera vida eterna a un grupo de personas que tú elegiste de antemano."
Entonces, desde el punto de vista humano, nosotros pasamos a ser posesión del Hijo el día que entregamos nuestra vida al Señor. Desde el punto de vista divino, ya éramos posesión del Hijo por regalo del Padre. De manera que, si bien es cierto que el Hijo representa una ofrenda de amor del Padre para nosotros —porque es el Hijo quien nos rescata, nos redime—, al mismo tiempo nosotros representábamos una ofrenda de amor del Padre para con el Hijo, porque el Padre había seleccionado a un grupo de personas en la eternidad pasada y planeó, le prometió al Hijo entregarle esas personas a través de su muerte.
Esta es la razón por la que nosotros vemos en el libro de los Hechos, capítulo 13, cuando el apóstol Pablo está predicando entre gentiles: hay una gran multitud y entonces unos creen y otros no creen. Uno se pregunta qué fue lo que pasó. Podríamos decir fácilmente: "Hay unos que escuchan y otros que son rebeldes." Puede ser, de hecho es así, pero es más que eso. Porque Hechos 13:48 dice: "Oyendo esto los gentiles" —los que oyeron el Evangelio— "se regocijaban y glorificaban la palabra del Señor, y creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna."
¿Quién es creyente? El texto me dice: los que estaban ordenados para vida eterna. Cristo, en múltiples ocasiones, hace referencia a ese grupo de personas. De hecho, en esta oración, él menciona siete veces este grupo: "a quien tú me has dado, a quien tú me has dado, a quien tú me has dado", y en Juan 17:37 o 17:39, habla del mismo grupo: personas que tú me has dado.
Ahora, si tú piensas: Cristo era Dios Hijo, ¿qué podía Dios Padre regalarle a Dios Hijo que él no tuviera? Bueno, esto fue una humanidad que él redimiría, pero que se le iba a entregar de antemano, antes de redimirla: "Cuando mueras por ellas, te regalo una humanidad redimida, hecha a tu imagen, para que te glorifique a ti por el resto de la eternidad y la pueda disfrutar." Y Cristo dice que él vino con autoridad sobre la humanidad entera, con una función: dar vida eterna a los que tú me has dado.
La expresión "vida eterna", esas dos palabras, también es un término vital en el Evangelio de Juan, mencionado diecisiete veces. Pero de acuerdo con los estudiosos del lenguaje original, la palabra tiene una connotación mejor de la que nosotros pensamos, en el sentido de que cuando tú piensas "vida eterna", eso es como vida que no se acaba en el futuro. Prácticamente, eso es una cosa como: "Yo tengo que esperar a entrar en gloria para recibirla." Pero eso no es como el Evangelio es predicado en el Nuevo Testamento.
Vida eterna: tú la tienes desde el momento en que comienza tu nuevo nacimiento, desde que el Espíritu de Dios viene a morar en ti. La pregunta es: ¿cuál vida eterna? Bueno, esto es lo que los estudiosos entienden: esa frase o palabra tiene que ver más con calidad que con cantidad. Es la calidad de la vida que nos espera, que se supone que yo debo comenzar a disfrutar de este lado ya. Cuando yo pase al otro lado, esa calidad de vida debe ampliarse, pero no es una calidad de vida por la que yo tenga que esperar para comenzar a disfrutar. No es una vida de inauguración futura. No, es una vida que, de hecho, el término "vida eterna" pudiera significar literalmente: "vida de la era que ha de venir." La vida que ha de venir es algo que yo debería estar disfrutando en esta vida, de alguna manera, y vamos a aludir a eso un momento más adelante.
Pero cuando Cristo piensa en lo que ora al conversar con el Padre sobre la vida eterna, él quiere que yo comience a entender qué es, y él dice, no simplemente cómo se obtiene, sino qué es. Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado. Cristo no está hablando ahora de la vida eterna que yo voy a comenzar a conocer cuando llegue al otro lado. La vida eterna tiene que ver con que te conozcan a ti, a Jesucristo, a quien tú has enviado. Esta es la única ocasión en la que Cristo usa ese nombre para él: Jesucristo.
En eso consiste: cuando eso ocurra, esos pueden comenzar a disfrutar la vida eterna, que tiene que ver más con calidad que con cantidad. Pero para eso tiene que conocer al Padre, y tiene que conocer a Jesucristo, que le envió. La razón por la que tiene que conocer a ambos es porque esa vida eterna solamente puede ser disfrutada en Cristo, y esa vida eterna es una vida de gozo, de propósito, de significado, de paz, de satisfacción. Noten que no dice satisfacción total: de satisfacción. Estas insatisfacciones con las que nosotros vivimos, a la luz de la vida eterna que el Padre nos regala, es como que la Trinidad no las entiende, por así decirlo; es incongruente.
Entonces, esa vida, cuando se amplía en su concepto de vida eterna, será una vida sin dolor, sin muerte, sin lágrimas. En el ínterin, el dolor, la muerte, las lágrimas, yo las sufro de tal manera que yo pueda convertir en gloria lo soportado. ¿Cómo lo hizo Cristo? Solamente se puede obtener en Cristo, pero Cristo vino a revelar al Padre, de manera que conocer a Cristo es conocer al Padre, algo a lo que ya aludimos.
Ahora déjame decirte lo que Cristo no está diciendo cuando habla de conocer al Padre. Cristo no está hablando de conocimiento puro y simple, porque conocimiento puro y simple es información. Esa información Satanás y sus demonios la tienen, y no los afecta; no pueden disfrutar de la calidad de vida eterna. No es un conocimiento teórico, sino práctico. ¿Qué tan práctico, pastor? Es un conocimiento que influencia tu estilo de vida, influencia cómo vives, cómo piensas y luego cómo vives.
Para entender con esta palabra: es un conocimiento existencial. Ya sé que no les gusta el término "existencialismo", que es una filosofía atea. No; existencial implica que este conocimiento va a afectar toda mi existencia, toda mi existencia. Pero, pastor, como que a plano me es un poco más, bájalo un poco más. Entonces, conocer a Dios y a su Hijo, ¿qué implica? Lo voy a poner tan sencillo como yo puedo pensar. Realmente implica amarlo por sobre todas las cosas, confiar en él. Esta vida de duda no es parte de la calidad de la vida eterna. Implica servirle a él: cuando le sirvas a los hombres, le sirves a él, y reflejarle a él.
Si conoces a Dios y al Hijo de la manera como Cristo está hablando, esto es como valorarlo: tú amas a Dios, tú confías en Dios, tú le sirves a Dios y reflejas a Dios. Porque hay gente que conoce al Padre y al Hijo doctrinalmente, pero no les conoce existencialmente, porque ellos no viven la doctrina que conocen acerca del Padre, acerca del Hijo. Y lo mismo aplica acerca del Espíritu. El Espíritu es suficiente, pero vivo insuficiente todo el tiempo; no encuentro satisfacción.
Ahora recuerda que la Trinidad está envuelta, involucrada, en la manera como esto se da. Porque ya dije que para conocer al Padre tiene que conocer al Hijo; el Hijo es la puerta. En Juan 10, él dice exactamente eso: que para llegar al Padre tú tienes que entrar por la puerta, y él es la puerta. De hecho, Cristo se muestra como ofendido, entre comillas, si tú tratas de entrar por algún otro lugar que no sea él. De hecho, él dice que todo el que trata de entrar por otro lugar que no sea la puerta, y la puerta es él, no es más: es un ladrón y un salteador. Imagínate que Cristo está aquí diciendo: "Yo soy la puerta." Toda esta idea de que todas las religiones llegan al mismo lugar y que todos los caminos llevan a Dios, Cristo dice no: todos esos caminos son ladrones y salteadores. "Yo soy la puerta, yo soy el camino, la verdad y la vida."
Al mismo tiempo, Cristo parece estar enseñando que su glorificación no terminó en la cruz, porque, según lo que vamos a leer ahora, él llega hasta la ascensión. Entonces el Espíritu Santo va a bajar, y el Espíritu Santo tenía que bajar. Escucha: Cristo es la puerta para conocer al Padre, pero resulta que el Espíritu Santo es quien te permite llegar a conocer al Padre y al Hijo, porque las cosas espirituales solamente se disciernen espiritualmente. Sin el Espíritu no entiendo nada de lo que está aquí, y si no entiendo nada de lo que está aquí, no puedo conocer al Hijo ni puedo conocer al Padre. De manera que la Trinidad entera está involucrada en esta manera de conocer a Dios. Y luego el Espíritu mora en mí para ayudarme a vivir la vida que refleja que conozco a Dios, para que le pueda amar, le pueda servir, le pueda reflejar. Ahí está la Trinidad. Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti y al Hijo a quien tú enviaste. Pero el Hijo tenía que ascender, porque si él no ascendía, el Espíritu no viene; si el Espíritu no viene, nadie va a conocer al Padre y al Hijo.
Versículo cuatro: Cristo retoma el tema de la gloria. "Yo te he glorificado en la tierra, habiendo terminado la obra que me diste que hiciera." Y ahora, el versículo cinco: "Glorifícame tú, Padre, junto a ti, con la gloria que tenía contigo antes que el mundo existiera." Cristo está hablando, porque en su divinidad él sabe que esto se planificó desde la eternidad pasada: esto va a pasar, va a pasar. Aunque me quedan unas horas de dolor, de sufrimiento, de ofrecimiento, yo terminé la obra que me diste. ¿Cómo que Cristo terminó la obra que me diste? Bueno, porque tú me pediste que, con la autoridad que tengo, le dé vida eterna a los que tú me has dado, y eso es básicamente lo que voy a hacer, lo que estoy haciendo. Pero para que yo pudiera hacer eso, otorgar esa vida eterna, algunas cosas tenían que ocurrir, y por eso tú me enviaste.
El Hijo tenía que encarnarse, nacido de mujer, para presentarse ante nosotros; tenía que nacer de mujer. Cristo tenía que venir y cumplir la ley, en cabalidad, todo el tiempo. Tenía que enseñar aquellas cosas que el Padre le había dicho que enseñara. Tenía que vivir una vida de continua obediencia en su misión para la gloria de Dios Padre. Todo eso es lo que nosotros llamamos en teología la obediencia activa de Jesús. Si tú al momento tuvieras el mismo conocimiento, yo habría usado el término "obediencia activa" y seguiría para que podamos entender qué es eso: todo lo que Jesús hace activamente.
Pero llegó el momento; la hora de Jesús llegó para la obediencia pasiva. "Ya terminé la obra. Lo único que me queda es, pasivamente, como una oveja que va al matadero sin abrir la boca, así yo voy." Cumplí tu voluntad. Esa fue su obediencia pasiva. Para yo recibir a Cristo como verdaderamente Señor y Salvador, yo necesito su obediencia activa, cumpliéndola sobre la ley, haciendo todo lo que hablamos. Yo necesito su obediencia pasiva en la cruz, muriendo por mí. Necesito su vida, su obediencia activa y su obediencia pasiva.
Entonces, Cristo fue enviado para hacer eso precisamente. Él fue enviado, porque dice que la vida eterna es que te conozcan a ti y a ese Cristo a quien fue enviado, y ya él dice que terminó la obra. ¿Qué fue lo que él terminó? Bueno, él vino y cumplió todas las profecías del Antiguo Testamento que tenían que ver con su primera venida. Cuando él vino, dejó un ejemplo para que sigamos sus pisadas; las huellas están ahí. Él fue enviado para dar testimonio de la verdad, como le dijo a Pilato; dio ese testimonio, proclamó la verdad, vivió la verdad.
Él vino a revelar al Padre, y lo reveló perfectamente. Vino a iniciar una iglesia universal y entrenó personalmente a sus pilares. Vino a cerrar un pacto, el pacto de la ley, para inaugurar otro pacto de la gracia por su sangre, y lo firmó en la cruz y lo selló dejando la tumba vacía. Él completó la obra que le había sido encomendada. Quedaban horas, pero Él sabía que por la unción del Espíritu iba a llegar hasta el final, aunque faltaba ese tiempo todavía. "Habiendo terminado la obra que me diste que hiciera."
Entonces, sabiendo que ha dado la obra, dice: "Devuelve ahora la gloria que yo tenía antes." Aquí Jesús está hablando de otra gloria, y la razón por la que es así es que antes de su encarnación, Cristo tenía la gloria de la divinidad, la gloria de la divinidad que irradiaba hacia afuera de tal manera que Moisés no podía ver el rostro de Dios como él quiso, y Dios tuvo que taparle la cara y dejarle ver una parte de su espalda. Independientemente de lo que eso significó, los serafines que ministran en su presencia se tapan los ojos ante la presencia de Dios, porque su presencia emana de manera abrumadora. De hecho, el libro de Hebreos nos dice que Dios habita en luz inaccesible.
Imagínate que hubiese bajado aquí así. Hubiese pasado lo que pasó con Isaías: "No, no, no, aléjate, que no podemos ni verte." Pero la divinidad tomó, podríamos decir, un uniforme humano; encarnó, y la humanidad de Cristo veló la divinidad para que yo pudiera verlo cara a cara, pudiera hablar con Él, tocarlo, orar con Él, ser orado por Él, recibir sus instrucciones. Eso fue parte de lo que la humanidad hizo. Pero terminada la obra, como Él dice: "Yo terminé la obra; devuelve a mi la gloria que yo tenía, la que yo tenía antes de venir aquí, con todos mis privilegios." Él no perdió sus atributos; simplemente los atributos fueron como contenidos, por así decirlo, dentro de ese uniforme. Y ahora la gloria regresa con todo su esplendor y todos sus privilegios.
Pero cuando Él regresa, F. F. Bruce dice —y yo creo que es una buena observación— que la gloria que Él tenía antes de la encarnación, Él va a tener esa gloria amplificada. ¿Cómo amplificada, si es la divinidad? Bueno, es que ahora, como Él le ha prometido a los redimidos que van a compartir su gloria, habrá una multitud incontable de personas que reflejan la gloria del Hijo, y ahora tenemos gloria sobre gloria, sobre gloria, sobre gloria, siendo irradiada al reino de los cielos por el resto de la eternidad. Y esa es la gloria que Él recibe, de la cual habla de otra manera el apóstol Pablo al escribir a los filipenses, capítulo 2, versículos 9 al 11: "Por lo cual Dios también lo exaltó hasta lo sumo, y le confirió el nombre que es sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en el cielo, y en la tierra, y debajo de la tierra, y toda lengua confiese que Jesucristo es Señor, para la gloria de Dios Padre." Esa es la gloria que Él ha recibido: un nombre sobre todo nombre, todo el mundo sometido. Ahora, el nombre de Jesús hará que todo el mundo doble la rodilla y confiese que Él es Señor.
Ahora, para concluir y cerrar. Si Cristo, la segunda persona de la Trinidad, con autoridad sobre toda carne, vino exclusivamente para hacer la voluntad del Padre, ¿tú no crees que se cae de la mata que eso debe ser la única motivación de mi vida? No puede ser que Dios Hijo venga con una misión de vivir la voluntad del Padre, y que yo esté pensando que puedo vivir la voluntad mía, como la mitad de Dios y la voluntad mía. O quizás: noventa por ciento de Dios y diez por ciento mío. No hay un don de gentes ni una razón para pensar de esa manera.
Escucha los términos en los que la venida de Cristo es descrita con relación a la voluntad de Dios. Hebreos 10:7: Cristo dijo: "Yo he venido para hacer, oh Dios, tu voluntad." Ese "oh" tiene importancia; Cristo le dio importancia al Padre. "Yo he venido para hacer, oh Dios, tu voluntad." A la edad de doce años, lo buscaron por tres días, no lo encontraban, y cuando finalmente lo encontraron, les dice: "¿No sabían que en los asuntos de mi Padre me es necesario estar?" Escúchenme, no entienden que yo vine aquí para estar. Yo tengo doce años y entiendo eso. ¿Qué les pasa? ¿Ustedes son adultos? Yo tengo que estar en los menesteres de mi Padre; yo no vine a otra cosa.
Juan 4:34: Jesús no va a comer, está hablando con la samaritana. Le traen comida y Él no come. "Mi comida es que yo haga la voluntad del que me envió y que acabe su obra." Juan 5:30: "No busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió." Juan 6:38: "¿Por qué he descendido del cielo? No para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió." Y en Getsemaní: "Hágase tu voluntad y no la mía."
¿De dónde se nos ocurre a nosotros tener ese pulso con Dios, acerca de la voluntad mía versus la voluntad de Él? Cuando voy a tomar decisiones, ¿las consulté con Dios? Cuando pienso cosas por el futuro, eso es lo que Dios quiere que yo haga: consultarlas con Dios. No que no haya nada de malo en lo que planeo. No, yo no estoy hablando de si es malo o bueno; yo estoy hablando de si es congruente con la voluntad de Dios y de si tú has recibido dirección y aprobación. Porque, hermanos, tú puedes hacer el mejor esfuerzo, el esfuerzo más elegante para vivir tu voluntad, pero esa vida no tendrá calidad de vida eterna. No puede ser una vida sin quejas, y nuestras quejas frecuentemente revelan la insatisfacción con la voluntad de Dios para la situación en que Él nos ha metido.
Ya me lo van a decir otra vez, lo voy a decir una vez por cada persona de la congregación: mis quejas son una revelación de mi insatisfacción con la voluntad de Dios que metió esa situación en mi vida. Mis quejas son una revelación de mi insatisfacción con la voluntad de Dios que ha determinado esto para mi vida. O por el contrario, puedo hacer mi mejor esfuerzo para vivir en medio de la voluntad de Dios y glorificar a ese Dios, por vida o por muerte. Que me tenga sin cuidado; yo vivo y yo muero, siempre y cuando sea en medio de su voluntad para la gloria de Él.
Hermano, mi vida no importa; soy insignificante. Yo entrego una historia que otro comenzó, que otros comenzaron. Y cuando yo muera, tú sabes que el mundo va a dar la vuelta, va a pasar sobre uno que se acaba de morir encima de él, y va a continuar dando vueltas. Lo que importa es la gloria de Dios expresada en mi vida. Mi vida fuera de la voluntad de Dios es como un barco al que se le fue el ancla: está a la deriva y no se sabe para dónde va, no se sabe en qué puerto va a terminar. En ese momento de mi vida me tienes sin cuidado. Si su voluntad me lleva a la tumba, porque yo no voy a durar mucho tiempo, y yo la voy a dejar vacía igual que mi Maestro la dejó vacía. Ahora me tienen que esperar un momento, de manera que pueden alquilar mi tumba por un tiempo, pero yo no voy a vivir ahí; no estoy pensando vivir ahí. La pueden alquilar con la del Mesías. ¿Cuánto tiempo me va a tocar? Yo no sé; bien sé qué tan pronto Él viene, ¿pero quién sabe? Si es un día, o dos, o tres; pero ahí no me voy a quedar.
Entonces me tienes sin cuidado si, cumpliendo la voluntad de Dios, Él me lleva a la tumba. Recuerdo —no recuerdo quién fue— uno de los grandes héroes de la fe del pasado al que lo amenazaron con tirarlo a las fieras, y él dijo: "Me tienes sin cuidado si me comen las fieras o los gusanos de la tumba; lo mismo." Necesitamos hombres y mujeres así.
Ahora bien, cuando tú vives de esa forma, cada momento de tu existencia —y es así, parafraseando: cada momento de tu existencia, cada experiencia de tu vida, cada circunstancia de tu vida— es evaluada a la luz de cómo afecta la causa de Cristo. Yo pienso en personajes como Nietzsche, el ateo que odiaba a Dios y odiaba al cristiano. Descansaba una vez a la semana, el domingo, cuando patinaba, y un día dejó de patinar. Le dijeron: "Nietzsche, ¿qué fue, que ya no patinas?" Y él respondió: "La causa me parece demasiado importante para yo tomar ese tiempo patinando." ¡Y ese era un ateo! Escuchaba a un autor hablando acerca del liderazgo, del desarrollo del liderazgo y del equipo, y él decía que los estudios han demostrado que la paga no es suficiente para motivar a los empleados para que hagan su mejor esfuerzo. Yo dije: "Bueno, si yo estoy convencido de eso hace tiempo, porque la paga por mi pecado no es suficiente para motivar a los cristianos a que hagan su mejor esfuerzo para glorificar al Pagador, que es Cristo."
Pero cuando tú vives de esa forma, cada momento de tu vida, cada experiencia, cada circunstancia es evaluada en función de cómo afecta la causa de Cristo. Es otra forma de pensar. Porque esa forma de pensar no solamente simplifica tu vida, sino que coloca tu vida en otro nivel, en otra dimensión, en otra búsqueda, y vuelve su dirección de aquí hacia allá. Y eso es exactamente lo que le ocurrió al apóstol Pablo; exactamente lo que ocurrió a cada persona que dejó huella, impacto, un legado en la historia de la redención.
De manera que piensa en eso. Como decía un predicador americano: piensa en esto. Pero cuando lo pienses, yo quiero pedirte que lo pienses a la luz de la causa de Cristo, a la luz del sacrificio de Cristo, a la luz del poder infinito que Él ha dejado en ti, a la luz de las bendiciones que Él ya te ha conferido. ¿Cómo vas a responder a eso?
Gracias por acceder a este recurso. Espero que haya sido de gran bendición para tu vida. Te sugiero que te suscribas a este canal de forma que puedas recibir notificación la próxima vez que hayamos subido un nuevo recurso que pueda servirte de instrucción y bendición.